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No importa - Michael Ende

No hace mucho, al cabo de una dura jornada de trabajo, estaba yo tranquilamente sentado en un mesón con intención de cenar. Tenía mucha hambre y pedí una gran salchicha con muchas patatas crujientes y también una jarra de cerveza fría.

Mientras esperaba a que me trajeran la comida, pensé que no estaría mal saber qué novedades había habido por el mundo. Así que me levanté, crucé rápidamente la calle, compré un periódico y regresé de inmediato al mesón. Pero ¿qué es lo que entonces vi? Pues vi que alguien, entretanto, se había sentado en mi sitio. Para ser más exactos, se trataba de un niño.

Desde siempre he sido de la opinión de que hay que ser amable con los desconocidos, y, por supuesto, también con los niños desconocidos. Me dije que, probablemente, el que ahora estaba sentado en mi sitio no sabía en absoluto que se había sentado en mi sitio, y que seguro que no lo había hecho con mala intención. Así que me dirigí a él, le di un suave toquecito con mi dedo en el hombro y le dije, todo lo amablemente que pude:

—Perdone, mi querido y joven amigo.

Lo traté de usted porque, aunque por su aspecto no debía de pasar de los siete u ocho años, era terriblemente grande.

—Siento tener que molestarle —dije—, pero casualmente está usted sentado en mi sitio.

Aquel niño enorme me miró sorprendido y contestó:

—No importa.

Admito que aquella respuesta me dejó desconcertado. En realidad tenía razón: no importaba en absoluto, pues podía perfectamente sentarme en otro sitio. Con los niños no debe uno ponerse muy severo a la primera de cambio, así que me senté en la silla que había a su lado y murmuré:

—Espero que no le moleste si me siento a su lado.

—No importa —replicó el niño asintiendo con la cabeza; luego cogió mi periódico de la mesa y se puso a leerlo.

Bueno, pensé, después de todo, ¿cómo iba a saber él que yo no había leído aún mi periódico y que me hubiera gustado leerlo precisamente en ese momento? Aparte de que yo, como escritor, soy naturalmente partidario de que todo el mundo se ejercite en la lectura, sobre todo aquellos que todavía no saben leer muy bien, como, por ejemplo, aquel gigantesco niño. 

Para leer de verdad —como enseguida se demostró— aún era demasiado pequeño… Quiero decir… demasiado joven. La prueba más evidente era que pasaba su gordo dedito por las líneas de izquierda a derecha y de arriba abajo, arrugando y estrujando el periódico de tal manera que pronto empecé a dudar si me dejaría algo legible. Como, por otra parte, no quería ofender al niño, le dije con toda amabilidad:

—Lo lamento profundamente, querido amigo… Luego le dejaré con mucho gusto el periódico para que haga lo que quiera con él, pero ahora me gustaría leerlo yo.

—No importa —murmuró el niño grande prosiguiendo con su actividad.

Si hubiera tenido la más mínima duda de que lo estaba haciendo con mala intención…, estoy casi por asegurar que me hubiera resistido al menos un poco. Pero lo dejé estar. Además, en ese momento llegó el camarero y puso en la mesa, delante de mí, mi cena y la jarra de cerveza. 

Aún no había acabado yo de desdoblar la servilleta, y el niño grande ya había empezado a comer. Ciertamente parecía tener todavía más hambre que yo, pues, en un abrir y cerrar de ojos, desaparecieron por su boca la salchicha y todas las patatas.

—La verdad es que esta cena la había pedido para mí… —le dije con cierto aire de reproche.

—No importa —me tranquilizó el niño engullendo el último trocito de salchicha.

Sólo un desalmado le quitaría la comida a un niño hambriento, ¿no es cierto? Y en este caso, además, era un verdadero gozo ver el apetito con que comía. Aparte de que, entretanto, yo iba a tener ocasión de echarle rápidamente un vistazo a mi maltrecho periódico. 

