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Los habituales - Robert Silverberg

Era la proverbial noche que no es buena ni para el hombre ni para la bestia, negra, horrible, con la lluvia que caía aullando en ráfagas implacables. Pero en el local de Charley Sullivan todo era tan cómodo como un zapato viejo, las luces brillaban tenuemente, la calefacción funcionaba y los letreros de neón de las cervezas chisporroteaban agradablemente, con Charley detrás del bar llenando los vasos por encima de la línea y todos los habituales en sus sitios de costumbre. ¡Qué agradable y cómoda puede resultar una taberna como la de Charley Sullivan en una noche negra, horrible y cargada del aullido de la lluvia!

—Era una noche como esta —le dijo el papa a Karl Marx—. Recuerdo que era una noche como esta cuando cambiaste de parecer en cuanto a reventar el mercado de valores, ¿eh?

Karl Marx asintió, meditabundo.

—Sí, fue el principio del fin para mí como auténtico revolucionario, cierto que lo fue. —No es irlandés, pero en el local de Charley Sullivan todo el mundo adopta rápidamente el ritmo y la forma de hablar de los irlandeses—. Cuando te acostumbras demasiado a tus comodidades y no estás dispuesto a salir y exponerte a la ventisca para atacar a los enemigos del proletariado, entonces es que ha llegado el final de tu vocación, cierto que sí.

Lanzó un suspiro y contempló el contenido de su vaso. Ahora no había más que espuma, y volvió a suspirar.

—¿Puedo invitarte a otro? —preguntó el papa—. En recuerdo de tu vocación.

—Puedes, ciertamente —contestó Karl Marx. El papa miró a su alrededor.

—¿Y quién más lo necesita? ¡Es mi ronda!

El Dirigente golpeó levemente el borde de su vaso. Lo mismo hicieron la señora Bewley y Mors Longa. Yo sonreí y meneé la cabeza, y la Ingenua también decidió pasar, pero Toulouse-Lautrec, en un extremo del mostrador, apartó los ojos del televisor lo suficiente como para hacer una seña. Charley se encargó con eficiencia de llenar todos los vasos: cerveza para el apóstol de la lucha de clases, Jack Daniel's para Mors Longa, Valpolicella para el papa, escocés con agua para el Dirigente, vino blanco para la señora Bewley, Perrier con una rodaja de limón para Toulouse-Lautrec, ya que la última vez había bebido coñac y decía querer tomarse un respiro. Y, para mí, Myers con hielo. A Charley nunca le hace falta preguntar. Naturalmente, nos conoce a todos muy bien.

—Salud —dijo el Dirigente y todos bebimos, y luego pasó un ángel y el largo silencio solo terminó cuando el feo rugido del trueno hizo estremecerse el lugar con una intensidad aproximada de 6,3 en la escala Richter.

—Fea noche —dijo la Ingenua—. ¡Imaginaos, intentar la huida con un diluvio semejante! Puedo verlo ahora. Harry y yo misma en el cobertizo, y el coche...

—Harry y yo —dijo Mors Longa—. «Yo misma» no va bien ahí. Como muy bien sabes, cariño.

La Ingenua parpadeó cariñosamente.

—Siempre me olvido. Bien, ahí estábamos Harry y yo en el cobertizo y el coche esperando, el viejo Pierce-Arrow de mi primo con el...

«... bar en el asiento trasero, que siempre estaba repleto de los mejores licores importados», proseguí yo en silencio, solo una fracción de segundo por delante de su voz, límpida y aguda, «y lo único que debíamos hacer era conducir esos ciento cincuenta kilómetros, cruzar la frontera estatal y llegar al sitio donde nos aguardaba el juez de paz...».

Me dediqué a mi ron. El Dirigente, acercándose un poco más a la Ingenua, le cogió tiernamente la mano mientras que las partes desagradables de la historia empezaban a llegar. El papa sorbió su vino con un resoplido de simpatía, y Karl Marx frunció el ceño y empezó a golpearse una mano con la otra, y hasta la señora Bewley, que era muy poco tolerante con las tonterías de la Ingenua, se las arregló para emitir una brillante sonrisa en nombre de la hermandad femenina.

—... la lluvia, ¿comprendéis?, le había hecho algo horrible a los mecanismos del coche y ahí estábamos, Harry metido en el fango hasta las rodillas intentando arreglarlo, y yo medio enloquecida por el nerviosismo y la impaciencia, y la noche se estaba poniendo cada vez peor y peor, cuando entonces oímos perros ladrando y...

«... mi guardián y dos de sus hombres emergieron de entre la noche...»

Ya lo habíamos oído todo cincuenta veces. Lo cuenta cada noche que llueve mucho. No toleramos tal repetición a nadie más; tenemos nuestra sensibilidad, y resultaría un castigo cruel y fuera de lo acostumbrado vernos obligados a escuchar la misma historia una vez y otra y otra. 

Pero la Ingenua es una joven y encantadora criatura cuya manía especial es repetirse a sí misma, y ella y solo ella es capaz de salirse con la suya entre los habituales del local de Charley Sullivan. 

Seguimos su relato, asintiendo, suspirando y meneando la cabeza en los momentos adecuados, igual que se hace cuando estás oyendo la Quinta de Beethoven o la Inacabada de Schubert. Ella estaba llegando justamente al clímax tempestuoso, su prometido y su guardián en un combate a muerte iluminado por los lúgubres destellos del relámpago, cuando en el exterior hubo un auténtico relámpago, seguido casi al instante por un trueno que hizo parecer al anterior meramente el suspiro de un mosquito. Las vibraciones hicieron caer tres vasos del mostrador, y las fotos que Charley Sullivan tiene enmarcadas del presidente Kennedy y el papa Juan XXIII oscilaron en sus rincones.

