INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta versión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta versión. Mostrar todas las entradas

El nuevo traje del emperador - James Finn Garner

Hace mucho tiempo, muy lejos de aquí, vivía un sastre itinerante que un día llegó a un país desconocido. Ahora bien, los sastres que acostumbran a desplazarse de un lugar a otro son personas por lo general reservadas que cuidan de no traspasar los límites de la comunidad. 

Aquel sastre, sin embargo, era un individuo hipergregario, además de limitado en cuanto a modestia se refiere, por lo que no tardó en vérsele en la taberna local abusando del alcohol, invadiendo el espacio privado del personal femenino y relatando ignorantes historias acerca de caldereros, recogedores de estiércol y otros comerciantes.

El tabernero se quejó a la policía, cuyos miembros detuvieron al sastre y le arrastraron a presencia del emperador. Como cabe esperar, toda una vida de convencimiento acerca de la absoluta legitimidad de la monarquía y la inherente superioridad de los varones habían convertido al emperador en un tirano fatuo e intelectualmente limitado. 

El sastre reconoció aquellas facetas de su carácter y decidió utilizarlas en provecho propio. —¿Deseas expresar alguna solicitud antes de que te destierre de mi reino para siempre? —le preguntó el emperador. —Tan sólo que Vuestra Majestad me conceda el honor de confeccionar un nuevo traje real —repuso el sastre—, ya que he traído conmigo un tejido especial tan raro y delicado que sólo puede ser visto por ciertas personas, precisamente por aquéllas que Vos querríais tener en vuestro reino: personas políticamente correctas, moralmente nobles, intelectualmente agudas y culturalmente tolerantes que no fuman, ni beben, ni encuentran diversión en las chanzas sexistas; personas que no ven demasiada televisión, que no escuchan música country y que no organizan barbacoas.

Tras un instante de reflexión, el emperador accedió a su propuesta. Se sentía halagado por el concepto —pleno de fascismo y testosterona— de que el Imperio y sus habitantes existían únicamente para mejorar su imagen. Sería como estar casado con una mujer bandera y multiplicar cien mil veces la sensación resultante.

Ni que decir tiene que el sutilísimo tejido en cuestión no existía. Tantos años de vida fuera de los límites de una sociedad normal habían facilitado al sastre el desarrollo de un código moral propio que le invitaba a estafar y a humillar al emperador en nombre de los artesanos independientes en general. 

Y así, a lo largo de su diligente tarea, pudo convencer al emperador de estar cortando y cosiendo piezas de tela que, desde el más estricto sentido objetivo de la realidad, no existían.

Cuando el sastre anunció que había terminado, el emperador acudió a contemplar su nuevo atavío frente al espejo. Quien le hubiera visto allí, desnudo como el día en que vino al mundo, habría podido comprobar que los años que había pasado explotando al campesinado le habían convertido en una repelente masa de carne fofa y blancuzca. 

Ni que decir tiene que el propio emperador también lo advirtió, si bien fingió que era perfectamente capaz de distinguir tan hermosa y políticamente correcta vestimenta. Inmediatamente, ordenó celebrar un desfile al día siguiente para lucir su nuevo esplendor.

A la mañana siguiente, sus súbditos se congregaron en las calles para contemplar el grandioso desfile. Para entonces, ya se había corrido la voz acerca del nuevo traje del emperador, visible únicamente por personas ilustradas y de sanas costumbres, y no había ciudadano que no hubiera resuelto aparentar más rectitud que cualquiera de sus vecinos.

El desfile comenzó con gran algarabía. A medida que el emperador paseaba su pálida, abotargada y patriarcal anatomía por la calle, todos se deshacían en exclamaciones de sorpresa y admiración ante la belleza de su nuevo traje. Todos, con la excepción de un niño pequeño, que gritó: —¡El emperador está desnudo! 

El desfile se detuvo. El emperador interrumpió su avance, y sobre la multitud se abatió un silencio sepulcral, hasta que un campesino de excelentes reflejos mentales exclamó: —¡No, no lo está! ¡Sencillamente, ha adoptado un estilo de vida alternativo en lo que se refiere a su atuendo! 

De la muchedumbre se elevó una ovación, y todos los presentes se despojaron de sus vestiduras y se pusieron a danzar bajo la luz del sol, tal y como para ello los había diseñado la naturaleza. A partir de aquel día, el país pasó a admitir aquel estilo alternativo de vestimenta, y el sastre, privado de su modo de vida, empaquetó su aguja y sus hilos y nunca más volvió a saberse de él.

