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La habitación Número 13 - M. R. James

Entre las ciudades de Jutlandia, Viborg ocupa con toda justicia un lugar des­tacado. Es sede episcopal; tiene una hermosa catedral aunque casi entera­mente nueva, un parque encantador, un lago de gran belleza, y multitud de cigüeñas. 

Cerca se encuentra Hald, una de las cosas más bellas de Dinamarca, y poco más allá Finderup, donde Marsk Stig asesinó al rey Erik Glipping el día de santa Cecilia, en el año 1286. Cincuenta y seis golpes infligidos con una maza de hierro de cabeza cuadrada se contabilizaron en el cráneo de Erik cuando abrieron su tumba en el siglo XVII. Pero no pretendo escribir una guía turística.

Hay buenos hoteles en Viborg: el «Preisler» y el «Fénix» son todo lo buenos que se puede desear. Pero mi primo, al que le ocurrió lo que voy a contaros, se dirigió al "León de Oro" la primera vez que visitó Viborg. No ha vuelto a poner los pies en él desde entonces, y las páginas que siguen explicarán sin duda el motivo.

El «León de Oro» es una de las poquísimas casas de la ciudad que quedaron en pie después del gran incendio de 1726 que prácticamente destruyó la cate­dral, la Sognekirke, la Raadhaus, y tantos otros edificios antiguos e interesantes. Es una construcción de ladrillo rojo... o sea, es de ladrillo la fachada, con has­tiales escalonados y una leyenda encima de la puerta; pero el patio en el que entran los carruajes es de tipo jaula, con el blanco y negro de las vigas y el yeso.

Cuando mi primo llegó a la puerta el sol declinaba en el cielo y daba de lleno en la imponente fachada. Le encantó el aire antiguo del lugar, y se prometió una estancia satisfactoria y entretenida en una posada tan típica de la vieja Jutlandia.

No eran negocios en el sentido corriente del término lo que llevaba al señor Anderson a Viborg. Tenía entre manos cierta investigación sobre la historia de la Iglesia de Dinamarca, y había llegado a su conocimiento que en el Rigsarkiv de Viborg había documentos, salvados del incendio, relacionados con los últimos días del catolicismo romano en el país. 

Así que había decidido dedicar un tiempo -dos o tres semanas tal vez- a examinarlos y copiarlos, y esperaba encontrar en el «León de Oro» una habitación lo bastante amplia como para que le sir­viese de dormitorio y cuarto de trabajo. Explicó su deseo al dueño, y éste, tras pensar unos momentos, dijo que quizá fuera mejor que el señor viese las dos o tres habitaciones más amplias que tenía y eligiese. Parecía buena idea.

Las de la última planta las rechazó de entrada porque suponían tener que subir demasiados escalones después de un día de trabajo. En la segunda no había ninguna lo bastante espaciosa. Pero en la primera podía escoger entre dos o tres que se ajustaban puntualmente a sus deseos.

El hotelero se pronunció vivamente a favor de la número 17, pero el señor Anderson le hizo notar que la única vista que tenía desde sus ventanas era la pared lisa de la casa de al lado y que sería muy oscura por la tarde. Eran mejores la 12 y la 14, ya que las dos daban a la calle, y la luz de la tarde y la hermosa vista le compensarían más que de sobra del ruido del tráfico.

Finalmente eligió la número 12. Igual que las habitaciones contiguas, tenía tres ventanas, todas a un mismo lado. Era de techo alto, y exagerada­mente larga. Por supuesto, no tenía chimenea, pero contaba con una estufa voluminosa y bastante antigua: un armatoste de hierro colado con una repre­sentación de Abraham sacrificando a Isaac en uno de los lados, y sobre ella la inscripción «1 Bog Mose, Cap.22». No había nada más en la habitación digno de destacar; el único cuadro de cierto interés era una vieja lámina en color de la ciudad, de 1820.

Se acercaba la hora de la cena, aunque cuando Anderson bajó, refrescado por las normales abluciones, aún faltaban unos minutos para que sonara la campanilla. Los dedicó a examinar la lista de huéspedes. Como es costumbre en Dinamarca, sus nombres estaban expuestos en una gran pizarra dividida en columnas y renglones, al principio de cada cual figuraba pintado el número de la habitación correspondiente. La lista no tenía nada de particular. 

Había un abogado, o Sagforer, un alemán y unos cuantos viajantes de Copenhague. Lo único que le proporcionó materia de reflexión fue la ausencia del número 13 en la relación de habitaciones; pero incluso éste era un detalle que Anderson había observado media docena de veces en diversos hoteles de Dinamarca. 

No pudo por menos de preguntarse si la prevención a dicho número, tan corriente, era tan firme y general como para que hubiera dificultades en adju­dicar una habitación con ese número, y decidió preguntar al hotelero si él y sus colegas habían tropezado con muchos clientes que se negaran a ocupar la habi­tación decimotercera.

Durante la cena no pasó nada que mi primo juzgara digno de mención (estoy refiriendo el episodio según lo oí de sus labios); en cuanto al resto de la jornada, que dedicó a deshacer el equipaje y ordenar ropas, libros y papeles, no fue más memorable. Hacia las once decidió acostarse. 

Pero como le sucede a mucha gente hoy en día, antes de apagar la luz consideraba casi obligatorio leer unas páginas de letra impresa, y ahora se acordó de que el libro que había venido leyendo en el tren, que era el que le apetecía, lo tenía en el bolsillo del abrigo que había dejado colgado en la percha de la entrada al comedor.

Bajar a cogerlo fue cuestión de un momento; y como los pasillos no estaban totalmente a oscuras, no le fue difícil encontrar su puerta. Eso creyó al menos, porque al intentar hacer girar el pomo, la puerta se negó rotundamente a dejarse abrir; entonces oyó dentro un ruido presuroso de alguien que se acer­caba. Evidentemente se había equivocado de puerta. ¿Dónde quedaba la suya, a la derecha o a la izquierda? Miró el número: era la 13. De modo que su habi­tación quedaba a la izquierda... y así era. 

Y no hacía mucho que se había metido en la cama, había leído sus acostumbradas tres o cuatro páginas, había apagado la vela y se había dado la vuelta para disponerse a dormir, cuando cayó en la cuenta de que, aunque en la pizarra de abajo no figuraba el 13, era evi­dente que el hotel tenía una habitación con ese número. Sintió no haberla escogido. 

Quizá de haberla ocupado le habría hecho un pequeño favor al propietario, porque le habría brindado la posibilidad de decir que todo un caba­llero inglés había dormido en ella tres semanas y se había ido encantadísimo. Pero tal vez la utilizaban como cuarto de servicio o algo parecido. En todo caso, seguro que no era tan cómoda y espaciosa como la suya. 

Y paseó una soñolienta mirada por la habitación, bastante visible gracias a la media luz que entraba del farol de la calle. Es curioso, pensó: normalmente una habitación suele parecer más grande medio a oscuras que cuando está bien iluminada; en cambio ésta parece ahora menos larga, y más alta en proporción. Pero bueno, dormir era más importante que todas estas divagaciones, así que se dispuso a dormir.

Al día siguiente de su llegada, Anderson emprendió el asalto al Rigsarkiv de Viborg. Como era de esperar en Dinamarca, se le acogió con toda amabilidad, y le fue facilitado el acceso, hasta donde era posible a cuanto quiso consultar. El material que le pusieron delante resultó ser mucho más abundante e intere­sante de lo que había esperado. 

Además de documentos oficiales, había un buen mazo de correspondencia relacionada con el obispo Jörgen Friis, el último católico romano que ocupó la sede, de la que sacó infinidad de detalles divertidos -de esos que suelen llamarse «íntimos»- sobre su carácter y su vida privada. 

Había abundantes referencias a una casa que este obispo poseía en la ciudad, aunque no era él quien la ocupaba. Al parecer, su inquilino constituía un escándalo y un escollo para el partido reformista. Decían que era una ver­güenza para la ciudad, que practicaba artes secretas e impías y que había ven­dido su alma al enemigo. El hecho de que el obispo protegiese y amparase a semejante víbora y sanguijuela, a semejante Troldmand, era la prueba de cómo la Iglesia babilónica participaba de la superstición y la corrupción. 

El obispo se defendía con valentía de estas acusaciones: proclamaba su execración de tales prácticas y exhortaba a sus adversarios a que llevasen el asunto ante el tribunal apropiado -el eclesiástico naturalmente- para que se investigase hasta el fondo. Nadie estaba más dispuesto que él a condenar al Mago Nicolas Franc­ken si se le encontraba culpable de alguno de los crímenes que se le atribuían.

Anderson sólo tuvo tiempo de leer por encima la carta siguiente del líder protestante Rasmus Nielsen antes de que cerraran el archivo, aunque captó su tenor general, en el sentido de que los cristianos no estaban ya sometidos a las decisiones de los obispos de Roma, y que el tribunal eclesiástico no era ni podía ser apto ni competente para juzgar una causa tan grave y de tanto peso.

