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Prueba Espacial - Jürgen Andreas

Cuando el generador de inducción del Silverhorse explotó, sólo un bote de salvamento había aban­donado la zona de peligro. Era la menor de las lan­chas espaciales, y en ella no iban más que seis per­sonas. Pero algo fallaba en la impulsión. Kenbroke tuvo su trabajo para llegar a un planeta cercano y aterrizar. Era aquél un mundo desierto: únicamente algunas estepas de hierba amarillenta interrumpían el desnudo paisaje rocoso. No parecía haber vida, al menos en formas de cierta importancia. Sin em­bargo, los supervivientes de la catástrofe espacial tuvieron la fortuna de hallar aire respirable. Era imperioso reparar la avería si querían regresar a la civilización humana, pero había dificultades...

***** 

Era la hora del crepúsculo, y el grupo se había reunido en la amplia tienda instalada al pie de la lancha. Una larga linterna sujeta en el centro, bajo el techo de lona, les proporcionaba la luz necesa­ria. Las seis personas permanecían sentadas, en parte, sobre la seca hierba del suelo, o se habían aco­modado en cajas sacadas de la embarcación.

Cinco de los seis supervivientes formaban un pe­queño círculo en cuyo centro estaba Kenbroke, de­bajo mismo de la lámpara. La dura iluminación, que dividía su rostro en zonas de luz y sombra, le daba un aspecto demoníaco.

Junto a la entrada se encontraba arrodillado Sidney Beatstone, el más joven del grupo. Había sido ayudante de cocina en el Silverhorse. A su lado es­taba acurrucada la rubia Bárbara Taylor, una es­belta joven procedente de Alstair V, que iba como pasajera en la nave. 

A la izquierda de ésta se ha­llaba Elisa Kingston, con sus grandes y serios ojos fijos en Kenbroke. Estudiaba en la Universidad de la Tierra y regresaba de las vacaciones semestrales. Era muy agraciada y, cuando reía, se formaban dos simpáticos hoyuelos en sus mejillas. Ahora, sin em­bargo, no sentía deseo alguno de reír.

El biólogo Frank Eden debía experimentar algo semejante, porque estudiaba muy ceñudo unos pa­peles, escritos con letra muy apretada, que tenía sobre las rodillas. Tampoco él pertenecía a la tri­pulación, sino que se dirigía a un congreso de Cien­cias Naturales cuando se produjo la catástrofe. 

En el hueco existente entre él y Beatstone acababa de tomar asiento el segundo ingeniero de a bordo, Allan Sinceres. Al igual que Eden, sostenía un fajo de pa­peles escritos. Por cierto que había dejado asombra­dos a sus compañeros de infortunio al preguntarles su peso exacto. Ahora volvía a sacar cuentas afano­samente.

En la tienda de campaña reinaba el silencio, sólo interrumpido por una ligera brisa que agitaba de vez en cuando la lona.

Kenbroke, quien hasta entonces permaneciera pensativo, carraspeó:

—Le ruego, señor Eden, que nos dé a conocer sus averiguaciones.

Eden apenas levantó la mirada y, en seguida, graz­nó con voz impersonal:

—Diversos experimentos realizados con los apa­ratos disponibles en el bote de salvamento han de­mostrado que la atmósfera de este planeta tiene una composición algo distinta a la que habíamos su­puesto en un principio. He descubierto que este aire contiene fracciones de un gas hasta ahora desconocido para nosotros. 

Es posible que lo produz­can las flores rojas que abundan en los campos, y que más tarde lo absorban otros agentes químicos. Algo queda siempre en la atmósfera, no obstante, y ese gas es nocivo para el metabolismo humano.

»Mis cálculos indican que las cantidades recibidas por nuestros cuerpos todavía no resultan peli­grosas, dado que son neutralizadas, pero los antí­dotos naturales no bastarán, a la larga, y no conta­mos con los medicamentos necesarios. En conse­cuencia, es necesario que abandonemos este planeta antes que quede sobrepasado el grado de satura­ción del organismo humano.

—¿Y cuándo sucederá eso, señor Eden?

—Es difícil de decir, pero creo que debemos salir ­de aquí antes de una semana.

—Bien —gruñó Kenbroke, y de nuevo se dirigió a los demás—. Esto no ofrecería dificultades espe­ciales, porque la nave está a punto, pero... Pido al señor Sinceres que tome la palabra.

—Un momento —pidió el joven ingeniero—. Qui­siera comprobar otra vez las cifras más importan­tes.

—De acuerdo —asintió Kenbroke—, si es que con­fía en que sirva de algo. Entretanto deseo exponer a todos ustedes nuestra situación, principalmente a las señoritas Taylor y Kingston.

Kenbroke extrajo un estuche de su bolsillo, to­mó un cigarro y le cortó la punta. Luego, sin prisas, se guardó la tabaquera y encendió el puro. Sólo se dignó dar las explicaciones prometidas.

—Siento tener que decir que el capitán Harber, ahora ya muerto, era un tacaño de tomo y lomo. Como quizá ya sepan, aparte de comandante era también propietario del Silverhorse, y justo es re­conocer que daba gusto trabajar a sus órdenes. En primer lugar, no fastidiaba a sus hombres y, en segundo, era un astronauta de gran experiencia. Con él se sentía uno seguro. Por complicada que fuera una situación, Harber siempre encontraba una salida. Pero, como indiqué antes, contaba cada cen­tavo. Tenía fe en su suerte, que en realidad no le abandonó hasta la catástrofe que todos vivimos. 

