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Apuestas - Roald Dahl

En la mañana del tercer día el mar se calmó. Hasta los pasajeros más delicados —los que no habían salido desde que el barco partió— abandonaron sus camarotes y fueron al puente, donde el camarero les dio sillas y puso en sus piernas confortables mantas. Allí se sentaron frente al pálido y tibio sol de enero. 

El mar había estado bastante movido los dos primeros días y esta repentina calma y sensación de confort habían creado una agradable atmósfera en el barco. Al llegar la noche, los pasajeros, después de dos horas de calma, empezaron a sentirse comunicativos y a las ocho de aquella noche el comedor estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire seguro y complaciente de auténticos marineros.

Hacia la mitad de la cena los pasajeros se dieron cuenta, por un ligero balanceo de sus cuerpos y sillas, de que el barco empezaba a moverse otra vez. Al principio fue muy suave, un ligero movimiento hacia un lado, luego hacia el otro, pero fue lo suficiente para causar un sutil e inmediato cambio de humor en la estancia. 

Algunos pasajeros levantaron la vista de su comida, dudando, esperando, casi oyendo el movimiento siguiente, sonriendo nerviosos y con una mirada de aprensión en los ojos. Algunos parecían despreocupados, otros estaban decididamente tranquilos, e incluso hacían chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que estaban asustados. 

El movimiento del barco se hizo de repente más y más violento y cinco o seis minutos después de que el primer movimiento se hiciera patente, el barco se tambaleaba de una parte a otra y los pasajeros se agarraban a sus sillas y a los tiradores como cuando un coche toma una curva.


Finalmente el balanceo se hizo muy fuerte y el señor William Botibol, que estaba sentado a la mesa del sobrecargo, vio su plato de rodaballo con salsa holandesa deslizarse lejos de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación mientras todos buscaban platos y vasos. La señora Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, dio un pequeño grito y se agarró al brazo del caballero.

—Va a ser una noche terrible —dijo el sobrecargo, mirando a la señora Renshaw—, me parece que nos espera una buena noche.

Hubo un matiz raro en su modo de decirlo.

Un camarero llegó corriendo y derramó agua en el mantel, entre los platos. La excitación creció. La mayoría de los pasajeros continuaron comiendo. Un pequeño número, que incluía a la señora Renshaw, se levantó y echó a andar con rapidez, dirigiéndose hacia la puerta.

—Bueno —dijo el sobrecargo—, ya estamos otra vez igual.

Echó una mirada de aprobación a los restos de su rebaño, que estaban sentados, tranquilos y complacientes, reflejando en sus caras ese extraordinario orgullo que los pasajeros parecen tener al ser reconocidos como buenos marineros.

Cuando terminó la comida y se sirvió el café, el señor Botibol, que tenía una expresión grave y pensativa desde que había empezado el movimiento del barco, se levantó y puso su taza de café en el sitio donde la señora Renshaw había estado sentada, junto al sobrecargo. Se sentó en su silla e inmediatamente se inclinó hacia él, susurrándole al oído:

—Perdón, ¿me podría decir una cosa, por favor?

El sobrecargo, hombre pelirrojo, pequeño y grueso, se inclinó para poder escucharle.

—¿Qué ocurre, señor Botibol?

—Lo que quiero saber es lo siguiente...

Al observarlo, el sobrecargo vio la inquietud que se reflejaba en el rostro del hombre.

—¿Sabe usted si el capitán ha hecho ya la estimación del recorrido para las apuestas del día? Quiero decir, antes de que empezara la tempestad.

El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se echó hacia atrás, haciendo descansar su cuerpo.

—Creo que sí, bueno... sí —contestó.

No se molestó en decirlo en voz baja, aunque automáticamente bajó el tono de voz como siempre que se responde a un susurro.

—¿Cuándo cree usted que la ha hecho?

—Esta tarde. Él siempre hace eso por la tarde.

—Pero ¿a qué hora?

—¡Oh, no lo sé! A las cuatro, supongo.

—Bueno, ahora dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán cuál será el número? ¿Se lo toma en serio?

El sobrecargo miró al inquieto rostro del señor Botibol y sonrió, adivinando lo que el hombre quería averiguar.

—Bueno, el capitán celebra una pequeña conferencia con el oficial de navegación, en la que estudian el tiempo y muchas otras cosas, y luego hacen el parte.

El señor Botibol asintió con la cabeza, ponderando esta respuesta durante algunos momentos. Luego dijo:

—¿Cree que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo hoy?

—No tengo ni idea —replicó el sobrecargo. Miró los pequeños ojos del hombre, que tenían reflejos de excitación en el centro de sus pupilas—. No tengo ni idea, no se lo puedo decir porque no lo sé.

—Si esto se pone peor, valdría la pena comprar algunos números bajos. ¿No cree?

El susurro fue más rápido e inquieto.

—Quizá sí —dijo el sobrecargo—. Dudo que el viejo apostara por una noche tempestuosa. Había mucha calma esta tarde, cuando ha hecho el parte.

Los otros en la mesa habían dejado de hablar y escuchaban al sobrecargo mirándolo con esa mirada intensa y curiosa que se observa en las carreras de caballos, cuando se trata de escuchar a un entrenador hablando de su suerte: los ojos medio cerrados, las cejas levantadas, la cabeza hacia adelante y un poco inclinada a un lado. Esa mirada medio hipnotizada que se da a una persona que habla de cosas que no conoce bien.

—Bien, supongamos que a usted se le permitiera comprar un número. ¿Cuál escogería hoy? —susurró el señor Botibol.

—Todavía no sé cuál es la clasificación —contestó pacientemente el sobrecargo—, no se anuncia hasta que empieza la apuesta después de la cena. De todas formas no soy un experto, soy solo el sobrecargo.

En este punto el señor Botibol se levantó.

—Perdónenme —dijo, y se marchó abriéndose camino entre las mesas.

