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Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 1)

Dilvish había salido hacía tres días de Golgrinn, donde había trabajado dos semanas con el equipo que reparaba los muros de la ciudad, dañados durante el infructuoso cerco de una banda de proscritos. 

Había sido una tarea dura y polvorienta, pero los trabajadores disfrutaban de buena comida, y él había ganado suficientes monedas para llenar la bolsa después de casi duplicar el importe de sus pagas jugando en la taberna. 

Con provisiones en sus alforjas, Dilvish se dirigía hacia el sur en un soleado atardecer, recorriendo un territorio montañoso y arbolado en dirección a las montañas Kannai. 

Siempre hacia las Kannai a partir de entonces. Dilvish había planeado ese rumbo hacía un mes, cuando el poeta y adivino ciego, Olgric, le dijo que encontraría allí lo que buscaba. En un viejo castillo que algunos llamaban Eterno...

Cabalgando sin dejar de pensar en ello, Dilvish pasó un recodo y vio su camino obstruido por un hombre que blandía una espada.

—¡Viajero, ten las riendas! —gritó el desconocido—. ¡Voy a quedarme con tu bolsa!

Dilvish miró rápidamente a ambos lados del camino. El hombre parecía no tener compañeros.

—¡Eso ya lo veremos! —dijo acto seguido, y desenvainó su espada.

Su enorme montura negra no aflojó el paso, sino que se dirigió directamente hacia el desconocido. Cuando la mirada de este se posó en el pulido costado de Black, el asaltante se apartó de un brinco y lanzó un tajo a Dilvish.

Dilvish paró el golpe pero no lo devolvió.

—Un aficionado. No te detengas —dijo a Black—. Que derroche su sangre con otro.

Detrás, el salteador lanzó el arma al suelo.

—¡Mierda! —exclamó—. ¿Por qué no has atacado?

—Detente, Black —dijo Dilvish.

Black se detuvo, y Dilvish se volvió y miró hacia atrás.

—Perdóname. Pero has despertado mi curiosidad —dijo—. ¿Querías que te diera un tajo?

—¡Cualquier viajero decente me habría atacado!

Dilvish meneó la cabeza.

—Creo que precisas más instrucción en los principios del latrocinio armado —dijo—. La idea es enriquecerse a expensas de otros sin sufrir daños personales. Si tiene que haber daños, debe sufrirlos el otro bando.

—Eso ya lo veremos —dijo el desconocido. Un fulgor de astucia apareció en sus ojos. Después se agachó rápidamente y recogió la espada. Se abalanzó hacia Dilvish, blandiendo en alto el arma.

Sin haber envainado su espada, Dilvish se limitó a esperar. Cuando el otro atacó, dio un fuerte golpe. La espada voló de la mano del salteador y cayó en el camino a varios pasos de distancia.

Dilvish desmontó de inmediato y corrió. Puso un pie sobre el arma antes de que el otro pudiera recogerla.

—¡Has vuelto a hacerlo! ¡Maldita sea! ¡Has vuelto a hacerlo! —Los ojos del hombre se habían humedecido—. ¿Por qué no has respondido?

De pronto se abalanzó hacia adelante y trató de empalarse en la hoja de Dilvish.

Dilvish apartó la punta y cogió por el hombro al desconocido. Era un hombrecillo con una barba oscura y estrecha y ojos negros, y llevaba un aro de plata en la oreja izquierda. Visto de cerca era más viejo que al principio, con una red de arrugas alrededor de los ojos.

—Si necesitas algunas monedas o un trozo de pan —dijo Dilvish— yo te lo daré. No me gusta ver tanta desesperación... y además estúpida, la verdad sea dicha.

—¡No me interesa! —exclamó el otro.

Dilvish apretó su presa, ya que el desconocido había empezado a debatirse.

—Bien, ¿qué es lo que pretendes, pues?

—¡Quería que me mataras!

Dilvish suspiró.

—Lo siento, pero no te complaceré. Soy muy escrupuloso con la gente que mato. No me gusta que me fuercen a hacer esta clase de cosas.

—¡Suéltame, pues!

—No pienso seguir con este juego. Si estás tan ansioso de morir, ¿por qué no lo haces tú mismo?

—Soy cobarde para eso. He querido hacerlo varias veces, pero el valor me falla siempre.

—Tengo la impresión de que debería haber seguido cabalgando —dijo Dilvish.

Black, que se había aproximado y estaba examinando atentamente al hombrecillo, asintió.

—Sí —dijo en un siseo—. Déjalo sin sentido y sigamos nuestro camino. Hay algo extraño aquí. Un sentido que había olvidado poseer está empezando a funcionar.

—Habla... —dijo en voz baja el hombrecillo.

Dilvish alzó el puño, se detuvo después.

—No será nocivo escuchar su historia —dijo.

—Ha sido la curiosidad lo que te ha hecho detenerte —le recordó Black—. Triunfa sobre ella esta vez. Golpéalo y abandónalo al destino que se merezca.

Pero Dilvish vaciló ante el cenagal de una victoria moral. Meneó la cabeza.

—Quiero saber —afirmó.

—Maldita curiosidad de mono —dijo Black—. ¿De qué puede servirte ese conocimiento?

—Si es por eso, ¿qué daño puede causarme?

—Podría especular durante horas, pero no lo haré.

—Habla —repitió el hombrecillo.

—¿Por qué no haces tú lo mismo? —dijo Dilvish—. Explícame por qué estás tan ansioso de morir.

—Tengo un problema tan terrible que esa es la única salida.

—Tengo la sensación de que además es una larga historia —comentó Black.

—Moderadamente larga —dijo el hombrecillo.

—En ese caso, es hora de cenar —dijo Dilvish, y extendió la mano hacia una alforja. Aflojó su presa sobre el hombro del salteador—. ¿Me acompañas? —le preguntó.

—No tengo hambre.

—Es mejor morir con el estómago lleno, diría yo.

—Quizá tengas razón. Llámame Fly —dijo el hombrecillo.

—Curioso nombre.

—Escalo paredes. —Fly se frotó el hombro—. Entro en los lugares más infernales.

Dilvish envainó la espada y sacó carne, pan y una bota de vino de la alforja. Black se situó sobre la caída arma de Fly.

—Dilvish —dijo Black—, hay algo que no es normal en este lugar.

Dilvish avanzó hacia un pequeño claro junto al camino, llevando la comida. Miró a Fly.

—¿Puedes ilustrarnos al respecto? —inquirió.

Fly asintió.

—No hay problema —dijo—. Se han retirado. Están confundidos por ti y por eso... —señaló a Black—. Pero no puedo esquivarlos eternamente.

—¿Quiénes son?

Fly sacudió la cabeza y tomó asiento en el suelo.

—Será más comprensible si me dejas explicarlo tal como sucedió.

Dilvish cortó la comida con su daga, partiéndola. Abrió la bota.

