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La patrona - Roald Dahl

Billy Weaver viajó desde Londres en el tren correo, hizo un cambio en Reading y cuando llegó a Bath eran casi las nueve de la noche y la luna estaba saliendo en un cielo lleno de estrellas sobre las casas situadas frente a la entrada de la estación. Pero el aire era terriblemente frío y el viento parecía una hoja de hielo sobre sus mejillas.

—Perdóneme —dijo—, ¿existe por aquí algún hotel barato que no esté muy lejos?

—Intente en La Campana y el Dragón —contestó el mozo de estación—. Puede que le acepten. Sólo está a unos cientos de metros siguiendo esa calle, al otro lado.

Billy dio las gracias, cogió su maleta y se dispuso a andar los cientos de metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado antes en Bath. No conocía a nadie allí. Pero míster Greenslade, de la oficina central en Londres, le había dicho que se trataba de una ciudad espléndida.

—Encuentra tu propio alojamiento —le había dicho—. Después, en cuanto te hayas instalado, te presentas al director de la sucursal.

Billy tenía diecisiete años. Llevaba un abrigo de color azul marino, un sombrero nuevo, flexible y marrón, y un traje nuevo, también de color marrón. Se sentía muy bien. Echó a andar con energía por la calle. Durante aquellos días estaba tratando de hacerlo todo con energía.

Había llegado a la conclusión de que la energía era la única característica común de todos los hombres de negocios con éxito. Los grandes jefes de la oficina central eran absoluta y fantásticamente enérgicos en todo momento. Eran personas asombrosas.

No había tiendas en esta amplia calle que ahora estaba recorriendo. Sólo una línea de casas altas a cada lado, todas ellas idénticas. Tenían porches y columnas y cuatro o cinco escalones que conducían a sus puertas de entrada; era evidente que, en algún otro tiempo, habían sido residencias ostentosas.

Pero ahora, incluso en la oscuridad, podía ver que la pintura de la madera de las puertas y ventanas estaba toda desconchada, y que las elegantes fachadas blancas estaban resquebrajadas y llenas de manchas, como consecuencia del descuido.

De pronto, en una ventana baja brillantemente iluminada por un farón, no más lejos de cinco metros, Billy vio un cartel impreso pegado contra el cristal de uno de los paneles superiores. Decía CAMA Y DESAYUNO. Justo debajo de la nota había un florero alto y bonito, lleno de crisantemos amarillos.

Se detuvo. Se acercó un poco más. En el interior, y a ambas partes de la ventana, colgaban unas cortinas verdes de algún tipo de tela aterciopelada. Los crisantemos tenían un aspecto maravilloso a su lado. Se dirigió directamente hacia la ventana y, a través del cristal, echó un vistazo al interior de la habitación; lo primero que vio fue un gran fuego encendido en la chimenea. Sobre la alfombra que había frente al fuego vio un pequeño y bonito perro tejonero, acurrucado y dormido, con la nariz escondida en el cuerpo.

Por lo que podía ver en la semioscuridad, la habitación estaba llena de agradables muebles. Había un piano, un gran sofá y algunos pesados sillones; en una de las esquinas, alcanzó a ver un gran papagayo, metido en una jaula. Billy se dijo a sí mismo que, en un lugar como este, los animales eran un buen signo. Después de todo, aquello tenía aspecto de ser una casa agradable y decente en la que poder quedarse. Sin duda alguna, sería mucho más cómoda que La Campana y el Dragón.

Por otra parte, una casa de huéspedes sería mucho más agradable que una pensión. Habría cerveza y juegos por las noches, una buena cantidad de gente con la que poder conversar y, probablemente, también resultaría más barata. En cierta ocasión, había pasado un par de días en una casa de huéspedes y le agradó.

Nunca había estado viviendo en una pensión y, en el fondo, sentía un ligero temor hacia ellas. El mismo nombre conjuraba en su mente imágenes de coles aguadas, patronas rapaces y un poderoso olor de arenques ahumados en la sala de estar.

Después de vacilar y pensar en todo esto durante dos o tres minutos, expuesto al frío de la noche, Billy decidió seguir andando, y dar un vistazo a La Campana y el Dragón antes de tomar una decisión. Así pues, se volvió dispuesto a marcharse.

Entonces, le sucedió algo extraño. Estaba a punto de darse la vuelta y apartarse de la ventana cuando, de repente, su vista se fijó, sintiéndose atraído de un modo muy peculiar, por la pequeña nota pegada a la ventana. CAMA Y DESAYUNO, decía. CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO.

Cada una de las palabras era como un gran ojo negro que le observaba a través del cristal, reteniéndole, imponiéndose a él, forzándole a permanecer donde estaba y a no separarse de aquella casa. Después, sólo se dio cuenta de que se estaba moviendo, apartándose de la ventana, para dirigirse hacia la puerta de entrada de la casa, subiendo los escalones que conducían a ella y extendiendo su mano hacia el timbre.

Apretó el timbre. Algo alejado, en una habitación trasera, escuchó su sonido, y entonces inmediatamente —debió haber sido inmediatamente porque ni siquiera le dio tiempo a apartar el dedo del timbre— se abrió la puerta y una mujer apareció en ella.

Normalmente, uno toca el timbre y suele tener que esperar medio minuto antes de que se abra la puerta. Pero esta dama era como un resorte. Apretó el botón... ¡y allí apareció ella! Aquello le dio un buen susto.

Era una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, y en cuanto le vio le ofreció una cálida sonrisa de bienvenida.

—Entre, por favor —le dijo, agradablemente.

Ella se apartó un poco hacia atrás, manteniendo muy abierta la puerta de entrada, y Billy se encontró avanzando hacia el interior de la vivienda. El impulso, o más bien el deseo de seguirla hacia el interior de la casa, resultó ser extraordinariamente fuerte.

