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La Bestia de la cueva - H. P. Lovecraft

La horrible conclusión que había ido gradualmente imponiéndose en mi mente confundida y reacia resultaba ahora de una espantosa certeza. Estaba perdido, completa y descorazonadoramente perdido en las vastas y laberínticas profundidades de la cueva Mammoth. Hacia donde me volviese, por más que forzase la vista no lograba distinguir nada que pudiera servirme de pista para encontrar el camino de salida. Mi intelecto ya no albergaba dudas sobre que nunca más llegaría a contemplar la bendita luz del día, ni a deambular por las amables colinas y valles del hermoso mundo exterior. La esperanza se había esfumado. 

Pero, condicionado como estaba por una vida de estudios filosóficos, obtuve no poca satisfacción de mi desapasionada postura; ya que aunque había leído suficiente acerca del salvaje frenesí que acomete a las víctimas de sucesos similares, yo no experimenté nada parecido, sino que mantuve la calma apenas descubrí que me había perdido.

Tampoco el pensamiento de haber errado más allá del alcance de una búsqueda normal me hizo ni por un momento perder la calma. Si había de morir, reflexionaba, entonces esta caverna terrible pero majestuosa me resultaría un sepulcro tan grato como el que pudiera brindarme un camposanto; una idea que me provocaba tranquilidad antes que desesperación.

La muerte por inanición sería mi destino; de eso estaba convencido. Yo sabía que algunos habían enloquecido en similares circunstancias, pero sentía que tal no sería mi fin.

Mi desgracia no era fruto sino de mi propia voluntad, ya que, a escondidas del guía, me había despegado voluntariamente del grupo visitante y, deambulando cerca de una hora a través de las prohibidas galerías de la cueva, me había encontrado luego incapaz de desandar los intrincados vericuetos recorridos tras abandonar a mis compañeros.

Mi antorcha comenzaba ya a flaquear y pronto me hallaría sumido en la negrura total y casi palpable de las entrañas de la tierra. Mientras permanecía al resplandor de la menguante y temblorosa luz, especulé ocioso sobre las circunstancias exactas en que se produciría mi cercano fin. 

Recordé las historias sobre la colonia de tuberculosos que, habiéndose instalado en esta gigantesca gruta buscando la salud en su temperatura uniforme y suave, su aire puro y su pacífica tranquilidad, habían, sin embargo, muerto en circunstancias extrañas y terribles. 

Yo había mirado los tristes restos de sus chozas destartaladas al pasar con el grupo, preguntándome qué antinatural efecto podría lograr una larga estancia en esta caverna inmensa y silenciosa sobre alguien como yo, saludable y vigoroso. Ahora, me dije tétricamente, había llegado la ocasión de comprobar tal respecto, a no ser que la falta de comida acelerase mi tránsito.

Según se esfumaban en la oscuridad los últimos e intermitentes resplandores de mi antorcha, resolví no dejar piedra sobre piedra, ni desdeñar cualquier posible medio de escapar; así que prorrumpí en una sucesión de gritos tremendos, a pleno pulmón, con la vana esperanza de llamar la atención del guía. 

Sin embargo, mientras vociferaba, tuve la sensación de que mis gritos resultaban un despropósito, y que mi voz, aumentando y reverberando por las innumerables paredes del negro laberinto circundante, no llegaba a otros oídos que los míos. Sin embargo, a una, mi atención se volvió sobresaltada hacia un sonido de suaves pasos que imaginé escuchar acercándoseme sobre el suelo rocoso de la cueva. ¿Era inminente mí salvación? ¿No habían sido entonces todos mis horribles temores otra cosa que naderías, y el guía, habiéndose percatado de mi inexplicable ausencia, había seguido mi rastro, buscándome a través de este laberinto calcáreo. 

Mientras aquellas preguntas felices brotaban en mi interior, estuve a punto de reanudar mis gritos para acelerar mi descubrimiento; pero en un instante mi alegría se trocó en horror al volver a escuchar, ya que mis siempre agudos oídos, ahora afinados aún más por el completo silencio de la cueva, dieron a mi entumecido entendimiento la inesperada y espantosa certeza de que aquellas pisadas no sonaban como las de un ser humano. 

En la quietud ultraterrena de esa subterránea región, la aparición del guía con su calzado hubiera resultado como una serie de golpes claros e incisivos. Aquellos sonidos eran blandos y sigilosos, como los que podrían producir las zarpas almohadilladas de un felino. Además, a veces, escuchando cuidadosamente, me parecía distinguir el paso no de dos, sino de cuatro pies.

Ahora ya estaba convencido de que mis gritos habían despertado y atraído a alguna bestia salvaje, quizás un puma extraviado por accidente en el interior de la cueva. Quizás, reflexioné, el Todopoderoso me había designado una muerte más rápida y misericordiosa que el hambre. 

Aunque el instinto de conservación, nunca apagado por completo, se conmovió en mi ser y, a pesar de que evitar el peligro que se acercaba podía depararme un final más largo e inclemente, me dispuse, sin embargo, a vender la vida lo más cara posible. Por extraño que pueda parecer, mi mente no concebía otra intención en el visitante que la de una clara hostilidad. 

