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El fantasma solo llama una vez - Jane Sherrod Singer

Lea este relato desde el punto de vista que más convenga a su fantasía. Si es un admirador de Alfred Hitchcock, es posible que su extraño final le haga reír entre dientes. Pero si, por el contrario, está usted de acuerdo con Shakespeare en aquello de que «existen más cosas en el cielo y en la tierra... que las que pueda imaginar nuestra mente», entonces permítame que me apresure a asegurarle que este caso real fue investigado y debidamente reconocido como auténtico por miembros de la Sociedad Británica para la Investigación Psíquica.

Aquellos lectores amantes de indagar sucesos inexplicables en el reino de lo sobrenatural deben hacer una pausa para reflexionar..., y aquellos otros que deseen relajarse con la lectura del siguiente relato deben ser precavidos con algunas páginas capaces de poner los cabellos de punta.

Los hechos registrados, acaecidos el 26 de mayo de 1897, y recogidos por sir Anthony Wister, son los siguientes:

Dado que soy una persona de espíritu metódico y lógico, he decidido empezar por el principio de esta cadena de sucesos en vez de sobrecoger inicialmente al lector con aquellos detalles ambientales y terroríficos que se presentaron, por desgracia, casi al final de la muy corta vida de Ernest Melbourne.

Para ser un conservador, Ernest era, a sus veinticinco años, un joven de acentuada personalidad. Me imagino que algunos lo describirían como un poco petimetre, pero yo, en cambio, más bien admiraba su melindrosa forma de vestir y su inmaculado acicalamiento, sobre todo después de llegar a conocerlo profundamente como amigo. 
 
Dado que pertenecíamos al mismo club, a menudo estábamos juntos, y como los dos nos interesábamos más por la gente, la conversación y las ideas, que por aquellos juegos aburridos y silenciosos como el ajedrez y el whist, solíamos enfrascarnos en profundas y eruditas conversaciones.

En muchos sentidos éramos muy parecidos y, sin embargo, demasiado diferentes. Ernest era un gran aficionado a la música, lo mismo que yo, pero su entusiasmo no pasaba la frontera de la admiración, mientras que yo, por el contrario, me había visto obligado a sujetar un violín bajo mi beligerante y poco colaboradora barbilla como parte de mi educación juvenil. 
 
Ernest era un gran connaisseur de excelentes manjares y exquisitos vinos, aunque esta cualidad era más bien una pasión que había aprendido y cultivado, mientras que mis gustos en este aspecto no pasaban de simples inclinaciones a la buena cocina. 
 
En resumen, gracias a su inteligencia, espíritu observador, jactancia e incluso astucia, Ernest Melbourne se elevó de un nivel social bastante bajo, empleando las más sutiles maquinaciones, hasta llegar al mismo círculo social en el que yo me introduje sin desearlo, como uno de los derechos de mi noble cuna.

A excepción de nuestra ascendencia y tradiciones familiares, ambos teníamos muchas cosas en común, incluyendo el hecho de que nos comportamos una vez, sólo una vez, como unos insoportables tumbacuartillos. 
 
Sin revelar el nombre de la dama, Ernest me contó con amargura que había abandonado a una linda muchacha que lo amaba profundamente, después de haber abusado ignominiosamente de su generoso cuerpo. Se trataba de una camarera que trabajaba en la taberna de su padre. 
 
De los detalles de esta historia me enteré una noche en que ambos habíamos bebido más de la cuenta y en la que me contó, además, cómo había ascendido de su bajo estrato social hasta nuestra clase de élite. 
 
Impresionado por aquella confidencia de mi amigo, que demostraba su confianza en mí, yo también le revelé un secreto, es decir, que había roto el compromiso que mi padre arreglara para casarme con una duquesa, tan bella y encantadora que muy a menudo era invitada al Palacio de Buckingham. 
 
Después de un espantoso, aunque justo, altercado con mi padre, me marché de la casa solariega, mientras que la que debía haber sido mi esposa abandonó Inglaterra para ir a mitigar su desilusión y su dolor en los Alpes suizos.

El único motivo que me lleva a mencionar mi vergonzosa conducta es el de exponer otra razón por la que Ernest y yo nos hicimos tan íntimos amigos, unidos por tan dispares historias, secretos y admiración recíproca: él apreciaba mi privilegiada situación en la vida, y yo le ayudé en su tenaz y acertada aspiración de ingresar en mi estrato social.

Recuerdo perfectamente los sucesos que se desarrollaron poco antes de aquella horrible noche del 26 de mayo, ya que el día 24, Ernest y yo comimos en el club, mientras refunfuñábamos de aquella eterna llovizna que mantenía a toda Inglaterra húmeda, fría y mojada; luego nos enfrascamos en una conversación en la que discutimos acaloradamente.

