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La estrella - Arthur C. Clarke

     Hay tres mil años luz hasta el Vaticano. En otro tiempo creía que el espacio no podía alterar la fe; y lo creía al igual que consideraba fuera de duda el que los cielos cantaran la gloria de la obra de Dios. A la sazón he visto esa obra y mi fe se encuentra considerablemente minada.

Contemplo el crucifijo que pende en la pared de la cabina sobre el ordenador Mark VI y por primera vez en mi vida me pregunto si no será un símbolo vacuo.

No he hablado con nadie todavía, pero la verdad no puede ocultarse. Los datos existen para que alguien los observe, registrados como están en millas incontables de cinta magnética y miles de fotografías que llevamos de regreso a la Tierra. 

Otros científicos las interpretarán tan fácilmente como yo; más fácilmente, sin duda. No soy quien para simular la manipulación de la verdad que tan pésimo prestigio proporcionó a mi orden en los días pasados.

La tripulación está ya bastante deprimida; me pregunto cómo se tomarán esta última ironía. Pocos de cuantos la componen tienen una fe religiosa, y, no obstante, no se aprovecharán de esta arma definitiva usándola contra mí; guerra privada, honrada pero fundamentalmente seria, que ha tenido lugar durante todo el trayecto desde que salimos de la Tierra. 

Era divertido tener a un jesuita de Primer Astrofísico. El doctor Chandler, por ejemplo, nunca pudo asimilarlo del todo (¿por qué serán ateos tan notorios los hombres entregados a la medicina?). A veces me encontraba ante el tablero de observación, donde las luces permanecen siempre amortiguadas y el resplandor de las estrellas con gloria inalterada. 

Se me acercaba entonces y se quedaba contemplando el exterior por la gran escotilla oval, mientras los cielos giraban con lentitud en torno de nosotros a medida que la nave se balanceaba de punta a punta con la escora que no nos habíamos molestado en corregir.

–Bueno, padre –acababa diciendo al final–. Esto prosigue una eternidad tras otra; acaso lo hizo Alguien. Sin embargo ¿cómo puede creer usted que ese Alguien ha de tener un interés especial en nosotros y en nuestro miserable mundillo? Esto es lo que no puedo entender –comenzaba entonces la disputa, mientras las estrellas y las nebulosas giraban en derredor de nosotros en silenciosos e infinitos arcos que se abrían del otro lado del plástico de la escotilla de observación.

En mi sentir, era la aparente incongruencia de mi posición lo que, de veras, divertía a la tripulación. En vano argumentaba yo con mis tres artículos en el Diario Astrofísico y mis cinco de Noticias Mensuales de la Real Sociedad Astronómica. Les recordaba que nuestra orden había conseguido no poca fama por sus trabajos científicos. Podíamos quedar pocos ya, pero desde el siglo XVIII habíamos hecho aportaciones a la astronomía y la geofísica que no podían ni siquiera evaluarse.

¿Dará al traste con mil años de historia mi informe sobre la Nebulosa del Fénix? Me temo, empero, que dará al traste con muchas más cosas.

No sé quién bautizó a la nebulosa con ese nombre que tan malo me parece. Si contiene una profecía, ésta no podrá verificarse hasta dentro de mil años. Hasta la palabra «nebulosa» es equívoca, ya que el Fénix es mucho más pequeño que esas magníficas acumulaciones de gas (la materia de las estrellas nonatas) que se esparcen por toda la longitud de la Vía Láctea. En escala cósmica, por supuesto, la Nebulosa del Fénix es una cabeza de alfiler, una tenue cáscara de gas que rodea a una estrella única.

O lo que queda de esa estrella...

Mientras se alza por encima de las líneas del espectrofotómetro, la rubensiana pesadez de Loyola parece burlarse de mí. ¿Qué habrías hecho tú, Padre, con este conocimiento que me ha sobrevenido, tan alejado del pequeño Mundo que era todo el Universo que tú conociste? ¿Habría triunfado tu fe en la prueba, como la mía ha fallado ante ella?

Miras en la distancia, Padre, pero por mi parte he ido más allá de lo que pudieras haber imaginado cuando fundaste nuestra orden hace dos mil años. Ninguna otra nave investigadora ha ido tan lejos de la Tierra; nos encontramos en las mismísimas fronteras del Universo explorado. 

Nos propusimos alcanzar la Nebulosa del Fénix, lo conseguimos, y regresamos con el conocimiento sobre nuestros hombros. Desearía liberar mis hombros de esa carga, pero en vano te invoco a través de los siglos y los años luz que se alzan entre nosotros.

Las palabras son transparentes en tu libro de reglas:

AD MAIOREM DEI GLORIAM dice el mensaje, pero se trata de un mensaje en que ya no puedo creer. ¿Habrías seguido creyendo tú de haber visto lo que hemos encontrado?

Por supuesto, sabíamos lo que era la Nebulosa del Fénix. Todos los años, sólo en nuestra galaxia explotaban más de cien estrellas, aumentando durante horas o días su fulgor en miles de veces antes de sumergirse en la muerte y la negrura. Son las novas ordinarias, las consabidas catástrofes del Universo. He registrado los espectrogramas y curvas de luz de docenas de ellas desde que comencé a trabajar en el observatorio lunar.

Pero tres o cuatro veces cada mil años tiene lugar algo distinto junto a lo que hasta una nova palidece con total insignificancia.