En consecuencia, permanecí inmóvil, esperando que la bestia desconocida, a falta de un sonido que la guiase, perdiese mi dirección y pasase de largo. Pero esa esperanza iba a revelarse infundada, ya que aquellas extrañas pisadas avanzaban implacables; sin duda, el animal me olfateaba y, en una atmósfera tan absolutamente limpia de cualquier influencia contaminante como resulta la de una cueva, podía sin duda seguirme hasta gran distancia.

Por consiguiente, viendo que debía armarme para defenderme de un extraño e invisible ataque en la oscuridad, tanteé en busca de los mayores de entre los fragmentos de roca dispersos por doquier en el suelo de la caverna circundante y, empuñando uno en cada mano, listos para ser usados, esperé resignado los inevitables sucesos. 

Mientras, el odioso paso de garras se acercaba. La conducta de esa criatura era realmente extraña. Casi todo el tiempo, los movimientos parecían propios de un cuadrúpedo, moviéndose con una curiosa descoordinación entre miembros delanteros y traseros; y, sin embargo, durante algunos pocos y cortos intervalos, me pareció que caminaba sobre dos patas tan sólo. 

Me pregunté qué clase de animal tenía delante; debía tratarse, suponía, de alguna infortunada bestia que había pagado la curiosidad de indagar a las puertas de la temible gruta con una reclusión de por vida en esas interminables profundidades. Sin duda, se alimentaba de peces ciegos, murciélagos y ratas de la cueva, así como de los peces comunes que nadan en los manantiales del río Verde, el cual comunica por vías ocultas con las aguas de la caverna. 

Llené mi terrible espera haciendo grotescas conjeturas sobre los efectos que una vida cavernaria pudieran haber causado sobre la estructura física de la bestia, recordando las espantosas apariencias que la tradición local achacaba a los tuberculosos muertos tras una larga residencia en la cueva. 

Entonces, con un sobresalto, recordé que, aun en el caso de lograr matar a mi antagonista, nunca llegaría a contemplar su apariencia, dado que mi antorcha se había extinguido hacía tiempo y no tenía encima ni una cerilla. La tensión mental se volvía ahora espantosa. Mi imaginación desbocada conjuraba formas odiosas y temibles en la siniestra oscuridad circundante, que parecían ya casi presionarme. Las espantosas pisadas se acercaban, cerca, más cerca. 

Creo que debí lanzar un grito, aunque de haber sido en verdad tan timorato como para hacerlo, mi voz apenas debió responderme. Estaba petrificado, clavado al sitio. Dudaba de que mi brazo derecho me respondiera lo bastante como para disparar sobre el ser llegado el momento crucial. El inexorable, pat, pat, de pisada está al alcance de la mano, ya muy cerca. 

Podía oír el trabajoso resuello del animal, y, aterrorizado como estaba, aún llegué a comprender que venía de muy lejos y estaba por tanto fatigado. Repentinamente se rompió el maleficio. Mi brazo derecho, guiado por mi siempre fiable oído, lanzó con todas sus fuerzas el pedazo de caliza, de bordes agudos, que sostenía, impulsándolo hacia el lugar de la oscuridad de donde provenían resuello y pisadas; y, por increíble que parezca, estuvo a punto de alcanzar su objetivo, ya que escuché brincar al ser, yendo a cierta distancia y pareciendo detenerse allí.

Reajustando el tiro, lancé el segundo proyectil, esta vez con mejores resultados, ya que lleno de alegría oí cómo la criatura caía de una forma que sonaba a desplome, quedando sin lugar a dudas tendida e inmóvil. Casi desbordado por el tremendo alivio consiguiente, me recosté tambaleándome contra la pared. El resuello proseguía, pesado, boqueando inhalaciones y exhalaciones; así que comprendí que no había hecho otra cosa que herir a la criatura. Y cualquier deseo de examinar al ser se esfumó. 

Por fin, algo semejante al miedo ultraterreno y supersticioso se alojó en mi cerebro y no me aproximé al cuerpo, ni seguí cogiendo piedras para rematarlo. En vez de eso, eché a correr tan rápido como pude y, tanto como me lo permitía mi frenético estado, por donde había llegado. 

Bruscamente escuché un sonido o, mejor, una sucesión regular de sonidos. AI instante siguiente se habían convertido en un golpeteo claro y metálico. Ahora no había duda. Era el guía. Y entonces grité, chillé, vociferé, incluso aullé de alegría contemplando en los techos abovedados la luminosidad débil y resplandeciente que yo sabía era el reflejo del brillo de una antorcha aproximándose.

Corrí al encuentro del resplandor y, antes de comprender del todo lo que hacía, estaba a los pies del guía, abrazándole las botas, balbuceando a pesar de mi reserva ostentosa de una forma que resultaba de lo más insensata y estúpida, barbotando mi terrible historia y, a la vez, aturullando a mi oyente con mis demostraciones de gratitud. 

El guía había notado mi ausencia cuando el grupo volvió a la entrada de la cueva y, llevado por su intuitivo sentido de la orientación, había procedido a realizar una exploración exhaustiva de los pasadizos frente a los que me viera por última vez, localizando mi paradero tras una búsqueda de unas cuatro horas.

