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Los parajes de Aache - Roger Zelazny

En su viaje por los países del Norte, Dilvish el Maldito recorrió un día un tortuoso camino en un valle cubierto de pinos bajos. Su gran montura negra parecía incansable, pero llegó un momento en que Dilvish se detuvo para sacar provisiones y preparar una comida. Sus verdes botas no produjeron sonido alguno sobre las agujas de los pinos cuando extendió su capa y puso encima la comida.

—Alguien se acerca.

—Gracias.

Dilvish preparó su espada y empezó a comer de pie. Al poco, un barbudo hombretón que montaba un garañón roano dobló un recodo y aflojó el paso.

—¡Eh! ¡Viajero! —llamó el desconocido—. ¿Puedo acompañarte?

—Puedes.

El hombretón se detuvo y desmontó. Al acercarse, sonrió.

—Rogis es mi nombre —dijo—. ¿Y el tuyo?

—Dilvish.

—¿Has viajado mucho?

—Sí, desde el sudeste.

—¿También haces una peregrinación al santuario?

—¿Qué santuario?

—El de la diosa Aache, en lo alto de esa colina. —Señaló camino arriba.

—No, ni siquiera conocía su existencia. ¿Cuál es su virtud?

—La diosa puede absolver de asesinato a cualquier hombre.

—¿Sí? ¿Y haces la peregrinación por este motivo?

—Sí. La he hecho a menudo.

—¿Vienes de muy lejos?

—No, vivo en la carretera. Eso hace la vida mucho más fácil.

—Creo que empiezo a entender.

—Perfecto. Si eres tan amable de pasarme tu bolsa, evitarás a la diosa el trabajo de una nueva absolución.

—Ven y cógela —dijo Dilvish, y sonrió.

Rogis entrecerró los ojos.

—No muchos hombres me han dicho eso.

—Y quizá yo sea el último.

—Hum. Soy más corpulento que tú.

—Lo he notado.

—Estás haciendo difíciles las cosas. ¿Querrías mostrarme si llevas suficientes monedas para que valga la pena nuestro esfuerzo?

—Creo que no.

—¿Y qué te parecería esto? Partimos tu dinero, y ninguno de los dos se arriesga a que corra la sangre.

—No.

Rogis suspiró.

—Ahora la situación es violenta. Veamos, ¿eres arquero? No. Ningún arco. Ningún arma arrojadiza, tampoco. Yo diría que puedo irme sin que me alcances.

—¿Para tenderme una emboscada más tarde? Temo no poder consentirlo. Esto es un asunto de futura defensa propia.

—Qué pena —dijo Rogis—. Pero correré el riesgo de todas formas.

Se volvió hacia su montura y dio media vuelta con la espada en la mano. Pero el arma de Dilvish ya estaba desenvainada, y el Maldito paró el primer golpe y contraatacó. Rogis lanzó una maldición, evitó otro golpe y atacó. Así siguió el combate, seis pases más, y luego la hoja de Dilvish perforó el abdomen de su rival.

Una mirada de sorpresa cruzó el semblante de Rogis, que soltó su espada para aferrar la que le hería. Dilvish la arrancó y observó caer al salteador.

—Un día desgraciado para ambos —murmuró Rogis.

—Más para ti, diría yo.

—No escaparás de esto tan fácilmente, ¿sabes?... Soy favorito de la diosa...

—Pues ella tiene un gusto peculiar para elegir favoritos.

—He sido su siervo. Ya verás... —y sus ojos se nublaron y se desplomó con un gemido.

—Black, ¿has oído hablar de esta diosa?

—No —replicó la estatua metálica de su caballo—, pero hay muchas cosas en este territorio de las que no sé nada.

—En ese caso, vámonos de aquí.

—¿Y Rogis?

—Lo dejaremos en el cruce como advertencia de que el mundo es un lugar más seguro. Desataré su caballo y que él mismo encuentre el camino de regreso.

Esa noche, muchos kilómetros más al norte, Dilvish vio perturbado su sueño. Soñó que la sombra de Rogis llegaba al campamento y se arrodillaba junto a él, sonriente, para ponerle las manos en el cuello. Dilvish despertó asfixiándose, y una espectral luz pareció apagarse junto a él.

—¡Black! ¡Black! ¿Has visto algo?

Silencio en principio.

—Estaba muy lejos —fue finalmente la réplica de la inmóvil estatua—, pero veo señales rojas en tu cuello. ¿Qué ha sucedido?

—Soñé que Rogis estaba aquí, que intentaba estrangularme. —Dilvish tosió y escupió.

