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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

Alicia en el país de las maravillas - Lewis Carroll

LA CASA DEL CONEJO

Era el Conejo Blanco, que volvía con un trotecillo saltarín y miraba ansiosamente a su alrededor, como si hubiera perdido algo. Y Alicia oyó que murmuraba:

—¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Oh, mis queridas patitas! ¡Oh, mi piel y mis bigotes! ¡Me hará ejecutar, tan seguro como que los grillos son grillos! ¿Dónde demonios puedo haberlos dejado caer? ¿Dónde? ¿Dónde?

Alicia comprendió al instante que estaba buscando el abanico y el par de guantes blancos de cabritilla, y llena de buena voluntad se puso también ella a buscar por todos lados, pero no encontró ni rastro de ellos. En realidad, todo parecía haber cambiado desde que ella cayó en el charco, y el vestíbulo con la mesa de cristal y la puertecilla habían desaparecido completamente.

A los pocos instantes el Conejo descubrió la presencia de Alicia, que andaba buscando los guantes y el abanico de un lado a otro, y le gritó muy enfadado:

—¡Cómo, Mary Ann, qué demonios estás haciendo aquí! ¡Corre inmediatamente a casa y tráeme un par de guantes y un abanico! ¡Aprisa!

Alicia se llevó tal susto que salió corriendo en la dirección que el Conejo le señalaba, sin intentar explicarle que estaba equivocándose de persona.

—¡Me ha confundido con su criada! —se dijo mientras corría—. ¡Vaya sorpresa se va a llevar cuando se entere de quién soy! Pero será mejor que le traiga su abanico y sus guantes... Bueno, si logro encontrarlos.

Mientras decía estas palabras, llegó ante una linda casita, en cuya puerta brillaba una placa de bronce con el nombre «C. BLANCO» grabado en ella. Alicia entró sin llamar, y corrió escaleras arriba, con mucho miedo de encontrar a la verdadera Mary Ann y de que la echaran de la casa antes de que hubiera encontrado los guantes y el abanico.

—¡Qué raro parece —se dijo Alicia— eso de andar haciendo recados para un conejo! ¡Supongo que después de esto Dina también me mandará a hacer sus recados! —Y empezó a imaginar lo que ocurriría en este caso: «¡Señorita Alicia, venga aquí inmediatamente y prepárese para salir de paseo!», diría la niñera, y ella tendría que contestar: «¡Voy en seguida! Ahora no puedo, porque tengo que vigilar esta ratonera hasta que vuelva Dina y cuidar de que no se escape ningún ratón»—. Claro que —siguió diciéndose Alicia—, si a Dina le daba por empezar a darnos órdenes, no creo que parara mucho tiempo en nuestra casa.

A todo esto, había conseguido llegar hasta un pequeño dormitorio, muy ordenado, con una mesa junto a la ventana, y sobre la mesa (como esperaba) un abanico y dos o tres pares de diminutos guantes blancos de cabritilla. Cogió el abanico y un par de guantes, y estaba a punto de salir de la habitación cuando su mirada cayó en una botellita que estaba al lado del espejo del tocador. Esta vez no había letrerito con la palabra «BÉBEME», pero de todos modos Alicia lo destapó y se lo llevó a los labios.

—Estoy segura de que, si como o bebo algo, ocurrirá algo interesante —se dijo—. Y voy a ver qué pasa con esta botella. Espero que vuelva a hacerme crecer, porque en realidad estoy bastante harta de ser una cosilla tan pequeñaja.

¡Y vaya si la hizo crecer! ¡Mucho más aprisa de lo que imaginaba! Antes de que hubiera bebido la mitad del frasco, se encontró con que la cabeza le tocaba contra el techo y tuvo que doblarla para que no se le rompiera el cuello. Se apresuró a soltar la botella, mientras se decía:

—¡Ya basta! Espero que no seguiré creciendo... De todos modos, no paso ya por la puerta... ¡Ojalá no hubiera bebido tan aprisa!

¡Por desgracia, era demasiado tarde para pensar en ello! Siguió creciendo, y creciendo, y muy pronto tuvo que ponerse de rodillas en el suelo. Un minuto más tarde no le quedaba espacio ni para seguir arrodillada, y tuvo que intentar acomodarse echada en el suelo, con un codo contra la puerta y el otro brazo alrededor del cuello. Pero no paraba de crecer, y, como último recurso, sacó un brazo por la ventana y metió un pie por la chimenea, mientras se decía:

—Ahora no puedo hacer nada más, pase lo que pase. ¿Qué va a ser de mí?