Varias veces tuvo que cogerse al respaldo de una silla para no caerse, a causa de uno de los bandazos del barco.

—Al puente, por favor —dijo al ascensorista.

El viento le dio en pleno rostro cuando salió al puente. Se tambaleó y se agarró a la barandilla con ambas manos. Allí se quedó mirando al negro mar, las grandes olas que se curvaban ante el barco, llenándolo de espuma al chocar contra él.

—Hace muy mal tiempo, ¿verdad, señor? —comentó el ascensorista cuando bajaban.

El señor Botibol se estaba peinando con un pequeño peine rojo.

—¿Cree que hemos disminuido la velocidad a causa del tiempo? —preguntó.

—¡Oh, sí, señor! La velocidad ha disminuido considerablemente al empezar el temporal. Se debe reducir la velocidad cuando el tiempo es tan malo, porque los pasajeros caerían del barco.

Abajo, en el salón, la gente empezó a reunirse para la subasta. Se agruparon en diversas mesas, los hombres un poco incómodos, enfundados en sus trajes de etiqueta, bien afeitados y al lado de sus mujeres, cuidadosamente arregladas. 

El señor Botibol se sentó a una mesa, cerca del que dirigía las apuestas. Cruzó las piernas y los brazos y se sentó en el asiento con el aire despreocupado del hombre que ha decidido algo muy importante y no quiere tener miedo.


La apuesta, se dijo a sí mismo, sería aproximadamente de siete mil dólares, o al menos esa había sido la cantidad de los dos días anteriores. Como el barco era inglés, esta cifra sería su equivalente en libras, pero le gustaba pensar en el dinero de su propio país; siete mil dólares era mucho dinero, mucho. 

Lo que haría sería cambiarlo en billetes de cien dólares, los llevaría en el bolsillo posterior de su chaqueta; no había problema. Inmediatamente compraría un Lincoln descapotable, lo recogería y lo llevaría a casa con la ilusión de ver la cara de Ethel cuando saliera a la puerta y lo viera. Sería maravilloso ver la cara que pondría cuando él saliera de un Lincoln descapotable último modelo, color verde claro.


«¡Hola, Ethel, cariño! —diría, hablando, sin darle importancia a la cosa—, te he traído un pequeño regalo. Lo vi en el escaparate al pasar y pensé que tú siempre deseaste uno. ¿Te gusta el color, cariño?». Luego la miraría.

El subastador estaba de pie detrás de la mesa.

—¡Señoras y señores! —gritó—, el capitán ha calculado el recorrido del día, que terminará mañana al mediodía; en total son quinientas quince millas. Como de costumbre, tomaremos los diez números que anteceden y siguen a esta cifra, para establecer la escala; por lo tanto serán entre quinientas cinco y quinientas veinticinco; y naturalmente, para aquellos que piensen que el verdadero número está más lejos, habrá un «punto bajo» y un «punto alto» que se venderán por separado. Ahora sacaré los primeros del sombrero..., aquí están... ¿Quinientos doce?

No se oyó nada. La gente estaba sentada en sus sillas observando al subastador; había una cierta tensión en el aire y al ir subiendo las apuestas, la tensión fue aumentando. Esto no era un juego: la prueba estaba en las miradas que dirigía un hombre a otro cuando este subía la apuesta que el primero había hecho; solo los labios sonreían, los ojos estaban brillantes y un poco fríos.

El número quinientos doce fue comprado por ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes alcanzaron cifras aproximadamente iguales.

El barco se movía mucho y cada vez que daba un bandazo los paneles de madera crujían como si fueran a partirse. Los pasajeros se cogían a los brazos de las sillas, concentrándose al mismo tiempo en la subasta.

—Punto bajo —gritó el subastador—, el próximo número es el punto más bajo.

El señor Botibol tenía todos los músculos en tensión. Esperaría, decidió, hasta que los otros hubiesen acabado de apostar, luego se levantaría y haría la última apuesta. Se imaginaba que tendría por lo menos quinientos dólares en su cuenta bancaria, quizá seiscientos. Esto equivaldría a unas doscientas libras, más de doscientas. El próximo boleto no valdría más de esa cantidad.

—Como ya saben todos ustedes —estaba diciendo el subastador—, el punto bajo incluye cualquier número por debajo de quinientos cinco. Si ustedes creen que el barco va a hacer menos de quinientas millas en veinticuatro horas, o sea hasta mañana al mediodía, compren este número. ¿Qué apuestan?

Se subió hasta ciento treinta libras. Además del señor Botibol, había algunos que parecían haberse dado cuenta de que el tiempo era tormentoso. Ciento cincuenta... Ahí se paró. El subastador levantó el martillo.

—Van ciento cincuenta...

—¡Sesenta! —dijo el señor Botibol. Todas las caras se volvieron para mirarle.

—¡Setenta!

—¡Ochenta! —gritó el señor Botibol.

—¡Noventa!

—¡Doscientas! —dijo el señor Botibol, que no estaba dispuesto a ceder.

Hubo una pausa.

—¿Hay alguien que suba a más de doscientas libras?

«Quieto —se dijo a sí mismo—, no te muevas ni mires a nadie, eso da mala suerte. Contén la respiración. Nadie subirá la apuesta si contienes la respiración».

—Van doscientas libras...

El subastador era calvo y las gotas de sudor le resbalaban por su desnuda cabeza.

—¡Uno...!

El señor Botibol contuvo la respiración.

—¡Dos...! ¡Tres!

El hombre golpeó la mesa con el martillo. El señor Botibol firmó un cheque y se lo entregó al asistente del subastador, luego se sentó en una silla a esperar que todo terminara. No quería irse a la cama sin saber lo que se había recaudado.