Lo siguiente en ocurrir fue que la puerta se abrió, y por ella entró un nuevo cliente. Y ya pueden imaginar que eso hizo que nos irguiéramos llenos de atención, pues con un tiempo así es de esperar que al local de Charley solo vengan los habituales, y era una auténtica novedad ver materializarse a un desconocido. Además, había llegado justo a tiempo, pues sin él habríamos continuado quince minutos más con el relato del infortunado y fallido intento de huida de la Ingenua.

Tendría unos treinta y dos años o quizá algo menos. Vestía unos Levi's de aspecto resistente, un cárdigan grueso y negro y una chaqueta bastante maltrecha. Su pelo, oscuro y rebelde, estaba empapado y sucio. Sin disponer de ninguna evidencia en particular, decidí inmediatamente que era un marinero mercante que había abandonado su barco. 

Durante un segundo se quedó inmóvil, un par de pasos más allá del umbral, contemplándonos a todos con esa mirada cautelosa que el hombre acostumbrado a los bares tiene cuando llega a un nuevo sitio donde, obviamente, todo el mundo es un habitual desde hace mucho tiempo; y luego sonrió, al principio con algo de timidez, luego más cálidamente al ver que algunos de nosotros le devolvíamos la sonrisa. 

Se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero que había encima de la gramola, se sacudió como un perro mojado, y luego se instaló en el mostrador entre el papa y Mors Longa.

—¡Jesús, qué noche más apestosa! —dijo—. No saben lo que me alegré al ver una luz encendida al final de la manzana.

—Esto te gustará, hermano —dijo el papa—. Charley, permíteme que pague la primera copa de este joven.

—La última ronda fue tuya —indicó Mors Longa—. ¿Puedo, su santidad?

El papa se encogió de hombros.

—¿Por qué no?

—Será un placer —le dijo Mors Longa al recién llegado—. ¿Qué vas a tomar?

—¿Tienen Old Bushmills aquí?

—Aquí tienen de todo —dijo Mors Longa—. Charley tiene de todo. Es nuestro anfitrión. Bushmills para el joven, Charley, y creo que será doble. ¿Alguien más está preparado?

—Algo dulce por aquí —dijo el Dirigente.

Toulouse-Lautrec optó por su siguiente coñac. La Ingenua, que parecía haber olvidado que no terminó de contar su historia, indicó con una seña que deseaba su acostumbrada mezcla de aguardiente de centeno y jengibre. Los demás no quisimos nada.

—¿Cuál es tu barco? —le pregunté.

El desconocido me miró con sorpresa.

Pequod Mani, bandera liberiana. ¿Cómo lo has sabido?

—Soy bueno adivinando. ¿Te importa que te pregunte a dónde vais?

Tomó un largo trago de su whisky.

—Decían que a Maracaibo. No llevamos líquidos. Café y cacao. Pero yo no voy. Yo... bueno, me despedí de mi puesto. Esta tarde, muy de repente. ¡Jesús, esto sabe bien! ¡Este lugar es maravilloso y acogedor!

—Y nos gusta verte en él —dijo Charley Sullivan—. Te llamaremos Ishmael, ¿eh?

—¿Ishmael?

—Aquí todos necesitamos nombres —dijo Mors Longa—. Por ejemplo, a este caballero le llamamos Karl Marx. Tiene conciencia social. Al final del mostrador tienes a Toulouse-Lautrec. Y en cuanto a mí, puedes llamarme Mors Longa.

Ishmael frunció el ceño.

—¿Es un nombre italiano?

—En realidad, es latín. No es un nombre, es una especie de frase. Mors longa, vita brevis.
("La muerte es larga, la vida es breve") Mi divisa. Y esa es la Ingenua, que necesita montones de amor y protección, y esa es la señora Bewley, que sabe cuidar de sí misma, y...

Fue nombrando a todos los presentes en la habitación. Ishmael parecía esforzarse por recordar los nombres. Los fue repitiendo hasta tenerlos bien aprendidos, pero parecía algo sorprendido.

—En los bares que he frecuentado no es costumbre hacer este tipo de presentaciones —dijo—. Hace que todo se parezca más a una fiesta particular que a un bar.

—Sería mejor decir una reunión de familia —contestó la señora Bewley.

—Aquí formamos una sociedad —dijo Karl Marx—. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. En este lugar cada uno cuida de los demás.

—Esto te gustará —intervino el papa.

—Me gusta. Me sorprende lo mucho que me gusta. —El marinero sonrió—. Quizá este sea el bar que llevo buscando toda mi vida.

—No hay duda de que lo es —dijo Charley Sullivan—. ¿Qué te parece un Bushmills por mi cuenta, chico?

Ishmael empujó tímidamente su vaso hacia adelante y Charley lo llenó hasta el borde.

—El ambiente de aquí es muy amistoso —comentó Ishmael—. Es casi como... el hogar.

—Quizá como un club —sugirió el Dirigente.

—Un club, el hogar, sí —dijo Mors Longa, indicándole a Charley que deseaba otro bourbon—. Karl Marx lo ha dicho muy bien; en este lugar todos nos cuidamos mutuamente y nos preocupamos el uno del otro. Somos amigos y luchamos continuamente para divertirnos y protegernos mutuamente; esos son los dos deberes básicos de los amigos. Nos invitamos a beber, hablamos y narramos historias para que la oscuridad pase más rápidamente.

—¿Vienen aquí cada noche?

—Nunca nos perdemos una —dijo Mors Longa.

—Ahora ya deben conocerse todos bastante bien.

—Muy bien. Muy, muy bien.

