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Edward el Conquistador - Roald Dahl (Parte 1)

Louisa, sosteniendo un trapo de cocina, salió por la puerta trasera al frío sol de octubre.

—¡Edward! —gritó—. ¡Edward! ¡El almuerzo está listo!

Tras detenerse y escuchar un instante, se dirigió a paso lento hacia la superficie cubierta de césped, internóse en ella, seguida por la débil sombra que proyectaba su cuerpo, contorneó los rosales y, al cruzar frente a él, tocó con un dedo el reloj de sol. 

Su paso cadencioso y el suave balanceo de hombros y brazos le daban un porte bastante garboso para una mujer menuda y un poco metida en carnes. Pasó bajo la morera, ganó el caminillo enladrillado y lo siguió hasta el paraje desde donde podía dominar el declive que se formaba al fondo del vasto jardín.

—¡Edward! ¡El almuerzo!

Por fin lo había descubierto, a cosa de setenta metros de distancia, en el extremo del declive, donde empezaba el bosque. Espigado, pero de cuerpo estrecho, vestido con unos pantalones caqui y un suéter verde oscuro, dedicábase, plantado junto a una gran fogata, horca en mano, a amontonar zarzas sobre el fuego, que, voraz, levantaba llamas anaranjadas y enviaba hacia el jardín nubes de humo lechoso y un maravilloso aroma a hojas quemadas y a otoño.

Louisa descendió la pendiente al encuentro de su marido. De haberlo deseado, le habría sido fácil repetir la llamada y hacerse oír; pero las grandes hogueras tenían algo que la impulsaba hacia ellas, hacia su inmediata vecindad, donde pudiera percibir su crepitar y su calor.

—El almuerzo —repitió conforme se acercaba.

—Ah, hola. Sí, está bien. En seguida voy.

—¡Qué espléndido fuego!

—He decidido limpiar esto de zarzas —comentó su esposo—. Me tienen harto y aburrido.

Su alargado rostro estaba húmedo de sudor, cuyas gotillas le moteaban todo el bigote, como rocío, y dos pequeños regueros le corrían garganta abajo hasta donde comenzaba el cuello alto del suéter.

—Cuidado con excederte, Edward.

—De veras me gustaría, Louisa, que dejaras de tratarme como si fuera un octogenario. Un poco de ejercicio nunca ha perjudicado a nadie.

—Sí, cariño, lo sé. ¡Oh, Edward! ¡Mira! ¡Mira!

Se volvió el hombre y miró a Louisa, que señalaba hacia el otro extremo de la fogata.

—¡Míralo, Edward! ¡El gato!

Sentado en tierra, tan próximo al fuego que sus llamas parecían tocarlo a veces, un gatazo de color insólito por demás dedicábase, inmóvil por completo, la cabeza ladeada y la nariz al viento, a contemplar al matrimonio con sus ojos amarillos y apacibles.

—¡Se va a quemar! —exclamó Louisa.

Y, dejando caer el trapo, echó a correr hacia el animal, lo aferró con ambas manos y, levantándolo con viveza, volvió a dejarlo en la hierba, a prudente distancia de las llamas.

—¡Gato loco! —apostrofó mientras se sacudía el polvo de las manos—. ¿Qué te ocurre a ti?

—Los gatos saben lo que se hacen —observó su marido—. No verás a ninguno hacer algo que no le plazca. Los gatos, no.

—¿De quién es? ¿Lo habías visto antes?

—No, nunca. Tiene un color rarísimo.

El gato se había sentado en la hierba y les miraba de soslayo. Tenían sus ojos una velada expresión introspectiva, algo curiosamente sabio y reflexivo, y en torno a la nariz mostraba un delicadísimo gesto de desdén, como si aquellos dos seres de edad madura —el uno menudo, regordete y rosado; flaco y sudoroso en extremo el otro— fuesen motivo de cierta sorpresa pero escaso interés. Muy largo y sedoso, de un gris puramente plateado y sin el menor matiz de azul, el pelaje del animal era, desde luego, inusitado en un gato.

Louisa se inclinó y le acarició la cabeza.

—Tienes que irte a casa —le dijo—. Sé un gato bueno y vuélvete a tu casa, que es donde debes estar.

Marido y mujer acometieron despaciosos la cuesta en dirección a su vivienda. El gato, que se había levantado, los siguió, primero a cierta distancia y luego, conforme avanzaban, aproximándose más y más. Pronto estuvo a su lado y, rebasándoles, les precedió a través del césped camino de la casa con la cola enhiesta como un mástil, cual si fuera el dueño del lugar.

—Márchate a tu casa —dijo el hombre—. A casa. No te queremos.

Pero cuando alcanzaron ellos la suya les siguió al interior y Louisa le dio un poco de leche en la cocina. Durante el almuerzo saltó encima de la silla libre que quedaba entre ambos y, sentado allí, con la cabeza justo al ras de la mesa, asistió al resto de la comida observando su curso con aquellos ojos suyos, de un amarillo oscuro, que no dejaban de viajar despaciosos de la mujer al hombre y de este nuevamente a ella.

—No me gusta este gato —comentó Edward.

—Oh, yo lo encuentro precioso. Confío en que se quede un rato más.

—Escúchame bien, Louisa. Este bicho no puede quedarse aquí de ninguna manera. Se ha perdido, pero tiene dueño. Y, si por la tarde continúa merodeando por aquí, harás bien en llevarlo a la policía. Ellos se encargarán de que vuelva a su casa.

Terminado el almuerzo, Edward volvió a su trabajo de jardinería y Louisa se dirigió, como de costumbre, hacia el piano. Intérprete competente y melómana devota, casi todas las tardes pasaba cosa de una hora tocando para sí. El gato se había instalado ahora en el sofá; y como ella se detuviera al pasar y lo acariciara, abrió los ojos, la miró un instante y, cerrándolos de nuevo, se volvió a dormir.

—Eres un gato encantador —dijo—. Y de un color divino. Ojalá pudieras quedarte conmigo.

Recorrían sus dedos la piel de la cabeza cuando tropezaron con una hinchazón, una pequeña protuberancia situada justo encima del ojo derecho.

—Pobre gato —continuó—, tienes bultitos en esa cara tan linda. Te estarás haciendo viejo.

Siguió su camino y tomó asiento en la larga banqueta del piano, pero no se puso a tocar en seguida. Uno de sus pequeños placeres particulares estaba en elaborar cotidianamente una especie de concierto del día, con un programa elegido con esmero, que estudiaba punto por punto antes de empezar. 

Contraria desde siempre a interrumpir el gozo de la interpretación mientras discurría qué pieza atacar seguidamente, lo que buscaba era una breve pausa entre una y otra, en tanto el público, aplaudiendo enfervorizado, pedía más. Imaginar un auditorio embellecía el momento, y a veces, durante las interpretaciones —en los días afortunados, claro está—, la sala comenzaba a danzar, a desdibujarse y a oscurecerse hasta que ya no veía sino fila tras fila de butacas y todo un mar de blancos rostros vueltos hacia ella según escuchaban con arrobada y concentrada adoración.

Unas veces tocaba de memoria; otras, con partitura. Hoy quería hacerlo de memoria, que era lo que más se acomodaba a su ánimo. ¿Y en qué consistiría el programa? Sentada al piano con sus pequeñas manos enlazadas sobre el regazo, la estampa que ofrecía era la de una mujer menudita, regordeta, sonrosada, de cara redonda y todavía muy bonita y pelo recogido en pulido moño sobre la nuca. 

Desviando un poco la vista hacia la derecha alcanzaba a ver al gato, que dormía ovillado en el sofá, y el bello contraste que ofrecía su piel gris plateado sobre el púrpura del cojín. ¿Qué tal algo de Bach, para empezar? O, mejor todavía, de Vivaldi. La adaptación que Bach hizo, para órgano, de su Concerto Grosso en re menor. Sí: eso en primer término. Luego, algo de Schumann, quizá. ¿El Carnaval? Eso sería agradable. ¿Y a continuación? Bueno... un poquitín de Liszt, para amenizar. Uno de sus Sonetos de Petrarca; el segundo, en mi mayor, que era el más bonito. Después, más Schumann, otra de sus piezas alegres, las Kinderscenen. Y finalmente, para el encore, un vals de Brahms, o quizá dos, si se sentía predispuesta.

