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Navidad en Ganímedes - Isaac Asimov

 

Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo.

No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción.

De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales.

El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas.

Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente.

–Ya estamos todos aquí –exclamó–. ¡Muchachos! Nos enfrentamos con una crisis.

Se percibió un vago movimiento. Los ojos de Olaf miraron al techo y se sintió aliviado. Por término medio, en cada circunvolución completa se originaba una crisis en la Base. Generalmente surgía al producirse un alza repentina en el cupo de oxita, o bien cuando era inferior la calidad del último lote de hojas de karen. Sin embargo, las palabras siguientes le dejaron sin aliento.

–En relación con la crisis tengo que hacer una pregunta.

La voz de Pelham tenia un profundo timbre de barítono, salpicado de estridencias, cuando estaba colérico.

–¿Qué cochino y estúpido perturbador ha contado historias de hadas a esos revoltosos astruces?

Olaf carraspeó nervioso, con lo que se convirtió en el centro de la atención general. Le oscilaba la nuez presa de repentina alarma, se le arrugó la frente como cartón mojado; temblaba.

–Yo... yo... –tartamudeó; hubo un momentáneo silencio, sus largos dedos hacían desatinados ademanes suplicantes–. Sí... quiero decir que estuve allí después que las últimas entregas de hojas de karen... ya que los astruces se movían con lentitud y...

La voz de Pelham adquirió un tono de falsa dulzura. Sonrió.

–¿Les habló a los nativos de Santa Claus, Olaf?

La sonrisa parecía insólita al igual que la mirada lobuna que lanzaba de reojo y Olaf quedó anonadado. Asintió convulsivamente.

–Oh, ¿si? ¿Habló con ellos? Vaya, vaya, les habló de San Nicolás. Viene en un trineo volando por los aires con un tiro de ocho renos, ¿eh?

–Sí, en efecto. ¿No es verdad? –inquirió inadecuadamente Olaf.

–Y dibujó los renos para demostrar que no se trataba de un error. Y que él tiene una gran barba blanca y sus ropas son encarnadas con cenefas albinas.

–Si, señor, tiene razón –contestó Olaf estupefacto.

–Y lleva un gran saco atestado de regalos para los niños buenos, los deja caer por la chimenea y los pone dentro de los calcetines y medias.

–Exacto.

–También les dijo que está a punto de llegar. Una circunvalación más y vendrá a visitarnos.

Olaf sonrió débilmente.

–Si, mi comandante. Quería decírselo; estoy montando el árbol y...

–¡Cállese! –el comandante respiraba agitado y sibilante–, ¿sabe lo que se han imaginado esos astruces?

–No, mi comandante.

Pelham inclinó el torso sobre la mesa en dirección a Olaf y gritó:

–Quieren que Santa Claus los visite.

Se oyeron algunas risas que al punto se convirtieron en toses ahogadas ante la encolerizada mirada del comandante.

–Y si Santa Claus no los visita dejarán de trabajar –repitió–. Se producirá una huelga.

Después de estas palabras ya no se oyeron risas, ni toses contenidas, ni nada por el estilo. Si había cruzado otro pensamiento por las mentes del grupo, éste no llegó a manifestarse. Olaf expresó la idea que estaba en el ánimo de todos:

–¿Y cómo va la cuota?

–¿Que cómo va la cuota? –gruñó Pelham–. ¿Tengo que dibujarles un gráfico? Productos ganimedinos tiene que obtener cien toneladas de wolframita, ochenta toneladas de hojas de karen y cincuenta toneladas de oxita por año, o de lo contrario perderá la concesión. Supongo que ninguno de ustedes lo ignora. Se da la circunstancia que al año terminará dentro de dos circunvoluciones ganimedinas y la producción sufre un déficit del cinco por ciento con arreglo al plan establecido.

Se produjo un silencio sepulcral. Pelham prosiguió:

–Y los nativos no trabajarán si no viene Santa Claus. No habrá trabajo, ni cuota, ni concesión, ni empleos. Cuando la Compañía pierda sus derechos, perderemos los empleos mejor pagados de la organización. Adiós, muchachos... buena suerte... a menos...

Hizo una pausa y mirando fijamente a Olaf añadió:

–A menos que antes de terminar la próxima circunvolución tengamos un trineo volador, ocho renos y un Santa Claus y por las manchas cósmicas de los anillos de Saturno, lo conseguiremos; especialmente un Santa Claus.

Diez rostros palidecieron mortalmente.

–¿Tiene algún plan, mi comandante? –graznó alguien con voz trémula.

–Sí, desde luego que lo tengo –estiró las piernas y se recostó en el sillón.

Un repentino sudor frío se apoderó de Olaf Johnson al notar, cual dedo acusador, las miradas fijas de todos los presentes.

–Cuanto lo siento, mi comandante –murmuró con voz ahogada.

Pero el dedo acusador permanecía inmóvil.

Pelham penetró con paso firme en la antesala. Se despojó de la careta de oxígeno y de los fríos cilindros conectados a ella. Arrojó a un lado, una tras otra, gruesas prendas de lana y, al fin, con un suspiro de preocupación, se quitó a tirones un par de botas espaciales que le llegaban hasta las rodillas.

Sim Pierce interrumpió el cuidadoso examen de la última partida de hojas de karen y lanzó desde detrás de sus lentes una mirada esperanzadora.

–¿Qué hay? –preguntó.

Pelham se encogió de hombros.

–Les prometí la visita de Santa Claus. ¿Qué podía hacer? También les he doblado la ración de azúcar y de momento están trabajando.

Pierce agitó una enorme hoja de karen con cierto énfasis, mientras decía:

–¿Quiere decir hasta el día en que deba aparecer el prometido San Nicolás? En mi vida he oído cosa más tonta. No se podrá llevar a cabo. No habrá Santa Claus.

–Diga eso a los astruces –Pelham se hundió en una butaca y sus rasgos adquirieron una expresión pétrea–. ¿Qué hace Benson?

–¿Cree que podrá equipar ese dichoso trineo? –Pierce examinó una hoja al trasluz con aire crítico–. Mi opinión es que está chiflado. El viejo aguilucho ha descendido al sótano esta mañana y desde entonces está allí. Lo único que sé es que ha desmontado el disociador eléctrico. Si sucede algo anormal, nos quedaremos sin oxígeno.

–Bien –Pelham se incorporó con dificultad–. Por mi parte ojalá nos asfixiemos. Seria la manera más fácil de salir de este atolladero. Me voy abajo.

Salió presuroso y cerró la puerta de golpe.

En el sótano miró a su alrededor aturdido. Diseminadas por todos los sitios brillaban numerosas piezas de acero cromado. Pasó un buen rato tratando de reconocer las partes que el día anterior constituían una compacta maquinaria, un electro-disociador perfectamente montado. En el centro, en contraste anacrónico, había un polvoriento trineo de madera, con las palas encarnadas y deslucidas; Se oían martillazos procedentes de su interior.

–¡Eh, Benson! –gritó Pelham.

Un rostro tiznado y sudoroso se asomó bajo el trineo y un chorro de tabaco salió disparado hacia la inseparable escupidera del ingeniero.

–¿Cómo grita de esta manera? –se quejó Benson–. Estoy haciendo un trabajo delicado.

–¿Qué diablos es éste fantástico artificio?

–Un trineo volante. Una idea mía –el fuego del entusiasmo brilló en los húmedos ojos de Benson y mientras hablaba le surgía por la comisura de los labios la espuma del tabaco–. El trineo lo trajeron aquí en los viejos tiempos, cuando se creía que Ganímedes estaba cubierto de nieve como otros satélites de Júpiter. Todo cuánto tengo que hacer es adaptar en el fondo unos cuantos gravo-repulsores del disociador, con lo cual el trineo se hará antigravitatorio al conectar la corriente. Los compresores harán el resto.