—Prosigue.

—Robo cosas —empezó Fly—. Oh, no como lo he intentado contigo. Nunca a punta de espada. Voy a un sitio y averiguo qué objetos valiosos guardan allí. Pienso cómo conseguirlos. Me voy deprisa después y me desembarazo de las cosas a buena distancia de los lugares donde las conseguí. A veces me pagan para robar un objeto particular. Otras veces actúo por cuenta propia.

—Arriesgada forma de vida —comentó Black, acercándose—. Me sorprende que haya durado tanto.

Fly se encogió de hombros.

—Es un medio de vida —dijo.

Hubo un susurro en los árboles, como de un cuerpo enorme que recorría la maleza. Fly se puso en pie de un salto y miró en esa dirección. Permaneció observando un rato, pero el ruido no se repitió. Se alejó unos pasos después, metió la mano en...

—¿La tierra fantasma? —preguntó Dilvish mientras una extraña depresión brotaba en la tierra al otro lado de los árboles, triangular y con pequeños agujeros a lo largo de la base—. ¿Qué es eso de la tierra fantasma?

Fly comió más deprisa, masticó y tragó, se atiborró.

—Otro plano de existencia —logró decir con la boca llena de pan— contiguo a este, eso dicen. Se entrelaza con el nuestro en diversos puntos. Fluctúa un poco. Es el reino de Cabolus, en cierto sentido. Lo atraviesa cuando hace recados para otros. Lleno de asquerosas presencias, aunque dejan en paz a los sacerdotes... incluso aceptan órdenes de estos, con cierta persuasión, eso dicen. Los sonámbulos se introducen en esa tierra y aprenden muchas cosas. Y pueden ver nuestro mundo desde allí. Deben haberme localizado de esa forma...

Dilvish vio formarse otra huella, aparte de la primera.

—Los seres de ese plano ¿pueden manifestarse en este? —preguntó.

Fly asintió.

—El viejo sacerdote Inrigen lo hizo. Apareció ante mí en el camino y me ordenó devolver el cinto.

—¿Y...?

—Yo sabía que me matarían si lo hacía, y él dijo que enviarían a las bestias fantasmas en mi busca si no lo hacía. En cualquier caso, yo perdía.

—Por eso decidiste que era mejor desaparecer rápidamente.

—No al principio. Pensé que podía huir. Mira, fueron los sacerdotes de Salbacus los que me pagaron para conseguir el cinto, para dar predominio a su dios. De haber podido llegar hasta ellos, me habrían protegido. En cuanto hubieran tenido el cinto, habrían emprendido la guerra con Kallusan. Hay partidas que se dirigen hacia aquí para encontrarme y luego continuar hacia Kallusan en cuanto Salbacus se ponga el cinto. Pero aún no han llegado y las bestias me han alcanzado. Sé que ahora no puedo conseguirlo, y que van a matarme de una forma horrible.

—¿Cómo sabes que te han localizado si son seres inmateriales?

—El poseedor del cinto ve en ese plano.

—En ese caso sugiero que mires hacia allí —dijo Dilvish, señalando el lugar del suelo donde acababan de aparecer otras dos peculiares huellas— y me digas si ves algo especial.

Fly dio media vuelta bruscamente. Casi al momento alzó el cinto como si fuera un escudo.

—¡Atrás! —gritó—. ¡En nombre de Cabolus! ¡Os lo ordeno!

Se formó otra huella, más cerca.

—¿Y si renunciaras al cinto? —preguntó Dilvish, disponiendo la espada en su mano—. ¿Y si lo tiraras?

—De nada serviría —respondió Fly—. Les han ordenado que busquen también al poseedor del cinto.

Apareció otra huella, más cerca.

Fly volvió la cabeza de pronto y miró fijamente a Dilvish. Se humedeció los labios, miró otra vez hacia las huellas.

—¡Mirad! —gritó súbitamente—. ¡Entrego el cinto a este hombre! ¡Se lo entrego! ¡Es suyo ahora!

Lo lanzó a Dilvish y el cinto cayó en el hombro de este. De inmediato creyó estar contemplando el mundo a través de una neblina crepuscular. Y luego, en el centro de la arboleda...

Ruidosamente, la forma de Black se interpuso entre Dilvish y la visión. Dilvish oyó los espantosos chillidos de Fly junto a ruidos de trituración, masticación y sonidos de movimiento.

Tras levantarse, tiró el cinto al suelo y miró por encima del cuerpo de Black. Fly yacía en tierra, y le faltaba el brazo izquierdo. Mientras Dilvish miraba, el brazo derecho, el hombro y una porción del pecho se esfumaron tras otro ruido de masticación; la sangre oscureció la tierra entre unos nuevos sonidos repugnantes.

—¡Pongamos pies en polvorosa! —dijo Black—. ¡Esa criatura es enorme!

—¿La ves?

—Vagamente, ahora que funciono en el nivel adecuado. ¡Monta!

Dilvish obedeció. Mientras lo hacía, la cabeza, el cuello y el resto del pecho de Fly desaparecieron.

Black dio media vuelta, en el mismo instante que cuatro hombres a caballo y con las espadas desenvainadas entraban en la arboleda para impedirle el paso.

—¡Por Salbacus! —gritó el primero, embistiendo a Dilvish con el arma en alto.

—¡El cinto! —exclamó otro, siguiéndole.

Los otros dos se dispusieron a tomar posiciones laterales. Black cargó contra el primer jinete y Dilvish hizo una finta y atacó, alcanzándolo en el vientre. Al segundo jinete lo hirió en el cuello con la punta de su espada.

Black se encabritó después, y sus cascos metálicos golpearon al tercer jinete. Dilvish oyó caer a jinete y caballo mientras se volvía para parar un golpe del restante caballero. Su ataque fue parado. Atacó de nuevo con el mismo resultado.

—Entregadme el cinto y salvaréis la vida —dijo el jinete.

—No lo tengo. Está en el suelo. Más atrás —respondió Dilvish.

El desconocido volvió la cabeza y Dilvish se la arrancó de los hombros. Black dio media vuelta y se empinó, lanzando fuego por la boca y el hocico.

Una enorme flor de fuego se desplegó ante él. Se produjo un siseo que creció hasta convertirse en un silbido y estalló en una serie de pitidos que cesaron después, como si algo retrocediera en el bosque.

Cuando las llamas y sus imágenes consecutivas desaparecieron, Dilvish vio que sólo quedaba el pie derecho de Fly en el lugar empapado de sangre donde había caído, que gran número de marcas triangulares estaban impresas alrededor del charco y que un rastro de esas marcas se perdía entre los árboles.

Dilvish oyó una risa en el suelo. El hombre al que había herido en el vientre estaba sentado, encogido, agarrándose las entrañas. Pero sus ojos estaban alzados y en su semblante aparecía una tensa mueca.