Vivaldi, Schumann, Liszt, Schumann, Brahms. Un programa muy bonito y que podía interpretar fácilmente prescindiendo de partituras. Se acercó un poco más al piano y aguardó unos instantes a la espera de que alguien de entre el público —algo le decía ya que este era uno de sus días afortunados— acabase de toser. Y entonces, con la pausada gracia que acompañaba la mayoría de sus movimientos, alzó las manos sobre el teclado y comenzó a tocar.

Aunque en ese momento concreto no estaba, ni mucho menos, pendiente del gato —a decir verdad había olvidado su presencia—, en cuanto los primeros acordes graves de Vivaldi sonaron suaves en la habitación, por el rabillo del ojo percibió, en el sofá, a su derecha, un súbito revuelo, un instantáneo movimiento.

Dejó de tocar en el acto.

—¿Qué tienes? —dijo vuelta hacia el gato—. ¿Qué te pasa?

El animal, que unos segundos antes dormía apacible, se había erguido en el diván y enhiesto, muy tenso, trémulo todo él, las orejas de punta, miraba de hito en hito el piano.

—¿Te he asustado? —indagó amable—. A lo mejor es que nunca habías oído música.

No, dijo para sí. No creo que se trate de eso. Bien pensado, la reacción del gato no le parecía de temor. No había percibido en él ni amilanamiento ni intención de retroceder, sino antes bien lo contrario: una voluntad de adelantarse, una especie de avidez. La cara, por otra parte... bueno, mostraba una expresión singular, una mezcla de sorpresa y de conmoción. 

Claro está que la cara de un gato es una cosa pequeña y bastante inexpresiva; pero, aun así, si observaba uno con atención el juego combinado de ojos y orejas, y en especial la zona situada por debajo de estas, donde la piel era tan móvil, a veces cabía captar el reflejo de emociones muy vivas. Muy atenta ahora a la cara del animal, y porque le intrigaba ver qué ocurriría esta segunda vez, Louisa avanzó las manos hacia el teclado y recomenzó la pieza de Vivaldi.

Debido a que ahora el gato lo esperaba, solo se produjo, por de pronto, una pequeña tensión adicional del cuerpo. Pero, según la música iba ganando rapidez y volumen camino de ese primer y emocionante movimiento que constituye la introducción de la fuga, una extraña expresión que frisaba casi en el éxtasis comenzó a invadir el rostro del animal. Las orejas, hasta ese momento enderezadas, fueron entrando poco a poco en reposo: cayeron los párpados; la cabeza se ladeó; y Louisa hubiera podido jurar que el animal comprendía y estimaba su trabajo.

Lo que vio (o creyó ver) era algo que había advertido muchas veces en el rostro de los que seguían con atento oído una pieza musical. Cuando el sonido se apodera por completo de un oyente y lo absorbe en sí, se hace patente en aquel una peculiar expresión, de intenso éxtasis, tan fácil de reconocer como pudiera serlo una sonrisa. Y, por lo que Louisa veía, era esa, casi exactamente, la expresión que ahora mostraba el gato.

Concluida la fuga, atacó la siciliana, todo ello sin perder de vista al animal que ocupaba el sofá. La prueba concluyente de que la escuchaba se produjo al final, cuando cesó la música: parpadeó el gato, se revolvió un poco, estiró una pata, buscó una postura más cómoda y, habiendo echado una rápida ojeada alrededor, volvió hacia ella, expectante, los ojos. 

Era aquella, punto por punto, la reacción del asiduo seguidor de conciertos ante la momentánea liberación de la pausa que en una sinfonía separa dos movimientos. Tan netamente humana resultó esa conducta, que sintió Louisa una extraña oleada de emoción en el pecho.

—¿Te ha gustado? —preguntó—. ¿Te gusta Vivaldi?

Apenas dicho esto, le invadió un sentimiento de ridículo, pero no tan vivo —y eso es lo que la sobrecogió un poco— como hubiera correspondido.

En fin, ya no quedaba sino continuar, como si tal cosa, con el programa, cuyo próximo punto era el Carnaval. Así que hubo empezado a tocar, el gato se atiesó de nuevo y enderezó su postura; luego, conforme la música iba penetrándole lenta y plácidamente, cayó de nuevo en aquel curioso estado de arrobo, en el que parecían mezclarse el ensueño y la sensación de ser engullido. 

Resultaba en verdad extravagante —y cómico también— ver a aquel gato plateado aposentarse allí en el sofá y entregarse a semejantes transportes. Y lo que llevaba la cosa al puro absurdo, concluyó Louisa, era el hecho de que aquella música, en la que tanto placer parecía hallar el animal, era a todas luces demasiado difícil, demasiado clásica para ser apreciada por la mayoría de los humanos.

Quizá no sea cierto que disfrute, pensó. A lo mejor se trata de una especie de reacción hipnótica, como se da en las serpientes. Bien mirado, si a ellas se las puede encantar mediante la música, ¿por qué no a un gato? Solo que se contaban por millones de ellos los que a diario oían la música de radios, gramófonos y pianos durante toda su vida, sin que hasta ahora, que ella supiera, se hubiese observado en ninguno semejante conducta. Y el que tenía delante se comportaba como si siguiese una a una las notas. Era ciertamente increíble.

¿Pero no resultaba, también, maravilloso? Desde luego que sí. A decir verdad, o mucho se equivocaba o era una especie de milagro, uno de esos milagros que se dan en los animales quizá una vez cada cien años.

—Ya he visto que esta te ha entusiasmado —dijo al terminar la pieza—. Si bien lamento no haberla interpretado hoy demasiado bien. ¿Cuál te ha complacido más, la de Vivaldi, o la de Schumann?

Como el gato no respondiera, Louisa, temerosa de perder la atención de su oyente, pasó sin demora al siguiente tema del programa: el segundo Soneto de Petrarca, de Liszt.

Y en ese punto ocurrió algo extraordinario: apenas interpretados los tres o cuatro primeros compases, los bigotes del animal comenzaron a agitarse de forma perceptible. Lentamente, tras enderezarse todavía un punto, inclinó la cabeza primero a un lado, luego al otro, y dejó flotar la mirada en el vacío con una especie de gesto de ceñuda concentración que parecía decir: «¿Qué es esto? No, no me lo digas. ¡Lo conozco tan bien...! Y, sin embargo, en este momento no acierto a identificarlo». Fascinada, con la boca entreabierta y una media sonrisa, Louisa continuó tocando mientras se preguntaba qué iría a ocurrir a continuación.

El gato se levantó, avanzó hacia un extremo del sofá, sentóse de nuevo y escuchó un rato más; y luego, inopinadamente, saltó al suelo, de ahí a la banqueta del piano, y allí se instaló, a su lado, atento al precioso soneto, ahora sin ensimismarse, sino muy tieso, sus ojazos amarillos fijos en los dedos de Louisa.

—¡Vaya! —exclamó conforme hacía sonar el último acorde—. Conque has venido a sentarte junto a mí, ¿no? ¿Prefieres esto al sofá? Está bien, te dejaré quedarte, a condición de que te estés quieto y no empieces a dar saltos. —Alargó una mano y, en tanto acariciaba el lomo del animal desde la cabeza a la cola, agregó—: Esto era de Liszt. No creas, a veces puede resultar de una vulgaridad espantosa; pero, en piezas como esta, es verdaderamente encantador.

Porque empezaba a encontrar placer en esa extravagante pantomima animal, atacó directamente el próximo tema del programa, las Kinderscenen de Schumann.

No llevaba más de un par de minutos de interpretación, cuando se dio cuenta de que el gato, de nuevo en movimiento, había vuelto a su antiguo acomodo del sofá. Estando pendiente solo de sus propias manos en aquel instante, sin duda se debía a eso el que ni siquiera hubiese advertido su marcha; aunque, con todo, el movimiento tenía que haber sido rápido y silencioso en extremo. 

Pero, por mucho que el animal siguiera mirándola, en apariencia pendiente todavía de la música, Louisa tuvo la impresión de que no mostraba ahora el embelesado entusiasmo de antes, el que provocara la pieza de Liszt. Por si eso fuera poco, el acto de abandonar la banqueta y volver al sofá se hubiera dicho un moderado pero positivo gesto de desencanto.

—¿Qué pasa? —indagó al terminar—. ¿Qué tiene Schumann de malo? ¿Y qué hay de tan maravilloso en Liszt?

El gato le devolvió la mirada de sus ojos ambarinos y de pupilas con pintas de un negro azabache.