Por consiguiente, no comprendía por qué había de derro­char tiempo y combustible para atenerse a unos ejer­cicios espaciales obligados con los botes de salva­mento. Con esos botes que él consideraba un lastre inútil, ya que estaba convencido que nunca los iba a necesitar... El resultado fue que el aprovisio­namiento de las lanchas era muy deficiente. Ustedes mismos ven que disponemos de pocos alimentos y que no hay apenas medicamentos...

»Le importaban un comino los ejercicios espa­ciales y el defecto en el sistema de impulsión de nuestro bote no fue advertido..., o incluso se pre­firió ignorarlo. En cualquier caso yo no soy respon­sable de ello, ya que mi labor a bordo era otra.

»Ustedes recordarán, asimismo, que el mal fun­cionamiento de la nave auxiliar, que ponía en peli­gro la vida de todos, nos hizo aterrizar en este pla­neta... Y ahora prefiero que prosiga usted, señor Sinceres, si es que ha terminado ya sus cálculos.

El segundo ingeniero había abandonado sus ope­raciones matemáticas y estaba evidentemente desa­nimado. Cuando Kenbroke se volvió hacia él, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y presentó su infor­me. También Sinceres hablaba ante todo para las dos muchachas y Beatstone, ya que Kenbroke y Eden conocían la situación.

—Tuvimos gran suerte en el aterrizaje y debemos dar las gracias al señor Kenbroke, porque fue él quien, con admirable rapidez, puso en funcionamien­to las toberas de seguridad al fallar la impulsión central. Pero esto lo mencioné sólo de paso —co­menzó.

»Como ustedes ya saben, necesitamos el impulso químico para conseguir una aceleración de hasta veinte mil kilómetros por segundo, aproximadamen­te. Sólo entonces podremos llegar sin dificultad, por medio del generador de inducción, a velocidades y supervelocidades como la de la luz. 

El principio de impulsión del generador de inducción no es otra co­sa que la extracción de energía de la inversión de la polaridad de las líneas de inducción de un objeto altamente acelerado. Por debajo de la velocidad in­dicada, el generador pierde su efecto.

»Ahora ese impulso químico es precisamente la principal causa de nuestros quebraderos de cabeza. Los generadores de inducción suelen trabajar a la perfección. Es rarísimo que, como en el caso del Silverhorse, suceda algo. Y nosotros tuvimos la do­ble mala fortuna que nuestra nave auxiliar presentara una avería en el conducto de oxígeno. 

»En consecuencia, entró demasiado oxígeno en la tobera, y el sistema de impulsión comenzó a funcionar de manera irregular. En el espacio no era posible solucionar el problema. Y a causa del empuje preciso para el aterrizaje, el exceso de oxígeno produjo tem­peraturas que quemaron nuestra tobera principal, llegando a fundirla en parte. Yo logré arreglar el tubo de entrada, pero con los medios que dis­pongo no puedo reparar la tobera deformada.

»Pasemos, entonces, a las consecuencias. Para el des­pegue podemos servirnos únicamente de las toberas de emergencia. En el espacio tardaremos un par de días más en alcanzar la velocidad prevista, pero eso no tiene mucha importancia. Lo difícil es salir del campo de gravedad del planeta. La potencia de las toberas es insuficiente, porque este planeta, con sus 1,3 g, posee una fuerza de atracción mayor que la Tierra. Así es, por desgracia. Sin embargo, no quiero entretenerles más con mis cálculos, que por cierto están a disposición de quien los desee com­probar. Realmente me alegraría que alguien descubriera una equivocación a nuestro favor.

»Lo triste es que, por ahora, sólo tengo malas noticias para ustedes. Y si incluimos los estudios del señor Eden, las nuevas que puedo darles adquie­ren un carácter catastrófico. En los últimos días, y con la ayuda del señor Kenbroke, reconstruí casi por completo la nave, eliminando de ella todo lo posi­ble con tal de reducir peso. 

»Ustedes mismos nos echaron una mano en esa labor, aunque sin conocer el verdadero motivo. De nuestro vehículo no queda ahora, prácticamente, más que el esqueleto de acero con la suficiente resistencia para soportar la pre­sión, y dentro siguen algunos indispensables instru­mentos de control, las dos toberas de emergencia, el combustible preciso, el generador de inducción, provisiones para una semana..., y desde luego hay espacio para nosotros seis...

—Pero, ¡maldita sea! —continuó Kenbroke—, lo cierto es que el peso es todavía excesivo, aunque sólo sobran cuarenta kilos. ¡Cuarenta tristes kilos! Lo que intenta decirles el señor Kenbroke, es que... cuarenta kilos son, aproximadamente, el peso mínimo de un adulto. Resulta lamentable que sobre esa can­tidad justa, en vez de mil kilos o trescientos gra­mos. Pero la cosa no tiene remedio, seríamos ton­tos de no extraer de ella ciertas consecuencias. Con otras palabras, compañeros: sólo cinco de nosotros abandonarán este planeta.

Kenbroke hizo una breve pausa, para dejar que sus palabras surtieran efecto.

