Veía
empequeñecerse lentamente la última plataforma del tren que se alejaba entre
dos anchas líneas verdes, segregando la doble estela de los rieles, fulgurantes
bajo el sol de la tarde. Estaba casi solo en el andén. Al fondo, un hombre con
blusa azul hacía rodar unos bultos hasta las balanzas. Alguien conversaba en la
sala de espera, invisible tras los vidrios esmerilados.
-Al principio se quejaban de la comida. Pero la han mejorado mucho...
Frente a él, del otro lado de las vías, una hilera de chalets, jardines, los
terrenos de la calle. Más lejos, ya en el cielo azul, un pedazo verde oscuro de
eucaliptos. A la derecha, la plaza desierta, la iglesia de ladrillos, vieja y
severa, con el enorme disco del reloj.
...este médico de ahora es muy bueno, se preocupa mucho... Me decía Elena
cuando entraba en la sala...
El aspecto del pueblo lo entristecía. Había pagado 0.40 por aquel pedazo de
cartón cuyas aristas acariciaba en el bolsillo. Ida y vuelta, segunda, 0.40.
Acaso fuera la ciudad la causa de su tristeza. Una pequeña evasión, unas horas
olvidado de las casas del comercio, de los apresurados hombres de la calle, de
las músicas de los cafés, de las multitudes, de los espectáculos...
Pero no era ahí donde quería ir. No encontraría lo que buscaba en las viejas
casas de piedra que rodeaban la plaza; en la fila de coches en escombros; en el
grupo que discutía frente al almacén de paredes rosadas. No, no era aquello.
Campo quería él. Había comprado 0.40 de campo e iba a caminar hasta
encontrarlo.
Hizo girar una cruz horizontal de palo y tomó una calle en pendiente. A un
lado, una quinta enorme, con árboles asomándose sobre el muro. A ratos podía
ver para adentro, por los grandes portones de madera. Un gran pedazo de césped
grisáceo rodeado de pinos; bancos de piedra junto a la fuente sin agua. Pero al
otro lado tenía, separado de él por las cinco líneas de alambre, un principio
de campo. Un pasto amarillento curvado por la brisa y más atrás, los enormes
cuadrilongos de los plantíos. La casa ennegrecida y vieja junto al pozo de
ladrillos, la carreta descansando sobre las varas.
Se acercó a los alambres, arrancando un largo tallo que empezó a mascar
lentamente. Alguien cantaba; una extranjera voz de mujer. Siguió caminando
despacio, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, el sombrero hacia
atrás, al aire la frente sudorosa. La voz aguda y alegre que se acercaba a él
desde las tupidas enredaderas, como si fuera el simple saludo de la naturaleza.
... ya todos duermen mi canto que la montaña repite...
Acaso no fuera posible vivir siempre allí. Pero en cuanto comenzara a
insinuarse la primavera... Huir de la ciudad, meterse en una casita cualquiera,
perdida en los costados de la cuchilla que se azulaba en la distancia. Solo.
Hacerse la comida con sus manos, cuidar los árboles... Se veía, medio cuerpo
desnudo, altas botas, tostado el rostro dentro de la barba. ¿Qué necesitaría?
Un caballo, tal vez un perro, una escopeta, su pipa, libros. Trabajar por la
mañana en lo que quisiera; dulzura de las uvas, piel de durazno, aroma de
plantas y tierra bajo el sol. Dejarse llevar por el caballo, lejos, tirándose a
descansar en la sombra que encontrara propicia. Hacer correr el animal
sudoroso, suelto su pelo al aire, la camisa abierta, excitándose con el golpear
de los cascos. Desensillar con las primeras estrellas en la pureza del cielo,
una mueca de cansancio feliz en la boca. El sillón junto a la noche campesina,
llena de estremecimientos, que se extendía por la tierra en descanso ahondando
en los pliegues del terreno, en las charcas vidriosas, en la blancura de los
caminos silenciosos de luna. La pipa y un libro. Absoluta soledad de su alma,
fantástica libertad de todo su ser, purificado y virgen como si comenzara a
divisar el mundo. Paz; no paz de tregua, sino total y definitiva. Paz como una
dulzura resbalando en las venas, mientras el sueño iba aflojándole el cuerpo
encima del sillón y los ojos perezosos dejaban el libro para seguir las curvas
de los escarabajos alrededor de la luz amarilla.