Esto empieza a ponerse interesante, se dijo la mujer; y también, según se mire, un tanto inquietante... Pero el simple hecho de ver al animal tendido en el sofá, tan vivaz y atento, tan a las claras deseoso de más música, le devolvió la confianza.

—Está bien —dijo—. Te diré lo que voy a hacer. Voy a modificar, especialmente para ti, mi programa. Ya que Liszt parece gustarte tanto, te interpretaré otra de sus piezas.

Tras un momento de vacilación conforme buscaba en la memoria algo bueno de Liszt, inició lentamente una de las doce pequeñas composiciones de Der Weihnachtsbaum. Muy atenta ahora al gato, lo primero que advirtió fue que otra vez volvía a mover los bigotes. 

Saltó a la alfombra, se quedó allí un instante, con la cabeza inclinada y trémulo de excitación, y seguidamente, el paso lento y cadencioso, contorneó el piano, saltó a la banqueta y se acomodó junto a Louisa.

En eso estaban cuando apareció Edward procedente del jardín.

—¡Edward! —exclamó la mujer en tanto se levantaba de un brinco—. ¡Oh, Edward, tesoro! ¡Atiende! ¡Escucha lo que ha ocurrido!

—¿Qué pasa ahora? —replicó él—. Yo quisiera un poco de té.

Era el suyo uno de esos rostros de nariz afilada, angostos y levemente purpúreos, que el sudor hacía brillar ahora como si fuera un alargado y húmedo grano de uva.

—¡Es el gato! —continuó ella admirativa al tiempo que señalaba al animal plácidamente sentado en la banqueta—. ¡Cuando te enteres de lo que ha ocurrido...!

—Creí haberte dicho que lo llevaras a la policía.

—Pero escúchame, Edward. Esto es apasionante de verdad. Se trata de un gato melómano.

—Oh, ¿de veras?

—No solo le gusta la música sino que, además, la entiende.

—Vamos, Louisa, déjate ya de bobadas, y, por lo que más quieras, tomemos un poco de té. Estoy acalorado y rendido de tanto cortar zarzas y hacer fogatas.

Se acomodó en una butaca, tomó un pitillo de una caja que tenía al lado y lo encendió con el enorme encendedor acharolado que había junto a aquella.

—Lo que tú no comprendes —continuó Louisa— es que aquí, en nuestra casa, ha estado sucediendo en tu ausencia algo por demás apasionante, algo que incluso podría ser... bueno... trascendental.

—Seguro que sí.

—¡Edward, por favor...!

Estaba la mujer en pie junto al piano, su carita más sonrosada que nunca, y en las mejillas sendas rosetas de un encendido escarlata.

—Si te interesa —agregó—, te diré lo que pienso.

—Te escucho, cariño.

—Creo que en este momento podríamos encontrarnos en presencia de... —se interrumpió, como percatándose, súbitamente, de lo absurdo de la idea.

—Continúa...

—Quizá lo consideres una tontería, Edward; pero es lo que pienso en realidad...

—¿En presencia de quién, por amor de Dios?

—¡Del mismísimo Franz Liszt!

Su marido dio una larga y lenta chupada al pitillo y expulsó el humo en dirección al techo. Sus mejillas, hundidas, de piel atirantada, eran las de quien lleva largos años usando dentadura postiza; y, cuando succionaba un cigarrillo, aún se le sumían más y hacían que los pómulos descollasen como los de una calavera.

—No te sigo —respondió.

—Edward, atiende, por favor. A juzgar por lo que he visto esta tarde con mis propios ojos, da toda la impresión de tratarse de una especie de reencarnación.

—¿Te refieres a esa porquería de gato?

—Por favor, cariño, no hables así.

—No estarás enferma, ¿verdad, Louisa?

—Me encuentro perfectamente, muchas gracias. Si acaso, un poco confusa, lo reconozco; pero ¿quién no se sentiría así después de lo que acaba de ocurrir? Edward, te juro que...

—Pero ¿qué es lo que ha ocurrido, si puede saberse?

Se lo expuso. Él la escuchaba despatarrado en el sillón, dando chupadas al pitillo cuyo humo proyectaba hacia el techo con una tenue sonrisa cínica en los labios.

—Yo no veo nada extraordinario en todo eso —dijo cuando su esposa hubo concluido—. Se trata, simplemente, de un gato adiestrado. Se lo han enseñado a hacer; eso es todo.

—No digas tonterías, Edward. En cuanto me pongo a tocar algo de Liszt, se excita todo él y corre a sentarse en la banqueta, a mi lado. Pero solo reacciona así con Liszt. Y nadie puede enseñarle a un gato a distinguir a Liszt de Schumann. Como que ni siquiera tú notas la diferencia. Él, en cambio, ha acertado siempre. Y Liszt, por otra parte, no es nada conocido.

—Han sido dos veces —observó él—. Solo lo ha hecho dos veces.

—Con eso basta.

—Pues a ver, que lo repita. Vamos.

—No. Decididamente, no. Porque si este gato es Liszt, como yo así lo creo, o cuando menos el alma de Liszt, o el elemento, como quiera que se llame, que sobrevive, está claro que no es justo, ni tampoco demasiado amable, someterle a toda una serie de pruebas humillantes.

—Pero, ¡querida mía!, esto no es más que un gato, un gato gris y bastante estúpido que esta mañana en el jardín ha estado a punto de chamuscarse la piel junto a la hoguera. Y, por otra parte, ¿qué sabes tú de reencarnaciones?

—Si hay un alma en ese animal, para mí es bastante —replicó Louisa con firmeza—. Lo importante es el alma.

—Pues nada: veámosle actuar. Veámosle distinguir entre su propia obra y la de otro.

—No, Edward, ya te lo he dicho: me niego a hacerle pasar por nuevas y estúpidas pruebas circenses. Por hoy, basta y sobra. Pero te diré lo que voy a hacer. A eso sí estoy dispuesta. Voy a tocarle un poco de su propia música.

—Mucho vas a probar con eso.

—Tú obsérvale. Algo puedes dar por seguro: en cuanto la reconozca, se negará a moverse de la banqueta donde ahora lo ves.

Louisa se dirigió hacia el estante donde guardaba las partituras, tomó un libro con partituras de Liszt, lo hojeó con rapidez y eligió otra de sus más bellas composiciones: la Sonata en si menor. Aunque solo se proponía interpretar su primera parte, una vez estuvo en ello, y como advirtiese la forma en que escuchaba el animal, literalmente trémulo de placer y observando sus manos con aquel aire de concentración embelesada, le faltó valor para interrumpirse y la tocó completa. Terminada la pieza, volvió los ojos hacia su esposo y dijo sonriente:

—Ya lo has visto. No me negarás que le tenía encantado por completo.

—Le gusta ese ruido, no es más que eso.

—Estaba verdaderamente encantado. ¿No es cierto, precioso? —insistió, tomando en brazos al gato—. ¡Oh, si pudiera hablar...! ¿Te das cuenta? ¡En su juventud conoció a Beethoven! Y también a Schubert, a Mendelssohn, a Schumann; a Berlioz y a Grieg, a Delacroix y a Ingres, a Heine y a Balzac. Y aguarda un momento... ¡Cielo santo, si fue suegro de Wagner! ¡Tengo en los brazos al suegro de Wagner!

(CONTINUARÁ...)

Cordero asado - Roald Dahl

La habitación estaba limpia y acogedora, las cortinas corridas, las dos lámparas de mesa encendidas, la suya y la de la silla vacía, frente a ella. Detrás, en el aparador, dos vasos altos de whisky. Cubos de hielo en un recipiente.

Mary Maloney estaba esperando a que su marido volviera del trabajo.

De vez en cuando echaba una mirada al reloj, pero sin preocupación, simplemente para complacerse de que cada minuto que pasaba acercaba el momento de su llegada. Tenía un aire sonriente y optimista. Su cabeza se inclinaba hacia la costura con entera tranquilidad. Su piel —estaba en el sexto mes del embarazo— había adquirido un maravilloso brillo, los labios suaves y los ojos, de mirada serena, parecían más grandes y más oscuros que antes.

Cuando el reloj marcaba las cinco menos diez, empezó a escuchar, y pocos minutos más tarde, puntual como siempre, oyó rodar los neumáticos sobre la grava y cerrarse la puerta del coche, los pasos que se acercaban, la llave dando vueltas en la cerradura.

Dejó a un lado la costura, se levantó y fue a su encuentro para darle un beso en cuanto entrara.

—¡Hola, querido! —dijo ella.