Lo alisé y, enfrascado en mis pensamientos, fui a coger mi jarra de cerveza…, pero de nuevo hube de comprobar cómo mi joven amigo se la había llevado ya a los labios y se la había bebido toda… ¡de un trago y sin respirar! Aunque debo admitir que aquella capacidad suya me asombró, esta vez sí que me creí con derecho a regañarlo de alguna manera; no por mí, sino por una simple cuestión de salud. ¡Estoy seguro de que la cerveza en tanta cantidad no es saludable para niños de tan tierna edad! De modo que le dije, un poco más severo que antes:

—Me temo, querido niño, que eso no le va a sentar nada bien.

—No importa —aseguró amistosamente y soltándome, satisfecho, a la cara un eructo que retumbó como si hubiera salido de la barriga de un hipopótamo.

No quisiera que nadie pensara que sentí animadversión alguna contra aquel niño, pues era evidente que no lo había hecho con mala intención. Lo único malo es que yo cada vez tenía más hambre, pues sólo con mirar cómo comen los demás, la verdad, no se sacia uno… 

Lamentablemente, tampoco llevaba dinero suficiente para pedir una segunda ración y otra jarra de cerveza. Me acordé entonces de que en casa aún me quedaba pan y leche. Por esta vez me tendría que conformar con eso. Así que pagué la consumición al camarero, me volví hacia el niño grande y le dije disculpándome:

—Ahora, mi joven amigo, me tengo que ir…

Me quedé parado, pues, por la cara de decepción que puso, vi que de alguna manera aquello le entristecía. ¡Y eso, como todo el mundo sabe, es algo que no se le debe hacer a un niño! Así que rápidamente añadí:

—En otra ocasión tendré muchísimo gusto en invitarle a mi casa; es que hoy, desgraciadamente, no tengo absolutamente nada que pueda ofrecerle…

—No importa —dijo el niño recobrando la alegría y levantándose para acompañarme.

Fuera, ya todo estaba oscuro. Mientras íbamos caminando calle abajo, en silencio, el uno al lado del otro, comencé a sentirme preocupado por mi joven acompañante. Levanté la vista (me sacaba por lo menos la cabeza) y lo escudriñé con la mirada a fin de averiguar, por la expresión de su cara, qué era lo que pretendía. Pero la expresión de su cara seguía siendo amable; a lo sumo, algo soñolienta.

—Mi querido y joven amigo —rompí el hielo al cabo de un rato—, ciertamente es muy amable por su parte querer acompañarme un trecho más, pero creo que sería más razonable que le llevase cuanto antes a su casa. Ya es muy tarde para una persona tan joven como usted, y además, por lo que veo, está usted cansado y tiene sueño.

—No importa —contestó el niño bostezando.

Seguro que todo el mundo coincidirá conmigo en que, si un niño le quiere hacer a uno un favor, no lo debe rechazar. Él lo hacía con tan buena intención que hubiera tenido que avergonzarse de rechazar fríamente su amabilidad. Así que ya no dije nada más.

Vivo completamente solo en las afueras de la ciudad, en una pequeña casita rodeada por un precioso jardín de flores. Quizá mejor debería decir que vivía allí, aunque desde entonces no hayan pasado más que unos pocos días. Pero contaré las cosas por su orden.

Cuando llegamos a la puerta de mi casa, me decidí por una mentira piadosa. Ya sé que una mentira es una cosa muy fea en cualquier caso, pero pensé que si le decía a mi joven amigo que, en mi opinión, un niño de su edad no debería jamás y bajo ningún concepto ir así, por las buenas, con desconocidos, y menos aún a aquellas horas, lo mismo se pensaba que abrigaba sentimientos de enemistad contra él. Al final, una cosa así podría decepcionarle. Por eso exclamé con fingida sorpresa:

—¡Vaya por Dios! Ahora resulta que he perdido las llaves de casa y no puedo abrir la puerta.

—No importa —dijo el niño grande retrocediendo unos pasos.

Me sentí aliviado, e iba a ofrecerme a llevarlo a casa de sus padres, cuando vi que sólo había retrocedido para tomar carrerilla. Se lanzó corriendo contra la puerta de mi casa y la echó abajo de una patada. 