—Ha sido más que un sueño —decidió.

—Abandonaremos pronto este lugar.

—Cuanto antes, mejor.

Al cabo de un rato, Dilvish volvió a dormirse. En determinado momento, Rogis estaba de nuevo con él. Esta vez el ataque fue muy repentino e incluso más violento. Dilvish despertó dando puñetazos, pero sus golpes iban dirigidos al aire. No le quedó ya duda alguna respecto a la luz, con la espectral silueta de Rogis.

—Black, despierta —dijo—. Debemos desandar el camino, visitar aquel santuario, conjurar a este fantasma. Un hombre tiene que dormir.

—Estoy dispuesto. Estaremos allí un poco después de que rompa el día.

Dilvish levantó el campamento y montó.

El santuario era una baja e irregular construcción de madera apoyada en la roca de la colina, llena de rojizas vetas, cerca de la cumbre. El sol matutino caía sobre su fachada, donde una doble puerta de madera, toscamente tallada, permanecía cerrada. Dilvish desmontó y trató de abrirla. Al comprobar que estaba atrancada, la golpeó con fuerza.

Al cabo de larga demora, la parte izquierda de la puerta se abrió y un hombrecillo de ojos claros y muy juntos asomó la cabeza. Llevaba una tosca vestidura marrón.

—¿Quién eres tú para molestarnos a esta hora? —inquirió el hombre.

—Un caballero incordiado por alguien que afirmó tener relaciones especiales con tu diosa. Deseo librarme de cualquier maldición o encantamiento que pese sobre mí.

—Ah, eres tú. Llegas muy pronto. Entra.

El desconocido abrió la puerta de par en par y Dilvish entró. La habitación estaba sencillamente amueblada con algunos bancos y un pequeño altar. Había otra puerta al fondo. Un vacío camastro, desarreglado, se hallaba cerca de una pared, junto a una estrecha ventana.

—Me llamo Task. Toma asiento. —El hombre señaló los bancos.

—Seguiré de pie.

El hombrecillo se encogió de hombros.

—Muy bien. —Se acercó al camastro y plegó las mantas—. Quieres librarte de la maldición, para evitar que el fantasma de Rogis te estrangule.

—¡Lo sabes!

—Naturalmente. A la diosa no le gusta que asesinen a sus siervos.

Dilvish vio que Task, con diestros movimientos, ocultaba una botella de un raro vino meridional en el interior de la plegada manta. También notó que en cuanto el hombrecillo escondía las manos en la vestidura, otro costoso anillo se esfumaba de sus dedos.

—Tampoco las víctimas de los siervos gozan mucho cuando las asesinan.

—Pse. ¿Has venido aquí para blasfemar o para que te absuelvan?

—He venido aquí para librarme de esta condenada maldición.

—Para eso, debes hacer una ofrenda.

—¿En qué debe consistir?

—En primer lugar, todo tu dinero, piedras preciosas o metales de valor que lleves contigo.

—¡La diosa es tan salteadora como sus siervos!

Task sonrió.

—Todas las religiones tienen su lado secular. Los devotos de la diosa no son muchos en esta región escasamente poblada, y las donaciones de los fieles no siempre bastan para cubrir los gastos de mantenimiento.

—Has dicho «en primer lugar». En primer lugar quieres todos mis objetos de valor. ¿Y en segundo?

—Bien, es simplemente justo que sustituyas tú mismo la vida que has destruido. Un año de servicio por tu parte sería suficiente.

—¿Haciendo qué?

—Bien, recaudar tributos de los viajeros, igual que Rogis.

—Me niego —dijo Dilvish—. Pide otra cosa.

—Ninguna otra cosa serviría. Esa es tu penitencia.

Dilvish dio media vuelta. Paseó de un lado a otro. Se detuvo.

—¿Qué hay detrás de esa puerta? —preguntó de repente, señalando la parte trasera de la habitación.

—Es un recinto sagrado, reservado para los ele...

Dilvish se acercó a la puerta.

—¡No puedes entrar ahí!

Abrió de golpe la puerta.

—...¡Y menos con una espada!

Dilvish entró. Había lamparillas de aceite encendidas. Vio paja en el suelo, notó humedad y un olor peculiar que no reconoció; por lo demás, la habitación estaba vacía. Pero una enorme y pesada puerta estaba ligeramente entreabierta en la parte opuesta, y Dilvish creyó oír ruido de arañazos, algo que retrocedía.

Task estaba junto a él cuando avanzó hacia la puerta. Le cogió del brazo pero no pudo detenerle. Dilvish abrió la puerta y miró.