Cuando una estrella se convierte en supernova puede, durante un breve instante, apagar el brillo de todos los soles de la galaxia. Los astrónomos chinos detectaron una en 1054 sin saber de qué se trataba. Cinco siglos más tarde, en 1572, estalló una supernova en Casiopea con tanto brillo que fue visible a la luz del día. En los mil años transcurridos desde esa fecha han tenido lugar tres explosiones más.

Nuestra misión era visitar los restos de una catástrofe tal para reconstruir los sucesos que la habían precedido y, de ser posible, saber la causa. Nos adentramos con cautela en las capas concéntricas de gas que habían estallado tres mil años antes y que se encontraban todavía en expansión. 

El calor era inmenso y radiaba aún con feroz luz violeta, demasiado tenue empero para hacernos daño. Cuando la estrella explotó, sus estratos exteriores habían irrumpido hacia arriba con velocidad tal que habían salido por completo de su campo de gravitación. 

Hoy forman un caparazón hueco tan grande que puede abarcar mil sistemas solares, rodeando lo que brilla y arde en su centro y que no es sino el objeto fantástico que es ahora la estrella: una masa blanca, más pequeña que la Tierra, pero con un peso un millón de veces mayor.

Las capas de gas brillante nos rodeaban y desvanecían la noche normal de los espacios interestelares. Volamos en el interior de una bomba cósmica que había detonado milenios atrás y cuyos fragmentos incandescentes eran todavía metralla. 

La inmensa escala de la explosión y el hecho de que su onda expansiva hubiera alcanzado ya un volumen de espacio de muchos billones de millas, despojaba a la escena de todo movimiento perceptible. Un ojo desnudo tardaría décadas antes de captar un movimiento en las torturadas espirales de gas; sin embargo, la sensación del estallido lo dominaba todo.

Habíamos comprobado nuestra dirección primaria horas antes y nos encaminábamos despacio a la pequeña estrella que teníamos al frente. Había sido un sol como el nuestro en otro tiempo, pero había despilfarrado en pocas horas la energía que habría mantenido su brillo durante un millón de años. A la sazón se encontraba como un tacaño desplumado que escatimara sus recursos en un intento de reparar su pródiga juventud.

Seriamente, nadie esperaba encontrar planetas. Si alguno había habido antes de la explosión se habría convertido en ráfagas de vapor y su substancia se habría confundido con la estructura de la estrella misma. Pese a todo investigamos rutinariamente, como siempre que nos aproximábamos a un sol desconocido, y dimos con un Mundo diminuto que daba vueltas en torno de la estrella a una distancia inmensa. 

Tenía que haberse tratado del Plutón de aquel desvanecido sistema solar, dando vueltas en las fronteras de la noche. Demasiado lejos del sol central para haber conocido la vida, su distancia misma lo había salvado del destino que sin duda habían seguido todos sus compañeros.

Los fuegos de la explosión habían afectado su capa rocosa y quemado la costra de gas helado que en sus días lo habría cubierto. Aterrizamos y encontramos la bóveda.

Sus constructores habían hecho seguramente lo mismo que habríamos hecho nosotros. La señal monolítica que se erguía sobre la entrada era a la sazón una masa fundida, pero desde que tomamos las primeras fotografías desde lejos supimos que aquello había sido obra de la inteligencia. 

Poco después detectamos la capa de radiactividad que había quedado enterrada en la roca. Aún cuando el pilón que descollaba sobre la Bóveda hubiera sido destruido, esta capa habría permanecido, inmóvil, pero como faro eterno que llamaba a las estrellas. Nuestra nave descendió hacia aquel gigantesco ojo de buey como una flecha corre hacia la diana.

El pilón tenía que haber tenido una milla de altura cuando fue construido, pero a la sazón parecía un cabo de vela que hubiera sido derretido y convertido en amasijo de cera. Nos costó una semana pasar por la capa rocosa fundida, ya que no teníamos las herramientas apropiadas para el caso. 

Nuestro programa original había sido dejado de lado; aquel monumento solitario, que hablaba de un trabajo realizado a una distancia tan grande del sol destruido, sólo podía tener un sentido. Una civilización que había sabido cercana su muerte había alzado su último adiós a la inmortalidad.

Habríamos tardado generaciones enteras en examinar todos los tesoros que encontramos en la Bóveda. Ellos habían tenido mucho tiempo para prepararla, ya que el sol había tenido que dar sus primeros avisos muchos años antes de la explosión final. Todo lo que habían querido preservar, todos los frutos de su genio, lo habían llevado a aquel Mundo distante en los días que habían precedido al fin, esperando que cualquier otra raza los encontrara y no hiciera caso omiso de ellos.

¡Si hubieran tenido un poco más de tiempo! Podían viajar con soltura de un planeta a otro, pero todavía no habían aprendido a salvar los golfos interestelares; y el sistema solar más cercano se encontraba a cien años luz de distancia.

Aun cuando no hubieran sido tan intranquilizadoramente humanos como mostraban sus esculturas, no hubiéramos podido menos que admirarlos y lamentar su destino. Habían dejado miles de registros visuales y máquinas para proyectar éstos, junto con elaboradas instrucciones gráficas de las que no resultaba difícil deducir su lenguaje escrito. 