Cuando me lo hubo contado, yo, envalentonado por la luz de su antorcha y por su compañía, comencé a pensar en la extraña bestia a la que había herido unos metros más atrás, en la oscuridad, y sugerí que fuéramos a ver, con ayuda del hacha, qué clase de criatura había yo abatido. Así que me volví sobre mis pasos, esta vez con un valor que nacía del estar acompañado, hasta el escenario de mi terrible experiencia. 

Pronto descubrimos un cuerpo blanco en el suelo, más blanco aún que la propia caliza resplandeciente. Avanzando con precaución, prorrumpimos en simultáneas exclamaciones de asombro, ya que de todos los monstruos antinaturales que pudiéramos haber contemplado en nuestra vida, éste resultaba con mucho el más extraño. 

Parecía ser un mono antropoide de grandes dimensiones, escapado quizás de algún circo ambulante. Su pelaje era blanco como la nieve, debido sin duda a la acción decolorante de una larga existencia en los recintos negros como la tinta de la cueva, pero asimismo aquel pelo era sorprendentemente ralo, faltando por doquier, excepto en la cabeza, donde era tan largo y abundante que caía sobre sus hombros en profusión considerable. 

El rostro permanecía oculto, ya que la criatura estaba boca abajo. El ángulo de los miembros era también muy singular, explicando empero la alteración de uso que yo antes notara y por la cual la bestia empleaba unas veces cuatro zarpas para desplazarse y otras sólo dos. Las manos o pies no eran prensiles, algo que atribuí a su larga estancia en la cueva que, como antes dije, parecía probada por aquella blancura completa y casi ultraterrena tan característica de toda su anatomía. No parecía dotada de cola.

La respiración se había vuelto ahora sumamente débil, y el guía había empuñado su pistola con la evidente intención de rematar a la criatura, cuando un inesperado sonido lanzado por esta última le hizo abatir el arma sin usarla. 

Aquel sonido era de naturaleza difícil de explicar. No era como los tonos normales que emiten las especies de simios conocidas, y me pregunté si aquella cualidad antinatural no sería el fruto de una larga estancia en silencio total, roto al fin por la sensación provocada por la llegada de luz, algo que la bestia no había visto desde su llegada a la cueva. El sonido, que de lejos puede definirse como una especie de profundo charloteo, proseguía débilmente. De repente, un fugaz espasmo de energía pareció estremecer el cuerpo de la bestia. 

Las zarpas se movieron convulsivamente y los miembros se contrajeron. Con un espasmo, el cuerpo blanco rodó hasta que el rostro giró en nuestra dirección. Por un instante me vi tan abrumado por lo que mostraban aquellos ojos, que no vi nada más. Eran negros, esos ojos; profundos, tremendamente negros, contrastando espantosamente con la nívea blancura de cabello y carnes. Como en otros moradores de cavernas, estaba profundamente hundidos en las órbitas y carecían completamente de iris.

Mirando más detenidamente, vi que se encontraban en un rostro que era menos prognato que el de cualquier mono normal e infinitamente más peludo. La nariz era bastante distinta.

Mientras observábamos la extraña visión que teníamos ante los ojos, los gruesos labios se abrieron y brotaron algunos sonidos, tras lo cual el ser se relajó y murió.

El guía se aferró a la manga de la chaqueta, temblando con tanta violencia que la luz se estremeció espasmódicamente, proyectando sombras extrañas y móviles sobre los muros de alrededor.

Yo no hice gesto, sino que permanecí envaradamente quieto, los ojos espantados fijos sobre el suelo de delante.

Y entonces se disipó el miedo, suplantado por asombro, espanto, comprensión y reverencia, ya que los sonidos lanzados por la figura herida que yacía sobre el suelo calcáreo nos habían susurrado la terrible verdad. La criatura que yo había matado, la extraña bestia de la inexplorada caverna, era o había sido en tiempos, ¡¡¡un HOMBRE!!!

Pisadas - Harlan Ellison

Para ella, la oscuridad nunca llegaba a la Ciudad de la Luz. Para ella, la noche era el tiempo de la vida, un tiempo lleno de momentos de luz más brillantes que todo el neón barato que mancillaba Champs Elysées.

Como no había llegado nunca a Londres, ni a Bucarest, ni a Estocolmo, ni a ninguna de las quince ciudades que había visitado en sus vacaciones. Su gira de gourmet por las capitales de Europa.

Pero la noche había llegado frecuentemente a Los Ángeles.

Precipitando su huida, obligando a la precaución, produciendo dolor y hambre, una terrible hambre que no podía ser saciada, un dolor que no podía ser arrancado de su cuerpo. Los Ángeles se había vuelto peligrosa. Demasiado peligrosa para uno de los hijos de la noche.

Pero Los Ángeles había quedado atrás, y todos los titulares de los periódicos acerca del carnicero loco, acerca del destripador, acerca de las terribles muertes. Todo quedaba atrás... y también Londres, Bucarest, Estocolmo, y una docena de otros pastos. Quince maravillosos salones de banquete.

Ahora estaba en París por primera vez, y la noche se acercaba, con toda su luz y toda su promesa.