He de confesar que en ese momento me asaltó la duda de si no sería mejor prohibirle a un niño que hiciera una cosa así, sin tener en cuenta para nada si eso le ofendería o no. Pero se veía claramente que mi joven amigo tampoco esta vez lo había hecho con mala intención. Así que me limité a reprocharle con suavidad:

—La verdad es que la puerta de mi casa aún estaba bastante bien…

—No importa —me dijo el niño grande a modo de consuelo, y entró.

Hube de quedarme aún un par de minutos fuera para respirar hondo y secarme el sudor de la frente. Lo cual, evidentemente, fue un fallo por mi parte, pues jamás debe uno dejar de vigilar a un niño… y menos en una casa que no conoce y en la que no puede encontrar la llave de la luz. El caso es que, de pronto, oí dentro de la casa un terrible batacazo, ruido de cristales rotos y un grito de dolor que me puso los pelos de punta.

Entré a la carrera, encendí la luz y vi al enorme niño sentado en el suelo, en medio de los añicos de mi bonito acuario, completamente empapado de agua y cubierto de algas, con mis pececillos pegando saltos en el suelo, a su alrededor.

—¡Por todos los santos! —grité completamente asustado y fuera de mí, pues vi que el niño grande se iba a echar a llorar—. No te habrás hecho daño, ¿verdad?

Con los nervios, me olvidé de tratarlo de usted, tal y como hasta entonces había hecho. Pero no se tomó a mal mi familiaridad. Reprimió valientemente las lágrimas y aseguró sonriente:

—No importa.

De aquí en adelante mis recuerdos ya son algo confusos, porque los acontecimientos se fueron sucediendo vertiginosamente. Me acuerdo, no obstante, de que salí corriendo a la cocina para coger un cubo lleno de agua, pues quería salvar mis peces. 

Cuando volví a la habitación con el cubo, vi que el enorme niño había abierto mi guardarropa, había desgarrado trajes y camisas y estaba secando con ellos el suelo. Inmediatamente comprendí que, por supuesto, no lo hacía con mala intención, sino que lo único que quería era reparar de algún modo el daño causado.

Mientras recogía los peces y los echaba dentro del cubo de agua, le expliqué sutilmente al niño que los trajes y las camisas no son apropiados para secar el suelo, porque se manchan y se estropean.

—No importa —contestó alegremente, para demostrarme que no se tomaba tan a pecho aquel pequeño error.

Corrí a la cocina con el cubo en el que ahora nadaban los peces y busqué un recipiente apropiado en el que poder alojar provisionalmente a mis queridos animalitos, ya que el cubo lo necesitaba para secar el suelo. Mientras lo seguía buscando, oí en el cuarto de estar unos ruidos extraños. 

Pero como a los ruidos no los acompañó en esta ocasión ningún grito de dolor, no me preocupé mayormente, pues yo sé muy bien que a los niños no les gusta que les estén siempre diciendo lo que deben hacer y lo que no. 

Cuando finalmente volví a la habitación, mi joven invitado había tendido una cuerda de un extremo a otro, tirando y rompiendo de paso un valioso espejo y dos cuadros, y había colgado de ella mis trajes y camisas chorreantes para que se secaran. 

Tanta y tanta buena voluntad me emocionó; sólo que, por desgracia, el niño —seguramente para que la ropa se secara antes— había encendido sobre la alfombra, en medio de la habitación, un gran fuego con todos los papeles que había encontrado encima de mi escritorio.

Naturalmente, el niño lo había hecho con buena intención. No podía imaginarse, claro, que aquel montón de hojas era el nuevo libro que yo acababa de escribir. Pegué un salto y arranqué de las llamas las hojas que aún no se habían quemado totalmente, a fin de salvar por lo menos algo.

Mi joven invitado, al verme, siguió inmediatamente mi ejemplo, tomándolo al parecer por un divertido juego, pues esparció por toda la casa los trozos de papel en llamas.

—¡Alto! —grité—. ¡No hagas eso, que vas a incendiar toda la casa!

—No importa —contestó el niño grande.

A partir de ahí todo fue muy deprisa. Aún pude, en el último momento, llamar por teléfono a los bomberos; luego cogí al niño —que se reía complacido y al parecer no comprendía el peligro que corríamos—, y lo arrastré escaleras arriba, pues el pasillo que conducía a la puerta de la casa ya estaba bloqueado por crepitantes llamas. Finalmente conseguimos alcanzar el tejado saliendo por una trampilla del desván.