Examinamos muchos de aquellos registros y revivimos con ellos por vez primera en seis mil años la calidez y hermosura de una civilización que había tenido que ser superior a la nuestra de muchas maneras. Acaso habían dejado memoria sólo de lo mejor. Pero sus mundos eran encantadores y sus ciudades habían sido construidas con una gracia que se relacionaba con la de cualquiera de las nuestras. 

Las contemplamos en pleno funcionamiento y escuchamos su habla musical a través de las centurias. Recuerdo todavía una viva escena: un grupo de niños en un banco de extraña arena azul jugaban con las olas como los niños juegan en la Tierra.

Y hundiéndose en el horizonte, todavía cálido, amable y vitalizador, se encontraba aquel sol que pronto habría de trocarse en traidor y de olvidarse de toda aquella felicidad inocente.

Posiblemente, de no haber estado tan lejos de la Tierra y de no habernos encontrado por ende tan propensos a la soledad, no nos habríamos conmovido tanto. Muchos habíamos visto ruinas de antiguas civilizaciones en otros mundos, pero nunca nos habían afectado tan profundamente.

La tragedia era única. Para una raza, sucumbir y decaer era una cosa, como las naciones y las culturas habían hecho en la Tierra. Pero ser destruida tan completamente en pleno florecimiento, sin dejar supervivientes... ¿cómo podía conciliarse ello con la misericordia de Dios?

Mis colegas me preguntaron esto y les di las respuestas que supe. Acaso tú lo habrías hecho mejor, Pader Loyola, pero nada he encontrado en los Ejercicios Espirituales que pueda servirme. No habían sido malvados; no sé a qué dioses adoraban, si acaso adoraban a alguno. 

Pero los he visto después de muchos siglos y he contemplado durante largos instantes el empeño que pusieron en su último esfuerzo por preservarse mientras ese empeño era iluminado por el sol que estaba amenazado.

Sé las respuestas que me darán mis colegas cuando regrese a la Tierra. Dirán que el Universo no tiene propósito ni plan, puesto que cada año explotan cien soles, en este mismo instante hay una raza en algún lugar del espacio que se encuentra en trance de extinción. Tanto si ha obrado bien como si ha obrado mal en el curso de su existencia, ello no cuenta a la hora definitiva; no hay justicia divina porque no hay Dios.

No obstante, por supuesto, cuanto hemos visto no prueba nada. Quien argumentase así estaría sometido a las leyes de la emoción, no de la lógica. Dios no necesita justificar sus actos ante los hombres. Aquel que hizo el Universo puede destruirlo cuando quiera. Es una arrogancia –peligrosamente próxima a la blasfemia– el decir lo que puede y no puede hacer.

A pesar de los mundos y las civilizaciones incluidas en esta consideración, podría haber aceptado este razonamiento. Pero hay un punto en el que la fe más profunda se resquebraja y, a la sazón, una vez hechos mis cálculos, he alcanzado ese punto.

Antes de llegar a la nebulosa nos era imposible decir cuándo se había producido la explosión. No obstante, a la sazón, gracias a la evidencia astronómica y a los registros encontrados en el planeta superviviente, he podido fechar la catástrofe con precisión. 

Sé en qué año llegó a la Tierra la luz despedida por aquel estruendo colosal. Sé con qué brillantez lució en los cielos terrestres la supernova cuyo cadáver relampagueaba mortecinamente tras nuestra nave. Sé también lo que ocasionó un resplandor a poca altura, antes del alba, brillando como un faro en el oriente.

Razonablemente no puede haber dudas; el viejo misterio está resuelto por fin. Sin embargo... Señor, había tantas estrellas que pudiste haber usado...

¿Qué necesidad había de llevar a aquellas gentes a la destrucción y de que el signo de su aniquilación resplandeciese sobre Belén? 

Prueba Espacial - Jürgen Andreas

Cuando el generador de inducción del Silverhorse explotó, sólo un bote de salvamento había aban­donado la zona de peligro. Era la menor de las lan­chas espaciales, y en ella no iban más que seis per­sonas. Pero algo fallaba en la impulsión. Kenbroke tuvo su trabajo para llegar a un planeta cercano y aterrizar. Era aquél un mundo desierto: únicamente algunas estepas de hierba amarillenta interrumpían el desnudo paisaje rocoso. No parecía haber vida, al menos en formas de cierta importancia. Sin em­bargo, los supervivientes de la catástrofe espacial tuvieron la fortuna de hallar aire respirable. Era imperioso reparar la avería si querían regresar a la civilización humana, pero había dificultades...

***** 

Era la hora del crepúsculo, y el grupo se había reunido en la amplia tienda instalada al pie de la lancha. Una larga linterna sujeta en el centro, bajo el techo de lona, les proporcionaba la luz necesa­ria. Las seis personas permanecían sentadas, en parte, sobre la seca hierba del suelo, o se habían aco­modado en cajas sacadas de la embarcación.

Cinco de los seis supervivientes formaban un pe­queño círculo en cuyo centro estaba Kenbroke, de­bajo mismo de la lámpara. La dura iluminación, que dividía su rostro en zonas de luz y sombra, le daba un aspecto demoníaco.

Junto a la entrada se encontraba arrodillado Sidney Beatstone, el más joven del grupo. Había sido ayudante de cocina en el Silverhorse. A su lado es­taba acurrucada la rubia Bárbara Taylor, una es­belta joven procedente de Alstair V, que iba como pasajera en la nave. 