—Como acaba de comunicarnos el señor Eden, la suerte del infortunado que deba permanecer aquí equivale con toda probabilidad a una pena de muer­te. Sé que resulta brutal, pero no hay otra forma para que los otros cinco salven su vida. Así pues, sólo resta la cuestión de quién será el desdichado o, me­jor dicho, cómo le elegimos... Habría una solución sencilla, claro: dado que, aparte de mí, también Sinceres sabe pilotar la nave, podría yo quedarme en el planeta, como hubiera hecho un viejo capitán de barco, y sacrificarme por los demás —dijo Ken­broke—. Pero la verdad es que mi heroísmo no lle­ga a tanto. Tengo una familia y veo la muerte con ojos bastante distintos a los de algunos novelistas. Siento decepcionarles, y ruego que, si alguien tiene una proposición para liberarnos del terrible dilema, la exponga.

—¿Lo echamos a suertes? —preguntó en seguida Beatstone.

Kenbroke se encogió de hombros.

—¿Tiene alguien una idea mejor?

Durante unos instantes pareció que Elisa Kings­ton iba a decir algo, pero al fin no lo hizo. Se veía claramente que no había podido digerir las terribles noticias.

—¿Ninguna propuesta...? —gruñó Kenbroke—. Bien; entonces seré yo quien haga la sugerencia.

Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y depositó un objeto sobre la caja en que estaba sentado. Era un revólver de tambor de aspecto un tanto anti­cuado.

Kenbroke se esforzó en sonreír.

—Se trata de un arma familiar que sacó de apu­ros a más de un antepasado mío. Creo que fue bue­na idea la de llevarme el revólver cuando abandoné la cabina al sonar el timbre de alarma, a pesar de las prisas.

De nuevo introdujo la mano entre su ropa, y de un bolsillo lateral salieron dos balas. Una se la vol­vió a guardar rápidamente. La otra quedó junto a la pistola.

Los hombres y las mujeres que se hallaban en la tienda de campaña contuvieron el aliento sin acabar de comprender los propósitos de Kenbroke.

—¿Y bien? —preguntó éste—. ¿Qué opinan uste­des?

Hubo un desconcertado silencio.

Por fin exclamó Eden:

—¿Acaso espera que alguno de nosotros tome el revólver y se suicide a la salud de los demás?

—No, no espero eso, señor Eden —replicó Ken­broke—. Pero le recomiendo que use su fantasía. Probablemente solucionará el problema.

En el rostro de Eden se reflejó la ira, aunque el hombre se contuvo y no dijo nada más.

—¡Un momento! —intervino entonces Sinceres—. Sin duda, ese revólver tiene seis cámaras... Y nos­otros, casualmente, somos seis personas. Al ver la bala ahí, encima de la caja, podríamos pensar que...

—¡Bravo, Sinceres! Va por buen camino. Todo esto es un pequeño juego frívolo de tiempos pasados y se llama ruleta rusa. La bala es introducida en una de las cámaras. Así, por ejemplo... Luego se hace ro­dar varias veces el tambor. ¿Se fijan? Nadie sabe ahora dónde está el proyectil.

Kenbroke había hablado despacio, a la vez que hacía la demostración.

—Listos, ¿no? A continuación, cada uno recibe el arma, se apunta contra la sien, aprieta el gatillo y..., pasa el revólver al compañero de al lado. Eso, si ha tenido suerte, y ya no tendremos problemas. ¿Alguna otra pregunta?

—Si no supiera que todo esto es sólo una broma macabra, tendría miedo de usted —susurró Elisa.

—No bromeo en absoluto, señorita Kingston —le contestó Kenbroke con dureza—. Nunca en mi vida hablé tan seriamente. Intente analizar la situación sin sentimentalismos. Aquí sobra una persona. Cin­co abandonarán este planeta, pero la sexta morirá. Hace unos minutos recibí una proposición, que en sí no está mal, pero ¿quién nos asegura que la víc­tima respetará entonces su mala suerte? Yo mismo procuraría salvarme por todos los medios. El revól­ver lo solucionará todo mejor y..., de manera más definitiva.

—A usted parece divertirle en grande esta situa­ción, a juzgar por el tono de su voz y las expresiones que emplea —intervino Sinceres—. Francamente, lo considero un sadismo.

—Pues yo soy partidario del sistema que propone el señor Kenbroke —declaró Eden.

«Si tengo suerte, le tocará la bala a otro —pensó para sí mismo—. Este plan encierra más proba­bilidades de salvación que el propuesto primero.»

—¡Pero nosotros no somos bárbaros! ¿No hay otro modo de dominar la situación, por complicada que sea? ¿Realmente vamos a salvar nuestra miserable vida condenando a muerte a un compañero? ¿Es que no comprende nadie que eso sería un crimen?

Elisa Kingston, la menuda y agraciada estudian­te había lanzado esas palabras, presa de suma agitación, mientras se levantaba.

—Yo no participaré en un juego tan repugnante ni ocuparé mi puesto en la nave si de esta forma obligan a un hombre a suicidarse. O bien abando­namos todos el planeta, o morimos juntos en él y si ustedes no están de acuerdo conmigo, yo actuaré según mi propia conciencia. Puede guardar su revól­ver, señor Kenbroke. Yo me quedaré voluntaria­mente.

Apartó la lona por su parte abierta, y abandonó la tienda.