Al abandonar el edificio, lo hizo en compañía del viejo señor que estaba a su cargo; y mientras caminaban, su conversación se encauzó con toda naturali­dad hacia los papeles a los que acabo de aludir.

Herr Scavenius, archivero de Viborg, aunque conocía bien el contenido general de los documentos bajo su custodia, no estaba especializado en los relativos al periodo de la Reforma; así que escuchó con interés lo que Ander­son le contó sobre ellos. Esperaba con gran placer, dijo, ver la publicación en la que el señor Anderson se proponía incluirlos. 

«En cuanto a esa casa del obispo Friis -añadió-, es un enigma para mí dónde pudo estar. He examinado cuida­dosamente la topografía de la antigua Viborg, pero es una pena: del viejo catálogo de propiedades del obispo que se elaboró en 1560, del que la mayor parte se encuentra en nuestro Arkiv, falta precisamente la parte que contenía la lista de propiedades de la ciudad. Pero no importa. Puede que algún día consiga encontrarlo.

Tras un poco de ejercicio -no recuerdo exactamente el cómo y el dónde-, Anderson regresó al "León de Oro", a su cena, a su solitario y a su cama. Camino de la habitación cayó en la cuenta de pronto de que había olvidado preguntarle al dueño sobre la omisión del número 13, y también de que él mismo podía comprobar si efectivamente existía sin necesidad de preguntar a nadie.

No fue una decisión difícil. Allí estaba la puerta con su número bien visible; y era evidente que había alguien dentro, porque al acercarse pudo oír pasos y voces; o al menos una voz. Durante los pocos segundos que se detuvo a mirar el número cesaron los pasos, muy cerca de la puerta al parecer, y se sobresaltó al oír una respiración jadeante, como de una persona presa de gran excitación. 

Siguió andando, se metió en su habitación, y nuevamente le chocó lo mucho más pequeña que parecía ahora que cuando la había elegido. Era un poco decepcio­nante; aunque sólo un poco: si de verdad no la encontraba suficientemente amplia podía cambiarse a otra. A todo esto necesitó algo -creo recordar que un pañuelo de bolsillo- de la maleta que el botones había dejado muy poco a mano, en un caballete o taburete junto a la pared del fondo. 

Aquí pasaba algo extraño: no veía la maleta. La habrían retirado las oficiosas camareras; seguramente habían guardado las cosas en el armario. Pero no, en el armario no había nada de lo que había traído en ella. Empezaba a ser un fastidio. Desechó totalmente la idea de que se la hubiesen robado. Esas cosas suceden rarísima vez en Dina­marca. Pero desde luego habían cometido alguna estupidez (lo que no era tan raro). Hablaría muy seriamente con la stuepige. 

Necesitara lo que necesitase, no era tan imprescindible para su comodidad que no pudiese esperar hasta mañana, así que decidió no tocar la campanilla y molestar al servicio. Fue a la ventana -a la de la derecha- y se asomó a la calle tranquila. Enfrente había un edificio alto, con grandes espacios de fachada sin vanos. No transitaba nadie; era una noche oscura y no se veía nada digno de atención.

Tenía la luz detrás y podía ver su propia sombra claramente recortada en la pared de enfrente. También la sombra de un hombre con barba y en mangas de camisa, de la habitación número 11, a la izquierda, que pasó una o dos veces por delante de su ventana; primero cepillándose el pelo y después en camisón. 

Vio también la sombra del ocupante de la número 13, a la derecha. Quizá éste le despertó más curiosidad: estaba, como él, asomado a la calle, con los codos apoyados en el alféizar. Parecía un hombre alto y delgado; ¿o era una mujer? Desde luego se cubría la cabeza con algo para acostarse; y, pensó, debía de tener una lámpara con pantalla roja cuya llama parpadeaba bastante. En la pared de enfrente se veía claramente fluctuar una luz rojiza y melancólica. Asomó la cabeza para intentar ver algo más de su figura, pero aparte de un pliegue de tela de color claro, quizá blanco, sobre el alféizar, no consiguió ver nada.

Ahora oyó pasos distantes en la calle; se acercaban. Y al parecer esto hizo pensar al del número 13 que se hallaba demasiado visible, porque de repente se retiró de la ventana y apagó la luz. Anderson, que había estado fumando, dejó la colilla en el alféizar y se fue a la cama.

A la mañana siguiente le despertó la stuepige con el agua caliente, etc. Se despabiló; y tras ordenar una frase en correcto danés, dijo lo más claramente que pudo:

-No ha debido cambiar de sitio mi maleta, ¿dónde está?

Como no es infrecuente, la doncella se echó a reír, y se marchó sin darle una respuesta clara.

Anderson, irritado, se incorporó en la cama con intención de hacerla vol­ver; pero se quedó incorporado, mirando directamente ante sí: la maleta estaba allí, sobre el taburete, exactamente donde había visto dejarla al botones a su llegada. Fue un duro golpe para un hombre que presumía de observador. No intentó razonar cómo era posible que no la hubiera visto por la noche; el caso era que ahora estaba allí.

La luz del día reveló algo más que la maleta: le permitió comprobar las ver­daderas dimensiones de la habitación con sus tres ventanas, y le confirmó que no había sido mala su elección. Casi vestido del todo, se acercó a la ventana del centro para ver qué tiempo hacía. 

Le aguardaba otra sorpresa: muy poco obser­vador había estado la noche anterior. Habría podido jurar cien veces que estuvo fumando en la ventana de la derecha antes de acostarse; sin embargo, aquí estaba la colilla, en el alféizar de la ventana del centro.

Salió para bajar a desayunar. Iba con bastante retraso; aunque el de la número 13 iba más retrasado aún: sus botas estaban todavía delante de la puerta... Botas de hombre: así que se trataba de un hombre y no de una mujer. Y justo entonces advirtió el número de encima de la puerta. Era el 14. Pensó que había pasado ante el número 13 sin darse cuenta. Tres equivocaciones estúpidas en doce horas eran demasiadas para un hombre escrupuloso y metódico en todo; de modo que dio la vuelta para cerciorarse. El número contiguo al 14 era el 12, su propia habitación. No había número 13.

Tras dedicar unos minutos a repasar mentalmente qué había comido y bebido en las últimas veinticuatro horas, decidió dejar de darle vueltas al asunto. Si era cosa de la vista o del cerebro, tendría infinidad de ocasiones para compro­barlo; si no, era evidente que estaba ante una interesantísima experiencia. En uno y otro caso valía la pena seguir con atención lo que estaba ocurriendo.

Durante el día siguió revisando la correspondencia episcopal que ya he resumido. Para su decepción, estaba incompleta. Sólo encontró una carta más referente al asunto del mago Nicolas Francken. Era del obispo Jorgen Friise iba dirigida a Rasmus Nielsen. Decía:

«Aunque no nos sentimos en modo alguno inclinados a compartir su opi­nión sobre nuestro tribunal, y estamos dispuestos a enfrentarnos a usted en ese capítulo si es preciso, sin embargo, puesto que nuestro fiel y bienamado mago Nicolas Francken (contra el que se atreve a lanzar falsas y maliciosas acusacio­nes) ha desaparecido súbitamente de entre nosotros, es evidente que la cues­tión queda postergada por esta vez. Pero en lo que afirma más adelante, sobra que el apóstol y evangelista san Juan, en su divino Apocalipsis describe la Santa Iglesia romana con la apariencia y símbolo de la Mujer Escarlata, debe saber que...», etc.

Por mucho que buscó Anderson, no logró encontrar la continuación de esta carta, ni pista alguna sobre la causa o naturaleza de la «desaparición» del casus belli. Sólo se le ocurrió que Francken había muerto de repente; y como sólo mediaban dos días entre la última carta de Nielsen -escrita cuando evidentemente Francken aún estaba con vida- y la del obispo, la muerte tuvo que sobrevenirle de manera totalmente inesperada.

Por la tarde efectuó una breve visita al Hald y tomó el té en Baekkelund. Pero aunque estaba algo nervioso, no notó que le pasara nada en la vista o en el cerebro como sus experiencias de la mañana le habían hecho temer.

En la cena se encontró con que le tocaba sentarse junto al hotelero.

-¿Cuál es la razón -le preguntó tras un poco de conversación intrascen­dente- de que la mayoría de los hoteles que uno visita en este país hayan suprimido el número trece de su lista de habitaciones? He observado que aquí no lo tienen.

El propietario pareció divertido.

-¡Caramba, en lo que se ha ido a fijar! Yo también he pensado en eso más de una vez, si le digo la verdad. Un hombre instruido, como yo digo, no hace caso de esas supersticiones. Yo estudié aquí en la escuela de Viborg, y nuestro profesor fue una persona que combatió siempre todas esas cosas. Hace ya mucho que murió: era un hombre recto, y tan capaz con las manos como con la cabeza. Recuerdo que un día en que estaba nevando...

Aquí se abismó en sus recuerdos.

-Entonces, ¿cree usted que no hay ningún motivo especial para no tener una habitación con el número 13? -dijo Anderson.