Junto a la puertita medio tumbada, dos niños rubios lo contemplaban
curiosamente. El mayor acariciaba el suelo con los sucios pies descalzos,
mientras el otro, con una camisa blanca que se adivinaba recién lavada,
desnudas las piernas y el vientre, levantaba hasta él los grandes ojos azules,
como dos flores de la enredadera que envolvía firmemente el cerco. Descubrió la
mujer que cantaba. Tenía un pañuelo rojo en la cabeza y los cobrizos brazos
desnudos se movían sin tregua encima de la tina.
Sonrió alegremente como si la escena que se le había revelado de improviso,
llena de una poesía lejana y primitiva, le hubiera sonreído primeramente y él
contestara ahora. Sintió su propia sonrisa, sencilla como un trozo, estirándole
la boca. Una tenue sensación de sosiego se levantó en su alma, suavemente...
suavemente, como asciende por los cielos la gran luna llena de color naranja.
Marchaba por la tierra seca, pisando las huellas dejadas por pesados carros.
Carros cargados de verdura y fruta, que pasaban tambaleantes hacia la ciudad
cuando recién el día tentaba una raya de luz en el horizonte.
Carros con tres caballos viejos y corpulentos, con el conductor dormitando en
el pescante y un rojizo farol oscilando entre las ruedas.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Excursión - Juan Carlos Onetti
La miel silvestre - Horacio Quiroga
Desgraciadamente, al segundo día fueron hallados por quienes los buscaban. Estaban bastante atónitos todavía, no poco débiles, y con gran asombro de sus hermanos menores –iniciados también en Julio Verne–, sabían aún andar en dos pies y recordaban el habla.
La aventura de los dos robinsones, sin embargo, fuera acaso más formal a haber tenido como teatro otro bosque menos dominguero. Las escapatorias llevan aquí en Misiones a límites imprevistos, y a ello arrastró a Gabriel Benincasa el orgullo de sus stromboot.
Benincasa, habiendo concluido sus estudios de contaduría pública, sintió fulminante deseo de conocer la vida de la selva. No fue arrastrado por su temperamento, pues antes bien Benincasa era un muchacho pacífico, gordinflón y de cara rosada, en razón de su excelente salud. En consecuencia, lo suficiente cuerdo para preferir un té con leche y pastelitos, a quién sabe qué fortuita e infernal comida del bosque.
Apenas salido de Corrientes había calzado sus recias botas, pues los yacarés de la orilla calentaban ya el paisaje. Mas a pesar de ello el contador público cuidaba mucho de su calzado, evitándole arañazos y sucios contactos.
–¿Adónde vas ahora? –le había preguntado sorprendido.
–Al monte; quiero recorrerlo un poco –repuso Benincasa, que acababa de colgarse el winchester al hombro.
– ¡Pero infeliz! No vas a poder dar un paso. Sigue la picada, si quieres... O mejor, deja esa arma, y mañana te haré acompañar por un peón.
Benincasa renunció a su paseo. No obstante, fue hasta la vera del bosque y se detuvo. Intentó vagamente un paso adentro, y quedó quieto. Metióse las manos en los bolsillos, y miró detenidamente aquella inextricable maraña, silbando débilmente aires truncos. Después de observar de nuevo el bosque a uno y otro lado, retornó bastante desilusionado.
Al día siguiente, sin embargo, recorrió la picada central por espacio de una legua, y aunque su fusil volvió profundamente dormido, Benincasa no deploró el paseo. Las fieras llegarían poco a poco.
Llegaron éstas a la segunda noche –aunque de un carácter un poco singular. Benincasa dormía profundamente, cuando fue despertado por su padrino.
–¿Qué hay, que hay? –preguntó, echándose al suelo.
Benincasa había sido ya enterado de las curiosas hormigas a que llamamos corrección. Son pequeñas, negras, brillantes, y marchan velozmente en ríos más o menos anchos. Son esencialmente carnívoras. Avanzan devorando todo lo que encuentran a su paso: arañas, grillos, alacranes, sapos, víboras, y a cuanto ser no puede resistirles.
