¿Podrán mis palabras describir a Lucía?
¿Hasta qué límites tendría que llegar la prosa que reflejase exactamente la
belleza, su lujuria, la pasión de sus besos, el hipnotismo de su mirada, esa
morbosa obsesión suya hacia todo lo relacionado con el MÁS ALLÁ, y el grado de esclavitud al que llegó a someterme?
¿Cómo lograría
comunicar el inmenso pavor que me asaltó aquella madrugada cuando, después de
una noche interminable esperándola, la vi entrar en nuestro dormitorio hediendo
a azufre, y exultando una malignidad infinita, «¡porque acaba de poseerme el
Demonio!»? ¿Y seríais capaces vosotros de entender que yo, en lugar de sentirme
destruido por los celos, me echase a reír y a abrazarla igual que si me la
hubieran devuelto más hermosa que nunca?
Sin embargo, antes, la protesta surgió de mi
garganta, rabiosa y con pretensiones de ir en aumento, y hasta mis puños se
alzaron dispuestos a golpearla. Entonces, sus ojos negros, esos carbúnculos de
un fulgor subyugador, me lanzaron unos mensajes de lascivia, invitándome al
desvarío. Y sin quererlo, lo mismo que el pajarillo que camina lentamente hasta
la serpiente que va a devorarlo, yo me aproximé a su cuerpo.
Nada más que me situé a su alcance, Lucía
saltó a por mi boca. ¡Sus labios se hicieron brasas en las que se fundió mi
voluntad, y toda mi sensualidad alcanzó niveles de al rojo vivo!
Luego, revoleándome en la cama, riendo y
gozando de un cuerpo que había sido madurado diabólicamente, torrente de
orgasmos, infinito en sutilezas eróticas y dueño de una piel capaz de otorgar
calidad de incombustible a la mía a pesar de estarla sometiendo a temperaturas
de fundición, respondí a todas y a cada una de sus caricias, olvidados los
celos. Y no nos detuvimos hasta el alba. En el momento que nuestras energías se
hallaban en el límite de la mortal extenuación.
En realidad el Demonio me devolvió una gata
en celo, una ninfómana insaciable para la que no existía ningún tipo de
obstáculos. Por eso, al llegar la noche, luego de haberme saciado sexualmente,
se escapaba en busca de otros lechos y de otras virilidades, entregada a una
fiebre incurable.
Tardé en descubrir estas correrías nocturnas,
debido a que su poderío carnal me dejaba materialmente exhausto. Necesité la
colaboración de una impresionante tormenta, cuyos truenos me despertaron a la
evidencia de que la otra mitad de mi cama se encontraba vacía.
Los celos me asaltaron, porque la casa estaba
totalmente a oscuras. Cierto, en un principio supuse que Lucía podía
encontrarse en el cuarto de baño o en la cocina. Pero los relámpagos no cesaban
de señalarme una sola realidad: había sido burlado por una mujer a la que ni
siquiera retenía en su hogar la furia de los elementos. Me vestí
precipitadamente, fui en busca del impermeable y la linterna, y me dispuse a
salir a la calle...
En aquel instante, escuché el ruido de la
puerta. ¡Sólo podía ser ella! Corrí en busca de una válvula de escape para toda
la cólera almacenada en los últimos minutos. Y me la encontré descalza, quitándose sigilosamente la
gabardina, y con el extremo inferior del paraguas cubierto con un plástico,
para que el agua que chorreaba no empapase la alfombra de la entrada.
–¿Dónde has estado, «gata salida»? ¿No irás a
negarme que con todas esas precauciones lo que pretendes es que el «cornudo» de
tu marido siga durmiendo? ¿Cuánto tiempo llevas pegándomela?
Lucía me miró con ojos burlones. Después,
colgó su gabardina en el perchero, sin importarle ya dejar el testimonio de la
lluvia en el suelo. Acto seguido, me hizo frente con una voz fría y preñada de
una burla demoníaca:
–De acuerdo, soy una «gata salida», o mejor
diré una «tía con un furor uterino», que le impide conformarse con pasar las
noches en una sola cama y con un solo hombre. Eres un médico de pueblo. ¿Verdad
que hablando así de claro tú y yo nos entendemos mucho mejor? Porque, al menos,
debías estar agradeciéndome la delicadeza de no querer despertarte.