A la izquierda de ésta se ha­llaba Elisa Kingston, con sus grandes y serios ojos fijos en Kenbroke. Estudiaba en la Universidad de la Tierra y regresaba de las vacaciones semestrales. Era muy agraciada y, cuando reía, se formaban dos simpáticos hoyuelos en sus mejillas. Ahora, sin em­bargo, no sentía deseo alguno de reír.

El biólogo Frank Eden debía experimentar algo semejante, porque estudiaba muy ceñudo unos pa­peles, escritos con letra muy apretada, que tenía sobre las rodillas. Tampoco él pertenecía a la tri­pulación, sino que se dirigía a un congreso de Cien­cias Naturales cuando se produjo la catástrofe. 

En el hueco existente entre él y Beatstone acababa de tomar asiento el segundo ingeniero de a bordo, Allan Sinceres. Al igual que Eden, sostenía un fajo de pa­peles escritos. Por cierto que había dejado asombra­dos a sus compañeros de infortunio al preguntarles su peso exacto. Ahora volvía a sacar cuentas afano­samente.

En la tienda de campaña reinaba el silencio, sólo interrumpido por una ligera brisa que agitaba de vez en cuando la lona.

Kenbroke, quien hasta entonces permaneciera pensativo, carraspeó:

—Le ruego, señor Eden, que nos dé a conocer sus averiguaciones.

Eden apenas levantó la mirada y, en seguida, graz­nó con voz impersonal:

—Diversos experimentos realizados con los apa­ratos disponibles en el bote de salvamento han de­mostrado que la atmósfera de este planeta tiene una composición algo distinta a la que habíamos su­puesto en un principio. He descubierto que este aire contiene fracciones de un gas hasta ahora desconocido para nosotros. 

Es posible que lo produz­can las flores rojas que abundan en los campos, y que más tarde lo absorban otros agentes químicos. Algo queda siempre en la atmósfera, no obstante, y ese gas es nocivo para el metabolismo humano.

»Mis cálculos indican que las cantidades recibidas por nuestros cuerpos todavía no resultan peli­grosas, dado que son neutralizadas, pero los antí­dotos naturales no bastarán, a la larga, y no conta­mos con los medicamentos necesarios. En conse­cuencia, es necesario que abandonemos este planeta antes que quede sobrepasado el grado de satura­ción del organismo humano.

—¿Y cuándo sucederá eso, señor Eden?

—Es difícil de decir, pero creo que debemos salir ­de aquí antes de una semana.

—Bien —gruñó Kenbroke, y de nuevo se dirigió a los demás—. Esto no ofrecería dificultades espe­ciales, porque la nave está a punto, pero... Pido al señor Sinceres que tome la palabra.

—Un momento —pidió el joven ingeniero—. Qui­siera comprobar otra vez las cifras más importan­tes.

—De acuerdo —asintió Kenbroke—, si es que con­fía en que sirva de algo. Entretanto deseo exponer a todos ustedes nuestra situación, principalmente a las señoritas Taylor y Kingston.

Kenbroke extrajo un estuche de su bolsillo, to­mó un cigarro y le cortó la punta. Luego, sin prisas, se guardó la tabaquera y encendió el puro. Sólo se dignó dar las explicaciones prometidas.

—Siento tener que decir que el capitán Harber, ahora ya muerto, era un tacaño de tomo y lomo. Como quizá ya sepan, aparte de comandante era también propietario del Silverhorse, y justo es re­conocer que daba gusto trabajar a sus órdenes. En primer lugar, no fastidiaba a sus hombres y, en segundo, era un astronauta de gran experiencia. Con él se sentía uno seguro. Por complicada que fuera una situación, Harber siempre encontraba una salida. Pero, como indiqué antes, contaba cada cen­tavo. Tenía fe en su suerte, que en realidad no le abandonó hasta la catástrofe que todos vivimos. 

Por consiguiente, no comprendía por qué había de derro­char tiempo y combustible para atenerse a unos ejer­cicios espaciales obligados con los botes de salva­mento. Con esos botes que él consideraba un lastre inútil, ya que estaba convencido que nunca los iba a necesitar... El resultado fue que el aprovisio­namiento de las lanchas era muy deficiente. Ustedes mismos ven que disponemos de pocos alimentos y que no hay apenas medicamentos...

»Le importaban un comino los ejercicios espa­ciales y el defecto en el sistema de impulsión de nuestro bote no fue advertido..., o incluso se pre­firió ignorarlo. En cualquier caso yo no soy respon­sable de ello, ya que mi labor a bordo era otra.

»Ustedes recordarán, asimismo, que el mal fun­cionamiento de la nave auxiliar, que ponía en peli­gro la vida de todos, nos hizo aterrizar en este pla­neta... Y ahora prefiero que prosiga usted, señor Sinceres, si es que ha terminado ya sus cálculos.

El segundo ingeniero había abandonado sus ope­raciones matemáticas y estaba evidentemente desa­nimado. Cuando Kenbroke se volvió hacia él, hizo un gesto afirmativo con la cabeza y presentó su infor­me. También Sinceres hablaba ante todo para las dos muchachas y Beatstone, ya que Kenbroke y Eden conocían la situación.

—Tuvimos gran suerte en el aterrizaje y debemos dar las gracias al señor Kenbroke, porque fue él quien, con admirable rapidez, puso en funcionamien­to las toberas de seguridad al fallar la impulsión central. Pero esto lo mencioné sólo de paso —co­menzó.

