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Pisadas - Harlan Ellison

Para ella, la oscuridad nunca llegaba a la Ciudad de la Luz. Para ella, la noche era el tiempo de la vida, un tiempo lleno de momentos de luz más brillantes que todo el neón barato que mancillaba Champs Elysées.

Como no había llegado nunca a Londres, ni a Bucarest, ni a Estocolmo, ni a ninguna de las quince ciudades que había visitado en sus vacaciones. Su gira de gourmet por las capitales de Europa.

Pero la noche había llegado frecuentemente a Los Ángeles.

Precipitando su huida, obligando a la precaución, produciendo dolor y hambre, una terrible hambre que no podía ser saciada, un dolor que no podía ser arrancado de su cuerpo. Los Ángeles se había vuelto peligrosa. Demasiado peligrosa para uno de los hijos de la noche.

Pero Los Ángeles había quedado atrás, y todos los titulares de los periódicos acerca del carnicero loco, acerca del destripador, acerca de las terribles muertes. Todo quedaba atrás... y también Londres, Bucarest, Estocolmo, y una docena de otros pastos. Quince maravillosos salones de banquete.

Ahora estaba en París por primera vez, y la noche se acercaba, con toda su luz y toda su promesa.

En el Hotel des Saints Peres se bañó meticulosamente, tomándose el tiempo que siempre se tomaba antes de salir a cenar, antes de salir en busca de la pasión.

Se había quedado sorprendida al descubrir que los hoteles en Francia no proporcionaban manoplas de baño. Al principio pensó que la doncella había olvidado dejar la suya en la habitación, pero cuando llamó a la recepción, la chica que respondió al teléfono no pudo comprender de qué le estaba hablando. 

El inglés de la recepcionista no era bueno, y el francés era casi incomprensible para Claire. Claire hablaba muy bien en Los Angeles, pero eso no le servía de nada en París. Era una suerte que el idioma no fuera también una barrera para Claire cuando se trataba de encargar su comida. Para ello no tenía ningún problema en absoluto.

Durante diez minutos estuvieron lanzándose mutuamente sonidos incomprensibles, hasta que la recepcionista comprendió por fin lo que le pedía.

—¡Ah! Oui, mademoiselle —dijo la recepcionista—. ¡Le gant de toilette!

Instantáneamente, Claire supo que había dado en el clavo.

—Sí, eso es.... Oui. Gant..., gant lo que sea... Oui. Una manopla de baño.

Después de otros diez minutos comprendió que los franceses pensaban que la manopla con la que uno se lavaba el cuerpo era algo demasiado personal como para dejarlo en una habitación de hotel, que los franceses llevaban consigo sus propios gants de toilette cuando viajaban.

Se sintió sorprendida. Y ligeramente complacida. Aquello era indicio de una distinta forma de vivir que prometía nuevos sabores, nuevas sensaciones, posiblemente nuevas cimas en el amor. Pensó en transportes de éxtasis. En la noche. A la brillante luz de la oscuridad.

Se entretuvo largo tiempo en el baño, utilizando el teléfono de la ducha para lavar a conciencia su largo cabello rubio. La extremadamente caliente agua del baño por toda la parte inferior de su cuerpo, entre sus muslos, la cascada de agua caliente cayendo a chorro sobre ella, alivió la tensión del vuelo desde Zurich, eliminó los primeros signos de claustrofobia de los aviones que había estado insinuándose en ella desde Londres. Se tendió en la bañera y dejó que el agua fluyera sobre su cuerpo. Renacimiento. Rejuvenecimiento.

Y se sentía ferozmente hambrienta.

Pero París es conocida mundialmente por su cocina.

Se sentó en la terraza de Les Deux Magots, el café del Boulevard St. Germain donde Boris Vían, Sartre y Simone de Beauvoir se sentaban en los años cuarenta y cincuenta para elaborar sus pensamientos y a veces escribir sus palabras de soledad existencialista. Permanecían allí, bebiendo Pastis o Pernod, y se sentían llenos de una sensación de unidad entre la humanidad y el universo. 

Claire se sentó y pensó en su inminente unidad con una parte selecta de la humanidad... Y el universo no le preocupaba. Para los hijos de la noche, la soledad había nacido con la carne, se asentaba en la médula de los huesos, fluía con la sangre. Para ella, la idea de la soledad existencial no era una teoría abstracta, era su forma de vida. Desde su primer momento de consciencia.

Se había vestido para impresionar. Aquella noche con el vestido de seda azul celeste, con un escote muy abierto. Se sentó en la primera fila, de cara a la acera, las piernas cruzadas, un simple vaso de Perrier avec citrón ante ella. No había ordenado pâté o terrine: nunca hay que contaminar el paladar antes de dedicarse a una comida de gourmet. Había evitado picar durante todo el día, manteniéndose firmemente en la temblorosa frontera del hambre.

Y el festín movedizo pasó ante ella.

Tendría unos cuarenta y pocos años, de aspecto grueso, y se mantenía tan erecto como el mariscal Foch en el libro de historia de Francia que había comprado. Aquel hombre llevaba un traje gris, cruzado, de línea pomposa para disimular el hecho de que la calidad no era demasiado buena.

El hombre —en quien Claire pensaba ahora como el mariscal Foch— pasó caminando ante ella, captó un destello de nilón cuando ella cruzó las piernas en su honor, lanzó una mirada de reojo, se encontró con sus ojos verdes y tropezó contra una vieja con un cesto de mimbre lleno de verduras y pan. Durante un momento pareció como si bailaran intentando esquivarse el uno al otro, hasta que la vieja le apartó bruscamente con el codo, murmurando una obscenidad para sí misma.

Claire se echó a reír alegre, cálida y cautivadoramente.

El mariscal Foch pareció turbado.

—Las viejas siempre tienen codos afilados —le dijo al hombre—. En casa se los afilan cada día con piedra pómez.

El se la quedó mirando, y la expresión que pasó por su rostro la convenció de que lo había atrapado.

—¿Habla usted mi idioma?

El se tomó un buen rato para cambiar sus engranajes lingüísticos y dio un paso hacia ella. Asintió.

—Sí, en efecto. Lo hablo.

Su voz era profunda, pero mesurada: la voz de un hombre que miraba la acera cuando caminaba para asegurarse de que no se ensuciaría los zapatos con excrementos de perros.

—Lamento no hablar francés —dijo ella, e inspiró profundamente de modo que el vestido azul celeste se entreabriera sobre su seno.

Asegurándose de que el gesto no había pasado inadvertido al hombre, dejó que una pálida y fina mano se deslizara hacia sus pechos como pidiendo disculpas. Él siguió el movimiento con entrecerrados ojos. Atrapado. Oh, sí, atrapado.

—¿Es usted norteamericana?

—Sí. De Los Ángeles. ¿Ha estado usted allí?

—Sí, por supuesto. He estado varias veces en América. Asuntos de trabajo.

—¿A qué se dedica?

Él permanecía de pie ante la mesa, el maletín colgando de su mano izquierda, el pecho hinchado para ocultar la blanda opulencia que la gravedad y los años habían puesto sobre su estómago.

—¿Puedo sentarme?

—Oh, sí, por supuesto. No faltaría más. Siéntese, por favor.

Él apartó la silla metálica que había junto a ella, colocó el maletín debajo y se sentó. Cruzó sus piernas con mucho cuidado, como si realmente fuera el mariscal Foch, asegurándose de que las rayas de sus pantalones estaban rectas. Metió su estómago y dijo:

—Comercio con obras de arte. Excelentes trabajos de nuevos pintores, artistas gráficos... Viajo mucho por el mundo.

No a pie, pensó Claire. En 747, en el Trans Europ Express, en barcos elegantes que sólo llevan a una docena de gordos pasajeros como carga. No a pie. No tienes ni un centímetro correoso en tu suculento cuerpo, mariscal Foch.

—Eso parece maravilloso —dijo Claire.

Entusiasmo. Vino embriagador. Puertas abriéndose. Invitaciones en recio papel pergamino con elegantes letras en relieve. Y como siempre, desde el amanecer del mundo..., arañas y moscas.

—Oh, sí, creo que sí —dijo él, sonriendo orgullosamente.

No dijo creo, sino que pronunció cgeo.

Ella le miró. Él se hundió y se hundió en las verdes aguas de sus fríos ojos.

La invitó a una copa, ella le dijo que ya estaba tomando algo, él le ofreció otro tipo de copa, algo más fuerte. Pero ella dijo que no, que ya estaba bebiendo, gracias. Así le daba a entender bien claro que no era una prostituta. Siempre ocurría lo mismo, en cualquier gran ciudad. Bebidas fuertes.

Confiaba en que él no oyera los gruñidos de su estómago.

—¿Ha cenado usted ya? —preguntó ella.

Él no respondió inmediatamente.

Ah, tienes una esposa e hijos esperándote, aguardándote para empegar a cenar. Quizá en Neuilly. Eso está bien, sucio hombrecito maduro.

Entonces él dijo:

—Oh, no. Pero tengo que hacer una llamada telefónica para anular una cita de negocios. ¿Le importaría cenar conmigo?

—Me encantaría —dijo ella, mostrándole con un estudiado giro de su cabeza el ángulo preciso que realzaba sus excelentes pómulos.

Antes de acabar su frase, él ya se había levantado de su silla y se dirigía a las cabines téléphoniques.

Ella permaneció sentada, sorbiendo su Perrier y aguardando a que regresara su cena.

Ha sido rápido, pensó al ver que él regresaba apresuradamente. Déjame adivinar lo que has dicho, querido: ha surgido algo importante... Un comprador de la cadena Doubleday en América está interesado en las reproducciones de Kawaierowicz y Meynard... Ya sabes que odio tener que quedarme en la ciudad hasta tan tarde, pero es preciso... Oh, no, Francoise, no seas así... Di a los niños que les traeré una tarta... ¡Basta, basta! Debo quedarme... Vendré tan pronto como sea posible; cenad sin mí. No pienso... discutir contigo... Adiós. Au revoir, salut, à bientôt... Dame una oportunidad, ¿quieres? Deseo sentirme saciada... Quiero oírtelo decir ahora, mi querido mariscal Foch.

Y pensó algo más: Espero que no te guarden la cena caliente.

El le sonrió, pero los rasgos de su rostro estaban tensos. No es fácil para un rostro disimular la tensión. Pero intentó valientemente no mostrar el efecto de la llamada telefónica.

—¿Nos vamos?

