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Los gatos de Père Lachaise - Neil Olonoff


Bateman odiaba llegar tarde. Se sentía irritado después de haber perdido media mañana intentando convencer a su esposa de que acudiera al funeral de Osear. Ahora, subiendo hacia la entrada del crematorio de Pére Lachaise, se sentía más irritado aún por tener que abrirse camino entre un grupo de enormes gatos tomando el sol en los amplios escalones. 

Al llegar casi arriba, cansado de mirar constantemente a sus pies, pisó descuidadamente una cola. El maullido fue lo suficientemente fuerte como para despertar a los muertos, pensó divertido. Pero los gatos no salieron en estampida, alarmados. En vez de ello, arquearon sus lomos y le miraron con malevolencia. Con una nerviosa mirada por encima del hombro hacia los gatos, Bateman penetró en la fría penumbra del crematorio.

Se entretuvo un momento en la puerta de la estancia del crematorio. Pierre estaba sentado en medio del pequeño grupo de acompañantes que hacían guardia frente a la puerta del horno funerario. 

A Bateman le recordó aquella vez en que había observado la sala del tribunal durante el divorcio de Pierre y Alicia, hacía doce años. Ahora vaciló, preparando una explicación para la ausencia de Alicia. ¡Maldita fuera su testarudez! Los niños eran una buena excusa, por supuesto, o quizá el hecho de que ella estuviese resfriada. Se decidió por el resfriado. Aunque primero mencionaría los niños. Quizá pudiera evitar las miradas de reproche de Pierre, que siempre hacían que se sintiera culpable.

La puerta del horno crematorio estaba alzándose para revelar el resplandor rojo en su interior. Con un gemido de maquinaria automática, el sencillo ataúd de pino avanzó hacia allí. Bateman se sentó detrás de Pierre y su hermana. La puerta descendió. Eso era todo. Mientras el grupo se levantaba con un suspiro colectivo. Pierre se volvió y vio a Bateman. Éste observó la decepción de Pierre al no ver a Alicia a su lado. 

Bateman dijo:
—Lo sentimos mucho. Pierre.

Pierre respondió casi rudamente con una mecánica inclinación de cabeza y le dijo a su hermana que se fuera a casa, que quería recibir las cenizas él solo. El grupo se dispersó, y los dos hombres salieron fuera del crematorio y caminaron cruzando la gran plaza pavimentada.

Oscar, el difunto, era el cuñado de Pierre. Podía decirse que había muerto a causa de la bebida, pero de una forma más bien macabra. Oscar se había ahogado tras perder el conocimiento a causa del frío bajo el Pont Neuf, durante una tormenta. Sencillamente, el río subió de nivel a su alrededor. 

La policía lo encontró allí, sin ninguna corte d'identité. Tomaron sus huellas dactilares, pero Oscar había nacido en Toulouse. Antes de que la familia se enterara de su muerte, el cuerpo había sido llevado al crematorio público de Pére Lachaise, el famoso cementerio en el 20° arrondissement. Lo más sencillo era seguir adelante con el funeral de los pobres.

—Hemos tenido suerte de que lo incineren solo —dijo Pierre a Bateman—. Normalmente las cremaciones de los indigentes se hacen de cuatro a la vez.

Bateman alzó la vista, sorprendido, pero no dijo nada. Caminaron lentamente a lo largo de uno de los senderos pavimentados del cementerio, parpadeando ante las manchas de luz que salpicaban el suelo. Era un agradable atardecer, y las hojas de los viejos árboles se agitaban sobre sus cabezas.

—¿Cómo está ella? —preguntó Pierre, refiriéndose a Alicia.
—Está bien —dijo Bateman, reflexionando que no estaba más seguro de los sentimientos de ella que de los de Allan Kardek, el médium espiritista muerto hacía mucho, junto a cuya tumba de granito estaban pasando.
—¿Y Janine? —preguntó Pierre.
—También está bien —dijo Bateman.
Janine era la hija de Pierre, tan sólo un bebé cuando Alicia se divorció de él.

Pierre era un hombre adusto y silencioso por naturaleza, pero hoy parecía estar buscando una forma de prolongar la conversación. Bateman sintió pena por él, consciente de que a Pierre le resultaba difícil superar su timidez y cortedad. Pero Bateman tampoco se sentía tan comunicativo como de costumbre.

Su camino se vio entonces cruzado por uno de los grandes gatos que residían en el cementerio. Parecían estar por todas partes, espiándole a uno desde detrás de las tumbas, emboscándose en las húmedas criptas. Eran enormes, y Bateman supuso que se alimentaban de ratones de campo y de otros roedores.

—Mira esos gatos —dijo Pierre—. Son enormes.
Bateman sonrió. Tenía la sensación de que era capaz de predecir cualquier cosa que Pierre fuera a decir. La mente de aquel hombre era la de un ingeniero, pensó, estrictamente orientada a lo concreto y real. Bateman podía mirar al frente y captar los más notables detalles de los caminos del cementerio. 

Mientras pasaban junto a ellos. Pierre hacía alguna observación sobre cada uno. Bateman se sentía divertido ante esta confirmación, no por vez primera, de la diferencia de sus caracteres. Bateman siempre había sido capaz de ignorar lo obvio, de actuar como si las condiciones reales de la vida y las exigencias de los convencionalismos simplemente no existieran.

Alicia también era así. Cuando se había iniciado su aventura en una pequeña galería de arte de la Rué du Bac, el resto del mundo había parecido fundirse en el entorno. Su matrimonio con Pierre, su hija y la posición de Pierre en la fábrica de ladrillos y tejas de su suegro se convirtieron en algo secundario ante la supremacía del hecho que llenaba ahora sus vidas: su mutuo amor.

Bateman se hallaba en viaje de compras, añadiendo nuevas propiedades a la colección de arte de un hombre que era propietario de varios almacenes en Nueva York. Durante varios meses, él y Alicia estuvieron pegados a las líneas telefónicas que unían París y Nueva York. Él gastó sus ahorros en viajes aéreos. Finalmente, Bateman convenció al rico neoyorquino de que lo enviara permanentemente a París. 

Pocos años más tarde, Bateman abría su propia galería. Pero el período anterior al divorcio fue doloroso para todos ellos.

Pierre permaneció junto a Alicia durante todo ese tiempo por el bien de Janine, preparando biberones y cuidando de sus diarreas matinales. Alicia prosiguió a la vez su floreciente carrera como artista y su amor con el norteamericano, y de algún modo halló entre ambas dedicaciones algo de tiempo para su bebé.

Bateman imaginó que Pierre hubiese preferido tenerlos a ambos junto a él, aun sin el amor de Alicia, que no tener a ninguno. Luego, Pierre nunca encontró a otra mujer que le conviniera. Era un sacrificio del cual Bateman no hubiera sido capaz. Debido a ello, Janine creció como una niña feliz.

Durante aquel año, Bateman y Alicia escandalizaron a sus amigos y familiares viviendo su aventura a plena luz. Ella traía a menudo a Janine al apartamento de él o a la galería, aunque a veces también la dejaba con Pierre. Cuando Bateman la llamaba desde Nueva York, era inevitable que algunas veces Pierre se pusiera al aparato. 

Las primeras veces que esto ocurrió, Bateman colgaba, pero a medida que iba acostumbrándose a la situación, empezó a preguntar por ella e incluso a dejarle mensajes. Pierre lo aceptó sin una palabra de protesta.

Bateman miró a Pierre, reflexionando que probablemente esa misma reprimida y poco imaginativa cualidad era la que le había permitido sobrevivir aquel tenso período, por no mencionar los últimos doce solitarios años. Detrás de un árbol vio cómo desaparecía la cola de un gato.

—Me pregunto qué comerán esos gatos —dijo—. ¿Crees que hay alguien que les da de comer?

Pierre se echó a reír de aquella forma ahogada tan característica, una especie de agitación de la cabeza con los labios apretados, de los cuales apenas salía sonido alguno de regocijo. Sus ojos mantenían su eterna expresión de tristeza, pero por una vez hubo como una chispa de animación. Dijo:

—Hablé con uno de los hombres que trabajan en el crematorio antes de que tú llegaras. Le pregunté por los hornos y cosas así.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Bateman.
—DeLaye tiene que reparar constantemente los revestimientos internos de ladrillo —dijo Pierre.
DeLaye era el nombre de soltera de Alicia y el nombre de la compañía de su padre, para la cual seguía trabajando Pierre.
—Oh, entiendo.
—Los ladrillos tienen que ser reemplazados cada cuatro años o así. No es mucho trabajo.
—¡Dios mío! ¿Has visto ese gato? —dijo Bateman—. Debe de pesar sus buenos diez kilos.

Pierre miró al atigrado gato.
—Sí, es uno de los grandes —dijo—. El tipo ése me contó una curiosa historia acerca de los gatos. No sé si creerla.
—¿De qué se trata?
El gato atigrado estaba mirando a Bateman con la expresión maníaca que adoptan cuando están hambrientos.
—Los hornos poseen quemadores a gas que alcanzan los mil doscientos grados —dijo Pierre—. Pero el gas es tan caro estos días que intentan economizarlo reduciendo el tiempo entre cremaciones, de modo que los hornos no tengan oportunidad de enfriarse.
—Eso tiene sentido.
—Sí, excepto que eso supone que tienen que retirar los cadáveres antes. A menudo, cuando se trata de un cuerpo grande, especialmente uno de los que han sido congelados en el depósito de cadáveres, los huesos no se hallan completamente reducidos a cenizas.
—Estás bromeando —dijo Bateman—. ¿Qué hacen entonces?
—Bueno, generalmente rompen los huesos con la raclette.
—Una raclette? ¿Como la que utilizan los panaderos?
—Más o menos. Pero eso no es lo peor. El cráneo y el cerebro constituyen un problema mayor.
—¿El cerebro?
—Oh, sí. Y puedes imaginar. Se halla encerrado, rodeado de líquido, y es muy difícil de quemar. Además, ya sabes, en verano los cuerpos deben mantenerse a una temperatura muy cercana a la congelación. Se necesita mucho más tiempo para incinerar un cadáver congelado.
—Ya entiendo... —dijo Bateman, con un principio de náusea en su pecho.
—Sea como sea, el tipo dijo... —Pierre se interrumpió mientras doblaban una esquina.