Por suerte la botellita mágica había producido ya todo su efecto, y Alicia dejó de crecer. De todos modos, se sentía incómoda y, como no parecía haber posibilidad alguna de volver a salir nunca de aquella habitación, no es de extrañar que se sintiera también muy desgraciada.

Era mucho más agradable estar en mi casa —pensó la pobre Alicia—. Allí, al menos, no me pasaba el tiempo creciendo y disminuyendo de tamaño, y recibiendo órdenes de ratones y conejos. Casi preferiría no haberme metido en la madriguera del Conejo... Y, sin embargo, pese a todo, ¡no se puede negar que este género de vida resulta interesante! ¡Yo misma me pregunto qué puede haberme sucedido! Cuando leía cuentos de hadas, nunca creí que estas cosas pudieran ocurrir en la realidad, ¡y aquí me tenéis metida hasta el cuello en una aventura de estas! Creo que debiera escribirse un libro sobre mí, sí señor. Y cuando sea mayor, yo misma lo escribiré... Pero ya no puedo ser mayor de lo que soy ahora —añadió con voz lúgubre—. Al menos, no me queda sitio para hacerme mayor mientras esté metida aquí dentro. Pero entonces, ¿es que nunca me haré mayor de lo que soy ahora? Por una parte, esto sería una ventaja, no llegaría nunca a ser una vieja, pero por otra parte ¡tener siempre lecciones que aprender! ¡Vaya lata! ¡Eso sí que no me gustaría nada! ¡Pero qué tonta eres, Alicia! —se rebatió a sí misma—. ¿Cómo vas a poder estudiar lecciones metida aquí dentro? Apenas si hay sitio para ti, ¡y desde luego no queda ni un rinconcito para libros de texto!

Y así siguió discurseando un buen rato, unas veces en un sentido y otras llevándose a sí misma la contraria, manteniendo en definitiva una conversación muy seria, como si se tratara de dos personas. Hasta que oyó una voz fuera de la casa, y dejó de discutir consigo misma para escuchar.

—¡Mary Ann! ¡Mary Ann! —decía la voz—. ¡Tráeme inmediatamente mis guantes!

Después Alicia oyó un ruidito de pasos por la escalera. Comprendió que era el Conejo que subía en su busca y se echó a temblar con tal fuerza que sacudió toda la casa, olvidando que ahora era mil veces mayor que el Conejo Blanco y no había por tanto motivo alguno para tenerle miedo.

Ahora el Conejo había llegado ante la puerta e intentó abrirla, pero, como la puerta se abría hacia adentro y el codo de Alicia estaba fuertemente apoyado contra ella, no consiguió moverla. Alicia oyó que se decía para sí:

—Pues entonces daré la vuelta y entraré por la ventana.

—Eso sí que no —pensó Alicia.

Y, después de esperar hasta que creyó oír al Conejo justo debajo de la ventana, abrió de repente la mano e hizo gesto de atrapar lo que estuviera a su alcance. No encontró nada, pero oyó un gritito entrecortado, algo que caía y un estrépito de cristales rotos, lo que le hizo suponer que el Conejo se había caído sobre un invernadero o algo por el estilo. Después se oyó una voz muy enfadada, que era la del Conejo:

—¡Pat! ¡Pat! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás?

Y otra voz, que Alicia no había oído hasta entonces:

¡Aquí estoy, señor! ¡Cavando en busca de manzanas, con permiso del señor!

—¡Tenías que estar precisamente cavando en busca de manzanas! —replicó el Conejo muy irritado—. ¡Ven aquí inmediatamente! ¡Y ayúdame a salir de esto!

Hubo más ruido de cristales rotos.

—Y ahora dime, Pat, ¿qué es eso que hay en la ventana?

—Seguro que es un brazo, señor —(y pronunciaba «brasso»).

—¿Un brazo, majadero? ¿Quién ha visto nunca un brazo de este tamaño? ¡Pero si llena toda la ventana!

—Seguro que la llena, señor. ¡Y sin embargo es un brazo!

—Bueno, sea lo que sea no tiene por qué estar en mi ventana. ¡Ve y quítalo de ahí!