En el Hotel des Saints Peres se bañó meticulosamente, tomándose el tiempo que siempre se tomaba antes de salir a cenar, antes de salir en busca de la pasión.

Se había quedado sorprendida al descubrir que los hoteles en Francia no proporcionaban manoplas de baño. Al principio pensó que la doncella había olvidado dejar la suya en la habitación, pero cuando llamó a la recepción, la chica que respondió al teléfono no pudo comprender de qué le estaba hablando. 

El inglés de la recepcionista no era bueno, y el francés era casi incomprensible para Claire. Claire hablaba muy bien en Los Angeles, pero eso no le servía de nada en París. Era una suerte que el idioma no fuera también una barrera para Claire cuando se trataba de encargar su comida. Para ello no tenía ningún problema en absoluto.

Durante diez minutos estuvieron lanzándose mutuamente sonidos incomprensibles, hasta que la recepcionista comprendió por fin lo que le pedía.

—¡Ah! Oui, mademoiselle —dijo la recepcionista—. ¡Le gant de toilette!

Instantáneamente, Claire supo que había dado en el clavo.

—Sí, eso es.... Oui. Gant..., gant lo que sea... Oui. Una manopla de baño.

Después de otros diez minutos comprendió que los franceses pensaban que la manopla con la que uno se lavaba el cuerpo era algo demasiado personal como para dejarlo en una habitación de hotel, que los franceses llevaban consigo sus propios gants de toilette cuando viajaban.

Se sintió sorprendida. Y ligeramente complacida. Aquello era indicio de una distinta forma de vivir que prometía nuevos sabores, nuevas sensaciones, posiblemente nuevas cimas en el amor. Pensó en transportes de éxtasis. En la noche. A la brillante luz de la oscuridad.

Se entretuvo largo tiempo en el baño, utilizando el teléfono de la ducha para lavar a conciencia su largo cabello rubio. La extremadamente caliente agua del baño por toda la parte inferior de su cuerpo, entre sus muslos, la cascada de agua caliente cayendo a chorro sobre ella, alivió la tensión del vuelo desde Zurich, eliminó los primeros signos de claustrofobia de los aviones que había estado insinuándose en ella desde Londres. Se tendió en la bañera y dejó que el agua fluyera sobre su cuerpo. Renacimiento. Rejuvenecimiento.

Y se sentía ferozmente hambrienta.

Pero París es conocida mundialmente por su cocina.

Se sentó en la terraza de Les Deux Magots, el café del Boulevard St. Germain donde Boris Vían, Sartre y Simone de Beauvoir se sentaban en los años cuarenta y cincuenta para elaborar sus pensamientos y a veces escribir sus palabras de soledad existencialista. Permanecían allí, bebiendo Pastis o Pernod, y se sentían llenos de una sensación de unidad entre la humanidad y el universo. 

Claire se sentó y pensó en su inminente unidad con una parte selecta de la humanidad... Y el universo no le preocupaba. Para los hijos de la noche, la soledad había nacido con la carne, se asentaba en la médula de los huesos, fluía con la sangre. Para ella, la idea de la soledad existencial no era una teoría abstracta, era su forma de vida. Desde su primer momento de consciencia.

Se había vestido para impresionar. Aquella noche con el vestido de seda azul celeste, con un escote muy abierto. Se sentó en la primera fila, de cara a la acera, las piernas cruzadas, un simple vaso de Perrier avec citrón ante ella. No había ordenado pâté o terrine: nunca hay que contaminar el paladar antes de dedicarse a una comida de gourmet. Había evitado picar durante todo el día, manteniéndose firmemente en la temblorosa frontera del hambre.

Y el festín movedizo pasó ante ella.

Tendría unos cuarenta y pocos años, de aspecto grueso, y se mantenía tan erecto como el mariscal Foch en el libro de historia de Francia que había comprado. Aquel hombre llevaba un traje gris, cruzado, de línea pomposa para disimular el hecho de que la calidad no era demasiado buena.

El hombre —en quien Claire pensaba ahora como el mariscal Foch— pasó caminando ante ella, captó un destello de nilón cuando ella cruzó las piernas en su honor, lanzó una mirada de reojo, se encontró con sus ojos verdes y tropezó contra una vieja con un cesto de mimbre lleno de verduras y pan. Durante un momento pareció como si bailaran intentando esquivarse el uno al otro, hasta que la vieja le apartó bruscamente con el codo, murmurando una obscenidad para sí misma.

Claire se echó a reír alegre, cálida y cautivadoramente.

El mariscal Foch pareció turbado.

—Las viejas siempre tienen codos afilados —le dijo al hombre—. En casa se los afilan cada día con piedra pómez.

El se la quedó mirando, y la expresión que pasó por su rostro la convenció de que lo había atrapado.

—¿Habla usted mi idioma?

El se tomó un buen rato para cambiar sus engranajes lingüísticos y dio un paso hacia ella. Asintió.

—Sí, en efecto. Lo hablo.

Su voz era profunda, pero mesurada: la voz de un hombre que miraba la acera cuando caminaba para asegurarse de que no se ensuciaría los zapatos con excrementos de perros.