Habían llegado a una sección de las tumbas cubierta con pintadas, muchas de ellas obscenas. «Quiero joderte, Jim.» «La Serpiente.» «Patrick, Harley Davidson, 1984.» Y finalmente, pintada con spray en brillantes colores sobre una losa de granito sin labrar, la explicación: «Jim Morrison, The Doors».

Se detuvieron a contemplar los centenares de inscripciones garabateadas con tiza o pintura. Algunas llevaban años allí, pero otras parecían recientes. Para Bateman resultaba consternante. Parecía como si no les importara nada. Se sintió avergonzado por ellos, incluso después de todo aquel tiempo transcurrido.

Había un pequeño grupo de ciclistas descansando en aquella curva del camino. La bicicleta era una estupenda forma de ver el cementerio. Los senderos eran lisos y libres de tráfico, aunque uno no podía vagabundear entre las tumbas; por eso habían dejado sus bicicletas encadenadas juntas y se habían encaminado por entre las tumbas cubiertas de hierba. 

Bateman y Pierre podían oír sus risas mientras examinaban las anticuadas inscripciones. Los ciclistas avanzaron hacia ellos hablando en inglés, dos muchachos y dos chicas caminando directamente por entre las tumbas sin preocuparse por el sendero que había entre ellas. Bateman apartó la vista. 

El sol se ocultó tras una nube y entonces miró su reloj. ¿Las cinco y media ya? Se estaba haciendo tarde. Caminó un poco sendero abajo, procurando no ver las profanaciones practicadas allí para conmemorar a una estrella del rock norteamericana. Pierre siguió en su lugar, leyendo los nombres y comentarios. Minutos más tarde, Bateman miró hacia atrás y vio a Pierre arrodillado junto a las bicicletas, hablando con uno de los muchachos, sin duda acerca de sus máquinas.

Bateman podía ver la plaza del Crematorio y al otro lado el Columbario, donde instalaban las urnas conteniendo las cenizas. Sus ojos fueron atraídos por una extraña escena. En medio de la plaza, un enorme perro pastor alemán permanecía de pie, inmóvil. Incluso a aquella distancia podía ver los desnudos colmillos y la cola bajada entre las piernas del perro. Rodeándole había una docena de enormes gatos. 

Uno de ellos avanzó hacia el perro, y el anillo de gatos se contrajo en tomo al animal. El gato más cercano lanzó un amago hacia el perro, como si estuvieran a punto de atacarlo en masse, cuando, procedente del Crematorio, un hombre apareció blandiendo un largo palo hacia los agazapados gatos. Retrocedieron, observando al hombre mientras tiraba del perro, alejándolo.

Hubo sonido de risas y una especie de forcejeo entre los chicos y chicas en el recodo del sendero. No les estaba prestando mucha atención. Pierre todavía seguía atrás. Bateman sabía que la tumba que contenía los restos de Víctor Hugo estaba en algún lugar por aquella zona. Un poco más abajo pudo descubrir los de Rothschild y Gertrude Stein.

Las tumbas eran pintorescas. Algunas estaban amuebladas con una especie de silla baja de respaldo almohadillado, diseñada para poder arrodillarse y rezar, llamada prie-dieu. Algunas tenían ganchos en las paredes, para colgar coronas. 

Aunque la mayoría de las criptas estaban cerradas con llave, alguna permanecían abiertas. Miró hacia las sombras de una que había sido utilizada como refugio por generaciones de borrachos, a juzgar por la cantidad de botellas de vidrio verde esparcidas por el suelo. Enrollado en el acolchado asiento del antiguo prie-dieu había un enorme gato gris de ojos amarillos.

¿Era su imaginación, o aquel gato le observaba con una mirada particularmente salvaje? Nunca le habían gustado demasiado los gatos. Cuando abrían sus bocas, mostrando la punta de sus lenguas, sus ojos vidriosos fijos en un inimaginable éxtasis felino, los encontraba positivamente repulsivos. Deseaba salir de aquel lugar. Miró de nuevo su reloj. ¡Casi las seis! Realmente tenía que irse. Se volvió en redondo para llamar a Pierre, y se encontró ante su rostro. 

Disimuló su impresión con una risa nerviosa.
—¡Oh, estás aquí! —dijo Bateman—. Creí que te habías ido en bicicleta con ellos.
—No —dijo Pierre, frunciendo el ceño.
—Realmente debo irme —dijo Bateman—. Le dije a mi mujer que esta noche saldríamos a cenar. —Por un momento había olvidado con quién estaba hablando, pero ya era demasiado tarde para rectificar—. Por supuesto, me refiero a Alicia.
—Por supuesto —dijo Pierre—. Yo también tengo..., tengo algo que hacer.
—De veras, Pierre —dijo Bateman—. Lo siento.
—¿El qué? —preguntó Pierre, sus ojos brillando repentinamente.

Estaba irritado, pensó Bateman, y eso le cogía por sorpresa. Era la primera vez que veía a Pierre mostrar su temperamento. Pierre tenía algo, un trozo de metal, en su mano, y estaba dándole vueltas con sus dedos.

En un tenso silencio, caminaron por un atajo entre las hileras de decrépitas tumbas y denso follaje. Las sombras iban alargándose, y Bateman se sintió incómodo caminando delante de Pierre. Notaba una especie de picor en su cuero cabelludo. ¿Tenía miedo de que Pierre, tras todos aquellos años, pudiera tomarse alguna especie de venganza física? 

Nunca había dicho una palabra en contra de Bateman, nunca le había colgado el teléfono, nunca había dejado de transmitir uno de sus mensajes. Como cornudo, pensó Bateman, había sido tan cooperativo como era posible imaginar. Bateman lamentó inmediatamente aquel pensamiento. Pierre era diez veces más generoso que él. Se merecía su simpatía, su ayuda, no su desprecio.

—Antes me estabas contando algo —dijo Bateman, dándose la vuelta.

Pierre andaba con la mirada baja, las manos unidas a su espalda, y Bateman se sintió más avergonzado aún de su secreta burla. Pierre alzó lentamente la vista. Parecía como si Bateman hubiera interrumpido algún monólogo interior.

—Sí —dijo—, pero ni yo mismo lo creo. Aunque supongo que sería interesante conocer la verdad.
—No sigo tus... —dijo Bateman.
—Los gatos —dijo Pierre—. Preguntaste cómo consiguen estar tan gordos. Tú piensas que deberían estar muertos de hambre. Y muchos otros también.
—Sí.
—Sea como sea, espero que tengas razón —dijo Pierre—. Probablemente alguien les da de comer. Aunque el hombre del Crematorio parecía hablar seriamente.
—Pierre, estás hablando con rodeos. Preferiría que dijeras con claridad lo que piensas.
—¿De la misma forma que lo haces tú? —preguntó Pierre.
—No sé a qué te refieres —murmuró Bateman.
—No importa. Vamos. Quizá pueda mostrarte lo que comen los gatos.

Habían salido, por la parte de atrás, al Columbario. No era más que una pared de nichos, en los cuales se depositaban las urnas. En cada uno se fijaba una placa grabada con el nombre y las fechas. Algunos estaban vacíos y señalados con un «Réservée». Cruzaron el amplio patio que daba frente al Crematorio, con el imponente edificio silueteado ahora por el rojizo sol.

Abandonaron la plaza y continuaron hacia la salida a través de una sección de viejas tumbas, formando terrazas a varios niveles. Aquel era un sector de «bajo alquiler», con gran cantidad de tumbas abandonadas y muy pocas espléndidas y bien cuidadas.

—Dijo que lo había puesto en algún lugar por aquí —murmuró Pierre, subiendo una pendiente para alcanzar el nivel superior.
Avanzaban entre grandes árboles que bloqueaban el sol. En dos ocasiones, Bateman tropezó con enredaderas mientras intentaba seguir los pasos de Pierre.

—¡Increíble! —oyó exclamar a Pierre—. ¡El tipo decía la verdad!
Bateman salió a una zona de hierbas altas casi oculta de la sección principal. Allí había un pequeño grupo de antiguas tumbas familiares, con verjas de hierro oxidado. Pierre estaba arrodillado en el deteriorado reclinatorio de una de las criptas, examinando el contenido de un pequeño plato. Retrocedió cautelosamente fuera de la pequeña estructura de piedra.

—Echa una ojeada —dijo—. Ve con cuidado, hay mierda de gato por todas partes.
—No me extraña —dijo Bateman—. Mira ahí.

Había no menos de veinticinco grandes gatos congregados en torno a la puerta de otra tumba. Se estremeció y escrutó la penumbra de la cripta, intentando descubrir qué era lo que había en el pequeño plato de cerámica. No sentía ningún deseo de ensuciarse los pantalones en aquel suelo.

—No podrás verlo desde aquí —dijo Pierre—. Está demasiado oscuro ahí dentro.

Bateman dio un paso hacia la angosta oscuridad. Había una corona marchita y una cruz de plástico suspendidas de ganchos a su derecha. Tuvo que arrodillarse en el prie-dieu para echar una ojeada a lo que había en el plato. Lo reconoció inmediatamente. No hay nada tan inconfundible como el tejido cerebral, con sus retorcidas circunvoluciones. Pero nunca antes había visto un cerebro de aquel tamaño, y ya estaba parcialmente consumido. Por los gatos, supuso.

