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La patrona - Roald Dahl

Billy Weaver viajó desde Londres en el tren correo, hizo un cambio en Reading y cuando llegó a Bath eran casi las nueve de la noche y la luna estaba saliendo en un cielo lleno de estrellas sobre las casas situadas frente a la entrada de la estación. Pero el aire era terriblemente frío y el viento parecía una hoja de hielo sobre sus mejillas.

—Perdóneme —dijo—, ¿existe por aquí algún hotel barato que no esté muy lejos?

—Intente en La Campana y el Dragón —contestó el mozo de estación—. Puede que le acepten. Sólo está a unos cientos de metros siguiendo esa calle, al otro lado.

Billy dio las gracias, cogió su maleta y se dispuso a andar los cientos de metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado antes en Bath. No conocía a nadie allí. Pero míster Greenslade, de la oficina central en Londres, le había dicho que se trataba de una ciudad espléndida.

—Encuentra tu propio alojamiento —le había dicho—. Después, en cuanto te hayas instalado, te presentas al director de la sucursal.

Billy tenía diecisiete años. Llevaba un abrigo de color azul marino, un sombrero nuevo, flexible y marrón, y un traje nuevo, también de color marrón. Se sentía muy bien. Echó a andar con energía por la calle. Durante aquellos días estaba tratando de hacerlo todo con energía.

Había llegado a la conclusión de que la energía era la única característica común de todos los hombres de negocios con éxito. Los grandes jefes de la oficina central eran absoluta y fantásticamente enérgicos en todo momento. Eran personas asombrosas.

No había tiendas en esta amplia calle que ahora estaba recorriendo. Sólo una línea de casas altas a cada lado, todas ellas idénticas. Tenían porches y columnas y cuatro o cinco escalones que conducían a sus puertas de entrada; era evidente que, en algún otro tiempo, habían sido residencias ostentosas.

Pero ahora, incluso en la oscuridad, podía ver que la pintura de la madera de las puertas y ventanas estaba toda desconchada, y que las elegantes fachadas blancas estaban resquebrajadas y llenas de manchas, como consecuencia del descuido.

De pronto, en una ventana baja brillantemente iluminada por un farón, no más lejos de cinco metros, Billy vio un cartel impreso pegado contra el cristal de uno de los paneles superiores. Decía CAMA Y DESAYUNO. Justo debajo de la nota había un florero alto y bonito, lleno de crisantemos amarillos.

Se detuvo. Se acercó un poco más. En el interior, y a ambas partes de la ventana, colgaban unas cortinas verdes de algún tipo de tela aterciopelada. Los crisantemos tenían un aspecto maravilloso a su lado. Se dirigió directamente hacia la ventana y, a través del cristal, echó un vistazo al interior de la habitación; lo primero que vio fue un gran fuego encendido en la chimenea. Sobre la alfombra que había frente al fuego vio un pequeño y bonito perro tejonero, acurrucado y dormido, con la nariz escondida en el cuerpo.

Por lo que podía ver en la semioscuridad, la habitación estaba llena de agradables muebles. Había un piano, un gran sofá y algunos pesados sillones; en una de las esquinas, alcanzó a ver un gran papagayo, metido en una jaula. Billy se dijo a sí mismo que, en un lugar como este, los animales eran un buen signo. Después de todo, aquello tenía aspecto de ser una casa agradable y decente en la que poder quedarse. Sin duda alguna, sería mucho más cómoda que La Campana y el Dragón.

Por otra parte, una casa de huéspedes sería mucho más agradable que una pensión. Habría cerveza y juegos por las noches, una buena cantidad de gente con la que poder conversar y, probablemente, también resultaría más barata. En cierta ocasión, había pasado un par de días en una casa de huéspedes y le agradó.

Nunca había estado viviendo en una pensión y, en el fondo, sentía un ligero temor hacia ellas. El mismo nombre conjuraba en su mente imágenes de coles aguadas, patronas rapaces y un poderoso olor de arenques ahumados en la sala de estar.

Después de vacilar y pensar en todo esto durante dos o tres minutos, expuesto al frío de la noche, Billy decidió seguir andando, y dar un vistazo a La Campana y el Dragón antes de tomar una decisión. Así pues, se volvió dispuesto a marcharse.

Entonces, le sucedió algo extraño. Estaba a punto de darse la vuelta y apartarse de la ventana cuando, de repente, su vista se fijó, sintiéndose atraído de un modo muy peculiar, por la pequeña nota pegada a la ventana. CAMA Y DESAYUNO, decía. CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO.

Cada una de las palabras era como un gran ojo negro que le observaba a través del cristal, reteniéndole, imponiéndose a él, forzándole a permanecer donde estaba y a no separarse de aquella casa. Después, sólo se dio cuenta de que se estaba moviendo, apartándose de la ventana, para dirigirse hacia la puerta de entrada de la casa, subiendo los escalones que conducían a ella y extendiendo su mano hacia el timbre.

Apretó el timbre. Algo alejado, en una habitación trasera, escuchó su sonido, y entonces inmediatamente —debió haber sido inmediatamente porque ni siquiera le dio tiempo a apartar el dedo del timbre— se abrió la puerta y una mujer apareció en ella.

Normalmente, uno toca el timbre y suele tener que esperar medio minuto antes de que se abra la puerta. Pero esta dama era como un resorte. Apretó el botón... ¡y allí apareció ella! Aquello le dio un buen susto.

Era una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, y en cuanto le vio le ofreció una cálida sonrisa de bienvenida.

—Entre, por favor —le dijo, agradablemente.

Ella se apartó un poco hacia atrás, manteniendo muy abierta la puerta de entrada, y Billy se encontró avanzando hacia el interior de la vivienda. El impulso, o más bien el deseo de seguirla hacia el interior de la casa, resultó ser extraordinariamente fuerte.

—Vi el anuncio en la ventana —dijo, deteniéndose.

—Sí, lo sé.

—Me estaba preguntando si podría alquilar una habitación.

—Todo está preparado para usted, querido —dijo la mujer.

Tenía un rostro rosado y rechoncho y unos ojos azules de mirada apacible.

—Me dirigía hacia La Campana y el Dragón —le dijo Billy—. Pero acerté a descubrir el anuncio de su ventana.

—Querido joven —dijo ella—, ¿por qué no entra? Hace mucho frío.

—¿Cuánto cobra usted?

—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.

Resultaba fantásticamente barato. Era menos de la mitad de lo que había estado dispuesto a pagar.