»Como ustedes ya saben, necesitamos el impulso químico para conseguir una aceleración de hasta veinte mil kilómetros por segundo, aproximadamen­te. Sólo entonces podremos llegar sin dificultad, por medio del generador de inducción, a velocidades y supervelocidades como la de la luz. 

El principio de impulsión del generador de inducción no es otra co­sa que la extracción de energía de la inversión de la polaridad de las líneas de inducción de un objeto altamente acelerado. Por debajo de la velocidad in­dicada, el generador pierde su efecto.

»Ahora ese impulso químico es precisamente la principal causa de nuestros quebraderos de cabeza. Los generadores de inducción suelen trabajar a la perfección. Es rarísimo que, como en el caso del Silverhorse, suceda algo. Y nosotros tuvimos la do­ble mala fortuna que nuestra nave auxiliar presentara una avería en el conducto de oxígeno. 

»En consecuencia, entró demasiado oxígeno en la tobera, y el sistema de impulsión comenzó a funcionar de manera irregular. En el espacio no era posible solucionar el problema. Y a causa del empuje preciso para el aterrizaje, el exceso de oxígeno produjo tem­peraturas que quemaron nuestra tobera principal, llegando a fundirla en parte. Yo logré arreglar el tubo de entrada, pero con los medios que dis­pongo no puedo reparar la tobera deformada.

»Pasemos, entonces, a las consecuencias. Para el des­pegue podemos servirnos únicamente de las toberas de emergencia. En el espacio tardaremos un par de días más en alcanzar la velocidad prevista, pero eso no tiene mucha importancia. Lo difícil es salir del campo de gravedad del planeta. La potencia de las toberas es insuficiente, porque este planeta, con sus 1,3 g, posee una fuerza de atracción mayor que la Tierra. Así es, por desgracia. Sin embargo, no quiero entretenerles más con mis cálculos, que por cierto están a disposición de quien los desee com­probar. Realmente me alegraría que alguien descubriera una equivocación a nuestro favor.

»Lo triste es que, por ahora, sólo tengo malas noticias para ustedes. Y si incluimos los estudios del señor Eden, las nuevas que puedo darles adquie­ren un carácter catastrófico. En los últimos días, y con la ayuda del señor Kenbroke, reconstruí casi por completo la nave, eliminando de ella todo lo posi­ble con tal de reducir peso. 

»Ustedes mismos nos echaron una mano en esa labor, aunque sin conocer el verdadero motivo. De nuestro vehículo no queda ahora, prácticamente, más que el esqueleto de acero con la suficiente resistencia para soportar la pre­sión, y dentro siguen algunos indispensables instru­mentos de control, las dos toberas de emergencia, el combustible preciso, el generador de inducción, provisiones para una semana..., y desde luego hay espacio para nosotros seis...

—Pero, ¡maldita sea! —continuó Kenbroke—, lo cierto es que el peso es todavía excesivo, aunque sólo sobran cuarenta kilos. ¡Cuarenta tristes kilos! Lo que intenta decirles el señor Kenbroke, es que... cuarenta kilos son, aproximadamente, el peso mínimo de un adulto. Resulta lamentable que sobre esa can­tidad justa, en vez de mil kilos o trescientos gra­mos. Pero la cosa no tiene remedio, seríamos ton­tos de no extraer de ella ciertas consecuencias. Con otras palabras, compañeros: sólo cinco de nosotros abandonarán este planeta.

Kenbroke hizo una breve pausa, para dejar que sus palabras surtieran efecto.

—Como acaba de comunicarnos el señor Eden, la suerte del infortunado que deba permanecer aquí equivale con toda probabilidad a una pena de muer­te. Sé que resulta brutal, pero no hay otra forma para que los otros cinco salven su vida. Así pues, sólo resta la cuestión de quién será el desdichado o, me­jor dicho, cómo le elegimos... Habría una solución sencilla, claro: dado que, aparte de mí, también Sinceres sabe pilotar la nave, podría yo quedarme en el planeta, como hubiera hecho un viejo capitán de barco, y sacrificarme por los demás —dijo Ken­broke—. Pero la verdad es que mi heroísmo no lle­ga a tanto. Tengo una familia y veo la muerte con ojos bastante distintos a los de algunos novelistas. Siento decepcionarles, y ruego que, si alguien tiene una proposición para liberarnos del terrible dilema, la exponga.

—¿Lo echamos a suertes? —preguntó en seguida Beatstone.

Kenbroke se encogió de hombros.

—¿Tiene alguien una idea mejor?

Durante unos instantes pareció que Elisa Kings­ton iba a decir algo, pero al fin no lo hizo. Se veía claramente que no había podido digerir las terribles noticias.

—¿Ninguna propuesta...? —gruñó Kenbroke—. Bien; entonces seré yo quien haga la sugerencia.

Rebuscó en el bolsillo de su chaqueta y depositó un objeto sobre la caja en que estaba sentado. Era un revólver de tambor de aspecto un tanto anti­cuado.

Kenbroke se esforzó en sonreír.

—Se trata de un arma familiar que sacó de apu­ros a más de un antepasado mío. Creo que fue bue­na idea la de llevarme el revólver cuando abandoné la cabina al sonar el timbre de alarma, a pesar de las prisas.

De nuevo introdujo la mano entre su ropa, y de un bolsillo lateral salieron dos balas. Una se la vol­vió a guardar rápidamente. La otra quedó junto a la pistola.

