La campanilla vibró sobre la
puerta del "Establecimiento de Venta de Animales Domésticos", de
Amsterdam Avenue, y Mr. Ellery Queen, frunciendo la nariz, entró en él. La
extensión y la variedad de hedores del diminuto comercio no habrían avergonzado
al mismísimo Jardín Zoológico de Nueva York. No obstante ello, sólo alojaba
bestezuelas de escasísimas proporciones, todas las cuales, al segundo preciso
de su entrada al local, iniciaron un espantoso coro.
—¡Buenas tardes! —articuló una
voz ríspida—. Soy Miss Curleigh. ¿En qué puedo servirle?
En mitad del pandemónium,
encontróse Mr. Ellery Queen bajo la mirada de un par de ojos mercuriales. Mediaban
también otros detalles (la joven era esbelta, con abundosas guedejas, curvas
graciosas y un hoyuelo risueño); pero los ojos atrajeron al momento su
atención. Miss Curleigh, ruborizándose, repitió la pregunta.
—Excuse usted... —respondió
Ellery, volviendo a su asunto—. En el reino animal no existe, al parecer, una
proporción decente entre la fuerza de los pulmones y el... ¡ejem!... aroma, por
un lado, y el tamaño, por el otro. Miss Curleigh, ¿sería posible adquirir aquí
un ejemplar canino, relativamente silencioso y bien oliente, con pelo castaño,
oídos inquisitivos y patas más o menos torcidas?
Miss Curleigh frunció el
entrecejo. Por desgracia, no tenía "terriers" irlandeses. El último
se lo había llevado una solterona... ¿Acaso un "scottie"...?
Mr. Queen frunció el entrecejo.
No; Djuna le había pedido un "terrier" irlandés; ningún substituto
serviría.
—Espero recibir mañana noticias
de nuestras perreras de Long Island —contestó la muchacha—. Si quiere dejarme
su nombre y dirección...
Mr. Queen, admirando las pupilas
de la joven, contestó que "encantado".
Cuando Miss Curleigh hubo leído
lo escrito por Ellery, desapareció de su rostro la máscara comercial:
—¿Cómo? ¿Usted es Mr.
Ellery Queen? —exclamó—. ¡Qué sorpresa! ¡He oído hablar tanto de usted, Mister
Queen! Y vive precisamente a la vuelta, por la calle 87... ¡Qué emocionante!
Nunca esperaba conocerle...
—Ni tampoco yo, señorita —susurró
Ellery.
La joven se ahuecó los cabellos:
—Una de mis mejores clientes
reside enfrente de su casa, Mr. Queen; casi podría asegurarle que es una de mis
más frecuentes clientes. ¿No la conoce usted? Es una tal Miss Euphemia
Tarkle.
—Nunca tuve ese placer —contestó
Mr. Queen, abstraído—. ¡Qué ojos tiene usted! Digo... ¿Euphemia Tarkle? ¡Vaya
un mundo de maravillas! ¿Su nombre es tan inverosímil como su ser?
—¡Oh! ¡Qué grosería! —replicó
Miss Curleigh, severa—. Confieso que la pobre es bastante rara, pero... Es una
anciana con carita de rata... e inválida... Pequeñita, frágil, endeble... A
decir verdad, está loca de remate.
—La abuelita del cuento del lobo,
sin duda —manifestó Ellery, tomando su bastón—. Gatos, ¿no?
—¡Oh! ¿Cómo lo adivinó, Mr.
Queen?
—Siempre son gatos —murmuró él,
con acento tétrico.
—¡Usted la encontraría tan
interesante, Mr. Queen! —expresó la muchacha.
—¿Y por qué yo, Diana mía?
—Mi nombre —aclaró Miss Curleigh—
es Marie. ¡Es que ella es tan extravagante, Mr. Queen! Y tengo
entendido que las gentes extravagantes siempre a usted le interesaron...
—Al presente —contestó Ellery— me
encuentro gozando del fruto de la indolencia.
—Pero, ¿sabe lo que hace Miss
Tarkle?
—No tengo de ello ni la más
remota idea —dijo Mister Queen.
—Pues, me ha venido comprando
gatos, a razón de uno semanal, durante varias semanas.
Mr. Queen suspiró, lúgubremente:
—No veo ningún motivo especial
para nutrir sospechas. Una anciana inválida, una pasión por los gatos... ¡Oh,
sí! Tuve una vez una tía solterona que era como Miss Tarkle.
—Eso es lo extraño del caso
—prorrumpió la muchacha—. ¡A ella no le gustan los gatos!
—¿Y cómo lo sabe usted?
—Su propia hermana me lo dijo
y... ¡Chitón, "Pirulo"! Miss Tarkle es paralítica, y su hermana
Sarah-Ann la cuida y atiende las necesidades del hogar; ambas son mujeres de
edad, y se parecen muchísimo. Se me figuran momias resecas por los años. Bien,
hace un año vino Miss Sarah-Ann para adquirir un gato negro, aclarando que,
como no contaba con mucho dinero, no podría comprar uno de buena raza; le
conseguí un gato vulgar...
—¿No le solicitó un gato negro?
—No... Dijo que cualquiera
serviría. Pocos días después regresó, inquiriendo si podía devolvérmelo a
cambio del dinero pagado por él. Explicó que su hermana Euphemia detestaba los
gatos y agregó que, desde que vivía poco menos que con el dinero de la
hermanita, no podía enemistarse con ella. Sintiendo algo de lástima, le
contesté que le devolvería el dinero; pero supongo que cambió de opinión, o
bien que su hermanita Euphemia mudó la suya, porque Sarah-Ann Tarkle no volvió
nunca más a la tienda. De todas maneras, así supe que Miss Euphemia detestaba
los gatos.
—¡Extraño! —murmuró Ellery—. ¡Una
verdadera saga! ¿Dice que esa Euphemia los ha venido adquiriendo a razón
de uno semanal? ¿Qué clase de gatos compra, Miss Curleigh?
—Ordinarios, Mr. Queen. Por
supuesto, como posee muchísimo dinero (al menos, eso es lo que afirma la
hermanita) traté de venderle un "angora", o un "maltés",
premiado. Pero sólo quería gatos semejantes al llevado por Sarah-Ann. Gatos
negros...
—¿Negros?... ¿Es posible que...?
—¡Oh! ¡No es nada supersticiosa,
Mr. Queen! En cierto modo, es mujer rarísima. Compró gatos negros con ojos
verdes, todos del mismo tamaño. Pensé, con razón, que eso era extraño.
Las narices de Ellery aletearon
un poco, mas no ya por los olorcillos del "Establecimiento de Venta de
Animales Domésticos", de Miss Marie Curleigh. ¡Una anciana inválida,
llamada Tarkle, que adquiere, semanalmente un gato negro con ojos verdes!
—¡Muy extraño! —murmuró—. ¿Desde
cuándo se viene sucediendo esto?
—¡Ah! ¡Ya está interesado, Mr.
