I
El
leer lo ocurrido en el periódico ya me dio una ligera idea de los horrores del
asunto. Por alguna razón, tuve el presentimiento inmediato de que se me pondría
a trabajar en ese caso y de que aquello no me iba a gustar. Naturalmente,
podría estar ya resuelto a mi regreso; era la tarde del penúltimo día de mis
vacaciones. Pero no creí que pudiera ser así.
Dejé
el periódico y traté de olvidar lo que había leído, mirando a Marge. Incluso
después de cuatro años de matrimonio, me gustaba mirar a Marge.
Pero
en esta ocasión no consiguió eliminar de mi mente lo que había leído. A través
de una línea de pensamiento secundaria, mi mente volvió al caso. Pensé en lo
malo que sería estar ciego y no poder volver a mirar a Marge nunca más. La
historia publicada en el periódico hablaba de un hombre ciego..., un ciego que
era el único testigo de un asesinato.
Marge
levantó su mirada, me preguntó en qué estaba pensando y se lo dije. Se interesó
por el caso, y le conté los detalles; sólo pude hablar de lo que había
publicado el periódico.
—El
nombre del ciego es Max Easter. Hasta hace tres días era el contable de la
Springfield Chemical Works. Hasta hace tres días no era un ciego... y ahora no
saben si su ceguera será permanente o no; se la produjo un accidente en la
planta de productos químicos. Parece que alguna clase de ácido le salpicó a la
cara mientras estaba recogiendo las tarjetas de entrada del personal de la
planta. Los médicos creen que se recuperará, pero ahora está completamente
ciego y tiene los ojos vendados.
»Ayer
por la tarde estaba en su habitación —en la que aún permanece—, hablando con un
amigo suyo llamado Armin Robinson, que había ido a verle. Sus esposas, la de
Easter y la de Robinson, se habían marchado a la ciudad a ver una película. Los
dos hombres estaban solos en la casa... a excepción del asesino.
»Armin
Robinson estaba sentado en una silla, cerca de la cama, y la puerta de la
habitación permanecía entreabierta. Max Easter estaba semisentado en la cama, y
los dos amigos estaban hablando. Entonces, Easter oyó cómo chirriaba la puerta
y alguien entró en la habitación. Escuchó moverse a Robinson y cree que su
amigo se levantó en aquel momento, pero nadie dijo una sola palabra.
Entonces,
de repente, sonó un disparo e inmediatamente después escuchó la caída de un
cuerpo, procedente del lugar donde antes se encontrara Robinson. A
continuación, los pasos extraños se adentraron más en la habitación y Easter,
sentado allí, en la cama, esperó a que el desconocido disparara también sobre
él.
—¡Qué
horrible! —exclamó Marge.
—Pero
ahora viene lo peor de todo —dije—. En lugar de sentir el impacto de una bala,
Max Easter sintió como algo caía en la cama, sobre el colchón. Extendió la
mano, buscándolo a tientas, y se encontró con un revólver. Entonces, escuchó al
asesino, moviéndose, y apuntó el revólver en aquella dirección, y apretó el
gatillo...
—¿Quieres
decir que el asesino le entregó el arma? ¿Que la arrojó sobre su cama? ¿Es que
no sabía que un hombre ciego puede disparar dejándose guiar por el sonido?
—Todo
lo que sé es lo que han publicado los periódicos, Marge. Y así es como cuentan
la historia de Easter. Pero podría ser. Probablemente, el asesino no se dio
cuenta de que el rebote del arma sobre el colchón indicaría a Easter dónde
había caído el revólver, como tampoco pudo imaginar que él lo cogiera con tanta
rapidez. Probablemente, pensó que podría salir de la habitación antes de que
Easter pudiera encontrar el arma.
—Pero
¿por qué entregarle el arma de todos modos?
—No
lo sé. Pero, siguiendo con la historia de Easter: cuando hizo oscilar el arma
para apuntar en dirección al sonido, escuchó un ruido, como el de las rodillas
de un hombre cayendo al suelo, y se imaginó que el asesino se había agachado
para mantenerse fuera de la línea de tiro, si él decidía disparar. Así pues,
Easter bajó el arma, apuntando medio metro por encima del nivel del suelo, y
apretó el gatillo. Sólo una vez.
