A veces
habrán oído ustedes contar historias sobre hombres que lucharon contra dragones
y los mataron. Todas son mentiras. No existe espadachín viviente alguno que
haya matado jamás a un dragón, aunque sí algunos, ya muertos, que lo
intentaron.
Y, sin embargo, en cierta ocasión viajé con
un tipo que se ganó el sobrenombre de «Exterminador de dragones».
¿Un misterio? No. Se lo voy a contar.
Yo me dirigía hacia el sur, procedente del
norte, de regreso a la civilización como quien dice, cuando le vi sentado en la
cuneta del camino. Debo admitir que la primera sensación que experimenté fue la
envidia. Era delgado e iba muy limpio para alguien que había estado en las
zonas salvajes, y tenía todo el aspecto de un sureño acostumbrado a las
ciudades, los baños y el dinero.
También estaba loco, porque llevaba oro en las
muñecas y en una oreja. Pero llevaba una aguda espada gris, una espada del
ejército, de modo que quizá fuera perfectamente capaz de defenderse. También
era más joven que yo, y bastante más guapo, aunque esto último no es nada
difícil. Me preguntaba qué estaría haciendo cuando, despertando de su
ensoñación, levantó la cabeza y me vio, mirándome con aspecto tosco, oscuro y
poco afable, como una pieza retorcida de ropa vieja, mientras yo me acercaba montado
en mi pequeño caballo.
—Saludos, extranjero. Hace buen día, ¿verdad?
Habló con una actitud relajada y, de algún
modo, uno podía deducir que, en efecto, era capaz de cuidar de sí mismo. No es
que él creyera que yo era inofensivo, no. Se trataba más bien de que todo su
aspecto reflejaba su convicción de que podría arreglárselas si yo trataba de
hacer algo. Yo llevaba conmigo la caja de sustancias que suelo llevar. La
mayoría de la gente dice de mí que soy una especie de médico, gracias al aroma
de las medicinas y las hierbas.
Mi padre estuvo con los romanos, y quizá fuera
el último romano de todos, con un pie en el barco, dispuesto a regresar a casa,
y el otro con mi madre, apoyado contra el muro del corral. Ella decía que él
era un médico de campamento, y quizá tuviera razón.
En mí se fue desarrollando
también una cierta idea de convenirme en médico, aunque, desde luego, no fue
nada grandioso. Un farmacéutico itinerante es bienvenido en casi todas partes y
puede lograr que hasta los bandidos se comporten civilizadamente. No es un
estilo de vida nada maravilloso, pero es el único que conozco.
Admití ante el joven y elegante soldado que,
en efecto, hacía un buen día, y añadí que, posiblemente, le gustaría aún más si
no hubiera perdido su caballo.
—Sí, es una lástima. Pero siempre me puedes
vender el tuyo.
—Este no es de tu estilo.
Él contempló la pequeña yegua y observé que
hacía un gesto de asentimiento. Se me ocurrió pensar que podía matarme y
quedarse con el animal, de modo que dije:
—Y todo el mundo sabe que me pertenece. Su
posesión representaría un descrédito para ti. Tengo amigos en todas partes.
Él sonrió bonachonamente, con naturalidad.
También tenía una dentadura en buen estado. Eso, y el pelo del color de la
cebada y todos los detalles de su aspecto..., bueno, era de la clase de hombres
que suele conseguir lo que quiere. Sentí curiosidad por saber en qué ejército
había servido para haberse ganado aquella espada.
Pero desde que las águilas
huyeron hay reinos por todas partes, jefes, cabecillas, caballeros romanos, y
toda marea trae consigo una invasión en cualquier playa. Y, bajo todo eso, uno
puede sentir la tierra, el verdadero suelo, que ha sido medido y sobre el que
se han construido buenos caminos. Una tierra que ha sido dominada, pero nunca
sometida y que empieza a estremecerse. Como las sombras que surgen en cuanto se
apaga una lámpara. Se trata de cosas antiguas, cosas que de algún modo están en
mi sangre, de forma que no tengo problema alguno en reconocerlas.
Pero él era como una moneda recién acuñada
que aún no conocía la suciedad, y que tampoco había tenido oportunidad de
aprender mucho, aunque uno podía ver su propio reflejo en ella, y también
cortarse con sus bordes.
Se llamaba Caiy. Finalmente, llegamos a un
acuerdo y montó detrás de mí, sobre la grupa de «Negra». Donde yo nací hablaban
un latín elemental y yo la llamé así incluso antes de conocerla, debido a su
color oscuro. No pude denominarla por su fealdad, que es su otro y único
atributo visible.
Lo cierto es que no me gustaba nada deambular
por la zona de aquella manera. Uno o dos días antes me habían dicho que había
sajones por la región hacia la que me dirigía, de modo que en ocasiones
abandonaba los caminos y no tardaba en perderme. Cuando encontré a Caiy me
agradaba el camino por el que cabalgaba, con la confianza de que condujera a
alguna parte útil.
Sin embargo, unos quince kilómetros después de que él se
uniera a mí, el camino se perdía por entre un bosque. Mi pasajero también
andaba perdido. Se dirigía hacia el sur, lo que por allí no era nada
sorprendente, pero la noche anterior su caballo había roto las riendas mientras
descansaban y se había perdido, dejándole en la estacada. No parecía una excusa
muy convincente, pero no tenía ganas de discutir al respecto. Tuve la impresión
de que alguien se lo había robado y Caiy no estaba dispuesto a confesarlo.
No había forma de rodear el bosque, de modo
que seguimos el camino y éste se acabó en pleno bosque. Como era verano, los
lobos serían escasos y los osos andarían por las colinas. De todos modos, los
árboles producían una sensación que no me gustaba nada, sombreados y
silenciosos, con el sonido de pequeñas corrientes de agua que parecían cadenas
metálicas, y de pájaros que no cantaban, pero que aleteaban y saltaban. «Negra»
ni relinchaba ni se quejaba —si hubiera esperado a conocerla mejor, le habría
puesto un nombre relacionado con su valor y su afectuosidad—, pero tampoco
parecía sentirse muy segura en medio de aquel bosque.
—Huele mal —dijo Caiy, que había sido lo
bastante amable como para no comentarlo respecto a mí—, como si algo estuviera
pudriéndose, o fermentando.
Gruñí. Pues claro que olía mal. ¿Qué se creía
aquel tonto? Pero el olor le puede decir muchas cosas a uno. Cosas sobre los
siglos. Allí estaban las sombras que habían regresado en cuanto Roma apagó su
lámpara y se retiró, dejándonos envueltos en sombras.
Y entonces, Caiy, el idiota, empezó a cantar
para sustituir a los pájaros que no lo hacían. Tenía una voz agradable, clara y
brillante. No le dije que dejara de hacerlo. Las sombras ya sabían que nosotros
estábamos allí.
Al llegar la noche, el bosque oscuro se cerró
sobre nosotros como la puerta de un sótano.
Encendimos un fuego y compartimos mi sopa. Él
también había perdido sus provisiones con el caballo.
—¿No deberías atar eso... tu caballo?
—sugirió Caiy intentando no insultar a mi yegua, puesto que sabía que éramos
buenos compañeros—. Mi caballo estaba atado, pero algo lo asustó y rompió las
riendas y echó a correr. Me pregunto qué pudo haber sido —musitó, mirando el
fuego.
