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La transferencia - Algernon Blackwood (Parte 2 y última)

Sin saberlo, Jamie había dado la última pincelada al retrato que yo había trazado, inconscientemente. El hombre poseía, y ponía en juego, cierta callada, irresistible facultad de despojarte de todas tus reservas, para luego, rápidamente, asimilárselas él. 

Al principio te dabas cuenta de una tensa resistencia; poco a poco esta resistencia se teñía de cansancio; la voluntad se volvía flácida; y luego, o te marchabas, o cedías... aceptando todo lo que él dijera con una sensación de debilidad presionando hasta los mismos bordes del colapso. 

Con un antagonista masculino acaso fuera diferente, pero aun en este caso el esfuerzo de resistencia generaba una fuerza que absorbía él y no el otro. Él nunca cedía. Una especie de instinto le enseñaba a protegerse contra toda rendición. Quiero decir que nunca cedía ante seres humanos. 

Esta vez se trataba de una cuestión muy diferente. No tenía más posibilidad que una mofeta o una mosca ante los engranajes de un enorme motor de «atracción de feria», como solía decir Jamie.

Así era como le veía yo: como una gran esponja humana, atiborrada y empapada de vida, o de los frutos de la vida absorbidos de otros..., robados. Mi idea de un vampiro humano quedaba confirmada. Aquel hombre andaba por el mundo transportando aquellas acumulaciones de vida de los demás. En este sentido, su «vida» no le pertenecía realmente. Por cierta razón, me figuro, no la tenía tan plenamente bajo su dominio como se imaginaba.

Y dentro de una hora ese hombre estaría aquí. Me fui a la ventana. La vista se me extravió hacia el trecho vacío, negro mate, que se extendía en medio de la estupenda lozanía de las flores del jardín. Se me antojaba un borroso pedazo de vacío que bostezaba pidiendo ser llenado y alimentado. 

La idea de que Jamie jugase en torno de sus desnudas orillas se me hacía aborrecible. Yo contemplaba las grandes nubes de verano, arriba en el cielo, la quietud de la tarde, la calígine. Por el jardín se extendía un silencio recalentado, opresivo. No recordaba otro día tan sofocante, tan inmóvil. Un día tendido allí, aguardando. También el personal de la casa aguardaba; esperaba que míster Frene llegase de Londres, con su gran automóvil.

Y jamás olvidaré la sensación de encogimiento y pena glaciales con que escuché el roncar del coche. El tío Frank había llegado. Habían servido el té en el césped, bajo las limas, y mistress Frene y Gladys, de regreso de la excursión, se habían sentado en sillones de mimbre. 

Míster Frene, el menor, esperaba en el vestíbulo para dar la bienvenida a su hermano; pero Jamie —según supe más tarde— había manifestado una alarma tan histérica y ofrecido una resistencia tan desesperada que se consideró más prudente tenerle en su habitación. Quizá, después de todo, su presencia no fuese necesaria. 

Se adivinaba perfectamente que la visita tenía algo que ver con el lado desagradable de la vida: dinero, capitulaciones, o qué sé yo. Nunca me enteré bien; solo supe que los padres de Jamie estaban ansiosos y que había que ganarse la benevolencia del tío Frank. No importa. Eso no tiene nada que ver con el asunto. 

Lo que sí tuvo que ver —de lo contrario no escribiría yo esta narración— es que mistress Frene me hizo llamar, pidiéndome que bajase «luciendo mi bonito vestido blanco, si no me importaba», y que yo estaba aterrorizada, aunque al mismo tiempo halagada, porque aquello significaba que una cara bonita se consideraba una preciada adición al panorama que le ofrecían al visitante. 

Además, por raro que parezca, yo sentía que mi presencia era, en cierto modo, inevitable; que, fuese por la razón que fuere, estaba dispuesto que yo presenciara lo que presencié. Y en el instante en que llegué al prado... —titubeo antes de ponerlo por escrito, porque parece una cosa tan tonta, tan inconexa— habría jurado, mientras mis ojos se encontraban con los de aquel hombre, que se produjo una especie de oscuridad repentina; una oscuridad que robó el esplendor veraniego de todos los seres y todos los objetos, y que la producían unos escuadrones de caballitos negros salidos de su persona, que corrían en derredor nuestro, dispuestos al ataque.

Después de una primera mirada momentánea de aprobación, el hombre no volvió a fijarse en mí. El té y la conversación discurrían apaciblemente; yo ayudaba a pasar platos y tazas, llenando las pausas con comentarios intrascendentes dirigidos a Gladys. A Jamie no se le mencionó siquiera. 

Exteriormente todo parecía bien; pero interiormente todo era horrible... aquello bordeaba el límite de las cosas inenarrables, y parecía tan cargado de peligro que cuando hablaba yo no lograba dominar el temblor de mi voz.

Contemplaba la cara dura, inexpresiva del visitante; advertía su extraordinaria delgadez y el brillo raro, aceitoso, de sus ojos firmes. No centelleaban; pero le absorbían a uno con una especie de brillo suave, cremoso, como el de los ojos de los orientales. Y todo lo que decía o hacía anunciaba lo que yo osaría llamar la succión de su presencia. Con su naturaleza lograba este resultado de una manera automática. Nos dominaba a todos, aunque de una manera tan suave que, hasta que había tenido lugar el hecho, nadie lo advertía.

No obstante, antes de haber transcurrido cinco minutos, yo me daba cuenta de una sola cosa. Mi mente se enfocaba sobre ella, nada más, y con tal viveza que me maravillaba que los otros no se pusieran a gritar, o a correr, o a tomar alguna medida violenta para impedir aquello. Y aquello era esto: que, separado meramente por menos de una docena de metros, aquel hombre, que vibraba con la vitalidad adquirida de otros, estaba fácilmente al alcance de aquel punto de vacío que bostezaba y esperaba, ansiando que lo llenasen. La tierra olfateaba su presa.