—¡Hola! —contestó él.

Ella le colgó el abrigo en el armario. Luego volvió y preparó las bebidas, una fuerte para él y otra más floja para ella; después se sentó de nuevo con la costura y su marido enfrente con el alto vaso de whisky entre las manos, moviéndolo de tal forma que los cubitos de hielo golpeaban contra las paredes del vaso. 

Para ella ésta era una hora maravillosa del día. Sabía que su esposo no quería hablar mucho antes de terminar la primera bebida, y a ella, por su parte, le gustaba sentarse silenciosamente, disfrutando de su compañía después de tantas horas de soledad. Le gustaba vivir con este hombre y sentir —como siente un bañista al calor del sol— la influencia que él irradiaba sobre ella cuando estaban juntos y solos. 

Le gustaba su manera de sentarse descuidadamente en una silla, su manera de abrir la puerta o de andar por la habitación a grandes zancadas. Le gustaba esa intensa mirada de sus ojos al fijarse en ella y la forma graciosa de su boca, especialmente cuando el cansancio no le dejaba hablar, hasta que el primer vaso de whisky le reanimaba un poco.

—¿Cansado, querido?

—Sí —respondió él—, estoy cansado.

Mientras hablaba, hizo una cosa extraña. Levantó el vaso y bebió su contenido de una sola vez aunque el vaso estaba a medio llenar.

Ella no lo vio, pero lo intuyó al oír el ruido que hacían los cubitos de hielo al volver a dejar él su vaso sobre la mesa. Luego se levantó lentamente para servirse otro vaso.

—Yo te lo serviré —dijo ella, levantándose.

—Siéntate —dijo él secamente.

Al volver observó que el vaso estaba medio lleno de un líquido ambarino.

—Querido, ¿quieres que te traiga las zapatillas? Le observó mientras él bebía el whisky.

—Creo que es una vergüenza para un policía que se va haciendo mayor, como tú, que le hagan andar todo el día —dijo ella.

El no contestó; Mary Maloney inclinó la cabeza de nuevo y continuó con su costura. Cada vez que él se llevaba el vaso a los labios se oía golpear los cubitos contra el cristal.

—Querido, ¿quieres que te traiga un poco de queso? No he hecho cena porque es jueves.

—No —dijo él.

—Si estás demasiado cansado para comer fuera —continuó ella—, no es tarde para que lo digas. Hay carne y otras cosas en la nevera y te lo puedo servir aquí para que no tengas que moverte de la silla.

Sus ojos se volvieron hacia ella; Mary esperó una respuesta, una sonrisa, un signo de asentimiento al menos, pero él no hizo nada de esto.

—Bueno —agregó ella—, te sacaré queso y unas galletas.

—No quiero —dijo él.

Ella se movió impaciente en la silla, mirándole con sus grandes ojos.

—Debes cenar. Yo lo puedo preparar aquí, no me molesta hacerlo. Tengo chuletas de cerdo y cordero, lo que quieras, todo está en la nevera.

—No me apetece —dijo él.

—¡Pero querido! ¡Tienes que comer! Te lo sacaré y te lo comes, si te apetece.

Se levantó y puso la costura en la mesa, junto a la lámpara.

—Siéntate —dijo él—, siéntate sólo un momento. Desde aquel instante, ella empezó a sentirse atemorizada.

—Vamos —dijo él—, siéntate.

Se sentó de nuevo en su silla, mirándole todo el tiempo con sus grandes y asombrados ojos. El había acabado su segundo vaso y tenía los ojos bajos.

—Tengo algo que decirte.

—¿Qué es ello, querido? ¿Qué pasa?

El se había quedado completamente quieto y mantenía la cabeza agachada de tal forma que la luz de la lámpara le daba en la parte alta de la cara, dejándole la barbilla y la boca en la oscuridad.

—Lo que voy a decirte te va a trastornar un poco, me temo —dijo—, pero lo he pensado bien y he decidido que lo mejor que puedo hacer es decírtelo en seguida. Espero que no me lo reproches demasiado.

Y se lo dijo. No tardó mucho, cuatro o cinco minutos como máximo. Ella no se movió en todo el tiempo, observándolo con una especie de terror mientras él se iba separando de ella más y más, a cada palabra.

—Eso es todo —añadió—, ya sé que es un mal momento para decírtelo, pero no hay otro modo de hacerlo. Naturalmente, te daré dinero y procuraré que estés bien cuidada. Pero no hay necesidad de armar un escándalo. No sería bueno para mi carrera.

Su primer impulso fue no creer una palabra de lo que él había dicho. Se le ocurrió que quizá él no había hablado, que era ella quien se lo había imaginado todo. Quizá si continuara su trabajo como si no hubiera oído nada, luego, cuando hubiera pasado algún tiempo, se encontraría con que nada había ocurrido.

—Prepararé la cena —dijo con voz ahogada.

Esta vez él no contestó.

Mary se levantó y cruzó la habitación. No sentía nada, excepto un poco de náuseas y mareo. Actuaba como un autómata. Bajó hasta la bodega, encendió la luz y metió la mano en el congelador, sacando el primer objeto que encontró. Lo sacó y lo miró. Estaba envuelto en papel, así que lo desenvolvió y lo miró de nuevo.

Era una pierna de cordero.

Muy bien, cenarían pierna de cordero. Subió con el cordero entre las manos y al entrar en el cuarto de estar encontró a su marido de pie junto a la ventana, de espaldas a ella.

Se detuvo.

—Por el amor de Dios —dijo él al oírla, sin volverse—, no hagas cena para mí. Voy a salir.

En aquel momento, Mary Maloney se acercó a él por detrás y sin pensarlo dos veces levantó la pierna de cordero congelada y le golpeó en la parte trasera de la cabeza tan fuerte como pudo. Fue como si le hubiera pegado con una barra de acero. Retrocedió un paso, esperando a ver qué pasaba, y lo gracioso fue que él quedó tambaleándose unos segundos antes de caer pesadamente en la alfombra.

La violencia del golpe, el ruido de la mesita al caer por haber sido empujada, la ayudaron a salir de su ensimismamiento.

Salió retrocediendo lentamente, sintiéndose fría y confusa, y se quedó por unos momentos mirando el cuerpo inmóvil de su marido, apretando entre sus dedos el ridículo pedazo de carne que había empleado para matarle.

«Bien —se dijo a sí misma—, ya lo has matado.»

Era extraordinario. Ahora lo veía claro. Empezó a pensar con rapidez. Como esposa de un detective, sabía cuál sería el castigo; de acuerdo. A ella le era indiferente. En realidad sería un descanso. Pero por otra parte. ¿Y el niño? ¿Qué decía la ley acerca de las asesinas que iban a tener un hijo? ¿Los mataban a los dos, madre e hijo? ¿Esperaban hasta el noveno mes? ¿Qué hacían?

Mary Maloney lo ignoraba y no estaba dispuesta a arriesgarse.

Llevó la carne a la cocina, la puso en el horno, encendió éste y la metió dentro. Luego se lavó las manos y subió a su habitación. Se sentó delante del espejo, arregló su cara, puso un poco de rojo en los labios y polvo en las mejillas. Intentó sonreír, pero le salió una mueca. Lo volvió a intentar.

—Hola, Sam —dijo en voz alta. La voz sonaba rara también.

—Quiero patatas, Sam, y también una lata de guisantes.

Eso estaba mejor. La sonrisa y la voz iban mejorando. Lo ensayó varias veces. Luego bajó, cogió el abrigo y salió a la calle por la puerta trasera del jardín.

Todavía no eran las seis y diez y había luz en las tiendas de comestibles.

—Hola, Sam —dijo sonriendo ampliamente al hombre que estaba detrás del mostrador.

—¡Oh, buenas noches, señora Maloney! ¿Cómo está?

—Muy bien, gracias. Quiero patatas, Sam, y una lata de guisantes.

El hombre se volvió de espaldas para alcanzar la lata de guisantes.

—Patrick dijo que estaba cansado y no quería cenar fuera esta noche —le dijo—. Siempre solemos salir los jueves y no tengo verduras en casa.

—¿Quiere carne, señora Maloney?

—No, tengo carne, gracias. Hay en la nevera una pierna de cordero.

—¡Oh!

—No me gusta asarlo cuando está congelado, pero voy a probar esta vez. ¿Usted cree que saldrá bien?

—Personalmente —dijo el tendero—, no creo que haya ninguna diferencia. ¿Quiere estas patatas de Idaho?