—El tipo de lugar con el que siempre he soñado —dijo Ishmael con voz pensativa—. El tipo de lugar que nunca querré abandonar. —Dejó que sus ojos se movieran en un lento recorrido por toda la habitación, deslizándose sobre la gramola, la mesa de billar, el tablero de dardos, la pantalla del televisor, el maltrecho calendario de 1934 que nunca había sido reemplazado, la chimenea y el piano. Tenía el rostro encendido y no era solo a causa del whisky—. ¿Por qué razón alguien desearía abandonar un sitio como este?

—Es un lugar estupendo —comentó Karl Marx.

—Y cuando encuentras un sitio excelente, ese es el sitio en el cual deseas permanecer —dijo Mors Longa—. Claro que sí. Se convierte en tu club, tal y como dice nuestro amigo. Tu hogar cuando estás lejos del hogar. Pero eso me recuerda una historia, jovencito. ¿Has oído hablar alguna vez del bar que no tiene salida? ¿El bar en el que todo el mundo permanece para siempre, porque no podrían marcharse de él aunque lo desearan? ¿Conoces esa historia?

—Nunca la he oído —dijo Ishmael.

Pero el resto de nosotros sí la habíamos oído. En el local de Charley Sullivan siempre intentamos no contar dos veces la misma historia, para no herir la sensibilidad de los demás, pues el aburrimiento es aquí la peor de todas las calamidades. Solo la Ingenua se halla exenta de tal regla, pues está en su misma naturaleza el narrar las historias una y otra vez, y todos la apreciamos lo mismo a pesar de ello. 

Sin embargo, de vez en cuando ocurre que uno de nosotros debe narrar una historia vieja y familiar en beneficio de un recién llegado; y aunque en cualquier otro instante es necesario que todos estemos atentos a lo que se dice, en tales ocasiones no es imprescindible. 

Así pues, el Dirigente y la Ingenua fueron hacia la chimenea para mantener una pequeña conversación privada; Karl Marx desafió al papa para que jugara una partida de dardos, y los demás fueron hacia su rincón particular, hasta que solo quedamos Mors Longa, el marinero y yo sentados ante el mostrador, yo meditando sobre mi vaso de ron y Mors Longa empezando a mostrar una expresión lejana en su rostro, mientras que Ishmael, el cuerpo tenso por la emoción, decía:

—¿Un bar del que nadie puede salir nunca? ¡Qué sitio más extraño!

—Sí —contestó Mors Longa.

—¿Dónde se encuentra semejante lugar?

—En ninguna parte especial del Universo. Con ello quiero decir que se encuentra en algún lugar fuera del tiempo y del espacio, tal y como entendemos tales conceptos, que está simultáneamente en todas partes y en ninguna, aunque no hay en él nada de extraño aparte de que carezca de tiempo y espacio propios. De hecho, según me han contado, se parece a todos los demás bares que hayas podido visitar en tu vida, aunque en él todos los detalles son más acentuados y correctos que en esos bares. El propietario es un hombretón moreno de Irlanda, muy parecido al Charley Sullivan que tenemos aquí; y no le importa invitar de vez en cuando a los habituales a una ronda por cuenta de la casa; y siempre sirve buenas raciones y tiene la calefacción bien ajustada. Y la madera del local es oscura y suave, muy bien pulimentada, y la barra del mostrador está hecha de ese latón tan familiar, y en el bar se ven las dos plantas trepadoras de costumbre, así como la aspidistra que debe colocarse siempre junto a la escupidera en un rincón, y hay un tablero de dardos y una mesa de billar, y todas las otras cosas que pueden encontrar en los bares que son como ese. ¿Me comprendes? Es un bar completamente corriente, pero no está en la ciudad de Nueva York, ni en San Francisco, ni en Hamburgo o en Rangún, ni en ninguna otra ciudad de las que tú puedas visitar; apenas pongas el pie en él, te sentirás perfectamente a gusto, como si estuvieras en tu casa.

—Igual que aquí.

—Sí, muy parecido a lo que ocurre aquí —dijo Mors Longa.

—Pero ¿la gente nunca se va de él? —Ishmael frunció el ceño—. ¿Nunca?

—Bueno, a decir verdad algunos sí salen de él —dijo Mors Longa—. Pero antes déjame hablarte de los demás, ¿de acuerdo? Ya sabes que hay ciertas personas que jamás entran en los bares, que prefieren beber en su casa o en los restaurantes antes de la cena, o que nunca beben. Pero también está la gente a la cual le gustan los bares. Algunos, ya sabes, son tipos a los que sencillamente les gusta beber, y que encuentran un bar en algún sitio conveniente para animarse un poquito durante el trayecto que lleva de un lugar a otro. Y también están los que consideran el beber un acto social, ¿no? Pero en los bares también encontrarás montones de gente que acude ahí porque en su interior hay un vacío que necesita ser colmado, un espacio hueco, oscuro y frío, que debe llenarse no solo con el agradable calor del bourbon, entiéndeme, sino con una sustancia mística e invisible que emana de los que se hallan en la misma situación, gente que, no se sabe cómo, ha perdido un poco de sus almas por accidente, y que necesita el consuelo de encontrarse entre los de su propia especie. Digamos que un sacerdote ha perdido la vocación, o un escritor ha olvidado en qué consiste la alegría de crear historias sobre el papel, o un pintor ha descubierto que todos los colores se han vuelto simples matices del gris, o un cirujano siente ciertos temblores en la mano con que coge el escalpelo, o un fotógrafo ya no puede enfocar adecuadamente sus ojos. Conoces a ese tipo de gente, ¿verdad? Se encuentra mucha gente así en los bares. Algo en sus ojos te indica lo que son. Pero en este bar especial del que te estoy hablando solo encontrarás a ese tipo de gente; gente buena y decente, sí, pero con esa zona vacía en su interior. Eso hace que ese bar sea mucho más bar que todos los demás, de hecho lo convierte en una especie de bar platónico, si es que puedes seguirme, una especie de estereotipo tridimensional poblado por clichés de carne y hueso, una especie de escenario perpetuo, ¿lo entiendes? Si oyeras hablar de un sitio como ese, donde todo el mundo es un poco trágico y todos han sufrido un poco en la vida, donde todo el mundo es un perfecto personaje de bar, te reirías, dirías que no es real, que es demasiado parecido a la idea que todo el mundo se hace de un lugar así como para resultar convincente, ¿verdad? Pero todos los estereotipos se hallan firmemente enraizados en la realidad, ya sabes. Eso es lo que hace de ellos estereotipos, el hecho de que son exactamente iguales a la realidad, solo que más reales. Y para la gente que bebe en el bar del cual te estoy hablando, no se trata de ningún estereotipo y ellos no son clichés. Es la única realidad que tienen, la realidad más real que existe para ellos, y no es bueno reírse de todo eso porque en eso consiste su pequeño mundo particular, el mundo del bar arquetípico, el mundo de los habituales del bar.