Cuando se hubo vendido el último número lo contaron todo y resultó que habían reunido unas mil cien libras, o sea, seis mil dólares. El noventa por ciento era para el ganador y el diez por ciento era para las instituciones de caridad de los marineros. El noventa por ciento de seis mil eran cinco mil cuatrocientas; bien, era suficiente. Compraría el Lincoln descapotable y aún le sobraría. Con estos gloriosos pensamientos se marchó a su camarote feliz y contento, dispuesto a dormir toda la noche.

Cuando el señor Botibol se despertó a la mañana siguiente, se quedó unos minutos con los ojos cerrados, escuchando el sonido del temporal, esperando el movimiento del barco. No había señal alguna de temporal y el barco no se movía lo más mínimo. Saltó de la cama y miró por el ojo de buey. ¡Dios mío! El mar estaba como una balsa de aceite, el barco avanzaba rápidamente, tratando de ganar el tiempo perdido durante la noche. 

El señor Botibol se sentó lentamente en el borde de su litera. Un relámpago de temor empezó a recorrerle la piel y a encogerle el estómago. Ya no había esperanza, un número alto ganaría la apuesta. —¡Oh, Dios mío! —dijo en voz alta—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué diría Ethel, por ejemplo? 

Era sencillamente imposible explicarle que se había gastado la casi totalidad de lo ahorrado durante los dos últimos años en comprar un ticket para la subasta. Decirle eso equivalía a exigirle que no siguiera firmando cheques. 

¿Y qué pasaría con los plazos del televisor y de la Enciclopedia Británica? Ya le parecía estar viendo la ira y el reproche en los ojos de la mujer, el azul deviniendo gris y los ojos mismos achicándosele como siempre les ocurría cuando se colmaban de ira.


—¡Oh, Dios mío!, ¿qué puedo hacer?

No cabía duda de que ya no tenía ninguna posibilidad, a menos que el maldito barco empezase a ir marcha atrás. Tendrían que volver y marchar a toda velocidad en sentido contrario, si no, no podía ganar. Bueno, quizá podría hablar con el capitán y ofrecerle el diez por ciento de los beneficios, o más si él accedía.

El señor Botibol empezó a reírse, pero de repente se calló y sus ojos y su boca se abrieron en un gesto de sorpresa porque en aquel preciso momento le había llegado la idea. Dio un brinco de la cama, terriblemente excitado, fue hacia la ventanilla y miró hacia afuera.

«Bien —pensó—. ¿Por qué no?». El mar estaba en calma y no habría ningún problema en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien ya había hecho esto anteriormente, lo cual no impedía que lo repitiera. 

El barco tendría que parar y lanzar un bote y el bote tendría que retroceder quizá media milla para alcanzarlo. Luego tendría que volver al barco y ser izado a bordo; esto llevaría por lo menos una hora. Una hora eran unas treinta millas y así haría disminuir la estimación del día anterior. 

Entonces entrarían en el punto bajo y ganaría. Lo único importante sería que alguien le viera caer; pero esto era fácil de arreglar. Tendría que llevar un traje ligero, algo fácil para poder nadar. Un traje deportivo, eso es. Se vestiría como si fuera a jugar al frontón: una camisa, unos pantalones cortos y zapatos de tenis. ¡Ah!, y dejar su reloj.


¿Qué hora era? Las nueve y quince minutos. Cuanto más pronto mejor. Hazlo ahora y quítate ese peso de encima. Tienes que hacerlo pronto porque el tiempo límite es el mediodía.

El señor Botibol estaba asustado y excitado cuando subió al puente vestido con su traje deportivo. Su cuerpo pequeño se ensanchaba en las caderas y los hombros eran extremadamente estrechos. El conjunto tenía la forma de una pera. Las piernas, blancas y delgadas, estaban cubiertas de pelos muy negros.

Salió cautelosamente al puente y miró en derredor. Solo había una persona a la vista, una mujer de mediana edad, un poco gruesa, que estaba apoyada en la barandilla mirando al mar. Llevaba puesto un abrigo de cordero persa con el cuello subido de tal forma que era imposible distinguir su cara.

La empezó a examinar concienzudamente desde lejos. Sí, se dijo a sí mismo, esta, probablemente, servirá. Era casi seguro que daría la alarma en seguida. Pero espera un momento, tómate tiempo, William Botibol. ¿Recuerdas lo que pensabas hacer hace unos minutos en el camarote, cuando te estabas cambiando? ¿Lo recuerdas?

El pensamiento de saltar del barco al océano, a mil millas del puerto más próximo, le había convertido en un hombre extremadamente cauto. No estaba en absoluto tranquilo, aunque era seguro que la mujer daría la alarma en cuanto él saltara. 

En su opinión había dos razones posibles por las cuales no lo haría. La primera: que fuese sorda o ciega. No era probable, pero por otra parte podía ser así y ¿por qué arriesgarse? Lo sabría hablando con ella unos instantes. Segundo, y esto demuestra lo suspicaz que puede llegar a ser un hombre cuando se trata de su propia conservación, se le ocurrió que la mujer podía ser la poseedora de uno de los números altos de la apuesta y por lo tanto tener una poderosa razón financiera para no querer hacer detener el barco. 

El señor Botibol recordaba que había gente que había matado a sus compañeros por mucho menos de seis dólares. Se leía todos los días en los periódicos. ¿Por qué arriesgarse entonces? Arréglalo bien y asegura tus actos. Averígualo con una pequeña conversación. Si además la mujer resultaba agradable y buena, ya estaba todo arreglado y podía saltar al agua tranquilo.


El señor Botibol avanzó hacia la mujer y se puso a su lado, apoyándose en la barandilla.

—¡Hola! —dijo galantemente.

Ella se volvió y le correspondió con una sonrisa sorprendentemente maravillosa y angelical, aunque su cara no tenía en realidad nada especial.

—¡Hola! —le contestó.

Ya tienes la primera pregunta contestada, se dijo el señor Botibol, no es ciega ni sorda...

—Dígame —dijo, yendo directamente al grano—. ¿Qué le pareció la apuesta de anoche?