»Y
entonces, según dice y de repente, tuvo más miedo de lo que estaba haciendo que
de lo que pudiera ocurrirle a él, y terminó por arrojar el arma. Estaba
disparando en la oscuridad... literalmente en la oscuridad. Si se equivocaba en
analizar lo que estaba sucediendo, podría estar disparando contra Armin
Robinson... o contra cualquier otra persona. Ni siquiera sabía con seguridad
que se había cometido un asesinato, o lo que había ocurrido allí.
»Así
pues, arrojó el arma, que golpeó una de las esquinas de la cama y cayó al
suelo. Así que no podía volver a recogerla, aun cuando cambiara de opinión. Y
se quedó allí, sentado en la cama, sudando, mientras fuera quien fuese se movió
un rato por la habitación, antes de marcharse.
Marge
me miró pensativamente, antes de preguntar:
—Moviéndose
por la habitación..., ¿haciendo qué, George?
—¿Cómo
podía saberlo Easter? Después se comprobó que había desaparecido la cartera de
Armin Robinson, así es que, probablemente, una de las cosas que hizo el
desconocido fue cogerla. También desaparecieron la propia cartera de Easter y
su reloj, que estaban sobre la mesita de noche, según dijo después su esposa.
También desapareció una pequeña maleta.
—¿Una
maleta? ¿Y para qué se llevarían una maleta?
—Para
transportar los objetos de plata que desaparecieron de la planta baja, junto
con otros pequeños objetos, del tipo de los que se podría llevar un ladrón. Easter dijo que el desconocido se movió por la habitación durante lo
que le pareció un largo rato, aunque probablemente sólo se trató de un minuto o
dos. Después, le escuchó bajar las escaleras, moverse un rato por la planta
baja y finalmente oyó cómo se abría y se cerraba la puerta de atrás.
»No
se atrevió a levantarse hasta estar seguro de que el asesino había abandonado
la casa. Entonces, fue avanzando hacia donde estuviera Robinson y descubrió que
había muerto. Así es que bajó poco a poco las escaleras hasta llegar adonde
estaba el teléfono y llamó a la policía. Y aquí termina la historia.
—Pero
eso es horrible —dijo Marge—. Quiero decir que deja muchos cabos sueltos,
muchas cosas que pueden plantear preguntas.
—Que
es precisamente lo que he estado haciendo. Me impresiona especialmente la
imagen de ese hombre ciego disparando en la oscuridad, sintiéndose después
atemorizado porque no sabía contra qué o quién estaba disparando.
—George,
¿verdad que los ciegos adquieren sentidos especiales? Quiero decir que pueden
decir quién es una persona por la forma en que ésta anda..., ¿verdad que pueden
saber cosas como ésas?
—Max
Easter había estado ciego desde hacía tres días —dije, muy pacientemente—.
Quizá fuera capaz de distinguir los pasos de un hombre de los de una mujer...,
si la mujer llevara tacones altos.
—Creo
que tienes razón. Aun cuando conociera al hombre...
—Aun
cuando el asesino fuera un amigo suyo —dije—, no lo habría podido saber. Por la
noche, todos los gatos son pardos.
—Todos
los gatos parecen pardos.
—Eres
una boba —dije.
—Míralo
en el Dudas de Bartlett.
Marge
y yo siempre estamos discutiendo por cosas como ésta. Saqué la obra de Bartlett
de la maleta y la consulté. En esta ocasión, ella tenía razón. También me había
equivocado en lo de «por la noche». El dicho era: «De noche, todos los gatos
parecen pardos.»
Cuando
admití ante Marge —para variar— que ella tenía razón, y dejamos pasar un rato
en silencio, su mente volvió de nuevo al asesino.
—¿Y
qué sucede con el revólver que abandonó, George? ¿No le pueden seguir la pista
por las huellas? ¿O por el número de serie del arma, o por algo?
—Se
trataba del revólver del propio Max Easter —dije—. Estaba en el cajón de una
mesa que hay en el piso de abajo. Se me olvidó decírtelo. El asesino debió de
haberlo cogido antes de subir arriba.