—Si eso resulta demasiado —añadió ella—, quizá pueda reducirlo un poco, aunque no mucho. ¿Quiere tomar un huevo en el desayuno? Los huevos resultan caros en estos momentos. Si no toma un huevo, serían seis peniques menos.

—Cinco chelines y seis peniques está bien —contestó—. Me gustaría mucho quedarme aquí.

—Sabía que le gustaría. Entre.

La mujer parecía terriblemente amable. Tenía exactamente el aspecto de la madre del mejor estudiante de la escuela que está dando la bienvenida a alguien que va a pasar allí las fiestas de Navidad. Billy se quitó el sombrero y cruzó el umbral.

—Cuélguelo ahí —dijo la mujer—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.

En el vestíbulo no había ningún otro abrigo, ni sombrero. Tampoco había paraguas, ni bastones... nada.

—Lo tenemos todo para nosotros —dijo ella, sonriendo por encima de su hombro mientras le mostraba el camino hacia arriba—. Como verá, no me sucede a menudo tener el placer de recibir a un visitante en mi pequeño nido.

Billy se dijo a sí mismo que aquella mujer parecía estar ligeramente chiflada. Pero ¿quién se puede quejar por una habitación que sólo cuesta cinco chelines y seis peniques?

—Había pensado que estaba abrumada de solicitudes —dijo con amabilidad.

—¡Oh! Lo estoy, querido; lo estoy, desde luego. El problema es que suelo ser un poquitín particular y prefiero elegir a mis huéspedes... Supongo que comprende lo que quiero decir.

—¡Oh, sí, claro!

—Pero siempre estoy preparada. En esta casa, todo está siempre preparado, día y noche, para el caso de que aparezca un joven caballero aceptable. Y resulta un placer muy agradable, querido, muy agradable, cuando, de tanto en tanto, abro la puerta y me encuentro con alguien que es exactamente la persona correcta —estaba a mitad de la escalera y se detuvo, manteniendo una mano en la barandilla, volviendo su cabeza hacia él y sonriéndole con unos labios pálidos—, como usted —añadió, y sus ojos azules recorrieron lentamente todo el cuerpo de Billy, desde la cabeza a los pies, y después a la inversa.

En el rellano del segundo piso, le dijo:

—Este piso es mío.

Subieron al piso superior.

—Y este es todo de usted —dijo—. Aquí está su habitación. Espero que le guste.

Le introdujo en una habitación pequeña pero encantadora, encendiendo antes la luz.

—El sol de la mañana penetra justo por esa ventana, míster Perkins. Porque es usted míster Perkins, ¿verdad?

—No —contestó—, mi apellido es Weaver.

—Míster Weaver. ¡Qué bonito! He puesto una botella de agua caliente entre las sábanas, míster Weaver. ¡Resulta tan agradable tener una botella de agua caliente en una cama extraña entre las sábanas limpias! ¿No le parece? Además, puede encender la calefacción a gas cada vez que sienta frío.

—Gracias —dijo Billy—, muchas gracias.

Se dio cuenta de que el cobertor había sido retirado de la cama, y de que las sábanas habían sido dobladas hacia un lado, como si todo estuviera preparado para que alguien se acostara inmediatamente.

—Me siento muy contenta de que haya aparecido usted —dijo ella, mirándole muy seriamente a la cara—. Ya estaba empezando a preocuparme.

—Está bien —dijo Billy con prontitud—. No debe preocuparse por mí.

Colocó la maleta sobre la silla y comenzó a abrirla.

—¿Qué le parece una buena cena, querido? ¿Se las ha arreglado para comer algo antes de venir aquí?

—No tengo apetito, gracias —contestó—. Creo que me meteré en la cama lo antes posible porque mañana me tengo que levantar bastante pronto para presentarme en la oficina.

—Está bien. Le dejaré ahora para que pueda deshacer la maleta. Pero antes de que se acueste, ¿le importaría bajar por la sala de estar, en la planta baja, para firmar el libro? Todo el mundo tiene que hacerlo, porque así es la ley del país, y no vamos a violar ninguna ley en estos momentos, ¿verdad?

Ella hizo un ligero gesto con la mano y salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta.

El hecho de que aquella patrona pareciera estar un poco fuera de sus cabales no preocupó a Billy en lo más mínimo. Después de todo, no sólo era inofensiva —no tenía ninguna duda sobre ello—, sino que evidentemente era una persona amable y generosa. Supuso que probablemente habría perdido a algún hijo en la guerra, o algo similar, y nunca había podido superarlo del todo.

Así pues, unos minutos más tarde, tras haber deshecho la maleta y haberse lavado las manos, bajó a la planta baja y entró en la sala de estar. Su patrona no estaba allí, pero el fuego seguía ardiendo en la chimenea y el pequeño perro tejonero seguía durmiendo tranquilamente frente a él. La sala tenía una atmósfera maravillosamente cálida y agradable. «Soy un tipo con suerte —pensó, frotándose las manos—. Esto está pero que muy bien.»

Encontró el libro de clientes, abierto sobre el piano, así es que cogió su pluma y escribió en él su nombre y dirección. En la página únicamente había otras dos inscripciones, y, como se suele hacer siempre con los libros de clientes cuando se tiene una oportunidad, comenzó a leerlas. Una de ellas correspondía a un tal Christopher Mullholland, de Cardiff. La otra era de Gregory W. Temple, de Bristol.

«Esto sí que resulta divertido», pensó de repente. Christopher Mullholland. Le sonaba de algo.

¿Dónde diablos había escuchado antes aquel nombre tan poco usual?

¿Se trataba de un compañero de escuela? ¿Era uno de los muchos admiradores de su hermana? ¿O un amigo de su padre? No, no era nadie de ellos. Volvió a echar un vistazo al libro.

Christopher Mullholland 231 Cathedral Road, Cardiff

Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol.

De hecho, y ahora que lo pensaba más detenidamente, no acababa de estar seguro de que el segundo nombre no le resultara tan familiar como el primero.

—¿Gregory Temple? —se preguntó en voz alta, buscando en su memoria—. ¿Christopher Mullholland?

—Unos muchachos muy encantadores —le contestó una voz detrás de él.

Se volvió y vio a la patrona entrando en la sala, llevando en las manos una gran bandeja de plata para el té. La mantenía algo apartada de sí, frente a ella y a bastante altura, como si la bandeja fuera un par de riendas pertenecientes a un caballo retozón.

—De algún modo, esos nombres me son familiares —dijo.

—¿De verdad? Eso es muy interesante.