—Que nunca salen de él —terminó Ishmael.

—¿Cómo podrían? ¿A dónde irían? ¿Qué harían en su día libre? No tienen identidad alguna salvo dentro del bar. El bar es su vida. El bar es su universo. No tienen nada que hacer en ningún otro sitio. Sencillamente, son lo que son. Se cuentan historias entre ellos y se esfuerzan duramente por mantenerse alegres, y no existe mundo exterior para ninguno. Eso significa ser un habitual, ser un ideal platónico. Cada noche, cuando llega la hora de cerrar, el bar y todo lo que contiene se esfuma en una especie de neblina gris, y cada mañana, a la hora que marca la ley para poder abrir, el bar regresa y, mientras tanto, los habituales no van a ninguna parte salvo a la neblina, porque solo ella existe, la neblina y luego el bar, el bar y luego la neblina. Los ideales platónicos no tienen trabajos, y no visitan Atlantic City durante el fin de semana, y no deciden ir una noche a la bolera en vez de a su bar. ¿Me vas entendiendo? Siguen siendo lo que son, al igual que los maniquíes de un escaparate permanecen en su interior. Solo que ellos pueden andar, hablar, sentir, beber y hacerlo todo, cosa que los maniquíes del escaparate no pueden conseguir. Y esa es su vida entera, noche tras noche, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo... puede que hasta el fin de los tiempos.

—Un sitio que da algo de miedo —dijo Ishmael, estremeciéndose levemente.

—La gente que está en ese bar es más feliz dentro de él de lo que podría serlo en cualquier otro sitio.

—Pero nunca salen de él. Salvo que antes dijiste que algunos sí salen, y que luego me hablarías de esa gente.

Mors Longa terminó su bourbon y, sin que hiciera falta decírselo, Charley Sullivan le sirvió otro más, y puso otro ron ante mí y un irlandés para el marinero. Durante un largo rato Mors Longa estuvo observando su vaso.

—Realmente no puedo decirte gran cosa sobre los que se van porque no sé mucho sobre ellos —dijo por fin—. Intuyo su existencia de forma lógica, eso es todo. Verás, de vez en cuando llega alguien nuevo a este bar, aunque el bar está fuera del tiempo y del espacio. Alguien aparece de entre la noche tal y como lo hiciste tú, se sienta y se une al grupo de los habituales y, poco a poco, encaja en él. Resulta obvio que, si de vez en cuando aparece alguien nuevo y nadie se marcha nunca, en poco tiempo el local se llenaría de una forma terrible, como la estación Grand Central en la hora punta, y entonces, ¿qué tipo de lugar feliz sería ese? Por lo tanto, concluyo que más pronto o más tarde cada uno de los habituales debe esfumarse de forma muy silenciosa, limitándose a desaparecer sin que nadie se entere de ello, quizá se marcha al lavabo y nunca sale de él, o algo parecido. Y no solo nadie se da cuenta de que falta esa persona, sino que nadie recuerda que esa persona estuviera alguna vez allí. ¿Me entiendes? De ese modo, el lugar nunca llega a estar demasiado concurrido.

—Pero a dónde van una vez que han desaparecido del bar del que nadie sale nunca, el bar que está fuera del tiempo...

—No lo sé —dijo Mors Longa en voz baja—. No tengo ni la más remota idea. —Y, después de un momento, añadió—: Aunque hay una teoría. Cuidado, es solo una teoría. Consiste en que, en realidad, la gente del bar está pasando el tiempo en una especie de lugar a medio camino, una especie de purgatorio, ¿entiendes? Algo que está entre un mundo y el otro. Y se quedan ahí durante largo, largo tiempo, no importa lo largo que deba ser, hasta que hayan agotado su período de espera, y luego se van, pero solo pueden marcharse cuando llega su reemplazo. Y de inmediato, se les olvida. La misma materia que forma el lugar, sea la que sea, se cierra sobre ellos y nadie entre los habituales recuerda que en tiempos solía haber aquí un médico con delirium tremens, o un político al que pillaron aceptando dinero, o un tipo bajito que se sentaba durante horas ante el piano sin tocar jamás ni una sola nota. Pero todo el mundo intuye que así es como funciona el sistema. Por eso el que alguien nuevo entre es tan importante. Cada uno de los habituales empieza a preguntarse en secreto: ¿seré yo el que se vaya? Y, además, se pregunta: ¿a dónde iré, si es que soy yo?

Ishmael sorbió lenta y pensativamente un trago de su bebida.

—¿Temen irse o temen quedarse?

—¿Tú qué piensas?

—No estoy seguro. Pero supongo que la mayoría de ellos deben tener miedo de irse. El bar es un sitio tan cálido, confortable y seguro... Es todo su mundo y lo ha sido durante un millón de años, y ahora puede que vayan a otro lugar distinto y horrible... ¿quién sabe? Lo seguro es que irán a otro lugar distinto. Eso me daría miedo. Claro que si llevara un millón de años atrapado en el mismo sitio estaría dispuesto a largarme en cuanto llegara la ocasión, sin importar lo cómodo que fuera ese sitio. ¿Qué desearías hacer tú?