—¿Crees
que era un simple ladrón?
—No
—le dije.
—Yo
tampoco. Hay algo en todo esto..., algo que suena mal.
—Me
parece que es algo más que eso. En todo esto hay una total discordancia. Pero
no me puedo imaginar lo que es.
—Ese
Max Easter —dijo mi esposa—, quizá no esté ciego.
—¡Intuición
femenina! —exclamé con un bufido—. Creo que, a menos que tengas alguna razón
para decirlo, eso es algo tan tonto como decir que disparó contra un gato
pardo, simplemente porque mencioné ese proverbio antes.
—Quizá
lo hizo —dijo Marge.
Ni
siquiera valía la pena contestar aquella observación. Volví a coger el
periódico, abriéndolo por la sección de deportes.
Los
periódicos del domingo, al día siguiente, publicaban más sobre el caso, pero no
añadían nada nuevo. No se habían efectuado detenciones y, al parecer, ni
siquiera se sospechaba de nadie. Esperaba que no me pusieran a trabajar en el
caso. No sé exactamente por qué. Simplemente, lo esperaba así.
II
Tuve
que hacerme cargo del caso casi antes de entrar en la oficina. Antes de
quitarme la gabardina, alguien me dijo que el capitán Eberhart quería verme en
su despacho, y hacia allí me dirigí.
—¿Ha
tenido unas buenas vacaciones, George? —me preguntó, pero sin esperar siquiera
mi contestación siguió hablando—: Le voy a poner a trabajar en el
caso de asesinato de ese Armin Robinson. ¿Ha leído algo en los periódicos?
—Claro
—contesté.
—Entonces
sabe tanto del caso como cualquier otra persona, excepto una cosa. Se la diré,
pero, al margen de ese detalle, quiero que trate el caso con frialdad, sin
ninguna clase de ideas preconcebidas. Nosotros no hemos llegado a ninguna parte
y quizá a usted se le pueda ocurrir algo que se nos ha escapado a nosotros.
Creo que vale la pena intentarlo.
—¿Y
qué ocurre con los informes del laboratorio de balística? —pregunté, después de
asentir—. Puedo abordar a la gente con frialdad, pero me gustaría conocer los
hechos físicos.
—Está
bien. Según el informe del juez de instrucción, Robinson murió instantáneamente
a consecuencia de una bala que le atravesó la cabeza. La bala quedó incrustada
en la pared, casi un metro detrás de donde había estado sentado, y
aproximadamente a un metro setenta de altura, con respecto al nivel del suelo.
Penetró en la pared casi en línea recta. Todo concuerda, si él se levantó en el
momento en que el asesino entró en la habitación, y siempre que éste se
encontrara en la puerta o en el interior de la habitación e hiciera el disparo
manteniendo el arma al nivel del ojo.
—¿La
bala procede del arma encontrada?
—Sí,
y también sucede lo mismo con la otra bala, la que disparó Max Easter. Y en el
arma había dos cápsulas vacías. No hay huellas en el revólver, a excepción de
las del propio Easter; el asesino tuvo que haber llevado guantes. Y mistress
Easter dice que de la cocina le faltan un par de guantes blancos de algodón.
—¿Existe
alguna posibilidad de que Max Easter disparara las dos balas en lugar de una?
—Absolutamente
no, George. El está ciego..., al menos temporalmente. El médico que le trata lo
garantiza así; hay pruebas... reacción de las pupilas a los destellos
repentinos de luz y cosas así. La única forma en que un ciego podría darle a
alguien en un centro tan mortal como la frente sería manteniendo el revólver
contra ella... y no había ninguna quemadura causada por la pólvora.
No, la
historia de Max Easter parece la de un chiflado, pero todos los hechos encajan
perfectamente. Incluso el tiempo. Algunos vecinos escucharon los disparos.
Pensaron que se trataba de petardos, y no investigaron, pero se dieron cuenta
del tiempo; algunos de ellos estaban escuchando la radio y todo se produjo
durante el cambio de programas de las ocho... dos disparos con una diferencia
de unos cinco segundos entre uno y otro. Y según nuestros propios archivos, la
llamada que nos hizo Easter se produjo a las ocho y doce minutos. Esos doce
minutos encajan bastante bien con lo que nos dijo que sucedió, desde que se
produjeron los disparos hasta que consiguió llegar al teléfono.