Nada. Oscuridad y una sensación de lejanía. Roca a un lado. Una cueva.

—Es un espacio para almacenamiento.

Dilvish cogió una lamparilla y entró. Al avanzar, el olor se intensificó, igual que la humedad. Task le siguió.

—Este lugar está peligrosamente oscuro. Hay grietas profundas, abismos. Podrías resbalar...

—¡Silencio! ¡O te echaré por el primer agujero que vea!

Task retrocedió varios pasos. Dilvish avanzó con precaución, sosteniendo en alto la lamparilla. Tras pasar junto a un saliente rocoso, contempló una miríada de chispas. Un estanque, agitado hacía poco.

—Aquí ha venido —dijo Dilvish—, sea lo que sea. —Se acercó al estanque—. Lo esperaré. Sí. Tengo la impresión de que deberá salir, tarde o temprano. ¿Qué es?

—La diosa... —dijo Task en voz baja—. Deberías irte. Acabo de recibir un mensaje. Tu sentencia de un año ha sido anulada. Deja solamente el dinero.

Dilvish se echó a reír.

—¿Acaso las diosas regatean? —preguntó.

«Algunas veces» —sonó una voz en su mente—. «Dejémoslo así».

Un escalofrío recorrió sus extremidades.

—¿Por qué te escondes? —dijo Dilvish.

«No muchos mortales pueden contemplar a los de mi raza».

—No me gusta el chantaje, ni humano ni sobrenatural. ¿Y si tirara esta roca a tu estanque?

De pronto, el agua se agitó. El rostro de una mujer salió y contempló al guerrero. Sus ojos eran verdes y muy grandes, su piel sumamente pálida. Espesos bucles de cabello negro cubrían su cabeza igual que un casco. Su barbilla era puntiaguda, y había un rasgo antinatural en la forma de su lengua cuando la diosa habló.

—Muy bien, ya me ves —afirmó—. Tengo intención de enseñarte más.

Aache siguió saliendo del agua, cuello, hombros, pechos, totalmente blanca, y de repente cualquier apariencia humana se desvaneció, porque bajo su cintura había tantas extremidades, largas y esbeltas, que Dilvish no pudo contarlas.

Dilvish lanzó un grito y la espada apareció en su mano. Estuvo a punto de tirar la lamparilla.

—No pretendo hacerte daño alguno —sonó la voz ligeramente insegura—. Recuerda que tú mismo pediste esta audiencia.

—Aache... ¿qué eres? —preguntó él.

—Mi raza es vieja. No hay más que decir. Me has causado problemas.

—Tu siervo trató de matarme.

—Lo sé. Es obvio que se equivocó de víctima, qué pena. Voy a tener hambre.

La espada se revolvió en la mano de Dilvish.

—¿Qué pretendes decir?

—Como miel.

—¿Miel?

—Un líquido dulce producido por pequeños insectos voladores en el lejano sur.

—Sé lo que es, pero no lo entiendo.

—Es mi principal exigencia dietética. Necesito miel. No hay flores, no hay abejas tan al norte. Debo mandar a buscarla. Es costoso traerla desde tan lejos.

—¿Y por eso robas a los viajeros?

—Debo tener dinero, para comprarla. Mis siervos me la traen.

—¿Por qué te sirven de esta forma?

—Podría decir por devoción, pero seamos sinceros. En algunos casos, puedo controlar desde lejos a los hombres.

—¿De la misma forma que me enviaste a aquel fantasma?

—No puedo controlarte directamente, como hacía con Rogis. Pero puedo causarte malos sueños.

Dilvish agitó la cabeza.

—Tengo la sensación de que cuanto más me aleje de aquí, menos me afectará este poder.

—No te equivocas. Así pues, vete. Jamás serías un buen siervo para mí. Quédate el dinero. Déjame.

—Espera. ¿Tienes muchos siervos?

—Eso no es de tu incumbencia.

—No, no lo es. Pero tengo una idea. Hay riqueza mineral en este valle, ¿lo sabías?

—No lo sé. No comprendo a qué te refieres.

—Hace años participé en trabajos de minería. Cuando cabalgaba ayer por el valle, vi indicios de depósitos minerales. Creo que son muy ricos en metal oscuro y que los metalistas del sur lo pagarán bien. Si tienes bastantes siervos para cavar y purificar el metal, estarías mucho mejor que robando a los transeúntes.

—¿Lo crees realmente?

—Sería muy fácil averiguarlo, si me prestas algunos hombres.

—¿Por qué haces esto por mí?