Y eso fue lo que descubrimos unas tres horas
después.
Yo estaba durmiendo, y soñando con una de mis
mujeres, allá arriba, en el norte, y ella me regañaba, tratando de iniciar una
disputa, que era lo que siempre hacía por ser más alta que yo y porque le
gustaba que le zurrara de vez en cuando para sentirse frágil, femenina y
dominada. En el instante en que vació la jarra de cerveza sobre mi cabeza,
escuché un sonido procedente del cielo, como una tormenta que no era una
tormenta. Y supe en seguida que ya no estaba soñando.
El sonido continuó en tres o cuatro
estampidos secos que dejaron el bosque estremecido. Hubo una especie de temblor
en el aire, como si los sedimentos se hubieran visto agitados. Y, además,
percibí un olor distinto, un olor húmedo y malsano y, sin embargo,
hormigueante. Abrí los ojos sólo después de que hubo desaparecido el sonido y
los pelos de mi cuerpo se hubieron aquietado a lo largo de mi cuerpo.
«Negra» se hallaba pegada al suelo, con los
ojos muy abiertos, pero en silencio. Caiy se había levantado, mirando hacia las
copas de los árboles y el cielo sin estrellas. Después, me miró a mí.
—¿Qué ha sido eso, en el nombre del Toro?
Observé que el juramento mostraba su
pertenencia al mitraísmo, lo que, en general, significaba a Roma. Me senté, me
froté los brazos y el cuello para recuperar mi humanidad y fui a consolar a
«Negra». A diferencia de aquel caballo tonto de mi compañero, mi yegua no se
había soltado.
—No puede ser un pájaro —siguió diciendo él—,
aunque habría jurado que algo ha volado sobre nosotros.
—No, no era un pájaro.
—Pues tenía alas. O..., no, no han podido ser
de ese tamaño.
—Sí, pueden tenerlas. Aunque, desde luego, no
les llevan muy lejos.
—Farmacéutico, deja de provocar. Si lo sabes,
¡dilo de una vez! Aunque no entiendo cómo puedes saberlo. Y no me digas que se
trata de algún sangriento demonio de los bosques, porque no voy a creérmelo.
—No es nada de eso —le aseguré—. Es algo
bastante real. Algo natural, a su modo. No es que haya visto ninguno con
anterioridad —me apresuré a añadir—, pero sí he conocido a quien lo ha visto.
Caiy ya estaba medio loco, como un chiquillo
que no puede solucionar un acertijo.
—¿Y bien?
Supongo que me había irritado lo suficiente
como para hacérselo pasar mal, porque me limité a citar un canto sin sentido:
—Bis terribilis... Bis appellare...
¡Draco! ¡Draco!
Finalmente, él tuvo que sentarse.
—¿Qué? —preguntó al fin.
A mi edad ya no debería ser tan presuntuoso.
—Era un dragón —dije.
Caiy se echó a reír. Pero lo había visto, y
sabía mejor que yo que tenía razón.
Aquella noche no sucedió nada. A la mañana
siguiente reanudamos nuestro camino y encontramos una senda estrecha, y el
bosque empezó a aclararse. Poco más de un kilómetro después salimos a un
páramo. El terreno bajaba hacia un valle, y al otro lado había unas colinas
bañadas por el sol. Pero también había algo más.
Naturalmente, Caiy lo dijo primero, como si
cualquier cosa nueva le sorprendiera, como si ninguno de nosotros hubiera
estado esperándolo de algún modo.
—Este lugar huele mal.
—Hummm.
—No me gruñas, condenado curandero. Huele
mal, ¿verdad? ¿Porqué?
—¿A ti qué te parece?
Él meditó un rato, pálido, tras de mí.
«Negra» intentó patear la tierra y finalmente desistió.
Ninguno de los dos había dicho nada respecto
a lo que había interrumpido nuestro sueño en el bosque, pero cuando le dije que
ningún dragón podía llegar muy lejos volando, pues por todo lo que había oído
decir sobre ellos eran demasiado grandes y sólo una caprichosa ligereza de sus
huesos les permitía levantar el vuelo, supongo que él se lo creyó de veras.
Y
ahora, allí estaban el valle y las colinas, y aquel olor que lo impregnaba
todo, un olor extraño, fétido que, en realidad, no podía compararse con nada.
Porque era el olor del dragón. Reflexioné un momento. No cabía la menor duda:
el dragón salía de patrulla aérea la mayoría de las noches, trazando círculos
lo más amplios posible para ver qué había por allí que pudiera convenirle.
También había oído decir otras cosas sobre ellos. Aquellas bestias cazaban por
la noche, como los gatos. Al mismo tiempo, un dragón tiene los hábitos del
cuervo. Es capaz de atacar y matar, pero normalmente mata carroña, cosas
muertas o a punto de morir, o inmovilizadas.
Es ligero, como tiene que ser para
poder surcar los cielos, pero la falta de peso queda compensada por la
armadura, los dientes y las garras. También había oído hablar de dragones
capaces de escupir fuego, aunque esto último no acababa de convencerme. Me
parece que es mucho más probable que tales monstruos vivan en cavernas
volcánicas, siendo la propia montaña la que arroja el fuego, aunque el mérito
se lo lleve el dragón. Pero quizá no sea así.
Este dragón, estaba seguro de
ello, no arrojaba fuego, porque en tal caso el terreno habría estado calcinado
en varios kilómetros a la redonda. Había escuchado historias en que eso ocurría
así. Y allí no había observado ninguna huella de fuego. Únicamente aquel olor
fétido que ya conocíamos tan bien cuando empezamos a bajar hacia el valle, y
que nos había impregnado de tal forma que ya apenas nos dábamos cuenta, ni del
mal olor ni de nada más.
Le ofrecí toda esta información a mi
pasajero. Siguió un prolongado silencio, hasta el punto que pensé que debía de
haberse quedado sin habla ante tanta charlatanería por mi parte, pero finalmente
dijo con voz muy baja:
—Tú crees en todo eso, ¿verdad?
No me molesté en replicar a algo que era
evidente, y me limité a acariciar a «Negra», tratando de hacerla retroceder por
el mismo camino por donde habíamos llegado. Pero el animal se mostraba
inseguro, y por primera vez muy poco dispuesto a cooperar. De pronto, la fuerte
mano de Caiy cayó sobre mi brazo.
—Espera, boticario. Si eso es cieno...
—Sí, sí —le dije, suspirando—. Quieres ir y
desafiarlo y convertirte en un héroe.
Se mantuvo firme como el mármol, como
si estuviera hablando de alguna mujer a la que él creyera amar. No veía razón
alguna para malgastar mi tiempo y mi experiencia con un hombre como él, pero le
dije:
—Nadie ha matado nunca a un dragón. Tienen
todo el cuerpo blindado con placas, incluso en el vientre. Las flechas y las
lanzas rebotan sobre él. Las espadas resuenan y se parten por la mitad.