Siguió un largo silencio, y Alicia solo pudo oír breves cuchicheos de vez en cuando, como «¡Seguro que esto no me gusta nada, señor, lo que se dice nada!» y «¡Haz de una vez lo que te digo, cobarde!» Por último, Alicia volvió a abrir la mano y a moverla en el aire como si quisiera atrapar algo. Esta vez hubo dos grititos entrecortados y más ruido de cristales rotos. «¡Cuántos invernaderos de cristal debe de haber ahí abajo!», pensó Alicia. «¡Me pregunto qué harán ahora! Si se trata de sacarme por la ventana, ojalá pudieran lograrlo. No tengo ningunas ganas de seguir mucho rato encerrada aquí dentro.»

Esperó unos minutos sin oír nada más. Por fin escuchó el rechinar de las ruedas de una carretilla y el sonido de muchas voces que hablaban todas a la vez. Pudo entender algunas palabras: «¿Dónde está la otra escalera?... A mí solo me dijeron que trajera una; la otra la tendrá Bill... ¡Bill! ¡Trae la escalera aquí, muchacho!... Aquí, ponedlas en esta esquina... No, primero átalas la una a la otra... Así no llegarán ni a la mitad... Claro que llegarán, no seas pesado... ¡Ven aquí, Bill, agárrate a esta cuerda!... ¿Aguantará este peso el tejado?... ¡Cuidado con esta teja suelta!... ¡Eh, que se cae! ¡Cuidado con la cabeza!» Aquí se oyó una fuerte caída. «Vaya, ¿quién ha sido?... Creo que ha sido Bill... ¿Quién va a bajar por la chimenea?... ¿Yo? Nanay. ¡Baja tú!... ¡Ni hablar! Tiene que bajar Bill... ¡Ven aquí, Bill! ¡El amo dice que tienes que bajar por la chimenea!»

¡Vaya! ¿Conque es Bill el que tiene que bajar por la chimenea? —se dijo Alicia—. ¡Parece que todo se lo cargan a Bill! No me gustaría estar en su pellejo: desde luego esta chimenea es estrecha, pero me parece que podré dar algún puntapié por ella.

Alicia hundió el pie todo lo que pudo dentro de la chimenea, y esperó hasta oír que la bestezuela (no podía saber de qué tipo de animal se trataba) escarbaba y arañaba dentro de la chimenea, justo encima de ella. Entonces, mientras se decía a sí misma: «¡Aquí está Bill!», dio una fuerte patada, y esperó a ver qué pasaba a continuación.

Lo primero que oyó fue un coro de voces que gritaban a una: «¡Ahí va Bill!», y después la voz del Conejo sola: «¡Cogedlo! ¡Eh! ¡Los que estáis junto a la valla!» Siguió un silencio y una nueva avalancha de voces: «Levantadle la cabeza... Venga un trago... Sin que se ahogue... ¿Qué ha pasado, amigo? ¡Cuéntanoslo todo!»

Por fin se oyó una vocecita débil y aguda, que Alicia supuso sería la voz de Bill:

—Bueno, casi no sé nada... No quiero más coñac, gracias, ya me siento mejor... Estoy tan aturdido que no sé qué decir... Lo único que recuerdo es que algo me golpeó rudamente, ¡y salí por los aires como el muñeco de una caja de sorpresas!

¡Desde luego, amigo! ¡Eso ya lo hemos visto! —dijeron los otros.

—¡Tenemos que quemar la casa! —dijo la voz del Conejo.

Y Alicia gritó con todas sus fuerzas:

—¡Si lo hacéis, lanzaré a Dina contra vosotros!

Se hizo inmediatamente un silencio de muerte, y Alicia pensó para sí:

—Me pregunto qué van a hacer ahora. Si tuvieran una pizca de sentido común, levantarían el tejado.

Después de uno o dos minutos se pusieron una vez más todos en movimiento, y Alicia oyó que el Conejo decía:

Con una carretada tendremos bastante para empezar.

—¿Una carretada de qué? —pensó Alicia.

Y no tuvo que esperar mucho para averiguarlo, pues un instante después una granizada de piedrecillas entró disparada por la ventana, y algunas le dieron en plena cara.

—Ahora mismo voy a acabar con esto —se dijo Alicia para sus adentros, y añadió en alta voz—: ¡Será mejor que no lo repitáis!

Estas palabras produjeron otro silencio de muerte. Alicia advirtió, con cierta sorpresa, que las piedrecillas se estaban transformando en pastas de té allí en el suelo, y una brillante idea acudió de inmediato a su cabeza.