-¡Desde luego! Bueno, verá: a mí me inició en el negocio mi padre, que en paz descanse. Al principio, llevaba un hotel en Aarhuus; después, al nacer nosotros, se vino aquí a Viborg, su ciudad natal, donde llevó el "Fénix" hasta que murió. Eso ocurrió en 1876. Entonces empecé yo a trabajar en el ramo en Silkborg, y hace dos años me mudé a esta casa.

Seguidamente se puso a dar detalles sobre el estado del edificio y del nego­cio al principio de hacerse cargo.

-¿Y había una habitación número 13 cuando vino aquí?

-No, no. De eso iba a hablarle. Verá: en una ciudad como ésta, la clase comerciante -los viajantes- es la que nos mantiene por lo general. ¿Acomodar­les a ellos en la número 13? Vamos, preferirían mil veces dormir en la calle. A mí personalmente me importaría un bledo el número que tuviera mi habita­ción y así se lo he dicho a ellos a menudo; pero insisten en que les trae mala suerte. Cuentan infinidad de casos de hombres que después de dormir en la Número 13 no han vuelto a ser los mismos, o han perdido a sus mejores clientes, o... qué sé yo -exclamó después de buscar una expresión más gráfica.

-Entonces ¿qué uso le da a su habitación número 13? -dijo Anderson, a la vez que experimentaba una extraña ansiedad, totalmente desproporcionada para la escasa importancia de la pregunta.

-¿Mi habitación número 13? Pero ¿no le digo que no la hay en esta casa? Creía que se había dado cuenta. Si la hubiera, estaría al lado de la de usted.

-Bueno, sí; sólo que me ha parecido... es decir, anoche me dio la impresión de que había una puerta con el número trece en ese pasillo. Y en realidad, estoy casi seguro de no haberme equivocado, porque anteanoche la vi también.

Como es natural, Herr Kristensen se rió de tal idea como Anderson espe­raba, y recalcó con mucha insistencia que en este hotel no había ninguna Número 13, ni la había habido antes de hacerse cargo él.

Esta vehemencia tranquilizó en cierto modo a Anderson; aunque seguía perplejo, empezó a pensar que la mejor manera de comprobar si había sido víctima de una ilusión o no era invitar al dueño a fumar un cigarro en su habi­tación cuando fuera de noche. Unas cuantas fotografías de ciudades inglesas que se había traído le proporcionaron suficiente pretexto.

Esta invitación halagó a Herr Kristensen, que la aceptó con mucho gusto. Subiría hacia las diez; Anderson tenía que escribir unas cartas, así que se retiró antes para cumplir con esta obligación. Casi se ruborizó al confesarlo, pero no podía por menos de reconocer que la cuestión de la existencia o no de la habi­tación número 13 le estaba alterando los nervios; a tal punto que se dirigió a la suya por el lado de la número 11, para no pasar por delante de esa puerta, o del sitio donde debía estar. 

Echó una ojeada fugaz y recelosa a su habitación al entrar, pero no vio nada que justificase ningún recelo, aparte de la impresión indefinible de que era más pequeña de lo habitual. Esta noche ya no tenía el problema de si estaba o no estaba la maleta: él mismo la había vaciado y la había puesto junto a la cama. Con algún esfuerzo, apartó del pensamiento la Número 13 y se sentó a escribir.

Sus vecinos eran personas bastante tranquilas: si acaso oía abrir una puerta del pasillo y caer un par de botas, o pasar tarareando algún representante; y en la calle, de cuando en cuando el estrépito de un carro sobre el atroz empe­drado, o pasos presurosos en las baldosas.

Anderson terminó sus cartas; pidió que le trajesen un whisky con soda, y se acercó a la ventana. Estudió la pared lisa de enfrente y las sombras proyectadas en ella.

Según recordaba, la habitación número 14 la ocupaba el abogado, un hom­bre serio que hablaba poco en las comidas y se dedicaba por lo general a exami­nar un puñado de papeles que colocaba junto a su plato. Por lo que se veía, no obstante, tenía costumbre de dar rienda suelta a su exuberancia vital cuando estaba solo. ¿Por qué, si no, se ponía a bailar? 

La sombra de la habitación conti­gua revelaba a las claras que estaba bailando. Una y otra vez, su delgada figura cruzaba ante la ventana, extendía los brazos, y levantaba una flaca pierna con sorprendente agilidad. Al parecer andaba descalzo, y el suelo debía de ser bas­tante sólido, porque ningún ruido acompañaba a sus movimientos. 

El sagfórer Herr Anders Jensen bailando a las diez de la noche en un dormitorio de hotel parecía un tema apropiado para un cuadro histórico de gran estilo; y los pensa­mientos de Anderson, como los de Emily en Los Misterios de Udolfo, empeza­ron a «ordenarse en los siguientes versos»:

«Cuando llego a mi portal

A las diez de la noche

Creen los criados que vengo mal.

A mí me importa bien poco:

Saco el calzado a la puerta

Cierro con llave y cerrojo

Y me dedico a bailar.

Y si el vecino protesta,

Sigo haciéndome el sordo

Porque conozco las leyes,

Me río yo de sus quejas

Por mucho que él reniegue».

Si no llega a llamar en ese momento el posadero a la puerta, es probable que el lector tuviera ahora ante sí un poema bastante más largo. A juzgar por la expresión que le afloró a Herr Kristensen cuando estuvo dentro de la habita­ción, debió de notar algún detalle asombroso que no esperaba. Pero no hizo ningún comentario. Se mostró interesado por las fotografías, que le dieron pie a muchos discursos autobiográficos. 

No se sabe cómo habría podido Anderson desviar la conversación hacia el deseado asunto de la número 13 de no haberse puesto a cantar de repente el abogado, y a hacerlo de una manera que no dejaba dudas a nadie de que o estaba completamente borracho, o rematada­mente loco. 

Era una voz débil y aguda, la que oían, y sonaba seca, como a causa de un prolongado desuso. Era imposible distinguir la letra y la melodía. Subía a unos niveles sorprendentes y bajaba hasta convertirse en un lamento desesperado, como de un viento invernal en el hueco de la chimenea, o de un órgano al que le falla el aire de repente. Sonaba verdaderamente horrible, y Anderson pensó que si hubiese estado solo habría salido a buscar refugio y compañía en el cuarto de algún vecino.

El hotelero se quedó boquiabierto.

-No comprendo -dijo por fin, enjugándose la frente-. Es horrible. Ya lo había oído antes, pero estaba convencido de que era un gato.

-¿Estará loco? -dijo Anderson.

-Seguro. ¡Qué lástima! Con lo buen cliente que es, lo bien que le van los negocios según tengo entendido, y con hijos pequeños que criar.

Justo en ese instante sonaron unos golpes impacientes en la puerta, y entró el que llamaba sin esperar a ser invitado. Era el abogado, en bata, con el pelo revuelto y una mirada furibunda.

-Perdone usted -dijo-, pero le estaría muy agradecido si tuviera la amabili­dad de dejar de...

Aquí se detuvo, porque era evidente que ninguna de las personas que tenía delante era la causante del alboroto; tras una pausa momentánea, la voz can­tante volvió a elevarse más desaforadamente que nunca.

-Pero en nombre de Dios, ¿qué significa esto? -estalló el abogado-. ¿Dónde es? ¿Quién es? ¿Es que me estoy volviendo loco?

-Desde luego viene de la habitación contigua a la suya, Herr Jensen. ¿No habrá un gato o lo que sea atrapado en la chimenea?

Fue lo primero que se le ocurrió a Anderson; y en seguida se dio cuenta de que no tenía sentido; pero era preferible decir cualquier cosa, antes que perma­necer callados escuchando aquella horrible voz y observando la cara ancha y pálida del hotelero que, todo tembloroso y cubierto de sudor, se agarraba con fuerza a los brazos del sillón.

-Imposible -dijo el abogado-, imposible. No hay chimenea. He entrado aquí porque creía que el escándalo venía de aquí. Estaba seguro de que prove­nía de la habitación contigua a la mía.

-¿No hay una puerta entre la suya y la mía? -dijo Anderson con ansiedad. -No, señor –dijo Herr Jensen con cierta aspereza-. Al menos, no la había esta mañana.

-¡Ah! -dijo Anderson-. ¿Y esta noche?

-No estoy seguro -dijo el abogado con vacilación.

De repente, la voz que cantaba o gritaba en la habitación contigua se extin­guió, y oyeron que reía para sí con acento canturreante. Después se hizo el silencio.

-Bueno -dijo el abogado-, ¿qué dice de todo esto, Herr Kristensen? ¿Qué significa?

-¡Dios mío! -dijo Kristensen-. ¿Qué puedo decir? Sé tanto como ustedes, señores. Hago votos por que no vuelva a oír eso nunca más.

-Y yo –dijo Herr Jensen; y añadió algo por lo bajo. A Anderson le pareció que eran las últimas palabras del Salterio, omnis spiritus laudet Dominum, pero no estuvo seguro.

-Pero debemos hacer algo -dijo Anderson-; me refiero a los tres. ¿Vamos a inspeccionar la habitación de al lado?

