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Pedro, el Brujo - María Elvira Bermúdez

Vestía un traje raído, lampariento, pero de buen casimir. Regalo quizá de algún señor fachendoso. La camisa carecía de la imprescindible corbata y demostraba su inconformidad con arrugas oscuras y revueltas de mal genio. 

Bajo el viej
ísimo sombrero, un paliacate se adhería a la cabellera mantecosa, estriada de canas. Hablaba sin mover casi los gruesos labios; y los ojos parecían estar perdidos en misteriosos parajes pero nunca de acuerdo: en tanto uno giraba traviesamente detrás del párpado entreabierto, el otro permanecía fijo e inmutable.

Se llamaba Pedro, era de oficio peluquero; y se encontraba procesado por un delito «contra la salud». Tenía, además, fama de brujo. Fama que despertó envidias en su barrio y que fue causa preponderante de su aprehensión. 

Era seguramente un brujo inofensivo; pero quizá alguna vez falló en sus manipulaciones mágicas
y el cliente defraudado se vengó delatándolo. Las autoridades locales catearon su humilde vivienda, encontraron un plantío de la hierba prohibida y Pedro fue remitido al juzgado de distrito. Allí rindió su declaración preparatoria:
 
«… tenía la marihuana, sí; pero es que necesitaba preparar medicamentos para Chelito. La pobre sufría de reuma, y sólo experimentaba alivio con cierto ungüento elaborado con la hierba bienhechora. ¿No tenía él derecho a curar a su Chelito? ¿Iba a dejarla sufrir, tranquilamente, cuando en sus manos estaba suspender ese sufrimiento? Él no era un delincuente; era un hombre honrado que se ganaba la vida en su peluquería. No tenía la culpa de poseer conocimientos en medicina inaccesibles a los demás hombres».

Seis lentos meses vivió Pedro a expensas de las autoridades en una celda de la pen
itenciaría. Durante la mañana, ganaba unos centavos tonsurando y afeitando a sus compañeros de prisión. Y es probable que a la caída de la tarde los recibiera en su calabozo y les proporcionara elíxires mágicos y talismanes a favor del amor y en contra de la muerte. Por lo menos, así debió hacerle a fin de mantener su fama de brujo.

Entre paréntesis: Chelito no era esposa de Pedro. Era este uno de los muchos reos durangueños que integran ese estado civil que en los expedientes se identifica como «unido libremente». Pero su cariño y devoción por ella, auténticos, hubieran provocado la envidia de más de una esposa legítima y canónica.

Compurgada la pena, salió Pedro de la cárcel. En el juzgado del distrito, hacinados en un rincón del archivo, se llenaron de polvo las matas arrancadas y el «tesoro» de Pedro: unas cuantas medallas de aluminio, unos monigotes de trapo atravesados con alfileres, unos frascos sucios henchidos de misterio y varias hojas de papel cubiertas de letras y números ininteligibles. No había retrato alguno de Chelito.
 
Empezaba a sumirse en el olvido la historia de Pedro, el brujo, cuando un día, inspiradas quizá por un espíritu maligno, las autoridades locales catearon de nuevo la casa de Pedro y de nuevo encontraron marihuana. Esta vez no sólo en plantío, sino en alcatraces, en cucuruchos y preparada para ser fumada. El brujo, naturalmente, regresó a la penitenciaría.

Ahora no podía alegar ignorancia de la ley y, por lo demás, de sobra sabía que Chelito y su reuma eran un exculpante que no convencía al juez. A pesar de ello, Pedro estaba indignado y sorprendido por haber sido encarcelado nuevamente.

«… sí, recordaba que la ley castiga la simple posesión injustificada de la hierba; admitía
también que había marihuana en su casa; pero lo que se estaba cometiendo con él era una injusticia sin nombre. ¿No había compurgado seis meses de cárcel por un delito contra la salud? Bien. 

Entonces no podían procesarlo de nuevo por el
mismo delito, porque la Constitución bien claro dice que nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Y a él lo estaban acusando ahora de idéntica transgresión a la ley». Y mostraba la Constitución, un ejemplar viejo y maltrecho que consiguió sabe Dios dónde y que, a su parecer, debió ser el talismán que de la odiada cárcel había de librarlo.

Tardó Pedro en comprender lo que reincidencia significa. Quizá jamás lo comprendió. Pero se resignó a pasar otra temporada en la peni. Instaló de nuevo su peluquería, renunció a estudiar la Constitución, y seguramente pensaba cada día con más ahínco y angustia en su mujer.

Fue por entonces que, al fin, Chelito hizo acto de presencia en el juzgado y en las visitas carcelarias. En justicia,
aquello no podía ser llamado una mujer. Era un ente híbrido, sin cabello, sin edad, sin palabras, algo repulsivo y desconcertante. Quizá, en su caso, la droga no fue ajena a su mirar desvaído e idiota, a su delgadez mísera, a su andar vacilante, a su calvicie absoluta.

¡Pobre Pedro! Llevaba años de vivir con Chelito. Seguramente la conoció cuando era una mujer normal, y después… le permanecía fiel, plantaba quizá la marihuana para ella, sufría la cárcel por ella, vivía sólo para ella. Era en verdad un brujo del amor y de la fidelidad.

Después de un año, porque la pena esta vez fue doble, salió Pe
dro en libertad y fue gozoso a reunirse con Chelito, a cuidarla y a mimarla.

Nunca llegó a saberse si Chelito curó de su «reuma».

Los habituales - Robert Silverberg

Era la proverbial noche que no es buena ni para el hombre ni para la bestia, negra, horrible, con la lluvia que caía aullando en ráfagas implacables. Pero en el local de Charley Sullivan todo era tan cómodo como un zapato viejo, las luces brillaban tenuemente, la calefacción funcionaba y los letreros de neón de las cervezas chisporroteaban agradablemente, con Charley detrás del bar llenando los vasos por encima de la línea y todos los habituales en sus sitios de costumbre. ¡Qué agradable y cómoda puede resultar una taberna como la de Charley Sullivan en una noche negra, horrible y cargada del aullido de la lluvia!

—Era una noche como esta —le dijo el papa a Karl Marx—. Recuerdo que era una noche como esta cuando cambiaste de parecer en cuanto a reventar el mercado de valores, ¿eh?

Karl Marx asintió, meditabundo.

—Sí, fue el principio del fin para mí como auténtico revolucionario, cierto que lo fue. —No es irlandés, pero en el local de Charley Sullivan todo el mundo adopta rápidamente el ritmo y la forma de hablar de los irlandeses—. Cuando te acostumbras demasiado a tus comodidades y no estás dispuesto a salir y exponerte a la ventisca para atacar a los enemigos del proletariado, entonces es que ha llegado el final de tu vocación, cierto que sí.

Lanzó un suspiro y contempló el contenido de su vaso. Ahora no había más que espuma, y volvió a suspirar.

—¿Puedo invitarte a otro? —preguntó el papa—. En recuerdo de tu vocación.

—Puedes, ciertamente —contestó Karl Marx. El papa miró a su alrededor.

—¿Y quién más lo necesita? ¡Es mi ronda!

El Dirigente golpeó levemente el borde de su vaso. Lo mismo hicieron la señora Bewley y Mors Longa. Yo sonreí y meneé la cabeza, y la Ingenua también decidió pasar, pero Toulouse-Lautrec, en un extremo del mostrador, apartó los ojos del televisor lo suficiente como para hacer una seña. Charley se encargó con eficiencia de llenar todos los vasos: cerveza para el apóstol de la lucha de clases, Jack Daniel's para Mors Longa, Valpolicella para el papa, escocés con agua para el Dirigente, vino blanco para la señora Bewley, Perrier con una rodaja de limón para Toulouse-Lautrec, ya que la última vez había bebido coñac y decía querer tomarse un respiro. Y, para mí, Myers con hielo. A Charley nunca le hace falta preguntar. Naturalmente, nos conoce a todos muy bien.

—Salud —dijo el Dirigente y todos bebimos, y luego pasó un ángel y el largo silencio solo terminó cuando el feo rugido del trueno hizo estremecerse el lugar con una intensidad aproximada de 6,3 en la escala Richter.

—Fea noche —dijo la Ingenua—. ¡Imaginaos, intentar la huida con un diluvio semejante! Puedo verlo ahora. Harry y yo misma en el cobertizo, y el coche...

—Harry y yo —dijo Mors Longa—. «Yo misma» no va bien ahí. Como muy bien sabes, cariño.

La Ingenua parpadeó cariñosamente.

—Siempre me olvido. Bien, ahí estábamos Harry y yo en el cobertizo y el coche esperando, el viejo Pierce-Arrow de mi primo con el...

«... bar en el asiento trasero, que siempre estaba repleto de los mejores licores importados», proseguí yo en silencio, solo una fracción de segundo por delante de su voz, límpida y aguda, «y lo único que debíamos hacer era conducir esos ciento cincuenta kilómetros, cruzar la frontera estatal y llegar al sitio donde nos aguardaba el juez de paz...».

Me dediqué a mi ron. El Dirigente, acercándose un poco más a la Ingenua, le cogió tiernamente la mano mientras que las partes desagradables de la historia empezaban a llegar. El papa sorbió su vino con un resoplido de simpatía, y Karl Marx frunció el ceño y empezó a golpearse una mano con la otra, y hasta la señora Bewley, que era muy poco tolerante con las tonterías de la Ingenua, se las arregló para emitir una brillante sonrisa en nombre de la hermandad femenina.

