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Prueba Espacial - Jürgen Andreas

Cuando el generador de inducción del Silverhorse explotó, sólo un bote de salvamento había aban­donado la zona de peligro. Era la menor de las lan­chas espaciales, y en ella no iban más que seis per­sonas. Pero algo fallaba en la impulsión. Kenbroke tuvo su trabajo para llegar a un planeta cercano y aterrizar. Era aquél un mundo desierto: únicamente algunas estepas de hierba amarillenta interrumpían el desnudo paisaje rocoso. No parecía haber vida, al menos en formas de cierta importancia. Sin em­bargo, los supervivientes de la catástrofe espacial tuvieron la fortuna de hallar aire respirable. Era imperioso reparar la avería si querían regresar a la civilización humana, pero había dificultades...

***** 

Era la hora del crepúsculo, y el grupo se había reunido en la amplia tienda instalada al pie de la lancha. Una larga linterna sujeta en el centro, bajo el techo de lona, les proporcionaba la luz necesa­ria. Las seis personas permanecían sentadas, en parte, sobre la seca hierba del suelo, o se habían aco­modado en cajas sacadas de la embarcación.

Cinco de los seis supervivientes formaban un pe­queño círculo en cuyo centro estaba Kenbroke, de­bajo mismo de la lámpara. La dura iluminación, que dividía su rostro en zonas de luz y sombra, le daba un aspecto demoníaco.

Junto a la entrada se encontraba arrodillado Sidney Beatstone, el más joven del grupo. Había sido ayudante de cocina en el Silverhorse. A su lado es­taba acurrucada la rubia Bárbara Taylor, una es­belta joven procedente de Alstair V, que iba como pasajera en la nave. 

A la izquierda de ésta se ha­llaba Elisa Kingston, con sus grandes y serios ojos fijos en Kenbroke. Estudiaba en la Universidad de la Tierra y regresaba de las vacaciones semestrales. Era muy agraciada y, cuando reía, se formaban dos simpáticos hoyuelos en sus mejillas. Ahora, sin em­bargo, no sentía deseo alguno de reír.

El biólogo Frank Eden debía experimentar algo semejante, porque estudiaba muy ceñudo unos pa­peles, escritos con letra muy apretada, que tenía sobre las rodillas. Tampoco él pertenecía a la tri­pulación, sino que se dirigía a un congreso de Cien­cias Naturales cuando se produjo la catástrofe. 

En el hueco existente entre él y Beatstone acababa de tomar asiento el segundo ingeniero de a bordo, Allan Sinceres. Al igual que Eden, sostenía un fajo de pa­peles escritos. Por cierto que había dejado asombra­dos a sus compañeros de infortunio al preguntarles su peso exacto. Ahora volvía a sacar cuentas afano­samente.

En la tienda de campaña reinaba el silencio, sólo interrumpido por una ligera brisa que agitaba de vez en cuando la lona.

Kenbroke, quien hasta entonces permaneciera pensativo, carraspeó:

—Le ruego, señor Eden, que nos dé a conocer sus averiguaciones.

Eden apenas levantó la mirada y, en seguida, graz­nó con voz impersonal:

—Diversos experimentos realizados con los apa­ratos disponibles en el bote de salvamento han de­mostrado que la atmósfera de este planeta tiene una composición algo distinta a la que habíamos su­puesto en un principio. He descubierto que este aire contiene fracciones de un gas hasta ahora desconocido para nosotros. 

Es posible que lo produz­can las flores rojas que abundan en los campos, y que más tarde lo absorban otros agentes químicos. Algo queda siempre en la atmósfera, no obstante, y ese gas es nocivo para el metabolismo humano.

»Mis cálculos indican que las cantidades recibidas por nuestros cuerpos todavía no resultan peli­grosas, dado que son neutralizadas, pero los antí­dotos naturales no bastarán, a la larga, y no conta­mos con los medicamentos necesarios. En conse­cuencia, es necesario que abandonemos este planeta antes que quede sobrepasado el grado de satura­ción del organismo humano.

—¿Y cuándo sucederá eso, señor Eden?

—Es difícil de decir, pero creo que debemos salir ­de aquí antes de una semana.

—Bien —gruñó Kenbroke, y de nuevo se dirigió a los demás—. Esto no ofrecería dificultades espe­ciales, porque la nave está a punto, pero... Pido al señor Sinceres que tome la palabra.

—Un momento —pidió el joven ingeniero—. Qui­siera comprobar otra vez las cifras más importan­tes.

—De acuerdo —asintió Kenbroke—, si es que con­fía en que sirva de algo. Entretanto deseo exponer a todos ustedes nuestra situación, principalmente a las señoritas Taylor y Kingston.

Kenbroke extrajo un estuche de su bolsillo, to­mó un cigarro y le cortó la punta. Luego, sin prisas, se guardó la tabaquera y encendió el puro. Sólo se dignó dar las explicaciones prometidas.

—Siento tener que decir que el capitán Harber, ahora ya muerto, era un tacaño de tomo y lomo. Como quizá ya sepan, aparte de comandante era también propietario del Silverhorse, y justo es re­conocer que daba gusto trabajar a sus órdenes. En primer lugar, no fastidiaba a sus hombres y, en segundo, era un astronauta de gran experiencia. Con él se sentía uno seguro. Por complicada que fuera una situación, Harber siempre encontraba una salida. Pero, como indiqué antes, contaba cada cen­tavo. Tenía fe en su suerte, que en realidad no le abandonó hasta la catástrofe que todos vivimos. 

Por consiguiente, no comprendía por qué había de derro­char tiempo y combustible para atenerse a unos ejer­cicios espaciales obligados con los botes de salva­mento. Con esos botes que él consideraba un lastre inútil, ya que estaba convencido que nunca los iba a necesitar... El resultado fue que el aprovisio­namiento de las lanchas era muy deficiente. Ustedes mismos ven que disponemos de pocos alimentos y que no hay apenas medicamentos...

»Le importaban un comino los ejercicios espa­ciales y el defecto en el sistema de impulsión de nuestro bote no fue advertido..., o incluso se pre­firió ignorarlo. En cualquier caso yo no soy respon­sable de ello, ya que mi labor a bordo era otra.

»Ustedes recordarán, asimismo, que el mal fun­cionamiento de la nave auxiliar, que ponía en peli­gro la vida de todos, nos hizo aterrizar en este pla­neta... Y ahora prefiero que prosiga usted, señor Sinceres, si es que ha terminado ya sus cálculos.