—Escucha —le dije jadeando en medio de la espesa humareda que nos rodeaba—, ahora tienes que portarte como es debido y procurar hacerlo todo bien. Tenemos que saltar desde aquí.

—No importa —dijo el niño.

Y saltamos. A él, afortunadamente, no le pasó nada, pues cayó encima de mí, o sea, relativamente en blando, mientras que yo me partí un brazo y una pierna.

Lo último que recuerdo con claridad, cuando llegaron finalmente los bomberos y me sacaron de allí en una camilla, es al enorme niño. Estaba de pie, en medio del fulgor de la casa en llamas… diciéndome cariñosamente adiós con la mano. No había ninguna duda de que todo aquello no lo había hecho con mala intención.

Llevo ya catorce días en el hospital con un brazo y una pierna escayolados. Tendrá que pasar aún una buena temporada hasta que me dejen salir de aquí. Entonces habré de buscarme una casa nueva. Naturalmente, también me tendré que comprar ropa nueva, y empezar mi libro otra vez desde el principio. No he vuelto a ver al enorme niño. Aunque, para ser sincero, tampoco me enfadaría si no lo volviera a ver.

 

El canario - Katherine Mansfield

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es solo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar; se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto de que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final.

Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la baranda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. 

No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. 

Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar solo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y, sin embargo, no lo es. 

O quizá el dolor de lo que uno echa de menos; sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:

—¿Ya estás aquí, amor mío?

Desde aquel instante fue mío.

...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. 

Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir.

—Eres un verdadero comediante —le decía riñéndolo.

Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. 

En su percha jamás había una mancha. Y solo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. 

Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren».

Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto; me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. 

Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? 

Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un fox-terrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura.

Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. 

Supongo que aún estaba medio dormida; pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». 

Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. 

Sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. 

Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

Dos palomas muy desagradables - Patricia Highsmith

Vivían en Trafalgar Square. Eran dos palomas que por razones de conveniencia llamaremos Maud y Claud, aunque ellas no utilizaran esos nombres para llamarse. Eran simplemente una pareja. Ya llevaban dos o tres años juntas y se eran fieles, aunque en el fondo de su pequeño corazón de palomas se odiaban. 

Pasaban los días picoteando grano y cacahuetes sembrados por el desfile interminable de turistas y londinenses que compraban esas cosas a los vendedores ambulantes, Pec, pec, todo el día en medio de otros cientos de palomas que, como Maud y Claud, casi habían perdido la capacidad de volar porque ya apenas les era necesaria. 

Muchas veces, Maud se veía separada de Claud en un campo de palomas que movían la cabeza de un modo constante, como si asintieran, pero, al caer la noche, de un modo u otro se encontraban y se dirigían a un hueco que había al dorso de un muro de piedra situado cerca de la National Gallery. ¡Uf! Y con esfuerzo conseguían subir sus abultadas pechugas hasta su domicilio, que quedaba entre setenta centímetros y un metro de altura.

 Maud hacía unos ruidos muy desagradables con la garganta que expresaban despecho y desdén. Tenía la misma edad que Claud; no eran jóvenes. Su primer novio había muerto en la flor de la vida, atropellado por un autobús cuando intentaba recuperar parte de un bocadillo del suelo.

 Los ruiditos despectivos de Maud podían interpretarse como un "¿Qué? ¿Otra vez igual, eh?" y similares provocaciones a la virilidad de Claud y a su infundada autoestima. Tal vez Claud no hubiera hecho nada aquel día, pero estaba claro que era un mujeriego. 

Muchas veces, Maud había tenido la satisfacción de ver a Claud vencido por un macho más joven que aparecía en el peor momento para Claud y su recién encontrada hembra. Claud montaba un número bravucón, fingía que estaba dispuesto a pelear, pero el macho más joven iba por él, directo a sus ojos, y Claud se retiraba.

 —Cállate —contestó por fin Claud, y se instaló cómodamente para dormir.