Queen! Hace cinco semanas; entregué el sexto ejemplar el otro día.
—¿Lo entregó usted misma? ¿Acaso
esa mujer está totalmente paralizada?
—¡Oh, sí! No puede dar un paso.
Desde hace diez años, las cosas han estado sucediendo así. Las dos hermanas no
vivían juntas antes de la época en que Euphemia sufrió el ataque de parálisis.
Al presente, depende aquélla por entero de su hermana: comidas, baños, vesti...
en toda suerte de atenciones...
—En tal caso, ¿por qué no enviaba
a la hermana en busca de los animales? —inquirió el detective.
—No lo sé. Miss Euphemia siempre
me telefonea (tiene un aparato al lado de la cama y puede usar los brazos lo
suficiente como para alcanzarlo), cada vez que precisa gatos. La orden es
siempre la misma: negro, macho, ojos verdes, de la misma medida que el
anterior, y lo más barato posible.
—¡Fantástico! —dijo Ellery—.
Dígame, ¿cómo obraba la hermana Sarah-Ann cuando usted hacía entrega de las
bestias?
—¡Chitón, "Fifí"! Eso
sí que no podría contestárselo, Mr. Queen, porque nunca la encontraba allí.
Ellery dio un respingo:
—¿Cómo que nunca la encontraba
allí? ¿Qué es eso? ¿No aseguraba usted que Euphemia es inválida absoluta y
que...?
—Sí; lo es; pero Sarah-Ann sale a
tomar aire todas las tardes, y su hermana queda sola unas pocas horas. Creo que
en esos momentos la paralítica me llama por teléfono. Además, me previno que
fuera a determinada hora, y como nunca topé con Sarah-Ann al hacer entrega del
pedido, imagino que la paralítica trataba de mantener secreta la compra de los
gatos. Penetré en el departamento las veces aludidas porque Sarah-Ann deja sin
llave la puerta cuando sale a sus paseos. Euphemia me recomendó una y otra vez
que no dijera nada sobre los gatos.
—¡Más y más complicado! —murmuró
Ellery—. Miss Curleigh, ha dado usted en algo morboso...
La muchacha palideció:
—¿No supondrá usted que...? ¿No
pensará que ellas...?
—¿Insultos ahora? Sí; pienso. Y
por eso me siento perturbado. Por ejemplo, ¿cómo diablos esperaba mantener
secreta la compra de los mininos? ¿Sarah-Ann es ciega?
—¿Ciega? ¡No! Y la vista de Euphemia
es, asimismo, perfecta.
—Tómelo como un sabroso chiste.
Esto no tiene ni pies ni cabeza, Miss Curleigh —aseveró el detective.
—Bueno,
—respondió ella— al menos conseguí desorientar al gran Ellery Queen... Apenas
me llegue un "terrier" irlandés le llamaré a...
Mr. Ellery Queen, tomó de nuevo
su bastón:
—Miss Curleigh, soy un incurable
entremetido. ¿No le agradaría ayudarme a husmear en los asuntos de las
hermanitas Tarkle?
—¿Habla usted en serio? —balbuceó
ella.
—¡Completamente en serio!
—¡Oh! ¡Con muchísimo gusto! ¿Qué
debo hacer?
—Pues lléveme hasta el
departamento de las Tarkle y presénteme como viejo parroquiano suyo. Diremos
que el gato vendido el otro día a Miss Tarkle me había sido prometido a mí, que
soy un terco aficionado a los gatos, y que no quiero ningún otro, y que se ve
usted obligada a tomar de vuelta el felino de marras y entregarle otro
parecido. Es decir, cualquier pretexto que me permita verla y hablarle.
Promedia la tarde, Miss Curleigh; es muy posible que Sarah-Ann esté en algún cinematógrafo,
derritiéndose ante Clark Gable. ¿Qué me contesta?
—Pues contesto que eso es...
demasiado hermoso para decirlo en palabras, Mr. Queen. Aguarde un minuto
mientras empolvo la nariz y dejo a alguien a cargo del comercio. ¡No quisiera
perderme esta emoción por nada en el mundo!
Diez minutos después ambos
jóvenes deteníanse ante la puerta del departamento 5-C, del "Amsterdam
Arms", contemplando en silencio dos botellas de leche, llenas, que estaban
sobre el piso del corredor. Miss Curleigh parecía asustada; Mr. Queen se
agachó; al enderezarse de nuevo, también puso cara perpleja:
—De ayer y de hoy —murmuró,
colocando la mano sobre el picaporte y empujando; la puerta estaba cerrada con
llave—. ¿No decía usted que la hermana deja la puerta abierta cuando sale?
—Tal vez esté en la casa —dijo la
muchacha—. O si salió, es posible que olvidara descorrer la llave.
Ellery oprimió el botón del
timbre. No hubo contestación. Llamó nuevamente, y luego gritó:
—Miss Tarkle, ¿está allí dentro?
—No alcanzo a comprender —dijo
Miss Curleigh—, ¡Miss Euphemia tendría que haberle oído! El departamento sólo
tiene tres habitaciones, y tanto el dormitorio como la sala dan, directamente,
sobre un pequeño "foyer", al otro lado de la puerta. La cocina está
directamente más adelante.
Ellery llamó otra vez, a voz en
cuello. Tampoco hubo respuesta...
—¡Oh, Mr. Queen! —balbuceó Miss
Curleigh—. ¡Algo terrible sucedió aquí!
—Vamos
a ver al superintendente del edificio —dijo Ellery, calmosamente.
Encontraron el clásico
cartellillo:
"superintendente
potter"
sobre una puerta de la planta baja. Ellery pulsó el
timbre.
Una mujer rechoncha les abrió la
puerta del departamento. Secándose las manos en el delantal y echándose atrás
unos mechones de greñas grises, gruñó:
—Bueno, ¿qué pasa?
—¿Es usted Mrs. Potter?
—Sí. No tenemos departamentos
desalquilados. El portero podría haberles informado de...
—¡Oh!
—articuló Ellery—. No buscamos departamento, Mrs. Potter. ¿No está el
superintendente?
—No; no está —masculló la mujer—.
Consiguió un trabajo extra en la fábrica de productos químicos de Long Island
y no vuelve a casa hasta después de las tres y media. ¿Qué quieren con él?
—Bien, estoy seguro de que usted
servirá lo mismo, Mrs. Potter. Esta señorita y yo no logramos recibir contestación
del departamento 5-C. Veníamos a visitar a Miss Tarkle y...
La mujer hizo una mueca:
—¿No está abierta la puerta? Por
lo general, no se encuentra cerrada a estas horas de la tarde. La lista salió,
pero la paralítica...
—Está cerrada con llave, Mrs.
Potter, y no recibimos contestación a nuestras llamadas.
—¡Curioso!
—chilló la mujer—. No entiendo cómo... Miss Euphemia es una vieja baldada;
nunca sale del departamento. ¡Oh! ¿Habrá sufrido un ataque la pobrecilla?
—Espero que no, señora. ¿Cuándo
vio usted por última vez a Miss Sarah-Ann?