—¿Apuesta? —preguntó extrañada—. ¿Qué apuesta?

—Es una tontería. Hay una reunión después de cenar en el salón y allí se hacen apuestas sobre el recorrido del barco. Solo quería saber lo que piensa de ello.

Ella movió negativamente la cabeza y sonrió agradablemente con una sonrisa que tenía algo de disculpa.

—Soy muy perezosa —dijo—. Siempre me voy pronto a la cama y allí ceno. Me gusta mucho cenar en la cama.

El señor Botibol le sonrió y dio la vuelta para marcharse.

—Ahora tengo que ir a hacer gimnasia, nunca perdono la gimnasia por la mañana. Ha sido un placer conocerla, un verdadero placer...

Se retiró unos diez pasos. La mujer le dejó marchar sin mirarle.

Todo estaba en orden. El mar estaba en calma, él se había vestido ligeramente para nadar, casi seguro que no había tiburones en esa parte del Atlántico, y también contaba con esa buena mujer para dar la alarma. Ahora era solo cuestión de que el barco se retrasara lo suficiente a su favor. Era casi seguro que así ocurriría. De cualquier modo, él también ayudaría un poco. 

Podía poner algunas dificultades antes de subir al salvavidas, nadar un poco hacia atrás y alejarse subrepticiamente mientras trataban de ayudarle. Un minuto, un segundo ganado, eran preciosos para él. Se dirigió de nuevo hacia la barandilla, pero un nuevo temor le invadió. ¿Le atraparía la hélice? Él sabía que les había ocurrido a algunas personas al caerse de grandes barcos. Pero no iba a caer, sino a saltar y esto era diferente, si saltaba a buena distancia, la hélice no le cogería.


El señor Botibol avanzó lentamente hacia la barandilla a unos veinte metros de la mujer. Ella no le miraba en aquellos momentos. Mejor. No quería que le viera saltar. Si no lo veía nadie, podría decir luego que había resbalado y caído por accidente. Miró hacia abajo. Estaba bastante alto, ahora se daba cuenta de que podía herirse gravemente si no caía bien. 

¿No había habido alguien que se había abierto el estómago de ese modo? Tenía que saltar de pie y entrar en el agua como un cuchillo. El agua parecía fría, profunda, gris. Solo mirarla le daba escalofríos, pero había que hacerse el ánimo, ahora o nunca.


«Sé un hombre, William Botibol, sé un hombre. Bien... ahora... vamos allá».

Subió a la barandilla y se balanceó durante tres terribles segundos antes de saltar, al mismo tiempo que gritaba:

—¡Socorro!

—¡Socorro! ¡Socorro! —siguió gritando al caer.

Luego se hundió bajo el agua.

Al oír el primer grito de socorro la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un salto de sorpresa. Miró a su alrededor y vio al hombrecillo vestido con pantalones cortos y zapatillas de tenis, gritando al caer. Por un momento no supo qué decisión tomar: hacer sonar la campanilla, correr a dar la voz de alarma, o simplemente gritar. 

Retrocedió un paso de la barandilla y miró por el puente, quedándose unos instantes quieta, indecisa. Luego, casi de repente, se tranquilizó y se inclinó de nuevo sobre la barandilla mirando al mar. Pronto apareció una cabeza entre la espuma y un brazo se movió una, dos veces, mientras una voz lejana gritaba algo difícil de entender. La mujer se quedó mirando aquel punto negro; pero pronto, muy pronto, fue quedando tan lejos, que ya no estaba segura de que estuviera allí.


Después de un ratito apareció otra mujer en el puente. Era muy flaca y angulosa y llevaba gafas. Vio a la primera mujer y se dirigió a ella, atravesando el puente con ese andar peculiar de las solteronas.

—¡Ah, estás aquí!

La mujer se volvió y vio a la otra, pero no dijo nada.

—Te he estado buscando por todas partes —dijo la delgada.

—Es extraño —dijo la primera mujer—, hace un momento un hombre ha saltado del barco completamente vestido.

—¡Tonterías!

—¡Oh, sí! Ha dicho que quería hacer ejercicio y se ha sumergido sin siquiera quitarse el traje.

—Bueno, bajemos —dijo la mujer delgada. En su rostro había un gesto duro y hablaba menos amablemente que antes—. No salgas sola al puente otra vez. Sabes muy bien que tienes que esperarme.

—Sí, Maggie —dijo la mujer gruesa, y sonrió otra vez con una sonrisa dulce y tierna.

Cogió la mano de la otra y se dejó llevar por el puente.

—¡Qué hombre tan amable! —dijo—. Me saludaba con la mano.

La zambullida - Roald Dahl

    En la mañana del tercer día, el mar se calmó. Incluso los pasajeros más delicados —aquellos que no habían sido vistos a bordo desde que el barco emprendió el viaje— salieron de sus camarotes y se arrastraron hasta la cubierta superior, donde el camarero les atendió amablemente, proporcionándoles sillas extensibles para tumbarse y mantas con que envolverse las piernas, bajo los rayos del pálido sol de enero.

Los dos primeros días habían resultado bastante agitados, y aquella repentina calma y la sensación de comodidad que trajo consigo creó una atmósfera más jovial en todo el buque. Cuando anocheció, los pasajeros, con doce horas de buen tiempo detrás de ellos, empezaban a sentirse confiados, y a las ocho, el comedor principal estaba lleno de gente que comía y bebía con el aire complacido y tranquilo de un experto lobo de mar.