—Estoy casi convencido de que he escuchado esos nombres antes, en alguna parte. ¿No es algo curioso? Quizá los haya visto impresos en los periódicos. No se trataba de personas famosas en ningún sentido, ¿no cree? ¿No serían jugadores de críquet, o de fútbol, o algo así?

—Famosos —dijo ella, colocando la bandeja de té sobre una mesa baja situada frente al sofá—. ¡Oh, no! No creo que fueran famosos. Pero ambos eran increíblemente elegantes y apuestos, eso se lo puedo asegurar. Eran jóvenes, altos y apuestos, querido, exactamente como usted.

Una vez más, Billy echó un vistazo al libro.

—Mire aquí —dijo, dándose cuenta de las fechas—. Esta última entrada se hizo hace más de dos años.

—¿De verdad?

—Sí, claro. Y Christopher Mullholland, que se inscribió con anterioridad, lo hizo un año antes..., o sea hace más de tres años.

—Querido —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza y dando un delicado y pequeño suspiro—, nunca lo habría pensado. ¡Cómo pasa el tiempo para todos nosotros! ¿Verdad, míster Wilkins?

—Mi apellido es Weaver —dijo Billy—. W-e-a-v-e-r.

—¡Oh, claro, desde luego! —exclamó ella, sentándose en el sofá—. ¡Qué tonta soy! Le pido disculpas. Me entra por un oído y me sale por el otro. Así soy yo, míster Weaver.

—¿Sabe usted algo? —dijo Billy—. Algo que resulta bastante extraordinario en todo esto.

—No, querido, no lo sé.

—Bueno, resulta que estos dos nombres —Mullholland y Temple— no sólo parezco recordarlos por separado, sino que de algún modo y de una forma muy peculiar, parece como si estuvieran relacionados en mi memoria. Como si los dos se hubieran hecho famosos por lo mismo, si es que comprende usted lo que quiero decir... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o como Churchill y Roosevelt.

—¡Qué divertido! —exclamó ella—. Pero venga ahora aquí, querido, y siéntese a mi lado, en el sofá. Le serviré una buena taza de té y un pastel de jengibre antes de que se vaya a la cama.

—No debería usted molestarse —dijo Billy—. No pretendía que hiciera nada de eso.

Se quedó de pie, junto al piano, observándola mientras ella trajinaba con las tazas y los platos. Se dio cuenta de que tenía unas manos pequeñas, blancas, que se movían con rapidez, y cuyas uñas estaban pintadas de rojo.

—Estoy casi convencido de que vi sus nombres en los periódicos —dijo Billy—. Me acordará en un momento. Estoy seguro de acordarme.

No hay nada más desesperante que algo permanezca justo en los límites exteriores de nuestra memoria, sin acabar de penetrar en ella. No obstante, al joven le disgustaba tener que abandonar el esfuerzo.

—Un minuto —dijo—, espere un minuto. Mullholland... Christopher Mullholland..., ¿no se trata del estudiante de Eton que estaba realizando un viaje por West Country y que de repente...?

—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Quiere también azúcar?

—Sí, por favor. Y que de repente...

—¿Estudiante de Eton? —preguntó ella—. ¡Oh, no, querido! Eso no puede ser cierto porque mi míster Mullholland no era ningún estudiante de Eton cuando vino aquí. Era un graduado de Cambridge. Venga aquí ahora y siéntese a mi lado, y caliéntese un poco frente a este fuego tan estupendo. Vamos. Su té ya está preparado.

Dio unos ligeros golpes en el asiento vacío que había junto a ella, sobre el sofá, y se acomodó allí, sonriéndole a Billy y esperando que él se sentara a su lado.

Billy cruzó la habitación lentamente y se sentó en el borde del sofá. Ella colocó la taza de té frente a él, sobre la mesa.

—Aquí estamos —dijo la mujer—. ¿No le parece bonito y agradable?

Billy empezó a remover el azúcar del té. Ella hizo lo mismo. Durante medio minuto, ninguno de ellos dijo una sola palabra. Pero Billy sabía que ella le estaba mirando. Su cuerpo estaba medio doblado hacia el de él y podía sentir sus ojos, descansando sobre su rostro, observándole sobre el borde de la taza de té. De vez en cuando captaba un olorcillo peculiar que parecía emanar directamente de la mujer. No era un olor desagradable y le hizo recordar... bueno, no estaba completamente seguro de lo que aquel olor le recordaba. ¿Nueces en escabeche? ¿Cuero nuevo? ¿O se trataba más bien del olor habitual en los pasillos de un hospital?

—Míster Mullholland era un gran bebedor de té —dijo ella al cabo de un rato—. Nunca en mi vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el querido y dulce míster Mullholland.

—Supongo que se marchó de aquí hace poco tiempo —dijo Billy.

Su mente todavía estaba preguntándose de qué conocía aquellos dos nombres. Ahora estaba seguro de que los había visto publicados en los periódicos... en los titulares.

—¿Marcharse? —preguntó ella elevando las cejas—. Pero, querido, él nunca se marchó. Todavía está aquí. Míster Temple también está aquí. Están en el cuarto piso, los dos juntos.

Billy dejó lentamente su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su patrona. Ella le sonrió y entonces puso una de sus manos blancas sobre la rodilla del joven, dándole unas amistosas palmaditas.

—¿Cuántos años tiene usted, querido? —preguntó.

—Diecisiete.

—¡Diecisiete! —exclamó—. ¡Oh, es la edad perfecta! Míster Mullholland también tenía diecisiete años. Pero creo que era un poco más bajo que usted; en realidad, estoy segura de que lo era y sus dientes no eran tan blancos como los suyos. Tiene usted los dientes más bonitos que he visto, míster Weaver, ¿lo sabía?

—No son tan buenos como aparentan —dijo Billy—. Han sido simplemente reforzados por la parte de atrás.

—Míster Temple, desde luego, tenía unos cuantos años más —dijo ella, ignorando su observación—. Tenía veintiocho años. Y sin embargo, nunca lo hubiera supuesto si él mismo no me lo hubiera dicho. Nunca lo habría imaginado. No había un solo defecto en todo su cuerpo.

—¿Un qué? —preguntó Billy.

—Su piel era exactamente como la de un niño pequeño.

Hubo un momento de silencio. Billy cogió su taza de té y bebió otro sorbo; después, volvió a dejarla sobre el plato. Esperó a que ella dijera algo más, pero la mujer parecía haber caído en otro de sus largos silencios. Se quedó allí, sentado, mirando frente a él, hacia la esquina más alejada de la habitación, mordiéndose el labio inferior.