La Mulata de Córdoba - Versión Doris Camarena

   De este caso no existen fechas ni archivos, ni siquiera un nombre de pila por el cual llamarla. En Córdoba, Veracruz, se ubicó el origen de una hermosa y joven mulata. Eternamente joven y eternamente hermosa, indiscutiblemente hechicera. Mezquina con su cariño y su belleza, la leyenda cuenta que la mulata fue asediada por muchos hombres y que a todos rechazó. Tanto los pretendientes que rondaban su casa por las noches ofreciendo inútiles serenatas, como los vecinos, juraban haber visto siempre brillar una luz sobrenatural en las ventanas de la Mulata. De ahí que se murmurase que el motivo de su inquebrantable soltería era nada menos que un matrimonio secreto con el mismísimo Satanás, quien acudía puntualmente cada anochecer a visitar a su amada.

   No sólo infinitamente joven y bella, la Mulata también era ubicua. Tan pronto se le veía en la capital de la Nueva España como en Córdoba o en la Puebla de los Ángeles. Sus artes mágicas eran capaces de conceder los más imposibles favores. A ella acudían las muchachas sin novio, las solteronas con escasa esperanza ya de conseguir marido, los médicos sin enfermos, los comerciantes sin clientela y los ricos ambiciosos que querían acrecentar aún más sus fortunas. Ninguno se fue con las manos vacías. De ahí que hasta hace relativamente pocos años, cuando a alguien se le solicitaba una empresa muy difícil, el interpelado contestara: ¿Pues quién crees que soy, la Mulata de Córdoba? 

   Durante muchos años creció su fama. Se decía que bastaba invocarla para que ella apareciera ante quien la requería. Y ante tal poder, parece increíble que, de alguna forma, la inquisición consiguiera capturar a la bruja.

   El caso es que así fue. Desde Córdoba trajeron a la Mulata hasta la ciudad de México, a encarcelarla en un calabozo de la perpetua. Denunciada, se dijo, por un pretendiente poderoso y despechado. Otra versión habla de que, más que el celo católico, era la ambición la que impulsaba a los inquisidores a aquella condena, pues la Mulata poseía grandes caudales en oro, habidos como pago a sus hechicerías. La Mulata confesó sin necesidad de tortura alguna y la obvia sentencia fue la muerte en el quemadero.

   Cerca estaba ya el día de su ejecución cuando el carcelero entró en su celda para llevarle la escasa comida que le correspondía y la encontró muy entretenida dando los últimos toques a un barco dibujado en el muro de la celda con un trozo de carbón. Desdichada bruja- le dijo el carcelero- mejor habías de estar implorando al señor por tu alma.  Dime- le contestó la Mulata- ¿Crees que le falta algo a esta nave?

   Los trazos eran perfectos, armónicos y detallados, y el carcelero admiró a su pesar aquella obra. Nada le falta- dijo él - sólo navegar.

   Pues a navegar entonces- respondió la Mulata, subiendo al barco que ya se balanceaba en la corriente de unas olas invisibles. Acto seguido, desapareció para siempre.

   Los archivos inquisitoriales no registran este hecho increíble que, sin embargo, inmortalizaron los narradores y poetas.

    

 

  Su leyenda es contada como una especie de broma satánica lanzada sobre las leyes, frecuentemente equívocas, de los hombres. Nada raro es que esta historia haya sido y sea la favorita, por ser la que se burla de los más tenaces verdugos.

   Un buen día se abolió la inquisición y el pueblo también se burlaba. El tribunal caído, decían, estaba compuesto por un Santo Cristo, dos candeleros y tres majaderos.

   La Casa Chata pasó a convertirse en la sede de la insigne Facultad de Medicina, una extraña forma de lavar el dolor acumulado en esos muros. Actualmente aún pertenece a la Universidad Nacional, transformada en el Museo de la Historia de la Medicina. Hace pocos años, sin embargo, albergó por largo tiempo la famosa exposición  “Instrumentos de Tortura y Pena Capital”. Y no faltó quien dijera que los gritos que se escuchaban entre los acordes de la música sacra usada como ambientación, no eran parte de los efectos electrónicos. Aquellos débiles gritos eran los ecos, se murmuraba, de las otras historias que aquí no hemos contado. Sonidos que mantenían presente un pasado poco honroso pero, al fin y al cabo, también nuestro.

 

   El Antiguo Palacio de la Escuela Medicina se encuentra abierto al público, el horario para visitantes es: de 12:00 a 18:00 horas, de lunes a sábado. El domicilio: Calle de Brasil No. 33, Colonia Centro.