Sufrió un violento sobresalto cuando una araña reptó por su mano. La aplastó contra la pared de piedra con el dorso de la mano. Hubo un suave y sordo ruido y el crujido de hojas sobre él, como si algo aterrizara en el techo; un enorme gato, sin lugar a dudas. Alguien tocó un silbato. Era la hora de cerrar. 

Empezó a alzarse del prie-dieu cuando oyó un fuerte chirrido y sintió que la puerta de la tumba se cerraba contra la suela de sus zapatos. Aquello no era un accidente. Hubo un fuerte che metálico. Se volvió en redondo, dificultado por el angosto espacio. Bajó la mirada a la cerradura de la puerta y vio el brillo de un robusto candado con cerradura de combinación, de los usados en las cadenas para bicicletas. Tenía que haber sido Pierre, pero no pudo distinguir a nadie.

—¡Abre, Pierre! —gritó.

No hubo respuesta. Estaba seguro de que Pierre aún se hallaba cerca. Lo recordó arrodillado con los muchachos junto a la tumba de Jim Morrison. Después de que se fueran, él llevaba un trozo de brillante metal en su mano.

«Meaouuu», oyó, junto con el ahogado sonido de varios pares de almohadilladas patas. El enorme rostro de un gato apareció en la ventana opuesta a la verja. Sus malignos ojos brillaban dorados bajo la agonizante luz.

Lanzó todo su peso contra la verja de hierro. Parecía como si fuera a desmoronarse al primer golpe, pero no fue así. De nuevo empujó con su hombro. Era inútil. No podía retroceder lo suficiente para tomar impulso. El gato de la ventana saltó al interior, a su lado. Los rostros de otros dos aparecieron en su lugar.

El enorme gato en el suelo dio un zarpazo a su tobillo, inclinando la cabeza como si sintiera curiosidad por ver su reacción. Bateman sintió un agudo dolor y lanzó una patada al gato. Éste arqueó su lomo y bufó, sonando muy fuerte en el reducido espacio. ¿Qué ocurriría si atacaban todos a la vez, como habían estado a punto de hacer en la plaza? No conseguiría defenderse de ellos en aquel claustrofóbico espacio. Apenas podía mover brazos y piernas.

—¡Pierre! —gritó—. ¡Por el amor de Dios!

Hubo varios golpes sordos a su lado. Tres gatos aparecieron repentinamente en el suelo, junto a él. Otro, enorme y negro, estaba en la ventana. Saltó hacia él y sintió cómo le clavaba sus uñas en la nuca y una pata delantera trazaba surcos junto a su ojo derecho. Con toda su fuerza, ignorando las uñas afiladas como cuchillos, arrancó al animal y lo estrelló contra la pared, mientras pateaba a los otros, que habían empezado a atacar sus piernas.

—¡Que alguien me ayude! —gritó.

Entonces vio a Pierre, a unos metros de distancia de la verja, exhibiendo en su rostro la misma expresión afligida de siempre. Bateman casi estaba histérico:
—¿Están atacándome! —gritó—. ¡Por favor, abre eso!
—Sólo son gatos —dijo Pierre—. Además, no sé la combinación.

Había el asomo de una sonrisa aflorando a sus labios, aunque su mirada seguía siendo compasiva.
Uno de los gatos clavó sus uñas en la pantorrilla de Bateman, y éste dio un salto de dolor.

Pierre había dado media vuelta y empezaba a andar sendero abajo, hacia la salida.
—¡Por el amor del cielo! —gritó Bateman—. ¡Piensa en Alicia!
Pierre detuvo sus pasos: parecía estar reconsiderando la situación.

Bateman se aferró a los oxidados barrotes de su jaula mientras Pierre desaparecía de su vista.
—No te preocupes, Bateman —oyó—. Le diré que llegarás tarde para cenar.

Los siete gatos negros - Ellery Queen

La campanilla vibró sobre la puerta del "Estableci­miento de Venta de Animales Domésticos", de Amsterdam Avenue, y Mr. Ellery Queen, frunciendo la nariz, entró en él. La extensión y la variedad de hedores del diminuto comercio no habrían avergonzado al mismísimo Jardín Zoológico de Nueva York. No obstante ello, sólo alojaba bestezuelas de escasísimas proporciones, todas las cuales, al segundo preciso de su entrada al local, inicia­ron un espantoso coro.

—¡Buenas tardes! —articuló una voz ríspida—. Soy Miss Curleigh. ¿En qué puedo servirle?

En mitad del pandemónium, encontróse Mr. Ellery Queen bajo la mirada de un par de ojos mercuriales. Me­diaban también otros detalles (la joven era esbelta, con abundosas guedejas, curvas graciosas y un hoyuelo risue­ño); pero los ojos atrajeron al momento su atención. Miss Curleigh, ruborizándose, repitió la pregunta.

—Excuse usted... —respondió Ellery, volviendo a su asunto—. En el reino animal no existe, al parecer, una proporción decente entre la fuerza de los pulmones y el... ¡ejem!... aroma, por un lado, y el tamaño, por el otro. Miss Curleigh, ¿sería posible adquirir aquí un ejem­plar canino, relativamente silencioso y bien oliente, con pelo castaño, oídos inquisitivos y patas más o menos tor­cidas?

Miss Curleigh frunció el entrecejo. Por desgracia, no tenía "terriers" irlandeses. El último se lo había llevado una solterona... ¿Acaso un "scottie"...?

Mr. Queen frunció el entrecejo. No; Djuna le había pe­dido un "terrier" irlandés; ningún substituto serviría.

—Espero recibir mañana noticias de nuestras perreras de Long Island —contestó la muchacha—. Si quiere de­jarme su nombre y dirección...

Mr. Queen, admirando las pupilas de la joven, contestó que "encantado".

Cuando Miss Curleigh hubo leído lo escrito por Ellery, desapareció de su rostro la máscara comercial:

—¿Cómo? ¿Usted es Mr. Ellery Queen? —exclamó—. ¡Qué sorpresa! ¡He oído hablar tanto de usted, Mister Queen! Y vive precisamente a la vuelta, por la calle 87... ¡Qué emocionante! Nunca esperaba conocerle...

—Ni tampoco yo, señorita —susurró Ellery.

La joven se ahuecó los cabellos:

—Una de mis mejores clientes reside enfrente de su casa, Mr. Queen; casi podría asegurarle que es una de mis más frecuentes clientes. ¿No la conoce usted? Es una tal Miss Euphemia Tarkle.

—Nunca tuve ese placer —contestó Mr. Queen, abstraí­do—. ¡Qué ojos tiene usted! Digo... ¿Euphemia Tarkle? ¡Vaya un mundo de maravillas! ¿Su nombre es tan inve­rosímil como su ser?

—¡Oh! ¡Qué grosería! —replicó Miss Curleigh, seve­ra—. Confieso que la pobre es bastante rara, pero... Es una anciana con carita de rata... e inválida... Pequeñita, frágil, endeble... A decir verdad, está loca de remate.

—La abuelita del cuento del lobo, sin duda —manifestó Ellery, tomando su bastón—. Gatos, ¿no?

—¡Oh! ¿Cómo lo adivinó, Mr. Queen?

—Siempre son gatos —murmuró él, con acento tétrico.

—¡Usted la encontraría tan interesante, Mr. Queen! —expresó la muchacha.

—¿Y por qué yo, Diana mía?

—Mi nombre —aclaró Miss Curleigh— es Marie. ¡Es que ella es tan extravagante, Mr. Queen! Y tengo enten­dido que las gentes extravagantes siempre a usted le inte­resaron...

—Al presente —contestó Ellery— me encuentro gozan­do del fruto de la indolencia.

—Pero, ¿sabe lo que hace Miss Tarkle?

—No tengo de ello ni la más remota idea —dijo Mister Queen.

—Pues, me ha venido comprando gatos, a razón de uno semanal, durante varias semanas.

Mr. Queen suspiró, lúgubremente:

—No veo ningún motivo especial para nutrir sospe­chas. Una anciana inválida, una pasión por los gatos... ¡Oh, sí! Tuve una vez una tía solterona que era como Miss Tarkle.

—Eso es lo extraño del caso —prorrumpió la mucha­cha—. ¡A ella no le gustan los gatos!

—¿Y cómo lo sabe usted?

—Su propia hermana me lo dijo y... ¡Chitón, "Pirulo"! Miss Tarkle es paralítica, y su hermana Sarah-Ann la cuida y atiende las necesidades del hogar; ambas son mu­jeres de edad, y se parecen muchísimo. Se me figuran momias resecas por los años. Bien, hace un año vino Miss Sarah-Ann para adquirir un gato negro, aclarando que, como no contaba con mucho dinero, no podría com­prar uno de buena raza; le conseguí un gato vulgar...

—¿No le solicitó un gato negro?

—No... Dijo que cualquiera serviría. Pocos días des­pués regresó, inquiriendo si podía devolvérmelo a cambio del dinero pagado por él. Explicó que su hermana Euphemia detestaba los gatos y agregó que, desde que vivía poco menos que con el dinero de la hermanita, no podía enemistarse con ella. Sintiendo algo de lástima, le contesté que le devolvería el dinero; pero supongo que cambió de opinión, o bien que su hermanita Euphemia mudó la suya, porque Sarah-Ann Tarkle no volvió nunca más a la tien­da. De todas maneras, así supe que Miss Euphemia detes­taba los gatos.

—¡Extraño! —murmuró Ellery—. ¡Una verdadera saga! ¿Dice que esa Euphemia los ha venido adquiriendo a razón de uno semanal? ¿Qué clase de gatos compra, Miss Curleigh?