El tema de la misma era demasiado trivial. Un amigo común, aunque considero más justo el llamarle una amistad casual, había muerto, y nuestra discusión estribaba en si debíamos o no arriesgarnos a asistir a sus funerales y agarrar un resfriado. Durante nuestra conversación intercambiamos nuestras posiciones como dos niños en el juego del columpio. 
 
Según mi punto de vista, sostenía que debíamos a sir Gilbert nuestro último homenaje, mientras Ernest argumentaba que odiaba los funerales, fueran en el sitio que fuesen, pero sobre todo en Kensington. Dio a entender que había una cierta razón.

Luego, una vez que hubo paladeado su pierna de cordero fuertemente condimentada, dulcificó su voz e insistió en que debíamos asistir al funeral. Confieso sinceramente que me encolericé, ya que al comprobar los astutos razonamientos de mi amigo no pude dominar mis nervios. 
 
Era obvio que Ernest, por otra parte, se daba cuenta de que mucha gente importante asistiría a aquel funeral y tendría la oportunidad de codearse con aristócratas, y conquistar así otro puesto más dentro de la alta sociedad británica.

Por un instante lo aborrecí, ya que pretendía aprovecharse de un funeral en beneficio suyo; pero cuando salimos del club aquella noche, volvimos a ser tan amigos como siempre. Al final nos pusimos de acuerdo en que Ernest asistiría al funeral a pesar de su aversión por la fría y oscura iglesia de Kensington y su húmedo cementerio, en el que las tumbas estaban cubiertas de losas de mármol negro, y en las que se podían leer los hechos importantes llevados a cabo en vida por sus fenecidos y actuales ocupantes.

Pero incluso en el cementerio de Kensington había cierta discriminación social entre su inmóvil población de cadáveres, ya que los condes y los duques, los ricos banqueros y los poderosos industriales, se hallaban en suntuosos panteones familiares a ambos lados de la puerta principal de la iglesia, mientras que, en la parte posterior de la misma, bien ocultos por una empalizada, se hallaba el último lugar de reposo de las almas menos importantes; quizá no menos en el sentido de la humanidad, pero sí ciertamente en cuanto a su posición social, prestigio y la suficiente cantidad de dinero como para reposar en un panteón bajo una marmórea losa sepulcral exquisitamente esculpida y engalanada.

El 26 de mayo fue una jornada tan miserable como lo habían sido los diez fríos y húmedos días anteriores. Por ello me quedé en casa no sin cierto regocijo, ordené a Hugh, mi ayuda de cámara, que me trajera la merienda con una buena taza de hirviente té indio, y comencé a leer las tediosas cláusulas del testamento de mi padre. 
 
En ese momento, acudió a mi mente la imagen del pobre Ernest, saludando y haciendo reverencias, siendo presentado a personas importantes de la aristocracia, y fijándose cuidadosamente, muy cuidadosamente, en sus rostros, con el fin de poder recordarlos en una futura gala de ópera o de teatro. 
 
A lo mejor Ernest estaba, en aquel preciso instante, besándole la mano a alguna hermosa y joven duquesa que, quizá, en un día no muy lejano, le aportaría una rica dote y un tierno cariño de esposa. «Pues no me importa si Ernest se divierte en este momento —pensé—, al menos, mañana no tendré un fastidioso resfriado y una roja nariz goteando moco»; y arrojé otro tronco al fuego de la chimenea.

Alrededor de las cinco de la tarde, el cielo parecía tan plomizo como en pleno invierno. Hugh me sirvió mi tradicional copa de jerez y le volví a repetir mis instrucciones de que pensaba cenar en mi biblioteca.

La cena fue más bien ligera, y la intranquilidad empezó a adueñarse de mi mente. Traté de leer un libro, pero las palabras carecían de significado. Entonces pensé en relajarme, ya que recordaba que esta práctica, tan recomendada por los médicos, estaba muy indicada en los momentos de tensión nerviosa.

Como solía hacer en aquellas tardes en que me quedaba en casa, me puse mi horrible pero confortable batín de lana, me calcé unas cómodas zapatillas de cuero que en otras ocasiones mi mayordomo había intentado tirar a la basura, lamenté no tener un mastín para que se acostara junto a mi chimenea, a mis pies, y me puse a cargar una pipa con refinado y amoroso cuidado.

Debía haberme quedado adormecido con el libro en mi regazo, cuando Hugh me despertó para anunciarme que me llamaban por teléfono. Perezosamente cogí el aparato.

Una voz frenética al otro extremo del hilo me dijo que acudiera inmediatamente, que era muy urgente. No había un minuto que perder. Mi amigo, Ernest Melbourne, se hallaba al borde de la muerte. En realidad, continuó diciéndome aquella voz desconocida para mí, está economizando el aire que respira en un esfuerzo para mantenerse vivo hasta su llegada.

