Vestía un traje raído, lampariento, pero de buen casimir. Regalo quizá de algún señor fachendoso. La camisa carecía de la imprescindible corbata y demostraba su inconformidad con arrugas oscuras y revueltas de mal genio.
Bajo el viejísimo sombrero, un paliacate se adhería a la cabellera mantecosa, estriada de canas. Hablaba sin mover casi los gruesos labios; y los ojos parecían estar perdidos en misteriosos parajes pero nunca de acuerdo: en tanto uno giraba traviesamente detrás del párpado entreabierto, el otro permanecía fijo e inmutable.
Bajo el viejísimo sombrero, un paliacate se adhería a la cabellera mantecosa, estriada de canas. Hablaba sin mover casi los gruesos labios; y los ojos parecían estar perdidos en misteriosos parajes pero nunca de acuerdo: en tanto uno giraba traviesamente detrás del párpado entreabierto, el otro permanecía fijo e inmutable.
Se llamaba Pedro, era de oficio peluquero; y se encontraba procesado por un delito «contra la salud». Tenía, además, fama de brujo. Fama que despertó envidias en su barrio y que fue causa preponderante de su aprehensión.
Era seguramente un brujo inofensivo; pero quizá alguna vez falló en sus manipulaciones mágicas y el cliente defraudado se vengó delatándolo. Las autoridades locales catearon su humilde vivienda, encontraron un plantío de la hierba prohibida y Pedro fue remitido al juzgado de distrito. Allí rindió su declaración preparatoria:
«… tenía la marihuana, sí; pero es que necesitaba preparar medicamentos para Chelito. La pobre sufría de reuma, y sólo experimentaba alivio con cierto ungüento elaborado con la hierba bienhechora. ¿No tenía él derecho a curar a su Chelito? ¿Iba a dejarla sufrir, tranquilamente, cuando en sus manos estaba suspender ese sufrimiento? Él no era un delincuente; era un hombre honrado que se ganaba la vida en su peluquería. No tenía la culpa de poseer conocimientos en medicina inaccesibles a los demás hombres».
Seis lentos meses vivió Pedro a expensas de las autoridades en una celda de la penitenciaría. Durante la mañana, ganaba unos centavos tonsurando y afeitando a sus compañeros de prisión. Y es probable que a la caída de la tarde los recibiera en su calabozo y les proporcionara elíxires mágicos y talismanes a favor del amor y en contra de la muerte. Por lo menos, así debió hacerle a fin de mantener su fama de brujo.
Seis lentos meses vivió Pedro a expensas de las autoridades en una celda de la penitenciaría. Durante la mañana, ganaba unos centavos tonsurando y afeitando a sus compañeros de prisión. Y es probable que a la caída de la tarde los recibiera en su calabozo y les proporcionara elíxires mágicos y talismanes a favor del amor y en contra de la muerte. Por lo menos, así debió hacerle a fin de mantener su fama de brujo.
Entre paréntesis: Chelito no era esposa de Pedro. Era este uno de los muchos reos durangueños que integran ese estado civil que en los expedientes se identifica como «unido libremente». Pero su cariño y devoción por ella, auténticos, hubieran provocado la envidia de más de una esposa legítima y canónica.
Compurgada la pena, salió Pedro de la cárcel. En el juzgado del distrito, hacinados en un rincón del archivo, se llenaron de polvo las matas arrancadas y el «tesoro» de Pedro: unas cuantas medallas de aluminio, unos monigotes de trapo atravesados con alfileres, unos frascos sucios henchidos de misterio y varias hojas de papel cubiertas de letras y números ininteligibles. No había retrato alguno de Chelito.
Empezaba a sumirse en el olvido la historia de Pedro, el brujo, cuando un día, inspiradas quizá por un espíritu maligno, las autoridades locales catearon de nuevo la casa de Pedro y de nuevo encontraron marihuana. Esta vez no sólo en plantío, sino en alcatraces, en cucuruchos y preparada para ser fumada. El brujo, naturalmente, regresó a la penitenciaría.
Ahora no podía alegar ignorancia de la ley y, por lo demás, de sobra sabía que Chelito y su reuma eran un exculpante que no convencía al juez. A pesar de ello, Pedro estaba indignado y sorprendido por haber sido encarcelado nuevamente.
«… sí, recordaba que la ley castiga la simple posesión injustificada de la hierba; admitía también que había marihuana en su casa; pero lo que se estaba cometiendo con él era una injusticia sin nombre. ¿No había compurgado seis meses de cárcel por un delito contra la salud? Bien.
Entonces no podían procesarlo de nuevo por el mismo delito, porque la Constitución bien claro dice que nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Y a él lo estaban acusando ahora de idéntica transgresión a la ley». Y mostraba la Constitución, un ejemplar viejo y maltrecho que consiguió sabe Dios dónde y que, a su parecer, debió ser el talismán que de la odiada cárcel había de librarlo.
«… sí, recordaba que la ley castiga la simple posesión injustificada de la hierba; admitía también que había marihuana en su casa; pero lo que se estaba cometiendo con él era una injusticia sin nombre. ¿No había compurgado seis meses de cárcel por un delito contra la salud? Bien.
Entonces no podían procesarlo de nuevo por el mismo delito, porque la Constitución bien claro dice que nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo delito. Y a él lo estaban acusando ahora de idéntica transgresión a la ley». Y mostraba la Constitución, un ejemplar viejo y maltrecho que consiguió sabe Dios dónde y que, a su parecer, debió ser el talismán que de la odiada cárcel había de librarlo.
Tardó Pedro en comprender lo que reincidencia significa. Quizá jamás lo comprendió. Pero se resignó a pasar otra temporada en la peni. Instaló de nuevo su peluquería, renunció a estudiar la Constitución, y seguramente pensaba cada día con más ahínco y angustia en su mujer.
Fue por entonces que, al fin, Chelito hizo acto de presencia en el juzgado y en las visitas carcelarias. En justicia, aquello no podía ser llamado una mujer. Era un ente híbrido, sin cabello, sin edad, sin palabras, algo repulsivo y desconcertante. Quizá, en su caso, la droga no fue ajena a su mirar desvaído e idiota, a su delgadez mísera, a su andar vacilante, a su calvicie absoluta.
Fue por entonces que, al fin, Chelito hizo acto de presencia en el juzgado y en las visitas carcelarias. En justicia, aquello no podía ser llamado una mujer. Era un ente híbrido, sin cabello, sin edad, sin palabras, algo repulsivo y desconcertante. Quizá, en su caso, la droga no fue ajena a su mirar desvaído e idiota, a su delgadez mísera, a su andar vacilante, a su calvicie absoluta.
¡Pobre Pedro! Llevaba años de vivir con Chelito. Seguramente la conoció cuando era una mujer normal, y después… le permanecía fiel, plantaba quizá la marihuana para ella, sufría la cárcel por ella, vivía sólo para ella. Era en verdad un brujo del amor y de la fidelidad.
Después de un año, porque la pena esta vez fue doble, salió Pedro en libertad y fue gozoso a reunirse con Chelito, a cuidarla y a mimarla.
Después de un año, porque la pena esta vez fue doble, salió Pedro en libertad y fue gozoso a reunirse con Chelito, a cuidarla y a mimarla.
Nunca llegó a saberse si Chelito curó de su «reuma».