Aquellos dos «centros» activos se hallaban en posición de combate; el hombre tan delgado, tan duro, tan vivaz, aunque en realidad abarcando una gran dimensión con el amplio entorno de vida de los otros que se había apropiado, tan práctico y victorioso; el otro tan paciente, profundo, con la poderosísima atracción de la tierra entera detrás, y... —¡ay!—, tan consciente de que, por fin, se le presentaba la oportunidad.

Lo vi todo tan claramente como si hubiera estado contemplando a dos grandes animales preparándose para la batalla, ambos inconscientemente; aunque en cierta inexplicable manera, aquello yo lo veía, por supuesto, dentro de mí, no fuera. El conflicto sería aborreciblemente desigual. 

Cada bando había enviado ya sus emisarios, aunque yo no pudiera decir cuánto tiempo hacía, porque la primera prueba que él dio de que algo anormal sucedía en su interior fue cuando, de pronto, la voz se le volvió confusa, se equivocaba de palabras y los labios le temblaron un momento y perdieron tono. 

Un segundo después su rostro delataba aquel cambio singular y horrible, como si adquiriese una especie de flácidez alrededor de los pómulos y creciese, creciese, de modo que yo recordé la angustiosa frase de Jamie. En aquel preciso segundo, yo adiviné que los emisarios de los dos reinos, el humano y el vegetal, se habían encontrado ya. 

Por primera vez en su larga carrera de medrar a costa ajena, míster Frene se veía enfrentado contra un reino más vasto de lo que suponía, y al descubrir esta realidad, se estremecía interiormente en aquella reducida porción que era su verdadera y auténtica persona. Advertía la llegada del enorme desastre.

—Sí, John —estaba diciendo, con aquella voz pausada, como felicitándose a sí mismo—, sir George me regaló ese coche; me lo dio para obsequiarme. ¿Verdad que fue un gesto encan...? —pero aquí se interrumpió bruscamente, balbució, tomó aliento, se puso en pie y miró, inquieto, a su alrededor. Por un segundo hubo una pausa sorprendida e incómoda. 

Fue como el chasquido que pone en marcha una enorme maquinaria, ese momento de pausa que precede al verdadero arranque. Luego, en verdad, todo sucedió con la velocidad de una máquina que rueda cuesta abajo y sin control. Yo pensé en una dinamo gigante que girase en silencio e invisible.

—¿Qué es aquello? —gritó con voz apagada y saturada de alarma—. ¿Qué es aquel horrible lugar? ¡Oh, además, alguien llora allí...! ¿Quién es?

Y señalaba el terreno desnudo. En seguida, antes de que nadie pudiera contestarle, se puso a cruzar el prado en aquella dirección, andando a cada instante con paso más rápido. Antes de que nadie pudiera moverse, había llegado al borde. Se inclinó... y fijó la mirada en el suelo.

Tuve la sensación de que transcurrían varias horas; pero en realidad fueron segundos; porque el tiempo se mide por la cualidad y no la cantidad de las sensaciones que contiene. Lo vi todo con detalle despiadado, fotográfico, grabado vivamente entre la confusión general. 

Ambos bandos desplegaban una tremenda actividad, aunque solo uno, el humano, ejercía toda su fuerza... en forma de resistencia. El otro se limitaba a extender, por así decirlo, un solo tentáculo de su vasta enorme fuerza potencial; no se precisaba más. Fue una victoria tranquila, fácil. ¡Ah, resultaba más bien lamentable! No hubo jactancia ni gran esfuerzo, en un bando al menos. 

Casi pegada a la vera del hombre, presencié la escena; pues parece que fui la única persona que se movió y le siguió. Nadie más dejó su puesto, aunque mistress Frene armaba un tremendo ruido con las tazas, realizando no sé qué impulsivos gestos con las manos, y Gladys, recuerdo, profirió un grito... como un pequeño alarido:

—¡Oh, madre, es el calor!, ¿verdad?

Míster Frene, el padre, estaba pálido como la ceniza, y mudo.

Pero en el mismo instante que yo llegaba al lado del tío Frank se vio claramente qué era lo que me había llevado allí tan instintivamente. Al otro lado, entre las hayas plateadas, estaba el pequeño Jamie. Estaba observando. 

Yo sentí —por él— uno de estos impulsos que estremecen el corazón; un miedo líquido recorrió todo mi ser, tanto más efectivo cuanto que era realmente ininteligible. Sin embargo, comprendía que si hubiera podido saberlo todo, y qué era lo que quedaba detrás, el miedo habría sido más justificado; comprendía que aquello era espantoso, estaba lleno de terror.

Y entonces sucedió —fue una visión verdaderamente perversa—, como el contemplar un universo en acción, contenido, no obstante, en una reducida superficie de terreno. Creo que el hombre comprendió vagamente que si alguien ocupara su puesto, quizá pudiera salvarse, y que este fue el motivo de que, discerniendo instintivamente el sustituto que tenía más fácilmente a su alcance, vio al niño y le llamó en voz alta, desde el otro lado del suelo desnudo:

—¡Jamie, hijo mío, ven acá!

Su voz fue como un disparo agudo, pero al mismo tiempo monótono y sin vida, como cuando un rifle falla el tiro; una voz seca pero débil, sin «estallido». En realidad era una súplica. Y, con profunda sorpresa, yo escuché mi propia voz, vibrando imperiosa y fuerte, aunque no tuviera consciencia de decir las palabras que estaba pronunciando:

—¡Jamie, no te muevas! ¡Quédate donde estás! —Pero Jamie, el pequeñín, no obedeció a ninguno de los dos. Se acercó todavía más al borde y se quedó plantado allí... ¡riendo! Yo escuchaba aquella risa; pero habría jurado que no procedía de él. Era la tierra, el trecho de suelo desnudo el que producía aquel sonido.