—¿A la lista? Veamos... Hace dos
días... ¡Oh! Pensándolo mejor, recuerdo que desde hace dos días no he visto
tampoco a la paralítica, caballero.
—¡Cielos!
—articuló la muchacha, evocando las dos botellas de leche—. ¡Dos días!
—¿De modo que usted visita,
ocasionalmente, a Miss Euphemia? —preguntó Ellery.
—Sí, señor. De vez en cuando me
llamaba por teléfono a la tarde, cuando su hermana estaba ausente, para que le
llevara algo al incinerador, o para que le hiciera algún mandado. El otro día
le llevé una carta al correo. Ella... siempre me da propina... Pero pasaron dos
días sin que...
Extrayendo algo del bolsillo,
Ellery lo puso bajo los azorados ojuelos de la mujer.
—Mrs. Potter, —dijo, secamente—
necesito entrar en el departamento. Pasa allí algo anormal. ¡Déme la llave
maestra!
—¡Po... po... policía!
—tartamudeó la mujer; de improviso, salió a escape y regresó con una llave que
entregó al joven—. ¡Oh! ¡Ojalá que Mr. Potter estuviera ya en casa! —gimoteó—.
No necesitaría...
—¡Ni una palabra de lo ocurrido a
nadie, Mrs. Potter!
Dejándola boquiabierta y
consternada, entrambos jóvenes regresaron en ascensor hasta el quinto piso.
—Tal vez sea mejor, Miss
Curleigh, que no entre usted conmigo al departamento —aconsejó Ellery,
dulcemente, insertando la llave en la cerradura—. Es posible que no sea esto
muy agradable para una señorita. Yo... — enmudeció repentinamente, agazapando
su cuerpo. ¡Alguien les acechaba al otro lado de la puerta!
Resonó el inconfundible ruido de
pies corriendo, acompañado por un raspamiento irregular, como si algo fuera
arrastrado sobre el piso. Volviendo la llave, Ellery hizo girar el picaporte
con la celeridad del rayo; la muchacha jadeaba a sus espaldas. La hoja
desplazóse un dedo... y acabó por atascarse... ¡Los pies fueron alejándose a la
carrera!
—¡El muy granuja trabó la puerta!
—masculló Ellery—. ¡Atrás, Miss Curleigh! —dicho esto, embistió contra la hoja;
estalló un crujido y la puerta saltó hacia adentro, derribando una silla
destrozada—. ¡Demasiado tarde!
—¡La escalera de incendio!
—chilló la muchacha—. ¡En el dormitorio... a la izquierda!
Lanzándose dentro de una
habitación estrecha, provista de dos lechos gemelos, el joven se abalanzó
hacia una ventana abierta. Sin embargo, no se veía a nadie en la escalera de
incendios. Echó un vistazo para arriba: una escalera de hierro iba curvándose y
desapareciendo por sobre su cabeza.
—Temo que el pillastre haya
desaparecido por el tejado —musitó—. Bien, vamos a examinar el cuarto. Aparentemente,
no hubo derramamiento de sangre. ¿Quién nos dice ahora que todo esto no sea
humo de paja? ¿Ve usted algo interesante?
La jovencita señaló con dedos
trémulos:
—Ésa es su... su cama... ¡el
lecho desordenado!... Pero, ¿dónde está esa pobre mujer?
La otra cama estaba perfectamente
en orden. En cambio, la de Miss Euphemia Tarkle hallábase en indescriptible
revoltijo. Las sábanas habían sido arrancadas y el colchón fue tajeado; parte
del cutí yacía por el suelo; las almohadas habían sido destrozadas; una
depresión del centro del colchón indicaba el lugar en que descansaba la
inválida.
Inmóvil, estudiaba Ellery la cama
de Miss Euphemia. Enseguida, dio unas vueltas por los gabinetes, cerrando y
abriendo puertas, huroneando por doquier, seguido por la muchacha, Ellery miró
la sala, la cocina y el cuarto de baño. Verificó entonces que, excepto la cama
de Miss Tarkle, nada parecía alterado. El lugar, empero, trasuntaba algo
desagradable. Todo parecía indicar como si la violencia le hubiese visitado en
mitad del silencio; una bandeja con platos, cubiertos y comida a medio terminar
estaba sobre el piso, casi bajo la cama.
—¡Es tan... raro! —musitó Miss
Curleigh—. ¿Dónde está Miss Euphemia? ¿Y su hermana? ¿Y quién era ese... ese
individuo que atrancó la... la puerta?
—Y lo que más hace al caso
—respondió Queen, contemplando la bandeja con alimentos— ¿dónde están los
siete gatos negros?
—¿Sie...?
—Sí; la bestezuela de Sarah-Ann y
las seis de Euphemia.
—Acaso saltaron por la ventana
cuando aquel hombre...
—Sí... ¡tal vez! ¡Y no diga
"hombre"! Nada sabemos todavía —el joven miró en torno—. Si los gatos
huyeron, eso ocurrió hace unos minutos, porque el pestillo de la ventana ha
sido forzado, indicando que ella estaba cerrada y por consiguiente, que los...
—enmudeció repentinamente—. ¡Hola! ¿Quién anda allí? —gritó volviéndose.
—Soy yo —dijo Mrs. Potter —.
¿Dónde está...?
—¡Desapareció! —contestó Ellery—.
¿Está segura de que no vio hoy a las hermanas Tarkle?
—Ni hoy ni ayer, señor. Yo...
—¿No advirtió la presencia de
alguna ambulancia en las cercanías estos dos últimos días?
La superintendenta palideció como
un espectro:
—¡Oh, no, señor! No atino a
comprender cómo Miss Euphemia consiguió salir. ¡Si no puede dar un paso! Si la
llevaron en vilo, alguien tendría que haber reparado en ello. ¡De seguro, el
portero! Se lo pregunté; pero no vio nada. Cualquiera diría que...
—¿No sería posible que su esposo
haya visto a alguna de ellas, o a las dos, en estos dos últimos días?
—¡No, señor! Él estuvo con ellas
anteanoche. Harry se ha estado ganando unos dólares extra; Miss Euphemia quería
que el casero decorara y empapelara el departamento, pero él no aceptó. Bien,
hace cosa de un mes, Miss Euphemia le preguntó a Harry si podía hacerle ese
trabajo en ratos libres, por lo cual le abonaría determinada suma, inferior,
desde luego, a la que percibiría un decorador profesional. Mi esposo ha venido
haciéndolo en sus momentos desocupados, especialmente por la noche.
¡Oh! ¡Harry
es diestro! Aquí realizó una labor espléndida. Bonito empapelado, ¿verdad? Por
eso les dije antes que anteanoche él había vuelto a ver a Miss Euphemia. —Un
pensamiento calamitoso cruzó, al parecer, por su mente—. ¡Oh! Si algo le
ocurrió a la baldada, nosotros... nosotros no cobraremos el trabajo... Todo ese
esfuerzo... Y el casero...
