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El sacerdote y su amor - Yukio Mishima

De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es, allí, de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. 

Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Precintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. 

Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles tocan eternamente música sagrada y entonan himnos de alabanza al Tathagata Buda. 

Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. 

Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y Kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. 

Estos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa).

Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. 

El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.

Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. 

No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.

De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.

Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.

En el capítulo de "El Portal de Inspección" se nos enseña que, visto y considerando que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de "imaginación exterior" y, luego, en engrandecerlos continuamente. 

El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.

A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. 

En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. 

Presumiendo que el yoyana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.

Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. 

Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.

La concentración en tales imágenes es conocida como "Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda", y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.

El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.

A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. 

Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía nutrir gran seguridad respecto a su futuro.

Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. 

Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.

Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. 

Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo, estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. 

Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. 

Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.

En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. 

Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.

Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.

Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venia de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.

Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.

En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña una dama de la Corte del distrito Kyogoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. 

Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.

El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.

Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.

La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.

En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.

Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporario compuesto de carne perecedera. 

Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago, pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. 

El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.

El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. 

La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.

Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. 

El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. 

Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.

Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.

Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.

Aun leyendo a los Sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza servía para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.

Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. 

Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. 

Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el Sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.

La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.

Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. 

El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jodo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.

Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. 

Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.

El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. 

Tanto más sorprendente era, entonces, el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.

La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.

Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.

Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte, hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. 

Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. 

El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser retribuido.

La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. 

La dama recordó frases tales como "mi amor perdido y sin esperanzas" que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. 

La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.

A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. 

Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchar sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.

Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.

El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.

La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. 

Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude a las plantas sagradas.

Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.

El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.

La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. 

El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza. En saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.

El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del Lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.

En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. 

Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.

Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. 

Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.

El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. 

Esto le producía una alegría especial, seguramente porque de lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.

Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial a una criatura de carne y hueso, ni tampoco a una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. 

Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. 

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku, se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la Cortesana se volvía. tan grande como el Monte Sumeru.

Cuanto más convertía a su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. 

Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. 

Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.

Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.

El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba a su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.

Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.

Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.

Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.

Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. 

Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.

La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenia una extraña fascinación.

¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.

Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.

Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.

Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyogoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.

Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. 

Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.

Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.

Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.

La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuando veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella "desilusión profundamente arraigada" de la que hablan los Sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.

Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. 

El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así, equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.

Sin embargo, esta noble dama de Kyogoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.

"El Gran Sacerdote—se dijo—tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo." Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.

Cayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.

La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.

Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. 

Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.

El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. 

Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.

El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.

La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?

En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.

Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada.

Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.

El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.

La doncella trasmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.

La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde afuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.

Entonces, en la semi penumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llev6 a la frente y a las mejillas.

La Gran Concubina Imperial de Kyogoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.

Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.

Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las Kalavinkas. 

Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte—y en aquel momento no dudaba de que así sería—, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?

Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.

La Gran Concubina Imperial esperó.

Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada. Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.

Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyogoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de los Sutras.

 


 

Carne de su carne, sangre de su sangre - Isaac Asimov


La serie de catástrofes había tenido lugar hacía cinco años: cinco revoluciones de aquel planeta, HC-12549d según los mapas, y desprovisto de cualquier otro nombre. Más de seis revoluciones de la Tierra; pero, ¿quien lo contaba... ya?

Si la gente, allá en casa, lo supiera, quizá dijesen que era una lucha heroica, una epopeya del Cuerpo Galáctico: cinco hombres contra un mundo hostil, manteniendo una amarga defensa durante cinco (o más de seis) años... Y ahora estaban muriendo, perdida la batalla después de todo. Tres habían entrado en el coma final, un cuarto tenía aún abiertos sus ojos teñidos de amarillo, y el quinto seguía aún en pie.

Pero no se trataba, en lo más mínimo, de una cuestión de heroísmo. Habían sido cinco hombres enfrentándose con el aburrimiento y la desesperación y manteniendo su burbuja metálica de condiciones vitales únicamente por la menos heroica de las razones: que no había otra cosa que hacer mientras les quedase vida.

Si alguno de ellos se sintió estimulado por la batalla, jamás lo mencionó. Pasado el primer año, dejaron de hablar de rescate, y tras el segundo la palabra «Tierra» pasó a ser tabú.

Pero una palabra estaba siempre presente, y si no la pronunciaban, al menos la tenían en mente: amoniaco.

La habían pronunciado por primera vez cuando estaban tratando, contra toda posibilidad, de lograr un aterrizaje con sus motores averiados y su casco maltrecho.

Naturalmente, uno acepta la mala suerte... pero sólo si no es demasiado mala. Una explosión estelar quema los hipercircuitos: pueden repararse con el tiempo. Un meteorito desalinea las válvulas de alimentación: eso puede arreglarse, con el tiempo. Una trayectoria es mal calculada en un momento de tensión, y un instante de aceleración arranca las antenas de navegación y merma los sentidos de todos los hombres de la nave: pero las antenas pueden ser remplazadas y los sentidos se recobran, si hay tiempo.