Míster Frene se volvió de costado, levantando los brazos. Vi su cara dura, descolorida, ensanchándose un poco, desparramarse por el aire y caer hacia el suelo. Y vi que, al mismo tiempo, le ocurría algo similar a toda su persona, porque se perdió en la atmósfera en un chorro de movimiento. 

Por un segundo, la cara me hizo pensar en esos juguetes de caucho de los que tiran los niños. Se hizo enorme. Aunque esto era solamente una impresión externa. Lo que sucedía realmente —lo comprendí con toda claridad— era que toda la vida y la energía que había absorbido de los demás durante años ahora se la quitaban y la transferían... a otra parte.

Por un momento, en el borde, se bamboleó horriblemente; luego, con aquel raro movimiento de costado, rápida pero desmañadamente, penetró en el centro del espacio desnudo y cayó pesadamente de bruces. Sus ojos, mientras caía, se apagaron de manera extraña, y por todo su rostro aparecía escrita, con claridad prístina, una expresión que yo ahora solo sabría calificar de destrucción. Se le veía completamente destruido. 

Capté un sonido —¿de Jamie?—, pero esta vez no era una carcajada. Era como una deglución; era un sonido bajo y apagado, profundamente hundido en la tierra. De nuevo pensé en unos escuadrones de caballitos negros alejándose al galope por un pasillo subterráneo, bajo mis pies, hundiéndose en las profundidades, y sus pisadas se iban debilitando más y más, enterrándose en la distancia. En mi olfato penetraba un fuerte olor de tierra.

Y luego... todo pasó. Volví en mí. Míster Frene, el menor, levantaba la cabeza de su hermano del prado donde había caído, junto a la mesa del té. En realidad no se había movido de allí. Y Jamie, según supe después, había estado todo el rato durmiendo arriba, en su cama, rendido por el llanto y la inexplicable alarma. Gladys vino corriendo con agua fría, esponja, toalla y también brandy..., en fin, multitud de cosas.

—Madre, ha sido el calor, ¿verdad? —Oí el murmullo de la niña; pero no la respuesta de la madre. A juzgar por su cara, habría dicho que, por su parte, mistress Frene estaba al borde del colapso. Luego vino el mayordomo, y entre todos levantaron al caído y le llevaron al interior de la casa. El tío Frank se recobró aun antes de que llegara el médico.

Pero lo que me extrañó mayormente fue la profunda convicción que tenía de que todos los demás habían visto lo mismo que vi yo, solo que ninguno dijo ni media palabra del suceso; ni la ha dicho nadie hasta el día de hoy. Y esto acaso fuera lo más horrendo de todo.

Desde aquel día hasta el de hoy, apenas oí nombrar jamás a míster Frene, el mayor. Pareció como si, súbitamente, hubiera desaparecido de este mundo. Los periódicos no le mencionaban. Por lo visto, sus actividades cesaron por completo. Sea como fuere, la vida que llevó luego se distinguió por su inanidad. Realmente, nunca hizo nada digno de la mención pública. Aunque también puede ser que, habiendo dejado de estar a las órdenes de mistress Frene, no tuviera yo ocasión alguna de enterarme de nada.

Sin embargo, la vida ulterior de aquel trozo estéril de jardín siguió un rumbo completamente distinto. Que yo sepa, los jardineros no procedieron a ninguna enmienda de su suelo, ni se abrió ningún desagüe, ni se trajo tierra nueva; pero ya antes de que me marchase yo, al verano siguiente, había cambiado. Permanecía inculto; pero poblado de grandes y lozanas hierbas y enredaderas, fuertes, bien alimentadas, reventando literalmente de vida.

Testigo en la Oscuridad - Fredric Brown (parte 1)

I

 

 

El leer lo ocurrido en el periódico ya me dio una ligera idea de los horrores del asunto. Por alguna razón, tuve el presentimiento inmediato de que se me pondría a trabajar en ese caso y de que aquello no me iba a gustar. Naturalmente, podría estar ya resuelto a mi regreso; era la tarde del penúltimo día de mis vacaciones. Pero no creí que pudiera ser así.

Dejé el periódico y traté de olvidar lo que había leído, mirando a Marge. Incluso después de cuatro años de matrimonio, me gustaba mirar a Marge.

Pero en esta ocasión no consiguió eliminar de mi mente lo que había leído. A través de una línea de pensamiento secundaria, mi mente volvió al caso. Pensé en lo malo que sería estar ciego y no poder volver a mirar a Marge nunca más. La historia publicada en el periódico hablaba de un hombre ciego..., un ciego que era el único testigo de un asesinato.

Marge levantó su mirada, me preguntó en qué estaba pensando y se lo dije. Se interesó por el caso, y le conté los detalles; sólo pude hablar de lo que había publicado el periódico.

—El nombre del ciego es Max Easter. Hasta hace tres días era el contable de la Springfield Chemical Works. Hasta hace tres días no era un ciego... y ahora no saben si su ceguera será permanente o no; se la produjo un accidente en la planta de productos químicos. Parece que alguna clase de ácido le salpicó a la cara mientras estaba recogiendo las tarjetas de entrada del personal de la planta. Los médicos creen que se recuperará, pero ahora está completamente ciego y tiene los ojos vendados.

»Ayer por la tarde estaba en su habitación —en la que aún permanece—, hablando con un amigo suyo llamado Armin Robinson, que había ido a verle. Sus esposas, la de Easter y la de Robinson, se habían marchado a la ciudad a ver una película. Los dos hombres estaban solos en la casa... a excepción del asesino.

»Armin Robinson estaba sentado en una silla, cerca de la cama, y la puerta de la habitación permanecía entreabierta. Max Easter estaba semisentado en la cama, y los dos amigos estaban hablando. Entonces, Easter oyó cómo chirriaba la puerta y alguien entró en la habitación. Escuchó moverse a Robinson y cree que su amigo se levantó en aquel momento, pero nadie dijo una sola palabra. 