—¡Oh, fantástico, fantástico! —dijo—. Arrojar fuego para ahuyentarlos. Matarnos a todos.

Después movió la pierna y bajó la mano para coger algo. Un objeto centelleó, y el moribundo alzó la mano. Dilvish vio que el herido había estado sentado encima del cinto, que en ese momento aferraba con fuerza y sostenía ante él, con la cara empapada de sudor.

—¡Pero los míos vendrán a por él! ¡Los sacerdotes de Salbacus están atentos! ¡Huid! ¡Las bestias volverán, os seguirán aunque el día decaiga! Coged el cinto de la mano de un muerto si os atrevéis... ¡Y os ganaréis mi maldición! ¡Será nuestro a pesar de todo! Mis compañeros celebrarán un festín en Kallusan dentro de poco, ¡y harán arder la ciudad antes de terminar! ¡Huid, maldito seáis! ¡Que Salbacus os maldiga y que se me lleve ahora!

El desconocido se desplomó, con el brazo extendido ante él.

—No ha sido un mal discurso de despedida —observó—. Contiene todos los elementos clásicos: la amenaza, la maldición, la correspondiente bravata, la invocación de la deidad...

—Magnífico —reconoció Dilvish—. Pero si guardas la crítica literaria para más tarde, me gustaría saber algo más práctico: ¿acabas de hacer retroceder a una criatura invisible de solidez suficiente para devorar a Fly?

—Lo ha devorado casi por completo.

—¿Volverá?

—Probablemente.

—¿Para buscarme, o para coger el cinto?

—Para buscarte, sí. No creo que su naturaleza le permita coger el cinto. Ese cinto parece coexistir aquí y en el plano fantasma, y creo que su contacto sería doloroso, si no fatal, para los habitantes de ese lugar. Se trata de un nexo de peculiares energías.

—En ese caso yo estaría en mejores condiciones cogiendo el cinto que abandonándolo. Podría ofrecerme un poco de protección.

—Sí, eso es cierto. Pero también te convertiría en objeto de caza para las tropas sulváreas.

—¿Cuánto tenemos que huir para librarnos de las bestias fantasmas?

—No sabría decirlo. Tal vez puedan perseguirte prácticamente a cualquier parte.

—Eso no me deja mucha elección, entonces.

—Creo que no.

Dilvish suspiró y desmontó.

—De acuerdo. Llevaremos esto a Kallusan, explicaremos lo sucedido y lo entregaremos a los sacerdotes de Cabolus. Esperando que nos den oportunidad de explicarlo, claro está.

Recogió el cinto fantasma.

—Qué demonios —dijo, se lo puso a la cintura y lo ató.

Miró hacia arriba y se tambaleó. Extendió una mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó Black.

El mundo estaba lleno de una luz plateada que se filtraba a través de una nebulosa calina. Y no tenía los mismos rasgos que hasta entonces. Dilvish seguía viendo la arboleda, los cadáveres, a Black y los árboles del borde del claro. 

Pero también había árboles donde él no recordaba haber visto ninguno: ejemplares delgados y oscuros, uno de ellos alzado entre Black y él. El terreno parecía más elevado, aparte de eso, con su visión doble, como si él se hallara hundido hasta la rodilla en un montecillo gris. 

El horizonte estaba oculto por las brumas. Había una roca negra a la izquierda. Detrás de ella formas como dibujadas al carbón parecían agitarse en la penumbra. Dilvish extendió el brazo hacia el árbol fantasma que había a su derecha. Lo notó, pero su mano lo atravesó, como si fuera agua en movimiento y sin salpicaduras. Estaba frío.

Black repitió su pregunta.

—Estoy viendo doble... nuestro mundo, y supongo que ese otro plano mencionado por Fly —replicó Dilvish.

Desató el cinto y se lo quitó. Nada cambió.

—No desaparece —dijo.

—Todavía sostienes el cinto. Mételo en la alforja y monta. Será mejor que nos movamos.

Dilvish obedeció.

—Todo igual —dijo.

—La proximidad, en ese caso —replicó Black.

—¿Te afecta a ti, ahora que lo llevas encima?

—Así sería si yo lo permitiera. No obstante, estoy bloqueando ese plano. No puedo permitirme el riesgo de correr con una visión doble. Pero mientras continuamos echaré un vistazo de vez en cuando.

Black empezó a moverse en la dirección donde según Fly se hallaba Kallusan, y se adentró en una parte del bosque sin caminos.

—Será mejor que consultes tu mapa para ir a Kallusan —dijo—. Busca la ruta preferible.

Dilvish apartó la mirada de la vertiginosa escena y sacó el mapa de un bolsillo de la otra alforja.

—Ve en línea recta —dijo— hasta que llegues al camino por donde vinimos, más allá del recodo. Será más fácil si retrocedemos un poco. Llegaremos a una parte de campiña más despejada.

—De acuerdo.

Black dio media vuelta. Al poco rato encontraron el camino. En ese momento Dilvish pensó que estaba lejos e iluminado a media luz. Se dio cuenta de que se agachaba para evitar ramas que no eran más que brisas en su cara. 

Cada vez era más difícil mantener separados los dos mundos. Trató de cerrar los ojos un rato, pero en seguida le asqueó el vértigo que ello producía.

—No hay ninguna forma de que tapes la visión para mí, ¿me equivoco? —dijo mientras atravesaban al galope lo que parecía un sólido peñasco, con sensaciones idénticas a las de cruzar un túnel de hielo.

—Lo siento —respondió Black—. Esa habilidad no parece ser transferible.

Dilvish maldijo y continuó agachado. Al cabo de un rato, llegaron a una bifurcación del camino que habían pasado con anterioridad y siguieron por la senda de la izquierda: bien señalada, bastante llana y descendiendo ligeramente. 

 

(CONTINUARÁ...) 


El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 1)

La luna flotaba redonda y soplaban fríos vientos cuando Oele danzó para Diablo, con las huellas de sus pies trazadas en fuego ante el vacío altar de piedra. En las tierras cercanas ya era primavera, pero allí, en las montañas, la noche hablaba de invierno. 

Sin embargo, ella danzaba descalza, vistiendo simplemente una frágil prenda gris ceñida con una cinta plateada que ponía al descubierto más que ocultaba su elástica figura mientras levantaba las llamas formando antiguas configuraciones, con su largo cabello rubio flotando alrededor de sus hombros.

La tierra se convirtió en un fulgurante tapiz, y sin embargo, Oele no se quemaba. Mucho más abajo, en la ladera septentrional, un espectral palacio se estremecía bajo la luz de la luna; las torres se esfumaban hasta el punto de ser transparentes y recuperaban parcial solidez momentos después, las paredes se desplazaban para unirse con las sombras y huían de ellas, las luces se hacían cerosas y se debilitaban detrás de las elevadas ventanas. La voz del viento era áspera y estridente, pero Oele tampoco sentía el frío.