—¿Qué
tal con las coartadas de las dos esposas?
—Perfectas.
Mientras se produjo el asesinato, se encontraban las dos juntas viendo una
película. Precisamente eran más o menos las ocho de la noche cuando entraron en
el cine y vieron a algunos amigos en el vestíbulo del local, así es que no se
trata sólo de su palabra. Puede considerar la coartada como buena.
—Está
bien —dije—, ¿y qué es lo que no han publicado los periódicos? Me refiero a ese
detalle de que me habló antes.
—El
informe de laboratorio sobre la otra bala, la que disparó Easter contra el
asesino, indica que hay en ella restos de materia orgánica.
—¡Entonces
el asesino fue herido! —exclamé, con un silbido, pues aquello debía hacer más
fácil el caso.
—Quizá
—dijo el capitán Eberhart, suspirando—. Siento mucho tener que decirle esto,
George, pero si fue herido, se trataba de un gallo que llevaba un pijama de
seda.
—¡Estupendo!
—exclamé—. Mi esposa dice que Easter disparó contra un gato pardo, y mi esposa
casi siempre tiene razón. En todo. Pero ahora, ¿le importaría hablar con cierto
sentido?
—Si
puede usted encontrar algún sentido en esto, estupendo. Sacamos la segunda bala
de la pared, cerca de la puerta, aproximadamente a unos cuarenta centímetros de
altura. El microscopista que la examinó dice que hay en ella restos diminutos
de tres clases diferentes de materia orgánica. Se trata de cantidades
infinitesimales. Únicamente las puede identificar hasta un cierto punto y no
está totalmente seguro de ello. En cualquier caso, cree que se trata de sangre,
seda y plumas. La respuesta a este rompecabezas sería un gallo que llevara un
pijama de seda.
—¿Qué
clase de sangre? —pregunté—. ¿Qué clase de plumas?
—No
hay seguridad. Se trata de restos muy diminutos, y el especialista no se atreve
a ir más lejos, ni siquiera como suposiciones. ¿De qué me hablaba antes sobre
un gato pardo?
Le
conté nuestra pequeña discusión sobre el proverbio, y la burlona observación de
Marge.
—En
serio, capitán —seguí diciendo—, todo parece indicar que el asesino fue herido.
Probablemente sólo se trató de un roce, ya que después continuó haciendo lo que
había ido a hacer allí. Eso justificaría la presencia de sangre en la bala y en
cuanto a la seda no es muy difícil suponérselo. Una camisa, unos calcetines,
una corbata de seda... cualquier cosa. Pero en lo que se refiere a las plumas,
ya es algo más difícil de suponer. El único sitio donde un hombre puede llevar
una pluma, al menos normalmente, es en un sombrero nuevo.
Eberhart
asintió con un movimiento de cabeza.
—Dejando
aparte a los gallos con pijama de seda —dijo—, ésa es la mejor sugerencia que
tenemos hasta el momento. Todo podría haber ocurrido así: el asesino ve cómo el
arma apunta hacia él, desciende hacia el suelo y avanza su mano hacia el arma.
Las manos no detienen las balas, pero a menudo sucede que la gente realiza ese
movimiento cuando alguien está a punto de disparar contra ella. La bala roza
entonces la mano y la banda del sombrero, que es de seda, y lleva una pluma,
aunque no tiene la fuerza suficiente para dejarle sin sentido o derribarle, y
termina por quedar incrustada en la pared. Después, el asesino se lía un
pañuelo alrededor de su mano herida y sigue actuando una vez que Easter ha
arrojado el arma lejos de sí y se siente a salvo.
—Podría
haber sido así —dije—. ¿Se ha comprobado si alguna de las personas conectadas
con el caso está herida?
—No
hay señales de ninguna herida, al menos exteriormente. Y no hemos conseguido
suficientes pruebas contra nadie como para obligarle a desnudarse. En realidad,
maldita sea, no hemos encontrado a nadie con un motivo. Por muy increíble que
parezca, así es, George, casi hemos decidido que se ha tratado de un simple
robo. Bien, eso es todo lo que voy a decirle. Encárguese del caso con toda la
frialdad posible, y quizá encuentre algo que se nos ha pasado por alto a
nosotros.
