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Cuentos del Club de los Casados Negros - David Langford

—Caballeros, creo que quizá yo tenga la solución a su problema —murmuró con voz humilde Isaac, el mayordomo, mientras servía el brandy. —¡Es imposible! —jadeó Movias—. Esto no es más que un truco para impedirme que recite mi condensación del Diccionario de Johnson en verso libre. —Continúa, Isaac —dijo Savimo—. No hagas caso de ese pesado. —Gracias, señor. En primer lugar, enseguida me di cuenta de que el difunto doctor Osmavi era, evidentemente, un caballero muy erudito. —¿Y qué pruebas tienes de eso? —preguntó Movias. —Señor, el que en su apartamento estuviera presente La tabla periódica de Primo Levi. En otras palabras…, un libro. —¡Por… supuesto! —Bien, caballeros, ya sabemos que el Departamento de Policía de Nueva York examinó ese libro de la forma más concienzuda posible, buscando el código secreto que, según las últimas palabras del doctor Osmavi, debía encontrarse « en el libro». Buscaron por entre todas las páginas; hurgaron en el lom o y despegaron las tapas. Pero no se les...

Los siete gatos negros - Ellery Queen

La campanilla vibró sobre la puerta del "Estableci­miento de Venta de Animales Domésticos", de Amsterdam Avenue, y Mr. Ellery Queen, frunciendo la nariz, entró en él. La extensión y la variedad de hedores del diminuto comercio no habrían avergonzado al mismísimo Jardín Zoológico de Nueva York. No obstante ello, sólo alojaba bestezuelas de escasísimas proporciones, todas las cuales, al segundo preciso de su entrada al local, inicia­ron un espantoso coro. —¡Buenas tardes! —articuló una voz ríspida—. Soy Miss Curleigh. ¿En qué puedo servirle? En mitad del pandemónium, encontróse Mr. Ellery Queen bajo la mirada de un par de ojos mercuriales. Me­diaban también otros detalles (la joven era esbelta, con abundosas guedejas, curvas graciosas y un hoyuelo risue­ño); pero los ojos atrajeron al momento su atención. Miss Curleigh, ruborizándose, repitió la pregunta. —Excuse usted... —respondió Ellery, volviendo a su asunto—. En el reino animal no existe, al parecer, una proporci...