Rápidamente me puse el primer traje que encontré a mano, alquilé un taxi y me dirigí a toda prisa al elegante piso de Ernest. La puerta me fue abierta por uno de mis antiguos criados, Stephen, el cual se hallaba extremadamente aturrullado hasta el punto de parecer enloquecido.

—Sir Anthony —me dijo, hecho un manojo de nervios—, es espantoso, es horriblemente espantoso. Me temo que no llegará a tiempo.

—Tranquilízate, querido Stephen —le dije, tratando de que hablara en voz baja—. Cualquier cosa que haya ocurrido, por favor, ten la bondad de mantenerte en tu sano juicio. Vamos, condúceme inmediatamente al lado de míster Melbourne.

El tono severo que empleé calmó algo a Stephen, pero cuando me conducía hacia el salón biblioteca, me empujó de pronto y rudamente hacia un lado. Me sorprendí ante aquella extraña conducta de mi excriado, pero luego comprendí que lo que pretendía era que yo no pisara una serie de huellas barrosas que conducían a la estancia donde se hallaba mi amigo.

Ernest estaba acostado en un diván. Aunque en su rostro no había ninguna señal de violencia, me costó trabajo reconocerle. Incluso hoy día me es difícil describir la transformación que se había operado en sus facciones.

Sus ojos, que generalmente miraban a todas partes plenos de curiosidad, estaban paralizados, fijos en un punto del techo, como si pendieran de él mediante dos cuerdas. Su sonrosada piel que yo, como pálido londinense, en ciertas ocasiones había envidiado en secreto, se había disuelto en un gris de cal apagada. Venas azules sobresalían en sus manos, muñecas y garganta, y morados verdugones cubrían sus sienes. Su lengua pendía grotescamente a un lado de su boca abierta.

Haciendo un esfuerzo para dominar mi repugnancia, me acerqué a él y le dije todo aquello que suele decirse en estos casos. «Aquí me tienes... ¿Qué te ha sucedido...? Ánimo, hombre. Vamos, cuéntame lo que te ha pasado...»

Ernest reaccionó lentamente. Un indefinido fulgor apareció en sus ojos. Después de varios intentos, al final estuvo en condiciones de hablarme de forma que yo pudiera entenderle.

—Anthony —murmuró—, debes escucharme..., pero, sobre todo, debes creer en mí, debes creerme.

Luego permaneció en silencio, sofocado, tosió y trató de incorporarse. Cogí una almohada y se la puse a la espalda, mientras le decía en voz baja a Stephen que fuera inmediatamente a buscar un médico. La retirada del criado fue sumamente ruidosa, pues tropezó con una silla y se cayó al suelo. Pero Ernest se hallaba muy lejos de la realidad para darse cuenta de ello.

Me senté cerca de mi amigo, mostrándome tan afectivo como un elefante macho intentando cuidar una liebre herida. Yo sabía que Ernest no debía agotarse hablándome, pero eran tan intensos los pensamientos que en aquellos instantes torturaban su mente que no tuve más remedio que permitírselo.

—Anthony —murmuró Ernest—, debo ser breve. Me queda muy poco tiempo de vida. Escucha atentamente lo que voy a decirte. Y, en nombre de Dios, créeme.

Después de una breve pausa, continuó.

—Fui al funeral de sir Gilbert. Fue espantoso. Tú sabías que yo no quería ir, pero no sabías por qué. Gladys, el amor del que renegué, la chica a quien abandoné, yace en una tumba del cementerio de Kensington... Estaba aún lloviendo cuando sacaron el ataúd de sir Gilbert de la iglesia. Permanecí allí mojado y helado de frío. De repente, guiado por los remordimientos o quizá empujado por el mismo demonio, me hallé explorando el cementerio, pisando aquel terreno sucio y fangoso, buscando algo, una flor de lis, una rosa, algo que fuera bello, fresco y joven. De pronto vi un seto vallado en el que había una entrada que daba a otro cementerio en el que las losas sepulcrales estaban muy cerca unas de otras... Anthony, ¿me estás escuchando?

Alargué mi mano y le cogí la suya, pero, no queriendo distraer sus pensamientos, permanecí en silencio. Vi que el rostro de Ernest se relajaba, cerró la boca y un alarmante color de cera se extendió por su piel. Después de unos instantes continuó.

—Empujado por una fuerza misteriosa, me dirigí a la tumba más insignificante, más raída, más pobre de todas. La losa sepulcral ostentaba el número 298, y gotas de lluvia caían al suelo desde el punto en el que estaba esculpido el nombre de Gladys Moore..., mi Gladys que tanto me había amado hace muchos años.