—... la lluvia, ¿comprendéis?, le había hecho algo horrible a los mecanismos del coche y ahí estábamos, Harry metido en el fango hasta las rodillas intentando arreglarlo, y yo medio enloquecida por el nerviosismo y la impaciencia, y la noche se estaba poniendo cada vez peor y peor, cuando entonces oímos perros ladrando y...

«... mi guardián y dos de sus hombres emergieron de entre la noche...»

Ya lo habíamos oído todo cincuenta veces. Lo cuenta cada noche que llueve mucho. No toleramos tal repetición a nadie más; tenemos nuestra sensibilidad, y resultaría un castigo cruel y fuera de lo acostumbrado vernos obligados a escuchar la misma historia una vez y otra y otra. 

Pero la Ingenua es una joven y encantadora criatura cuya manía especial es repetirse a sí misma, y ella y solo ella es capaz de salirse con la suya entre los habituales del local de Charley Sullivan. 

Seguimos su relato, asintiendo, suspirando y meneando la cabeza en los momentos adecuados, igual que se hace cuando estás oyendo la Quinta de Beethoven o la Inacabada de Schubert. Ella estaba llegando justamente al clímax tempestuoso, su prometido y su guardián en un combate a muerte iluminado por los lúgubres destellos del relámpago, cuando en el exterior hubo un auténtico relámpago, seguido casi al instante por un trueno que hizo parecer al anterior meramente el suspiro de un mosquito. Las vibraciones hicieron caer tres vasos del mostrador, y las fotos que Charley Sullivan tiene enmarcadas del presidente Kennedy y el papa Juan XXIII oscilaron en sus rincones.

Lo siguiente en ocurrir fue que la puerta se abrió, y por ella entró un nuevo cliente. Y ya pueden imaginar que eso hizo que nos irguiéramos llenos de atención, pues con un tiempo así es de esperar que al local de Charley solo vengan los habituales, y era una auténtica novedad ver materializarse a un desconocido. Además, había llegado justo a tiempo, pues sin él habríamos continuado quince minutos más con el relato del infortunado y fallido intento de huida de la Ingenua.

Tendría unos treinta y dos años o quizá algo menos. Vestía unos Levi's de aspecto resistente, un cárdigan grueso y negro y una chaqueta bastante maltrecha. Su pelo, oscuro y rebelde, estaba empapado y sucio. Sin disponer de ninguna evidencia en particular, decidí inmediatamente que era un marinero mercante que había abandonado su barco. 

Durante un segundo se quedó inmóvil, un par de pasos más allá del umbral, contemplándonos a todos con esa mirada cautelosa que el hombre acostumbrado a los bares tiene cuando llega a un nuevo sitio donde, obviamente, todo el mundo es un habitual desde hace mucho tiempo; y luego sonrió, al principio con algo de timidez, luego más cálidamente al ver que algunos de nosotros le devolvíamos la sonrisa. 

Se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero que había encima de la gramola, se sacudió como un perro mojado, y luego se instaló en el mostrador entre el papa y Mors Longa.

—¡Jesús, qué noche más apestosa! —dijo—. No saben lo que me alegré al ver una luz encendida al final de la manzana.

—Esto te gustará, hermano —dijo el papa—. Charley, permíteme que pague la primera copa de este joven.

—La última ronda fue tuya —indicó Mors Longa—. ¿Puedo, su santidad?

El papa se encogió de hombros.

—¿Por qué no?

—Será un placer —le dijo Mors Longa al recién llegado—. ¿Qué vas a tomar?

—¿Tienen Old Bushmills aquí?

—Aquí tienen de todo —dijo Mors Longa—. Charley tiene de todo. Es nuestro anfitrión. Bushmills para el joven, Charley, y creo que será doble. ¿Alguien más está preparado?

—Algo dulce por aquí —dijo el Dirigente.

Toulouse-Lautrec optó por su siguiente coñac. La Ingenua, que parecía haber olvidado que no terminó de contar su historia, indicó con una seña que deseaba su acostumbrada mezcla de aguardiente de centeno y jengibre. Los demás no quisimos nada.

—¿Cuál es tu barco? —le pregunté.

El desconocido me miró con sorpresa.

Pequod Mani, bandera liberiana. ¿Cómo lo has sabido?

—Soy bueno adivinando. ¿Te importa que te pregunte a dónde vais?

Tomó un largo trago de su whisky.

—Decían que a Maracaibo. No llevamos líquidos. Café y cacao. Pero yo no voy. Yo... bueno, me despedí de mi puesto. Esta tarde, muy de repente. ¡Jesús, esto sabe bien! ¡Este lugar es maravilloso y acogedor!

—Y nos gusta verte en él —dijo Charley Sullivan—. Te llamaremos Ishmael, ¿eh?

—¿Ishmael?

—Aquí todos necesitamos nombres —dijo Mors Longa—. Por ejemplo, a este caballero le llamamos Karl Marx. Tiene conciencia social. Al final del mostrador tienes a Toulouse-Lautrec. Y en cuanto a mí, puedes llamarme Mors Longa.

Ishmael frunció el ceño.

—¿Es un nombre italiano?

—En realidad, es latín. No es un nombre, es una especie de frase. Mors longa, vita brevis.
("La muerte es larga, la vida es breve") Mi divisa. Y esa es la Ingenua, que necesita montones de amor y protección, y esa es la señora Bewley, que sabe cuidar de sí misma, y...

Fue nombrando a todos los presentes en la habitación. Ishmael parecía esforzarse por recordar los nombres. Los fue repitiendo hasta tenerlos bien aprendidos, pero parecía algo sorprendido.

—En los bares que he frecuentado no es costumbre hacer este tipo de presentaciones —dijo—. Hace que todo se parezca más a una fiesta particular que a un bar.

—Sería mejor decir una reunión de familia —contestó la señora Bewley.

—Aquí formamos una sociedad —dijo Karl Marx—. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia sino, al contrario, su existencia social la que determina su conciencia. En este lugar cada uno cuida de los demás.

—Esto te gustará —intervino el papa.

—Me gusta. Me sorprende lo mucho que me gusta. —El marinero sonrió—. Quizá este sea el bar que llevo buscando toda mi vida.

—No hay duda de que lo es —dijo Charley Sullivan—. ¿Qué te parece un Bushmills por mi cuenta, chico?

Ishmael empujó tímidamente su vaso hacia adelante y Charley lo llenó hasta el borde.

—El ambiente de aquí es muy amistoso —comentó Ishmael—. Es casi como... el hogar.

—Quizá como un club —sugirió el Dirigente.

—Un club, el hogar, sí —dijo Mors Longa, indicándole a Charley que deseaba otro bourbon—. Karl Marx lo ha dicho muy bien; en este lugar todos nos cuidamos mutuamente y nos preocupamos el uno del otro. Somos amigos y luchamos continuamente para divertirnos y protegernos mutuamente; esos son los dos deberes básicos de los amigos. Nos invitamos a beber, hablamos y narramos historias para que la oscuridad pase más rápidamente.

—¿Vienen aquí cada noche?

—Nunca nos perdemos una —dijo Mors Longa.

—Ahora ya deben conocerse todos bastante bien.

—Muy bien. Muy, muy bien.

—El tipo de lugar con el que siempre he soñado —dijo Ishmael con voz pensativa—. El tipo de lugar que nunca querré abandonar. —Dejó que sus ojos se movieran en un lento recorrido por toda la habitación, deslizándose sobre la gramola, la mesa de billar, el tablero de dardos, la pantalla del televisor, el maltrecho calendario de 1934 que nunca había sido reemplazado, la chimenea y el piano. Tenía el rostro encendido y no era solo a causa del whisky—. ¿Por qué razón alguien desearía abandonar un sitio como este?

—Es un lugar estupendo —comentó Karl Marx.

—Y cuando encuentras un sitio excelente, ese es el sitio en el cual deseas permanecer —dijo Mors Longa—. Claro que sí. Se convierte en tu club, tal y como dice nuestro amigo. Tu hogar cuando estás lejos del hogar. Pero eso me recuerda una historia, jovencito. ¿Has oído hablar alguna vez del bar que no tiene salida? ¿El bar en el que todo el mundo permanece para siempre, porque no podrían marcharse de él aunque lo desearan? ¿Conoces esa historia?

—Nunca la he oído —dijo Ishmael.

Pero el resto de nosotros sí la habíamos oído. En el local de Charley Sullivan siempre intentamos no contar dos veces la misma historia, para no herir la sensibilidad de los demás, pues el aburrimiento es aquí la peor de todas las calamidades. Solo la Ingenua se halla exenta de tal regla, pues está en su misma naturaleza el narrar las historias una y otra vez, y todos la apreciamos lo mismo a pesar de ello. 

Sin embargo, de vez en cuando ocurre que uno de nosotros debe narrar una historia vieja y familiar en beneficio de un recién llegado; y aunque en cualquier otro instante es necesario que todos estemos atentos a lo que se dice, en tales ocasiones no es imprescindible. 

Así pues, el Dirigente y la Ingenua fueron hacia la chimenea para mantener una pequeña conversación privada; Karl Marx desafió al papa para que jugara una partida de dardos, y los demás fueron hacia su rincón particular, hasta que solo quedamos Mors Longa, el marinero y yo sentados ante el mostrador, yo meditando sobre mi vaso de ron y Mors Longa empezando a mostrar una expresión lejana en su rostro, mientras que Ishmael, el cuerpo tenso por la emoción, decía:

—¿Un bar del que nadie puede salir nunca? ¡Qué sitio más extraño!

—Sí —contestó Mors Longa.

—¿Dónde se encuentra semejante lugar?