—Tal vez para que este rincón del mundo sea un poco más seguro.

—Extraña razón. Vuelve al santuario. Estoy llamando a los siervos y poniéndolos a tus órdenes. Comprueba si es posible hacer esto, luego vuelve a verme... solo.

—Lo haré... Aache.

De repente, la diosa desapareció y el estanque chispeó. Dilvish se volvió y encontró la fija mirada de Task. Se marcharon juntos sin pronunciar palabra.

Durante los días que siguieron, extrajeron mineral, construyeron una fundición y el trabajo empezó. Dilvish sonrió al contemplar la transformación del oscuro metal en barras. Aache sonrió también cuando el guerrero se lo comunicó.

—¿Y hay mucho más? —preguntó ella.

—Una montaña entera. La semana próxima podemos tener bastante para llenar un vagón. Después podremos acelerar el proceso.

Dilvish se arrodilló junto al estanque. Los dedos de Aache salieron, tocaron tentativamente la mano del guerrero. Al ver que él no retrocedía, la diosa sacó el brazo y le acarició la mejilla.

—Casi deseo que fueras de mi raza —dijo, y después desapareció de nuevo.

«Ha pasado mucho tiempo desde que esta región era calurosa y podía tener flores y abejas» —dijo Black—. «Ella debe ser muy vieja».

—Imposible saberlo —respondió Dilvish mientras paseaban por la cima de la montaña y contemplaban el valle donde se alzaba el humo—. Pero si sólo hace falta miel para transformarla en una criatura honrada, vale la pena este pequeño retraso.

—¿Quiere ella que lleves un cargamento al sur la próxima semana?

—Sí.

—¿Y después?

—Sus siervos podrán encargarse de todo a partir de entonces.

—¿Como esclavos?

—No, ella podrá pagarles en cuanto esto marche.

—Entiendo. Una cosa...

—¿Sí?

—No confíes en ese sacerdote, Task.

—No. Tiene gustos muy costosos. Creo que se ha metido en el bolsillo parte de los beneficios.

—De eso no sabía nada. Lo he dicho porque lo considero un hombre que teme ser sustituido.

—Pronto tranquilizaré su mente a ese respecto, con mi marcha.

La mañana de la partida era radiante. Tan sólo había algunas ráfagas que arrastraban nieve fundente cuando Dilvish inició el descenso. Los siervos habían cantado mientras cargaban el carretón la tarde anterior. Y esa mañana rodearon a Dilvish, dejando ver sus dientes por los que brotaba su alegre respiración, y le dieron palmaditas en hombros y espalda, le cargaron de provisiones y le acompañaron en su chirriante camino.

—No aprecio el trabajo de tiro —comentó Black en cuanto estuvieron fuera del alcance de los oídos del campamento.

—Te lo recompensaré algún día.

—Lo dudo, pero lo recordaré.

Ningún bandido se acercó a Dilvish, porque los bosques ya se habían librado de ellos. Avanzaron con más rapidez en cuanto salieron de la cadena de valles, y por la tarde ya habían recorrido varias leguas. Dilvish comió mientras cabalgaba y Black prosiguió a paso regular.

Poco antes del atardecer, oyeron el ruido de un jinete que se acercaba por detrás. Se detuvieron al reconocer a Task a lomos del roano de Rogis. El caballo estaba cubierto de espuma y jadeaba. Casi cayó cuando Task tiró de las riendas junto al carretón.

—¿Qué ocurre? —preguntó Dilvish.

—Desaparecido. No existe. Cenizas —dijo el sacerdote.

—¡Habla con sentido!

—El santuario ha ardido por completo. Una lamparilla... con la paja...

—¿Y Aache?

—Quedó atrapada detrás... no pudo abrir la puerta...

—¿Muerta?

—Muerta.

—¿Por qué llegas a la carrera?

—Tenía que alcanzarte, para discutir mi parte del negocio.

—Entiendo.

Dilvish vio que Task lucía todos sus anillos.

—Ahora será mejor acampar. Tu caballo no puede seguir.

—Perfectamente. ¿En aquel campo?

—Servirá.

Esa noche, Dilvish tuvo un extraño sueño: abrazaba fuertemente a una mujer, la acariciaba de un modo casi brutal y temía mirarla. Le despertó un grito de horror.

Al incorporarse, vio un fulgor espectral sobre la silueta de Task. La luz ya estaba apagándose, pero él jamás olvidaría su perfil.

—¿Aache...?