Evidentemente, comprendía el dolor y la pena de Ernest, sin embargo, me parecía imposible que la vista de la tumba de su querida Gladys hubiera podido causarle aquel espantoso daño físico. Ernest continuó hablando, pero cada vez más rápido, como si considerara que el tiempo estaba en contra de su reserva vital y de su monólogo.

—El temor más espantoso se apoderó de mí. Mi primer impulso fue sacar inmediatamente el ataúd de aquel lugar tan deprimente y colocarlo en aquella parte del cementerio reservada a la gente ilustre para que así la tumba de mi Gladys ocupase el mejor sitio de todos; pero este noble pensamiento se me borró en el acto para ser sustituido por otro: si la gente llegara a enterarse de mis antiguas relaciones amorosas con una tabernera, todos mis proyectos se vendrían a tierra, todo aquello por lo que había luchado durante toda mi vida quedaría arruinado.

Un suspiro estremeció el cuerpo de mi amigo. Después de una pausa, Ernest continuó:

—Cuando regresé a casa, Stephen me sirvió la comida. No tenía apetito, por lo que le ordené que retirara los platos, limitándome a beber tres copas de oporto. Creo que me quedé dormitando durante varias horas. Cuando me desperté, tuve la sensación de haber sido drogado, o sometido a un trance hipnótico. Luego sentí la necesidad de telefonear a alguien. ¡Cogí el aparato y marqué el 298 de Kensington! Después de un corto tiempo, una voz de mujer contestó. Sonaba como si estuviera muy lejos, aunque sus palabras eran perfectamente audibles. La voz dijo: «Oh, amor mío, qué gentil has sido en telefonearme. He estado mucho tiempo esperando esta llamada. Iré inmediatamente a verte».

Miré asombrado a Ernest. La habitación pareció llenarse de repente de un aire viscoso y estancado. Sentí que se me contraía la piel y se erizaban mis cabellos cuando oí aquel horroroso relato. Ernest movía la cabeza a un lado y otro sobre la almohada, como tratando de luchar con aquellos pensamientos que torturaban su mente.

—Me senté en el sillón y esperé —continuó mi amigo—. ¿Esperar qué? No lo sabía en aquel momento. Entonces oí que la puerta principal se abrió completamente, a pesar de que Stephen siempre la tenía cerrada. Las cortinas empezaron a agitarse como la vela de un barco, al mismo tiempo que una corriente de aire helado penetraba en mi habitación. Luego sentí un penetrante olor de moho, de tierra y de humedad. Vestida de blanco, llegó ella...

La voz de Ernest se quebró. Su rostro se volvió azulado; empezó a dar boqueadas; sus ojos se revolvieron. Como nunca había visto morir a nadie, me sentí estupefacto, fascinado, profundamente asustado, incapaz de gritar pidiendo auxilio. Su cuerpo se puso tieso y luego cayó hacia atrás. Cogí mi pañuelo y cerré cuidadosamente aquellos ojos fijos y brillantes.

Entonces llamé..., bueno, temo que empecé a gritar llamando a Stephen. El rostro de este reflejaba palpablemente su aflicción y ansiedad. Le rogué que telefoneara a un médico y a la policía.

Mientras esperaba al lado de mi amigo muerto, me puse a observar cuidadosamente la habitación.

En línea directa desde la puerta al sillón favorito de Ernest estaban aquellas huellas fangosas de pasos que Stephen me había impedido pisar hacía unos instantes. Me levanté para estudiarlas más cuidadosamente. Entonces vi horrorizado que en las pelusas de la alfombra que cubría el suelo de madera, estaban grabadas las huellas inconfundibles de unos zapatos de mujer.

Los crímenes van sin firma - Adolfo L. Pérez Zelaschi

En la vida, lo principal es ser inteligente. Por eso, cuando el croupier se llevó mis dos últimas fichas de quinientos y decidí matar a mi socio Froebel —como lo tenía meditado—, hube de hacerlo de manera inteligente. Es decir, en la misma forma como había distraído de las cuentas sociales —yo atiendo los asuntos administrativos y contables, en tanto que Froebel anda de aquí para allá ocupado con los clientes— varios miles de pesos al año, los que hasta entonces repuse realizando negocios por mi cuenta y también inteligentes.

Pero ahora Froebel sospechaba algo. En esos días lo vi revisar los libros, y cerrados con aire vacilante. Sin duda no entendía nada, porque yo complicaba a propósito la contabilidad, y él no conoce estas cosas. Con todo, dijo a Lys —nuestra secretaria, la única empleada que tenemos— que quería revisar él mismo los resúmenes de cuenta corriente que trimestralmente nos enviaban los bancos. 

