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Drummer-Hinger - John Flanders

Era un milagro el que Harvey Simenson no estuviese borracho al contar su aventura. No era este el caso cuando la vivió. Desde luego, él mismo admitía que estaba ebrio como un cosaco cuando vivió aquella espantosa experiencia.

Hacía ya mucho tiempo que el Ptarmigan había zarpado del puerto de Altona cuando llegué al muelle. Me dolía mucho la cabeza y aún me duraban los vértigos que me produjera la borrachera de la noche anterior. Aún podía ver el humo que salía por la chimenea de mi barco. ¡Los muy canallas! No habían tenido siquiera la delicadeza de esperar unos minutos y recoger a un compañero de tripulación, que sólo había cometido el pequeño pecado de pasar una buena noche en tierra después de haber navegado durante tantos días.

Lo primero que se me ocurrió fue matar al capitán, al piloto y al timonel apenas se me presentase la ocasión. Luego me fui a ver al cónsul, quien no sólo me echó a la calle como a un perro sino que, además, me aseguró que, si volvía a molestarlo, no sólo haría que me dieran una buena paliza, sino que avisaría a la policía para que me encerrasen una buena temporada a la sombra.

«Otro miserable más de los muchos que hay en este cochino mundo», me dije a mí mismo mientras lanzaba un escupitajo sobre el umbral de la puerta de entrada al Consulado. No me quedaba ni un triste centavo. Me había gastado todo el dinero emborrachándome en Hamburgo. ¿Conocen ustedes Sankt-Pauli? Pues allí estuve a punto de estirar la pata, con la turca que pesqué vaciando botellas y más botellas.

Imagínense, mis queridos amigos, un flamante coche de nueve caballos. A lo mejor eran caballos de madera, pero esto no tiene ninguna importancia, ni viene al caso. Pues bien, fue en un chisme como ese donde me harté de beber Sekt y Berenfang hasta llenar esta bodega que tengo por estómago.

¿Saben lo que es el Berenfang? Una maravillosa bebida hecha con excelente miel y alcohol. ¡Tan buena que no me importaría que me llevasen al mismo infierno, a cambio de un buen barril de ella! Y tan suculenta que, después de cada sorbo, uno tiene la impresión de que va a caerse de la silla tieso como un muerto.

—Limítate a los hechos, charlatán —exclamaron todos los que le estaban escuchando.

—¡Era la introducción! —respondió Simenson—. Después de todo, en todos los librejos hay unos preliminares como estos. Y mi historia vale tanto como un librejo.

Cuando no se tiene un céntimo en el bolsillo y el barco en que uno va enrolado se ha largado, dejándole a uno en tierra, mientras en la mente las ideas se vuelven cada vez más lúcidas, decidme, amigos, ¿adónde se dirige entonces un hombre? Yo os lo diré: de diez probabilidades hay nueve de que se dirija a una estación de ferrocarril. ¿No están de acuerdo conmigo, eh, compañeros?

Se sube uno al primer vagón que encuentra, escoge el compartimento con más cojines por todas partes y nos dejamos adormecer de un modo placentero por el movimiento monótono del tren en marcha. Y así continuamos, hasta que de pronto aparece un revisor y nos expulsa del vagón al llegar a la próxima estación, acompañando su gesto con una sarta de frases nada agradables. 

Pero, por fortuna, en mi caso, la estación en la que el revisor me echó del tren era realmente magnífica. Estaba iluminada como una piedra preciosa en el escaparate de una joyería, pero muy abandonada, sin un alma viviente, pues era de noche.


Entonces me hice el borracho, con el fin de no contestar a las posibles preguntas que pudieran hacerme dos empleados de la estación. Me fijé en que uno de ellos le dijo en voz baja a su compañero:

—Este ya está maduro para Drummer-Hinger.

—¡Cállate! Estas cosas no se pueden decir —le contestó el otro, que tenía una especie de quepis dorado sobre su orondo cráneo.

Luego se acercaron unos cuantos tipos bien rellenos de grasa, me cogieron como si fuera un baúl, y me metieron sobre el entarimado de un miserable tabuco.

—Aquí te quedas, amigote, y a ver si revientas de una vez —dijeron bromeando, mientras se alejaban dejándome solo en aquel inmundo lugar.

Fue entonces cuando el destino vino en mi ayuda. Me estaba muriendo de sed. A mi mente acudieron las deliciosas bebidas que había paladeado durante la víspera, es decir, el Sekt, el Berenfang y otros exquisitos licores. De repente oí el típico ruido de botellas al chocar unas con otras y la boca se me hizo agua.

Seguramente será café, o té o algunas de esas repugnantes bebidas, me dije a mí mismo, mientras me apoderaba de una de esas botellas. Pero cuando la tuve en mi mano, quedé pasmado: ¡era Schnaps! Y de una calidad tan excelente, que me bebí toda la botella.