Ella se puso lentamente en pie, dejando que las dos partes de su falda se unieran del modo más artístico, y la sonrisa de su rostro se hizo más tentadora. Oh, sí: atrapado.

Empezaron a caminar. Ella ya había dado un paseo por la zona. Prepárate, que suena la marcha de las chicas exploradoras.

Le condujo hacia la Rue St. Benoit, creyendo que allí podría cenar sin atraer a una multitud. Pero aún era demasiado pronto. La vida nocturna de París florece por las calles hasta bastante después de las dos de la madrugada, y cenar al fresco era casi imposible. A Claire nunca le había gustado comer a gran velocidad.

Había dos restaurantes al final de la Rué St. Benoit, y él sugirió cualquiera de los dos. Ella negó encantadoramente con la cabeza y dijo:

—¿Por qué no paseamos un poco más? Me gustaría algo más... romántico.

Él no discutió. Siguieron bajando por la Rue St. Benoit.

A la izquierda, hacia la Rué Jacob. Demasiado concurrida.

A la derecha, hacia la Rue des Saints Pères. También demasiado concurrida. Pero, directamente al frente, el río. El oscuro Sena, al anochecer.

—¿Podemos ir hasta el río?

Él pareció confuso.

—Deseas cenar, ¿verdad?

—Oh, claro. Por supuesto. Pero primero caminemos un poco junto al río. Es tan hermoso, tan encantador por la noche, y ésta es la primera vez que vengo a París. Es tan romántico...

Él no discutió.

A su derecha, la enorme masa de un gran edificio estaba sumida en la oscuridad. Ella lo miró, y más allá, hacia el cielo donde la luna llena brillaba como un mensaje de advertencia.

Cenar bajo la luna llena era siempre delicioso.

—Este edificio es L'École des Beaux-Arts —dijo él—. Muy famosa.

Pronunció fau-mosa. Ella se rió.

Oscuridad. Siempre luz. La dulce luna llena cruzando los cielos. Una cena cálida aguardando. Y allí estaba, un puente cruzando el negro río. Y una escaleras bajando hacia la orilla. Ah.

—Le Pont Royal —dijo el mariscal Foch, señalando el puente—. Muy fau-moso.

Cruzaron, y ella le condujo hacia abajo, por las escaleras. En la orilla, dos metros por encima del lánguido Sena, ella se volvió y miró a derecha e izquierda. Entonces se reclinó contra él, se puso de puntillas y le besó. Él hundió su estómago, pero no era para ocultar su rotundidad. Ella lo tomó de la mano y le condujo hacia el Pont Royal.

—Bajo el puente —dijo.

El sonido de la respiración de él.

El sonido de los tacones altos de ella en las antiguas piedras.

El sonido de la ciudad sobre ellos.

El sonido de la luna llena brillando dorada y haciéndose grande en el cielo.

Y allí, bajo el puente, envueltos en oscuridad, ella se reclinó de nuevo contra él, cogió su gruesa cabeza entre sus finas y pálidas manos, apoyó su boca contra la de él y dejó que su dulce aroma lo impregnara. Lo besó durante un largo rato, mordiéndole los labios con sus dientes, y él lanzó un ahogado sonido, como un pequeño animal al ser estrujado. Pero ella iba por delante de él: su pasión ya se había despertado.

Y Claire se esfumó para ser reemplazada por algo distinto.

Un hijo de la noche.

Hijo de la soledad.

Con la última parpadeante conciencia de su evanescente humanidad, ella percibió el instante de saber que estaba en un abrazo amoroso con alguien distinto, el hijo de la noche.

Fue el instante en que cambió.

Pero ese instante fue demasiado corto para que él pudiera liberarse. Ahora la espina dorsal de ella se había curvado, ahora su boca se había llenado de colmillos, ahora habían crecido las garras, ahora el cuerpo bajo el vestido azul celeste se había llenado de pelaje, ahora le atraía debajo de ella, ahora ella estaba encima de él, ahora las garras desgarraban el traje gris y la carne de él, ahora una renegrida garra abría un tajo en la garganta de él para que no pudiera gritar. Ahora había llegado la hora de la cena.

Tenía que hacerse de manera cuidadosa y rápida.

El estaba en plena erección, su pene hinchado con estática lujuria. Ahora ella le tenía desnudo y ella estaba sobre él, acuclillándose sobre él, y él entró en ella mientras su vida se le escapaba a borbotones. Ella cabalgó, agitándose y sudando, mientras la boca de él trabajaba futilmente y sus ojos se desorbitaban y brillaban a la luz de la luna.

El orgasmo de ella fue acompañado por un aullido que ascendió por encima del Sena y se perdió en el cielo nocturno sobre París, hasta que la dominante luna se lo tragó y brilló un poco más intensamente con la pasión.

Abajo, en la oscuridad, satisfecha su pasión, ella cenó elegantemente.

La comida en Berlín había sido demasiado fibrosa; en Bucarest la sangre era demasiado fluida y no consiguió realzar el sabor; en Estocolmo la cena era demasiado insípida; en Londres demasiado correosa; en Zurich fue tan grasa que la puso enferma. Nada comparable con las excelencias de Los Ángeles.

Nada era comparable con la comida de casa... hasta París.

Los franceses eran justamente famosos por su cuisine.

De modo que salió a cenar cada noche.

Fue una excelente semana su primera semana en París. Un elegante hombre maduro con bigote blanco engominado, que hablaba militarmente, incluso al final. La peluquera de una tienda elegante, que llevaba una especie de mono de color púrpura fluorescente y botas de cowboy, del color rojo de la manzana al caramelo. Un estudiante de Westfield, Nueva York, que estudiaba en la Sorbona y que no paraba de decir que estaba enamorado de ella, hasta el final en que no dijo nada. Y otros. Unos cuantos otros. Empezó a temer que su línea se echara a perder.

Y de nuevo era sábado. Samedi.

Había sentido deseos de bailar. Era una buena bailarina. Todos los ritmos adecuados para el momento adecuado. Uno de sus menús le había indicado que la bôite más interesante en aquel momento era una especie de bar-restaurante combinado con una discoteca: Les Bains-Douches, que podía traducirse como «los baños y duchas», puesto que había sido una casa de baños y duchas desde el siglo XIX.

De modo que se dirigió a la Rué du Bourg l'Abbé y se quedó de pie ante el enorme cristal de la pesada puerta. Un hombre y una mujer estaban detrás del cristal, seleccionando a quienes podían entrar de quienes no podían. En París, cuanto más tiempo se le mantiene a uno fuera del club, más deseos siente de entrar.

El hombre y la mujer la miraron, y ambos alargaron la mano para abrir la puerta. Claire sabía cuál era su aspecto: su atractivo era evidente tanto para los hombres como para las mujeres. En ningún momento se había preocupado por la posibilidad de que no la admitieran. Entró.

Ahora, a su alrededor, la excitación, el color y la carne joven y fuerte de París se movía con majestuosa pasión, como plantas subacuáticas.

Bailó un poco, bebió un poco, y aguardó.

Pero no mucho tiempo.

Llevaba una camiseta muy ajustada, con la inscripción 1977 NCAA Soccer Champions. Pero no era norteamericano ni inglés. Era francés, y sus téjanos, como su camiseta, eran muy ajustados. Llevaba botas de motorista, con pequeñas cadenas cruzando la puntera. Su pelo era largo y oscilaba descuidadamente sobre sus hombros, pero no tenía los ojos oscuros de un punk. Sus ojos eran agudos y azules, demasiado inteligentes para el rostro en el cual estaban insertos. Bajó la vista hacia ella.

Por algunos momentos ella no se dio cuenta de que él estaba allí de pie, mirándola, pese a que se hallaba frente a su mesa. Ella estaba pendiente de una elegante pareja que daba vueltas en el extremo más alejado de la pista de baile, y él se mantuvo allí de pie, inmóvil, observándola sin interferencias.

Pero cuando ella alzó la mirada y él no apartó la suya, cuando los ojos de él no se entrecerraron ni se puso nervioso cuando ella volcó toda la fuerza de su personalidad sobre él, ella supo que aquella noche era probable que gozara de la mejor cena que hubiera disfrutado nunca.

Su nombre era Patrick y era un buen bailarín. Bailaron cómodamente juntos, y él la sujetó contra sí con más fuerza de lo que ningún desconocido había tenido nunca el derecho a hacer. Ella sonrió ante aquel pensamiento, porque no serían desconocidos por mucho rato. Pronto, si la noche se llenaba de luz, serían muy íntimos. Eternamente íntimos.

Y cuando abandonaron el club, él sugirió su apartamento en Le Marais.

Cruzaron el río hasta la parte vieja de la ciudad, ahora muy de moda. Él vivía en un ático, pero no era rico. Se lo dijo claramente. Ella lo encontró encantador.

Allí, él encendió una suave luz azul y otra que estaba alojada en la pared, detrás de una larga jardinera cromada y repleta de carnosas y saludables plantas.

Él se volvió hacia ella y ella adelantó sus brazos para tomar la cabeza de él entre sus manos. Él también alzó sus brazos y detuvo las manos de ella. Sonrió y dijo, en un francés que ella pudo comprender:

—¿Quieres comer algo?

Ella sonrió. Sí, estaba hambrienta.

Él se dirigió a la cocina y regresó con una bandeja de zanahorias, espárragos, remolachas y rábanos.

Se sentaron y hablaron. Habló él la mayor parte del tiempo, en un francés que no presentaba ninguna dificultad para ella. Podía comprenderlo. Él hablaba tan rápido y de una forma tan compleja como cualquier otro francés, pero cuando los otros le hablaban, en el hotel, en la calle, en la discoteca, era un galimatías; en cambio, cuando él hablaba le comprendía perfectamente. Al cabo de un momento dejó de preocuparse por ello y, simplemente, le dejó hablar.

Y cuando se inclinó hacia él, finalmente, para besarle en la boca, él adelantó su brazo, puso la mano bajo su largo cabello rubio, le sujetó la nuca, y atrajo su rostro hacia el suyo.

A través de la ventana, ella podía ver la luna menguante. Sonrió débilmente en pleno beso: no precisaba la luna llena. Nunca la había necesitado. En eso era donde se equivocaban las leyendas. Pero las leyendas eran correctas en cuanto a las balas de plata. La plata en cualquiera de sus formas... Ahí residía la razón por la cual un vampiro no se reflejaba en los espejos. (Excepto que ésa era otra leyenda. No había vampiros. Únicamente hijos de la noche que habían sido mal observados.) 