El segundo ingeniero había abandonado sus ope­raciones matemáticas y estaba evidentemente desa­nimado. Cuando Kenbroke se volvió hacia él, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y presentó su infor­me. También Sinceres hablaba ante todo para las dos muchachas y Beatstone, ya que Kenbroke y Eden conocían la situación.

—Tuvimos gran suerte en el aterrizaje y debemos dar las gracias al señor Kenbroke, porque fue él quien, con admirable rapidez, puso en funcionamien­to las toberas de seguridad al fallar la impulsión central. Pero esto lo mencioné sólo de paso —co­menzó.

»Como ustedes ya saben, necesitamos el impulso químico para conseguir una aceleración de hasta veinte mil kilómetros por segundo, aproximadamen­te. Sólo entonces podremos llegar sin dificultad, por medio del generador de inducción, a velocidades y supervelocidades como la de la luz. 

El principio de impulsión del generador de inducción no es otra co­sa que la extracción de energía de la inversión de la polaridad de las líneas de inducción de un objeto altamente acelerado. Por debajo de la velocidad in­dicada, el generador pierde su efecto.

»Ahora ese impulso químico es precisamente la principal causa de nuestros quebraderos de cabeza. Los generadores de inducción suelen trabajar a la perfección. Es rarísimo que, como en el caso del Silverhorse, suceda algo. Y nosotros tuvimos la do­ble mala fortuna que nuestra nave auxiliar presentara una avería en el conducto de oxígeno. 

»En consecuencia, entró demasiado oxígeno en la tobera, y el sistema de impulsión comenzó a funcionar de manera irregular. En el espacio no era posible solucionar el problema. Y a causa del empuje preciso para el aterrizaje, el exceso de oxígeno produjo tem­peraturas que quemaron nuestra tobera principal, llegando a fundirla en parte. Yo logré arreglar el tubo de entrada, pero con los medios que dis­pongo no puedo reparar la tobera deformada.

»Pasemos, entonces, a las consecuencias. Para el des­pegue podemos servirnos únicamente de las toberas de emergencia. En el espacio tardaremos un par de días más en alcanzar la velocidad prevista, pero eso no tiene mucha importancia. Lo difícil es salir del campo de gravedad del planeta. La potencia de las toberas es insuficiente, porque este planeta, con sus 1,3 g, posee una fuerza de atracción mayor que la Tierra. Así es, por desgracia. Sin embargo, no quiero entretenerles más con mis cálculos, que por cierto están a disposición de quien los desee com­probar. Realmente me alegraría que alguien descubriera una equivocación a nuestro favor.

»Lo triste es que, por ahora, sólo tengo malas noticias para ustedes. Y si incluimos los estudios del señor Eden, las nuevas que puedo darles adquie­ren un carácter catastrófico. En los últimos días, y con la ayuda del señor Kenbroke, reconstruí casi por completo la nave, eliminando de ella todo lo posi­ble con tal de reducir peso. 

»Ustedes mismos nos echaron una mano en esa labor, aunque sin conocer el verdadero motivo. De nuestro vehículo no queda ahora, prácticamente, más que el esqueleto de acero con la suficiente resistencia para soportar la pre­sión, y dentro siguen algunos indispensables instru­mentos de control, las dos toberas de emergencia, el combustible preciso, el generador de inducción, provisiones para una semana..., y desde luego hay espacio para nosotros seis...

—Pero, ¡maldita sea! —continuó Kenbroke—, lo cierto es que el peso es todavía excesivo, aunque sólo sobran cuarenta kilos. ¡Cuarenta tristes kilos! Lo que intenta decirles el señor Kenbroke, es que... cuarenta kilos son, aproximadamente, el peso mínimo de un adulto. Resulta lamentable que sobre esa can­tidad justa, en vez de mil kilos o trescientos gra­mos. Pero la cosa no tiene remedio, seríamos ton­tos de no extraer de ella ciertas consecuencias. Con otras palabras, compañeros: sólo cinco de nosotros abandonarán este planeta.

Kenbroke hizo una breve pausa, para dejar que sus palabras surtieran efecto.

—Como acaba de comunicarnos el señor Eden, la suerte del infortunado que deba permanecer aquí equivale con toda probabilidad a una pena de muer­te. Sé que resulta brutal, pero no hay otra forma para que los otros cinco salven su vida. Así pues, sólo resta la cuestión de quién será el desdichado o, me­jor dicho, cómo le elegimos... Habría una solución sencilla, claro: dado que, aparte de mí, también Sinceres sabe pilotar la nave, podría yo quedarme en el planeta, como hubiera hecho un viejo capitán de barco, y sacrificarme por los demás —dijo Ken­broke—. Pero la verdad es que mi heroísmo no lle­ga a tanto. Tengo una familia y veo la muerte con ojos bastante distintos a los de algunos novelistas. Siento decepcionarles, y ruego que, si alguien tiene una proposición para liberarnos del terrible dilema, la exponga.

—¿Lo echamos a suertes? —preguntó en seguida Beatstone.

Kenbroke se encogió de hombros.

—¿Tiene alguien una idea mejor?

Durante unos instantes pareció que Elisa Kings­ton iba a decir algo, pero al fin no lo hizo. Se veía claramente que no había podido digerir las terribles noticias.

—¿Ninguna propuesta...? —gruñó Kenbroke—. Bien; entonces seré yo quien haga la sugerencia.

Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y depositó un objeto sobre la caja en que estaba sentado. Era un revólver de tambor de aspecto un tanto anti­cuado.

Kenbroke se esforzó en sonreír.

—Se trata de un arma familiar que sacó de apu­ros a más de un antepasado mío. Creo que fue bue­na idea la de llevarme el revólver cuando abandoné la cabina al sonar el timbre de alarma, a pesar de las prisas.

De nuevo introdujo la mano entre su ropa, y de un bolsillo lateral salieron dos balas. Una se la vol­vió a guardar rápidamente. La otra quedó junto a la pistola.

Los hombres y las mujeres que se hallaban en la tienda de campaña contuvieron el aliento sin acabar de comprender los propósitos de Kenbroke.

—¿Y bien? —preguntó éste—. ¿Qué opinan uste­des?

Hubo un desconcertado silencio.

Por fin exclamó Eden:

—¿Acaso espera que alguno de nosotros tome el revólver y se suicide a la salud de los demás?