—Entonces, el problema está solucionado —dijo Eden.

—¿Cómo? ¿Habla en serio? —exclamó Sinceres, sin poder creer lo que estaba oyendo—. ¿Usted admi­tiría que la muchacha se sacrificara por nosotros? ¿Y ni siquiera se sonroja? La chica tiene razón: nos comportamos de manera imposible. Ahora me doy perfecta cuenta de la monstruosidad que íbamos a cometer. Si ustedes son capaces de semejante indignidad, ¡lárguense! Y sólo serán cuatro, porque yo también me quedo aquí. Creo, de todos modos, que podríamos intentar el despegue pese a esos cua­renta kilos de sobrepeso. Si nos estrellamos..., al menos nadie tendrá nada que reprocharse.

Y siguió a la muchacha.

—Ahora, la decisión ya no es tan difícil —insis­tió Eden—. Hay dos voluntarios. Incluso hemos ga­nado un factor de seguridad. Esa es nuestra salva­ción.

Kenbroke le miró con fijeza.

—Continúo aferrado a mi plan, señor Eden —di­jo—. Si la señorita Kingston y Sinceres no quieren tomar parte, es cosa suya, pero yo no permitiré que me reprochen que debo mi vida a la grandeza de alma de otras personas. Somos todavía cuatro. Dejemos que el revólver haga la ronda. Cada cual tiene aún las mismas posibilidades. Si los cuatro somos afortunados, partiremos solos y dejaremos en el planeta a la pareja. En tal caso estará justificado que lo hagamos, ya que la bala hubiese matado a uno de los dos. Ahora bien: si uno de nosotros muere, la plaza libre será puesta a disposición de Elisa Kingston y de Sinceres, y suya será la última deci­sión. Y si ellos se negaran a venir, nada tendríamos ya que reprocharnos. Pero una cosa, señor Eden. Si yo resultara muerto, usted necesitaría llegar a un acuerdo con Sinceres, porque no puede conducir la nave sin piloto. ¿Conforme en todo?

—Sí; es la mejor solución —intervino Beatstone.

—¿Y usted qué opina, señorita Taylor? —pregun­tó Kenbroke.

—A mí me da todo igual —musitó la joven.

«¡Maldita sea! —pensó Eden—. Ahora han descen­dido las posibilidades para que se decida la cosa antes que me toque el turno...»

—¿Y si yo me niego a participar? —inquirió.

—¡Por Dios, señor Eden! —protestó Kenbroke con intencionada mordacidad—. ¿Acaso ya no re­cuerda que dio su conformidad? Claro que, si no quiere... Le concedo lo mismo que a los otros dos. Pero piénselo bien, porque..., si las tres primeras cámaras están vacías, usted se quedará aquí. En ese caso, yo despegaré solo con Miss Taylor y Beatstone. No estoy dispuesto a darle una segunda oportu­nidad.

—Formulé la pregunta simplemente desde el pun­to de vista teórico —se excusó Eden, a la par que pensaba: «Tú aún te sorprenderás, como no sea que uno de los otros se quite antes de en medio. Mi primera idea, la que tuve al ver el revólver, sigue siendo realizable.»

—Está bien —dijo Kenbroke—. No perdamos más tiempo.

Muy decidido, empuñó el arma con su mano de­recha. A continuación se llevó el revólver a la sien y apretó el gatillo sin vacilar.

La única reacción fue un ligero sonido metálico, y el tambor avanzó una cámara más. Las tres per­sonas restantes jadeaban. Eden era quien más difi­cultad tenía para disimular su decepción.

—Supongo que esto equivale a un pasaje gratis para nuestra nave —declaró Kenbroke con una ri­sita forzada—. ¿Qué, lo prueba ahora usted? —agre­gó, ofreciendo el arma a Eden.

«¡Lástima!», pensó éste.

Tomó la pistola y la contempló pensativo. De pronto le dio media vuelta y encañonó con ella a Kenbroke.

—No haga ningún movimiento impensado —di­jo—. Y lo mismo vale para los demás. No... No les ocurrirá nada si actúan con sensatez. Yo comenté antes que podemos embarcar los cuatro cómodamen­te, ahora que tenemos dos voluntarios. Eso fue una gran solución, porque de otra manera hubiese obligado a uno de ustedes a quedarse.

Kenbroke hizo un movimiento. Eden apuntó en seguida contra su cuerpo.

—¡Nada de tonterías! Sabe perfectamente que la bala puede estar en esta cámara. O, si no, en la si­guiente o en la otra. Por lo tanto, de nada servirá ofrecer resistencia. ¿Creía usted de veras que yo me iba a jugar el todo por el todo? Como ahora puede comprobar, ideé mi propio método.

Kenbroke esbozó una sonrisa amable.

—Sus explicaciones son sin duda muy interesan­tes, señor Eden, pero, ¿no se había dado cuenta que el revólver era sólo una trampa?

Con paso tranquilo se acercó al traidor.

—Le advierto, Kenbroke —dijo Eden, nervioso—, que sus maniobras de desorientación no me impre­sionan en absoluto. No se aproxime más. Usted no es imprescindible. Recuerde que también Sinceres puede pilotar la nave.

Kenbroke continuó avanzando sin hacerle caso. Eden oprimió el gatillo una y otra vez. Nada. Sólo se oía un sordo clic.