El comandante se mordió el labio inferior dubitativo.

–¿Y funcionará?

–Por supuesto. Mucha gente ha pensado aplicar los repulsores a los viajes aéreos, pero resultan ineficaces en los campos de gran gravitación. En Ganímedes, con un tercio de gravitación y una presión atmosférica muy leve, un chiquillo podría manejarlo, incluso Johnson, aunque no lamentaría si cayera y se rompiera su maldito cuello.

–Muy bien, mire. Tenemos grandes cantidades de esa madera purpúrea aborigen. Póngase en contacto con Fim y dígale que coloque el trineo en una plataforma construida con este material. Tiene que medir unos seis metros de largo con una baranda alrededor de la parte que sobresalga.

Benson escupió y frunció el ceño bajo los espesos cabellos que le llegaban hasta los ojos.

–¿Cuál es su idea, comandante? –inquirió.

Inmediatamente se dejaron oír las risotadas de Pelham como ásperos ladridos.

–Esos astruces esperan ver los renos y los verán. Estos animales tendrán que ir montados en algo, ¿no es eso?

–Cierto... pero en Ganímedes no hay renos.

El comandante Pelham, que ya se marchaba, se detuvo un momento. Contrajo los párpados con desagrado como hacía siempre que pensaba en Olaf Johnson.

–Olaf ha salido a cazar ocho zambúes. Tienen cuatro patas, cabeza en un extremo y cola en el otro. Esto es suficiente para los astruces.

El viejo ingeniero rumió este informe y rió entre dientes de mala gana.

–Bien, me agrada la tonta distracción de su trabajo.

–A mí también –gritó Pelham.

Se alejó majestuosamente mientras Benson, mirándolo de reojo, desaparecía bajo el trineo.

La descripción que había hecho el comandante de un zambú era concisa y exacta, pero omitió detalles interesantes. Por una parte, el zambú tiene una cola larga, un hocico flexible, dos orejas que ondean elegantemente de atrás hacia adelante. Tiene dos ojos purpúreos y emotivos. 

Los machos están dotados de espinas de color carmesí, plegables a voluntad, que se extienden a lo largo de la columna vertebral y al parecer este ornamento es muy apreciado por las hembras de esta especie. Todo esto, combinado con una cola cubierta de escamas y un cerebro nada mediocre tendrán ustedes un zambú, o al menos lo tienen si logran capturarlo.

Precisamente, éste era el pensamiento que se le ocurrió a Olaf Johnson, al descender con cautela por una eminencia rocosa aproximándose a un rebaño de veinticinco zambúes que pastaban entre los desperdigados matorrales de una zona arenosa. Los ejemplares más próximos observaban cómo se acercaba Olaf, quien ofrecía un grotesco aspecto enfundado en pieles y con la careta de oxígeno conectada a la nariz. Como sea que los zambúes carecen de enemigos naturales se contentaban con mirar aquella extraña figura con ojos lánguidos y reprobatorios y volvieron a ronzar su provechosa pitanza.

Las nociones de Olaf respecto a la caza mayor eran incompletas. Rebuscó en los bolsillos un terrón de azúcar y cortándolo exclamó:

–Pss... Pss... michito... pss... pss... michito...

Las orejas del zambú más próximo se crisparon con desagrado. Olaf se acercó más con el terrón de azúcar en alto:

–Ven aquí, currito, ven aquí...

El zambú vio la golosina y puso los ojos en blanco.

Movió el hocico arrojando el último bocado de vegetación y avanzó olfateando con el cuello estirado. Después golpeó la palma extendida con un rápido y experto movimiento, llevándose el terrón a la boca. La otra mano de Olaf bajó rápida, pero se encontró con el vacío.

Con expresión desengañada sacó otra pieza del bolsillo:

–Ven aquí, príncipe. Acércate, Fido...

El zambú emitió un gruñido tremolante en las profundidades de su garganta. Era una manifestación placentera. Evidentemente aquel extraño monstruo que tenía ante él, después de haberse vuelto loco, se proponía alimentarlo para siempre con aquellos bocados concentrados y suculentos. Se lo arrebató de nuevo y retrocedió con la misma rapidez que la vez anterior. Pero en esta ocasión Olaf lo sujetaba con firmeza, pero el zambú también le había cazado medio dedo.

El alarido que dio Olaf denotaba que éste carecía en cierto modo de la impasibilidad necesaria requerida en tales circunstancias. Sin embargo, un mordisco que hace daño a través de espesos guantes, por supuesto, no deja de ser un mordisco.

Se abalanzó osadamente sobre el animal. Había ciertas cosas que alteraban la sangre de Johnson y el antiguo espíritu de los vikingos resurgía en él. Precisamente una de estas cosas era el que alguien o algo le mordiera un dedo, y mucho más si este alguien o algo era un ser extraterrestre.

Los ojos del zambú observaban indecisos mientras retrocedía. Ya no le ofrecían más terrones blancos y no sabía con seguridad lo que sucedería a continuación. La incertidumbre se desvaneció con rapidez inesperada cuando dos manos enguantadas se apoderaron de sus orejas y empezaron a zarandearlas. Lanzó un agudo gañido y arremetió brioso.

Los zambúes están dotados de cierta dignidad. Les desagrada que les tiren de las orejas, particularmente cuando otros zambúes, incluyendo algunas hembras, forman un corro y miran expectantes.

El terrícola cayó de espaldas y durante un rato estuvo en esta posición. Mientras tanto el zambú se alejó unos cuantos pasos y caballerosamente permitió que Johnson se pusiera en pie.

La vieja sangre delos vikingos alcanzó un grado más alto de efervescencia en Olaf. Se restregó la parte dolorida y saltó, olvidándose de las leyes de gravitación ganimedinas. Se desplazó por el aire a un metro de altura sobre la espalda del zambú.

Asomó el miedo en los ojos del animal al observar a Olaf. El salto había sido imponente, pero al mismo tiempo también se notaba en sus órganos visuales cierta confusión. Parecía que aquella maniobra carecía de propósito.

Olaf volvió a caer de espaldas sobre los cilindros al igual que la vez anterior. Empezaba a sentirse desconcertado. Los sonidos que emitían los espectadores denotaban palpablemente su condición de risitas burlonas.

–Risitas, ¿eh? –masculló amargado–; todavía no ha empezado la lucha.

Se acercó al animal lenta y cautelosamente. Dio un rodeo, examinando el punto más conveniente para lanzar el ataque. El zambú hizo lo mismo. Olaf simuló un falso ataque. Su oponente se agachó. A continuación, este último se volvió de espaldas y Olaf se agachó a su vez.

El seco y agresivo ronquido que salía de la garganta del zambú no parecía estar en consonancia con el espíritu fraternal que generalmente reina durante la época navideña y esta actitud irreverente le recordaba a Olaf algo así como un sacrilegio.

De pronto se oyó un silbido. Olaf sintió un repentino calor en la cabeza detrás de las oreja izquierda. Esta vez dio una vuelta en el aire y cayó de nuca. Los asistentes al espectáculo prorrumpieron en un clamor que parecía un relincho de satisfacción y el zambú movió la cola triunfalmente.

Olaf se sobrepuso a la impresión de estar flotando en un espacio infinito tachonado de estrellas y se incorporó vacilante.

–¡Protesto! –exclamó–. El ataque con la cola es juego sucio.