—Ese papagayo —dijo él por fin—, ¿sabe usted algo? Me dejó completamente perplejo la primera vez que le vi a través de la ventana. Podría haber jurado que estaba vivo.

—No, ya no lo está.

—Resulta terriblemente inteligente la forma como se ha hecho —dijo—. No parece estar muerto. ¿Quién lo hizo?

—Yo misma.

—¿Usted?

—Desde luego —contestó ella—. ¿Ha visto también a mi pequeño «Basil»?

Indicó con la mirada hacia el pequeño perro tejonero acurrucado cómodamente frente al fuego. Billy lo miró. Y, de repente, se dio cuenta de que el animal se había mantenido durante todo el tiempo tan silencioso y tan inmóvil como el papagayo. Extendió una mano y le tocó suavemente en el lomo. Estaba duro y frío y cuando apartó el pelo con sus dedos, pudo ver la piel debajo, de un color grisáceo, seca, y perfectamente conservada.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es absolutamente fascinante.

Apartó la mirada del perro y se quedó mirando con una profunda admiración a la mujer sentada junto a él en el sofá.

—Debe ser terriblemente difícil hacer una cosa así.

—En absoluto —dijo ella—. Diseco a todos mis animales domésticos cuando les llega el momento. ¿Quiere usted tomar otra taza de té?

—No, gracias —contestó Billy.

El té tenía un ligero gusto a almendras amargas y no sentía el menor interés de seguir bebiéndolo.

—Firmó usted en el libro, ¿verdad?

—¡Oh, sí!

—Eso está bien, porque más adelante, si me olvido de cómo se llama usted, siempre puedo comprobarlo en el libro. Eso es lo que hago casi todos los días con míster Mullholland y con míster..., míster...

—Temple —dijo Billy—, Gregory Temple. Permítame una pregunta: ¿no ha tenido ningún otro cliente durante los dos o tres últimos años?

Levantando mucho su taza de té con una mano, e inclinando ligeramente su cabeza hacia la izquierda, ella le miró desde las esquinas de sus ojos y le ofreció otra suave y amable sonrisa.

—No, querido —contestó—. Sólo usted.

El gran cambiazo - Roald Dahl (Primera Parte)

Había unas cuarenta personas en el cóctel que Jerry y Samantha daban aquella noche. Era la gente de siempre, la incomodidad de siempre, el horrible ruido de siempre. Los invitados tenían que apretujarse unos contra otros y hablar a gritos para hacerse oír. Muchos sonreían, mostrando unos dientes blancos y empastados. La mayoría de ellos tenía un cigarrillo en la mano izquierda y una copa en la derecha.

Me aparté de mi esposa, Mary, y su grupo y me dirigí hacia el pequeño bar que había en un rincón. Al llegar a él, me senté en un taburete de cara a la concurrencia. Lo hice para poder mirar a las mujeres. Me acomodé con los hombros apoyados en la barra, bebiendo sorbos de mi whisky escocés y examinando a las mujeres, una a una, por encima del borde de mi vaso.

No estudiaba sus figuras, sino sus rostros, y lo que me interesaba de ellos no era tanto el rostro en sí como la boca grande y roja que había en la mitad del mismo. Y ni siquiera me interesaba la boca en su totalidad, sino únicamente el labio inferior. Recientemente había decidido que el labio inferior era el gran revelador. Revelaba más cosas que los ojos. Los ojos ocultaban sus secretos. El labio inferior ocultaba muy poco. 

Ahí estaba, por ejemplo, el labio inferior de Jacinth Winkleman, que era el invitado que se encontraba más cerca de mí. Observen las arrugas que hay en aquel labio, vean cómo algunas son paralelas y otras se extienden hacia fuera. No hay dos personas que tengan las mismas arrugas en los labios y, ahora que lo pienso, eso serviría para capturar a un criminal si existiera un registro de huellas labiales y él se hubiese tomado una copa en el lugar del crimen. 

El labio inferior es el que chupas y mordisqueas cuando algo te perturba, y eso era precisamente lo que Martha Sullivan hacía en aquel momento, mientras contemplaba desde lejos cómo a su marido se le caía la baba mientras hablaba con Judy Martinson. Te pasas la lengua por él cuando estás caliente. 

Pude ver que Ginny Lomax se lamía el suyo con la puntita de la lengua mientras se encontraba al lado de Ted Dorling y le miraba fijamente a la cara. Se lo lamía de forma deliberada, sacando la lengua lentamente y mojando el labio inferior en toda su longitud. Vi que Ted Dorling miraba la lengua de Ginny, lo cual era justamente lo que ella quería que hiciese.

Mientras mis ojos iban escudriñando el labio inferior de todos los presentes, me dije que, al parecer, era verdad que todas las características menos atractivas del animal humano (la arrogancia, la rapacidad, la glotonería, la lascivia y demás) se reflejan claramente en ese pequeño carapacho de piel escarlata. Pero es necesario conocer el código. 

Se supone que el labio inferior protuberante o abultado significa sensualidad. Pero eso es solo una verdad a medias en el caso de los hombres y una falsedad total en el caso de las mujeres. En ellas lo que hay que observar es la línea de piel, el estrecho filo con el borde inferior claramente delineado. Y en la ninfomaníaca hay una diminuta cresta de piel, apenas perceptible, en la parte superior del centro del labio inferior.

Samantha, mi anfitriona, la tenía.

¿Dónde estaría ahora Samantha?

Ah, allí estaba, cogiendo una copa vacía de manos de un invitado. Ahora se acercaba hacia donde me encontraba yo, con la intención de llenarla de nuevo.

—Hola, Vic —dijo—. ¿Estás solito?

«Desde luego es una ninfo —me dije—. Aunque un ejemplar muy raro de la especie, puesto que es entera y absolutamente monógama. Es una ninfo monógama y casada que nunca sale de su propio nido. También es la hembra más apetitosa sobre la que jamás haya puesto los ojos en toda mi vida».

—Deja que te ayude —dije, levantándome y cogiéndole el vaso de la mano—. ¿Qué hay que echar aquí dentro?

—Vodka con hielo —dijo Samantha—. Gracias, Vic —apoyó un brazo largo y blanco, precioso, sobre el mostrador y se inclinó hacia adelante hasta que su seno se apoyó en la barra, apretándose hacia arriba.

—¡Vaya! —exclamé al ver que un poco de vodka iba a parar al suelo.