—¿Convencido, señor Eden?

***** 

Kenbroke, el jefe de personal, hojeó en los pa­peles de la carpeta.

—Eden..., Eden... —murmuró—. ¡Ah, sí, aquí está! Prueba número catorce, Elisa Kingston, Allan Sinceres y Frank Eden.

Y alzó la vista.

—Lo lamento, señor Eden —dijo—. Los dos com­pañeros mencionados superaron la prueba. Usted, en cambio, ha reprobado. Siento tener que decír­selo, pero no se le considera adecuado para ocupar el cargo de biólogo a bordo de una nave de investi­gación interestelar.

—Pero..., ¡mis diplomas! ¡Mis recomendaciones! No pueden tomar semejante decisión basándose en una prueba que afirman haber realizado en mí mien­tras observaba muestras de colores en aquella má­quina.

—Le ruego que se domine, señor Eden. Usted de­claró que estaba dispuesto a someterse a todas las pruebas, y esta decisión de carácter negativo es de­finitiva. ¡Buenas tardes, señor Eden!

El fracasado salió de la estancia sin devolver el sa­ludo. No acertaba a entenderlo: a él le rechazaban, y en cambio admitían a principiantes inexpertos como la señorita Kingston y Allan Sinceres. Estos viajarían a las estrellas, y él no. ¿Por qué motivo? ¡Todo por el resultado de una ridícula prueba de la que no había notado absolutamente nada! Presen­taría una queja.

Y cerró la puerta de un golpe furioso.

Los crímenes van sin firma - Adolfo L. Pérez Zelaschi

En la vida, lo principal es ser inteligente. Por eso, cuando el croupier se llevó mis dos últimas fichas de quinientos y decidí matar a mi socio Froebel —como lo tenía meditado—, hube de hacerlo de manera inteligente. Es decir, en la misma forma como había distraído de las cuentas sociales —yo atiendo los asuntos administrativos y contables, en tanto que Froebel anda de aquí para allá ocupado con los clientes— varios miles de pesos al año, los que hasta entonces repuse realizando negocios por mi cuenta y también inteligentes.

Pero ahora Froebel sospechaba algo. En esos días lo vi revisar los libros, y cerrados con aire vacilante. Sin duda no entendía nada, porque yo complicaba a propósito la contabilidad, y él no conoce estas cosas. Con todo, dijo a Lys —nuestra secretaria, la única empleada que tenemos— que quería revisar él mismo los resúmenes de cuenta corriente que trimestralmente nos enviaban los bancos. 

Tal vez él llevara alguna contabilidad sumaria como la de los almaceneros, con sólo dos columnas, una de pagos y otra de cobros, pero suficiente para mostrarle una diferencia entre el saldo real de banco y el que debiera haber: unos cuarenta mil pesos. Es decir, el importe de un Chevrolet 45, que yo había comprado en esa suma y para el cual, previos reajuste y pintura generales, tenía ya un comprador que pagaría cincuenta y tres mil pesos. 

Repuesto el dinero social, quedarían para mí alrededor de siete mil de ganancia. Negocios como éste había realizado muchos, y prueban que la inteligencia es lo principal para que triunfe un hombre. Lo malo es que Froebel, como digo, comenzó a sospechar. Por lo tanto, más valía prevenir que curar.

La nuestra era una sociedad a medias: de él eran los tres cuartos del capital y la totalidad de las relaciones comerciales que nos servían para ir adelante. Hubiera sido un mal negocio que se enterase de todas estas cosas y disolviera la sociedad, con lo cual desaparecerían para mí oportunidades como las que anoté. Por otra parte, Froebel no tenía más herederos que dos viejas hermanas solteras. Eran buenas amigas mías y podría convencerlas para que siguieran en sociedad conmigo. ¡Entonces sí que habría buenas ocasiones para un tipo inteligente!

Froebel se fue a Montevideo el 20 de junio, sin haber podido verificar sus sospechas, y diciéndome que estaría allí más de un mes. Por si acaso, y para ver si podía evitar darle el último pasaporte, no bien tomó el avión para Montevideo, yo hice lo mismo con el expreso a Mar del Plata. 

Llevé diez mil pesos, que convertí en fichas grandes y un juego que no me había fallado casi nunca: jugar fuerte a dos decenas —o columnas— luego de esperar que la restante se dé dos veces seguidas, pues casi nunca se repite la columna o decena que ya salió en dos ocasiones. Se gana poco, es cierto —la mitad de lo jugado—, pero apostando fuerte y con inteligencia, y con nervios de chino, se pueden levantar hasta cinco o seis mil pesos por noche. 

Salió primera y primera... Jugué. Y otra vez primera. Me llevaron las fichas y esperé un rato. Se dio tercera y tercera. Volví a jugar..., y otra vez tercera. Primera, primera... Coroné con mil..., y de nuevo primera. Y la mala racha siguió. Perdí los diez mil pesos que había traído... y el negocio del automóvil sólo se haría después que volviera Froebel de Montevideo. Ni siquiera podía buscar otro comprador, porque me habían dado seña, precisamente esos diez mil pesos que había perdido.

No tuve, pues, culpa en la muerte de Froebel. Las responsables fueron la ruleta y la mala suerte. Siempre me había salido “cara” la taba. Era natural que alguna vez me mostrara el otro lado.