-Pero si es la de Herr Jensen -gimió el posadero-. No tiene sentido: acaba de venir él de allí.

-No estoy tan seguro -dijo Jensen-. Creo que este caballero tiene razón: vayamos a ver.

Las únicas armas defensivas que pudieron reunir en donde estaban fueron un bastón y un paraguas. Salió la expedición al pasillo, no sin recelo. Fuera había un silencio mortal, pero por debajo de la puerta vecina salía luz. Anderson y Jensen se acercaron. Éste último hizo girar el pomo, y empujó con un impulso vigoroso y repentino. Fue inútil; la puerta siguió cerrada.

-Herr Kristensen -dijo Jensen-, ¿podría traer al camarero más robusto que tenga a su servicio? Hay que entrar ahí a averiguar qué pasa.

El dueño asintió y se fue a toda prisa, contento de alejarse del teatro de acción. Jensen y Anderson se quedaron mirando la puerta.

-Como puede comprobar, es la número 13 -dijo este último.

-Sí; y ahí está su puerta, y allí la mía -dijo Jensen.

-Mi habitación tiene tres ventanas durante el día -dijo Anderson, repri­miendo a duras penas una risa nerviosa.

-¡Caramba, la mía también! -dijo el abogado volviéndose a mirar a Anderson. Ahora estaba de espaldas a la puerta. Y en ese instante se abrió y surgió un brazo que se extendió para agarrarle por el hombro; un brazo envuelto en un andrajo amarillento; la piel, donde era visible, estaba cubierta de largos pelos grises.

Anderson tuvo el tiempo justo de apartar a Jensen de un empujón, con un grito de repugnancia y horror, mientras la puerta volvía a cerrarse y sonaba dentro una risa sofocada.

Jensen no había visto nada, pero al explicarle Anderson atropelladamente el peligro que había corrido le acometió una visible agitación, y sugirió abando­nar la empresa y encerrarse ambos en la habitación del uno o del otro.

Sin embargo, mientras deliberaban, llegó el dueño con dos fornidos cama­reros, los tres muy serios y alarmados. Jensen los recibió con un torrente de explicaciones que no les animó precisamente al combate.

Los camareros dejaron las palancas que traían y dijeron claramente que no estaban dispuestos a arriesgar el cuello en esa madriguera del demonio. El dueño estaba angustiadamente nervioso e indeciso, consciente de que si no afrontaba el peligro se arruinaría su hotel, y muy poco dispuesto a ser él quien pusiera el pecho. Por fortuna, Anderson dio con el medio de reanimar a la des­moralizada fuerza.

-¿Es éste -dijo- el valor danés del que tanto he oído hablar? No es un ale­mán lo que hay ahí dentro; y aunque lo fuera, somos cinco contra uno.

Estas palabras picaron el amor propio de los dos camareros y de Jensen, que arremetieron contra la puerta.

-¡Alto! -dijo Anderson-. No hay que perder la cabeza. Usted, señor, qué­dese ahí con la luz. Entretanto, que uno de ustedes rompa la puerta, pero sin entrar cuando se abra.

Los camareros asintieron; se adelantó el más joven, levantó la palanqueta y descargó un golpe tremendo sobre el tablero superior. El resultado no fue ni mucho menos el que esperaban. No sonó ningún crujido ni hubo destrozo de madera: sólo un ruido sordo, como si hubiera golpeado la pared. El camarero soltó la herramienta con un grito, y se puso a frotarse el codo. 

El grito hizo que los demás se volvieran instantáneamente hacia él. A continuación Anderson miró hacia la puerta otra vez. Había desaparecido; ante sí tenía la pared de yeso del pasillo, con una muesca profunda donde había golpeado la palanqueta. La número 13 se había desvanecido.

Durante un breve espacio permanecieron petrificados mirando la pared lisa. Se oyó cantar un gallo madrugador en el patio de abajo; y al volverse Anderson en esa dirección, vio a través de la ventana del fondo del largo pasillo que el cielo estaba palideciendo con la primera claridad.

-¿Quizá -dijo el dueño dubitativo- desearían otra habitación para esta noche... una doble?

Ni a Jensen ni a Anderson les pareció mala idea. Preferían estar juntos des­pués de la reciente experiencia. Creyeron prudente, al entrar cada uno en su habitación a recoger lo necesario para la noche, que el otro le acompañase y sostuviese la vela. Observaron que tanto la número 12 como la número 14 tenía tres ventanas.

A la mañana siguiente volvieron a reunirse los mismos en la número 12. El dueño, evidentemente, quería evitar la intervención de extraños, aunque era indispensable esclarecer el misterio que encerraba esta parte de la casa. Así que convenció a los dos camareros para que hiciesen de carpinteros. Retiraron los muebles, y, a costa de estropear de manera irrecuperable un montón de tablas, levantaron el piso contiguo a la número 14.

Como es natural, habréis supuesto que descubrieron un esqueleto -por ejemplo el del mago Nicolas Francken-. Nada de eso. Lo que encontraron entre las vigas sobre las que iba el entarimado fue una cajita de cobre. En ella había un pergamino cuidadosamente doblado, con unas veinte líneas escritas. Anderson y tensen (que demostró tener conocimientos de paleografía) se excitaron ante tal hallazgo, que prometía proporcionar la clave de estos fenómenos singulares.

Poseo un ejemplar de una obra de astrología que nunca he leído. En ella, a manera de frontispicio, hay una xilografía de Hans Sebald Beham que repre­senta a varios sabios sentados alrededor de una mesa. Quizá este detalle per­mita saber a los entendidos a qué libro me refiero, porque no recuerdo su título, y no lo tengo a mano en este momento. 

Pero las guardas están cubiertas de texto, y en los diez años que hace que lo tengo no he logrado determinar en qué sentido hay que leerlo, y mucho menos en qué lengua está. Algo parecido es lo que les ocurrió a Anderson y a Jensen tras el examen prolongado a que sometieron el documento en cuestión.

Después de estudiarlo dos días, Jensen, que era el más decidido de los dos, aventuró de posibilidad de que estuviera en latín o en danés antiguo.

Anderson prefirió no hacer suposiciones, y entregó de muy buen grado el estuche y el pergamino a la Sociedad de Historia de Viborg para que los incorporase a su museo.

Yo le escuché a él toda la historia unos meses más tarde, estando sentados en un bosque cerca de Uppsala, tras una visita a la biblioteca de esa ciudad, donde nos habíamos reído -o más bien me había reído yo- del contrato por el que Daniel Salthenius (profesor de hebreo de Könisberg durante la última etapa de su vida) vendía su alma a Satanás. La verdad es que Anderson no lo encontró gracioso.

-¡Estúpido muchacho! -dijo, refiriéndose a Salthenius, que era sólo un estudiante cuando cometió esta imprudencia-. ¿Es que no sabía qué clase de compañía se estaba propiciando?

Y al hacer yo las normales reflexiones se limitó a soltar un gruñido. Esa misma tarde me contó lo que acabáis de leer. Pero no quiso sacar ninguna con­clusión ni asentir a las que yo le propuse.

Estaré esperando - Raymond Chandler

Era la una de la madrugada cuando Carl, el portero nocturno, apagó la última de las tres lámparas de mesa del vestíbulo principal del hotel Windermere. El azul de la alfombra se oscureció un par de tonos y las paredes retrocedieron hasta hacerse distantes. Las sillas se llenaron de sombras perezosas. Los recuerdos pendían como telarañas en los rincones.

Tony Reseck bostezó. Ladeó la cabeza y escuchó la frágil, nerviosa música que salía de la sala de radio situada detrás del pequeño arco en que terminaba el vestíbulo. Frunció el ceño. Aquélla debería ser su sala de radio, a partir de la una de la madrugada. Nadie debería estar en ella. Aquella pelirroja le destrozaba las noches.

Desapareció el frunce y una sonrisa en miniatura se le dibujó en las comisuras de la boca. Aflojó los músculos. Era un hombre de edad madura, bajito, pálido, barrigudo, de largos y delicados dedos ahora asidos al diente de alce de la cadena de su reloj; dedos largos y delicados, de ilusionista, dedos de uñas brillantes, bien perfiladas, de afiladas falanges inferiores, dedos de extremos un tanto espatulados. Dedos hermosos. Tony Reseck se frotó las manos con dulzura. Había una paz en sus tranquilos ojos grisáceos.

El frunce volvió a su rostro. La música le molestaba. Se levantó con singular agilidad, de un solo movimiento, sin apartar las manos de la cadena del reloj. Sentado con sosiego en determinado momento, al siguiente ya estaba erguido, aplomado sobre los pies completamente inmóvil, tanto, que el movimiento de levantarse se hubiera dicho acción imperfectamente percibida, error visual.

Echó a andar pisando delicadamente la alfombra azul con sus zapatos pequeños y brillantes y cruzó la arcada. La música había aumentado de volumen. Contenía el estrépito ardiente y corrosivo, las carreras frenéticas y nerviosas de una competición, de música improvisada. Sonaba demasiado alta. 