Saltó hacia atrás esquivando otro coletazo y acto seguido se lanzó hacia la parte inferior del animal y, atrapándole las patas, con fuerza, le obligó a dar con el espinazo en el suelo. El zambú lanzó un gañido de indignación.

Ahora la lucha había entrado en una fase en la que los músculos terrícolas y ganimedianos jugaban un papel decisivo. Olaf se manifestó como un hombre de fuerza bruta. Luchó con denuedo y por último se lo cargó a la espalda y el animal se sintió zarandeado e impotente.

Respondió vociferante y trató de demostrar sus objeciones con un coletazo bien administrado. Pero estaba situado con desventaja y la cola pasó silbando inofensiva sobre la cabeza de Olaf.

Los otros zambúes dejaron paso libre al vencedor con triste expresión en sus semblantes. Evidentemente eran muy buenos amigos del animal capturado y les era desagradable en extremo que hubiera perdido el combate. Volvieron a su quehacer gastronómico con resignación filosófica, completamente convencidos que todo era obra del destino.

Al otro lado de la prominencia rocosa, Olaf Había habilitado una cueva. Se desarrolló una breve y confusa lucha antes que Olaf lograra hacer entrar en razón al zambú. Una cuerda anudada concienzudamente fue el auxiliar más eficaz para mantenerlo quieto.

Pocas horas después cuando ya tenía en su poder los ocho zambúes, poseía una técnica depurada que sólo se adquiere tras larga experiencia. Podía haber dado a los cow-boys valiosos consejos sobre la forma de derribar cuadrúpedos recalcitrantes. También podía haber dado unas cuantas lecciones a los estibadores terrícolas, sobre maldiciones y juramentos simples y compuestos.

Era el día de Nochebuena y en la Base ganimedina reinaba un ruido ensordecedor y un confuso acaloramiento, como si se hubiera puesto en marcha un nuevo ingenio para registrar toda clase de sonidos. Alrededor del viejo trineo situado sobre una enorme plataforma de madera purpúrea, cinco terrícolas libraban una verdadera batalla con un zambú.

El zambú posee opiniones concretas en relación con muchas cosas y uno de sus más tenaces principios es que no va adonde no quiere ir. Esto lo demostraba palpablemente sacudiendo la cabeza, la cola, las cuatro patas, las tres espinas, en todas las direcciones y con todas sus fuerzas.

Pero los terrícolas insistieron y no con gran delicadeza. A pesar de sus angustiosos alaridos el animal, fue elevado hasta la plataforma, colocado en el lugar correspondiente y enjaezado sin remedio ni esperanza.

–Muy bien –gritó Peter Benson–. Traigan la botella.

Sujetando el hocico con una mano, Benson agitó la botella con la otra. El zambú temblaba de ansiedad y emitió temblorosos gañidos. Benson introdujo el líquido en la garganta del animal. Se oyó un gorgoteo y después un gruñido comprensivo. El animal estiró el cuello en demanda de otro trago.

–Nuestro mejor coñac –suspiró Benson.

Hubiera terminado la botella, pero la dejó cuando estaba por la mitad. Los ojos del zambú giraron rápidamente en sus cuencas; parecía como si intentara bromear. Sin embargo, esta actitud no duró mucho tiempo, pues el metabolismo ganimedino queda afectado por el alcohol casi de inmediato. Los músculos se le contrajeron con la rigidez propia de la borrachera e hipando sonoramente se desplomó.

–Traer al siguiente –exclamó Benson.

Al cabo de una hora los ocho zambúes no eran más que estatuas catalépticas. Les ligaron a sus cabezas palas en horquilla a guisa de astas.. Producían un efecto tosco e inexacto, pero apto para el fin deseado.

En el preciso momento en que Benson abría la boca para preguntar dónde estaba Olaf Johnson, el benemérito personaje apareció entre los brazos de tres camaradas y fue conducido a la plataforma tan envarado como cualquier zambú después de la lucha. No obstante, articuló sus objeciones con la mayor claridad.

–Yo no voy a ninguna parte con este atuendo. ¿Me oye...?

En realidad había motivos para quejarse. Olaf nunca había sido atractivo, ni en sus mejores momentos, pero su condición actual era una mezcolanza entre una pesadilla de zambúes y una concepción patriarcal de Picasso.

Llevaba los atavíos tradicionales de Santa Claus. Estos eran encarnados, tanto como podía permitir el papel de seda cosido a su capa espacial. El “armiño” era tan blanco como el algodón en rama; precisamente esto es lo que era. Su barba ondeaba libremente, hecha de más algodón en rama, enganchada a un lienzo que le llegaba de oreja a oreja.

Con tales aditamentos debajo y la nariz de oxígeno encima hasta la persona de ánimo más templado hubiera rehuido su mirada.

A Olaf no le habían mostrado un espejo para mirarse, pero lo que podía ver de él mismo y lo que su instinto le decía, le postraba en tal estado que la caída de un rayo fulminante la hubiera saludado con alivio.

Entre gritos y espasmos fue izado al trineo. Intervinieron otros, ayudando vigorosamente hasta que de Olaf, no quedó más que una masa retorcida de la que salían voces ahogadas.

–Dejadme –mascullaba–, dejadme –y atacaba uno a uno.

Hizo un pequeño amago para demostrar su osadía, pero cayeron sobre él numerosas manos que lo atenazaron, impidiéndole mover un dedo.

–¡Entre! –ordenó Benson.

–¡Váyase al infierno! –rugió Olaf entrecortadamente–. No quiero entrar en un artefacto patentado para un suicidio inmediato. Se puede llevar a su sanguinario trineo volante y...

–¡Oiga! –interrumpió Benson–. El comandante Pelham le está esperando al otro lado. Lo despellejará vivo si no está allí dentro de media hora.

–El comandante Pelham puede entrar en el trineo a mi lado y...

–Piense en su empleo. Piense en sus ciento cincuenta dólares semanales. Piense en Hilda allá en la Tierra que no se casará con usted si pierde el empleo.. Piense en todo eso.

Johnson pensó en aquello confusamente; pensó alguna cosa más y penetró en el trineo. Aseguró el saco con correas y puso en marcha el gravo-repulsor. Abrió el propulsor a chorro lanzando una horrible maldición.

El trineo arrancó impetuoso y Olaf no salió despedido hacia atrás por encima del artilugio, por verdadero milagro.

Se aferró a los pasadores y observó cómo las colinas circundantes subían y bajaban según los picados y rizos del inseguro trineo.

Sopló el viento y las ondulaciones se hicieron más sensibles. Cuando Júpiter apareció, su luz amarillenta iluminó todos los picos y abismos del accidentado terreno hacia cada uno de los cuales parecía dirigirse el trineo y cuando el gigantesco planeta se había alejado por completo de la línea del horizonte, la maldición de la bebida, que sale de los organismos ganimedinos, con la misma rapidez que entra, comenzó a alejarse de los zambúes.

El zambú zaguero fue el primero en despertar; se relamió la cavidad bucal, dio un respingo y desvaneció el maléfico influjo del alcohol. Después de haber tomado esta decisión, examinó lánguidamente lo que tenía a su alrededor. No le causó una impresión inmediata, Gradualmente se fue dando cuenta del hecho incontrastable de que el suelo que pisaba, cualquIera que fuere, no era el terreno firme de Ganímedes, Se inclinaba, se movía, lo cual era muy extraño.

Aunque hubiera atribuido este balanceo a su reciente orgía, no por ello dejó de mirar por debajo del barandal al cual estaba amarrado. Los zambúes jamás han muerto de ataque cardíaco, según consta en los registros sanitarios, pero éste, cuando miró abajo de sus patas estuvo a punto de romper la tradición.