Sí, sí
—repetí—, habrás oído hablar de hombres que le cortaron la lengua, o que le
clavaron una estaca en un ojo. Déjame decirte que si se las arreglaron para
llegar a ese extremo, lo único que consiguieron fue encolerizar aún más al
bruto. Piensa en el tamaño y configuración de la cabeza de un dragón, tal y
como se la representa. Se necesita un buen empuje para que la estaca penetre
desde el ojo hasta el cerebro. Y, además, ya sabes que existe la teoría, de que
el párpado también está blindado y puede bajarlo con gran rapidez.
—Boticario... —se limitó a decir.
Me pareció que sonaba a una peligrosa
advertencia. Sabía qué aspecto debía de tener ahora Caiy. Elegante, noble y
loco.
—En tal caso, no seré yo quien te lo impida
—le dije—. Bájate, sigue tu camino y que tengas mucha suerte.
No sé por qué me preocupé. Tendría que
haberle bajado de la yegua y alejado de allí a uña de caballo, aunque no estaba
seguro de que «Negra» pudiera reaccionar con la rapidez suficiente, de lo
inquieta que estaba. Pero no fue eso lo que hice, entre otras cosas porque al
instante siguiente él tenía su espada junto a mi cuello, y ésta estaba tan
afilada que me brotó la sangre.
—Tú eres el sabelotodo —me dijo—. Y parece
que sabes mucho más que yo sobre esto. De modo que ahora eres mi guía, y tu
escuálido caballo, si es que merece ese nombre, será mi medio de transporte.
Así que, adelante los dos.
Eso fue todo. Nunca se me ocurrirá discutir
con una espada desenvainada. Durante el día, el dragón estaría tumbado,
digiriendo y medio dormido, y por la noche podría buscarme algún agujero donde
esconderme. Al día siguiente, Caiy ya estaría muerto y, desde luego, yo habría
visto un dragón.
Después de hora y media de marcha durante la
que logré convencerle de que envainara la espada y me amenazara con una daga
contra las costillas, lo que sería más cómodo para ambos, nos encontramos de
pronto con un pueblo de cabañas de troncos. Era del estilo salvaje de los
norteños, aunque grande, y no aparecía rodeado por un muro en todas sus partes.
En aquel extremo sí que lo había y en la puerta había unos hombres
observándonos.
Caiy se sintió ofendido al tener que cabalgar
hacia ellos en la grupa del caballo de otro, pero ahora ya sabía lo difícil que
le hubiera resultado tratar de manejar a «Negra» por sí solo. Quizá ni siquiera
intentó pretender que era su caballo.
Cuando empezamos a recorrer el camino de
guijarros que conducía hasta la puerta, saltó del caballo y echó a correr,
llegando antes que yo, y empezó a hablar.
Cuando me acerqué le oí anunciar con su tono
de voz más dramático y hermoso:
—... Y si eso es un hecho, juro por la
Victoria de la Luz que me enfrentaré a esa cosa y la mataré.
Los hombres murmuraban. En aquel lugar el
olor del dragón parecía más ácido, más saturado, aunque ya estábamos
acostumbrados a él. La pobre «Negra» había estado temblando de terror durante
todo el camino. Si teníamos suerte, encontraríamos algún terreno bajo, alguna
cueva o lugar fuera del alcance, donde los del pueblo guardaran sus animales
fuera de la vista del dragón, de modo que ella pudiera compartirlo con los
otros.
Evidentemente, el dragón no siempre había
estado activo en aquella región, pues en tal caso ellos no habrían construido
su pueblo. No, tendría que haber ocurrido todo como en las historias que había
oído contar. Los dragones viven siglos. Y también pueden dormir durante siglos.
Sin sospecharlo, el hombre penetra en sus regiones, comienza a instalarse y a
construir y a prosperar. Y entonces, el dragón dormido despierta un buen día.
Se dice que, en ese sentido, son como los volcanes, lo que quizá también ayude
a explicar el por qué tantas leyendas afirman que arrojan fuego cuando
despiertan.
Lo más interesante de todo, sin embargo, fue
que el pueblo no parecía admitir nada de la existencia del dragón, aun a pesar
de su olor.
Caiy, una vez tomada la decisión de
enfrentarse a él, y temiendo haberse equivocado, empezó a fanfarronear. Los
hombres que vigilaban la entrada se asustaron y se volvieron peligrosos. Yo me
aproximé, conduciendo a «Negra», señalé mi caja de pociones, y dije:
—Bueno, si no queréis que se mate a vuestro
dragón, yo puedo remediar alguno de vuestros otros problemas. Tengo medicinas
para casi todo: diviesos, verrugas, dolores de oídos y de dientes, ojos
enfermos, enfermedades de la mujer. Aquí tengo...
—Cállate, sapo venenoso —me interrumpió Caiy.
Y, de pronto, uno de los guardias se echó a
reír. Y la tensión desapareció.
Diez minutos más tarde nos permitieron cruzar
la puerta y, caminando sobre estiércol de vaca y flores silvestres, cuyo olor
se veía apagado por el otro olor, fuimos conducidos a la cabaña del jefe.
Fue unas dos horas después cuando descubrimos
por qué se habían mostrado inquietos los guardianes ante el aspecto de
caballero campeón y dispuesto al rescate de mi compañero.
Al parecer, habían regresado a la forma
antigua de hacer las cosas, la propiciación, la víctima propiciatoria. Durante
tres años habían estado ofreciendo una víctima al dragón en la primavera y a
mediados del verano, cuando era probable que estuviera más activo.
Cualquiera que supiera algo de dragones a
través de los libros les habría dicho que no era esa la mejor forma de tratarlos.
Pero ellos conocían a su dragón a través del mito. Cada vez que hacían un
sacrificio, imaginaban que la bestia era capaz de comprender y apreciar lo que
hacían por ella y que, por lo tanto, sería más tratable.
En realidad, el dragón nunca había atacado el
pueblo. Había atacado el ganado que pasaba la noche en los pastos, matando
vacas viejas o enfermas, o corderos demasiado jóvenes o débiles para correr.
También se había llevado a gente, pero sólo a las que estaban mutiladas y
solas.
Como ya he dicho, un dragón suele ser perezoso y prefiere la carroña o
aquello que está indefenso. A pesar de que son grandes, no lo son tanto como
para perseguir a toda una tribu de hombres.
Y aunque ni cuarenta hombres juntos
serían capaces de herirlo siquiera, podrían agotarlo si se decidieran a
atacarlo todos juntos. Finalmente, lograrían que hincara la rodilla y entonces
podrían vaciarle el cerebro. Sin embargo, nunca he oído hablar de cuarenta
hombres capaces de atacar así a un dragón.
Los dragones siguen estando rodeados
de leyendas de temores nocturnos y misterios espirituales, y últimamente ha
surgido una superstición oriental que habla de un poderoso demonio capaz de
asumir la forma de un dragón invencible y que, naturalmente, arroja llamas por
la boca. De modo que este pueblo, como tantos otros, elige a su víctima
propiciatoria, una joven atada a un poste, y la deja allí para que el dragón se
apodere de ella. ¿Por qué no? Ella está indefensa y mareada por el terror..., y
es joven y tierna.
Perfecto. Nunca se les podría convencer de que, en lugar de
aplacar al monstruo, lo único que hacen con ese sacrificio es animarle a
quedarse en la zona. Se puede considerar la cuestión desde el punto de vista
del dragón.
