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Testigo en la Oscuridad - Fredric Brown (parte 1)

I

 

 

El leer lo ocurrido en el periódico ya me dio una ligera idea de los horrores del asunto. Por alguna razón, tuve el presentimiento inmediato de que se me pondría a trabajar en ese caso y de que aquello no me iba a gustar. Naturalmente, podría estar ya resuelto a mi regreso; era la tarde del penúltimo día de mis vacaciones. Pero no creí que pudiera ser así.

Dejé el periódico y traté de olvidar lo que había leído, mirando a Marge. Incluso después de cuatro años de matrimonio, me gustaba mirar a Marge.

Pero en esta ocasión no consiguió eliminar de mi mente lo que había leído. A través de una línea de pensamiento secundaria, mi mente volvió al caso. Pensé en lo malo que sería estar ciego y no poder volver a mirar a Marge nunca más. La historia publicada en el periódico hablaba de un hombre ciego..., un ciego que era el único testigo de un asesinato.

Marge levantó su mirada, me preguntó en qué estaba pensando y se lo dije. Se interesó por el caso, y le conté los detalles; sólo pude hablar de lo que había publicado el periódico.

—El nombre del ciego es Max Easter. Hasta hace tres días era el contable de la Springfield Chemical Works. Hasta hace tres días no era un ciego... y ahora no saben si su ceguera será permanente o no; se la produjo un accidente en la planta de productos químicos. Parece que alguna clase de ácido le salpicó a la cara mientras estaba recogiendo las tarjetas de entrada del personal de la planta. Los médicos creen que se recuperará, pero ahora está completamente ciego y tiene los ojos vendados.

»Ayer por la tarde estaba en su habitación —en la que aún permanece—, hablando con un amigo suyo llamado Armin Robinson, que había ido a verle. Sus esposas, la de Easter y la de Robinson, se habían marchado a la ciudad a ver una película. Los dos hombres estaban solos en la casa... a excepción del asesino.

»Armin Robinson estaba sentado en una silla, cerca de la cama, y la puerta de la habitación permanecía entreabierta. Max Easter estaba semisentado en la cama, y los dos amigos estaban hablando. Entonces, Easter oyó cómo chirriaba la puerta y alguien entró en la habitación. Escuchó moverse a Robinson y cree que su amigo se levantó en aquel momento, pero nadie dijo una sola palabra. 

Entonces, de repente, sonó un disparo e inmediatamente después escuchó la caída de un cuerpo, procedente del lugar donde antes se encontrara Robinson. A continuación, los pasos extraños se adentraron más en la habitación y Easter, sentado allí, en la cama, esperó a que el desconocido disparara también sobre él.

—¡Qué horrible! —exclamó Marge.

—Pero ahora viene lo peor de todo —dije—. En lugar de sentir el impacto de una bala, Max Easter sintió como algo caía en la cama, sobre el colchón. Extendió la mano, buscándolo a tientas, y se encontró con un revólver. Entonces, escuchó al asesino, moviéndose, y apuntó el revólver en aquella dirección, y apretó el gatillo...

—¿Quieres decir que el asesino le entregó el arma? ¿Que la arrojó sobre su cama? ¿Es que no sabía que un hombre ciego puede disparar dejándose guiar por el sonido?

—Todo lo que sé es lo que han publicado los periódicos, Marge. Y así es como cuentan la historia de Easter. Pero podría ser. Probablemente, el asesino no se dio cuenta de que el rebote del arma sobre el colchón indicaría a Easter dónde había caído el revólver, como tampoco pudo imaginar que él lo cogiera con tanta rapidez. Probablemente, pensó que podría salir de la habitación antes de que Easter pudiera encontrar el arma.

—Pero ¿por qué entregarle el arma de todos modos?

—No lo sé. Pero, siguiendo con la historia de Easter: cuando hizo oscilar el arma para apuntar en dirección al sonido, escuchó un ruido, como el de las rodillas de un hombre cayendo al suelo, y se imaginó que el asesino se había agachado para mantenerse fuera de la línea de tiro, si él decidía disparar. Así pues, Easter bajó el arma, apuntando medio metro por encima del nivel del suelo, y apretó el gatillo. Sólo una vez.

»Y entonces, según dice y de repente, tuvo más miedo de lo que estaba haciendo que de lo que pudiera ocurrirle a él, y terminó por arrojar el arma. Estaba disparando en la oscuridad... literalmente en la oscuridad. Si se equivocaba en analizar lo que estaba sucediendo, podría estar disparando contra Armin Robinson... o contra cualquier otra persona. Ni siquiera sabía con seguridad que se había cometido un asesinato, o lo que había ocurrido allí.

»Así pues, arrojó el arma, que golpeó una de las esquinas de la cama y cayó al suelo. Así que no podía volver a recogerla, aun cuando cambiara de opinión. Y se quedó allí, sentado en la cama, sudando, mientras fuera quien fuese se movió un rato por la habitación, antes de marcharse.

Marge me miró pensativamente, antes de preguntar:

—Moviéndose por la habitación..., ¿haciendo qué, George?

—¿Cómo podía saberlo Easter? Después se comprobó que había desaparecido la cartera de Armin Robinson, así es que, probablemente, una de las cosas que hizo el desconocido fue cogerla. También desaparecieron la propia cartera de Easter y su reloj, que estaban sobre la mesita de noche, según dijo después su esposa. También desapareció una pequeña maleta.

—¿Una maleta? ¿Y para qué se llevarían una maleta?

—Para transportar los objetos de plata que desaparecieron de la planta baja, junto con otros pequeños objetos, del tipo de los que se podría llevar un  ladrón. Easter dijo que el desconocido se movió por la habitación durante lo que le pareció un largo rato, aunque probablemente sólo se trató de un minuto o dos. Después, le escuchó bajar las escaleras, moverse un rato por la planta baja y finalmente oyó cómo se abría y se cerraba la puerta de atrás.

»No se atrevió a levantarse hasta estar seguro de que el asesino había abandonado la casa. Entonces, fue avanzando hacia donde estuviera Robinson y descubrió que había muerto. Así es que bajó poco a poco las escaleras hasta llegar adonde estaba el teléfono y llamó a la policía. Y aquí termina la historia.

—Pero eso es horrible —dijo Marge—. Quiero decir que deja muchos cabos sueltos, muchas cosas que pueden plantear preguntas.

—Que es precisamente lo que he estado haciendo. Me impresiona especialmente la imagen de ese hombre ciego disparando en la oscuridad, sintiéndose después atemorizado porque no sabía contra qué o quién estaba disparando.

—George, ¿verdad que los ciegos adquieren sentidos especiales? Quiero decir que pueden decir quién es una persona por la forma en que ésta anda..., ¿verdad que pueden saber cosas como ésas?