—No tengo ni la más ligera idea —contestó Mors Longa—. Pero esta es la historia del bar del cual nadie sale nunca.

—Aterradora —dijo Ishmael.

Terminó su bebida y apartó el vaso, meneando la cabeza hacia Charley Sullivan, y se quedó sentado en silencio. Todos nos quedamos sentados, en silencio. La lluvia tamborileaba con un ruidito miserable en el edificio. Me volví hacia el Dirigente y la Ingenua. Él le había cogido la mano y la miraba a los ojos de forma harto significativa. El papa, sopesando un dardo, pasaba los pies por encima de la línea de tiro y se lamía los labios para afinar la puntería. La señora Bewley y Toulouse-Lautrec jugaban al ajedrez. De pronto había llegado la parte tranquila de la noche.

El marinero se puso en pie lentamente y cogió su chaqueta del perchero. Se volvió, sonrió de forma algo insegura y dijo:

—Se está haciendo tarde. Será mejor que me vaya. —Nos hizo una seña a los tres que estábamos en el bar, y dijo—: Gracias por las copas. Me hacían falta. Y gracias por la historia, señor Longa. Fue una historia muy rara, ¿sabe?

No dijimos nada. El marinero abrió la puerta, encogiendo el cuerpo al sentir la frialdad de la lluvia que caía a ráfagas. Se ajustó bien la chaqueta y, estremeciéndose levemente, penetró en la oscuridad. Pero solo estuvo fuera un instante. Apenas la puerta había tenido tiempo de cerrarse tras él y se abrió de nuevo, dejándole entrar con paso vacilante, empapado.

—Jesús —dijo—, está lloviendo como nunca. ¡Qué noche tan horrible! ¡No pienso meterme debajo del diluvio!

—No —contesté yo—. No es una noche adecuada para hombres ni para bestias.

—Entonces, ¿les importa que me quede aquí hasta que amaine un poco?

—¿Importar? ¿Importar? —Me reí—. Amigo mío, esto es un local público. Tiene tanto derecho a estar aquí dentro como cualquier otra persona. Venga, siéntese. Instálese como en su casa.

—Queda mucho Bushmills en la botella, chico —dijo Charley Sullivan.

—No ando muy bien de dinero —murmuró Ishmael.

—No importa —contestó Mors Longa—. El dinero no es la única moneda del reino que usamos aquí. Nos irían bien algunas historias que no hayamos oído antes. Para empezar, oigamos la historia más rara que puedas contarnos, y yo me encargaré de mantenerte bien provisto de irlandés mientras hablas, ¿eh?

—Me parece estupendo —dijo Ishmael, y estuvo pensando durante unos segundos—. De acuerdo. Tengo una muy buena. Es realmente muy buena, si no les importa que sea algo rara. Es sobre mi tío Timothy y su hermano gemelo, que era tan pequeño que lo llevó bajo el brazo durante toda su vida. ¿Les interesa?

—Puedo asegurarte que sí —dije yo.

—Secundo la moción —intervino Mors Longa, y sonrió con una cordialidad que yo llevaba mucho tiempo sin ver en su rostro—. Adelante —le dijo a Charley Sullivan—. Una ronda a mi cuenta. Por el bar.

La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 2 y última)

Sin saberlo, Jamie había dado la última pincelada al retrato que yo había trazado, inconscientemente. El hombre poseía, y ponía en juego, cierta callada, irresistible facultad de despojarte de todas tus reservas, para luego, rápidamente, asimilárselas él. 

Al principio te dabas cuenta de una tensa resistencia; poco a poco esta resistencia se teñía de cansancio; la voluntad se volvía flácida; y luego, o te marchabas, o cedías... aceptando todo lo que él dijera con una sensación de debilidad presionando hasta los mismos bordes del colapso. 

Con un antagonista masculino acaso fuera diferente, pero aun en este caso el esfuerzo de resistencia generaba una fuerza que absorbía él y no el otro. Él nunca cedía. Una especie de instinto le enseñaba a protegerse contra toda rendición. Quiero decir que nunca cedía ante seres humanos. 

Esta vez se trataba de una cuestión muy diferente. No tenía más posibilidad que una mofeta o una mosca ante los engranajes de un enorme motor de «atracción de feria», como solía decir Jamie.

Así era como le veía yo: como una gran esponja humana, atiborrada y empapada de vida, o de los frutos de la vida absorbidos de otros..., robados. Mi idea de un vampiro humano quedaba confirmada. Aquel hombre andaba por el mundo transportando aquellas acumulaciones de vida de los demás. En este sentido, su «vida» no le pertenecía realmente. Por cierta razón, me figuro, no la tenía tan plenamente bajo su dominio como se imaginaba.

Y dentro de una hora ese hombre estaría aquí. Me fui a la ventana. La vista se me extravió hacia el trecho vacío, negro mate, que se extendía en medio de la estupenda lozanía de las flores del jardín. Se me antojaba un borroso pedazo de vacío que bostezaba pidiendo ser llenado y alimentado. 

La idea de que Jamie jugase en torno de sus desnudas orillas se me hacía aborrecible. Yo contemplaba las grandes nubes de verano, arriba en el cielo, la quietud de la tarde, la calígine. Por el jardín se extendía un silencio recalentado, opresivo. No recordaba otro día tan sofocante, tan inmóvil. Un día tendido allí, aguardando. También el personal de la casa aguardaba; esperaba que míster Frene llegase de Londres, con su gran automóvil.