—Lamento no hablar francés —dijo ella, e inspiró profundamente de modo que el vestido azul celeste se entreabriera sobre su seno.

Asegurándose de que el gesto no había pasado inadvertido al hombre, dejó que una pálida y fina mano se deslizara hacia sus pechos como pidiendo disculpas. Él siguió el movimiento con entrecerrados ojos. Atrapado. Oh, sí, atrapado.

—¿Es usted norteamericana?

—Sí. De Los Ángeles. ¿Ha estado usted allí?

—Sí, por supuesto. He estado varias veces en América. Asuntos de trabajo.

—¿A qué se dedica?

Él permanecía de pie ante la mesa, el maletín colgando de su mano izquierda, el pecho hinchado para ocultar la blanda opulencia que la gravedad y los años habían puesto sobre su estómago.

—¿Puedo sentarme?

—Oh, sí, por supuesto. No faltaría más. Siéntese, por favor.

Él apartó la silla metálica que había junto a ella, colocó el maletín debajo y se sentó. Cruzó sus piernas con mucho cuidado, como si realmente fuera el mariscal Foch, asegurándose de que las rayas de sus pantalones estaban rectas. Metió su estómago y dijo:

—Comercio con obras de arte. Excelentes trabajos de nuevos pintores, artistas gráficos... Viajo mucho por el mundo.

No a pie, pensó Claire. En 747, en el Trans Europ Express, en barcos elegantes que sólo llevan a una docena de gordos pasajeros como carga. No a pie. No tienes ni un centímetro correoso en tu suculento cuerpo, mariscal Foch.

—Eso parece maravilloso —dijo Claire.

Entusiasmo. Vino embriagador. Puertas abriéndose. Invitaciones en recio papel pergamino con elegantes letras en relieve. Y como siempre, desde el amanecer del mundo..., arañas y moscas.

—Oh, sí, creo que sí —dijo él, sonriendo orgullosamente.

No dijo creo, sino que pronunció cgeo.

Ella le miró. Él se hundió y se hundió en las verdes aguas de sus fríos ojos.

La invitó a una copa, ella le dijo que ya estaba tomando algo, él le ofreció otro tipo de copa, algo más fuerte. Pero ella dijo que no, que ya estaba bebiendo, gracias. Así le daba a entender bien claro que no era una prostituta. Siempre ocurría lo mismo, en cualquier gran ciudad. Bebidas fuertes.

Confiaba en que él no oyera los gruñidos de su estómago.

—¿Ha cenado usted ya? —preguntó ella.

Él no respondió inmediatamente.

Ah, tienes una esposa e hijos esperándote, aguardándote para empegar a cenar. Quizá en Neuilly. Eso está bien, sucio hombrecito maduro.

Entonces él dijo:

—Oh, no. Pero tengo que hacer una llamada telefónica para anular una cita de negocios. ¿Le importaría cenar conmigo?

—Me encantaría —dijo ella, mostrándole con un estudiado giro de su cabeza el ángulo preciso que realzaba sus excelentes pómulos.

Antes de acabar su frase, él ya se había levantado de su silla y se dirigía a las cabines téléphoniques.

Ella permaneció sentada, sorbiendo su Perrier y aguardando a que regresara su cena.

Ha sido rápido, pensó al ver que él regresaba apresuradamente. Déjame adivinar lo que has dicho, querido: ha surgido algo importante... Un comprador de la cadena Doubleday en América está interesado en las reproducciones de Kawaierowicz y Meynard... Ya sabes que odio tener que quedarme en la ciudad hasta tan tarde, pero es preciso... Oh, no, Francoise, no seas así... Di a los niños que les traeré una tarta... ¡Basta, basta! Debo quedarme... Vendré tan pronto como sea posible; cenad sin mí. No pienso... discutir contigo... Adiós. Au revoir, salut, à bientôt... Dame una oportunidad, ¿quieres? Deseo sentirme saciada... Quiero oírtelo decir ahora, mi querido mariscal Foch.

Y pensó algo más: Espero que no te guarden la cena caliente.

El le sonrió, pero los rasgos de su rostro estaban tensos. No es fácil para un rostro disimular la tensión. Pero intentó valientemente no mostrar el efecto de la llamada telefónica.

—¿Nos vamos?

Ella se puso lentamente en pie, dejando que las dos partes de su falda se unieran del modo más artístico, y la sonrisa de su rostro se hizo más tentadora. Oh, sí: atrapado.

Empezaron a caminar. Ella ya había dado un paseo por la zona. Prepárate, que suena la marcha de las chicas exploradoras.

Le condujo hacia la Rue St. Benoit, creyendo que allí podría cenar sin atraer a una multitud. Pero aún era demasiado pronto. La vida nocturna de París florece por las calles hasta bastante después de las dos de la madrugada, y cenar al fresco era casi imposible. A Claire nunca le había gustado comer a gran velocidad.

Había dos restaurantes al final de la Rué St. Benoit, y él sugirió cualquiera de los dos. Ella negó encantadoramente con la cabeza y dijo:

—¿Por qué no paseamos un poco más? Me gustaría algo más... romántico.

Él no discutió. Siguieron bajando por la Rue St. Benoit.