El angustioso chillido de horror y desesperación que lanzó, hizo recobrar el conocimiento a los demás, cuyas cabezas, aunque doloridas, habían recobrado la conciencia.

Durante un buen rato se desarrolló una torpe, cacareante y confusa conversación, ya que los animales trataban de echar fuera de la cabeza el dolor e introducir en ella los hechos. Lograron conseguir ambos propósitos y organizaron una estampida. No era propiamente una estampida, puesto que estaban estrechamente atados. Pero si exceptuamos el detalle de su situación forzada, hicieron todos los movimientos del galope tendido. Y el trineo se volvió loco.

Olaf se cogió la barba un segundo antes de dejarla ondear libremente.

–¡Eh! –gritó,

Era tanto como sisear a un huracán.

El trineo pataleaba, saltaba y bailaba un tango histérico. Era presa de repentinos arrebatos y parecía dispuesto a estrellar su cerebro de madera contra la corteza de Ganímedes. Entretanto Olaf, a la vez que renegaba, juraba y lloraba, accionaba los propulsores a chorro.

Ganímedes daba vueltas y Júpiter se mostraba como una mancha borrosa. Quizá la bailotearte panorámica de Júpiter fue lo que indujo a los zambúes a comportarse con más formalidad. Parecía que ya les había pasado el malestar de la borrachera. Sea como fuere, cesaron de moverse, se dirigieron los unos a los otros sublimes discursos de despedida, confesaron sus pecados y esperaron la muerte.

El trineo se estabilizó y Olaf recobró el aliento que volvió a perder de nuevo ante un curioso espectáculo: hacia arriba veía las colinas y el sólido terreno ganimedino y por debajo el obscuro cielo y la abultada figura de Júpiter.

Al ver todo esto, él también hizo las paces con la eternidad y esperó el fin.

Unos cincuenta astruces se habían agrupado en una construcción de poca altura hecha de madera purpúrea, que llamaban salón de reunión. En un sucio Banco de honor de esta estancia fétida y obscurecida por el humo de las antorchas, estaban sentados el comandante Pelham y cinco de sus hombres. Ante ellos se pavoneaba el astrúz más desaliñado de todos inflando su enorme tórax con rítmicos y explosivos sonidos. Se detuvo un momento y señaló hacia una abertura en el techo.

–Mira –graznó–. Chimenea. Nosotros hacer, entrar Sannicaus.

Pelham asintió con un gruñido. El astrúz cloqueó placentero. Señaló los pequeños sacos de hierba tejida que colgaban de las paredes:

–Mirar, calcetines, medias, Sannicaus poner regalos.

–Sí –admitió Pelham sin entusiasmo– chimenea y calcetines. Muy bonito.

Torció la boca en dirección a Sim Pierce, que estaba sentado a su lado y murmuró entre dientes:

–Si estoy media hora más en esta escombrería, me moriré. ¿Cuando llegará ese tonto?

Pierce se movió incómodamente.

–Escuche, he realizado algunos cálculos. Estamos a salvo en todo menos en las hojas de karen, en las que aún llevamos cuatro toneladas de déficit. Si logramos resolver este estúpido asunto dentro de una hora, podremos empezar un nuevo período y hacer que los astruces trabajen el doble –se echó hacia atrás y continuó–. Sí, creo que lo podremos conseguir.

–Poco más o menos –replicó Pelham sombríamente–. Y eso si llega Johnson y no nos pone en otro aprieto.

El astrúz hablaba de nuevo, pues a sus congéneres les agrada charlar:

–Todos los años Kissmess –no sabía pronunciar Christmas–, Kissmess bonito, todo el Mundo amigos. Astruz querer Kissmess. Vosotros gustar Kissmess.

–Sí, es muy bonito –refunfuñó Pelham cortésmente–. Paz en Ganímedes y buena voluntad para los hombres, especialmente para aquéllos como Johnson. ¿Dónde diablos está ese idiota?

Cogió otro berrinche mientras el astrúz saltaba unas cuantas veces de arriba a abajo de manera calculada, evidentemente para ejercitarse. Continuó saltando variando el ritmo con aburridos pasos de baile. 

Los puños de Pelham se crispaban de una manera extraña. Unos excitados graznidos que provenían de un agujero en la pared, dignificado con el nombre de ventana, contuvieron a Pelham de hacer una matanza de nativos.

Los astruces se agruparon en enjambres y los terrícolas lucharon por hallar un punto dominante.

Al fondo de la gran bola amarillenta de Júpiter, rugió un trineo volante tirado por ocho renos. Era muy pequeñito, pero no cabía duda; era Santa Claus que llegaba.

Al parecer algo funcionaba mal. El trineo, los renos y todo el conjunto, descendían a una velocidad terrible, pero volaban invertidos.

Los astruces se dispersaron en medio de una cacofonía de granizados.

–¡Sannicaus! ¡Sannicaus! ¡Sannicaus!

Salieron trepando por las ventanas como una fila de estropajos locos en movimiento.. Pelham y sus hombres alcanzaron el exterior por una puerta de poca altura.

El trineo se aproximaba, se hacía más grande, daba bandazos de un lado a otro y vibraba como una rueda descentrada en vuelo. Olaf Johnson era una pequeña figura que se asía perfectamente al trineo con ambas manos.

Pelham gritaba desaforadamente, incoherente y se atragantaba cada vez que se le olvidaba respirar a través de la careta nasal en la fina atmósfera ganimedina.

De pronto se detuvo y miró fijamente con horror. El trineo seguía descendiendo veloz y ya casi se veía de tamaño natural. Si hubiera sido una flecha disparada por Guillermo Tell, no hubiera apuntado, entre ceja y ceja de Pelham, con más precisión.

–Todo el Mundo a tierra –chilló mientras se dejaba caer.

La ráfaga de viento que dejó el trineo al pasar de largo restalló penetrante contra su rostro. La voz de Olaf se oyó durante un instante chillona y confusa. Los compresores de aire dejaron una estela de vapor. Pelham temblaba en el helado suelo de Ganímedes.

Poco después se levantó lentamente, sacudiendo las rodillas como una hula hawaina. Los astruces que se habían dispersado, antes de que se les echara encima el vehículo aéreo, se agruparon de nuevo. 

A lo lejos el trineo giraba dando media vuelta. Pelham seguía los revoloteos y bandazos del artefacto desde que empezó a cambiar de dirección. Cabeceó e inclinándose a un lado, enfiló hacia la base y ganó velocidad.

En el interior del trineo Olaf trabajaba como un demonio. Con las piernas ampliamente abiertas balanceaba con desesperación el peso de su cuerpo. Sudaba y maldecía mientras intentaba con todas sus fuerzas evitar la panorámica de Júpiter “hacia abajo”, y esto producía en el trineo oscilaciones más y más violentas.

Los bamboleos alcanzaban ahora un ángulo de 180”, y Olaf sintió que su estómago le presentaba enérgicas reclamaciones.

Conteniendo el aliento apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie derecho y el trineo se balanceó con más amplitud que nunca. En el punto más pronunciado de este vaivén desconectó el gravo-repulsor y la débil fuerza gravitatoria de Ganímedes Sacudió el trineo obligándole a descender. Como es natural, al ser el vehículo más pesado por el fondo, debido a la masa metálica del gravo-propulsor, adquirió la posición normal en tanto descendía.

Pero esto le causó muy poco alivio al comandante Pelham ya que, una vez más, el trineo apuntaba directamente hacia su persona.