Los hombres y las mujeres que se hallaban en la tienda de campaña contuvieron el aliento sin acabar de comprender los propósitos de Kenbroke.

—¿Y bien? —preguntó éste—. ¿Qué opinan uste­des?

Hubo un desconcertado silencio.

Por fin exclamó Eden:

—¿Acaso espera que alguno de nosotros tome el revólver y se suicide a la salud de los demás?

—No, no espero eso, señor Eden —replicó Ken­broke—. Pero le recomiendo que use su fantasía. Probablemente solucionará el problema.

En el rostro de Eden se reflejó la ira, aunque el hombre se contuvo y no dijo nada más.

—¡Un momento! —intervino entonces Sinceres—. Sin duda, ese revólver tiene seis cámaras... Y nos­otros, casualmente, somos seis personas. Al ver la bala ahí, encima de la caja, podríamos pensar que...

—¡Bravo, Sinceres! Va por buen camino. Todo esto es un pequeño juego frívolo de tiempos pasados y se llama ruleta rusa. La bala es introducida en una de las cámaras. Así, por ejemplo... Luego se hace ro­dar varias veces el tambor. ¿Se fijan? Nadie sabe ahora dónde está el proyectil.

Kenbroke había hablado despacio, a la vez que hacía la demostración.

—Listos, ¿no? A continuación, cada uno recibe el arma, se apunta contra la sien, aprieta el gatillo y..., pasa el revólver al compañero de al lado. Eso, si ha tenido suerte, y ya no tendremos problemas. ¿Alguna otra pregunta?

—Si no supiera que todo esto es sólo una broma macabra, tendría miedo de usted —susurró Elisa.

—No bromeo en absoluto, señorita Kingston —le contestó Kenbroke con dureza—. Nunca en mi vida hablé tan seriamente. Intente analizar la situación sin sentimentalismos. Aquí sobra una persona. Cin­co abandonarán este planeta, pero la sexta morirá. Hace unos minutos recibí una proposición, que en sí no está mal, pero ¿quién nos asegura que la víc­tima respetará entonces su mala suerte? Yo mismo procuraría salvarme por todos los medios. El revól­ver lo solucionará todo mejor y..., de manera más definitiva.

—A usted parece divertirle en grande esta situa­ción, a juzgar por el tono de su voz y las expresiones que emplea —intervino Sinceres—. Francamente, lo considero un sadismo.

—Pues yo soy partidario del sistema que propone el señor Kenbroke —declaró Eden.

«Si tengo suerte, le tocará la bala a otro —pensó para sí mismo—. Este plan encierra más proba­bilidades de salvación que el propuesto primero.»

—¡Pero nosotros no somos bárbaros! ¿No hay otro modo de dominar la situación, por complicada que sea? ¿Realmente vamos a salvar nuestra miserable vida condenando a muerte a un compañero? ¿Es que no comprende nadie que eso sería un crimen?

Elisa Kingston, la menuda y agraciada estudian­te había lanzado esas palabras, presa de suma agitación, mientras se levantaba.

—Yo no participaré en un juego tan repugnante ni ocuparé mi puesto en la nave si de esta forma obligan a un hombre a suicidarse. O bien abando­namos todos el planeta, o morimos juntos en él y si ustedes no están de acuerdo conmigo, yo actuaré según mi propia conciencia. Puede guardar su revól­ver, señor Kenbroke. Yo me quedaré voluntaria­mente.

Apartó la lona por su parte abierta, y abandonó la tienda.

—Entonces, el problema está solucionado —dijo Eden.

—¿Cómo? ¿Habla en serio? —exclamó Sinceres, sin poder creer lo que estaba oyendo—. ¿Usted admi­tiría que la muchacha se sacrificara por nosotros? ¿Y ni siquiera se sonroja? La chica tiene razón: nos comportamos de manera imposible. Ahora me doy perfecta cuenta de la monstruosidad que íbamos a cometer. Si ustedes son capaces de semejante indignidad, ¡lárguense! Y sólo serán cuatro, porque yo también me quedo aquí. Creo, de todos modos, que podríamos intentar el despegue pese a esos cua­renta kilos de sobrepeso. Si nos estrellamos..., al menos nadie tendrá nada que reprocharse.

Y siguió a la muchacha.

—Ahora, la decisión ya no es tan difícil —insis­tió Eden—. Hay dos voluntarios. Incluso hemos ga­nado un factor de seguridad. Esa es nuestra salva­ción.

Kenbroke le miró con fijeza.

—Continúo aferrado a mi plan, señor Eden —di­jo—. Si la señorita Kingston y Sinceres no quieren tomar parte, es cosa suya, pero yo no permitiré que me reprochen que debo mi vida a la grandeza de alma de otras personas. Somos todavía cuatro. Dejemos que el revólver haga la ronda. Cada cual tiene aún las mismas posibilidades. Si los cuatro somos afortunados, partiremos solos y dejaremos en el planeta a la pareja. En tal caso estará justificado que lo hagamos, ya que la bala hubiese matado a uno de los dos. Ahora bien: si uno de nosotros muere, la plaza libre será puesta a disposición de Elisa Kingston y de Sinceres, y suya será la última deci­sión. Y si ellos se negaran a venir, nada tendríamos ya que reprocharnos. Pero una cosa, señor Eden. Si yo resultara muerto, usted necesitaría llegar a un acuerdo con Sinceres, porque no puede conducir la nave sin piloto. ¿Conforme en todo?