Su desfachatez, la osadía de sus gestos y la
realidad de que yo me estaba excitando con la visión de su lengua, que se
asomaba lujuriosamente entre sus labios, y con su amplísimo escote, donde los
senos casi se exhibían en su totalidad, me impusieron una réplica volcánica.
Mis puños la golpearon con odio, y mi garganta la insultó y la maldijo con unos
gritos enloquecidos.
Pero ella no permaneció inmóvil, sino que
reaccionó como el felino en el que se había convertido. Sus uñas se clavaron en
mi carne, rasgándome la piel, y hasta me mordió en distintas partes del cuerpo.
También replicó a mis voces estentóreas con mofas y escarnios dedicados a mi
virilidad.
No sé cuánto tiempo permanecimos enzarzados
en aquel terrible combate de fieras, ni recuerdo quién de los dos fue el
primero que exclamó ese «¡basta ya!», acaso después de repetirlo por enésima
vez. Esto nos obligó finalmente a detener la violencia, cuando estábamos
deshechos, destrozados y mirándonos con los ojos tumefactos.
Con las ropas destrozadas, cubiertos de
heridas y jadeantes, nos arrastramos hasta la estancia donde yo practicaba las
curas a mis pacientes. Allí me entregué a aliviar sus heridas con un esmero
acaso excesivo, a la vez que lamentaba nuestra pelea.
Sin saber cómo me vi
inmerso en una enorme sensación de culpa, en cuya savia emocional fue
germinando una pasión arrasadora. Por este motivo, olvidando los destrozos que
había sufrido mi cuerpo, la llevé a la cama. Para dar rienda suelta a unos
instintos exacerbados que me transformaban en una bestia.
¡Y cómo se reía Lucía bajo mis besos y
caricias, y cuando llegó la eyaculación casi epiléptica!
A la mañana siguiente, no fui al hospital,
porque me cuidé de poner alambreras en todas las ventanas y me aseguré de que
mi esposa jamás pudiera escapar de casa. Abrí la consulta a las seis de la
tarde. Nada más que encontré a tres pacientes, cuando lo normal era que allí me
estuvieran esperando más de veinte.
Dos de ellos se marcharon, después de
hacerme oír sus torpes disculpas. Y el que aceptó hablar conmigo, se preocupó
más de mis arañazos, cardenales y tumefacciones de mi rostro y manos que de su
propia dolencia.
Desde aquel momento me vi marginado por la
mayoría de las gentes importantes del pueblo. Y es que siempre se encuentra una
disculpa maliciosa para el «cornudo» que ignora su condición; pero nadie
perdona a quien lo acepta, aunque se pegue con su mujer.
Porque lo tradicional
es, sin que importe la despenalización jurídica del adulterio, que el marido
mate a la mujer infiel o, al menos, se niegue a seguir viviendo con ella.
* * *
Con el paso del tiempo me quedé totalmente
sin pacientes, porque todos anularon sus igualas; y nadie volvió a llamar a mi
casa para que atendiese un parto, un proceso febril o cualquier otra enfermedad
imprevista.
El director del hospital me llamó al orden, y hasta me aconsejó que
tomara unas vacaciones, «si es posible llévese a su esposa con usted, pues
únicamente de esta forma conseguirán los dos que se apague la indignación de
las personas honorables de nuestra comunidad».
Así se lo propuse a Lucía; pero me tropecé con
su negativa más rotunda. De nuevo nos enzarzamos en una discusión a grito
pelado, la cual degeneró en unos insultos y en un conato de pelea. Luego,
ignoro en qué momento, ella se echó en mis brazos e hicimos el amor con el
mismo vigor sexual que las otras veces. Terminé en
la cama, exhausto y pensando únicamente en mi descanso.