—Max Easter había estado ciego desde hacía tres días —dije, muy pacientemente—. Quizá fuera capaz de distinguir los pasos de un hombre de los de una mujer..., si la mujer llevara tacones altos.

—Creo que tienes razón. Aun cuando conociera al hombre...

—Aun cuando el asesino fuera un amigo suyo —dije—, no lo habría podido saber. Por la noche, todos los gatos son pardos.

—Todos los gatos parecen pardos.

—Eres una boba —dije.

—Míralo en el Dudas de Bartlett.

Marge y yo siempre estamos discutiendo por cosas como ésta. Saqué la obra de Bartlett de la maleta y la consulté. En esta ocasión, ella tenía razón. También me había equivocado en lo de «por la noche». El dicho era: «De noche, todos los gatos parecen pardos.»

Cuando admití ante Marge —para variar— que ella tenía razón, y dejamos pasar un rato en silencio, su mente volvió de nuevo al asesino.

—¿Y qué sucede con el revólver que abandonó, George? ¿No le pueden seguir la pista por las huellas? ¿O por el número de serie del arma, o por algo?

—Se trataba del revólver del propio Max Easter —dije—. Estaba en el cajón de una mesa que hay en el piso de abajo. Se me olvidó decírtelo. El asesino debió de haberlo cogido antes de subir arriba.

—¿Crees que era un simple ladrón?

—No —le dije.

—Yo tampoco. Hay algo en todo esto..., algo que suena mal.

—Me parece que es algo más que eso. En todo esto hay una total discordancia. Pero no me puedo imaginar lo que es.

—Ese Max Easter —dijo mi esposa—, quizá no esté ciego.

—¡Intuición femenina! —exclamé con un bufido—. Creo que, a menos que tengas alguna razón para decirlo, eso es algo tan tonto como decir que disparó contra un gato pardo, simplemente porque mencioné ese proverbio antes.

—Quizá lo hizo —dijo Marge.

Ni siquiera valía la pena contestar aquella observación. Volví a coger el periódico, abriéndolo por la sección de deportes.

Los periódicos del domingo, al día siguiente, publicaban más sobre el caso, pero no añadían nada nuevo. No se habían efectuado detenciones y, al parecer, ni siquiera se sospechaba de nadie. Esperaba que no me pusieran a trabajar en el caso. No sé exactamente por qué. Simplemente, lo esperaba así.

  

II

  

Tuve que hacerme cargo del caso casi antes de entrar en la oficina. Antes de quitarme la gabardina, alguien me dijo que el capitán Eberhart quería verme en su despacho, y hacia allí me dirigí.

—¿Ha tenido unas buenas vacaciones, George? —me preguntó, pero sin esperar siquiera mi contestación siguió hablando—: Le voy a poner a trabajar en el caso de asesinato de ese Armin Robinson. ¿Ha leído algo en los periódicos?

—Claro —contesté.

—Entonces sabe tanto del caso como cualquier otra persona, excepto una cosa. Se la diré, pero, al margen de ese detalle, quiero que trate el caso con frialdad, sin ninguna clase de ideas preconcebidas. Nosotros no hemos llegado a ninguna parte y quizá a usted se le pueda ocurrir algo que se nos ha escapado a nosotros. Creo que vale la pena intentarlo.

—¿Y qué ocurre con los informes del laboratorio de balística? —pregunté, después de asentir—. Puedo abordar a la gente con frialdad, pero me gustaría conocer los hechos físicos.

—Está bien. Según el informe del juez de instrucción, Robinson murió instantáneamente a consecuencia de una bala que le atravesó la cabeza. La bala quedó incrustada en la pared, casi un metro detrás de donde había estado sentado, y aproximadamente a un metro setenta de altura, con respecto al nivel del suelo. Penetró en la pared casi en línea recta. Todo concuerda, si él se levantó en el momento en que el asesino entró en la habitación, y siempre que éste se encontrara en la puerta o en el interior de la habitación e hiciera el disparo manteniendo el arma al nivel del ojo.

—¿La bala procede del arma encontrada?

—Sí, y también sucede lo mismo con la otra bala, la que disparó Max Easter. Y en el arma había dos cápsulas vacías. No hay huellas en el revólver, a excepción de las del propio Easter; el asesino tuvo que haber llevado guantes. Y mistress Easter dice que de la cocina le faltan un par de guantes blancos de algodón.

—¿Existe alguna posibilidad de que Max Easter disparara las dos balas en lugar de una?

—Absolutamente no, George. El está ciego..., al menos temporalmente. El médico que le trata lo garantiza así; hay pruebas... reacción de las pupilas a los destellos repentinos de luz y cosas así. La única forma en que un ciego podría darle a alguien en un centro tan mortal como la frente sería manteniendo el revólver contra ella... y no había ninguna quemadura causada por la pólvora. 

No, la historia de Max Easter parece la de un chiflado, pero todos los hechos encajan perfectamente. Incluso el tiempo. Algunos vecinos escucharon los disparos. Pensaron que se trataba de petardos, y no investigaron, pero se dieron cuenta del tiempo; algunos de ellos estaban escuchando la radio y todo se produjo durante el cambio de programas de las ocho... dos disparos con una diferencia de unos cinco segundos entre uno y otro. Y según nuestros propios archivos, la llamada que nos hizo Easter se produjo a las ocho y doce minutos. Esos doce minutos encajan bastante bien con lo que nos dijo que sucedió, desde que se produjeron los disparos hasta que consiguió llegar al teléfono.

—¿Qué tal con las coartadas de las dos esposas?

—Perfectas. Mientras se produjo el asesinato, se encontraban las dos juntas viendo una película. Precisamente eran más o menos las ocho de la noche cuando entraron en el cine y vieron a algunos amigos en el vestíbulo del local, así es que no se trata sólo de su palabra. Puede considerar la coartada como buena.

—Está bien —dije—, ¿y qué es lo que no han publicado los periódicos? Me refiero a ese detalle de que me habló antes.

—El informe de laboratorio sobre la otra bala, la que disparó Easter contra el asesino, indica que hay en ella restos de materia orgánica.

—¡Entonces el asesino fue herido! —exclamé, con un silbido, pues aquello debía hacer más fácil el caso.

—Quizá —dijo el capitán Eberhart, suspirando—. Siento mucho tener que decirle esto, George, pero si fue herido, se trataba de un gallo que llevaba un pijama de seda.

—¡Estupendo! —exclamé—. Mi esposa dice que Easter disparó contra un gato pardo, y mi esposa casi siempre tiene razón. En todo. Pero ahora, ¿le importaría hablar con cierto sentido?

—Si puede usted encontrar algún sentido en esto, estupendo. Sacamos la segunda bala de la pared, cerca de la puerta, aproximadamente a unos cuarenta centímetros de altura. El microscopista que la examinó dice que hay en ella restos diminutos de tres clases diferentes de materia orgánica. Se trata de cantidades infinitesimales. Únicamente las puede identificar hasta un cierto punto y no está totalmente seguro de ello. En cualquier caso, cree que se trata de sangre, seda y plumas. La respuesta a este rompecabezas sería un gallo que llevara un pijama de seda.