—No, no espero eso, señor Eden —replicó Ken­broke—. Pero le recomiendo que use su fantasía. Probablemente solucionará el problema.

En el rostro de Eden se reflejó la ira, aunque el hombre se contuvo y no dijo nada más.

—¡Un momento! —intervino entonces Sinceres—. Sin duda, ese revólver tiene seis cámaras... Y nos­otros, casualmente, somos seis personas. Al ver la bala ahí, encima de la caja, podríamos pensar que...

—¡Bravo, Sinceres! Va por buen camino. Todo esto es un pequeño juego frívolo de tiempos pasados y se llama ruleta rusa. La bala es introducida en una de las cámaras. Así, por ejemplo... Luego se hace ro­dar varias veces el tambor. ¿Se fijan? Nadie sabe ahora dónde está el proyectil.

Kenbroke había hablado despacio, a la vez que hacía la demostración.

—Listos, ¿no? A continuación, cada uno recibe el arma, se apunta contra la sien, aprieta el gatillo y..., pasa el revólver al compañero de al lado. Eso, si ha tenido suerte, y ya no tendremos problemas. ¿Alguna otra pregunta?

—Si no supiera que todo esto es sólo una broma macabra, tendría miedo de usted —susurró Elisa.

—No bromeo en absoluto, señorita Kingston —le contestó Kenbroke con dureza—. Nunca en mi vida hablé tan seriamente. Intente analizar la situación sin sentimentalismos. Aquí sobra una persona. Cin­co abandonarán este planeta, pero la sexta morirá. Hace unos minutos recibí una proposición, que en sí no está mal, pero ¿quién nos asegura que la víc­tima respetará entonces su mala suerte? Yo mismo procuraría salvarme por todos los medios. El revól­ver lo solucionará todo mejor y..., de manera más definitiva.

—A usted parece divertirle en grande esta situa­ción, a juzgar por el tono de su voz y las expresiones que emplea —intervino Sinceres—. Francamente, lo considero un sadismo.

—Pues yo soy partidario del sistema que propone el señor Kenbroke —declaró Eden.

«Si tengo suerte, le tocará la bala a otro —pensó para sí mismo—. Este plan encierra más proba­bilidades de salvación que el propuesto primero.»

—¡Pero nosotros no somos bárbaros! ¿No hay otro modo de dominar la situación, por complicada que sea? ¿Realmente vamos a salvar nuestra miserable vida condenando a muerte a un compañero? ¿Es que no comprende nadie que eso sería un crimen?

Elisa Kingston, la menuda y agraciada estudian­te había lanzado esas palabras, presa de suma agitación, mientras se levantaba.

—Yo no participaré en un juego tan repugnante ni ocuparé mi puesto en la nave si de esta forma obligan a un hombre a suicidarse. O bien abando­namos todos el planeta, o morimos juntos en él y si ustedes no están de acuerdo conmigo, yo actuaré según mi propia conciencia. Puede guardar su revól­ver, señor Kenbroke. Yo me quedaré voluntaria­mente.

Apartó la lona por su parte abierta, y abandonó la tienda.

—Entonces, el problema está solucionado —dijo Eden.

—¿Cómo? ¿Habla en serio? —exclamó Sinceres, sin poder creer lo que estaba oyendo—. ¿Usted admi­tiría que la muchacha se sacrificara por nosotros? ¿Y ni siquiera se sonroja? La chica tiene razón: nos comportamos de manera imposible. Ahora me doy perfecta cuenta de la monstruosidad que íbamos a cometer. Si ustedes son capaces de semejante indignidad, ¡lárguense! Y sólo serán cuatro, porque yo también me quedo aquí. Creo, de todos modos, que podríamos intentar el despegue pese a esos cua­renta kilos de sobrepeso. Si nos estrellamos..., al menos nadie tendrá nada que reprocharse.

Y siguió a la muchacha.

—Ahora, la decisión ya no es tan difícil —insis­tió Eden—. Hay dos voluntarios. Incluso hemos ga­nado un factor de seguridad. Esa es nuestra salva­ción.

Kenbroke le miró con fijeza.

—Continúo aferrado a mi plan, señor Eden —di­jo—. Si la señorita Kingston y Sinceres no quieren tomar parte, es cosa suya, pero yo no permitiré que me reprochen que debo mi vida a la grandeza de alma de otras personas. Somos todavía cuatro. Dejemos que el revólver haga la ronda. Cada cual tiene aún las mismas posibilidades. Si los cuatro somos afortunados, partiremos solos y dejaremos en el planeta a la pareja. En tal caso estará justificado que lo hagamos, ya que la bala hubiese matado a uno de los dos. Ahora bien: si uno de nosotros muere, la plaza libre será puesta a disposición de Elisa Kingston y de Sinceres, y suya será la última deci­sión. Y si ellos se negaran a venir, nada tendríamos ya que reprocharnos. Pero una cosa, señor Eden. Si yo resultara muerto, usted necesitaría llegar a un acuerdo con Sinceres, porque no puede conducir la nave sin piloto. ¿Conforme en todo?

—Sí; es la mejor solución —intervino Beatstone.

—¿Y usted qué opina, señorita Taylor? —pregun­tó Kenbroke.

—A mí me da todo igual —musitó la joven.

«¡Maldita sea! —pensó Eden—. Ahora han descen­dido las posibilidades para que se decida la cosa antes que me toque el turno...»

—¿Y si yo me niego a participar? —inquirió.

—¡Por Dios, señor Eden! —protestó Kenbroke con intencionada mordacidad—. ¿Acaso ya no re­cuerda que dio su conformidad? Claro que, si no quiere... Le concedo lo mismo que a los otros dos. Pero piénselo bien, porque..., si las tres primeras cámaras están vacías, usted se quedará aquí. En ese caso, yo despegaré solo con Miss Taylor y Beatstone. No estoy dispuesto a darle una segunda oportu­nidad.

—Formulé la pregunta simplemente desde el pun­to de vista teórico —se excusó Eden, a la par que pensaba: «Tú aún te sorprenderás, como no sea que uno de los otros se quite antes de en medio. Mi primera idea, la que tuve al ver el revólver, sigue siendo realizable.»

—Está bien —dijo Kenbroke—. No perdamos más tiempo.

Muy decidido, empuñó el arma con su mano de­recha. A continuación se llevó el revólver a la sien y apretó el gatillo sin vacilar.

La única reacción fue un ligero sonido metálico, y el tambor avanzó una cámara más. Las tres per­sonas restantes jadeaban. Eden era quien más difi­cultad tenía para disimular su decepción.