–Cuerpo a tierra –vociferó, y de nuevo se lanzó al suelo.

El trineo silbó sobre su cabeza, crujió al tropezar contra una peña, hizo un salto dé cinco metros y se paró en seco con un chasquido. Olaf salió despedido por la baranda.

Había llegado Santa Claus.

Con un profundo y tembloroso suspiro, Olaf se ajustó el saco sobre la espalda, se recompuso la barba y acarició la cabeza a uno de los sufridos y silenciosos zambúes. Podía haber sobrevenido la muerte; en verdad, Olaf no la había afrontado con serenidad, pero ahora estaba dispuesto a morir, pisando tierra firme, con nobleza, como un Johnson.

Dentro de la cabaña en la que los astruces se habían aglomerado, una vez más, un golpe en el tejado anunció la llegada del saco de los regalos de Santa Claus y un segundo batacazo la llegada del santo. Una figura espantosa apareció a través del agujero provisional.

–¡Felices Navidades! –farfulló, dejándose caer por el orificio.

Olaf fue a parar encima de los cilindros de oxígeno, como de costumbre y después los colocó en el sitio habitual.

Los astruces saltaban de arriba a abajo como pelotas de goma.

Olaf se dirigió cojeando ostensiblemente al primer calcetín y depositó una pequeña esfera deslumbrante y policromada que extrajo del saco, una de las muchas bolas que originalmente habían sido proyectadas para adornar los árboles navideños. Una a una las fue dejando en todos los saquitos disponibles.

Después de haber realizado su tarea, se sentó en cuclillas completamente agotado y siguió las sucesivas escenas con ojos vidriosos e inseguros. La jovialidad y las carcajadas de buen humor, tradición característica de la festividad de Santa Claus, estuvieron completamente ausentes en esta ocasión.

Pero la ausencia de alegría la compensaron los astruces con su extraño embelesamiento. Hasta que Olaf, entregó la última bola guardaron silencio y permanecieron sentados. Pero cuando se acabó el reparto, el aire se enrareció bajo la tensión de estridencias discordantes. En menos de un segundo la mano de cada astrúz contenía una bola.

Charlaban entre ellos violentamente y asían las bolas con cuidado, protegiéndolas con el pecho. Después las comparaban unas con otras y formaban grupos para contemplar las más llamativas.

El astrúz más desaseado se acercó a Pelharn y lo cogió por las solapas.

–Sannícaus, bueno –cacareó–. Mira, dejar huevos. Observó reverentemente su esfera y agregó:

–Ser más bonitos que huevos astruces. Ser huevos Sannícaus, ¿eh?

Con su dedo pellejudo pinchó el estómago de Pelham.

–¡No! –aulló Pelham impetuosamente–. ¡Infiernos, no...!

Pero el astrúz no le escuchaba. Ocultó la bola en las profundidades de su plumaje y continuó:

–Colores bonitos. ¿Cuánto tiempo tardar salir pequeños Sannícaus? ¿Qué comer pequeños Sannícaus?... Nosotros enseñar ser vivos inteligentes, como astruces.

Pierce agarró el brazo del comandante Pelham.

–No discuta con ellos –susurró frenético–. ¿Qué importa si ellos creen que esas bolas son huevos de Santa Claus? ¡Mire! Si trabajamos como locos, podremos alcanzar la cuota. Que empiecen a trabajar.

–Lleva razón –admitió Pelham.

Se dirigió al astrúz:

–Dígales a todos que se preparen.

Hablaba con claridad y en voz alta.

–Ahora a trabajar, ¿me comprenden? ¡Venga!, de prisa, de prisa...

Hacía ademanes con los brazos. El desastrado astrúz se detuvo de repente y dijo con calma:

–Nosotros trabajar, pero Johnson decir Kissmess y venir todos los años.

–¿No tenéis bastante con un Christmas? –masculló Pelham.

–¡No! –graznó el astrúz–, nosotros querer Sannicaus año próximo. Traer más huevos. Más otro año. Y otro, y otro, más huevos. Más pequeños Sannicaus. Si Sannicaus no venir, nosotros no trabajar.

–Hay mucho tiempo por delante. Ya hablaremos entonces. O nos volveremos todos locos o los astruces habrán olvidado la fiesta.

Pierce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la cerró de nuevo, la abrió otra vez y finalmente consiguió hablar:

–Comandante, quieren que venga todos los años.

–Yo lo sé, pero el año próximo no se acordarán.

–Pero, no comprende... Un año para ellos es una revolución completa alrededor de Júpiter. Esto significa una semana y tres horas del tiempo terrestre. ¡Quieren que Santa Claus venga todas las semanas!

–¡Todas las semanas! –rugió Pelham–. Johnson les dijo...

Durante unos instantes le pareció que todo eran chispas dando saltos mortales. Se quedó sin respiración y automáticamente sus ojos buscaron a Olaf.

Olaf se quedó frío hasta el tuétano. Se levantó sobrecogido y se deslizó hacia la puerta. Se detuvo cuando estaba en el umbral; de repente recordó la tradición.

Con la barba semidesprendida graznó:

–¡Felices Navidades y buenas noches a todos!

Corrió hacia el trineo como si todos los diablos le pisaran los talones. No eran los diablos, era el comandante Scott Pelham.

 

                                    FIN 

 

“Astruz” es un diminutivo de avestruz y a este animal se parecían los nativos de Ganímedes, si bien hay que considerar que tienen el cuello más corto la cabeza más grande y su plumaje parece que de un momento a otro vaya a desprenderse de raíz. Hay qué añadir a su retrato un par de brazos, flacos y huesudos, provistos de tres dedos rechonchos. Saben inglés, pero cuando uno los oye, preferiría que no lo hablaran. 