—Sí, sí —interrumpió Ellery—,
Mrs. Potter, ¿hay ratas o lauchas en la casa?
Entrambas mujeres perdieron el
color:
—No, señor. No queda ni una sola
—farfulló la Potter—. Vino la cuadrilla desratizadora y...
Calló a su turno. Volviéronse
todos a la puerta al oír ruidos en el vestíbulo. ¡Alguien entraba!
—¡Adelante! —gritó el detective
al ver ante sí un rostro bobalicón, asomado, tímidamente, por la puerta del dormitorio.
—¡Ejem! Excúsenme, por favor
—dijo el recién llegado, nerviosamente—. Creo que me equivoqué de departamento.
.. ¿Vive aquí Miss Euphemia Tarkle?
El desconocido era alto, joven,
con cabellos color zanahoria; usaba un traje raído, de corte anticuado;
cargaba en la mano una gastada valijilla de cuero.
—Sí, aquí es —replicó Ellery, con
sonrisa amistosa—. ¡Entre, entre! ¿Podría preguntarle quién es usted, joven?
—Pero, ¿dónde está tía Euphemia?
—balbuceó el otro—. Soy Elías Morton, Jr. ¿No vive ella aquí? ¿No está ahora?
—¿Dijo "tía" Euphemia,
Mr. Morton?
—Soy su sobrino, señor. Vine de
Albany. ¿Dónde...?
—¿Es la
suya una visita inesperada, Mr. Morton? —murmuró Ellery.
El joven pestañeó, reteniendo
todavía su raída valija. Dejándola caer luego sobre el piso, rebuscó en sus bolsillos
hasta extraer de ellos una sucia y arrugada carta:
—Yo... yo recibí esto días
pasados —tartajeó—. Hubiera venido más pronto, si mi padre no se hubiera descompuesto
por... ¡No lo entiendo!
Ellery arrancóle la misiva.
Garrapateada penosamente, sobre una hojita de papel ordinario, la carta,
escrita con los torpes dedos de la ancianidad, rezaba así:
"Querido Elías:
Sé que hace
muchos años que no tienes noticias de tu tía Euphemia; pero ahora te necesito, Elías, porque tú eres el único pariente carnal hacia quien puedo volverme en
mi Horrible Desventura. Estoy en gravísimo peligro, mi querido muchacho. Debes
ayudar a esta pobre vieja inválida. ¡No le digas nada a papá ni a nadie! Cuando
llegues a casa, finge que has venido a visitarnos. ¡No lo olvides! ¡Por el
cielo, no me desampares! ¡Ayúdame! Tu tía que tanto te quiere
euphemia".
—¡Notable mensaje! —murmuró
Ellery—. Escrito a impulsos del temor, Miss Curleigh. Y perfectamente genuino.
¿Que no se lo diga a nadie, eh? Bien, Mr. Morton, mucho me temo que haya
llegado demasiado tarde.
—¿Demasiado...? Pero... —el
semblante del joven perdió color—. Quise venir enseguida de recibir la carta,
pero mi padre se descompuso de gravedad tras una de sus frecuentes borracheras
y... y no pude hacer el... el viaje... ¡No sabía qué hacer! Vine y... ¡Oh!
Pensar que... Yo...
—¿Es ésta la escritura de su tía?
—¡Oh,
sí!
—Colijo que su padre no es
hermano de las Tarkle, ¿eh?
—No, señor. Mi mamaíta era
hermana de ellas... ¡que Dios la tenga en su santa gloria! ¿Está... está muerta
la tía Euphemia? ¿Y dónde se encuentra tía Sarah-Ann?
—Ambas han desaparecido —explicó
el detective, relatándole, concisamente, cuanto descubrieran; el jovencito de
Albany parecía a punto de perder el sentido—. Investigo... ¡ejem!...
extraoficialmente este asunto, Mr. Morton. Cuénteme cuanto sepa con respecto a
sus dos tías.
—Es poco, señor. En los últimos
quince años no las he visto. Bueno, sólo una vez recibí noticias de tía Euphemia,
y dos o tres de tía Sarah-Ann. Nosotros... ellos sabían... Es decir, sabía yo
que tía Euphemia comenzó a portarse de modo extravagante después de sufrido
su... ataque, señor.
Tía Sarah-Ann escribió diciéndonos que Euphemia poseía
algún dinero, legado del abuelito, y que se mostraba muy tacaña, regateándole
hasta el último centavo gastado... Tía Sarah-Ann, en cambio, no tenía un cobre,
viéndose obligada a vivir con Euphemia y cuidar de ella y de la casa. Parece
ser que tía Euphemia no tenía confianza en los bancos y que había escondido el
dinero en alguna parte. Nadie sabía dónde, ni siquiera tía Sarah-Ann.
No quiso
dejarse atender por ningún médico después del ataque para no gastar en
honorarios. No congeniaron nunca; siempre tenían rencillas, según me escribió
tía Sarah-Ann; y tía Euphemia la acusaba todos los días de robarle su dinero;
tía Sarah-Ann me aseguraba en la carta que no sabía cómo aguantar esa
situación. Eso es todo... todo cuanto sé, señor.
—¡Pobrecillas! —murmuró la
muchacha—. ¡Qué horrible existencia! No podríamos hacer responsable a Miss
Tarkle de...
—Dígame usted, Mr. Morton, —dijo
Ellery, arrastrando las palabras— ¿es verdad que su tía Euphemia detestaba los
gatos?
—¡Oh! ¿Cómo... lo sabe, señor?
Sí; los detesta. Tía Sarah me hablaba de eso en sus cartas. Ese odio molestaba
bastante a Sarah-Ann, pues ella quiere mucho a los gatos y los trata como si
fueran hijos suyos. Tía Euphemia siente celos de ese cariño y entonces... Creo
que... En fin, no congeniaban, señor, no congeniaban. Es decir, que no
congenian...
—A mí me parece que estamos
tropezando con perdonables dificultades en cuanto al tiempo de verbo, Mr.
Morton —dijo Ellery—. Después de todo, no tenemos pruebas de que sus tías no
hayan salido de vacaciones o estén haciendo alguna visita. ¿Por qué no se aloja
en algún hotel cercano? Ya le informaremos de los acontecimientos —garabateó
el nombre y la dirección de un hotel de la calle Setenta sobre una hojita del
anotador—. No se aflija. No tardará en recibir novedades —diciendo esto,
empujó al azorado jovencito fuera del departamento; instantes más tarde,
percibieron el chasquido de la puertecilla del ascensor—. ¡El clásico primo del
campo en carne y hueso! —glosó Ellery, lentamente—. Mis Curleigh, permítame
refrescar mi vista en su hermosura. Gente como ese pobre Mr. Morton debiera ser
prohibida por ley. —Después de un instante de vacilación, se dirigió al baño. Miss
Curleigh, ruborizándose, le siguió.
—¿Qué es esto? —oyó decir al
detective, ásperamente—. ¡Mrs. Potter! ¡Vuelva en sí! ¡Demontres!