—Sí; es la mejor solución —intervino Beatstone.

—¿Y usted qué opina, señorita Taylor? —pregun­tó Kenbroke.

—A mí me da todo igual —musitó la joven.

«¡Maldita sea! —pensó Eden—. Ahora han descen­dido las posibilidades para que se decida la cosa antes que me toque el turno...»

—¿Y si yo me niego a participar? —inquirió.

—¡Por Dios, señor Eden! —protestó Kenbroke con intencionada mordacidad—. ¿Acaso ya no re­cuerda que dio su conformidad? Claro que, si no quiere... Le concedo lo mismo que a los otros dos. Pero piénselo bien, porque..., si las tres primeras cámaras están vacías, usted se quedará aquí. En ese caso, yo despegaré solo con Miss Taylor y Beatstone. No estoy dispuesto a darle una segunda oportu­nidad.

—Formulé la pregunta simplemente desde el pun­to de vista teórico —se excusó Eden, a la par que pensaba: «Tú aún te sorprenderás, como no sea que uno de los otros se quite antes de en medio. Mi primera idea, la que tuve al ver el revólver, sigue siendo realizable.»

—Está bien —dijo Kenbroke—. No perdamos más tiempo.

Muy decidido, empuñó el arma con su mano de­recha. A continuación se llevó el revólver a la sien y apretó el gatillo sin vacilar.

La única reacción fue un ligero sonido metálico, y el tambor avanzó una cámara más. Las tres per­sonas restantes jadeaban. Eden era quien más difi­cultad tenía para disimular su decepción.

—Supongo que esto equivale a un pasaje gratis para nuestra nave —declaró Kenbroke con una ri­sita forzada—. ¿Qué, lo prueba ahora usted? —agre­gó, ofreciendo el arma a Eden.

«¡Lástima!», pensó éste.

Tomó la pistola y la contempló pensativo. De pronto le dio media vuelta y encañonó con ella a Kenbroke.

—No haga ningún movimiento impensado —di­jo—. Y lo mismo vale para los demás. No... No les ocurrirá nada si actúan con sensatez. Yo comenté antes que podemos embarcar los cuatro cómodamen­te, ahora que tenemos dos voluntarios. Eso fue una gran solución, porque de otra manera hubiese obligado a uno de ustedes a quedarse.

Kenbroke hizo un movimiento. Eden apuntó en seguida contra su cuerpo.

—¡Nada de tonterías! Sabe perfectamente que la bala puede estar en esta cámara. O, si no, en la si­guiente o en la otra. Por lo tanto, de nada servirá ofrecer resistencia. ¿Creía usted de veras que yo me iba a jugar el todo por el todo? Como ahora puede comprobar, ideé mi propio método.

Kenbroke esbozó una sonrisa amable.

—Sus explicaciones son sin duda muy interesan­tes, señor Eden, pero, ¿no se había dado cuenta que el revólver era sólo una trampa?

Con paso tranquilo se acercó al traidor.

—Le advierto, Kenbroke —dijo Eden, nervioso—, que sus maniobras de desorientación no me impre­sionan en absoluto. No se aproxime más. Usted no es imprescindible. Recuerde que también Sinceres puede pilotar la nave.

Kenbroke continuó avanzando sin hacerle caso. Eden oprimió el gatillo una y otra vez. Nada. Sólo se oía un sordo clic.

—¿Convencido, señor Eden?

***** 

Kenbroke, el jefe de personal, hojeó en los pa­peles de la carpeta.

—Eden..., Eden... —murmuró—. ¡Ah, sí, aquí está! Prueba número catorce, Elisa Kingston, Allan Sinceres y Frank Eden.

Y alzó la vista.

—Lo lamento, señor Eden —dijo—. Los dos com­pañeros mencionados superaron la prueba. Usted, en cambio, ha reprobado. Siento tener que decír­selo, pero no se le considera adecuado para ocupar el cargo de biólogo a bordo de una nave de investi­gación interestelar.

—Pero..., ¡mis diplomas! ¡Mis recomendaciones! No pueden tomar semejante decisión basándose en una prueba que afirman haber realizado en mí mien­tras observaba muestras de colores en aquella má­quina.

—Le ruego que se domine, señor Eden. Usted de­claró que estaba dispuesto a someterse a todas las pruebas, y esta decisión de carácter negativo es de­finitiva. ¡Buenas tardes, señor Eden!

El fracasado salió de la estancia sin devolver el sa­ludo. No acertaba a entenderlo: a él le rechazaban, y en cambio admitían a principiantes inexpertos como la señorita Kingston y Allan Sinceres. Estos viajarían a las estrellas, y él no. ¿Por qué motivo? ¡Todo por el resultado de una ridícula prueba de la que no había notado absolutamente nada! Presen­taría una queja.

Y cerró la puerta de un golpe furioso.

El Observador - Julio de Miguel

Rheim se sentía triste y, curiosamente, solo. Hacía mucho tiempo que no tenía ninguna compañía, pero ahora su tarea había terminado. Rheim era, había sido hasta entonces, el "Observador de la Nueva Humanidad". Los suyos le habían designado antes de irse hacia los límites de la estrellas.

 Los antepasados de Rheim fueron humanos, los últimos humanos de su estirpe, una estirpe que se extinguió hace algunos años, hace algunos miles de millones de años... Lo aprendió en su infancia.