Debido a que Jesús fue traicionado por Judas por treinta monedas de plata, aquel metal se había convertido en un elemento ligado al mal, y por ello, desde entonces, investido con el poder de alejar el mal: no era el espejo el que no arrojaba el reflejo de los hijos de la noche, sino la capa plateada que llevaba detrás del cristal. Claire podía verse en un espejo de acero pulido o de aluminio, podía bañarse en el rio y ver su reflejo. Pero nunca en un espejo con dorso plateado...

Como el que había sobre la chimenea, justo delante del sofá donde estaba sentada con Patrick.

Un frisson de advertencia la recorrió.

Abrió los ojos. Él estaba mirando más allá de ella.

Al espejo.

Donde él permanecía sentado, abrazando la nada.

Y Claire empezó a levantarse, para ser reemplazada por el hijo de la noche.

Veloz. Se movió a gran velocidad.

El lomo curvándose, el pelaje enmarañándose, los dientes creciendo, los dientes afilándose, las garras surgiendo. Y su mano que ya no era una mano se alzó mientras le empujaba, apartándolo de ella, y rasgaba su garganta con una garra que era como una navaja.

La garganta del hombre se abrió.

Y la savia verde fluyó. Por un momento. Luego la herida se cerró mágicamente, sus labios volvieron a unirse y formaron la línea blanca de una cicatriz, que luego también se desvaneció.

Él la miró mientras ella contemplaba la cicatriz curándose.

Por primera vez en su vida, Claire tuvo miedo.

—¿Te gustaría que pusiera un poco de música? —preguntó él.

Pero no habló. Su boca no se había movido.

Y ella comprendió entonces por qué su francés no había resultado incomprensible para ella. El le hablaba desde el interior de su cabeza, sin sonidos.

No pudo responder.

—Si no quieres música, quizá te apetezca algo de comer —dijo él, y sonrió.

Las manos de ella se movieron de una forma vaga, sin propósito. Miedo y una total confusión la dominaban. Él pareció comprender.

—Este es un mundo muy extenso —dijo—. El espíritu se mueve por muchos caminos, de muchas formas. Tú crees que estás sola, y realmente lo estás. Hay muchos como nosotros, uno de cada uno, el último de nuestra especie quizá, y cada uno está solo. La niebla se aparta y el niño emerge, y al cabo de un tiempo el viejo muere, dejando al último de los niños huérfano de madre y padre.

Ella no tenía ni idea de lo que él estaba diciendo. Siempre había sabido que estaba sola. Así eran las cosas. No el estúpido concepto de soledad de Sartre o de Camus, sino sola, absolutamente sola en un universo que la mataría si supiera de su existencia.

—Sí —dijo él—, y es por eso que tengo que hacer algo contigo. Si eres la última de tu especie, entonces esta vida de riesgos, únicamente para satisfacer tus necesidades, debe terminar.

—¿Vas a matarme? Entonces hazlo rápido. Siempre he sabido que eso podía ocurrir. Sencillamente, hazlo rápido, extraño hijo de puta.

Él había leído sus pensamientos.

—No seas estúpida. Sé que es difícil no volverse paranoide, que toda tu vida has estado programando eso en tu interior. Pero no seas estúpida si puedes. No hay posibilidades de supervivencia en la estupidez, por eso han desaparecido tantos de los últimos de tu especie.

—¿Qué cosa eres tú? —quiso saber ella.

Él sonrió y le ofreció la bandeja de vegetales.

—¡Eres una zanahoria! ¡Una maldita zanahoria! —gritó ella.

—En absoluto —dijo la voz en su cabeza—. Pero soy de una madre y de un padre distintos a los tuyos; de una madre y un padre distintos a cualquiera de los que hay ahí afuera, en las calles de París, esta noche. Y ninguno de nosotros dos morirá.

—¿Por qué deseas protegerme?

—Los últimos salvan a los últimos. Es muy sencillo.

—¿Para qué? ¿Para qué me protegerás?

—Para ti misma... Para mí...

Él empezó a quitarse las ropas. Ahora, a la azulada luz, ella pudo ver que era muy pálido, sin el color que el maquillaje facial había puesto en su rostro; pero tampoco era blanco. Quizá hubiera un ligero tono verde surgiendo débilmente bajo la firme y dura piel.

En todos los demás aspectos era humano, y soberbiamente constituido. Ella sintió que su propio cuerpo respondía a aquella desnudez.

Él avanzó hacia ella, y con cuidado, lentamente —porque ella no se resistió—, le fue quitando las ropas. Ella se dio cuenta de que de nuevo era Claire, no el velludo hijo de la noche. ¿Cuándo había vuelto a cambiar?

Todo estaba ocurriendo sin su control.

Desde hacía muchísimo tiempo, cuando se encontró abandonada a sus propios recursos, siempre lo había controlado todo: su vida, la de aquellos a quienes encontraba, su destino... Pero ahora estaba indefensa, y no le importaba obtener o no el control de él. El miedo había huido de ella, y algo mucho más rápido lo había reemplazado.

Cuando ambos estuvieron desnudos, él la tendió en la moqueta y empezó a hacerle el amor, lenta y cuidadosamente. En la jardinera llena de plantas que había sobre ellos, Claire creyó detectar el movimiento de aquellas nutritivas cosas verdes estremeciéndose ligeramente, inclinándose hacia ellos y hacía la energía que difundían mientras se sumían al unísono en un espasmo ritual y a la vez completamente nuevo, pues la suya era la unión de lo no familiar, aunque fuera tan antigua como la luna.

Y cuando la sombra de la pasión se cerró en tomo a ella, Claire le oyó susurrar:

—Hay muchas cosas para comer...

Por primera vez en su vida, ella no pudo oír el eco de las pisadas siguiéndola.

La miel silvestre - Horacio Quiroga

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. 
 
Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus peligros como encanto.

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores –iniciados también en Julio Verne–, sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.

La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.

Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos, a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. 
 
Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.

Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
 
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.
–¿Adónde vas ahora? –le había preguntado sorprendido.
–Al monte; quiero recorrerlo un poco –repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.
– ¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor, deja esa arma, y mañana te haré acompañar por un peón.

Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.

Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche –aunque de un carácter un poco singular. Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
 
–¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
–¿Qué hay, que hay? –preguntó, echándose al suelo.
–Nada... Cuidado con los pies... La corrección.

Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. 
 
No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en ellugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

No resisten sin embargo a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de una mordedura.
–¡Pican muy fuerte, realmente!– dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.

Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil.
 
Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas –todo en uno.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión –exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. 
 
Benincasa volvía, cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela, y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras del tamaño de un huevo.

–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel

Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego: levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una enseguida, y oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón.
 
Su saliva, ya liviana, se clarificó en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!

En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo.

Acaso a resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Más que perfume, en cambio! Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca.

Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.

Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.

–Qué curioso mareo... –pensó el contador–. Y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.

–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas... La
corrección –concluyó.

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.

–¡Debe de ser la miel...! ¡Es venenosa...! ¡Estoy envenenado!
 
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror: no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.

–¡Voy a morir ahora...! ¡De aquí a un rato voy a morir...! ¡Ya no puedo mover la mano...!
En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.

–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar...!
Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
 
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo del calzoncillo el río de hormigas carnívoras que subían.

Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.

No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición –tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa.

Draco, Draco - Tanith Lee

A veces habrán oído ustedes contar historias sobre hombres que lucharon contra dragones y los mataron. Todas son mentiras. No existe espadachín viviente alguno que haya matado jamás a un dragón, aunque sí algunos, ya muertos, que lo intentaron.

Y, sin embargo, en cierta ocasión viajé con un tipo que se ganó el sobrenombre de «Exterminador de dragones».

¿Un misterio? No. Se lo voy a contar.

Yo me dirigía hacia el sur, procedente del norte, de regreso a la civilización como quien dice, cuando le vi sentado en la cuneta del camino. Debo admitir que la primera sensación que experimenté fue la envidia. Era delgado e iba muy limpio para alguien que había estado en las zonas salvajes, y tenía todo el aspecto de un sureño acostumbrado a las ciudades, los baños y el dinero. 

También estaba loco, porque llevaba oro en las muñecas y en una oreja. Pero llevaba una aguda espada gris, una espada del ejército, de modo que quizá fuera perfectamente capaz de defenderse. También era más joven que yo, y bastante más guapo, aunque esto último no es nada difícil. Me preguntaba qué estaría haciendo cuando, despertando de su ensoñación, levantó la cabeza y me vio, mirándome con aspecto tosco, oscuro y poco afable, como una pieza retorcida de ropa vieja, mientras yo me acercaba montado en mi pequeño caballo.

—Saludos, extranjero. Hace buen día, ¿verdad?

Habló con una actitud relajada y, de algún modo, uno podía deducir que, en efecto, era capaz de cuidar de sí mismo. No es que él creyera que yo era inofensivo, no. Se trataba más bien de que todo su aspecto reflejaba su convicción de que podría arreglárselas si yo trataba de hacer algo. Yo llevaba conmigo la caja de sustancias que suelo llevar. La mayoría de la gente dice de mí que soy una especie de médico, gracias al aroma de las medicinas y las hierbas. 

Mi padre estuvo con los romanos, y quizá fuera el último romano de todos, con un pie en el barco, dispuesto a regresar a casa, y el otro con mi madre, apoyado contra el muro del corral. Ella decía que él era un médico de campamento, y quizá tuviera razón. 

En mí se fue desarrollando también una cierta idea de convenirme en médico, aunque, desde luego, no fue nada grandioso. Un farmacéutico itinerante es bienvenido en casi todas partes y puede lograr que hasta los bandidos se comporten civilizadamente. No es un estilo de vida nada maravilloso, pero es el único que conozco.

Admití ante el joven y elegante soldado que, en efecto, hacía un buen día, y añadí que, posiblemente, le gustaría aún más si no hubiera perdido su caballo.

—Sí, es una lástima. Pero siempre me puedes vender el tuyo.

—Este no es de tu estilo.

Él contempló la pequeña yegua y observé que hacía un gesto de asentimiento. Se me ocurrió pensar que podía matarme y quedarse con el animal, de modo que dije:

—Y todo el mundo sabe que me pertenece. Su posesión representaría un descrédito para ti. Tengo amigos en todas partes.

Él sonrió bonachonamente, con naturalidad. También tenía una dentadura en buen estado. Eso, y el pelo del color de la cebada y todos los detalles de su aspecto..., bueno, era de la clase de hombres que suele conseguir lo que quiere. Sentí curiosidad por saber en qué ejército había servido para haberse ganado aquella espada. 