La cena no había llegado a su mitad criando los pasajeros se dieron cuenta, a causa de una leve fricción entre sus cuerpos y los asientos de sus sillas, de que el buque había empezado de nuevo a bailar. Muy suavemente al principio, con un leve movimiento oscilatorio, pero aquello bastó para provocar un sutil e inmediato cambio de humor entre las personas que se encontraban en el comedor. Unos cuantos pasajeros levantaron la cabeza, vacilando, esperando, casi escuchando que llegara el siguiente bandazo, sonriendo nerviosamente, sin conseguir ocultar del todo el miedo que se reflejaba en sus ojos. Los que no habían sido afectados por la situación empezaron a bromear, haciendo chistes acerca de la comida y del tiempo, para torturar a los que experimentaban una sensación de malestar en la boca del estómago. El movimiento del barco se hizo cada vez más violento, y cinco o seis minutos después del primer bandazo, oscilaba pesadamente de lado a lado, mientras los pasajeros se agarraban a sus sillas, como náufragos que se aferraran a una tabla de salvación.

Finalmente llegó lo peor, y Mr. William Botibol, sentado a la mesa del sobrecargo, vio que su plato de turbot escalfado con salsa holandesa se deslizaba repentinamente por debajo de su tenedor. Hubo un murmullo de excitación y todo el mundo trató de poner a salvo sus platos y sus vasos. Mrs. Renshaw, sentada a la derecha del sobrecargo, lanzó un chillido y se agarró al brazo de aquel caballero.

—Vamos a tener una mala noche —dijo el sobrecargo, mirando a Mrs. Renshaw—. Creo que se prepara una noche muy mala.

Un camarero roció apresuradamente los manteles con agua, para evitar que los platos se deslizaran. La excitación se calmó. La mayoría de los pasajeros continuaron cenando. Un pequeño número, entre ellos Mrs. Renshaw, se puso en pie y abandonó el comedor con paso inseguro.

—Bueno —dijo el sobrecargo—, se ha marchado.

Se refería a Mrs. Renshaw, a juzgar por el suspiro de alivio que acompañó a aquellas palabras. Luego, el sobrecargo miró con aire de aprobación al resto de su rebaño que estaba tranquilamente sentado, reflejando en sus rostros aquel extraordinario orgullo que los viajeros parecen experimentar al ser reconocidos como «buenos marinos».

Cuando terminó la cena y sirvieron el café, Mr. Botibol, que había permanecido anormalmente serio y pensativo desde que empezó el «baile», se puso repentinamente en pie y empujó su taza de café hasta el lugar que había ocupado mistress Renshaw, al lado del sobrecargo. Luego dio la vuelta a la mesa y se instaló en la silla que aquella dama había abandonado. Inclinándose hacia el sobrecargo, le susurró al oído:

—Perdone… ¿Puedo hacerle una pregunta, por favor?

El sobrecargo, un hombre bajito y rechoncho, de rostro enrojecido, se inclinó hacia adelante para escuchar.

—¿Qué sucede, Mr. Botibol?

—Lo que deseo saber es esto —el rostro del hombre tenía una expresión de ansiedad, y el sobrecargo estaba contemplándolo—. Lo que deseo saber es si el capitán ha efectuado ya su cálculo del trayecto a recorrer por el buque… para la subasta, quiero decir.

El sobrecargo, que se había preparado para recibir una confidencia personal, sonrió y se retrepó en su silla para relajar su estómago repleto.

—Yo diría que sí —respondió.

No se molestó en susurrar su respuesta, aunque maquinalmente bajó el tono de su voz, como suele hacerse para contestar a un susurro.

—¿Cuánto hace que lo calculó?

—Habrá sido esta tarde. Suele hacerlo por la tarde.

—¿A qué hora?

—No lo sé. Supongo que alrededor de las cuatro.

—Ahora, dígame otra cosa. ¿Cómo decide el capitán el número que ha de servir de base a la subasta? ¿No es un poco complicado?

El sobrecargo contempló el ansioso rostro de Mr. Botibol y sonrió, sabiendo perfectamente adonde quería ir a parar con sus preguntas.

—Verá, el capitán tiene una pequeña conferencia con el piloto, estudian el tiempo y otros factores, y a base de ellos hacen su cálculo.

Mr. Botibol asintió, rumiando aquella respuesta unos instantes. Luego dijo:

—¿Cree usted que el capitán sabía que íbamos a tener mal tiempo?

—No puedo decírselo —respondió el sobrecargo. Estaba mirando los ojillos negros de su interlocutor, viendo las chispas de excitación que danzaban en sus pupilas—. No puedo decírselo, Mr. Botibol. Lo ignoro.

—Si el tiempo empeora, podría resultar conveniente comprar alguno de los números bajos, ¿no cree?

El susurro era ahora más apremiante, más ansioso.

—Tal vez —dijo el sobrecargo, sin comprometerse—. Dudo de que el viejo previera que íbamos a tener una mala noche. Cuando hizo el cálculo, esta tarde, la calma era absoluta.

Los otros ocupantes de la mesa se habían quedado en silencio y trataban de escuchar la conversación, contemplando al sobrecargo con aquella intensa mirada que puede verse también en los aficionados a las carreras de caballos, cuando tratan de oír lo que dice un entrenador acerca de sus posibilidades: los labios ligeramente entreabiertos, las cejas enarcadas, la cabeza tendida hacia adelante…

—Ahora, supongamos que usted pudiera comprar un número —susurró Mr. Botibol—. ¿Cuál escogería hoy?

—No sé todavía cuál es el número base —respondió pacientemente el sobrecargo—. No lo anuncian hasta que empieza la subasta, después de la cena. En realidad, no entiendo mucho en la materia. No soy más que el sobrecargo…

Mr. Botibol se puso en pie.

—Perdone la molestia —dijo, y echó a andar cuidadosamente por entre las otras mesas, agarrándose de cuando en cuando al respaldo de una silla para contrarrestar los efectos del balanceo del barco.

—A la cubierta superior, por favor —le dijo Mr. Botibol al ascensorista.

Al poner pie en cubierta, el viento le dio de lleno en el rostro. Avanzó tambaleándose hasta la borda, y se agarró fuertemente a la barandilla con las dos manos. Desde allí contempló el mar, cada vez más oscuro, y las grandes olas coronadas de espuma que cabalgaban a lomos del viento.