—Vi el anuncio en la ventana —dijo, deteniéndose.

—Sí, lo sé.

—Me estaba preguntando si podría alquilar una habitación.

—Todo está preparado para usted, querido —dijo la mujer.

Tenía un rostro rosado y rechoncho y unos ojos azules de mirada apacible.

—Me dirigía hacia La Campana y el Dragón —le dijo Billy—. Pero acerté a descubrir el anuncio de su ventana.

—Querido joven —dijo ella—, ¿por qué no entra? Hace mucho frío.

—¿Cuánto cobra usted?

—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.

Resultaba fantásticamente barato. Era menos de la mitad de lo que había estado dispuesto a pagar.

—Si eso resulta demasiado —añadió ella—, quizá pueda reducirlo un poco, aunque no mucho. ¿Quiere tomar un huevo en el desayuno? Los huevos resultan caros en estos momentos. Si no toma un huevo, serían seis peniques menos.

—Cinco chelines y seis peniques está bien —contestó—. Me gustaría mucho quedarme aquí.

—Sabía que le gustaría. Entre.

La mujer parecía terriblemente amable. Tenía exactamente el aspecto de la madre del mejor estudiante de la escuela que está dando la bienvenida a alguien que va a pasar allí las fiestas de Navidad. Billy se quitó el sombrero y cruzó el umbral.

—Cuélguelo ahí —dijo la mujer—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.

En el vestíbulo no había ningún otro abrigo, ni sombrero. Tampoco había paraguas, ni bastones... nada.

—Lo tenemos todo para nosotros —dijo ella, sonriendo por encima de su hombro mientras le mostraba el camino hacia arriba—. Como verá, no me sucede a menudo tener el placer de recibir a un visitante en mi pequeño nido.

Billy se dijo a sí mismo que aquella mujer parecía estar ligeramente chiflada. Pero ¿quién se puede quejar por una habitación que sólo cuesta cinco chelines y seis peniques?

—Había pensado que estaba abrumada de solicitudes —dijo con amabilidad.

—¡Oh! Lo estoy, querido; lo estoy, desde luego. El problema es que suelo ser un poquitín particular y prefiero elegir a mis huéspedes... Supongo que comprende lo que quiero decir.

—¡Oh, sí, claro!

—Pero siempre estoy preparada. En esta casa, todo está siempre preparado, día y noche, para el caso de que aparezca un joven caballero aceptable. Y resulta un placer muy agradable, querido, muy agradable, cuando, de tanto en tanto, abro la puerta y me encuentro con alguien que es exactamente la persona correcta —estaba a mitad de la escalera y se detuvo, manteniendo una mano en la barandilla, volviendo su cabeza hacia él y sonriéndole con unos labios pálidos—, como usted —añadió, y sus ojos azules recorrieron lentamente todo el cuerpo de Billy, desde la cabeza a los pies, y después a la inversa.

En el rellano del segundo piso, le dijo:

—Este piso es mío.

Subieron al piso superior.

—Y este es todo de usted —dijo—. Aquí está su habitación. Espero que le guste.

Le introdujo en una habitación pequeña pero encantadora, encendiendo antes la luz.

—El sol de la mañana penetra justo por esa ventana, míster Perkins. Porque es usted míster Perkins, ¿verdad?

—No —contestó—, mi apellido es Weaver.

—Míster Weaver. ¡Qué bonito! He puesto una botella de agua caliente entre las sábanas, míster Weaver. ¡Resulta tan agradable tener una botella de agua caliente en una cama extraña entre las sábanas limpias! ¿No le parece? Además, puede encender la calefacción a gas cada vez que sienta frío.

—Gracias —dijo Billy—, muchas gracias.

Se dio cuenta de que el cobertor había sido retirado de la cama, y de que las sábanas habían sido dobladas hacia un lado, como si todo estuviera preparado para que alguien se acostara inmediatamente.

—Me siento muy contenta de que haya aparecido usted —dijo ella, mirándole muy seriamente a la cara—. Ya estaba empezando a preocuparme.

—Está bien —dijo Billy con prontitud—. No debe preocuparse por mí.

Colocó la maleta sobre la silla y comenzó a abrirla.

—¿Qué le parece una buena cena, querido? ¿Se las ha arreglado para comer algo antes de venir aquí?

—No tengo apetito, gracias —contestó—. Creo que me meteré en la cama lo antes posible porque mañana me tengo que levantar bastante pronto para presentarme en la oficina.

—Está bien. Le dejaré ahora para que pueda deshacer la maleta. Pero antes de que se acueste, ¿le importaría bajar por la sala de estar, en la planta baja, para firmar el libro? Todo el mundo tiene que hacerlo, porque así es la ley del país, y no vamos a violar ninguna ley en estos momentos, ¿verdad?

Ella hizo un ligero gesto con la mano y salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta.

El hecho de que aquella patrona pareciera estar un poco fuera de sus cabales no preocupó a Billy en lo más mínimo. Después de todo, no sólo era inofensiva —no tenía ninguna duda sobre ello—, sino que evidentemente era una persona amable y generosa. Supuso que probablemente habría perdido a algún hijo en la guerra, o algo similar, y nunca había podido superarlo del todo.

Así pues, unos minutos más tarde, tras haber deshecho la maleta y haberse lavado las manos, bajó a la planta baja y entró en la sala de estar. Su patrona no estaba allí, pero el fuego seguía ardiendo en la chimenea y el pequeño perro tejonero seguía durmiendo tranquilamente frente a él. La sala tenía una atmósfera maravillosamente cálida y agradable. «Soy un tipo con suerte —pensó, frotándose las manos—. Esto está pero que muy bien.»