A la izquierda, hacia la Rué Jacob. Demasiado concurrida.

A la derecha, hacia la Rue des Saints Pères. También demasiado concurrida. Pero, directamente al frente, el río. El oscuro Sena, al anochecer.

—¿Podemos ir hasta el río?

Él pareció confuso.

—Deseas cenar, ¿verdad?

—Oh, claro. Por supuesto. Pero primero caminemos un poco junto al río. Es tan hermoso, tan encantador por la noche, y ésta es la primera vez que vengo a París. Es tan romántico...

Él no discutió.

A su derecha, la enorme masa de un gran edificio estaba sumida en la oscuridad. Ella lo miró, y más allá, hacia el cielo donde la luna llena brillaba como un mensaje de advertencia.

Cenar bajo la luna llena era siempre delicioso.

—Este edificio es L'École des Beaux-Arts —dijo él—. Muy famosa.

Pronunció fau-mosa. Ella se rió.

Oscuridad. Siempre luz. La dulce luna llena cruzando los cielos. Una cena cálida aguardando. Y allí estaba, un puente cruzando el negro río. Y una escaleras bajando hacia la orilla. Ah.

—Le Pont Royal —dijo el mariscal Foch, señalando el puente—. Muy fau-moso.

Cruzaron, y ella le condujo hacia abajo, por las escaleras. En la orilla, dos metros por encima del lánguido Sena, ella se volvió y miró a derecha e izquierda. Entonces se reclinó contra él, se puso de puntillas y le besó. Él hundió su estómago, pero no era para ocultar su rotundidad. Ella lo tomó de la mano y le condujo hacia el Pont Royal.

—Bajo el puente —dijo.

El sonido de la respiración de él.

El sonido de los tacones altos de ella en las antiguas piedras.

El sonido de la ciudad sobre ellos.

El sonido de la luna llena brillando dorada y haciéndose grande en el cielo.

Y allí, bajo el puente, envueltos en oscuridad, ella se reclinó de nuevo contra él, cogió su gruesa cabeza entre sus finas y pálidas manos, apoyó su boca contra la de él y dejó que su dulce aroma lo impregnara. Lo besó durante un largo rato, mordiéndole los labios con sus dientes, y él lanzó un ahogado sonido, como un pequeño animal al ser estrujado. Pero ella iba por delante de él: su pasión ya se había despertado.

Y Claire se esfumó para ser reemplazada por algo distinto.

Un hijo de la noche.

Hijo de la soledad.

Con la última parpadeante conciencia de su evanescente humanidad, ella percibió el instante de saber que estaba en un abrazo amoroso con alguien distinto, el hijo de la noche.

Fue el instante en que cambió.

Pero ese instante fue demasiado corto para que él pudiera liberarse. Ahora la espina dorsal de ella se había curvado, ahora su boca se había llenado de colmillos, ahora habían crecido las garras, ahora el cuerpo bajo el vestido azul celeste se había llenado de pelaje, ahora le atraía debajo de ella, ahora ella estaba encima de él, ahora las garras desgarraban el traje gris y la carne de él, ahora una renegrida garra abría un tajo en la garganta de él para que no pudiera gritar. Ahora había llegado la hora de la cena.

Tenía que hacerse de manera cuidadosa y rápida.

El estaba en plena erección, su pene hinchado con estática lujuria. Ahora ella le tenía desnudo y ella estaba sobre él, acuclillándose sobre él, y él entró en ella mientras su vida se le escapaba a borbotones. Ella cabalgó, agitándose y sudando, mientras la boca de él trabajaba futilmente y sus ojos se desorbitaban y brillaban a la luz de la luna.

El orgasmo de ella fue acompañado por un aullido que ascendió por encima del Sena y se perdió en el cielo nocturno sobre París, hasta que la dominante luna se lo tragó y brilló un poco más intensamente con la pasión.

Abajo, en la oscuridad, satisfecha su pasión, ella cenó elegantemente.

La comida en Berlín había sido demasiado fibrosa; en Bucarest la sangre era demasiado fluida y no consiguió realzar el sabor; en Estocolmo la cena era demasiado insípida; en Londres demasiado correosa; en Zurich fue tan grasa que la puso enferma. Nada comparable con las excelencias de Los Ángeles.

Nada era comparable con la comida de casa... hasta París.

Los franceses eran justamente famosos por su cuisine.

De modo que salió a cenar cada noche.

Fue una excelente semana su primera semana en París. Un elegante hombre maduro con bigote blanco engominado, que hablaba militarmente, incluso al final. La peluquera de una tienda elegante, que llevaba una especie de mono de color púrpura fluorescente y botas de cowboy, del color rojo de la manzana al caramelo. Un estudiante de Westfield, Nueva York, que estudiaba en la Sorbona y que no paraba de decir que estaba enamorado de ella, hasta el final en que no dijo nada. Y otros. Unos cuantos otros. Empezó a temer que su línea se echara a perder.

Y de nuevo era sábado. Samedi.

Había sentido deseos de bailar. Era una buena bailarina. Todos los ritmos adecuados para el momento adecuado. Uno de sus menús le había indicado que la bôite más interesante en aquel momento era una especie de bar-restaurante combinado con una discoteca: Les Bains-Douches, que podía traducirse como «los baños y duchas», puesto que había sido una casa de baños y duchas desde el siglo XIX.