—Ordinarios, Mr. Queen. Por supuesto, como posee muchísimo dinero (al menos, eso es lo que afirma la hermanita) traté de venderle un "angora", o un "maltés", premiado. Pero sólo quería gatos semejantes al llevado por Sarah-Ann. Gatos negros...

—¿Negros?... ¿Es posible que...?

—¡Oh! ¡No es nada supersticiosa, Mr. Queen! En cierto modo, es mujer rarísima. Compró gatos negros con ojos verdes, todos del mismo tamaño. Pensé, con razón, que eso era extraño.

Las narices de Ellery aletearon un poco, mas no ya por los olorcillos del "Establecimiento de Venta de Animales Domésticos", de Miss Marie Curleigh. ¡Una anciana invá­lida, llamada Tarkle, que adquiere, semanalmente un gato negro con ojos verdes!

—¡Muy extraño! —murmuró—. ¿Desde cuándo se viene sucediendo esto?

—¡Ah! ¡Ya está interesado, Mr. Queen! Hace cinco se­manas; entregué el sexto ejemplar el otro día.

—¿Lo entregó usted misma? ¿Acaso esa mujer está totalmente paralizada?

—¡Oh, sí! No puede dar un paso. Desde hace diez años, las cosas han estado sucediendo así. Las dos hermanas no vivían juntas antes de la época en que Euphemia sufrió el ataque de parálisis. Al presente, depende aquélla por entero de su hermana: comidas, baños, vesti... en toda suerte de atenciones...

—En tal caso, ¿por qué no enviaba a la hermana en busca de los animales? —inquirió el detective.

—No lo sé. Miss Euphemia siempre me telefonea (tiene un aparato al lado de la cama y puede usar los brazos lo suficiente como para alcanzarlo), cada vez que precisa gatos. La orden es siempre la misma: negro, macho, ojos verdes, de la misma medida que el anterior, y lo más barato posible.

—¡Fantástico! —dijo Ellery—. Dígame, ¿cómo obraba la hermana Sarah-Ann cuando usted hacía entrega de las bestias?

—¡Chitón, "Fifí"! Eso sí que no podría contestárselo, Mr. Queen, porque nunca la encontraba allí.

Ellery dio un respingo:

—¿Cómo que nunca la encontraba allí? ¿Qué es eso? ¿No aseguraba usted que Euphemia es inválida absoluta y que...?

—Sí; lo es; pero Sarah-Ann sale a tomar aire todas las tardes, y su hermana queda sola unas pocas horas. Creo que en esos momentos la paralítica me llama por teléfono. Además, me previno que fuera a determinada hora, y como nunca topé con Sarah-Ann al hacer entrega del pedido, imagino que la paralítica trataba de mantener se­creta la compra de los gatos. Penetré en el departamento las veces aludidas porque Sarah-Ann deja sin llave la puerta cuando sale a sus paseos. Euphemia me recomendó una y otra vez que no dijera nada sobre los gatos.

—¡Más y más complicado! —murmuró Ellery—. Miss Curleigh, ha dado usted en algo morboso...

La muchacha palideció:

—¿No supondrá usted que...? ¿No pensará que ellas...?

—¿Insultos ahora? Sí; pienso. Y por eso me siento perturbado. Por ejemplo, ¿cómo diablos esperaba mante­ner secreta la compra de los mininos? ¿Sarah-Ann es ciega?

—¿Ciega? ¡No! Y la vista de Euphemia es, asimismo, perfecta.

—Tómelo como un sabroso chiste. Esto no tiene ni pies ni cabeza, Miss Curleigh —aseveró el detective.

—Bueno, —respondió ella— al menos conseguí des­orientar al gran Ellery Queen... Apenas me llegue un "terrier" irlandés le llamaré a...

Mr. Ellery Queen, tomó de nuevo su bastón:

—Miss Curleigh, soy un incurable entremetido. ¿No le agradaría ayudarme a husmear en los asuntos de las hermanitas Tarkle?

—¿Habla usted en serio? —balbuceó ella.

—¡Completamente en serio!

—¡Oh! ¡Con muchísimo gusto! ¿Qué debo hacer?

—Pues lléveme hasta el departamento de las Tarkle y presénteme como viejo parroquiano suyo. Diremos que el gato vendido el otro día a Miss Tarkle me había sido prometido a mí, que soy un terco aficionado a los gatos, y que no quiero ningún otro, y que se ve usted obligada a tomar de vuelta el felino de marras y entregarle otro parecido. Es decir, cualquier pretexto que me permita verla y hablarle. Promedia la tarde, Miss Curleigh; es muy posible que Sarah-Ann esté en algún cinematógrafo, derritiéndose ante Clark Gable. ¿Qué me contesta?

—Pues contesto que eso es... demasiado hermoso para decirlo en palabras, Mr. Queen. Aguarde un minuto mientras empolvo la nariz y dejo a alguien a cargo del comercio. ¡No quisiera perderme esta emoción por nada en el mundo!

    Diez minutos después ambos jóvenes deteníanse ante la puerta del departamento 5-C, del "Amsterdam Arms", contemplando en silencio dos botellas de leche, llenas, que estaban sobre el piso del corredor. Miss Curleigh parecía asustada; Mr. Queen se agachó; al enderezarse de nuevo, también puso cara perpleja:

—De ayer y de hoy —murmuró, colocando la mano sobre el picaporte y empujando; la puerta estaba cerrada con llave—. ¿No decía usted que la hermana deja la puerta abierta cuando sale?

—Tal vez esté en la casa —dijo la muchacha—. O si salió, es posible que olvidara descorrer la llave.

Ellery oprimió el botón del timbre. No hubo contes­tación. Llamó nuevamente, y luego gritó:

—Miss Tarkle, ¿está allí dentro?

—No alcanzo a comprender —dijo Miss Curleigh—, ¡Miss Euphemia tendría que haberle oído! El departa­mento sólo tiene tres habitaciones, y tanto el dormitorio como la sala dan, directamente, sobre un pequeño "foyer", al otro lado de la puerta. La cocina está directamente más adelante.

Ellery llamó otra vez, a voz en cuello. Tampoco hubo respuesta...

—¡Oh, Mr. Queen! —balbuceó Miss Curleigh—. ¡Algo terrible sucedió aquí!

—Vamos a ver al superintendente del edificio —dijo Ellery, calmosamente.

Encontraron el clásico cartellillo:

"superintendente potter"

sobre una puerta de la planta baja. Ellery pulsó el timbre.

Una mujer rechoncha les abrió la puerta del departa­mento. Secándose las manos en el delantal y echándose atrás unos mechones de greñas grises, gruñó:

—Bueno, ¿qué pasa?

—¿Es usted Mrs. Potter?

—Sí. No tenemos departamentos desalquilados. El por­tero podría haberles informado de...

—¡Oh! —articuló Ellery—. No buscamos departamento, Mrs. Potter. ¿No está el superintendente?

—No; no está —masculló la mujer—. Consiguió un tra­bajo extra en la fábrica de productos químicos de Long Island y no vuelve a casa hasta después de las tres y media. ¿Qué quieren con él?

—Bien, estoy seguro de que usted servirá lo mismo, Mrs. Potter. Esta señorita y yo no logramos recibir con­testación del departamento 5-C. Veníamos a visitar a Miss Tarkle y...

La mujer hizo una mueca:

—¿No está abierta la puerta? Por lo general, no se encuentra cerrada a estas horas de la tarde. La lista salió, pero la paralítica...

—Está cerrada con llave, Mrs. Potter, y no recibimos contestación a nuestras llamadas.

—¡Curioso! —chilló la mujer—. No entiendo cómo... Miss Euphemia es una vieja baldada; nunca sale del departamento. ¡Oh! ¿Habrá sufrido un ataque la pobrecilla?

—Espero que no, señora. ¿Cuándo vio usted por última vez a Miss Sarah-Ann?

—¿A la lista? Veamos... Hace dos días... ¡Oh! Pen­sándolo mejor, recuerdo que desde hace dos días no he visto tampoco a la paralítica, caballero.

—¡Cielos! —articuló la muchacha, evocando las dos botellas de leche—. ¡Dos días!

—¿De modo que usted visita, ocasionalmente, a Miss Euphemia? —preguntó Ellery.

—Sí, señor. De vez en cuando me llamaba por teléfono a la tarde, cuando su hermana estaba ausente, para que le llevara algo al incinerador, o para que le hiciera algún mandado. El otro día le llevé una carta al correo. Ella... siempre me da propina... Pero pasaron dos días sin que...

Extrayendo algo del bolsillo, Ellery lo puso bajo los azorados ojuelos de la mujer.

—Mrs. Potter, —dijo, secamente— necesito entrar en el departamento. Pasa allí algo anormal. ¡Déme la llave maestra!

—¡Po... po... policía! —tartamudeó la mujer; de im­proviso, salió a escape y regresó con una llave que entregó al joven—. ¡Oh! ¡Ojalá que Mr. Potter estuviera ya en casa! —gimoteó—. No necesitaría...

—¡Ni una palabra de lo ocurrido a nadie, Mrs. Potter!

Dejándola boquiabierta y consternada, entrambos jóve­nes regresaron en ascensor hasta el quinto piso.

—Tal vez sea mejor, Miss Curleigh, que no entre usted conmigo al departamento —aconsejó Ellery, dulcemente, insertando la llave en la cerradura—. Es posible que no sea esto muy agradable para una señorita. Yo... — enmu­deció repentinamente, agazapando su cuerpo. ¡Alguien les acechaba al otro lado de la puerta!

Resonó el inconfundible ruido de pies corriendo, acom­pañado por un raspamiento irregular, como si algo fuera arrastrado sobre el piso. Volviendo la llave, Ellery hizo girar el picaporte con la celeridad del rayo; la muchacha jadeaba a sus espaldas. La hoja desplazóse un dedo... y acabó por atascarse... ¡Los pies fueron alejándose a la carrera!