 De vez en cuando, para cambiar de escenario, Claud y Maud cogían el metro a Hampstead Heath. La verdad es que una vez tomaron el metro y se encontraron para su sorpresa, en Hampestead Heath. ¡Espacio! ¡Montones de migas para picotear! ¡Sin gente! O casi sin gente. A veces tomaban el metro por diversión, sin importarles adónde irían a parar al salir. Siempre podían encontrar el camino de vuelta a Trafalgar Square, aunque tuvieran que hacer algo de esfuerzo y volar unos metros aquí y allá. 

Los autobuses eran más seguros respecto a la dirección que seguían, pero tampoco había muchos sitios donde agarrarse en el techo de un autobús. Ciertamente recordaban la dirección de Hampstead Heath, y saltando a un autobús que arrancara en aquella dirección tenían bastantes posibilidades de llegar, y si el autobús se desviaba, simplemente volaban hasta otro que pareciera más prometedor. Dos veces habían ido en autobús.

 Pero el metro era más divertido, porque a Maud y Claud les gustaba hacer que la gente se apartara de su camino. La gente se reía señalándolos cuando ellos subían o bajaban por las escaleras mecánicas. A veces la gente sacaba la cámara, como en Trafalgar Square, y les hacían fotos con flash.

 "¡Cuidado! ¡No pisen a las palomas! ¡Ja, ja, ja!" ya era una exclamación familiar.

 A Maud le obsesionaba el vago recuerdo de una hija que había muerto de un golpe de bastón, ante sus ojos, en una acera cerca de Trafalgar Square. Era una hija de su primera pareja. ¿O acaso se lo había imaginado? Desde entonces, Maud temía a la gente con bastón, incluso con paraguas, y los había a montones. Maud se estremecía y se apartaba unos centímetros. Pensaba que podría tener otra pareja si quisiera, pero algo —no sabía decir qué— la mantenía junto a su aburrido Claud.

 Un sábado por la mañana, de mutuo acuerdo, decidieron dirigirse a Hampstead Heath. En Trafalgar Square estaba ocurriendo algo horrible. Había hordas de gente y tribunas, y estaban instalando altavoces. No era un buen día para los cacahuetes y las palomitas de maíz. Maud y Claud bajaron al metro en Whitehall.

 —¡Oh, mira, mami! —gritó una niña—. ¡Palomas!

 Maud y Claud la ignoraron y siguieron bajando a saltitos. Pasaron bajo la puerta mecánica, inadvertidas pero golpeadas por algún pie, y luego bajaron por la escalera mecánica. Claud iba delante, aunque no sabía adónde iba. Saltó al primer tren.

 —¡Mira eso! ¡Palomas! —dijo alguien.

 Algunas personas se echaron a reír.

 Maud y Claud se contaban entre los pocos pasajeros que nadie empujaba. Había un círculo vacío a su alrededor. Otra vez fue Claud quien se adelantó cuando salieron, asintiendo autoritariamente con la cabeza. No sabía dónde estaba, pero le gustaba dar la impresión de que no era así.

 —¡Están subiendo las escaleras! ¡Ja, ja, ja!

 Les abrieron camino como si fueran autoridades o personas famosas.

 En el tumulto de gente que subía las escaleras hasta el nivel de la acera, Maud y Claud tuvieron que hacer uso de sus alas. Eso las dejó exhaustas, cuando por fin llegaron a la luz del sol, cerca de un kiosco. Maud se adelantó esta vez abriendo camino. La acera describía una leve pendiente hacia arriba y Maud tomó aquella dirección. Cerca de Hampstead Heath, las aceras solían ser de subida, recordó. Claud la siguió.

 —Ah, el amor —dijo una voz masculina.

 La voz se equivocaba. Muchas veces era Claud el primero, cuando quería parecer superior a Maud, pues sabía que Maud le seguiría de todas maneras. Otras veces era al contrario y no tenía nada que ver con el deseo de aparearse. Al cabo de tres calles, saltando arriba y abajo por los bordillos de las aceras, Maud empezó a cansarse. 

Claud se había equivocado al bajar en aquella parada y Maud se acercó a él y se lo indicó con una mirada y un carraspeo significativo. Ella tampoco sabía dónde estaban, aunque sí sabía que Trafalgar Square estaba en algún sitio por detrás, a su derecha. Al final llegarían a casa sin problemas. Pero aquello no era Hampstead Heath.