«Si alguno de aquellos tipos se da cuenta de que me he bebido su exquisito licor, estoy listo», pensé. Por fortuna, aún me quedaban las suficientes fuerzas como para huir del tabuco y salir corriendo, amparado por la obscuridad de la noche, a lo largo de las vías de ferrocarriles.

Había recorrido una buena milla cuando tropecé con uno de los maderos; caí al suelo como un saco de plomo, y sentí un inmenso dolor en todos los huesos de mi esqueleto. Mi caída tuvo que producir ruido forzosamente. Además, creo que grité y lancé un juramento.

Sí, debían haberme oído. Instantes después, alguien me enfocaba a los ojos con una potente linterna.

—Por favor, apague la linterna —dije—. Tengo la costumbre de dormir sin lámpara, ni vela.

—¿Qué es lo que estás haciendo aquí? —me graznó una voz seca y desagradable.

—Aquí no estoy haciendo nada, y por eso ahora mismo me voy; sí, debo irme.

—¿Y adónde debe ir el caballero?

No sé exactamente cómo, pero en aquel instante me vino a la mente el nombre de Drummer-Hinger, y se lo dije en voz alta, casi gritando.

Entonces observé que la linterna se movió un poco, como si la mano que la sostenía temblase.

—No hable tan alto, compañero —respondió el individuo con voz repentinamente dulcificada—. Le ruego que no hable, caballero. Pronto vendré a buscarle. El tren que sale para... en fin, usted ya sabe hacia dónde, no llega hasta aquí. Suele detenerse cerca de la señal roja que ve usted allí.

La luz de la linterna desapareció en la obscuridad de la noche, y otra voz, llena de compasión, me dijo:

—Comprendo muy bien que un hombre tan borracho...

«¿Pero qué es lo que aquí sucede? —me dije—. Debe ser un sueño.»

Me dirigí hacia los abetos, me senté en un lugar cómodo y, poco a poco, me quedé adormecido.

—¡Vamos...! Llegó el momento.

Me pusieron de pie, pues apenas tenía fuerzas en mis piernas. Me sentía tan débil como una jovencita. Luego aquellos individuos me arrastraron.

—Por mi parte, me podéis arrastrar así hasta el día de mi muerte, pues apenas tengo fuerzas para andar por mis propios pies —les dije.

—Ya tendrás tiempo para dormir cuando estés dentro del tren.

—¡Ah..., sí! Es verdad. Voy a ver a Drum...

—Cierra la boca. ¿Cómo es posible que puedas hablar con tanta ligereza de una cosa tan importante? ¡Cualquiera diría que estás contento con el viaje!

Aquella voz era despectiva, pero no severa. Incluso llegué a percibir cierto deje de compasión en ella. La señal roja brillaba en la obscuridad. Delante de mí había un tren negro muy largo. Sin fuego, ni luces, esperando que llegasen los viajeros.

De repente oí que se abría la puerta de un vagón. Instantes después me depositaban, con delicadeza verdaderamente maternal, sobre un montón de cómodos cojines.

—¡Gracias! ¡Gracias! —dije; pero ya no había nadie que pudiera escucharme.

La locomotora se puso en marcha con lentitud. Luego, se abrió la puerta de nuevo y una forma vaga y confusa se precipitó dentro de mi compartimento.

El tren empezó a aumentar su velocidad con una especie de chirrido quejumbroso, y pronto quedé sumido en un profundo sueño.

Cuando desperté, me sorprendí al comprobar la débil luz que reinaba en el compartimento. Un viejecito de pequeña estatura y mirada bondadosa, vestido como un burgués, se hallaba sentado frente a mí y me hacía señales de aprobación con su cabeza.

—Buenos días —le dije—. ¿También va usted a... cómo era... a Drummer-Hinger?

—¿Cómo dice usted? —respondió, extrañado.

—Drummer-Hinger —volví a insistir.

—Se trata de un nombre muy extraño —respondió el anciano, moviendo dulcemente la cabeza—. No creo haberlo oído mencionar nunca en mi vida.

—¡Esto es el colmo! ¡Ya no hay quién pueda soportarlo! Que yo no lo sepa es muy lógico, pues cuando me metieron en este tren estaba más borracho que un cosaco.

—¿Estaba usted borracho? Pues bien, me alegro de haberle despertado. Y ahora, quisiera hacerle algunas preguntas sobre este extraño viaje.

—Pues está usted listo, ya que yo sé tanto como usted, es decir, no sé nada. Puede que...

—Verá usted; yo tenía que hacer este viaje, cosa que ya de por sí es ridícula y a la que no estoy acostumbrado, pues nunca he viajado en toda mi vida. Soy profesor, y no tengo esposa ni hijos que me impidan hacer lo que me plazca. Lo único que amo en este mundo son los libros, y dentro de estos, aquellos relacionados con la antigüedad. Precisamente tenía que leer un magnífico libro de Encke. ¿Conoce usted a Encke?

—¿Encke? ¡Cómo no! Es el segundo oficial del Frauenlob. Un auténtico marrano. Aún no me ha pagado un dinero que le presté en cierta ocasión.