Samantha me miró con sus ojazos castaños, pero no dijo nada.

—Ya lo limpiaré yo mismo —dije.

Cogió la copa llena de mis manos y se alejó. La seguí con la vista. Llevaba unos pantalones negros. Se ceñían a las nalgas de tal forma que cualquier granito o lunar, por pequeño que fuese, se habría notado a través de la ropa. Pero Samantha Rainbow no tenía ningún defecto en el trasero. De pronto me di cuenta de que me estaba lamiendo el labio inferior.

«De acuerdo —pensé—. La deseo. Me apetecería acostarme con esa mujer. Pero es demasiado arriesgado intentarlo. Sería un suicidio echarle un tiento a una chica como esa. En primer lugar, vive en la casa de al lado, lo cual es demasiado cerca. En segundo lugar, es monógama, como ya he dicho. En tercer lugar, ella y Mary, mi mujer, son uña y carne. Siempre están intercambiando oscuros secretos femeninos. En cuarto lugar, Jerry, su marido, es un viejo y buen amigo mío y ni siquiera yo, Víctor Hammond, aunque arda en deseos, soñaría en tratar de seducir a la esposa de un hombre que es un gran amigo y confía en mí.

A menos que...».

En aquel momento, mientras desde el taburete del bar me comía con los ojos a Samantha Rainbow, una idea interesante empezó a filtrarse silenciosamente en la parte central de mi cerebro. Permanecí donde estaba, dejando que la idea fuera ensanchándose. Miré a Samantha, que se encontraba en el otro extremo de la habitación, y me puse a encajarla en el marco de la idea. Oh, Samantha, mi hermosa y jugosa joya, aún serás mía.

Pero ¿podía alguien albergar seriamente la esperanza de que semejante locura diese resultado?

No, ni siquiera disponiendo de un millón de noches.

Ni tan solo podía intentarse, a menos que Jerry estuviera de acuerdo. Así pues, ¿por qué pensar en ello?

Samantha se encontraba a unos seis metros de mí, hablando con Gilbert Mackesy. Los dedos de su mano derecha se curvaban en torno a una copa. Eran unos dedos largos y estaba casi convencido de que también eran diestros.

Suponiendo, solo para divertirse haciendo conjeturas, que Jerry se mostrase de acuerdo, incluso entonces habría obstáculos gigantescos en el camino. Había que tener en cuenta, por ejemplo, el pequeño detalle de las características físicas. En el club había visto muchas veces a Jerry duchándose después de una partida de tenis pero, en aquel momento, no hubiese podido recordar los detalles necesarios aunque en ello me fuese la vida. No era la clase de cosa en la que uno se fijaba demasiado. Generalmente uno ni siquiera miraba.

De todos modos, sería una locura sugerirle el asunto a Jerry a quemarropa. No le conocía tanto como para hacer algo así. Podía sentirse horrorizado. Incluso podía ponerse desagradable. Cabía la posibilidad de que se produjese una escena poco grata. Así pues, antes tenía que ponerle a prueba de una manera sutil.

—¿Sabes una cosa? —le dije a Jerry cerca de una hora después, cuando estábamos sentados los dos en el sofá, tomándonos la última copa. Los invitados empezaban a marcharse y Samantha estaba al lado de la puerta despidiéndose de ellos. Mary, mi mujer, estaba fuera en la terraza conversando con Bob Swain. Podía verlos a través de la puerta ventana, que estaba abierta—. ¿Sabes una cosa divertida? —dije.

—¿Qué es esa cosa divertida? —me preguntó Jerry.

—Un individuo con el que almorcé hoy me contó una historia fantástica. Totalmente increíble.

—¿Qué historia? —dijo Jerry. El whisky ya empezaba a darle sueño.

—Este hombre, el que almorzó conmigo hoy, deseaba terriblemente a la mujer de un amigo suyo, unos vecinos. Y su amigo deseaba con la misma intensidad a la mujer del hombre con el que almorcé hoy. ¿Comprendes lo que quiero decir?

—¿Quieres decir que dos individuos que vivían cerca el uno del otro deseaban cada uno a la esposa del otro?

—Precisamente —dije.

—Entonces no había problema —dijo Jerry.

—Había un problema muy gordo —dije—. Las dos esposas eran muy fieles y honorables.

—Samantha también lo es —dijo Jerry—. No miraría a otro hombre.

—Mary tampoco —dije—. Es una buena chica.

Jerry apuró su copa y depositó cuidadosamente el vaso sobre la mesita que había delante del sofá.

—¿Y qué pasó en esa historia? —dijo Jerry—. Seguramente algo picante.

—Lo que pasó —dije— fue que ese par de cachondos tramaron un plan que permitió que cada uno de ellos retozara con la mujer del otro sin que esta se diese cuenta. ¿Eres capaz de creer una cosa así?

—¿Utilizaron cloroformo? —preguntó Jerry.

—Nada de cloroformo. Las dos estuvieron totalmente conscientes.

—Imposible —dijo Jerry—. Alguien te ha tomado el pelo.

—No lo creo —dije—. A juzgar por la forma en que ese hombre me lo contó, con toda suerte de detalles y demás, no creo que estuviese inventando la historia. De hecho, estoy seguro de que no la inventó. Y escúchame bien: ¡ni tan siquiera se limitaron a hacerlo una sola vez! ¡Llevan meses haciéndolo cada dos o tres semanas!

—¿Y ellas sin enterarse?

—Ni la menor sospecha.

—Tengo que oír esa historia —dijo Jerry—. Primero tomemos otra copa.

Nos acercamos al bar y volvimos a llenar nuestras copas; luego regresamos al sofá.

—No debes olvidar —dije— que fueron necesarios muchos preparativos y mucho ensayar antes de poner en práctica el plan. Y los dos hombres tuvieron que intercambiar muchos detalles íntimos para que el plan tuviera una oportunidad de dar resultado. Pero la parte esencial del plan era sencilla:

»Señalaron una noche, digamos que la del sábado. Aquella noche los dos matrimonios tenían que acostarse como de costumbre, supongamos que a las once o a las once y media.

»A partir de aquel momento seguirían la rutina normal. Leerían un poco, tal vez charlarían un rato y luego apagarían la luz.

»Tan pronto como la luz estuviera apagada, los maridos darían media vuelta y fingirían dormirse. El objeto de eso era impedir que las esposas pidieran guerra, cosa que en esa etapa no debe permitirse bajo ningún concepto. De modo que las esposas se durmieron también. Pero los maridos permanecieron despiertos. Hasta aquí, bien.