Volví
a ponerme la gabardina y salí de la oficina.
III
Lo
primero que tenía que hacer era lo que más me disgustaba: hablar con la viuda
del hombre asesinado. En beneficio de ambos, confiaba en que ya hubiera pasado
lo peor de la impresión y del dolor.
Desde
luego, no me divertí, pero no fue algo tan malo como pudo haber sido. Mistress
Armin Robinson se mostró tranquila y reservada, pero estaba dispuesta a hablar
y lo hizo sin ninguna emoción. En realidad, la emoción estaba allí, pero en una
capa mucho más profunda, que no saldría a la superficie en forma de histeria.
Primeramente,
traté la cuestión de su coartada. Sí, ella y mistress Easter, la esposa del
ciego, se encontraban en el vestíbulo del cine a las ocho. Estaba segura de que
eran exactamente las ocho porque tanto ella como Louise Easter comentaron el
hecho de que las horas de sus relojes coincidían; Louise había llegado primero,
pero dijo que había estado esperando menos de un minuto.
Louise había estado
hablando con dos amigas comunes con las que se había encontrado
accidentalmente, sin que existiera ninguna cita, en el vestíbulo del local. Las
cuatro mujeres entraron juntas al cine y vieron juntas la película. Me dio los
nombres de las otras dos mujeres, así como sus direcciones. Tal y como había
dicho Eberhart, la coartada parecía ser perfecta. El cine al que habían acudido
se encontraba por lo menos a veinte minutos de distancia, en coche, de la residencia de los Easter,
donde se había cometido el asesinato.
—¿Tenía
su esposo algún enemigo? —pregunté.
—No,
decididamente no. Es posible que no agradara a algunas pocas personas, pero las
cosas no pasaban de ahí.
—¿Y
por qué no agradaba a algunas personas, mistress Robinson? —pregunté con
amabilidad—. ¿Cuáles eran los rasgos de su personalidad...?
—Era
un hombre bastante extravertido. Ya sabe, vida de reuniones sociales y esa
clase de cosas. Cuando bebía unas pocas copas podía destrozar los nervios de la
gente. Pero eso no ocurría con frecuencia, por otra parte, algunas personas
pensaban que era demasiado franco. Pero eso no son más que cuestiones de
pequeña importancia.
Desde
luego, no parecía que se tratara de cuestiones de tanta importancia como para
planear un asesinato premeditado.
—Trabajaba
como interventor, ¿verdad? —pregunté.
—Sí,
y actuaba independientemente. Él era su propio jefe.
—¿Tenía
algún empleado?
—Sólo
una secretaria que trabajaba toda la jornada con él. Tenía una lista de
personas a las que llamaba a veces, cuando se le planteaba un trabajo demasiado
grande para llevarlo adelante él solo.
—¿Hasta
qué punto usted y su esposo eran amigos íntimos de los Easter?
—Bastante.
Probablemente Armin y Max eran amigos mucho más íntimos de lo que somos Louise
y yo. Francamente, no me gusta mucho Louise, pero me las arreglo para estar con
ella, teniendo en cuenta la amistad que existe entre mi esposo y el suyo. No es
que tenga nada contra Louise..., no me interprete mal... Se trata sólo de que
nosotras somos dos tipos de mujeres muy diferentes. Por esa razón, no creo que
a Armin le gustara especialmente Louise.
—¿Con
qué frecuencia les veía?
—A
veces con bastante frecuencia, pero últimamente sólo una vez a la semana, casi
con regularidad. Somos..., somos miembros de un club de bridge formado por
cuatro parejas, que nos reunimos alternativamente en cada una de las cuatro
casas.
—¿Quiénes
son los demás?
—Los
Anthony y los Eldred. Bill Anthony es el editor del Springfield Blade. Precisamente ahora, tanto él como su esposa están fuera de la ciudad,
de vacaciones en Florida. Lloyd Eldred trabaja en la Springfield Chemical
Works, la misma empresa donde trabaja Max Easter. Es el superior inmediato de
Max en la empresa.