No resisten sin embargo a la creolina o droga similar; y como en el obraje abunda aquélla, antes de una hora el chalet quedó libre de la corrección.
Benincasa se observaba muy de cerca en los pies la placa lívida de una mordedura.
–¡Pican muy fuerte, realmente!– dijo sorprendido, levantando la cabeza hacia su padrino.
Este, para quien la observación no tenía ya ningún valor, no respondió, felicitándose en cambio de haber contenido a tiempo la invasión. Benincasa reanudó el sueño, aunque sobresaltado toda la noche por pesadillas tropicales.
Al día siguiente se fue al monte, esta vez con un machete, pues había concluido por comprender que tal utensilio le sería en el monte mucho más útil que el fusil.
El monte crepuscular y silencioso lo cansó pronto. Dábale la impresión –exacta por lo demás– de un escenario visto de día. De la bullente vida tropical, no hay a esa hora más que el teatro helado; ni un animal, ni un pájaro, ni un ruido casi.
–Esto es miel –se dijo el contador público con íntima gula–. Deben de ser bolsitas de cera, llenas de miel
Pero entre él, Benincasa, y las bolsitas, estaban las abejas. Después de un momento de descanso, pensó en el fuego: levantaría una buena humareda. La suerte quiso que mientras el ladrón acercaba cautelosamente la hojarasca húmeda, cuatro o cinco abejas se posaran en su mano, sin picarlo. Benincasa cogió una enseguida, y oprimiéndole el abdomen constató que no tenía aguijón.
En un instante el contador desprendió las bolsitas de cera, y alejándose un buen trecho para escapar al pegajoso contacto de las abejas, se sentó en un raigón. De las doce bolas, siete contenían polen. Pero las restantes estaban llenas de miel, una miel oscura, de sombría transparencia, que Benincasa paladeó golosamente. Sabía distintamente a algo. ¿A qué? El contador no pudo precisarlo.
Acaso a resina de frutales o de eucalipto. Y por igual motivo, tenía la densa miel un vago dejo áspero. ¡Más que perfume, en cambio! Benincasa, una vez bien seguro de que sólo cinco bolsitas le serían útiles, comenzó. Su idea era sencilla: tener suspendido el panal goteante sobre su boca.
Pero como la miel era espesa, tuvo que agrandar el agujero, después de haber permanecido medio minuto con la boca inútilmente abierta. Entonces la miel asomó, adelgazándose en pesado hilo hasta la lengua del contador.
Uno tras otro, los cinco panales se vaciaron así dentro de la boca de Benincasa. Fue inútil que éste prolongara la suspensión, y mucho más que repasara los globos exhaustos; tuvo que resignarse.
Entretanto, la sostenida posición de la cabeza en alto lo había mareado un poco. Pesado de miel, quieto y los ojos bien abiertos, Benincasa consideró de nuevo el monte crepuscular. Los árboles y el suelo tomaban posturas por demás oblicuas, y su cabeza acompañaba el vaivén del paisaje.
–Qué curioso mareo... –pensó el contador–. Y lo peor es...
Al levantarse e intentar dar un paso, se había visto obligado a caer de nuevo sobre el tronco. Sentía su cuerpo de plomo, sobre todo las piernas, como si estuvieran inmensamente hinchadas. Y los pies y las manos le hormigueaban.
–¡Es muy raro, muy raro, muy raro! –se repitió estúpidamente Benincasa, sin escudriñar sin embargo el motivo de esa rareza–. Como si tuviera hormigas... La
corrección –concluyó.
Y de pronto la respiración se le cortó en seco, de espanto.
–¡Debe de ser la miel...! ¡Es venenosa...! ¡Estoy envenenado!
–¡Voy a morir ahora...! ¡De aquí a un rato voy a morir...! ¡Ya no puedo mover la mano...!
En su pánico constató sin embargo que no tenía fiebre ni ardor de garganta, y el corazón y pulmones conservaban su ritmo normal. Su angustia cambió de forma.
–¡Estoy paralítico, es la parálisis! ¡Y no me van a encontrar...!