Horas más tarde, volví a descubrir que la
otra mitad de la cama estaba vacía. Me dominó una furia de celos, aunque me
dije que ella no podía haber escapado de casa. Acto seguido, la busqué por
todas las habitaciones, mirando en el interior de los armarios y los baúles...
¡No estaba en ninguna parte! Pero ¿cómo era posible si todas las ventanas y
puertas seguían cerradas herméticamente?
No podría explicar cómo me vi recorriendo el
pueblo a pie, rastreando las sombras con el haz luminoso de mi linterna,
examinando cada portal, y deteniéndome en el momento que escuchaba unos pasos.
Siempre confiando que significasen el anuncio de que ella retornaba a mi lado.
Mientras, la inutilidad de este empeño
parecía ir cerrando mi mente racional. Porque terminé gritando su nombre,
suplicándole que no me abandonase, hasta que las pocas voces de las gentes a
las que había despertado, sus burlas, sus insultos y algunos cubos de agua, así
como las maderas, zapatos y otros proyectiles de la misma índole me permitieron
recuperar un poco de razón.
Estaba amaneciendo cuando regresé a casa. La
angustia de haber perdido a mi mujer ya me lastraba las piernas y los brazos.
Lágrimas de desesperación herían mis ojos cuando metí la llave en la cerradura,
abrí la puerta y me quité el abrigo y el sombrero.
Súbitamente, escuché unas risas y unos
grititos lujuriosos. ¡Lucía estaba allí, en nuestro dormitorio!
Sin saber realmente por qué lo hacía, tal vez
impulsándome algún recóndito presentimiento, cogí uno de mis bastones de paseo
y caminé en busca de las necesarias explicaciones. Llegué a la habitación y...
Me vi frente a un enorme gato negro, de ojos
más rojos que el fuego, tan tenso como una ballesta a punto de ser disparada y
que bufaba escalofriantemente. Pero esta amenaza no era lo peor, ¡sino el hecho
de que ella, completamente espatarrada, con lechosos testimonios en su pubis,
significaba la más cruel evidencia de que acababa de ultrajar el lecho nupcial
con otro de sus repugnantes adulterios!
Sentí tanta humillación que no me arredraron
los ataques del gato, ni el dolor de las profundas heridas que me causaban sus
garras. Conseguí propinarle dos certeros bastonazos. Y el inmundo animal escapó
de allí, maullando lastimeramente y arrastrando una de las patas traseras.
Pero, antes de que pudiese rematarlo, consiguió salir a la calle, por la puerta
que yo había dejado torpemente sin cerrar, donde las tinieblas fueron sus
aliadas.
Después de convencerme de la imposibilidad de
darle caza, liberé la cólera en forma de maldiciones y blasfemias y, luego,
regresé al dormitorio. Lucía continuaba en la misma insultante postura; además,
pude comprobar que su boca se entreabría con una sonrisa voluptuosa.
No la golpeé. Preferí atarla a la cama, sin
vestirla pero tapándola con la colcha y la sábana. Me aseguré de que no se
podía soltar por sus propios medios, y la dejé en una total oscuridad: eché las
persianas y las cortinas, cerré la puerta de la habitación, y hasta cubrí las
rendijas con vendas y esparadrapos. Luego, marché a curarme las heridas. Seguía
desconociendo cómo ella había podido salir y entrar en la casa sin forzar las
ventanas y las puertas.
Mientras desinfectaba mi carne abierta y
sangrante, caí en la cuenta de que Lucía no se había quejado ni una sola vez.
Su pasividad hacia mi conducta había sido la misma que se puede ofrecer a una
mosca o a cualquier otro animalillo al que se ha terminado por tolerar. Y esta
certeza me hundió aún más en la vileza de mi situación.
Ya era la hora de entrada en el hospital. Me
olvidé del reloj y de mis obligaciones. Me notaba invadido por un deseo
escrupuloso de limpieza, por lo que me entregué a limpiar todos los testimonios
de la corta pelea que acababa de sostener con la bestia.