—¡Oh, sí, muy bien! Dos de ésas.

—¿Nada más? —El tendero inclinó la cabeza, mirándola con simpatía—. ¿Y para después? ¿Qué le va a dar luego?

—Bueno. ¿Qué me sugiere, Sam?

El hombre echó una mirada a la tienda.

—¿Qué le parece una buena porción de pastel de queso? Sé que le gusta a Patrick.

—Magnífico —dijo ella—, le encanta.

Cuando todo estuvo empaquetado y pagado, sonrió agradablemente y dijo:

—Gracias, Sam. Buenas noches.

Ahora, se decía a sí misma al regresar, iba a reunirse con su marido, que la estaría esperando para cenar; y debía cocinar bien y hacer comida sabrosa porque su marido estaría cansado; y si cuando entrara en la casa encontraba algo raro, trágico o terrible, sería un golpe para ella y se volvería histérica de dolor y de miedo. ¿Es que no lo entienden? Ella no esperaba encontrar nada. Simplemente era la señora Maloney que volvía a casa con las verduras un jueves por la tarde para preparar la cena a su marido.

«Eso es —se dijo a sí misma—, hazlo todo bien y con naturalidad. Si se hacen las cosas de esta manera, no habrá necesidad de fingir.»

Por lo tanto, cuando entró en la cocina por la puerta trasera, iba canturreando una cancioncilla y sonriendo.

—¡Patrick! —llamó—, ¿dónde estás, querido? Puso el paquete sobre la mesa y entró en el cuarto de estar. Cuando le vio en el suelo, con las piernas dobladas y uno de los brazos debajo del cuerpo, fue un verdadero golpe para ella.

Todo su amor y su deseo por él se despertaron en aquel momento. Corrió hacia su cuerpo, se arrodilló a su lado y empezó a llorar amargamente. Fue fácil, no tuvo que fingir.

Unos minutos más tarde, se levantó y fue al teléfono. Sabía el número de la jefatura de Policía, y cuando le contestaron al otro lado del hilo, ella gritó:

—¡Pronto! ¡Vengan en seguida! ¡Patrick ha muerto!

—¿Quién habla?

—La señora Maloney, la señora de Patrick Maloney.

—¿Quiere decir que Patrick Maloney ha muerto?

—Creo que sí —gimió ella—. Está tendido en el suelo y me parece que está muerto.

—Iremos en seguida —dijo el hombre.

El coche vino rápidamente. Mary abrió la puerta a los dos policías. Los reconoció a los dos en seguida —en realidad conocía a casi todos los del distrito— y se echó en los brazos de Jack Nooan, llorando histéricamente. El la llevó con cuidado a una silla y luego fue a reunirse con el otro, que se llamaba O'Malley, el cual estaba arrodillado al lado del cuerpo inmóvil.

—¿Está muerto? —preguntó ella.

—Me temo que sí... ¿qué ha ocurrido?

Brevemente, le contó que había salido a la tienda de comestibles y al volver lo encontró tirado en el suelo. Mientras ella hablaba y lloraba, Nooan descubrió una pequeña herida de sangre cuajada en la cabeza del muerto. Se la mostró a O'Malley y éste, levantándose, fue derecho al teléfono.

Pronto llegaron otros policías. Primero un médico, después dos detectives, a uno de los cuales conocía de nombre. Más tarde, un fotógrafo de la Policía que tomó algunos planos y otro hombre encargado de las huellas dactilares. Se oían cuchicheos por la habitación donde yacía el muerto y los detectives le hicieron muchas preguntas. No obstante, siempre la trataron con amabilidad.

Volvió a contar la historia otra vez, ahora desde el principio. Cuando Patrick llegó ella estaba cosiendo, y él se sintió tan fatigado que no quiso salir a cenar. Dijo que había puesto la carne en el horno —allí estaba, asándose— y se había marchado a la tienda de comestibles a comprar verduras. De vuelta lo había encontrado tendido en el suelo.

—¿A qué tienda ha ido usted? —preguntó uno de los detectives.

Se lo dijo, y entonces el detective se volvió y musitó algo en voz baja al otro detective, que salió inmediatamente a la calle.

«..., parecía normal..., muy contenta..., quería prepararle una buena cena..., guisantes..., pastel de queso..., imposible que ella...»

Transcurrido algún tiempo el fotógrafo y el médico se marcharon y los otros dos hombres entraron y se llevaron el cuerpo en una camilla. Después se fue el hombre de las huellas dactilares. Los dos detectives y los policías se quedaron. Fueron muy amables con ella; Jack Nooan le preguntó si no se iba a marchar a otro sitio, a casa de su hermana, quizá, o con su mujer, que cuidaría de ella y la acostaría.

—No —dijo ella.

No creía en la posibilidad de que pudiera moverse ni un solo metro en aquel momento. ¿Les importaría mucho que se quedara allí hasta que se encontrase mejor? Todavía estaba bajo los efectos de la impresión sufrida.

—Pero ¿no sería mejor que se acostara un poco? —preguntó Jack Nooan.

—No —dijo ella.

Quería estar donde estaba, en esa silla. Un poco más tarde, cuando se sintiera mejor, se levantaría.

La dejaron mientras deambulaban por la casa, cumpliendo su misión. De vez en cuando uno de los detectives le hacía una pregunta. También Jack Nooan le hablaba cuando pasaba por su lado. Su marido, le dijo, había muerto de un golpe en la cabeza con un instrumento pesado, casi seguro una barra de hierro. Ahora buscaban el arma. El asesino podía habérsela llevado consigo, pero también cabía la posibilidad de que la hubiera tirado o escondido en alguna parte.

—Es la vieja historia —dijo él—, encontraremos el arma y tendremos al criminal.

Más tarde, uno de los detectives entró y se sentó a su lado.

—¿Hay algo en la casa que pueda haber servido como arma homicida? —le preguntó—. ¿Le importaría echar una mirada a ver si falta algo, un atizador, por ejemplo, o un jarrón de metal?

—No tenemos jarrones de metal —dijo ella.

—¿Y un atizador?

—No tenemos atizador, pero puede haber algo parecido en el garaje.

La búsqueda continuó.

Ella sabía que había otros policías rodeando la casa. Fuera, oía sus pisadas en la grava y a veces veía la luz de una linterna infiltrarse por las cortinas de la ventana. Empezaba a hacerse tarde, eran cerca de las nueve en el reloj de la repisa de la chimenea. Los cuatro hombres que buscaban por las habitaciones empezaron a sentirse fatigados.

—Jack —dijo ella cuando el sargento Nooan pasó a su lado—, ¿me quiere servir una bebida?

—Sí, claro. ¿Quiere whisky?

—Sí, por favor, pero poco. Me hará sentir mejor. Le tendió el vaso.

—¿Por qué no se sirve usted otro? —dijo ella—; debe de estar muy cansado; por favor, hágalo, se ha portado muy bien conmigo.

—Bueno —contestó él—, no nos está permitido, pero puedo tomar un trago para seguir trabajando.

Uno a uno, fueron llegando los otros y bebieron whisky. Estaban un poco incómodos por la presencia de ella y trataban de consolarla con inútiles palabras.

El sargento Nooan, que rondaba por la cocina, salió y dijo:

—Oiga, señora Maloney. ¿Sabe que tiene el horno encendido y la carne dentro?

—¡Dios mío! —gritó ella—. ¡Es verdad!

—¿Quiere que vaya a apagarlo?

—¿Sería tan amable, Jack? Muchas gracias.

Cuando el sargento regresó por segunda vez lo miró con sus grandes y profundos ojos.

—Jack Nooan —dijo.

—¿Sí?

—¿Me harán un pequeño favor, usted y los otros?

—Si está en nuestras manos, señora Maloney...

—Bien —dijo ella—. Aquí están ustedes, todos buenos amigos de Patrick, tratando de encontrar al hombre que lo mató. Deben de estar hambrientos porque hace rato que ha pasado la hora de la cena, y sé que Patrick, que en gloria esté, nunca me perdonaría que estuviesen en su casa y no les ofreciera hospitalidad. ¿Por qué no se comen el cordero que está en el horno? Ya estará completamente asado.

—Ni pensarlo —dijo el sargento Nooan.

—Por favor —pidió ella—, por favor, cómanlo. Yo no voy a tocar nada de lo que había en la casa cuando él estaba aquí, pero ustedes sí pueden hacerlo. Me harían un favor si se lo comieran. Luego, pueden continuar su trabajo.