Pero todo tiene remedio para una persona inteligente. Matar a Froebel era fácil, pero yo sería acusado enseguida y, aunque saliera indemne, nadie pasa por los juzgados del crimen sin dejar alguna sospecha para los demás. Además, los clientes de la firma no eran amigos míos sino de Froebel, y el solo conocimiento de que me enredaban en un sumario haría que huyeran del socio supérstite como una bandada de patos del fusil del cazador. Así no me convenía la muerte de Froebel, que sólo beneficiaría a los competidores.

Pero, naturalmente, un tipo inteligente o posee recursos o los inventa. Matar a un hombre, no es difícil —cualquier imbécil lo hace— y si uno mata a cualquier persona, la policía no dará jamás con el criminal, a menos que éste deje su tarjeta de visita prendida con un alfiler en una de las solapas de la víctima. 

Lo que descubre a un asesino no son las pistas, ni los rastros, ni nada de eso, sino su conexión —visible, disimulada u oculta— con la víctima. Así, si después de ese cualquiera se liquida también a otro cualquiera, la policía se desorientará todavía más y, si por último, se mata a Froebel, es otro cualquiera y no Froebel, es decir, no Froebel vinculado conmigo, sino con los dos cualesquiera anteriores, que no poseían relación alguna conmigo, salvo la de haberlos mandado al otro mundo, y esto será así con mayor fuerza si uno deja en cada caso un rastro evidente, una marca de fábrica, digamos así, lo bastante extravagante como para que esas muertes se entrelacen aparentemente entre sí. 

Creado un vínculo artificioso entre las tres, el verdadero quedaría oculto, y con ello, oculto también el criminal. Una acusación contra mí parecería el recurso de policías desesperados por dos fracasos anteriores, pues aunque probaran alguna conexión entre la desaparición de Froebel y mi provecho, no podrían esclarecer la más remota entre éste y los dos primeros asesinados. Bien.

No recuerdo dónde leí que lo mejor para partir un cráneo como si fuera un huevo es una cachiporra flexible y barata, que se construye dando a un lienzo fuerte la forma de un tubo largo y estrecho, y llenándolo con arena de Montevideo. Así lo hice, agregándole un buen peso de municiones y una pequeña bola de plomo en el extremo. Resultó una varilla bastante pesada, pero muy cómoda para llevar atada a la cintura, donde resulta tan discreta como una monja.

Como vivo solo y salgo frecuentemente, nadie podía sorprenderse de que esa noche no volviera a mi departamento. Fui a un cinematógrafo, bebí un café después de la salida —era ya medianoche— y tomé un ómnibus cualquiera, que resultó ser el 126, pero cuyo número no elegí, y cuando éste pasaba por un barrio que me pareció solitario —Escalada y Directorio— descendí. 

Era una larga calle de barrio, flanqueada por casas bajas, arbolada y sombría, donde a esa hora no transitaba un alma. Caminé unas cuadras al azar. Por fin vi a un hombre que salía de un despacho de bebidas, abrigado apenas el cuello por una bufandita y sin sombrero. 

Lo seguí silenciosamente, pues me había puesto zapatos de suela de goma. El pobre diablo iba con frío a pesar de la tranca, las manos hundidas en los bolsillos y levantando los pies algo más de lo necesario, con ese paso livianito de los borrachos.

Pude tomar todas las precauciones, avalar lo solitario de la calle, descorrer el cierre de la correa, sopesar la cachiporra... Pobre diablo. Cayó como si se hubiese dormido mientras caminaba. Arrojé junto a él un número de “L'Europeo”, revista de la cual había comprado tres ejemplares unos días antes en distintos puestos de venta, y con el mismo paso, sin apresurarme, di vuelta a la primera esquina, a la segunda, a otra más...

Los diarios de la mañana destinaron poco espacio a este crimen, los de la tarde fantasearon algo, y la policía, como lo preví, quedó a ciegas.

Ocho días después volví a prender la cachiporra bajo el abrigo, metí el segundo ejemplar de “L'Europeo” en el bolsillo, fui a otro cine, tomé otro café en otra parte, otro ómnibus, bajé en Un lugar de Villa del Parque, allá por la vieja avenida Tres Cruces, donde sólo andaban los gatos y el fino y cortante viento de la madrugada, y le hundí la cabeza a un tipo gordo y calvo, que volvía a su casa resoplando de frío y de cansancio, y sobre cuyo cadáver dejé “L'Europeo”, mi marca de fábrica.

¡Entonces sí que hablaron los diarios! Desde la hipótesis de una venganza corsa, emitida por “Crítica” —para lo cual el número de “L'Europeo”, a pesar de no editarse en ninguna ciudad de Córcega, le servía muy bien—, y la revelación de que existía en Buenos Aires una organización anarquista, lanzada por “El Pueblo”, hasta la prueba de que se trataba de una obra de refugiados fascistas, ofrecida por “La Hora”, se barajaron cien fantasías. 

La policía no pudo establecer conexión alguna entre un muerto y otro, ni, por tanto, entre un crimen y otro. El primero había sido un pobre diablo, tranviario jubilado, sin más familia que un perro y las botellas; el segundo resultó un catalán, propietario de una mercería en Villa del Parque, hombre acomodado, sin enemigos, casado en segundas nupcias y sin hijos.