Pero desde que las águilas huyeron hay reinos por todas partes, jefes, cabecillas, caballeros romanos, y toda marea trae consigo una invasión en cualquier playa. Y, bajo todo eso, uno puede sentir la tierra, el verdadero suelo, que ha sido medido y sobre el que se han construido buenos caminos. Una tierra que ha sido dominada, pero nunca sometida y que empieza a estremecerse. Como las sombras que surgen en cuanto se apaga una lámpara. Se trata de cosas antiguas, cosas que de algún modo están en mi sangre, de forma que no tengo problema alguno en reconocerlas.

Pero él era como una moneda recién acuñada que aún no conocía la suciedad, y que tampoco había tenido oportunidad de aprender mucho, aunque uno podía ver su propio reflejo en ella, y también cortarse con sus bordes.

Se llamaba Caiy. Finalmente, llegamos a un acuerdo y montó detrás de mí, sobre la grupa de «Negra». Donde yo nací hablaban un latín elemental y yo la llamé así incluso antes de conocerla, debido a su color oscuro. No pude denominarla por su fealdad, que es su otro y único atributo visible.

Lo cierto es que no me gustaba nada deambular por la zona de aquella manera. Uno o dos días antes me habían dicho que había sajones por la región hacia la que me dirigía, de modo que en ocasiones abandonaba los caminos y no tardaba en perderme. Cuando encontré a Caiy me agradaba el camino por el que cabalgaba, con la confianza de que condujera a alguna parte útil. 

Sin embargo, unos quince kilómetros después de que él se uniera a mí, el camino se perdía por entre un bosque. Mi pasajero también andaba perdido. Se dirigía hacia el sur, lo que por allí no era nada sorprendente, pero la noche anterior su caballo había roto las riendas mientras descansaban y se había perdido, dejándole en la estacada. No parecía una excusa muy convincente, pero no tenía ganas de discutir al respecto. Tuve la impresión de que alguien se lo había robado y Caiy no estaba dispuesto a confesarlo.

No había forma de rodear el bosque, de modo que seguimos el camino y éste se acabó en pleno bosque. Como era verano, los lobos serían escasos y los osos andarían por las colinas. De todos modos, los árboles producían una sensación que no me gustaba nada, sombreados y silenciosos, con el sonido de pequeñas corrientes de agua que parecían cadenas metálicas, y de pájaros que no cantaban, pero que aleteaban y saltaban. «Negra» ni relinchaba ni se quejaba —si hubiera esperado a conocerla mejor, le habría puesto un nombre relacionado con su valor y su afectuosidad—, pero tampoco parecía sentirse muy segura en medio de aquel bosque.

—Huele mal —dijo Caiy, que había sido lo bastante amable como para no comentarlo respecto a mí—, como si algo estuviera pudriéndose, o fermentando.

Gruñí. Pues claro que olía mal. ¿Qué se creía aquel tonto? Pero el olor le puede decir muchas cosas a uno. Cosas sobre los siglos. Allí estaban las sombras que habían regresado en cuanto Roma apagó su lámpara y se retiró, dejándonos envueltos en sombras.

Y entonces, Caiy, el idiota, empezó a cantar para sustituir a los pájaros que no lo hacían. Tenía una voz agradable, clara y brillante. No le dije que dejara de hacerlo. Las sombras ya sabían que nosotros estábamos allí.

Al llegar la noche, el bosque oscuro se cerró sobre nosotros como la puerta de un sótano.

Encendimos un fuego y compartimos mi sopa. Él también había perdido sus provisiones con el caballo.

—¿No deberías atar eso... tu caballo? —sugirió Caiy intentando no insultar a mi yegua, puesto que sabía que éramos buenos compañeros—. Mi caballo estaba atado, pero algo lo asustó y rompió las riendas y echó a correr. Me pregunto qué pudo haber sido —musitó, mirando el fuego.

Y eso fue lo que descubrimos unas tres horas después.

Yo estaba durmiendo, y soñando con una de mis mujeres, allá arriba, en el norte, y ella me regañaba, tratando de iniciar una disputa, que era lo que siempre hacía por ser más alta que yo y porque le gustaba que le zurrara de vez en cuando para sentirse frágil, femenina y dominada. En el instante en que vació la jarra de cerveza sobre mi cabeza, escuché un sonido procedente del cielo, como una tormenta que no era una tormenta. Y supe en seguida que ya no estaba soñando.

El sonido continuó en tres o cuatro estampidos secos que dejaron el bosque estremecido. Hubo una especie de temblor en el aire, como si los sedimentos se hubieran visto agitados. Y, además, percibí un olor distinto, un olor húmedo y malsano y, sin embargo, hormigueante. Abrí los ojos sólo después de que hubo desaparecido el sonido y los pelos de mi cuerpo se hubieron aquietado a lo largo de mi cuerpo.

«Negra» se hallaba pegada al suelo, con los ojos muy abiertos, pero en silencio. Caiy se había levantado, mirando hacia las copas de los árboles y el cielo sin estrellas. Después, me miró a mí.

—¿Qué ha sido eso, en el nombre del Toro?

Observé que el juramento mostraba su pertenencia al mitraísmo, lo que, en general, significaba a Roma. Me senté, me froté los brazos y el cuello para recuperar mi humanidad y fui a consolar a «Negra». A diferencia de aquel caballo tonto de mi compañero, mi yegua no se había soltado.

—No puede ser un pájaro —siguió diciendo él—, aunque habría jurado que algo ha volado sobre nosotros.

—No, no era un pájaro.

—Pues tenía alas. O..., no, no han podido ser de ese tamaño.

—Sí, pueden tenerlas. Aunque, desde luego, no les llevan muy lejos.

—Farmacéutico, deja de provocar. Si lo sabes, ¡dilo de una vez! Aunque no entiendo cómo puedes saberlo. Y no me digas que se trata de algún sangriento demonio de los bosques, porque no voy a creérmelo.

—No es nada de eso —le aseguré—. Es algo bastante real. Algo natural, a su modo. No es que haya visto ninguno con anterioridad —me apresuré a añadir—, pero sí he conocido a quien lo ha visto.

Caiy ya estaba medio loco, como un chiquillo que no puede solucionar un acertijo.

—¿Y bien?

Supongo que me había irritado lo suficiente como para hacérselo pasar mal, porque me limité a citar un canto sin sentido:

Bis terribilis... Bis appellare... ¡Draco! ¡Draco!

Finalmente, él tuvo que sentarse.

—¿Qué? —preguntó al fin.

A mi edad ya no debería ser tan presuntuoso.

—Era un dragón —dije.

Caiy se echó a reír. Pero lo había visto, y sabía mejor que yo que tenía razón.

Aquella noche no sucedió nada. A la mañana siguiente reanudamos nuestro camino y encontramos una senda estrecha, y el bosque empezó a aclararse. Poco más de un kilómetro después salimos a un páramo. El terreno bajaba hacia un valle, y al otro lado había unas colinas bañadas por el sol. Pero también había algo más.

Naturalmente, Caiy lo dijo primero, como si cualquier cosa nueva le sorprendiera, como si ninguno de nosotros hubiera estado esperándolo de algún modo.

—Este lugar huele mal.

—Hummm.

—No me gruñas, condenado curandero. Huele mal, ¿verdad? ¿Porqué?

—¿A ti qué te parece?

Él meditó un rato, pálido, tras de mí. «Negra» intentó patear la tierra y finalmente desistió.

Ninguno de los dos había dicho nada respecto a lo que había interrumpido nuestro sueño en el bosque, pero cuando le dije que ningún dragón podía llegar muy lejos volando, pues por todo lo que había oído decir sobre ellos eran demasiado grandes y sólo una caprichosa ligereza de sus huesos les permitía levantar el vuelo, supongo que él se lo creyó de veras. 

Y ahora, allí estaban el valle y las colinas, y aquel olor que lo impregnaba todo, un olor extraño, fétido que, en realidad, no podía compararse con nada. Porque era el olor del dragón. Reflexioné un momento. No cabía la menor duda: el dragón salía de patrulla aérea la mayoría de las noches, trazando círculos lo más amplios posible para ver qué había por allí que pudiera convenirle. También había oído decir otras cosas sobre ellos. Aquellas bestias cazaban por la noche, como los gatos. Al mismo tiempo, un dragón tiene los hábitos del cuervo. Es capaz de atacar y matar, pero normalmente mata carroña, cosas muertas o a punto de morir, o inmovilizadas. 

Es ligero, como tiene que ser para poder surcar los cielos, pero la falta de peso queda compensada por la armadura, los dientes y las garras. También había oído hablar de dragones capaces de escupir fuego, aunque esto último no acababa de convencerme. Me parece que es mucho más probable que tales monstruos vivan en cavernas volcánicas, siendo la propia montaña la que arroja el fuego, aunque el mérito se lo lleve el dragón. Pero quizá no sea así. 

Este dragón, estaba seguro de ello, no arrojaba fuego, porque en tal caso el terreno habría estado calcinado en varios kilómetros a la redonda. Había escuchado historias en que eso ocurría así. Y allí no había observado ninguna huella de fuego. Únicamente aquel olor fétido que ya conocíamos tan bien cuando empezamos a bajar hacia el valle, y que nos había impregnado de tal forma que ya apenas nos dábamos cuenta, ni del mal olor ni de nada más.

Le ofrecí toda esta información a mi pasajero. Siguió un prolongado silencio, hasta el punto que pensé que debía de haberse quedado sin habla ante tanta charlatanería por mi parte, pero finalmente dijo con voz muy baja:

—Tú crees en todo eso, ¿verdad?

No me molesté en replicar a algo que era evidente, y me limité a acariciar a «Negra», tratando de hacerla retroceder por el mismo camino por donde habíamos llegado. Pero el animal se mostraba inseguro, y por primera vez muy poco dispuesto a cooperar. De pronto, la fuerte mano de Caiy cayó sobre mi brazo.

—Espera, boticario. Si eso es cieno...

—Sí, sí —le dije, suspirando—. Quieres ir y desafiarlo y convertirte en un héroe.

Se mantuvo firme como el mármol, como si estuviera hablando de alguna mujer a la que él creyera amar. No veía razón alguna para malgastar mi tiempo y mi experiencia con un hombre como él, pero le dije:

—Nadie ha matado nunca a un dragón. Tienen todo el cuerpo blindado con placas, incluso en el vientre. Las flechas y las lanzas rebotan sobre él. Las espadas resuenan y se parten por la mitad. 