Las posibilidades de que estas tres malas pasadas del destino sucedan al mismo tiempo son una por un número incontable de veces; y aún menos de que sucedan durante un aterrizaje particularmente complejo, cuando lo que más falta es ese factor indispensable para la corrección de todo error: el tiempo.

El Cruiser John se había encontrado con esa posibilidad casi imposible y había realizado su último aterrizaje, pues nunca volvería a alzarse de una superficie planetaria.

El que hubiera aterrizado prácticamente intacto era ya de por sí casi un milagro. Al menos, a los cinco les quedaba vida para algunos años; aparte de esto, sólo la accidental llegada de otra nave podría ayudarles, pero nadie lo esperaba. Habían tenido ya una cuota de coincidencias superior a la que cabe esperar en toda una vida, y todas ellas habían sido malas.

Así estaban las cosas.

Y la palabra clave era «amoniaco». Con la superficie subiendo en espiral hacia la nave y la muerte (piadosamente rápida) aguardándoles con una casi total seguridad, Chou había tenido, de alguna manera, tiempo para fijarse en el espectrógrafo de absorción, que estaba funcionando a toda marcha.

–Amoniaco –gritó.

Los otros lo oyeron, pero no tenían tiempo para prestarle atención. Sólo lo tenían para una lucha desesperada contra una muerte rápida, para lograr una muerte lenta.

Cuando finalmente aterrizaron, en un terreno arenoso, con una escasa y maltrecha vegetación azulada –hierbas, y unos objetos con forma de árboles, de corteza azul y sin hojas–, ningún signo de vida animal, y con un cielo casi verdoso cruzado por algunas nubes, la palabra volvió a su atención.

–¿Amoniaco? –dijo en voz alta Petersen.
–Cuatro por ciento –confirmó Chou.
–Imposible –exclamó Petersen.

Pero no lo era. Los libros no decían que fuera imposible. Lo que el Cuerpo Galáctico había descubierto era un planeta de una cierta masa y volumen y que se hallaba a una determinada temperatura: era un planeta oceánico; y los planetas oceánicos siempre tenían uno de estos dos tipos de atmósfera: nitrógeno/oxígeno o nitrógeno/dióxido de carbono.

En el primer caso la vida era abundante; en el segundo, primitiva.

Nadie se preocupaba ya en comprobar más que la masa, el volumen y la temperatura. Se suponía que la atmósfera sería una de las dos citadas. Pero los libros no decían que tuviera que ser así; sino que, hasta entonces, siempre había sido así. 

Termodinámicamente, eran posibles otras atmósferas; pero eran muy poco probables, así que, en la práctica, no eran halladas.

Hasta entonces. Los hombres del Cruiser John se habían encontrado con una, y tenían que permanecer durante todo el tiempo que pudieran sobrevivir bajo una atmósfera de nitrógeno/dióxido de carbono/amoniaco.

Los tripulantes convirtieron su nave en una burbuja subterránea con condiciones de vida de tipo terrestre. No podían despegar de la superficie ni trasmitir una onda de comunicación a través del hiperespacio, pero todo lo demás podía utilizarse. Para compensar las deficiencias de su sistema de reciclado, incluso podían aprovechar el suministro de aire y agua del propio planeta: siempre, claro está, que le quitasen el amoníaco.

Organizaron grupos de exploración, dado que sus trajes estaban en excelentes condiciones, y aquello ayudaba a pasar el tiempo. El planeta era inofensivo: no habla vida animal, y por todas partes la vida vegetal era escasa. Azul, siempre azul: clorofila amoniacada; proteína amoniacada.

Montaron laboratorios, analizaron los componentes de las plantas, estudiaron secciones microscópicas de las mismas, compilaron grandes volúmenes con sus hallazgos. Intentaron hacer crecer plantas nativas en una atmósfera sin amoniaco, y fracasaron. Se convirtieron en geólogos y estudiaron la corteza del planeta; en astrónomos, y estudiaron el espectro del sol del sistema.

A veces, Barrere decía:
–Algún día el Cuerpo llegará a este planeta y encontrará esperándole nuestro legado de conocimientos. Después de todo, es un planeta único. Quizá no haya otro planeta de tipo terrestre con amoniaco en toda la Vía Láctea.
–Maravilloso –dijo Sandropoulos, con amargura–. ¡Qué suerte hemos tenido!
Sandropoulos estudió el aspecto termodinámico de la situación.
–Es un sistema metaestable –dijo–. El amoniaco desaparece constantemente a causa de una oxidación geoquímica que forma nitrógeno; las plantas utilizan el nitrógeno y vuelven a producir amoniaco, adaptándose a la presencia de ese amoniaco. Si la producción de amoniaco por las plantas descendiese en un dos por ciento, se produciría una espiral descendente. La vida vegetal iría muriendo, reduciendo aún más el amoniaco, lo que influiría en las plantas que quedasen, etc., etc..
–¿Quieres decir que si matásemos suficientes plantas –preguntó Vlassov– podríamos acabar con el amoniaco?
–Si tuviéramos deslizadores aéreos y atomizadores de gran potencia, y un año para trabajar, quizá lo lográsemos –contestó Sandropoulos–, pero no lo tenemos, y hay un método mejor. Si lográsemos hacer crecer nuestras plantas, la formación de oxígeno a causa de la fotosíntesis incrementaría la velocidad de oxidación del amoniaco. Incluso un aumento pequeño y localizado haría disminuir el amoniaco de la región y estimularía aún más el crecimiento de las plantas terrestres, y, al inhibir el crecimiento de las nativas, haría que aún descendiese más el amoniaco, etcétera.