—En ninguna parte especial del Universo. Con ello quiero decir que se encuentra en algún lugar fuera del tiempo y del espacio, tal y como entendemos tales conceptos, que está simultáneamente en todas partes y en ninguna, aunque no hay en él nada de extraño aparte de que carezca de tiempo y espacio propios. De hecho, según me han contado, se parece a todos los demás bares que hayas podido visitar en tu vida, aunque en él todos los detalles son más acentuados y correctos que en esos bares. El propietario es un hombretón moreno de Irlanda, muy parecido al Charley Sullivan que tenemos aquí; y no le importa invitar de vez en cuando a los habituales a una ronda por cuenta de la casa; y siempre sirve buenas raciones y tiene la calefacción bien ajustada. Y la madera del local es oscura y suave, muy bien pulimentada, y la barra del mostrador está hecha de ese latón tan familiar, y en el bar se ven las dos plantas trepadoras de costumbre, así como la aspidistra que debe colocarse siempre junto a la escupidera en un rincón, y hay un tablero de dardos y una mesa de billar, y todas las otras cosas que pueden encontrar en los bares que son como ese. ¿Me comprendes? Es un bar completamente corriente, pero no está en la ciudad de Nueva York, ni en San Francisco, ni en Hamburgo o en Rangún, ni en ninguna otra ciudad de las que tú puedas visitar; apenas pongas el pie en él, te sentirás perfectamente a gusto, como si estuvieras en tu casa.

—Igual que aquí.

—Sí, muy parecido a lo que ocurre aquí —dijo Mors Longa.

—Pero ¿la gente nunca se va de él? —Ishmael frunció el ceño—. ¿Nunca?

—Bueno, a decir verdad algunos sí salen de él —dijo Mors Longa—. Pero antes déjame hablarte de los demás, ¿de acuerdo? Ya sabes que hay ciertas personas que jamás entran en los bares, que prefieren beber en su casa o en los restaurantes antes de la cena, o que nunca beben. Pero también está la gente a la cual le gustan los bares. Algunos, ya sabes, son tipos a los que sencillamente les gusta beber, y que encuentran un bar en algún sitio conveniente para animarse un poquito durante el trayecto que lleva de un lugar a otro. Y también están los que consideran el beber un acto social, ¿no? Pero en los bares también encontrarás montones de gente que acude ahí porque en su interior hay un vacío que necesita ser colmado, un espacio hueco, oscuro y frío, que debe llenarse no solo con el agradable calor del bourbon, entiéndeme, sino con una sustancia mística e invisible que emana de los que se hallan en la misma situación, gente que, no se sabe cómo, ha perdido un poco de sus almas por accidente, y que necesita el consuelo de encontrarse entre los de su propia especie. Digamos que un sacerdote ha perdido la vocación, o un escritor ha olvidado en qué consiste la alegría de crear historias sobre el papel, o un pintor ha descubierto que todos los colores se han vuelto simples matices del gris, o un cirujano siente ciertos temblores en la mano con que coge el escalpelo, o un fotógrafo ya no puede enfocar adecuadamente sus ojos. Conoces a ese tipo de gente, ¿verdad? Se encuentra mucha gente así en los bares. Algo en sus ojos te indica lo que son. Pero en este bar especial del que te estoy hablando solo encontrarás a ese tipo de gente; gente buena y decente, sí, pero con esa zona vacía en su interior. Eso hace que ese bar sea mucho más bar que todos los demás, de hecho lo convierte en una especie de bar platónico, si es que puedes seguirme, una especie de estereotipo tridimensional poblado por clichés de carne y hueso, una especie de escenario perpetuo, ¿lo entiendes? Si oyeras hablar de un sitio como ese, donde todo el mundo es un poco trágico y todos han sufrido un poco en la vida, donde todo el mundo es un perfecto personaje de bar, te reirías, dirías que no es real, que es demasiado parecido a la idea que todo el mundo se hace de un lugar así como para resultar convincente, ¿verdad? Pero todos los estereotipos se hallan firmemente enraizados en la realidad, ya sabes. Eso es lo que hace de ellos estereotipos, el hecho de que son exactamente iguales a la realidad, solo que más reales. Y para la gente que bebe en el bar del cual te estoy hablando, no se trata de ningún estereotipo y ellos no son clichés. Es la única realidad que tienen, la realidad más real que existe para ellos, y no es bueno reírse de todo eso porque en eso consiste su pequeño mundo particular, el mundo del bar arquetípico, el mundo de los habituales del bar.

—Que nunca salen de él —terminó Ishmael.

—¿Cómo podrían? ¿A dónde irían? ¿Qué harían en su día libre? No tienen identidad alguna salvo dentro del bar. El bar es su vida. El bar es su universo. No tienen nada que hacer en ningún otro sitio. Sencillamente, son lo que son. Se cuentan historias entre ellos y se esfuerzan duramente por mantenerse alegres, y no existe mundo exterior para ninguno. Eso significa ser un habitual, ser un ideal platónico. Cada noche, cuando llega la hora de cerrar, el bar y todo lo que contiene se esfuma en una especie de neblina gris, y cada mañana, a la hora que marca la ley para poder abrir, el bar regresa y, mientras tanto, los habituales no van a ninguna parte salvo a la neblina, porque solo ella existe, la neblina y luego el bar, el bar y luego la neblina. Los ideales platónicos no tienen trabajos, y no visitan Atlantic City durante el fin de semana, y no deciden ir una noche a la bolera en vez de a su bar. ¿Me vas entendiendo? Siguen siendo lo que son, al igual que los maniquíes de un escaparate permanecen en su interior. Solo que ellos pueden andar, hablar, sentir, beber y hacerlo todo, cosa que los maniquíes del escaparate no pueden conseguir. Y esa es su vida entera, noche tras noche, mes tras mes, año tras año, siglo tras siglo... puede que hasta el fin de los tiempos.

—Un sitio que da algo de miedo —dijo Ishmael, estremeciéndose levemente.

—La gente que está en ese bar es más feliz dentro de él de lo que podría serlo en cualquier otro sitio.

—Pero nunca salen de él. Salvo que antes dijiste que algunos sí salen, y que luego me hablarías de esa gente.

Mors Longa terminó su bourbon y, sin que hiciera falta decírselo, Charley Sullivan le sirvió otro más, y puso otro ron ante mí y un irlandés para el marinero. Durante un largo rato Mors Longa estuvo observando su vaso.

—Realmente no puedo decirte gran cosa sobre los que se van porque no sé mucho sobre ellos —dijo por fin—. Intuyo su existencia de forma lógica, eso es todo. Verás, de vez en cuando llega alguien nuevo a este bar, aunque el bar está fuera del tiempo y del espacio. Alguien aparece de entre la noche tal y como lo hiciste tú, se sienta y se une al grupo de los habituales y, poco a poco, encaja en él. Resulta obvio que, si de vez en cuando aparece alguien nuevo y nadie se marcha nunca, en poco tiempo el local se llenaría de una forma terrible, como la estación Grand Central en la hora punta, y entonces, ¿qué tipo de lugar feliz sería ese? Por lo tanto, concluyo que más pronto o más tarde cada uno de los habituales debe esfumarse de forma muy silenciosa, limitándose a desaparecer sin que nadie se entere de ello, quizá se marcha al lavabo y nunca sale de él, o algo parecido. Y no solo nadie se da cuenta de que falta esa persona, sino que nadie recuerda que esa persona estuviera alguna vez allí. ¿Me entiendes? De ese modo, el lugar nunca llega a estar demasiado concurrido.

—Pero a dónde van una vez que han desaparecido del bar del que nadie sale nunca, el bar que está fuera del tiempo...

—No lo sé —dijo Mors Longa en voz baja—. No tengo ni la más remota idea. —Y, después de un momento, añadió—: Aunque hay una teoría. Cuidado, es solo una teoría. Consiste en que, en realidad, la gente del bar está pasando el tiempo en una especie de lugar a medio camino, una especie de purgatorio, ¿entiendes? Algo que está entre un mundo y el otro. Y se quedan ahí durante largo, largo tiempo, no importa lo largo que deba ser, hasta que hayan agotado su período de espera, y luego se van, pero solo pueden marcharse cuando llega su reemplazo. Y de inmediato, se les olvida. La misma materia que forma el lugar, sea la que sea, se cierra sobre ellos y nadie entre los habituales recuerda que en tiempos solía haber aquí un médico con delirium tremens, o un político al que pillaron aceptando dinero, o un tipo bajito que se sentaba durante horas ante el piano sin tocar jamás ni una sola nota. Pero todo el mundo intuye que así es como funciona el sistema. Por eso el que alguien nuevo entre es tan importante. Cada uno de los habituales empieza a preguntarse en secreto: ¿seré yo el que se vaya? Y, además, se pregunta: ¿a dónde iré, si es que soy yo?

Ishmael sorbió lenta y pensativamente un trago de su bebida.

—¿Temen irse o temen quedarse?

—¿Tú qué piensas?

—No estoy seguro. Pero supongo que la mayoría de ellos deben tener miedo de irse. El bar es un sitio tan cálido, confortable y seguro... Es todo su mundo y lo ha sido durante un millón de años, y ahora puede que vayan a otro lugar distinto y horrible... ¿quién sabe? Lo seguro es que irán a otro lugar distinto. Eso me daría miedo. Claro que si llevara un millón de años atrapado en el mismo sitio estaría dispuesto a largarme en cuanto llegara la ocasión, sin importar lo cómodo que fuera ese sitio. ¿Qué desearías hacer tú?

—No tengo ni la más ligera idea —contestó Mors Longa—. Pero esta es la historia del bar del cual nadie sale nunca.

—Aterradora —dijo Ishmael.