No sólo puede devorar sus cabezas de ganado muertas o enfermas,
sino que de vez en cuando también puede darse un banquete con una joven
damisela muy jugosa. Los dragones no piensan como los hombres, pero también
tienen memoria.
Cuando Caiy se dio cuenta de lo que estaban a
punto de hacer aquella noche, tal y como pudimos descubrir, se puso rojo y
luego blanco, aunque no de rabia. Él no comprendía más que los del pueblo. Sólo
sentía más horror que ellos.
Se levantó y asumió una postura
inconscientemente impresionante, y nos aseguró que él salvaría a la muchacha.
Lo juró delante de todos nosotros, del jefe, de los hombres y de mí. Y lo juró
por el Sol, de modo que supe que estaba hablando muy en serio.
Ellos estaban asustados, pero ahora surgió
una esperanza infantil. Aquello volvía a formar parte de su mitología. Toda
mitología parece admitir esa línea de conducta: la oscuridad contra la luz, la
Batalla Final. Son tonterías, pero es así.
Después de un brindis para sellar el
juramento, gritaron alegremente, y el jefe ordenó que se celebrara un festín. A
continuación, llevaron a Caiy a ver a la elegida para el sacrificio.
Se llamaba Niemeh, o algo parecido.
Estaba sentada en una pequeña celda. No había
sido encadenada, pero un guardián custodiaba la entrada, y no había ventana en
la celda. No tenía otra cosa que hacer que entretejer flores, que era lo que
hacía, confeccionando guirnaldas para la procesión en honor de su muerte, que
se celebraría aquella misma noche.
Cuando Caiy la vio, el color volvió a
desaparecerle del rostro.
Permaneció de pie, mirándola, mientras que
alguien explicaba que él era su campeón.
Aunque logró ponerme nervioso, en esta
ocasión no se lo censuré tanto. La muchacha era la joven más hermosa que haya
visto jamás. Joven, desde luego, y delgada, pero con unas formas de mujer
perfectas y un pelo largo más rubio aún que el de Caiy, y unos ojos verdes como
agua de mar estancada, y un rostro como una de aquellas flores blancas que
trenzaba, y una boca dulce.
La miré mientras la joven escuchaba
seriamente todo lo que se le decía. Recordé que en las leyendas siempre se
elige para la cena del dragón a la muchacha más hermosa y gentil. Y eso es
comprensible, pues una joven con un temperamento fogoso podría armar la gorda.
Una vez que Caiy hubo sido presentado y hubo
jurado de nuevo por el Sol matar al dragón, ella se lo agradeció. Si las cosas
hubieran sido diferentes, ella habría enrojecido y temblado ante la atención
que le dedicaba Caiy. Pero ya se hallaba más allá de todo ese juego porque, en
realidad, no creía que hubiera nadie capaz de salvarla. Pero, aun cuando
debería de haber estado medio muerta de desesperación y terror, aún tenía
fuerzas para mostrarse cortés.
Levantó la mirada por encima de la cabeza de
Caiy y me miró, y me sonrió de tal manera que me sentí fuera de mí.
—¿Y quién es este hombre? —preguntó.
Todos los presentes parecieron asombrarse,
pues se habían olvidado de mi presencia. Alguien que tenía verrugas en la cara
recordó que yo había dicho que tenía algún remedio contra las verrugas, y
contestó que era un boticario.
Un ligero estremecimiento sacudió entonces
todo el cuerpo de la joven.
Era tan joven y tan bonita. Si yo hubiera
sido Caiy habría dejado de fanfarronear sobre el dragón y habría encontrado
algún medio de engañar a todo el pueblo, tomarla y huir. Pero eso también
habría sido estúpido. Aún me queda bastante sangre vieja como para conocer bien
esas cosas.
Ella había sido destinada para el sacrificio y estaba resignada a
ello, e incluso ni siquiera soñaba que pudiera ser de otro modo. De vez en
cuando, he oído rumores sobre muchachas e incluso hombres elegidos para morir
que finalmente escaparon. Pero el destino parece perseguirlos. Pueden ocultarse
muy lejos, al otro lado de las grandes colinas, detrás de las extensiones de
agua y, sin embargo, siguen sintiendo el peso de la decisión sobre sus almas.
Al final, terminan por suicidarse o volverse locos.
Y esta muchacha, esta
Niemeh, haría también algo así. No, nunca podría haberla convencido para huir.
Eso no habría servido de nada. Estaba convencida de que debía morir, como si
hubiera visto la sentencia escrita por la luz sobre una piedra, y quizá la
hubiera visto.
Volvió a dirigir su atención hacia las
guirnaldas y Caiy, tenso como la cuerda de un arco, regresó con nosotros hacia
la cabaña del jefe.
La carne se estaba asando y la comida fue
acompañada de vino y buena conversación. De ese modo, uno puede matar todo lo
que se le ponga por delante tantas veces como quiera.
No fue un mal festín. Pero mientras la gente
gritaba, y fanfarroneaba y engullía la comida, yo no podía dejar de pensar en
ella, encerrada en su celda, escuchando el jolgorio y consciente de la puesta
del sol y de cómo sería morir... tal y como tendría que suceder. No comprendía
cómo podía soportarlo.
A última hora de la tarde la mayoría estaban
durmiendo la mona, y sólo Caiy tuvo el buen sentido suficiente como para salir
y despejarse haciendo ejercicios militares en el patio, ante un grupo de
embobados admiradores de ambos sexos.
Cuando alguien me tocó en el hombro, pensé
que sería Warty después de su cura, pero no. Era el guardián de la celda de la
muchacha, quien, en voz muy baja, me dijo:
—Dice que quiere hablar contigo. ¿Quieres
venir ahora?
Me levanté y fui con él. Por un momento
concebí la esperanza de que quizás ella no creyera necesario morir y que
apelaría a mi para que la salvara. Pero en el fondo de mi corazón sabía que no
se trataba de eso.
Había otro hombre bloqueando la entrada, pero
me dejaron pasar solo, y allí estaba Niemen, sentada, haciendo todavía
guirnaldas bajo una lámpara.
Levantó la cabeza para mirarme y sus manos
cayeron como dos flores blancas sobre las guirnaldas que había en su regazo.
—Necesito una medicina —me dijo—. Pero no
puedo pagarte. No tengo nada. Aunque mi tío...
—No te costará nada—dije apresuradamente.
—Es para esta noche —dijo ella, sonriendo.
—Oh.
—No soy valiente —añadió—, pero esto es algo
mucho peor que tener miedo. Sé que voy a morir. Eso es necesario. Pero una
parte de mí quiere vivir tanto... Mi razón me dice una cosa, pero mi cuerpo no
quiere escuchar. Temo verme invadida por el pánico, resistirme y gritar y
llorar... Y no quiero que suceda nada de eso. No sería correcto. Tengo que
estar de acuerdo o el sacrificio no serviría de nada. ¿Lo sabías?
—Oh, sí—dije.
—Supuse que lo sabrías. En ese caso..., ¿puedes
darme algo, una medicina o una hierba, para que no sienta nada? No me refiero
al dolor. Eso no importa. Los dioses no podrán echarme en cara que grite en ese
momento, pues no esperan que mi sacrificio vaya más allá del dolor. Sólo
necesito algo para no preocuparme, para no querer vivir tanto.