«Si como una de estas pastas», pensó, «seguro que producirá algún cambio en mi estatura. Y, como no existe posibilidad alguna de que me haga todavía mayor, supongo que tendré que hacerme forzosamente más pequeña.»

Se comió, pues, una de las pastas, y vio con alegría que empezaba a disminuir inmediatamente de tamaño. En cuanto fue lo bastante pequeña para pasar por la puerta, corrió fuera de la casa y se encontró con un grupo bastante numeroso de animalillos y pájaros que la esperaban. Una lagartija, Bill, estaba en el centro, sostenido por dos conejillos de indias, que le daban a beber algo de una botella. En el momento en que apareció Alicia, todos se abalanzaron sobre ella. Pero Alicia echó a correr con todas sus fuerzas y pronto se encontró a salvo en un espeso bosque.

—Lo primero que ahora tengo que hacer —se dijo Alicia mientras vagaba por el bosque— es crecer hasta volver a recuperar mi estatura. Y lo segundo es encontrar la manera de entrar en aquel precioso jardín. Me parece que este es el mejor plan de acción.

Parecía, desde luego, un plan excelente, y expuesto de un modo muy claro y muy simple. La única dificultad radicaba en que no tenía la menor idea de cómo llevarlo a cabo. Y, mientras miraba ansiosamente por entre los árboles, un pequeño ladrido que sonó justo encima de su cabeza la hizo mirar hacia arriba sobresaltada.

Un enorme perrito la miraba desde arriba con sus grandes ojos muy abiertos y alargaba tímidamente una patita para tocarla.

—¡Qué cosa tan bonita! —dijo Alicia, en tono muy cariñoso, e intentó sin éxito dedicarle un silbido, pero estaba también terriblemente asustada, porque pensaba que el cachorro podía estar hambriento, y, en este caso, lo más probable era que la devorara de un solo bocado, a pesar de todos sus mimos.

Casi sin saber lo que hacía, cogió del suelo una ramita seca y la levantó hacia el perrito, y el perrito dio un salto con las cuatro patas en el aire, soltó un ladrido de satisfacción y se abalanzó sobre el palo en gesto de ataque. Entonces Alicia se escabulló rápidamente tras un gran cardo para no ser arrollada, y, en cuanto apareció por el otro lado, el cachorro volvió a precipitarse contra el palo, con tanto entusiasmo que perdió el equilibrio y dio una voltereta. Entonces Alicia, pensando que aquello se parecía mucho a estar jugando con un caballo percherón y temiendo ser pisoteada en cualquier momento por sus patazas, volvió a refugiarse detrás del cardo. Entonces el cachorro inició una serie de ataques relámpago contra el palo, corriendo cada vez un poquito hacia adelante y un mucho hacia atrás, y ladrando roncamente todo el rato, hasta que por fin se sentó a cierta distancia, jadeante, la lengua colgándole fuera de la boca y los grandes ojos medio cerrados.

Esto le pareció a Alicia una buena oportunidad para escapar. Así que se lanzó a correr, y corrió hasta el límite de sus fuerzas y hasta quedar sin aliento, y hasta que los ladridos del cachorro sonaron muy débiles en la distancia.

—Y, a pesar de todo, ¡qué cachorrito tan mono era! —dijo Alicia, mientras se apoyaba contra una campanilla para descansar y se abanicaba con una de sus hojas—. ¡Lo que me hubiera gustado enseñarle juegos, si... si hubiera tenido yo el tamaño adecuado para hacerlo! ¡Dios mío! ¡Casi se me había olvidado que tengo que crecer de nuevo! Veamos: ¿qué tengo que hacer para lograrlo? Supongo que tendría que comer o que beber alguna cosa, pero ¿qué? Este es el gran dilema.

Realmente el gran dilema era ¿qué? Alicia miró a su alrededor hacia las flores y hojas de hierba, pero no vio nada que tuviera aspecto de ser la cosa adecuada para ser comida o bebida en esas circunstancias. Allí cerca se erguía una gran seta, casi de la misma altura que Alicia. Y, cuando hubo mirado debajo de ella, y a ambos lados, y detrás, se le ocurrió que lo mejor sería mirar y ver lo que había encima.

Se puso de puntillas y miró por encima del borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los ojos de una gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia ni a ninguna otra cosa.