Terminó su bebida y apartó el vaso, meneando la cabeza hacia Charley Sullivan, y se quedó sentado en silencio. Todos nos quedamos sentados, en silencio. La lluvia tamborileaba con un ruidito miserable en el edificio. Me volví hacia el Dirigente y la Ingenua. Él le había cogido la mano y la miraba a los ojos de forma harto significativa. El papa, sopesando un dardo, pasaba los pies por encima de la línea de tiro y se lamía los labios para afinar la puntería. La señora Bewley y Toulouse-Lautrec jugaban al ajedrez. De pronto había llegado la parte tranquila de la noche.

El marinero se puso en pie lentamente y cogió su chaqueta del perchero. Se volvió, sonrió de forma algo insegura y dijo:

—Se está haciendo tarde. Será mejor que me vaya. —Nos hizo una seña a los tres que estábamos en el bar, y dijo—: Gracias por las copas. Me hacían falta. Y gracias por la historia, señor Longa. Fue una historia muy rara, ¿sabe?

No dijimos nada. El marinero abrió la puerta, encogiendo el cuerpo al sentir la frialdad de la lluvia que caía a ráfagas. Se ajustó bien la chaqueta y, estremeciéndose levemente, penetró en la oscuridad. Pero solo estuvo fuera un instante. Apenas la puerta había tenido tiempo de cerrarse tras él y se abrió de nuevo, dejándole entrar con paso vacilante, empapado.

—Jesús —dijo—, está lloviendo como nunca. ¡Qué noche tan horrible! ¡No pienso meterme debajo del diluvio!

—No —contesté yo—. No es una noche adecuada para hombres ni para bestias.

—Entonces, ¿les importa que me quede aquí hasta que amaine un poco?

—¿Importar? ¿Importar? —Me reí—. Amigo mío, esto es un local público. Tiene tanto derecho a estar aquí dentro como cualquier otra persona. Venga, siéntese. Instálese como en su casa.

—Queda mucho Bushmills en la botella, chico —dijo Charley Sullivan.

—No ando muy bien de dinero —murmuró Ishmael.

—No importa —contestó Mors Longa—. El dinero no es la única moneda del reino que usamos aquí. Nos irían bien algunas historias que no hayamos oído antes. Para empezar, oigamos la historia más rara que puedas contarnos, y yo me encargaré de mantenerte bien provisto de irlandés mientras hablas, ¿eh?

—Me parece estupendo —dijo Ishmael, y estuvo pensando durante unos segundos—. De acuerdo. Tengo una muy buena. Es realmente muy buena, si no les importa que sea algo rara. Es sobre mi tío Timothy y su hermano gemelo, que era tan pequeño que lo llevó bajo el brazo durante toda su vida. ¿Les interesa?

—Puedo asegurarte que sí —dije yo.

—Secundo la moción —intervino Mors Longa, y sonrió con una cordialidad que yo llevaba mucho tiempo sin ver en su rostro—. Adelante —le dijo a Charley Sullivan—. Una ronda a mi cuenta. Por el bar.

La patrona - Roald Dahl

Billy Weaver viajó desde Londres en el tren correo, hizo un cambio en Reading y cuando llegó a Bath eran casi las nueve de la noche y la luna estaba saliendo en un cielo lleno de estrellas sobre las casas situadas frente a la entrada de la estación. Pero el aire era terriblemente frío y el viento parecía una hoja de hielo sobre sus mejillas.

—Perdóneme —dijo—, ¿existe por aquí algún hotel barato que no esté muy lejos?

—Intente en La Campana y el Dragón —contestó el mozo de estación—. Puede que le acepten. Sólo está a unos cientos de metros siguiendo esa calle, al otro lado.

Billy dio las gracias, cogió su maleta y se dispuso a andar los cientos de metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado antes en Bath. No conocía a nadie allí. Pero míster Greenslade, de la oficina central en Londres, le había dicho que se trataba de una ciudad espléndida.

—Encuentra tu propio alojamiento —le había dicho—. Después, en cuanto te hayas instalado, te presentas al director de la sucursal.

Billy tenía diecisiete años. Llevaba un abrigo de color azul marino, un sombrero nuevo, flexible y marrón, y un traje nuevo, también de color marrón. Se sentía muy bien. Echó a andar con energía por la calle. Durante aquellos días estaba tratando de hacerlo todo con energía.

Había llegado a la conclusión de que la energía era la única característica común de todos los hombres de negocios con éxito. Los grandes jefes de la oficina central eran absoluta y fantásticamente enérgicos en todo momento. Eran personas asombrosas.

No había tiendas en esta amplia calle que ahora estaba recorriendo. Sólo una línea de casas altas a cada lado, todas ellas idénticas. Tenían porches y columnas y cuatro o cinco escalones que conducían a sus puertas de entrada; era evidente que, en algún otro tiempo, habían sido residencias ostentosas.

Pero ahora, incluso en la oscuridad, podía ver que la pintura de la madera de las puertas y ventanas estaba toda desconchada, y que las elegantes fachadas blancas estaban resquebrajadas y llenas de manchas, como consecuencia del descuido.

De pronto, en una ventana baja brillantemente iluminada por un farón, no más lejos de cinco metros, Billy vio un cartel impreso pegado contra el cristal de uno de los paneles superiores. Decía CAMA Y DESAYUNO. Justo debajo de la nota había un florero alto y bonito, lleno de crisantemos amarillos.

Se detuvo. Se acercó un poco más. En el interior, y a ambas partes de la ventana, colgaban unas cortinas verdes de algún tipo de tela aterciopelada. Los crisantemos tenían un aspecto maravilloso a su lado. Se dirigió directamente hacia la ventana y, a través del cristal, echó un vistazo al interior de la habitación; lo primero que vio fue un gran fuego encendido en la chimenea. Sobre la alfombra que había frente al fuego vio un pequeño y bonito perro tejonero, acurrucado y dormido, con la nariz escondida en el cuerpo.

Por lo que podía ver en la semioscuridad, la habitación estaba llena de agradables muebles. Había un piano, un gran sofá y algunos pesados sillones; en una de las esquinas, alcanzó a ver un gran papagayo, metido en una jaula. Billy se dijo a sí mismo que, en un lugar como este, los animales eran un buen signo. Después de todo, aquello tenía aspecto de ser una casa agradable y decente en la que poder quedarse. Sin duda alguna, sería mucho más cómoda que La Campana y el Dragón.

Por otra parte, una casa de huéspedes sería mucho más agradable que una pensión. Habría cerveza y juegos por las noches, una buena cantidad de gente con la que poder conversar y, probablemente, también resultaría más barata. En cierta ocasión, había pasado un par de días en una casa de huéspedes y le agradó.

Nunca había estado viviendo en una pensión y, en el fondo, sentía un ligero temor hacia ellas. El mismo nombre conjuraba en su mente imágenes de coles aguadas, patronas rapaces y un poderoso olor de arenques ahumados en la sala de estar.

Después de vacilar y pensar en todo esto durante dos o tres minutos, expuesto al frío de la noche, Billy decidió seguir andando, y dar un vistazo a La Campana y el Dragón antes de tomar una decisión. Así pues, se volvió dispuesto a marcharse.

Entonces, le sucedió algo extraño. Estaba a punto de darse la vuelta y apartarse de la ventana cuando, de repente, su vista se fijó, sintiéndose atraído de un modo muy peculiar, por la pequeña nota pegada a la ventana. CAMA Y DESAYUNO, decía. CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO.

Cada una de las palabras era como un gran ojo negro que le observaba a través del cristal, reteniéndole, imponiéndose a él, forzándole a permanecer donde estaba y a no separarse de aquella casa. Después, sólo se dio cuenta de que se estaba moviendo, apartándose de la ventana, para dirigirse hacia la puerta de entrada de la casa, subiendo los escalones que conducían a ella y extendiendo su mano hacia el timbre.

Apretó el timbre. Algo alejado, en una habitación trasera, escuchó su sonido, y entonces inmediatamente —debió haber sido inmediatamente porque ni siquiera le dio tiempo a apartar el dedo del timbre— se abrió la puerta y una mujer apareció en ella.

Normalmente, uno toca el timbre y suele tener que esperar medio minuto antes de que se abra la puerta. Pero esta dama era como un resorte. Apretó el botón... ¡y allí apareció ella! Aquello le dio un buen susto.

Era una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, y en cuanto le vio le ofreció una cálida sonrisa de bienvenida.

—Entre, por favor —le dijo, agradablemente.

Ella se apartó un poco hacia atrás, manteniendo muy abierta la puerta de entrada, y Billy se encontró avanzando hacia el interior de la vivienda. El impulso, o más bien el deseo de seguirla hacia el interior de la casa, resultó ser extraordinariamente fuerte.

—Vi el anuncio en la ventana —dijo, deteniéndose.

—Sí, lo sé.

—Me estaba preguntando si podría alquilar una habitación.

—Todo está preparado para usted, querido —dijo la mujer.

Tenía un rostro rosado y rechoncho y unos ojos azules de mirada apacible.

—Me dirigía hacia La Campana y el Dragón —le dijo Billy—. Pero acerté a descubrir el anuncio de su ventana.

—Querido joven —dijo ella—, ¿por qué no entra? Hace mucho frío.

—¿Cuánto cobra usted?

—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.

Resultaba fantásticamente barato. Era menos de la mitad de lo que había estado dispuesto a pagar.

—Si eso resulta demasiado —añadió ella—, quizá pueda reducirlo un poco, aunque no mucho. ¿Quiere tomar un huevo en el desayuno? Los huevos resultan caros en estos momentos. Si no toma un huevo, serían seis peniques menos.