—¡El muy granuja trabó la puerta! —masculló Ellery—. ¡Atrás, Miss Curleigh! —dicho esto, embistió contra la hoja; estalló un crujido y la puerta saltó hacia adentro, derribando una silla destrozada—. ¡Demasiado tarde!

—¡La escalera de incendio! —chilló la muchacha—. ¡En el dormitorio... a la izquierda!

Lanzándose dentro de una habitación estrecha, pro­vista de dos lechos gemelos, el joven se abalanzó hacia una ventana abierta. Sin embargo, no se veía a nadie en la escalera de incendios. Echó un vistazo para arriba: una escalera de hierro iba curvándose y desapareciendo por sobre su cabeza.

—Temo que el pillastre haya desaparecido por el tejado —musitó—. Bien, vamos a examinar el cuarto. Aparen­temente, no hubo derramamiento de sangre. ¿Quién nos dice ahora que todo esto no sea humo de paja? ¿Ve usted algo interesante?

La jovencita señaló con dedos trémulos:

—Ésa es su... su cama... ¡el lecho desordenado!... Pero, ¿dónde está esa pobre mujer?

La otra cama estaba perfectamente en orden. En cam­bio, la de Miss Euphemia Tarkle hallábase en indescriptible revoltijo. Las sábanas habían sido arrancadas y el colchón fue tajeado; parte del cutí yacía por el suelo; las almohadas habían sido destrozadas; una depresión del centro del colchón indicaba el lugar en que descansaba la inválida.

Inmóvil, estudiaba Ellery la cama de Miss Euphemia. Enseguida, dio unas vueltas por los gabinetes, cerrando y abriendo puertas, huroneando por doquier, seguido por la muchacha, Ellery miró la sala, la cocina y el cuarto de baño. Verificó entonces que, excepto la cama de Miss Tarkle, nada parecía alterado. El lugar, empero, trasun­taba algo desagradable. Todo parecía indicar como si la violencia le hubiese visitado en mitad del silencio; una bandeja con platos, cubiertos y comida a medio terminar estaba sobre el piso, casi bajo la cama.

—¡Es tan... raro! —musitó Miss Curleigh—. ¿Dón­de está Miss Euphemia? ¿Y su hermana? ¿Y quién era ese... ese individuo que atrancó la... la puerta?

—Y lo que más hace al caso —respondió Queen, con­templando la bandeja con alimentos— ¿dónde están los siete gatos negros?

—¿Sie...?

—Sí; la bestezuela de Sarah-Ann y las seis de Euphe­mia.

—Acaso saltaron por la ventana cuando aquel hombre...

—Sí... ¡tal vez! ¡Y no diga "hombre"! Nada sabemos todavía —el joven miró en torno—. Si los gatos huye­ron, eso ocurrió hace unos minutos, porque el pestillo de la ventana ha sido forzado, indicando que ella estaba cerrada y por consiguiente, que los... —enmudeció re­pentinamente—. ¡Hola! ¿Quién anda allí? —gritó vol­viéndose.

—Soy yo —dijo Mrs. Potter —. ¿Dónde está...?

—¡Desapareció! —contestó Ellery—. ¿Está segura de que no vio hoy a las hermanas Tarkle?

—Ni hoy ni ayer, señor. Yo...

—¿No advirtió la presencia de alguna ambulancia en las cercanías estos dos últimos días?

La superintendenta palideció como un espectro:

—¡Oh, no, señor! No atino a comprender cómo Miss Euphemia consiguió salir. ¡Si no puede dar un paso! Si la llevaron en vilo, alguien tendría que haber reparado en ello. ¡De seguro, el portero! Se lo pregunté; pero no vio nada. Cualquiera diría que...

—¿No sería posible que su esposo haya visto a alguna de ellas, o a las dos, en estos dos últimos días?

—¡No, señor! Él estuvo con ellas anteanoche. Harry se ha estado ganando unos dólares extra; Miss Euphemia quería que el casero decorara y empapelara el departa­mento, pero él no aceptó. Bien, hace cosa de un mes, Miss Euphemia le preguntó a Harry si podía hacerle ese trabajo en ratos libres, por lo cual le abonaría determina­da suma, inferior, desde luego, a la que percibiría un de­corador profesional. Mi esposo ha venido haciéndolo en sus momentos desocupados, especialmente por la noche. 

¡Oh! ¡Harry es diestro! Aquí realizó una labor esplén­dida. Bonito empapelado, ¿verdad? Por eso les dije antes que anteanoche él había vuelto a ver a Miss Euphemia. —Un pensamiento calamitoso cruzó, al parecer, por su mente—. ¡Oh! Si algo le ocurrió a la baldada, nosotros... nosotros no cobraremos el trabajo... Todo ese esfuerzo... Y el casero...

—Sí, sí —interrumpió Ellery—, Mrs. Potter, ¿hay ratas o lauchas en la casa?

Entrambas mujeres perdieron el color:

—No, señor. No queda ni una sola —farfulló la Pot­ter—. Vino la cuadrilla desratizadora y...

Calló a su turno. Volviéronse todos a la puerta al oír ruidos en el vestíbulo. ¡Alguien entraba!

—¡Adelante! —gritó el detective al ver ante sí un rostro bobalicón, asomado, tímidamente, por la puerta del dor­mitorio.

—¡Ejem! Excúsenme, por favor —dijo el recién lle­gado, nerviosamente—. Creo que me equivoqué de depar­tamento. .. ¿Vive aquí Miss Euphemia Tarkle?

El desconocido era alto, joven, con cabellos color zana­horia; usaba un traje raído, de corte anticuado; cargaba en la mano una gastada valijilla de cuero.

—Sí, aquí es —replicó Ellery, con sonrisa amistosa—. ¡Entre, entre! ¿Podría preguntarle quién es usted, joven?

—Pero, ¿dónde está tía Euphemia? —balbuceó el otro—. Soy Elías Morton, Jr. ¿No vive ella aquí? ¿No está ahora?

—¿Dijo "tía" Euphemia, Mr. Morton?

—Soy su sobrino, señor. Vine de Albany. ¿Dónde...?

—¿Es la suya una visita inesperada, Mr. Morton? —murmuró Ellery.

El joven pestañeó, reteniendo todavía su raída valija. Dejándola caer luego sobre el piso, rebuscó en sus bol­sillos hasta extraer de ellos una sucia y arrugada carta:

—Yo... yo recibí esto días pasados —tartajeó—. Hu­biera venido más pronto, si mi padre no se hubiera des­compuesto por... ¡No lo entiendo!

Ellery arrancóle la misiva. Garrapateada penosamente, sobre una hojita de papel ordinario, la carta, escrita con los torpes dedos de la ancianidad, rezaba así:

"Querido Elías:

Sé que hace muchos años que no tienes noticias de tu tía Euphemia; pero ahora te necesito, Elías, porque tú eres el único pariente carnal hacia quien puedo volverme en mi Horrible Desventura. Estoy en gravísimo peligro, mi querido muchacho. Debes ayudar a esta pobre vieja inválida. ¡No le digas nada a papá ni a nadie! Cuando llegues a casa, finge que has venido a visitarnos. ¡No lo olvides! ¡Por el cielo, no me desampares! ¡Ayú­dame! Tu tía que tanto te quiere

euphemia".

—¡Notable mensaje! —murmuró Ellery—. Escrito a impulsos del temor, Miss Curleigh. Y perfectamente genuino. ¿Que no se lo diga a nadie, eh? Bien, Mr. Morton, mucho me temo que haya llegado demasiado tarde.

—¿Demasiado...? Pero... —el semblante del joven perdió color—. Quise venir enseguida de recibir la carta, pero mi padre se descompuso de gravedad tras una de sus frecuentes borracheras y... y no pude hacer el... el viaje... ¡No sabía qué hacer! Vine y... ¡Oh! Pensar que... Yo...

—¿Es ésta la escritura de su tía?

—¡Oh, sí!

—Colijo que su padre no es hermano de las Tarkle, ¿eh?

—No, señor. Mi mamaíta era hermana de ellas... ¡que Dios la tenga en su santa gloria! ¿Está... está muerta la tía Euphemia? ¿Y dónde se encuentra tía Sarah-Ann?

—Ambas han desaparecido —explicó el detective, rela­tándole, concisamente, cuanto descubrieran; el jovencito de Albany parecía a punto de perder el sentido—. Inves­tigo... ¡ejem!... extraoficialmente este asunto, Mr. Morton. Cuénteme cuanto sepa con respecto a sus dos tías.

—Es poco, señor. En los últimos quince años no las he visto. Bueno, sólo una vez recibí noticias de tía Euphe­mia, y dos o tres de tía Sarah-Ann. Nosotros... ellos sabían... Es decir, sabía yo que tía Euphemia comenzó a portarse de modo extravagante después de sufrido su... ataque, señor. 

Tía Sarah-Ann escribió diciéndonos que Euphemia poseía algún dinero, legado del abuelito, y que se mostraba muy tacaña, regateándole hasta el último centavo gastado... Tía Sarah-Ann, en cambio, no tenía un cobre, viéndose obligada a vivir con Euphemia y cuidar de ella y de la casa. Parece ser que tía Euphemia no tenía confianza en los bancos y que había escondido el dinero en alguna parte. Nadie sabía dónde, ni siquiera tía Sarah-Ann. 

No quiso dejarse atender por ningún médico después del ataque para no gastar en honorarios. No congeniaron nunca; siempre tenían renci­llas, según me escribió tía Sarah-Ann; y tía Euphemia la acusaba todos los días de robarle su dinero; tía Sarah-Ann me aseguraba en la carta que no sabía cómo aguantar esa situación. Eso es todo... todo cuanto sé, señor.