Sí, sí —repetí—, habrás oído hablar de hombres que le cortaron la lengua, o que le clavaron una estaca en un ojo. Déjame decirte que si se las arreglaron para llegar a ese extremo, lo único que consiguieron fue encolerizar aún más al bruto. Piensa en el tamaño y configuración de la cabeza de un dragón, tal y como se la representa. Se necesita un buen empuje para que la estaca penetre desde el ojo hasta el cerebro. Y, además, ya sabes que existe la teoría, de que el párpado también está blindado y puede bajarlo con gran rapidez.

—Boticario... —se limitó a decir.

Me pareció que sonaba a una peligrosa advertencia. Sabía qué aspecto debía de tener ahora Caiy. Elegante, noble y loco.

—En tal caso, no seré yo quien te lo impida —le dije—. Bájate, sigue tu camino y que tengas mucha suerte.

No sé por qué me preocupé. Tendría que haberle bajado de la yegua y alejado de allí a uña de caballo, aunque no estaba seguro de que «Negra» pudiera reaccionar con la rapidez suficiente, de lo inquieta que estaba. Pero no fue eso lo que hice, entre otras cosas porque al instante siguiente él tenía su espada junto a mi cuello, y ésta estaba tan afilada que me brotó la sangre.

—Tú eres el sabelotodo —me dijo—. Y parece que sabes mucho más que yo sobre esto. De modo que ahora eres mi guía, y tu escuálido caballo, si es que merece ese nombre, será mi medio de transporte. Así que, adelante los dos.

Eso fue todo. Nunca se me ocurrirá discutir con una espada desenvainada. Durante el día, el dragón estaría tumbado, digiriendo y medio dormido, y por la noche podría buscarme algún agujero donde esconderme. Al día siguiente, Caiy ya estaría muerto y, desde luego, yo habría visto un dragón.

Después de hora y media de marcha durante la que logré convencerle de que envainara la espada y me amenazara con una daga contra las costillas, lo que sería más cómodo para ambos, nos encontramos de pronto con un pueblo de cabañas de troncos. Era del estilo salvaje de los norteños, aunque grande, y no aparecía rodeado por un muro en todas sus partes. En aquel extremo sí que lo había y en la puerta había unos hombres observándonos.

Caiy se sintió ofendido al tener que cabalgar hacia ellos en la grupa del caballo de otro, pero ahora ya sabía lo difícil que le hubiera resultado tratar de manejar a «Negra» por sí solo. Quizá ni siquiera intentó pretender que era su caballo.

Cuando empezamos a recorrer el camino de guijarros que conducía hasta la puerta, saltó del caballo y echó a correr, llegando antes que yo, y empezó a hablar.

Cuando me acerqué le oí anunciar con su tono de voz más dramático y hermoso:

—... Y si eso es un hecho, juro por la Victoria de la Luz que me enfrentaré a esa cosa y la mataré.

Los hombres murmuraban. En aquel lugar el olor del dragón parecía más ácido, más saturado, aunque ya estábamos acostumbrados a él. La pobre «Negra» había estado temblando de terror durante todo el camino. Si teníamos suerte, encontraríamos algún terreno bajo, alguna cueva o lugar fuera del alcance, donde los del pueblo guardaran sus animales fuera de la vista del dragón, de modo que ella pudiera compartirlo con los otros.

Evidentemente, el dragón no siempre había estado activo en aquella región, pues en tal caso ellos no habrían construido su pueblo. No, tendría que haber ocurrido todo como en las historias que había oído contar. Los dragones viven siglos. Y también pueden dormir durante siglos. Sin sospecharlo, el hombre penetra en sus regiones, comienza a instalarse y a construir y a prosperar. Y entonces, el dragón dormido despierta un buen día. 

Se dice que, en ese sentido, son como los volcanes, lo que quizá también ayude a explicar el por qué tantas leyendas afirman que arrojan fuego cuando despiertan.

Lo más interesante de todo, sin embargo, fue que el pueblo no parecía admitir nada de la existencia del dragón, aun a pesar de su olor.

Caiy, una vez tomada la decisión de enfrentarse a él, y temiendo haberse equivocado, empezó a fanfarronear. Los hombres que vigilaban la entrada se asustaron y se volvieron peligrosos. Yo me aproximé, conduciendo a «Negra», señalé mi caja de pociones, y dije:

—Bueno, si no queréis que se mate a vuestro dragón, yo puedo remediar alguno de vuestros otros problemas. Tengo medicinas para casi todo: diviesos, verrugas, dolores de oídos y de dientes, ojos enfermos, enfermedades de la mujer. Aquí tengo...

—Cállate, sapo venenoso —me interrumpió Caiy.

Y, de pronto, uno de los guardias se echó a reír. Y la tensión desapareció.

Diez minutos más tarde nos permitieron cruzar la puerta y, caminando sobre estiércol de vaca y flores silvestres, cuyo olor se veía apagado por el otro olor, fuimos conducidos a la cabaña del jefe.

Fue unas dos horas después cuando descubrimos por qué se habían mostrado inquietos los guardianes ante el aspecto de caballero campeón y dispuesto al rescate de mi compañero.

Al parecer, habían regresado a la forma antigua de hacer las cosas, la propiciación, la víctima propiciatoria. Durante tres años habían estado ofreciendo una víctima al dragón en la primavera y a mediados del verano, cuando era probable que estuviera más activo.

Cualquiera que supiera algo de dragones a través de los libros les habría dicho que no era esa la mejor forma de tratarlos. Pero ellos conocían a su dragón a través del mito. Cada vez que hacían un sacrificio, imaginaban que la bestia era capaz de comprender y apreciar lo que hacían por ella y que, por lo tanto, sería más tratable.

En realidad, el dragón nunca había atacado el pueblo. Había atacado el ganado que pasaba la noche en los pastos, matando vacas viejas o enfermas, o corderos demasiado jóvenes o débiles para correr. También se había llevado a gente, pero sólo a las que estaban mutiladas y solas. 

Como ya he dicho, un dragón suele ser perezoso y prefiere la carroña o aquello que está indefenso. A pesar de que son grandes, no lo son tanto como para perseguir a toda una tribu de hombres. 

Y aunque ni cuarenta hombres juntos serían capaces de herirlo siquiera, podrían agotarlo si se decidieran a atacarlo todos juntos. Finalmente, lograrían que hincara la rodilla y entonces podrían vaciarle el cerebro. Sin embargo, nunca he oído hablar de cuarenta hombres capaces de atacar así a un dragón. 

Los dragones siguen estando rodeados de leyendas de temores nocturnos y misterios espirituales, y últimamente ha surgido una superstición oriental que habla de un poderoso demonio capaz de asumir la forma de un dragón invencible y que, naturalmente, arroja llamas por la boca. De modo que este pueblo, como tantos otros, elige a su víctima propiciatoria, una joven atada a un poste, y la deja allí para que el dragón se apodere de ella. ¿Por qué no? Ella está indefensa y mareada por el terror..., y es joven y tierna. 

Perfecto. Nunca se les podría convencer de que, en lugar de aplacar al monstruo, lo único que hacen con ese sacrificio es animarle a quedarse en la zona. Se puede considerar la cuestión desde el punto de vista del dragón. 

No sólo puede devorar sus cabezas de ganado muertas o enfermas, sino que de vez en cuando también puede darse un banquete con una joven damisela muy jugosa. Los dragones no piensan como los hombres, pero también tienen memoria.

Cuando Caiy se dio cuenta de lo que estaban a punto de hacer aquella noche, tal y como pudimos descubrir, se puso rojo y luego blanco, aunque no de rabia. Él no comprendía más que los del pueblo. Sólo sentía más horror que ellos.

Se levantó y asumió una postura inconscientemente impresionante, y nos aseguró que él salvaría a la muchacha. Lo juró delante de todos nosotros, del jefe, de los hombres y de mí. Y lo juró por el Sol, de modo que supe que estaba hablando muy en serio.

Ellos estaban asustados, pero ahora surgió una esperanza infantil. Aquello volvía a formar parte de su mitología. Toda mitología parece admitir esa línea de conducta: la oscuridad contra la luz, la Batalla Final. Son tonterías, pero es así.

Después de un brindis para sellar el juramento, gritaron alegremente, y el jefe ordenó que se celebrara un festín. A continuación, llevaron a Caiy a ver a la elegida para el sacrificio.

Se llamaba Niemeh, o algo parecido.

Estaba sentada en una pequeña celda. No había sido encadenada, pero un guardián custodiaba la entrada, y no había ventana en la celda. No tenía otra cosa que hacer que entretejer flores, que era lo que hacía, confeccionando guirnaldas para la procesión en honor de su muerte, que se celebraría aquella misma noche.

Cuando Caiy la vio, el color volvió a desaparecerle del rostro.

Permaneció de pie, mirándola, mientras que alguien explicaba que él era su campeón.

Aunque logró ponerme nervioso, en esta ocasión no se lo censuré tanto. La muchacha era la joven más hermosa que haya visto jamás. Joven, desde luego, y delgada, pero con unas formas de mujer perfectas y un pelo largo más rubio aún que el de Caiy, y unos ojos verdes como agua de mar estancada, y un rostro como una de aquellas flores blancas que trenzaba, y una boca dulce.

La miré mientras la joven escuchaba seriamente todo lo que se le decía. Recordé que en las leyendas siempre se elige para la cena del dragón a la muchacha más hermosa y gentil. Y eso es comprensible, pues una joven con un temperamento fogoso podría armar la gorda.

Una vez que Caiy hubo sido presentado y hubo jurado de nuevo por el Sol matar al dragón, ella se lo agradeció. Si las cosas hubieran sido diferentes, ella habría enrojecido y temblado ante la atención que le dedicaba Caiy. Pero ya se hallaba más allá de todo ese juego porque, en realidad, no creía que hubiera nadie capaz de salvarla. Pero, aun cuando debería de haber estado medio muerta de desesperación y terror, aún tenía fuerzas para mostrarse cortés.

Levantó la mirada por encima de la cabeza de Caiy y me miró, y me sonrió de tal manera que me sentí fuera de mí.

—¿Y quién es este hombre? —preguntó.

Todos los presentes parecieron asombrarse, pues se habían olvidado de mi presencia. Alguien que tenía verrugas en la cara recordó que yo había dicho que tenía algún remedio contra las verrugas, y contestó que era un boticario.

Un ligero estremecimiento sacudió entonces todo el cuerpo de la joven.