Tal vez él llevara alguna contabilidad sumaria como la de los almaceneros, con sólo dos columnas, una de pagos y otra de cobros, pero suficiente para mostrarle una diferencia entre el saldo real de banco y el que debiera haber: unos cuarenta mil pesos. Es decir, el importe de un Chevrolet 45, que yo había comprado en esa suma y para el cual, previos reajuste y pintura generales, tenía ya un comprador que pagaría cincuenta y tres mil pesos. 

Repuesto el dinero social, quedarían para mí alrededor de siete mil de ganancia. Negocios como éste había realizado muchos, y prueban que la inteligencia es lo principal para que triunfe un hombre. Lo malo es que Froebel, como digo, comenzó a sospechar. Por lo tanto, más valía prevenir que curar.

La nuestra era una sociedad a medias: de él eran los tres cuartos del capital y la totalidad de las relaciones comerciales que nos servían para ir adelante. Hubiera sido un mal negocio que se enterase de todas estas cosas y disolviera la sociedad, con lo cual desaparecerían para mí oportunidades como las que anoté. Por otra parte, Froebel no tenía más herederos que dos viejas hermanas solteras. Eran buenas amigas mías y podría convencerlas para que siguieran en sociedad conmigo. ¡Entonces sí que habría buenas ocasiones para un tipo inteligente!

Froebel se fue a Montevideo el 20 de junio, sin haber podido verificar sus sospechas, y diciéndome que estaría allí más de un mes. Por si acaso, y para ver si podía evitar darle el último pasaporte, no bien tomó el avión para Montevideo, yo hice lo mismo con el expreso a Mar del Plata. 

Llevé diez mil pesos, que convertí en fichas grandes y un juego que no me había fallado casi nunca: jugar fuerte a dos decenas —o columnas— luego de esperar que la restante se dé dos veces seguidas, pues casi nunca se repite la columna o decena que ya salió en dos ocasiones. Se gana poco, es cierto —la mitad de lo jugado—, pero apostando fuerte y con inteligencia, y con nervios de chino, se pueden levantar hasta cinco o seis mil pesos por noche. 

Salió primera y primera... Jugué. Y otra vez primera. Me llevaron las fichas y esperé un rato. Se dio tercera y tercera. Volví a jugar..., y otra vez tercera. Primera, primera... Coroné con mil..., y de nuevo primera. Y la mala racha siguió. Perdí los diez mil pesos que había traído... y el negocio del automóvil sólo se haría después que volviera Froebel de Montevideo. Ni siquiera podía buscar otro comprador, porque me habían dado seña, precisamente esos diez mil pesos que había perdido.

No tuve, pues, culpa en la muerte de Froebel. Las responsables fueron la ruleta y la mala suerte. Siempre me había salido “cara” la taba. Era natural que alguna vez me mostrara el otro lado.

Pero todo tiene remedio para una persona inteligente. Matar a Froebel era fácil, pero yo sería acusado enseguida y, aunque saliera indemne, nadie pasa por los juzgados del crimen sin dejar alguna sospecha para los demás. Además, los clientes de la firma no eran amigos míos sino de Froebel, y el solo conocimiento de que me enredaban en un sumario haría que huyeran del socio supérstite como una bandada de patos del fusil del cazador. Así no me convenía la muerte de Froebel, que sólo beneficiaría a los competidores.

Pero, naturalmente, un tipo inteligente o posee recursos o los inventa. Matar a un hombre, no es difícil —cualquier imbécil lo hace— y si uno mata a cualquier persona, la policía no dará jamás con el criminal, a menos que éste deje su tarjeta de visita prendida con un alfiler en una de las solapas de la víctima. 

Lo que descubre a un asesino no son las pistas, ni los rastros, ni nada de eso, sino su conexión —visible, disimulada u oculta— con la víctima. Así, si después de ese cualquiera se liquida también a otro cualquiera, la policía se desorientará todavía más y, si por último, se mata a Froebel, es otro cualquiera y no Froebel, es decir, no Froebel vinculado conmigo, sino con los dos cualesquiera anteriores, que no poseían relación alguna conmigo, salvo la de haberlos mandado al otro mundo, y esto será así con mayor fuerza si uno deja en cada caso un rastro evidente, una marca de fábrica, digamos así, lo bastante extravagante como para que esas muertes se entrelacen aparentemente entre sí. 

Creado un vínculo artificioso entre las tres, el verdadero quedaría oculto, y con ello, oculto también el criminal. Una acusación contra mí parecería el recurso de policías desesperados por dos fracasos anteriores, pues aunque probaran alguna conexión entre la desaparición de Froebel y mi provecho, no podrían esclarecer la más remota entre éste y los dos primeros asesinados. Bien.