Y jamás olvidaré la sensación de encogimiento y pena glaciales con que escuché el roncar del coche. El tío Frank había llegado. Habían servido el té en el césped, bajo las limas, y mistress Frene y Gladys, de regreso de la excursión, se habían sentado en sillones de mimbre. 

Míster Frene, el menor, esperaba en el vestíbulo para dar la bienvenida a su hermano; pero Jamie —según supe más tarde— había manifestado una alarma tan histérica y ofrecido una resistencia tan desesperada que se consideró más prudente tenerle en su habitación. Quizá, después de todo, su presencia no fuese necesaria. 

Se adivinaba perfectamente que la visita tenía algo que ver con el lado desagradable de la vida: dinero, capitulaciones, o qué sé yo. Nunca me enteré bien; solo supe que los padres de Jamie estaban ansiosos y que había que ganarse la benevolencia del tío Frank. No importa. Eso no tiene nada que ver con el asunto. 

Lo que sí tuvo que ver —de lo contrario no escribiría yo esta narración— es que mistress Frene me hizo llamar, pidiéndome que bajase «luciendo mi bonito vestido blanco, si no me importaba», y que yo estaba aterrorizada, aunque al mismo tiempo halagada, porque aquello significaba que una cara bonita se consideraba una preciada adición al panorama que le ofrecían al visitante. 

Además, por raro que parezca, yo sentía que mi presencia era, en cierto modo, inevitable; que, fuese por la razón que fuere, estaba dispuesto que yo presenciara lo que presencié. Y en el instante en que llegué al prado... —titubeo antes de ponerlo por escrito, porque parece una cosa tan tonta, tan inconexa— habría jurado, mientras mis ojos se encontraban con los de aquel hombre, que se produjo una especie de oscuridad repentina; una oscuridad que robó el esplendor veraniego de todos los seres y todos los objetos, y que la producían unos escuadrones de caballitos negros salidos de su persona, que corrían en derredor nuestro, dispuestos al ataque.

Después de una primera mirada momentánea de aprobación, el hombre no volvió a fijarse en mí. El té y la conversación discurrían apaciblemente; yo ayudaba a pasar platos y tazas, llenando las pausas con comentarios intrascendentes dirigidos a Gladys. A Jamie no se le mencionó siquiera. 

Exteriormente todo parecía bien; pero interiormente todo era horrible... aquello bordeaba el límite de las cosas inenarrables, y parecía tan cargado de peligro que cuando hablaba yo no lograba dominar el temblor de mi voz.

Contemplaba la cara dura, inexpresiva del visitante; advertía su extraordinaria delgadez y el brillo raro, aceitoso, de sus ojos firmes. No centelleaban; pero le absorbían a uno con una especie de brillo suave, cremoso, como el de los ojos de los orientales. Y todo lo que decía o hacía anunciaba lo que yo osaría llamar la succión de su presencia. Con su naturaleza lograba este resultado de una manera automática. Nos dominaba a todos, aunque de una manera tan suave que, hasta que había tenido lugar el hecho, nadie lo advertía.

No obstante, antes de haber transcurrido cinco minutos, yo me daba cuenta de una sola cosa. Mi mente se enfocaba sobre ella, nada más, y con tal viveza que me maravillaba que los otros no se pusieran a gritar, o a correr, o a tomar alguna medida violenta para impedir aquello. Y aquello era esto: que, separado meramente por menos de una docena de metros, aquel hombre, que vibraba con la vitalidad adquirida de otros, estaba fácilmente al alcance de aquel punto de vacío que bostezaba y esperaba, ansiando que lo llenasen. La tierra olfateaba su presa.

Aquellos dos «centros» activos se hallaban en posición de combate; el hombre tan delgado, tan duro, tan vivaz, aunque en realidad abarcando una gran dimensión con el amplio entorno de vida de los otros que se había apropiado, tan práctico y victorioso; el otro tan paciente, profundo, con la poderosísima atracción de la tierra entera detrás, y... —¡ay!—, tan consciente de que, por fin, se le presentaba la oportunidad.

Lo vi todo tan claramente como si hubiera estado contemplando a dos grandes animales preparándose para la batalla, ambos inconscientemente; aunque en cierta inexplicable manera, aquello yo lo veía, por supuesto, dentro de mí, no fuera. El conflicto sería aborreciblemente desigual. 

Cada bando había enviado ya sus emisarios, aunque yo no pudiera decir cuánto tiempo hacía, porque la primera prueba que él dio de que algo anormal sucedía en su interior fue cuando, de pronto, la voz se le volvió confusa, se equivocaba de palabras y los labios le temblaron un momento y perdieron tono. 

Un segundo después su rostro delataba aquel cambio singular y horrible, como si adquiriese una especie de flácidez alrededor de los pómulos y creciese, creciese, de modo que yo recordé la angustiosa frase de Jamie. En aquel preciso segundo, yo adiviné que los emisarios de los dos reinos, el humano y el vegetal, se habían encontrado ya. 

Por primera vez en su larga carrera de medrar a costa ajena, míster Frene se veía enfrentado contra un reino más vasto de lo que suponía, y al descubrir esta realidad, se estremecía interiormente en aquella reducida porción que era su verdadera y auténtica persona. Advertía la llegada del enorme desastre.

—Sí, John —estaba diciendo, con aquella voz pausada, como felicitándose a sí mismo—, sir George me regaló ese coche; me lo dio para obsequiarme. ¿Verdad que fue un gesto encan...? —pero aquí se interrumpió bruscamente, balbució, tomó aliento, se puso en pie y miró, inquieto, a su alrededor. Por un segundo hubo una pausa sorprendida e incómoda. 

Fue como el chasquido que pone en marcha una enorme maquinaria, ese momento de pausa que precede al verdadero arranque. Luego, en verdad, todo sucedió con la velocidad de una máquina que rueda cuesta abajo y sin control. Yo pensé en una dinamo gigante que girase en silencio e invisible.

