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Los hombres regresan - Jack Vance

El remanente descendió furtivo la escarpada cuesta. Era una criatura flaca y vacilante, de ojos torturados. Se movía en una serie de rápidos desplazamientos, ocultándose tras paneles de aire negro. Corría cada vez que una sombra pasaba, y a veces se arrastraba a cuatro patas con la cabeza junto al suelo. Al llegar a las últimas rocas, contempló la llanura.

Se elevaban a lo lejos unas sierras bajas que se confundían con el cielo, pálido y lechoso como vidrio opalino. La llanura se des­plegaba como pana raída, arrugada y verdinegra, salpicada de ocre y herrumbre. Un surtidor de roca líquida se elevaba a gran altura, abriéndose arriba en ramificaciones de coral negro. A cierta dis­tancia, una familia de objetos grises evolucionaba con la ilusión de una finalidad prevista; las esferas se fundían en pirámides, se con­vertían en domos, en manojos de espirales blancas, en agujas que pinchaban el cielo y, como tour de force final, en complejos mo­saicos.

Al remanente nada de eso le importaba. Necesitaba alimento y en la llanura había plantas. A falta de algo mejor, eso sería sufi­ciente. Crecían en el suelo, o a veces en los bloques de agua suspen­didos o en el corazón del duro gas negro. Había macizos de indómi­tos espinos, bulbos verde pálido, plantas de hojas pegajosas y oscu­ras, tallos con flores retorcidas. No había especies definidas, y el remanente no tenía forma de saber si las hojas y vástagos que había comido el día anterior no serían hoy venenosos.

Probó con el pie el suelo de la llanura. La superficie cristalina, aunque asimismo parecía hecha de pirámides rojas y gris verdoso, sostuvo su peso, y luego de pronto absorbió su pie. Luchó frenética­mente por liberarse, saltó hacia atrás y permaneció agazapado en la roca, sólida por el momento.

El hambre le irritaba el estómago. Debía comer. Contempló la llanura; no muy lejos, un par de organismos jugueteaban. Se desli­zaban, se zambullían, danzaban, adoptaban asombrosas poses ex­travagantes. Si se acercaban trataría de matar a uno. Se parecían a los hombres; debían constituir por lo tanto un buen alimento.

Esperó. ¿Largo tiempo? ¿Poco tiempo? La duración no tenía realidad cuantitativa ni cualitativa. El sol había desaparecido; no había un ciclo recurrente regular. «Tiempo» era una palabra vacía de sentido.

Las cosas no habían sido siempre así. El remanente conservaba algunos jirones de memoria de los antiguos tiempos, antes que la lógica y la sistematización se hicieran obsoletas. El hombre había dominado la Tierra en virtud de un supuesto esencial: que un efecto se debía a una causa, la cual era a su vez efecto de una causa an­terior.

La manipulación de esa ley básica había dado abundantes re­sultados, y no parecía necesaria ninguna otra herramienta o instru­mento. El hombre se felicitaba por su estructura de amplias posibi­lidades. Podía vivir en desiertos, llanuras o entre el hielo, en bos­ques o ciudades; la naturaleza no lo había conformado para un am­biente determinado. No tenía conciencia de cuán vulnerable era. La lógica era ese ambiente determinado; el cerebro, su herra­mienta específica.

Y entonces llegó la hora terrible en que la Tierra entró en un período de no-causalidad, y todas las ordenadas relaciones de causa y efecto se disolvieron. El instrumento específico resultaba ahora inútil; no podía asir la realidad. De los miles de millones de hom­bres, sólo unos pocos sobrevivieron: los dementes. Eran ahora los organismos, los señores de la época. Sus incoherencias eran tan exactamente equivalentes a los caprichos del mundo que constituían una peculiar sabiduría salvaje. O quizá la desorganizada materia del mundo, liberada de las viejas exigencias, se había vuelto sensible a la psicoquinesis.

Otro puñado de seres —los remanentes— habían logrado subsis­tir, aunque sólo gracias a un crítico conjunto de circunstancias. Eran los mejor dotados del viejo dinamismo causal, y habían con­servado el suficiente para controlar el metabolismo de sus cuerpos, y sólo eso. Se extinguían con rapidez, porque la cordura no ofrecía la menor posibilidad de manipular el entorno. A veces sus propias mentes farfullaban y erraban, y se lanzaban en pleno delirio a correr por la llanura.