La oscuridad se hizo más densa en el altar hasta que finalmente empañó las estrellas. Mientras ello ocurría, el viento se calmó y cesó. Las llamas brincaron más alto, pero la gran mancha que estaba encima de la piedra no se iluminó. Era un perfil enorme, de toscas alas, con una gran cabeza, y ondeaba. Casi parecía un agujero en el espacio, y Oele recibía la impresión de enormes profundidades internas en cuanto sus ojos giraban hacia allí.

Ella había danzado así, en determinadas temporadas, durante muchos años, más allá del recuerdo de cualquier morador de la vecindad. Todos la llamaban bruja, y también ella se consideraba como tal. El único que la conocía más le daba un título distinto, pero la distinción había ido deshilachándose con los años desde que una bailarina asesinara a su amante en aquel mismo lugar para obtener los poderes que sólo él, entre todos los hombres, poseía. 

Sacerdote había sido él, el último adorador en vida de un antiguo dios que, por ello, lo tenía en alta estima. Oele era la última adoradora, y ni siquiera conocía el nombre del dios. Ella lo llamaba Diablo y el dios le concedía deseos en respuesta a sus coreográficos actos de devoción, que Oele consideraba encantamientos. 

Una bruja que invocaba a un diablo, un dios que respondía a un devoto... En parte, era un asunto de perspectiva, pero sólo en parte. Porque las cosas que Oele pedía estaban más en armonía con sus nociones personales, y sus relaciones distaban mucho de las que había mantenido el dios con sus primeros adoradores hacía mucho tiempo.

Pese a todo, el vínculo entre ambos era fuerte. El dios obtenía fuerza con la danza de Oele, con ese último contacto con la tierra. Y ella también ganaba muchas cosas.

Por fin, los movimientos de la bailarina cesaron y Oele quedó en medio de su dibujo, mirando a la oscura forma que ocupaba el altar de piedra. Durante largos instantes, una pesada quietud flotó entre ambos, hasta que finalmente Oele habló:

—Diablo, te ofrezco mi danza.

La figura pareció asentir y aumentar ligeramente.

—Eso me complace —dijo por fin en voz profunda y lenta.

Oele aguardó, un silencio prolongado según el ritual, y luego habló de nuevo:

—Mi palacio se esfuma.

Otra vez la pausa, luego las palabras «Lo sé», seguidas por el gesto de un desigual miembro parecido a un ala de la insondable sombra, hacia el lugar de la ladera ocupado por la oscilante estructura.

—Observa, sacerdotisa, es firme una vez más.

Oele miró y vio que ello era cierto. A la luz de la luna, el palacio se alzaba rígido y sólido, sus luces brillaban uniformemente y sus rampas se perfilaban cual proas en la noche y las estrellas.

—Lo veo —replicó finalmente Oele—. Pero ¿cuánto tiempo seguirá así? Mis siervos desaparecen uno tras otro, vuelven a la tierra de la que brotaron.

—Están contigo una vez más.

—Pero ¿cuánto tiempo? —repitió Oele—. Es la tercera vez que te invoco para restaurar el orden... en menos de un año.

La figura guardó silencio más tiempo que el período acostumbrado.

—¡Dímelo, Diablo!

—No lo sé con certeza, sacerdotisa —respondió la sombra—. Cada vez soy más débil. Es precisa considerable energía para manteneros, a ti y a tu establecimiento, durante períodos largos... más energía que la que puedo obtener transformando tu danza.

—¿Qué debe hacerse?

—Podrías elegir una forma de vida más sencilla.

—¡Necesito magnificencia!

—Pronto me faltará la fuerza para sustentarla.

—¡En ese caso precisas algo más potente que mi danza!

—Yo no exijo esto.

—Pero lo aceptas cuando es necesario.

—Lo acepto.

—Pues tendrás sangre humana suficiente para recobrar tus poderes, y para aumentar los míos.

Hubo silencio.

—Empiezo ahora la danza de clausura —dijo Oele.

Y al moverse de nuevo, las llamas fueron apagándose con los pasos que trazaba, el viento sopló alrededor y la figura del altar menguó y desapareció, restituyendo un puñado de estrellas.

Cuando terminó, Oele dio media vuelta y se dirigió al palacio sin mirar atrás. Era el momento de preparar un viaje, al territorio de las llanuras, a una población costera donde se aseguraba que podía encontrarse cualquier cosa que se deseara.

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La mujer que montaba la yegua gris de negra crin vestía calzones de cuero de color canela, un jubón y una capa marrón y roja. Su cabello, igual que sus ojos de largas pestañas, era oscuro y su ancha boca parecía a punto de esbozar, tenue, quizás inconscientemente, una sonrisa. Lucía un anillo de jade en el dedo corazón de la mano izquierda, otro de ónice en la derecha. Una espada corta pendía de su cinto.

Su compañero vestía calzones negros, jubón verde y botas del mismo color. Su capa era negra, con bordes verdes, y llevaba una espada y una daga al cinto. Iba a lomos de una negra criatura con forma de caballo cuyo cuerpo parecía de metal.

Los dos conducían tres caballos de carga por las sendas de la montaña en el ambiente fresco y claro de la tarde. El ruido del agua que corría llegaba a sus oídos desde algún punto cercano.

—El tiempo mejora día tras día —observó la mujer—. Después de las regiones que hemos recorrido, esto parece casi veraniego.

—En cuanto salgamos de estas alturas —replicó el hombre—, las cosas serán más agradables todavía. Y cuando lleguemos a la costa... eso podría ser como un bálsamo. Te llevaremos a Tooma en una buena época del año.

La mujer desvió la mirada. —Ya no estoy tan ansiosa de llegar a ese lugar...

Moviéndose hacia la derecha, salvaron un promontorio rocoso. La montura del hombre emitió un extraño ruido. Tras volver la cabeza, el jinete observó la senda.

—No estamos solos —observó.

La mujer siguió su mirada; un hombre estaba sentado en una roca, un poco más adelante y a la derecha. Su cabello y su barba eran de color blanco puro, e iba vestido con pieles. Mientras lo miraban, el desconocido se levantó, apoyado en un bastón que era más alto que él.

—Hola —saludó.

—Saludos —dijo el jinete de las botas verdes, deteniéndose ante él—. ¿Cómo os va?

—Bastante bien —replicó el otro—. ¿Viajáis muy lejos?

—Sí. A Tooma, como mínimo.

El hombre asintió.

—No saldréis de las montañas esta noche.

—Lo sé. He vislumbrado un castillo a cierta distancia. Quizá nos permitan dormir dentro de sus muros.