Encontró el libro de clientes, abierto sobre el piano, así es que cogió su pluma y escribió en él su nombre y dirección. En la página únicamente había otras dos inscripciones, y, como se suele hacer siempre con los libros de clientes cuando se tiene una oportunidad, comenzó a leerlas. Una de ellas correspondía a un tal Christopher Mullholland, de Cardiff. La otra era de Gregory W. Temple, de Bristol.

«Esto sí que resulta divertido», pensó de repente. Christopher Mullholland. Le sonaba de algo.

¿Dónde diablos había escuchado antes aquel nombre tan poco usual?

¿Se trataba de un compañero de escuela? ¿Era uno de los muchos admiradores de su hermana? ¿O un amigo de su padre? No, no era nadie de ellos. Volvió a echar un vistazo al libro.

Christopher Mullholland 231 Cathedral Road, Cardiff

Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol.

De hecho, y ahora que lo pensaba más detenidamente, no acababa de estar seguro de que el segundo nombre no le resultara tan familiar como el primero.

—¿Gregory Temple? —se preguntó en voz alta, buscando en su memoria—. ¿Christopher Mullholland?

—Unos muchachos muy encantadores —le contestó una voz detrás de él.

Se volvió y vio a la patrona entrando en la sala, llevando en las manos una gran bandeja de plata para el té. La mantenía algo apartada de sí, frente a ella y a bastante altura, como si la bandeja fuera un par de riendas pertenecientes a un caballo retozón.

—De algún modo, esos nombres me son familiares —dijo.

—¿De verdad? Eso es muy interesante.

—Estoy casi convencido de que he escuchado esos nombres antes, en alguna parte. ¿No es algo curioso? Quizá los haya visto impresos en los periódicos. No se trataba de personas famosas en ningún sentido, ¿no cree? ¿No serían jugadores de críquet, o de fútbol, o algo así?

—Famosos —dijo ella, colocando la bandeja de té sobre una mesa baja situada frente al sofá—. ¡Oh, no! No creo que fueran famosos. Pero ambos eran increíblemente elegantes y apuestos, eso se lo puedo asegurar. Eran jóvenes, altos y apuestos, querido, exactamente como usted.

Una vez más, Billy echó un vistazo al libro.

—Mire aquí —dijo, dándose cuenta de las fechas—. Esta última entrada se hizo hace más de dos años.

—¿De verdad?

—Sí, claro. Y Christopher Mullholland, que se inscribió con anterioridad, lo hizo un año antes..., o sea hace más de tres años.

—Querido —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza y dando un delicado y pequeño suspiro—, nunca lo habría pensado. ¡Cómo pasa el tiempo para todos nosotros! ¿Verdad, míster Wilkins?

—Mi apellido es Weaver —dijo Billy—. W-e-a-v-e-r.

—¡Oh, claro, desde luego! —exclamó ella, sentándose en el sofá—. ¡Qué tonta soy! Le pido disculpas. Me entra por un oído y me sale por el otro. Así soy yo, míster Weaver.

—¿Sabe usted algo? —dijo Billy—. Algo que resulta bastante extraordinario en todo esto.

—No, querido, no lo sé.

—Bueno, resulta que estos dos nombres —Mullholland y Temple— no sólo parezco recordarlos por separado, sino que de algún modo y de una forma muy peculiar, parece como si estuvieran relacionados en mi memoria. Como si los dos se hubieran hecho famosos por lo mismo, si es que comprende usted lo que quiero decir... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o como Churchill y Roosevelt.

—¡Qué divertido! —exclamó ella—. Pero venga ahora aquí, querido, y siéntese a mi lado, en el sofá. Le serviré una buena taza de té y un pastel de jengibre antes de que se vaya a la cama.

—No debería usted molestarse —dijo Billy—. No pretendía que hiciera nada de eso.

Se quedó de pie, junto al piano, observándola mientras ella trajinaba con las tazas y los platos. Se dio cuenta de que tenía unas manos pequeñas, blancas, que se movían con rapidez, y cuyas uñas estaban pintadas de rojo.

—Estoy casi convencido de que vi sus nombres en los periódicos —dijo Billy—. Me acordará en un momento. Estoy seguro de acordarme.

No hay nada más desesperante que algo permanezca justo en los límites exteriores de nuestra memoria, sin acabar de penetrar en ella. No obstante, al joven le disgustaba tener que abandonar el esfuerzo.

—Un minuto —dijo—, espere un minuto. Mullholland... Christopher Mullholland..., ¿no se trata del estudiante de Eton que estaba realizando un viaje por West Country y que de repente...?

—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Quiere también azúcar?

—Sí, por favor. Y que de repente...

—¿Estudiante de Eton? —preguntó ella—. ¡Oh, no, querido! Eso no puede ser cierto porque mi míster Mullholland no era ningún estudiante de Eton cuando vino aquí. Era un graduado de Cambridge. Venga aquí ahora y siéntese a mi lado, y caliéntese un poco frente a este fuego tan estupendo. Vamos. Su té ya está preparado.

Dio unos ligeros golpes en el asiento vacío que había junto a ella, sobre el sofá, y se acomodó allí, sonriéndole a Billy y esperando que él se sentara a su lado.

Billy cruzó la habitación lentamente y se sentó en el borde del sofá. Ella colocó la taza de té frente a él, sobre la mesa.

—Aquí estamos —dijo la mujer—. ¿No le parece bonito y agradable?