Se convirtieron en agricultores durante la estación de la siembra. Después de todo, aquello era rutina para el Cuerpo Galáctico. La vida en los planetas parecidos a la Tierra era habitualmente del tipo agua/proteína, pero la variación era infinita, y pocas veces los alimentos extraterrestres eran nutritivos, mientras que a menudo (no siempre, pero a menudo) sucedía que algunos tipos de plantas terrestres se imponían y acababan con la flora nativa. Y con la flora nativa en disminución, otras plantas terrestres podían echar raíces.

Docenas de planetas habían sido convertidos en nuevas Tierras mediante este método. En el proceso, las plantas terrícolas se habían desarrollado en centenares de variantes muy resistentes que florecían en las más difíciles condiciones; lo que mejoraba las posibilidades de que sobreviviesen en el siguiente planeta.

El amoniaco podía matar a cualquier planta de la Tierra, pero las semillas de que disponían en el Cruiser John no eran verdaderas plantas de la Tierra, sino mutaciones de esas plantas obtenidas en otros mundos. Lucharon bien, pero no lo bastante. Algunas variedades crecieron de forma débil y enfermiza, y acabaron muriendo.

Aún así se portaron mejor que la vida microscópica. Los bacterioides de aquel planeta eran mucho más florecientes que la anémica vida vegetal de color azul. Los microorganismos nativos acabaron con cualquier intento de competencia de sus congéneres terrestres. El intento de sembrar el suelo del planeta con flora bacteriana de tipo terrícola, con el fin de ayudar a las plantas de la Tierra, fracasó.

Vlassov agitó la cabeza:
–De todos modos, no iba a servir de nada. Si nuestras bacterias sobreviviesen, sería únicamente adaptándose a la presencia del amoníaco.
–Las bacterias no van a ayudarnos –dijo Sandropoulos–. Necesitamos las plantas; ellas son las que tienen sistemas de fabricación de oxígeno.
–Podríamos fabricarlo nosotros mismos –dijo Petersen–. Podríamos electrolizar el agua.
–¿Y cuánto tiempo nos duraría nuestro equipo? Si pudiésemos conseguir que nuestras plantas prosperasen, eso equivaldría a estar electrolizando agua constantemente, poco a poco, pero año tras año, hasta que el planeta se rindiese.
–Entonces, tratemos el suelo –intervino Barreré–. Está podrido de sales de amoniaco. Sacaremos las sales y dejaremos un suelo limpio de amoniaco.
–¿Y qué hay de la atmósfera? –preguntó Chou.
–En un suelo limpio de amoniaco quizá sobrevivan a pesar de la atmósfera. Ya casi lo consiguen sin eso.

Trabajaron como posesos, pero sin lograr ver un final a sus esfuerzos. Ninguno de ellos creía verdaderamente que fuera a funcionar y, aunque lo hiciese, no había futuro para ellos. Pero el trabajar ayudaba a pasar los días.

En la siguiente época de siembra tenían su suelo libre de amoniaco, pero las plantas terrestres seguían creciendo enfermizas. Incluso colocaron domos sobre algunas plantas y bombearon en su interior aire libre de amoniaco. Sirvió de algo pero no fue suficiente. Ajustaron la composición química del suelo de todas las maneras que les era posible, No obtuvieron premio.

Las débiles plantas producían sus pequeñas vaharadas de oxígeno, pero no era bastante para alterar el equilibrio de la atmósfera de amoniaco.

–Un empujón más –dijo Sandropoulos–, uno más. Estamos haciéndola tambalearse; se tambalea; pero no podemos derribarla.

Su equipo y herramientas se desgastaron y fueron fallando con el tiempo, y el futuro fue terminando para ellos. Cada mes tenían menos posibilidades de maniobra.

Cuando por último llego el final, fue con una premura que casi era de agradecer. No sabían qué nombre darle a aquella debilidad y aquellos vértigos, que nadie suponía que fueran debidos a un envenenamiento directo del amoniaco. 

Sin embargo, estaban viviendo de las algas que habían formado parte del sistema hidropónico de la nave, y durante aquellos años era posible que las algas hubieran sufrido una contaminación  del medio ambiente.

O tal vez hubiese sido la obra de algún microorganismo nativo que, al fin, hubiese aprendido cómo alimentarse de ellos. Aunque quizá hubiese sido un microorganismo terrestre, mutado bajo las condiciones de un mundo extraño.

Así que tres murieron por fin aunque, afortunadamente, lo hicieron sin sentir dolor. Estaban contentos de irse y poder dejar aquella inútil lucha.