—Tal vez sí. Porque la señora del castillo, Oele, siempre ha mostrado buena disposición con los viajeros, y le gusta cualquier relato que ellos puedan contar. Yo, en realidad, me dirijo hacia allí, para participar de la hospitalidad del lugar... aunque me han dicho que la señora está de viaje actualmente. Ese animal que montáis tiene un aspecto poco usual, caballero.

—Así es, ciertamente.

—...Y vos tenéis aspecto familiar, si me permitís decirlo. ¿Puedo saber vuestro nombre?

—Soy Dilvish, y esta es Reena.

La mujer asintió y sonrió.

—No es un nombre vulgar, el vuestro. Hubo un Dilvish hace mucho tiempo...

—No creo que ese castillo existiera en aquellos tiempos.

—A decir verdad, no. El territorio era entonces el hogar de una tribu de las montañas, lógicamente satisfecha con sus ganados y su dios... cuyo nombre ha sido olvidado desde entonces. Pero las ciudades crecieron en la llanura y...

—Taksh'mael —dijo Dilvish.

—¿Cómo?

—Taksh'mael era su dios —respondió Dilvish—, guardián de los ganados. Un amigo y yo hicimos una ofrenda en su altar cuando pasábamos por allí... hace mucho tiempo. Me pregunto si aún existirá el altar.

—Oh, existe, se halla donde siempre ha estado... Definitivamente sois miembro de una minoría, ya que conserváis recuerdos. Quizá sería preferible que no os detuvierais en el castillo... Ver la región en tan malos tiempos deprimiría a una persona como vos. Después de pensarlo dos veces, yo diría: seguid cabalgando y apartad ese pobre lugar de vuestra mente. Recordadlo tal como fue en otros tiempos.

—Gracias, pero hemos viajado mucho —replicó Dilvish—. No parece valer la pena un nuevo esfuerzo simplemente para no herir susceptibilidades. Iremos al castillo.

Los claros ojazos del hombre le miraron fijamente, se desviaron bruscamente después. Con una mano buscó algo bajo su tosca vestimenta. Luego avanzó renqueando y extendió esa mano hacia Dilvish.

—Tomad esto —murmuró—. Debéis tenerlo.

—¿Qué es? —preguntó Dilvish, alargando automáticamente el brazo.

—Una fruslería —dijo el otro—. Un viejo objeto que poseo desde hace algún tiempo, una muestra del favor y la protección del dios. Una persona que recuerda a Taksh'mael debe tenerlo por estos contornos.

Dilvish lo examinó: un fragmento de roca gris con vetas rosas donde aparecía rayada la imagen de un carnero. Estaba agujereada en un extremo con una gastada hebra de lana pasada por la abertura.

—Gracias —dijo Dilvish mientras metía la mano en su bolsa—. Me gustaría daros algo a cambio.

—No —dijo el anciano, retrocediendo—. Es un obsequio hecho libremente, y de nada me serviría una fruslería de la ciudad. Y en realidad no es gran cosa. Los dioses más recientes pueden permitirse más lujos, estoy seguro.

—Bien, que él guarde vuestros pasos.

—A mi edad, dudo que eso importe. Que os vaya bien.

El viejo se marchó entre las rocas y pronto se perdió de vista.

—Black, ¿qué opinas de esto? —preguntó Dilvish, inclinándose para balancear el amuleto ante su montura.

—Tiene cierto poder —replicó Black—, pero su magia está viciada. No estoy muy seguro de que yo confiaría en alguien que luce un objeto como este.

—Primero nos dice que hagamos un alto en el castillo, luego nos dice que pasemos de largo. ¿En qué parte del consejo debemos desconfiar de él?

—Déjame verlo, Dilvish —dijo Reena.

Dilvish dejó caer el amuleto en las manos de la mujer y esta lo examinó largo rato.

—Cierto, es tal como dice Black... —empezó a comentar por fin.

—¿Lo conservo o lo tiro?

—Oh, quédatelo —replicó la joven, devolviéndoselo—. La magia es como la miel. ¿A quién le importa de dónde procede? Es el uso que haces de ella lo que importa.

—Eso sólo es cierto si puedes controlar el uso —dijo Dilvish—. ¿Quieres hacer un alto en el castillo? ¿O viajamos tanto como podamos esta noche?

—Los animales están cansados.

—Cierto.

—Creo que ese hombre estaba un poco loco.

—Seguramente.

—Una cama de verdad sería muy agradable.

—En ese caso, visitaremos el castillo.

Black guardó silencio cuando prosiguieron la marcha.

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Lamparillas de aceite, velas y un gran hogar iluminaban la taberna donde Oele danzaba. Marineros, comerciantes, soldados, bribones y ciudadanos de diversas especies bebían y comían en las pesadas mesas de madera. Esa noche Oele lucía su vestido azul y verde, y dos músicos acompañaban sus enérgicos movimientos en la parte despejada de la sala principal. 

El negocio había mejorado considerablemente desde su llegada a la ciudad hacía dos semanas, y aunque había recibido tres propuestas de matrimonio y muchas otras clases de ofertas, Oele no se había comprometido con nadie. Y la falta de un fornido compañero no le creaba grandes problemas. Una mirada fija y un simple gesto imperioso ponían fin a las indeseadas atenciones de los más inoportunos, haciendo que un hombre cayera sin sentido al suelo. 

Era obvio que ella no deseaba los abrazos de los borrachos clientes del lugar, aunque sus ojos escrutaban hasta el último rostro en el transcurso de la noche. Y en ese momento había caras nuevas. Esa tarde había llegado una caravana procedente del oeste, y un barco había arribado de aguas meridionales. El gentío de esa noche era más ruidoso que de costumbre.

Un alto hijo del desierto atrajo su atención... Un hombre de pausados movimientos, moreno y aguileño. La suelta vestimenta no ocultaba su cuerpo fuerte y bien proporcionado. Estaba descansando cerca de la entrada, sorbiendo vino y fumando con un complicado artefacto que había dejado en la mesa ante él. 

Otros hombres de similares atavíos estaban sentados ante la misma mesa, conversando en su sibilante lengua. Los ojos del hombre alto no se desviaban de Oele, y la sacerdotisa empezó a pensar que esa podía ser la noche esperada. Había indicios de gran vitalidad incluso en los movimientos más ligeros del desconocido.

Un grupo de marineros llegó mientras pasaba la noche, pero Oele no les prestó atención. Por entonces estaba bailando únicamente para el hombre elegido. Y era patente, por la luz de sus ojos, su sonrisa y las palabras que había pronunciado a la bailarina al pasar cerca de él, que estaba cautivado. Le serviría. Una hora más y ella se lo llevaría de allí...

—Venid hacia aquí, señora. Me gusta.

Oele miró a la derecha, al hombre que había hablado, y vio unos ojos azules bajo unas revueltas greñas cobrizas, un pendiente de oro, dientes muy blancos, un pañuelo rojo: uno de los marineros recién llegados. Era difícil juzgar su corpulencia, inclinado como estaba hacia adelante.