Pero una invencible somnolencia comenzaba a apoderarse de él, dejándole íntegras sus facultades, a la par que el mareo se aceleraba. Creyó así notar que el suelo oscilante se volvía negro y se agitaba vertiginosamente. Otra vez subió a su memoria el recuerdo de la corrección, y en su pensamiento se fijó como una suprema angustia la posibilidad de que eso negro que invadía el suelo...
Su padrino halló por fin, dos días después, y sin la menor partícula de carne, el esqueleto cubierto de ropa de Benincasa. La corrección que merodeaba aún por allí, y las bolsitas de cera, lo iluminaron suficientemente.
No es común que la miel silvestre tenga esas propiedades narcóticas o paralizantes, pero se la halla. Las flores con igual carácter abundan en el trópico, y ya el sabor de la miel denuncia en la mayoría de los casos su condición –tal el dejo a resina de eucalipto que creyó sentir Benincasa.
La casa de la pesadilla - Edward Lucas White
La primera vez que vi la casa, fue desde la cima de un monte, luego de quitar algunas malezas y mirar a través del ancho valle a varios centenares de pies debajo mío, hacia el sol, que estaba hundiéndose tras las lejanas colinas azules. Desde ese punto de vista momentáneo, tenía un exagerado sentido de observación. Me parecía estar colgando sobre una maqueta de carreteras y campos, salpicado de granjas y sentía la decepción familiar de que casi podía arrojar una piedra sobre la casa.
Lo que atrajo mi vista fue el pequeño camino en frente de la misma, entre la masa de verdes árboles y el huerto de la casa. Era perfectamente derecho, y estaba bordeado por una constante hilera de árboles, a través de la cual distinguí un sendero color ceniza y un bajo muro de piedra.
Notoriamente, entre el huerto y dos de los árboles, había un objeto blanco, que parecía ser una piedra alta, un espigón vertical de caliza, de los varios que los campos de la región están regados.
Vi con mucha claridad este camino y me dio una placentera expectación.
Había estado viajando fatigosamente por el bosque de aquellas colinas semi-montañosas. No había visto ni una granja, solamente chozas destartaladas a lo largo de la carretera, a través de más de veinte millas de obstáculos e impedimentos. Ahora, cuando no me restaba mucho trecho para llegar a mi destino, veía a corta distancia un buen lugar donde reposar.
A medida que aceleraba cautelosamente mi vehículo, a través del comienzo del largo descenso, los árboles me engulleron de nuevo, perdiendo de vista el valle. Me sumergí en una hondonada, y cuando subí de nuevo, en la cresta de la siguiente elevación, volví a ver la casa, más cerca que antes.
La piedra elevada atrajo mi atención con cierta sorpresa. ¿No había visto que estaba frente a la casa, cerca del huerto? Evidentemente estaba a la izquierda del camino que conducía a la casa. Mi autocuestionamiento duró hasta que crucé la cresta. Luego vi nuevamente truncada mi perspectiva; pero pronto me puse a mirar para adelante una vez, en la próxima chance de ver el mismo panorama.
Al final de la segunda colina solamente se veía de refilón parte del camino y no podía estar seguro, pero en un principio, la piedra elevada parecía estar a la derecha del camino.
Llegué a la cima de la tercera y última colina y volví a mirar para abajo, viendo el camino bajo los enormes árboles, casi como si estuviera viendo a través de un tubo. Había una línea de blancura que creí identificar como la piedra alta. Estaba sobre la derecha.
Me zambullí en la última de las hondonadas. Mientras remontaba la más lejana cuesta, mantuve mi vista en la cima del camino, delante mío. Cuando mi línea visual transpuso la elevación, pude ver la piedra elevada a mi derecha, entre los numerosos arces. Me detuve a un costado del camino, e inspeccioné mis neumáticos, luego tiré la palanca.
A medida que avanzaba, miraba para adelante. ¡Veía la piedra ahora a la izquierda del camino! Estaba realmente asombrado y hasta atemorizado, y me decidí a acercarme lo suficiente a la piedra para comprobar a ciencia cierta si estaba a la derecha o a la izquierda, o si no, en el medio del camino.
En mi atolondramiento, puse la velocidad máxima. La máquina dio un brinco y perdí el control. Di un giro a la izquierda, pero fue inútil y choqué contra un gran arce.