De modo que se dirigió a la Rué du Bourg l'Abbé y se quedó de pie ante el enorme cristal de la pesada puerta. Un hombre y una mujer estaban detrás del cristal, seleccionando a quienes podían entrar de quienes no podían. En París, cuanto más tiempo se le mantiene a uno fuera del club, más deseos siente de entrar.

El hombre y la mujer la miraron, y ambos alargaron la mano para abrir la puerta. Claire sabía cuál era su aspecto: su atractivo era evidente tanto para los hombres como para las mujeres. En ningún momento se había preocupado por la posibilidad de que no la admitieran. Entró.

Ahora, a su alrededor, la excitación, el color y la carne joven y fuerte de París se movía con majestuosa pasión, como plantas subacuáticas.

Bailó un poco, bebió un poco, y aguardó.

Pero no mucho tiempo.

Llevaba una camiseta muy ajustada, con la inscripción 1977 NCAA Soccer Champions. Pero no era norteamericano ni inglés. Era francés, y sus téjanos, como su camiseta, eran muy ajustados. Llevaba botas de motorista, con pequeñas cadenas cruzando la puntera. Su pelo era largo y oscilaba descuidadamente sobre sus hombros, pero no tenía los ojos oscuros de un punk. Sus ojos eran agudos y azules, demasiado inteligentes para el rostro en el cual estaban insertos. Bajó la vista hacia ella.

Por algunos momentos ella no se dio cuenta de que él estaba allí de pie, mirándola, pese a que se hallaba frente a su mesa. Ella estaba pendiente de una elegante pareja que daba vueltas en el extremo más alejado de la pista de baile, y él se mantuvo allí de pie, inmóvil, observándola sin interferencias.

Pero cuando ella alzó la mirada y él no apartó la suya, cuando los ojos de él no se entrecerraron ni se puso nervioso cuando ella volcó toda la fuerza de su personalidad sobre él, ella supo que aquella noche era probable que gozara de la mejor cena que hubiera disfrutado nunca.

Su nombre era Patrick y era un buen bailarín. Bailaron cómodamente juntos, y él la sujetó contra sí con más fuerza de lo que ningún desconocido había tenido nunca el derecho a hacer. Ella sonrió ante aquel pensamiento, porque no serían desconocidos por mucho rato. Pronto, si la noche se llenaba de luz, serían muy íntimos. Eternamente íntimos.

Y cuando abandonaron el club, él sugirió su apartamento en Le Marais.

Cruzaron el río hasta la parte vieja de la ciudad, ahora muy de moda. Él vivía en un ático, pero no era rico. Se lo dijo claramente. Ella lo encontró encantador.

Allí, él encendió una suave luz azul y otra que estaba alojada en la pared, detrás de una larga jardinera cromada y repleta de carnosas y saludables plantas.

Él se volvió hacia ella y ella adelantó sus brazos para tomar la cabeza de él entre sus manos. Él también alzó sus brazos y detuvo las manos de ella. Sonrió y dijo, en un francés que ella pudo comprender:

—¿Quieres comer algo?

Ella sonrió. Sí, estaba hambrienta.

Él se dirigió a la cocina y regresó con una bandeja de zanahorias, espárragos, remolachas y rábanos.

Se sentaron y hablaron. Habló él la mayor parte del tiempo, en un francés que no presentaba ninguna dificultad para ella. Podía comprenderlo. Él hablaba tan rápido y de una forma tan compleja como cualquier otro francés, pero cuando los otros le hablaban, en el hotel, en la calle, en la discoteca, era un galimatías; en cambio, cuando él hablaba le comprendía perfectamente. Al cabo de un momento dejó de preocuparse por ello y, simplemente, le dejó hablar.

Y cuando se inclinó hacia él, finalmente, para besarle en la boca, él adelantó su brazo, puso la mano bajo su largo cabello rubio, le sujetó la nuca, y atrajo su rostro hacia el suyo.

A través de la ventana, ella podía ver la luna menguante. Sonrió débilmente en pleno beso: no precisaba la luna llena. Nunca la había necesitado. En eso era donde se equivocaban las leyendas. Pero las leyendas eran correctas en cuanto a las balas de plata. La plata en cualquiera de sus formas... Ahí residía la razón por la cual un vampiro no se reflejaba en los espejos. (Excepto que ésa era otra leyenda. No había vampiros. Únicamente hijos de la noche que habían sido mal observados.) 

Debido a que Jesús fue traicionado por Judas por treinta monedas de plata, aquel metal se había convertido en un elemento ligado al mal, y por ello, desde entonces, investido con el poder de alejar el mal: no era el espejo el que no arrojaba el reflejo de los hijos de la noche, sino la capa plateada que llevaba detrás del cristal. Claire podía verse en un espejo de acero pulido o de aluminio, podía bañarse en el rio y ver su reflejo. Pero nunca en un espejo con dorso plateado...

Como el que había sobre la chimenea, justo delante del sofá donde estaba sentada con Patrick.

Un frisson de advertencia la recorrió.