—Cinco chelines y seis peniques está bien —contestó—. Me gustaría mucho quedarme aquí.

—Sabía que le gustaría. Entre.

La mujer parecía terriblemente amable. Tenía exactamente el aspecto de la madre del mejor estudiante de la escuela que está dando la bienvenida a alguien que va a pasar allí las fiestas de Navidad. Billy se quitó el sombrero y cruzó el umbral.

—Cuélguelo ahí —dijo la mujer—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.

En el vestíbulo no había ningún otro abrigo, ni sombrero. Tampoco había paraguas, ni bastones... nada.

—Lo tenemos todo para nosotros —dijo ella, sonriendo por encima de su hombro mientras le mostraba el camino hacia arriba—. Como verá, no me sucede a menudo tener el placer de recibir a un visitante en mi pequeño nido.

Billy se dijo a sí mismo que aquella mujer parecía estar ligeramente chiflada. Pero ¿quién se puede quejar por una habitación que sólo cuesta cinco chelines y seis peniques?

—Había pensado que estaba abrumada de solicitudes —dijo con amabilidad.

—¡Oh! Lo estoy, querido; lo estoy, desde luego. El problema es que suelo ser un poquitín particular y prefiero elegir a mis huéspedes... Supongo que comprende lo que quiero decir.

—¡Oh, sí, claro!

—Pero siempre estoy preparada. En esta casa, todo está siempre preparado, día y noche, para el caso de que aparezca un joven caballero aceptable. Y resulta un placer muy agradable, querido, muy agradable, cuando, de tanto en tanto, abro la puerta y me encuentro con alguien que es exactamente la persona correcta —estaba a mitad de la escalera y se detuvo, manteniendo una mano en la barandilla, volviendo su cabeza hacia él y sonriéndole con unos labios pálidos—, como usted —añadió, y sus ojos azules recorrieron lentamente todo el cuerpo de Billy, desde la cabeza a los pies, y después a la inversa.

En el rellano del segundo piso, le dijo:

—Este piso es mío.

Subieron al piso superior.

—Y este es todo de usted —dijo—. Aquí está su habitación. Espero que le guste.

Le introdujo en una habitación pequeña pero encantadora, encendiendo antes la luz.

—El sol de la mañana penetra justo por esa ventana, míster Perkins. Porque es usted míster Perkins, ¿verdad?

—No —contestó—, mi apellido es Weaver.

—Míster Weaver. ¡Qué bonito! He puesto una botella de agua caliente entre las sábanas, míster Weaver. ¡Resulta tan agradable tener una botella de agua caliente en una cama extraña entre las sábanas limpias! ¿No le parece? Además, puede encender la calefacción a gas cada vez que sienta frío.

—Gracias —dijo Billy—, muchas gracias.

Se dio cuenta de que el cobertor había sido retirado de la cama, y de que las sábanas habían sido dobladas hacia un lado, como si todo estuviera preparado para que alguien se acostara inmediatamente.

—Me siento muy contenta de que haya aparecido usted —dijo ella, mirándole muy seriamente a la cara—. Ya estaba empezando a preocuparme.

—Está bien —dijo Billy con prontitud—. No debe preocuparse por mí.

Colocó la maleta sobre la silla y comenzó a abrirla.

—¿Qué le parece una buena cena, querido? ¿Se las ha arreglado para comer algo antes de venir aquí?

—No tengo apetito, gracias —contestó—. Creo que me meteré en la cama lo antes posible porque mañana me tengo que levantar bastante pronto para presentarme en la oficina.

—Está bien. Le dejaré ahora para que pueda deshacer la maleta. Pero antes de que se acueste, ¿le importaría bajar por la sala de estar, en la planta baja, para firmar el libro? Todo el mundo tiene que hacerlo, porque así es la ley del país, y no vamos a violar ninguna ley en estos momentos, ¿verdad?

Ella hizo un ligero gesto con la mano y salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta.

El hecho de que aquella patrona pareciera estar un poco fuera de sus cabales no preocupó a Billy en lo más mínimo. Después de todo, no sólo era inofensiva —no tenía ninguna duda sobre ello—, sino que evidentemente era una persona amable y generosa. Supuso que probablemente habría perdido a algún hijo en la guerra, o algo similar, y nunca había podido superarlo del todo.

Así pues, unos minutos más tarde, tras haber deshecho la maleta y haberse lavado las manos, bajó a la planta baja y entró en la sala de estar. Su patrona no estaba allí, pero el fuego seguía ardiendo en la chimenea y el pequeño perro tejonero seguía durmiendo tranquilamente frente a él. La sala tenía una atmósfera maravillosamente cálida y agradable. «Soy un tipo con suerte —pensó, frotándose las manos—. Esto está pero que muy bien.»

Encontró el libro de clientes, abierto sobre el piano, así es que cogió su pluma y escribió en él su nombre y dirección. En la página únicamente había otras dos inscripciones, y, como se suele hacer siempre con los libros de clientes cuando se tiene una oportunidad, comenzó a leerlas. Una de ellas correspondía a un tal Christopher Mullholland, de Cardiff. La otra era de Gregory W. Temple, de Bristol.

«Esto sí que resulta divertido», pensó de repente. Christopher Mullholland. Le sonaba de algo.

¿Dónde diablos había escuchado antes aquel nombre tan poco usual?

¿Se trataba de un compañero de escuela? ¿Era uno de los muchos admiradores de su hermana? ¿O un amigo de su padre? No, no era nadie de ellos. Volvió a echar un vistazo al libro.

Christopher Mullholland 231 Cathedral Road, Cardiff

Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol.

De hecho, y ahora que lo pensaba más detenidamente, no acababa de estar seguro de que el segundo nombre no le resultara tan familiar como el primero.

—¿Gregory Temple? —se preguntó en voz alta, buscando en su memoria—. ¿Christopher Mullholland?

—Unos muchachos muy encantadores —le contestó una voz detrás de él.

Se volvió y vio a la patrona entrando en la sala, llevando en las manos una gran bandeja de plata para el té. La mantenía algo apartada de sí, frente a ella y a bastante altura, como si la bandeja fuera un par de riendas pertenecientes a un caballo retozón.

—De algún modo, esos nombres me son familiares —dijo.

—¿De verdad? Eso es muy interesante.

—Estoy casi convencido de que he escuchado esos nombres antes, en alguna parte. ¿No es algo curioso? Quizá los haya visto impresos en los periódicos. No se trataba de personas famosas en ningún sentido, ¿no cree? ¿No serían jugadores de críquet, o de fútbol, o algo así?

—Famosos —dijo ella, colocando la bandeja de té sobre una mesa baja situada frente al sofá—. ¡Oh, no! No creo que fueran famosos. Pero ambos eran increíblemente elegantes y apuestos, eso se lo puedo asegurar. Eran jóvenes, altos y apuestos, querido, exactamente como usted.

Una vez más, Billy echó un vistazo al libro.

—Mire aquí —dijo, dándose cuenta de las fechas—. Esta última entrada se hizo hace más de dos años.

—¿De verdad?

—Sí, claro. Y Christopher Mullholland, que se inscribió con anterioridad, lo hizo un año antes..., o sea hace más de tres años.

—Querido —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza y dando un delicado y pequeño suspiro—, nunca lo habría pensado. ¡Cómo pasa el tiempo para todos nosotros! ¿Verdad, míster Wilkins?

—Mi apellido es Weaver —dijo Billy—. W-e-a-v-e-r.

—¡Oh, claro, desde luego! —exclamó ella, sentándose en el sofá—. ¡Qué tonta soy! Le pido disculpas. Me entra por un oído y me sale por el otro. Así soy yo, míster Weaver.

—¿Sabe usted algo? —dijo Billy—. Algo que resulta bastante extraordinario en todo esto.

—No, querido, no lo sé.

—Bueno, resulta que estos dos nombres —Mullholland y Temple— no sólo parezco recordarlos por separado, sino que de algún modo y de una forma muy peculiar, parece como si estuvieran relacionados en mi memoria. Como si los dos se hubieran hecho famosos por lo mismo, si es que comprende usted lo que quiero decir... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o como Churchill y Roosevelt.

—¡Qué divertido! —exclamó ella—. Pero venga ahora aquí, querido, y siéntese a mi lado, en el sofá. Le serviré una buena taza de té y un pastel de jengibre antes de que se vaya a la cama.

—No debería usted molestarse —dijo Billy—. No pretendía que hiciera nada de eso.

Se quedó de pie, junto al piano, observándola mientras ella trajinaba con las tazas y los platos. Se dio cuenta de que tenía unas manos pequeñas, blancas, que se movían con rapidez, y cuyas uñas estaban pintadas de rojo.

—Estoy casi convencido de que vi sus nombres en los periódicos —dijo Billy—. Me acordará en un momento. Estoy seguro de acordarme.

No hay nada más desesperante que algo permanezca justo en los límites exteriores de nuestra memoria, sin acabar de penetrar en ella. No obstante, al joven le disgustaba tener que abandonar el esfuerzo.

—Un minuto —dijo—, espere un minuto. Mullholland... Christopher Mullholland..., ¿no se trata del estudiante de Eton que estaba realizando un viaje por West Country y que de repente...?

—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Quiere también azúcar?

—Sí, por favor. Y que de repente...

—¿Estudiante de Eton? —preguntó ella—. ¡Oh, no, querido! Eso no puede ser cierto porque mi míster Mullholland no era ningún estudiante de Eton cuando vino aquí. Era un graduado de Cambridge. Venga aquí ahora y siéntese a mi lado, y caliéntese un poco frente a este fuego tan estupendo. Vamos. Su té ya está preparado.