No recuerdo dónde leí que lo mejor para partir un cráneo como si fuera un huevo es una cachiporra flexible y barata, que se construye dando a un lienzo fuerte la forma de un tubo largo y estrecho, y llenándolo con arena de Montevideo. Así lo hice, agregándole un buen peso de municiones y una pequeña bola de plomo en el extremo. Resultó una varilla bastante pesada, pero muy cómoda para llevar atada a la cintura, donde resulta tan discreta como una monja.

Como vivo solo y salgo frecuentemente, nadie podía sorprenderse de que esa noche no volviera a mi departamento. Fui a un cinematógrafo, bebí un café después de la salida —era ya medianoche— y tomé un ómnibus cualquiera, que resultó ser el 126, pero cuyo número no elegí, y cuando éste pasaba por un barrio que me pareció solitario —Escalada y Directorio— descendí. 

Era una larga calle de barrio, flanqueada por casas bajas, arbolada y sombría, donde a esa hora no transitaba un alma. Caminé unas cuadras al azar. Por fin vi a un hombre que salía de un despacho de bebidas, abrigado apenas el cuello por una bufandita y sin sombrero. 

Lo seguí silenciosamente, pues me había puesto zapatos de suela de goma. El pobre diablo iba con frío a pesar de la tranca, las manos hundidas en los bolsillos y levantando los pies algo más de lo necesario, con ese paso livianito de los borrachos.

Pude tomar todas las precauciones, avalar lo solitario de la calle, descorrer el cierre de la correa, sopesar la cachiporra... Pobre diablo. Cayó como si se hubiese dormido mientras caminaba. Arrojé junto a él un número de “L'Europeo”, revista de la cual había comprado tres ejemplares unos días antes en distintos puestos de venta, y con el mismo paso, sin apresurarme, di vuelta a la primera esquina, a la segunda, a otra más...

Los diarios de la mañana destinaron poco espacio a este crimen, los de la tarde fantasearon algo, y la policía, como lo preví, quedó a ciegas.

Ocho días después volví a prender la cachiporra bajo el abrigo, metí el segundo ejemplar de “L'Europeo” en el bolsillo, fui a otro cine, tomé otro café en otra parte, otro ómnibus, bajé en Un lugar de Villa del Parque, allá por la vieja avenida Tres Cruces, donde sólo andaban los gatos y el fino y cortante viento de la madrugada, y le hundí la cabeza a un tipo gordo y calvo, que volvía a su casa resoplando de frío y de cansancio, y sobre cuyo cadáver dejé “L'Europeo”, mi marca de fábrica.

¡Entonces sí que hablaron los diarios! Desde la hipótesis de una venganza corsa, emitida por “Crítica” —para lo cual el número de “L'Europeo”, a pesar de no editarse en ninguna ciudad de Córcega, le servía muy bien—, y la revelación de que existía en Buenos Aires una organización anarquista, lanzada por “El Pueblo”, hasta la prueba de que se trataba de una obra de refugiados fascistas, ofrecida por “La Hora”, se barajaron cien fantasías. 

La policía no pudo establecer conexión alguna entre un muerto y otro, ni, por tanto, entre un crimen y otro. El primero había sido un pobre diablo, tranviario jubilado, sin más familia que un perro y las botellas; el segundo resultó un catalán, propietario de una mercería en Villa del Parque, hombre acomodado, sin enemigos, casado en segundas nupcias y sin hijos.

Naturalmente, de revisar mi departamento, hubieran hallado el Otro ejemplar de “L'Europeo”, la cachiporra y hasta los boletos de los ómnibus que tomé esas dos noches, pero ¿por qué habrían de hacerlo? Yo era uno más entre cinco millones de habitantes de Buenos Aires que tenían las mismas probabilidades que yo de ser sospechosos.

Entre tanto, concurría como siempre a mi oficina. Estaba preparado para esto y así en menos de una semana —sin exceder en un minuto mis jornadas habituales de labor, sin entrar a deshoras, sin licenciar a Lys— arreglé los libros de modo que, una vez muerto Froebel, nadie pudiera descubrir nada. Vivo él, sin duda comenzaría a recordar fechas, hechos y nombres que sólo conocíamos los dos, y entonces saldría a flote que los asientos y contrasientos, tal como los dejé, no eran los que él habla visto antes de viajar a Montevideo. 

Pero para un extraño nada quedó en los libros fuera de lo natural, o, por lo menos, de lo explicable con las normas, mejor dicho, con las triquiñuelas lícitas de que debe valerse una empresa pequeña como la nuestra, de medianos recursos, y uno de cuyos atareados socios lleva los libros.