—Supongo que esto equivale a un pasaje gratis para nuestra nave —declaró Kenbroke con una ri­sita forzada—. ¿Qué, lo prueba ahora usted? —agre­gó, ofreciendo el arma a Eden.

«¡Lástima!», pensó éste.

Tomó la pistola y la contempló pensativo. De pronto le dio media vuelta y encañonó con ella a Kenbroke.

—No haga ningún movimiento impensado —di­jo—. Y lo mismo vale para los demás. No... No les ocurrirá nada si actúan con sensatez. Yo comenté antes que podemos embarcar los cuatro cómodamen­te, ahora que tenemos dos voluntarios. Eso fue una gran solución, porque de otra manera hubiese obligado a uno de ustedes a quedarse.

Kenbroke hizo un movimiento. Eden apuntó en seguida contra su cuerpo.

—¡Nada de tonterías! Sabe perfectamente que la bala puede estar en esta cámara. O, si no, en la si­guiente o en la otra. Por lo tanto, de nada servirá ofrecer resistencia. ¿Creía usted de veras que yo me iba a jugar el todo por el todo? Como ahora puede comprobar, ideé mi propio método.

Kenbroke esbozó una sonrisa amable.

—Sus explicaciones son sin duda muy interesan­tes, señor Eden, pero, ¿no se había dado cuenta que el revólver era sólo una trampa?

Con paso tranquilo se acercó al traidor.

—Le advierto, Kenbroke —dijo Eden, nervioso—, que sus maniobras de desorientación no me impre­sionan en absoluto. No se aproxime más. Usted no es imprescindible. Recuerde que también Sinceres puede pilotar la nave.

Kenbroke continuó avanzando sin hacerle caso. Eden oprimió el gatillo una y otra vez. Nada. Sólo se oía un sordo clic.

—¿Convencido, señor Eden?

***** 

Kenbroke, el jefe de personal, hojeó en los pa­peles de la carpeta.

—Eden..., Eden... —murmuró—. ¡Ah, sí, aquí está! Prueba número catorce, Elisa Kingston, Allan Sinceres y Frank Eden.

Y alzó la vista.

—Lo lamento, señor Eden —dijo—. Los dos com­pañeros mencionados superaron la prueba. Usted, en cambio, ha reprobado. Siento tener que decír­selo, pero no se le considera adecuado para ocupar el cargo de biólogo a bordo de una nave de investi­gación interestelar.

—Pero..., ¡mis diplomas! ¡Mis recomendaciones! No pueden tomar semejante decisión basándose en una prueba que afirman haber realizado en mí mien­tras observaba muestras de colores en aquella má­quina.

—Le ruego que se domine, señor Eden. Usted de­claró que estaba dispuesto a someterse a todas las pruebas, y esta decisión de carácter negativo es de­finitiva. ¡Buenas tardes, señor Eden!

El fracasado salió de la estancia sin devolver el sa­ludo. No acertaba a entenderlo: a él le rechazaban, y en cambio admitían a principiantes inexpertos como la señorita Kingston y Allan Sinceres. Estos viajarían a las estrellas, y él no. ¿Por qué motivo? ¡Todo por el resultado de una ridícula prueba de la que no había notado absolutamente nada! Presen­taría una queja.

Y cerró la puerta de un golpe furioso.

Deserción - Clifford D. Simak

 Cuatro hombres, de dos en dos, se habían internado en la aullante vorágine de Júpiter, y no habían regresado. Habían salido al viento huracanado, o mejor dicho, habían galopado hacia él, con los vientres pegados al suelo, los flancos relucientes bajo la lluvia.

Porque no habían ido en forma humana.

Ahora el quinto hombre estaba de pie frente al escritorio de Kent Fowler, comandante de la Cúpula Nº 3 de la Comisión de Reconocimiento Joviano.

Debajo del escritorio de Fowler, el viejo Towser se rascó una pulga, y volvió a acomodarse para dormir. Harold Allen, advirtió Fowler con una repentina punzada de dolor, era joven... demasiado joven. Tenía la segura confianza de la juventud, el rostro de quien no ha conocido aún el miedo. Y eso era raro. Porque los hombres de las cúpulas de Júpiter sí conocían el miedo, el miedo y la humildad. Al hombre le resultaba muy difícil conciliar su diminuta naturaleza con las poderosas fuerzas del monstruoso planeta.

- Quiero que comprenda - dijo Fowler - que no está obligado a hacer esto. Quiero que comprenda que no está obligado a salir.

Era un simple formulismo, por supuesto. Les había dicho lo mismo a los otros cuatro, pero habían salido igualmente. Fowler sabía que el quinto hombre también lo haría. Pero de repente sintió que dentro de él se agitaba una débil esperanza de que Allen no aceptara.

- ¿Cuándo debo partir? - preguntó Allen.

En otra época, Fowler hubiera sentido un sereno orgullo ante una respuesta como ésa, pero no ahora. Frunció ligeramente el ceño.

- Dentro de una hora - contestó.

Allen permaneció de pie frente a él, tranquilo, esperando.

- Otros cuatro hombres han salido y no han regresado - dijo Fowler -. Usted ya lo sabe, por supuesto. Querernos que usted regrese. No queremos que emprenda ninguna heroica expedición de rescate. El objetivo principal, el único objetivo, es que usted regrese, que pruebe que el hombre puede vivir bajo una forma Joviana. Vaya solamente hasta el primer mojón de reconocimiento, no más allá, y luego regrese. No corra ningún riesgo. No investigue nada. Simplemente, regrese.

Allen asintió.

- Lo comprendo perfectamente.

- La señorita Stanley manejará el conversor - prosiguió Fowler -. No tiene nada que temer en ese aspecto. Los otros cuatro hombres fueron convertidos sin contratiempos. Salieron del conversor en perfectas condiciones, al menos aparentemente. Estará usted en manos absolutamente competentes. La señorita Stanley es el operador de conversores mejor calificado del Sistema Solar. Ha tenido experiencias en la mayoría de los otros planetas. Por eso está aquí.

Allen sonrió a la señorita y Fowler vio una expresión que cruzaba fugazmente por el rostro de la mujer, expresión que podía ser lástima, rabia, o pura y simplemente miedo. Pero solo había durado un momento y ahora ella le devolvía la sonrisa al joven que estaba de pie frente al escritorio. Sonreía de un modo formal, como una maestra de escuela, casi como si se odiara por hacerlo.