 

Siguiendo el curso evolutivo de la vida sobre la Tierra, la raza humana se convirtió en la especie predominante del planeta. Poco a poco fue desarrollando su inteligencia y tecnología. Su dominio sobre el planeta se fue haciendo cada vez más patente. Muchas veces las cosas se escaparon de las manos de los hombres, pero nunca había sido irremediable, pues hasta entonces nunca habían tenido demasiado poder. Al ir adquiriendo más capacidad, sus equivocaciones se fueron haciendo importantes. Se tomaban medidas para evitarlas, aunque se seguían teniendo fallos, algunos cruciales..., el último irreparable.

Con fundadas esperanzas se iniciaba la exploración espacial, cuando en la Tierra la máquina de la guerra fue puesta en marcha. Se tenía tanto miedo a que esto ocurriese... Se habían tomado tantas precauciones para evitarlo... Un error desencadenó todo. Una secuencia de errores que era imposible que sucediesen. Pero sucedieron. Se vaciaron los arsenales sin que nadie, casi nadie supiese por qué.

 

Cuando esto pasaba, los antepasados de Rheim vivían bajo el mar. Eran una comunidad de científicos que pretendían demostrar que su colonia submarina era totalmente autosuficiente. Una experiencia piloto. Un experimento de insospechados resultados.

Las consecuencias de la catástrofe se notaron más tarde bajo el mar y la colonia tuvo algún tiempo para prepararse. Fue difícil, pero sobrevivieron. Fueron los únicos.

Poco a poco la erosión fue borrando toda huella de vida. Los restos orgánicos desaparecieron primero. Las construcciones humanas tardaron muchos años más, pero ya el tiempo no tenía importancia.

Los científicos de la colonia se preocuparon primordialmente de su propia supervivencia, que fue muy incierta durante los primeros años. Cuando ésta estuvo asegurada estudiaron el futuro del planeta, pues tenían consciencia de ser los únicos seres vivos sobre él. Tomaron la difícil decisión de progresar sin intervenir en los procesos que acontecerían en la Tierra. No la repoblarían, dejarían que la vida volviese a surgir por sí sola. Ni ellos, ni sus hijos, ni los hijos de sus hijos lo verían, pero sus descendientes serían testigos de un fenómeno que siempre había suscitado la curiosidad humana. Su nueva tarea consistía ahora en prepararse para la aparición de la vida y seguir su posterior evolución.

La radioactividad fue desapareciendo. La superficie de la Tierra cambió notablemente de aspecto. Las lluvias fueron arrastrando todo tipo de materia al mar, convirtiendo la superficie terrestre en un yermo desierto y el mar en un oscuro y espeso líquido. Las reacciones químicas que proliferaban en su interior fueron produciendo moléculas de complejidad creciente y, mucho tiempo después, (si Oparin y Haldane hubiesen podido verlo...) las primeras protocélulas comenzaron a reproducirse. La vida apareció y evolucionó siguiendo los pasos que marcaba la historia con curiosa exactitud.

Los descendientes de los científicos no se sorprendieron demasiado, pues las condiciones habían vuelto a ser casi las mismas y la evolución siguió cursos parecidos. Tanto es así que la especie predominante volvió a ser humanoide.

Para entonces Rheim ocupaba ya su puesto de observador. Su propia raza había evolucionado mucho, dominaron la ciencia, vencieron la enfermedad y aprendieron a prescindir de la materia. Ahora los humanos de la estirpe de Rheim eran energía pura y se expandían por un universo sin límites para ellos.

En la vieja Tierra sólo quedó Rheim. El vio evolucionar la vida, asistió al nacimiento de estos nuevos seres humanos (¡tan parecidos a los anteriores!), orgullosos de sí mismos, convencidos de su perfección... Vio cómo progresaban, cómo sucumbían a la tentación de la guerra y vio cómo una vez más caían en los mismos errores que les llevaron a la destrucción total.

Rheim tuvo tentaciones de actuar para evitarlo, pero no lo hizo. Su deber era observar sin intervenir. Además no hubiera servido de nada.

 

El Sol, la fuente de la vida en el planeta, llegaba al fin de su ciclo. El hidrógeno se agotaba en favor del helio. La temperatura del núcleo alcanzaba valores que fundían la misma estrella, calcinando toda su cohorte de planetas y con ellos las esperanzas de los supervivientes de la Tierra. El Sol se convertía en una "gigante roja" que haría las delicias de quién pudiese observarlo desde lejanos cielos.

Rheim se sentía solo. Había sido testigo del fin de una civilización. Los resultados habían sido comunicados. Su trabajo había terminado.

Hacía mucho tiempo que sabía lo que haría en estos momentos. Si él había estado observando cómo se desarrollaba la vida en la Tierra, bien podría haber existido una raza anterior que les hubiese investigado a ellos. Una raza que como ellos hubiese tenido su origen evolutivo en la Tierra, pero que se hubiese desarrollado en su plenitud fuera de los límites materiales. Una raza que les llevaba miles de millones de años de adelanto y de la que tendría mucho que aprender.

En su mente resonaban unos versos que no recordaba haber aprendido:

 

"Todo lo que es, ya ha sido.

Todo lo que ha sido, será.

Todo lo que será, ya fue."

 

Rheim emprendió su búsqueda sabiendo que tenía toda la eternidad por delante.