Era tan joven y tan bonita. Si yo hubiera sido Caiy habría dejado de fanfarronear sobre el dragón y habría encontrado algún medio de engañar a todo el pueblo, tomarla y huir. Pero eso también habría sido estúpido. Aún me queda bastante sangre vieja como para conocer bien esas cosas. 

Ella había sido destinada para el sacrificio y estaba resignada a ello, e incluso ni siquiera soñaba que pudiera ser de otro modo. De vez en cuando, he oído rumores sobre muchachas e incluso hombres elegidos para morir que finalmente escaparon. Pero el destino parece perseguirlos. Pueden ocultarse muy lejos, al otro lado de las grandes colinas, detrás de las extensiones de agua y, sin embargo, siguen sintiendo el peso de la decisión sobre sus almas. Al final, terminan por suicidarse o volverse locos. 

Y esta muchacha, esta Niemeh, haría también algo así. No, nunca podría haberla convencido para huir. Eso no habría servido de nada. Estaba convencida de que debía morir, como si hubiera visto la sentencia escrita por la luz sobre una piedra, y quizá la hubiera visto.

Volvió a dirigir su atención hacia las guirnaldas y Caiy, tenso como la cuerda de un arco, regresó con nosotros hacia la cabaña del jefe.

La carne se estaba asando y la comida fue acompañada de vino y buena conversación. De ese modo, uno puede matar todo lo que se le ponga por delante tantas veces como quiera.

No fue un mal festín. Pero mientras la gente gritaba, y fanfarroneaba y engullía la comida, yo no podía dejar de pensar en ella, encerrada en su celda, escuchando el jolgorio y consciente de la puesta del sol y de cómo sería morir... tal y como tendría que suceder. No comprendía cómo podía soportarlo.

A última hora de la tarde la mayoría estaban durmiendo la mona, y sólo Caiy tuvo el buen sentido suficiente como para salir y despejarse haciendo ejercicios militares en el patio, ante un grupo de embobados admiradores de ambos sexos.

Cuando alguien me tocó en el hombro, pensé que sería Warty después de su cura, pero no. Era el guardián de la celda de la muchacha, quien, en voz muy baja, me dijo:

—Dice que quiere hablar contigo. ¿Quieres venir ahora?

Me levanté y fui con él. Por un momento concebí la esperanza de que quizás ella no creyera necesario morir y que apelaría a mi para que la salvara. Pero en el fondo de mi corazón sabía que no se trataba de eso.

Había otro hombre bloqueando la entrada, pero me dejaron pasar solo, y allí estaba Niemen, sentada, haciendo todavía guirnaldas bajo una lámpara.

Levantó la cabeza para mirarme y sus manos cayeron como dos flores blancas sobre las guirnaldas que había en su regazo.

—Necesito una medicina —me dijo—. Pero no puedo pagarte. No tengo nada. Aunque mi tío...

—No te costará nada—dije apresuradamente.

—Es para esta noche —dijo ella, sonriendo.

—Oh.

—No soy valiente —añadió—, pero esto es algo mucho peor que tener miedo. Sé que voy a morir. Eso es necesario. Pero una parte de mí quiere vivir tanto... Mi razón me dice una cosa, pero mi cuerpo no quiere escuchar. Temo verme invadida por el pánico, resistirme y gritar y llorar... Y no quiero que suceda nada de eso. No sería correcto. Tengo que estar de acuerdo o el sacrificio no serviría de nada. ¿Lo sabías?

—Oh, sí—dije.

—Supuse que lo sabrías. En ese caso..., ¿puedes darme algo, una medicina o una hierba, para que no sienta nada? No me refiero al dolor. Eso no importa. Los dioses no podrán echarme en cara que grite en ese momento, pues no esperan que mi sacrificio vaya más allá del dolor. Sólo necesito algo para no preocuparme, para no querer vivir tanto.

—Una muerte fácil.

—Sí. —Sonrió de nuevo. Parecía serena y hermosa—. Oh, sí.

Bajé la mirada hacia el suelo.

—El guerrero. Quizá lo mate.

Ella no dijo nada.

Cuando levanté la vista, la expresión de su rostro ya no era serena. Estaba al borde del terror. De haberlo visto, Caiy se habría sentido insultado.

—¿Es que no puedes darme nada? ¿No tienes nada? Estaba segura de que tendrías algo. Que habías venido hasta aquí para... ayudarme, para que no tuviera que pasar yo sola por todo esto...

—Mira —la interrumpí—, sí, tengo algo. Justo lo adecuado. Lo utilizo con las mujeres que van a parir, cuando el bebé tarda en nacer y sienten mucho dolor. Actúa bien. Se sienten adormecidas y lejanas, casi como si estuvieran durmiendo. También amortiguará el dolor..., cualquier clase de dolor.

—Sí —susurró ella—, me gustaría algo así. —Y entonces me tomó de la mano y me la besó—. Sabía que lo harías —me dijo, como si yo le hubiera prometido lo mejor y más encantador de la tierra.

Cualquier otro hombre se habría desmoronado ante ella. Pero yo soy más duro que la mayoría.

Cuando me lo permitió, retiré la mano, le hice un gesto afirmativo para infundirle confianza, y salí. El jefe estaba despierto y parlanchín, de modo que hablé un rato con él. Le dije lo que me había pedido la muchacha.

—En el este —le dije—, es bastante habitual darles algo para ayudarlas a pasar lo malo. Lo llaman Néctar, la bebida de los dioses. Ella está de acuerdo, pero es muy joven y se siente muy asustada. No puedes negarle esto.

El jefe se mostró inmediatamente de acuerdo, tal y como yo había confiado. Supongo que si la muchacha se pusiera a gritar por las colinas sería un asunto muy delicado. No había pensado que pudiera haber ningún problema. Por otra parte, no quería que me cogieran dándole una poción a espaldas de todo el mundo.

Mezclé la droga en la celda para que ella lo observara. Se sentía interesada por todo lo que yo hacía, tal y como suelen sentirse los condenados, ávidos de conocer cada detalle que les rodea, incluso cómo cuelga una araña de su tela.

Le hice prometer que se lo bebería todo, pero que no lo tomaría hasta que vinieran a buscarla.

—De otro modo, puede que no durara tanto tiempo. Y no querrás que pierda sus efectos demasiado pronto... ¿verdad?

—No —contestó—. Haré exactamente lo que me dices.

Cuando estaba a punto de marcharme de nuevo, añadió:

—Si puedo pedirles a los dioses algo para ti cuando me encuentre con ellos...

Estuve a punto de contestar: «Diles que se vayan a la porra», pero no dije nada. Ella trataba de mantener intacta su fe en la recompensa, en la inmortalidad.

—Pídeles sólo que se ocupen de ti —le dije.

Tenía una boca tan dulce, tan dulce. Estaba hecha para el amor y para ser amada, para tener hijos y cantar canciones y morir de vieja, tranquilamente, mientras durmiera.

Y habría otras como ella. Otras jóvenes que también serían entregadas al dragón. Puede que al final no quedaran doncellas. El tabú asegura que tiene que ser una virgen para salvaguardar así a cualquier vida no nacida aún. Puesto que una virgen no puede estar embarazada —aunque existe una religión que dice lo contrario, pero no recuerdo cuál—, se estipula que deben ser vírgenes. 

Pero en último término se utiliza a cualquier mujer joven de la que se pueda estar seguro que no está embarazada. Y después escogerán a los chicos. Que es el sacrificio más antiguo que pueda hacerse.

Me crucé con una joven de aspecto lindo e inocente. Recordé haberla visto antes y no pude evitar el preguntarme a mí mismo si ella sería la siguiente. ¿Y quién vendría después de ella?

Niemeh era la quinta. Pero, como ya he dicho, los dragones tienen una larga vida. Y los sacrificios se tienen que hacer cada vez con mayor frecuencia. Ahora se celebraba dos veces al año. Durante el primer año sólo se había celebrado una vez. Pero dentro de un par de años sería con cada estación del año, quizá con tres víctimas durante el verano, cuando la monstruosa criatura estuviera más activa.

Y al cabo de otros diez años se haría un sacrificio cada mes, y para entonces ya habrían aprendido a atacar otros pueblos para raptar a jóvenes de ambos sexos para el sacrificio. Y, además, también habría muchos restos de tipos como Caiy, ex-terminadores de dragones.

Seguí a la joven y bebí una jarra de cerveza. Pero la bebida nunca me ha consolado mucho.

Y ya había llegado la hora de formar la procesión e iniciar la marcha hacia las colinas.

Emprendimos la marcha con la última y dorada luz del atardecer.

El valle era fértil y estaba protegido. La luz del oeste brillaba en los árboles y en las corrientes. Ya existía una especie de camino por el que habría resultado agradable caminar si no hubieran ido adonde iban.

Los últimos rayos del sol también calentaban las laderas de las colinas. El cielo aparecía casi sin nubes, transparente. De no haber sido por el olor del aire, nunca habría podido imaginar uno que algo andaba mal. 

Pero el camino rodeaba la primera cuesta y volvía a subir, y allí, a unos treinta metros de distancia, apareció ante nosotros una colina más alta una de cuyas laderas se perdía en las sombras del fondo, donde nunca llegaba el sol. 

En la parte inferior no había hierba y aparecía llena de cuevas, una de las cuales era mayor que las otras, muy oscura e impregnada de una extraña quietud, como si la luz, los fenómenos atmosféricos y el tiempo se hubieran detenido en su interior. Al contemplar la escena uno se daba cuenta inmediatamente de lo que significaba, incluso con el sol en el rostro y todo el lúcido cielo por encima.

La llevaron hasta aquel lugar en una litera romana que, de algún modo, era propiedad del pueblo. Había perdido el techo y las cortinas, y era más bien una especie de plataforma sobre palos, pero Niemeh se había tumbado en ella, inmóvil y silenciosa. Yo sólo la miré una vez, y observé que tenía el rostro inexpresivo y la mirada de los ojos opaca.

 La pócima que le entregué había actuada con bastante rapidez y ahora ella estaba ya muy lejos de nosotros. Sólo confiaba en que todo lo que sucediera a continuación ocurriera antes de que cambiara su estado actual.

Sus porteadores bajaron la litera al suelo y la extrajeron de ella. Tuvieron que sostenerla, pero ya conocían por experiencia casos de jóvenes debilitadas e incluso fuera de sí en una situación similar. Y supongo que las que se resistían y gritaban tendrían que ser forzadas a beber algún licor fuerte, o quizá dominadas con un golpe.