Sin embargo, como no
dejaba de encontrar infinidad de minúsculas manchas en los sitios más
inverosímiles, no dudé en fregar los suelos, las paredes y la chimenea del
comedor; luego, utilicé todas mis provisiones de alcohol, para asegurarme de
que la casa se hallaba libre de hasta el más minúsculo vestigio del maldito
gato.
En el momento que me disponía a preparar la
comida, escuché el timbre del teléfono. Me empeñé en no hacerle caso; pero,
ante su insistencia, debí atender la llamada, aunque sólo fuera para eliminar tan molesto sonido.
Era la
directora de personal del hospital, amenazándome con tomar represalias si
continuaba incumpliendo mi horario de trabajo. Intenté disculparme utilizando
unos razonamientos demasiado torpes, con lo que di pie a que la agria solterona
me hiciese escuchar un discurso sobre la obligación de avisar de mi
inasistencia, ya que así podía buscarse un sustituto.
De pronto, las palabras que llegaban a través
del auricular perdieron todo su sentido, transformándose en un ronroneo
desagradable. Colgué el teléfono sin más miramientos, y me olvidé del mismo
aunque estuvo sonando durante diez minutos.
Después, cuando me encontraba en la cocina,
fue otro sonido muy distinto y más insufrible el que vino a hacer patente mi
esclavitud a una pasión sobrehumana: Lucía estaba cantando unas letrillas
lujuriosas, repletas de insinuaciones a mi virilidad, «tan inferior a la de ese
gato al que te has enfrentado con un bastón, porque con tus armas naturales
hubieras sido vencido igual que lo fuiste en la cama».
Como ella no se callaba, a pesar de llevar
varias horas desafiándome, me vi forzado a entrar en el dormitorio. Blandía un
cinturón y estaba dispuesto a azotarla. Sin embargo, la encontré totalmente
desnuda e irresistiblemente insinuante. De alguna forma se había desprendido de
la colcha y de la sábana.
–¿Te atreves a demostrarme que eres mejor
macho que ese precioso animalito? –me preguntó, mirándome con los estiletes de
sensualidad que encerraban sus pupilas.
Sé que fueron los celos el motor de mis
manos. La azoté y la abofeteé repetidamente, y me eché sobre ella queriendo
triturarla; no obstante, terminé recogiendo la miel de sus labios, la
electricidad lujuriosa de su cuerpo y el panal de la gloria, o del infierno,
que se me reservaba en su pubis. Y cuando mi excitación alcanzó techos
demenciales, la desaté queriendo sentirme acariciado por cada partícula de su
ser. ¡De verdad, jamás me sentí tan feliz!
Al final, abrazados y con los rostros unidos,
se diría que con nuestras respiraciones agotadas por el esfuerzo sexual
firmamos una especie de tregua. Porque vivimos quince días inmersos en un
verdadero paraíso de sensualidad, gracias a que, sobre todo, ella no volvió a
escaparse por las noches.
Al mismo tiempo, reanudé mi actividad
profesional, brindando todas las disculpas que fueron necesarias, e intenté
recuperar a mis antiguos pacientes. Sólo conseguí convencer a una décima parte
de ellos, lo que constituyó un estímulo para seguir ganando todo el terreno
perdido.
Sin embargo, en el momento que mi confianza
era total, recibí la bofetada emotiva de la nueva desaparición de Lucía.
Durante una semana la estuve buscando por todas partes, sintiéndome cada vez
más desesperado e indefenso. Y en el momento que me echaba en la cama, después
de toda una jornada siguiendo el rastro que alguien me había sugerido o que yo
mismo era capaz de deducir, intentaba imaginar que ella se hallaba a mi lado,
que volvíamos a encontrarnos durmiendo juntos.
Pero el vacío que me rodeaba era
tan desolador, y la humanidad de mi esposa tan imposible de recrear por mi
cerebro humano, que las lágrimas arrasaban mis ojos, me clavaba las uñas en las
palmas de tanto apretar los puños, y llegaba a golpearme la cabeza contra la
pared.