Primer amor, primer temor - George Zebrowski


Hacía frío en el agua. El sol se ocultó detrás de unas nubes en el oeste y bajó la temperatura del aire; el cielo se tiñó de un azul más intenso, el mar se tornó más oscuro. 
Tim caminaba por el agua, mientras contemplaba al disco anaranjado del sol entre las nubes agrupadas en el horizonte, un sol que ya no calentaba, un globo de cadmio rodando entre cenizas, otra señal de que por fin acababa el largo segundo verano de Lea.
La estrella volvió a emerger de pronto, iluminando el cielo calentándole los hombros mojados. Tim miró la roca dentada que asomaba fuera del agua frente a él; estaba cubierta de relucientes algas verdes. Nadó hacia ella con renovadas energías.
Su padre le había prohibido alejarse demasiado de la costa, pero nunca se enteraría. Había ido al astropuerto a cien millas de distancia sobre la costa para recoger a una pareja y su hija que iban a compartir su casa, y tardaría una semana en regresar.
De pronto Tim tuvo miedo de las profundidades que se abrían debajo de él. El agua fría subía con fuerza y se arremolinaba en torno a sus pies, haciendo temblar todo su cuerpo. Recordó la madre pólipo que había desenterrado en la playa el verano anterior. 
Era el caparazón muerto de una criatura cuyos pequeños se habían abierto paso a mordiscos en primavera, dejando a la progenitora abierta y corroída. Las entrañas llevaban un tiempo pudriéndose cuando él la encontró, y tenían el aspecto de hongos rojos e hígado fresco cubierto de arena, una mezcla con olor a arena y a descomposición. La cubrió a toda prisa y su estómago tardó un día en recuperarse. ¿Tendría ahora alguna de esas cosas nadando bajo sus pies?
El planeta era un enorme océano, de varias millas de profundidad en algunos puntos, cálido y poco profundo a lo largo de miles de millas cuadradas en el resto. 
Nueva Australia era el único continente, con un astropuerto situado hacia el interior, junto a la costa oriental, al sur del lugar donde se encontraba la casa rural de la familia, y dos docenas de poblados dispersos en semicírculo, más alejados del astropuerto, el más distante de ellos a ciento cincuenta millas de la costa. 
El interior permanecía inexplorado, a excepción de los mapas fotográficos obtenidos por satélite. Era una enorme meseta boscosa cubierta de altos árboles, algunos de ellos con miles de años de antigüedad. Esa tierra era única entre los mundos explorados, pues no contaba con una población nativa como ocurría con la mayoría de los planetas habitables para el hombre. La población de aquel mundo vivía en el mar.
Tim nadó más rápidamente a medida que se aproximaba a la roca, todavía preocupado por la idea de lo que le podía estar acechando bajo el agua. Sus manos y sus pies tocaron las resbaladizas rocas sumergidas; se agarró a las plantas acuáticas que crecían de trecho en trecho y se izó hacia delante, medio nadando, medio arrastrándose sobre las rocas ocultas. Por fin se puso de pie en el agua, en precario equilibrio.
Fue avanzando con cuidado, adelantando primero un pie, luego el otro, hasta situarse frente a la aguja rocosa. Un cangrejo extraterrestre echó a correr hacia el agua, a sus pies. Tim se volvió y miró la playa a sus espaldas, pero no podía oír el rompiente, y las altas rocas cubiertas de arena se veían pequeñas a un cuarto de milla de distancia. Los nudosos árboles de negra corteza aferrados a las rocas de la playa se dibujaban nítidamente contra el cielo.
Apartó la mirada de la playa justo a tiempo para ver desaparecer el sol anaranjado tras las nubes oscuras que se iban acumulando sobre el borde del mundo; comprendió que no volvería a emerger antes de ponerse el sol.
Se agarró a las plantas trepadoras que crecían sobre la aguja y comenzó a circundarla por la derecha, con la intención de dar la vuelta a su alrededor. Avanzaba despacio, mirando a todos lados mientras se movía. El azul acerado del agua le daba una tonalidad más oscura al mismo cielo. La brisa iba secando rápidamente su piel y su bañador, y se detuvo para apartarse unos cabellos de los ojos. Por un instante, su mano le pareció más oscura, casi como si en cierto modo el mar la hubiera teñido.
La playa quedaba ahora a su izquierda y pudo ver la primera luna que asomaba detrás de las rocas, un pequeño espejo plateado, el objeto más brillante del cielo una vez desaparecida la luz directa del sol. Sabía que cuando nadara de regreso, el agua estaría más fría. En invierno podría intentar llegar hasta allí andando sobre el hielo.
Bordeó la roca hasta donde ya no se divisaba la playa. El aire tenía un olorcillo penetrante, producido por una tormenta en alta mar y arrastrado por el viento. Una pequeña ola rompió contra la roca, salpicándole de espuma, y Tim paladeó su frescor con un estremecimiento.
Se frotó los ojos, apartando de ellos un poco de agua, y vio la muesca superficial en la base de la roca. La miró más de cerca. Era casi como una pequeña cueva. Se inclinó y se puso de rodillas para verla mejor.
Cuando descubrió la oscura sombra agazapada ahí dentro le empezó a latir con fuerza el corazón. Ella se inclinó hacia delante y clavó la vista en él. Las pupilas eran de un rojo encendido, rodeadas de un blanco perfecto. Él vio cómo se abrían y cerraban lentamente las agallas de sus espaldas, absorbiendo el aire, jadeantes. Miró con más precisión y advirtió que el interior de las agallas era de un delicado color rosa. 
Era una muchacha, una habitante del mar; estaba seguro de que así era, a pesar de no haber visto nunca a una muchacha viva, ni humana ni nativa, que él pudiera recordar. 
Había visto fotografías de mujeres y también de su madre, quien había muerto de parto. Su padre le había criado con ayuda de Jak, su empleado, que era amigo de Tim y le había enseñado a utilizar la máquina de aprender traída de la vieja Tierra.
Se incorporó y retrocedió mientras ella extraía su cuerpo de la baja cueva, dejando caer sus cabellos hasta la cintura. Casi tenía la misma estatura que Tim, un metro y medio aproximadamente. 
Desprendía un cálido y agradable olor húmedo que le hacía desear permanecer cerca de ella. Se detuvo a sólo medio metro de él y Tim sintió y oyó su aliento que removía el aire junto a su cara.
Tenía los pies palmeados; sus piernas eran largas y delicadas para su estatura y constitución. La cintura era fina, pero tenía las caderas llenas; el vello púbico era una masa de rizos de ébano, entre los que colgaban gotitas de agua y espuma como lechosas perlas blancas. Sus largos cabellos negros le tapaban parcialmente los senos.
Él sintió una vaga expectación. Se estaba levantando el viento, secándole el bañador y la piel y poniéndole carne de gallina. Su único pensamiento era que debía permanecer quieto y mirarla sin apartar los ojos de su figura hasta que ella dejara de prestarle atención. Sintió un nudo en el estómago y una gran alegría de que ella también le mirara. 
Empezó a oír su pulso, que palpitaba en sus oídos, por debajo del susurro del viento. El placer iba acompañado de una sensación de fuerza. No le importaba la fría travesía de regreso a nado; no le importaba el viento cada vez más fuerte y la creciente oscuridad. 
La roca, el cielo, el viento y el hogar de donde había venido eran irreales; su padre era una imagen distante, muy alejada de la vívida realidad que le rodeaba.
Ella se le acercó un paso, con los ojos fijos en él, su mirada atenta y curiosa. Le sonreía. Él observó que no tenía cejas y su piel gris estaba cubierta de una película viscosa que captaba curiosamente la luz. Desprendía un olor embriagador.
Adelantó una pierna, doblada a la altura de la rodilla, y le rozó con ella en un gesto que le hizo suspirar profundamente y estremeció todo su cuerpo. 
Después abrió la boca y emitió una apaciguadora nota de soprano, casi como un fragmento de una canción que no cantaría. Tim olió el frescor del agua de mar en sus cabellos.
Permaneció totalmente inmóvil, comprendiendo que debía hacer algo. La presencia de ella parecía milagrosa, y tal vez jamás volviera a repetirse un momento como ése. Tendría que intentarlo.