Entonces, de repente, sonó un disparo e inmediatamente después escuchó la caída de un cuerpo, procedente del lugar donde antes se encontrara Robinson. A continuación, los pasos extraños se adentraron más en la habitación y Easter, sentado allí, en la cama, esperó a que el desconocido disparara también sobre él.

—¡Qué horrible! —exclamó Marge.

—Pero ahora viene lo peor de todo —dije—. En lugar de sentir el impacto de una bala, Max Easter sintió como algo caía en la cama, sobre el colchón. Extendió la mano, buscándolo a tientas, y se encontró con un revólver. Entonces, escuchó al asesino, moviéndose, y apuntó el revólver en aquella dirección, y apretó el gatillo...

—¿Quieres decir que el asesino le entregó el arma? ¿Que la arrojó sobre su cama? ¿Es que no sabía que un hombre ciego puede disparar dejándose guiar por el sonido?

—Todo lo que sé es lo que han publicado los periódicos, Marge. Y así es como cuentan la historia de Easter. Pero podría ser. Probablemente, el asesino no se dio cuenta de que el rebote del arma sobre el colchón indicaría a Easter dónde había caído el revólver, como tampoco pudo imaginar que él lo cogiera con tanta rapidez. Probablemente, pensó que podría salir de la habitación antes de que Easter pudiera encontrar el arma.

—Pero ¿por qué entregarle el arma de todos modos?

—No lo sé. Pero, siguiendo con la historia de Easter: cuando hizo oscilar el arma para apuntar en dirección al sonido, escuchó un ruido, como el de las rodillas de un hombre cayendo al suelo, y se imaginó que el asesino se había agachado para mantenerse fuera de la línea de tiro, si él decidía disparar. Así pues, Easter bajó el arma, apuntando medio metro por encima del nivel del suelo, y apretó el gatillo. Sólo una vez.

»Y entonces, según dice y de repente, tuvo más miedo de lo que estaba haciendo que de lo que pudiera ocurrirle a él, y terminó por arrojar el arma. Estaba disparando en la oscuridad... literalmente en la oscuridad. Si se equivocaba en analizar lo que estaba sucediendo, podría estar disparando contra Armin Robinson... o contra cualquier otra persona. Ni siquiera sabía con seguridad que se había cometido un asesinato, o lo que había ocurrido allí.

»Así pues, arrojó el arma, que golpeó una de las esquinas de la cama y cayó al suelo. Así que no podía volver a recogerla, aun cuando cambiara de opinión. Y se quedó allí, sentado en la cama, sudando, mientras fuera quien fuese se movió un rato por la habitación, antes de marcharse.

Marge me miró pensativamente, antes de preguntar:

—Moviéndose por la habitación..., ¿haciendo qué, George?

—¿Cómo podía saberlo Easter? Después se comprobó que había desaparecido la cartera de Armin Robinson, así es que, probablemente, una de las cosas que hizo el desconocido fue cogerla. También desaparecieron la propia cartera de Easter y su reloj, que estaban sobre la mesita de noche, según dijo después su esposa. También desapareció una pequeña maleta.

—¿Una maleta? ¿Y para qué se llevarían una maleta?

—Para transportar los objetos de plata que desaparecieron de la planta baja, junto con otros pequeños objetos, del tipo de los que se podría llevar un  ladrón. Easter dijo que el desconocido se movió por la habitación durante lo que le pareció un largo rato, aunque probablemente sólo se trató de un minuto o dos. Después, le escuchó bajar las escaleras, moverse un rato por la planta baja y finalmente oyó cómo se abría y se cerraba la puerta de atrás.

»No se atrevió a levantarse hasta estar seguro de que el asesino había abandonado la casa. Entonces, fue avanzando hacia donde estuviera Robinson y descubrió que había muerto. Así es que bajó poco a poco las escaleras hasta llegar adonde estaba el teléfono y llamó a la policía. Y aquí termina la historia.

—Pero eso es horrible —dijo Marge—. Quiero decir que deja muchos cabos sueltos, muchas cosas que pueden plantear preguntas.

—Que es precisamente lo que he estado haciendo. Me impresiona especialmente la imagen de ese hombre ciego disparando en la oscuridad, sintiéndose después atemorizado porque no sabía contra qué o quién estaba disparando.

—George, ¿verdad que los ciegos adquieren sentidos especiales? Quiero decir que pueden decir quién es una persona por la forma en que ésta anda..., ¿verdad que pueden saber cosas como ésas?

—Max Easter había estado ciego desde hacía tres días —dije, muy pacientemente—. Quizá fuera capaz de distinguir los pasos de un hombre de los de una mujer..., si la mujer llevara tacones altos.

—Creo que tienes razón. Aun cuando conociera al hombre...

—Aun cuando el asesino fuera un amigo suyo —dije—, no lo habría podido saber. Por la noche, todos los gatos son pardos.

—Todos los gatos parecen pardos.

—Eres una boba —dije.

—Míralo en el Dudas de Bartlett.

Marge y yo siempre estamos discutiendo por cosas como ésta. Saqué la obra de Bartlett de la maleta y la consulté. En esta ocasión, ella tenía razón. También me había equivocado en lo de «por la noche». El dicho era: «De noche, todos los gatos parecen pardos.»

Cuando admití ante Marge —para variar— que ella tenía razón, y dejamos pasar un rato en silencio, su mente volvió de nuevo al asesino.

—¿Y qué sucede con el revólver que abandonó, George? ¿No le pueden seguir la pista por las huellas? ¿O por el número de serie del arma, o por algo?

—Se trataba del revólver del propio Max Easter —dije—. Estaba en el cajón de una mesa que hay en el piso de abajo. Se me olvidó decírtelo. El asesino debió de haberlo cogido antes de subir arriba.

—¿Crees que era un simple ladrón?

—No —le dije.

—Yo tampoco. Hay algo en todo esto..., algo que suena mal.

—Me parece que es algo más que eso. En todo esto hay una total discordancia. Pero no me puedo imaginar lo que es.

—Ese Max Easter —dijo mi esposa—, quizá no esté ciego.