¡La necesitaba más que a mi propia vida!
Durante el octavo día de búsqueda
infructuosa, supe que Lucía se encontraba en la cantina de la estación. Corrí a
su encuentro animado por el mismo impulso que si ella hubiera regresado de un
largo viaje. Pero, al rebasar la puerta de cristal, la vi sentada en una mesa
con tres hombres, a uno de los cuales estaba besando sin ningún pudor.
Nuevamente me cegaron los celos. Cogí una
silla y arremetí como una catapulta contra los acompañantes de mi esposa, sin
importarme su corpulencia y que fuesen demasiados enemigos. Creo que hubiese
podido obligarles a huir, después de unos veinte minutos de pelea, de no ser
porque aparecieron varios policías.
Me mantuvieron encarcelado durante
veinticuatro horas, acaso para que me serenase lo suficiente. Luego, me dejaron
en libertad, no sin antes prevenirme de que olvidase tomar cualquier tipo de
represalias violentas contra mi esposa. Yo me comprometí a seguir una conducta
civilizada.
Al volver a casa, encontré que Lucía me estaba
esperando con la mejor de sus sonrisas, con un banquete servido en la mesa del
comedor, cuyo centro lo ocupaba un cestito de flores y dos candelabros de plata con unas velas sin
estrenar, y con un cuerpo, ¡el suyo!, más sensual y provocativo que nunca.
Ante
aquello resultaban innecesarias las preguntas, porque sólo había una
interpretación: ella imponía el cambio de la sexualidad más refinada por el
olvido de su larga desaparición.
¿Aceptaría yo el trato?
Jugué a su manera, dejándome arrastrar por
algo que ya no podía ser igual que antes. Porque el recuerdo de los ocho días
buscándola infructuosamente, a lo que debía añadirse mi destrucción total como
hombre y como médico, suponía una muralla imposible de rebasar.
Actué siguiendo
la inercia de mis instintos, aletargados antes de verla y en ebullición durante
todos aquellos momentos, siendo en manos de mi esposa un simple pelele
incandescente. Comí, bebí, besé y amé. Pero sin llegar a la saturación en ninguna
de estas acciones, que resultaron meramente fisiológicas al faltarles el
chispazo de una imaginación totalmente rendida. Ni siquiera obtuve una sola
eyaculación.
Y en la cama, hostigado por esos celos que no
eran míos sino de la represión social, de los conceptos tatuados por otros en
mi conciencia, fingí que me levantaba para ir a por la última copa de champaña.
Cuando lo que pretendía, en realidad, era comportarme de la forma «más
civilizada» con aquella «gata salida». En lugar de dirigirme a la pequeña
bodega, preferí entrar en la clínica. Con una frialdad inusitada cogí algunas
vendas, un carrete del esparadrapo más ancho y un potente somnífero.
Luego mezclé éste con la bebida burbujeante,
y regresé a la habitación. Donde me esperaba la intranquilidad de Lucía, aunque
no su desconfianza. Posé mis labios en los suyos, queriendo detener el chorro
de sus palabras; seguidamente, le dejé la copa en las manos, y me tomé la que
había traído para mí.
En el momento que Lucía apuró la suya, riendo
la invité a que rompiésemos las copas igual que en las películas románticas.
Con el estrépito de los cristales, se me disparó un apetito inusitado de su
carne, acaso por una reacción de triunfo. Mientras la acariciaba y la besaba,
empecé a sentirla cada vez más floja, su voz se fue haciendo pastosa y terminó
por quedarse totalmente dormida.
Entonces, procedí a vestirla, a atarla y a
amordazarla con evidente crueldad. ¡Era totalmente mía... Ya nunca más volvería
a escaparse de casa!