Chou dijo en un susurro casi inaudible:
–Es tonto perder de esta manera.

Petersen, el único de los cinco que seguía en pie (¿sería inmune a aquella dolencia, fuera la que fuese?) volvió su rostro dolorido hacia su único compañero con vida.
–No mueras –le dijo–. No me dejes solo.
Chou trató de sonreír.
–No tengo elección, pero puedes seguirnos, viejo amigo. ¿Para qué luchar? Ya no tienes herramientas, y no hay forma de vencer, aunque quizá no la hubo nunca.

Aún así, Petersen combatió la desesperación final, concentrándose en la lucha contra la atmósfera. Pero su mente estaba cansada y su corazón desgastado, y cuando Chou murió a la hora siguiente, se quedó con cuatro cadáveres que eliminar.

Miró los cuerpos, evocando los recuerdos, volviendo hacia atrás (ahora que estaba solo y se atrevía a llorar) hasta llegar a la misma Tierra, que había visto por última vez en una visita hacia once años.

Tendría que enterrar los cuerpos. Rompería las azuladas ramas de los árboles nativos desprovistos de hojas y construiría cruces con ellas. Encima, colgaría el casco espacial de cada hombre y recostaría contra ella los cilindros de aire. Cilindros vacíos para simbolizar la lucha perdida.

Un sentimiento estúpido dedicado a hombres a los que ya no les importaba, y para ojos futuros que quizá jamás llegasen a verlo.

Pero en realidad lo estaba haciendo para él mismo, para mostrar respeto por sus amigos y también por sí mismo, pues no era el tipo de hombre que no se cuidase de sus amigos muertos mientras le fuera posible.

Además...

¿Además? Se sentó cansado, pensando durante un rato.
Mientras siguiera vivo lucharía con las herramientas de que dispusiese y enterraría a sus amigos.

Enterró a cada uno de ellos en un punto del suelo libre de amoniaco que habían logrado con tanto trabajo; los enterró sin sudario y sin ropa alguna, dejándolos desnudos en el suelo hostil, a merced de la lenta descomposición que producirían sus propios microorganismos antes de que también ellos muriesen por la inevitable invasión de los bacterioides nativos.

Petersen colocó cada cruz, con su casco y cilindros de aire, la aseguró con piedras y se volvió, hosco y triste, para regresar a la nave enterrada en la que ahora vivía solo.

Siguió trabajando y, al fin, también a él le llegaron los síntomas.

Se metió trabajosamente en su traje espacial y salió a la superficie en lo que sabía que sería su última visita.

Cayó de rodillas en los espacios cultivados. Las plantas terrestres se veían verdes. Habían vivido mucho más que nunca antes. Tenían un aspecto lozano, incluso vigoroso.

Habían tratado el suelo, cuidado la atmósfera, y ahora Petersen había utilizado la última herramienta, la única de que ya disponía, y también les había dado fertilizantes...

De la carne, en lenta descomposición, de los terrestres, salían los productos nutritivos que estaban proporcionando el último empujón. De las plantas terrestres surgía el oxígeno que derrotaría al amoniaco y sacaría al planeta del inexplicable nicho ecológico en el que se había visto encerrado.

Si los terrestres volvían alguna vez (¿cuándo?, ¿dentro de un millón de años?) se encontrarían con una atmósfera de nitrógeno/oxígeno y una flora limitada que recordaría extrañamente a la terrestre.

Las cruces se pudrirían y descompondrían, el metal se oxidaría y convertiría en polvo. Quizá los huesos se fosilizasen y quedasen para dar una pista de lo que había sucedido. Tal vez fueran hallados sus informes, que había dejado sellados.

Pero nada de aquello importaba. Si no encontraban ninguna de esas cosas, el planeta mismo, todo el planeta, sería su monumento.

Y Petersen se recostó para morir en medio de la victoria de aquel grupo de terrestres.

Los hombres regresan - Jack Vance

El remanente descendió furtivo la escarpada cuesta. Era una criatura flaca y vacilante, de ojos torturados. Se movía en una serie de rápidos desplazamientos, ocultándose tras paneles de aire negro. Corría cada vez que una sombra pasaba, y a veces se arrastraba a cuatro patas con la cabeza junto al suelo. Al llegar a las últimas rocas, contempló la llanura.

Se elevaban a lo lejos unas sierras bajas que se confundían con el cielo, pálido y lechoso como vidrio opalino. La llanura se des­plegaba como pana raída, arrugada y verdinegra, salpicada de ocre y herrumbre. Un surtidor de roca líquida se elevaba a gran altura, abriéndose arriba en ramificaciones de coral negro. A cierta dis­tancia, una familia de objetos grises evolucionaba con la ilusión de una finalidad prevista; las esferas se fundían en pirámides, se con­vertían en domos, en manojos de espirales blancas, en agujas que pinchaban el cielo y, como tour de force final, en complejos mo­saicos.