—¿Qué clase de sangre? —pregunté—. ¿Qué clase de plumas?

—No hay seguridad. Se trata de restos muy diminutos, y el especialista no se atreve a ir más lejos, ni siquiera como suposiciones. ¿De qué me hablaba antes sobre un gato pardo?

Le conté nuestra pequeña discusión sobre el proverbio, y la burlona observación de Marge.

—En serio, capitán —seguí diciendo—, todo parece indicar que el asesino fue herido. Probablemente sólo se trató de un roce, ya que después continuó haciendo lo que había ido a hacer allí. Eso justificaría la presencia de sangre en la bala y en cuanto a la seda no es muy difícil suponérselo. Una camisa, unos calcetines, una corbata de seda... cualquier cosa. Pero en lo que se refiere a las plumas, ya es algo más difícil de suponer. El único sitio donde un hombre puede llevar una pluma, al menos normalmente, es en un sombrero nuevo.

Eberhart asintió con un movimiento de cabeza.

—Dejando aparte a los gallos con pijama de seda —dijo—, ésa es la mejor sugerencia que tenemos hasta el momento. Todo podría haber ocurrido así: el asesino ve cómo el arma apunta hacia él, desciende hacia el suelo y avanza su mano hacia el arma. Las manos no detienen las balas, pero a menudo sucede que la gente realiza ese movimiento cuando alguien está a punto de disparar contra ella. La bala roza entonces la mano y la banda del sombrero, que es de seda, y lleva una pluma, aunque no tiene la fuerza suficiente para dejarle sin sentido o derribarle, y termina por quedar incrustada en la pared. Después, el asesino se lía un pañuelo alrededor de su mano herida y sigue actuando una vez que Easter ha arrojado el arma lejos de sí y se siente a salvo.

—Podría haber sido así —dije—. ¿Se ha comprobado si alguna de las personas conectadas con el caso está herida?

—No hay señales de ninguna herida, al menos exteriormente. Y no hemos conseguido suficientes pruebas contra nadie como para obligarle a desnudarse. En realidad, maldita sea, no hemos encontrado a nadie con un motivo. Por muy increíble que parezca, así es, George, casi hemos decidido que se ha tratado de un simple robo. Bien, eso es todo lo que voy a decirle. Encárguese del caso con toda la frialdad posible, y quizá encuentre algo que se nos ha pasado por alto a nosotros.

Volví a ponerme la gabardina y salí de la oficina.

  

III

  

Lo primero que tenía que hacer era lo que más me disgustaba: hablar con la viuda del hombre asesinado. En beneficio de ambos, confiaba en que ya hubiera pasado lo peor de la impresión y del dolor.

Desde luego, no me divertí, pero no fue algo tan malo como pudo haber sido. Mistress Armin Robinson se mostró tranquila y reservada, pero estaba dispuesta a hablar y lo hizo sin ninguna emoción. En realidad, la emoción estaba allí, pero en una capa mucho más profunda, que no saldría a la superficie en forma de histeria.

Primeramente, traté la cuestión de su coartada. Sí, ella y mistress Easter, la esposa del ciego, se encontraban en el vestíbulo del cine a las ocho. Estaba segura de que eran exactamente las ocho porque tanto ella como Louise Easter comentaron el hecho de que las horas de sus relojes coincidían; Louise había llegado primero, pero dijo que había estado esperando menos de un minuto. 

Louise había estado hablando con dos amigas comunes con las que se había encontrado accidentalmente, sin que existiera ninguna cita, en el vestíbulo del local. Las cuatro mujeres entraron juntas al cine y vieron juntas la película. Me dio los nombres de las otras dos mujeres, así como sus direcciones. Tal y como había dicho Eberhart, la coartada parecía ser perfecta. El cine al que habían acudido se encontraba por lo menos a veinte minutos de distancia, en coche, de la residencia de los Easter, donde se había cometido el asesinato.

—¿Tenía su esposo algún enemigo? —pregunté.

—No, decididamente no. Es posible que no agradara a algunas pocas personas, pero las cosas no pasaban de ahí.

—¿Y por qué no agradaba a algunas personas, mistress Robinson? —pregunté con amabilidad—. ¿Cuáles eran los rasgos de su personalidad...?

—Era un hombre bastante extravertido. Ya sabe, vida de reuniones sociales y esa clase de cosas. Cuando bebía unas pocas copas podía destrozar los nervios de la gente. Pero eso no ocurría con frecuencia, por otra parte, algunas personas pensaban que era demasiado franco. Pero eso no son más que cuestiones de pequeña importancia.

Desde luego, no parecía que se tratara de cuestiones de tanta importancia como para planear un asesinato premeditado.

—Trabajaba como interventor, ¿verdad? —pregunté.

—Sí, y actuaba independientemente. Él era su propio jefe.

—¿Tenía algún empleado?

—Sólo una secretaria que trabajaba toda la jornada con él. Tenía una lista de personas a las que llamaba a veces, cuando se le planteaba un trabajo demasiado grande para llevarlo adelante él solo.

—¿Hasta qué punto usted y su esposo eran amigos íntimos de los Easter?

—Bastante. Probablemente Armin y Max eran amigos mucho más íntimos de lo que somos Louise y yo. Francamente, no me gusta mucho Louise, pero me las arreglo para estar con ella, teniendo en cuenta la amistad que existe entre mi esposo y el suyo. No es que tenga nada contra Louise..., no me interprete mal... Se trata sólo de que nosotras somos dos tipos de mujeres muy diferentes. Por esa razón, no creo que a Armin le gustara especialmente Louise.

—¿Con qué frecuencia les veía?

—A veces con bastante frecuencia, pero últimamente sólo una vez a la semana, casi con regularidad. Somos..., somos miembros de un club de bridge formado por cuatro parejas, que nos reunimos alternativamente en cada una de las cuatro casas.

—¿Quiénes son los demás?

—Los Anthony y los Eldred. Bill Anthony es el editor del Springfield Blade. Precisamente ahora, tanto él como su esposa están fuera de la ciudad, de vacaciones en Florida. Lloyd Eldred trabaja en la Springfield Chemical Works, la misma empresa donde trabaja Max Easter. Es el superior inmediato de Max en la empresa.

—¿Y Max Easter trabaja allí como contable?

—Así es, como contable y pagador. Lloyd Eldred es el tesorero de la empresa. No se trata de una diferencia tan grande como parece. Creo que Max gana aproximadamente unos diez mil al año, mientras que Lloyd cobra unos doce mil. La Springfield Chemical Works paga salarios muy elevados a sus directivos.

