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Los hombres regresan - Jack Vance

El remanente descendió furtivo la escarpada cuesta. Era una criatura flaca y vacilante, de ojos torturados. Se movía en una serie de rápidos desplazamientos, ocultándose tras paneles de aire negro. Corría cada vez que una sombra pasaba, y a veces se arrastraba a cuatro patas con la cabeza junto al suelo. Al llegar a las últimas rocas, contempló la llanura. Se elevaban a lo lejos unas sierras bajas que se confundían con el cielo, pálido y lechoso como vidrio opalino. La llanura se des­plegaba como pana raída, arrugada y verdinegra, salpicada de ocre y herrumbre. Un surtidor de roca líquida se elevaba a gran altura, abriéndose arriba en ramificaciones de coral negro. A cierta dis­tancia, una familia de objetos grises evolucionaba con la ilusión de una finalidad prevista; las esferas se fundían en pirámides, se con­vertían en domos, en manojos de espirales blancas, en agujas que pinchaban el cielo y, como tour de force final, en complejos mo­saicos. Al remanente nada de eso le importa...

La luna loca - Stanley G. Weinbaum

  —¡Idiotas! —aulló Grant Calthorpe—. ¡Condenados imbéciles!   Se esforzó ávidamente en buscar insultos más expresivos aún y al fracasar desahogó su exasperación propinando una violenta patada al montón de escombros que había en el suelo.   Fue una patada demasiado violenta. Una vez más, había olvidado que la gravitación de Io era inferior a un tercio de la normal y todo su cuerpo siguió a la patada en un arco de cuatro metros de longitud.   Cuando cayó en el suelo los cuatro lunáticos se echaron a reír. Sus grandes cabezas semejantes a las caricaturas que decoran los balcones para niños, se dispersaron al unísono sobre sus cuellos de metro y medio, tan delgados como la muñeca de Grant.   —¡Lejos de aquí! —tronó él, poniéndose en pie—. ¡Vais a acordaros! Nada de chocolate. Nada de caramelos. Nada de nada hasta que comprendáis que lo que quiero son hojas de ferva y no cualquier hierbajo que se os ocurra arrancar. ¡Largo de aquí!   Los lun...