Oele se acercó mientras lo examinaba. Interesante cicatriz en su mentón... Diestras manazas en la mesa ante él...

Oele esbozó con los labios una suave sonrisa. Aquel hombre estaba más animado que el otro, y ciertamente tan lleno de vida... ¿No sería preferible...?

La sacerdotisa oyó un ruido detrás y se volvió sin perder el compás. El comerciante estaba de pie, mirando coléricamente al marinero. Sus hombres también estaban levantándose. Oele siguió sonriendo y se alejó. La música cesó de pronto. La bailarina escuchó un juramento, muy audible con el repentino silencio.

—Eres muy vivo —dijo el marinero, poniéndose en pie—. Espero que valgas la pena.

Al instante la sala entera pareció cobrar movimiento: mesas y sillas fueron apartadas. Marineros y comerciantes se aproximaron, con armas aparecidas en sus manos casi por arte de magia. Los demás clientes se escabulleron hacia lugares protegidos o salieron del establecimiento por la puerta más próxima. Sin mostrar miedo, Oele se apartó varios pasos para hacer sitio para el combate.

El marinero que ella vigilaba avanzó agachado, con un puñal en la mano derecha. El comerciante alto blandía un arma blanca curvada y más larga. Mientras sus hombres peleaban alrededor, los dos rivales se abrieron paso hasta un lugar despejado próximo al centro de la sala, como si se hubieran puesto de acuerdo para ello. De un rincón salió despedida una jarra hacia la nuca del comerciante. Oele hizo un brusco ademán y la jarra se desvió y se hizo añicos en la pared.

El marinero esquivó el primer tajo del arma del otro y replicó con un golpe de arriba abajo que hirió levemente el bíceps de su rival. No logró evitar el contragolpe, no obstante, aunque sí pararlo con su arma. Se apartó de un brinco después, incapaz de responder dada la mayor longitud del cuchillo del otro hombre. 

Empezó a dar vueltas alrededor del comerciante, arrastrando los pies y pateando. Su espalda quedó un momento delante de la reyerta general, y un comerciante de escasa estatura se lanzó hacia él. Oele hizo otro gesto y pareció como si el hombrecillo hubiera sido agarrado por una mano gigante y lanzado al otro lado de la sala. Oele sonrió, se humedeció los labios.

Mientras daba vueltas, el pie del marinero topó con una banqueta. De una patada la lanzó hacia su rival. A pesar de su larga vestimenta, empero, el comerciante evitó la banqueta con un rápido movimiento y atacó de nuevo la cabeza del otro. Pero el marinero había sacado una cabilla de su cinturón y la usó para parar el golpe; reaccionó con rapidez y lanzó un tajo al estómago del comerciante.

El atacado logró recobrarse y esquivar el golpe a tiempo, pero con ello quedó en mala posición muy cerca de su rival. La cabilla le alcanzó en la sien. Retrocedió, claramente aturdido, mientras su arma describía un amplio movimiento circular, y la porra le dio de nuevo, en el pómulo izquierdo. Se tambaleó y la cabilla subió y bajó dos veces más en rápida sucesión. 

Quedó tendido en el suelo, inmóvil, con la ropa desarreglada. El marinero se acercó y de una patada le quitó el arma de la mano extendida. Pese a ello, el comerciante no se movió. Jadeante, el marinero se enjugó el sudor de la frente y sonrió a Oele mientras metía la cabilla en el cinturón.

—Buen trabajo —dijo la bailarina—. Casi terminado.

El marinero contempló su puñal, sacudió la cabeza después.

—Está terminado —replicó—. No pienso apuñalarlo para vuestra diversión.

Puso el arma en la funda que llevaba en la bota derecha. La pelea entre marineros y comerciantes continuaba, aunque con algunas muestras de lentitud, perdiendo fuerza. Tras una rápida mirada en esa dirección, el marinero inclinó la cabeza ante Oele.

—Capitán Reynar —dijo—, a vuestro servicio. Amo de mi propio barco, la Pata de Tigre. —Extendió un brazo—. Venid ahora y os lo mostraré. Creo que podríais disfrutar navegando por las aguas del sur.

Oele aceptó su brazo y ambos se alejaron.

—Creo que no —dijo ella—. Porque también yo soy ama en mi casa, que no pienso abandonar. ¿Evitamos nuevas heridas a estos pobres sujetos?

Hizo un amplio gesto circular hacia los restantes combatientes y todos cayeron sin sentido al suelo.

—Un truco magnífico —dijo el capitán—, y que no me importaría conocer.

Oele hizo otro gesto mientras seguían andando y la puerta se abrió de par en par ante ellos.

—Tal vez os lo enseñe —respondió la bailarina al salir—. Pero mis aposentos están más cerca que vuestro barco y sin duda menos atestados... Aunque los dejaremos por la mañana para viajar a las montañas.

El marinero sonrió.

—Falta mucho para convencer a un capitán de que abandone su barco... Sin descortesía alguna a vuestros evidentes encantos.

—Ahuecad vuestras manos.

Reynar le soltó el brazo y obedeció. Oele tapó las manos del hombre con las suyas y algo empezó a resonar. Momentos después el marinero puso tensos los brazos ante el inesperado peso. Oele levantó las manos y las del capitán estaban llenas de relucientes monedas. Siguieron cayendo más, que resbalaron y cayeron al suelo.

—¡Basta! ¡Basta! ¡Se están cayendo! —exclamó Reynar.

Oele rió, y el sonido de su risa no era distinto del oro, pero el diluvio de dinero concluyó. Reynar guardó las monedas en diversos lugares de su persona. Se arrodilló y recogió el dinero caído. Lo examinó. Mordió una moneda.

—¡Auténticas! ¡Son auténticas! —dijo.

—¿Qué me decíais de un capitán y su barco?

—No tenéis la menor idea de cuán miserable puede ser la vida en el mar. Siempre he deseado vivir en las montañas. —Se tocó la frente y ofreció de nuevo su brazo—. ¿En qué dirección? —preguntó.

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El sol había pasado detrás de la montaña, creando largas sombras, aunque el día aún se extendía en el territorio de las llanuras cuando Dilvish y Reena se acercaron al castillo que habían divisado horas antes.

Se detuvieron y contemplaron el lugar. Los estandartes aleteaban en las almenas y torres y parecía haber luz en todas las ventanas. El rastrillo se levantó y un sonido de música brotó del interior.

—¿Qué opinas? —dijo Dilvish.

—Estaba comparándolo con el castillo que fue mi hogar —replicó Reena—. Me parece magnífico.

Atisbaron por la entrada. Una mujer que aguardaba en las proximidades cruzó la puerta y los saludó.

—¡Viajeros! Sed bienvenidos si buscáis cobijo.

Dilvish señaló los adornos de los muros, la alargada alfombra extendida al otro lado de la entrada.