—¡Intuición femenina! —exclamé con un bufido—. Creo que, a menos que tengas alguna razón para decirlo, eso es algo tan tonto como decir que disparó contra un gato pardo, simplemente porque mencioné ese proverbio antes.

—Quizá lo hizo —dijo Marge.

Ni siquiera valía la pena contestar aquella observación. Volví a coger el periódico, abriéndolo por la sección de deportes.

Los periódicos del domingo, al día siguiente, publicaban más sobre el caso, pero no añadían nada nuevo. No se habían efectuado detenciones y, al parecer, ni siquiera se sospechaba de nadie. Esperaba que no me pusieran a trabajar en el caso. No sé exactamente por qué. Simplemente, lo esperaba así.

  

II

  

Tuve que hacerme cargo del caso casi antes de entrar en la oficina. Antes de quitarme la gabardina, alguien me dijo que el capitán Eberhart quería verme en su despacho, y hacia allí me dirigí.

—¿Ha tenido unas buenas vacaciones, George? —me preguntó, pero sin esperar siquiera mi contestación siguió hablando—: Le voy a poner a trabajar en el caso de asesinato de ese Armin Robinson. ¿Ha leído algo en los periódicos?

—Claro —contesté.

—Entonces sabe tanto del caso como cualquier otra persona, excepto una cosa. Se la diré, pero, al margen de ese detalle, quiero que trate el caso con frialdad, sin ninguna clase de ideas preconcebidas. Nosotros no hemos llegado a ninguna parte y quizá a usted se le pueda ocurrir algo que se nos ha escapado a nosotros. Creo que vale la pena intentarlo.

—¿Y qué ocurre con los informes del laboratorio de balística? —pregunté, después de asentir—. Puedo abordar a la gente con frialdad, pero me gustaría conocer los hechos físicos.

—Está bien. Según el informe del juez de instrucción, Robinson murió instantáneamente a consecuencia de una bala que le atravesó la cabeza. La bala quedó incrustada en la pared, casi un metro detrás de donde había estado sentado, y aproximadamente a un metro setenta de altura, con respecto al nivel del suelo. Penetró en la pared casi en línea recta. Todo concuerda, si él se levantó en el momento en que el asesino entró en la habitación, y siempre que éste se encontrara en la puerta o en el interior de la habitación e hiciera el disparo manteniendo el arma al nivel del ojo.

—¿La bala procede del arma encontrada?

—Sí, y también sucede lo mismo con la otra bala, la que disparó Max Easter. Y en el arma había dos cápsulas vacías. No hay huellas en el revólver, a excepción de las del propio Easter; el asesino tuvo que haber llevado guantes. Y mistress Easter dice que de la cocina le faltan un par de guantes blancos de algodón.

—¿Existe alguna posibilidad de que Max Easter disparara las dos balas en lugar de una?

—Absolutamente no, George. El está ciego..., al menos temporalmente. El médico que le trata lo garantiza así; hay pruebas... reacción de las pupilas a los destellos repentinos de luz y cosas así. La única forma en que un ciego podría darle a alguien en un centro tan mortal como la frente sería manteniendo el revólver contra ella... y no había ninguna quemadura causada por la pólvora. 

No, la historia de Max Easter parece la de un chiflado, pero todos los hechos encajan perfectamente. Incluso el tiempo. Algunos vecinos escucharon los disparos. Pensaron que se trataba de petardos, y no investigaron, pero se dieron cuenta del tiempo; algunos de ellos estaban escuchando la radio y todo se produjo durante el cambio de programas de las ocho... dos disparos con una diferencia de unos cinco segundos entre uno y otro. Y según nuestros propios archivos, la llamada que nos hizo Easter se produjo a las ocho y doce minutos. Esos doce minutos encajan bastante bien con lo que nos dijo que sucedió, desde que se produjeron los disparos hasta que consiguió llegar al teléfono.

—¿Qué tal con las coartadas de las dos esposas?

—Perfectas. Mientras se produjo el asesinato, se encontraban las dos juntas viendo una película. Precisamente eran más o menos las ocho de la noche cuando entraron en el cine y vieron a algunos amigos en el vestíbulo del local, así es que no se trata sólo de su palabra. Puede considerar la coartada como buena.

—Está bien —dije—, ¿y qué es lo que no han publicado los periódicos? Me refiero a ese detalle de que me habló antes.

—El informe de laboratorio sobre la otra bala, la que disparó Easter contra el asesino, indica que hay en ella restos de materia orgánica.

—¡Entonces el asesino fue herido! —exclamé, con un silbido, pues aquello debía hacer más fácil el caso.

—Quizá —dijo el capitán Eberhart, suspirando—. Siento mucho tener que decirle esto, George, pero si fue herido, se trataba de un gallo que llevaba un pijama de seda.

—¡Estupendo! —exclamé—. Mi esposa dice que Easter disparó contra un gato pardo, y mi esposa casi siempre tiene razón. En todo. Pero ahora, ¿le importaría hablar con cierto sentido?

—Si puede usted encontrar algún sentido en esto, estupendo. Sacamos la segunda bala de la pared, cerca de la puerta, aproximadamente a unos cuarenta centímetros de altura. El microscopista que la examinó dice que hay en ella restos diminutos de tres clases diferentes de materia orgánica. Se trata de cantidades infinitesimales. Únicamente las puede identificar hasta un cierto punto y no está totalmente seguro de ello. En cualquier caso, cree que se trata de sangre, seda y plumas. La respuesta a este rompecabezas sería un gallo que llevara un pijama de seda.

—¿Qué clase de sangre? —pregunté—. ¿Qué clase de plumas?

—No hay seguridad. Se trata de restos muy diminutos, y el especialista no se atreve a ir más lejos, ni siquiera como suposiciones. ¿De qué me hablaba antes sobre un gato pardo?

Le conté nuestra pequeña discusión sobre el proverbio, y la burlona observación de Marge.

