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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

De cómo Nuth habría practicado su arte contra los Gnolos - Lord Dunsany

Pese a las alusiones de firmas rivales, es probable que todos los comerciantes sepan que dentro de su profesión nadie goza actualmente de una posición igual a la del señor Nuth. 

Para aquellos que se encuentran fuera del círculo mágico de los negocios, su nombre es apenas conocido; mas él no necesita anunciarse, está satisfecho. Está por encima incluso de la moderna competencia, y, cualesquiera que sean las pretensiones de las que se jacten, sus rivales lo saben. Sus precios son moderados, ya sea al contado a la entrega del género, ya sea mediante chantaje después. Toma siempre en consideración la conveniencia de los demás. 

Se puede contar con su experiencia; le he visto moverse más sigilosamente que una sombra en una noche ventosa, pues Nuth es un ladrón profesional. Se ha sabido de hombres que, sin abandonar sus casas de campo, han enviado comerciantes a negociar un tapiz, algún mueble o algún cuadro que habían visto en su tienda. 

Eso es de mal gusto; mas aquellos cuya cultura es más refinada invariablemente han llamado a Nuth una o dos noches después de visitar su tienda. Se maneja bien con los tapices, difícilmente se daría uno cuenta de que los bordes han sido cortados. 

Y a menudo, cuando veo alguna nueva casa, inmensa, llena de muebles antiguos y cuadros de otras épocas, me digo a mí mismo: "Estas sillas con molduras, estos antepasados de cuerpo entero y estas caobas talladas son producto del incomparable Nuth".

Se puede objetar en contra de mi utilización de la palabra "incomparable" que en el oficio de ladrón el nombre de Slith sigue siendo soberano y único; eso no lo ignoro. Mas Slith es un clásico y vivió hace mucho tiempo, y no sabía completamente nada acerca de la moderna competencia; aparte de que la sorprendente índole de su funesto destino posiblemente ha añadido un encanto que exagera ante nuestros ojos sus indudables méritos.

No cabe suponerse que yo sea un amigo cualquiera de Nuth. Al contrario, soy partidario de la Propiedad, y no necesita que yo interceda por él, ya que su posición es casi única dentro del gremio, siendo de los pocos que no precisan anunciarse.

En la época en que comienza mi historia, Nuth vivía en una espaciosa casa de Belgrave Square. A su inimitable manera había trabado amistad con la portera. El lugar le agradaba a Nuth y, cada vez que alguien iba a inspeccionarlo con ánimos de compra, la portera solía ensalzar la casa con las palabras que Nuth le había sugerido. "Si no fuera por los desagües -les decía ella-, sería la mejor casa de Londres". Y cuando ellos se  aferraban a esa observación, y hacían preguntas acerca de los desagües, ella les contestaba que eran buenos, mas no tanto como la propia casa. 

No veían a Nuth cuando recorrían las habitaciones, mas Nuth estaba allí. Una mañana primaveral llegó una anciana, vestida pulcramente de negro y con un gorro forrado de rojo, preguntando por el señor Nuth; con ella venía su voluminoso y desgarbado hijo. La señora Eggins, la portera, echó un vistazo a la calle y después los dejó entrar, haciéndoles esperar en el salón entre muebles cubiertos por sábanas.

Esperaron un buen rato y luego olieron a tabaco de pipa: era Nuth que se acercaba a ellos. -Señor -dijo la anciana del gorro forrado de rojo-, usted ha sido el que me ha incitado -y entonces comprendió que ésa no era forma de dirigirse al señor Nuth.

Finalmente habló Nuth y la anciana le explicó muy tímidamente que su hijo era un joven prometedor, introducido ya en la profesión, que quería mejorar de posición, y que ella deseaba que el señor Nuth le enseñara a ganarse la vida.

Ante todo, Nuth quiso ver sus referencias, y cuando le mostraron una de un joyero del cual daba la casualidad de que era uña y carne, el resultado fue que accedió a hacerse cargo de Tonker (pues así se llamaba el prometedor joven) y convertirlo en su aprendiz. La anciana del gorro forrado de rojo regresó a su pequeña casa de campo y cada atardecer le decía a su viejo marido: -Tonker, debemos cerrar los postigos por la noche, pues ahora Tommy es un ladrón.

No tengo la intención de pormenorizar los detalles del aprendizaje del prometedor joven: los que son de la profesión ya los conocen y los que son de otros oficios solamente se preocupan de los suyos propios, mientras que los desocupados que carecen de profesión no lograrían apreciar los progresos de Tommy Tonker, primero cruzando a oscuras y sin hacer ningún ruido simples maderos cubiertos de pequeños obstáculos, después ascendiendo en silencio escaleras que crujen, más tarde abriendo puertas y por último trepando.

Baste decir que el negocio prosperó enormemente, mientras Nuth enviaba de vez en cuando a la anciana del gorro forrado de rojo entusiastas informes, escritos con su difícil letra, sobre los progresos de Tommy Tonker. Nuth había renunciado muy pronto a las clases de caligrafía, pues parecía tener algún prejuicio contra la falsificación y, por consiguiente, consideraba la escritura como una pérdida de tiempo. 

Más tarde se produjo la transacción con lord Castlenorman en su residencia de Surrey. Nuth eligió un sábado por la noche y a las once en punto toda la casa estaba en silencio. Cinco minutos antes de la medianoche, Tommy Tonker, siguiendo instrucciones del señor Nuth, que esperaba fuera, salió con una bolsa llena de anillos y botones de camisa. Era una bolsa realmente liviana, mas los joyeros de París no podrían igualarla sin hacer un pedido especial a África, así es que lord Castlenorman tuvo que pedir prestados botones de hueso.