»Luego, exactamente a la una de la madrugada, cuando las esposas estuvieran profundamente dormidas, los dos maridos tenían que levantarse sin despertarlas, ponerse las zapatillas y bajar en pijama. Luego abrirían la puerta principal y saldrían a la calle cuidando de no cerrar la puerta tras de sí.

»Vivían —proseguí— en la misma calle, casi enfrente el uno del otro. El barrio era residencial, muy tranquilo, y raramente pasaba alguien a aquella hora. Así que las dos figuras furtivas en pijama se encontrarían al cruzar la calle, cada uno camino de otra casa, de otra cama, de otra mujer».

Jerry me escuchaba atentamente. Tenía los ojos algo vidriosos a causa del alcohol, pero no se perdía una sola palabra.

—Lo que venía a continuación —dije— había sido preparado meticulosamente por ambos hombres. Cada uno de ellos conocía el interior de la casa del otro casi tan bien como la suya propia. Sabía cómo abrirse paso en la oscuridad, tanto abajo como en el piso de arriba, sin derribar ningún mueble. Sabía cómo llegar a la escalera y exactamente cuántos peldaños había hasta arriba y cuáles de ellos crujían y cuáles no. Sabía en qué lado de la cama dormía la mujer que estaba arriba.

»Cada uno se quitó las zapatillas, las dejó en el vestíbulo y luego, con los pies desnudos y enfundado en el pijama, subió sigilosamente al piso de arriba. Esta parte del plan, según me dijo mi amigo, resultaba bastante excitante. Se encontraba en una casa oscura y silenciosa, una casa que no era la suya, y para llegar al dormitorio principal tenía que pasar nada menos que por delante de tres dormitorios infantiles, cuyas puertas quedaban siempre ligeramente entreabiertas.

—¡Niños! —exclamó Jerry—. ¡Dios mío! ¿Y si uno de los pequeños llega a despertarse y preguntara «Papá, ¿eres tú?»?

—Ya habían pensado en esa contingencia —dije—. En tal caso, inmediatamente habría entrado en funcionamiento un plan de emergencia. También en el caso de que la mujer, justo en el momento de entrar él en la alcoba, se hubiese despertado y preguntara «Cariño, ¿qué ocurre? ¿Qué haces dando vueltas por ahí?». También entonces habrían recurrido al plan de emergencia.

—¿Qué plan de emergencia? —preguntó Jerry.

—Muy sencillo —repuse—. El hombre hubiese bajado inmediatamente y, tras salir de la casa y cruzar la calle, habría llamado al timbre de su propia casa. Esta era la señal para que el otro personaje, sin importar lo que estuviese haciendo en aquel momento, bajara también corriendo, abriera la puerta y dejase entrar al otro mientras él salía. De esta forma los dos regresarían rápidamente a sus propias casas.

—Y se descubriría el pastel —dijo Jerry.

—Nada de eso —dije.

—El timbre habría despertado a toda la casa —dijo Jerry.

—Desde luego —dije—. Y el marido, al volver arriba en pijama, se limitaría a decir «He bajado a ver quién diablos llamaba al timbre a horas tan intempestivas. No había nadie. Debe de haber sido algún borracho».

—¿Y qué me dices del otro tipo? —preguntó Jerry—. ¿Cómo le explica a su mujer o a su hijo el hecho de que bajara corriendo a abrir la puerta?

—Pues diciéndole «Oí que alguien merodeaba por el jardín, así que bajé corriendo para echarle el guante, pero se me escapó». «¿Has llegado a verle?», le preguntaría la esposa llena de ansiedad. «Por supuesto que le he visto», contestaría el marido. «Ha huido a todo correr calle abajo. Demasiado rápido para mí». Después de lo cual el marido sería felicitado por su valor.

—De acuerdo —dijo Jerry—. Esa es la parte fácil. Hasta aquí todo es cuestión de planear bien las cosas y llevarlas a cabo en el momento preciso. Pero ¿qué sucede cuando cada uno de estos dos personajes cornudos se mete en la cama con la mujer del otro?

—Pues ponen manos a la obra sin perder un segundo —dije.

—Pero si las mujeres están durmiendo —dijo Jerry.

—Ya lo sé —dije—. De modo que inmediatamente inician los prolegómenos del amor, de manera dulce pero habilidosa y, cuando las dos damas despiertan del todo, están tan calientes como serpientes de cascabel.

—Supongo que todo ello se hace sin hablar —dijo Jerry.

—Ni una palabra.

—De acuerdo. Así que ya tenemos a las esposas despiertas —dijo Jerry—. Y sus manos se ponen a trabajar. Pues bien, para empezar, ¿qué me dices de la sencilla cuestión del tamaño del cuerpo? ¿Qué me dices de la diferencia entre el hombre nuevo y el marido? ¿Qué me dices sobre detalles como el que el marido sea alto o bajo, gordo o flaco? No irás a decirme que estos hombres eran físicamente idénticos.

—Idénticos no, evidentemente —dije—. Pero eran de estatura y complexión más o menos parecida. Ese punto es esencial. Ninguno de los dos llevaba barba y ambos tenían aproximadamente la misma cantidad de pelo en la cabeza. Esa clase de parecido es corriente. Aquí estamos tú y yo, por ejemplo. Más o menos tenemos la misma estatura y la misma complexión, ¿no es verdad?

—¿Lo es? —dijo Jerry.

—¿Cuánto mides? —preguntá.

—Exactamente uno ochenta.

—Yo uno setenta y ocho —dije—. Apenas hay diferencia. ¿Cuánto pesas?

—Ochenta y cuatro kilos.

—Yo peso ochenta y tres —dije—. ¿Qué es un kilo entre amigos?

Hicimos una pausa y Jerry miró por la puerta ventana hacia la terraza, donde Mary, mi esposa, seguía hablando con Bob Swain y el sol del atardecer arrancaba destellos de su pelo. Mary era una chica morena, bonita y dueña de un hermoso busto. Observé a Jerry. Vi que sacaba la lengua y recorría con ella la superficie del labio inferior.

—Supongo que tienes razón —dijo Jerry, sin dejar de mirar a Mary—. Supongo que tú y yo somos más o menos de la misma estatura —al volverse nuevamente de cara a mí observé que tenía las mejillas encarnadas—. Sigue contándome lo de esos dos hombres —dijo—. ¿Qué me dices de algunas de las otras diferencias?