De nuevo la dejé rodeada de la más absoluta
oscuridad, y abandoné la habitación. El resto de la noche intenté dormir en la
cama del cuarto de los huéspedes; pero me fue imposible descansar, debido a que
mi cerebro únicamente proyectaba pesadillas, en las que Lucía se reía de mi
virilidad, me rechazaba cuando yo pretendía poseerla, a pesar de ponerme de
rodillas suplicando rastreramente, y terminaba por escaparse de casa
atravesando las paredes como un espectro, ¡para llevarse el lujurioso desnudo
de su cuerpo a «otros lechos y a otros hombres»!
Me desperté sudando, con la boca reseca y
necesitando asegurarme de que Lucía seguía encontrándose en el dormitorio. Por
eso me precipité a abrir la puerta, después de quitar los esparadrapos que
cubrían todas las rendijas, encendí la luz, y me encontré con la crueldad de
sus ojos: ¡todo un desafío incomprensible!
–¿Crees que terminarás derrotándome, como las
otras veces, porque soy el más débil de los dos? –pregunté con un tono de
ironía, que hasta mí mismo llegó a sorprenderme–. Existe un método infalible
para «domar» a una «gata salida»... ¿Me mirarás de la misma forma cuando lleves
tres o cuatro días sin comer ni beber, y siempre en esta misma postura?
¿Resistirá tu bello cuerpo la necesidad de defecar aquí, en la cama? Y una vez
que hayas cedido al insoportable deseo fisiológico, ¿cómo te notarás bajo el
contacto nauseabundo de los excrementos?
Las palabras eran liberadas por mis labios
con el placer de quien se desliza por un tobogán: cada vez, más deprisa, y con
las ideas creciendo en unos niveles de perversión y venganza impropios de una
mente que se tenga por normal.
Cumplí con una de las amenazas, recreándome
morbosamente en mi doble función de carcelero y verdugo. Y con el propósito de
que nada ni nadie me molestase, eché todas las persianas y me moví por la casa
con el simple resplandor de una vela. No atendí al timbre de la puerta e hice
oídos sordos en las decenas de veces que sonó el teléfono. Todos debían creer
que habíamos salido de viaje.
Me preparé el desayuno, y sólo tomé un sorbo
de leche. También hice la comida y la cena, aunque nada más que probé los
bocadillos y picoteé en los platos fríos. Porque me había cuidado de no
encender el gas, así como evité todo alimento del que se desprendiera un olor
fuerte. Mientras, en cada uno de los lentos segundos que iban transcurriendo,
notaba que Lucía estaba más dentro de mí, por eso se iba adueñando de cada uno
de mis pensamientos.
Sin embargo, todo esto terminé por
considerarlo el simple testimonio de lo mucho que debía combatir. Al llegar la
noche, di un nuevo vistazo al dormitorio. ¡Con que odio me contemplaron los
ojos de mi prisionera! Pero mantenía las piernas estiradas y los muslos muy
juntos. Alcé su falda, levanté un poco la braga y palpé su monte de venus.
–Estás a punto de reventar. De buena gana
intentarías enchufarme con tu meada si yo estuviera más a tiro. Lástima que las
mujeres no estéis provistas de un pene flexible y erecto, ¿verdad, «gatita
salida»?
Bajo el esparadrapo que cubría su boca noté
el impulso rabioso de escupirme. Sus pezones se hallaban en la máxima rigidez,
su bajo vientre palpitaba y su piel aparecía tan erizada como las diminutas
limaduras de acero que han sido atraídas por el imán.
Por eso me alejé de allí, rápidamente,
negándome a volver a ser hechizado por ese cúmulo de elementos lujuriosos.
Después de asegurarme de que la puerta quedaba cerrada herméticamente, me
dirigí al cuarto de los huéspedes.
Preso de una gran confusión me dejé caer en
la cama, totalmente vestido. Cerré los ojos y me dispuse a entregarme al sueño.
Pero, a pesar de haber cerrado los párpados, en la pantalla de mi mente se
proyectó el pubis de Lucía y todas las zonas de su cuerpo que acababan de
amenazar mis intenciones de «domarla».
Luego de dar infinidad de vueltas y de fumar
toda una cajetilla de cigarrillos, la mayoría de los cuales los aplasté contra
el suelo a medio consumir, comprendí que no podía dormir sin tenerla a mi lado.