 Luego, Maud intuyó o divisó una franja de verde a la izquierda, y con un movimiento de la cabeza que hizo brillar su pecho azul y verde a la luz del sol dirigió a Claud hacia la izquierda. Se detuvieron para dejar pasar un taxi y luego siguieron la marcha, bordillo arriba. Ahora Maud ya veía el verde y aceleró un poco el paso, aleteando mientras sus patas se movían a la vez sobre la acera. Hizo acopio de energías para sobrevolar la barandilla de casi un metro que rodeaba un pequeño parque.

 Había bancos con gente sentada tranquilamente, y una considerable extensión de césped sin recortar, con un estanque en el centro. Maud empezó a picotear.

 Claud vio otras tres palomas, una hembra y dos machos, no muy lejos, en el césped. Seguramente no les recibirían con agrado, pero en aquel momento los dos machos estaban absortos. Maud dijo algo para que Claud probara suerte allí y Claud le replicó enseguida que probara ella. Maud se alejó, dándoles la espalda a todos, incluyendo a Claud. Claud estaba picoteando un gusano y pensando que prefería grano seco cuando uno de los machos se abalanzó volando sobre él.

 El pájaro que le atacó estaba en mejor forma física. Claud sólo se levantó unos centímetros del suelo y se lanzó sobre el otro, pero su gesto no tuvo mucho efecto. Se batió en retirada, andando, agitando las alas y haciendo ruidos para indicar que estaba disgustado pero en absoluto vencido, y que simplemente no se iba a molestar en luchar.

 Maud adoptó una expresión divertida e indiferente.

 De pronto empezó a llover. Claud y Maud avanzaron hacia el árbol más cercano. Tenía todo el aspecto de que la lluvia iba a persistir. ¿Debían tomar el metro para llegar a casa? Sólo era media tarde. La lluvia haría salir los gusanos, tal vez un caracol o dos. De pronto, Maud voló hacia Claud y le atacó en el cogote.

 Claud ya estaba de malhumor y se alejó hacia un camino. Cuando llegó a la acera, giró rápidamente a la izquierda. Aquél era el camino del metro, pensó, y también era la dirección de casa.

 Maud le siguió, odiándose a sí misma por seguirle, pero consolándose con el hecho de que tenía a Claud controlado y que aquélla era la dirección de Trafalgar Square. Ya le llegaría el día a Claud, pensó Maud. Si se esforzaba un poco, un macho más joven podía invadir su casa y expulsar a Claud. Aquello le enseñaría a...

 ¡Blam!

 ¿Qué era aquello?

 La oscuridad había caído sobre ella. Claud también estaba allí con ella, haciendo ruidos y aleteando.

 Maud oyó risas de niños. ¡Una caja! A Maud ya le había pasado antes y había escapado, recordó. La caja de cartón se arrastró por la acera, aprisionándole dolorosamente una de las patas. Ella y Claud se encontraron de pronto volcados, patas arriba, vieron un breve trozo de cielo y luego una desagradable cubierta que cayó sobre la caja y fueron empujados y sacudidos mientras los niños corrían. Bajaron unas escaleras. Los niños tiraron a Maud y Claud al suelo de una habitación fuertemente iluminada. Ahora estaban dentro de una casa.

 Una mujer gritó algo.

 Los dos niños se reían.

 Maud voló sobre una mesa. Era la cocina de uno de esos edificios que Claud y ella habían observado muchas veces por la ventana de un semisótano.

 —¿Qué vas a hacer con ellos? ¡Aaah!

 Claud se había ido a posar en el borde del fregadero. Un niño fue a buscarlo y Claud saltó a un rincón junto a una puerta que tenía una rendija abierta.

 Un niño esparció pan por el suelo, pero Claud lo ignoró. A Claud le interesaba la puerta, Maud se dio cuenta, pero pensó que tal vez el resto de la casa estuviera cerrado, entonces, ¿para qué serviría la puerta? En ese momento Maud defecó.