—¡Pobrecillas! —murmuró la muchacha—. ¡Qué horri­ble existencia! No podríamos hacer responsable a Miss Tarkle de...

—Dígame usted, Mr. Morton, —dijo Ellery, arrastrando las palabras— ¿es verdad que su tía Euphemia detestaba los gatos?

—¡Oh! ¿Cómo... lo sabe, señor? Sí; los detesta. Tía Sarah me hablaba de eso en sus cartas. Ese odio moles­taba bastante a Sarah-Ann, pues ella quiere mucho a los gatos y los trata como si fueran hijos suyos. Tía Euphe­mia siente celos de ese cariño y entonces... Creo que... En fin, no congeniaban, señor, no congeniaban. Es decir, que no congenian...

—A mí me parece que estamos tropezando con per­donables dificultades en cuanto al tiempo de verbo, Mr. Morton —dijo Ellery—. Después de todo, no tenemos pruebas de que sus tías no hayan salido de vacaciones o estén haciendo alguna visita. ¿Por qué no se aloja en algún hotel cercano? Ya le informaremos de los aconte­cimientos —garabateó el nombre y la dirección de un hotel de la calle Setenta sobre una hojita del anotador—. No se aflija. No tardará en recibir novedades —dicien­do esto, empujó al azorado jovencito fuera del departa­mento; instantes más tarde, percibieron el chasquido de la puertecilla del ascensor—. ¡El clásico primo del campo en carne y hueso! —glosó Ellery, lentamente—. Mis Curleigh, permítame refrescar mi vista en su hermosura. Gente como ese pobre Mr. Morton debiera ser prohibi­da por ley. —Después de un instante de vacilación, se dirigió al baño. Miss Curleigh, ruborizándose, le siguió.

—¿Qué es esto? —oyó decir al detective, ásperamen­te—. ¡Mrs. Potter! ¡Vuelva en sí! ¡Demontres!

—¿Qué es lo que pasa ahora? —gritó la muchacha, lanzándose al cuarto de baño tras él.

Mrs. Potter, con sus poderosos antebrazos como carne de gallina, azorados los ojos, la boca entreabierta, clavaba la vista en la bañera. La mujer profirió algunos sonidos ininteligibles, hizo girar los ojos y luego huyó del depar­tamento.

—¡Oh! ¡Dios mío! —gimió la muchacha—. ¡Qué horrible!

—Horrible —afirmó Ellery— y esclarecedor. Pasé por alto este detalle cuando estuve antes por aquí... —en­mudeciendo, curvóse sobre la bañera.

Un gato negro, rígido e inerte, repulsiva masa de san­gre y de pelos, yacía dentro de la bañera; tenía la cabeza destrozada y descoyuntado el cuerpecillo. Su sangre había formado cuajarones en las paredes de porcelana. El arma, arrojada a un lado por la mano del matador, estaba junto al cadáver: un cepillo de baño, cubierto de sangre, con un pesado mango.

—Esto explica, por lo menos, la desaparición de uno de sus gatos, Miss Curleigh —murmuró el detective—. Fue muerto a golpes con ese cepillo. No hace aún 24 horas que murió, a juzgar por su aspecto. Estimada señorita, creo que estamos abocados a la dilucidación de una tragedia pavorosa.

—¡El vil que pudo matar a esa pobre bestia con tanta brutalidad y saña es un... es un monstruo! —vociferó ella—. Si aquella horrible mujer...

—No se olvide usted —apuntó Ellery— que Miss Euphemia es inválida.

  —Bien, este asuntito —bisbiseó el detective— cobra creciente interés, Miss Curleigh. ¿No tiene idea de lo que descubrí aquí?

Habían retornado al dormitorio y se inclinaban sobre la bandeja, que Ellery recogió del piso y depositó en la mesilla de luz. Miss Curleigh recordó que en sus visitas anteriores había encontrado esa misma bandeja sobre el lecho de Miss Tarkle o en la mesa, y que la inválida le explicó que había adoptado el hábito de comer a solas.

—Vi que andaba usted revolviendo cosas con polvo y adminículos, pero... —respondió ella.

—Examen de impresiones papilares —Ellery contem­plaba los cubiertos que había en la bandeja—. A veces, mi equipo de bolsillo presta utilísimos servicios. Usted me vio revisando estos cubiertos, señorita. ¿Afirmaría usted que estos artículos fueron utilizados por Euphemia durante su última comida?

—¡Oh! ¡Por supuesto que sí! En el cuchillo y en el tenedor veo todavía partículas de alimentos.

—¡Exactamente! Los cabos de los cubiertos son super­ficies de plata, en las cuales quedan marcadas las hue­llas digitales —encogiéndose de hombros—. Créase o no, en ellas no encontré una mala impresión digital.

—¿Qué quiere usted decir, Mr. Queen? ¿Cómo es posible?

—El caso es que alguien eliminó toda huella revela­dora frotando los mangos con un pañuelo. Curioso, ¿eh? —Ellery encendió un cigarrillo—. Con todo, examinemos este pequeño enigma. Ante nosotros está la bandeja de Euphemia, con sus alimentos, sus platos y sus cubiertos. Pero si sólo ella manejaba los cubiertos, ¿quién eliminó las impresiones? ¿Ella misma? ¿Por qué? ¿Algún otro? Sin embargo, maldito el sentido que le veo a que alguien se preocupara de borrar las huellas papilares de Euphemia. ¿Acaso no tienen derecho indiscutible de hallarse allí? 

En tal caso, fácil es inferir que, aparte de las impre­siones digitales de Euphemia, los mangos de estos cubier­tos llevaban marcadas las de otra persona, todo lo cual nos explica la actitud del desconocido que se preocupó tanto en hacerlas desaparecer. ¿Por qué? —dijo—. Co­mienzo a ver claro en las cosas. Miss Curleigh, ¿desea usted servir de mensajero de la Justicia? —Miss Curleigh, abrumada, sólo atinó a asentir; empezó Ellery entonces a envolver los restos de comida descubiertos en la bandeja de la inválida—. Lleve este paquetillo al doctor Prouty (aquí está su domicilio) y ruéguele que se lo analice. Espere allá, reciba el informe y vuelva aquí. Trate de entrar en la casa sin ser observada.

—¿La comida?

—¡La comida!

—¿Sospecha usted que pudo ser...?

—La hora de las reflexiones —respondió Ellery, fle­máticamente— ya ha pasado casi por completo.

 Ausente ya la jovencita, arrojó Ellery un vistazo final al cuarto, cerró la puerta principal con llave y guar­dando la llave-maestra que le entregara Mrs. Potter, descendió hasta la planta baja, tocando el timbre del departamento de los Potter.

Abrióle la puerta un individuo rechoncho, de facciones duras y toscas y con el sombrero echado sobre la nuca. Observó Ellery la agitada silueta de Mrs. Potter tem­blequeando por los fondos.

—¡Ése es el policía! —chilló ella—. No te mezcles en...

—¡Ah! Conque es usted, ¿eh? —masculló Potter—. Soy el superintendente, Harry Potter. Cuando llegué de la fábrica, mi mujer me dijo que ocurre algo anormal en el departamento de las Tarkle. ¿Qué pasa ahora?

—¡Vamos! No se asuste, Mr. Potter. Con todo, me ale­gro mucho de que esté en casa, pues necesito con urgen­cia ciertas informaciones que sólo usted podría propor­cionarme. ¿Alguno de ustedes encontró gatos muertos en alguna parte del edificio?

—¡Caracoles! ¡Esto sí que es extraño! Seguramente que hallamos gatos muertos. Mrs. Potter dice que ahora hay uno muerto en el 5-C; nunca imaginé que esas dos viejas fueran las que...

—¿En dónde los descubrió? ¿Cuántos? —preguntó, seco, Ellery.

—Pues abajo, en el incinerador del sótano, señor. Ellery dióse una sonora palmada en la nalga: —¡Desde luego, desde luego! ¡Qué estúpido fui! Ahora veo todo con claridad. ¿El incinerador, eh? ¿No encon­traron seis gatos muertos, Potter?

—¿Cómo lo sabía, joven? —articuló Mrs. Potter, sor­prendida.

—El incinerador, ¿verdad? —reiteró Ellery—. ¿Descu­brió huesos, Potter? Cráneos... tibias...

—¡Ni más ni menos! —exclamó el superintendente—. Yo mismo los hallé. Todas las mañanas vacío el incinera­dor para sacar la basura. ¡Seis cráneos y numerosos huesecitos de gatos! Puse el grito en el cielo, buscando al imbécil que me arrojaba esa inmundicia por el vertedero; pero todos se hicieron los tontos. Por otra parte, no aparecieron todos a la vez. La cosa viene ocurriendo desde hace cuatro o cinco semanas. Uno por semana, poco más o menos. ¡Viejas locas! Si llego a meterles las zarpas en...

—¿Está usted seguro de que encontró seis esqueletos?

—Sí.

—¿Y nada más de índole sospechosa?

—No, señor.

—Gracias, Potter. No creo que sobrevengan nuevas complicaciones. Olvídese del asunto —dicho esto, el detective introdujo un billete en la mano del superin­tendente y salió del vestíbulo.

No anduvo muy lejos. Caminó sólo hasta los peldaños conducentes al sótano. Cinco minutos más tarde introdu­cíase, quedamente, en el Departamento 5-C.

Cuando la muchacha detuvo sus pasos ante la puerta del Departamento 5-C, descubrió que estaba cerrada con llave. Dentro, la voz de Ellery murmuraba algo y, segun­dos después, se oyó el chasquido del receptor telefónico. Tranquilizada ya, Marie llamó; apareció Ellery al ins­tante, la hizo entrar, cerró sin ruido y la condujo hasta el dormitorio, en donde ella se dejó caer en una silla, con un gesto de desilusión.