Dio unos ligeros golpes en el asiento vacío que había junto a ella, sobre el sofá, y se acomodó allí, sonriéndole a Billy y esperando que él se sentara a su lado.

Billy cruzó la habitación lentamente y se sentó en el borde del sofá. Ella colocó la taza de té frente a él, sobre la mesa.

—Aquí estamos —dijo la mujer—. ¿No le parece bonito y agradable?

Billy empezó a remover el azúcar del té. Ella hizo lo mismo. Durante medio minuto, ninguno de ellos dijo una sola palabra. Pero Billy sabía que ella le estaba mirando. Su cuerpo estaba medio doblado hacia el de él y podía sentir sus ojos, descansando sobre su rostro, observándole sobre el borde de la taza de té. De vez en cuando captaba un olorcillo peculiar que parecía emanar directamente de la mujer. No era un olor desagradable y le hizo recordar... bueno, no estaba completamente seguro de lo que aquel olor le recordaba. ¿Nueces en escabeche? ¿Cuero nuevo? ¿O se trataba más bien del olor habitual en los pasillos de un hospital?

—Míster Mullholland era un gran bebedor de té —dijo ella al cabo de un rato—. Nunca en mi vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el querido y dulce míster Mullholland.

—Supongo que se marchó de aquí hace poco tiempo —dijo Billy.

Su mente todavía estaba preguntándose de qué conocía aquellos dos nombres. Ahora estaba seguro de que los había visto publicados en los periódicos... en los titulares.

—¿Marcharse? —preguntó ella elevando las cejas—. Pero, querido, él nunca se marchó. Todavía está aquí. Míster Temple también está aquí. Están en el cuarto piso, los dos juntos.

Billy dejó lentamente su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su patrona. Ella le sonrió y entonces puso una de sus manos blancas sobre la rodilla del joven, dándole unas amistosas palmaditas.

—¿Cuántos años tiene usted, querido? —preguntó.

—Diecisiete.

—¡Diecisiete! —exclamó—. ¡Oh, es la edad perfecta! Míster Mullholland también tenía diecisiete años. Pero creo que era un poco más bajo que usted; en realidad, estoy segura de que lo era y sus dientes no eran tan blancos como los suyos. Tiene usted los dientes más bonitos que he visto, míster Weaver, ¿lo sabía?

—No son tan buenos como aparentan —dijo Billy—. Han sido simplemente reforzados por la parte de atrás.

—Míster Temple, desde luego, tenía unos cuantos años más —dijo ella, ignorando su observación—. Tenía veintiocho años. Y sin embargo, nunca lo hubiera supuesto si él mismo no me lo hubiera dicho. Nunca lo habría imaginado. No había un solo defecto en todo su cuerpo.

—¿Un qué? —preguntó Billy.

—Su piel era exactamente como la de un niño pequeño.

Hubo un momento de silencio. Billy cogió su taza de té y bebió otro sorbo; después, volvió a dejarla sobre el plato. Esperó a que ella dijera algo más, pero la mujer parecía haber caído en otro de sus largos silencios. Se quedó allí, sentado, mirando frente a él, hacia la esquina más alejada de la habitación, mordiéndose el labio inferior.

—Ese papagayo —dijo él por fin—, ¿sabe usted algo? Me dejó completamente perplejo la primera vez que le vi a través de la ventana. Podría haber jurado que estaba vivo.

—No, ya no lo está.

—Resulta terriblemente inteligente la forma como se ha hecho —dijo—. No parece estar muerto. ¿Quién lo hizo?

—Yo misma.

—¿Usted?

—Desde luego —contestó ella—. ¿Ha visto también a mi pequeño «Basil»?

Indicó con la mirada hacia el pequeño perro tejonero acurrucado cómodamente frente al fuego. Billy lo miró. Y, de repente, se dio cuenta de que el animal se había mantenido durante todo el tiempo tan silencioso y tan inmóvil como el papagayo. Extendió una mano y le tocó suavemente en el lomo. Estaba duro y frío y cuando apartó el pelo con sus dedos, pudo ver la piel debajo, de un color grisáceo, seca, y perfectamente conservada.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es absolutamente fascinante.

Apartó la mirada del perro y se quedó mirando con una profunda admiración a la mujer sentada junto a él en el sofá.

—Debe ser terriblemente difícil hacer una cosa así.

—En absoluto —dijo ella—. Diseco a todos mis animales domésticos cuando les llega el momento. ¿Quiere usted tomar otra taza de té?

—No, gracias —contestó Billy.

El té tenía un ligero gusto a almendras amargas y no sentía el menor interés de seguir bebiéndolo.

—Firmó usted en el libro, ¿verdad?

—¡Oh, sí!

—Eso está bien, porque más adelante, si me olvido de cómo se llama usted, siempre puedo comprobarlo en el libro. Eso es lo que hago casi todos los días con míster Mullholland y con míster..., míster...

—Temple —dijo Billy—, Gregory Temple. Permítame una pregunta: ¿no ha tenido ningún otro cliente durante los dos o tres últimos años?

Levantando mucho su taza de té con una mano, e inclinando ligeramente su cabeza hacia la izquierda, ella le miró desde las esquinas de sus ojos y le ofreció otra suave y amable sonrisa.

—No, querido —contestó—. Sólo usted.

Ningún cabo suelto - Miriam Allen Deford

Los dos hombres penetraron silenciosamente en la gran mansión por la puerta de atrás, donde ningún vecino podía verles. No tenían llave de la puerta principal y nadie les habría abierto si hubieran llamado al timbre.

—Está bien —dijo Ferguson—. Nos detenemos un momento y tomamos una o dos copas. ¿Hay algo...?

Girdner le miró fríamente.

—Se trata de un asunto mío. Hazlo una vez más y el trato se habrá roto. Encontraré a alguna otra persona. Iros a vuestra habitación, los dos.

Ella podía llegar en cualquier momento.

Llegaba tarde, como siempre. Girdner hizo una mueca. Llegaba tarde a su propio funeral.

Y también al de su esposo.

Era casi la una de la mañana cuando escuchó su coche. Aquél era el momento más peligroso.

Era una noche oscura, sin luna; él había pensado en todo, como hacía siempre. No encendió la luz del porche, sino que se limitó a abrir la puerta suavemente para permitir que ella entrara. Después, él mismo condujo su coche hacia la parte lateral de la casa, donde los arbustos eran más espesos. Haberle indicado a ella dónde tenía que dejarlo, habría significado una discusión. No tardó en volver y cerró la puerta tras él.

Ella estaba de pie en el vestíbulo, esperando. Y él no le pidió que pasara a la sala de estar.

—¿Está todo preparado? —preguntó ella, con aquel arrogante tono suyo.

—¿Tiene usted todo listo? —devolvió él la pregunta.

Cuando se trataba de arrogancia, podía golpearla hasta arrojarla al suelo.

—¿Se refiere al dinero? —preguntó ella, sonriendo—. Lo he traído. La mitad ahora y la otra mitad... después.  

Girdner se tragó su furia.

—No fue eso lo que acordamos, madame. Está usted comprando algo, y yo lo estoy vendiendo. Si no hubiera usted sabido que yo poseía lo que deseaba y que podía garantizar su entrega, no habría venido a verme. Tengo que pagar a mis hombres mañana por la mañana. Págueme lo que acordamos y habremos terminado.

Ella sacudió la cabeza en un gesto de terquedad. Girdner apretó los puños.

—¿De qué tiene miedo? —preguntó él—. ¿De un chantaje? Soy un comerciante. Una vez vendida mi mercancía ya no tengo nada más que ver con el cliente.

—Usted no..., pero los hombres que ha contratado...

—Esa es exactamente la palabra... los he contratado. Les he contratado ya con anterioridad y, sin duda alguna, les volveré a contratar, a ellos o a otros como ellos. Son técnicos... especialistas. No tienen otro interés que realizar su trabajo y que se les pague por ello.

—Debe recordar, además, que, tanto en mi caso como en el de ellos, cualquier futura insatisfacción hará que quede usted inevitablemente envuelta en ello. Ninguno de nosotros puede acusar al otro sin eso. Eso nos protege a ambos... o a todos nosotros, si así lo prefiere.

De mala gana, ella abrió su bolso de piel de cocodrilo. El contó cuidadosamente el dinero, inspeccionando los billetes para comprobar que no hubiera números seguidos, así como ninguna relación de denominaciones. Después, dejó el fajo descuidadamente sobre la mesa del vestíbulo y volvió a abrir la puerta.

—Buenas noches, madame, y adiós. No encienda las luces de su coche hasta que no llegue a la carretera —sonrió ligeramente y añadió—: Pasado mañana, sus sueños se habrán convertido en realidad. Felicidades.

Cerró y aseguró la puerta una vez ella hubo salido. Permaneció allí, escuchando, hasta que el coche se hubo marchado, recogió después el fajo de billetes, apagó la luz del vestíbulo y subió las escaleras.

Se metió directamente en la cama y durmió profundamente durante ocho horas.

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Dunlap, el sordomudo a quien Girdner había rescatado años antes de los barrios bajos y que ahora le servía con una lealtad servil, preparó el desayuno para Coates y para Ferguson en la cocina. Girdner lo recibió en su habitación, servido en una bandeja. Una vez desayunado, bañado, afeitado y vestido, bajó a su estudio y llamó para que los dos hombres se reunieran con él.