La pelirroja estaba sentada y contemplaba en silencio el enrejillado de la voluminosa radio como si pudiera ver a la orquesta, su estereotipada sonrisa profesional, el sudor que corría por las espaldas. Estaba ovillada con las piernas bajo el cuerpo en un sofá que parecía tener casi todos los cojines de la sala. Se encontraba primorosamente envuelta en ellos, como un ramillete en el papel de la floristería.

No volvió la cabeza. Siguió inclinada, una mano cerrada sobre la rodilla color de melocotón. Vestía un pijama de seda de gruesos ribetes y bordado de negros capullos de loto.

-¿Le gusta Goodman, señorita Cressy? -preguntó Tony Reseck.

La chica movió despacio los ojos. Había poca luz, pero el violeta de aquellos ojos casi ofendía. Eran unos ojos grandes y profundos, sin la menor huella de pensamiento en ellos. Su rostro, clásico, carecía de expresión.

No dijo nada.

Tony sonrió, se llevó los dedos a los costados y los movió uno por uno , consciente de su contacto.

-¿Le gusta Goodman, señorita Cressy? -repitió con amabilidad.

-No a rabiar -dijo la chica, su voz sin inflexiones.

Tony se balancéo sobre los talones y la miró a los ojos. Grandes, profundos, vacíos. ¿O no? Se inclinó y enmudeció la radio.

-No me interprete mal -dijo la chica-. Goodman saca dinero y un tipo que saca dinero legal en estos tiempos es un tipo al que hay que respetar. Pero su música estrepitosa me da la sensación de pertenecer a una cervecería. Prefiero las cosas un tanto acarameladas.

-Tal vez le guste Mozart -dijo Tony.

-Venga ya, se burla usted de mí -dijo ella.

-De ningún modo, señorita Cressy. Creo que Mozart es el hombre más grande que haya existido jamás y Toscanini, su profeta.

-Creí que era usted el detective del hotel.

Apoyó la cabeza en un cojín y lo observó por entre las pestañas. -Póngame algo de ese Mozart -añadió.

-Es demasiado tarde -suspiró Tony-. No es posible ahora.

La muchacha le dedicó otra mirada clara y prolongada.

-Me ha echado el ojo encima, ¿eh, pies planos? -Rió levemente, casi para sus adentros-. ¿He hecho algo mal?

Tony esbozó su minúscula sonrisa.

-Nada, señorita Cressy. Nada en absoluto. Pero usted necesita tomar un poco de aire. Lleva cinco días en este hotel y aún no ha salido a la calle. Y tiene una habitación en lo más alto del edificio.

La chica volvió a reír.

-Hágame un cuento con eso, ande. Estoy aburrida.

-En cierta ocasión estuvo aquí una chica que ocupaba su misma suite. Estuvo en el hotel toda una semana, igual que usted. Sin salir para nada, quiero decir. Apenas si hablaba con nadie. ¿Qué cree que hizo?

Lo miró seria.

-Se marchó sin pagar la cuenta.

El hombre extendió su larga y delicada mano, agitó los dedos y produjo un efecto como de olas que se rompen.

-No. Hizo que se la preparasen y la pagó. Dijo entonces al botones que recogiera su equipaje al cabo de media hora. Y salió al balcón.

La muchacha se adelantó un poco, severos sus ojos todavía, una mano acariciando la rodilla color de melocotón.

-¿Cómo dijo que se llama usted?

-Tony Reseck.

-Suena húngaro.

-No -dijo Tony-, es polaco.

-Siga, Tony.

-Todas las habitaciones de arriba tienen balcones particulares, señorita Cressy. Y con barandillas demasiado bajas para estar a catorce pisos de altura. La noche era muy oscura y estaba nublado. -Dejó caer la mano en un gesto final, gesto de despedida-. Nadie la vio saltar. Pero cuando se produjo el choque, fue como un cañonazo.

-Se lo ha inventado usted, Tony -dijo ella con voz que era un seco susurro.

El hombre esbozó su módica sonrisa. Sus tranquilos ojos grises parecían casi alisar las largas ondas del pelo femenino.

-Eve Cressy -dijo soñadoramente-. Un nombre que espera rodearse de luces.

-Que espera a un tipo alto y moreno que no vale para nada, Tony. Y no me pregunte por qué. Estuve casada con él. Y podría volver a estarlo. En la vida se pueden cometer muchos errores. -La mano que reposaba en la rodilla se abrió lentamente hasta que los dedos no pudieron retroceder más. Entonces volvió a cerrarla con rapidez y sequedad, y aun a la escasa luz reinante brillaron los nudillos como huesitos pulimentados-. En cierta ocasión le hice una jugada sucia. Lo metí en un lío, sin intención. Tampoco pregunte por qué. Y ahora me siento en deuda.

El hombre se adelantó con suavidad y giró el botón de la radio. Las notas de un vals tintinearon en el aire. Un vals de oropel, pero vals al fin. Subió el volumen. La música brotaba del altavoz en torbellinos de atenuada melodía. Desde que Viena dejó de existir, todos los valses resultaban sombríos.

La chica ladeó la cabeza, canturreó tres o cuatro compases y se detuvo, la boca súbitamente tensa.

-Eve Cressy -dijo-. Hubo luces en cierta ocasión. En un club nocturno de mala muerte. Un tugurio. Hubo una redada y las luces se apagaron.

Sonrió él casi con burla.

-Mientras usted estuvo allí no fue ningún tugurio, señorita Cressy... Este es el vals que la orquesta tocaba siempre que el viejo portero se paseaba ante la entrada del hotel, cubierto el pecho de medallas en "La última carcajada". Por Emil Jannings. seguramente no la recordará, señorita Cressy. -Primavera, hermosa primavera -dijo-. No, no la he visto.

El hombre se alejó tres pasos y se volvió.

-Tengo que subir a comprobar las puertas. Espero no haberla molestado. Debería estar ya en la cama. Es un poco tarde.

El vals de relumbrón se detuvo y una voz rompió a hablar. La chica tomó la palabra por entre el sonido de la voz.

-¿De veras creyó posible una cosa así? Lo del balcón, quiero decir.

El hombre asintió.

-Quizá -dijo con suavidad-. Pero ya no.

-En ningún momento, Tony. -La sonrisa de ella era como una hojita perdida-. Vuelva para contarme más cosas. Las pelirrojas no saltan al vacío, Tony. Viven y se marchitan.

La miró seriamente durante un momento y luego se alejó. El portero estaba en la arcada que conducía al vestíbulo principal. Tony no había mirado en aquella dirección, pero sabía que había alguien allí. Siempre detectaba las presencias. Podía oír crecer la hierba, como el asno de "El pájaro azul".

El portero le hizo una seña apremiante con el mentón. La ancha cara que se alzaba por encima del cuello del uniforme parecía sudorosa y alarmada. Tony se acercó a él, cruzaron juntos la arcada y salieron al centro del pequeño vestíbulo.

-¿Dificultades? -preguntó Tony con cansancio.

-Hay fuera un individuo que quiere verte, Tony. No quiere entrar. Estaba limpiando el cristal de las puertas y se me acercó, un tío alto. "Quiero ver a Tony", dijo con la boca torcida.

-Ya -repuso Tony, que seguía contemplando los ojos celestes del portero-. ¿Cómo se llama?

-Dijo que Al.

La cara de Tony se volvió tan inexpresiva como si fuera de pasta.

-De acuerdo -echó a andar.

El portero lo retuvo por la manga.

-Oye, Tony, ¿tienes enemigos?

Tony rió cortés, la cara todavía como pasta de amasar.

-Oye, Tony -continuó el portero, sin soltarle la manga-. Hay un coche negro al final de la manzana, en dirección opuesta a los taxis. Hay un tío al lado, con el pie en el estribo. El que me habló llevaba un abrigo oscuro, todo abotonado, el cuello alzado hasta las orejas. Y el sombrero calado. Apenas si se le puede ver la cara. -Dijo: "Quiero ver a Tony", con la boca torcida. Tú no tienes enemigos, ¿verdad, Tony?

-Sólo en mi financiera -dijo Tony-. Lárgate ya.

-Echó a andar muy despacio y un poco tieso por la alfombra azul, y subió los tres suaves peldaños que daban acceso al vestíbulo de entrada, que contaba con tres ascensores, a un lado, y el mostrador de recepción, al otro. Sólo funcionaba uno de los ascensores. Junto a las puertas abiertas, cruzado de brazos, el ascensorista nocturno permanecía en silencio, vestido con su pulcro uniforme azul de plateados alamares. Era un mexicano moreno y flaco llamado Gómez. Un mozo nuevo que trabajaba en el turno de noche.

Al otro lado estaba el mostrador de recepción, de mármol rosado, con el encargado nocturno suavemente recostado sobre él. Un hombrecillo limpio de bigote rojizo y fino, y mejillas de tan vivo color que parecían maquilladas. Miró a Tony y se frotó el bigote con una uña.