—¿De regreso de la guerra, eh? —sonrió él—. ¿Y bien, hermanita?

—Ese optimismo pronto se le terminará —exclamó Miss Curleigh—. Deploro mi inservible entusiasmo en...

—¿Qué dijo el bueno de Prouty?

—¡Nada alentador! Simpatizo con su doctor Prouty, aunque sea médico forense o cosa tal, y use un horro­roso gorrillo en presencia de una dama; pero no me regocijaron sus informes. Afirma él que no ha encon­trado absolutamente nada anormal en los alimentos que le remitió, Mr. Queen. Algo putrefactos por el tiempo; fuera de eso, son perfectamente puros y comestibles.

—¡Vaya una malísima suerte, querida mía! —exclamó Ellery, jovialmente—. ¡Ea, Diana! ¡Arriba el ánimo! Es ésa la mejor nueva que podría haberme traído.

—¿La mejor nue...?

—Substituye ello la teoría por el hecho... Ensambla, chiquita, como una brassière en Mae West. Ya hemos arribado —dijo, sentándose frente a la muchacha— a nuestro soñado destino. ¡A propósito! ¿Alguno la vio entrar en el departamento?

—Entré con sigilo por el sótano, y allí subí al ascensor. ¡Nadie me vio! Pero no entiendo cómo...

—¡Recomendable eficiencia! Creo que contamos con cierto tiempo para explicaciones. Gocé de una hora de soledad para reflexionar. Miss Curleigh, posee usted sen­tido común, más la ventaja de la innata astucia femenina, sin duda alguna. Dígame ahora: ¿qué móviles impulsa­ron a una anciana rica, casi por completo paralizada, a adquirir, con cautela y discreción, seis gatos en el tiem­po de cinco semanas cabales?

—Ya le dije que no lo entendía. ¡Es un hondo y obscuro misterio para mí!

—¡Psé! Bien, voy a darle una idea general del suceso. Por ejemplo, todos estos gatos comprados por una mu­jer extravagante en período tan breve sugieren... ¡vivisección! Sin embargo, ninguna de las dos Tarkle se asemeja, remotamente, a un investigador científico. Tal versión queda, pues, descartada. ¿Entendido?

—¡Oh!, sí —replicó Miss Curleigh, anhelante—. Ya entiendo el significado de sus palabras. Euphemia no podría haberlos querido con fines de compañía, puesto que los detestaba.

—¡Precisamente! Discurramos un poco. ¿Para extermi­nar ratas? No; conforme a la declaración de Mrs. Potter, la finca no conoce tal peste. ¿Apareamiento, acaso? No; el gato de Sarah-Ann era macho, y Euphemia únicamente adquiría machos. Además, eran bicharracos ordinarios, y la gente no suele suplir a Cupido cuando se trata de animales innominados.

—Tal vez los compraba para regalarlos —dijo la mu­chacha, cejijunta—. Eso es bien posible, Mr. Queen.

—Posible, sí; pero no verídico, —contestó, frío, Ellery—, si es analizado a la luz de los hechos. El superintendente encontró los restos de seis esqueletos gatunos entre las cenizas del incinerador de abajo; el séptimo se encuen­tra, bien muerto, en la bañera —Miss Curleigh le miraba, muda de estupefacción—. Se me figura que enumeramos las teorías más plausibles. Diga usted algunas de las más disparatadas.

Miss Curleigh palideció:

—¿Acaso por su piel?

—¡Bravo! —rió Ellery—. Ésa es la más disparatada. No; no fue por la piel, pues no hallé piel alguna en el departamento. Y por añadidura, el gato del cuarto de baño está ensangrentado, pero no desollado. Y creo, que podríamos descartar la versión de alimentación, desde que los seres civilizados consideran que devorar gatos entraña resabios canibalísticos... 

Por ventura, ¿para aterrar a Sarah-Ann? Improbable; Sarah-Ann está acos­tumbrada a ellos y además, los adora. ¿Quizá para que la maten a arañazos? Eso sugiere zarpas empozoñadas. En tal caso, empero, tanto peligro correría la propia Euphemia como Sarah-Ann. ¿Y por qué seis felinos? ¿Tal vez a modo de... ¡ejem!... guía en la noche eterna? No, porque Euphemia es vidente y jamás abandona el lecho. ¿Podría imaginar otras versiones peregrinas?

—¡Pero todas esas suposiciones son ridículas.

—No le aplique nombres a mis vagabundeos mentales. Ridículas, sí; pero no es posible ignorar teoría alguna en el curso de un análisis eliminatorio.

—Bueno, acaba de ocurrírseme una que no es un dislate —dijo la muchacha—. ¡Por odio! Euphemia odiaba a los gatos; así, atendiendo a que está loca, según creo, los adquirió únicamente para darse el placer de extermi­narlos.

—¿Y exigiendo que todos ellos fueran machos, negros, con ojos verdes y de idénticas dimensiones? —el joven meneó la cabeza—. Su manía homicida difícilmente podría ser tan exclusivamente concretada. Más aun: ella los aborrecía antes de que Sarah-Ann le adquiriera aquel gato negro del principio. No; queda sólo una versión plausible —saltando de la silla, empezó a pasearse por el aposento—. No es la única posibilidad restante; pero está confirmada por distintos pormenores... La hipótesis se concreta con una palabra: ¡Protección!

—¡Para protección! ¿Por qué? ¡La gente compra pe­rros para defenderse, y no gatos!

—No me refiero a esa clase de protección —replicó Ellery—, sino a una mezcla de deseos de conservar la existencia y de un aborrecimiento incidental por los gatos, que los convierte en instrumentos ideales de tal fin. Es éste un caso horripilante y repulsivo. Euphemia vivía atemorizada. ¿De qué? ¡Pues de ser asesinada por su dinero! Tal suposición está ampliamente confirmada por la carta escrita a Morton; por su avaricia; por su des­confianza en los bancos; y, en resolución, por la anti­patía que sentía por su propia hermana Sarah-Ann. ¿Cómo podrían ser esos gatos eficaz reparo contra el supuesto intento de homicidio?

¡Contra el veneno!

¡Exactamente! ¡Como un catador de alimentos! Una genuina reversión a lo medieval. ¿Existen indicios confirmatorios? ¡En abundancia! Euphemia había adoptado el hábito de comer a solas, lo cual sugiere alguna activi­dad secreta. A más, compró seis gatos en un período breve. ¿Por qué? Pues, porque cada vez que el gato, adquirido en su comercio, oficiaba de catador de alimen­tos, se envenenaba e iba a reunirse con sus infeli­ces antepasados, Miss Euphemia compraba otro para reemplazar al finadito. ¿Entiende? ¡Los mininos sucum­bían envenenados... envenenados por alimentos destina­dos a ser comidos por la solterona! Confirmación definitiva: ¡los seis esqueletos de felinos descubiertos en el incinerador!

—Sí; pero ella no puede caminar —protestó la mu­chacha—. ¿Cómo podría desembarazarse de los cuerpos?

—Conjeturo que Mrs. Potter lo hacía por ella, seño­rita. Recordará usted que esa mujer nos declaró que con frecuencia la llamaba para llevar basuras al incinerador aprovechando la ausencia de Sarah-Ann. La "basura", empaquetada, no era otra cosa que el cuerpo de un fe­lino... sin sus siete vidas...

—Pero, ¿por qué todos los gatos debían ser negros, de ojos verdes y del mismo tamaño?

—Pues, para engañar a Sarah-Ann. Porque Sarah-Ann tenía un gato negro de cierta medida y con ojos verdes. Euphemia se vio obligada a comprar bestias idénticas. El motivo era hacerle creer a la hermanita que el gato negro del departamento era siempre el mismo. Tal cosa sugiere, por cierto, que Euphemia empleó el gato de Sarah-Ann para contrarrestar la primera tentativa de envenenamiento, y que aquél fue la primera víctima del tósigo. Cuando murió, Euphemia compró otro... sin el conocimiento de su hermana...

"¿Cómo sospechaba Euphemia que iba a ser objeto de renovados intentos de asesinato? Eso no lo sabremos jamás, Miss Curleigh. Acaso una simple coincidencia, acaso cierto presentimiento psíquico...”

—Pero si trataba de engañar a Sarah-Ann con respecto a los gatos —susurró Miss Curleigh, pálida de horror— es evidente que sospechaba...

—¡Precisamente! Sospechaba, en verdad, que su her­mana planeaba envenenarla.

La muchacha se mordió el labio:

—¿Podría darme un cigarrillo, joven? —balbuceó—. Yo... —Ellery, en silencio, satisfizo su demanda—. ¡En mi vida conocí cosa más horrorosa! Dos viejas solteronas, hermanas, prácticamente solas en el mundo, una depen­diendo de la otra en cuidados, ésta de aquélla por su subsistencia, viviendo ambas en enemistad... la inválida impotente para defenderse de un ataque... —se estre­meció de asco—. ¿Qué les ocurrió a esas dos desdichadas, Mr. Queen?

—Bien, discurramos brevemente. Euphemia ha desapa­recido; sabemos que se ejecutaron no menos de seis inten­tos de envenenarla, todos ellos infructuosos. Es lógico presumir que sobrevino una séptima intentona y que (dado que Euphemia desapareció en misteriosas circunstancias) la misma fue, desgraciadamente, coronada por el éxito.

—Pero, ¿cómo sabe usted que ella está muerta?

—¿Y dónde está? —preguntó, secamente, el detecti­ve—. La otra posibilidad estribaría en que escapó; pero es baldada; no puede caminar ni abandonar el lecho sin ayuda. ¿Quién la asistiría? Sólo Sarah-Ann, la misma persona sospechosa de tratar de asesinarla. 