 Aquello provocó un grito de la mujer. ¡Dios mío! Maud sabía que su excremento podía tener consecuencias: significaba desprecio, por ejemplo. A Maud le habían dado una patada alguna vez —deliberada— cuando lo había hecho en su propio terreno, Trafalgar Square, sin pretender insultar a nadie. Pero aquella gente no era normal, la mayoría estaba loca. No podía predecirse lo que iba a hacer la gente. Cacahuetes en un momento dado y al momento siguiente un palo.

 La mujer seguía parloteando. Hubo un chillido de los chicos y luego se abalanzaron sobre Claud con los brazos abiertos, intentando atraparlo. Claud levantó el vuelo y dejó caer su excremento, que aterrizó en la cara de uno de los chicos. Se oyeron risas. Claud se tambaleó sobre un tendedero de ropa que había cerca del techo, oscilando.

 Entró un hombre de voz estentórea. Maud le detestó nada más verlo. El hombre pronunció un largo y rugiente discurso y luego se acercó a Maud y le habló con más suavidad. Maud dio dos pasos atrás, chocó contra una tapa de porcelana de algo, sin quitarle ojo al hombre, dispuesta a unirse a Claud si el hombre se le acercaba más. Pero él salió de la cocina.

 La mujer estaba haciendo palomitas en el fogón. Maud y Claud reconocieron el olor. Mientras, los niños se reían estúpidamente junto al fregadero. El hombre volvió con una especie de trípode alto. Se encendieron unas luces muy brillantes. Entonces Maud y Claud lo entendieron. 

Habían visto lo mismo en Trafalgar Square, a gran escala: trípodes, plataformas móviles, luces terribles por todas partes que convertían la noche en día. Ahora la luz daba directamente en los ojos de Maud y ella empezó a dar vueltas. La cámara zumbaba. Maud quería volver a defecar, pero no pudo.

 —¡Palomitas! —gritó el hombre.

 —¡Ya van! —La mujer se acercó con la sartén justo a tiempo de chocar con Claud, que se dirigía a la ventana intentando escapar. Esperaba que la parte de arriba estuviera abierta, pero antes de poder comprobarlo ya estaba tumbado de lado en el suelo. Se levantó. La mujer echó palomitas en el suelo junto a él, y Claud las rechazó como si fueran venenosas.

 —¡Ja, ja! —se rió el hombre—. ¡Asústales otra vez, Simon!

 El más pequeño de aquellos dos odiosos niños agitó los brazos hacia Maud mientras el otro saltaba hacia Claud.

 Maud y Claud se levantaron batiendo las alas fuertemente. Claud cayó como una gruesa águila en la frente y el pelo del niño mayor, sacando las uñas.

 —¡Ay! —gritó el niño.

 Maud se contentó con darles dos fuertes picotazos a las mejillas del pequeño, además de clavar las uñas todo lo que pudo, antes de saltar justo a tiempo para escapar del puño del hombre. Maud comprendió que iba a ser una lucha por la vida, y que ella y Claud estaban atrapados.

 La mujer intentaba atizar a Claud con una escoba, pero fallaba cada vez.

 —¡Abrid la ventana! ¡Dejadlas salir!

 —¡Voy a torcerles el pescuezo! ¡Están locas! —gritó el hombre de cara colorada, dirigiéndose a la ventana.

 Maud se dio cuenta de que el hombre estaba furioso, pero ¿quién les había llevado allí sino aquellos repulsivos hijos suyos? Maud atacó al hombre justo cuando abría la ventana desde arriba. El apartó a Maud con un codo y agachó la cabeza.

 Claud salió volando por la ventana.

 —¡Usa la escoba! —gritó la mujer, ofreciéndosela al hombre.

 Maud esquivó la escoba, voló al escurridero de platos que había sobre la pila, intentó agarrarse a un platillo, y mientras volaba hacia la ventana, el platillo cayó en el fregadero y se hizo añicos.

 Otro grito de la mujer y un rugido del hombre que se desvanecieron mientras Maud se alejaba. Voló unos cuantos metros con la energía que le daba su ira, y luego descendió hasta la civilizada acera para poder andar normalmente y recuperar el aliento. ¡Qué alivio salir de aquella casa de locos! ¡Dios mío! ¡Alguien tendría que denunciar a aquella gente! 