Tony le apuntó con el índice estirado, encogió corazón, anular y meñique, alzó el pulgar y, sin doblarlo, lo dejó caer sobre el índice rígido. El empleado se rozó con aire aburrido el otro extremo del bigote.

Dejó atrás el quiosco cerrado y en sombras y la puerta lateral del drugstore, para llegar a las puertas de paneles de cristal y marco de bronce. Se detuvo exactamente ante ellas y tragó una profunda e intensa bocanada de aire. Cuadró los hombros, abrió las puertas y salió al aire nocturno, frío y húmedo.

La calle estaba oscura y en silencio. El ruido del tráfico de Wilshire, a dos manzanas de distancia, carecía de entidad y de significado. Había dos taxis a la izquierda. Los choferes estaban apoyados en el guardabarros, uno junto a otro, fumando. Tony echó a andar en dirección contraria. El gran coche negro distaba un tercio de manzana de la puerta del hotel. Habían reducido las luces al mínimo y sólo cuando lo tuvo a corta distancia alcanzó a oír el suave rumor del motor.

Una figura alta se apartó del vehículo y se dirigió hacia él, las manos en los bolsillos del abrigo oscuro de cuello subido. En la boca del hombre, como una perla herrumbrosa, brillaba levemente una colilla.

Cuando se encontraron frente a frente se detuvieron.

-Hola, Tony -dijo el alto-. Hace tiempo que no nos veíamos.

-Hola, Al. ¿Qué tal te va?

-No puedo quejarme. -El alto hizo ademán de sacar la derecha del bolsillo, pero se detuvo y rió suavemente-. Lo había olvidado. Me parece que no quieres que nos demos la mano.

-Es algo que carece de sentido -dijo Tony-. El estrecharse la mano. Los monos se dan la mano. Bueno, Al, ¿qué mosca te ha picado?

-Sigues siendo el gordito gracioso de siempre, ¿eh, Tony?

-Supongo -dijo Tony con tenso parpadeo.

Notaba un nudo en la garganta.

-¿Te gusta trabajar ahí?

-Es un trabajo Al volvió a reír con risa suave.

-Tú, tranquilo, Tony. Yo me agitaré por ti. O sea que es un trabajo y que quieres conservarlo. Muy bien. Una chica que se llama Eve Cressy se aloja en tu tranquilo hotel. Hazla salir. Ahora mismo y de prisa.

-¿Qué es lo que pasa?

El alto recorrió la calle con la mirada. Atrás, en el coche, un hombre tosió ligeramente.

-Está liada con un mal elemento. No tengo nada personal contra ella, pero te traerá problemas. Hazla salir, Tony. Tienes una hora aproximadamente.

-Claro -dijo Tony con indiferencia, sin expresión.

Al sacó la mano del bolsillo y la puso sobre el pecho de Tony. Le dio un empujón flojo, perezoso.

-No hablo por hablar, hermanito gordo. Hazla salir de ahí.

-De acuerdo -dijo Tony, sin la menor inflexión en la voz.

El alto apartó la mano y la dirigió a la portezuela del coche. La abrió y comenzó a escurrirse dentro como una delgada sombra negra.

Pero se detuvo a mitad de camino, dijo algo a los hombres que había dentro y volvió a enderezarse. Regresó al lugar donde aguardaba Tony en silencio, sus ojos claros iluminados levemente por los reflejos de la calle.

-Mira, Tony. Siempre has sido discreto. Eres un buen hermano.

Tony no dijo nada.

Al se inclinó hacia él, sombra alargada y anhelante, el cuello alzado rozándole casi las orejas.

-Es un asunto feo, Tony. A los chicos no les gustaría, pero te lo voy a contar de todas formas. La Cressy estuvo casada con un muchacho llamado Johnny Ralls. Ralls salió de San Quintín hace unos días, una semana tal vez. Le cayeron tres tacos, por homicidio involuntario. La chica lo metió allí. Atropelló a un viejo una noche, borracho, y ella iba con él. Johnny quiso huir, pero ella le dijo que se entregara y contase lo ocurrido. El no se entregó. Y ella, que lo había amenazado con hacerlo, le envió la bofia.

-Increíble -dijo Tony.

-Pues es el Evangelio, muchacho. Mi trabajo consiste en saber cosas. Y el tal Ralls, cuando estaba en el talego, no hacía sino hablar de la chica, de que estaría esperándolo cuando saliera, dispuesta a perdonar y olvidar, y que iría a buscarla.

-¿Qué significa ese hombre para ti? -indagó Tony con voz seca y áspera, como una rasgadura en un papel grueso.

Al se echó a reír.

-Los chicos de incidentes quieren verlo. Llevaba una mesa de juego en un local del Strip y organizó un chanchullo. Entre él y otro tío le soplaron a la casa cincuenta de los grandes. El otro aflojó la mosca, pero aún nos faltan los veinticinco de Johnny. Los de incidentes no cobran para olvidar.

Tony recorrió la oscura calle con la mirada. Uno de los taxistas tiró una colilla que trazó una hipérbole por encima de uno de los taxis. Tony la vio caer y chisporrotear en el asfalto. Escuchó el suave ronroneo del motor del cochazo negro.

-No quiero saber nada de esto -dijo-. La haré salir.

Al se alejó asintiendo.

-Un muchacho listo. ¿Cómo está mamá?

-Bien -dijo Tony.

-Dile que he preguntado por ella.

-Preguntar por ella es nada -replicó Tony.

Al se volvió con rapidez y se introdujo en el coche. Este giró perezosamente a mitad de manzana y retrocedió hacia la esquina. Se encendieron las luces y barrieron una pared. Dobló la esquina y desapareció. El penetrante olor de los gases del tubo de escape alcanzó el olfato de Tony, que dio la vuelta, se dirigió hacia el hotel y entró. Siguió el camino de la sala de radio.

El aparato seguía murmurando, pero la chica ya no estaba en el sofá. Los cojines conservaban el hueco de su cuerpo. Tony se inclinó y los tocó. Aún conservaban cierto calor, según le pareció. Apagó la radio y se quedó inmóvil, agitando el pulgar ante sí, la mano abierta y pegada al estómago. Volvió entonces al vestíbulo, en dirección a los ascensores, y se detuvo junto a un jarrón de mayólica con arena blanca. El empleado trajinaba tras una pantalla de cristal esmerilado, al extremo del mostrador. La atmósfera estaba inmóvil.

La zona de los ascensores estaba a oscuras. Tony miró la aguja indicadora del camarín central y vio que estaba en el piso 14.

-Se ha ido a dormir -dijo en voz baja.

-La puerta del alojamiento del portero, situada junto a los ascensores, se abrió y dio paso al ascensorista nocturno, el pequeño mexicano, vestido con ropa de calle. Sus ojos color castaño claro dedicaron a Tony una tranquila mirada de soslayo.

-Buenas noches, jefe.

-Sí -dijo Tony, abstraído.

Sacó del bolsillo del chaleco un fino cigarro moteado y lo olisqueó. Lo observó despacio, dándolo vueltas entre los pulcros dedos. Había un leve desgarrón longitudinal. Frunció la frente ante eso y tiró el cigarro.

Se oyó un ruido lejano y la aguja del indicador comenzó a girar en el círculo de bronce. Aparecieron las luces del ascensor y la línea recta del piso de la caja disolvió la oscuridad del fondo. Se detuvo el ascensor, se abrieron las puertas y salió Carl.

Sus ojos tropezaron los de Tony con ligero sobresalto, y fue hacia él con la cabeza ladeada, un leve brillo a lo largo del rosado labio superior.

-Oye, Tony.

Tony lo tomó del brazo con brusco giro de mano y le dio la vuelta. Lo empujó con rapidez, aunque también con naturalidad, escalones abajo, hasta el oscuro vestíbulo principal, y lo condujo a un rincón. Le soltó el brazo. La garganta se le había puesto otra vez tirante, sin que supiera por qué.

-¿Y bien? -dijo sombríamente-. ¿Qué he de oír?

El mozo metió la mano en un bolsillo y sacó un dólar.

-Me ha dado esto -dijo con indolencia. Sus ojos miraron el vacío, más allá del hombro de Tony. Parpadeó muy de prisa.

-Hielo y cerveza de jengibre.

-No me vengas con cuentos -gruñó Tony.

-Es el tipo de la 14 B -insistió el portero.

-Deja que te huela el aliento.

El mozo se adelantó hacia él, obediente.

-Alcohol -dijo Tony con resolución.

-Me invitó a un trago.

Tony miró el billete de un dólar.

-No hay ningún huésped en la 14 B. No en mi lista, por lo menos -dijo.

-Sí. Sí que lo hay -el mozo se lamió los labios y parpadeó varias veces-. Un tipo moreno y alto.

-Está bien -dijo Tony de mal humor-. Está bien. En la 14 B hay un tipo alto y moreno que te ha dado un pavo y un trago. ¿Y qué?

-Tenía una pistola bajo el brazo -precisó Carl y parpadeó de nuevo.

Tony sonrió, pero sus ojos había cobrado el brillo mortecino del hielo grueso.