—¿Te refieres a las caras? —dije—. Nadie puede verte la cara en la oscuridad.

—No me refiero a sus caras —dijo Jerry.

—Entonces, ¿a qué te refieres?

—Me refiero a sus pichas —dijo Jerry—. De eso se trata, ¿no es así? Y no irás a decirme que...

—Oh, sí, sí voy a decírtelo —dije—. Mientras ambos hombres estuviesen circuncidados o no, no había realmente ningún problema.

—¿Pretendes que me crea que todos los hombres tienen el mismo tamaño de picha? —preguntó Jerry—. Pues no es así.

—Ya sé que no es así —dije.

—Algunas son enormes —dijo Jerry—. Y algunas son pequeñísimas.

—Siempre hay excepciones —le dije—. Pero te llevarías una sorpresa si supieses cuántos hombres tienen virtualmente las mismas medidas, centímetro más, centímetro menos. Según mi amigo, el noventa por ciento son normales. Solo el diez por ciento son notablemente grandes o pequeñas.

—No me lo creo —dijo Jerry.

—Compruébalo alguna vez —dije—. Pregúntaselo a alguna chica que esté muy viajada.

Jerry bebió lentamente un largo sorbo de whisky y sus ojos volvieron a mirar a Mary por encima del borde de la copa.

—¿Y qué hay del resto? —preguntó.

—No es problema —dije.

—¡Que no es problema! —exclamó—. ¿Quieres que te diga por qué esa historia es una patraña?

—Adelante.

—Todo el mundo sabe que una mujer y un hombre que llevan casados algunos años crean una especie de rutina. Es inevitable. ¡Dios mío! Un nuevo operario sería detectado inmediatamente. Sabes de sobra que es así. No puedes aparecer con un estilo totalmente distinto y esperar que la mujer no se dé cuenta, por muy caliente que esté. ¡Se lo olería enseguida!

—Una rutina puede duplicarse —dije—. Basta con que antes se describa cada uno de sus detalles.

—Eso resulta un poquito personal —dijo Jerry.

—Todo el asunto es personal —dije—. Así que cada hombre cuenta su historia. Cuenta detalladamente lo que suele hacer. Lo cuenta todo. Sin olvidar nada. Ni el menor detalle. Toda la rutina desde el principio hasta el fin.

—¡Jesús! —exclamó Jerry.

—Cada uno de estos dos hombres —dije— tuvo que aprenderse un papel nuevo. En efecto, tuvo que convertirse en actor, puesto que iba a encarnar otro personaje.

—No es tan fácil eso —dijo Jerry.

—No es ningún problema, según mi amigo. La única cosa que había que vigilar era no dejarse llevar por el entusiasmo y ponerse a improvisar. Había que seguir al pie de la letra las instrucciones del director de escena, sin separarse un ápice de ellas.

Jerry bebió otro trago de whisky. También echó otro vistazo a Mary, que seguía en la terraza. Luego se reclinó en el sofá, con la copa en la mano.

—Estos dos personajes —dijo—. ¿Pretendes decirme que realmente lo consiguieron?

—Estoy seguro de ello —dije—. Todavía lo hacen. Una vez cada tres semanas o así.

—¡Qué historia más fantástica! —exclamó Jerry—. ¡Y qué cosa más peligrosa! Imagínate la que se armaría si te atrapasen. Divorcio inmediato. Mejor dicho, dos divorcios. Uno en cada lado de la calle. No vale la pena.

—Se necesitan muchos redaños —dije.

—La fiesta está terminando —dijo Jerry—. Cada quisque se vuelve a su casita con su condenada esposa.

No dije nada más del asunto. Permanecimos sentados durante otro par de minutos, bebiendo nuestras copas mientras los invitados comenzaban a moverse hacia el vestíbulo.

—¿Te dijo que resultaba divertido... ese amigo tuyo? —preguntó Jerry de pronto.

—Dijo que se lo pasaba bomba —contesté—. Dijo que todos los placeres normales se intensificaban en un ciento por ciento debido al riesgo. Juró que era la mejor forma de hacerlo que hay en el mundo: hacerse pasar por el marido sin que la mujer se entere.

En aquel momento Mary entró por la puerta ventana en compañía de Bob Swain. Llevaba una copa vacía en la mano y una azalea roja como el fuego en la otra. Había cogido la azalea en la terraza.

—Te he estado observando —dijo, apuntándome con la flor como si fuese una pistola—. Apenas has parado de hablar durante los últimos diez minutos. ¿Qué te ha estado contando, Jerry?

—Un chiste verde —repuso Jerry, sonriendo.

—Siempre hace lo mismo cuando bebe —dijo Mary.

—El chiste es bueno —dijo Jerry—. Pero totalmente imposible. Haz que te lo cuente algún día.

—No me gustan los chistes verdes —dijo Mary—. Vamos, Vic. Ya es hora de irnos.

—No os vayáis aún —dijo Jerry, clavando los ojos en el espléndido seno de Mary—. Tomaos otra copa.

—No, gracias —dijo Mary—. Los niños estarán pidiendo la cena a gritos. Lo he pasado muy bien.

—¿No vas a darme el beso de las buenas noches? —preguntó Jerry, levantándose del sofá. Buscó la boca de Mary, pero ella volvió rápidamente la cabeza y solo pudo rozarle la mejilla.

—Márchate, Jerry —dijo ella—. Estás bebido.

—Bebido, no —dijo Jerry—. Solamente salido.

—No te pongas salido conmigo, muchacho —dijo secamente Mary—. Detesto esta clase de conversaciones —se alejó de nosotros, llevando el seno ante sí como si se tratara de un ariete.

—Hasta la vista, Jerry —dije—. Bonita fiesta.

Mary me estaba esperando en el vestíbulo con cara de pocos amigos. Samantha también estaba allí, despidiendo a los últimos invitados: Samantha con sus dedos diestros y su piel tersa y sus muslos tersos, peligrosos.

—Anímate, Vic —me dijo, mostrándome sus blancos dientes. Parecía la creación, el principio del mundo, la primera mañana—. Buenas noches, Vic, querido —dijo, moviendo sus dedos en mis partes vitales.

Salí de la casa detrás de Mary.

—¿Te encuentras bien? —preguntó.

—Sí —dije—. ¿Por qué no?

—Lo que llegas a beber pondría malo a cualquiera —dijo.

Un seto viejo y esmirriado separaba nuestra casa de la de Jerry y en él había un boquete que nosotros utilizábamos siempre. Mary y yo cruzamos el boquete en silencio. Entramos en casa y Mary preparó un montón de huevos revueltos con tocino y nos lo comimos con los niños.