La carta al sobrino demuestra que no quería recurrir a la hermana. De esta manera descartamos la versión de fuga, causa por la cual deducimos que, si no huyó, está muerta. Escúcheme con atención: Euphemia sabía que alguien intentaba envenenarla por medio de sus alimentos, por lo que adoptó precauciones. ¿Cómo consiguió entonces el homicida irrumpir en sus defensas, en el reparo del séptimo gato? 

Bien, presumamos que Euphemia dio a catar los alimentos al gato en cuestión, los mismos alimentos que hallamos en la bandeja. Sabemos que no estaban envenenados, de acuerdo con el informe del médi­co forense. El gato, por ende, no sucumbiría envenenado por los alimentos, confirmado esto por el hecho de que fuera destrozado a golpes. Pero si el felino no fue envenenado, tampoco lo fue Euphemia. No obstante ello, todas las pistas revelan que murió por veneno. Así, pues, sólo cabe una contestación: Euphemia murió envenenada, no por la comida, sino mientras comía.

—No entiendo —dijo Miss Curleigh, suspensa.

—¡Los cubiertos! —prorrumpió Ellery, triunfalmente—. Esta tarde le demostré que alguien más que Euphemia había manejado el cuchillo, el tenedor y la cuchara. ¿No sugiere eso, por ventura, que el envenenador envenenó los cubiertos en su séptima intentona? Si, por ejemplo, el tenedor estaba recubierto con un tósigo, incoloro e inodoro, la vigilancia de Euphemia quedaría chasqueada. 

El gato, al recibir trozos de comida con la mano (pues a nadie se le ocurriría alimentar a un gato con cubiertos) no sucumbiría al veneno; en cambio, la solterona, ingi­riendo comida cortada con cubiertos envenenados, pere­cería. Psicológicamente, esta versión parece verídica. Es perfectamente razonable suponer que el asesino, tras seis infructuosas tentativas de envenenamiento, emprendería una séptima, desesperada, variándola en sus pormenores menos esenciales. Tal variación fue acertada, y Euphe­mia acabó por encontrar la muerte.

—Pero, ¿y el cuerpo? ¿Dónde...?

La faz del muchacho mudó de expresión al volverse, silenciosamente, hacia la puerta. Petrificado un instante en actitud de tensa atención, aferró seguidamente el tré­mulo cuerpecillo de Miss Curleigh y, sin articular palabra, la arrojó con rudeza dentro de uno de los gabinetes del dormitorio, cerrando la portezuela tras de ella. La muchacha, medio ahogada en un mar de prendas femeni­nas, retenía el aliento. Recordaba haber oído el débil rechinar de un objeto metálico en la puerta principal. Debía ser el envenenador. ¿Por qué había regresado?

La jovencita estranguló un chillido. Una voz áspera, ronca... el estrépito de una lucha... un choque vio­lento... ¡Ellery y el desconocido estaban peleando!

Miss Curleigh vio rojo. Abrió de golpe la puertecilla del armario, precipitándose fuera como un alud. Ellery yacía en el suelo, en un entrevero de piernas y brazos. Una mano se alzó, blandiendo un cuchillo... Miss Cur­leigh se abalanzó, asestándole un puntapié en instantánea acción refleja. Algo partióse, secamente, y ella cayó de espaldas, descompuesta, al paso que el arma caía de una mano rota.

—¡Miss Curleigh! ¡La puerta! —jadeó Ellery, apre­tando la rodilla contra su adversario.

A través del sordo zumbar de sus oídos, percibió la muchacha fuertes golpes en la puerta, y se arrastró hacia ella como enloquecida. La última cosa que oyó y recordó fue una curiosa avalancha de cuerpos uniformados de azul, que pasaban junto a ella y caían sobre los luchadores.

  —Todo va bien ahora —dijo una voz lejana, y Miss Curleigh, abriendo los ojos, vio a Mr. Ellery Queen, frío y correcto, curvado sobre ella; moviendo la cabecita atur­dida, distinguió la chimenea, las espadas cruzadas del vestíbulo... — ¡No se alarme, Marie! —Sonrió el muchacho—. No es esto un secuestro ni cosa parecida... Ya alcanzó el apetecido Valhalla. Las dificultades aca­baron: se encuentra usted reclinada en el diván de mi departamento.

—¡Ah! —articuló Miss Curleigh, posando los pies sobre el piso—. Yo... yo debo estar... horrible... ¿Qué acon­teció?

—Ya atrapamos al forajido. Descanse, jovencita, en tanto que le preparo un poco de té...

—¡No diga disparates! —protestó ella—. Quiero saber cómo realizó este milagro. ¡No sea exasperante!

—Mande y obedeceré. ¿Qué desea saber?

—¿Sabía usted de antemano que ese monstruo retor­naría al departamento?

—La verdad es que era muy probable. Euphemia había sido envenenada, evidentemente, por su dinero escon­dido. Sucumbió asesinada ayer, a más tardar (¿recuerda la botella de leche de ayer?) o tal vez anteanoche. ¿El homicida había descubierto el paradero del tesoro? En caso afirmativo, era inmotivada la presencia del mero­deador sorprendido esta tarde y que escapó por la ven­tana después de obstruir la puerta principal. No podía ser sino el asesino. Pero si retornó después del crimen fue porque no encontró el dinero cuando lo cometió. Quizás tuvo tantas cosas que hacer que no contó con el tiempo suficiente para buscarlo. 

Al regresar nosotros al piso le sorprendimos con las manos en la masa, en el momento en que, probablemente, acababa de hacer un desastre con la cama de Euphemia. Todo indicaba que no había descubierto todavía el dinero. Si era así, bien sabía yo que volvería: al fin y al cabo, no podía resig­narse a perder tanto tiempo y tantos esfuerzos incesan­tes... Así, pues, me así a la posibilidad de que regresaría cuando imaginara que no había moros en la costa; y como lo pensaba, así fue. Telefoneé solicitando ayuda policial en tanto usted consultaba con el doctor Prouty.

—¿Sabía usted quién era el... el criminal?

—¡Oh, sí! Nada más fácil de demostrar, señorita. El primer requisito exigido para poder ser el criminal era la oportunidad; esto es, a objeto de encontrarse en con­diciones de ejecutar esas repetidas tentativas de envene­namiento, el asesino tenía que estar cerca de Euphemia o de sus alimentos, por lo menos en la época en que co­menzaron dichas intentonas. 

La sospechosa infalible era su hermana. Sarah-Ann tenía motivos para ello: el odio y, posiblemente, la codicia; y, por cierto, contaba con la oportunidad, ya que ella misma preparaba la comida. Con todo, no tardé en eliminarla sobre la base de argu­mentos solidísimos.

"En efecto, ¿quién había apaleado brutalmente al sép­timo gato? O la víctima o el propio asesino; pero no podía ser Euphemia por la razón de que la bestia había sido muerta en el baño y que Euphemia estaba acostada y paralizada en el dormitorio, incapaz de dar un paso. De ello desprendíase la convicción de que el envenenador había ultimado a la bestezuela. Con todo, si Sarah-Ann fuera el criminal, ¿sería lógico y razonable presuponer que hubiera muerto a golpes a un gato, ella, que los adoraba? ¡Oh, no! Total y definitivamente inconcebible. Por ende, Sarah-Ann no era el envenenador...

—Entonces, ¿cómo...?, ¿qué...?

—Sí, ya sé: qué le ocurrió a Sarah, ¿verdad? —Ellery esbozó muecas—. Mucho me temo que la pobrecilla siguió el camino del gato y de su hermana. El asesino había concebido el plan general de asesinar a Euphemia y hacer parecer que Sarah-Ann la había matado, dado que ésta era la sospechosa más evidente. Bueno, su desaparición tiende a demostrar (y la confesión me dará la razón) que esa desdichada fue testigo accidental del crimen y que por eso fue muerta por el envenenador. En ninguna otra circunstancia la habría matado.

—¿Encontraron el dinero?

—Sí. Y dispuesto, casi con descuido, —replicó Ellery, encogiéndose de hombros— entre las hojas de la Biblia que Euphemia guardaba siempre junto al lecho. Un matiz "a lo Poe..."

—¿Y los... los cuerpos? —balbuceó la joven.

—Piense en el incinerador —respondió Ellery—. ¿Acaso no es el medio más lógico de eliminación? El fuego con­sume casi todo. Los huesos restantes podrían hacerse desaparecer con... Bueno, no veo la necesidad de ser más explícito. Ya sabe usted lo que quiere significar, Marie.

—Pero eso significa que... ¿Quién era la bestia... del piso? Nunca le vi antes. ¿No podría haber sido el padre de Mr. Morton...?

—No, hija. ¿Bestia? —Ellery enarcó las cejas—. Miss Curleigh, existe solamente un débilísimo tabique entre el demente y...

—Antes me había llamado Marie —dijo ella.

—Nadie, salvo Sarah-Ann y Euphemia —dijo el joven, con muchísima premura— vivían en el departamento; pese a ello, el envenenador tuvo acceso a los alimentos de la inválida por más de un mes, sin despertar, al pare­cer, ninguna sospecha de su víctima. ¿Quién podría haber gozado de tal situación? Sólo una persona: el hombre que les decoraba el departamento durante el atardecer y la noche (alrededor de la hora de la cena) por más de un mes; el hombre que trabajaba en una fábrica de productos químicos y que, por tanto, conocía como pocos el secreto de los venenos y de su manipulación; el hom­bre, en fin, que cuidaba del incinerador y que podía eliminar los huesos de las víctimas sin peligro para él. En una palabra —concluyó el muchacho, ahogando un bostezo— el señor superintendente del edificio, Mr. Harry Potter.