—Mal tiempo, ¿verdad? —dijo el ascensorista, cuando Mr. Botibol se decidió a bajar de nuevo.

Mr. Botibol estaba pasándose un peine rojo por los alborotados cabellos.

—¿Cree usted que el mal tiempo retrasará la marcha del barco? —preguntó.

—Desde luego que sí. Ya la ha retrasado considerablemente desde que empezó el «baile». Con un tiempo como éste hay que aminorar la velocidad, ya que de no hacerlo los pasajeros botarían como pelotas por todo el barco.

Abajo, en uno de los salones, la gente estaba reuniéndose ya para la subasta. Se agrupaban alrededor de las diversas mesas, los hombres un poco rígidos en sus smokings, las mujeres con los blancos brazos al aire. Mr. Botibol ocupó una silla cerca de la mesa del subastador. Cruzó las piernas, plegó los brazos y adoptó el aire más bien desesperado de un hombre que ha tomado una terrible decisión y se niega a sí mismo el derecho a asustarse.

La subasta, pensaba, ascendería probablemente a unos siete mil dólares, juzgando lo que había sucedido los dos días anteriores, en que los números se habían vendido entre trescientos y cuatrocientos dólares cada uno. Tratándose de un barco inglés, cobraban en libras, pero a Mr. Botibol le gustaba pensar en términos de su propia moneda. Siete mil dólares era mucho dinero. Muchísimo dinero. ¡Santo cielo, lo que haría él si desembarcara con el bolsillo lleno de billetes de cien dólares! En primer lugar, se compraría un «Lincoln» descapotable. Eso en primer lugar. Lo compraría nada más desembarcar, y se presentaría con él en casa. ¡La cara que pondría Ethel cuando se asomara a la puerta y lo viera! Valdría la pena ver la expresión del rostro de Ethel ante un «Lincoln» descapotable color verde pálido, último modelo.

«Hola, Ethel —diría Mr. Botibol, en tono indiferente—. Te he traído un regalito. Lo vi en el escaparate cuando pasaba, y pensé en ti y en lo mucho que siempre has deseado tenerlo. ¿Te gusta, querida? —diría—. ¿Te gusta el color?».

Y luego contemplaría su rostro.

El subastador estaba ahora de pie detrás de su mesa.

—¡Damas y caballeros! —gritó—. Va a empezar la subasta. El capitán ha calculado en quinientas quince las millas a recorrer por el barco hasta el mediodía de mañana. Como de costumbre, subastaremos los diez números anteriores y los diez posteriores al quinientos quince, es decir, desde el quinientos cinco al quinientos veinticinco, ambos inclusive. Y, desde luego, para los que opinen que las millas recorridas estarán por encima o por debajo de esos números, subastaremos separadamente «números altos» y «números bajos». ¡Atención! Ahora vamos a extraer el primer número del sombrero… Aquí está… ¡Damas y caballeros! ¡El quinientos doce!

El salón quedó en silencio. Todos los presentes permanecían inmóviles en sus sillas, mirando al subastador. Había cierta tensión en el aire, y a medida que las pujas eran más altas la tensión iba en aumento. Aquello no era un juego ni una broma; para convencerse de ello, bastaba con fijarse en cómo miraba un hombre a otro que había superado su puja…, sonriendo, quizá, pero sólo de labios para afuera, los ojos brillantes y completamente fríos.

El número quinientos doce fue adjudicado en ciento diez libras. Los tres o cuatro números siguientes fueron adquiridos por una suma parecida.

El barco oscilaba fuertemente, y a cada bandazo el revestido de madera de las paredes crujía como si fuera a partirse. Los pasajeros se agarraban a los brazos de sus asientos, concentrados en la subasta.

—¡Números bajos! —anunció el subastador—. A continuación subastaremos los números bajos.

Mr. Botibol se irguió en su silla, con todo su cuerpo en tensión. Esperaría, había decidido, hasta que los demás terminaran de pujar; en el último momento, se levantaría de un salto y haría su oferta. Había calculado que tenía algo más de quinientos dólares en su cuenta del banco…, casi seiscientos. Esto representaba unas doscientas libras…, más de doscientos. Podía pujar hasta esa suma.

—Como todos ustedes saben —estaba diciendo el subastador—, los números bajos cubren todos los números que se encuentran por debajo del quinientos cinco. De modo que si ustedes opinan que el barco va a recorrer menos de quinientas millas durante las veinticuatro horas que finalizarán mañana al mediodía, ahora es el momento de que pujen. ¿Cuánto ofrecen por los números bajos?

Las ofertas alcanzaron rápidamente las ciento treinta libras. Por lo visto, Mr. Botibol no era el único que se había dado cuenta de que el tiempo había empeorado. Ciento cuarenta…, cincuenta…

El subastador levantó su maza.

—Ciento cincuenta a la una…

—¡Sesenta! —gritó Mr. Botibol, y todos los rostros se volvieron hacia él.

—¡Setenta!

—¡Ochenta! —gritó Mr. Botibol.

—¡Noventa!

—¡Doscientas! —gritó Mr. Botibol. No iba a detenerse ahora… por nadie.

Se produjo una pausa.

—¿Alguien ofrece más de doscientas libras?

«Quédate quieto —se dijo a sí mismo Mr. Botibol—. Absolutamente quieto, sin levantar la mirada. Levantar la mirada trae mala suerte. No respires. Mientras contengas la respiración, nadie va a pujar».

—Doscientas libras a la una…

El subastador tenía un cráneo sonrosado y calvo, y ahora brillaban en él unas gotitas de sudor.

—Doscientas libras a las dos…

Mr. Botibol contuvo la respiración.

—Doscientas libras… ¡a las tres!

El subastador dejó caer la maza sobre la mesa. Mr. Botibol rellenó un cheque y se lo entregó al ayudante del subastador. Luego se retrepó en su asiento para esperar el final de la subasta. No quería acostarse sin saber a cuánto ascendía el total.