—¿Realizó su esposo algún trabajo de intervención para la Springfield Chemical?

—No. Las tareas de intervención contable las has realizado Kramer y Wright desde hace años. Creo que Armin podría haber conseguido ese trabajo si hubiera querido, pero tenía todo el trabajo del que podía hacerse cargo él solo.

—¿Quiere eso decir que le iban bien las cosas?

—Bastante bien.

—Le voy a hacer ahora una pregunta desagradable, mistress Robinson. ¿Existe alguna persona que gane algo con su muerte?

—No, a menos que considere usted que soy yo la que salgo ganando. Existe un seguro de diez mil y la escritura de posesión de esta casa, libre de todo gasto. Pero casi no hay ahorros; compramos esta casa hace un año, y empleamos nuestros ahorros para comprarla al contado. Por otra parte, el negocio de Armin no se puede vender... no hay nada que vender. Quiero decir que él sólo vendía sus servicios como interventor.

—Entonces diría que usted no sale ganando nada —dije—. Diez mil del seguro no compensan la pérdida de diez mil dólares anuales de ingresos.

—Ni la pérdida de un esposo, míster Hearn.

Aquella observación podría haber sido muy cursi, pero me pareció sincera. Me hizo recordar que deseaba marcharme de allí, así es que volví al asunto que me interesaba, preguntándole por la noche del viernes.

—¿Había planeado su esposo ir a ver a los Easter? —pregunté—. ¿Sabía alguien que iba a ir a su casa?

—No, excepto Louise y yo misma. Y eso, justo antes de salir de casa. Esto fue lo que ocurrió: Louise y yo nos habíamos citado para ir al cine antes de que Max sufriera el accidente en la empresa. Aquella tarde, hacia las seis y media, cuando Armin y yo estábamos a punto de empezar a cenar, Louise llamó por teléfono. Dijo que creía mejor no dejar solo a Max en casa, que se encontraba bastante deprimido. Armin escuchó lo que yo decía por teléfono y supuso lo que estaba ocurriendo. Así es que se acercó al teléfono y habló con Louise, diciendo que debía mantener su cita para ir a ver la película y que él iría a casa y pasaría la tarde con Max.

—¿Cuándo se marchó para acudir allí?

—Hacia las siete, porque se marchó en el autobús y quería llegar hacia las siete y media, de modo que Louise tuviera tiempo de llegar puntual a la cita. Me dijo que cogiera yo nuestro coche y que le recogiera después de la película, para regresar juntos a casa.

—¿Y él llegó a casa de los Easter a las siete y media?

—Así es. Así me lo dijo Louise. Me dijo que subió inmediatamente a la habitación de Max, y que ella se marchó unos diez minutos más tarde. Louise conducía su propio coche. Teníamos dos coches entre las dos, lo que supongo no fue una planificación muy buena.

—¿Observó usted algún comportamiento desacostumbrado en su esposo aquel viernes por la tarde, antes de que se marchara? ¿O en cualquier otro momento?

—Había estado un poco de malhumor y preocupado durante dos o tres días. Le pregunté varias veces si estaba preocupado por algo, pero insistió en que no le ocurría nada.

Traté de profundizar un poco más en esta última cuestión, pero no pude descubrir si ella tenía alguna suposición sobre lo que podía haber estado preocupando a su esposo. Estaba segura de que no se trataba de problemas financieros.

Dejé las cosas como estaban y me marché, diciéndole que quizá tuviera que volver más tarde para hablar de nuevo con ella. Se mostró amable al respecto y dijo que lo comprendía.

Después de subir a mi coche, pensé en la conversación. Las coartadas de las dos esposas parecían sólidas. Ninguna de las dos podía haber estado en el cine a las ocho y haber asesinado a Armin Robinson. Pero no deseaba desechar ninguna posibilidad, ni aceptar nada como garantizado, así es que me dirigí a las direcciones de las dos mujeres con las que se habían encontrado Louise Easter y mistress Robinson en el vestíbulo del cine. Hablé con las dos, y cuando me despedí de la segunda, me sentí seguro de la coartada.

Regresé al coche y me dirigí a la Springfield Chemical Works. No veía ningún medio de relacionar el accidente de Max —su ceguera— con el asesinato de Robinson. Pero, en cualquier caso, deseaba dejar aclarado aquel ángulo del asunto antes de visitar a los Easter.

La Springfield Chemical debía contar con un eficiente sistema administrativo, pues sus oficinas resultaban pequeñas para una planta industrial en la que trabajaban más de cien personas.

Pregunté a la recepcionista, que estaba inclinada sobre una máquina de escribir y tenía frente a ella una pequeña centralita. Pedí hablar con míster Lloyd Eldred. La recepcionista hizo una llamada telefónica y después me indicó su despacho.

Entré en él. Había dos mesas, pero sólo una estaba ocupada. Un hombre alto, delgado, de aspecto casi afeminado, con un pelo negro y ensortijado, que estaba sentado en la mesa ocupada, me pregunto:

—¿Sí?

El tono de su pregunta quería decir: «Espero que esto no me ocupará mucho tiempo; estoy terriblemente ocupado ahora.» Y por la gran cantidad de papeles que llenaban su mesa, parecía estarlo.

—Soy George Hearn, míster Eldred —dije—, de Homicidios.

Tomé asiento en la silla que había frente a su mesa. El hombre se pasó los dedos por el pelo y dijo:

—Se trata de Armin Robinson, supongo.

Lo admití con un gesto de la cabeza.

—Bueno..., no sé qué más puedo decirle. De todos modos, Armin era amigo mío y si hay algo...

—¿Era un amigo íntimo de usted?

—Bueno, no exactamente. Nos veíamos al menos una vez a la semana, en el club de bridge que habíamos organizado en nuestras casas. Los Easter, los Anthony, los Robinson y mi esposa y yo.

—Mistress Robinson ya me lo ha dicho —dije, asintiendo—. ¿Va a continuar usted en el club?

—No lo sé. Quizá encontremos a otra pareja..., pero tendremos que esperar a que los ojos de Max Easter se pongan bien. En estos momentos nos faltan dos parejas..., tres, hasta que los Anthony regresen de Florida.

—¿Cree usted que los ojos de Easter volverán a ver?

—No comprendo por qué no van a poder. El médico dice que sí... Está un poco intrigado por el hecho de que no lo hayan conseguido en tanto tiempo. Le dimos una muestra del ácido y dijo que, definitivamente, esa clase de ácido no podía causar un daño permanente a los ojos.

El hombre volvió a pasarse los dedos por el pelo.

—Espero..., aunque sólo sea por razones egoístas, que no tarde mucho en volver. Estoy empantanado aquí, tratando de sacar adelante el trabajo de los dos.

—¿Es que la empresa no puede conseguir otro hombre?