—En serio, capitán —seguí diciendo—, todo parece indicar que el asesino fue herido. Probablemente sólo se trató de un roce, ya que después continuó haciendo lo que había ido a hacer allí. Eso justificaría la presencia de sangre en la bala y en cuanto a la seda no es muy difícil suponérselo. Una camisa, unos calcetines, una corbata de seda... cualquier cosa. Pero en lo que se refiere a las plumas, ya es algo más difícil de suponer. El único sitio donde un hombre puede llevar una pluma, al menos normalmente, es en un sombrero nuevo.

Eberhart asintió con un movimiento de cabeza.

—Dejando aparte a los gallos con pijama de seda —dijo—, ésa es la mejor sugerencia que tenemos hasta el momento. Todo podría haber ocurrido así: el asesino ve cómo el arma apunta hacia él, desciende hacia el suelo y avanza su mano hacia el arma. Las manos no detienen las balas, pero a menudo sucede que la gente realiza ese movimiento cuando alguien está a punto de disparar contra ella. La bala roza entonces la mano y la banda del sombrero, que es de seda, y lleva una pluma, aunque no tiene la fuerza suficiente para dejarle sin sentido o derribarle, y termina por quedar incrustada en la pared. Después, el asesino se lía un pañuelo alrededor de su mano herida y sigue actuando una vez que Easter ha arrojado el arma lejos de sí y se siente a salvo.

—Podría haber sido así —dije—. ¿Se ha comprobado si alguna de las personas conectadas con el caso está herida?

—No hay señales de ninguna herida, al menos exteriormente. Y no hemos conseguido suficientes pruebas contra nadie como para obligarle a desnudarse. En realidad, maldita sea, no hemos encontrado a nadie con un motivo. Por muy increíble que parezca, así es, George, casi hemos decidido que se ha tratado de un simple robo. Bien, eso es todo lo que voy a decirle. Encárguese del caso con toda la frialdad posible, y quizá encuentre algo que se nos ha pasado por alto a nosotros.

Volví a ponerme la gabardina y salí de la oficina.

  

III

  

Lo primero que tenía que hacer era lo que más me disgustaba: hablar con la viuda del hombre asesinado. En beneficio de ambos, confiaba en que ya hubiera pasado lo peor de la impresión y del dolor.

Desde luego, no me divertí, pero no fue algo tan malo como pudo haber sido. Mistress Armin Robinson se mostró tranquila y reservada, pero estaba dispuesta a hablar y lo hizo sin ninguna emoción. En realidad, la emoción estaba allí, pero en una capa mucho más profunda, que no saldría a la superficie en forma de histeria.

Primeramente, traté la cuestión de su coartada. Sí, ella y mistress Easter, la esposa del ciego, se encontraban en el vestíbulo del cine a las ocho. Estaba segura de que eran exactamente las ocho porque tanto ella como Louise Easter comentaron el hecho de que las horas de sus relojes coincidían; Louise había llegado primero, pero dijo que había estado esperando menos de un minuto. 

Louise había estado hablando con dos amigas comunes con las que se había encontrado accidentalmente, sin que existiera ninguna cita, en el vestíbulo del local. Las cuatro mujeres entraron juntas al cine y vieron juntas la película. Me dio los nombres de las otras dos mujeres, así como sus direcciones. Tal y como había dicho Eberhart, la coartada parecía ser perfecta. El cine al que habían acudido se encontraba por lo menos a veinte minutos de distancia, en coche, de la residencia de los Easter, donde se había cometido el asesinato.

—¿Tenía su esposo algún enemigo? —pregunté.

—No, decididamente no. Es posible que no agradara a algunas pocas personas, pero las cosas no pasaban de ahí.

—¿Y por qué no agradaba a algunas personas, mistress Robinson? —pregunté con amabilidad—. ¿Cuáles eran los rasgos de su personalidad...?

—Era un hombre bastante extravertido. Ya sabe, vida de reuniones sociales y esa clase de cosas. Cuando bebía unas pocas copas podía destrozar los nervios de la gente. Pero eso no ocurría con frecuencia, por otra parte, algunas personas pensaban que era demasiado franco. Pero eso no son más que cuestiones de pequeña importancia.

Desde luego, no parecía que se tratara de cuestiones de tanta importancia como para planear un asesinato premeditado.

—Trabajaba como interventor, ¿verdad? —pregunté.

—Sí, y actuaba independientemente. Él era su propio jefe.

—¿Tenía algún empleado?

—Sólo una secretaria que trabajaba toda la jornada con él. Tenía una lista de personas a las que llamaba a veces, cuando se le planteaba un trabajo demasiado grande para llevarlo adelante él solo.

—¿Hasta qué punto usted y su esposo eran amigos íntimos de los Easter?

—Bastante. Probablemente Armin y Max eran amigos mucho más íntimos de lo que somos Louise y yo. Francamente, no me gusta mucho Louise, pero me las arreglo para estar con ella, teniendo en cuenta la amistad que existe entre mi esposo y el suyo. No es que tenga nada contra Louise..., no me interprete mal... Se trata sólo de que nosotras somos dos tipos de mujeres muy diferentes. Por esa razón, no creo que a Armin le gustara especialmente Louise.

—¿Con qué frecuencia les veía?

—A veces con bastante frecuencia, pero últimamente sólo una vez a la semana, casi con regularidad. Somos..., somos miembros de un club de bridge formado por cuatro parejas, que nos reunimos alternativamente en cada una de las cuatro casas.

—¿Quiénes son los demás?

—Los Anthony y los Eldred. Bill Anthony es el editor del Springfield Blade. Precisamente ahora, tanto él como su esposa están fuera de la ciudad, de vacaciones en Florida. Lloyd Eldred trabaja en la Springfield Chemical Works, la misma empresa donde trabaja Max Easter. Es el superior inmediato de Max en la empresa.

—¿Y Max Easter trabaja allí como contable?