—¿Qué es aquello? —gritó con voz apagada y saturada de alarma—. ¿Qué es aquel horrible lugar? ¡Oh, además, alguien llora allí...! ¿Quién es?

Y señalaba el terreno desnudo. En seguida, antes de que nadie pudiera contestarle, se puso a cruzar el prado en aquella dirección, andando a cada instante con paso más rápido. Antes de que nadie pudiera moverse, había llegado al borde. Se inclinó... y fijó la mirada en el suelo.

Tuve la sensación de que transcurrían varias horas; pero en realidad fueron segundos; porque el tiempo se mide por la cualidad y no la cantidad de las sensaciones que contiene. Lo vi todo con detalle despiadado, fotográfico, grabado vivamente entre la confusión general. 

Ambos bandos desplegaban una tremenda actividad, aunque solo uno, el humano, ejercía toda su fuerza... en forma de resistencia. El otro se limitaba a extender, por así decirlo, un solo tentáculo de su vasta enorme fuerza potencial; no se precisaba más. Fue una victoria tranquila, fácil. ¡Ah, resultaba más bien lamentable! No hubo jactancia ni gran esfuerzo, en un bando al menos. 

Casi pegada a la vera del hombre, presencié la escena; pues parece que fui la única persona que se movió y le siguió. Nadie más dejó su puesto, aunque mistress Frene armaba un tremendo ruido con las tazas, realizando no sé qué impulsivos gestos con las manos, y Gladys, recuerdo, profirió un grito... como un pequeño alarido:

—¡Oh, madre, es el calor!, ¿verdad?

Míster Frene, el padre, estaba pálido como la ceniza, y mudo.

Pero en el mismo instante que yo llegaba al lado del tío Frank se vio claramente qué era lo que me había llevado allí tan instintivamente. Al otro lado, entre las hayas plateadas, estaba el pequeño Jamie. Estaba observando. 

Yo sentí —por él— uno de estos impulsos que estremecen el corazón; un miedo líquido recorrió todo mi ser, tanto más efectivo cuanto que era realmente ininteligible. Sin embargo, comprendía que si hubiera podido saberlo todo, y qué era lo que quedaba detrás, el miedo habría sido más justificado; comprendía que aquello era espantoso, estaba lleno de terror.

Y entonces sucedió —fue una visión verdaderamente perversa—, como el contemplar un universo en acción, contenido, no obstante, en una reducida superficie de terreno. Creo que el hombre comprendió vagamente que si alguien ocupara su puesto, quizá pudiera salvarse, y que este fue el motivo de que, discerniendo instintivamente el sustituto que tenía más fácilmente a su alcance, vio al niño y le llamó en voz alta, desde el otro lado del suelo desnudo:

—¡Jamie, hijo mío, ven acá!

Su voz fue como un disparo agudo, pero al mismo tiempo monótono y sin vida, como cuando un rifle falla el tiro; una voz seca pero débil, sin «estallido». En realidad era una súplica. Y, con profunda sorpresa, yo escuché mi propia voz, vibrando imperiosa y fuerte, aunque no tuviera consciencia de decir las palabras que estaba pronunciando:

—¡Jamie, no te muevas! ¡Quédate donde estás! —Pero Jamie, el pequeñín, no obedeció a ninguno de los dos. Se acercó todavía más al borde y se quedó plantado allí... ¡riendo! Yo escuchaba aquella risa; pero habría jurado que no procedía de él. Era la tierra, el trecho de suelo desnudo el que producía aquel sonido.

Míster Frene se volvió de costado, levantando los brazos. Vi su cara dura, descolorida, ensanchándose un poco, desparramarse por el aire y caer hacia el suelo. Y vi que, al mismo tiempo, le ocurría algo similar a toda su persona, porque se perdió en la atmósfera en un chorro de movimiento. 

Por un segundo, la cara me hizo pensar en esos juguetes de caucho de los que tiran los niños. Se hizo enorme. Aunque esto era solamente una impresión externa. Lo que sucedía realmente —lo comprendí con toda claridad— era que toda la vida y la energía que había absorbido de los demás durante años ahora se la quitaban y la transferían... a otra parte.

Por un momento, en el borde, se bamboleó horriblemente; luego, con aquel raro movimiento de costado, rápida pero desmañadamente, penetró en el centro del espacio desnudo y cayó pesadamente de bruces. Sus ojos, mientras caía, se apagaron de manera extraña, y por todo su rostro aparecía escrita, con claridad prístina, una expresión que yo ahora solo sabría calificar de destrucción. Se le veía completamente destruido. 

Capté un sonido —¿de Jamie?—, pero esta vez no era una carcajada. Era como una deglución; era un sonido bajo y apagado, profundamente hundido en la tierra. De nuevo pensé en unos escuadrones de caballitos negros alejándose al galope por un pasillo subterráneo, bajo mis pies, hundiéndose en las profundidades, y sus pisadas se iban debilitando más y más, enterrándose en la distancia. En mi olfato penetraba un fuerte olor de tierra.

Y luego... todo pasó. Volví en mí. Míster Frene, el menor, levantaba la cabeza de su hermano del prado donde había caído, junto a la mesa del té. En realidad no se había movido de allí. Y Jamie, según supe después, había estado todo el rato durmiendo arriba, en su cama, rendido por el llanto y la inexplicable alarma. Gladys vino corriendo con agua fría, esponja, toalla y también brandy..., en fin, multitud de cosas.

—Madre, ha sido el calor, ¿verdad? —Oí el murmullo de la niña; pero no la respuesta de la madre. A juzgar por su cara, habría dicho que, por su parte, mistress Frene estaba al borde del colapso. Luego vino el mayordomo, y entre todos levantaron al caído y le llevaron al interior de la casa. El tío Frank se recobró aun antes de que llegara el médico.