—Supongo que podría hacerlo, y que así lo haría si yo lo pidiera. De hecho, discutimos el asunto. La cuestión es que tardaríamos varias semanas en entrenar a alguien hasta el punto de que fuera una ayuda, en lugar de un estorbo. Y el médico dice que Max debería poder estar de vuelta dentro de una semana. De todos modos, las cosas ya no serán tan malas después del miércoles, o sea, pasado mañana.

—¿Por qué el miércoles? —pregunté.

—Porque es el día de paga quincenal. Ese es el trabajo principal de Max, el pago quincenal y el control de horarios. En esta ocasión tengo que hacerle yo, aparte de mi propio trabajo, así es que todo me será muy difícil hasta el día de pago. Pero si a Max no le es posible estar de regreso para el siguiente día de pago, tendremos que tomar otras medidas. No puedo estar trabajando indefinidamente doce horas al día.

Asentí. Al parecer, el hombre me estaba dando a entender algo y me gustó el hecho de que me le dijera diplomáticamente, en lugar de decirme que me apresurara y terminara el asunto que me había llevado allí.

Así pues, le hice la pregunta rutinaria que tenía que hacerle sobre Armin Robinson... si Lloyd conocía alguna razón por la que alguien pudiera haber deseado la muerte de Robinson... y recibí una simple e inequívoca negativa. También recibí una negativa ante la pregunta de si sabía lo que podía haber estado preocupando a Robinson durante los dos o tres días anteriores a su muerte. Eldred no había notado aquella preocupación la última vez que jugaron juntos al bridge, y fue aquélla precisamente la última vez que le vio.

Así pues, pasé a tratar otra cuestión:

—¿Podría contarme algo sobre el accidente de Max Easter?

—Max se lo podría contar mejor que cualquier otra persona, ya que estaba solo cuando sucedió. Todo lo que sé es que se dirigió a la fábrica, a la planta de niquelado, para recoger las fichas de horario durante el tiempo en que el personal estaba almorzando. El solía almorzar después, con objeto de poder recoger las tarjetas mientras los hombres estaban fuera. De ese modo, puede recorrer toda la planta en una hora; si lo hiciera mientras trabaja el personal, tardaría el doble.

—¿Pero no le dijo a usted cómo ocurrió todo? —pregunté.

—¡Oh, claro! Entró en una de las pequeñas salas de la planta de niquelado, donde están las cubas, para recoger de un estante la tarjeta del hombre que trabaja allí y que siempre la deja en el mismo lugar. Al recoger la tarjeta del estante tiró un jarro que cayó en la cuba que había debajo. Las cosas no están bien instaladas en esa habitación, pues hay que inclinarse sobre la cuba cuando se quiere coger algo del estante, sobre todo porque el estante está más o menos situado a la altura de los ojos. Desde que ocurrió el accidente, hemos cambiado la instalación.

—El ácido que le dejó ciego, ¿estaba contenido en el jarro que cayó, o en la cuba? —pregunté.

—En la cuba. Pero al caer el jarro en el centro de la cuba, le salpicó de ácido.

—¿Se produjo algún otro daño, aparte de los ojos?

—No, a excepción del estropicio producido en las ropas. Probablemente, estropeó el traje que llevaba puesto. Pero el ácido no es lo bastante fuerte como para dañar la piel.

—¿Asume la empresa alguna responsabilidad?

—Claro está. En cualquier caso, él está cobrando su salario completo y nos estamos haciendo cargo de los gastos médicos.

—Pero ¿y si el daño es permanente?

—No puede serlo. Así nos lo asegura el médico que le está tratando. De hecho, el médico se inclina a creer que la ceguera es de origen histérico. Habrá usted oído hablar alguna vez de la ceguera histérica, ¿verdad?

—Sí, he oído hablar —dije—. Pero para que se produzca una cosa así tiene que existir una causa psíquica profundamente enraizada ¿Existiría esa causa en el caso de Max?

Creí verle dudar un momento antes de contestarme.

—No, al menos que yo sepa.

Me detuve un momento, tratando de pensar en otras preguntas que poder hacer, pero no se me ocurrió ninguna más. Por la forma en que me miraba Lloyd Eldred, me di cuenta de qué se estaba preguntando por qué había planteado tantas preguntas sobre el accidente de Max y sobre el propio Max. En realidad, yo también me preguntaba el porqué. Volví a mirar la gran cantidad de papeles que había sobre la mesa, le agradecí su ayuda y me despedí.

Era casi el mediodía. Me encontraba a sólo diez minutos de casa en coche, así es que decidí almorzar con Marge. A veces voy a almorzar a casa y otras veces no, dependiendo de en qué parte de la ciudad me encuentro a la hora de almorzar. Marge siempre tiene a mano algún tipo de comida que puede preparar con rapidez si yo llego a casa.

(CONTINUARA...) 

El cerebro rojo - Donald Wandrei

 

Al alcance de la mano yace la muerte tibia del universo. ¿Podría el frío intelecto subsistir, o...?

Una tras otra, las pálidas estrellas que poblaban el firmamento titilaron cada vez más débilmente, hasta desaparecer. Una tras otra, aquellas luces llameantes se atenuaron y oscurecieron. Una tras otra se habían desvanecido para siempre, y en su lugar se formaron como enormes manchas de tinta que emborronaban inmensas áreas del cielo que en otro tiempo estuviera iluminado por las estrellas.

Transcurrieron años; siglos enteros huyeron hacia el pasado; los milenios se acumularon hasta convertirse en millones, y también ellos se perdieron en el olvido de la Eternidad. La Tierra había desaparecido. El Sol se había enfriado y endurecido y se disolvió en el polvo de su tumba. 

Tanto el sistema solar como otros innumerables sistemas se desmenuzaron y desaparecieron, y sus fragmentos se convirtieron en nubes de polvo que fueron tragándose el universo entero. 

A lo largo de billones de años, y barriéndolo todo hacia un destino común, los inmensos cuerpos, en otro tiempo incontables, que habían salpicado el firmamento desplazándose a través de distancias inconmensurables en el espacio, fueron disminuyendo en número a medida que se desintegraban, hasta que en el negro dosel del firmamento quedaron unos pocos y aislados puntos de luz tenue, que cada vez se iba haciendo más débil y macilenta.

Nadie sabía cuándo empezó a concentrarse el polvo, pero lejos, en el aura olvidada de los tiempos, los mundos muertos desaparecieron sin que nadie volviera a recordarlos ni lo lamentara.

Aquéllos fueron los embriones del polvo. Fueron los progenitores de la disolución universal que ahora tocaba a su fin. Fueron las primeras estrellas que se consumieron, murieron y se desperdigaron en miríadas de átomos. Fueron el primer cultivo que se redujo a la nada convertido en una mota de polvo.