- Esperaré con ansias mi conversión - dijo Allen.

Y el modo como lo dijo hizo que todo pareciera una broma, una enorme e irónica broma.

Pero no lo era.

Era un asunto serio, mortalmente serio. Fowler sabía que de estas pruebas dependía el destino del hombre en Júpiter. Si las pruebas tenían éxito, el hombre tendría acceso a los recursos del gigantesco planeta. El hombre se apoderaría entonces de Júpiter, como se había apoderado ya de los planetas más pequeños. Pero si fracasaban...

Si fracasaban, el Hombre seguiría encadenado e imposibilitado por la terrible presión, la titánica fuerza de gravedad y los extraños procesos químicos del planeta. Seguiría confinado en las cúpulas, incapaz de poner los pies en el exterior, incapaz de verlo con el ojo desnudo, obligado a confiar en los torpes tractores y en los televisores, obligado a trabajar con torpes maquinarias y herramientas o con torpes robots tan torpes como ellos.

Porque el Hombre, desprotegido y en su forma original, hubiera sido aplastado instantáneamente por la terrorífica presión atmosférica de Júpiter, de 1200 kilogramos por centímetros cuadrado, presión que hacía que la del fondo del mar pareciera, por comparación, el interior de una campana de vacío.

Ni siquiera la más resistente aleación metálica que el Hombre podía elaborar tenía posibilidades de sobrevivir bajo semejantes presiones y las lluvias alcalinas, que arrasaban permanentemente la superficie del planeta. El metal se hacía quebradizo y escamoso, desmoronándose como arcilla o desintegrándose en pequeños arroyuelos o fangosos charcos de sales amoniacales. Sólo incrementando la fuerza y resistencia de ese metal, aumentando su tensión molecular, podía lograrse que soportara el peso de las miles de millas cúbicas de turbulentos y asfixiantes gases que componían la atmósfera. Y una vez logrado esto, había que revestir todo con una capa de cuarzo puro, para impermeabilizarlo de las lluvias, el amoníaco líquido que caía como una amarga lluvia.

Fowler se detuvo a escuchar los motores del subsuelo de la cúpula, motores que funcionaban sin pausa, sumiéndola en un zumbido incesante. Tenían que funcionar y seguir funcionando, pues si se detenían, la energía que fluía hacia las paredes metálicas de la cúpula se interrumpiría, la tensión molecular disminuiría, y ése sería el final de todo.

Towser se irguió debajo del escritorio de Fowler y comenzó a rascarse otra pulga, mientras una de sus patas golpeaba rítmicamente contra el suelo.

- ¿Algo más? - preguntó Allen.

Fowler sacudió negativamente la cabeza.

- Tal vez haya algo que usted desee hacer - dijo -. Tal vez...

Había estado a punto de decir "usted quiera escribir una carta", pero se había contenido a tiempo.

Allen miró su reloj.

- Estaré allí a tiempo - dijo, y giró rápidamente en dirección a la puerta.

 

Fowler sabía que la señorita Stanley lo estaba observando, y no sentía ningún deseo de volverse y enfrentar su mirada. Revolvió desmañadamente los papeles de su escritorio.

- ¿Hasta cuándo va a seguir adelante con esto? - le preguntó la señorita Stanley, articulando cada palabra con despectiva brusquedad.

Entonces, él se volvió en su silla y se enfrentó a ella. Los labios de la mujer estaban apretados hasta formar una delgada línea recta, su cabello estaba recogido más tirante que nunca, dando a su rostro una extraña y casi alarmante apariencia de mascarilla mortuoria.

Fowler trató que su voz sonara fría y controlada.

- Tanto tiempo como sea necesario - dijo -. Mientras haya alguna esperanza.

- Seguirá sentenciándolos a muerte - dijo ella -. Seguirá enviándolos allá afuera, a enfrentarse con Júpiter. Va a seguir acá sentado, seguro y cómodo, mientras los manda a morir allá afuera.

- No hay lugar para sentimentalismos, señorita Stanley - dijo Fowler, tratando de ocultar el tono furioso de su voz -. Usted sabe tan bien como yo por qué hacemos esto. Usted sabe que el hombre, en su forma original, no puede enfrentarse a Júpiter. La única posibilidad es convertir al hombre en la clase de ser que sí puede hacerlo. Ya lo hemos hecho en otros planetas.

«Si unos pocos hombres mueren, pero tenemos éxito, el precio es pequeño. En todas las épocas los hombres han desperdiciado su vida en cosas estúpidas, por razones estúpidas. ¿Por qué deberíamos vacilar, entonces, ante una pequeña muerte, en algo tan grandioso como esto?

La señorita Stanley estaba sentada tensa y erguida, con las manos plegadas sobre la falda y la luz le caía sobre su cabello cano, mientras Fowler la contemplaba tratando de imaginar lo que estaría sintiendo, lo que estaría pensando. No era exactamente que le temiera, pero no se sentía cómodo cuando ella estaba cerca. Esos agudos ojos azules veían demasiado, sus manos parecían competentes en demasía. Debería haber sido la tía de alguien, sentada en su mecedora con las agujas de tejer. Pero no lo era. Era la mejor operadora de Conversores del Sistema Solar, y no le agradaba el modo en que él estaba haciendo las cosas.

- Algo anda mal, señor Fowler - declaró.

- Precisamente - concordó Fowler -. Por eso envío al joven Allen solo. El puede averiguar qué es lo que anda mal.

- ¿Y si no lo averigua?

- Enviaré a algún otro.

Ella se levantó lentamente de su silla, en dirección a la puerta; luego se detuvo frente al escritorio.

- Algún día - dijo - llegará a ser un gran hombre. Jamás pierde una oportunidad, y esta es su mayor oportunidad. Lo supo desde el momento en que erigieron esta cúpula para las pruebas. Si el proyecto se lleva a cabo, usted ascenderá un grado o dos. No importa cuántos hombres mueran, usted ascenderá un grado o dos.

- Señorita Stanley - dijo él, y su voz era cortante - el joven Allen debe salir enseguida. Por favor, asegúrese de que su máquina...

- Mi máquina - le dijo ella, glacialmente - no tiene la culpa. Opera en base a las coordenadas dispuestas por los biólogos.

El quedó sentado, encorvado ante su escritorio, escuchando cómo los pasos de ella se alejaban por el corredor.