Todos caminamos un poco más, hasta que alcanzamos una empalizada natural de roca. Aquel lugar proporcionaba cobijo, permitiendo observar la cueva y el terreno situados inmediatamente debajo. Había una charca oscura y maloliente, y a un lado de donde nos encontrábamos, frente a la cueva, había un camino de césped en el que se elevaba un poste de la altura de un hombre de buena estatura.

Los dos guerreros que sostenían a Niemen siguieron caminando con ella hacia el poste. Los demás aguardamos tras las rocas, excepto Caiy.

Todos nosotros nos habíamos adornado con guirnaldas de flores. Hasta yo mismo tuve que ponerme una para no hacer el ridículo. ¡Pero qué más daba! Caiy, sin embargo, no la llevaba. Él era la parte del ritual que, aun siendo arcanamente aceptable, resultaba profana. Y esa era la razón por la que, aunque le permitieran atacar al dragón, no por ello habían dejado de traer a la joven para apaciguarlo.

En el poste había una especie de grilletes. No podían ser de hierro, puesto que hasta un dragón experimentaría alergia a cualquier metal negro en plena noche. Probablemente eran de bronce. Cerraron una de las partes alrededor de su cintura y la otra sobre el cuello. Ahora, únicamente los dientes y las garras podrían sacarla de sus ataduras, trozo a trozo.

Ella se dejó caer sobre los grilletes. Parecía finalmente inconsciente y yo deseaba que así fuera.

Los dos hombres regresaron apresuradamente, subiendo la cuesta y protegiéndose tras la roca, junto con el resto de nosotros. A veces, las historias cuentan que la gente se aleja del lugar en cuanto ha dejado allí a la persona destinada al sacrificio, pero habitualmente la gente se queda para ser testigo de los acontecimientos. Es algo bastante seguro. El dragón no perseguirá a nadie pudiendo disponer de alguien encadenado ante sus narices.

Caiy no permaneció junto al poste. Bajó hacia el borde de la charca contaminada, con la espada en la mano. Estaba preparado. Aunque el sol no podía penetrar en el fondo para arrancar brillo de su pelo o de la hoja de metal, tenía todo el aspecto de una figura grandiosa, heroicamente situada allí, entre la doncella y la Muerte.

Finalmente, el día se desvaneció con rapidez. De pronto, los lomos de las colinas se ensombrecieron y el cielo adquirió primero, tonos lavanda y después una especie de ámbar de tonalidades malva, y aparecieron las primeras estrellas.

No hubo advertencia alguna.

Yo estaba contemplando la charca, donde el dragón acudiría a beber, pensando en la cantidad de inmundicias que debía de haber en ella. De pronto, hubo un reflejo en la charca. No fue nada definido, y venía de arriba hacia abajo, pero el corazón se me subió a la garganta.

Detrás de la roca hubo como un estremecimiento, del mismo tipo que, según me han dicho, se produce en la primera línea de una formación de combate cuando aparece el enemigo. Y, además, otra sensación como cuando se está en el templo de algún dios, invocándole, y éste aparece de pronto.

Hice un esfuerzo para mirar hacia la boca de la cueva. Después de todo, aquella era la noche en que iba a ver a un dragón por primera vez, algo que contar a los demás, tal y como otros me lo habían contado a mí.

Salió reptando de la cueva, centímetro a centímetro, casi apoyado sobre su vientre, como un gato.

El cielo aún no se había oscurecido del todo porque, a menudo, el atardecer del norte parece interminable. Podía ver bien, e incluso cada vez mejor a medida que la sombra que surgía de la cueva avanzaba hacia la charca, donde había un poco más de claridad.

Al principio, no pareció darse cuenta de nada que no fuera él mismo a la luz del crepúsculo. Se dobló y se extendió. Había algo extraño incluso en aquellos movimientos tan simples, algo maligno. Y el tiempo pareció detenerse.

Los romanos conocen un animal al que llaman Elephantus, y recuerdo que un viejo funcionario de una ciudad me describió esa bestia con bastante exactitud, pues había visto una. Yo diría que el dragón no era tan grande como el elephantus. 

En realidad, no era más alto que un caballo de buen tamaño, aunque un poco más largo. Por la forma en que se arrastraba, se curvaba y flexionaba, se enroscaba y giraba la cabeza, su esqueleto parecía muy flexible.

Había muchos mosaicos y pinturas que lo representaban. Y los hombres lo habían representado así desde el principio. Esbelto, ahusado hasta la prolongada cabeza, que también es como la de un caballo, aunque nada parecida, y hasta la cola, aunque no poseía aquella punta en forma de espada que a veces se le atribuye, como si fuera un escorpión. Tenía púas a lo largo de la cola, la columna, el cuello y la cabeza.

Tenía las orejas tiradas hacia atrás, como un perro. Las patas eran cortas, pero eso no le convertía en un ser desgarbado. Siempre se percibía en el monstruo una especie de fantasmagórica flexibilidad, que le daba un cierto aspecto de gracilidad casi insoportable.

Tenía casi el mismo color que el cielo en aquellos momentos, de un gris azulado, como el metal pero apagado; las grandes placas de escamas que le recubrían el cuerpo no brillaban. Los ojos eran negros y, en realidad, no se les veía y, de pronto, emitieron luz de alguna parte y brillaron como dos monedas, como los ojos de un gato sin nada tras ellos, ni cerebro, ni alma.

Había salido a beber, pero había olfateado algo más interesante que el agua sucia de la charca: a la muchacha.

El dragón permaneció allí, estático como una roca, mirándola desde el otro lado de la charca. A continuación, gradualmente, abrió y desplegó las alas que había mantenido hasta entonces a lo largo de sus costados, como abanicos plegados.

Aquellas alas eran enormes, mucho mayores que todo el resto de su cuerpo. Ahora comprendía cómo era capaz de volar con ellas. A diferencia del cuerpo, no poseían escamas y estaban compuestas sólo de piel membranosa, con nervaduras de hueso externo. Se parecían mucho a las alas de un murciélago. Parecía probable que una espada pudiera atravesarlas, dañarlas, pero eso no produciría más que heridas, y lo más probable es que fueran más recias de lo que parecían.

Y entonces dejé de reflexionar. Con las alas aún desplegadas, como un cuervo, empezó a deslizarse rodeando la charca, con los brillantes ojos fijos en el poste del sacrificio.

Alguien lanzó un grito y mis entrañas se retorcieron. Entonces me di cuenta de que había sido Caiy. El dragón casi no se había dado cuenta de su presencia, de tan intensamente como fijaba su vista en el festín, de modo que él tuvo que llamarlo.

Bis terribilis... Bis appellare... ¡Draco! ¡Draco!

Nunca he podido comprender ese canto antiguo, y el latín de Caiy era execrable. Pero creo que da a entender que conocer la existencia de un dragón ya es bastante malo, y que llamarlo por su nombre dos veces es cosa de un maniaco.

El dragón se giró con toda facilidad. Su prolongada cabeza de caballo que no lo es se encontró ante él, y la afilada espada de Caiy lo atravesó de arriba abajo contra la mandíbula. Y ocurrió lo que dicen... las chispas saltaron brillantes en el aire. 

Y entonces la cabeza de la bestia pareció separarse, no a causa de ninguna herida, sino del abismo de sus enormes fauces. Emitió un sonido como un rugido ligero. Su respiración podía ser tan venenosa, tan peligrosa como el fuego. Vi que Caiy se tambaleaba y entonces una de las patas se extendió entre la oscuridad. 

El golpe pareció lento e inofensivo. Lanzó a Caiy a diez metros de distancia, justo al otro lado de la charca. Cayó junto a la entrada de la cueva y permaneció allí, quieto. Aún tenía la espada en la mano. Tuvo que haberla sujetado involuntariamente. Y supongo que en aquel momento también le habría gustado haberse mordido la lengua antes.

El dragón le contempló como si estuviera decidiendo dirigirse hacia él y cenar. Pero se sintió más atraído por el otro olor que había olfateado primero. Sabía que éste pertenecía a una carne más suave y digerible. De modo que ignoró a Caiy, dejándolo para más tarde, y giró de nuevo hacia el poste, descendiendo la cabeza a medida que se acercaba y apagando la luz en sus ojos.

Miré. La noche ya era bastante oscura, pero pude ver, y la oscuridad no pudo mantener cerrados mis oídos, porque también hubo sonidos. No voy a tratar de hacerles ver y escuchar lo que yo vi y escuché. Niemeh no gritó. Para entonces ya estaba completamente inconsciente, estoy seguro de ello. No sintió ni supo nada de lo que la bestia le hizo.

Más tarde, cuando bajé junto con los demás en dirección al poste, no quedaba mucho de ella. La bestia incluso se llevó algunos de sus huesos para roerlos en su cueva. Su guirnalda de flores estaba en el suelo, pues evidentemente el dragón no sintió el menor interés por adornarse con ella. Y las flores pálidas habían dejado de ser pálidas.

Ella se había mostrado de acuerdo, y no había tenido que soportarlo. He visto cómo los hombres hacían cosas mucho peores, y para los hombres sí que no existe excusa posible. Y, no obstante, nunca odié a ningún hombre como odié al dragón, con un odio tenebroso, mortal y nauseabundo.

La luna se elevaba en el cielo cuando todo terminó. El monstruo se dirigió de nuevo hacia la charca y bebió a grandes tragos. Después, se dirigió de nuevo hacia la cueva. Se detuvo junto a Caiy, lo olisqueó, pero no tenía prisa alguna. Tras haberse alimentado tan bien se sentía perezoso. Se introdujo en el agujero negro de la cueva y desapareció de la vista, poco a poco, tal y como había surgido.

Caiy se levantó entonces del suelo, apoyándose primero en las manos y las rodillas hasta incorporarse del todo.

Nosotros, los observadores, nos extrañamos. Le habíamos creído muerto, pero al parecer sólo había quedado conmocionado, según nos dijo más tarde. Lo bastante como para no haber podido levantarse y plantarse ante el dragón antes de que éste terminara su festín. Él se encontraba más cerca que ninguno de nosotros. 

Dijo que había enloquecido —como si ya no lo hubiera estado antes—, y así, aturdido y estupefacto como estaba, se incorporó y siguió al dragón al interior de la cueva. Y en esta ocasión tenía la intención de matarlo, sin importarle lo que le ocurriera a él.

En nuestro refugio tras la roca, nadie había dicho una sola palabra, y nadie habló tampoco ahora. Nos sentíamos todos como en una especie de comunión, en un trance. Nos inclinamos hacia delante mirando atentamente hacia la boca oscura de la cueva por donde habían desaparecido ambos.