Poco a poco, los claros enjambres se transformaron en nubes, las nubes en mares, y los mares en monstruosos océanos de polvo que lentamente se iba acumulando, polvo que procedía de mundos muertos y agonizantes, de colisiones interestelares causadas por los astros en su caída, de meteoros y cometas que, envueltos en llamas, llegaban del vacío para precipitarse en el abismo.

El polvo se extendía más y más. La apagada luminosidad de los cielos siguió debilitándose a medida que en las profundidades del espacio iban apareciendo grandes tachaduras negras.

A lo largo de los millones, billones y trillones de años que habían huido hacia el pasado, el polvo cósmico siguió agrupándose y la grey estelar se vio cada vez más diezmada. 

Hubo un tiempo en que el universo estaba formado por centenares de millones de estrellas, planetas y soles; pero eran tan efímeros como la vida o los sueños, y se apagaron y desvanecieron uno tras otro.

En primer lugar fueron destruidos los mundos más pequeños; les siguieron los mayores, y así en una escala que ascendía hacia los gigantes que jamás sufrieron desafío alguno y que, alzándose en medio de la noche frente al empuje conquistador del polvo, bramaron su furia e hicieron resplandecer su claridad. 

En su infernal e implacable guerra contra el universo, el Polvo Cósmico jamás concedió tregua; ahogó a los pequeños aerolitos; engulló a los satélites indefensos; se arremolinó en torno a los cometas, que, lanzados como cohetes, saltaban de un oscuro extremo del universo al otro, dejando un espléndido rastro de llamas, abriendo sendas de salvaje aventura a través de un infinito sin horizontes que el polvo había ya sometido; clavó sus garras en los planetas y sorbió su esencia; cargado de odio y rencor, fue barriendo a los monarcas y asolando sus tierras y desiertos.

Cada vez más y más denso, el Polvo Cósmico fue creciendo hasta que a los gigantes les resultó ya imposible avizorarse mutuamente en sus giros a través del vacío. Por ello, alzaron sus voces tonantes a través del desierto, solitarios, sin esperanza y perdidos. En solitaria grandeza, consumieron en llamas su brillante hermosura. En solitaria derrota y muerte, desaparecieron.

De todas las estrellas de las incontables miríadas que una vez salpicaron los cielos, solamente quedaba Antares. Sólo subsistía Antares, la más inmensa de las estrellas, el último cuerpo del universo, habitado por la última raza que aún poseía conciencia, que aún poseía vida. 

Esta raza, sumida en una compasión sin esperanza, había asistido al oscurecimiento de los cielos y, con cicatería, llevo la cuenta de las estrellas que todavía resistían. Se les desgarraba el corazón cada vez que una dejaba de titilar; cada una que abandonaba la lucha y era engullida por la marea de polvo, añadía un nuevo acento en el himno nacional, esa melodía indescriptible, esa salmodia a la fatalidad infinitamente sombría que arrancaba solemnes armonías de cada corazón de aquella raza agonizante. 

Los habitantes de Antares habían construido una gran cúpula de cristal alrededor de su mundo a fin de impedir que penetrase el polvo y la atmósfera se dispersara; protegidos por esta cúpula, los vigías mantenían su observación silenciosa. 

Las sombras llegaban avasalladoras, con más ímpetu cada vez, desde los lejanos reinos de la oscuridad, engullendo apresuradamente a la última de las estrellas. 

La tarea de los astrónomos se había convertido en la más sencilla, y al propio tiempo la más triste, de Antares: observar a la Muerte y el Olvido extendiendo un palio de oscuridad sobre cuanto era, sobre cuanto pudo ser.

La última estrella, Mira, la segunda después de Antares, había brillado con palidez glacial, su titilar se oscureció... y se desvaneció. En el espacio quedó tan sólo una extensión ilimitada de polvo que se expandía más y más en todas direcciones; sólo esto y Antares. 

Ya no volvieron los astrónomos a escudriñar los cielos par ver cómo una estrella moribunda sucumbía antes que ellos. No volvieron a explorar los más lejanos confines. Por todas partes se arremolinaba el polvo, envolviendo el espacio en una oscuridad sofocante. 

Hubo un tiempo a través de los abismos, en que fueron sembradas multitud de hermosas estrellas de blanco, casi enfermizo resplandor... Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que existió luz en el cielo. Ahora no había nada. Hubo un tiempo en que se veía una tenue fosforescencia en la bóveda Ahora sólo había un pesado crespón de ébano un lóbrego reino huérfano de radiación, algo sofocante constituido por una oscuridad eterna e infinita.

—Nos reunimos otra vez en esta Mansión de la Niebla, no con la esperanza de haber encontrado un remedio sino para ver cuál es la mejor forma de aceptar nuestra muerte. Nos reunimos, no en la vana esperanza de que podamos controlar el polvo, sino en la esperanza d que podamos triunfar aun cuando seamos destruidos. Sólo podemos ganar la batalla aceptando nuestra muerte heroicamente.

El orador hizo una pausa. A su alrededor se desplegaba una extraña sala del Espacio. A gran altura se extendía un vago techo cuyos bordes ondulantes se diluían pedidos en la distancia; un techo sustentado por paredes invisibles y poderosas columnas que, separadas por largos intervalos, emergían ondulantes del liso suelo de mármol. 

Una vaga neblina parecía flotar en el aire, debido a las dimensiones inconmensurables de aquella colosal arquitectura. Difuminado por la distancia, el orador se reclinó en la plataforma de metal que se alzaba por encima del mar de seres que se extendía frente a él. Aun que en realidad no era un orador, ni tampoco un ser como los que una vez habitaron el mundo llamado Tierra.

Debido a las insólitas condiciones de Antares, la evolución se desarrolló, según esquemas completamente distintos a los que siguió en cuerpos que habían poblado el firmamento cuando, en un pasado remoto, el infinito estaba salpicado de estrellas. 

Antares fue el sol más intenso de cuantos surgieron del caos primitivo. Cuando se enfrió, lo hizo mucho más lentamente que los demás, y cuando en él apareció la vida, tenía por delante una existencia, no de miles ni de millones de años, sino de millardos.

Esta vida, en sus comienzos, había evolucionado desde las formas más simples a las de la edad de las primeras sociedades humanas, y siguió recorriendo la escala paso a paso. Las civilizaciones de otros mundos alcanzaron su cenit y los propios mundos se enfriaron y murieron cuando la poderosa civilización de Antares no hacía más que empezar. 

La estrella pasó entonces por un período de guerras, hasta que se vio azotada por espantosas destrucciones, de tal magnitud, que, en la Guerra de los Dos Días, produjeron siete billones de víctimas de los ocho billones y medio de habitantes con que contaba el planeta. Aquellos dos días de carnicería terminaron con la guerra para siempre.