Lo que ella había dicho era cierto, por supuesto. Los biólogos habían establecido las coordenadas. Pero los biólogos podían haberse equivocado: aunque solo fuera una diferencia del espesor de un cabello, una digresión infinitesimal, y el conversar enviaría al exterior algo que no era lo que ellos habían calculado enviar. Un mutante que podía resquebrajarse, enloquecerse, desmoronarse bajo la tensión de alguna situación totalmente imprevista.

Porque el hombre no sabía mucho de lo que sucedía afuera. Solo lo que sus instrumentos le decían que sucedía. Y las muestras en que se basaban esos instrumentos y maquinarias no eran más que muestras, pues Júpiter era increíblemente vasto, y las cúpulas muy pocas.

Hasta la recopilación de datos acerca de los Galopadores, aparentemente la forma de vida más desarrollada del planeta, les había llevado a los biólogos más de tres años de estudios intensivos, más dos años de comprobaciones para confirmar los resultados. Un trabajo que en la Tierra hubiera demandado una o dos semanas. Pero, en este caso, era un trabajo que no podía hacerse en la Tierra en modo alguno, porque las formas de vida Joviana no podían ser trasladadas a la Tierra. La presión atmosférica de Júpiter no podía ser reproducida fuera del planeta, y a la presión atmosférica y temperatura de la Tierra, los Galopadores se hubieran esfumado en una bocanada de gas.

El trabajo tenía que hacerse si el Hombre pretendía desplazarse por Júpiter bajo la forma vital de los Galopadores. Porque antes de que el conversor pudiera cambiar a un Hombre, trasformándolo en otra forma de vida, cada una de las características físicas de esa forma de vida debía conocerse, concreta y absolutamente, sin posibilidad de error.

 

Allen no regresó.

Los tractores que registraron minuciosamente el terreno adyacente no hallaron rastros de él a menos que una silueta escurridiza avistada por uno de los conductores hubiera sido el desaparecido terráqueo con forma de Galopador.

Los biólogos sonrieron con sus más despectivas sonrisas académicas cuando Fowler sugirió que tal vez las coordenadas estuvieran erradas. Destacaron minuciosamente que las coordenadas funcionaban. Cuando se colocaba un hombre en el conversor y se accionaba el interruptor, el hombre se convertía en un Galopador. Es más, el hombre salía de la máquina y se alejaba hasta perderse de vista en la densa atmósfera exterior.

Alguna minucia, había sugerido Fowler, alguna ínfima desviación con respecto a lo que era en realidad un Galopador, algún error insignificante. Si existiera algo así, habían dicho los biólogos, llevaría años detectarlo.

Y Fowler supo que tenían razón.

De modo que ahora eran cinco hombres en vez de cuatro, y Harold Allen había salido al exterior en vano. En cuanto al conocimiento, era absolutamente como si no hubiera ido.

Fowler se inclinó sobre su escritorio para buscar el archivo de personal, un delgado fajo de papeles prolijamente unidos por un gancho. Era algo que aborrecía, pero que debía hacer. De algún modo debía averiguar el motivo de estas extrañas desapariciones. Y el único modo de hacerlo era enviar más hombres al exterior.

Permaneció sentado durante un momento, escuchando al viento que aullaba sobre la cúpula, la eterna tormenta rugiente que asolaba el planeta con su torbellino de hirviente ira.

 ¿Habría alguna amenaza allá afuera?, se preguntó. ¿Algún peligro que desconocían? ¿Algo que acechaba para devorar a los Galopadores, sin diferenciar a los Galopadores reales de los que habían sido hombres? Para los devoradores no existiría ninguna diferencia, por supuesto.

¿O se habría cometido una equivocación fundamental al seleccionar a los Galopadores como la forma de vida más adecuada para sobrevivir en la superficie del planeta? El sabía que la evidente inteligencia de los Galopadores había sido uno de los factores determinantes. Porque si el ser en que el Hombre se convertía carecía de inteligencia, el mismo Hombre no podría mantener su propia inteligencia bajo esa forma durante mucho tiempo.

¿Habrían permitido los biólogos que ese factor pesara demasiado, usándolo para compensar algún otro que tal vez fuera insatisfactorio, desastroso incluso? No parecía probable: obstinados como eran, conocían su trabajo.

¿O el proyecto sería imposible, y estaría condenado al fracaso desde el principio? La conversión a otra forma de vida había funcionado en otros planetas, pero eso no significaba que debía funcionar en Júpiter. Tal vez la inteligencia del Hombre no pudiera desempeñarse adecuadamente a través de los órganos sensoriales de una forma de vida Joviana. Tal vez los Galopadores fueran tan extraños que no existía un campo común donde el conocimiento humano y la concepción Joviana de la existencia pudieran reunirse y trabajar en conjunto.

O tal vez la falla residiera en el hombre, fuera inherente a la raza. Alguna aberración mental que, sumada a lo que encontraban afuera, les impidiera regresar. Aunque tal vez no fuera una aberración, al menos no en el sentido humano. Quizá fuera solamente una característica mental humana, aceptada por lo común en la Tierra, la que chocaba violentamente con la existencia Joviana, poniendo en peligro el equilibrio psíquico del hombre.

 

Fowler oyó el sonido de garras que tamborileaban sobre el piso del corredor, y sonrió con cansancio. Era Towser, de regreso de otra visita a su amigo el cocinero.

Towser entró al cuarto, llevando un hueso. Meneó el rabo mirando a Fowler y se dejó caer debajo del escritorio, con el hueso entre las patas. Durante un largo momento sus viejos ojos reumáticos miraron a su amo, y Fowler extendió una mano para acariciar sus hirsutas orejas.

- ¿Aún me quieres, Towser - preguntó Fowler, y Towser movió la cola, golpeándola contra el piso.

- Eres el único - dijo Fowler.

Se enderezó y volvió a girar hacia el escritorio. Su mano se extendió para recoger otra vez el fichero de personal.

¿Bennett? Bennett tenía una chica esperándolo en la Tierra.

¿Andrews? Andrews planeaba volver al Tecnológico de Marte tan pronto como ganara lo suficiente para mantenerse allí durante un año.

¿Olson? Olson estaba muy próximo a jubilarse. Todo el tiempo les contaba a los muchachos cómo iba a establecerse a cultivar rosas.

Con cuidado, Fowler dejó el fichero sobre el escritorio.