Les observó a ambos con una mirada crítica: Coates, el más alto, estaba tranquilo y taciturno, como siempre, pero Ferguson parecía muy inquieto y preocupado. Girdner tomó nota mental para sustituirle en el próximo contrato. Sin embargo, hoy podría hacerlo; sólo estaba allí como ayudante de Coates y podía confiar en Coates para que siguiera las órdenes e hiciera las cosas de un modo competente, siempre y cuando su paga estuviera segura en su bolsillo.

Había mucho tiempo: James Wardle Blakeney nunca llegaba a su oficina antes de las 11:30 de la mañana.

—Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dijo Girdner duramente—. ¿Alguna pregunta?

—Exactamente lo mismo que en el caso de Sánchez, ¿no es verdad? —preguntó nerviosamente Ferguson.

—Completamente diferente al caso de Sánchez —dijo Girdner con energía—. Aquello fue un golpe directo y el resultado fue accidental. En esta ocasión, se nos paga para que provoquemos un accidente.

Ferguson tuvo el mal gusto de reírse disimuladamente. Girdner decidió que, en efecto, tenía que prescindir de él y, desde luego, aquello significaba que tendría que ser eliminado. ¿Cómo se podía haber deteriorado tanto un hombre de su experiencia? Girdner se dio cuenta de que Coates mostraba una expresión ceñuda; probablemente estaba pensando en lo mismo.

—Además —añadió Girdner—, deberías tener mejor sentido y no mencionar asuntos pasados.

—¡Oh, claro, claro! —exclamó Ferguson con nerviosismo.

«Me pregunto —pensó Girdner— si esto le está ocurriendo porque se ha casado. El matrimonio arruina a un buen hombre que desarrolla su clase de trabajo.» Captó deliberadamente la mirada de Coates y, sin que Ferguson se diera cuenta, puso unos cuantos billetes más en uno de los montones que había colocado sobre la mesa. Coates asintió imperceptiblemente.

—Aquí está vuestro dinero —dijo Girdner—. Contadlo y marcharos. Conocéis el plan y tenéis vuestros billetes de avión. ¿Está todo correcto?

—¡Oh, claro, claro! —volvió a exclamar Ferguson, metiéndose su dinero en un bolsillo, sin contarlo.

Coates, por el contrario, los contó cuidadosamente, volvió a asentir con la cabeza y se puso el dinero en la cartera. «Adiós, Ferguson», pensó Girdner; se reuniría con James Wardle Blakeney antes de que hubiera terminado el día.

Los dos hombres abandonaron la casa por la puerta de atrás. Girdner escuchó hasta que oyó cerrarse la puerta y a Dunlap correr el cerrojo. Después, dejando a un lado sus preocupaciones, se reclinó en el sillón y encendió el primer puro del día. Otro buen negocio del que tenía que dejar de preocuparse. «Creo —reflexionó— que me voy a tomar un descanso..., quizá haga un viaje a alguna parte antes de aceptar otro trabajo. No vale la pena ser avaricioso.»

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 De haberle conocido, James Wardle Blakeney habría sabido que tenía varios rasgos comunes con Augustus Girdner: era reservado, orgulloso, independiente, tenaz y puntual. También tenía un buen número de rasgos totalmente diferentes a los de Girdner, pero ésos no tenían ninguna importancia por el momento.

Con objeto de mantenerse en forma —una cuestión de vanidad para un hombre de cuarenta y cuatro años casado con una mujer de veintiséis— había decidido andar el par de kilómetros que separaban su residencia del despacho, cada vez que estaba en la ciudad, e independientemente del tiempo que hiciera, como no fuera un huracán o una ventisca. Siempre seguía el mismo camino, andando con rapidez, sin prestar ninguna atención a todo lo que le rodeaba, dirigiendo su mente hacia los problemas que le esperaban en el despacho.

El gran problema de hoy era la fusión metropolitana. ¿Debía o no debía utilizar aquel chisme nuevo durante el inminente almuerzo-conferencia? ¿Era ético? Los resultados beneficiosos de su utilización, ¿superarían su dudosa propiedad? Pensó en Newnham; era un cliente muy astuto; sin duda alguna, lo habría utilizado de haber sido el primero en conseguirlo. Sí, decidió, lo haría. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Resultaba divertido pensar en lo que podía hacer la tecnología en estos tiempos.

En aquel momento, y de un modo muy engorroso, fue abordado por un hombre que venía en dirección opuesta. Le fastidió sobre todo porque no reconoció a aquel hombre pequeño, pulcro y sonriente que se detuvo ante él, extendiéndole la mano en espera de que se la estrechara.

—¡Míster Blakeney! —dijo el hombre, mostrándole sus brillantes dientes—. ¡Qué agradable volverle a ver!

Blakeney se encontraba con mucha gente por cuestiones muy diferentes. No había memoria capaz de recordar todos sus rostros y todos sus nombres. Y, lo que era peor aún, últimamente notaba con disgusto cómo su memoria había ido perdiendo aquella elasticidad de hacía veinte años. Pero el sentido de la amabilidad le impulsó a estrechar la mano tendida hacia él.

—Me alegro de verle... —empezó a decir, confiando en no mostrarse tan abrupto como para ofender a alguien que podía sentir que tenía un cierto derecho a ser recordado.

Pero el hombre pequeño, en lugar de hablar, agarró la mano de Blakeney con una sorprendente fuerza y, para perplejidad y alarma del financiero, le arrastró, como si estuviera tirando de un pez capturado, hacia un coche que se había detenido junto a la acera. 

Antes de que Blakeney pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo —su pensamiento había estado profundamente preocupado por lo que iba a hacer sobre la fusión metropolitana—, otro hombre, alto y fornido, le cogió del otro brazo. Entre los dos, le metieron en el vehículo y en menos de un minuto se encontró tumbado en el suelo del asiento trasero, amordazado, con los ojos vendados, una manta sobre su cuerpo y con los pies del hombre más alto firmemente plantados sobre su espalda. Blakeney se retorció y gorgoteó unos sonidos sin efectividad alguna mientras el coche avanzó tranquilamente por la calle.

Blakeney no tardó en dejar de retorcerse. No cabía la menor duda de que había sido raptado para obtener un rescate; creía que aquella clase de cosas habían dejado de suceder desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero recordó muy bien las crónicas que había leído sobre sucesos similares, comprendiendo que sólo las víctimas que habían mantenido la cabeza fría y habían utilizado su inteligencia fueron las únicas no sólo en salir indemnes de la situación, sino incluso en poder conducir a la policía hacia los criminales lo que, en algunos casos, permitió hasta recuperar el dinero del rescate. Tenía todos los sentidos bloqueados, excepto sus oídos, así es que los podía utilizar.

Sabía la rutina del procedimiento por intuición. Sería llevado a un lugar apartado y oculto, donde le mantendrían incomunicado, mientras los secuestradores enviaban una nota pidiendo el rescate a su esposa, o la llamaban por teléfono, o bien se ponían en contacto con cualquiera de sus socios en los negocios. Probablemente, harían esto último, puesto que Iris no tenía la menor idea de dónde o cómo conseguir la considerable suma que, sin duda alguna, exigirían. Tanto ella como su socio serían advertidos para que no informaran a la policía; pero él temía que lo hicieran así, tratando de ocultarlo. Preferiría que no lo hicieran; a las personas raptadas les pueden suceder cosas muy desagradables si los intermediarios no obedecen las órdenes.

Por el ruido, se dio cuenta de cuándo penetraron en el túnel y de cuándo salieron, y poco después la calzada pavimentada se convirtió en un camino en mal estado y los otros coches que había estado escuchando hasta entonces fueron disminuyendo hasta que el ruido de sus motores desapareció por completo. 

Cerca de toda gran ciudad, y a una distancia fácilmente alcanzable, suelen existir enclaves de zonas no desarrolladas urbanísticamente o abandonadas, a las que nadie suele acudir. Estos hombres eran profesionales; habrían preparado ya algún lugar donde ocultarle. 

Tenía una idea bastante buena de la dirección de donde habían llegado, procedentes de la ciudad, y podía recordar algunos de los puntos por los que había pasado, en una u otra ocasión, con su propio coche. Se imaginaba que en alguno de aquellos lugares debía haber alguna casa abandonada.

Sin lugar a dudas, el vehículo se detuvo... Por lo que había podido apreciar, se trataba de un desvencijado cacharro, lo que volvía a demostrar la experiencia de aquellos criminales; sin duda alguna, lo habían adquirido a buen precio de un lote de vehículos de segunda mano, y todo lo que se le exigía al coche era que los llevara adonde habían llegado y que regresara después, sin él y sin uno de los secuestradores; después, sería abandonado en cualquier calle solitaria. De este modo, no había ninguna complicación con vehículos robados. Con su gran talento para las cuestiones administrativas, Blakeney casi aprobó las disposiciones: eran limpias y similares a cualquier negocio.

—Fuera —dijo el hombre alto del asiento de atrás, apartando los pies del cuerpo de Blakeney, cubierto hasta entonces por la manta.

Fue la primera palabra pronunciada por aquel hombre. Se levantó la manta y Blakeney se arrastró trabajosamente hacia la puerta abierta, poniéndose después en pie sobre el terreno accidentado.

Tenía la vaga impresión de que había árboles a su alrededor; estaba seguro de que había uno cerca, contra el que terminó por apoyarse hasta que sus brazos y piernas empezaron a dolerle a causa de las espinas. Ahora le llevarían al interior de la casa, que debía estar muy cerca; le introducirían en una habitación oscura, que sería la celda de su prisión hasta que fuera rescatado. Lo que no podía imaginar era que no había ninguna casa en más de un kilómetro a la redonda.

-.-.-.-.-.-.-.-.- 

 —Está bien —dijo Ferguson—. Muévete.