—Está usted equivocado, caballero —respondió el anciano—. Encke es un célebre historiador de la antigüedad. Pero, en fin, todo esto no tiene nada que ver con el asunto. Lo que yo me pregunto es cómo he podido emprender un viaje en el momento preciso en que me disponía a leer una obra tan famosa. ¿Yo, viajando? No tiene sentido, no lo comprendo.

—Bueno, no es para tanto. Yo siempre estoy viajando de una punta del mundo a la otra y, sin embargo, no veo nada extraño en ello.

—¿Es verdad? —dijo el anciano, con un tono algo despreciativo.— Espere un poco; tengo que acordarme. Me dirigía a la clase a dar un curso sobre historia universal, cuando he aquí que recibí un fuerte golpe. Fue un autobús...

El anciano se calló de repente, adoptando una postura como si estuviera soñando despierto.

—Sí, fue una cosa muy extraña —suspiró al fin—, pues justo después de aquel accidente me entraron unas ganas locas de salir de viaje. Partí de inmediato. ¿Pero adónde me dirijo en este momento? Recuerdo que pedí un billete en la estación de ferrocarril, pero nada más, no me acuerdo de nada más. ¡Ay, Dios mío, no sé lo que me ocurre, ni lo que estoy haciendo en este tren! Por favor, ¿señor...?

—Harvey Simenson —le respondí, presentándome—. Cuando alguien quiere halagarme me llama capitán Simenson; pero se lo confieso con sinceridad, no soy capitán.

—Capitán Simenson, ¿sería tan amable de pronunciar una vez más ese nombre de extrañas sonoridades?

—Drummer-Hinger.

Entonces, de repente, se produjo un misterioso cambio en las facciones del anciano. Sus labios temblaron y en sus ojos se reflejó una angustia indescriptible. Pero, momentos después, en su rostro sólo podía verse una profunda resignación.

—Creo que ahora lo comprendo todo —murmuró entre dientes—. Sí, ahora lo sé todo; ya no me queda la menor duda. Estoy completamente convencido de que todos los que van en este tren... están muertos.

—Eso son tonterías —le respondí.

El anciano se encogió de hombros, y añadió:

—Además, en este momento nos dirigimos hacia el Gran Destino, nuestro último destino...

Aquellas palabras me parecieron tan solemnes, tan sombrías y tétricas, que tuve la impresión de que una ola de agua helada acababa de caerme encima. Pero al mismo tiempo, dentro de mi alma sentía que había dicho la verdad.

Después de un prolongado silencio, me dirigí al viejecito y le dije, algo nervioso:

—La locomotora ya no hace ningún ruido. Las ruedas no chirrían. ¿Verdad que no se oyen las bielas? ¡No, no se oyen! Da la impresión de que el tren está bogando, ¿no le parece, caballero?

—Es muy posible —repuso con indiferencia—. Por el momento, estimado capitán, la única cosa que podemos hacer, lo único que nos está permitido, es pensar, sólo pensar. Claro que si pensamos con detenimiento, quizá tengamos una última oportunidad para... bueno, no vale la pena desperdiciar nuestro precioso tiempo y nuestras palabras. Capitán Simenson, si no tiene ningún inconveniente, preferiría estar callado.

A través de las pequeñas ventanas del vagón se percibía un claro día. El tren rodaba a través de una nube color lila que nos impedía ver el paisaje. De vez en cuando, a través de unos claros en aquella bruma, tuve la impresión de ver unas tierras sombrías, tenebrosas. De repente el tren disminuyó su marcha, y, sin poder contenerme, exclamé:

—¡Maldito sea el demonio! ¡Fíjese, caballero...! ¡Trenes! ¡No hay más que trenes! ¡Muchísimos trenes!

Mi compañero de viaje pareció no haberme oído. Sus ojos estaban fijos en mí, como si se extrañase de lo que acababa de decirle.

—No me mire de ese modo. Tiene usted el aspecto... no, no quiero decirlo, pero de todas formas, no me agrada que me mire de esa forma. Si tiene ganas de ver algo, contemple todos los trenes que están ahí fuera.

No me contestó nada. Su rostro estaba dominado por el terror.

—Los trenes, los trenes —repetía yo; pero el anciano seguía con los ojos fijos en mí, sin responderme.

De vez en cuando, y a través de aquellos claros en las nubes, se veían los trenes. Dirigí mi mirada hacia los cristales de las ventanas de esos vagones y quedé estupefacto y horrorizado al contemplar numerosos rostros apoyados en ellos; unos rostros deformados por el terror y la angustia.

—¡Muertos, todos están muertos! ¿Pero adónde los conducen? ¿Por qué están en esos trenes?

Ya no me atrevía a mirar al profesor. Su mirada se había hecho más horrible.

—Señor Simenson —me dijo de repente—, escúcheme...

—Es lo que estoy haciendo.