Regresé a la habitación; y nada más abrir la puerta, me abofeteó un hedor
insoportable. Encendí la luz. ¡Sus ojos continuaban mirándome con el desafío
del más fuerte!
Al acercarme a la cama, advertí que ella se
había meado encima... ¿Ese hedor tan repulsivo era de su orina?
En seguida vencí la sensación de repugnancia,
porque me resultaba más imperioso el deseo de acostarme a su lado. Así lo hice,
sin desnudarme. Una singular lasitud me invadió, y estuve a punto de quedarme
dormido. No obstante, el cuerpo de Lucía se encontraba demasiado pegado al mío:
lo sentía vibrar, caliente, voluptuoso y convertido en una llamada a la
lujuria...
Por eso estuve a punto de ceder, enloquecido
bajo el hechizo carnal. De repente, se encendió en mi cerebro una llamada de
emergencia... ¡No, no podía rendirme cuando estaba en juego algo tan importante
como domarla, para que fuese únicamente mía!
Di un brinco en busca del suelo, salí
corriendo hasta mi clínica y me tomé unas anfetaminas, con el fin de hallar un
estímulo muy distinto al sexual. Esperé a que me hiciesen efecto; luego, me dio
por reír y burlarme de ella, actuando como un perfecto imbécil; pero sin
rendirme ante la fascinación pecaminosa de su belleza. Hasta conseguí dormir
unas horas.
¡Qué victoria más absurda, y cómo me llevo a
creer que marchaba por el camino de mi superioridad!
Sirviéndome del recurso de la droga, mantuve
la actitud de carcelero-verdugo durante más de cincuenta horas. Sin embargo, en
el momento que me estaba preparando la cena –llevaba todo el último día
comiendo con buen apetito–, cortando embutido con el gran cuchillo de la
cocina, me pareció haber escuchado un maullido lastimero. Sorprendido, llegué
hasta el comedor, encendí la luz, ¡y, entonces, vi al enorme gato negro que me
atacó semanas atrás!
Lo más extraño es que, en lugar de hacerme
frente, corría por el pasillo que conducía a los dormitorios. Le seguí
blandiendo el cuchillo; pero sin saber realmente dónde se había escondido. Más
de media hora le estuve buscando. Súbitamente, volví a escuchar sus maullidos
diabólicos... ¡Maldita bestia! ¿Cómo era posible que se hubiera metido en
nuestra habitación si la puerta continuaba encontrándose cerrada
herméticamente?
Abandoné las preguntas, que acaso me hubieran
servido para no cometer el error más grande de mi vida, y preferí entregar mis
fuerzas y mi inteligencia a la satisfacción del impulso homicida que me
dominaba. Quité los esparadrapos, accioné la manija, y...
¡La bestia se arrojó a por mi rostro, bufando
y con las garras como saetas disparadas por la más poderosa ballesta!
Hizo presa en mi pómulo derecho y en mi oreja
izquierda, que casi me arrancó. ¡Pero yo conseguí mover en abanico el brazo
armado, y clavé el cuchillo en la garganta del feroz, enemigo!
¿Por qué lo hice...? ¡Dios, Dios! ¿Por qué lo
hice...?
El gato lanzó un alarido humano... ¡Y al
desplomarse en el suelo, acusó una mutación, lenta y extraordinaria, hasta
convertirse en el cuerpo desnudo de Lucía!
Creí que estaba viendo algo irreal, la
secuela de las anfetaminas. Un destello de raciocinio me permitió recordar que
llevaba más de diez, horas sin tomar ninguna. Encendí la luz del dormitorio...
¡La cama estaba vacía, las ataduras desgarradas y las ropas de mi esposa se
mezclaban con unos excrementos humanos, que hedían como los de un gato! Con que
facilidad identifiqué, en aquel momento, esta pestilencia.
Entonces, ¿había dado muerte a Lucía? ¡No,
no... Aún palpitaba!