-¿Has subido tú a la señorita Cressy a su habitación?

Carl negó con la cabeza.

-Fue Gómez. Lo vi acompañarla.

-Lárgate ya -dijo Tony entre dientes-. Y no aceptes más tragos de los huéspedes.

No se movió hasta que Carl se hubo metido en el cubículo que había junto a los ascensores y cerrado la puerta. Subió luego en silencio los tres peldaños y se quedó ante el mostrador, los ojos fijos en el mármol rosado con vetas, en el portaplumas de ónice y en la nueva cartulina de inscripción con su marco de cuero. Alzó una mano y la dejó caer con fuerza en el mármol. El empleado apareció tras la mampara de cristal, como una ardilla que sale de su madriguera.

Sacó del bolsillo superior un papel y lo desplegó en el mostrador.

-Aquí no figura nadie en la 14 B -dijo con voz agria.

El empleado se tocó cuidadosamente el bigote.

-Lo lamento. Seguramente estabas cenando cuando se inscribió.

-¿Quién?

-Un tal James Watterson, de San Diego -dijo el empleado bostezando.

-¿Preguntó por alguien?

El empleado se detuvo a medio bostezo y miró la coronilla de Tony.

-Pues sí. Preguntó por una orquesta de swing. ¿Por qué?

-Listo, rápido y gracioso donde los hayan -dijo Tony. Anotó el nombre en el papel y se lo guardó en el bolsillo-. Voy arriba a comprobar puertas. Tenéis sin alquilar todavía cuatro habitaciones superiores. Y despéjate, hijo. Estás que te caes.

-Lo procuraré -gruñó el empleado mientras terminaba el bostezo-. No tardes, chiquitín. No sé cómo matar el tiempo.

-Podrías afeitarte esa pelusa exquisita que llevas en el labio -dijo Tony, y se dirigió a los ascensores.

Abrió uno de los que estaban apagados, encendió la luz superior y apretó el botón del catorce. Volvió a apagarlo, salió y cerró las puertas. El rellano era allí más pequeño que en los demás pisos, excepto el del inmediato inferior. Las tres paredes que lo formaban tenían sendas puertas azules de una sola hoja. En cada puerta había un número, una letra y, rodeándolos, una filigrana, todo ello dorado. Tony fue a la 14 A y aplicó el oído a la madera.

No oyó nada. Eve Cressy podía estar durmiendo, en la cama, en el cuarto de baño o en el balcón. O bien, sentada a pocos pasos de la puerta, contemplando las musarañas. En este último caso, mal podía oírla. Fue a la 14 B y repitió la operación. Allí era otra cosa. Se oía ruido dentro. Un hombre tosía. En cierto modo, parecía una tos solitaria. No percibió voces. Apretó el nacarado botón que había al lado de la puerta.

Unos pasos se aproximaron sin prisa. Y una voz pastosa habló al otro lado de la madera. Tony no respondió, no hizo el menor ruido. Volvió a apretar el timbre.

El señor James Watterson, de San Diego, debería haber abierto, seguidamente, y provocado algún ruido. Pero no lo hizo. El silencio que se aposentó al otro lado de la puerta era como el de un glaciar. Tony aplicó una vez más la oreja. Silencio absoluto.

Sacó una llave maestra prendida de una cadena y la introdujo suavemente en la cerradura. La hizo girar, abrió la puerta unos centímetros y retiró la llave. Entonces, esperó.

-Está bien -dijo con aspereza la voz-. Entre y cobre.

Tony abrió del todo y se quedó quieto, enmarcado por la luz del rellano. El hombre era alto, de pelo negro y cara angulosa y pálida. Empuñaba una pistola. Y la empuñaba como si entendiera de pistolas.

-Entre -gangueó.

Tony cruzó el umbral y cerró con el hombro. Mantenía las manos ligeramente separadas de los costados, los ágiles dedos doblados y fláccidos. Sonrió con serenidad.

-¿El señor Watterson?

-¿Qué más?

-Soy el detective de la casa.

-Para morirse.

El hombre alto, de cara pálida, en cierto modo apuesto y en cierto modo no, retrocedió lentamente. La habitación era grande, con balcones en dos de sus lados. Cada una de las habitaciones de la torre disponía de un balcón particular al que daba acceso una ventana practicable. Ante un agradable sofá había un juego de atizadores tras una mampara de madera. En una bandeja del hotel distinguió un vaso alto, empañado, junto a un sillón hondo y cómodo. El hombre retrocedió hasta el mueble y se quedó delante. La pistola, grande y reluciente, se inclinó y apuntó hacia el suelo.

-Para morirse -repitió-. Llevo una hora en esta zahúrda y el poli de la casa viene a llamarme a la puerta. Muy bien, encanto, registre el armario y el lavabo. Pero le advierto que la chica acaba de marcharse.

-Usted no la ha visto aún -dijo Tony.

La descolorida cara del hombre se llenó de insospechadas arrugas. Su voz espesa bordeó el gruñido.

-¿De veras? ¿A quién no he visto aún?

-A una chica llamada Eve Cressy.

El hombre tragó saliva. Puso la pistola en la mesa, junto a la bandeja. Se sentó en el sillón, rígido, como un hombre afectado de lumbago. Luego adelantó el cuerpo, descansó las manos en las rodillas y sonrió a boca llena.

-Así que está aquí, ¿eh? Aún no he preguntado por ella. Soy un tipo precavido. Aún no he hecho preguntas.

-Hace cinco días que está aquí -dijo Tony-. Esperándolo a usted. No se ha movido del hotel ni un minuto.

La boca del hombre se agitó un tanto. Su sonrisa acusó la mueca.

-Me he retrasado un poco en el Norte -dijo en tono plácido-. Ya sabe: visitando a viejos amigos. Parece usted muy al tanto de mis asuntos, polizonte.

-Así es, señor Ralls.

El hombre se puso de pie bruscamente y asió de un manotazo la pistola. Se quedó quieto, apoyado en la mesa, fija la mirada.

-Las mujeres hablan demasiado -dijo con cierta sordina en la voz, como si entre los dientes tuviera algo blando que la oscureciera.

-Las mujeres no, señor Ralls.

-¿Eh? -la pistola resbaló en la dura madera de la mesa-. Hable claro, poli. Mi adivino está de vacaciones.

-Las mujeres no. Los tíos. Los tíos con pistola.

El silencio glacial volvió a caer sobre ellos. El hombre se enderezó lentamente. Su rostro carecía de expresión, pero sus ojos parecían acosados. Tony adelantó su cuerpo rechoncho y más bien pequeño, de rostro amable, tranquilo, pálido y ojos tan claros como el agua de los bosques.

-Nunca descansan esos tipos -dijo Johnny Ralls y se lamió un labio-. Siempre alerta, día y noche. La empresa nunca duerme.

-¿Los conoce? -dijo Tony con voz queda.

-Tal vez pudiera aventurar diez hipótesis. Y, de las diez, doce serían correctas.

-Los chicos de incidentes -dijo Tony con una esbozada sonrisa.

-¿Dónde está ella? -preguntó Johnny Ralls en tono áspero.

-En la habitación de al lado.

El hombre salió al balcón, dejándose la pistola en la mesa, se quedó ante el muro y lo estudió con ojos atentos. se aupó entonces sujetándose a la reja de la divisoria. Cuando se soltó y volvió, su cara había perdido algunas arrugas. Sus ojos tenían un brillo más sosegado. Regresó junto a Tony.

-Estoy en un aprieto -dijo-. Eve me envió un poco de pasta y yo la multipliqué con un asunto que me procuré en el Norte. Es dinero de los dos, quiero decir. Los chicos de incidentes hablaron de veinticinco de los grandes. -Sonrió aviesamente-. Yo me pongo a contar y no pasa de quinientos dólares. Será difícil hacerles creer eso, supongo.

-¿Qué hizo usted con el otro? -preguntó Tony con indiferencia.

-Jamás lo tuve, polizonte. Olvide ese cuento. Soy el único individuo en el mundo que me cree. Aquello fue un embrollo que me montaron.

-Puede que yo también lo crea -dijo Tony.

-No suelen matar. Pero pueden ser terriblemente duros.

-Unos forajidos -dijo Tony con desprecio amargo y repentino-. Los tipos que andan con pistola no son más que forajidos.

Johnny Ralls tomó el vaso y lo vació. Los cubitos de hielo tintinearon suavemente según lo apartaba. Tomó la pistola, la hizo bailar en la mano y se la guardó boca abajo, en un bolsillo interior, a la altura del pecho. Se quedó mirando la alfombra.

-¿Por qué me cuenta todo esto, polizonte?

-Pensaba en que la dejase usted en paz un tiempo.

-¿Y si no lo hago?

-A mí me parece que lo hará -dijo Tony.

Johnny Ralls asintió con calma.

-¿Puedo salir de aquí?

-Puede tomar el ascensor de servicio, que lleva al garaje. Alquile un coche. Le daré una tarjeta para el empleado del garaje.

-Es usted un tipo gracioso -dijo Johnny Ralls.