—Tengo la impresión —me respondió el profesor—, mejor dicho, el temor, de que ya me queda muy poco tiempo para conversar con usted. Es más, incluso pienso que, a partir de este instante, ya ni siquiera tengo el derecho de hablar con usted. Sin lugar a dudas, aún me queda una brizna de libertad antes de llegar al Gran Destino. Escúcheme, pues. Estoy convencido de que usted, sólo usted, no está muerto.

—¿Qué? ¿Cómo dice?

—¡Tiene que salir de inmediato de aquí! ¡Regrese cuanto antes a ese mundo al que usted aún pertenece! ¡Salte del tren!

—¿Pero por qué?

—¿Es que no comprendes nada, imbécil? ¿Es que no te das cuenta, ignorante criatura?

Si aquellas palabras me las hubiera dicho antes cualquier persona, se habría acordado de mí durante toda su vida; pero en aquel preciso instante, incluso un niño de pantalones cortos habría podido apalearme.

—De modo que no me comprende, ¿no es así? Pues bien, se lo diré de una forma más clara: los muertos odian a los vivos, y yo le odio. Huya, desaparezca, pues ya no puedo contenerme más. ¡Le odio, le detesto! Huya de inmediato o... ¡Voy a morderle!

Aquel viejecito, que hasta entonces me había parecido una persona simpática, empezaba a transformarse ante mis ojos en una horrible y amenazadora criatura, temblando de odio y de rabia de la cabeza a los pies.

—¡Voy..., voy a... debo morderle!

De un salto, se lanzó sobre mí. Lo rechacé con todas mis fuerzas e intenté abrir la puerta del compartimento. Unos instantes después, me hundía en las nubes, y al fin caí sobre una tierra húmeda que apestaba a algo mohoso y putrefacto.

En la lontananza, vi que el tren desaparecía poco a poco en la bruma.

Estoy convencido de que estuve errando allí por lo menos ocho días, envuelto en aquella bruma helada, caminando sobre una tierra húmeda y pegajosa, fría como un témpano de hielo. De vez en cuando, observaba unas sombras furtivas que parecían buscar alguna cosa con avidez. Y hubo un momento en que algo o alguien me atrapó en sus garras, y pude ver, a través de una espesa bruma, una especie de boca gris con dientes demasiado blancos, que crujían mientras se acercaban a mi garganta.

Hice un esfuerzo y me liberé de ser atrapado por aquellas horribles fauces, y entonces oí gemidos y lloriqueos.

De repente oí una campana, en medio de la espesa bruma. Sonaba con una claridad bastante extraña; los sonidos metálicos se sucedían unos a otros, con rapidez. Me dirigí de inmediato en dirección a los mismos. A causa de la espesa bruma, estuve a punto de romperme la nariz, al chocar contra un muro de piedras. Al final de aquel muro había una torre, en la que una campana sonaba con estrépito.

Un hombre de elevada estatura, vestido con un hábito de monje, tiraba sin parar de la cuerda de una campana, cuando aparecí ante él. Sus brillantes ojos reflejaron un rayo de alegría cuando me vio.

—¡Un hombre! —exclamó—. Estaba seguro de que alguien se había extraviado una vez más y por eso me puse a batir la campana, para orientarlo hacia aquí.

—¡Por el amor de Dios, ayúdeme! —le supliqué, mientras observaba que todo su cuerpo temblaba como la hoja de un árbol.

—Bueno... sí, sí..., ¡pero no puedo pronunciar una palabra!

—¿Es que... usted también... es un muerto? —dije temblando.

—¡No! —exclamó, dando un grito salvaje—. ¡Y nunca lo seré! ¡Soy Isaac Laquedem! ¡El Judío Errante! ¡Huya! —me dijo, mientras se retorcía las manos—. Aquí se encuentra usted en la misma frontera. Los muertos no pueden franquearla, pero Él, sí. ¡Huya, quizá no sea aún demasiado tarde!

Bruscamente, extendió su brazo, como queriendo indicar algo en la lontananza, donde no había bruma ni nubes. En el lugar que el monje me indicó estaba el mar; un mar tenebroso y sin fin, a cuyas orillas se alzaban altos acantilados. En medio de aquellas aguas, un barco negro se deslizaba.

—El Holandés Volante. Ese tampoco morirá nunca —me dijo con tono quejumbroso, como aquel mar silencioso—. ¡Huya! Haga un esfuerzo, si aún puede, y trate de...

Eché a correr como un loco. A medida que avanzaba, el suelo era más firme. Lancé un suspiro de alivio. Detrás de mí, los tañidos de la campana atravesaban la bruma, y se oían con más agudeza que nunca. Entonces me volví. ¡Nunca debí haberlo hecho! Nunca olvidaré la horrible visión que se presentó ante mis ojos, por muchos años que me queden de vida.

A unos pasos del muro de piedra, donde Isaac Laquedem tiraba de la cuerda de la campana, se agitaba una masa infinita, un mar humano de siniestros personajes apretujándose los unos contra los otros. Millones de ojos en llamas me contemplaban con insistencia, de un modo siniestro, con rabia y furor.