Efectuada la suma, arrojó la cifra de dos mil cien libras. Seis mil dólares, aproximadamente. El noventa por ciento para el ganador y el diez por ciento para el Colegio de Huérfanos de la Marina Mercante. El noventa por ciento de seis mil dólares eran cinco mil cuatrocientos dólares. Bueno, había suficiente. Podría comprar el «Lincoln» descapotable, y aún le quedaría algo. Mr. Botibol se dirigió a su camarote andando sobre algodonosas nubes de color de rosa.

Cuando Mr. Botibol se despertó, a la mañana siguiente, permaneció completamente inmóvil durante varios minutos, con los ojos cerrados, atento al sonido del vendaval, al balanceo del barco. No hacía viento, y el barco no se balanceaba. Se levantó de un salto y miró a través del ojo de buey. ¡Santo cielo! El barco se deslizaba rápidamente por un mar tan liso como el cristal. Mr. Botibol dio media vuelta y fue a sentarse en el borde de su litera. Notaba una intensa sensación de malestar en la boca del estómago. Sus sueños empezaban a derrumbarse. Después de lo que acababa de ver, era más que seguro que ganaría uno de los números altos.

«¡Dios mío! —murmuró—. ¿Qué voy a hacer?».

¿Qué diría Ethel, por ejemplo? No podía decirle a su esposa que se había gastado casi todos sus ahorros de dos años en un boleto de la subasta del barco… Y, por otra parte, no podía dejar de decírselo. ¿Cómo justificaría la volatilización del dinero de su cuenta corriente? ¿Y los plazos mensuales del aparato de televisión y de la Enciclopedia Británica? Mr. Botibol veía ya la rabia y el desprecio en los ojos de su esposa, el azul convirtiéndose en gris, como sucedía siempre que Ethel se ponía furiosa.

«¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer?».

No tenía la menor posibilidad de ganar, a menos que sucediera un milagro y el barco hiciera marcha atrás. ¡Absurdo! Aunque… tal vez si se presentaba al capitán y le ofrecía, el diez por ciento de los beneficios… O el veinte por ciento… De repente, Mr. Botibol se quedó completamente inmóvil, con los ojos y la boca muy abiertos, con una expresión en la que se mezclaban la incredulidad y la sorpresa. ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Mr. Botibol se puso en pie, muy excitado, corrió hacia el ojo de buey y contempló de nuevo el mar. Bueno, pensó, ¿por qué no? ¿Por qué no? El mar estaba tranquilo y no tendría dificultades en mantenerse a flote hasta que le recogieran. Tenía la vaga sensación de que alguien había apelado al mismo procedimiento con anterioridad, pero eso no era obstáculo para que él volviera a hacerlo. El barco tendría que detenerse, bajar un bote, y el bote tendría que retroceder media milla, como mínimo, para recogerle, y luego tendrían que regresar hasta el barco y ser izados a bordo. La operación duraría una hora, por lo menos. Una hora representaba treinta millas. Lo suficiente para que ganaran los «números bajos». Desde luego, tenía que asegurarse de que alguien le veía caer; pero eso sería fácil de arreglar. Y sería preferible que llevara unas ropas ligeras, a fin de poder nadar con más facilidad. Algo deportivo… Se vestiría como si fuera a jugar un partido de tenis en cubierta: una camisa, unos pantalones cortos y unas zapatillas de tenis. Y dejaría su reloj en el camarote. ¿Qué hora era? Las nueve y cuarto. Bueno, cuanto antes, mejor. No podía olvidar que el plazo de la subasta finalizaba a mediodía.

Mr. Botibol estaba asustado y excitado al mismo tiempo cuando apareció en la cubierta superior. Miró nerviosamente a su alrededor. Sólo había otra persona a la vista, una mujer de edad madura, muy gorda, que estaba apoyada en la barandilla, contemplando el mar. Llevaba un abrigo de piel de astracán con el cuello levantado, de modo que Mr. Botibol no pudo verle la cara.

Avanzó cautelosamente, examinándola desde cierta distancia.

«Sí —se dijo a sí mismo—. Probablemente servirá. Probablemente dará la alarma con tanta rapidez como cualquier otra persona. Pero, un momento, no te precipites, William Botibol, no te precipites. ¿Recuerdas lo que te dijiste a ti mismo hace unos instantes en el camarote, cuando te estabas cambiando de ropa? ¿Lo recuerdas?».

La idea de saltar de un barco en pleno océano a mil millas de distancia de la costa más próxima había convertido a Mr. Botibol —cauteloso por naturaleza— en un hombre extraordinariamente prudente. Tenía que estar absolutamente seguro de que la mujer que veía delante de él daría la alarma en cuanto le viera saltar. En su opinión, existían dos posibles motivos por los cuales la mujer podía fallarle. En primer lugar, podía tratarse de una mujer sorda y ciega. No era muy probable, pero tampoco era imposible… ¿Por qué correr el riesgo? Lo único que tenía que hacer era comprobarlo, hablando con ella unos instantes. Además —y esto demuestra lo suspicaz que se hace la mente de un hombre cuando funciona apremiada por el miedo y el instinto de conservación—, además, la mujer podía haber comprado uno de los números altos de la subasta, y en consecuencia tener un buen motivo financiero para no desear que el barco se detuviera. Mr. Botibol recordó a los individuos que habían asesinado a camaradas suyos por mucho menos de seis mil dólares. No, tampoco podía correr ese riesgo. No le costaba nada comprobarlo, a través de unos instantes de conversación. Luego, suponiendo que la mujer resultara ser una persona amable y encantadora, Mr. Botibol podría saltar por la borda con el corazón ligero.

Mr. Botibol avanzó de un modo casual hacia la mujer y se colocó a su lado, apoyado en la barandilla.

—Buenos días —dijo en tono afable.