Los policías dudaron un poco, pero tenían hambre y al final decidieron ir a la cocina y cenar. La mujer se quedó donde estaba, oyéndolos a través de la puerta entreabierta. Hablaban entre sí a pesar de tener la boca llena de comida.

—¿Quieres más, Charlie?

—No, será mejor que no lo acabemos.

—Pero ella quiere que lo acabemos, eso fue lo que dijo. Le hacemos un favor.

—Bueno, dame un poco más.

—Debe de haber sido un instrumento terrible el que han usado para matar al pobre Patrick —decía uno de ellos—, el doctor dijo que tenía el cráneo hecho trizas.

—Por eso debería ser fácil de encontrar.

—Eso es lo que a mí me parece.

—Quienquiera que lo hiciera no iba a llevar una cosa así, tan pesada, más tiempo del necesario. Uno de ellos eructó:

—Mi opinión es que tiene que estar aquí, en la casa.

—Probablemente bajo nuestras propias narices. ¿Qué piensas tú, Jack?

En la otra habitación, Mary Maloney empezó a reírse entre dientes.

La zambullida - Roald Dahl

    En la mañana del tercer día, el mar se calmó. Incluso los pasajeros más delicados —aquellos que no habían sido vistos a bordo desde que el barco emprendió el viaje— salieron de sus camarotes y se arrastraron hasta la cubierta superior, donde el camarero les atendió amablemente, proporcionándoles sillas extensibles para tumbarse y mantas con que envolverse las piernas, bajo los rayos del pálido sol de enero.

Los dos primeros días habían resultado bastante agitados, y aquella repentina calma y la sensación de comodidad que trajo consigo creó una atmósfera más jovial en todo el buque. Cuando anocheció, los pasajeros, con doce horas de buen tiempo detrás de ellos, empezaban a sentirse confiados, y a las ocho, el comedor principal estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire complacido y tranquilo de un experto lobo de mar.

La cena no había llegado a su mitad criando los pasajeros se dieron cuenta, a causa de una leve fricción entre sus cuerpos y los asientos de sus sillas, de que el buque había empezado de nuevo a bailar. Muy suavemente al principio, con un leve movimiento oscilatorio, pero aquello bastó para provocar un sutil e inmediato cambio de humor entre las personas que se encontraban en el comedor. Unos cuantos pasajeros levantaron la cabeza, vacilando, esperando, casi escuchando que llegara el siguiente bandazo, sonriendo nerviosamente, sin conseguir ocultar del todo el miedo que se reflejaba en sus ojos. Los que no habían sido afectados por la situación empezaron a bromear, haciendo chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que experimentaban una sensación de malestar en la boca del estómago. El movimiento del barco se hizo cada vez más violento, y cinco o seis minutos después del primer bandazo, oscilaba pesadamente de lado a lado, mientras los pasajeros se agarraban a sus sillas, como náufragos que se aferraran a una tabla de salvación.

Finalmente llegó lo peor, y Mr. William Botibol, sentado a la mesa del sobrecargo, vio que su plato de turbot escalfado con salsa holandesa se deslizaba repentinamente por debajo de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación y todo el mundo trató de poner a salvo sus platos y sus vasos. Mrs. Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, lanzó un chillido y se agarró al brazo de aquel caballero.

—Vamos a tener una mala noche —dijo el sobrecargo, mirando a Mrs. Renshaw—. Creo que se prepara una noche muy mala.

Un camarero roció apresuradamente los manteles con agua, para evitar que los platos se deslizaran. La excitación se calmó. La mayoría de los pasajeros continuaron cenando. Un pequeño número, entre ellos Mrs. Renshaw, se puso en pie y abandonó el comedor con paso inseguro.

—Bueno —dijo el sobrecargo—, se ha marchado.

Se refería a Mrs. Renshaw, a juzgar por el suspiro de alivio que acompañó a aquellas palabras. Luego, el sobrecargo miró con aire de aprobación al resto de su rebaño que estaba tranquilamente sentado, reflejando en sus rostros aquel extraordinario orgullo que los viajeros parecen experimentar al ser reconocidos como «buenos marinos».

Cuando terminó la cena y sirvieron el café, Mr. Botibol, que había permanecido anormalmente serio y pensativo desde que empezó el «baile», se puso repentinamente en pie y empujó su taza de café hasta el lugar que había ocupado mistress Renshaw, al lado del sobrecargo. Luego dio la vuelta a la mesa y se instaló en la silla que aquella dama había abandonado. Inclinándose hacia el sobrecargo, le susurró al oído:

—Perdone… ¿Puedo hacerle una pregunta, por favor?

El sobrecargo, un hombre bajito y rechoncho, de rostro enrojecido, se inclinó hacia adelante para escuchar.

—¿Qué sucede, Mr. Botibol?

—Lo que deseo saber es esto —el rostro del hombre tenía una expresión de ansiedad, y el sobrecargo estaba contemplándolo—. Lo que deseo saber es si el capitán ha efectuado ya su cálculo del trayecto a recorrer por el buque… para la subasta, quiero decir.

El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se retrepó en su silla para relajar su estómago repleto.

—Yo diría que sí —respondió.

No se molestó en susurrar su respuesta, aunque maquinalmente bajó el tono de su voz, como suele hacerse para contestar a un susurro.

—¿Cuánto hace que lo calculó?

—Habrá sido esta tarde. Suele hacerlo por la tarde.

—¿A qué hora?

—No lo sé. Supongo que alrededor de las cuatro.

—Ahora, dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán el número que ha de servir de base a la subasta? ¿No es un poco complicado?

El sobrecargo contempló el ansioso rostro de Mr. Botibol y sonrió, sabiendo perfectamente adonde quería ir a parar con sus preguntas.

—Verá, el capitán tiene una pequeña conferencia con el piloto, estudian el tiempo y otros factores, y a base de ellos hacen su cálculo.

Mr. Botibol asintió, rumiando aquella respuesta unos instantes. Luego dijo:

—¿Cree usted que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo?

—No puedo decírselo —respondió el sobrecargo. Estaba mirando los ojillos negros de su interlocutor, viendo las chispas de excitación que danzaban en sus pupilas—. No puedo decírselo, Mr. Botibol. Lo ignoro.

—Si el tiempo empeora, podría resultar conveniente comprar alguno de los números bajos, ¿no cree?

El susurro era ahora más apremiante, más ansioso.

—Tal vez —dijo el sobrecargo, sin comprometerse—. Dudo de que el viejo previera que íbamos a tener una mala noche. Cuando hizo el cálculo, esta tarde, la calma era absoluta.

Los otros ocupantes de la mesa se habían quedado en silencio y trataban de escuchar la conversación, contemplando al sobrecargo con aquella intensa mirada que puede verse también en los aficionados a las carreras de caballos, cuando tratan de oír lo que dice un entrenador acerca de sus posibilidades: los labios ligeramente entreabiertos, las cejas enarcadas, la cabeza tendida hacia adelante…

—Ahora, supongamos que usted pudiera comprar un número —susurró Mr. Botibol—. ¿Cuál escogería hoy?

—No sé todavía cuál es el número base —respondió pacientemente el sobrecargo—. No lo anuncian hasta que empieza la subasta, después de la cena. En realidad, no entiendo mucho en la materia. No soy más que el sobrecargo…

Mr. Botibol se puso en pie.

—Perdone la molestia —dijo, y echó a andar cuidadosamente por entre las otras mesas, agarrándose de cuando en cuando al respaldo de una silla para contrarrestar los efectos del balanceo del barco.

—A la cubierta superior, por favor —le dijo Mr. Botibol al ascensorista.

Al poner pie en cubierta, el viento le dio de lleno en el rostro. Avanzó tambaleándose hasta la borda, y se agarró fuertemente a la barandilla con las dos manos. Desde allí contempló el mar, cada vez más oscuro, y las grandes olas coronadas de espuma que cabalgaban a lomos del viento.

—Mal tiempo, ¿verdad? —dijo el ascensorista, cuando Mr. Botibol se decidió a bajar de nuevo.

Mr. Botibol estaba pasándose un peine rojo por los alborotados cabellos.

—¿Cree usted que el mal tiempo retrasará la marcha del barco? —preguntó.

—Desde luego que sí. Ya la ha retrasado considerablemente desde que empezó el «baile». Con un tiempo como éste hay que aminorar la velocidad, ya que de no hacerlo los pasajeros botarían como pelotas por todo el barco.