Naturalmente, de revisar mi departamento, hubieran hallado el Otro ejemplar de “L'Europeo”, la cachiporra y hasta los boletos de los ómnibus que tomé esas dos noches, pero ¿por qué habrían de hacerlo? Yo era uno más entre cinco millones de habitantes de Buenos Aires que tenían las mismas probabilidades que yo de ser sospechosos.

Entre tanto, concurría como siempre a mi oficina. Estaba preparado para esto y así en menos de una semana —sin exceder en un minuto mis jornadas habituales de labor, sin entrar a deshoras, sin licenciar a Lys— arreglé los libros de modo que, una vez muerto Froebel, nadie pudiera descubrir nada. Vivo él, sin duda comenzaría a recordar fechas, hechos y nombres que sólo conocíamos los dos, y entonces saldría a flote que los asientos y contrasientos, tal como los dejé, no eran los que él habla visto antes de viajar a Montevideo. 

Pero para un extraño nada quedó en los libros fuera de lo natural, o, por lo menos, de lo explicable con las normas, mejor dicho, con las triquiñuelas lícitas de que debe valerse una empresa pequeña como la nuestra, de medianos recursos, y uno de cuyos atareados socios lleva los libros.

Froebel regresó contento. Inferí que había cerrado por su sola cuenta y con su propio dinero dos o tres buenos negocios, y el que no me hablara de ellos significaba que tarde o temprano me pediría la disolución de la sociedad. Desgraciadamente para él.

Y digo desgraciadamente porque dos noches después de su llegada me aposté en la esquina de su casa, bajo las altas y heladas acacias de hojas perennes que ensombrecen la calle como grandes paraguas negros, y esperé a que saliera.

Sabía que lo hacía siempre: a las diez y media terminaba metódicamente su cena, a las once u once y cuarto se encaminaba al club, donde jugaba hasta las tres de la mañana.

Por suerte la noche era oscura, de modo que pude permanecer bajo la ancha sombra de las acacias como si esperase a alguna sirvienta que deja su trabajo después de comer. Era, por lo demás, un barrio señorial y tranquilo, de grandes casas burguesas y casi ningún peatón.

Como uno es un tipo inteligente, llevé conmigo un pequeño receptor de radiotelefonía de esos que se llevan en el bolsillo para escuchar los programas. Era una precaución más. “Vea, oficial, yo anoche me quedé en casa oyendo la radio.” El oficial sonreiría: “Ah, muy interesante...” y de pronto, incisivamente: “¿Y qué es lo que oyó entre las diez y las doce?” “Espere usted... ah, sí: oí a los hermanos Abalos a las diez, y después, sí, unos discos de Alberto Castillo.” “¿No recuerda cuáles?” “Sí, fueron “Charol”, “Uno”, también otro sobre los barrios porteños...” Esto era casi imposible saberlo sin haberlo oído, como efectivamente lo escuchaba a la máxima sordina, pegando el receptor a mi oído.

A las once —en ese momento Castillo cantaba “Charol”— se abrió la forjada puerta de hierro. Froebel se envolvió en la bufanda y echó a andar hacia la Avenida Cabildo, que centelleaba tres o cuatro cuadras más abajo. Descorrí el cierre y lo seguí. El caminaba despacio, con satisfechos y pesados pasos, gozoso de su comida y de sus vinos que, efectivamente, eran muy buenos. 

Ni siquiera me oyó llegar: se derrumbó lentamente, como si se acostara a dormir. Nada mejor que repetir una cosa para lograr la perfección. Dejé “L'Europeo” al lado del cuerpo y me alejé a buen paso, doblando esquina tras esquina hasta que llegué a Barrancas de Belgrano diez minutos después, y tomé un tren casi vacío. Regresé a mi casa a medianoche, sin tropezar con nadie. Al receptor y a la cachiporra los arrojé al Riachuelo.

Realmente, estaba satisfecho. Aquellos dos primeros muertos se encadenarían a éste —y al cuarto, desde luego—, de tal manera que la policía y los diarios, alucinados por la similitud aparente —mejor dicho real, pero conducente a una semejanza engañosa— de los tres casos, darían vueltas en el vacío. 

Yo me hallaba en la situación de cualquiera de los parientes, amigos o conocidos de Froebel. Conocía a uno solo de esos hombres, pero no a los otros dos. La policía buscaría al hombre relacionado con los tres. Ese hombre, desde luego, no era yo. En realidad, no existía. Y si aceptaban la teoría del asesino maniático, yo, reconocidamente cuerdo, no podría ser culpado con mayor razón que tantos otros.

Todo salió como lo pensé. Interrogaron a Lys, a las hermanas de Froebel, a sus amigos, a mí, a nuestros clientes. Nada apareció. Aquel ejemplar de “L'Europeo” alucinaba a todos. Un redactor de “Noticias Gráficas” tejió una íntegra teoría en torno a él, pues, por distintos caminos, y por pura y retorcida casualidad, esos tres hombres se unían en un punto: Alemania. 

Froebel era alemán, de Baviera; la mujer del hermano del dueño del bar de donde salió el borracho era alemana, de Brandenburgo, y el principal fiador del mercero de Villa del Parque era también alemán, del Palatinado. En torno de eso, y mezclándolo bien con una dosis de espionaje, dos gotas sobre los funerales de Hitler, medio vaso acerca de la desvalorización del marco, otro medio sobre la República de Weimar y un poquito de Italo Balbo resultó un lindo cóctel. 