Millones y millones de miradas plenas de ese odio de los muertos al ver que un vivo había podido escapar de sus macabras garras. Sin embargo, por encima de aquel ejército de personajes siniestros, algo gigantesco estaba mirando. Algo de lo que nunca podré dar una descripción exacta. Era noche, fuego, tempestad, dolor. No, no creo que existan palabras que puedan describir lo que yo vi y sentí. El mismo pensamiento incluso no podría traducir una visión.

Aquella entidad —tengo que emplear esta palabra pues no encuentro otra más apropiada—, que no tenía ojos ni cuerpo, parecía, a pesar de todo, estar fijándose detenidamente en algo.

Como una bestia salvaje perseguida durante una cacería, seguí corriendo, corriendo, corriendo, hasta que perdí el conocimiento. Dos pescadores del Báltico me encontraron en medio de un montón de desechos de pescados. Tuve que haber estado allí mucho tiempo, ya que las ratas de las cloacas ya me habían mordido profundamente en las manos y orejas.

Harvey Simenson nos contó esta historia en una taberna de Rotterdam.

—Ahora ya sé qué es la Muerte, la misma Muerte, la que me ha olvidado, como me dio a entender Isaac Laquedem.

Estas fueron sus últimas palabras, o casi...

—Ya sé que me tomarán por un idiota por haberles contado todo eso —añadió, con cierta tristeza en la voz.

Después de estas palabras, abandonó la taberna, dejándonos a todos nosotros a la puerta de la misma, en aquel bulevar húmedo y frío, donde el viento de otoño hacía revolotear las hojas y las gotas de agua. Pronto desapareció en la bruma.

Nos quedamos largo tiempo contemplando el lugar por donde Simenson había desaparecido, y, de repente, un frío indescriptible se apoderó de todos nosotros.

Una sombra larga, muy larga, sin fin, apareció de pronto, como si hubiese surgido de alguna de aquellas callejuelas adyacentes, y se puso a seguir al marino.

Nadie volvió a ver jamás a Harvey Simenson.

La frontera - Eduardo A. Ponce

 I

Anochecía. Un fino manto de arena y frío se deslizaba ominosamente sobre la ciudad. Allá en la frontera, dos soldados escrutan el horizonte, apostados en sus garitas, impertérritos ante las próximas quince horas de oscuridad.

Holes había aprendido, con el transcurrir de los años, a discernir casi instintivamente, a través de las continuas tormentas de arena, cuándo se aproximaba hacia la frontera algún traslúcido. Willis, sin embargo, acababa de salir de la Academia.

- Te digo que lo he visto, por el norte. Caminaba lentamente, pero su rastro era inconfundible - argumentaba Willis, sin despegar los ojos de los prismáticos de infrarrojos.

- Mira chico, llevo seis años en este desierto de muerte, y puedo asegurarte, que antes que esos prismáticos capten a un traslúcido, ya lo habrás sentido en tu cerebro y olido a tu alrededor - contestó Holes, mientras encendía un cigarrillo.

- Se como son los traslúcidos, en la Academia...

- En la Academia pueden simular traslúcidos, pero ni los tienen ni los pueden crear - miró con aire paternal a Willis -. No te preocupes muchacho. Tendrás ocasión de verlos - aspiró una bocanada - y entonces desearás estar en cualquier sitio menos en Goliath.

El sol de Goliath se había ocultado completamente, y en su lugar, cientos de estrellas salpicaban la noche goliatina. Era como la noche de otros planetas ya colonizados, como Banta, Mil-Días o Aurora. Pero en Goliath, las noches eran más largas y frías, y los días secos y calurosos. Las tempestades de arena, casi diarias, erosionaban los edificios de la Ciudadela, mientras los traslúcidos se encargaban de socavar las mentes de los hombres. Pero de eso hace ya mucho tiempo.

 II

Mucho tiempo. Varios siglos terrestres.

Todo se remonta al primer día en que el hombre posó sus enormes naves sobre el planeta, que años después adoptaría el nombre definitivo de Goliath. Entonces sólo era un número.

Todos los parámetros aconsejaban la colonización, y doscientos hombres y mujeres dejaron todo y levantaron junto al desierto la primera colonia de Goliath, La Ciudadela.

Y entonces aparecieron ellos, desde los más profundo del desierto: los nativos de Goliath.

Y los llamamos traslúcidos, pues sus cuerpos se hayaban rodeados de un aura que les hacía parecer semitransparentes ante nuestros ojos de humano.

Pero se convirtieron en una plaga. La ciudad comenzó a inundarse de ellos. Nunca fue posible intercambiar palabra o gesto alguno con los nativos. Nos observaban permanentemente, pero jamás intentaron establecer contacto.

Los hombres, al contrario, lo intentamos una y otra vez, sin éxito. Parecían no disponer de órganos para la fonación, pero tampoco el idioma gestual formaba parte de su cultura.