«Duerme, mi único amigo, mi querido amigo» —llegaron de alguna parte las palabras—. «Sólo he venido a recoger lo que es mío. No es tan dulce como la miel, pero tendrá que servir...»

Dilvish tapó los restos del sacerdote sin mirarlos. Partió la mañana siguiente. Cabalgó en silencio el día entero.

La miel silvestre - Horacio Quiroga

Tengo en el Salto Oriental dos primos, hoy hombres ya, que a sus doce años, y en consecuencia de profundas lecturas de Julio Verne, dieron en la rica empresa de abandonar su casa para ir a vivir al monte. 
 
Este queda a dos leguas de la ciudad. Allí vivirían primitivamente de la caza y la pesca. Cierto es que los dos muchachos no se habían acordado particularmente de llevar escopetas ni anzuelos; pero de todos modos el bosque estaba allí, con su libertad como fuente de dicha, y sus peligros como encanto.

Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores –iniciados también en Julio Verne–, sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.

La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.

Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos, a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque. 
 
Pero así como el soltero que fue siempre juicioso cree de su deber, la víspera de sus bodas, despedirse de la vida libre con una noche de orgía en compañía de sus amigos, de igual modo Benincasa quiso honrar su vida aceitada con dos o tres choques de vida intensa. Y por este motivo remontaba el Paraná hasta un obraje, con sus famosos stromboot.

Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
 
De este modo llegó al obraje de su padrino, y a la hora tuvo éste que contener el desenfado de su ahijado.
–¿Adónde vas ahora? –le había preguntado sorprendido.
–Al monte; quiero recorrerlo un poco –repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.
– ¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor, deja esa arma, y mañana te haré acompañar por un peón.

Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.

Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche –aunque de un carácter un poco singular. Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
 
–¡Eh, dormilón! Levántate que te van a comer vivo. Benincasa se sentó bruscamente en la cama, alucinado por la luz de los tres faroles de viento que se movían de un lado a otro en la pieza. Su padrino y dos peones regaban el piso.
–¿Qué hay, que hay? –preguntó, echándose al suelo.
–Nada... Cuidado con los pies... La corrección.

Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles. 
 
No hay animal, por grande y fuerte que sea, que no huya de ellas. Su entrada en una casa supone la exterminación absoluta de todo ser viviente, pues no hay rincón ni agujero profundo donde no se precipite el río devorador. Los perros aúllan, los bueyes mugen, y es forzoso abandonarles la casa, a trueque de ser roído en diez horas hasta el esqueleto. Permanecen en ellugar uno, dos, hasta cinco días, según su riqueza en insectos, carne o grasa. Una vez devorado todo, se van.

No resisten sin embargo a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de una mordedura.
–¡Pican muy fuerte, realmente!– dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.

Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil.
 
Cierto es que su pulso no era maravilloso, y su acierto, mucho menos. Pero de todos modos lograba trozar las ramas, azotarse la cara y cortarse las botas –todo en uno.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión –exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi. 
 
Benincasa volvía, cuando un sordo zumbido le llamó la atención. A diez metros de él, en un tronco hueco, diminutas abejas aureolaban la entrada del agujero. Se acercó con cautela, y vio en el fondo de la abertura diez o doce bolas oscuras del tamaño de un huevo.

–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel

Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego: levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una enseguida, y oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón.
 
Su saliva, ya liviana, se clarificó en melífica abundancia. ¡Maravillosos y buenos animalitos!

En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo.

Acaso a resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Más que perfume, en cambio! Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca.

Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.

Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.

Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.

–Qué curioso mareo... –pensó el contador–. Y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.

–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas... La
corrección –concluyó.

Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.

–¡Debe de ser la miel...! ¡Es venenosa...! ¡Estoy envenenado!
 
Y a un segundo esfuerzo para incorporarse, se le erizó el cabello de terror: no había podido ni aun moverse. Ahora la sensación de plomo y el hormigueo subían hasta la cintura. Durante un rato el horror de morir allí, miserablemente solo, lejos de su madre y sus amigos, le cohibió todo medio de defensa.

–¡Voy a morir ahora...! ¡De aquí a un rato voy a morir...! ¡Ya no puedo mover la mano...!
En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.

–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar...!
Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
 
Tuvo aún fuerzas para arrancarse a ese último espanto, y de pronto lanzó un grito, un verdadero alarido en que la voz del hombre recobra la tonalidad del niño aterrado: por sus piernas trepaba un precipitado río de hormigas negras. Alrededor de él la corrección devoradora oscurecía el suelo, y el contador sintió por bajo del calzoncillo el río de hormigas carnívoras que subían.

Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.

No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición –tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa.