INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta hotel. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hotel. Mostrar todas las entradas

La patrona - Roald Dahl

Billy Weaver viajó desde Londres en el tren correo, hizo un cambio en Reading y cuando llegó a Bath eran casi las nueve de la noche y la luna estaba saliendo en un cielo lleno de estrellas sobre las casas situadas frente a la entrada de la estación. Pero el aire era terriblemente frío y el viento parecía una hoja de hielo sobre sus mejillas.

—Perdóneme —dijo—, ¿existe por aquí algún hotel barato que no esté muy lejos?

—Intente en La Campana y el Dragón —contestó el mozo de estación—. Puede que le acepten. Sólo está a unos cientos de metros siguiendo esa calle, al otro lado.

Billy dio las gracias, cogió su maleta y se dispuso a andar los cientos de metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado antes en Bath. No conocía a nadie allí. Pero míster Greenslade, de la oficina central en Londres, le había dicho que se trataba de una ciudad espléndida.

—Encuentra tu propio alojamiento —le había dicho—. Después, en cuanto te hayas instalado, te presentas al director de la sucursal.

Billy tenía diecisiete años. Llevaba un abrigo de color azul marino, un sombrero nuevo, flexible y marrón, y un traje nuevo, también de color marrón. Se sentía muy bien. Echó a andar con energía por la calle. Durante aquellos días estaba tratando de hacerlo todo con energía.

Había llegado a la conclusión de que la energía era la única característica común de todos los hombres de negocios con éxito. Los grandes jefes de la oficina central eran absoluta y fantásticamente enérgicos en todo momento. Eran personas asombrosas.

No había tiendas en esta amplia calle que ahora estaba recorriendo. Sólo una línea de casas altas a cada lado, todas ellas idénticas. Tenían porches y columnas y cuatro o cinco escalones que conducían a sus puertas de entrada; era evidente que, en algún otro tiempo, habían sido residencias ostentosas.

Pero ahora, incluso en la oscuridad, podía ver que la pintura de la madera de las puertas y ventanas estaba toda desconchada, y que las elegantes fachadas blancas estaban resquebrajadas y llenas de manchas, como consecuencia del descuido.

De pronto, en una ventana baja brillantemente iluminada por un farón, no más lejos de cinco metros, Billy vio un cartel impreso pegado contra el cristal de uno de los paneles superiores. Decía CAMA Y DESAYUNO. Justo debajo de la nota había un florero alto y bonito, lleno de crisantemos amarillos.

Se detuvo. Se acercó un poco más. En el interior, y a ambas partes de la ventana, colgaban unas cortinas verdes de algún tipo de tela aterciopelada. Los crisantemos tenían un aspecto maravilloso a su lado. Se dirigió directamente hacia la ventana y, a través del cristal, echó un vistazo al interior de la habitación; lo primero que vio fue un gran fuego encendido en la chimenea. Sobre la alfombra que había frente al fuego vio un pequeño y bonito perro tejonero, acurrucado y dormido, con la nariz escondida en el cuerpo.

Por lo que podía ver en la semioscuridad, la habitación estaba llena de agradables muebles. Había un piano, un gran sofá y algunos pesados sillones; en una de las esquinas, alcanzó a ver un gran papagayo, metido en una jaula. Billy se dijo a sí mismo que, en un lugar como este, los animales eran un buen signo. Después de todo, aquello tenía aspecto de ser una casa agradable y decente en la que poder quedarse. Sin duda alguna, sería mucho más cómoda que La Campana y el Dragón.

Por otra parte, una casa de huéspedes sería mucho más agradable que una pensión. Habría cerveza y juegos por las noches, una buena cantidad de gente con la que poder conversar y, probablemente, también resultaría más barata. En cierta ocasión, había pasado un par de días en una casa de huéspedes y le agradó.

Nunca había estado viviendo en una pensión y, en el fondo, sentía un ligero temor hacia ellas. El mismo nombre conjuraba en su mente imágenes de coles aguadas, patronas rapaces y un poderoso olor de arenques ahumados en la sala de estar.

Después de vacilar y pensar en todo esto durante dos o tres minutos, expuesto al frío de la noche, Billy decidió seguir andando, y dar un vistazo a La Campana y el Dragón antes de tomar una decisión. Así pues, se volvió dispuesto a marcharse.

Entonces, le sucedió algo extraño. Estaba a punto de darse la vuelta y apartarse de la ventana cuando, de repente, su vista se fijó, sintiéndose atraído de un modo muy peculiar, por la pequeña nota pegada a la ventana. CAMA Y DESAYUNO, decía. CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO.

Cada una de las palabras era como un gran ojo negro que le observaba a través del cristal, reteniéndole, imponiéndose a él, forzándole a permanecer donde estaba y a no separarse de aquella casa. Después, sólo se dio cuenta de que se estaba moviendo, apartándose de la ventana, para dirigirse hacia la puerta de entrada de la casa, subiendo los escalones que conducían a ella y extendiendo su mano hacia el timbre.

Apretó el timbre. Algo alejado, en una habitación trasera, escuchó su sonido, y entonces inmediatamente —debió haber sido inmediatamente porque ni siquiera le dio tiempo a apartar el dedo del timbre— se abrió la puerta y una mujer apareció en ella.

Normalmente, uno toca el timbre y suele tener que esperar medio minuto antes de que se abra la puerta. Pero esta dama era como un resorte. Apretó el botón... ¡y allí apareció ella! Aquello le dio un buen susto.

Era una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, y en cuanto le vio le ofreció una cálida sonrisa de bienvenida.

—Entre, por favor —le dijo, agradablemente.

Ella se apartó un poco hacia atrás, manteniendo muy abierta la puerta de entrada, y Billy se encontró avanzando hacia el interior de la vivienda. El impulso, o más bien el deseo de seguirla hacia el interior de la casa, resultó ser extraordinariamente fuerte.

—Vi el anuncio en la ventana —dijo, deteniéndose.

—Sí, lo sé.

—Me estaba preguntando si podría alquilar una habitación.

—Todo está preparado para usted, querido —dijo la mujer.

Tenía un rostro rosado y rechoncho y unos ojos azules de mirada apacible.

—Me dirigía hacia La Campana y el Dragón —le dijo Billy—. Pero acerté a descubrir el anuncio de su ventana.

—Querido joven —dijo ella—, ¿por qué no entra? Hace mucho frío.

—¿Cuánto cobra usted?

—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.

Resultaba fantásticamente barato. Era menos de la mitad de lo que había estado dispuesto a pagar.

—Si eso resulta demasiado —añadió ella—, quizá pueda reducirlo un poco, aunque no mucho. ¿Quiere tomar un huevo en el desayuno? Los huevos resultan caros en estos momentos. Si no toma un huevo, serían seis peniques menos.

—Cinco chelines y seis peniques está bien —contestó—. Me gustaría mucho quedarme aquí.

—Sabía que le gustaría. Entre.

La mujer parecía terriblemente amable. Tenía exactamente el aspecto de la madre del mejor estudiante de la escuela que está dando la bienvenida a alguien que va a pasar allí las fiestas de Navidad. Billy se quitó el sombrero y cruzó el umbral.

—Cuélguelo ahí —dijo la mujer—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.

En el vestíbulo no había ningún otro abrigo, ni sombrero. Tampoco había paraguas, ni bastones... nada.

—Lo tenemos todo para nosotros —dijo ella, sonriendo por encima de su hombro mientras le mostraba el camino hacia arriba—. Como verá, no me sucede a menudo tener el placer de recibir a un visitante en mi pequeño nido.

Billy se dijo a sí mismo que aquella mujer parecía estar ligeramente chiflada. Pero ¿quién se puede quejar por una habitación que sólo cuesta cinco chelines y seis peniques?

—Había pensado que estaba abrumada de solicitudes —dijo con amabilidad.

—¡Oh! Lo estoy, querido; lo estoy, desde luego. El problema es que suelo ser un poquitín particular y prefiero elegir a mis huéspedes... Supongo que comprende lo que quiero decir.

—¡Oh, sí, claro!

—Pero siempre estoy preparada. En esta casa, todo está siempre preparado, día y noche, para el caso de que aparezca un joven caballero aceptable. Y resulta un placer muy agradable, querido, muy agradable, cuando, de tanto en tanto, abro la puerta y me encuentro con alguien que es exactamente la persona correcta —estaba a mitad de la escalera y se detuvo, manteniendo una mano en la barandilla, volviendo su cabeza hacia él y sonriéndole con unos labios pálidos—, como usted —añadió, y sus ojos azules recorrieron lentamente todo el cuerpo de Billy, desde la cabeza a los pies, y después a la inversa.

En el rellano del segundo piso, le dijo:

—Este piso es mío.

Subieron al piso superior.

—Y este es todo de usted —dijo—. Aquí está su habitación. Espero que le guste.

Le introdujo en una habitación pequeña pero encantadora, encendiendo antes la luz.

—El sol de la mañana penetra justo por esa ventana, míster Perkins. Porque es usted míster Perkins, ¿verdad?

—No —contestó—, mi apellido es Weaver.

—Míster Weaver. ¡Qué bonito! He puesto una botella de agua caliente entre las sábanas, míster Weaver. ¡Resulta tan agradable tener una botella de agua caliente en una cama extraña entre las sábanas limpias! ¿No le parece? Además, puede encender la calefacción a gas cada vez que sienta frío.

—Gracias —dijo Billy—, muchas gracias.

Se dio cuenta de que el cobertor había sido retirado de la cama, y de que las sábanas habían sido dobladas hacia un lado, como si todo estuviera preparado para que alguien se acostara inmediatamente.

—Me siento muy contenta de que haya aparecido usted —dijo ella, mirándole muy seriamente a la cara—. Ya estaba empezando a preocuparme.

—Está bien —dijo Billy con prontitud—. No debe preocuparse por mí.

Colocó la maleta sobre la silla y comenzó a abrirla.

—¿Qué le parece una buena cena, querido? ¿Se las ha arreglado para comer algo antes de venir aquí?

—No tengo apetito, gracias —contestó—. Creo que me meteré en la cama lo antes posible porque mañana me tengo que levantar bastante pronto para presentarme en la oficina.

—Está bien. Le dejaré ahora para que pueda deshacer la maleta. Pero antes de que se acueste, ¿le importaría bajar por la sala de estar, en la planta baja, para firmar el libro? Todo el mundo tiene que hacerlo, porque así es la ley del país, y no vamos a violar ninguna ley en estos momentos, ¿verdad?

Ella hizo un ligero gesto con la mano y salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta.

El hecho de que aquella patrona pareciera estar un poco fuera de sus cabales no preocupó a Billy en lo más mínimo. Después de todo, no sólo era inofensiva —no tenía ninguna duda sobre ello—, sino que evidentemente era una persona amable y generosa. Supuso que probablemente habría perdido a algún hijo en la guerra, o algo similar, y nunca había podido superarlo del todo.

Así pues, unos minutos más tarde, tras haber deshecho la maleta y haberse lavado las manos, bajó a la planta baja y entró en la sala de estar. Su patrona no estaba allí, pero el fuego seguía ardiendo en la chimenea y el pequeño perro tejonero seguía durmiendo tranquilamente frente a él. La sala tenía una atmósfera maravillosamente cálida y agradable. «Soy un tipo con suerte —pensó, frotándose las manos—. Esto está pero que muy bien.»

Encontró el libro de clientes, abierto sobre el piano, así es que cogió su pluma y escribió en él su nombre y dirección. En la página únicamente había otras dos inscripciones, y, como se suele hacer siempre con los libros de clientes cuando se tiene una oportunidad, comenzó a leerlas. Una de ellas correspondía a un tal Christopher Mullholland, de Cardiff. La otra era de Gregory W. Temple, de Bristol.

«Esto sí que resulta divertido», pensó de repente. Christopher Mullholland. Le sonaba de algo.

¿Dónde diablos había escuchado antes aquel nombre tan poco usual?

¿Se trataba de un compañero de escuela? ¿Era uno de los muchos admiradores de su hermana? ¿O un amigo de su padre? No, no era nadie de ellos. Volvió a echar un vistazo al libro.

Christopher Mullholland 231 Cathedral Road, Cardiff

Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol.

De hecho, y ahora que lo pensaba más detenidamente, no acababa de estar seguro de que el segundo nombre no le resultara tan familiar como el primero.

—¿Gregory Temple? —se preguntó en voz alta, buscando en su memoria—. ¿Christopher Mullholland?

—Unos muchachos muy encantadores —le contestó una voz detrás de él.

Se volvió y vio a la patrona entrando en la sala, llevando en las manos una gran bandeja de plata para el té. La mantenía algo apartada de sí, frente a ella y a bastante altura, como si la bandeja fuera un par de riendas pertenecientes a un caballo retozón.

—De algún modo, esos nombres me son familiares —dijo.

—¿De verdad? Eso es muy interesante.

—Estoy casi convencido de que he escuchado esos nombres antes, en alguna parte. ¿No es algo curioso? Quizá los haya visto impresos en los periódicos. No se trataba de personas famosas en ningún sentido, ¿no cree? ¿No serían jugadores de críquet, o de fútbol, o algo así?

—Famosos —dijo ella, colocando la bandeja de té sobre una mesa baja situada frente al sofá—. ¡Oh, no! No creo que fueran famosos. Pero ambos eran increíblemente elegantes y apuestos, eso se lo puedo asegurar. Eran jóvenes, altos y apuestos, querido, exactamente como usted.

Una vez más, Billy echó un vistazo al libro.

—Mire aquí —dijo, dándose cuenta de las fechas—. Esta última entrada se hizo hace más de dos años.

—¿De verdad?

—Sí, claro. Y Christopher Mullholland, que se inscribió con anterioridad, lo hizo un año antes..., o sea hace más de tres años.

—Querido —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza y dando un delicado y pequeño suspiro—, nunca lo habría pensado. ¡Cómo pasa el tiempo para todos nosotros! ¿Verdad, míster Wilkins?

—Mi apellido es Weaver —dijo Billy—. W-e-a-v-e-r.

—¡Oh, claro, desde luego! —exclamó ella, sentándose en el sofá—. ¡Qué tonta soy! Le pido disculpas. Me entra por un oído y me sale por el otro. Así soy yo, míster Weaver.

—¿Sabe usted algo? —dijo Billy—. Algo que resulta bastante extraordinario en todo esto.

—No, querido, no lo sé.

—Bueno, resulta que estos dos nombres —Mullholland y Temple— no sólo parezco recordarlos por separado, sino que de algún modo y de una forma muy peculiar, parece como si estuvieran relacionados en mi memoria. Como si los dos se hubieran hecho famosos por lo mismo, si es que comprende usted lo que quiero decir... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o como Churchill y Roosevelt.

—¡Qué divertido! —exclamó ella—. Pero venga ahora aquí, querido, y siéntese a mi lado, en el sofá. Le serviré una buena taza de té y un pastel de jengibre antes de que se vaya a la cama.

—No debería usted molestarse —dijo Billy—. No pretendía que hiciera nada de eso.

Se quedó de pie, junto al piano, observándola mientras ella trajinaba con las tazas y los platos. Se dio cuenta de que tenía unas manos pequeñas, blancas, que se movían con rapidez, y cuyas uñas estaban pintadas de rojo.

—Estoy casi convencido de que vi sus nombres en los periódicos —dijo Billy—. Me acordará en un momento. Estoy seguro de acordarme.

No hay nada más desesperante que algo permanezca justo en los límites exteriores de nuestra memoria, sin acabar de penetrar en ella. No obstante, al joven le disgustaba tener que abandonar el esfuerzo.

—Un minuto —dijo—, espere un minuto. Mullholland... Christopher Mullholland..., ¿no se trata del estudiante de Eton que estaba realizando un viaje por West Country y que de repente...?

—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Quiere también azúcar?

—Sí, por favor. Y que de repente...

—¿Estudiante de Eton? —preguntó ella—. ¡Oh, no, querido! Eso no puede ser cierto porque mi míster Mullholland no era ningún estudiante de Eton cuando vino aquí. Era un graduado de Cambridge. Venga aquí ahora y siéntese a mi lado, y caliéntese un poco frente a este fuego tan estupendo. Vamos. Su té ya está preparado.

Dio unos ligeros golpes en el asiento vacío que había junto a ella, sobre el sofá, y se acomodó allí, sonriéndole a Billy y esperando que él se sentara a su lado.

Billy cruzó la habitación lentamente y se sentó en el borde del sofá. Ella colocó la taza de té frente a él, sobre la mesa.

—Aquí estamos —dijo la mujer—. ¿No le parece bonito y agradable?

Billy empezó a remover el azúcar del té. Ella hizo lo mismo. Durante medio minuto, ninguno de ellos dijo una sola palabra. Pero Billy sabía que ella le estaba mirando. Su cuerpo estaba medio doblado hacia el de él y podía sentir sus ojos, descansando sobre su rostro, observándole sobre el borde de la taza de té. De vez en cuando captaba un olorcillo peculiar que parecía emanar directamente de la mujer. No era un olor desagradable y le hizo recordar... bueno, no estaba completamente seguro de lo que aquel olor le recordaba. ¿Nueces en escabeche? ¿Cuero nuevo? ¿O se trataba más bien del olor habitual en los pasillos de un hospital?

—Míster Mullholland era un gran bebedor de té —dijo ella al cabo de un rato—. Nunca en mi vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el querido y dulce míster Mullholland.

—Supongo que se marchó de aquí hace poco tiempo —dijo Billy.

Su mente todavía estaba preguntándose de qué conocía aquellos dos nombres. Ahora estaba seguro de que los había visto publicados en los periódicos... en los titulares.

—¿Marcharse? —preguntó ella elevando las cejas—. Pero, querido, él nunca se marchó. Todavía está aquí. Míster Temple también está aquí. Están en el cuarto piso, los dos juntos.

Billy dejó lentamente su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su patrona. Ella le sonrió y entonces puso una de sus manos blancas sobre la rodilla del joven, dándole unas amistosas palmaditas.

—¿Cuántos años tiene usted, querido? —preguntó.

—Diecisiete.

—¡Diecisiete! —exclamó—. ¡Oh, es la edad perfecta! Míster Mullholland también tenía diecisiete años. Pero creo que era un poco más bajo que usted; en realidad, estoy segura de que lo era y sus dientes no eran tan blancos como los suyos. Tiene usted los dientes más bonitos que he visto, míster Weaver, ¿lo sabía?

—No son tan buenos como aparentan —dijo Billy—. Han sido simplemente reforzados por la parte de atrás.

—Míster Temple, desde luego, tenía unos cuantos años más —dijo ella, ignorando su observación—. Tenía veintiocho años. Y sin embargo, nunca lo hubiera supuesto si él mismo no me lo hubiera dicho. Nunca lo habría imaginado. No había un solo defecto en todo su cuerpo.

—¿Un qué? —preguntó Billy.

—Su piel era exactamente como la de un niño pequeño.

Hubo un momento de silencio. Billy cogió su taza de té y bebió otro sorbo; después, volvió a dejarla sobre el plato. Esperó a que ella dijera algo más, pero la mujer parecía haber caído en otro de sus largos silencios. Se quedó allí, sentado, mirando frente a él, hacia la esquina más alejada de la habitación, mordiéndose el labio inferior.

—Ese papagayo —dijo él por fin—, ¿sabe usted algo? Me dejó completamente perplejo la primera vez que le vi a través de la ventana. Podría haber jurado que estaba vivo.

—No, ya no lo está.

—Resulta terriblemente inteligente la forma como se ha hecho —dijo—. No parece estar muerto. ¿Quién lo hizo?

—Yo misma.

—¿Usted?

—Desde luego —contestó ella—. ¿Ha visto también a mi pequeño «Basil»?

Indicó con la mirada hacia el pequeño perro tejonero acurrucado cómodamente frente al fuego. Billy lo miró. Y, de repente, se dio cuenta de que el animal se había mantenido durante todo el tiempo tan silencioso y tan inmóvil como el papagayo. Extendió una mano y le tocó suavemente en el lomo. Estaba duro y frío y cuando apartó el pelo con sus dedos, pudo ver la piel debajo, de un color grisáceo, seca, y perfectamente conservada.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es absolutamente fascinante.

Apartó la mirada del perro y se quedó mirando con una profunda admiración a la mujer sentada junto a él en el sofá.

—Debe ser terriblemente difícil hacer una cosa así.

—En absoluto —dijo ella—. Diseco a todos mis animales domésticos cuando les llega el momento. ¿Quiere usted tomar otra taza de té?

—No, gracias —contestó Billy.

El té tenía un ligero gusto a almendras amargas y no sentía el menor interés de seguir bebiéndolo.

—Firmó usted en el libro, ¿verdad?

—¡Oh, sí!

—Eso está bien, porque más adelante, si me olvido de cómo se llama usted, siempre puedo comprobarlo en el libro. Eso es lo que hago casi todos los días con míster Mullholland y con míster..., míster...

—Temple —dijo Billy—, Gregory Temple. Permítame una pregunta: ¿no ha tenido ningún otro cliente durante los dos o tres últimos años?

Levantando mucho su taza de té con una mano, e inclinando ligeramente su cabeza hacia la izquierda, ella le miró desde las esquinas de sus ojos y le ofreció otra suave y amable sonrisa.

—No, querido —contestó—. Sólo usted.

Sombras es la carretera - Robert Colby

Scott Bender aceleró el pequeño sedán gris a través del desierto de Mojave, poniéndolo a ciento veinte por hora y conduciéndolo con una sola mano al volante. Bostezó y miró de soslayo el sol poniente, que finalmente cedió con un último parpadeo rojizo, desapareciendo tras una distante montaña.

Scott se sentía molesto por aquel terreno llano, por aquel calor insoportable, por la estrecha, recta y alargada carretera; por el sonido desgarrador del aire, por el zumbido del motor. Agotado por las largas horas de conducción a través del desierto, todo le costaba un gran esfuerzo, incluso hablar a su compañero. 

Doyle Lindsey estaba repantigado en el asiento, junto a él, fumando con gesto de mal humor, con los pies, que sólo llevaban puestos los calcetines, apoyados sobre el salpicadero.

Los dos hombres tenían alrededor de los treinta y cinco años. Scott Bender era el más bajo: de complexión fornida y sólida, actitud engañosamente apacible, tenía unos rasgos rechonchos y agradables y una ondulada cresta de abundante pelo rubio. 

Doyle Lindsey era alto, de pelo negro, y se mantenía perpetuamente delgado. Tenía un rostro alargado, de mejillas hundidas y ojos negros y malhumorados. Desde que habían dejado atrás las afueras de Phoenix, Doyle se había mantenido alegre, pero ahora, al igual que Scott, sólo era una víctima del aplastante calor y de la monotonía.

—Tendríamos que haber cambiado este trasto por otro nuevo —dijo Scott al cabo de un rato—. Algo que fuera grande y brillante, con aire acondicionado —añadió, elevando su voz por encima de los sonidos del viento y del motor.

Doyle echó una bocanada de humo y se quedó mirando fijamente la carretera. Al parecer, no había escuchado a su compañero, o bien no se sentía con ánimos de contestar. Pero, al cabo de un momento, dijo deliberadamente:

—No, estás en un error, Scott. No teníamos por qué cambiar esta basura por un trasto nuevo con aire acondicionado.

—¿Por qué no? Hemos conseguido un botín lo bastante bueno como para comprar lo mejor, ¿no es cierto?

—No se trata de eso —dijo Doyle inclinando la cabeza para mirar a Scott—. Un par de tipos que apenas estaban ganando diez de los grandes al año no se marchan de la ciudad conduciendo un automóvil de rico sin levantar sospechas.

—Sí, eso es cierto —dijo Scott, asintiendo con un movimiento de cabeza—, pero escucha, vamos a tener que pagar mucho por un coche americano nuevo en México..., quizá el doble.

—Cuando llegue el momento —dijo Doyle—, volaremos a San Diego y compraremos uno allí.

Scott y Doyle habían informado casualmente a sus amigos y colaboradores de que irían a México, para hacer un viaje de placer por el país, vía Juárez, pero por temor a un repentino descubrimiento y a la persecución subsiguiente, alteraron secretamente su plan y atravesaron California hacia el oeste, para cruzar la frontera en Tijuana.

—No tenemos ninguna prisa por gastar el botín —siguió diciendo Doyle—. Lo hemos conseguido, independientemente de cómo lo repartamos.

—Será mejor partirlo por partes iguales, mitad y mitad —observó Scott haciendo una mueca.

En el crepúsculo, la carretera se desplegaba hasta el horizonte, sin una sola curva; el paisaje, gris y árido, se extendía en forma de llanura desértica hasta las abultadas y lejanas montañas; la desolada vista que se les ofrecía hasta el fondo sólo se veía aliviada por poco más que unos supervivientes tan duros como la yuca, los cactos y los hierbajos.

—¿Tenemos bastante combustible? —preguntó Doyle.

—Más de la mitad del depósito —informó Scott.

—Eso está bien. Apuesto a que tenemos ante nosotros cuarenta y cinco kilómetros de nada hasta llegar a la próxima gasolinera.

—Eso quizá fuera así en otros tiempos, pero no ahora. Mira eso.

Scott señaló un enorme cartel que dominaba la parte derecha de la carretera situada ante ellos y leyó en alta voz:

—¡Alto! ¡A cinco kilómetros! DESERT MIRAGE MOTEL (demasiado bueno para ser cierto). Habitaciones lujosas y climatizadas; exquisita comida; su bebida favorita servida en el frío y sombreado Salón de Ensueño. Servicios de combustible y reparación.

—¿Qué te parece eso? —gruñó Doyle—. En medio del maldito desierto.

—Cualquier cosa, en cualquier parte, por un dólar —dijo Scott, riendo.

—Si tiene buen aspecto, detengámonos —dijo Doyle—. Estoy harto y me gusta pensar en esa bebida favorita.

—Yo preferiría atravesar la frontera cuanto antes, aunque tengamos que conducir toda la noche.

—Nos pasamos dos semanas sudando la gota gorda en Phoenix, trabajando en lo de siempre, mientras los de la bofia ponían la ciudad patas arriba para encontrar una pista decente, y ahora tienes tanta prisa, ¿a qué se debe?

—Está bien, daremos un vistazo. Pero no será una gran cosa, enterrado aquí, en esta zona salvaje rodeada de arena.

—¿Has estado en Las Vegas últimamente? Pues ese enorme tapete verde fue construido en una zona salvaje rodeada de arena como esta, para que lo sepas, explorador.

El motel Desert Mirage era una extensa y baja estructura de modernizado estilo oriental, con un tejado de color verde jade, salpicado de manchas de color bermellón. Surgió de súbito del estéril paisaje del desierto, tan sorprendente e irreal como si se encontrara uno con una gran mansión anclada en medio del océano.

—No me lo puedo creer —dijo Doyle—, pero vamos a ver si es verdad. Acércate rápido antes de que desaparezca.

Al llegar a su altura, Scott aminoró la marcha, introduciendo el vehículo en la larga curva de carretera de desviación que, flanqueada por palmeras reales, conducía hacia la entrada.

El vestíbulo era enorme, frío y estaba artificialmente embellecido con azulejos del Lejano Oriente. Desde allí se entraba al restaurante y al Salón de Ensueño. Se acercaron al bar y lo observaron con curiosidad desde la entrada.

Parecía una sala exótica, silenciosa, íntima, con una barra en forma de herradura y unos rincones en forma semicircular, tapizados de terciopelo rojo. Estaba lleno, casi hasta el tope de su capacidad, de viajeros que llevaban puestas las más variadas ropas y bebían alegremente. Frente a la entrada, y en uno de los ángulos del bar, había dos atractivas morenas que les observaron con rápidas miradas. 

Una de ellas esbozó un fragmento de sonrisa cuando su mirada inquisitiva se detuvo sobre los dos hombres que aún permanecían en la entrada. Después, dio un ligero codazo a su compañera. Las dos mujeres se les quedaron mirando descaradamente.

—Van a ver si pueden pescar algo —dijo Scott desde una esquina de su boca—. ¿Seguimos el juego y dejamos que tiren del carrete?

—¿Estás loco? —murmuró Doyle—. Con la mitad de Fort Knox en el coche, primero comprobamos y después jugamos si queremos.

Se volvió y dirigió a Scott hacia el bar.

Ante el mostrador, una pareja estaba siendo inscrita por un empleado. Detrás de él, consulting lo que parecía ser un índice de habitaciones, había un hombre elegante y cuarentón, fastidiosamente embutido en un traje de color beige, con camisa blanca y corbata negra. Espiando a Lindsey y a Bender, les hizo señas para que se acercaran al mostrador.

—¿Una habitación, caballeros? —preguntó con una sonrisa amable que surgió de un rostro enjuto, de fuerte mandíbula, rematado por un abundante pelo rubio muy bien ordenado.

—Sí, nos gustaría una habitación —dijo Doyle.

—Bueno, tiene suerte, señor. Sólo me quedan dos. ¿Quieren las dos? ¿O prefieren compartir una?

—Una habitación de dos camas —contestó Doyle.

—Estupendo —dijo el hombre rubio sacando un bolígrafo y una tarjeta de registro. Doyle rellenó la tarjeta, inscribiendo los dos nombres y una sola dirección, previamente acordada, en Phoenix.

—Tienen ustedes a mucha gente por aquí —observó Scott—. Debe ser nuevo, ¿verdad?

—Sí, señor. Abrí el negocio hace exactamente ocho meses y seis días.

—Entonces, ¿es usted el propietario?

—Así es, y me siento feliz de poderlo decir. Yo mismo he diseñado este lugar y he ayudado a construirlo.

—Pero esto está alejado de todo, en tierra de nadie —dijo Scott, sonriendo—. No comprendo cómo puede trabajar hallándose tan lejos de la civilización.

—Hubo problemas al principio. Pero ahora nos autoabastecemos por completo. Conseguimos nuestra propia agua y generamos la energía que necesitamos.

—¿De verdad? Pues no tengo más remedio que felicitarle, es una verdadera piedra preciosa en medio del desierto, míster...

—Kittredge. Vern Kittredge. Y ahora, háganme saber si hay algo que puedo hacer por ustedes, caballeros.

Osciló hacia un lado, buscó en los casilleros y dejó una llave sobre el mostrador.

Doyle, que había estado escuchando toda la conversación inmerso en un silencio desaprobador, se metió la llave en el bolsillo.

—¿Cuánto le debemos, míster Kittredge?

—Veintisiete cincuenta, con los impuestos —anunció con suavidad míster Kittredge.

Doyle contó el dinero, sacándolo de su cartera.

—Estarán ustedes en la 248 —dijo el propietario—. Está en el segundo piso, hacia el centro del ala derecha del edificio.

—Hasta luego, míster Kittredge —dijo Scott.

Y los dos hombres salieron, dirigiéndose hacia la zona del aparcamiento. Observándoles mientras se retiraban, Vern Kittredge sacudió la cabeza y le dijo a su empleado:

—Todos hacen la misma pregunta: ¿cómo se le ocurrió instalar esto aquí? Creo que si escribiera eso en un folleto me ahorraría cerca de un millón de palabras al mes —se detuvo un momento y después añadió—: Frank, me voy al ático. Denise vendrá a cenar. No volveré a bajar esta noche, a menos que me necesites.

—Sólo nos queda una habitación por alquilar, así es que no creo que necesite mucha ayuda —dijo Frank.

Kittredge se marchó, dirigiéndose hacia su apartamento del ático.

En la habitación 248, Doyle Lindsey estaba colgando un par de trajes en la larga percha del espacioso armario, en una habitación de gruesas alfombras, muebles elegantes y masivos y decoración de buen gusto. El aire frío salía del aparato de aire acondicionado, dotado de pulsadores y capaz también de proporcionar calefacción.

—Creo que sería mejor cortar esa clase de conversaciones con personas como Kittredge —dijo Doyle por encima del hombro, haciendo que sus palabras sonaran como una orden.

—¿Por qué? —preguntó Scott, poniendo cara de enfado.

Doyle cruzó la habitación, dirigiéndose hacia donde habían dejado una abultada maleta, y empezó a sacar objetos de ella, colocándolos en un cajón.

—Porque no deseamos despertar ninguna atención especial —dijo—, y porque no deseamos hacer ninguna falsa amistad comercial con la clase de personas que suelen conocer a la gente al primer vistazo. Para esa clase de gente, nosotros somos un par de sombras... sin rostro, anónimas. Ahora nos ves, ahora no nos ves, y nunca se recuerda nada sobre nosotros.

—Sí —dijo Scott—, supongo que tienes razón. Lo que sucede es que soy demasiado sociable por naturaleza.

—Exactamente —dijo Doyle, encendiendo un cigarrillo—. Eres demasiado sociable, y a veces no demuestras ser muy inteligente. Pero, al menos, escuchas.

—Está bien, muchas gracias.

—De nada.

—No me presiones, Doyle. No me dejaré provocar.

Doyle le ignoró y comenzó a cerrar la gran maleta, aunque todavía contenía algunas de sus ropas y un libro de gran tamaño y tapas duras.

—Vacía el resto de la maleta y daremos un vistazo a la mercancía —dijo Scott.

—No seas infantil. Una vez que la has visto, ya la has visto.

—La mitad del botín es mío..., ¿de acuerdo?

Doyle se encogió de hombros y sacó de su bolsillo un pequeño destornillador. Sacó todo el contenido de la maleta, que dejó sobre la cama, encontró los pequeños tornillos ocultos y quitó el forro del fondo. Al desatornillar el último tornillo dejó al descubierto el extremo de una banda de cuero que, al ser desprendida, dejó ver una cremallera.

Corrió la cremallera... y los dos se quedaron mirando el ordenado jardín de billetes verdes, perfectamente ordenados y empacados. La mayor parte de los billetes eran de elevado valor.

Scott cogió uno de los paquetes de billetes de cien y los pasó ante sus ojos, mostrando los dientes con una sonrisa de alegría.

—Aquí sí que hay coles —murmuró—. Ciento sesenta mil libres de impuestos, a la vieja usanza.

Doyle también sonrió, aunque sólo ligeramente.

—No está mal para un par de gángsters aficionados —dijo.

—Sí —asintió Scott sintiéndose feliz—. El único tanteo posible y limpiamos esa planta de toda la maldita paga. Tengo que felicitarte por eso, Doyle, eres un cerebro y medio cuando se trata de planear un golpe.

—La realización fue pura mecánica —dijo Doyle—. El verdadero genio estuvo en la preparación y la determinación del tiempo. No abandonamos inmediatamente nuestros buenos puestos de trabajo para desvanecernos. Les lavamos antes el cerebro: un par de tipos que no importan a nadie, y que han ahorrado durante años lo suficiente para dar un largo vistazo al mundo, empezando por un económico viaje de placer a México. Como ves, estaban preparados para aceptarlo. Incluso después de haber realizado el robo, servimos perfectamente nuestros propósitos... Trabajamos, como siempre, hasta el último día. Y ahora nos desvanecemos, nos perdemos en alguna parte... y se nos olvidará.

—A menos que los de la bofia encuentren alguna pista —dijo Scott.

—No la encontrarán. Les dimos dos semanas de tiempo y nos quedamos tranquilamente sentados durante todo ese tiempo. Y ellos ni siquiera se acercaron, ni una simple sospecha.

—Seguro que seguimos estando libres de sospechas —dijo Scott.

Volvió a dejar el paquete de billetes en el fondo de la maleta, Doyle la volvió a cerrar, colocó sus pertenencias y dejó la maleta en el armario.

—Y ahora —dijo Doyle frotándose las palmas de las manos—, ponte en movimiento y prepárate. Después, bajaremos y calentaremos un poco a esas dos piezas de ojos grandes que se aburren en el bar.

En la habitación 254, la última disponible del Desert Mirage, se instaló una cama supletoria para acomodar a los tres hombres de mediana edad que acababan de inscribirse en recepción. Se les subió hielo y bebidas a la habitación y ahora los tres hombres, sentados uno frente al otro, en círculo, se estaban sirviendo unas copas, reforzadas con aguardiente.

El trío estaba compuesto por Charlie Sachs, propietario de un pequeño establo de caballos de carreras; su entrenador, Max Hardman, y Sid Lerner, abogado y amigo personal de Charlie Sachs.

Charlie, un hombre barrigudo, de rostro alegre, dejó su bebida sobre la mesa y chupó el puro que estaba fumando.

—Entonces, ¿quién va a dormir en la cama supletoria? —preguntó.

—Tu físico se acomoda perfectamente a ella —dijo Sid Lerner con una mueca, mientras Max Hardman mantenía su habitual impasibilidad.

—Mira lo que vamos a hacer —dijo Charlie—. Nos la sortearemos.

Aparecieron unas monedas que volaron al aire, pendientes todos del cara o cruz. Sid perdió sin molestarse por ello. Después de todo, era el más delgado de los tres.

Al cabo de un rato, el abogado dijo:

—Charlie, quiero saber más de ese arreglo. Ya sabes que no tengo ni idea de caballos. Pero por lo que se está cociendo, la carrera está arreglada para que la gane «Bold Blackie», si es que no se rompe antes una pata, ¿no es cierto?

Charlie dio un bufido, mordió el puro y lanzó una mirada implorante a su entrenador.

—Sid, ya han pasado los días de las carreras arregladas, al menos en el sentido clásico —dijo Max Hardman—. Aquellas típicas regatas terminaron en disputas. No puedes domar a un caballo para hacerle ganar, porque después tiene que pasar una prueba química, una vez terminada la carrera. No, ahora ya nada funciona de ese modo. Se trata de algo mucho más sutil, mucho más difícil de probar y prácticamente legal.

—Escucho —declaró Sid.

—Está bien. En esa carrera del viernes hay otros tres caballos que pueden derrotar a «Bold Blackie». No hay problema con eso. El público apostará por esos tres con ventaja de dos a uno o menos, hasta aproximadamente de cuatro a uno. Por la mañana, «Blackie» estará en ocho a uno y puede elevarse hasta un doce a uno antes de situarte en el poste de salida, especialmente cuando se sepa que el favorito, «Royal Front», hará una gran carrera.

»Pero el propietario de «Royal Front» sabe que su caballo no es tan bueno; puede perder en favor de uno de los otros caballos favoritos en cuanto realice un mal movimiento. Su propietario no deseará arriesgar una apuesta a esos precios. Los otros dos propietarios tendrán mejores ventajas para sus caballos, aunque no lo bastante buenas como para hacerles ganar un buen puñado.

»Entonces, Charlie se reunirá con ellos para tomar unas copas y entre todos decidirán convertir a «Bold Blackie» en ganador cuando las apuestas estén en ocho a uno o más arriba, de modo que todos los propietarios, excepto Charlie, apostarán contra sus propios caballos.

—Es una locura —dijo Lerner—. ¿Y cómo va a saber el caballo que no debe ganar? ¿Es que decís a los jockeys que retengan a sus caballos para que pueda ganar «Blackie»?

—No es exactamente así —dijo Charlie, sonriendo con indulgencia—. El encargado lo desaprobaría y los jockeys no se pueden permitir el lujo de quedarse sin trabajo o de ser eliminados de la pista. No, tal y como dice Max, se trata de algo más sutil. Los otros tres propietarios dicen a sus jockeys que no van a apostar ese viernes; que esperan que ocurra algo bueno en la carrera, para llevarse el jamón a casa.

»Los jockeys no necesitan un papel impreso para saber con exactitud lo que significa eso. Se les paga para proporcionar a los propietarios lo que estos desean, siempre y cuando sea legal y no contravenga las reglas. Así pues, dejan que el caballo haga su propia carrera, sin forzarle. No maniobran para ocupar una mejor posición. Dejan que el caballo se agote antes de llegar a la meta; no intentan hacer nada, no compiten. Y amigo, esa es otra forma de decir que van a perder con toda seguridad, porque se tiene que querer tener buena puntería para dar en el blanco.

»Por otra parte, le digo a mi jockey que ese viernes voy a apostar una buena cantidad y que quiero que haga todo lo posible por ganar. Deseo una carrera lo más inteligente posible, y espero de él que haga cruzar a «Bold Blackie» la meta en primer lugar. «Blackie» puede hacerlo así, siempre y cuando se le dirija bien, porque es el mejor caballo de la carrera.

»Así, con esa clase de arreglo, y teniendo en cuenta que todo estará en contra de los caballos favoritos, podremos ganar un buen puñado el viernes.

—Brindo por eso —dijo Sid Lerner, levantando su copa.

Y todos bebieron.

Doyle Lindsey y Scott Bender durmieron hasta muy tarde y, tras haber perdido lamentablemente el tiempo en la reunión de la noche anterior, siguieron su camino hacia la frontera mexicana pocos minutos antes del mediodía.

Cerca de las tres de la tarde, llegó mistress Trisha Howland, procedente de Los Ángeles, en su espléndido automóvil nuevo, un regalo reciente de su esposo con motivo de su segundo aniversario. 

Trisha tenía veintiocho años y era diecinueve años más joven que Gary Howland. De pelo castaño rojizo, elegante y pequeña, los suaves rasgos de su rostro estaban tensos y mostraban unas profundas ojeras cuando preguntó en el mostrador de recepción, apresurándose después a reunirse con su esposo, que había permanecido encerrado en la habitación 116 desde hacía casi dos días.

Cuando él se acercó a la puerta, abriéndola con gran cautela, ella se descolgó en su interior y los dos se abrazaron, pegándose el uno al otro, en silencio.

—Necesitas un trago —dijo después Gary Howland.

Puso hielo en un par de vasos y vertió una generosa cantidad de whisky escocés. Ella se dejó caer sobre una silla y bebió a pequeños sorbos, mientras él se apoyó sobre una mesita y se quedó mirando hoscamente hacia el suelo, en dirección a sus zapatos. Era un hombre de pelo grisáceo, de rostro nudoso, con exceso de peso, pero con un aspecto casi elegante.

—Ni siquiera hice una maleta —dijo Trisha—. Me marché pocos minutos después de recibir tu llamada.

—Gracias, querida —murmuró él, pero sin mirarla.

—¿Por qué no me esperaste en casa hasta que yo llegara? Podríamos haberlo discutido, Gary; podríamos haber encontrado para ti una salida mejor que la de huir ciegamente.

Levantó la vista, mirándola un momento, y se sintió impresionado por los grandes ojos inocentes y por la compasión que reflejaba su hermoso rostro.

—Sentí pánico —dijo él—. Sólo pensé en marcharme, sin saber realmente hacia dónde, buscando quizá algún lugar remoto donde poder ocultarme y pensar. Dejé atrás este lugar increíble, pero me sentía cansado y al final di media vuelta y volví aquí. Ni siquiera se me ocurrió registrarme con un nombre y una dirección falsas. De todos modos, pensaba que tú también estarías al otro lado de la barrera, por decirlo de algún modo.

—Qué equivocado estás, querido. Todo este asunto no es más que una simple e inconcebible tragedia. No puedo imaginar cómo, conociéndome, pudiste haber llegado a una conclusión así y después...

—De eso se trata, Trisha. No tenía la sensación de conocerte tan bien en sólo un par de años. ¿Nos conocemos el uno al otro en realidad?

—Evidentemente, yo tampoco te conocía hasta ese punto, Gary —la mujer se detuvo y encendió un cigarrillo—. Y te mostraste tan reservado al hablarme por teléfono, que no conseguí hacerme una verdadera idea de lo que había sucedido. Así es que ¿por qué no empiezas desde el principio?

—Podría contarte lo que ha ocurrido en un minuto. Pero decirte cómo me siento ya me resulta algo más complicado.

—¿Por qué viniste a verme a una hora tan intempestiva? —preguntó ella.

—Tenía una cita con Hamilton Burris. Llegaba en un vuelo procedente de Dallas para discutir los términos de compra de su refinería de la costa Oeste. Pero me salió con una u otra excusa y pospuso el encuentro. Eso me dejó con un gran hueco en el día, así es que pensé pasar la tarde juntos para variar un poco.

»Te llamé... y no contestó nadie. Supuse que habrías bajado a la playa, así es que fui a casa y me cambié. Después, me dirigí a ese lugar, cerca del bungaló, donde estabas, y finalmente te espié desde la derecha, bastante cerca del agua. Estabas echada sobre tu albornoz, cerca de ese joven..., de ese joven musculoso, con ese típico rostro americano y los ojos llenos de apetito por la mujer.

»Apenas si estabais a un palmo de distancia el uno del otro y él parecía estar diciéndote algo, casi sobre tus labios. Aquello me produjo un impacto muy fuerte... una gran sacudida. Nunca te había imaginado en esa... en esa situación, y mi imaginación empezó a desbordarse. ¿Cuántas otras veces? ¿Con cuántos otros jóvenes?

—Sí, pero no se te ocurrió pensar que...

—Déjame terminar. No se me ocurrió pensar en otra cosa que en el hecho de tener veinte años más que tú. Pensé que quizá en otros tiempos había parecido una persona brillante, al frente de una gran empresa, con una gran riqueza y poder. Pero que tú empezaste a aburrirte, te sentiste atraída por los jóvenes de tu misma edad... inclinada hacia esos jóvenes atléticos y amorosos... y decidiste jugar en ambos extremos.

»De las dudas ocultas sobre mí mismo, que ya existían en mí, nacieron unos celos instantáneos. Así pues, te vigilé a distancia y, cuando te levantaste y empezaste a andar con él hacia aquel maldito bungaló, os seguí. Desapareciste con él en el interior de la casa y entonces estuve seguro. Permanecí por allí durante unos quince minutos, tratando de acumular fuerzas suficientes para entrar y darle una buena paliza.

»Pero sabía que aquello sería absurdo..., que él me derribaría y me pondría de rodillas, mientras tú mirabas, llena de disgusto, o simplemente sofocando tu risa ante mi débil intento. Así pues, regresé a casa hecho una furia y volví con el revólver. No tenía intención de matarle. Simplemente, pensaba darle un buen escarmiento.

»Llamé, él abrió la puerta y me mostré detrás del arma. Recorrí precipitadamente las habitaciones, mientras él me miraba boquiabierto, fumando, pero tú ya te habías ido. Intercambiamos unas pocas palabras y él se dio cuenta de lo que sucedía, pero no pareció asustarse lo más mínimo ante mí. Se sentía más bien divertido y mantenía una actitud burlona.

»—¿Dónde está Trisha? —le pregunté—. ¿Va a volver ahora con una botella para amenizar vuestra reunión? ¿No quedaría bastante sorprendida si te encontrara muerto, pequeño?

»Aquellas palabras sólo produjeron en él una expresión de desprecio y una sonrisa de burla.

»—Pero ¿qué pasa aquí, viejo estúpido? —me dijo—. Se vistió y regresó a casa. Seguramente te has cruzado con ella.

»Fue entonces cuando disparé contra él. Cayó, encogido sobre sí mismo. Me di cuenta enseguida de que había muerto y entonces sentí un gran pánico.

—¡Oh, Gary! —exclamó Trisha—, todo es por mi culpa. Y, sin embargo, no tengo culpa de nada. Se trataba solamente de un joven que me habló un día en la playa, y al que contesté con la simple intención de ser amable. Hablamos unos pocos minutos, le dije que estaba casada y se marchó. Pero vivía cerca de la playa y volvió a pasar varias veces por allí mientras yo estaba tomando el sol. Hablé con él para pasar el tiempo... simplemente hablé con él. Pensé que era una persona inofensiva, que era un joven solitario que necesitaba confiarse a alguien.

»Aquel día terrible, me preguntó si quería tomar una cerveza fría, y yo no vi ningún mal en ello. El sol calentaba mucho y yo me sentía reseca. Así es que me fui con él y me sirvió un vaso de cerveza que me bebí mientras charlamos durante unos veinte minutos. Parecía un joven totalmente inocente y me sentí casi maternal con él. Pero entonces empezó a mostrarse más atrevido. No se mostró agresivo en ningún momento; simplemente trató de probarme, de darme un beso, de acariciarme con sus manos.

»Bromeé un poco con él y conseguí escabullirme de un modo razonablemente gracioso. Después, antes de ir a casa, me detuve en casa de Grace Fielding, y allí estuve aproximadamente durante una hora antes de volver a casa. Aquella noche no viniste a cenar y empecé a sentirme muy inquieta. A la mañana siguiente venía la noticia en los periódicos: Bruce Kaufman asesinado en su bungaló por un desconocido; la única clave es la bala que le causó la muerte, del calibre treinta y ocho. Ni siquiera entonces pude imaginar lo que había pasado, Gary. Fui incapaz de relacionar el asesinato contigo, como esposo enfurecido. No lo pude hacer hasta que me llamaste por teléfono. Pero ahora ya no importa el porqué ni el cómo. Dime simplemente qué has hecho con el arma porque, al parecer, lo único que han conseguido para relacionar el asesinato contigo es una bala.

—He traído el revólver conmigo —dijo—. Está escondido en el estuche de mi máquina de escribir portátil. He considerado la posibilidad de mecanografiar una confesión y una de esas dramáticas notas de despedida, al estilo antiguo, antes de utilizar ese mismo revólver contra mí mismo.

—¡No digas tonterías! —exclamó ella—. Cuando lleguemos a casa, cogeremos la barca, nos adentraremos dos o tres kilómetros en el mar y yo misma arrojaré ese revólver por la borda.

—Te quiero mucho, pequeña —dijo él—, y debo decirte que..., que lo siento mucho.

Ella apartó la mirada.

—No podemos marcharnos esta noche —murmuró—. Estoy demasiado cansada. Quiero tomar un largo baño caliente y después podremos bajar a beber algo y a cenar. Nos marcharemos al amanecer y contaremos a todos una bonita y pequeña historia sobre una impulsiva segunda luna de miel. ¿Te parece bien, querido?

Doyle Lindsey y Scott Bender se detuvieron a pasar la noche en la ciudad costera de Ensenada, después de haber cruzado la frontera en Tijuana, sin el menor incidente. Habían salido a cenar y después regresaron a su motel, un lugar mucho menos pretencioso que el agradable Desert Mirage. Estuvieron discutiendo qué hacer: dormir toda la noche de un tirón, o salir a dar una vuelta por los locales nocturnos de la ciudad. Pero todo aquel botín robado les estaba incitando a divertirse y a jugar.

Existía, sin embargo, un pequeño problema. Habían acabado casi con todo su dinero en efectivo y era necesario volver a pulsar el botón del fondo falso de la maleta para conseguir reservas frescas de dinero. En consecuencia, Doyle colocó la maleta sobre un maletero, volvió a quitar el forro y abrió el compartimiento secreto.

Inmediatamente, surgió otro problema que, en esta ocasión, se convirtió en un desastre. No había ningún dinero... Había desaparecido hasta el último.

—¡Desaparecido! —exclamó Scott con un asombro terrible—. ¡No lo puedo creer!

—¡No! —gritó Doyle, sacudiendo su cabeza con vehemencia—. ¡No, no! ¡Es imposible! Ni una sola persona de este mundo sabía que el dinero estaba aquí, excepto tú y yo. Y como yo no lo he cogido...

Se metió la mano en el bolsillo, sacando su automática del 32, con la que encañonó cuidadosamente a Scott Bender.

—Así es que ayúdame —dijo, con una mortal sinceridad—. Me vas a decir lo que has hecho con la pasta, o te mato aquí mismo.

Ya bien avanzada la tarde del día siguiente, Gary Howland llegó, acompañado de Trisha, a su impresionante residencia situada en Palisade. Se dispuso entonces a abrir el estuche de su máquina de escribir portátil para recuperar el revólver del 38. Pero el arma no estaba allí. En su lugar, encontró una nota, mecanografiada con su propia máquina y dejada en el rodillo de la misma:

«Tenemos su revólver "Smith & Wesson", de cañón corto, calibre 38 y número de serie C247634, arma con la que asesinó usted a Bruce Kaufman en un rapto de celos.

»Le rogamos tome nota de que estamos dispuestos a enviar el arma a la policía, junto con los apropiados detalles sobre su participación en el crimen, a menos que recibamos, en el plazo de tres días, la cantidad de veinticinco mil dólares en efectivo.

»El dinero debe ser adecuadamente envuelto y protegido y enviado a la casilla de correos de la dirección abajo indicada. Tras la recepción del dinero, se le enviará el arma con la mayor rapidez.

«Suyo con todo el afecto, y con grandes esperanzas de que pueda usted continuar disfrutando de su libertad y verse alejado de los tristes confines de San Quintín.»

Debajo había el número de una casilla postal de Las Vegas, Nevada.

Al sábado siguiente, por la tarde, Vern Kittredge, propietario del motel Desert Mirage, estaba cómodamente sentado en la sala de estar de su extravagante apartamento del ático. Se trataba de una estructura apartada a la que se llegaba por medio de un ascensor privado y que colgaba sobre la terraza del edificio principal. Con un esbozo de sonrisa en la comisura de sus labios, Kittredge estaba dando un vistazo a la página deportiva del periódico. Su esposa, Denise, una amorosa y joven rubia de notables proporciones, entró en aquel momento, procedente de la cocina, llevando una bandeja en la que había unos aperitivos y un par de secos y helados martinis.

Vern cogió uno de los martinis de la bandeja y lo probó.

—¡Ajá! —exclamó, suspirando—. Hecho con amoroso cuidado, como una obra de arte. ¿Debo enmarcarlo, o me lo bebo?

—Bueno, no tengo un marco adecuado para eso —dijo Denise, tomando asiento junto a él, con una expresión de contento en su rostro—. Así es que será mejor que te lo bebas antes de que se evapore.

—Sí —observó él—, está deliciosamente seco. ¿Quieres echar un vistazo a la página deportiva?

—Querido, sabes muy bien que odio los deportes.

—¿Incluyendo las carreras de caballos?

—Bueno, cuéntame sólo lo que haya sobre eso. ¿Había realmente un caballo que se llamara así? ¿«Bold Blackie»?

—Claro que sí. Tuve que buscarlo muy de prisa, pero encontré a «Blackie» en la carrera del viernes. Después llamé a DiVito, en Las Vegas, y le pedí que apostara tres mil dólares, de modo que la cantidad de la apuesta no hiciera hundirse la ventaja en el momento de la salida.

—Pero, desde luego, todo resultó ser una baladronada —dijo ella, en tono de broma—, y ese miserable rucio llegó el último.

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja...

Aquí tienes la continuación del texto corregido. Se han subsanado los errores de puntuación (como las tildes en los pronombres interrogativos y exclamativos), se han corregido los desajustes de los guiones de diálogo y se ha adaptado la ortografía de los extranjerismos, además de unificar palabras que estaban mal espaciadas:

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja sobre su inmediato seguidor y pagó diecinueve ochenta..., justo por debajo de nueve a uno.

—¡Vaya! Bastante bonito. Eso significa cerca de veintisiete mil.

—En efecto —confirmó el hombre, dejándose caer hacia atrás y encendiendo un puro corto y delgado—. Esta ha sido una semana que deja chiquitas a todas las demás —observó con orgullo—. Ha sido con mucho la mayor captura desde que abrimos. Veintisiete de los grandes por la carrera de caballos; ciento sesenta mil de aquel par de muchachos de la 248, con su maleta de fondo oculto; y otros veinticinco mil de ese feliz esposo de la 116 aficionado a apretar el gatillo.

—¿Te refieres a Howland, querido?

—Sí, a Gary Howland.

—¿También has conseguido ese dinero?

—DiVito envió esta mañana a uno de sus hombres a recogerlo de la casilla postal. Me lo traerá al próximo viaje que haga.

—¿Le vas a devolver el arma, o le presionarás un poco más?

—Sabes muy bien que siempre mantengo mi palabra —dijo él, mirándola—. El arma ya está en camino. Howland ha salido de esto con gran facilidad, pero es que me encontraba de muy buen humor.

—¿Te sientes alguna vez culpable por todo esto, Vern? —preguntó Denise, con una actitud pensativa.

—En absoluto. Me limito a coger algo a los tipos ricos y malos y a los estafadores, nunca a los tipos buenos.

—Eso es cierto, querido.

El hombre dejó su copa, cogió una patata frita, introduciéndosela en la boca, y la masticó.

—Bien —dijo—, tenemos la casa casi llena. ¿Has comprobado si hay algo interesante?

—Sí, pero hasta el momento sólo he encontrado a un evasor de impuestos en la 64. Se trata de un tipo que habla con su socio sobre una doble contabilidad. He estado tomando notas.

—¿Cuánto pretenden sustraerle al Tío Sam?

—Cerca de medio millón. Podremos conseguir un buen pellizco de esa cifra por no informar... No existe el menor riesgo.

—¿Están todavía en la habitación?

—Se fueron a cenar, pero a estas alturas ya pueden haber regresado.

—Veamos.

Kittredge, acompañado por su esposa, abandonó la sala y penetró después en un estudio. Apretó un botón situado bajo la mesa de su despacho y una sección de la pared se deslizó a un lado, dejando al descubierto un cubículo iluminado. Ya en su interior, Kittredge apretó otro botón y la pared se cerró tras ellos. Entonces, tomó asiento ante un gran cuadro de mandos en el que había numerosos conmutadores, cada uno de los cuales mostraba una etiqueta con el número de las habitaciones. Sobre los conmutadores había unas luces diminutas que permanecían apagadas cuando una habitación no había sido alquilada todavía, y que se encendían con una luz roja cuando estaban ocupadas. Sobre el cuadro de mandos había un micrófono, y una pantalla completaba el sistema de circuito cerrado de televisión, con sus cámaras ocultas.

Kittredge pulsó el conmutador con la etiqueta 64 y por el micrófono sólo les llegó un ligero zumbido.

—Supongo que todavía están fuera —dijo Denise.

—Vamos a asegurarnos —dijo Kittredge, apretando un botón.

Sobre la pantalla de televisión apareció una habitación vacía; había unas ropas sobre una de las camas y una maleta sobre la otra.

—No hay nadie en casa —dijo Kittredge, apagando la imagen y el sonido.

—¿Quieres intentar alguno de los otros números? —preguntó Denise, situada de pie tras él.

Él asintió con un movimiento de cabeza y, durante algunos minutos, estuvo pulsando los conmutadores, escuchando fragmentos de conversación, sin añadir la imagen al sonido. Después, sacudió la cabeza.

—Parece que esta es una mala noche para el robo. Lo intentaremos más tarde.

—Tú escuchas —dijo ella—, ¿pero nunca observas la pantalla cuando estás solo, querido? Vamos, confiésalo.

—No —dijo él firmemente—, no lo hago. Únicamente cuando no tengo más remedio, cuando tengo que captar algo que no puede ser comprendido escuchando. Como hice, por ejemplo, para observar dónde habían escondido esos dos gángsters el dinero que habían robado, y sólo con el propósito de saber lo que hacer cuando ellos dejaran la habitación. También lo hago para asegurarme de que una habitación está vacía cuando me dirijo hacia ella. Creo que todo ciudadano honrado que llega al Desert Mirage tiene derecho a esperar la más absoluta intimidad.

Burlonamente, Denise se le quedó mirando asombrada y gruñó:

—Conque absoluta intimidad, ¿eh? Bueno, de todos modos eres un hombre de honor, querido Vern.

Él se levantó, la rodeó con su brazo y con la otra mano apretó el botón para abrir el camino.

—¿Qué tenemos para cenar, querida? —preguntó mientras abandonaban la pequeña estancia.

 

 

 

Scott Bender aceleró el pequeño sedán gris a través del desierto de Mojave, poniéndolo a ciento veinte por hora y conduciéndolo con una sola mano al volante. Bostezó y miró de soslayo el sol poniente, que finalmente cedió con un último parpadeo rojizo, desapareciendo tras una distante montaña.

Scott se sentía molesto por aquel terreno llano, por aquel calor insoportable, por la estrecha, recta y alargada carretera; por el sonido desgarrador del aire, por el zumbido del motor. Agotado por las largas horas de conducción a través del desierto, todo le costaba un gran esfuerzo, incluso hablar a su compañero. Doyle Lindsey estaba repantigado en el asiento, junto a él, fumando con gesto de mal humor, con los pies, que sólo llevaban puestos los calcetines, apoyados sobre el salpicadero.

Los dos hombres tenían alrededor de los treinta y cinco años. Scott Bender era el más bajo: de complexión fornida y sólida, actitud engañosamente apacible, tenía unos rasgos rechonchos y agradables y una ondulada cresta de abundante pelo rubio. Doyle Lindsey era alto, de pelo negro, y se mantenía perpetuamente delgado. Tenía un rostro alargado, de mejillas hundidas y ojos negros y malhumorados. Desde que habían dejado atrás las afueras de Phoenix, Doyle se había mantenido alegre, pero ahora, al igual que Scott, sólo era una víctima del aplastante calor y de la monotonía.

—Tendríamos que haber cambiado este trasto por otro nuevo —dijo Scott al cabo de un rato—. Algo que fuera grande y brillante, con aire acondicionado —añadió, elevando su voz por encima de los sonidos del viento y del motor.

Doyle echó una bocanada de humo y se quedó mirando fijamente la carretera. Al parecer, no había escuchado a su compañero, o bien no se sentía con ánimos de contestar. Pero, al cabo de un momento, dijo deliberadamente:

—No, estás en un error, Scott. No teníamos por qué cambiar esta basura por un trasto nuevo con aire acondicionado.

—¿Por qué no? Hemos conseguido un botín lo bastante bueno como para comprar lo mejor, ¿no es cierto?

—No se trata de eso —dijo Doyle inclinando la cabeza para mirar a Scott—. Un par de tipos que apenas estaban ganando diez de los grandes al año no se marchan de la ciudad conduciendo un automóvil de rico sin levantar sospechas.

—Sí, eso es cierto —dijo Scott, asintiendo con un movimiento de cabeza—, pero escucha, vamos a tener que pagar mucho por un coche americano nuevo en México..., quizá el doble.

—Cuando llegue el momento —dijo Doyle—, volaremos a San Diego y compraremos uno allí.

Scott y Doyle habían informado casualmente a sus amigos y colaboradores de que irían a México, para hacer un viaje de placer por el país, vía Juárez, pero por temor a un repentino descubrimiento y a la persecución subsiguiente, alteraron secretamente su plan y atravesaron California hacia el oeste, para cruzar la frontera en Tijuana.

—No tenemos ninguna prisa por gastar el botín —siguió diciendo Doyle—. Lo hemos conseguido, independientemente de cómo lo repartamos.

—Será mejor partirlo por partes iguales, mitad y mitad —observó Scott haciendo una mueca.

En el crepúsculo, la carretera se desplegaba hasta el horizonte, sin una sola curva; el paisaje, gris y árido, se extendía en forma de llanura desértica hasta las abultadas y lejanas montañas; la desolada vista que se les ofrecía hasta el fondo sólo se veía aliviada por poco más que unos supervivientes tan duros como la yuca, los cactos y los hierbajos.

—¿Tenemos bastante combustible? —preguntó Doyle.

—Más de la mitad del depósito —informó Scott.

—Eso está bien. Apuesto a que tenemos ante nosotros cuarenta y cinco kilómetros de nada hasta llegar a la próxima gasolinera.

—Eso quizá fuera así en otros tiempos, pero no ahora. Mira eso.

Scott señaló un enorme cartel que dominaba la parte derecha de la carretera situada ante ellos y leyó en alta voz:

—¡Alto! ¡A cinco kilómetros! DESERT MIRAGE MOTEL (demasiado bueno para ser cierto). Habitaciones lujosas y climatizadas; exquisita comida; su bebida favorita servida en el frío y sombreado Salón de Ensueño. Servicios de combustible y reparación.

—¿Qué te parece eso? —gruñó Doyle—. En medio del maldito desierto.

—Cualquier cosa, en cualquier parte, por un dólar —dijo Scott, riendo.

—Si tiene buen aspecto, detengámonos —dijo Doyle—. Estoy harto y me gusta pensar en esa bebida favorita.

—Yo preferiría atravesar la frontera cuanto antes, aunque tengamos que conducir toda la noche.

—Nos pasamos dos semanas sudando la gota gorda en Phoenix, trabajando en lo de siempre, mientras los de la bofia ponían la ciudad patas arriba para encontrar una pista decente, y ahora tienes tanta prisa, ¿a qué se debe?

—Está bien, daremos un vistazo. Pero no será una gran cosa, enterrado aquí, en esta zona salvaje rodeada de arena.

—¿Has estado en Las Vegas últimamente? Pues ese enorme tapete verde fue construido en una zona salvaje rodeada de arena como ésta, para que lo sepas, explorador.

El motel Desert Mirage era una extensa y baja estructura de modernizado estilo oriental, con un tejado de color verde jade, salpicado de manchas de color bermellón. Surgió de súbito del estéril paisaje del desierto, tan sorprendente e irreal como si se encontrara uno con una gran mansión anclada en medio del océano.

—No me lo puedo creer —dijo Doyle—, pero vamos a ver si es verdad. Acércate rápido antes de que desaparezca.

Al llegar a su altura, Scott aminoró la marcha, introduciendo el vehículo en la larga curva de carretera de desviación que, flanqueada por palmeras reales, conducía hacia la entrada.

El vestíbulo era enorme, frío y estaba artificialmente embellecido con azulejos del Lejano Oriente. Desde allí se entraba al restaurante y al Salón de Ensueño. Se acercaron al bar y lo observaron con curiosidad desde la entrada.

Parecía una sala exótica, silenciosa, íntima, con una barra en forma de herradura y unos rincones en forma semicircular, tapizados de terciopelo rojo. Estaba lleno, casi hasta el tope de su capacidad, de viajeros que llevaban puestas las más variadas ropas y bebían alegremente. Frente a la entrada, y en uno de los ángulos del bar, había dos atractivas morenas que les observaron con rápidas miradas. Una de ellas esbozó un fragmento de sonrisa cuando su mirada inquisitiva se detuvo sobre los dos hombres que aún permanecían en la entrada. Después, dio un ligero codazo a su compañera. Las dos mujeres se les quedaron mirando descaradamente.

—Van a ver si pueden pescar algo —dijo Scott desde una esquina de su boca—. ¿Seguimos el juego y dejamos que tiren del carrete?

—¿Estás loco? —murmuró Doyle—. Con la mitad de Fort Knox en el coche, primero comprobamos y después jugamos si queremos.

Se volvió y dirigió a Scott hacia el bar.

Ante el mostrador, una pareja estaba siendo inscrita por un empleado. Detrás de él, consultando lo que parecía ser un índice de habitaciones, había un hombre elegante y cuarentón, fastidiosamente embutido en un traje de color beige, con camisa blanca y corbata negra. Espiando a Lindsey y a Bender, les hizo señas para que se acercaran al mostrador.

—¿Una habitación, caballeros? —preguntó con una sonrisa amable que surgió de un rostro enjuto, de fuerte mandíbula, rematado por un abundante pelo rubio muy bien ordenado.

—Sí, nos gustaría una habitación —dijo Doyle.

—Bueno, tiene suerte, señor. Sólo me quedan dos. ¿Quieren las dos? ¿O prefieren compartir una?

—Una habitación de dos camas —contestó Doyle.

—Estupendo —dijo el hombre rubio sacando un bolígrafo y una tarjeta de registro. Doyle rellenó la tarjeta, inscribiendo los dos nombres y una sola dirección, previamente acordada, en Phoenix.

—Tienen ustedes a mucha gente por aquí —observó Scott—. Debe ser nuevo, ¿verdad?

—Sí, señor. Abrí el negocio hace exactamente ocho meses y seis días.

—Entonces, ¿es usted el propietario?

—Así es, y me siento feliz de poderlo decir. Yo mismo he diseñado este lugar y he ayudado a construirlo.

—Pero esto está alejado de todo, en tierra de nadie —dijo Scott, sonriendo—. No comprendo cómo puede trabajar hallándose tan lejos de la civilización.

—Hubo problemas al principio. Pero ahora nos autoabastecemos por completo. Conseguimos nuestra propia agua y generamos la energía que necesitamos.

¿De verdad? Pues no tengo más remedio que felicitarle, es una verdadera piedra preciosa en medio del desierto, míster...

—Kittredge. Vern Kittredge. Y ahora, háganme saber si hay algo que puedo hacer por ustedes, caballeros.

Osciló hacia un lado, buscó en los casilleros y dejó una llave sobre el mostrador.

Doyle, que había estado escuchando toda la conversación inmerso en un silencio desaprobador, se metió la llave en el bolsillo.

—¿Cuánto le debemos, míster Kittredge?

—Veintisiete cincuenta, con los impuestos —anunció con suavidad míster Kittredge.

Doyle contó el dinero, sacándolo de su cartera.

—Estarán ustedes en la 248 —dijo el propietario—. Está en el segundo piso, hacia el centro del ala derecha del edificio.

—Hasta luego, míster Kittredge —dijo Scott.

Y los dos hombres salieron, dirigiéndose hacia la zona del aparcamiento. Observándoles mientras se retiraban, Vern Kittredge sacudió la cabeza y le dijo a su empleado:

—Todos hacen la misma pregunta: ¿cómo se le ocurrió instalar esto aquí? Creo que si escribiera eso en un folleto me ahorraría cerca de un millón de palabras al mes —se detuvo un momento y después añadió—: Frank, me voy al ático. Denise vendrá a cenar. No volveré a bajar esta noche, a menos que me necesites.

—Sólo nos queda una habitación por alquilar, así es que no creo que necesite mucha ayuda —dijo Frank.

Kittredge se marchó, dirigiéndose hacia su apartamento del ático.

 

 

En la habitación 248, Doyle Lindsey estaba colgando un par de trajes en la larga percha del espacioso armario, en una habitación de gruesas alfombras, muebles elegantes y masivos y decoración de buen gusto. El aire frío salía del aparato de aire acondicionado, dotado de pulsadores y capaz también de proporcionar calefacción.

—Creo que sería mejor cortar esa clase de conversaciones con personas como Kittredge —dijo Doyle por encima del hombro, haciendo que sus palabras sonaran como una orden.

—¿Por qué? —preguntó Scott, poniendo cara de enfado.

Doyle cruzó la habitación, dirigiéndose hacia donde habían dejado una abultada maleta, y empezó a sacar objetos de ella, colocándolos en un cajón.

—Porque no deseamos despertar ninguna atención especial —dijo—, y porque no deseamos hacer ninguna falsa amistad comercial con la clase de personas que suelen conocer a la gente al primer vistazo. Para esa clase de gente, nosotros somos un par de sombras... sin rostro, anónimas. Ahora nos ves, ahora no nos ves, y nunca se recuerda nada sobre nosotros.

—Sí —dijo Scott—, supongo que tienes razón. Lo que sucede es que soy demasiado sociable por naturaleza.

—Exactamente —dijo Doyle, encendiendo un cigarrillo—. Eres demasiado sociable, y a veces no demuestras ser muy inteligente. Pero, al menos, escuchas.

—Está bien, muchas gracias.

—De nada.

—No me presiones, Doyle. No me dejaré provocar.

Doyle le ignoró y comenzó a cerrar la gran maleta, aunque todavía contenía algunas de sus ropas, y un libro de gran tamaño y tapas duras.

—Vacía el resto de la maleta y daremos un vistazo a la mercancía —dijo Scott.

—No seas infantil. Una vez que la has visto, ya la has visto.

—La mitad del botín es mío..., ¿de acuerdo?

Doyle se encogió de hombros y sacó de su bolsillo un pequeño destornillador. Sacó todo el contenido de la maleta, que dejó sobre la cama, encontró los pequeños tornillos ocultos y quitó el forro del fondo. Al desatornillar el último tornillo dejó al descubierto el extremo de una banda de cuero que, al ser desprendida, dejó ver una cremallera.

Corrió la cremallera... y los dos se quedaron mirando el ordenado jardín de billetes verdes, perfectamente ordenados y empacados La mayor parte de los billetes eran de elevado valor.

Scott cogió uno de los paquetes de billetes de cien y los pasó ante sus ojos, mostrando los dientes con una sonrisa de alegría.

—Aquí sí que hay coles —murmuró—. Ciento sesenta mil libres de impuestos, a la vieja usanza.

Doyle también sonrió, aunque sólo ligeramente.

—No está mal para un par de gángsters aficionados —dijo.

—Sí —asintió Scott sintiéndose feliz—. El único tanteo posible y limpiamos esa planta de toda la maldita paga. Tengo que felicitarte por eso, Doyle, eres un cerebro y medio cuando se trata de planear un golpe.

—La realización fue pura mecánica —dijo Doyle—. El verdadero genio estuvo en la preparación y la determinación del tiempo. No abandonamos inmediatamente nuestros buenos puestos de trabajo para desvanecernos. Les lavamos antes el cerebro: un par de tipos que no importan a nadie, y que han ahorrado durante años lo suficiente para dar un largo vistazo al mundo, empezando por un económico viaje de placer a México. Como ves, estaban preparados para aceptarlo. Incluso después de haber realizado el robo, servimos perfectamente nuestros propósitos... Trabajamos, como siempre, hasta el último día. Y ahora nos desvanecemos, nos perdemos en alguna parte... y se nos olvidará.

—A menos que los de la bofia encuentren alguna pista —dijo Scott.

—No la encontrarán. Les dimos dos semanas de tiempo y nos quedamos tranquilamente sentados durante todo ese tiempo. Y ellos ni siquiera se acercaron, ni una simple sospecha.

—Seguro que seguimos estando libres de sospechas —dijo Scott.

Volvió a dejar el paquete de billetes en el fondo de la maleta, Doyle la volvió a cerrar, colocó sus pertenencias y dejó la maleta en el armario.

—Y ahora —dijo Doyle frotándose las palmas de las manos—, ponte en movimiento y prepárate. Después, bajaremos y calentaremos un poco a esas dos piezas de ojos grandes que se aburren en el bar.

 

 

En la habitación 254, la última disponible del Desert Mirage, se instaló una cama supletoria para acomodar a los tres hombres de mediana edad que acababan de inscribirse en recepción. Se les subió hielo y bebidas a la habitación y ahora los tres hombres, sentados uno frente al otro, en círculo, se estaban sirviendo unas copas, reforzadas con aguardiente.

El trío estaba compuesto por Charlie Sachs, propietario de un pequeño establo de caballos de carreras; su entrenador, Max Hardman, y Sid Lerner, abogado y amigo personal de Charlie Sachs.

Charlie, un hombre barrigudo, de rostro alegre, dejó su bebida sobre la mesa y chupó el puro que estaba fumando.

—Entonces ¿quién va a dormir en la cama supletoria? —preguntó.

—Tu físico se acomoda perfectamente a ella —dijo Sid Lerner con una mueca, mientras Max Hardman mantenía su habitual impasibilidad.

—Mira lo que vamos a hacer —dijo Charlie—. Nos la sortearemos.

Aparecieron unas monedas que volaron al aire, pendientes todos del cara o cruz. Sid perdió sin molestarse por ello. Después de todo, era el más delgado de los tres.

Al cabo de un rato, el abogado dijo:

—Charlie, quiero saber más de ese arreglo. Ya sabes que no tengo ni idea de caballos. Pero por lo que se está cociendo, la carrera está arreglada para que la gane «Bold Blackie», si es que no se rompe antes una pata, ¿no es cierto?

Charlie dio un bufido, mordió el puro y lanzó una mirada implorante a su entrenador.

—Sid, ya han pasado los días de las carreras arregladas, al menos en el sentido clásico —dijo Max Hardman—. Aquellas típicas regatas terminaron en disputas. No puedes domar a un caballo para hacerle ganar, porque después tiene que pasar una prueba química, una vez terminada la carrera. No, ahora ya nada funciona de ese modo. Se trata de algo mucho más sutil, mucho más difícil de probar y prácticamente legal.

—Escucho —declaró Sid.

—Está bien. En esa carrera del viernes hay otros tres caballos que pueden derrotar a «Bold Blackie». No hay problema con eso. El público apostará por esos tres con ventaja de dos a uno o menos, hasta aproximadamente de cuatro a uno. Por la mañana, «Blackie» estará en ocho a uno y puede elevarse hasta un doce a uno antes de situarte en el poste de salida, especialmente cuando se sepa que el favorito, «Royal Front», hará una gran carrera.

»Pero el propietario de "Royal Front" sabe que su caballo no es tan bueno; puede perder en favor de uno de los otros caballos favoritos en cuanto realice un mal movimiento. Su propietario no deseará arriesgar una apuesta a esos precios. Los otros dos propietarios tendrán mejores ventajas para sus caballos, aunque no lo bastante buenas como para hacerles ganar un buen puñado.

»Entonces, Charlie se reunirá con ellos para tomar unas copas y entre todos decidirán convertir a "Bold Blackie" en ganador cuando las apuestas estén en ocho a uno o más arriba, de modo que todos los propietarios, excepto Charlie, apostarán contra sus propios caballos.

—Es una locura —dijo Lerner—. ¿Y cómo va a saber el caballo que no debe ganar? ¿Es que decís a los jockeys que retengan a sus caballos para que pueda ganar «Blackie»?

—No es exactamente así —dijo Charlie, sonriendo con indulgencia—. El encargado lo desaprobaría y los jockeys no se pueden permitir el lujo de quedarse sin trabajo o de ser eliminados de la pista. No, tal y como dice Max, se trata de algo más sutil. Los otros tres propietarios dicen a sus jockeys que no van a apostar ese viernes; que esperan que ocurra algo bueno en la cañera, para llevarse el jamón a casa.

»Los jockeys no necesitan un papel impreso para saber con exactitud lo que significa eso. Se les paga para proporcionar a los propietarios lo que éstos desean, siempre y cuando sea legal y no contravenga las reglas. Así pues, dejan que el caballo haga su propia carrera, sin forzarle. No maniobran para ocupar una mejor posición. Dejan que el caballo se agote antes de llegar a la meta; no intentan hacer nada, no compiten. Y amigo, ésa es otra forma de decir que van a perder con toda seguridad, porque se tiene que querer tener buena puntería para dar en el blanco.

»Por otra parte, le digo a mi jockey que ese viernes voy a apostar una buena cantidad y que quiero que haga todo lo posible por ganar. Deseo una carrera lo más inteligente posible, y espero de él que haga cruzar a "Bold Blackie" la meta en primer lugar. "Blackie" puede hacerlo así, siempre y cuando se le dirija bien, porque es el mejor caballo de la carrera.

»Así, con esa clase de arreglo, y teniendo en cuenta que todo estará en contra de los caballos favoritos, podremos ganar un buen puñado el viernes.

—Brindo por eso —dijo Sid Lerner, levantando su copa.

Y todos bebieron.

 

 

Doyle Lindsey y Scott Bender durmieron hasta muy tarde y, tras haber perdido lamentablemente el tiempo en la reunión de la noche anterior, siguieron su camino hacia la frontera mexicana pocos minutos antes del mediodía.

 

 

Cerca de las tres de la tarde, llegó mistress Trisha Towland, procedente de Los Angeles, en su espléndido automóvil nuevo, un regalo reciente de su esposo con motivo de su segundo aniversario. Trisha tenía veintiocho años y era diecinueve años más joven que Gary Howland. De pelo castaño rojizo, elegante y pequeña, los suaves rasgos de su rostro estaban tensos y mostraban unas profundas ojeras cuando preguntó en el mostrador de recepción, apresurándose después a reunirse con su esposo, que había permanecido encerrado en la habitación 116 desde hacía casi dos días.

Cuando él se acercó a la puerta, abriéndola con gran cautela, ella se deslizó en su interior y los dos se abrazaron, pegándose el uno al otro, en silencio.

—Necesitas un trago —dijo después Gary Howland.

Puso hielo en un par de vasos y vertió una generosa cantidad de whisky escocés. Ella se dejó caer sobre una silla y bebió a pequeños sorbos, mientras él se apoyó sobre una mesita y se quedó mirando hoscamente hacia el suelo, en dirección a sus zapatos. Era un hombre de pelo grisáceo, de rostro nudoso, con exceso de peso, pero con un aspecto casi elegante.

—Ni siquiera hice una maleta —dijo Trisha—. Me marché pocos minutos después de recibir tu llamada.

—Gracias, querida —murmuró él, pero sin mirarla.

—¿Por qué no me esperaste en casa hasta que yo llegara? Podríamos haberlo discutido, Gary; podríamos haber encontrado para ti una salida mejor que la de huir ciegamente.

Levantó la vista, mirándola un momento, y se sintió impresionado por los grandes ojos inocentes y por la compasión que reflejaba su hermoso rostro.

—Sentí pánico —dijo él—. Sólo pensé en marcharme, sin saber realmente hacia dónde, buscando quizá algún lugar remoto donde poder ocultarme y pensar. Dejé atrás este lugar increíble, pero me sentía cansado y al final di media vuelta y volví aquí. Ni si quiera se me ocurrió registrarme con un nombre y una dirección falsas. De todos modos, pensaba que tú también estarías al otro lado de la barrera, por decirlo de algún modo.

—Qué equivocado estás, querido. Todo este asunto no es más que una simple e inconcebible tragedia No puedo imaginar cómo, conociéndome, pudiste haber llegado a una conclusión así y después...

—De eso se trata, Trisha. No tenía la sensación de conocerte tan bien en sólo un par de años. ¿Nos conocemos el uno al otro en realidad?

—Evidentemente, yo tampoco te conocía hasta, ese punto, Gary —la mujer se detuvo y encendió un cigarrillo—. Y te mostraste tan reservado al hablarme por teléfono, que no conseguí hacerme una verdadera idea de lo que había sucedido. Así es que ¿por qué no empiezas desde el principio?

—Podría contarte lo que ha ocurrido en un minuto. Pero decirte cómo me siento ya me resulta algo más complicado.

—¿Por qué viniste a verme a una hora tan intempestiva? —pregunto ella.

—Tenía una cita con Hamilton Burris. Llegaba en un vuelo procedente de Dallas para discutir los términos de compra de su refinería de la costa Oeste. Pero me salió con una u otra excusa y pospuso el encuentro. Eso me dejó con un gran hueco en el día, así es que pensé pasar la tarde juntos para variar un poco.

»Te llamé... y no contestó nadie. Supuse que habrías bajado a la playa, así es que fui a casa y me cambié. Después, me dirigí a ese lugar, cerca del bungalow, donde estabas, y finalmente te espié desde la derecha, bastante cerca del agua. Estabas echada sobre tu albornoz, cerca de ese joven..., de ese joven musculoso, con ese típico rostro americano y los ojos llenos de apetito por la mujer.

»Apenas si estabais a un palmo de distancia el uno del otro y él parecía estar diciéndote algo, casi sobre tus labios. Aquello me produjo un impacto muy fuerte... una gran sacudida. Nunca te había imaginado en esa... en esa situación, y mi imaginación empezó a desbordarse. ¿Cuántas otras veces? ¿Con cuántos otros jóvenes?

—Sí, pero no se te ocurrió pensar que...

—Déjame terminar. No se me ocurrió pensar en otra cosa que en el hecho de tener veinte años más que tú. Pensé que quizá en otros tiempos había parecido una persona brillante, al frente de una gran empresa, con una gran riqueza y poder. Pero que tú empezaste a aburrirte, te sentiste atraída por los jóvenes de tu misma edad... inclinada hacia esos jóvenes atléticos y amorosos... y decidiste jugar en ambos extremos.

»De las dudas ocultas sobre mí mismo, que ya existían en mí, nacieron unos celos instantáneos. Así pues, te vigilé a distancia y cuando te levantaste y empezaste a andar con él hacia aquel maldito bungalow, os seguí. Desapareciste con él en el interior de la casa y entonces estuve seguro. Permanecí por allí durante unos quince minutos, tratando de acumular fuerzas suficientes para entrar y darle una buena paliza.

»Pero sabía que aquello sería absurdo..., que él me derribaría y me pondría de rodillas, mientras tú mirabas, llena de disgusto, o simplemente sofocando tu risa ante mi débil intento. Así pues, regresé a casa echo una furia y volví con el revólver. No tenía intención de matarle. Simplemente, pensaba darle un buen escarmiento.

»Llamé, él abrió la puerta y me mostré detrás del arma. Recorrí precipitadamente las habitaciones, mientras él me miraba boquiabierto, fumando, pero tú ya te habías ido. Intercambiamos unas pocas palabras y él se dio cuenta de lo que sucedía, pero no pareció asustarse lo más mínimo ante mí. Se sentía más bien divertido y mantenía una actitud burlona.

»—¿Dónde está Trisha? —le pregunté—. ¿Va a volver ahora con una botella para amenizar vuestra reunión? ¿No quedaría bastante sorprendida si te encontrara muerto, pequeño?

»Aquellas palabras sólo produjeron en él una expresión de desprecio y una sonrisa de burla.

»—Pero ¿qué pasa aquí, viejo estúpido? —me dijo—. Se vistió y regresó a casa. Seguramente te has cruzado con ella.

«Fue entonces cuando disparé contra él. Cayó, en cogido sobre sí mismo. Me di cuenta en seguida de que había muerto y entonces sentí un gran pánico.