Me incorporé, después de escuchar los latidos
de su corazón, la cogí en mis brazos y la llevé a la clínica.
Repentinamente, el enorme gato negro pasó
corriendo por entre mis piernas, entró en el comedor, dio un salto para
alcanzar las paredes internas de la chimenea, y ya no lo volví a ver.
En una fracción de segundo pensé que la
chimenea también había sido la vía de escape de Lucía, cuando podía adquirir
una forma gatuna al haber sido poseída por el Demonio.
¡En efecto, eso lo explicaba todo! ¡Y también
me permitió tener la certeza de que, si conseguía curarla, ella quedaría
exorcizada!
Con el mayor empeño me entregué a salvarle la
vida. Le practiqué una eficaz, traqueotomía, le apliqué el oxígeno en el
momento que corté la hemorragia y la desinfecté. El trabajo debió absorberme
toda la atención, porque perdí la noción del tiempo. Cuando di por finalizada
mi labor quirúrgica, comprobé... ¡Cielos... Lucía estaba muerta!
¡No, no podía reanimarla! ¡Debía aplicarle
fuertes masajes en el corazón, inyectarle todos los estimulantes cardíacos que
encontrase, hacerle transfusiones de sangre y demostrarle que contaba con la
ayuda de un hombre que no temía al Demonio! ¡Sólo así volvería a la vida, lo
mismo que había dejado de ser una gata por una voluntad satánica!
Horas y horas me entregué a la tarea de
resucitarla, presionando mis manos acompasadamente sobre su cavidad torácica;
luego, le practiqué una transfusión de mi propia sangre, sin que me preocupase
el rudimentario utillaje que debí utilizar. Y en vista de que su corazón no
recobraba el ritmo vital, continué insistiendo, insistiendo...
¿En qué momento me sacaron de casa? ¿Quién lo
hizo? ¿Es que perdí el sentido...? ¿Y por qué me tenían encerrado en aquella
habitación acolchada y me habían puesto una camisa de fuerza? ¿Cuál había sido
mi conducta para que se me considerara un loco?
Desconocía el tiempo que llevaba encerrado,
aunque debía ser mucho porque estaban cicatrizadas las terribles heridas que me
hizo el gato. Sentí unos deseos irresistibles de gritar que yo no tenía que
encontrarme allí. Pero entendí que ese no era el mejor camino. Acurrucado en un
rincón, comencé a esforzar mi mente. Todo lo sucedido fue llegando a mi cabeza
igual que las secuencias de una película.
Describir cada uno de los hechos seguro que
resultaría excesivamente prolijo. Me limitaré a señalar que se me consideraba
loco por el obsesivo empeño de repetir esta demanda: «¡dejadme dormir con mi
mujer!».
Sirviéndome de mis conocimientos médicos, no
me resultó difícil imponerme un disfraz. Por medio de la pasividad, del ahorro
de palabras, de escuchar a los psiquiatras y de comer con apetito, fui
consiguiendo salir de la celda, pasear por el jardín del manicomio, empezar a
ayudar a los celadores y, al fin, que se me diera el alta...
¡Anoche he vuelto a dormir con ella!
Salté las tapias del cementerio, llevando una
pala, una linterna y un mapa en el que se indicaba el emplazamiento de la
tumba. ¡Con qué frenesí levanté la lápida, extraje la tierra, saqué el ataúd
–es el primero de los cuatro que ocupan el mismo hueco–, desclavé su tapa y me
encontré con Lucía!
¿Puede importarme algo que su belleza se haya
perdido bajo los efectos de la putrefacción y de la labor devoradora de los
gusanos, si sé que estando a su lado, durmiendo con ella diez noches, cien, mil
o las que sean necesarias, conseguiré vencer el maleficio?
Sólo tengo que repetir el mismo proceso cada
atardecer, sin que nada me desanime, ¡porque ahora yo sé dónde se encuentra
Lucía todas las noches; nada más he de ir a su encuentro, porque ya no es una
«gata salida» sino una mujer, ¡mi esposa!, que me necesita!