Poseían un físico humanoide, dos enormes ojos, negros y profundos, centrados en un rostro indefinible, inexpresivo e inmutable. Una cabeza desproporcionadamente voluminosa respecto al diminuto y frágil tronco. Los dos brazos y las dos piernas completaban la figura del traslúcido, desnudo y asexuado, un cuerpo tan semejante al del hombre y sobre el que éste no podía saber nada más, pues los nativos sólo observaban, nunca comunicaban.

Poco a poco, sin embargo, comenzamos a observar los primeros cambios en los nativos. Dejaron de acercarse en elevado número, tal como lo hicieron durante los primeros meses, pero los pocos que se aventuraban a cruzar las puertas de La Ciudadela, eran diferentes.

Fue el biólogo evolutivo Qasar El-Hamed quien se apercibió de los primeros cambios en los traslúcidos. En los primeros días, podía observarse en éstos que no poseían una mano bien diferenciada, sino que al contrario, ésta se hundía en el aura que rodeaba al brazo, y jamás pudimos entonces saber si poseían dedos, membranas o cualquier otro tipo de órgano táctilo-prensil. Pero ante los ojos de Qasar empezaban a desfilar nativos con brazos terminados en manos, y éstas en dedos, cinco.

A Qasar El-Hamed no le cupo la menor duda de qué les estaba ocurriendo a los traslúcidos, cuando éstos empezaban a ser más altos, más proporcionados, sus ojos no sólo eran negros, la mirada había dejado de ser fría y distante. Sus rostros, a pesar de todo, poseían aún ese factor indescriptible que nos hace diferenciar siempre entre el original y la copia. Qasar El-Hamed sabía que, de seguir así la evolución de los nativos, las consecuencias sobre la población colona serían irreparables.

 III

- ¿Que adoptan nuestros cuerpos? - El comandante Keel tenía puestos sus desorbitados ojos sobre el rostro impasible de Qasar -. ¿Qué quiere decir con esa estupidez? ¿Acaso se están apoderando de nosotros?.

- No digo que adopten nuestros cuerpos en el sentido de, como usted lo llama, apoderarse de nosotros - Qasar miró distraídamente por un instante hacia la ventana, mientras esperaba a que Keel volviera de nuevo a sentarse tras su escritorio -. Aunque puede que realmente termine por suceder lo que aventura. Mi teoría es que los traslúcidos tienen la habilidad de adoptar el físico, al menos, de cualquier otra especie o raza. Al principio de nuestra llegada, nos conocían poco, nunca habían visto a un ser humano, sin embargo, a fuerza de convivir con nosotros, los traslúcidos han empezado a habituarse a nuestra presencia, a nuestra imagen, y simplemente la adoptan.

- Todo lo que me cuenta es extraño, para mí son todos iguales, aunque ahora que lo pienso, sí es verdad que noto que son un poco más altos, y... - Keel quedó pensativo, nunca le habían preocupado demasiado los nativos, bastante tenía con luchar contra las tempestades, las noches, La Ciudadela -. ¿Cree que son inteligentes? ¿Y son capaces de copiar nuestra morfología?

- No lo sé. Si lo fueran, tal vez el adoptar nuestro físico sea un paso hacia un posible primer contacto. Pero aún está todo muy oscuro. No podemos comunicarnos con ellos, no sabemos tan siquiera si realmente tienen un cuerpo físico propio, e incluso tal vez simplemente sean criaturas totalmente irracionales que emplean todo sus esfuerzos en mimetizarse con nosotros, un simple acto de pura supervivencia. Sin embargo, mis observaciones apuntan a que evidencian un cierto grado de inteligencia, tal vez basada en principios diferentes a los que caracterizan la nuestra.

- O tal vez, sólo sean imaginaciones nuestras. La propia mente humana en su búsqueda continua de nuevas razas. Digamos... una paranoia colectiva. Usted ve evolucionar a sus nativos, y yo los veo como siempre, algo connatural al planeta, pero irrelevante para mis intereses y obligaciones.

- Todo puede ser. Pero recuerde, si una mañana se levanta y al abrir las ventanas se topa con media docena de comandantes Keel fisgoneando por su jardín, llámeme.

- ¿Nada mas, Qasar? - Keel decidió finalizar con la conversación.

- Era todo lo que tenía que decirle.

- Sepa entonces, que cuando eso ocurra tomaré las medidas que crea oportunas, y hasta entonces usted seguirá con su trabajo y yo con el mío. Buenos días.

Keel supo que a partir de ese día, miraría con más detenimiento a través de la ventana.

 IV

Los nativos aprendieron a diferenciar ambos sexos, y no faltó el colono al que no le hubiera importado poner los cimientos de un nuevo mestizaje. Jamás se conseguiría sin embargo, pues los traslúcidos poseían la capacidad de evaporarse ante la proximidad o intimidación de un humano. El traslúcido iniciaba un proceso de difuminación, comenzando por las extremidades y finalizando en sus ojos, el aura lo envolvía, y luego ésta se disgregaba en millones de corpúsculos luminosos que eran arrastrados por el viento, de igual forma que lo eran los granos de arena en las tempestades que tan continuamente asolaban las noches goliatinas.