—Así es, como contable y pagador. Lloyd Eldred es el tesorero de la empresa. No se trata de una diferencia tan grande como parece. Creo que Max gana aproximadamente unos diez mil al año, mientras que Lloyd cobra unos doce mil. La Springfield Chemical Works paga salarios muy elevados a sus directivos.

—¿Realizó su esposo algún trabajo de intervención para la Springfield Chemical?

—No. Las tareas de intervención contable las has realizado Kramer y Wright desde hace años. Creo que Armin podría haber conseguido ese trabajo si hubiera querido, pero tenía todo el trabajo del que podía hacerse cargo él solo.

—¿Quiere eso decir que le iban bien las cosas?

—Bastante bien.

—Le voy a hacer ahora una pregunta desagradable, mistress Robinson. ¿Existe alguna persona que gane algo con su muerte?

—No, a menos que considere usted que soy yo la que salgo ganando. Existe un seguro de diez mil y la escritura de posesión de esta casa, libre de todo gasto. Pero casi no hay ahorros; compramos esta casa hace un año, y empleamos nuestros ahorros para comprarla al contado. Por otra parte, el negocio de Armin no se puede vender... no hay nada que vender. Quiero decir que él sólo vendía sus servicios como interventor.

—Entonces diría que usted no sale ganando nada —dije—. Diez mil del seguro no compensan la pérdida de diez mil dólares anuales de ingresos.

—Ni la pérdida de un esposo, míster Hearn.

Aquella observación podría haber sido muy cursi, pero me pareció sincera. Me hizo recordar que deseaba marcharme de allí, así es que volví al asunto que me interesaba, preguntándole por la noche del viernes.

—¿Había planeado su esposo ir a ver a los Easter? —pregunté—. ¿Sabía alguien que iba a ir a su casa?

—No, excepto Louise y yo misma. Y eso, justo antes de salir de casa. Esto fue lo que ocurrió: Louise y yo nos habíamos citado para ir al cine antes de que Max sufriera el accidente en la empresa. Aquella tarde, hacia las seis y media, cuando Armin y yo estábamos a punto de empezar a cenar, Louise llamó por teléfono. Dijo que creía mejor no dejar solo a Max en casa, que se encontraba bastante deprimido. Armin escuchó lo que yo decía por teléfono y supuso lo que estaba ocurriendo. Así es que se acercó al teléfono y habló con Louise, diciendo que debía mantener su cita para ir a ver la película y que él iría a casa y pasaría la tarde con Max.

—¿Cuándo se marchó para acudir allí?

—Hacia las siete, porque se marchó en el autobús y quería llegar hacia las siete y media, de modo que Louise tuviera tiempo de llegar puntual a la cita. Me dijo que cogiera yo nuestro coche y que le recogiera después de la película, para regresar juntos a casa.

—¿Y él llegó a casa de los Easter a las siete y media?

—Así es. Así me lo dijo Louise. Me dijo que subió inmediatamente a la habitación de Max, y que ella se marchó unos diez minutos más tarde. Louise conducía su propio coche. Teníamos dos coches entre las dos, lo que supongo no fue una planificación muy buena.

—¿Observó usted algún comportamiento desacostumbrado en su esposo aquel viernes por la tarde, antes de que se marchara? ¿O en cualquier otro momento?

—Había estado un poco de malhumor y preocupado durante dos o tres días. Le pregunté varias veces si estaba preocupado por algo, pero insistió en que no le ocurría nada.

Traté de profundizar un poco más en esta última cuestión, pero no pude descubrir si ella tenía alguna suposición sobre lo que podía haber estado preocupando a su esposo. Estaba segura de que no se trataba de problemas financieros.

Dejé las cosas como estaban y me marché, diciéndole que quizá tuviera que volver más tarde para hablar de nuevo con ella. Se mostró amable al respecto y dijo que lo comprendía.

Después de subir a mi coche, pensé en la conversación. Las coartadas de las dos esposas parecían sólidas. Ninguna de las dos podía haber estado en el cine a las ocho y haber asesinado a Armin Robinson. Pero no deseaba desechar ninguna posibilidad, ni aceptar nada como garantizado, así es que me dirigí a las direcciones de las dos mujeres con las que se habían encontrado Louise Easter y mistress Robinson en el vestíbulo del cine. Hablé con las dos, y cuando me despedí de la segunda, me sentí seguro de la coartada.

Regresé al coche y me dirigí a la Springfield Chemical Works. No veía ningún medio de relacionar el accidente de Max —su ceguera— con el asesinato de Robinson. Pero, en cualquier caso, deseaba dejar aclarado aquel ángulo del asunto antes de visitar a los Easter.

La Springfield Chemical debía contar con un eficiente sistema administrativo, pues sus oficinas resultaban pequeñas para una planta industrial en la que trabajaban más de cien personas.

Pregunté a la recepcionista, que estaba inclinada sobre una máquina de escribir y tenía frente a ella una pequeña centralita. Pedí hablar con míster Lloyd Eldred. La recepcionista hizo una llamada telefónica y después me indicó su despacho.

Entré en él. Había dos mesas, pero sólo una estaba ocupada. Un hombre alto, delgado, de aspecto casi afeminado, con un pelo negro y ensortijado, que estaba sentado en la mesa ocupada, me pregunto:

—¿Sí?

El tono de su pregunta quería decir: «Espero que esto no me ocupará mucho tiempo; estoy terriblemente ocupado ahora.» Y por la gran cantidad de papeles que llenaban su mesa, parecía estarlo.

—Soy George Hearn, míster Eldred —dije—, de Homicidios.

Tomé asiento en la silla que había frente a su mesa. El hombre se pasó los dedos por el pelo y dijo:

—Se trata de Armin Robinson, supongo.

Lo admití con un gesto de la cabeza.

—Bueno..., no sé qué más puedo decirle. De todos modos, Armin era amigo mío y si hay algo...

—¿Era un amigo íntimo de usted?