Abajo, en uno de los salones, la gente estaba reuniéndose ya para la subasta. Se agrupaban alrededor de las diversas mesas, los hombres un poco rígidos en sus smokings, las mujeres con los blancos brazos al aire. Mr. Botibol ocupó una silla cerca de la mesa del subastador. Cruzó las piernas, plegó los brazos y adoptó el aire más bien desesperado de un hombre que ha tomado una terrible decisión y se niega a sí mismo el derecho a asustarse.

La subasta, pensaba, ascendería probablemente a unos siete mil dólares, juzgando lo que había sucedido los dos días anteriores, en que los números se habían vendido entre trescientos y cuatrocientos dólares cada uno. Tratándose de un barco inglés, cobraban en libras, pero a Mr. Botibol le gustaba pensar en términos de su propia moneda. Siete mil dólares era mucho dinero. Muchísimo dinero. ¡Santo cielo, lo que haría él si desembarcara con el bolsillo lleno de billetes de cien dólares! En primer lugar, se compraría un «Lincoln» descapotable. Eso en primer lugar. Lo compraría nada más desembarcar, y se presentaría con él en casa. ¡La cara que pondría Ethel cuando se asomara a la puerta y lo viera! Valdría la pena ver la expresión del rostro de Ethel ante un «Lincoln» descapotable color verde pálido, último modelo.

«Hola, Ethel —diría Mr. Botibol, en tono indiferente—. Te he traído un regalito. Lo vi en el escaparate cuando pasaba, y pensé en ti y en lo mucho que siempre has deseado tenerlo. ¿Te gusta, querida? —diría—. ¿Te gusta el color?».

Y luego contemplaría su rostro.

El subastador estaba ahora de pie detrás de su mesa.

—¡Damas y caballeros! —gritó—. Va a empezar la subasta. El capitán ha calculado en quinientas quince las millas a recorrer por el barco hasta el mediodía de mañana. Como de costumbre, subastaremos los diez números anteriores y los diez posteriores al quinientos quince, es decir, desde el quinientos cinco al quinientos veinticinco, ambos inclusive. Y, desde luego, para los que opinen que las millas recorridas estarán por encima o por debajo de esos números, subastaremos separadamente «números altos» y «números bajos». ¡Atención! Ahora vamos a extraer el primer número del sombrero… Aquí está… ¡Damas y caballeros! ¡El quinientos doce!

El salón quedó en silencio. Todos los presentes permanecían inmóviles en sus sillas, mirando al subastador. Había cierta tensión en el aire, y a medida que las pujas eran más altas la tensión iba en aumento. Aquello no era un juego ni una broma; para convencerse de ello, bastaba con fijarse en cómo miraba un hombre a otro que había superado su puja…, sonriendo, quizá, pero sólo de labios para afuera, los ojos brillantes y completamente fríos.

El número quinientos doce fue adjudicado en ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes fueron adquiridos por una suma parecida.

El barco oscilaba fuertemente, y a cada bandazo el revestido de madera de las paredes crujía como si fuera a partirse. Los pasajeros se agarraban a los brazos de sus asientos, concentrados en la subasta.

—¡Números bajos! —anunció el subastador—. A continuación subastaremos los números bajos.

Mr. Botibol se irguió en su silla, con todo su cuerpo en tensión. Esperaría, había decidido, hasta que los demás terminaran de pujar; en el último momento, se levantaría de un salto y haría su oferta. Había calculado que tenía algo más de quinientos dólares en su cuenta del banco…, casi seiscientos. Esto representaba unas doscientas libras…, más de doscientos. Podía pujar hasta esa suma.

—Como todos ustedes saben —estaba diciendo el subastador—, los números bajos cubren todos los números que se encuentran por debajo del quinientos cinco. De modo que si ustedes opinan que el barco va a recorrer menos de quinientas millas durante las veinticuatro horas que finalizarán mañana al mediodía, ahora es el momento de que pujen. ¿Cuánto ofrecen por los números bajos?

Las ofertas alcanzaron rápidamente las ciento treinta libras. Por lo visto, Mr. Botibol no era el único que se había dado cuenta de que el tiempo había empeorado. Ciento cuarenta…, cincuenta…

El subastador levantó su maza.

—Ciento cincuenta a la una…

—¡Sesenta! —gritó Mr. Botibol, y todos los rostros se volvieron hacia él.

—¡Setenta!

—¡Ochenta! —gritó Mr. Botibol.

—¡Noventa!

—¡Doscientas! —gritó Mr. Botibol. No iba a detenerse ahora… por nadie.

Se produjo una pausa.

—¿Alguien ofrece más de doscientas libras?

«Quédate quieto —se dijo a sí mismo Mr. Botibol—. Absolutamente quieto, sin levantar la mirada. Levantar la mirada trae mala suerte. No respires. Mientras contengas la respiración, nadie va a pujar».

—Doscientas libras a la una…

El subastador tenía un cráneo sonrosado y calvo, y ahora brillaban en él unas gotitas de sudor.

—Doscientas libras a las dos…

Mr. Botibol contuvo la respiración.

—Doscientas libras… ¡a las tres!

El subastador dejó caer la maza sobre la mesa. Mr. Botibol rellenó un cheque y se lo entregó al ayudante del subastador. Luego se retrepó en su asiento para esperar el final de la subasta. No quería acostarse sin saber a cuánto ascendía el total.

Efectuada la suma, arrojó la cifra de dos mil cien libras. Seis mil dólares, aproximadamente. El noventa por ciento para el ganador y el diez por ciento para el Colegio de Huérfanos de la Marina Mercante. El noventa por ciento de seis mil dólares eran cinco mil cuatrocientos dólares. Bueno, había suficiente. Podría comprar el «Lincoln» descapotable, y aún le quedaría algo. Mr. Botibol se dirigió a su camarote andando sobre algodonosas nubes de color de rosa.

Cuando Mr. Botibol se despertó, a la mañana siguiente, permaneció completamente inmóvil durante varios minutos, con los ojos cerrados, atento al sonido del vendaval, al balanceo del barco. No hacía viento, y el barco no se balanceaba. Se levantó de un salto y miró a través del ojo de buey. ¡Santo cielo! El barco se deslizaba rápidamente por un mar tan liso como el cristal. Mr. Botibol dio media vuelta y fue a sentarse en el borde de su litera. Notaba una intensa sensación de malestar en la boca del estómago. Sus sueños empezaban a derrumbarse. Después de lo que acababa de ver, era más que seguro que ganaría uno de los números altos.

«¡Dios mío! —murmuró—. ¿Qué voy a hacer?».

¿Qué diría Ethel, por ejemplo? No podía decirle a su esposa que se había gastado casi todos sus ahorros de dos años en un boleto de la subasta del barco… Y, por otra parte, no podía dejar de decírselo. ¿Cómo justificaría la volatilización del dinero de su cuenta corriente? ¿Y los plazos mensuales del aparato de televisión y de la Enciclopedia Británica? Mr. Botibol veía ya la rabia y el desprecio en los ojos de su esposa, el azul convirtiéndose en gris, como sucedía siempre que Ethel se ponía furiosa.

«¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer?».

No tenía la menor posibilidad de ganar, a menos que sucediera un milagro y el barco hiciera marcha atrás. ¡Absurdo! Aunque… tal vez si se presentaba al capitán y le ofrecía, el diez por ciento de los beneficios… O el veinte por ciento… De repente, Mr. Botibol se quedó completamente inmóvil, con los ojos y la boca muy abiertos, con una expresión en la que se mezclaban la incredulidad y la sorpresa. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Mr. Botibol se puso en pie, muy excitado, corrió hacia el ojo de buey y contempló de nuevo el mar. Bueno, pensó, ¿por qué no? ¿Por qué no? El mar estaba tranquilo y no tendría dificultades en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien había apelado al mismo procedimiento con anterioridad, pero eso no era obstáculo para que él volviera a hacerlo. El barco tendría que detenerse, bajar un bote, y el bote tendría que retroceder media milla, como mínimo, para recogerle, y luego tendrían que regresar hasta el barco y ser izados a bordo. La operación duraría una hora, por lo menos. Una hora representaba treinta millas. Lo suficiente para que ganaran los «números bajos». Desde luego, tenía que asegurarse de que alguien le veía caer; pero eso sería fácil de arreglar. Y sería preferible que llevara unas ropas ligeras, a fin de poder nadar con más facilidad. Algo deportivo… Se vestiría como si fuera a jugar un partido de tenis en cubierta: una camisa, unos pantalones cortos y unas zapatillas de tenis. Y dejaría su reloj en el camarote. ¿Qué hora era? Las nueve y cuarto. Bueno, cuanto antes, mejor. No podía olvidar que el plazo de la subasta finalizaba a mediodía.