No hubo ni un solo rumor que susurrara el nombre de Nuth. Si dijera que esta circunstancia se le subió a la cabeza, la afirmación molestaría a más de uno, pues sus socios sostienen que su astuto juicio no se veía afectado por las circunstancias. 

Diré por consiguiente que estimuló su genio para planear lo que ningún otro ladrón había planeado antes. Ni más ni menos que robar la mansión de los gnolos. Y eso se lo reveló a Tonker aquel hombre abstemio frente a una taza de té. 

Aunque Tonker no hubiera estado casi loco de orgullo por su reciente transacción, ni cegado por su veneración por Nuth, habría aceptado el plan, pero me temo que habría derramado la leche. Mas protestó respetuosamente: dijo que prefería no ir; se permitió argüir que no era un asunto claro. Y al final, una ventosa mañana de octubre que amenazaba tormenta les sorprendió a ambos siguiendo un rastro cerca del espantoso bosque.

Sopesando pequeñas esmeraldas con simples pedazos de roca, Nuth averiguó el peso probable de los adornos caseros que, según se creía, poseen los gnolos en la angosta y elevada mansión en la que han morado desde muy antiguo. 

Decidieron robar dos esmeraldas y transportarlas entre los dos envueltas en un capote; mas si resultaban demasiado pesadas, deberían arrojar inmediatamente una de ellas. Nuth advirtió al joven Tonker contra la avaricia y le explicó que las esmeraldas valdrían menos que un queso hasta que ellos estuvieran a salvo del espantoso bosque.

Todo había sido cuidadosamente planeado, y ahora caminaban ambos en silencio. No hallaron indicios de sendero alguno entre la siniestra penumbra de los árboles; tampoco de hombres o de ganado; desde hacía centenares de años no había pasado por allí ni siquiera algún cazador furtivo en busca de elfos. No era posible penetrar dos veces en los diminutos valles de los gnolos. Y, aparte de las cosas que allí habían sucedido, los mismos árboles eran un aviso, no tenían el aspecto saludable que presentan los que nosotros plantamos.

La aldea más próxima estaba a pocas millas y la parte posterior de todas sus casas daba al bosque, aunque sin ninguna ventana en aquella dirección.

Allí no hablaban de él y en otras partes lo desconocían.

Nuth y Tommy Tonker se introdujeron en aquel bosque. No llevaban armas de fuego. Tonker había pedido una pistola, mas Nuth le respondió que el ruido de un disparo "nos lo echaría todo a perder", y no se habló más de ello.

Anduvieron todo el día por el bosque, internándose cada vez más en él.

Vieron el esqueleto de algún primitivo cazador furtivo de tiempos del rey Jorge, clavado a una puerta bajo un roble. De vez en cuando divisaron a lo lejos una trampa para hadas. En cierta ocasión, Tonker pisó un trozo de madera seca y endurecida, después de lo cual permanecieron ambos inmóviles durante unos veinte minutos. Y el ocaso refulgió, lleno de presagios, por entre los troncos de los árboles; y cayó la noche; y, a la caprichosa luz de las estrellas, como Nuth había previsto, llegaron a aquella casa angosta y elevada donde los gnolos moraban en secreto.

Todo estaba tan silencioso en aquella módica casa que el decaído ánimo de Tonker vaciló; mas al experimentado juicio de Nuth le pareció que aquel silencio era excesivo. Y todo el tiempo el cielo presentó ese aspecto peor que un juicio oral, de manera que Nuth, como ocurre a menudo cuando los hombres desconfían, tuvo tiempo suficiente para temerse lo peor. 

Sin embargo, no abandonó el asunto sino que mandó al prometedor joven que, mediante una escala, subiera con el instrumental propio de su oficio a la vieja ventana verde. Y, en el momento en que Tonker tocó los podridos maderos, el silencio, que, aunque ominoso, era terrenal, se hizo sobrenatural como el roce de un gul. 

Y Tonker escuchó su respiración que violaba el silencio, y su corazón parecía un tambor furioso durante un ataque nocturno, y el cordón de una de sus sandalias golpeó en uno de los peldaños de la escalera, y las hojas del bosque enmudecieron, y la brisa de la noche se aplacó. Y Tonker rezó por que algún topo o ratón hiciera ruido; mas no se movió ni una sola criatura; incluso Nuth estuvo inmóvil.

E inmediatamente, antes de ser descubierto, el joven prometedor se decidió, como debiera haber hecho mucho antes, a dejar aquellas colosales esmeraldas en donde estaban y a no tener ya nada más que ver con la angosta y elevada mansión de los gnolos, abandonando en aquel preciso momento el siniestro bosque y retirándose enseguida del oficio para comprarse una casa en el campo. Entonces descendió silenciosamente y le hizo señas a Nuth. 

Mas los gnolos le habían observada a través de unos agujeros que habían horadado en los troncos de los árboles, y al misterioso silencio siguieron, como una bendición, los apresurados gritos de Tonker al ser atrapado por detrás; gritos cada vez más imperiosos hasta hacerse incoherentes. Es inútil preguntar adónde le llevaron, no pienso decir lo que hicieron.

Nuth observó durante un rato desde la esquina de la casa; mientras se frotaba la barbilla, su cara mostraba una ligera sorpresa, pues el truco de los agujeros en los árboles era nuevo para él. Entonces se escabulló ágilmente a través del espantoso bosque.

"¿Atraparon también a Nuth?", me preguntarás, apreciado lector.

"Pues no, niño mío" (pues semejante pregunta es pueril). "Nadie atrapó jamás a Nuth".