Al remanente nada de eso le importaba. Necesitaba alimento y en la llanura había plantas. A falta de algo mejor, eso sería sufi­ciente. Crecían en el suelo, o a veces en los bloques de agua suspen­didos o en el corazón del duro gas negro. Había macizos de indómi­tos espinos, bulbos verde pálido, plantas de hojas pegajosas y oscu­ras, tallos con flores retorcidas. No había especies definidas, y el remanente no tenía forma de saber si las hojas y vástagos que había comido el día anterior no serían hoy venenosos.

Probó con el pie el suelo de la llanura. La superficie cristalina, aunque asimismo parecía hecha de pirámides rojas y gris verdoso, sostuvo su peso, y luego de pronto absorbió su pie. Luchó frenética­mente por liberarse, saltó hacia atrás y permaneció agazapado en la roca, sólida por el momento.

El hambre le irritaba el estómago. Debía comer. Contempló la llanura; no muy lejos, un par de organismos jugueteaban. Se desli­zaban, se zambullían, danzaban, adoptaban asombrosas poses ex­travagantes. Si se acercaban trataría de matar a uno. Se parecían a los hombres; debían constituir por lo tanto un buen alimento.

Esperó. ¿Largo tiempo? ¿Poco tiempo? La duración no tenía realidad cuantitativa ni cualitativa. El sol había desaparecido; no había un ciclo recurrente regular. «Tiempo» era una palabra vacía de sentido.

Las cosas no habían sido siempre así. El remanente conservaba algunos jirones de memoria de los antiguos tiempos, antes que la lógica y la sistematización se hicieran obsoletas. El hombre había dominado la Tierra en virtud de un supuesto esencial: que un efecto se debía a una causa, la cual era a su vez efecto de una causa an­terior.

La manipulación de esa ley básica había dado abundantes re­sultados, y no parecía necesaria ninguna otra herramienta o instru­mento. El hombre se felicitaba por su estructura de amplias posibi­lidades. Podía vivir en desiertos, llanuras o entre el hielo, en bos­ques o ciudades; la naturaleza no lo había conformado para un am­biente determinado. No tenía conciencia de cuán vulnerable era. La lógica era ese ambiente determinado; el cerebro, su herra­mienta específica.

Y entonces llegó la hora terrible en que la Tierra entró en un período de no-causalidad, y todas las ordenadas relaciones de causa y efecto se disolvieron. El instrumento específico resultaba ahora inútil; no podía asir la realidad. De los miles de millones de hom­bres, sólo unos pocos sobrevivieron: los dementes. Eran ahora los organismos, los señores de la época. Sus incoherencias eran tan exactamente equivalentes a los caprichos del mundo que constituían una peculiar sabiduría salvaje. O quizá la desorganizada materia del mundo, liberada de las viejas exigencias, se había vuelto sensible a la psicoquinesis.

Otro puñado de seres —los remanentes— habían logrado subsis­tir, aunque sólo gracias a un crítico conjunto de circunstancias. Eran los mejor dotados del viejo dinamismo causal, y habían con­servado el suficiente para controlar el metabolismo de sus cuerpos, y sólo eso. Se extinguían con rapidez, porque la cordura no ofrecía la menor posibilidad de manipular el entorno. A veces sus propias mentes farfullaban y erraban, y se lanzaban en pleno delirio a correr por la llanura.

Los organismos observaban sin sorpresa ni curiosidad. ¿Qué sentido tenía la sorpresa? Los locos remanentes podían situarse junto a un organismo y tratar de duplicar la existencia de la criatura. El organismo comía un trozo de planta; lo mismo hacía el rema­nente. El organismo se frotaba el pie con agua triturada, y el rema­nente le imitaba. Luego el remanente moría envenenado, o con las entrañas deshechas o de lesiones en la piel, mientras el organismo se tendía a descansar en la hierba negra y húmeda. O bien el orga­nismo podía intentar devorar al remanente, y éste corría aterrori­zado, incapaz de hallar un refugio en parte alguna, saltando y empu­jando con el pecho el denso aire hasta caer al fin en un lago de hierro, o en una bolsa de vacío, donde se debatía como una mosca en una botella.

En la actualidad, los remanentes eran muy pocos. Finn, el que contemplaba la llanura agazapado en la roca, vivía con otros cuatro. Dos eran hombres ancianos y pronto morirían. Y Finn también mo­riría si no encontraba alimento.

En la llanura, Alfa, uno de los organismos, se sentó, recogió un puñado de aire, una bola de líquido azul, una roca, los amasó, estiró la mezcla como una melcocha y le dio un vigoroso impulso con una mano; se extendió como una cuerda.

El remanente se agachó más. No había forma de saber qué diabólica idea se le había ocurrido a la criatura; era impredecible, él y todos los suyos. A Finn le agradaba comer su carne, pero también ellos podían devorarle, si tenían una buena oportunidad. Y él se hallaba en gran desventaja. 