—Una muerte fácil.
—Sí. —Sonrió de nuevo. Parecía serena y
hermosa—. Oh, sí.
Bajé la mirada hacia el suelo.
—El guerrero. Quizá lo mate.
Ella no dijo nada.
Cuando levanté la vista, la expresión de su
rostro ya no era serena. Estaba al borde del terror. De haberlo visto, Caiy se
habría sentido insultado.
—¿Es que no puedes darme nada? ¿No tienes
nada? Estaba segura de que tendrías algo. Que habías venido hasta aquí para...
ayudarme, para que no tuviera que pasar yo sola por todo esto...
—Mira —la interrumpí—, sí, tengo algo. Justo
lo adecuado. Lo utilizo con las mujeres que van a parir, cuando el bebé tarda
en nacer y sienten mucho dolor. Actúa bien. Se sienten adormecidas y lejanas,
casi como si estuvieran durmiendo. También amortiguará el dolor..., cualquier
clase de dolor.
—Sí —susurró ella—, me gustaría algo así. —Y
entonces me tomó de la mano y me la besó—. Sabía que lo harías —me dijo, como
si yo le hubiera prometido lo mejor y más encantador de la tierra.
Cualquier otro hombre se habría desmoronado
ante ella. Pero yo soy más duro que la mayoría.
Cuando me lo permitió, retiré la mano, le
hice un gesto afirmativo para infundirle confianza, y salí. El jefe estaba
despierto y parlanchín, de modo que hablé un rato con él. Le dije lo que me
había pedido la muchacha.
—En el este —le dije—, es bastante habitual
darles algo para ayudarlas a pasar lo malo. Lo llaman Néctar, la bebida de los
dioses. Ella está de acuerdo, pero es muy joven y se siente muy asustada. No
puedes negarle esto.
El jefe se mostró inmediatamente de acuerdo,
tal y como yo había confiado. Supongo que si la muchacha se pusiera a gritar
por las colinas sería un asunto muy delicado. No había pensado que pudiera
haber ningún problema. Por otra parte, no quería que me cogieran dándole una
poción a espaldas de todo el mundo.
Mezclé la droga en la celda para que ella lo
observara. Se sentía interesada por todo lo que yo hacía, tal y como suelen
sentirse los condenados, ávidos de conocer cada detalle que les rodea, incluso
cómo cuelga una araña de su tela.
Le hice prometer que se lo bebería todo, pero
que no lo tomaría hasta que vinieran a buscarla.
—De otro modo, puede que no durara tanto
tiempo. Y no querrás que pierda sus efectos demasiado pronto... ¿verdad?
—No —contestó—. Haré exactamente lo que me
dices.
Cuando estaba a punto de marcharme de nuevo,
añadió:
—Si puedo pedirles a los dioses algo para ti
cuando me encuentre con ellos...
Estuve a punto de contestar: «Diles que se
vayan a la porra», pero no dije nada. Ella trataba de mantener intacta su fe en
la recompensa, en la inmortalidad.
—Pídeles sólo que se ocupen de ti —le dije.
Tenía una boca tan dulce, tan dulce. Estaba
hecha para el amor y para ser amada, para tener hijos y cantar canciones y
morir de vieja, tranquilamente, mientras durmiera.
Y habría otras como ella. Otras jóvenes que
también serían entregadas al dragón. Puede que al final no quedaran doncellas.
El tabú asegura que tiene que ser una virgen para salvaguardar así a cualquier
vida no nacida aún. Puesto que una virgen no puede estar embarazada —aunque
existe una religión que dice lo contrario, pero no recuerdo cuál—, se estipula
que deben ser vírgenes.
Pero en último término se utiliza a cualquier mujer
joven de la que se pueda estar seguro que no está embarazada. Y después
escogerán a los chicos. Que es el sacrificio más antiguo que pueda hacerse.
Me crucé con una joven de aspecto lindo e
inocente. Recordé haberla visto antes y no pude evitar el preguntarme a mí
mismo si ella sería la siguiente. ¿Y quién vendría después de ella?
Niemeh era la quinta. Pero, como ya he dicho,
los dragones tienen una larga vida. Y los sacrificios se tienen que hacer cada
vez con mayor frecuencia. Ahora se celebraba dos veces al año. Durante el
primer año sólo se había celebrado una vez. Pero dentro de un par de años sería
con cada estación del año, quizá con tres víctimas durante el verano, cuando la
monstruosa criatura estuviera más activa.
Y al cabo de otros diez años se haría un
sacrificio cada mes, y para entonces ya habrían aprendido a atacar otros
pueblos para raptar a jóvenes de ambos sexos para el sacrificio. Y, además,
también habría muchos restos de tipos como Caiy, ex-terminadores de dragones.
Seguí a la joven y bebí una jarra de cerveza.
Pero la bebida nunca me ha consolado mucho.
Y ya había llegado la hora de formar la
procesión e iniciar la marcha hacia las colinas.
Emprendimos la marcha con la última y dorada
luz del atardecer.
El valle era fértil y estaba protegido. La
luz del oeste brillaba en los árboles y en las corrientes. Ya existía una
especie de camino por el que habría resultado agradable caminar si no hubieran
ido adonde iban.
Los últimos rayos del sol también calentaban
las laderas de las colinas. El cielo aparecía casi sin nubes, transparente. De
no haber sido por el olor del aire, nunca habría podido imaginar uno que algo
andaba mal.
Pero el camino rodeaba la primera cuesta y volvía a subir, y allí,
a unos treinta metros de distancia, apareció ante nosotros una colina más alta
una de cuyas laderas se perdía en las sombras del fondo, donde nunca llegaba el
sol.
En la parte inferior no había hierba y aparecía llena de cuevas, una de
las cuales era mayor que las otras, muy oscura e impregnada de una extraña
quietud, como si la luz, los fenómenos atmosféricos y el tiempo se hubieran
detenido en su interior. Al contemplar la escena uno se daba cuenta
inmediatamente de lo que significaba, incluso con el sol en el rostro y todo el
lúcido cielo por encima.
La llevaron hasta aquel lugar en una litera
romana que, de algún modo, era propiedad del pueblo. Había perdido el techo y
las cortinas, y era más bien una especie de plataforma sobre palos, pero Niemeh
se había tumbado en ella, inmóvil y silenciosa. Yo sólo la miré una vez, y
observé que tenía el rostro inexpresivo y la mirada de los ojos opaca.
La
pócima que le entregué había actuada con bastante rapidez y ahora ella estaba
ya muy lejos de nosotros. Sólo confiaba en que todo lo que sucediera a
continuación ocurriera antes de que cambiara su estado actual.
Sus porteadores bajaron la litera al suelo y
la extrajeron de ella. Tuvieron que sostenerla, pero ya conocían por
experiencia casos de jóvenes debilitadas e incluso fuera de sí en una situación
similar. Y supongo que las que se resistían y gritaban tendrían que ser
forzadas a beber algún licor fuerte, o quizá dominadas con un golpe.
Todos caminamos un poco más, hasta que
alcanzamos una empalizada natural de roca. Aquel lugar proporcionaba cobijo,
permitiendo observar la cueva y el terreno situados inmediatamente debajo.