Abrió los ojos. Él estaba mirando más allá de ella.

Al espejo.

Donde él permanecía sentado, abrazando la nada.

Y Claire empezó a levantarse, para ser reemplazada por el hijo de la noche.

Veloz. Se movió a gran velocidad.

El lomo curvándose, el pelaje enmarañándose, los dientes creciendo, los dientes afilándose, las garras surgiendo. Y su mano que ya no era una mano se alzó mientras le empujaba, apartándolo de ella, y rasgaba su garganta con una garra que era como una navaja.

La garganta del hombre se abrió.

Y la savia verde fluyó. Por un momento. Luego la herida se cerró mágicamente, sus labios volvieron a unirse y formaron la línea blanca de una cicatriz, que luego también se desvaneció.

Él la miró mientras ella contemplaba la cicatriz curándose.

Por primera vez en su vida, Claire tuvo miedo.

—¿Te gustaría que pusiera un poco de música? —preguntó él.

Pero no habló. Su boca no se había movido.

Y ella comprendió entonces por qué su francés no había resultado incomprensible para ella. El le hablaba desde el interior de su cabeza, sin sonidos.

No pudo responder.

—Si no quieres música, quizá te apetezca algo de comer —dijo él, y sonrió.

Las manos de ella se movieron de una forma vaga, sin propósito. Miedo y una total confusión la dominaban. Él pareció comprender.

—Este es un mundo muy extenso —dijo—. El espíritu se mueve por muchos caminos, de muchas formas. Tú crees que estás sola, y realmente lo estás. Hay muchos como nosotros, uno de cada uno, el último de nuestra especie quizá, y cada uno está solo. La niebla se aparta y el niño emerge, y al cabo de un tiempo el viejo muere, dejando al último de los niños huérfano de madre y padre.

Ella no tenía ni idea de lo que él estaba diciendo. Siempre había sabido que estaba sola. Así eran las cosas. No el estúpido concepto de soledad de Sartre o de Camus, sino sola, absolutamente sola en un universo que la mataría si supiera de su existencia.

—Sí —dijo él—, y es por eso que tengo que hacer algo contigo. Si eres la última de tu especie, entonces esta vida de riesgos, únicamente para satisfacer tus necesidades, debe terminar.

—¿Vas a matarme? Entonces hazlo rápido. Siempre he sabido que eso podía ocurrir. Sencillamente, hazlo rápido, extraño hijo de puta.

Él había leído sus pensamientos.

—No seas estúpida. Sé que es difícil no volverse paranoide, que toda tu vida has estado programando eso en tu interior. Pero no seas estúpida si puedes. No hay posibilidades de supervivencia en la estupidez, por eso han desaparecido tantos de los últimos de tu especie.

—¿Qué cosa eres tú? —quiso saber ella.

Él sonrió y le ofreció la bandeja de vegetales.

—¡Eres una zanahoria! ¡Una maldita zanahoria! —gritó ella.

—En absoluto —dijo la voz en su cabeza—. Pero soy de una madre y de un padre distintos a los tuyos; de una madre y un padre distintos a cualquiera de los que hay ahí afuera, en las calles de París, esta noche. Y ninguno de nosotros dos morirá.

—¿Por qué deseas protegerme?

—Los últimos salvan a los últimos. Es muy sencillo.

—¿Para qué? ¿Para qué me protegerás?

—Para ti misma... Para mí...

Él empezó a quitarse las ropas. Ahora, a la azulada luz, ella pudo ver que era muy pálido, sin el color que el maquillaje facial había puesto en su rostro; pero tampoco era blanco. Quizá hubiera un ligero tono verde surgiendo débilmente bajo la firme y dura piel.

En todos los demás aspectos era humano, y soberbiamente constituido. Ella sintió que su propio cuerpo respondía a aquella desnudez.

Él avanzó hacia ella, y con cuidado, lentamente —porque ella no se resistió—, le fue quitando las ropas. Ella se dio cuenta de que de nuevo era Claire, no el velludo hijo de la noche. ¿Cuándo había vuelto a cambiar?

Todo estaba ocurriendo sin su control.

Desde hacía muchísimo tiempo, cuando se encontró abandonada a sus propios recursos, siempre lo había controlado todo: su vida, la de aquellos a quienes encontraba, su destino... Pero ahora estaba indefensa, y no le importaba obtener o no el control de él. El miedo había huido de ella, y algo mucho más rápido lo había reemplazado.

Cuando ambos estuvieron desnudos, él la tendió en la moqueta y empezó a hacerle el amor, lenta y cuidadosamente. En la jardinera llena de plantas que había sobre ellos, Claire creyó detectar el movimiento de aquellas nutritivas cosas verdes estremeciéndose ligeramente, inclinándose hacia ellos y hacía la energía que difundían mientras se sumían al unísono en un espasmo ritual y a la vez completamente nuevo, pues la suya era la unión de lo no familiar, aunque fuera tan antigua como la luna.

Y cuando la sombra de la pasión se cerró en tomo a ella, Claire le oyó susurrar:

—Hay muchas cosas para comer...

Por primera vez en su vida, ella no pudo oír el eco de las pisadas siguiéndola.