—¿Cuál es el motivo —preguntó— de este ornamento?

—Nuestra señora ha estado fuera —replicó la mujer—. Regresará esta noche con su nuevo cónyuge.

—Debe ser una mujer notable, para mantener un castillo como este aquí.

—Ciertamente lo es, caballero.

Dilvish observó un instante más.

—Tengo intención de quedarme aquí —dijo por fin.

—Y yo un cuerpo que agradecerá un poco de descanso —comentó Reena.

—Entremos.

Avanzaron hasta llegar donde estaba la rechoncha mujer morena que los había saludado. Sus manos eran grandes, sus movimientos pausados; su rostro estaba salpicado de pecas. Sonrió enseñando sus grandes dientes y condujo a los viajeros al interior.

Dilvish contó otros cinco sirvientes —dos mujeres y tres hombres— dedicados a diversas tareas en el patio. Algunos estaban colgando nuevos adornos. La mujer que los había recibido llamó a uno de los hombres.

—Él se ocupará de vuestros caballos —dijo. Luego volvió la cabeza y miró a Black—. Excepto este. ¿Qué deseáis que se haga con él?

Dilvish miró hacia un rincón a la izquierda.

—Si es posible, lo dejaré allí —dijo—. No se moverá.

—¿Estáis seguro?

—Lo estoy.

—Perfectamente. Hacedlo. Sacad las cosas que habéis traído y os ayudaré a llevarlas a vuestras habitaciones. Más tarde cenaréis en la mesa de la señora.

—En ese caso, quiero eso —dijo Reena, señalando un fardo, mientras Dilvish y Black se alejaban hacia el rincón elegido.

—Me preocupa vagamente —dijo Black— nuestro encuentro con aquel viejo. No saldré de este cuerpo mientras esté aquí. Si me necesitas, llámame y vendré.

—De acuerdo —dijo Dilvish—, aunque dudo que sea necesario.

Black bufó y se quedó inmóvil, convirtiéndose en la estatua de un caballo. Dilvish desmontó, cogió sus cosas y siguió a las mujeres hacia el interior.

La mujer que los había recibido, cuyo nombre era Andra, los condujo a una habitación del tercer piso con vistas al patio.

—Cuando la señora y su esposo lleguen, os llamaremos a cenar y a gozar de la diversión —dijo—. Mientras tanto, ¿hay algo que necesitéis?

Dilvish meneó la cabeza.

—No, gracias. Pero siento curiosidad por averiguar cómo sabéis exactamente cuándo llegará ella. Estáis a bastante distancia de cualquier lugar.

Andra reflejó confusión.

—Ella es la señora —replicó—. Nosotros lo sabemos.

En cuanto se hubo ido, Dilvish señaló la puerta con la cabeza.

—Extraño... —dijo.

—Tal vez no —replicó Reena—. Hay una sensación peculiar en este lugar. Yo puedo reconocerla mejor que nadie, aunque no es tan fuerte como en mi hogar. Creo que esta dama, Oele, podría ser una adepta menor. Hasta sus criados parecen poseer la sensibilidad apagada de las personas dominadas.

—¿Pero no habías oído hablar de ella, o de alguien de esta región, como hermana del arte?

—No. Pero hay tantos practicantes menores que es imposible conocer a todos. Solo los actos de los grandes ofrecen temas generales para los chismes.

—¿Como los de tu antiguo patrón?

Reena se volvió hacia él, con los ojos entrecerrados.

—¿Tienes que recordar en todas las conversaciones a tu enemigo y tu venganza? —dijo—. Yo también lo odio, y sé que te hizo mucho daño. ¡Además mató a mi hermano! ¡Pero estoy harta de oír hablar de él!

—Lo... lo siento —replicó Dilvish—. Supongo que me he vuelto un poco testarudo...

Reena se echó a reír.

—¿Un poco? —dijo—. ¿Vives para otra cosa? ¿Recapacitas alguna vez? Por la forma en que él controla todos tus pensamientos, todos tus actos, ¡podrías estar hechizado por él! Si logras destruirlo, ¿qué harás después? ¿Queda otra cosa en tu vida? Tú...

Reena se interrumpió y se volvió de espaldas.

—Lo lamento —dijo—. No he debido hablar de nada de esto.

—No —replicó Dilvish, sin mirarla—. Tienes razón. Nunca me había dado cuenta. Pero tienes razón. ¿Creerías que me educaron para ser cortesano..., que interpretaba música y cantaba, que escribía poemas?... Hice otras cosas después debido a las circunstancias, pero mi cuna era noble. Solo por casualidad adquirí ciertas dotes militares, y solo por necesidad progresé en esa carrera. Yo siempre había deseado... otra cosa. Ahora... ¡Qué lejano parece todo eso! Has dicho algo que es verdad. Me pregunto...

—¿Qué?

—Qué haría si todo terminara. Volver a mi patria, tal vez, tratar de resolver viejos agravios contra nuestra casa...

—¿Otra venganza?

Dilvish se echó a reír, algo que Reena raramente oía.

—Más bien un asunto de aburridas legalidades. Voy a pensar en ello, y en muchas otras cosas, ahora. Incluso esa enorme... laguna en mi vida se ha alterado un poco, de la pesadilla al sueño. Sí, de vez en cuando me preocuparé de otros asuntos.

—¿Por ejemplo?

—Qué hacer hasta la hora de cenar, por ejemplo.

—Te ayudaré a pensar en algo —le dijo Reena, aproximándose.

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Las antorchas llameaban y chisporroteaban y la música sonaba por todas partes cuando Reynar y Oele entraron en el patio, cabalgando sobre la gran alfombra adornada con las flores arrojadas por los criados en el momento que la pareja cruzó la entrada. Oele asintió y sonrió y las sombras danzaron y culebrearon. Luego su expresión se enfrió cuando su mirada topó con una oscura silueta en un lejano rincón, con metálicos toques de luz en su superficie. Oele tiró de las riendas y señaló la silueta.

—¿Qué es eso? —preguntó en voz alta.

Andra corrió junto a ella.

—Pertenece a un invitado, señora —afirmó—, un hombre llamado Dilvish que llegó antes. Le ofreció hospitalidad, como vos habríais deseado.

Oele desmontó y entregó las riendas a Andra. Atravesó el patio y se detuvo ante Black. Luego dio la vuelta a la estatua, sin dejar de observarla. Finalmente extendió su enjoyada mano y le dio una palmada en el cuello. Se echó hacia atrás, volvió después con Andra.

—¿Cómo —dijo— ha transportado una estatua de caballo a través de las montañas? ¿Y por qué?

—Bien, es una estatua ahora, señora —replicó Andra—, pero él entró cabalgando en ella. Dijo que no se movería cuando la dejó aquí. Y no se ha movido.