—¿Qué es lo que pasa ahora?
—gritó la muchacha, lanzándose al cuarto de baño tras él.
Mrs. Potter, con sus poderosos antebrazos
como carne de gallina, azorados los ojos, la boca entreabierta, clavaba la
vista en la bañera. La mujer profirió algunos sonidos ininteligibles, hizo
girar los ojos y luego huyó del departamento.
—¡Oh!
¡Dios mío! —gimió la muchacha—. ¡Qué horrible!
—Horrible —afirmó Ellery— y
esclarecedor. Pasé por alto este detalle cuando estuve antes por aquí... —enmudeciendo,
curvóse sobre la bañera.
Un gato negro, rígido e inerte,
repulsiva masa de sangre y de pelos, yacía dentro de la bañera; tenía la cabeza
destrozada y descoyuntado el cuerpecillo. Su sangre había formado cuajarones en
las paredes de porcelana. El arma, arrojada a un lado por la mano del matador,
estaba junto al cadáver: un cepillo de baño, cubierto de sangre, con un pesado
mango.
—Esto explica, por lo menos, la
desaparición de uno de sus gatos, Miss Curleigh —murmuró el detective—. Fue
muerto a golpes con ese cepillo. No hace aún 24 horas que murió, a juzgar por
su aspecto. Estimada señorita, creo que estamos abocados a la dilucidación de una
tragedia pavorosa.
—¡El
vil que pudo matar a esa pobre bestia con tanta brutalidad y saña es un... es
un monstruo! —vociferó ella—. Si aquella horrible mujer...
—No se olvide usted —apuntó
Ellery— que Miss Euphemia es inválida.
—Bien, este asuntito —bisbiseó
el detective— cobra creciente interés, Miss Curleigh. ¿No tiene idea de lo que
descubrí aquí?
Habían retornado al dormitorio y
se inclinaban sobre la bandeja, que Ellery recogió del piso y depositó en la
mesilla de luz. Miss Curleigh recordó que en sus visitas anteriores había
encontrado esa misma bandeja sobre el lecho de Miss Tarkle o en la mesa, y que
la inválida le explicó que había adoptado el hábito de comer a solas.
—Vi que
andaba usted revolviendo cosas con polvo y adminículos, pero... —respondió
ella.
—Examen de impresiones papilares
—Ellery contemplaba los cubiertos que había en la bandeja—. A veces, mi equipo
de bolsillo presta utilísimos servicios. Usted me vio revisando estos
cubiertos, señorita. ¿Afirmaría usted que estos artículos fueron utilizados por
Euphemia durante su última comida?
—¡Oh! ¡Por supuesto que sí! En el
cuchillo y en el tenedor veo todavía partículas de alimentos.
—¡Exactamente! Los cabos de los
cubiertos son superficies de plata, en las cuales quedan marcadas las huellas
digitales —encogiéndose de hombros—. Créase o no, en ellas no encontré una mala
impresión digital.
—¿Qué quiere usted decir, Mr.
Queen? ¿Cómo es posible?
—El caso es que alguien eliminó
toda huella reveladora frotando los mangos con un pañuelo. Curioso, ¿eh?
—Ellery encendió un cigarrillo—. Con todo, examinemos este pequeño enigma. Ante
nosotros está la bandeja de Euphemia, con sus alimentos, sus platos y sus
cubiertos. Pero si sólo ella manejaba los cubiertos, ¿quién eliminó las
impresiones? ¿Ella misma? ¿Por qué? ¿Algún otro? Sin embargo, maldito el
sentido que le veo a que alguien se preocupara de borrar las huellas papilares
de Euphemia. ¿Acaso no tienen derecho indiscutible de hallarse allí?
En
tal caso, fácil es inferir que, aparte de las impresiones digitales de
Euphemia, los mangos de estos cubiertos llevaban marcadas las de otra
persona, todo lo cual nos explica la actitud del desconocido que se
preocupó tanto en hacerlas desaparecer. ¿Por qué? —dijo—. Comienzo a ver claro
en las cosas. Miss Curleigh, ¿desea usted servir de mensajero de la Justicia?
—Miss Curleigh, abrumada, sólo atinó a asentir; empezó Ellery entonces a
envolver los restos de comida descubiertos en la bandeja de la inválida—. Lleve
este paquetillo al doctor Prouty (aquí está su domicilio) y ruéguele que se lo
analice. Espere allá, reciba el informe y vuelva aquí. Trate de entrar en la
casa sin ser observada.
—¿La comida?
—¡La comida!
—¿Sospecha usted que pudo ser...?
—La hora de las reflexiones
—respondió Ellery, flemáticamente— ya ha pasado casi por completo.
Ausente ya la jovencita,
arrojó Ellery un vistazo final al cuarto, cerró la puerta principal con llave y
guardando la llave-maestra que le entregara Mrs. Potter, descendió hasta la
planta baja, tocando el timbre del departamento de los Potter.
Abrióle la puerta un individuo
rechoncho, de facciones duras y toscas y con el sombrero echado sobre la nuca.
Observó Ellery la agitada silueta de Mrs. Potter temblequeando por los fondos.
—¡Ése es el policía! —chilló
ella—. No te mezcles en...
—¡Ah! Conque es usted, ¿eh?
—masculló Potter—. Soy el superintendente, Harry Potter. Cuando llegué de la
fábrica, mi mujer me dijo que ocurre algo anormal en el departamento de las
Tarkle. ¿Qué pasa ahora?
—¡Vamos! No se asuste, Mr. Potter.
Con todo, me alegro mucho de que esté en casa, pues necesito con urgencia
ciertas informaciones que sólo usted podría proporcionarme. ¿Alguno de ustedes
encontró gatos muertos en alguna parte del edificio?
—¡Caracoles! ¡Esto sí que es
extraño! Seguramente que hallamos gatos muertos. Mrs. Potter dice que ahora hay
uno muerto en el 5-C; nunca imaginé que esas dos viejas fueran las que...
—¿En dónde los descubrió?
¿Cuántos? —preguntó, seco, Ellery.
—Pues abajo, en el incinerador
del sótano, señor. Ellery dióse una sonora palmada en la nalga: —¡Desde luego,
desde luego! ¡Qué estúpido fui! Ahora veo todo con claridad. ¿El incinerador,
eh? ¿No encontraron seis gatos muertos, Potter?
—¿Cómo lo sabía, joven? —articuló
Mrs. Potter, sorprendida.
—El incinerador, ¿verdad?
—reiteró Ellery—. ¿Descubrió huesos, Potter? Cráneos... tibias...
—¡Ni más ni menos! —exclamó el
superintendente—. Yo mismo los hallé. Todas las mañanas vacío el incinerador
para sacar la basura. ¡Seis cráneos y numerosos huesecitos de gatos! Puse el
grito en el cielo, buscando al imbécil que me arrojaba esa inmundicia por el
vertedero; pero todos se hicieron los tontos. Por otra parte, no aparecieron
todos a la vez. La cosa viene ocurriendo desde hace cuatro o cinco semanas. Uno
por semana, poco más o menos. ¡Viejas locas! Si llego a meterles las zarpas
en...