Billy empezó a remover el azúcar del té. Ella hizo lo mismo. Durante medio minuto, ninguno de ellos dijo una sola palabra. Pero Billy sabía que ella le estaba mirando. Su cuerpo estaba medio doblado hacia el de él y podía sentir sus ojos, descansando sobre su rostro, observándole sobre el borde de la taza de té. De vez en cuando captaba un olorcillo peculiar que parecía emanar directamente de la mujer. No era un olor desagradable y le hizo recordar... bueno, no estaba completamente seguro de lo que aquel olor le recordaba. ¿Nueces en escabeche? ¿Cuero nuevo? ¿O se trataba más bien del olor habitual en los pasillos de un hospital?

—Míster Mullholland era un gran bebedor de té —dijo ella al cabo de un rato—. Nunca en mi vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el querido y dulce míster Mullholland.

—Supongo que se marchó de aquí hace poco tiempo —dijo Billy.

Su mente todavía estaba preguntándose de qué conocía aquellos dos nombres. Ahora estaba seguro de que los había visto publicados en los periódicos... en los titulares.

—¿Marcharse? —preguntó ella elevando las cejas—. Pero, querido, él nunca se marchó. Todavía está aquí. Míster Temple también está aquí. Están en el cuarto piso, los dos juntos.

Billy dejó lentamente su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su patrona. Ella le sonrió y entonces puso una de sus manos blancas sobre la rodilla del joven, dándole unas amistosas palmaditas.

—¿Cuántos años tiene usted, querido? —preguntó.

—Diecisiete.

—¡Diecisiete! —exclamó—. ¡Oh, es la edad perfecta! Míster Mullholland también tenía diecisiete años. Pero creo que era un poco más bajo que usted; en realidad, estoy segura de que lo era y sus dientes no eran tan blancos como los suyos. Tiene usted los dientes más bonitos que he visto, míster Weaver, ¿lo sabía?

—No son tan buenos como aparentan —dijo Billy—. Han sido simplemente reforzados por la parte de atrás.

—Míster Temple, desde luego, tenía unos cuantos años más —dijo ella, ignorando su observación—. Tenía veintiocho años. Y sin embargo, nunca lo hubiera supuesto si él mismo no me lo hubiera dicho. Nunca lo habría imaginado. No había un solo defecto en todo su cuerpo.

—¿Un qué? —preguntó Billy.

—Su piel era exactamente como la de un niño pequeño.

Hubo un momento de silencio. Billy cogió su taza de té y bebió otro sorbo; después, volvió a dejarla sobre el plato. Esperó a que ella dijera algo más, pero la mujer parecía haber caído en otro de sus largos silencios. Se quedó allí, sentado, mirando frente a él, hacia la esquina más alejada de la habitación, mordiéndose el labio inferior.

—Ese papagayo —dijo él por fin—, ¿sabe usted algo? Me dejó completamente perplejo la primera vez que le vi a través de la ventana. Podría haber jurado que estaba vivo.

—No, ya no lo está.

—Resulta terriblemente inteligente la forma como se ha hecho —dijo—. No parece estar muerto. ¿Quién lo hizo?

—Yo misma.

—¿Usted?

—Desde luego —contestó ella—. ¿Ha visto también a mi pequeño «Basil»?

Indicó con la mirada hacia el pequeño perro tejonero acurrucado cómodamente frente al fuego. Billy lo miró. Y, de repente, se dio cuenta de que el animal se había mantenido durante todo el tiempo tan silencioso y tan inmóvil como el papagayo. Extendió una mano y le tocó suavemente en el lomo. Estaba duro y frío y cuando apartó el pelo con sus dedos, pudo ver la piel debajo, de un color grisáceo, seca, y perfectamente conservada.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es absolutamente fascinante.

Apartó la mirada del perro y se quedó mirando con una profunda admiración a la mujer sentada junto a él en el sofá.

—Debe ser terriblemente difícil hacer una cosa así.

—En absoluto —dijo ella—. Diseco a todos mis animales domésticos cuando les llega el momento. ¿Quiere usted tomar otra taza de té?

—No, gracias —contestó Billy.

El té tenía un ligero gusto a almendras amargas y no sentía el menor interés de seguir bebiéndolo.

—Firmó usted en el libro, ¿verdad?

—¡Oh, sí!

—Eso está bien, porque más adelante, si me olvido de cómo se llama usted, siempre puedo comprobarlo en el libro. Eso es lo que hago casi todos los días con míster Mullholland y con míster..., míster...

—Temple —dijo Billy—, Gregory Temple. Permítame una pregunta: ¿no ha tenido ningún otro cliente durante los dos o tres últimos años?

Levantando mucho su taza de té con una mano, e inclinando ligeramente su cabeza hacia la izquierda, ella le miró desde las esquinas de sus ojos y le ofreció otra suave y amable sonrisa.

—No, querido —contestó—. Sólo usted.

Ningún cabo suelto - Miriam Allen Deford

Los dos hombres penetraron silenciosamente en la gran mansión por la puerta de atrás, donde ningún vecino podía verles. No tenían llave de la puerta principal y nadie les habría abierto si hubieran llamado al timbre.

—Está bien —dijo Ferguson—. Nos detenemos un momento y tomamos una o dos copas. ¿Hay algo...?

Girdner le miró fríamente.

—Se trata de un asunto mío. Hazlo una vez más y el trato se habrá roto. Encontraré a alguna otra persona. Iros a vuestra habitación, los dos.

Ella podía llegar en cualquier momento.

Llegaba tarde, como siempre. Girdner hizo una mueca. Llegaba tarde a su propio funeral.

Y también al de su esposo.

Era casi la una de la mañana cuando escuchó su coche. Aquél era el momento más peligroso.