Pero lo que me extrañó mayormente fue la profunda convicción que tenía de que todos los demás habían visto lo mismo que vi yo, solo que ninguno dijo ni media palabra del suceso; ni la ha dicho nadie hasta el día de hoy. Y esto acaso fuera lo más horrendo de todo.

Desde aquel día hasta el de hoy, apenas oí nombrar jamás a míster Frene, el mayor. Pareció como si, súbitamente, hubiera desaparecido de este mundo. Los periódicos no le mencionaban. Por lo visto, sus actividades cesaron por completo. Sea como fuere, la vida que llevó luego se distinguió por su inanidad. Realmente, nunca hizo nada digno de la mención pública. Aunque también puede ser que, habiendo dejado de estar a las órdenes de mistress Frene, no tuviera yo ocasión alguna de enterarme de nada.

Sin embargo, la vida ulterior de aquel trozo estéril de jardín siguió un rumbo completamente distinto. Que yo sepa, los jardineros no procedieron a ninguna enmienda de su suelo, ni se abrió ningún desagüe, ni se trajo tierra nueva; pero ya antes de que me marchase yo, al verano siguiente, había cambiado. Permanecía inculto; pero poblado de grandes y lozanas hierbas y enredaderas, fuertes, bien alimentadas, reventando literalmente de vida.

Una ciudad dividida - Roger Zelazny

La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente. 

Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.

—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?

Su montura volvió su metálica cabeza y observó.

—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?

—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.

—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.

—Tal vez.

Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.

—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.

Black meneó la cabeza.

—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...

—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.

—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.

—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!

—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.

El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.

—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.

—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?

—No puedo decirlo. No aparece.

—¡Ajá!

—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.

—¿Dilvish...?

—¿Sí?

—¿Te ofrezco consejo a menudo?

—Frecuentemente.

—¿Suelo equivocarme?

—Podría citar casos.

—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.

—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.

—Soy suspicaz...

—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...

Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.

—De pronto tu estómago es un gran problema.

—También podría haber mujeres.

—¡Puf!

La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.

—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.

Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.

—Un lugar silencioso —dijo Black.

—Sí.

Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.

—¿Qué hay?

—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.

Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.

—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.

—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.

—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.

Los cascos de Black resonaron en los adoquines.

—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.

Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.

—Tenía razón —dijo—. Vamos a...

El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.

—Qué extraño...

Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.

—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!

Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.

Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.

—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.

—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.

Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.

—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?

—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.

—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.

—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.

Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.

—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.

El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.

Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.

—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?

Dilvish frunció el ceño.

—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.

—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.

El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.

La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.

—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.

Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.

—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.

—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.

—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.

—¿Sí?

—Te lo explicaré en otra ocasión.

Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.

La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.

—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.

—La primera emboscada —murmuró Dilvish.

Volvió la cabeza y sacó la espada.

Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.

—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.

Dilvish no bajó la espada.

—¿Quién eres?

—Del otro bando —fue la réplica.

—¿Qué quieres decir?

—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.

—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?

El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.

—¿Puedo bajar una mano?

—Adelante.

Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.

—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.

Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.

—Vamos —dijo a Black.

No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.

La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.

Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.

—¡Black! ¡Black! —gritó.

Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.

Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.

—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.

—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!

Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.

—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?

Dilvish miró hacia arriba.

Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.

Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.

—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!

Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.

—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.

La nueva calle discurría en ambas direcciones.

—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.

Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.

—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.

—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.

Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.

—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.

—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.

—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!

Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.

—¿Crees en él? —preguntó Black.

Dilvish se alzó de hombros.

—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.

—¿A qué te refieres?

—Usar la magia más potente que conozco.

—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?

—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.

Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.

—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?

—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...

—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.

—No hace falta que me lo digas.

Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.

—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!

—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...

Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.

—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.

Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.

El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.

—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.

Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.

—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!

Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.

—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...

—Otra calle...

—¡A la izquierda!

Black obedeció.

—Otra.

—¡Derecha!

La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.

Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.

—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!

Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.

—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.

Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.

—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...

Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.

Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.

El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.

Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.

—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.

—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.

Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.

—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.

—Sí, lo era.

—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.

—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?

—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...

—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.

—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.

—Lo fue.

—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?

—Sí —dijo Dilvish.

—Di cuál.

—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?

—No... no estoy seguro.

Dilvish suspiró.

—Muy bien.

Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.

El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.

—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!

—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?

El otro hombre tragó saliva.

—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?

—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?

—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.

Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.

—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...

Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.

—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.

—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...

La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.

—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.

—No.

—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?

—Sí.

—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?

Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.

—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.

—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!

Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.

—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?

—Diría que sí.

Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.

—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.

Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.

—Hay motivos —dijo.

El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.

—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?

—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.

Strodd se sobresaltó.

—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.

—Y para ti.

Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.

—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.

—La Torre de Hielo.

Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.

Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.

Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.

El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.

—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.

—Sí, la veo. ¿Cabremos?

—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.

—Cierto.

Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.

—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.

El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.

—Unas ramitas, una rama, hojas...

Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.

Hubo otro aullido, mucho más cerca.

—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...

—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.

—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.

—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.

Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.

—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.

—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.

El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.

—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.

El jinete desenvainó su espada.

—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.

—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.

—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?

Sólo el viento respondió.

El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.

—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.

El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.

Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.

En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.

Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.

—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.

El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.

—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.

—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.

—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.

—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.

—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?

—No, si yo lo mato antes.

La bestia blanca jadeó unos instantes.

—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.

—Lo sé.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Dilvish.

—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...

—Es posible.

—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.

—No conozco el hechizo capaz de liberarte.

—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.

Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.

—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.

Silencio.

—Yo soy ese Dilvish.

Silencio.

—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!

La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.

—Tengo hambre, siempre tengo hambre.

—Lo sé.

—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.

—Adiós.

Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.