Había una charca oscura y maloliente, y a un lado de donde nos encontrábamos,
frente a la cueva, había un camino de césped en el que se elevaba un poste de la
altura de un hombre de buena estatura.
Los dos guerreros que sostenían a Niemen
siguieron caminando con ella hacia el poste. Los demás aguardamos tras las
rocas, excepto Caiy.
Todos nosotros nos habíamos adornado con
guirnaldas de flores. Hasta yo mismo tuve que ponerme una para no hacer el
ridículo. ¡Pero qué más daba! Caiy, sin embargo, no la llevaba. Él era la parte
del ritual que, aun siendo arcanamente aceptable, resultaba profana. Y esa era
la razón por la que, aunque le permitieran atacar al dragón, no por ello habían
dejado de traer a la joven para apaciguarlo.
En el poste había una especie de grilletes.
No podían ser de hierro, puesto que hasta un dragón experimentaría alergia a
cualquier metal negro en plena noche. Probablemente eran de bronce. Cerraron
una de las partes alrededor de su cintura y la otra sobre el cuello. Ahora,
únicamente los dientes y las garras podrían sacarla de sus ataduras, trozo a
trozo.
Ella se dejó caer sobre los grilletes.
Parecía finalmente inconsciente y yo deseaba que así fuera.
Los dos hombres regresaron apresuradamente,
subiendo la cuesta y protegiéndose tras la roca, junto con el resto de
nosotros. A veces, las historias cuentan que la gente se aleja del lugar en
cuanto ha dejado allí a la persona destinada al sacrificio, pero habitualmente
la gente se queda para ser testigo de los acontecimientos. Es algo bastante
seguro. El dragón no perseguirá a nadie pudiendo disponer de alguien encadenado
ante sus narices.
Caiy no permaneció junto al poste. Bajó hacia
el borde de la charca contaminada, con la espada en la mano. Estaba preparado.
Aunque el sol no podía penetrar en el fondo para arrancar brillo de su pelo o
de la hoja de metal, tenía todo el aspecto de una figura grandiosa,
heroicamente situada allí, entre la doncella y la Muerte.
Finalmente, el día se desvaneció con rapidez.
De pronto, los lomos de las colinas se ensombrecieron y el cielo adquirió
primero, tonos lavanda y después una especie de ámbar de tonalidades malva, y
aparecieron las primeras estrellas.
No hubo advertencia alguna.
Yo estaba contemplando la charca, donde el
dragón acudiría a beber, pensando en la cantidad de inmundicias que debía de
haber en ella. De pronto, hubo un reflejo en la charca. No fue nada definido, y
venía de arriba hacia abajo, pero el corazón se me subió a la garganta.
Detrás de la roca hubo como un
estremecimiento, del mismo tipo que, según me han dicho, se produce en la
primera línea de una formación de combate cuando aparece el enemigo. Y, además,
otra sensación como cuando se está en el templo de algún dios, invocándole, y
éste aparece de pronto.
Hice un esfuerzo para mirar hacia la boca de
la cueva. Después de todo, aquella era la noche en que iba a ver a un dragón
por primera vez, algo que contar a los demás, tal y como otros me lo habían
contado a mí.
Salió reptando de la cueva, centímetro a
centímetro, casi apoyado sobre su vientre, como un gato.
El cielo aún no se había oscurecido del todo
porque, a menudo, el atardecer del norte parece interminable. Podía ver bien, e
incluso cada vez mejor a medida que la sombra que surgía de la cueva avanzaba
hacia la charca, donde había un poco más de claridad.
Al principio, no pareció darse cuenta de nada
que no fuera él mismo a la luz del crepúsculo. Se dobló y se extendió. Había
algo extraño incluso en aquellos movimientos tan simples, algo maligno. Y el
tiempo pareció detenerse.
Los romanos conocen un animal al que llaman
Elephantus, y recuerdo que un viejo funcionario de una ciudad me describió esa
bestia con bastante exactitud, pues había visto una. Yo diría que el dragón no
era tan grande como el elephantus.
En realidad, no era más alto que un caballo
de buen tamaño, aunque un poco más largo. Por la forma en que se arrastraba, se
curvaba y flexionaba, se enroscaba y giraba la cabeza, su esqueleto parecía muy
flexible.
Había muchos mosaicos y pinturas que lo
representaban. Y los hombres lo habían representado así desde el principio.
Esbelto, ahusado hasta la prolongada cabeza, que también es como la de un
caballo, aunque nada parecida, y hasta la cola, aunque no poseía aquella punta
en forma de espada que a veces se le atribuye, como si fuera un escorpión.
Tenía púas a lo largo de la cola, la columna, el cuello y la cabeza.
Tenía las
orejas tiradas hacia atrás, como un perro. Las patas eran cortas, pero eso no
le convertía en un ser desgarbado. Siempre se percibía en el monstruo una
especie de fantasmagórica flexibilidad, que le daba un cierto aspecto de
gracilidad casi insoportable.
Tenía casi el mismo color que el cielo en
aquellos momentos, de un gris azulado, como el metal pero apagado; las grandes
placas de escamas que le recubrían el cuerpo no brillaban. Los ojos eran negros
y, en realidad, no se les veía y, de pronto, emitieron luz de alguna parte y
brillaron como dos monedas, como los ojos de un gato sin nada tras ellos, ni
cerebro, ni alma.
Había salido a beber, pero había olfateado
algo más interesante que el agua sucia de la charca: a la muchacha.
El dragón permaneció allí, estático como una
roca, mirándola desde el otro lado de la charca. A continuación, gradualmente,
abrió y desplegó las alas que había mantenido hasta entonces a lo largo de sus
costados, como abanicos plegados.
Aquellas alas eran enormes, mucho mayores que
todo el resto de su cuerpo. Ahora comprendía cómo era capaz de volar con ellas.
A diferencia del cuerpo, no poseían escamas y estaban compuestas sólo de piel
membranosa, con nervaduras de hueso externo. Se parecían mucho a las alas de un
murciélago. Parecía probable que una espada pudiera atravesarlas, dañarlas,
pero eso no produciría más que heridas, y lo más probable es que fueran más
recias de lo que parecían.
Y entonces dejé de reflexionar. Con las alas
aún desplegadas, como un cuervo, empezó a deslizarse rodeando la charca, con
los brillantes ojos fijos en el poste del sacrificio.
Alguien lanzó un grito y mis entrañas se
retorcieron. Entonces me di cuenta de que había sido Caiy. El dragón casi no se
había dado cuenta de su presencia, de tan intensamente como fijaba su vista en
el festín, de modo que él tuvo que llamarlo.
—Bis terribilis... Bis appellare...
¡Draco! ¡Draco!
Nunca he podido comprender ese canto antiguo,
y el latín de Caiy era execrable. Pero creo que da a entender que conocer la
existencia de un dragón ya es bastante malo, y que llamarlo por su nombre dos
veces es cosa de un maniaco.
El dragón se giró con toda facilidad. Su
prolongada cabeza de caballo que no lo es se encontró ante él, y la afilada
espada de Caiy lo atravesó de arriba abajo contra la mandíbula. Y ocurrió lo
que dicen... las chispas saltaron brillantes en el aire.