En los cerebros de muchos colonos empezó a tomar cuerpo la idea de que los traslúcidos tenían habilidades telepáticas, y que estaban hurgando en nuestros cerebros. Muchos se pusieron nerviosos y entonces el comandante Keel tuvo que tomar una determinación.

V

Y Keel tomó sus medidas. Recordó entonces, durante un breve momento, la conversación que mantuviera con Qasar tiempo atrás, y lamentó no tenerlo al lado en esos instantes. Qasar se habría puesto furioso de conocer las intenciones del comandante. Volvió a la realidad de la sala de juntas y habló a los máximos responsables de La Ciudadela.

- Una gran muralla rodeará a la ciudad, impediremos que cualquier traslúcido la cruce, instalaremos garitas y en ellas apostaremos soldados que evitarán que los nativos se acerquen a menos de cien metros de La Ciudadela.

Keel había hablado con rotundidad y concisión propias de un militar de carrera curtido en el infierno de Goliath. A pesar de ello, un murmullo de voces se fue elevando de la mesa mientras el comandante Keel continuaba exponiendo sus medidas.

- Un grupo de científicos está desarrollando unas defensas psicológicas, de tal forma que cualquier colono, salvo los soldados, podrán ignorar subconscientemente la presencia de los traslúcidos en este planeta...

Desde el fondo de la sala se escuchó una agitada voz acusadora.

- ¡Qasar jamás lo habría permitido. Va contra los principios elementales de la Carta Internacional de Exploraciones para la defensa de los derechos de las razas!

Keel, por supuesto, pensaba de manera diferente y no estaba dispuesto ha conceder ni un ápice de sus propuestas, por otra parte, de obligado cumplimiento, pues sabía que, como máximo responsable de La Ciudadela, tenía absoluto control de la misma.

- El biólogo evolutivo murió hace tiempo y sólo yo puedo dictar órdenes especiales para casos de emergencia, y esta es una situación de extrema gravedad. O ignoramos de alguna forma a los nativos o ellos terminarán con la poca lucidez que nos queda en nuestros cerebros. Además no es esta una misión de exploración, les recuerdo que se trata de una colonización. Si queremos que nuestra especie no se extinga, hemos de colonizar otros planetas. Y éste, tarde o temprano, albergará ciudades cien veces más populosas que La Ciudadela, que ahora yo gobierno - hizo una pausa mientras recorría su mirada a través de los perplejos rostros de los asistentes -. Recuérdenlo - prosiguió, alargando las palabras para que éstas retumbaran con mayor resonancia -, no vamos a exterminar a los nativos. Pero si no los detenemos, habremos fracasado. ¡Tantos años luz para naufragar ante unos seres de los que aún no se sabe seguro si tan siquiera son materiales! No ha lugar para la palabra fracaso en mi vocabulario.

- ¡Tampoco la palabra pasado, ni historia, parecen existir en él! - y el hombre que las pronunció salió de la sala apresuradamente. Nadie más se movió de sus asientos.

 VI

- ¿Crees que nos han visto? - Emitió la mente de un traslúcido; suave y acompasada fue recibida en la mente de otro.

- No, recuerda que no nos pueden percibir mientras no conectemos con ellos - Esta otra poseía la gravedad propia de un traslúcido experimentado en conectar con otras mentes.

- ¿Por qué no lo hacemos cuando estemos muy cerca? - volvió a interrogar la mente del traslúcido más joven.

- Se nota que nunca has conectado. Si lo haces cerca sufrirás una gran descarga psíquica de él, y posiblemente al contrario también. Los dos podréis recibir un fuerte shock, y lo más probable en este caso, es que no puedas regresar. Te dispersarás irremediablemente.

- Sigamos entonces, y cuando lo creas oportuno me indicas el momento de iniciar el contacto.

Ambos dieron por terminado el diálogo y siguieron avanzando por el desierto, mientras en el lejano horizonte, una mancha gris fue delineando la desgarbada silueta de La Ciudadela.

 VII

- ¡Ya los tengo! - gritó Holes -. Vienen hacia aquí, y son dos. Rápido, enfócalos Willis.

El novato desenfundó los prismáticos y apuntó hacia la dirección que le indicaba Holes.

- ¿Que hacemos ahora? - inquirió Willis.

- Esperar, aún están fuera de nuestro alcance - dijo Holes mientras no dejaba de seguir con los prismáticos la trayectoria de los intrusos.

 VIII

- ¿Crees que nos han visto? - preguntó el traslúcido de mente más joven.

- Percibo que sí. Estoy empezando a conectar con uno de ellos. Inténtalo tu con el otro. - Esta vez era la mente experimentada quien emitía.

- Es difícil, parece que una barrera se interpone. Una densa e infranqueable muralla.

- Estamos lejos, aún es débil la conexión. Creo que yo lo tengo más fácil. La mente del mío es bastante ordenada.

Continuaron caminando sin perder ese inicio de conexión.