—¿Y
Max Easter trabaja allí como contable?
—Así
es, como contable y pagador. Lloyd Eldred es el tesorero de la empresa. No se
trata de una diferencia tan grande como parece. Creo que Max gana
aproximadamente unos diez mil al año, mientras que Lloyd cobra unos doce mil.
La Springfield Chemical Works paga salarios muy elevados a sus directivos.
—¿Realizó
su esposo algún trabajo de intervención para la Springfield Chemical?
—No.
Las tareas de intervención contable las has realizado Kramer y Wright desde
hace años. Creo que Armin podría haber conseguido ese trabajo si hubiera
querido, pero tenía todo el trabajo del que podía hacerse cargo él solo.
—¿Quiere
eso decir que le iban bien las cosas?
—Bastante
bien.
—Le
voy a hacer ahora una pregunta desagradable, mistress Robinson. ¿Existe alguna
persona que gane algo con su muerte?
—No,
a menos que considere usted que soy yo la que salgo ganando. Existe un seguro
de diez mil y la escritura de posesión de esta casa, libre de todo gasto. Pero
casi no hay ahorros; compramos esta casa hace un año, y empleamos nuestros
ahorros para comprarla al contado. Por otra parte, el negocio de Armin no se puede vender... no hay nada que vender. Quiero decir que él sólo vendía sus
servicios como interventor.
—Entonces
diría que usted no sale ganando nada —dije—. Diez mil del seguro no compensan
la pérdida de diez mil dólares anuales de ingresos.
—Ni
la pérdida de un esposo, míster Hearn.
Aquella
observación podría haber sido muy cursi, pero me pareció sincera. Me hizo
recordar que deseaba marcharme de allí, así es que volví al asunto que me
interesaba, preguntándole por la noche del viernes.
—¿Había
planeado su esposo ir a ver a los Easter? —pregunté—. ¿Sabía alguien que iba a
ir a su casa?
—No,
excepto Louise y yo misma. Y eso, justo antes de salir de casa. Esto fue lo que
ocurrió: Louise y yo nos habíamos citado para ir al cine antes de que Max
sufriera el accidente en la empresa. Aquella tarde, hacia las seis y media,
cuando Armin y yo estábamos a punto de empezar a cenar, Louise llamó por
teléfono. Dijo que creía mejor no dejar solo a Max en casa, que se encontraba
bastante deprimido. Armin escuchó lo que yo decía por teléfono y supuso lo que
estaba ocurriendo. Así es que se acercó al teléfono y habló con Louise,
diciendo que debía mantener su cita para ir a ver la película y que él iría a
casa y pasaría la tarde con Max.
—¿Cuándo
se marchó para acudir allí?
—Hacia
las siete, porque se marchó en el autobús y quería llegar hacia las siete y
media, de modo que Louise tuviera tiempo de llegar puntual a la cita. Me dijo
que cogiera yo nuestro coche y que le recogiera después de la película, para
regresar juntos a casa.
—¿Y
él llegó a casa de los Easter a las siete y media?
—Así
es. Así me lo dijo Louise. Me dijo que subió inmediatamente a la habitación de
Max, y que ella se marchó unos diez minutos más tarde. Louise conducía su
propio coche. Teníamos dos coches entre las dos, lo que supongo no fue una
planificación muy buena.
—¿Observó
usted algún comportamiento desacostumbrado en su esposo aquel viernes por la
tarde, antes de que se marchara? ¿O en cualquier otro momento?
—Había
estado un poco de malhumor y preocupado durante dos o tres días. Le pregunté
varias veces si estaba preocupado por algo, pero insistió en que no le ocurría
nada.
Traté
de profundizar un poco más en esta última cuestión, pero no pude descubrir si
ella tenía alguna suposición sobre lo que podía haber estado preocupando a su
esposo. Estaba segura de que no se trataba de problemas financieros.
Dejé
las cosas como estaban y me marché, diciéndole que quizá tuviera que volver más
tarde para hablar de nuevo con ella. Se mostró amable al respecto y dijo que lo
comprendía.