A partir de entonces empezó la edad de oro. La mente de los pobladores de Antares aumentó más y más, al tiempo que sus cuerpos se reducían proporcionalmente, hasta que el ciclo se completó. Cada ser situado frente al orador era un montón monstruoso de sustancia negra y viscosa, cada masa un enorme cerebro, un ente sin sexo que vivía sólo para el Pensamiento. 

Mucho tiempo atrás se descubrió que la vida podía crearse artificialmente mediante tejidos formados en los laboratorios químicos. Entonces se destruyó el sexo y los habitantes dejaron de consumir su tiempo ocupándose de la familia. 

Casi todas las incontables horas que de esta forma se ahorraron, fueron dedicadas al desarrollo científico, con el resultado de que la estrella experimentó un salto prodigioso hacia una era de progreso sin parangón.

En su rápida transformación en cerebros, los seres descubrieron que mediante la exterminación de los parásitos y las bacterias de Antares y modificando su propia estructura orgánica, y por medio de la voluntad de vivir se aproximaban a la inmortalidad. 

Descubrieron los secretos del tiempo y del espacio; conocieron la extensión del universo y supieron que el espacio, en sus límite extremos, se convierte en autoaniquilante. Supieron que la vida se creó a sí misma y controlaron su propio período de duración. 

Aprendieron que cuando, cansada de la existencia, una vida se daba muerte a sí misma, estaba muerta para siempre; no podría vivir de nuevo, pues la muerte era el último cambio químico de la vida.

Esas eran las formas que se desparramaban en vasto mar ante el orador. Eran formas porque podían adoptar cualquier apariencia que desearan. Sus mentes todopoderosas tenían un absoluto control de sí mismas. 

Cuando los Cerebros deseaban viajar, se relajaban, abandonando su habitual semirrigidez, y fluían de un lugar a otro como un reguero de tinta deslizándose cuesta abajo; cuando estaban cansados, se aplanaban hasta convertirse en discos; al exponer sus ideas, se convertían en arrogantes columnas de rígida exudación; y cuando se sumían en la abstracción o se perdían en una placentera contemplación de mundos sin límites creados en sus mentes, mundos por entre los que a menudo vagaban, ofrecían el aspecto de enormes pelotas durmientes.

Ningún sonido había emitido el orador pese a que impartió sus pensamientos a la sensitiva asamblea. Cuando sus mentes lo permitían, los pensamientos de los Cerebros fluían instantáneamente hacia quienes les rodeaban, lo mismo que ondas eléctricas. Antares era un mundo de silencio jamás quebrantado.

Los pensamientos del Gran Cerebro siguieron fluyendo:

—Hace mucho tiempo llegó a conocimiento de todos nosotros el destino que nos esperaba. Nada podíamos hacer. Ello no importaba mucho, desde luego, pues la existencia es algo inútil que a nadie beneficia. Sin embargo, en aquella reunión celebrada en fecha ya olvidada, solicitamos que quien quisiera ocuparse de ello, intentara pensar en alguna posible forma de salvación para nuestra propia estrella cuando menos, si no para las demás. 

No se ofreció ninguna recompensa porque no existía para ello recompensa adecuada. El Cerebro recibiría tan sólo la gloria de ser uno de los mayores que jamás se hubieran producido. En cuanto al resto de nosotros, recibiría solamente los efectos de esta gloria mediante el conocimiento de que habíamos dominado el Destino, considerado en aquel entonces, y todavía hoy, como inexorable; el placer que de ello obtendríamos se debería tan sólo al hecho de que nosotros, que nos hemos autocreado pero que no somos supremos, nos habríamos convertido a nosotros mismos en supremos por la conquista de la más poderosa amenaza que jamás haya atacado a la vida, el tiempo y el universo: el Polvo Cósmico.

"Nuestros cerebros más inteligentes estuvieron pensando en este tema durante incalculables millones de años. Excluyeron de sus pensamientos cualquier cosa que no fuera la pregunta: ¿cómo es posible dar jaque al polvo? Elaboraron innumerables planes, que se probaron concienzudamente. Todos fallaron. 

Lanzamos al vacío descargas de rayos imposibles de controlar, llamadas interplanetarias con la esperanza de poder fundir masas de polvo y convertirlas en nuevos mundos incandescentes. 

Hemos anclado en el espacio inmensos imanes con la esperanza de atraer el polvo, que es ligeramente magnético, y de esta forma solidificarlo o extraer de él gran parte de los escombros. 

Provocamos espantosas perturbaciones haciendo estallar nuestros compuestos más poderosos en las regiones que nos rodean, con la esperanza de agitar tan violentamente el polvo que, en el seno de las tempestades así formadas, se conmocionarán las tormentas de la creación. 

Con nuestros rayos aniquiladores hemos abierto billones de brechas a través del incesante flujo de polvo. Destruimos la vida en Betelgeuse y emplazamos allí titánicos generadores de vacío, descomunales máquinas zumbantes destinadas a succionar el polvo del espacio y amontonarlo en aquella estrella. 

Liberamos enormes cantidades de gas, lo incendiamos y lanzamos el fuego ardiente y furioso en enloquecidas llamaradas, a través del polvo estremecido. 

En nuestra desesperación, llegamos a llamar en nuestra ayuda a los Devoradores de Éter. Finalmente, sí, utilizamos nuestra Voluntad-Potente para barrer las oleadas arrolladoras ¡Fue en vano! ¿Qué ocurrió? El polvo, que por un momento había cedido terreno, se tomó un respiro y volvió a lanzarse adelante, en oleadas. Retornó triunfante, en silencio, y de nuevo colgó su palio de oscuridad sobre un Espacio acosado por el temor y cabalgado por las pesadillas.

Henchidos de silenciosa aflicción, los pensamientos del Gran Cerebro seguían fluyendo y esparciéndose por la Mansión de la Niebla:

—Con una amarga tenacidad que jamás antes habían desplegado, nuestros químicos dedicaron su tiempo a la producción de Supercerebros, con la esperanza de llegar a obtener uno que fuera capaz de vencer al Polvo Cósmico. 

Cambiaron los componentes utilizados en nuestra génesis; experimentaron con moldes y formas, ensayaron todas las posibilidades. ¿Cuál fue el resultado? Salieron monstruos rabiosos, locas abominaciones, horrores satánicos y asquerosos entes devoradores que chillaban salvajemente bajo el influjo de los innúmeros e indescriptibles fantasmas que atestaban sus mentes. 

Les matamos para salvarnos. ¡Y el Polvo siguió avanzando! Hemos pedido ayuda a todos los Cerebros vivientes. En los siglos remotos, cubiertos por el velo del pasado, hemos apelado a cualquier clase de ayuda. De vez en cuando se nos han propuesto planes que durante cierto tiempo han causado estragos terribles en el Polvo, pero que, por último, siempre han fracasado.