Esa noche la edición sexta del diario, agotada en las paradas principales, no alcanzó a llegar a muchos barrios. Al día siguiente se pagaba hasta un peso por ejemplar con la historia del “Triple misterio alemán”. Yo me divertí bastante.

Naturalmente, las cosas no podían quedar así. Si Froebel era el último muerto, cualquier azar podría ponerme en evidencia, más cuando quedaría, según pensaba, como agente y socio a la vez de la firma. Si nadie había aprovechado las otras dos muertes, yo usufructuaría brillantemente la tercera, y eso era casi tan peligroso como pararse delante del blanco cuando un maestro tirador dispara sobre él. En esta situación —y en la mía— no conviene exponerse demasiado.

Por eso, cuando las cosas se calmaron, fabriqué otra cachiporra, y una noche de perros —lluvia y viento del este— salí de la casa para seguir el camino de siempre: Un restaurante, un cinematógrafo, un bar, un ómnibus, una calle solitaria y apagada, otra calle solitaria, en pleno Flores... Un hombre caminaba delante de mí, solo, mojado y propicio. Abrí de nuevo el cierre de la cachiporra... y entonces me iluminaron dos linternas, cuyos haces se cruzaron sobre mí. Los imbéciles de la policía me habían seguido.

*  *  *

—Esto es lo que confesó Juan Bernal, amigo Pérez Zelaschi, porque no tenía más remedio. Ahí terminó el caso del “Triple misterio alemán”.

—¿Y esto fue todo, Leoni?

El inspector Leoni sonrió. Cuando lo hacía se parecía mucho a un Buda gordo, calmo y lustroso, pero santiagueño.

—Tres asesinatos y otro en puerta… ¿Le parecen pocos?

—No me refiero a eso sino a la pesquisa.

Estábamos en la cocina de su casa, llena, a esa hora lluviosa y caída de la tarde, por el aceitoso aroma de las tortas que freía la patrona. Leoni llenó el mate. Sólo cuando sobre la boquilla floreció un apretado copete verde, me contestó.

—Los tipos inteligentes sólo hacen macanas; guerras, revoluciones, libros, teorías raras, crímenes, bombas atómicas… No sirven para nada, pero se creen superiores. Bernal era uno de esos. Menos mal que la humanidad está compuesta por tontos o por pobres diablos, como usted y yo... Bien. 

Los muchachos de la Federal estaban despistados, lo confieso. Casi tanto como el de “Noticias Gráficas”. Investigaron por todos lados, tratando de relacionar al tranviario con el catalán, pero no salieron ni para atrás ni para adelante... Entonces al subcomisario de la 23 se le ocurrió que se tratara caso por caso, es decir, como si entre uno y otro no existiera lazo de unión alguno. Al jefe le pareció bien y así se hizo, al principio sin resultado. 

Bernal nos desorientó sólo en cuanto a los resultados, pero no alcanzó a constreñimos a un método único. Quiso vencernos por pura teoría, pero se olvidó de que hay muchachos de la Federal que llevan treinta y cinco años en Moreno al 1500. Cuando se produjo el tercer asesinato volvimos a investigar con los dos métodos, es decir, tratando de vincularlo con los anteriores y también como si fuera un caso aislado. 

Y así supimos unas cuantas cosas: que Bernal tenía sus asuntitos, que había jugado fuerte a la ruleta (la policía del Casino es especialista en manyamiento), que esos pesos habían salido de una seña dada por un automóvil comprado con plata sospechosa, etc. Un sábado y un domingo enteros, dos ex inspectores de la Dirección Impositiva revisaron los libros y, como estaban sobre aviso, hallaron cosas que a cualquiera se le hubieran escapado. Nada ilegal, pero sí poco claro. 

Por entonces aun no sospechábamos de Bernal más que de otros, pero pronto encontramos que aquí, en el caso Froebel (no en éste y los otros dos, como Bernal supuso que pensaríamos), nos pareció el más probable asesino. Le pusimos vigilancia, y vimos que hacía algunas compras: municiones en una ferretería, dos pedazos de plomo en otra, y otras cosas raras... Raras para nosotros y en su caso, por supuesto. Esa noche —y otras que él no advirtió— yo y dos más lo seguimos. 

Estuvimos en el cine, el bar, el ómnibus y después, saliendo de detrás de una esquina, me puse a caminar delante de él. Y colorín, colorado, el cuento se ha terminado. Bernal se perdió por querer terminar su obra demasiado bien, con demasiada inteligencia. 

Un cuarto crimen quizás hubiera desviado nuestra labor. ¡Lástima que hayan levantado el presidio de Ushuaia! Está en Santa Rosa con cadena perpetua. Ahora decora lapiceras con sedas de colores. Ya ve para qué le sirvió su inteligencia. Tipo zonzo...

El mate restalló en una serie de pequeñas burbujas. Leoni lo cebó otra vez.

—¿Y la moraleja, Leoni?

Leoni volvió a sonreír, con su media sonrisa parecida a la de Hipólito Irigoyen.

—No sé… Se me ocurre que podría ser: No hay que firmar los crímenes o algo así. Ahí tiene un lindo título para un cuento.

—Me parece bueno: Los crímenes van sin firma. Gracias, Leoni.