Sus actos azarosos le desconcertaban. Trató de escapar, corrió, y empezó el pánico. La dirección que se proponía seguir era rara vez la que le permitía la variable resistencia ofrecida por el suelo. El organismo se encontraba detrás, tan versátil y desinteresado como el ambiente. Las dos series de caprichos unas veces se anulaban entre sí, otras se sumaban. En el primer caso, Alfa podía apoderarse de él. Era algo inexplicable. Pero, ¿qué no lo era? La palabra «explicación» carecía de sentido.

Se movían hacía él. ¿Le habrían visto? Se aplastó contra la adusta roca amarilla. Los organismos se detuvieron no muy lejos. Podía oír los sonidos que emitían. Se quedó pegado al suelo, aque­jado por sus dos ansiedades en conflicto: el miedo y el hambre.

Alfa se arrodilló y a continuación se tendió sobre la espalda, con los brazos y las piernas abiertos. Dirigió al cielo una serie de gritos musicales sibilantes y de gemidos guturales. Se trataba de un lenguaje personal que acababa de improvisar, pero Beta lo com­prendía.

—Una visión —exclamó Alfa—. Veo más allá del cielo, círculos que giran, nudos. Se aprietan con fuerza, nunca será posible des­hacerlos.

Beta se encaramó sobre una pirámide y miró por encima de su hombro el cielo manchado.

—Una intuición —canturreó Alfa—, un cuadro de otro tiempo. Es duro, despiadado, inflexible.

Beta se irguió sobre la pirámide, planeó por la superficie crista­lina, nadó por debajo de Alfa, emergió y se tendió a su lado.

—Observa al remanente al pie de la colina —dijo Alfa—. En su sangre se conserva toda la vieja raza: los hombres de mentes estre­chas como hendiduras. Él ha exudado la intuición. Ese torpe ser desatina.

—Todos ellos han muerto —respondió Beta—, aunque tres o cuatro subsistan.

(Cuando pasado, presente y futuro son sólo ideas de otro tiem­po, como botes en un lago seco, no es posible definir el término de un proceso.)

Alfa dijo:

—Ésta es la visión: veo a los remanentes invadiendo la Tierra. Luego nos expulsan hacia ninguna parte, nos dispersan como mos­quitos en el viento. Eso es lo que nos aguarda.

Ambos permanecieron quietos, considerando la visión. Una roca, o quizás un meteoro, cayó del cielo y golpeó contra la superfi­cie de la laguna. Dejó un agujero redondo, que lentamente se cerró. De otro punto de la laguna saltó al aire una gota de fluido, que se alejó flotando.

Alfa habló:

—Otra vez. La intuición es más clara. Habrá luces en el cielo.

La fiebre murió en él. Enganchó un dedo en el aire y se izó hasta ponerse en pie.

Beta no se movía. Caracoles, hormigas, moscas, escarabajos trepaban sobre él, molestaban y se reproducían. Alfa sabía que Beta podía levantarse, alejar a los insectos, marcharse. Pero Beta prefería, aparentemente, la pasividad. Eso estaba bien. Podía pro­ducir, si lo deseaba, otro Beta, o incluso una docena. 

A veces el mundo quedaba atestado de organismos de todas clases y colores, altos como campanarios, bajos y rechonchos como floreros. A veces se ocultaban tranquilamente en profundas cavernas, y en ocasiones la variable sustancia de la tierra se desplazaba y uno, o treinta, quedaban encerrados en un capullo subterráneo. Todos se queda­ban sentados con gravedad, aguardando hasta que el suelo se abría y volvían a ver la luz, haciendo guiños, pálidos.

—Siento una carencia —dijo Alfa—. Me comeré al remanente.

Se movió y la pura casualidad le llevó junto a la roca amarilla. Finn se puso en pie, aterrado.

Alfa intentó comunicarse para que Finn se quedara quieto mien­tras él comía; pero Finn no podía captar las diversas tonalidades de la voz de Alfa. Recogió una piedra y se la arrojó. La piedra se pulve­rizó y regresó hacia la cara del remanente.

Alfa se acercó y extendió sus largos brazos. El remanente in­tentó darle un puntapié, pero perdió el equilibrio y se deslizó por la llanura. Alfa, complaciente, le siguió. Finn se arrastró, tratando de alejarse. Alfa se movió hacia la derecha; una dirección era tan buena como cualquier otra. Chocó con Beta y empezó a devorar a Beta y no a Finn. Éste vaciló, luego se acercó y empezó a meterse en la boca trozos de carne rosada.

Alfa le dijo al remanente:

—Estaba a punto de comunicarle una intuición al que nos esta­mos comiendo. Me comunicaré contigo.

Finn no podía comprender el lenguaje personal de Alfa. Comían tan de prisa como les era posible. Alfa continuó:

—Habrá luces en el cielo. Grandes luces.

Finn se puso de pie, y mirando cauteloso a Alfa, recogió las piernas de Beta y empezó a arrastrarlo hacia la colina. Alfa le miraba con desinterés.

Era una dura tarea para el escuálido Finn. A veces Beta flotaba en el aire, a veces se adhería al terreno, y por fin se sumergió en una veta de granito que se congeló alrededor del cuerpo. Finn trató de liberar a Beta, y de extraerlo haciendo palanca con un palo, pero sin éxito.