—¿Está usted seguro de que
encontró seis esqueletos?
—Sí.
—¿Y nada más de índole
sospechosa?
—No, señor.
—Gracias, Potter. No creo que
sobrevengan nuevas complicaciones. Olvídese del asunto —dicho esto, el
detective introdujo un billete en la mano del superintendente y salió del
vestíbulo.
No anduvo muy lejos. Caminó sólo
hasta los peldaños conducentes al sótano. Cinco minutos más tarde introducíase,
quedamente, en el Departamento 5-C.
Cuando la muchacha detuvo sus
pasos ante la puerta del Departamento 5-C, descubrió que estaba cerrada con
llave. Dentro, la voz de Ellery murmuraba algo y, segundos después, se oyó el
chasquido del receptor telefónico. Tranquilizada ya, Marie llamó; apareció
Ellery al instante, la hizo entrar, cerró sin ruido y la condujo hasta el
dormitorio, en donde ella se dejó caer en una silla, con un gesto de
desilusión.
—¿De regreso de la guerra, eh?
—sonrió él—. ¿Y bien, hermanita?
—Ese optimismo pronto se le terminará
—exclamó Miss Curleigh—. Deploro mi inservible entusiasmo en...
—¿Qué dijo el bueno de Prouty?
—¡Nada alentador! Simpatizo con
su doctor Prouty, aunque sea médico forense o cosa tal, y use un horroroso
gorrillo en presencia de una dama; pero no me regocijaron sus informes. Afirma
él que no ha encontrado absolutamente nada anormal en los alimentos que le
remitió, Mr. Queen. Algo putrefactos por el tiempo; fuera de eso, son
perfectamente puros y comestibles.
—¡Vaya una malísima suerte,
querida mía! —exclamó Ellery, jovialmente—. ¡Ea, Diana! ¡Arriba el ánimo! Es
ésa la mejor nueva que podría haberme traído.
—¿La mejor nue...?
—Substituye ello la teoría por el
hecho... Ensambla, chiquita, como una brassière en Mae West. Ya hemos
arribado —dijo, sentándose frente a la muchacha— a nuestro soñado destino. ¡A
propósito! ¿Alguno la vio entrar en el departamento?
—Entré con sigilo por el sótano,
y allí subí al ascensor. ¡Nadie me vio! Pero no entiendo cómo...
—¡Recomendable eficiencia! Creo
que contamos con cierto tiempo para explicaciones. Gocé de una hora de soledad
para reflexionar. Miss Curleigh, posee usted sentido común, más la ventaja de
la innata astucia femenina, sin duda alguna. Dígame ahora: ¿qué móviles impulsaron
a una anciana rica, casi por completo paralizada, a adquirir, con cautela y
discreción, seis gatos en el tiempo de cinco semanas cabales?
—Ya le dije que no lo entendía.
¡Es un hondo y obscuro misterio para mí!
—¡Psé! Bien, voy a darle una idea
general del suceso. Por ejemplo, todos estos gatos comprados por una mujer
extravagante en período tan breve sugieren... ¡vivisección! Sin embargo,
ninguna de las dos Tarkle se asemeja, remotamente, a un investigador
científico. Tal versión queda, pues, descartada. ¿Entendido?
—¡Oh!, sí —replicó Miss Curleigh,
anhelante—. Ya entiendo el significado de sus palabras. Euphemia no podría
haberlos querido con fines de compañía, puesto que los detestaba.
—¡Precisamente!
Discurramos un poco. ¿Para exterminar ratas? No; conforme a la declaración de
Mrs. Potter, la finca no conoce tal peste. ¿Apareamiento, acaso? No; el gato de
Sarah-Ann era macho, y Euphemia únicamente adquiría machos. Además, eran
bicharracos ordinarios, y la gente no suele suplir a Cupido cuando se trata de
animales innominados.
—Tal vez los compraba para
regalarlos —dijo la muchacha, cejijunta—. Eso es bien posible, Mr. Queen.
—Posible, sí; pero no verídico,
—contestó, frío, Ellery—, si es analizado a la luz de los hechos. El
superintendente encontró los restos de seis esqueletos gatunos entre las
cenizas del incinerador de abajo; el séptimo se encuentra, bien muerto, en la
bañera —Miss Curleigh le miraba, muda de estupefacción—. Se me figura que
enumeramos las teorías más plausibles. Diga usted algunas de las más
disparatadas.
Miss Curleigh palideció:
—¿Acaso por su piel?
—¡Bravo!
—rió Ellery—. Ésa es la más disparatada. No; no fue por la piel, pues no hallé
piel alguna en el departamento. Y por añadidura, el gato del cuarto de baño
está ensangrentado, pero no desollado. Y creo, que podríamos descartar la
versión de alimentación, desde que los seres civilizados consideran que
devorar gatos entraña resabios canibalísticos...
Por ventura, ¿para aterrar a
Sarah-Ann? Improbable; Sarah-Ann está acostumbrada a ellos y además, los
adora. ¿Quizá para que la maten a arañazos? Eso sugiere zarpas empozoñadas. En
tal caso, empero, tanto peligro correría la propia Euphemia como Sarah-Ann. ¿Y
por qué seis felinos? ¿Tal vez a modo de... ¡ejem!... guía en la noche
eterna? No, porque Euphemia es vidente y jamás abandona el lecho. ¿Podría
imaginar otras versiones peregrinas?
—¡Pero todas esas suposiciones
son ridículas.
—No le aplique nombres a mis
vagabundeos mentales. Ridículas, sí; pero no es posible ignorar teoría alguna
en el curso de un análisis eliminatorio.
—Bueno, acaba de ocurrírseme una
que no es un dislate —dijo la muchacha—. ¡Por odio! Euphemia odiaba a los
gatos; así, atendiendo a que está loca, según creo, los adquirió únicamente
para darse el placer de exterminarlos.
—¿Y exigiendo que todos ellos
fueran machos, negros, con ojos verdes y de idénticas dimensiones? —el joven
meneó la cabeza—. Su manía homicida difícilmente podría ser tan exclusivamente
concretada. Más aun: ella los aborrecía antes de que Sarah-Ann le adquiriera
aquel gato negro del principio. No; queda sólo una versión plausible —saltando
de la silla, empezó a pasearse por el aposento—. No es la única posibilidad
restante; pero está confirmada por distintos pormenores... La hipótesis se
concreta con una palabra: ¡Protección!
—¡Para protección! ¿Por qué? ¡La
gente compra perros para defenderse, y no gatos!
—No me refiero a esa clase de
protección —replicó Ellery—, sino a una mezcla de deseos de conservar la
existencia y de un aborrecimiento incidental por los gatos, que los convierte
en instrumentos ideales de tal fin. Es éste un caso horripilante y repulsivo.