Se estaba dirigiendo a Coates, que dejó de apretar el brazo de Blakeney. Ferguson se metió entre dos pinos bajos en aquel camino abierto en el bosque y apuntó cuidadosamente hacia la nuca de Blakeney.

Blakeney cayó boca abajo, pesadamente, sin un sonido. Hubo una sacudida momentánea y después se quedó quieto.

—Bastante bien, ¿verdad? —preguntó Ferguson echándose a reír.

Era una risa que parecía un gimoteo.

—Tan limpio como un buen silbido —dijo Coates, mostrándose de acuerdo—. He oído decir que siempre lo eres.

Y, ahora, debía tener en cuenta los cambios en el plan original.

Ferguson estaba todo emocionado. Coates le miró con disgusto. Girdner tenía razón: Ferguson había sido un hombre muy útil en su época, pero su época ya había pasado. Ahora se había convertido en una persona de la que se podía prescindir.

—Bien —dijo Ferguson excitadamente—, ahora hazle rodar... es pesado. Le dejaremos la cartera... tienen que encontrar la tarjeta de identidad..., pero un tipo como éste debe llevar bastante dinero encima, y no hay razón alguna para no cogerlo. Será una especie de paga extra —dijo, riéndose disimuladamente.

Cambio de plan número uno: no se debe coger ningún dinero a Blakeney, o la policía sabría que habría habido una tercera persona involucrada. No había tiempo que perder.

Ferguson se colocó el arma en la pistolera y encendió un cigarrillo. Estuvo hablando y moviéndose todo el rato.

—En cuanto hagamos eso, nos metemos en el coche y nos marchamos, ¿eh? Llegamos a la ciudad, dejamos este cacharro donde dijiste y después podemos irnos al aeropuerto por separado. Tú sigues tu camino y yo el mío. ¿Has hecho algún otro trabajo anterior para Girdner?

—Dos veces —contestó Coates—. ¿Y tú?

—Algunas más. Pero nunca nada como esto..., sólo trabajos ordinarios —se echó a reír—. Con éste no hemos perdido el tiempo, ¿verdad? Ese tipo de Girdner... ¡qué cerebro!

—Cierra el pico —dijo Coates.

Una conversación tonta era una de las cosas que más le disgustaban.

Ferguson volvió a reír, y siguió hablando:

—¿Quién va a escuchar, excepto tú y nuestro difunto amigo? ¡Vaya! ¿Sabías que existiera una organización como ésta? ¡Eso sí que es convertirse en una viuda rica de un golpe! Me pregunto cómo pudo ponerse en contacto con Girdner.

—De la misma forma que lo hicimos nosotros —dijo Coates—. Conexiones del sindicato. Ella no es como nosotros, pero, desde luego, tampoco es un ángel. Probablemente, lo tuvo todo planeado desde el principio. Y ahora, si quieres...

—Está bien, está bien. Déjame que recupere la respiración. No hay prisa. ¡Vaya! Supongo que es eso... ¡ella es la mitad de joven que él y dos veces más hermosa! —Ferguson se echó a reír sofocadamente—. Probablemente, él se la encontró en un bar y después ella le atrapó. En el fondo, la admiro. Naturalmente, Girdner tuvo que haber elaborado los detalles con ella; pero todo el asunto... escribir la nota de rescate ella misma... tal y como dictara Girdner. Supongo que fue así. Y él se habrá ocupado de que ella tuviera una máquina de escribir segura, de la que poder desembarazarse luego... Y después, dársela a la bofia, tras haber hecho como si pagara el rescate... y te apuesto a que ha sido una buena suma... Nosotros hemos cobrado bien, pero eso sólo era una pequeña parte del total...

Coates ya había escuchado bastante.

—¡Eh! —gritó duramente—. ¡Mira aquí!

Alarmado, Ferguson se volvió. Instantáneamente, Coates, que tenía el doble de peso y de fuerza, se abalanzó sobre él, al mismo tiempo que Ferguson sacaba el arma de la pistolera —las dos balas debían proceder de la misma arma—, y antes de que el pequeño hombre se hubiera dado cuenta de lo que ocurría, Coates le disparó en la sien, situando el arma lo bastante cerca como para dejar en ella señales de pólvora.

Ferguson se derrumbó de golpe. Hábilmente, Coates soltó la mano del muerto, que empuñaba el arma con fuerza.

No necesitaba limpiar sus huellas..., ni siquiera en el coche; no había tocado nada que pudiera mostrar sus huellas y en cuanto a Ferguson, ya no importaba.

Cambio de plan número dos: no podía llevarse el coche. Sería otra forma de demostrar que una tercera persona había estado involucrada. Bueno, todavía era temprano y no le separaban más de seis o siete kilómetros hasta la próxima parada de autobús en una pequeña ciudad. ¿Le quedaba alguna cosa por hacer?

Sí, la parte del dinero de Ferguson. En realidad, se lo había ganado él, Coates y, por otra parte, resultaría sospechoso dejar allí a Ferguson con tanto dinero.

Lo cogió todo, excepto la suma razonable que se supondría podría llevar una persona como Ferguson. Unió los billetes a los suyos, colocándolos todos en el cinturón preparado para llevar dinero, que había traído para que no le abultara demasiado en los bolsillos. ¿El billete de avión de Ferguson? No, sería mejor dejarlo. Eso les permitiría saber quién fue, antes de identificar incluso sus huellas. Coates se ató los pantalones sobre el cinturón y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no se había olvidado de nada.

Todo estaba bien. Ferguson había comprado el coche; Coates nunca le había visto hasta que se encontraron la noche anterior en la casa de Girdner; así pues, no había nada que pudiera relacionarles a ambos. Sólo una cuestión más: ¿debía acelerar el descubrimiento mediante una llamada telefónica anónima? Girdner había dejado bien claro que el cuerpo de Blakeney debía ser encontrado con rapidez; se tenía que poder disponer de un esposo muerto antes de dar lectura al testamento. Este lugar estaba aislado. ¿Habría por allí cazadores, chicos o excursionistas que pudieran encontrarse con los cuerpos al día siguiente o así? Quizá no.

Bueno, antes de coger el autobús telefonearía a la comisaría central de policía de la ciudad para darles el soplo, y después colgaría. Por su parte, ella llamaría a la policía en cuanto recibiera la nota donde se pedía el rescate, que ella se había dirigido a sí misma; para entonces, todo habría aparecido ya en los periódicos y en la televisión.

Dando un último vistazo a la satisfactoria escena, Coates comenzó a caminar confiadamente por el camino que llevaba hacia la carretera, manteniéndose alerta para ocultarse en cuanto viera pasar a alguien. Pero ningún ser viviente se cruzó con él, excepto un solitario conejo. Si seguía teniendo aquella misma suerte, se encontraría con pocos vehículos en la carretera a aquella hora del día, y si veía venir a alguno empezaría a correr como si estuviera realizando ejercicios gimnásticos. No iba vestido tan elegantemente como Girdner, pero iba vestido lo bastante bien como para ser considerado como un nuevo devoto de la nueva manía del ejercicio de correr al aire libre. En cualquier caso, nadie le confundiría con un secuestrador, ni se pararía para detenerle.

Siguió andando a paso largo, sonriendo al recordar el repentino terror que se reflejó en el rostro de Ferguson un segundo antes de morir. Que la policía tratara ahora de desentrañar el rompecabezas de por qué el secuestrador había matado a su víctima y después, repentinamente, por alguna razón inexplicable, se había suicidado con la misma arma.

Coates se sintió satisfecho de aquel buen trabajo, tan bien hecho. Había sido un trabajo verdaderamente profesional en el que no había quedado ningún cabo suelto.

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 Todo funcionó con exactitud. Iris Blakeney ni siquiera estaba nerviosa. No se puede estar nervioso, al menos cuando todo está a cargo de un empresario como Girdner. Todo lo que tenía que hacer era seguir con exactitud sus instrucciones, y así lo hizo. Al parecer, uno de sus hombres hasta había llamado por teléfono para asegurarse de que el cuerpo del pobre James fuera descubierto con rapidez, y así sucedió, en efecto, antes de que oscureciera aquella misma noche.

Ensayó de nuevo la conmoción y la pena que debía sentir en cuanto supiera las noticias. El teléfono no tardaría en empezar a sonar, y después sería acosada por los periodistas y por los amigos de James y por sus parientes y socios de negocios. Gracias al cielo ella no tenía ninguno. Sólo tendría que pasar una semana o dos de conmoción y fastidio, y después comenzaría su nueva, su maravillosa nueva vida. Sí, ya sonaba el timbre en la puerta principal; se puso en tensión para enfrentarse al primer encuentro, mientras escuchaba a la criada acudir a abrir la puerta.

Dos hombres entraron en la casa. Iban vestidos con ropas civiles, pero, desde luego, ella se dio cuenta de que se trataba de policías.

—¿Tienen ustedes..., tienen ustedes alguna noticia? —preguntó con voz temblorosa, como si no hubiera escuchado las noticias en la televisión.

Escuchó, casi medio desmayada, cómo uno de ellos comenzó a recitar la letanía que precede a todo arresto desde la ley Miranda.

—¡Pero qué diablos...! —empezó a decir, pasando rápidamente de la conmoción a la expresión de rabia.

—Vamos, hermana —dijo fatigadamente uno de los policías—. ¿Sabe lo que encontramos en el bolsillo superior de la chaqueta de su esposo? Uno de esos hermosos y pequeños magnetófonos. Al parecer, cuando cayó al suelo lo activó de algún modo. ¡Y vaya si hay cosas interesantes en esa cinta!