Tony sacó una gastada billetera de piel de avestruz y garabateó en una tarjeta. Johnny leyó el escrito y la sostuvo en la mano, golpeándola contra la uña del pulgar.

-Podría llevármela conmigo -apuntó, achicando los ojos.

-Y podría también dar un paseo en canasta -continuó Tony-. Ya le he contado que está aquí desde hace cinco días. La han reconocido. Un tipo al que conozco me llamó y me dijo que la sacara de aquí. Me explicó de qué iba todo. Así que es a usted a quien voy a sacar en su lugar.

-Les encantará -dijo Johnny Ralls-. Le mandarán violetas.

-Lo lamentaré en mis días de asueto.

Johnny Ralls volvió la mano y observó la palma.

-Podría verla, de todos modos. Antes de irme. La habitación de al lado dijo usted, ¿no?

Tony giró sobre los talones y se dirigió a la puerta.

-No pierda el tiempo, buen mozo -dijo por encima del hombro-. Yo podría cambiar de idea.

-Que yo sepa, es posible que me la esté jugando ya -dijo el hombre, casi con amabilidad.

Tony no se volvió.

-Es un riesgo que ha de correr.

Llegó a la puerta y salió de la habitación. La cerró con cuidado, en silencio; miró una sola vez la puerta 14 B y entró en el oscuro ascensor. Bajó a la planta de la lavandería y salió para apartar la cesta que mantenía abierto en aquel piso el ascensor de servicio. La puerta se cerró con suavidad. Procuró que no hiciera ningún ruido. Al otro lado del pasillo había luz, la que salía por la puerta abierta de la oficina del conserje. Tony volvió al primer ascensor y bajó al vestíbulo.

El empleadillo estaba escondido tras el cristal esmerilado, revisando las cuentas. Tony cruzó el vestíbulo principal y entró en la sala de la radio.El aparato estaba en marcha otra vez, muy bajo Ella estaba allí, acurrucada en el sofá. El altavoz le murmuraba cosas, tan leve y bajo su sonido que se hubiera tomado por el murmullo de los árboles. La muchacha volvió la cabeza despacio y le sonrió.

-¿Ha terminado de comprobar puertas? No podía dormir. Así que bajé otra vez. ¿De acuerdo?

El sonrió y asintió. Se sentó en un sillón verde y acarició los gruesos brazos tapizados.

-Claro, señorita Cressy.

-Esperar es lo más terrible que hay, ¿no le parece? Me gustaría que mirase esa radio. Suena como una rosquilla que doblaran.

Tony manipuló el aparato y, no encontrando mejora, volvió a la emisora de antes.

-Los parroquianos están, todos, borrachos de cerveza.

La chica volvió a sonreírle.

-¿No le molesta que me quede aquí, señorita Cressy?

-Al contrario. Es usted una persona muy cariñosa, Tony.

El hombre observó el suelo con el ánimo tenso y sintió un cosquilleo en el espinazo. Esperó a que pasara. Desapareció poco a poco. Entonces se echó hacia atrás, flojos otra vez los músculos, los pulcros dedos cerrados en torno del diente de alce. Escuchó. No la radio, sino cosas lejanas, inconcretas, cosas amenazadoras. Y tal vez el seguro viraje de unas ruedas que se alejaban en una noche desconocida.

-Nadie es del todo malo -dijo en voz alta.

La chica lo miró desconcertada.

-Entonces me he confundido dos o tres veces.

El hombre asintió.

-Claro -admitió juiciosamente-. Supongo que también hay malas personas.

La chica bostezó y entornó los ojos de intenso color violeta. Se acomodó en los cojines.

-Quédese un rato, Tony. Quizá pueda dar una cabezada.

-Claro. No tengo nada que hacer. No sé para qué me pagan.

La muchacha se durmió enseguida y quedó totalmente inmóvil, como un niño. Tony contuvo el ruido de la respiración durante diez minutos. No hizo más que mirarla, la boca un tanto abierta. Había una quieta fascinación en sus límpidos ojos, como si se encontrase ante un altar.

Luego se levantó con cuidado infinito y se alejó hacia el vestíbulo de la entrada y hacia el mostrador. Se quedó junto a éste escuchando un rato. Oyó el rasgar de una pluma que no veía. Dobló la esquina y se dirigió a los teléfonos, instalados en el interior de pequeños compartimientos de vidrio. Descolgó uno y pidió a la telefonista de noche que lo pusiera con el garaje.

Oyó el zumbido un par de veces y entonces respondió una voz juvenil: -Hotel Windermere. Aquí el garaje.

-Soy Tony Reseck. Es por un tal Watterson, al que he dado una tarjeta. ¿Se ha ido?

-Claro, Tony. Hace casi media hora. ¿Lo pongo en tu cuenta?

-Sí -dijo Tony-. Es un conocido. Gracias. Hasta luego.

Colgó y se rascó el cuello. Volvió al mostrador y dio una palmada en él. El empleado asomó la cabeza con una sonrisa de bienvenida que desapareció cuando vio a Tony.

-¿Es que no se puede trabajar en paz? -gruñó.

-¿Qué pone en la cuenta de la 14 B?

El empleado lo miró con detenimiento.

-No se ha hecho ninguna para la parte alta.

-Pues haz una. El tipo se ha ido ya. No ha estado aquí más que una hora.

-Está bien, está bien -dijo el empleado; sin dar importancia al asunto-. Parece que el personaje no tiene suerte esta noche. Lo pondremos en gastos generales.

-¿Te bastan cinco pavos?

-¿Es amigo tuyo?

-No. Sólo un borracho lleno de frustración y sin un clavo en el bolsillo.

-Supongo que se puede pasar por alto, Tony. ¿Cómo se fue? -Lo puse en el ascensor de servicio. Tú estabas dormido. ¿Te bastan cinco pavos?

-¿Por qué?

Reapareció la billetera de piel de avestruz y un billete de cinco dólares se deslizó por el mármol.

-Es cuanto le pude sacar -dijo Tony con indiferencia.

El empleado agarró los cinco con aire de asombro.

-Tú mandas -dijo y se encogió de hombros. Sonó el teléfono del mostrador y el empleado descolgó. Escuchó y le pasó el auricular a Tony-. Es para ti.

Tony tomó el aparato y se lo llevó cerca del pecho. Pegó los labios a la parte emisora. La voz le era desconocida. Tenía un dejo metálico. Sus sílabas eran escrupulosamente inidentificables.

-¿Tony? ¿Tony Reseck?

-Al habla.

-Un mensaje de Al. ¿Lo suelto?

Tony miró al empleado.

-Sé bueno -le dijo. El empleado esbozó una leve sonrisa y se alejó-. Suéltalo -dijo por el teléfono.

-Tuvimos un pequeño asunto con un tipo que estaba en el hotel. Lo agarramos cuando quería largarse. Al tuvo la corazonada de que tú lo habías hecho salir. Lo seguimos y lo empujamos contra el bordillo. Hubo dificultades. Tiros.

Tony apretó con fuerza el teléfono. La evaporación del sudor le producía frío en las sienes.

-Sigue -dijo-. Porque supongo que hay más.

-Un poco. El tipo se cargó al jefe. Frito. Al... Al dijo que lo despidiera de ti.

Tony se apoyó bruscamente en el mostrador. De su boca brotó un sonido inarticulado.

-¿Lo tomas? -la voz metálica parecía impaciente, un poco aburrida-. El tipo llevaba un arma. La utilizó. Al no podrá ya telefonear a nadie.

Tony sacudió el teléfono y la base del mismo golpeó el mármol rosado. Tenía en la boca un nudo seco y duro.

Dijo la voz: -Y eso es todo, chico. Buenas noches.

Sonó un seco chasquido, como el de un guijarro lanzado contra una pared.

Tony colgó el auricular con mucho cuidado, como para evitar que produjera el menor ruido. Se observó la mano izquierda. La tenía agarrotada. Sacó un pañuelo, se frotó la palma con suavidad y se enderzó los dedos con la otra mano. A continuación se enjugó la frente. El empleado volvió a asomar la cabeza y lo miró con ojos brillantes.

-Tengo libre el viernes. ¿Por qué no me pasas ese número de teléfono?

Tony asintió al empleado y sonrió débilmente durante un minuto. Se guardó el pañuelo y palpó el bolsillo en que lo había metido. Se dio la vuelta, se alejó del mostrador, cruzó el vestíbulo de la entrada, bajó los tres suaves escalones, se adentró en la zona oscura del vestíbulo principal y cruzó una vez más el arco que daba entrada a la sala de radio. 

Se movía con cuidado, como hombre que se desplaza en un cuarto donde hay una persona muy enferma. Llegó al sillón que había ocupado y se dejó caer en él centímetro a centímetro. La chica seguía durmiendo, inmóvil, con ese abandono que se da en ciertas mujeres y en todos los felinos. El vago murmullo de la radio ahogaba el sonido de la respiración femenina.

Tony Reseck se arrellanó en el sillón, cerró las manos alrededor del diente de alce y entornó apaciblemente los ojos.