"Está a punto de producirse el triunfo del Polvo Cósmico. Nos queda ya tan poco tiempo que los esfuerzos que podamos hacer ahora serán inevitablemente vanos. Pero hoy, la esperanza de que algún Cerebro, ya sea de los viejos o de los nuevos y gigantescos, haya descubierto una posibilidad aún no ensayada, nos ha movido a convocar esta conferencia, la primera que se celebra desde hace más de doce mil años.

El silencio tenso y alerta que reinaba en el Salón se suavizó, relajándose, cuando dejaron de fluir los pensamientos del Gran Cerebro. Las ondas eléctricas que habían llenado la vasta Mansión de la Niebla se extinguieron y durante largo rato el recinto se vio invadido por una extraña tranquilidad. Pero la masa no permanecía nunca inmóvil. 

El mar que se extendía frente a la tarima se agitaba en un flujo y reflujo cuando lo atravesaban las olas de pensamiento. Pero ningún Cerebro se ofreció para hablar, y toda la extensión visible se fue aquietando a medida que transcurrían los minutos.

En forma de fina columna que emergía de la tarima, elevándose hasta gran altura, el Gran Cerebro se balanceaba- una y otra vez recorrió con la mirada todo el Salón, escudriñando entre las ondulantes formas con la esperanza de encontrar en algún punto, entre aquella multitud una que pudiera ofrecer una sugerencia. 

Pero transcurrieron los minutos y el tiempo se alargaba sin que llegara ninguna respuesta; la tristeza del fin inmutable y fijo se infiltró a través de la última raza. Y los Cerebros, absortos en su meditación, vieron cómo el Polvo presionaba sobre la concha de cristal de Antares, mostrando una mueca de triunfo.

El Gran Cerebro no había esperado obtener respuesta, ya que desde hacía siglos se consideraba inútil combatir al Polvo- así, pues, cuando su previsión, aunque no su deseo sé vio cumplida, se relajó y se dejó caer en señal de que la reunión había terminado.

Pero antes de que se hubiera completado su movimiento, en el centro de aquel mar, surgiendo de las profundidades, se produjo una violenta agitación; en un instante todo un sector se replegó y, precipitándose en tromba como un surtidor, se lanzó hacia arriba silbando al cortar el aire; el chorro ascendió en dirección al techo hasta que empezó a ondular, fino y tenue como una columna de humo- desde la oscuridad de las alturas de 1a Sala, la cúspide del Cerebro, miró fijamente hacia abajo.

—¡He encontrado un plan infalible! ¡El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo Cósmico!

Una terrible tensión cayó sobre los Cerebros entumecidos por el lamento que en oleadas silenciosas se extendía desde la Mansión de la Niebla hasta el sepulcro vacío y huérfano de sueños hecho de mármoles exóticos. El Gran Cerebro, apenas relajado, se irguió de nuevo. Y, formando un curioso torbellino, la multitud reunida se volvió repentinamente.

En el acto, el Cerebro Rojo quedó suspendido sobre el centro de un mar que había adoptado la disposición de un anfiteatro; todos los Cerebros tenían la mirada puesta en el centro. Una expectación y esperanza difícilmente contenidas electrizaban el aire.

El Cerebro Rojo era una de las últimas creaciones de los químicos, y se había obtenido durante los experimentos que se realizaron para producir cerebros más perfectos. En el pasado, todos habían sido negros, pero quizá debido a impurezas en los componentes químicos éste había evolucionado hacia un color rojo mate muy oscuro. 

Sus compañeros sintieron admiración por él sobre todo cuando descubrieron que muchos de sus pensamientos no podían ser captados por ellos. De entre las cosas que pasaban por su interior y que él permitía a los demás conocer, había una considerable porción que les resultaba incomprensible. Nadie sabía cómo juzgar al Cerebro Rojo, pero muchos pusieron sus esperanzas en él.

Por lo tanto, cuando el Cerebro Rojo lanzó su anuncio, los demás formaron un ancho círculo alrededor de él, con las mentes pasivas y abiertas hacia la explicación. Así, pues, se tendieron silenciosamente, a la espera del descubrimiento, y se recostaron, completamente desprevenidos para lo que iba a suceder.

Ya que, en cuanto el Cerebro Rojo se halló suspendido en el aire inició un lento pero incansable balanceo; a medida qué se balanceaba, sus pensamientos se verían en forma de canto rítmico. 

Descollaba en lo alto por encima de todos, igual que una columna lisa y tenue cuyo altivo capitel se moviera cada vez más rápidamente a medida que un estremecimiento nervioso recorría toda su extensión en oleadas que subían y bajaban. 

El tono del extraño canto se fue haciendo cada vez más y más fuerte, hasta convertirse en un salvaje y ditirámbico salmo, dedicado a la belleza del pasado, a la gloria del presente y al esplendor del futuro. Y la balada se convirtió en una quejumbrosa loa, en una exaltación; ramalazos de furiosa alegría la recorrieron, repitiendo:

El Cerebro Rojo ha conquistado al Polvo. Otros fracasaron, pero él no. Cantemos el himno nacional en honor del Cerebro Rojo, porque él ha triunfado. Exaltémosle, porque ha demostrado ser el más grande de todos. Veneremos al que es más grande que Antares, más grande que el Polvo Cósmico, más grande que el Universo.

De repente se detuvo. Los Cerebros, perplejos, miraron hacia lo alto. Por un momento, el Cerebro Rojo había detenido su cabeceo, acercando a ellos sus pensamientos. Pero, a lo largo de toda su extensión, inició un giro vertiginoso, que fue acelerándose hasta alcanzar una increíble velocidad. 

De pronto, algo antagónico emanó de él y antes de que los Cerebros lograran captar la situación, antes de que pudieran protegerse cerrando sus mentes, los impulsos de voluntad del Cerebro Rojo, cargados de odio y muerte, latieron sobre ellos y penetraron en sus mentes abiertas. 

Como un remolino, el Cerebro Rojo giraba arrastrándoles a su destino. Igual que balones semihinchados, los demás Cerebros yacían a su alrededor; durante un segundo se pusieron rígidos como burbujas de vidrio al enfriarse; y a medida que sus pensamientos, y por lo tanto, sus vidas, ya que Pensamiento era Vida, iban siendo aniquilados, quedaban instantáneamente aplastados como globos pinchados, disolviéndose en charcos de limo evanescente. Sucumbían por decenas y por centenares, destruidos por los pensamientos devastadores, imparables, del Cerebro Rojo, que llenaba todo el Salón; por grupos, por secciones, por doquier.

Alrededor del círculo caían los cerebros sentenciados por el destino en aquel único momento de descuido, mientras fluía una espesa tinta que formaba charcos, que se arrastraba y se convertía en ríos de brea que se precipitaban por el suelo de mármol pulido con un suave siseo sedoso.

La esperanza del universo se había cifrado en el Cerebro Rojo.

Y el Cerebro Rojo estaba loco.