Después
de subir a mi coche, pensé en la conversación. Las coartadas de las dos esposas
parecían sólidas. Ninguna de las dos podía haber estado en el cine a las ocho y
haber asesinado a Armin Robinson. Pero no deseaba desechar ninguna posibilidad,
ni aceptar nada como garantizado, así es que me dirigí a las direcciones de las
dos mujeres con las que se habían encontrado Louise Easter y mistress Robinson
en el vestíbulo del cine. Hablé con las dos, y cuando me despedí de la segunda,
me sentí seguro de la coartada.
Regresé
al coche y me dirigí a la Springfield Chemical Works. No veía ningún medio de
relacionar el accidente de Max —su ceguera— con el asesinato de Robinson. Pero,
en cualquier caso, deseaba dejar aclarado aquel ángulo del asunto antes de
visitar a los Easter.
La
Springfield Chemical debía contar con un eficiente sistema administrativo, pues
sus oficinas resultaban pequeñas para una planta industrial en la que
trabajaban más de cien personas.
Pregunté
a la recepcionista, que estaba inclinada sobre una máquina de escribir y tenía
frente a ella una pequeña centralita. Pedí hablar con míster Lloyd Eldred. La
recepcionista hizo una llamada telefónica y después me indicó su despacho.
Entré
en él. Había dos mesas, pero sólo una estaba ocupada. Un hombre alto, delgado,
de aspecto casi afeminado, con un pelo negro y ensortijado, que estaba sentado
en la mesa ocupada, me pregunto:
—¿Sí?
El
tono de su pregunta quería decir: «Espero que esto no me ocupará mucho tiempo;
estoy terriblemente ocupado ahora.» Y por la gran cantidad de papeles que
llenaban su mesa, parecía estarlo.
—Soy
George Hearn, míster Eldred —dije—, de Homicidios.
Tomé
asiento en la silla que había frente a su mesa. El hombre se pasó los dedos por
el pelo y dijo:
—Se
trata de Armin Robinson, supongo.
Lo
admití con un gesto de la cabeza.
—Bueno...,
no sé qué más puedo decirle. De todos modos, Armin era amigo mío y si hay
algo...
—¿Era
un amigo íntimo de usted?
—Bueno,
no exactamente. Nos veíamos al menos una vez a la semana, en el club de bridge
que habíamos organizado en nuestras casas. Los Easter, los Anthony, los
Robinson y mi esposa y yo.
—Mistress
Robinson ya me lo ha dicho —dije, asintiendo—. ¿Va a continuar usted en el
club?
—No
lo sé. Quizá encontremos a otra pareja..., pero tendremos que esperar a que los
ojos de Max Easter se pongan bien. En estos momentos nos faltan dos parejas...,
tres, hasta que los Anthony regresen de Florida.
—¿Cree
usted que los ojos de Easter volverán a ver?
—No
comprendo por qué no van a poder. El médico dice que sí... Está un poco
intrigado por el hecho de que no lo hayan conseguido en tanto tiempo. Le dimos
una muestra del ácido y dijo que, definitivamente, esa clase de ácido no podía
causar un daño permanente a los ojos.
El
hombre volvió a pasarse los dedos por el pelo.
—Espero...,
aunque sólo sea por razones egoístas, que no tarde mucho en volver. Estoy
empantanado aquí, tratando de sacar adelante el trabajo de los dos.
—¿Es
que la empresa no puede conseguir otro hombre?
—Supongo
que podría hacerlo, y que así lo haría si yo lo pidiera. De hecho, discutimos
el asunto. La cuestión es que tardaríamos varias semanas en entrenar a alguien
hasta el punto de que fuera una ayuda, en lugar de un estorbo. Y el médico
dice que Max debería poder estar de vuelta dentro de una semana. De todos modos, las cosas
ya no serán tan malas después del miércoles, o sea, pasado mañana.
—¿Por
qué el miércoles? —pregunté.
—Porque
es el día de paga quincenal. Ese es el trabajo principal de Max, el pago
quincenal y el control de horarios. En esta ocasión tengo que hacerle yo,
aparte de mi propio trabajo, así es que todo me será muy difícil hasta el día
de pago. Pero si a Max no le es posible estar de regreso para el siguiente día
de pago, tendremos que tomar otras medidas. No puedo estar trabajando
indefinidamente doce horas al día.