—Bueno, no exactamente. Nos veíamos al menos una vez a la semana, en el club de bridge que habíamos organizado en nuestras casas. Los Easter, los Anthony, los Robinson y mi esposa y yo.

—Mistress Robinson ya me lo ha dicho —dije, asintiendo—. ¿Va a continuar usted en el club?

—No lo sé. Quizá encontremos a otra pareja..., pero tendremos que esperar a que los ojos de Max Easter se pongan bien. En estos momentos nos faltan dos parejas..., tres, hasta que los Anthony regresen de Florida.

—¿Cree usted que los ojos de Easter volverán a ver?

—No comprendo por qué no van a poder. El médico dice que sí... Está un poco intrigado por el hecho de que no lo hayan conseguido en tanto tiempo. Le dimos una muestra del ácido y dijo que, definitivamente, esa clase de ácido no podía causar un daño permanente a los ojos.

El hombre volvió a pasarse los dedos por el pelo.

—Espero..., aunque sólo sea por razones egoístas, que no tarde mucho en volver. Estoy empantanado aquí, tratando de sacar adelante el trabajo de los dos.

—¿Es que la empresa no puede conseguir otro hombre?

—Supongo que podría hacerlo, y que así lo haría si yo lo pidiera. De hecho, discutimos el asunto. La cuestión es que tardaríamos varias semanas en entrenar a alguien hasta el punto de que fuera una ayuda, en lugar de un estorbo. Y el médico dice que Max debería poder estar de vuelta dentro de una semana. De todos modos, las cosas ya no serán tan malas después del miércoles, o sea, pasado mañana.

—¿Por qué el miércoles? —pregunté.

—Porque es el día de paga quincenal. Ese es el trabajo principal de Max, el pago quincenal y el control de horarios. En esta ocasión tengo que hacerle yo, aparte de mi propio trabajo, así es que todo me será muy difícil hasta el día de pago. Pero si a Max no le es posible estar de regreso para el siguiente día de pago, tendremos que tomar otras medidas. No puedo estar trabajando indefinidamente doce horas al día.

Asentí. Al parecer, el hombre me estaba dando a entender algo y me gustó el hecho de que me le dijera diplomáticamente, en lugar de decirme que me apresurara y terminara el asunto que me había llevado allí.

Así pues, le hice la pregunta rutinaria que tenía que hacerle sobre Armin Robinson... si Lloyd conocía alguna razón por la que alguien pudiera haber deseado la muerte de Robinson... y recibí una simple e inequívoca negativa. También recibí una negativa ante la pregunta de si sabía lo que podía haber estado preocupando a Robinson durante los dos o tres días anteriores a su muerte. Eldred no había notado aquella preocupación la última vez que jugaron juntos al bridge, y fue aquélla precisamente la última vez que le vio.

Así pues, pasé a tratar otra cuestión:

—¿Podría contarme algo sobre el accidente de Max Easter?

—Max se lo podría contar mejor que cualquier otra persona, ya que estaba solo cuando sucedió. Todo lo que sé es que se dirigió a la fábrica, a la planta de niquelado, para recoger las fichas de horario durante el tiempo en que el personal estaba almorzando. El solía almorzar después, con objeto de poder recoger las tarjetas mientras los hombres estaban fuera. De ese modo, puede recorrer toda la planta en una hora; si lo hiciera mientras trabaja el personal, tardaría el doble.

—¿Pero no le dijo a usted cómo ocurrió todo? —pregunté.

—¡Oh, claro! Entró en una de las pequeñas salas de la planta de niquelado, donde están las cubas, para recoger de un estante la tarjeta del hombre que trabaja allí y que siempre la deja en el mismo lugar. Al recoger la tarjeta del estante tiró un jarro que cayó en la cuba que había debajo. Las cosas no están bien instaladas en esa habitación, pues hay que inclinarse sobre la cuba cuando se quiere coger algo del estante, sobre todo porque el estante está más o menos situado a la altura de los ojos. Desde que ocurrió el accidente, hemos cambiado la instalación.

—El ácido que le dejó ciego, ¿estaba contenido en el jarro que cayó, o en la cuba? —pregunté.

—En la cuba. Pero al caer el jarro en el centro de la cuba, le salpicó de ácido.

—¿Se produjo algún otro daño, aparte de los ojos?

—No, a excepción del estropicio producido en las ropas. Probablemente, estropeó el traje que llevaba puesto. Pero el ácido no es lo bastante fuerte como para dañar la piel.

—¿Asume la empresa alguna responsabilidad?

—Claro está. En cualquier caso, él está cobrando su salario completo y nos estamos haciendo cargo de los gastos médicos.

—Pero ¿y si el daño es permanente?

—No puede serlo. Así nos lo asegura el médico que le está tratando. De hecho, el médico se inclina a creer que la ceguera es de origen histérico. Habrá usted oído hablar alguna vez de la ceguera histérica, ¿verdad?

—Sí, he oído hablar —dije—. Pero para que se produzca una cosa así tiene que existir una causa psíquica profundamente enraizada ¿Existiría esa causa en el caso de Max?

Creí verle dudar un momento antes de contestarme.

—No, al menos que yo sepa.

Me detuve un momento, tratando de pensar en otras preguntas que poder hacer, pero no se me ocurrió ninguna más. Por la forma en que me miraba Lloyd Eldred, me di cuenta de qué se estaba preguntando por qué había planteado tantas preguntas sobre el accidente de Max y sobre el propio Max. En realidad, yo también me preguntaba el porqué. Volví a mirar la gran cantidad de papeles que había sobre la mesa, le agradecí su ayuda y me despedí.

Era casi el mediodía. Me encontraba a sólo diez minutos de casa en coche, así es que decidí almorzar con Marge. A veces voy a almorzar a casa y otras veces no, dependiendo de en qué parte de la ciudad me encuentro a la hora de almorzar. Marge siempre tiene a mano algún tipo de comida que puede preparar con rapidez si yo llego a casa.

(CONTINUARA...)