Oele miró de nuevo a Black. Mientras tanto, Reynar había desmontado y se había aproximado a ella.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Oele le cogió de la mano y lo condujo por el patio hacia la entrada principal.

—Esa... cosa —dijo, señalándola bruscamente con la cabeza— trajo a su amo.

—¿Cómo es posible? —preguntó Reynar—. Me parece bastante rígida.

—Obviamente nuestro invitado es un mago —replicó ella—. Esto me resulta bastante embarazoso.

—¿Por qué?

—Nos apresuramos a volver hoy porque esta noche la luna estará llena en lo alto del cielo y debo actuar para asegurarme el poder del que te hablé.

—¿Para concederme poderes como los tuyos?

Oele sonrió.

—Naturalmente.

Subieron una escalera y llegaron a un gran recibidor. Sonaba más música, en alguna parte a la izquierda. Reynar olió exóticos perfumes.

—¿Y este mago...? —inquirió.

—No me gusta la idea de tener por aquí a alguien de su ralea precisamente ahora. Su llegada es curiosamente inoportuna.

Reynar sonrió mientras Oele le llevaba hacia una escalera.

—Quizá yo disponga la hora de su partida para satisfacerte.

Oele le dio una palmadita en el brazo.

—No nos apresuremos tanto. Cenaremos con ese hombre y nos formaremos rápidamente una opinión de él.

Oele le llevó escaleras arriba y entraron en sus aposentos, donde llamó a un sirviente. Una mujer parecida a Andra, aunque más alta y corpulenta, respondió a la llamada.

—¿Cuándo estará preparada la cena? —le preguntó Oele.

—Tan pronto como deseéis, señora. Son platos que se pueden comer ahora o más tarde. La carne ha estado haciéndose a fuego lento desde hace un rato.

—Cenaremos dentro de una hora. Di al invitado que nos acompañe.

—¿Solo a él, señora? ¿No a su mujer?

—No sabía que hubiera dos invitados. Dime sus nombres.

—Él se llama Dilvish, y la señora Reena.

—He oído ese nombre anteriormente —dijo Reynar—. Dilvish... Me ha parecido conocido cuando la otra mujer lo ha mencionado en el patio. ¿Un guerrero, tal vez?

—No lo sé —respondió la mujer.

—Naturalmente dirás lo mismo a Reena —dijo Oele—. Vete y hazlo ahora mismo.

La criada se fue y Oele preparó su ropa para la noche: una prenda gris sorprendentemente sencilla y una correa de plata. Se puso detrás de un biombo, donde aguardaban agua y toallas, y al poco rato Reynar oyó ruido de salpicaduras.

—¿Qué sabes de este hombre? —gritó por fin Oele.

Reynar, que se había acercado a la ventana y contemplaba el patio, se volvió.

—Creo que se dice que se distinguió en un lugar llamado Portaroy —respondió—, en esas interminables guerras fronterizas entre el Este y el Oeste. Algo de que cabalga en un caballo metálico y que resucitó a un ejército de muertos. Pero no recuerdo detalles. No sé nada de la mujer.

—Él está muy lejos de Portaroy —dijo Oele—. Me pregunto qué estará haciendo aquí.

Reynar se acercó al tocador, donde se peinó y se limpió las uñas. Encontró un trapo y se frotó las botas con él.

—Eh... si él está aquí para hacer algo que contraríe tus planes para esta noche —dijo—, ¿podrás hacer frente a... eso?

—No te preocupes —replicó Oele—. No carezco de recursos. Me ocuparé de ti.

—Nunca lo he dudado —dijo Reynar, sonriente mientras daba brillo a la hebilla de su cinturón.

Reena se había puesto un largo vestido escotado de bordes negros y mangas abombadas, y Dilvish una blusa marrón y una chaqueta de cuero color verde claro, con los pantalones negros ceñidos con un cinto igualmente verde. Oyeron música en el comedor cuando bajaron la escalera: instrumentos de cuerda y una flauta, sonando lentamente. Los olores de la cocina no tardaron en llegar hasta ellos.

—Estoy ansioso por conocer a nuestra anfitriona —dijo Dilvish.

—Confieso que yo estoy más ansiosa porque me presenten una comida caliente —dijo Reena—. ¿Cuánto tiempo desde la última posada? Más de una semana...

Risueña, Oele se levantó cuando entraron los invitados. Reynar se apresuró a imitarla. Las presentaciones fueron breves, y la anfitriona rogó a Dilvish y Reena que tomaran asiento. Los criados se dispusieron a traer el primer plato y a servir vino. Un fuego crepitaba en el hogar, enfrente de Dilvish, detrás de Reena. Los músicos se hallaban en el extremo opuesto de la sala.

Llevaban comiendo varios minutos cuando Dilvish vio que había otro comensal, no en su compañía. En la mesita situada a un lado de la chimenea había un anciano vestido con pieles, con el bastón apoyado en la pared. Parecía ser el mismo hombre que habían conocido anteriormente en la senda. Cuando sus miradas se encontraron, el viejo sonrió y saludó con una inclinación de cabeza. Se señaló el cuello y Dilvish tocó el amuleto que llevaba bajo la camisa y devolvió el saludo.

—No había reparado en ese anciano —observó Dilvish.

—Oh, ha estado aquí otras veces —dijo Oele—. Cuida ganados. Pasa por aquí de vez en cuando. Reynar me dice que cree recordar vuestro nombre relacionado con un lugar llamado Portaroy. ¿Está en lo cierto?

Dilvish asintió.

—Combatí allí.

—He empezado a recordar relatos que oí —dijo Reynar—. ¿Es cierto que el animal metálico que montáis es realmente un demonio que os ayudó a huir del Infierno y que un día os llevará a la tumba?

—Me lleva a la tumba casi todos los días —dijo Dilvish, sonriente—, y me ha ayudado de muchas formas... y yo a él.

—...Y hay rumores sobre una estatua. ¿Es cierto que en tiempos fuisteis una... como el animal ahora mismo?

Dilvish se miró las manos.

—Sí —dijo en voz baja.

—Extraordinario —observó Oele—. ¿Puedo preguntar qué lleva a un hombre de vuestro... pasado... tan lejos del escenario de sus triunfos?

—Venganza —dijo, y siguió cenando—. Estoy buscando a alguien que a mí y a gran número de personas nos ha causado infinidad de problemas.

—¿Quién puede ser? —preguntó Reynar.

—No deseo que caiga una maldición sobre este lugar mencionando su nombre. Es un mago.

—Parece que encontráis malos enemigos —dijo Reynar—. Tenemos eso en común. Hace tiempo maté a un mago, en las Islas Orientales. El maldito estuvo a punto de asfixiarme antes de que pudiera acabar con él. Me había dejado sin respiración. Por fortuna, yo tenía cierta experiencia como buscador de perlas...

 

(CONTINUARÁ...)