Sentenciar a sus hombres a muerte. La señorita Stanley lo había dicho, mientras sus labios apenas si se movían en su rostro apergaminado. Enviarlos afuera a morir mientras él, Fowler, se quedaba allí sentado, seguro y cómodo.

En toda la cúpula estarían diciendo lo mismo, sin duda, especialmente ahora que Allen no había regresado. Por supuesto que no se lo dirían en la cara. Ni siquiera el hombre o los hombres que llamara a su despacho para informarles que serían los siguientes, se lo dirían.

Pero él podría verlo en sus ojos.

Otra vez recogió el archivo. Bennett, Andrews, Olson. Había otros, pero no tenía sentido continuar.

Se inclinó hacia adelante y presionó el pulsador de su intercomunicador.

- ¿Sí, señor Fowler?

Comuníqueme con la señorita Stanley, por favor.

Esperó que la señorita Stanley lo atendiera, oyendo a Towser roer desganadamente su hueso. Los dientes de Towser estaban gastados.

- Aquí la señorita Stanley.

- Solo quería decirle, señorita Stanley, que se prepare para dos más.

- ¿No tiene miedo - le preguntó la señorita Stanley - de quedarse sin hombres? Si los manda de a uno, le durarán más, le darán el doble de satisfacción.

- Uno de ellos - dijo Fowler - será un perro.

- ¡Un perro!

- Sí, Towser.

Oyó que la voz de ella se hacía glacial, inundada de una repentina y fría ira.

- ¡Su propio perro! Ha estado con usted todos estos años...

- Ese es el asunto - dio Fowler -. Towser se sentiría muy desdichado si me fuera sin él.

 

No era el Júpiter que había conocido en las pantallas de televisión. Había esperado que fuera diferente, pero no así. Había esperado un infierno de lluvias amoniacales y pestilentes gases y el ensordecedor y rugiente tumulto de la tormenta. Había esperado torbellinos de nubes y nieblas y el centelleante rezongo de los monstruosos truenos.

Pero no había esperado que el denso aguacero se viera reducido a una suave llovizna neblinosa que ondulaba en sombras huidizas sobre el césped rojo y purpúreo. Ni siquiera había supuesto que los serpenteantes relámpagos serían destellos de puro éxtasis cruzando aquel cielo coloreado.

Mientras esperaba a Towser, Fowler flexionó los músculos de su cuerpo, asombrado por la pareja y suave fuerza que había en ellos. No era un mal cuerpo, decidió, e hizo una mueca al recordar cómo se había compadecido de los Galopadores al verlos en la pantalla de televisión.

Porque le había resultado difícil imaginar un organismo vivo basado en hidrógeno y amoníaco, en lugar de agua y oxígeno, difícil creer que una forma de vida como esa pudiera conocer el mismo estremecimiento vital que conmovía a la humanidad. Difícil de concebir una vida que se desarrollara en la densa vorágine de Júpiter, sin saber, por supuesto, que visto a través de ojos Jovianos, Júpiter no era un torbellino en absoluto.

El viento lo acariciaba con suaves dedos, y Fowler recordó, con un sobresalto, que de acuerdo con los parámetros terrestres. aquel viento era un rugiente huracán que aullaba a trescientos veinte kilómetros por hora, cargado de gases letales.

Agradables aromas inundaron su cuerpo. Y sin embargo, no eran aromas, porque no era una sensación olfatoria tal como la recordaba. Era como si todo su cuerpo se empapara de la sensación de lavanda... y sin embargo no era lavanda. Supo que era algo para lo que no tenía palabras, sin duda el primero de muchos enigmas de terminología. Porque las palabras que conocía, los símbolos ideales que le habían servido como terráqueo, le resultarían inútiles como Joviano.

La compuerta lateral de la cúpula se abrió y Towser salió a los tropezones; al menos creyó que era Towser.

Comenzó a llamar al perro, moldeando en su mente las palabras que quería decir. Pero no pudo decirlas. No había modo de decirlas. No tenía con qué decirlas.

Por un momento su mente fue un torbellino de oscuro terror, un pánico ciego que envolvía su cerebro en bocanadas de temor.

¿Cómo hablan los Jovianos? ¿Cómo?.

De repente fue consciente de Towser, intensamente consciente del torpe y ansioso acto de aquel hirsuto animal que lo había seguido desde la Tierra a tantos planetas. Fue como si lo que era Towser hubiera salido de él y llegado por un momento al cerebro de Fowler.

 Y de la burbujeante bienvenida que sentía, llegaron las palabras:

- Hola, compañero.

No eran palabras en realidad, era algo mejor que palabras. Eran imágenes simbólicas en su cerebro, comunicadas por medio de imágenes que tenían matices de significado mucho más sutiles que las palabras.

- Hola, Towser - dijo.

- Me siento bien - dijo Towser -. Como cuando era un cachorro. Ultimamente me he sentido bastante inservible. Con las patas endurecidas y los dientes casi reducidos a nada. Era difícil roer un hueso con esos dientes. Además, las pulgas me volvían loco. Antes no solía prestarles mucha atención. Una pulga más o menos no hacía diferencia en mis viejos tiempos.

- Pero... pero... Fowler balbuceaba con torpeza. ¡Estás hablándome!

- Seguro - contestó Towser -. Siempre te hablé, pero no podías oírme. Trataba de decirte cosas, pero nunca lo logré.

- Algunas veces te comprendía - dijo Fowler.

- No muy bien - dijo Towser -. Sabías cuándo quería comida o bebida, o cuando deseaba salir, pero eso era todo lo que comprendías.

- Lo siento - dijo Fowler.

- Olvídalo - le dijo Towser -. Te corro una carrera hasta el acantilado.

Fowler vio el acantilado por primera vez, aparentemente a muchos Kilómetros de distancia, pero de una extraña belleza cristalina que centelleaba a la sombra de las nubes multicolores.

Fowler vaciló.

- Está muy lejos...

- ¡Oh, vamos! - lo instó Towser, y comenzó a correr en dirección al acantilado.

 

Fowler lo siguió, probando sus piernas, probando las fuerzas de su nuevo cuerpo, dudando un poco al principio, asombrado un minuto más tarde, y corriendo luego con un regocijo absoluto que se unía a la hierba roja y purpúrea y al ondulante vapor de lluvia que caía sobre la sierra.

Mientras corría fue consciente de una sensación de música, una música que latía dentro de su cuerpo, que manaba a través de todo su ser, elevándolo en alas de una plateada ligereza. Una música como la que podría surgir de un campanario en una soleada colina en primavera.