Era una noche oscura, sin luna; él había pensado en todo, como hacía siempre. No encendió la luz del porche, sino que se limitó a abrir la puerta suavemente para permitir que ella entrara. Después, él mismo condujo su coche hacia la parte lateral de la casa, donde los arbustos eran más espesos. Haberle indicado a ella dónde tenía que dejarlo, habría significado una discusión. No tardó en volver y cerró la puerta tras él.

Ella estaba de pie en el vestíbulo, esperando. Y él no le pidió que pasara a la sala de estar.

—¿Está todo preparado? —preguntó ella, con aquel arrogante tono suyo.

—¿Tiene usted todo listo? —devolvió él la pregunta.

Cuando se trataba de arrogancia, podía golpearla hasta arrojarla al suelo.

—¿Se refiere al dinero? —preguntó ella, sonriendo—. Lo he traído. La mitad ahora y la otra mitad... después.  

Girdner se tragó su furia.

—No fue eso lo que acordamos, madame. Está usted comprando algo, y yo lo estoy vendiendo. Si no hubiera usted sabido que yo poseía lo que deseaba y que podía garantizar su entrega, no habría venido a verme. Tengo que pagar a mis hombres mañana por la mañana. Págueme lo que acordamos y habremos terminado.

Ella sacudió la cabeza en un gesto de terquedad. Girdner apretó los puños.

—¿De qué tiene miedo? —preguntó él—. ¿De un chantaje? Soy un comerciante. Una vez vendida mi mercancía ya no tengo nada más que ver con el cliente.

—Usted no..., pero los hombres que ha contratado...

—Esa es exactamente la palabra... los he contratado. Les he contratado ya con anterioridad y, sin duda alguna, les volveré a contratar, a ellos o a otros como ellos. Son técnicos... especialistas. No tienen otro interés que realizar su trabajo y que se les pague por ello.

—Debe recordar, además, que, tanto en mi caso como en el de ellos, cualquier futura insatisfacción hará que quede usted inevitablemente envuelta en ello. Ninguno de nosotros puede acusar al otro sin eso. Eso nos protege a ambos... o a todos nosotros, si así lo prefiere.

De mala gana, ella abrió su bolso de piel de cocodrilo. El contó cuidadosamente el dinero, inspeccionando los billetes para comprobar que no hubiera números seguidos, así como ninguna relación de denominaciones. Después, dejó el fajo descuidadamente sobre la mesa del vestíbulo y volvió a abrir la puerta.

—Buenas noches, madame, y adiós. No encienda las luces de su coche hasta que no llegue a la carretera —sonrió ligeramente y añadió—: Pasado mañana, sus sueños se habrán convertido en realidad. Felicidades.

Cerró y aseguró la puerta una vez ella hubo salido. Permaneció allí, escuchando, hasta que el coche se hubo marchado, recogió después el fajo de billetes, apagó la luz del vestíbulo y subió las escaleras.

Se metió directamente en la cama y durmió profundamente durante ocho horas.

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Dunlap, el sordomudo a quien Girdner había rescatado años antes de los barrios bajos y que ahora le servía con una lealtad servil, preparó el desayuno para Coates y para Ferguson en la cocina. Girdner lo recibió en su habitación, servido en una bandeja. Una vez desayunado, bañado, afeitado y vestido, bajó a su estudio y llamó para que los dos hombres se reunieran con él.

Les observó a ambos con una mirada crítica: Coates, el más alto, estaba tranquilo y taciturno, como siempre, pero Ferguson parecía muy inquieto y preocupado. Girdner tomó nota mental para sustituirle en el próximo contrato. Sin embargo, hoy podría hacerlo; sólo estaba allí como ayudante de Coates y podía confiar en Coates para que siguiera las órdenes e hiciera las cosas de un modo competente, siempre y cuando su paga estuviera segura en su bolsillo.

Había mucho tiempo: James Wardle Blakeney nunca llegaba a su oficina antes de las 11:30 de la mañana.

—Ya sabéis lo que tenéis que hacer —dijo Girdner duramente—. ¿Alguna pregunta?

—Exactamente lo mismo que en el caso de Sánchez, ¿no es verdad? —preguntó nerviosamente Ferguson.

—Completamente diferente al caso de Sánchez —dijo Girdner con energía—. Aquello fue un golpe directo y el resultado fue accidental. En esta ocasión, se nos paga para que provoquemos un accidente.

Ferguson tuvo el mal gusto de reírse disimuladamente. Girdner decidió que, en efecto, tenía que prescindir de él y, desde luego, aquello significaba que tendría que ser eliminado. ¿Cómo se podía haber deteriorado tanto un hombre de su experiencia? Girdner se dio cuenta de que Coates mostraba una expresión ceñuda; probablemente estaba pensando en lo mismo.

—Además —añadió Girdner—, deberías tener mejor sentido y no mencionar asuntos pasados.

—¡Oh, claro, claro! —exclamó Ferguson con nerviosismo.

«Me pregunto —pensó Girdner— si esto le está ocurriendo porque se ha casado. El matrimonio arruina a un buen hombre que desarrolla su clase de trabajo.» Captó deliberadamente la mirada de Coates y, sin que Ferguson se diera cuenta, puso unos cuantos billetes más en uno de los montones que había colocado sobre la mesa. Coates asintió imperceptiblemente.

—Aquí está vuestro dinero —dijo Girdner—. Contadlo y marcharos. Conocéis el plan y tenéis vuestros billetes de avión. ¿Está todo correcto?

—¡Oh, claro, claro! —volvió a exclamar Ferguson, metiéndose su dinero en un bolsillo, sin contarlo.

Coates, por el contrario, los contó cuidadosamente, volvió a asentir con la cabeza y se puso el dinero en la cartera. «Adiós, Ferguson», pensó Girdner; se reuniría con James Wardle Blakeney antes de que hubiera terminado el día.

Los dos hombres abandonaron la casa por la puerta de atrás. Girdner escuchó hasta que oyó cerrarse la puerta y a Dunlap correr el cerrojo. Después, dejando a un lado sus preocupaciones, se reclinó en el sillón y encendió el primer puro del día. Otro buen negocio del que tenía que dejar de preocuparse. «Creo —reflexionó— que me voy a tomar un descanso..., quizá haga un viaje a alguna parte antes de aceptar otro trabajo. No vale la pena ser avaricioso.»

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 De haberle conocido, James Wardle Blakeney habría sabido que tenía varios rasgos comunes con Augustus Girdner: era reservado, orgulloso, independiente, tenaz y puntual. También tenía un buen número de rasgos totalmente diferentes a los de Girdner, pero ésos no tenían ninguna importancia por el momento.

Con objeto de mantenerse en forma —una cuestión de vanidad para un hombre de cuarenta y cuatro años casado con una mujer de veintiséis— había decidido andar el par de kilómetros que separaban su residencia del despacho, cada vez que estaba en la ciudad, e independientemente del tiempo que hiciera, como no fuera un huracán o una ventisca. Siempre seguía el mismo camino, andando con rapidez, sin prestar ninguna atención a todo lo que le rodeaba, dirigiendo su mente hacia los problemas que le esperaban en el despacho.

El gran problema de hoy era la fusión metropolitana. ¿Debía o no debía utilizar aquel chisme nuevo durante el inminente almuerzo-conferencia? ¿Era ético? Los resultados beneficiosos de su utilización, ¿superarían su dudosa propiedad? Pensó en Newnham; era un cliente muy astuto; sin duda alguna, lo habría utilizado de haber sido el primero en conseguirlo. Sí, decidió, lo haría. Se llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Resultaba divertido pensar en lo que podía hacer la tecnología en estos tiempos.

En aquel momento, y de un modo muy engorroso, fue abordado por un hombre que venía en dirección opuesta. Le fastidió sobre todo porque no reconoció a aquel hombre pequeño, pulcro y sonriente que se detuvo ante él, extendiéndole la mano en espera de que se la estrechara.

—¡Míster Blakeney! —dijo el hombre, mostrándole sus brillantes dientes—. ¡Qué agradable volverle a ver!

Blakeney se encontraba con mucha gente por cuestiones muy diferentes. No había memoria capaz de recordar todos sus rostros y todos sus nombres. Y, lo que era peor aún, últimamente notaba con disgusto cómo su memoria había ido perdiendo aquella elasticidad de hacía veinte años. Pero el sentido de la amabilidad le impulsó a estrechar la mano tendida hacia él.

—Me alegro de verle... —empezó a decir, confiando en no mostrarse tan abrupto como para ofender a alguien que podía sentir que tenía un cierto derecho a ser recordado.

Pero el hombre pequeño, en lugar de hablar, agarró la mano de Blakeney con una sorprendente fuerza y, para perplejidad y alarma del financiero, le arrastró, como si estuviera tirando de un pez capturado, hacia un coche que se había detenido junto a la acera. 

Antes de que Blakeney pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo —su pensamiento había estado profundamente preocupado por lo que iba a hacer sobre la fusión metropolitana—, otro hombre, alto y fornido, le cogió del otro brazo. Entre los dos, le metieron en el vehículo y en menos de un minuto se encontró tumbado en el suelo del asiento trasero, amordazado, con los ojos vendados, una manta sobre su cuerpo y con los pies del hombre más alto firmemente plantados sobre su espalda. Blakeney se retorció y gorgoteó unos sonidos sin efectividad alguna mientras el coche avanzó tranquilamente por la calle.

Blakeney no tardó en dejar de retorcerse. No cabía la menor duda de que había sido raptado para obtener un rescate; creía que aquella clase de cosas habían dejado de suceder desde antes de la Segunda Guerra Mundial. Pero recordó muy bien las crónicas que había leído sobre sucesos similares, comprendiendo que sólo las víctimas que habían mantenido la cabeza fría y habían utilizado su inteligencia fueron las únicas no sólo en salir indemnes de la situación, sino incluso en poder conducir a la policía hacia los criminales lo que, en algunos casos, permitió hasta recuperar el dinero del rescate. Tenía todos los sentidos bloqueados, excepto sus oídos, así es que los podía utilizar.

Sabía la rutina del procedimiento por intuición. Sería llevado a un lugar apartado y oculto, donde le mantendrían incomunicado, mientras los secuestradores enviaban una nota pidiendo el rescate a su esposa, o la llamaban por teléfono, o bien se ponían en contacto con cualquiera de sus socios en los negocios. Probablemente, harían esto último, puesto que Iris no tenía la menor idea de dónde o cómo conseguir la considerable suma que, sin duda alguna, exigirían. Tanto ella como su socio serían advertidos para que no informaran a la policía; pero él temía que lo hicieran así, tratando de ocultarlo. Preferiría que no lo hicieran; a las personas raptadas les pueden suceder cosas muy desagradables si los intermediarios no obedecen las órdenes.

Por el ruido, se dio cuenta de cuándo penetraron en el túnel y de cuándo salieron, y poco después la calzada pavimentada se convirtió en un camino en mal estado y los otros coches que había estado escuchando hasta entonces fueron disminuyendo hasta que el ruido de sus motores desapareció por completo. 

Cerca de toda gran ciudad, y a una distancia fácilmente alcanzable, suelen existir enclaves de zonas no desarrolladas urbanísticamente o abandonadas, a las que nadie suele acudir. Estos hombres eran profesionales; habrían preparado ya algún lugar donde ocultarle. 

Tenía una idea bastante buena de la dirección de donde habían llegado, procedentes de la ciudad, y podía recordar algunos de los puntos por los que había pasado, en una u otra ocasión, con su propio coche. Se imaginaba que en alguno de aquellos lugares debía haber alguna casa abandonada.

Sin lugar a dudas, el vehículo se detuvo... Por lo que había podido apreciar, se trataba de un desvencijado cacharro, lo que volvía a demostrar la experiencia de aquellos criminales; sin duda alguna, lo habían adquirido a buen precio de un lote de vehículos de segunda mano, y todo lo que se le exigía al coche era que los llevara adonde habían llegado y que regresara después, sin él y sin uno de los secuestradores; después, sería abandonado en cualquier calle solitaria. De este modo, no había ninguna complicación con vehículos robados. Con su gran talento para las cuestiones administrativas, Blakeney casi aprobó las disposiciones: eran limpias y similares a cualquier negocio.

—Fuera —dijo el hombre alto del asiento de atrás, apartando los pies del cuerpo de Blakeney, cubierto hasta entonces por la manta.

Fue la primera palabra pronunciada por aquel hombre. Se levantó la manta y Blakeney se arrastró trabajosamente hacia la puerta abierta, poniéndose después en pie sobre el terreno accidentado.

Tenía la vaga impresión de que había árboles a su alrededor; estaba seguro de que había uno cerca, contra el que terminó por apoyarse hasta que sus brazos y piernas empezaron a dolerle a causa de las espinas. Ahora le llevarían al interior de la casa, que debía estar muy cerca; le introducirían en una habitación oscura, que sería la celda de su prisión hasta que fuera rescatado. Lo que no podía imaginar era que no había ninguna casa en más de un kilómetro a la redonda.

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 —Está bien —dijo Ferguson—. Muévete.

Se estaba dirigiendo a Coates, que dejó de apretar el brazo de Blakeney. Ferguson se metió entre dos pinos bajos en aquel camino abierto en el bosque y apuntó cuidadosamente hacia la nuca de Blakeney.

Blakeney cayó boca abajo, pesadamente, sin un sonido. Hubo una sacudida momentánea y después se quedó quieto.

—Bastante bien, ¿verdad? —preguntó Ferguson echándose a reír.

Era una risa que parecía un gimoteo.

—Tan limpio como un buen silbido —dijo Coates, mostrándose de acuerdo—. He oído decir que siempre lo eres.

Y, ahora, debía tener en cuenta los cambios en el plan original.

Ferguson estaba todo emocionado. Coates le miró con disgusto. Girdner tenía razón: Ferguson había sido un hombre muy útil en su época, pero su época ya había pasado. Ahora se había convertido en una persona de la que se podía prescindir.

—Bien —dijo Ferguson excitadamente—, ahora hazle rodar... es pesado. Le dejaremos la cartera... tienen que encontrar la tarjeta de identidad..., pero un tipo como éste debe llevar bastante dinero encima, y no hay razón alguna para no cogerlo. Será una especie de paga extra —dijo, riéndose disimuladamente.

Cambio de plan número uno: no se debe coger ningún dinero a Blakeney, o la policía sabría que habría habido una tercera persona involucrada. No había tiempo que perder.

Ferguson se colocó el arma en la pistolera y encendió un cigarrillo. Estuvo hablando y moviéndose todo el rato.

—En cuanto hagamos eso, nos metemos en el coche y nos marchamos, ¿eh? Llegamos a la ciudad, dejamos este cacharro donde dijiste y después podemos irnos al aeropuerto por separado. Tú sigues tu camino y yo el mío. ¿Has hecho algún otro trabajo anterior para Girdner?

—Dos veces —contestó Coates—. ¿Y tú?

—Algunas más. Pero nunca nada como esto..., sólo trabajos ordinarios —se echó a reír—. Con éste no hemos perdido el tiempo, ¿verdad? Ese tipo de Girdner... ¡qué cerebro!

—Cierra el pico —dijo Coates.

Una conversación tonta era una de las cosas que más le disgustaban.

Ferguson volvió a reír, y siguió hablando:

—¿Quién va a escuchar, excepto tú y nuestro difunto amigo? ¡Vaya! ¿Sabías que existiera una organización como ésta? ¡Eso sí que es convertirse en una viuda rica de un golpe! Me pregunto cómo pudo ponerse en contacto con Girdner.

—De la misma forma que lo hicimos nosotros —dijo Coates—. Conexiones del sindicato. Ella no es como nosotros, pero, desde luego, tampoco es un ángel. Probablemente, lo tuvo todo planeado desde el principio. Y ahora, si quieres...

—Está bien, está bien. Déjame que recupere la respiración. No hay prisa. ¡Vaya! Supongo que es eso... ¡ella es la mitad de joven que él y dos veces más hermosa! —Ferguson se echó a reír sofocadamente—. Probablemente, él se la encontró en un bar y después ella le atrapó. En el fondo, la admiro. Naturalmente, Girdner tuvo que haber elaborado los detalles con ella; pero todo el asunto... escribir la nota de rescate ella misma... tal y como dictara Girdner. Supongo que fue así. Y él se habrá ocupado de que ella tuviera una máquina de escribir segura, de la que poder desembarazarse luego... Y después, dársela a la bofia, tras haber hecho como si pagara el rescate... y te apuesto a que ha sido una buena suma... Nosotros hemos cobrado bien, pero eso sólo era una pequeña parte del total...

Coates ya había escuchado bastante.

—¡Eh! —gritó duramente—. ¡Mira aquí!

Alarmado, Ferguson se volvió. Instantáneamente, Coates, que tenía el doble de peso y de fuerza, se abalanzó sobre él, al mismo tiempo que Ferguson sacaba el arma de la pistolera —las dos balas debían proceder de la misma arma—, y antes de que el pequeño hombre se hubiera dado cuenta de lo que ocurría, Coates le disparó en la sien, situando el arma lo bastante cerca como para dejar en ella señales de pólvora.