Los ruidos empezaron quizás un minuto más tarde. Fueron bastante extraordinarios, como si todo el interior de la colina estuviera estremeciéndose. Pero era el dragón, desde luego. Al igual que el olor que despedía, los sonidos que hacía son indescriptibles. Podría decir que su aspecto era parecido al de un elephantus, un gato, un caballo o un murciélago. Pero los gritos y rugidos... no. 

Jamás había escuchado nada parecido, ni sabido de nadie que contara nada semejante. Hubo, sin embargo, otros ruidos, como el producido por un gran montón de cosas revueltas. Y piedras que se desmoronaban y caían.

La gente empezó a sentirse excitada o histérica. Algo así no había ocurrido nunca. Cualquier sacrificio solía ser predecible.

Se incorporaron y empezaron a gritar, a gruñir y a invocar la protección sobrenatural. Y entonces se produjo el silencio en el interior de la colina, y las gentes del pueblo guardaron igualmente silencio.

No recuerdo cuánto tiempo transcurrió. Parecieron meses.

Entonces, de pronto, algo se movió en el umbral de la cueva.

Hubo gritos de temor. Algunos de los presentes iniciaron la huida, aunque volvieron poco después, cuando se dieron cuenta de que los otros se mantenían inmóviles, señalando y lanzando exclamaciones que no eran de angustia, sino de pavor y respeto. Porque, en efecto, era Caiy y no el dragón quien emergía de la cueva.

Caminaba como un hombre que ha permanecido mucho tiempo sin aumento ni agua, con la cabeza inclinada, los hombros caídos, las piernas apenas capaces de sostenerle. Bordeó la charca y la espada se le deslizó de la mano, cayendo al agua. Después, subió tambaleándose la cuesta y se encontró ante nosotros. Entonces, logró levantar un poco la cabeza y pronunció la frase que nadie había esperado escuchar nunca.

—Está... muerto —dijo Caiy y se desmoronó en la inconsciencia, bajo la luz de la luna.

Utilizaron la litera para transportarle hasta el pueblo, puesto que Niemeh ya no la necesitaba.

Permanecimos en el pueblo durante unos diez días. Caiy ya se había recuperado por completo al tercero, y puesto que no hubo señales del dragón ni de día ni de noche, un grupo se dirigió hacia las colinas y encendieron antorchas y penetraron en la cueva para asegurarse.

Estaba efectivamente muerto. Lo podrían haber confirmado sólo por el olor, completamente distinto al anterior y limitado al interior y a los alrededores de la cueva. Ya en la segunda mañana había desaparecido el olor característico del dragón en todo el valle. Y uno podía percibir el olor de las cabras y el heno, del aguamiel y la carne sin lavar y de una veintena de variedades de flores.

Yo no entré en la cueva. Sólo me atreví a acercarme hasta el poste. Sabía que era seguro, pero sólo quería estar una vez más allí donde los pocos huesos que quedaban de Niemeh aparecían desparramados sobre la tierra. Y no sé por qué sentí esa necesidad, puesto que nada se puede explicar a los huesos.

Hubo regocijo y fiestas por todo el valle. Los hombres acudieron desde lugares apartados, con aspecto de salvajes. Querían contemplar a Caiy, el exterminador del dragón, tocarle para poder tener suerte. El no hacía más que reír. No había resultado gravemente herido, y a excepción de unos cuantos cardenales estaba perfectamente, pasando la mayor parte del tiempo en el henil, acompañado de muchachas complacientes, que seguramente afirmarían más tarde que sus retoños eran hijos del héroe. El resto de su tiempo estaba borracho en la cabaña del jefe.

Al final, cogí a «Negra», la alimenté con manzanas, y le dije que era el mejor caballo del mundo, algo que ella ya sabe es una mentira y no lo que le digo en otras ocasiones. Emprendí el camino alejándome tranquilamente y dejando que Caiy siguiera el suyo, pero apenas me había alejado unos centenares de metros del poblado cuando escuché el retumbar de los cascos de un caballo. Me alcanzó y puso su cabalgadura al paso junto a la mía. Por fin montaba un animal decente, la mejor yegua del establo del jefe, sin duda alguna, y me sonrió, señalándome dos pellejos llenos de cerveza.

Acepté uno y continuamos alejándonos juntos.

—Supongo que te encantarán las delicias de mi compañía — le dije al fin, casi una hora después, cuando ya se veía el bosque al otro lado de la pradera.

—¿Cómo podría ser de otro modo, boticario? Hasta lograste que desaparecieran mis ansias insaciables de robarte tu caballo. Ahora tengo mi caballo propio, el más hermoso.—

«Negra» le dirigió una mirada de soslayo como si hubiera querido morderle. Pero él no prestó atención. Trotamos durante un par de kilómetros más antes de que él añadiera—: Y también hay algo que quiero preguntarte.

Me mostré cauteloso y esperé a descubrir lo que pudiera venir a continuación. Finalmente, él dijo:

—Por tu profesión debes conocer una o dos cosas sobre cómo están ensamblados los cuerpos. Me refiero al dragón. Parecías saberlo todo sobre los dragones.

Gruñí, pero Caiy no hizo el menor caso de mi gruñido. Empezó a describir cómo había entrado en la cueva, algo que ya había contado más de trescientas veces en la cabaña del jefe del poblado. Le escuché con atención.

La entrada de la cueva era baja y horrible, y no tardaba en abrirse para formar una caverna. Había una luz fantasmagórica, más que suficiente para ver, y el agua corría por aquí y allá a lo largo de las paredes y sobre el suelo de piedra.

En el centro de la caverna, brillando como si fuera de plata sucia, estaba tumbado el dragón, sobre un montón de trastos, tal y como suelen acumular los dragones. En eso son como los cuervos y las urracas, que se sienten intrigados por las cosas y se apoderan de ellas para llevarlas a sus nidos y tumbarse encima. 

Los rumores de acumulación de cosas deben proceder de esto, pero habitualmente la colección no tiene el menor valor; se trata de cuchillos rotos, cristal impuro que ha brillado en algún momento bajo la luna, brazaletes robinados de alguna víctima, todo ello mezclado con sus propios excrementos y con huesos fragmentados.

Cuando vio todo aquello, el temerario corazón del héroe se le cayó a los pies. Pero hubiera hecho todo lo posible para acuchillar al dragón en el ojo, la raíz de la lengua, la abertura situada bajo la cola, aunque éste le destrozara por completo mientras tanto.

—Pero no tuve que hacerlo —me dijo Caiy entonces.

Esto, desde luego, no lo había dicho en el poblado. No. Había contado a las gentes las cosas normales, la afortunada embestida y el cerebro partido, y los rugidos de muerte, que por otro lado todos habían escuchado. Si alguien hubiera observado que su espada no estaba manchada de sangre... Bueno, la había dejado caer en la charca, ¿no?

—Mira —siguió diciendo Caiy—, estaba allí, tumbado y medio moribundo, y entonces comenzó a estremecerse de un lado a otro y experimentó una especie de espasmo. Algo cayó de la acumulación de trastos... una pieza se desprendió de golpe del blindaje, creo que era dorada... Y yo sentí náuseas y me desvanecí. Cuando recuperé el conocimiento, el dragón estaba tendido y tan muerto como la carne que comimos ayer.

—Hmmm —dije—. Hmmm.

—La cuestión —siguió diciendo Caiy mirando hacia el bosque y no a mí—, es que tuve que haberle hecho algo fuera de la cueva, cuando le di el primer golpe. Tuve que haberle dislocado algún hueso. Me dijiste que sus huesos no tienen médula. De modo que puede ser algo concebible. Un golpe afortunado que, sin embargo, tardó un tiempo en producir sus efectos.

—Hmmm.

—Porque... crees que lo maté, ¿verdad? —me preguntó Caiy con suavidad.

—Siempre ocurre así en las leyendas —contesté.

—Pero antes me dijiste que, en la realidad, un hombre no puede matar a un dragón.

—Uno lo hizo.

—En tal caso tuvo que haber sido algo que le hice fuera de la cueva. O quizá tenía los huesos frágiles. Ese primer golpe que le di...

—Es muy probable.

Hubo otro silencio. Después, Caiy dijo:

—¿Crees en algunos dioses, boticario?

—Quizá.

—¿Estarías dispuesto a jurar por ellos y llamarme «Exterminador del dragón» ? Digámoslo de otro modo: tú has sido de una gran ayuda, y no quiero darle la espalda a mis amigos... a menos que me vea obligado a ello.

Tenía la mano cerca de la espada, pero en realidad la verdadera espada estaba en sus ojos y en su voz serena. Caiy tenía que considerar ahora su reputación, pero yo no tenía reputación alguna, de modo que juré y le llamé «Exterminador del dragón», y cuando nuestros caminos se separaron mi pellejo estaba intacto. El se marchó a disfrutar de su gloria en alguna parte a la que yo nunca quise ir.

Bueno, he visto un dragón y, en efecto, tengo mis dioses. Pero cuando hice aquel juramento ya les advertí para mis adentros que probablemente lo rompería, y por otra parte ellos están acostumbrados a mí. No esperan de mí que me comporte con honor o como un caballero. Así son las cosas.

Caiy nunca llegó a matar al dragón. Fue Niemeh, la pobre y gentil Niemeh quien lo mató. En mi profesión, uno aprende cosas capaces de curar, de hacer dormir, de lograr un sueño prolongado que no conoce despertar. 

En este bendito mundo hay algunas miserias que sólo pueden terminar con la muerte, y cuanto más rápida sea ésta tanto mejor. Ya les dije que yo era un hombre duro. No pude salvarle, y ya expliqué por qué. Pero estaban todos aquellos que podrían haber seguido su misma suerte. Otras Niemehs. E incluso otros como Caiy. 

En la pócima que le entregué, puse sustancia suficiente como para arrancar la vida de cincuenta hombres fuertes. No le dolió, y no mostró que estaba muerta antes de que tuviera que estarlo. El dragón la devoró, y con ella ingirió la droga que yo le había proporcionado. Y fue así como Caiy se ganó la fama de exterminador del dragón.

Y eso no fue ningún misterio.

Y, bien, no he considerado la idea de hacer de eso una profesión. Cualquier cosa terrible es suficiente que ocurra una sola vez. Los héroes y los caballeros necesitan sus desafíos imposibles. Yo no estoy destinado a aparecer en ninguna canción romántica de bardo alguno, eso ya lo deben saber. Nunca me encontrará nadie en las colinas del norte gritando:

—¡Draco! ¡Draco!