Después de cenar salí a dar una vuelta por el jardín. Era una tarde de verano despejada y fresca y, como no tenía nada más que hacer, decidí cortar el césped de la parte delantera. Saqué el cortacésped del cobertizo y lo puse en marcha. Luego inicié la vieja rutina de marchar arriba y abajo detrás de la máquina. Me gusta cortar el césped. Es una operación que sosiega y, desde la parte delantera de nuestro jardín, siempre puedo mirar hacia la casa de Samantha al ir en una dirección y pensar en ella al volver en dirección opuesta.

Llevaba unos diez minutos manejando el cortacésped cuando Jerry entró por el boquete del seto. Fumaba en pipa, con las manos en los bolsillos y se detuvo al borde del césped, contemplándome. Me detuve ante él, pero dejé el motor en marcha.

—Hola, chico —dijo—. ¿Qué tal anda todo?

—Estoy en desgracia —dije—. Y tú también.

—Tu mujercita —dijo—, es increíble lo remilgada y gazmoña que llega a ser.

—Oh, eso ya lo sabía.

—Me riñó en mi propia casa —dijo Jerry.

—No mucho.

—Lo suficiente —dijo, sonriendo levemente.

—¿Lo suficiente para qué?

—Para hacerme desear una pequeña revancha a costa suya. Así que, ¿qué te parecería si te sugiriese que probásemos suerte con eso de lo que te habló tu amigo a la hora de almorzar?

Cuando le oí decir aquello me invadió una excitación tan grande que el estómago estuvo a punto de salirme por la boca. Así con fuerza el manillar del cortacésped y aceleré el motor.

—¿He dicho alguna inconveniencia? —preguntó Jerry. No contesté.

—Escúchame —dijo—, si crees que es una idea asquerosa, olvidemos que la he mencionado y se acabó. No estarás enfadado conmigo, ¿eh?

—No estoy enfadado contigo, Jerry —dije—. Es solo que no se me había ocurrido que nosotros debiéramos probarlo.

—Pues a mí sí se me ha ocurrido —dijo—. El escenario es perfecto. Ni siquiera tendríamos que cruzar la calle —la cara se le había iluminado de repente y sus ojos relucían como dos estrellas—. ¿Qué me dices, entonces, Vic?

—Estoy pensando —repuse.

—A lo mejor es que Samantha no te tienta.

—No lo sé, honradamente —dije.

—Con ella se lo pasa uno de maravilla —dijo Jerry—. Te lo garantizo.

En aquel momento vi que Mary salía al porche delantero.

—Ahí está Mary —dije—. Andará buscando a los niños. Ya volveremos a hablar del asunto mañana.

—Entonces... ¿trato hecho?

—Podría ser, Jerry. Pero solo con la condición de que no nos precipitemos. Antes de empezar quiero estar completamente seguro de que todo vaya a salir bien. ¡Maldita sea! ¡Estas cosas son totalmente nuevas para mí! ¡Podríamos pillarnos los dedos!

—¡Nada de eso! —dijo—. Tu amigo dice que se lo pasan bomba; y que, además, es la mar de fácil.

—Ah, sí —dije—. Mi amigo. Desde luego. Pero cada caso es distinto.

Apreté el acelerador del cortacésped y salí disparado hacia el otro extremo del jardín. Cuando llegué allí y me volví, Jerry ya había cruzado el boquete del seto y se dirigía hacia la puerta principal de su casa.

El siguiente par de semanas fue un período de mucho conspirar para Jerry y para mí. Celebramos reuniones secretas en bares y restaurantes con el objeto de preparar la estrategia, y, a veces, él se dejaba caer por mi oficina después del trabajo y trazábamos planes a puerta cerrada. Siempre que surgía algún punto dudoso, Jerry decía: «¿Cómo lo resolvió tu amigo?». Y yo, tratando de ganar tiempo, le contestaba: «Le llamaré para preguntárselo».

Después de numerosas conferencias y de mucho hablar, acordamos los siguientes puntos principales:

  1. Que el día «D» fuese un sábado.

  2. Que la noche del día «D» llevaríamos a nuestras esposas a cenar en un buen restaurante, los cuatro juntos.

  3. Que Jerry y yo saldríamos de casa y cruzaríamos el boquete del seto a la una en punto de la madrugada.

  4. Que en lugar de acostarnos en la cama a oscuras hasta la una, los dos, en cuanto nuestras esposas se durmieran, bajaríamos sin hacer ruido a la cocina y beberíamos café.

  5. Que recurriríamos al timbre de la puerta en el supuesto de que se presentara algún imprevisto.

  6. Que la hora de volver a nuestras respectivas casas a través del seto serían las dos de la madrugada.

  7. Que durante nuestra permanencia en cama ajena a las preguntas de la mujer (si las había) contestaríamos con un «¡Hum!» pronunciado con los labios bien apretados.

  8. Que yo debía renunciar inmediatamente a los cigarrillos y habituarme a fumar en pipa para «oler» igual que Jerry.

  9. Que inmediatamente empezaríamos a usar las mismas marcas de brillantina y loción para después del afeitado.

  10. Que, en vista de que ambos nos acostábamos sin quitarnos el reloj de pulsera y que el mío y el suyo tenían más o menos la misma forma, no los intercambiaríamos. Ninguno de los dos llevaba anillo.

  11. Que cada uno de nosotros debía llevar encima algo insólito que la mujer identificase sin lugar a dudas con su propio marido. Por consiguiente, inventamos lo que dimos en llamar «El truco del esparadrapo». Consistía en lo siguiente: la noche del día «D», cuando los dos matrimonios llegasen a casa procedentes del restaurante, ambos maridos iríamos a la cocina diciendo que nos apetecía un poco de queso. Una vez en la cocina, los dos nos pegaríamos un trozo grande de esparadrapo en el dedo índice de la mano derecha. Luego, al volver junto a nuestras respectivas esposas, les mostraríamos el dedo y diríamos: «Me he cortado. No es nada, pero sangra un poco». De esta manera, cuando al cabo de un rato cambiáramos de cama, las dos mujeres notarían claramente el esparadrapo (el hombre se cuidaría de que así fuera) y lo asociarían directamente con su propio esposo. Se trataba de una importante estratagema psicológica, calculada para disipar cualquier sospecha, por pequeña que fuese, que pudiera entrar en el cerebro de las dos hembras.

     

     (CONTINUARÁ...)