Euphemia vivía atemorizada. ¿De qué? ¡Pues de ser asesinada por su dinero! Tal
suposición está ampliamente confirmada por la carta escrita a Morton; por su
avaricia; por su desconfianza en los bancos; y, en resolución, por la antipatía
que sentía por su propia hermana Sarah-Ann. ¿Cómo podrían ser esos gatos eficaz
reparo contra el supuesto intento de homicidio?
—¡Contra el veneno!
—¡Exactamente! ¡Como un catador de alimentos! Una
genuina reversión a lo medieval. ¿Existen indicios confirmatorios? ¡En
abundancia! Euphemia había adoptado el hábito de comer a solas, lo cual sugiere
alguna actividad secreta. A más, compró seis gatos en un período breve. ¿Por
qué? Pues, porque cada vez que el gato, adquirido en su comercio, oficiaba de
catador de alimentos, se envenenaba e iba a reunirse con sus infelices
antepasados, Miss Euphemia compraba otro para reemplazar al finadito.
¿Entiende? ¡Los mininos sucumbían envenenados... envenenados por alimentos
destinados a ser comidos por la solterona! Confirmación definitiva: ¡los seis
esqueletos de felinos descubiertos en el incinerador!
—Sí; pero ella no puede caminar
—protestó la muchacha—. ¿Cómo podría desembarazarse de los cuerpos?
—Conjeturo que Mrs. Potter lo
hacía por ella, señorita. Recordará usted que esa mujer nos declaró que con
frecuencia la llamaba para llevar basuras al incinerador aprovechando la
ausencia de Sarah-Ann. La "basura", empaquetada, no era otra cosa que
el cuerpo de un felino... sin sus siete vidas...
—Pero, ¿por qué todos los gatos
debían ser negros, de ojos verdes y del mismo tamaño?
—Pues, para engañar a
Sarah-Ann. Porque Sarah-Ann tenía un gato negro de cierta medida y con ojos
verdes. Euphemia se vio obligada a comprar bestias idénticas. El motivo era
hacerle creer a la hermanita que el gato negro del departamento era
siempre el mismo. Tal cosa sugiere, por cierto, que Euphemia empleó el gato de
Sarah-Ann para contrarrestar la primera tentativa de envenenamiento, y que
aquél fue la primera víctima del tósigo. Cuando murió, Euphemia compró otro...
sin el conocimiento de su hermana...
"¿Cómo sospechaba Euphemia
que iba a ser objeto de renovados intentos de asesinato? Eso no lo sabremos
jamás, Miss Curleigh. Acaso una simple coincidencia, acaso cierto
presentimiento psíquico...”
—Pero si trataba de engañar a
Sarah-Ann con respecto a los gatos —susurró Miss Curleigh, pálida de horror— es
evidente que sospechaba...
—¡Precisamente! Sospechaba, en
verdad, que su hermana planeaba envenenarla.
La muchacha se mordió el labio:
—¿Podría darme un cigarrillo,
joven? —balbuceó—. Yo... —Ellery, en silencio, satisfizo su demanda—. ¡En mi
vida conocí cosa más horrorosa! Dos viejas solteronas, hermanas, prácticamente
solas en el mundo, una dependiendo de la otra en cuidados, ésta de aquélla por
su subsistencia, viviendo ambas en enemistad... la inválida impotente para
defenderse de un ataque... —se estremeció de asco—. ¿Qué les ocurrió a esas
dos desdichadas, Mr. Queen?
—Bien, discurramos brevemente.
Euphemia ha desaparecido; sabemos que se ejecutaron no menos de seis intentos
de envenenarla, todos ellos infructuosos. Es lógico presumir que sobrevino una
séptima intentona y que (dado que Euphemia desapareció en misteriosas circunstancias)
la misma fue, desgraciadamente, coronada por el éxito.
—Pero, ¿cómo sabe usted que ella
está muerta?
—¿Y dónde está? —preguntó,
secamente, el detective—. La otra posibilidad estribaría en que escapó; pero
es baldada; no puede caminar ni abandonar el lecho sin ayuda. ¿Quién la
asistiría? Sólo Sarah-Ann, la misma persona sospechosa de tratar de asesinarla.
La carta al sobrino demuestra que no quería recurrir a la hermana. De esta
manera descartamos la versión de fuga, causa por la cual deducimos que,
si no huyó, está muerta. Escúcheme con atención: Euphemia sabía que alguien
intentaba envenenarla por medio de sus alimentos, por lo que adoptó
precauciones. ¿Cómo consiguió entonces el homicida irrumpir en sus defensas, en
el reparo del séptimo gato?
Bien, presumamos que Euphemia dio a catar
los alimentos al gato en cuestión, los mismos alimentos que hallamos en la
bandeja. Sabemos que no estaban envenenados, de acuerdo con el informe del médico
forense. El gato, por ende, no sucumbiría envenenado por los alimentos,
confirmado esto por el hecho de que fuera destrozado a golpes. Pero si el
felino no fue envenenado, tampoco lo fue Euphemia. No obstante ello, todas las
pistas revelan que murió por veneno. Así, pues, sólo cabe una contestación:
Euphemia murió envenenada, no por la comida, sino mientras comía.
—No entiendo —dijo Miss Curleigh,
suspensa.
—¡Los cubiertos! —prorrumpió
Ellery, triunfalmente—. Esta tarde le demostré que alguien más que Euphemia
había manejado el cuchillo, el tenedor y la cuchara. ¿No sugiere eso, por
ventura, que el envenenador envenenó los cubiertos en su séptima
intentona? Si, por ejemplo, el tenedor estaba recubierto con un tósigo,
incoloro e inodoro, la vigilancia de Euphemia quedaría chasqueada.
El gato, al
recibir trozos de comida con la mano (pues a nadie se le ocurriría alimentar a
un gato con cubiertos) no sucumbiría al veneno; en cambio, la solterona, ingiriendo
comida cortada con cubiertos envenenados, perecería. Psicológicamente, esta
versión parece verídica. Es perfectamente razonable suponer que el asesino,
tras seis infructuosas tentativas de envenenamiento, emprendería una séptima,
desesperada, variándola en sus pormenores menos esenciales. Tal variación fue
acertada, y Euphemia acabó por encontrar la muerte.
—Pero, ¿y el cuerpo? ¿Dónde...?
La faz del muchacho mudó de
expresión al volverse, silenciosamente, hacia la puerta. Petrificado un
instante en actitud de tensa atención, aferró seguidamente el trémulo
cuerpecillo de Miss Curleigh y, sin articular palabra, la arrojó con rudeza
dentro de uno de los gabinetes del dormitorio, cerrando la portezuela tras de
ella. La muchacha, medio ahogada en un mar de prendas femeninas, retenía el
aliento. Recordaba haber oído el débil rechinar de un objeto metálico en la
puerta principal. Debía ser el envenenador. ¿Por qué había regresado?
La jovencita estranguló un
chillido. Una voz áspera, ronca... el estrépito de una lucha... un choque violento...
¡Ellery y el desconocido estaban peleando!