Ella alargó una mano palmeada y palpó su vientre, desnudo, por encima del bañador; esto quebró la voluntad de Tim. Luego palpó con curiosidad el verde tejido sintético, como si pensara que tal vez formaba parte del cuerpo del muchacho.
De pronto ella avanzó, pasó rozándole con todo su cuerpo y se zambulló en el agua entre las rocas. Él se volvió y la siguió en el acto, se adentró en el agua y se lanzó veloz en su persecución. Nadó un par de metros y tocó fondo, esperando que ella saliera a la superficie.
Sin nada que lo anunciara, ella se apretó contra Tim bajo el agua y su cabeza apareció enfrente de él. Nuevamente sonreía; sus cabellos eran una maraña de negras algas rebosantes de agua. Su cuerpo se apretó tenso contra él por un instante y Tim acarició sus redondos senos con los dedos. Y entonces ella desapareció otra vez.
Por el oeste, el horizonte estalló en distintos matices de rojo y azul oscuro sobre el agitado océano. El puño cerrado de las nubes que retenían al sol poniente se abrió sólo un instante para revelar la hinchada y deforme esfera que ya se hundía en el mar, tiñendo las nubes y ensombreciendo el agua con su rojo apagado.
Ella volvió a emerger a un par de metros de distancia. Expulsó el agua por las agallas y él sintió un deseo desesperado de tenerla cerca, de alargar la mano y tocar sus largos cabellos, su vientre y sus largas y gráciles piernas.
Nadó hacia ella, pero la chica se sumergió y salió a la superficie detrás de él, cerca de la roca. Él la vio salir del agua, con el cuerpo reluciente, y la visión de sus nalgas fue un nuevo deleite, algo de lo que se habría burlado si simplemente se lo hubieran descrito. 
Recordó cómo se reía imaginando qué aspecto tendrían las mujeres de las fotografías de la tierra si pudiera desvestirlas y darles la vuelta. La contempló mientras se sentaba de espaldas a la roca. Sus agallas vertieron un poco de agua. sobre su pecho en el proceso de adaptación al aíre.
Tim nadó hacia la roca, contemplando cómo ella extendía las piernas hacia delante y las separaba un instante con los ojos fijos en él. Se sumergió un momento y comenzó a bracear más rápido para mantener la cabeza fuera del agua. Se dio un golpe cortante en la rodilla contra la roca.
Por fin consiguió izarse otra vez sobre la roca. Parecía más fría y más resbaladiza bajo sus pies. Permaneció de pie, mirándola, confuso, con la respiración entrecortada, satisfecho de sí mismo, con los ojos fijos en ella como si pudiera desvanecerse en cualquier instante. No podía apartar la mirada; los ojos de ella le mantenían clavado a la roca.
Un enorme rugido llegó de la playa. Tim se volvió al oír el primer eco y estuvo a punto de perder pie. Recuperado el equilibrio, miró hacia la playa. Ahora la luna mayor comenzaba a elevarse sobre las rocas, arrojando su mortecina luz dorada sobre la arena gris. La luna pequeña, un brillante disco plateado casi encima de sus cabezas, daría otra veloz vuelta al mundo antes de que apareciera la luna grande. Las rocas proyectaban largas sombras dentadas de sólida negrura sobre la playa, dientes estigios adentrándose entre los rompientes. 
Las sombras retrocederían cuando la luna mayor se elevara en el cielo. El océano se había tragado el sol putrefacto por el oeste y las oscuras nubes habían reconstruido su rompecabezas de ébano que cubría una tercera parte del cielo. Ahora la marea iba subiendo rápidamente y pronto cubriría toda la roca, a excepción de la punta de la aguja. Arriba, brillaban unas cuantas estrellas cerca de la luna pequeña.
Se oyó otra vez el rugido, un grito imperioso algo enfadado que chocó contra las rocas de la playa y rebotó hasta él sobre las aguas. La muchacha se levantó y se le acercó, pero tenía la mirada fija en la playa. 
Él la agarró e intentó retenerla, pero ella se mantenía más firme que él sobre la roca. Tim resbaló y cayó de costado, con los pies en el agua.
Ella se zambulló y echó a nadar hacia la playa, deslizándose veloz entre las aguas, asomando sólo la cabeza. Un instante después había desaparecido en el interior oscuro del agua. El permaneció sentado con la mirada fija en la costa; se sentía desolado, como si aquello fuera el fin de su vida.
Al cabo de algunos minutos vio aparecer en la playa una silueta negra procedente del agua, como si el mar en sombras hubiera tomado forma. Otra figura se desprendió de la negrura de las rocas y salió a su encuentro sobre la arena iluminada por la luna, precedida de una larga sombra. Las dos siluetas se fundieron, formando una criatura de dos cabezas que proyectaba una única sombra en dirección al mar. La vio alejarse del agua hasta que se confundió con las rocas y se hizo invisible.
Se sentía vacío, incapaz de moverse, inundado por la pérdida. Se estremeció, consciente del frío, y todo el mundo estaba vacío a su alrededor, a excepción del viento que lo cruzaba como un apresurado intruso. 
Sobre la playa, las sombras eran consistentes, nítidamente dibujadas, y sólo cedían su terreno ante la luz de la luna que iba levantándose. En las zonas altas, los árboles enanos se inclinaban hacia atrás en dirección a la tierra y sus hojas se desprendían una a una...
Se incorporó y entró en el agua, sin prestar atención a las afiladas rocas, y se zambulló. Estuvo nadando lo que le pareció un largo rato y durante unos minutos se tendió de espaldas sobre las aguas oscuras como la tinta y se impulsó con las piernas mientras contemplaba el cielo cada vez más opaco de nubes y de niebla.
Por fin hizo pie en el agua y vadeó hasta la orilla. Una ola le derribó, pero se incorporó rápidamente y logró salir antes de que pudiera darle alcance la siguiente.
Con los brazos apretados contra el cuerpo mojado, siguió la doble huella de pies palmeados hasta las rocas. Comenzó a trepar y siguió adelante incluso después de que desaparecieran las huellas que le servían de guía. Llegó a lo alto y comenzó a descender por el otro lado; durante un rato sólo percibió su jadeo y el dolor de los dedos de los pies heridos y la rodilla magullada. Lentamente fue tomando conciencia de otro sonido apenas perceptible para el oído normal.
La única luz procedía ahora de la luna grande. La luna pequeña había desaparecido entre las nubes que cubrían el cielo por el oeste. Tim fue bajando entre las rocas a paso más acelerado.
En algún punto de allí abajo oyó un suave murmullo del mar, distinto del amortiguado estallido de las olas sobre la playa. Se detuvo, perfectamente inmóvil, y escuchó. Su cuerpo se puso tenso. Le dolía el pensamiento de que había perdido a la muchacha. 
El mar se introducía por alguna parte entre las rocas, tal vez a través de un canal abierto por las mareas, y desembocaba en una charca que una vez al día se llenaba con la marea alta. No le permitían explorar las rocas y comprendió que en realidad ésa era la primera vez que se encontraba a una distancia considerable de la casa después de oscurecer, y solo.
Avanzó cuidadosamente paso a paso, cada uno de los cuales le hacía descender un poco, le acercaba un poquito más al sonido del agua. Luego, por un instante, se situó en la perspectiva adecuada y vislumbró el reflejo platinado de la luna flotando sobre una charca de agua. Bajó de las rocas a 1a arena lisa y la luz desapareció.
Intuyó que estaba sobre una gran depresión arenosa circundada por las altas rocas. La charca y el canal que atravesaba las rocas se encontraban en algún lugar de la penumbra que se extendía frente a él, tal vez a unos treinta metros de distancia. Siguió avanzando. La arena estaba aún caliente y ello fue un consuelo para sus pies.
Unas nubes avanzaron sobre la luna grande y la cubrieron. Se detuvo. Allí mismo, delante de él se oía otro sonido. Forzó la vista intentando ver algo. En esa zona resguardada no había viento, sólo el sonido del agua que se agitaba en la charca y el otro son casi inexistente.
Avanzó cinco pasos más y volvió a detenerse.