Ferguson se derrumbó de golpe. Hábilmente, Coates soltó la mano del muerto, que empuñaba el arma con fuerza.

No necesitaba limpiar sus huellas..., ni siquiera en el coche; no había tocado nada que pudiera mostrar sus huellas y en cuanto a Ferguson, ya no importaba.

Cambio de plan número dos: no podía llevarse el coche. Sería otra forma de demostrar que una tercera persona había estado involucrada. Bueno, todavía era temprano y no le separaban más de seis o siete kilómetros hasta la próxima parada de autobús en una pequeña ciudad. ¿Le quedaba alguna cosa por hacer?

Sí, la parte del dinero de Ferguson. En realidad, se lo había ganado él, Coates y, por otra parte, resultaría sospechoso dejar allí a Ferguson con tanto dinero.

Lo cogió todo, excepto la suma razonable que se supondría podría llevar una persona como Ferguson. Unió los billetes a los suyos, colocándolos todos en el cinturón preparado para llevar dinero, que había traído para que no le abultara demasiado en los bolsillos. ¿El billete de avión de Ferguson? No, sería mejor dejarlo. Eso les permitiría saber quién fue, antes de identificar incluso sus huellas. Coates se ató los pantalones sobre el cinturón y echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no se había olvidado de nada.

Todo estaba bien. Ferguson había comprado el coche; Coates nunca le había visto hasta que se encontraron la noche anterior en la casa de Girdner; así pues, no había nada que pudiera relacionarles a ambos. Sólo una cuestión más: ¿debía acelerar el descubrimiento mediante una llamada telefónica anónima? Girdner había dejado bien claro que el cuerpo de Blakeney debía ser encontrado con rapidez; se tenía que poder disponer de un esposo muerto antes de dar lectura al testamento. Este lugar estaba aislado. ¿Habría por allí cazadores, chicos o excursionistas que pudieran encontrarse con los cuerpos al día siguiente o así? Quizá no.

Bueno, antes de coger el autobús telefonearía a la comisaría central de policía de la ciudad para darles el soplo, y después colgaría. Por su parte, ella llamaría a la policía en cuanto recibiera la nota donde se pedía el rescate, que ella se había dirigido a sí misma; para entonces, todo habría aparecido ya en los periódicos y en la televisión.

Dando un último vistazo a la satisfactoria escena, Coates comenzó a caminar confiadamente por el camino que llevaba hacia la carretera, manteniéndose alerta para ocultarse en cuanto viera pasar a alguien. Pero ningún ser viviente se cruzó con él, excepto un solitario conejo. Si seguía teniendo aquella misma suerte, se encontraría con pocos vehículos en la carretera a aquella hora del día, y si veía venir a alguno empezaría a correr como si estuviera realizando ejercicios gimnásticos. No iba vestido tan elegantemente como Girdner, pero iba vestido lo bastante bien como para ser considerado como un nuevo devoto de la nueva manía del ejercicio de correr al aire libre. En cualquier caso, nadie le confundiría con un secuestrador, ni se pararía para detenerle.

Siguió andando a paso largo, sonriendo al recordar el repentino terror que se reflejó en el rostro de Ferguson un segundo antes de morir. Que la policía tratara ahora de desentrañar el rompecabezas de por qué el secuestrador había matado a su víctima y después, repentinamente, por alguna razón inexplicable, se había suicidado con la misma arma.

Coates se sintió satisfecho de aquel buen trabajo, tan bien hecho. Había sido un trabajo verdaderamente profesional en el que no había quedado ningún cabo suelto.

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 Todo funcionó con exactitud. Iris Blakeney ni siquiera estaba nerviosa. No se puede estar nervioso, al menos cuando todo está a cargo de un empresario como Girdner. Todo lo que tenía que hacer era seguir con exactitud sus instrucciones, y así lo hizo. Al parecer, uno de sus hombres hasta había llamado por teléfono para asegurarse de que el cuerpo del pobre James fuera descubierto con rapidez, y así sucedió, en efecto, antes de que oscureciera aquella misma noche.

Ensayó de nuevo la conmoción y la pena que debía sentir en cuanto supiera las noticias. El teléfono no tardaría en empezar a sonar, y después sería acosada por los periodistas y por los amigos de James y por sus parientes y socios de negocios. Gracias al cielo ella no tenía ninguno. Sólo tendría que pasar una semana o dos de conmoción y fastidio, y después comenzaría su nueva, su maravillosa nueva vida. Sí, ya sonaba el timbre en la puerta principal; se puso en tensión para enfrentarse al primer encuentro, mientras escuchaba a la criada acudir a abrir la puerta.

Dos hombres entraron en la casa. Iban vestidos con ropas civiles, pero, desde luego, ella se dio cuenta de que se trataba de policías.

—¿Tienen ustedes..., tienen ustedes alguna noticia? —preguntó con voz temblorosa, como si no hubiera escuchado las noticias en la televisión.

Escuchó, casi medio desmayada, cómo uno de ellos comenzó a recitar la letanía que precede a todo arresto desde la ley Miranda.

—¡Pero qué diablos...! —empezó a decir, pasando rápidamente de la conmoción a la expresión de rabia.

—Vamos, hermana —dijo fatigadamente uno de los policías—. ¿Sabe lo que encontramos en el bolsillo superior de la chaqueta de su esposo? Uno de esos hermosos y pequeños magnetófonos. Al parecer, cuando cayó al suelo lo activó de algún modo. ¡Y vaya si hay cosas interesantes en esa cinta!