Y entonces la cabeza
de la bestia pareció separarse, no a causa de ninguna herida, sino del abismo
de sus enormes fauces. Emitió un sonido como un rugido ligero. Su respiración
podía ser tan venenosa, tan peligrosa como el fuego. Vi que Caiy se tambaleaba
y entonces una de las patas se extendió entre la oscuridad.
El golpe pareció
lento e inofensivo. Lanzó a Caiy a diez metros de distancia, justo al otro lado
de la charca. Cayó junto a la entrada de la cueva y permaneció allí, quieto.
Aún tenía la espada en la mano. Tuvo que haberla sujetado involuntariamente. Y
supongo que en aquel momento también le habría gustado haberse mordido la
lengua antes.
El dragón le contempló como si estuviera
decidiendo dirigirse hacia él y cenar. Pero se sintió más atraído por el otro
olor que había olfateado primero. Sabía que éste pertenecía a una carne más
suave y digerible. De modo que ignoró a Caiy, dejándolo para más tarde, y giró
de nuevo hacia el poste, descendiendo la cabeza a medida que se acercaba y
apagando la luz en sus ojos.
Miré. La noche ya era bastante oscura, pero
pude ver, y la oscuridad no pudo mantener cerrados mis oídos, porque también
hubo sonidos. No voy a tratar de hacerles ver y escuchar lo que yo vi y
escuché. Niemeh no gritó. Para entonces ya estaba completamente inconsciente,
estoy seguro de ello. No sintió ni supo nada de lo que la bestia le hizo.
Más
tarde, cuando bajé junto con los demás en dirección al poste, no quedaba mucho
de ella. La bestia incluso se llevó algunos de sus huesos para roerlos en su
cueva. Su guirnalda de flores estaba en el suelo, pues evidentemente el dragón
no sintió el menor interés por adornarse con ella. Y las flores pálidas habían
dejado de ser pálidas.
Ella se había mostrado de acuerdo, y no había
tenido que soportarlo. He visto cómo los hombres hacían cosas mucho peores, y
para los hombres sí que no existe excusa posible. Y, no obstante, nunca odié a
ningún hombre como odié al dragón, con un odio tenebroso, mortal y nauseabundo.
La luna se elevaba en el cielo cuando todo
terminó. El monstruo se dirigió de nuevo hacia la charca y bebió a grandes
tragos. Después, se dirigió de nuevo hacia la cueva. Se detuvo junto a Caiy, lo
olisqueó, pero no tenía prisa alguna. Tras haberse alimentado tan bien se
sentía perezoso. Se introdujo en el agujero negro de la cueva y desapareció de
la vista, poco a poco, tal y como había surgido.
Caiy se levantó entonces del suelo,
apoyándose primero en las manos y las rodillas hasta incorporarse del todo.
Nosotros, los observadores, nos extrañamos.
Le habíamos creído muerto, pero al parecer sólo había quedado conmocionado,
según nos dijo más tarde. Lo bastante como para no haber podido levantarse y
plantarse ante el dragón antes de que éste terminara su festín. Él se
encontraba más cerca que ninguno de nosotros.
Dijo que había enloquecido —como
si ya no lo hubiera estado antes—, y así, aturdido y estupefacto como estaba,
se incorporó y siguió al dragón al interior de la cueva. Y en esta ocasión
tenía la intención de matarlo, sin importarle lo que le ocurriera a él.
En nuestro refugio tras la roca, nadie había
dicho una sola palabra, y nadie habló tampoco ahora. Nos sentíamos todos como
en una especie de comunión, en un trance. Nos inclinamos hacia delante mirando
atentamente hacia la boca oscura de la cueva por donde habían desaparecido
ambos.
Los ruidos empezaron quizás un minuto más
tarde. Fueron bastante extraordinarios, como si todo el interior de la colina
estuviera estremeciéndose. Pero era el dragón, desde luego. Al igual que el
olor que despedía, los sonidos que hacía son indescriptibles. Podría decir que
su aspecto era parecido al de un elephantus, un gato, un caballo o un
murciélago. Pero los gritos y rugidos... no.
Jamás había escuchado nada
parecido, ni sabido de nadie que contara nada semejante. Hubo, sin embargo,
otros ruidos, como el producido por un gran montón de cosas revueltas. Y
piedras que se desmoronaban y caían.
La gente empezó a sentirse excitada o
histérica. Algo así no había ocurrido nunca. Cualquier sacrificio solía ser
predecible.
Se incorporaron y empezaron a gritar, a
gruñir y a invocar la protección sobrenatural. Y entonces se produjo el
silencio en el interior de la colina, y las gentes del pueblo guardaron
igualmente silencio.
No recuerdo cuánto tiempo transcurrió.
Parecieron meses.
Entonces, de pronto, algo se movió en el
umbral de la cueva.
Hubo gritos de temor. Algunos de los
presentes iniciaron la huida, aunque volvieron poco después, cuando se dieron
cuenta de que los otros se mantenían inmóviles, señalando y lanzando
exclamaciones que no eran de angustia, sino de pavor y respeto. Porque, en
efecto, era Caiy y no el dragón quien emergía de la cueva.
Caminaba como un hombre que ha permanecido
mucho tiempo sin aumento ni agua, con la cabeza inclinada, los hombros caídos,
las piernas apenas capaces de sostenerle. Bordeó la charca y la espada se le
deslizó de la mano, cayendo al agua. Después, subió tambaleándose la cuesta y
se encontró ante nosotros. Entonces, logró levantar un poco la cabeza y
pronunció la frase que nadie había esperado escuchar nunca.
—Está... muerto —dijo Caiy y se desmoronó en
la inconsciencia, bajo la luz de la luna.
Utilizaron la litera para transportarle hasta
el pueblo, puesto que Niemeh ya no la necesitaba.
Permanecimos en el pueblo durante unos diez
días. Caiy ya se había recuperado por completo al tercero, y puesto que no hubo
señales del dragón ni de día ni de noche, un grupo se dirigió hacia las colinas
y encendieron antorchas y penetraron en la cueva para asegurarse.
Estaba efectivamente muerto. Lo podrían haber
confirmado sólo por el olor, completamente distinto al anterior y limitado al
interior y a los alrededores de la cueva. Ya en la segunda mañana había
desaparecido el olor característico del dragón en todo el valle. Y uno podía
percibir el olor de las cabras y el heno, del aguamiel y la carne sin lavar y
de una veintena de variedades de flores.
Yo no entré en la cueva. Sólo me atreví a
acercarme hasta el poste. Sabía que era seguro, pero sólo quería estar una vez
más allí donde los pocos huesos que quedaban de Niemeh aparecían desparramados
sobre la tierra. Y no sé por qué sentí esa necesidad, puesto que nada se puede
explicar a los huesos.
Hubo regocijo y fiestas por todo el valle.
Los hombres acudieron desde lugares apartados, con aspecto de salvajes. Querían
contemplar a Caiy, el exterminador del dragón, tocarle para poder tener suerte.
El no hacía más que reír. No había resultado gravemente herido, y a excepción
de unos cuantos cardenales estaba perfectamente, pasando la mayor parte del
tiempo en el henil, acompañado de muchachas complacientes, que seguramente
afirmarían más tarde que sus retoños eran hijos del héroe. El resto de su
tiempo estaba borracho en la cabaña del jefe.