Miss Curleigh vio rojo. Abrió de golpe la puertecilla del armario,
precipitándose fuera como un alud. Ellery yacía en el suelo, en un entrevero de
piernas y brazos. Una mano se alzó, blandiendo un cuchillo... Miss Curleigh se
abalanzó, asestándole un puntapié en instantánea acción refleja. Algo partióse,
secamente, y ella cayó de espaldas, descompuesta, al paso que el arma caía de
una mano rota.
—¡Miss Curleigh! ¡La puerta!
—jadeó Ellery, apretando la rodilla contra su adversario.
A través del sordo zumbar de sus
oídos, percibió la muchacha fuertes golpes en la puerta, y se arrastró hacia
ella como enloquecida. La última cosa que oyó y recordó fue una curiosa
avalancha de cuerpos uniformados de azul, que pasaban junto a ella y caían
sobre los luchadores.
—Todo va bien ahora —dijo
una voz lejana, y Miss Curleigh, abriendo los ojos, vio a Mr. Ellery Queen,
frío y correcto, curvado sobre ella; moviendo la cabecita aturdida, distinguió
la chimenea, las espadas cruzadas del vestíbulo... — ¡No se alarme, Marie!
—Sonrió el muchacho—. No es esto un secuestro ni cosa parecida... Ya alcanzó el
apetecido Valhalla. Las dificultades acabaron: se encuentra usted reclinada en
el diván de mi departamento.
—¡Ah! —articuló Miss Curleigh,
posando los pies sobre el piso—. Yo... yo debo estar... horrible... ¿Qué aconteció?
—Ya atrapamos al forajido.
Descanse, jovencita, en tanto que le preparo un poco de té...
—¡No diga disparates! —protestó
ella—. Quiero saber cómo realizó este milagro. ¡No sea exasperante!
—Mande y obedeceré. ¿Qué desea
saber?
—¿Sabía usted de antemano que ese
monstruo retornaría al departamento?
—La verdad es que era muy
probable. Euphemia había sido envenenada, evidentemente, por su dinero escondido.
Sucumbió asesinada ayer, a más tardar (¿recuerda la botella de leche de ayer?)
o tal vez anteanoche. ¿El homicida había descubierto el paradero del tesoro? En
caso afirmativo, era inmotivada la presencia del merodeador sorprendido esta
tarde y que escapó por la ventana después de obstruir la puerta principal. No
podía ser sino el asesino. Pero si retornó después del crimen fue porque no
encontró el dinero cuando lo cometió. Quizás tuvo tantas cosas que hacer que no
contó con el tiempo suficiente para buscarlo.
Al regresar nosotros al piso le
sorprendimos con las manos en la masa, en el momento en que, probablemente,
acababa de hacer un desastre con la cama de Euphemia. Todo indicaba que no
había descubierto todavía el dinero. Si era así, bien sabía yo que volvería: al fin y al cabo, no podía resignarse a perder tanto tiempo y tantos esfuerzos
incesantes... Así, pues, me así a la posibilidad de que regresaría cuando
imaginara que no había moros en la costa; y como lo pensaba, así fue. Telefoneé
solicitando ayuda policial en tanto usted consultaba con el doctor Prouty.
—¿Sabía usted quién era el... el
criminal?
—¡Oh, sí! Nada más fácil de
demostrar, señorita. El primer requisito exigido para poder ser el criminal era
la oportunidad; esto es, a objeto de encontrarse en condiciones de ejecutar
esas repetidas tentativas de envenenamiento, el asesino tenía que estar cerca
de Euphemia o de sus alimentos, por lo menos en la época en que comenzaron
dichas intentonas.
La sospechosa infalible era su hermana. Sarah-Ann tenía
motivos para ello: el odio y, posiblemente, la codicia; y, por cierto, contaba con
la oportunidad, ya que ella misma preparaba la comida. Con todo, no tardé en
eliminarla sobre la base de argumentos solidísimos.
"En efecto, ¿quién había
apaleado brutalmente al séptimo gato? O la víctima o el propio asesino; pero
no podía ser Euphemia por la razón de que la bestia había sido muerta en el
baño y que Euphemia estaba acostada y paralizada en el dormitorio, incapaz de
dar un paso. De ello desprendíase la convicción de que el envenenador había
ultimado a la bestezuela. Con todo, si Sarah-Ann fuera el criminal, ¿sería
lógico y razonable presuponer que hubiera muerto a golpes a un gato, ella, que
los adoraba? ¡Oh, no! Total y definitivamente inconcebible. Por ende, Sarah-Ann
no era el envenenador...
—Entonces, ¿cómo...?, ¿qué...?
—Sí, ya sé: qué le ocurrió a
Sarah, ¿verdad? —Ellery esbozó muecas—. Mucho me temo que la pobrecilla siguió
el camino del gato y de su hermana. El asesino había concebido el plan general
de asesinar a Euphemia y hacer parecer que Sarah-Ann la había matado, dado que
ésta era la sospechosa más evidente. Bueno, su desaparición tiende a demostrar
(y la confesión me dará la razón) que esa desdichada fue testigo accidental del
crimen y que por eso fue muerta por el envenenador. En ninguna otra
circunstancia la habría matado.
—¿Encontraron el dinero?
—Sí. Y dispuesto, casi con
descuido, —replicó Ellery, encogiéndose de hombros— entre las hojas de la
Biblia que Euphemia guardaba siempre junto al lecho. Un matiz "a lo
Poe..."
—¿Y los... los cuerpos? —balbuceó
la joven.
—Piense en el incinerador
—respondió Ellery—. ¿Acaso no es el medio más lógico de eliminación? El fuego
consume casi todo. Los huesos restantes podrían hacerse desaparecer con...
Bueno, no veo la necesidad de ser más explícito. Ya sabe usted lo que quiere
significar, Marie.
—Pero eso significa que... ¿Quién
era la bestia... del piso? Nunca le vi antes. ¿No podría haber sido el padre de
Mr. Morton...?
—No, hija. ¿Bestia? —Ellery
enarcó las cejas—. Miss Curleigh, existe solamente un débilísimo tabique entre
el demente y...
—Antes me había llamado Marie
—dijo ella.
—Nadie, salvo Sarah-Ann y
Euphemia —dijo el joven, con muchísima premura— vivían en el departamento; pese
a ello, el envenenador tuvo acceso a los alimentos de la inválida por más de un
mes, sin despertar, al parecer, ninguna sospecha de su víctima. ¿Quién podría
haber gozado de tal situación? Sólo una persona: el hombre que les decoraba el
departamento durante el atardecer y la noche (alrededor de la hora de la cena)
por más de un mes; el hombre que trabajaba en una fábrica de productos químicos
y que, por tanto, conocía como pocos el secreto de los venenos y de su
manipulación; el hombre, en fin, que cuidaba del incinerador y que podía
eliminar los huesos de las víctimas sin peligro para él. En una palabra
—concluyó el muchacho, ahogando un bostezo— el señor superintendente del
edificio, Mr. Harry Potter.