Maud levantó la cabeza con orgullo, impulsando el pico a cada paso. Había grupos de gente que luchaba a favor de las palomas. Ella había visto a algunos en Trafalgar Square impidiendo que los niños usaran armas o incluso que les tiraran cosas a las palomas. Si alguna vez atrapaban a aquella familia, les harían pagar por aquello.

 ¿Dónde estaba Claud?

 Maud se detuvo y se volvió. No es que le importara mucho dónde estaba. Si iba directamente a casa, como pretendía, Claud aparecería aquella misma noche, no tenía ninguna duda. ¿Y acaso la había ayudado él hasta ahora en algo? No.

 Entonces oyó su voz. Claud apareció tras ella, acercándose sobre las patas y las alas, con aspecto de estar exhausto. Maud sacudió las alas y continuó adelante. Claud avanzaba junto a ella, protestando un poco, como hacía Maud, pero sus sonidos se fueron calmando gradualmente. Después de todo, eran libres otra vez y estaban andando en dirección a casa. 

De pronto, Maud se dirigió a un autobús. Claud la siguió, y se instalaron con dificultad en el techo del vehículo. Algunos autobuses daban unos bandazos terribles. Tuvieron que cambiar a otro, esperando que les llevara, pero su instinto era correcto y pronto se encontraron traqueteando por Haymarket. ¡Casa! Y aún no estaba oscuro. El cielo era de un azul grisáceo y el sol se estaba poniendo.

 Todavía tenían tiempo de picotear un poco en Trafalgar Square antes de retirarse, pensó Maud. Claud estaba pensando lo mismo, así que dejaron el autobús en Whitehall y se deslizaron al territorio familiar.

 No quedaban muchas palomas por allí. Las luces se encendían en los escaparates. Las migajas y restos eran pocos y estaban pisoteados. Y Maud se sintió cansada y débil.

 Claud impulsó la cabeza hacia ella y cogió un pedacito de cacahuete que Maud estaba a punto de alcanzar.

 Maud voló hacia él, agitando las alas. ¿Por qué seguía con él? Egoísta y avaricioso... ¡No podía contar con él para nada, ni siquiera para vigilar el nido cuando tenía un huevo!

 Claud quiso vengarse con un maligno picotazo en el ojo de Maud, pero falló y le dio en la cabeza.

 Entonces, de pronto —imposible decir quién de los dos se movió primero—, atacaron a un cochecito que pasaba. Fueron por el bebé, las mejillas, los ojos. La joven que empujaba el cochecito soltó un grito y empezó a golpear a las palomas. 

Maud quedó fuera de combate durante unos segundos, pero enseguida se unió a Claud en el cochecito. Dos personas corrieron hacia allí y las palomas salieron volando. Volaron sobre las cabezas de sus frustrados atacantes y se unieron a un grupo de más de veinte palomas que picoteaban en torno a una papelera.

 Cuando las dos personas y la mujer del cochecito se acercaron a las palomas, Maud y Claud no sentían ningún miedo, aunque algunas de las demás palomas levantaron la vista, asustadas por las voces iracundas.

 Uno de los humanos, un hombre, corrió entre las palomas, pateándolas, agitando los brazos y gritando. La mayoría de las palomas emprendieron un perezoso vuelo. Maud se dirigió a casa, al nicho situado tras el bajo muro de piedra, y cuando llegó, Claud ya estaba allí. 

Se prepararon para dormir, demasiado cansados incluso para intercambiar sonidos de protesta. Pero Maud no estaba tan cansada como para olvidar el medio cacahuete que Claud le había arrebatado. ¿Por qué vivía con él? ¿Por qué vivía allí, por qué vivían los dos juntos allí, corriendo el riesgo de ser capturados a diario, como aquel día, o pateados por gente que se molestaba incluso si defecaban? ¿Por qué? Maud se quedó dormida, exhausta de tanto descontento.

 El incidente de las palomas de Trafalgar Square con el bebé picoteado, que se quedó ciego de un ojo, inspiró un par de cartas al Times. Pero nadie hizo nada al respecto.