Al final, cogí a «Negra», la alimenté con
manzanas, y le dije que era el mejor caballo del mundo, algo que ella ya sabe
es una mentira y no lo que le digo en otras ocasiones. Emprendí el camino
alejándome tranquilamente y dejando que Caiy siguiera el suyo, pero apenas me
había alejado unos centenares de metros del poblado cuando escuché el retumbar
de los cascos de un caballo. Me alcanzó y puso su cabalgadura al paso junto a
la mía. Por fin montaba un animal decente, la mejor yegua del establo del jefe,
sin duda alguna, y me sonrió, señalándome dos pellejos llenos de cerveza.
Acepté uno y continuamos alejándonos juntos.
—Supongo que te encantarán las delicias de mi
compañía — le dije al fin, casi una hora después, cuando ya se veía el bosque
al otro lado de la pradera.
—¿Cómo podría ser de otro modo, boticario?
Hasta lograste que desaparecieran mis ansias insaciables de robarte tu caballo.
Ahora tengo mi caballo propio, el más hermoso.—
«Negra» le dirigió una mirada
de soslayo como si hubiera querido morderle. Pero él no prestó atención.
Trotamos durante un par de kilómetros más antes de que él añadiera—: Y también
hay algo que quiero preguntarte.
Me mostré cauteloso y esperé a descubrir lo
que pudiera venir a continuación. Finalmente, él dijo:
—Por tu profesión debes conocer una o dos
cosas sobre cómo están ensamblados los cuerpos. Me refiero al dragón. Parecías
saberlo todo sobre los dragones.
Gruñí, pero Caiy no hizo el menor caso de mi
gruñido. Empezó a describir cómo había entrado en la cueva, algo que ya había
contado más de trescientas veces en la cabaña del jefe del poblado. Le escuché
con atención.
La entrada de la cueva era baja y horrible, y
no tardaba en abrirse para formar una caverna. Había una luz fantasmagórica,
más que suficiente para ver, y el agua corría por aquí y allá a lo largo de las
paredes y sobre el suelo de piedra.
En el centro de la caverna, brillando como si
fuera de plata sucia, estaba tumbado el dragón, sobre un montón de trastos, tal
y como suelen acumular los dragones. En eso son como los cuervos y las urracas,
que se sienten intrigados por las cosas y se apoderan de ellas para llevarlas a
sus nidos y tumbarse encima.
Los rumores de acumulación de cosas deben proceder
de esto, pero habitualmente la colección no tiene el menor valor; se trata de
cuchillos rotos, cristal impuro que ha brillado en algún momento bajo la luna,
brazaletes robinados de alguna víctima, todo ello mezclado con sus propios
excrementos y con huesos fragmentados.
Cuando vio todo aquello, el temerario corazón
del héroe se le cayó a los pies. Pero hubiera hecho todo lo posible para
acuchillar al dragón en el ojo, la raíz de la lengua, la abertura situada bajo
la cola, aunque éste le destrozara por completo mientras tanto.
—Pero no tuve que hacerlo —me dijo Caiy
entonces.
Esto, desde luego, no lo había dicho en el
poblado. No. Había contado a las gentes las cosas normales, la afortunada
embestida y el cerebro partido, y los rugidos de muerte, que por otro lado
todos habían escuchado. Si alguien hubiera observado que su espada no estaba
manchada de sangre... Bueno, la había dejado caer en la charca, ¿no?
—Mira —siguió diciendo Caiy—, estaba allí,
tumbado y medio moribundo, y entonces comenzó a estremecerse de un lado a otro
y experimentó una especie de espasmo. Algo cayó de la acumulación de trastos...
una pieza se desprendió de golpe del blindaje, creo que era dorada... Y yo
sentí náuseas y me desvanecí. Cuando recuperé el conocimiento, el dragón
estaba tendido y tan muerto como la carne que comimos ayer.
—Hmmm —dije—. Hmmm.
—La cuestión —siguió diciendo Caiy mirando
hacia el bosque y no a mí—, es que tuve que haberle hecho algo fuera de la cueva,
cuando le di el primer golpe. Tuve que haberle dislocado algún hueso. Me
dijiste que sus huesos no tienen médula. De modo que puede ser algo concebible.
Un golpe afortunado que, sin embargo, tardó un tiempo en producir sus efectos.
—Hmmm.
—Porque... crees que lo maté, ¿verdad? —me
preguntó Caiy con suavidad.
—Siempre ocurre así en las leyendas
—contesté.
—Pero antes me dijiste que, en la realidad,
un hombre no puede matar a un dragón.
—Uno lo hizo.
—En tal caso tuvo que haber sido algo que le
hice fuera de la cueva. O quizá tenía los huesos frágiles. Ese primer golpe que
le di...
—Es muy probable.
Hubo otro silencio. Después, Caiy dijo:
—¿Crees en algunos dioses, boticario?
—Quizá.
—¿Estarías dispuesto a jurar por ellos y
llamarme «Exterminador del dragón» ? Digámoslo de otro modo: tú has sido de una
gran ayuda, y no quiero darle la espalda a mis amigos... a menos que me vea
obligado a ello.
Tenía la mano cerca de la espada, pero en
realidad la verdadera espada estaba en sus ojos y en su voz serena. Caiy tenía
que considerar ahora su reputación, pero yo no tenía reputación alguna, de modo
que juré y le llamé «Exterminador del dragón», y cuando nuestros caminos se
separaron mi pellejo estaba intacto. El se marchó a disfrutar de su gloria en
alguna parte a la que yo nunca quise ir.
Bueno, he visto un dragón y, en efecto, tengo
mis dioses. Pero cuando hice aquel juramento ya les advertí para mis adentros
que probablemente lo rompería, y por otra parte ellos están acostumbrados a mí.
No esperan de mí que me comporte con honor o como un caballero. Así son las
cosas.
Caiy nunca llegó a matar al dragón. Fue
Niemeh, la pobre y gentil Niemeh quien lo mató. En mi profesión, uno aprende
cosas capaces de curar, de hacer dormir, de lograr un sueño prolongado que no
conoce despertar.
En este bendito mundo hay algunas miserias que sólo pueden
terminar con la muerte, y cuanto más rápida sea ésta tanto mejor. Ya les dije
que yo era un hombre duro. No pude salvarle, y ya expliqué por qué. Pero
estaban todos aquellos que podrían haber seguido su misma suerte. Otras
Niemehs. E incluso otros como Caiy.
En la pócima que le entregué, puse
sustancia suficiente como para arrancar la vida de cincuenta hombres fuertes.
No le dolió, y no mostró que estaba muerta antes de que tuviera que estarlo. El
dragón la devoró, y con ella ingirió la droga que yo le había proporcionado. Y
fue así como Caiy se ganó la fama de exterminador del dragón.
Y eso no fue ningún misterio.
Y, bien, no he considerado la idea de hacer
de eso una profesión. Cualquier cosa terrible es suficiente que ocurra una sola
vez. Los héroes y los caballeros necesitan sus desafíos imposibles. Yo no estoy
destinado a aparecer en ninguna canción romántica de bardo alguno, eso ya lo
deben saber. Nunca me encontrará nadie en las colinas del norte gritando:
—¡Draco! ¡Draco!