La mujer se volvió hacia él y sonrió, con una sonrisa sorprendentemente cordial, casi hermosa, a pesar de que el rostro era más bien feo.

—Buenos días —respondió la mujer.

No era ni ciega ni sorda, desde luego. Mr. Botibol se frotó las manos, satisfecho.

—Dígame —continuó, yendo directo al asunto—, ¿qué opina usted de la subasta de anoche?

—¿Subasta? —inquirió la mujer, enarcando las cejas—. ¿Subasta? ¿Qué subasta?

—La que se celebra en el salón después de la cena, vendiendo números que corresponden al recorrido diario del barco. Me estaba preguntando qué opina usted de ella.

La mujer movió la cabeza y volvió a sonreír, con una sonrisa dulce y agradable que pretendía ser una disculpa.

—Soy muy perezosa —dijo—. Me acuesto siempre muy temprano. Ceno en la cama, ¿sabe? Cenar en la cama resulta muy agradable.

Mr. Botibol le devolvió la sonrisa y se dispuso a separarse de la mujer.

—Voy a hacer un poco de ejercicio —dijo—. Por la mañana hago siempre un poco de ejercicio. Encantado de conocerla… Encantado de conocerla, señora…

Retrocedió unos diez pasos, y la mujer le dejó marchar sin volver la cabeza.

Ahora todo estaba en orden: el mar tranquilo, Mr. Botibol vestido adecuadamente para nadar, la seguridad de que en aquella parte del Atlántico no había tiburones, y aquella amable mujer para dar la voz de alarma. El único problema estribaba en si el barco se detendría el tiempo suficiente para inclinar la balanza a su favor. Sí, probablemente sí. De todos modos, Mr. Botibol podía ayudarse un poco a sí mismo en ese sentido. Podía retrasar el momento de que le izaran a bordo del bote salvavidas. Nadando alrededor de la embarcación, como si las olas le empujaran contra su voluntad… Cada minuto, cada segundo ganado le ayudaría a vencer. Empezó a avanzar de nuevo hacia la barandilla, pero ahora le asaltó un nuevo temor. ¿Y si resultaba atrapado en el remolino de las hélices? Más de una persona se había caído de un barco y había resultado destrozada por las hélices… Bueno, pero él no iba a caerse, él iba a saltar, lo cual cambiaba las cosas. En el supuesto de que saltara lo bastante lejos como para evitar el peligroso remolino, claro está.

Mr. Botibol avanzó lentamente hasta la barandilla, a unos veinte metros de distancia de la mujer. En aquel momento, ella no le miraba. Mucho mejor. Mr. Botibol no deseaba que la mujer le viera saltar. Así, él podría afirmar más tarde que había resbalado, cayendo al mar, por accidente. Miró hacia abajo. Era un buen salto, desde luego. Pensándolo bien, existía el peligro de que se lastimara seriamente al chocar contra el agua. En cierta ocasión, alguien había resultado muerto al saltar al agua desde un trampolín y caer sobre su estómago… ¡Cuidado! Tenía que saltar de pie y hender el agua como un cuchillo. De acuerdo. El agua parecía fría y profunda y gris, y Mr. Botibol tembló ligeramente al mirarla. Pero ahora o nunca. De acuerdo: ahora…

Trepó a la barandilla, se balanceó sobre ella durante tres terribles segundos y saltó…, saltó tan lejos como le fue posible, y al mismo tiempo gritó:

—¡Socorro!

Mientras caía volvió a gritar:

—¡Socorro! ¡Socorro!

Luego chocó contra el agua y se hundió.

Cuando resonó el primer grito, la mujer que estaba apoyada en la barandilla dio un respingo de sorpresa. Miró rápidamente a su alrededor y vio volar por el aire a aquel hombre que llevaba pantalones cortos y zapatillas de tenis, con los brazos extendidos como las alas de un águila y gritando mientras descendía. Por un instante, pareció como si la mujer no estuviera muy segura de lo que tenía que hacer; lanzar al agua un cinturón salvavidas, echar a correr y dar la voz de alarma, o simplemente aullar. Retrocedió un paso y se quedó inmóvil, tensa, indecisa. Luego, todo su cuerpo pareció relajarse y volvió a inclinarse sobre la barandilla, contemplando el agua. No tardó en divisar un puntito negro y redondo…, una cabeza de hombre, y un brazo levantado por encima de aquella cabeza, moviéndose desesperadamente, mientras una vocecita lejana decía algo que la mujer no conseguía entender. Se inclinó un poco más sobre la barandilla, tratando de no perder de vista el puntito negro, pero al cabo de unos instantes, muy breves, el puntito se había alejado tanto que la mujer no pudo tener la seguridad de que lo estaba viendo.

Al cabo de un rato apareció otra mujer en cubierta. Una mujer huesuda y angulosa, con gafas. Se dirigió rápidamente hacia la barandilla, andando con la marcialidad de un sargento.

—¡De modo que está usted aquí! —dijo.

La mujer gorda se volvió a mirar a la recién llegada, pero no dijo nada.

—La he estado buscando por todas partes —continuó la mujer huesuda—. Buscándola por todas partes.

—Es muy raro —dijo la mujer gorda—. Un hombre acaba de saltar por la borda, completamente vestido.

—¡Tonterías!

—¡Oh, sí! Dijo que quería hacer un poco de ejercicio, y saltó al agua sin molestarse siquiera en quitarse la ropa.

—Bueno, vamos para abajo —dijo la mujer huesuda. Su anguloso rostro tenía ahora una expresión vigilante, y habló con menos amabilidad que antes—. Y que sea la última vez que sube sola a cubierta. Ya sabe que no me gusta que me desobedezca…

—Sí, Maggie —respondió obedientemente la mujer gorda. Sonrió de nuevo, con una sonrisa tierna y confiada, y se cogió de la mano de la mujer huesuda para cruzar la cubierta—. Era un hombre encantador —murmuró—. Me saludaba desde el agua, agitando la mano.