Asentí.
Al parecer, el hombre me estaba dando a entender algo y me gustó el hecho de
que me le dijera diplomáticamente, en lugar de decirme que me apresurara y
terminara el asunto que me había llevado allí.
Así
pues, le hice la pregunta rutinaria que tenía que hacerle sobre Armin
Robinson... si Lloyd conocía alguna razón por la que alguien pudiera haber
deseado la muerte de Robinson... y recibí una simple e inequívoca negativa.
También recibí una negativa ante la pregunta de si sabía lo que podía haber
estado preocupando a Robinson durante los dos o tres días anteriores a su
muerte. Eldred no había notado aquella preocupación la última vez que jugaron juntos
al bridge, y fue aquélla precisamente la última vez que le vio.
Así
pues, pasé a tratar otra cuestión:
—¿Podría
contarme algo sobre el accidente de Max Easter?
—Max
se lo podría contar mejor que cualquier otra persona, ya que estaba solo cuando
sucedió. Todo lo que sé es que se dirigió a la fábrica, a la planta de
niquelado, para recoger las fichas de horario durante el tiempo en que el
personal estaba almorzando. El solía almorzar después, con objeto de poder
recoger las tarjetas mientras los hombres estaban fuera. De ese modo, puede
recorrer toda la planta en una hora; si lo hiciera mientras trabaja el
personal, tardaría el doble.
—¿Pero
no le dijo a usted cómo ocurrió todo? —pregunté.
—¡Oh,
claro! Entró en una de las pequeñas salas de la planta de niquelado, donde
están las cubas, para recoger de un estante la tarjeta del hombre que trabaja
allí y que siempre la deja en el mismo lugar. Al recoger la tarjeta del estante
tiró un jarro que cayó en
la cuba que había debajo. Las cosas no están bien instaladas en esa habitación,
pues hay que inclinarse sobre la cuba cuando se quiere coger algo del estante,
sobre todo porque el estante está más o menos situado a la altura de los ojos.
Desde que ocurrió el accidente, hemos cambiado la instalación.
—El
ácido que le dejó ciego, ¿estaba contenido en el jarro que cayó, o en la cuba?
—pregunté.
—En
la cuba. Pero al caer el jarro en el centro de la cuba, le salpicó de ácido.
—¿Se
produjo algún otro daño, aparte de los ojos?
—No,
a excepción del estropicio producido en las ropas. Probablemente, estropeó el
traje que llevaba puesto. Pero el ácido no es lo bastante fuerte como para
dañar la piel.
—¿Asume
la empresa alguna responsabilidad?
—Claro
está. En cualquier caso, él está cobrando su salario completo y nos estamos
haciendo cargo de los gastos médicos.
—Pero
¿y si el daño es permanente?
—No
puede serlo. Así nos lo asegura el médico que le está tratando. De hecho, el
médico se inclina a creer que la ceguera es de origen histérico. Habrá usted
oído hablar alguna vez de la ceguera histérica, ¿verdad?
—Sí,
he oído hablar —dije—. Pero para que se produzca una cosa así tiene que existir
una causa psíquica profundamente enraizada ¿Existiría esa causa en el caso de
Max?
Creí
verle dudar un momento antes de contestarme.
—No,
al menos que yo sepa.
Me
detuve un momento, tratando de pensar en otras preguntas que poder hacer, pero
no se me ocurrió ninguna más. Por la forma en que me miraba Lloyd Eldred, me di
cuenta de qué se estaba preguntando por qué había planteado tantas preguntas
sobre el accidente de Max y sobre el propio Max. En realidad, yo también me
preguntaba el porqué. Volví a mirar la gran cantidad de papeles que había sobre
la mesa, le agradecí su ayuda y me despedí.
Era
casi el mediodía. Me encontraba a sólo diez minutos de casa en coche, así es
que decidí almorzar con Marge. A veces voy a almorzar a casa y otras veces no,
dependiendo de en qué parte de la ciudad me encuentro a la hora de almorzar.
Marge siempre tiene a mano algún tipo de comida que puede preparar con rapidez
si yo llego a casa.
(CONTINUARA...)