 IX

- Ya han entrado, ionar,ahora hay que selecc asegurar y disparar - esperó unos segundos y - ¡Ahora! - gritó -. Pero quedó decepcionado.

- ¿Pero qué te pasa ahora muchacho? - miró Holes acusadoramente a Willis - ¿No tendrás miedo, verdad?

- Yo, pues... no... no es exactamente miedo, siento como si...

- ¿Como si hurgaran en tu cerebro? Notas que no lo controlas del todo ¿no es cierto?

- Sí, eso es, hay algo que me impide disparar.

- ¿No te das cuenta? Son ellos, muchacho. Ellos se están introduciendo en tu cabeza, intentan protegerse, y al mismo tiempo, te desordenan un poco el coco - Holes ya había pasado por ello hacía algunos años -. Atiéndeme bien. He visto a muchos como tú volverse locos, dejarse perdida la mirada más allá de sus prismáticos y no regresar ni aún introduciéndoles en la cámara de rehabilitación. Quedaban tan fuera de control que hasta se olvidaban de respirar.

Willis permanecía mudo, luchando interiormente por recobrar el control de sí mismo mientras gruesos goterones de sudor comenzaban a resbalar por sus sienes.

- Escucha - continuó Holes - vas hacer lo que te digo, apunta con el láser al que viene en primer término, y cuando de la orden, dispara. ¿De acuerdo? ¿Podrás hacerlo?

- Sí, creo que podré.

- Concéntrate entonces.

Holes tomó el láser y apuntó a su blanco. Willis, con un poco de más trabajo cogió el arma y lanzó su mirada a través de la mira telescópica.

- ¡Dispara!

 X

- Tengo miedo. ¡Creo que no podré!

- ¿Qué te ocurre?

- Siento peligro, quiere... quiere lanzarme su rayo de muerte.

- No te apresures, olvida que siente odio por ti, transmítele seguridad, confianza. Hazle pensar en lo que tanto tiempo lleva esperando. La posibilidad de un primer contacto.

- Vas a tener que ayudarme, yo...

- Lo siento, si te ayudo, entonces el otro...

El rayo de la muerte le alcanzó de lleno y su cuerpo se fue evaporando mientras su compañero se concentraba al máximo y apresuraba el paso hacia la muralla.

Cuanto más cerca, más posibilidades. O al menos eso creía.

- ¡No puedo! ¡No puedo matarlo!

- ¡Pero eres imbécil!

- No puedo disparar a mi propio rostro! - Grito Willis, empapado en sudor, manteniendo sus ojos fuertemente cerrados.

- ¡Te das cuenta! ¡Has esperado demasiado! - Holes cargó de nuevo su arma, y apuntó al doble de Willis, que seguía aproximándose con rapidez hacia sus posiciones.

 XI

- ¡Estoy conectado! Creo descifrar cosas. ¡Son inteligentes! Sienten y piensan. Ahora... ahora tiene miedo, duda, desea matarme, pero hay algo que le frena. Hemos conseguido nuestro primer...

Y empezó el proceso de dispersión. Un resplandor, un breve y tembloroso fulgor, corpúsculos áureos disgregándose en mil, un millón, de direcciones. Una ligera brisa, y después, nada.

 XII

- ¿Qué me ha pasado? - Balbuceó Willis, mientras sentía cómo sus escalofríos empezaban a desaparecer poco a poco.

- Nada novato. Te has desmayado - contestó Holes, en un tono más de compasión que de enfado - Fue una emoción demasiado fuerte el contemplarte a ti mismo a través de los prismáticos y con la obligación de disparar sobre tu propia cara.

- Me da vueltas toda la cabeza.

- Debes darme las gracias por mi reacción. De no haberlo hecho ahora no te quedaría ni el más mínimo gramo de razón.

- ¿Qué le ha pasado? Lo último que recuerdo es mi, bueno, su cara, mirándome fijamente.

- Tuve que actuar. Disparé.

- ¿Murió?

- Se evaporó. Como todos.

- Sin embargo, me dijo algo, estoy seguro. Le sentí muy cerca.

- Te hablaré claro, Willis. No vales para esto. Hay que tener un gran control sobre la mente, ser muy disciplinado. Cumplir con el deber, por encima de todo. - Pausa, Holes estudia la expresión del rostro de Willis - No estás preparado para esto. Pero no te preocupes, creo que lo arreglaré todo y podrás ser destinado a otro planeta menos conflictivo.

- No sé que decir, si gracias o...

- No digas nada. Piensa en lo maravilloso que será Goliath dentro de diez años, sin traslúcidos que nos desordenen las ideas, con inmensas ciudades en construcción y que algún día albergarán miles, millones de seres humanos.

Willis miró por el hueco que se abría en la estrecha garita. Comenzaba a levantarse un fuerte viento que hacía arrastrar consigo voluminosas masas de polvo gris, envolviendo el amanecer de Goliath en una granulosa estampa en tonos pastel. Se avecinaba una gran tormenta.

Las palabras de Holes le sonaban ya muy lejanas.