Froebel regresó contento. Inferí que había cerrado por su sola cuenta y con su propio dinero dos o tres buenos negocios, y el que no me hablara de ellos significaba que tarde o temprano me pediría la disolución de la sociedad. Desgraciadamente para él.

Y digo desgraciadamente porque dos noches después de su llegada me aposté en la esquina de su casa, bajo las altas y heladas acacias de hojas perennes que ensombrecen la calle como grandes paraguas negros, y esperé a que saliera.

Sabía que lo hacía siempre: a las diez y media terminaba metódicamente su cena, a las once u once y cuarto se encaminaba al club, donde jugaba hasta las tres de la mañana.

Por suerte la noche era oscura, de modo que pude permanecer bajo la ancha sombra de las acacias como si esperase a alguna sirvienta que deja su trabajo después de comer. Era, por lo demás, un barrio señorial y tranquilo, de grandes casas burguesas y casi ningún peatón.

Como uno es un tipo inteligente, llevé conmigo un pequeño receptor de radiotelefonía de esos que se llevan en el bolsillo para escuchar los programas. Era una precaución más. “Vea, oficial, yo anoche me quedé en casa oyendo la radio.” El oficial sonreiría: “Ah, muy interesante...” y de pronto, incisivamente: “¿Y qué es lo que oyó entre las diez y las doce?” “Espere usted... ah, sí: oí a los hermanos Abalos a las diez, y después, sí, unos discos de Alberto Castillo.” “¿No recuerda cuáles?” “Sí, fueron “Charol”, “Uno”, también otro sobre los barrios porteños...” Esto era casi imposible saberlo sin haberlo oído, como efectivamente lo escuchaba a la máxima sordina, pegando el receptor a mi oído.

A las once —en ese momento Castillo cantaba “Charol”— se abrió la forjada puerta de hierro. Froebel se envolvió en la bufanda y echó a andar hacia la Avenida Cabildo, que centelleaba tres o cuatro cuadras más abajo. Descorrí el cierre y lo seguí. El caminaba despacio, con satisfechos y pesados pasos, gozoso de su comida y de sus vinos que, efectivamente, eran muy buenos. 

Ni siquiera me oyó llegar: se derrumbó lentamente, como si se acostara a dormir. Nada mejor que repetir una cosa para lograr la perfección. Dejé “L'Europeo” al lado del cuerpo y me alejé a buen paso, doblando esquina tras esquina hasta que llegué a Barrancas de Belgrano diez minutos después, y tomé un tren casi vacío. Regresé a mi casa a medianoche, sin tropezar con nadie. Al receptor y a la cachiporra los arrojé al Riachuelo.

Realmente, estaba satisfecho. Aquellos dos primeros muertos se encadenarían a éste —y al cuarto, desde luego—, de tal manera que la policía y los diarios, alucinados por la similitud aparente —mejor dicho real, pero conducente a una semejanza engañosa— de los tres casos, darían vueltas en el vacío. 

Yo me hallaba en la situación de cualquiera de los parientes, amigos o conocidos de Froebel. Conocía a uno solo de esos hombres, pero no a los otros dos. La policía buscaría al hombre relacionado con los tres. Ese hombre, desde luego, no era yo. En realidad, no existía. Y si aceptaban la teoría del asesino maniático, yo, reconocidamente cuerdo, no podría ser culpado con mayor razón que tantos otros.

Todo salió como lo pensé. Interrogaron a Lys, a las hermanas de Froebel, a sus amigos, a mí, a nuestros clientes. Nada apareció. Aquel ejemplar de “L'Europeo” alucinaba a todos. Un redactor de “Noticias Gráficas” tejió una íntegra teoría en torno a él, pues, por distintos caminos, y por pura y retorcida casualidad, esos tres hombres se unían en un punto: Alemania. 

Froebel era alemán, de Baviera; la mujer del hermano del dueño del bar de donde salió el borracho era alemana, de Brandenburgo, y el principal fiador del mercero de Villa del Parque era también alemán, del Palatinado. En torno de eso, y mezclándolo bien con una dosis de espionaje, dos gotas sobre los funerales de Hitler, medio vaso acerca de la desvalorización del marco, otro medio sobre la República de Weimar y un poquito de Italo Balbo resultó un lindo cóctel. 

Esa noche la edición sexta del diario, agotada en las paradas principales, no alcanzó a llegar a muchos barrios. Al día siguiente se pagaba hasta un peso por ejemplar con la historia del “Triple misterio alemán”. Yo me divertí bastante.

Naturalmente, las cosas no podían quedar así. Si Froebel era el último muerto, cualquier azar podría ponerme en evidencia, más cuando quedaría, según pensaba, como agente y socio a la vez de la firma. Si nadie había aprovechado las otras dos muertes, yo usufructuaría brillantemente la tercera, y eso era casi tan peligroso como pararse delante del blanco cuando un maestro tirador dispara sobre él. En esta situación —y en la mía— no conviene exponerse demasiado.