Corría de un lado a otro en una agonía de indecisión. Beta empezó a marchitarse, a desvanecerse como una medusa en la arena caliente. El remanente lo abandonó. ¡Demasiado tarde, demasiado tarde! Comida que se perdía. ¡El mundo era un lugar terriblemente frustrante!

Por el momento, tenía el estómago lleno. Volvió a lo alto del risco, al campamento donde los otros cuatro remanentes aguarda­ban, dos ancianos y dos hembras. Éstas, Gisa y Reak, habían salido a buscar alimentos, como Finn. Gisa había traído una losa de li­quen; Reak un trozo de carroña indefinible.

Los viejos, Boad y Tagart, estaban tranquilamente sentados, esperando la comida o la muerte. Las mujeres recibieron a Finn con hosquedad.

—¿Dónde está la comida que fuiste a buscar?

—Tenía un cuerpo entero. No lo he podido traer.

Boad había arrebatado con astucia la losa de liquen y se la había llevado a la boca. Pero de pronto el liquen volvió a la vida; se estremecía y exudaba un licor rojo. Era venenoso, y el anciano murió.

—Ahora tenemos comida —dijo Finn—. Comamos.

Pero el tóxico produjo putrefacción, el cadáver se cubrió de espuma azul y se alejó flotando. Las mujeres se volvieron hacia el otro anciano, que dijo con voz temblorosa:

—Pueden comerme si es preciso, pero, ¿por qué no eligen a Reak, que es más joven?

Reak, la más joven de las mujeres, mordisqueaba su trozo de carroña y no respondió. Finn dijo con voz hueca:

—¿Para qué nos preocupamos? La comida es cada vez más difí­cil de encontrar, y somos los últimos hombres.

—No, no —repuso Reak—. Hemos visto a otros junto al pro­montorio verde.

—Eso fue hace mucho —dijo Gisa—. Seguramente ya se habrán muerto.

—Quizás hayan encontrado alimento —sugirió Reak.

Finn se puso de pie y miró hacia la llanura.

—¿Quién sabe? Tal vez haya mejores tierras más allá del hori­zonte.

—No hay nada en ninguna parte sino desolación y criaturas ma­lignas —repuso Gisa.

—¿Qué puede ser peor que esto? —rebatió Finn.

Nadie encontró motivos para disentir.

—Esto es lo que yo propongo —comenzó Finn—. ¿Ven esa cumbre alta? Miren las capas de aire duro; golpean contra la mon­taña, rebotan, flotan y desaparecen al otro lado. Subamos, y cuando pase un gran bloque de aire, saltaremos sobre él para que nos lleve a las hermosas regiones que quizá se encuentran donde no alcanza la vista.

Hubo una discusión. El viejo Tagart alegó su debilidad; las mujeres se burlaron de las hermosas regiones que Finn imaginaba. Pero por fin, protestando, iniciaron el ascenso.

Les llevó largo tiempo. La obsidiana era blanda como jalea, y Tagart dijo repetidas veces que estaba en el límite de su resisten­cia. Pero continuaron y finalmente llegaron a la cúspide, donde apenas había lugar para todos. Miraron en todas direcciones: la mirada se perdía en el acuoso gris.

Las mujeres reñían y señalaban en distintas direcciones; pero había escasos vestigios de mejores territorios. En una dirección había sierras de color verde azulado que se estremecían como veji­gas llenas de aceite. En otra se veía una corriente negra: una hondo­nada, o un lago de arcilla. En otra aparecieron unas sierras de color verde azulado. Eran las mismas que habían visto al principio, sólo que había habido un desplazamiento. Debajo se hallaba la llanura, brillando como un coleóptero iridiscente, salpicada de puntos oscu­ros y aterciopelados que indicaban una dudosa vegetación.

Vieron organismos. Una docena de formas haraganeando entre las lagunas, masticando vainas vegetales, piedras pequeñas o insec­tos. Apareció Alfa. Se movía con lentitud, todavía asombrado por su visión, e ignoraba a los demás organismos, que continuaron con sus entretenimientos hasta que quedaron inmóviles, compartiendo su opresión.

En la cumbre de obsidiana, Finn se apoderó de un filamento de aire que pasaba, y lo sostuvo.

—Vamos —dijo—. Navegaremos hacia la tierra de la abundancia.

—No —protestó Gisa—. No hay sitio suficiente, y, ¿quién sabe si nos llevará en la dirección correcta?

—¿Cuál es la dirección correcta? —preguntó Finn—. ¿Alguien lo sabe?

Nadie lo sabía, pero las mujeres se negaban a subir al filamento. Finn se volvió hacia Tagart.

—Enséñales cómo se hace, anciano. Sube.

—No, no —repuso éste—. Me da miedo el aire, esto no es para mí.

—Sube, anciano, y te seguiremos.

Jadeante y temeroso, Tagart se aferró en la masa esponjosa hundiendo profundamente las manos, y se sentó con las flacas pier­nas colgando sobre la nada.