—¡Oh, Gary! —exclamó Trisha—, todo es por mi culpa. Y, sin embargo, no tengo culpa de nada. Se trataba solamente de un joven que me habló un día en la playa, y al que contesté con la simple intención de ser amable. Hablamos unos pocos minutos, le dije que estaba casada y se marchó. Pero vivía cerca de la playa y volvió a pasar varias veces por allí mientras yo estaba tomando el sol. Hablé con él para pasar el tiempo... simplemente hablé con él. Pensé que era una persona inofensiva, que era un joven solitario que necesitaba confiarse a alguien.

»Aquel día terrible, me preguntó si quería tomar una cerveza fría, y yo no vi ningún mal en ello. El sol calentaba mucho y yo me sentía reseca. Así es que me fui con él y me sirvió un vaso de cerveza que me bebí mientras charlamos durante unos veinte minutos. Parecía un joven totalmente inocente y me sentí casi maternal con él. Pero entonces empezó a mostrarse más atrevido. No se mostró agresivo en ningún momento; simplemente trató de probarme, de darme un beso, de acariciarme con sus manos.

»Bromeé un poco con él y conseguí escabullirme de un modo razonablemente gracioso. Después, antes de ir a casa, me detuve en Grace Fielding's, y allí estuve aproximadamente durante una hora antes de volver a casa. Aquella noche no viniste a cenar y empecé a sentirme muy inquieta. A la mañana siguiente venía la noticia en los periódicos: Bruce Kaufman asesinado en su bungalow por un desconocido; la única clave es la bala que le causó la muerte, del calibre treinta y ocho. Ni siquiera entonces pude imaginar lo que había pasado, Gary. Fui incapaz de relacionar el asesinato contigo, como esposo enfurecido. No lo pude hacer hasta que me llamaste por teléfono. Pero ahora ya no importa el porqué ni el cómo. Dime simplemente qué has hecho con el arma porque, al parecer, lo único que han conseguido para relacionar el asesinato contigo es una bala.

—He traído el revólver conmigo —dijo—. Está escondido en el estuche de mi máquina de escribir portátil. He considerado la posibilidad de mecanografiar una confesión y una de esa dramáticas notas de despedida, al estilo antiguo, antes de utilizar ese mismo revólver contra mí mismo.

¡No digas tonterías! —exclamó ella—. Cuando lleguemos a casa, cogeremos la barca, nos adentraremos dos o tres kilómetros en el mar y yo misma arrojaré ese revólver por la borda.

Te quiero mucho, pequeña —dijo él—, y debo decirte que..., que lo siento mucho.

Ella apartó la mirada.

—No podemos marcharnos esta noche —murmuró—. Estoy demasiado cansada. Quiero tomar un largo baño caliente y después podremos bajar a beber algo y a cenar. Nos marcharemos al amanecer y contaremos a todos una bonita y pequeña historia sobre una impulsiva segunda luna de miel. ¿Te parece bien, querido?

Doyle Lindsey y Scott Bender se detuvieron a pasar la noche en la ciudad costera de Ensenada, después de haber cruzado la frontera en Tijuana, sin el menor incidente. Habían salido a cenar y después regresaron a su motel, un lugar mucho menos pretencioso que el agradable Desert Mirage. Estuvieron discutiendo lo que hacer: dormir toda la noche de un tirón, o salir a dar una vuelta por los locales nocturnos de la ciudad. Pero todo aquel botín robado les estaba incitando a divertirse y a jugar.

Existía, sin embargo, un pequeño problema. Habían acabado casi con todo su dinero en efectivo y era necesario volver a pulsar el botón del fondo falso de la maleta para conseguir reservas frescas de dinero. En consecuencia, Doyle colocó la maleta sobre un maletero, volvió a quitar el forro y abrió compartimiento secreto.

Inmediatamente, surgió otro problema que, en esta ocasión, se convirtió en un desastre. No había ningún dinero... Había desaparecido hasta el último.

—¡Desaparecido! —exclamó Scott con un asombro terrible—. ¡No lo puedo creer!

—¡No! —gritó Doyle, sacudiendo su cabeza con vehemencia—. ¡No, no! ¡Es imposible! Ni una sola persona de este mundo sabía que el dinero estaba aquí, excepto tú y yo. Y como yo no lo he cogido...

Se metió la mano en el bolsillo, sacando su automática del 32, con la que encañonó cuidadosamente a Scott Bender.

—Así es que ayúdame —dijo, con una mortal sinceridad—. Me vas a decir lo que has hecho con la pasta, o te mato aquí mismo.

Ya bien avanzada la tarde del día siguiente, Gary Howland llegó, acompañado de Trisha, a su impresionante residencia situada en Palisade. Se dispuso entonces a abrir el estuche de su máquina de escribir portátil para recuperar el revólver del 38. Pero el arma no estaba allí. En su lugar, encontró una nota, mecanografiada con su propia máquina y dejada en el rodillo de la máquina:

 

«Tenemos su revólver "Smith & Wesson", de cañón corto, calibre 38 y número de serie C247634, arma con la que asesinó usted a Bruce Kaufman en un rapto de celos.

»Le rogamos tome nota de que estamos dispuestos a enviar el arma a la policía, junto con los apropiados detalles sobre su participación en el crimen, a menos que recibamos, en el plazo de tres días, la cantidad de veinticinco mil dólares en efectivo.

»El dinero debe ser adecuadamente envuelto y protegido y enviado a la casilla de correos de la dirección abajo indicada. Tras la recepción del dinero, se le enviará el arma con la mayor rapidez.

«Suyo con todo el afecto, y con grandes esperanzas de que pueda usted continuar disfrutando de su libertad y verse alejado de los tristes confines de San Quintín.»

 

Debajo había el número de una casilla postal de Las Vegas, Nevada.

 Al sábado siguiente, por la tarde, Vern Kittredge, propietario del motel Desert Mirage, estaba cómodamente sentado en la sala de estar de su extravagante apartamento del ático. Se trataba de una estructura apartada a la que se llegaba por medio de un ascensor privado y que colgaba sobre la terraza del edificio principal. Con un esbozo de sonrisa en la comisura de sus labios, Kittredge estaba dando un vistazo a la página deportiva del periódico. Su esposa, Denise, una amorosa y joven rubia de notables proporciones, entró en aquel momento, procedente de la cocina, llevando una bandeja en la que había unos aperitivos y un par de secos y helados martinis.

Vern cogió uno de los martinis de la bandeja y lo probó.

—¡Aja! —exclamó, suspirando—. Hecho con amoroso cuidado, como una obra de arte. ¿Debo enmarcarlo, o me lo bebo?

—Bueno, no tengo un marco adecuado para eso —dijo Denise, tomando asiento junto a él, con una expresión de contento en su rostro—. Así es que será mejor que te lo bebas antes de que se evapore.

—Sí —observó  él—,  está  deliciosamente seco. ¿Quieres echar un vistazo a la página deportiva?

—Querido, sabes muy bien que odio los deportes.

—¿Incluyendo las carreras de caballos?

—Bueno, cuéntame sólo lo que haya sobre eso. ¿Había realmente un caballo que se llamara así? ¿«Bold Blackie»?

—Claro que sí. Tuve que buscarlo muy de prisa, pero encontré a «Blackie» en la carrera del viernes. Después llamé a DiVito, en Las Vegas, y le pedí que apostara tres mil dólares, de modo que la cantidad de la apuesta no hiciera hundirse la ventaja en el momento de la salida.

—Pero, desde luego, todo resultó ser una baladronada —dijo ella, en tono de broma—, y ese miserable rucio llegó el último.

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja sobre su inmediato seguidor y pagó diecinueve ochenta..., justo por debajo de nueve a uno.

—¡Vaya! Bastante bonito. Eso significa cerca de veintisiete mil.

—En efecto —confirmó el hombre, dejándose caer hacia atrás y encendiendo un puro corto y delgado—. Esta ha sido una semana que deja chiquitas a todas las demás —observó con orgullo—. Ha sido con mucho la mayor captura desde que abrimos. Veintisiete de los grandes por la carrera de caballos; ciento sesenta mil de aquel par de muchachos de la 248, con su maleta de fondo oculto; y otros veinticinco mil de ese feliz esposo de la 116 aficionado a apretar el gatillo.

—¿Te refieres a Howland, querido?

—Sí, a Gary Howland.

—¿También has conseguido ese dinero?

—DiVito envió esta mañana a uno de sus hombres a recogerlo de la casilla postal. Me lo traerá al próximo viaje que haga.

—¿Le vas a devolver el arma, o le presionarás un poco más?

—Sabes muy bien que siempre mantengo mi palabra —dijo él, mirándola—. El arma ya está en camino. Howland ha salido de esto con gran facilidad, pero es que me encontraba de muy buen humor.

—¿Te sientes alguna vez culpable por todo esto, Vern? —preguntó Denise, con una actitud pensativa.

—En absoluto. Me limito a coger algo a los tipos ricos y malos y a los estafadores, nunca a los tipos buenos.

—Eso es cierto, querido.

El hombre dejó su copa, cogió una patata frita, introduciéndosela en la boca y la masticó.

—Bien —dijo—, tenemos la casa casi llena. ¿Has comprobado si hay algo interesante?

—Sí, pero hasta el momento sólo he encontrado a un evasor de impuestos en la 64. Se trata de un tipo que habla con su socio sobre una doble contabilidad. He estado tomando notas.

—¿Cuánto pretenden sustraerle al Tío Sam?

—Cerca de medio millón. Podremos conseguir un buen pellizco de esa cifra, por no informar... no existe el menor riesgo.

—¿Están todavía en la habitación?

—Se fueron a cenar, pero a estas alturas ya pueden haber regresado.

—Veamos.

Kittredge, acompañado por su esposa, abandonó la sala y penetró después en un estudio. Apretó un botón situado bajo la mesa de su despacho y una sección de la pared se deslizó a un lado, dejando al descubierto un cubículo iluminado. Ya en su interior, Kittredge apretó otro botón y la pared se cerró tras ellos. 

Entonces, tomó asiento ante un gran cuadro de mandos en el que había numerosos conmutadores, cada uno de los cuales mostraba una etiqueta con el número de las habitaciones. Sobre los conmutadores había unas luces diminutas que permanecían apagadas cuando una habitación no había sido alquilada todavía, y que se encendían con una luz roja cuando estaban ocupadas. Sobre el cuadro de mandos había un micrófono, y una pantalla completaba el sistema de circuito cerrado de televisión, con sus cámaras ocultas.

Kittredge pulsó el conmutador con la etiqueta 64 y por el micrófono sólo les llegó un ligero zumbido.

—Supongo que todavía están fuera —dijo Denise.

—Vamos a asegurarnos —dijo Kittredge, apretando un botón.

Sobre la pantalla de televisión apareció una habitación vacía; había unas ropas sobre una de las camas, y una maleta sobre la otra.

—No hay nadie en casa —dijo Kittredge, apagando la imagen y el sonido.

—¿Quieres intentar alguno de los otros números? —preguntó Denise, situada de pie, tras él.

El asintió con un movimiento de cabeza y, durante algunos minutos, estuvo pulsando los conmutadores, escuchando fragmentos de conversación, sin añadir la imagen al sonido. Después, sacudió la cabeza.

—Parece que ésta es una mala noche para el robo. Lo intentaremos más tarde.

Tú escuchas —dijo ella—, ¿pero nunca observas la pantalla cuando estás solo, querido? Vamos, confiésalo.

—No —dijo él firmemente—, no lo hago. Únicamente cuando no tengo más remedio, cuando tengo que captar algo que no puede ser comprendido escuchando. Como hice, por ejemplo, para observar dónde habían escondido esos dos gángsters el dinero que habían robado, y sólo con el propósito de saber lo que hacer cuando ellos dejaran la habitación. También lo hago para asegurarme de que una habitación está vacía cuando me dirijo hacia ella. Creo que todo ciudadano honrado que llega al Desert Mirage tiene derecho a esperar la más absoluta intimidad.

Burlonamente, Denise se le quedó mirando asombrada y gruñó:

—Conque absoluta intimidad, ¿eh? Bueno, de todos modos eres un hombre de honor, querido Vern.

Él se levantó, la rodeó con su brazo y con la otra mano apretó el botón para abrir el camino.

—¿Qué tenemos para cenar, querida? —preguntó mientras abandonaban la pequeña estancia.