Mr. Botibol estaba asustado y excitado al mismo tiempo cuando apareció en la cubierta superior. Miró nerviosamente a su alrededor. Sólo había otra persona a la vista, una mujer de edad madura, muy gorda, que estaba apoyada en la barandilla, contemplando el mar. Llevaba un abrigo de piel de astracán con el cuello levantado, de modo que Mr. Botibol no pudo verle la cara.

Avanzó cautelosamente, examinándola desde cierta distancia.

«Sí —se dijo a sí mismo—. Probablemente servirá. Probablemente dará la alarma con tanta rapidez como cualquier otra persona. Pero, un momento, no te precipites, William Botibol, no te precipites. ¿Recuerdas lo que te dijiste a ti mismo hace unos instantes en el camarote, cuando te estabas cambiando de ropa? ¿Lo recuerdas?».

La idea de saltar de un barco en pleno océano a mil millas de distancia de la costa más próxima había convertido a Mr. Botibol —cauteloso por naturaleza— en un hombre extraordinariamente prudente. Tenía que estar absolutamente seguro de que la mujer que veía delante de él daría la alarma en cuanto le viera saltar. En su opinión, existían dos posibles motivos por los cuales la mujer podía fallarle. En primer lugar, podía tratarse de una mujer sorda y ciega. No era muy probable, pero tampoco era imposible… ¿Por qué correr el riesgo? Lo único que tenía que hacer era comprobarlo, hablando con ella unos instantes. Además —y esto demuestra lo suspicaz que se hace la mente de un hombre cuando funciona apremiada por el miedo y el instinto de conservación—, además, la mujer podía haber comprado uno de los números altos de la subasta, y en consecuencia tener un buen motivo financiero para no desear que el barco se detuviera. Mr. Botibol recordó a los individuos que habían asesinado a camaradas suyos por mucho menos de seis mil dólares. No, tampoco podía correr ese riesgo. No le costaba nada comprobarlo, a través de unos instantes de conversación. Luego, suponiendo que la mujer resultara ser una persona amable y encantadora, Mr. Botibol podría saltar por la borda con el corazón ligero.

Mr. Botibol avanzó de un modo casual hacia la mujer y se colocó a su lado, apoyado en la barandilla.

—Buenos días —dijo en tono afable.

La mujer se volvió hacia él y sonrió, con una sonrisa sorprendentemente cordial, casi hermosa, a pesar de que el rostro era más bien feo.

—Buenos días —respondió la mujer.

No era ni ciega ni sorda, desde luego. Mr. Botibol se frotó las manos, satisfecho.

—Dígame —continuó, yendo directo al asunto—, ¿qué opina usted de la subasta de anoche?

—¿Subasta? —inquirió la mujer, enarcando las cejas—. ¿Subasta? ¿Qué subasta?

—La que se celebra en el salón después de la cena, vendiendo números que corresponden al recorrido diario del barco. Me estaba preguntando qué opina usted de ella.

La mujer movió la cabeza y volvió a sonreír, con una sonrisa dulce y agradable que pretendía ser una disculpa.

—Soy muy perezosa —dijo—. Me acuesto siempre muy temprano. Ceno en la cama, ¿sabe? Cenar en la cama resulta muy agradable.

Mr. Botibol le devolvió la sonrisa y se dispuso a separarse de la mujer.

—Voy a hacer un poco de ejercicio —dijo—. Por la mañana hago siempre un poco de ejercicio. Encantado de conocerla… Encantado de conocerla, señora…

Retrocedió unos diez pasos, y la mujer le dejó marchar sin volver la cabeza.

Ahora todo estaba en orden: el mar tranquilo, Mr. Botibol vestido adecuadamente para nadar, la seguridad de que en aquella parte del Atlántico no había tiburones, y aquella amable mujer para dar la voz de alarma. El único problema estribaba en si el barco se detendría el tiempo suficiente para inclinar la balanza a su favor. Sí, probablemente sí. De todos modos, Mr. Botibol podía ayudarse un poco a sí mismo en ese sentido. Podía retrasar el momento de que le izaran a bordo del bote salvavidas. Nadando alrededor de la embarcación, como si las olas le empujaran contra su voluntad… Cada minuto, cada segundo ganado le ayudaría a vencer. Empezó a avanzar de nuevo hacia la barandilla, pero ahora le asaltó un nuevo temor. ¿Y si resultaba atrapado en el remolino de las hélices? Más de una persona se había caído de un barco y había resultado destrozada por las hélices… Bueno, pero él no iba a caerse, él iba a saltar, lo cual cambiaba las cosas. En el supuesto de que saltara lo bastante lejos como para evitar el peligroso remolino, claro está.

Mr. Botibol avanzó lentamente hasta la barandilla, a unos veinte metros de distancia de la mujer. En aquel momento, ella no le miraba. Mucho mejor. Mr. Botibol no deseaba que la mujer le viera saltar. Así, él podría afirmar más tarde que había resbalado, cayendo al mar, por accidente. Miró hacia abajo. Era un buen salto, desde luego. Pensándolo bien, existía el peligro de que se lastimara seriamente al chocar contra el agua. En cierta ocasión, alguien había resultado muerto al saltar al agua desde un trampolín y caer sobre su estómago… ¡Cuidado! Tenía que saltar de pie y hender el agua como un cuchillo. De acuerdo. El agua parecía fría y profunda y gris, y Mr. Botibol tembló ligeramente al mirarla. Pero ahora o nunca. De acuerdo: ahora…

Trepó a la barandilla, se balanceó sobre ella durante tres terribles segundos y saltó…, saltó tan lejos como le fue posible, y al mismo tiempo gritó:

—¡Socorro!

Mientras caía volvió a gritar:

—¡Socorro! ¡Socorro!

Luego chocó contra el agua y se hundió.

Cuando resonó el primer grito, la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un respingo de sorpresa. Miró rápidamente a su alrededor y vio volar por el aire a aquel hombre que llevaba pantalones cortos y zapatillas de tenis, con los brazos extendidos como las alas de un águila y gritando mientras descendía. Por un instante, pareció como si la mujer no estuviera muy segura de lo que tenía que hacer; lanzar al agua un cinturón salvavidas, echar a correr y dar la voz de alarma, o simplemente aullar. Retrocedió un paso y se quedó inmóvil, tensa, indecisa. Luego, todo su cuerpo pareció relajarse y volvió a inclinarse sobre la barandilla, contemplando el agua. No tardó en divisar un puntito negro y redondo…, una cabeza de hombre, y un brazo levantado por encima de aquella cabeza, moviéndose desesperadamente, mientras una vocecita lejana decía algo que la mujer no conseguía entender. Se inclinó un poco más sobre la barandilla, tratando de no perder de vista el puntito negro, pero al cabo de unos instantes, muy breves, el puntito se había alejado tanto que la mujer no pudo tener la seguridad de que lo estaba viendo.

Al cabo de un rato apareció otra mujer en cubierta. Una mujer huesuda y angulosa, con gafas. Se dirigió rápidamente hacia la barandilla, andando con la marcialidad de un sargento.

—¡De modo que está usted aquí! —dijo.

La mujer gorda se volvió a mirar a la recién llegada, pero no dijo nada.

—La he estado buscando por todas partes —continuó la mujer huesuda—. Buscándola por todas partes.

—Es muy raro —dijo la mujer gorda—. Un hombre acaba de saltar por la borda, completamente vestido.

—¡Tonterías!

—¡Oh, sí! Dijo que quería hacer un poco de ejercicio, y saltó al agua sin molestarse siquiera en quitarse la ropa.

—Bueno, vamos para abajo —dijo la mujer huesuda. Su anguloso rostro tenía ahora una expresión vigilante, y habló con menos amabilidad que antes—. Y que sea la última vez que sube sola a cubierta. Ya sabe que no me gusta que me desobedezca…

—Sí, Maggie —respondió obedientemente la mujer gorda. Sonrió de nuevo, con una sonrisa tierna y confiada, y se cogió de la mano de la mujer huesuda para cruzar la cubierta—. Era un hombre encantador —murmuró—. Me saludaba desde el agua, agitando la mano.