—¿Quién le sigue? —dijo Finn.

Las mujeres todavía se negaban.

—Ve tú mismo —exclamó Gisa.

—¿Y dejar aquí mi última garantía contra el hambre? ¡Arriba!

—No, el aire es demasiado pequeño. Deja que se vaya el an­ciano y le seguiremos en otro más grande.

—Está bien.

Finn soltó el filamento, que flotó sobre la llanura. Tagart, a horca­jadas, se sostenía con firmeza, luchando por su vida.

Le miraron con curiosidad.

—Miren —observó Finn—, qué fácil y rápidamente se mueve el aire, sobre los organismos, el lodo y la incertidumbre.

Pero el aire mismo era incierto. La balsa del anciano se disol­vió. Aferrando los mechones que se deshilachaban, Tagart intentó retener en parte su almohadón. Pero éste se desintegró y el hom­bre cayó.

Desde la cumbre los otros tres miraban la delgada forma que ale­teaba y se retorcía en su caída hacia el lejano suelo.

—Ahora ni siquiera nos queda carne —dijo Reak, furiosa.

—No —reconoció Gisa—. Excepto la de Finn el visionario.

Le examinaron. Entre ambas podían dominarle con facilidad.

—Tengan cuidado —exclamó Finn—. Soy el último hombre. Ustedes son mis mujeres y deben cumplir mis órdenes.

Ellas lo ignoraron, hablando en voz baja, mirándole de lado.

—¡No! —dijo Finn—. ¡Las despeñaré!

—Eso es lo que planeamos hacer contigo —repuso Gisa.

Ambas avanzaron con cautela.

—¡Basta! ¡Soy el último hombre!

—Estaremos mejor solas.

—¡Un momento! ¡Miren a los organismos!

Las mujeres miraron; los organismos se hallaban muy juntos, mirando al cielo.

—¡Miren el cielo!

Así lo hicieron; el cristal helado se resquebrajaba, se partía, caía en jirones a los lados.

—¡El azul! ¡El cielo azul de los viejos tiempos! Una luz terriblemente brillante hirió sus ojos. Los rayos calenta­ron sus desnudas espaldas.

—El sol —dijeron con voz atemorizada—. El sol ha vuelto a la Tierra.

El cielo lechoso había desaparecido. El sol flotaba orgulloso y brillante en un océano azul. El suelo se movía, se rompía, bullía, se solidificaba. Sintieron cómo la obsidiana se endurecía bajo sus pies; su color pasó al negro brillante. La Tierra, el Sol, la galaxia, aban­donaban la región de la libertad. Retornaba el tiempo anterior, con su lógica y sus restricciones.

—Ésta es la vieja Tierra —gritó Finn—. Somos los hombres de la vieja Tierra. ¡De nuevo el mundo es nuestro!

—¿Y qué será de los organismos?

—Si ésta es la antigua Tierra, será mejor que se cuiden...

Los organismos se hallaban en una pequeña elevación, junto a un arroyo que con gran rapidez se convertía en un río en medio de la llanura.

Alfa exclamó:

—¡Aquí está mi intuición! Es exactamente lo que vi. Se ha ido la libertad, vuelven la dureza y las exigencias.

—¿Cómo lucharemos contra ellas? —preguntó otro organismo.

—No es difícil —respondió un tercero—. Cada uno debe llevar a cabo una parte de la batalla. Yo me propongo lanzarme hacia el Sol y borrarlo de la existencia.

Se agachó y saltó; pero cayó de espaldas y se rompió el cuello.

—La culpa es del aire —dijo Alfa—, porque el aire rodea todas las cosas.

Seis organismos corrieron en busca del aire, cayeron al río y se ahogaron.

—De cualquier modo —continuó Alfa—, tengo hambre.

Buscó un alimento apropiado, y atrapó un insecto que le clavó su aguijón.

—Mi hambre no se ha aplacado —añadió.

Vio que Finn y las dos mujeres descendían de los riscos.

—Me comeré a uno de los remanentes —dijo—. Vengan, y coma­mos todos.

Tres de ellos avanzaron, como de costumbre, al azar. Por casua­lidad, Alfa se encontró frente a frente con Finn. Se preparó para comer, pero Finn alzó una piedra que siguió siendo una piedra, dura, aguda, pesada, y la dejó caer, complaciéndose con la acción de la inercia. Alfa murió con el cráneo roto. Otro de los organismos intentó saltar una profunda brecha de seis metros y desapareció en el abismo; los otros se sentaron y comieron piedras para saciar su hambre y empezaron a sufrir convulsiones.

Finn señaló distintos puntos de la nueva y fresca tierra.

—Allí estará la ciudad; será como las de las leyendas. Allí los campos y el ganado.

—No tenemos nada —protestó Gisa.

—No —respondió Finn—. Ahora no. Pero el sol sale y se pone otra vez; otra vez las piedras pesan y el aire es ligero; otra vez cae la lluvia y el agua fluye hacia el mar.

Pisó los organismos caídos.

—Hagamos planes.