Las nubes se abrieron de pronto. Enormes moles desintegradas flotando en torno a la luna. Dentro de unos instantes llegaría todo el frente nuboso procedente del mar. Tim avanzó otro paso y vio las formas oscuras sobre la arena. Siguió avanzando hasta que pudo verlas bajo la luz de la luna.
El macho la tenía cogida por las agallas, abriéndoselas mientras se movía arriba y abajo. La muchacha del mar respiraba pesadamente; con esos gemidos musicales que Tim ya conocía y pudo verle la cara cuando se volvió en su dirección. Solo se distinguían los blancos de los ojos mientras hacía rodar la cabeza de un lado a otro. Sus cabellos formaban una negra maraña en torno a su cabeza sobre la arena.
Los dos parecían incapaces de prestarle atención. Por lo que Tim alcanzaba a ver, el gran macho era igual a ella, pero su piel parecía más áspera y tenía un olor desagradable. Sus enormes pies palmeados se hundían en la arena.
La forma oscura se desprendió del cuerpo de la muchacha y rodó sobre la arena. Luego se puso de cuatro patas, acercó la boca al vientre de ella y mordió su carne trazando aproximadamente el contorno de un círculo. Ella extendió las manos palmeadas y las hundió en la arena.
Cuando hubo terminado, el macho levantó la vista y Tim vio dos rojos carbones encendidos fijos en él. La criatura rugió y Tim retrocedió un par de pasos. La muchacha siseó. El macho se incorporó alcanzando una fantástica estatura. Tim dio media vuelta y echó a correr. La criatura continuó rugiendo pero no le siguió.
Tim subió a trompicones por donde había venido. Cuando había trepado hasta media altura, las nubes ocultaron la luna y se hizo muy oscuro. A tientas se abrió peso hasta la cima.
Agradeció la escasa luz que se filtraba de la luna y gracias a la cual pudo encontrar el camino hasta la playa. Corrió en dirección al sendero que se abría en el otro extremo de la media luna de la línea costera. 
Subió velozmente por el familiar atajo hasta el camino polvoriento y mantuvo un paso rápido y uniforme hasta que divisó las luces de su casa engarzadas entre los árboles en la ladera de la colina y escuchó el débil zumbido del generador eléctrico en el galpón contiguo. La fresca hierba fue un consuelo para sus pies magullados mientras ascendía por la colina hasta la puerta de entrada.
Jak estaba sentado fumando su pipa junto a la mesa de madera, en el centro de la habitación. Tim pasó por su lado y cruzó la puerta abierta en dirección a su cuarto.
-¿Dónde has estado? -preguntó Jak en tono amistoso a su espalda.
Tim no se sentía con ánimos para explicárselo y, puesto que su padre no estaba en casa, consideró que no era necesario decir nada. Se dejó caer en la cama y permaneció callado. Su respiración fue haciéndose regular y se durmió.
Cuando despertó, la aurora se anunciaba en forma de luz pardusca sobre la ventana del este. Apartó la manta con que Jak le había cubierto durante la noche y se levantó de la cama.
Todavía llevaba el bañador y observó los esparadrapos sobre sus pies lavados.
El recuerdo de ella estaba agradablemente presente en su mente mientras se ponía a toda prisa un par de tejanos limpios y una camisa. Entró en el cuarto principal donde Jak roncaba sonoramente frente a las ascuas mortecinas. Se detuvo junto a la puerta, cogió una antorcha y unas cuantas cerillas del estante y salió.
La mañana estaba húmeda. La hierba castigada por el sol aparecía muy mojada sobre la colina. Bajó al camino y recorrió los dos kilómetros que le separaban del sendero de la playa. Sólo una leve brisa agitaba el aire húmedo.
Bajó rápidamente por el sendero y atravesó la playa en dirección a las rocas altas. Mientras caminaba miró hacia el mar, donde la aguja rocosa se elevaba entre la bruma sobre el agua y se sintió orgulloso de haber llegado por fin hasta allí. Ahora parecía estar más próxima, no tan alejada como le había parecido un año atrás cuando tenía trece años.
Trepó rápidamente por las rocas bajo la luz del día. Cuando empezó a bajar por el otro lado, la hondonada rocosa parecía vacía, vulgar incluso. Saltó a la arena y avanzó hacia el lugar donde estaba la charca de agua. Era una lisa cavidad en la roca, ahora vacía. Imaginó que, si había una gran tormenta, la cavidad se desbordaría convirtiendo toda la depresión en una profunda laguna.
Miró de soslayo el oscuro túnel a través de las rocas por donde entraba el mar durante la marea alta. "Tal vez se fueron por allí", pensó. Miró hacia atrás y vio una única huella de pisadas que avanzaban hasta el borde, próximas a las suyas. Rápidamente dio media vuelta y volvió al lugar donde les había observado la noche anterior. La arena estaba sucia y revuelta.
Sacó las cerillas y encendió la antorcha. La clavó en la arena y se calentó las manos en cuclillas. Luego se puso a cuatro patas y empezó a cavar. La arena estaba húmeda tras la primera capa de la superficie y se desprendía con facilidad, como si acabaran de ponerla allí.
Siguió cavando más de prisa al encontrar el mechón de negros cabellos. Cuando la descubrió tenía lágrimas en los ojos. Contempló la textura cubierta de arena de su piel, sus grandes ojos cerrados y muertos, los cabellos llenos de pequeñas piedrecitas y trozos de concha. Dio un puñetazo en la arena y se sentó sobre los talones, sollozando en 1a húmeda mañana. La antorcha crepitaba en el aire húmedo a su lado.
Cuando se hubo recuperado, observó las señales sobre el vientre de la muchacha, un círculo de perforaciones muy próximas unas a otras. Parecía hinchado, como si la hubieran apaleado, y en su vello púbico había unas gotitas color vino. La miró más detenidamente y advirtió que... parecía que la hubieran llenado de algas y arena. Tocó su vientre. Milagrosamente, todavía se conservaba caliente y blando. Recordó qué lozana y mágica le había parecido allí fuera, sobre la roca, y cuánto la había deseado. Entonces comprendió que no estaba muerta y la desesperanza de toda la situación le pesó como una piedra fría en el estómago.
Tenía que taparla en seguida o moriría antes de concluir su sueño invernal. Era todo lo que podía hacer, ahora que sabía que estaba llena de pequeños. Todos los pequeños fragmentos de información recogidos adquirían ahora un sentido. 
En primavera, los pequeños saldrían y se abrirían camino hasta la charca de agua, pequeñas criaturas en forma de lagarto que con el tiempo se transformarían en habitantes marinos. 
El líquido del vientre de la muchacha estaba lleno de huevos que el macho le había insertado. Dormiría mientras alimentaba a los pequeños seres en fase de desarrollo y por fin estos se abrirían paso con los dientes a través de la sección perforada de su vientre. Pero aunque no estaba muerta, la muchacha no volvería a despertar. Fue arrojando arena sobre su cuerpo.
¡Los pájaros! Las aves marinas acudirían allí en primavera para devorar a los pequeños que huían. Recordó el ruido que hacían sobre las rocas en años anteriores. "Yo estaré aquí con una escopeta -pensó-, estaré aquí y al menos podré hacer eso". Y tal vez volvería a encontrar otra como ella.
Su miedo se fue aplacando y terminó de enterrarla. Se incorporó y apagó la antorcha en la arena. Se alejó a través del claro, en dirección a las rocas y comenzó a subir lentamente, y durante todo el camino hasta su casa estuvo pensando en la nueva vida enterrada allí en la arena.
Cuando estuvo a la vista de la casa, descubrió el remolque y el pesado tractor aparcados frente al galpón. Su padre había regresado pronto. 
Corrió colina arriba desde el camino, olvidada casi su melancolía. Se detuvo a mitad de la colina al ver a su padre que charlaba con otro hombre frente a la puerta de la casa. El otro hombre apartó la vista de su padre y Tim siguió su mirada hacia la izquierda. Vio a la muchacha allí de pie observando cómo el sol intentaba abrirse paso entre la bruma matutina. 
Sus largos cabellos flotaban movidos por la brisa que ahora soplaba del mar. Tim vio que su padre le saludaba y le devolvió el saludo. En ese mismo momento, la muchacha se volvió a mirarle y Tim vio que sonreía. Al instante decidió cambiar de rumbo y continuó colina arriba, en dirección a la muchacha.