A medida que se aproximaba a la colina, la música se hizo más profunda e inundó el universo con un rocío de sonido mágico. Y entonces supo que la música provenía de la gorgoteante cascada que caía por la ladera resplandeciente del acantilado.

Pero sabía que no era una caída de agua, sino de amoníaco, y que el acantilado era blanco porque era oxígeno solidificado. Fowler patinó hasta detenerse en el lugar donde la cascada se abría en un resplandeciente arco iris de cientos de colores. Eran literalmente cientos, porque aquí, según observaron, no había matices de un color primario hasta otro, tal como los ve el ojo humano, sino una gama claramente diferenciada que descomponía al prisma hasta su última y esencial clasificación.

- La música - dijo Towser.

- ¿Sí, qué hay con ella?

- La música - dijo Towser - son las vibraciones del agua al caer.

- Pero Towser, tú no sabes nada de vibraciones.

- Sí, sé - lo contradijo Towser -. Acaba de surgir en mi mente.

Fowler tragó saliva mentalmente.

- ¡Surgir en tu mente!

Y de repente, apareció en su cerebro una fórmula, la fórmula del proceso que haría que los metales toleraran la presión de Júpiter.

Atónito, contempló la cascada con fijeza, y velozmente, su mente aprehendió los colores y los colocó en la secuencia exacta del espectro. Así de simple. Surgido de la nada. Surgiendo de la nada, porque él no sabía nada de metales ni de colores.

- Towser - gritó -. ¡Towser, algo nos está sucediendo!

- Sí, ya sé - dijo Towser.

- Es nuestro cerebro - dijo Fowler -. Lo estamos usando en su totalidad, hasta el último rincón. Estamos usándolo para elaborar cosas que debimos haber sabido siempre. Tal vez los cerebros de los seres de la Tierra son lentos y obnubilados por naturaleza. Tal vez seamos los débiles mentales del universo. Tal vez estamos hechos de modo tal que podríamos hacer las cosas de la manera más difícil.

Y, con la nueva agudeza y claridad de pensamiento que parecía invadirle, Fowler supo que no sería solo una cuestión de colores en una cascada o de metales que resistirían la presión de Júpiter. Sentía otras cosas, cosas no muy claras. Un vago susurro que sugería grandiosas posibilidades, misterios que trascendían la barrera del pensamiento humano, que trascendían incluso la imaginación humana. Misterios, hechos, lógica construida por el razonamiento. Algo que cualquier cerebro podría lograr si usara todo su poder de raciocinio.

- Aún somos terrestres - dijo -. Solo estarnos empezando a comprender algunas de las cosas que sabremos, unas pocas de las cosas que se nos negaron como seres humanos, tal vez porque éramos seres humanos. Porque nuestros cuerpos humanos eran inferiores. Pobremente equipados para pensar, pobremente equipados en algunos sentidos que uno necesita tener para saber. Tal vez careciéramos incluso de algunos sentidos necesarios para lograr el verdadero conocimiento.

Se volvió a contemplar la cúpula, una diminuta silueta oscura empequeñecida por la distancia.

Allí había hombres que no podían ver la belleza de Júpiter, hombres que pensaban que un torbellino de nubes y una densa lluvia oscurecían la paz del planeta. Ciegos ojos humanos. Pobres ojos. Ojos que no podían ver la belleza de las nubes, que no podían ver a través de la tormenta. Cuerpos que no podían sentir el estremecimiento producido por la conmovedora música de la caída de agua.

Hombres que marchaban en soledad, en terrible soledad, hablando por medio de sus lenguas como un grupo de boy scouts que se comunica torpemente por medio de señales, incapaces de alcanzar y tocar la mente de otro, como él podía alcanzar y llegar a mente de Towser. Impedidos para siempre de lograr un contacto íntimo y personal con los demás seres vivientes.

El, Fowler, había esperado el terror inspirado por las cosas desconocidas de la superficie, había esperado acobardarse ante la amenaza de lo desconocido, se había acorazado contra la repulsión que le causaría una situación no terráquea.

Pero, en vez de eso, había hallado algo más grandioso que todo lo conocido por el Hombre. Un cuerpo ágil, más seguro. Un sentimiento de regocijo, un sentido mas profundo de la vida. Una mente más aguda que ni siquiera los soñadores de la tierra podían imaginar.

- Vamos - lo urgió Towser

- ¿Dónde quieres ir?

- A cualquier parte - dijo Towser -. Vámonos simplemente, y veremos adónde llegamos. Tengo bien, una sensación..., una sensación.

- Sí, lo sé - dijo Fowler.

Porque él también tenía la misma sensación. La sensación de un destino superior. Una cierta sensación de grandeza. La certeza de que en algún lado, más allá del horizonte, lo aguardaban aventuras, y cosas más grandes aún que la aventura.

Los otros cinco también lo habrían sentido. Habrían sentido la urgencia de ir y ver, la compulsivo sensación de que los aguardaba una vida de plenitud y sabiduría.

Por eso, Fowler lo supo, no habían regresado.

- No regresaré - dijo Towser.

- No podemos abandonarlos - dijo Fowler.

Fowler dio uno o dos pasos en dirección a la cúpula, luego se detuvo.

De regreso a la cúpula. De regreso a ese cuerpo doloroso, cargado de veneno, que había dejado atrás. Antes no le había parecido doloroso, pero ahora sí.

De regreso a su mente confusa, a su pensamiento turbio. De regreso a las bocas chasqueantes que articulaban señales que los otros entendían. De regreso a unos ojos que ahora le parecían peor que la ceguera. De regreso a la sordidez, a arrastrarse, a la ignorancia.

- Quizás algún día - dijo, murmurando para sí.

- Tenemos muchas cosas para hacer y ver - dijo Towser -. Tenemos mucho que aprender. Descubriremos cosas...

Sí, descubrirían cosas. Civilizaciones, quizá. Civilizaciones que harían que la del Hombre pareciera minúscula en comparación. Descubrirían belleza y, lo que era más importante, podrían comprender esa belleza. Y una camaradería que nadie había conocido antes... que ningún Hombre, ni ningún perro habían conocido antes.

Y la vida. Los apremios de la vida plena después de lo que parecía una existencia narcotizada.

- No puedo regresar - dijo Towser.

- Ni yo - dijo Fowler.

- Volverían a convertirme en perro - dijo Towser.

- Y a mí - dijo Fowler - en hombre