Por eso, cuando las cosas se calmaron, fabriqué otra cachiporra, y una noche de perros —lluvia y viento del este— salí de la casa para seguir el camino de siempre: Un restaurante, un cinematógrafo, un bar, un ómnibus, una calle solitaria y apagada, otra calle solitaria, en pleno Flores... Un hombre caminaba delante de mí, solo, mojado y propicio. Abrí de nuevo el cierre de la cachiporra... y entonces me iluminaron dos linternas, cuyos haces se cruzaron sobre mí. Los imbéciles de la policía me habían seguido.

*  *  *

—Esto es lo que confesó Juan Bernal, amigo Pérez Zelaschi, porque no tenía más remedio. Ahí terminó el caso del “Triple misterio alemán”.

—¿Y esto fue todo, Leoni?

El inspector Leoni sonrió. Cuando lo hacía se parecía mucho a un Buda gordo, calmo y lustroso, pero santiagueño.

—Tres asesinatos y otro en puerta… ¿Le parecen pocos?

—No me refiero a eso sino a la pesquisa.

Estábamos en la cocina de su casa, llena, a esa hora lluviosa y caída de la tarde, por el aceitoso aroma de las tortas que freía la patrona. Leoni llenó el mate. Sólo cuando sobre la boquilla floreció un apretado copete verde, me contestó.

—Los tipos inteligentes sólo hacen macanas; guerras, revoluciones, libros, teorías raras, crímenes, bombas atómicas… No sirven para nada, pero se creen superiores. Bernal era uno de esos. Menos mal que la humanidad está compuesta por tontos o por pobres diablos, como usted y yo... Bien. 

Los muchachos de la Federal estaban despistados, lo confieso. Casi tanto como el de “Noticias Gráficas”. Investigaron por todos lados, tratando de relacionar al tranviario con el catalán, pero no salieron ni para atrás ni para adelante... Entonces al subcomisario de la 23 se le ocurrió que se tratara caso por caso, es decir, como si entre uno y otro no existiera lazo de unión alguno. Al jefe le pareció bien y así se hizo, al principio sin resultado. 

Bernal nos desorientó sólo en cuanto a los resultados, pero no alcanzó a constreñimos a un método único. Quiso vencernos por pura teoría, pero se olvidó de que hay muchachos de la Federal que llevan treinta y cinco años en Moreno al 1500. Cuando se produjo el tercer asesinato volvimos a investigar con los dos métodos, es decir, tratando de vincularlo con los anteriores y también como si fuera un caso aislado. 

Y así supimos unas cuantas cosas: que Bernal tenía sus asuntitos, que había jugado fuerte a la ruleta (la policía del Casino es especialista en manyamiento), que esos pesos habían salido de una seña dada por un automóvil comprado con plata sospechosa, etc. Un sábado y un domingo enteros, dos ex inspectores de la Dirección Impositiva revisaron los libros y, como estaban sobre aviso, hallaron cosas que a cualquiera se le hubieran escapado. Nada ilegal, pero sí poco claro. 

Por entonces aun no sospechábamos de Bernal más que de otros, pero pronto encontramos que aquí, en el caso Froebel (no en éste y los otros dos, como Bernal supuso que pensaríamos), nos pareció el más probable asesino. Le pusimos vigilancia, y vimos que hacía algunas compras: municiones en una ferretería, dos pedazos de plomo en otra, y otras cosas raras... Raras para nosotros y en su caso, por supuesto. Esa noche —y otras que él no advirtió— yo y dos más lo seguimos. 

Estuvimos en el cine, el bar, el ómnibus y después, saliendo de detrás de una esquina, me puse a caminar delante de él. Y colorín, colorado, el cuento se ha terminado. Bernal se perdió por querer terminar su obra demasiado bien, con demasiada inteligencia. 

Un cuarto crimen quizás hubiera desviado nuestra labor. ¡Lástima que hayan levantado el presidio de Ushuaia! Está en Santa Rosa con cadena perpetua. Ahora decora lapiceras con sedas de colores. Ya ve para qué le sirvió su inteligencia. Tipo zonzo...

El mate restalló en una serie de pequeñas burbujas. Leoni lo cebó otra vez.

—¿Y la moraleja, Leoni?

Leoni volvió a sonreír, con su media sonrisa parecida a la de Hipólito Irigoyen.

—No sé… Se me ocurre que podría ser: No hay que firmar los crímenes o algo así. Ahí tiene un lindo título para un cuento.

—Me parece bueno: Los crímenes van sin firma. Gracias, Leoni.