Los organismos observaban sin sorpresa ni curiosidad. ¿Qué sentido tenía la sorpresa? Los locos remanentes podían situarse junto a un organismo y tratar de duplicar la existencia de la criatura. El organismo comía un trozo de planta; lo mismo hacía el rema­nente. El organismo se frotaba el pie con agua triturada, y el rema­nente le imitaba. Luego el remanente moría envenenado, o con las entrañas deshechas o de lesiones en la piel, mientras el organismo se tendía a descansar en la hierba negra y húmeda. O bien el orga­nismo podía intentar devorar al remanente, y éste corría aterrori­zado, incapaz de hallar un refugio en parte alguna, saltando y empu­jando con el pecho el denso aire hasta caer al fin en un lago de hierro, o en una bolsa de vacío, donde se debatía como una mosca en una botella.

En la actualidad, los remanentes eran muy pocos. Finn, el que contemplaba la llanura agazapado en la roca, vivía con otros cuatro. Dos eran hombres ancianos y pronto morirían. Y Finn también mo­riría si no encontraba alimento.

En la llanura, Alfa, uno de los organismos, se sentó, recogió un puñado de aire, una bola de líquido azul, una roca, los amasó, estiró la mezcla como una melcocha y le dio un vigoroso impulso con una mano; se extendió como una cuerda.

El remanente se agachó más. No había forma de saber qué diabólica idea se le había ocurrido a la criatura; era impredecible, él y todos los suyos. A Finn le agradaba comer su carne, pero también ellos podían devorarle, si tenían una buena oportunidad. Y él se hallaba en gran desventaja. 

Sus actos azarosos le desconcertaban. Trató de escapar, corrió, y empezó el pánico. La dirección que se proponía seguir era rara vez la que le permitía la variable resistencia ofrecida por el suelo. El organismo se encontraba detrás, tan versátil y desinteresado como el ambiente. Las dos series de caprichos unas veces se anulaban entre sí, otras se sumaban. En el primer caso, Alfa podía apoderarse de él. Era algo inexplicable. Pero, ¿qué no lo era? La palabra «explicación» carecía de sentido.

Se movían hacía él. ¿Le habrían visto? Se aplastó contra la adusta roca amarilla. Los organismos se detuvieron no muy lejos. Podía oír los sonidos que emitían. Se quedó pegado al suelo, aque­jado por sus dos ansiedades en conflicto: el miedo y el hambre.

Alfa se arrodilló y a continuación se tendió sobre la espalda, con los brazos y las piernas abiertos. Dirigió al cielo una serie de gritos musicales sibilantes y de gemidos guturales. Se trataba de un lenguaje personal que acababa de improvisar, pero Beta lo com­prendía.

—Una visión —exclamó Alfa—. Veo más allá del cielo, círculos que giran, nudos. Se aprietan con fuerza, nunca será posible des­hacerlos.

Beta se encaramó sobre una pirámide y miró por encima de su hombro el cielo manchado.

—Una intuición —canturreó Alfa—, un cuadro de otro tiempo. Es duro, despiadado, inflexible.

Beta se irguió sobre la pirámide, planeó por la superficie crista­lina, nadó por debajo de Alfa, emergió y se tendió a su lado.

—Observa al remanente al pie de la colina —dijo Alfa—. En su sangre se conserva toda la vieja raza: los hombres de mentes estre­chas como hendiduras. Él ha exudado la intuición. Ese torpe ser desatina.

—Todos ellos han muerto —respondió Beta—, aunque tres o cuatro subsistan.

(Cuando pasado, presente y futuro son sólo ideas de otro tiem­po, como botes en un lago seco, no es posible definir el término de un proceso.)

Alfa dijo:

—Ésta es la visión: veo a los remanentes invadiendo la Tierra. Luego nos expulsan hacia ninguna parte, nos dispersan como mos­quitos en el viento. Eso es lo que nos aguarda.

Ambos permanecieron quietos, considerando la visión. Una roca, o quizás un meteoro, cayó del cielo y golpeó contra la superfi­cie de la laguna. Dejó un agujero redondo, que lentamente se cerró. De otro punto de la laguna saltó al aire una gota de fluido, que se alejó flotando.

Alfa habló:

—Otra vez. La intuición es más clara. Habrá luces en el cielo.

La fiebre murió en él. Enganchó un dedo en el aire y se izó hasta ponerse en pie.

Beta no se movía. Caracoles, hormigas, moscas, escarabajos trepaban sobre él, molestaban y se reproducían. Alfa sabía que Beta podía levantarse, alejar a los insectos, marcharse. Pero Beta prefería, aparentemente, la pasividad. Eso estaba bien. Podía pro­ducir, si lo deseaba, otro Beta, o incluso una docena. 

A veces el mundo quedaba atestado de organismos de todas clases y colores, altos como campanarios, bajos y rechonchos como floreros. A veces se ocultaban tranquilamente en profundas cavernas, y en ocasiones la variable sustancia de la tierra se desplazaba y uno, o treinta, quedaban encerrados en un capullo subterráneo. Todos se queda­ban sentados con gravedad, aguardando hasta que el suelo se abría y volvían a ver la luz, haciendo guiños, pálidos.

—Siento una carencia —dijo Alfa—. Me comeré al remanente.

Se movió y la pura casualidad le llevó junto a la roca amarilla. Finn se puso en pie, aterrado.

Alfa intentó comunicarse para que Finn se quedara quieto mien­tras él comía; pero Finn no podía captar las diversas tonalidades de la voz de Alfa. Recogió una piedra y se la arrojó. La piedra se pulve­rizó y regresó hacia la cara del remanente.

Alfa se acercó y extendió sus largos brazos. El remanente in­tentó darle un puntapié, pero perdió el equilibrio y se deslizó por la llanura. Alfa, complaciente, le siguió. Finn se arrastró, tratando de alejarse. Alfa se movió hacia la derecha; una dirección era tan buena como cualquier otra. Chocó con Beta y empezó a devorar a Beta y no a Finn. Éste vaciló, luego se acercó y empezó a meterse en la boca trozos de carne rosada.

Alfa le dijo al remanente:

—Estaba a punto de comunicarle una intuición al que nos esta­mos comiendo. Me comunicaré contigo.

Finn no podía comprender el lenguaje personal de Alfa. Comían tan de prisa como les era posible. Alfa continuó:

—Habrá luces en el cielo. Grandes luces.

Finn se puso de pie, y mirando cauteloso a Alfa, recogió las piernas de Beta y empezó a arrastrarlo hacia la colina. Alfa le miraba con desinterés.

Era una dura tarea para el escuálido Finn. A veces Beta flotaba en el aire, a veces se adhería al terreno, y por fin se sumergió en una veta de granito que se congeló alrededor del cuerpo. Finn trató de liberar a Beta, y de extraerlo haciendo palanca con un palo, pero sin éxito.

Corría de un lado a otro en una agonía de indecisión. Beta empezó a marchitarse, a desvanecerse como una medusa en la arena caliente. El remanente lo abandonó. ¡Demasiado tarde, demasiado tarde! Comida que se perdía. ¡El mundo era un lugar terriblemente frustrante!

Por el momento, tenía el estómago lleno. Volvió a lo alto del risco, al campamento donde los otros cuatro remanentes aguarda­ban, dos ancianos y dos hembras. Éstas, Gisa y Reak, habían salido a buscar alimentos, como Finn. Gisa había traído una losa de li­quen; Reak un trozo de carroña indefinible.

Los viejos, Boad y Tagart, estaban tranquilamente sentados, esperando la comida o la muerte. Las mujeres recibieron a Finn con hosquedad.

—¿Dónde está la comida que fuiste a buscar?

—Tenía un cuerpo entero. No lo he podido traer.

Boad había arrebatado con astucia la losa de liquen y se la había llevado a la boca. Pero de pronto el liquen volvió a la vida; se estremecía y exudaba un licor rojo. Era venenoso, y el anciano murió.

—Ahora tenemos comida —dijo Finn—. Comamos.

Pero el tóxico produjo putrefacción, el cadáver se cubrió de espuma azul y se alejó flotando. Las mujeres se volvieron hacia el otro anciano, que dijo con voz temblorosa:

—Pueden comerme si es preciso, pero, ¿por qué no eligen a Reak, que es más joven?

Reak, la más joven de las mujeres, mordisqueaba su trozo de carroña y no respondió. Finn dijo con voz hueca:

—¿Para qué nos preocupamos? La comida es cada vez más difí­cil de encontrar, y somos los últimos hombres.

—No, no —repuso Reak—. Hemos visto a otros junto al pro­montorio verde.

—Eso fue hace mucho —dijo Gisa—. Seguramente ya se habrán muerto.

—Quizás hayan encontrado alimento —sugirió Reak.

Finn se puso de pie y miró hacia la llanura.

—¿Quién sabe? Tal vez haya mejores tierras más allá del hori­zonte.

—No hay nada en ninguna parte sino desolación y criaturas ma­lignas —repuso Gisa.

—¿Qué puede ser peor que esto? —rebatió Finn.

Nadie encontró motivos para disentir.

—Esto es lo que yo propongo —comenzó Finn—. ¿Ven esa cumbre alta? Miren las capas de aire duro; golpean contra la mon­taña, rebotan, flotan y desaparecen al otro lado. Subamos, y cuando pase un gran bloque de aire, saltaremos sobre él para que nos lleve a las hermosas regiones que quizá se encuentran donde no alcanza la vista.

Hubo una discusión. El viejo Tagart alegó su debilidad; las mujeres se burlaron de las hermosas regiones que Finn imaginaba. Pero por fin, protestando, iniciaron el ascenso.

Les llevó largo tiempo. La obsidiana era blanda como jalea, y Tagart dijo repetidas veces que estaba en el límite de su resisten­cia. Pero continuaron y finalmente llegaron a la cúspide, donde apenas había lugar para todos. Miraron en todas direcciones: la mirada se perdía en el acuoso gris.

Las mujeres reñían y señalaban en distintas direcciones; pero había escasos vestigios de mejores territorios. En una dirección había sierras de color verde azulado que se estremecían como veji­gas llenas de aceite. En otra se veía una corriente negra: una hondo­nada, o un lago de arcilla. En otra aparecieron unas sierras de color verde azulado. Eran las mismas que habían visto al principio, sólo que había habido un desplazamiento. Debajo se hallaba la llanura, brillando como un coleóptero iridiscente, salpicada de puntos oscu­ros y aterciopelados que indicaban una dudosa vegetación.

Vieron organismos. Una docena de formas haraganeando entre las lagunas, masticando vainas vegetales, piedras pequeñas o insec­tos. Apareció Alfa. Se movía con lentitud, todavía asombrado por su visión, e ignoraba a los demás organismos, que continuaron con sus entretenimientos hasta que quedaron inmóviles, compartiendo su opresión.

En la cumbre de obsidiana, Finn se apoderó de un filamento de aire que pasaba, y lo sostuvo.

—Vamos —dijo—. Navegaremos hacia la tierra de la abundancia.

—No —protestó Gisa—. No hay sitio suficiente, y, ¿quién sabe si nos llevará en la dirección correcta?

—¿Cuál es la dirección correcta? —preguntó Finn—. ¿Alguien lo sabe?

Nadie lo sabía, pero las mujeres se negaban a subir al filamento. Finn se volvió hacia Tagart.

—Enséñales cómo se hace, anciano. Sube.

—No, no —repuso éste—. Me da miedo el aire, esto no es para mí.

—Sube, anciano, y te seguiremos.

Jadeante y temeroso, Tagart se aferró en la masa esponjosa hundiendo profundamente las manos, y se sentó con las flacas pier­nas colgando sobre la nada.

—¿Quién le sigue? —dijo Finn.

Las mujeres todavía se negaban.

—Ve tú mismo —exclamó Gisa.

—¿Y dejar aquí mi última garantía contra el hambre? ¡Arriba!

—No, el aire es demasiado pequeño. Deja que se vaya el an­ciano y le seguiremos en otro más grande.

—Está bien.

Finn soltó el filamento, que flotó sobre la llanura. Tagart, a horca­jadas, se sostenía con firmeza, luchando por su vida.

Le miraron con curiosidad.

—Miren —observó Finn—, qué fácil y rápidamente se mueve el aire, sobre los organismos, el lodo y la incertidumbre.

Pero el aire mismo era incierto. La balsa del anciano se disol­vió. Aferrando los mechones que se deshilachaban, Tagart intentó retener en parte su almohadón. Pero éste se desintegró y el hom­bre cayó.

Desde la cumbre los otros tres miraban la delgada forma que ale­teaba y se retorcía en su caída hacia el lejano suelo.

—Ahora ni siquiera nos queda carne —dijo Reak, furiosa.

—No —reconoció Gisa—. Excepto la de Finn el visionario.

Le examinaron. Entre ambas podían dominarle con facilidad.

—Tengan cuidado —exclamó Finn—. Soy el último hombre. Ustedes son mis mujeres y deben cumplir mis órdenes.

Ellas lo ignoraron, hablando en voz baja, mirándole de lado.

—¡No! —dijo Finn—. ¡Las despeñaré!

—Eso es lo que planeamos hacer contigo —repuso Gisa.

Ambas avanzaron con cautela.

—¡Basta! ¡Soy el último hombre!

—Estaremos mejor solas.

—¡Un momento! ¡Miren a los organismos!

Las mujeres miraron; los organismos se hallaban muy juntos, mirando al cielo.

—¡Miren el cielo!

Así lo hicieron; el cristal helado se resquebrajaba, se partía, caía en jirones a los lados.

—¡El azul! ¡El cielo azul de los viejos tiempos! Una luz terriblemente brillante hirió sus ojos. Los rayos calenta­ron sus desnudas espaldas.

—El sol —dijeron con voz atemorizada—. El sol ha vuelto a la Tierra.

El cielo lechoso había desaparecido. El sol flotaba orgulloso y brillante en un océano azul. El suelo se movía, se rompía, bullía, se solidificaba. Sintieron cómo la obsidiana se endurecía bajo sus pies; su color pasó al negro brillante. La Tierra, el Sol, la galaxia, aban­donaban la región de la libertad. Retornaba el tiempo anterior, con su lógica y sus restricciones.

—Ésta es la vieja Tierra —gritó Finn—. Somos los hombres de la vieja Tierra. ¡De nuevo el mundo es nuestro!

—¿Y qué será de los organismos?

—Si ésta es la antigua Tierra, será mejor que se cuiden...

Los organismos se hallaban en una pequeña elevación, junto a un arroyo que con gran rapidez se convertía en un río en medio de la llanura.

Alfa exclamó:

—¡Aquí está mi intuición! Es exactamente lo que vi. Se ha ido la libertad, vuelven la dureza y las exigencias.

—¿Cómo lucharemos contra ellas? —preguntó otro organismo.

—No es difícil —respondió un tercero—. Cada uno debe llevar a cabo una parte de la batalla. Yo me propongo lanzarme hacia el Sol y borrarlo de la existencia.

Se agachó y saltó; pero cayó de espaldas y se rompió el cuello.

—La culpa es del aire —dijo Alfa—, porque el aire rodea todas las cosas.

Seis organismos corrieron en busca del aire, cayeron al río y se ahogaron.

—De cualquier modo —continuó Alfa—, tengo hambre.

Buscó un alimento apropiado, y atrapó un insecto que le clavó su aguijón.

—Mi hambre no se ha aplacado —añadió.

Vio que Finn y las dos mujeres descendían de los riscos.

—Me comeré a uno de los remanentes —dijo—. Vengan, y coma­mos todos.

Tres de ellos avanzaron, como de costumbre, al azar. Por casua­lidad, Alfa se encontró frente a frente con Finn. Se preparó para comer, pero Finn alzó una piedra que siguió siendo una piedra, dura, aguda, pesada, y la dejó caer, complaciéndose con la acción de la inercia. Alfa murió con el cráneo roto. Otro de los organismos intentó saltar una profunda brecha de seis metros y desapareció en el abismo; los otros se sentaron y comieron piedras para saciar su hambre y empezaron a sufrir convulsiones.

Finn señaló distintos puntos de la nueva y fresca tierra.

—Allí estará la ciudad; será como las de las leyendas. Allí los campos y el ganado.

—No tenemos nada —protestó Gisa.

—No —respondió Finn—. Ahora no. Pero el sol sale y se pone otra vez; otra vez las piedras pesan y el aire es ligero; otra vez cae la lluvia y el agua fluye hacia el mar.

Pisó los organismos caídos.

—Hagamos planes.

La probable aventura de tres hombres de letras - Lord Dunsany

Cuando los nómadas llegaron a El Lola lo hicieron sin sus canciones y la cuestión de robar la caja dorada se planteó en toda su magnitud. Por una parte, muchos de ellos habían buscado la caja dorada, que (como los etíopes saben) es un receptáculo de poemas de fabuloso valor; y su funesto destino es todavía plática usual en Arabia. Por otra parte, era triste sentarse de noche alrededor del fuego de campamento sin nuevas canciones.

Fue la tribu de Hetch la que discutió estas cuestiones un atardecer en los llanos bajo la cumbre de Mluna. Su tierra natal había sido la vía a través del mundo de inmemoriales nómadas; y a los más viejos de ellos les inquietaba que no hubiera nuevas canciones. 

Mientras tanto, insensible a las inquietudes humanas y, hasta ahora, a la noche que estaba ocultando los llanos, la cumbre de Mluna, en calma al resplandor del crepúsculo, miraba hacia la Tierra Incierta. Y fue en el llano que hay en la ladera conocida de Mluna donde, en el preciso momento en que la estrella vespertina aparecía como un ratón y las llamas del fuego de campamento elevaban sus aislados penachos humeantes desanimadas por alguna canción, los nómadas planearon precipitadamente aquel imprudente proyecto que el mundo conoció como La Búsqueda De La Caja Dorada.

Ninguna otra precaución más acertada podían haber tomado los más ancianos de los nómadas que la de decidir que su ladrón fuera el propio Slith, aquel mismo ladrón que (como he escrito) ganó por la mano al rey de Westfalia en tantas aulas regentadas por institutrices. No obstante, era tal el peso de la caja que deberían acompañarle otros, y Sippy y Slorg eran ladrones no menos ágiles que los que hoy en día pueden encontrarse entre los vendedores de antigüedades.

Así es que al día siguiente los tres ascendieron las estribaciones del Mluna y durmieron en sus nieves tan bien como pudieron, antes que arriesgarse a pasar la noche en los bosques de la Tierra Incierta. Y amaneció un día radiante y los pájaros se hartaron de cantar, mas la selva de abajo y el yermo de más allá y los pelados y ominosos riscos presentaban un indecible aspecto amenazador.

Aunque tenía veinte años de experiencia como ladrón, Slith hablaba poco; únicamente cuando alguno de los otros dos hacía rodar una piedra con su pie, o, más tarde en la selva, cuando alguno de ellos pisaba una rama, les decía bruscamente en voz baja siempre las mismas palabras: "eso no está bien". Sabía que en dos días de viaje no podía convertirlos en mejores ladrones, y, cualesquiera que fueran las dudas que tuviera, no interfería más.

Desde las estribaciones del Mluna descendieron a los bancos de nubes, y de éstos a la selva, cuyas bestias autóctonas, como tan bien sabían los tres ladrones, comían todo tipo de carne ya fuera de pez o de humano. Allí cada uno de los ladrones sacó un dios de su bolsillo y suplicó protección en el infortunado bosque, esperando tener así una triple posibilidad de escapar de semejante lugar, ya que si uno de ellos era devorado seguramente lo serían los otros dos, mas confiaban en que también fuera cierto el corolario, y todos podrían escapar si uno de ellos lo conseguía. 

Ninguno de los tres supo si alguno de esos dioses fue propicio y actuó, o si lo fueron los tres, o si fue la casualidad la que les salvó de ser devorados en la selva por bestias odiosas; mas desde luego, ni los emisarios del dios que más temían, ni la ira del dios local de aquel ominoso lugar, ocasionaron la inmediata perdición de los tres aventureros.

Así que llegaron al Brezal Retumbante, en el corazón de la Tierra Incierta, cuyos borrascosos altozanos se debían a la ondulación del terreno y a la erosión del terremoto, en calma durante algún tiempo.

Algo tan enorme que parecía increíble que se pudiera mover tan despacio avanzaba majestuosamente a su lado, y lograron pasar tan desapercibidos que una palabra resonó en la imaginación de los tres: "Si... si... si...". Y cuando este peligro al fin pasó, siguieron de nuevo su camino cautelosamente y pronto vieron al pequeño e inofensivo mipt, medio elfo mitad gnomo, profiriendo estridentes y alegres chillidos en los confines del mundo. 

Y se alejaron poco a poco para no ser vistos, pues decían que la curiosidad del mipt había llegado a ser fabulosa y que, aunque inofensivo, le disgustaban los secretos. No obstante, probablemente les repugnaba la forma en que el mipt hozaba los huesos de los muertos, aunque no reconocieran su aversión, ya que no es propio de aventureros preocuparse por quién roerá sus huesos.

Sea como fuere, se alejaron del mipt y casi al mismo tiempo llegaron al árbol marchito, meta de su aventura, sabiendo que junto a ellos se encontraba la grieta en el Mundo y el puente entre lo Malo y lo Peor, y que debajo de ellos se levantaba la casa del Dueño de la Caja.

Éste era su sencillo plan: introducirse en el pasadizo del precipicio superior; bajar corriendo por él en silencio (por supuesto descalzos), teniendo en cuenta la advertencia a los viajeros grabada en la piedra, que los intérpretes toman por "Es Mejor No..."; no tocar las bayas que por algún motivo están allí, en el flanco derecho según se desciende; llegar de esa manera hasta el guardián que ha estado dormido en su pedestal durante mil años y todavía duerme; y, por fin, entrar por la ventana abierta. 

Uno debía esperar fuera junto a la grieta en el Mundo hasta que los otros dos salieran con la caja dorada y, si estos pedían ayuda, aquél debía amenazar inmediatamente con soltar la grapa de acero que sujeta la grieta. Cuando obtuvieran la caja deberían correr toda la noche y el día siguiente hasta que los bancos de nubes que cubren las laderas del Mluna se interpusieran completamente entre ellos y el Dueño de la Caja.

La puerta del precipicio estaba abierta. Dirigidos hasta el final por Slith, descendieron los fríos peldaños. Cada uno de ellos lanzó una impaciente mirada a las hermosas bayas. El guardián seguía durmiendo en su pedestal. Slorg subió por una escala, que Slith sabía dónde encontrar, hasta la grapa de acero del otro lado de la grieta en el Mundo, y aguardó junto a ella con un escoplo en la mano, permaneciendo atento a cualquier adversidad. 

Mientras tanto, sus amigos se introdujeron en la casa, sin que se oyera ningún ruido. Slith y Sippy pronto encontraron la caja dorada: todo parecía suceder como ellos lo habían planeado; solamente quedaba por comprobar si era la que buscaban y ver la forma de escapar con ella de aquel espantoso lugar. 

Al abrigo del pedestal, tan próximos al guardián que podían sentir su calor, que paradójicamente helaba la sangre de los más intrépidos, rompieron el cierre de esmeraldas y abrieron la caja dorada; y allí, a la luz de ingeniosos destellos que Slith sabía cómo conseguir, inspeccionaron el contenido, procurando tapar con sus cuerpos tan escasa luz. 

Cuál no sería su alegría, incluso en aquellos peligrosos momentos, cuando descubrieron, mientras acechaban entre el guardián y el abismo, que la caja contenía quince odas sin par en verso alcaico, cinco sonetos, con mucho los más hermosos del mundo, nueve baladas al estilo provenzal que no tenían parangón en todo el florilegio de la humanidad, un poema dedicado a una polilla en veintiocho estrofas perfectas, una muestra en verso libre de unas cien líneas de un nivel que no consta que el hombre haya alcanzado todavía, así como quince poemas líricos a los que ningún mercader se atrevería a poner precio. 

De buena gana habrían vuelto a leer estos tesoros, ya que hacían saltar las lágrimas y traían recuerdos de cosas agradables de nuestra infancia y melodiosas voces de lejanos sepulcros; mas Slith señaló imperiosamente el camino por el que habían venido. La luz se extinguió y Slorg y Sippy suspiraron y luego cogieron la caja.

El guardián dormía todavía su sueño milenario.

Cuando salieron vieron aquella indulgente silla junto a los confines del Mundo en la que el Dueño de la Caja se había sentado últimamente para leer interesadamente y en solitario los más hermosos versos y canciones que jamás soñara poeta alguno.

Llegaron en silencio al pie de las escaleras; entonces aconteció que, al acercarse a un sitio seguro, en la hora más secreta de la noche, una mano encendió una escandalosa luz en una cámara alta sin hacer ningún ruido.

Al principio parecía tratarse de una luz corriente, aunque fatal en un momento como éste; mas cuando empezó a seguirles como un detective y a enrojecer cada vez más mientras les vigilaba, entonces desapareció su optimismo.

Muy imprudentemente, Sippy intentó huir, y Slorg, con similar imprudencia, trató de esconderse. Mas Slith, sabiendo muy bien por qué habían encendido una luz en aquella cámara secreta y quién la había encendido, saltó por encima de los confines del Mundo y todavía está cayendo a través de la negrura sin reverberación del abismo.