Cuando volví en mí, estaba caído de espaldas en una zanja. Los últimos rayos de sol enviaban fustes de luz verde-dorada a través de las ramas de los arces. Mi primer pensamiento fue de una rara mezcla de admiración a las bellezas de la naturaleza y de desaprobación por mi propia conducta, por ir de excursión sin acompañante (algo que he lamentado más de una vez).
Luego se me aclaró la mente, y me senté. Me sentía mareado, y no estaba sangrando ni tenía huesos rotos; aunque estaba muy sacudido, no había sufrido magulladuras serias.
Entonces vi al muchacho. Estaba parado al final del camino color ceniza, cerca del zanjón. Era robusto y macizo; estaba descalzo y tenía los pantalones arremangados a la altura de las rodillas; vestía una camisa color nogal, abierta en el pecho, y no tenía ni capa ni sombrero. Su rostro rezumaba pecas y tenía un horroroso labio leporino.
Intenté levantarme y procedí a examinar el destrozo. No había habido explosión ni fuego, pero mi máquina estaba convertida en ruinas. Todo lo que vi estaba hecho pedazos. Mis dos cestas de pertrechos habían, por aquellas cínicas burlas del destino, escapado al destrozo, y estaban incólumes, ni siquiera una botella se había roto.
Durante mi investigación, la vista desvaída del muchacho me siguió contínuamente, pero él no pronunció palabra. Cuando me hube convencido de mi impotencia para reparar el daño, fui derecho hacia él y le dirigí la palabra:
"¿Cuán lejos está la herrería más cercana?" "Ocho millas," respondió. Tenía un alarmante caso de paladar partido, y sus palabras eran apenas inteligibles.
"¿Me puedes guiar hacia allí?" inquirí.
"No hay equipo en la casa," replicó; "ni caballo, ni vacas." "¿Qué tan lejos está la siguiente casa?" continué.
"Seis millas," respondió.
Miré al cielo. El sol ya se había puesto. Y me volví a mirar mi reloj: iban a dar las siete treinta y cinco.
"¿Puedo dormir en tu casa esta noche?" pregunté.
"Puede venir si usted quiere," dijo, "y puede quedarse a dormir. Casa está descuidada; Ma murió hace tres años, y Pa se fue. No hay nada para comer, salvo harina de trigo y tocino mohoso." "Tengo suficiente comida," respondí, levantando una cesta. "Solo toma esta cesta, ¿lo harás?" "Usted puede venir, si así lo desea," dijo, "pero debe acarrear sus propias cosas." No habló con grosería o rudeza, pero parecía afirmar con docilidad un hecho inofensivo.
"Correcto," dije, levantando la otra cesta, "muéstrame el camino." El patio frente a la casa estaba oscuro, bajo una docena o más inmensos ailanthus, bajo los cuales habían crecido gran cantidad de arbustos y pequeños árboles, y por debajo, a su vez, largas y enmarañadas hierbas.
Lo que alguna vez fue, aparentemente, un camino, ahora era una estrecha y curvada senda en dirección a la casa. Por todos lados había brotes de ailanthus, y el aire estaba viciado con el desagradable olor de sus raíces y de las hierbas.
La casa era de piedra gris, con persianas color verde, pero tan desgastadas que parecían grises como la piedra. Contra el frente había un porche, no muy elevado por encima del suelo, y sin balaustrada o pasamanos.
Había varias mecedoras de tablas de nogal americano. Había ocho ventanas cerradas, y en medio entre las ventanas y el porche, una gran puerta, con pequeños paneles color violeta a cada uno de sus lados y montante en forma de abanico por encima.
"Abre la puerta," dije al muchacho.
"Ábrala usted mismo," replicó, no de manera desagradable ni enfadosa, sino con un tono que uno no podría sino tomarlo como una sugerencia de lo más natural.
Bajé mis canastas e intenté con la puerta. Estaba cerrada pero no con llave, y abrió con un penoso trabajo de sus herrumbrosas bisagras, sobre las cuales se combeó locamente, raspando el piso a medida que se movía. El pasillo tenía un olor a moho y humedad. Había varias puertas a ambos lados; el chico me apuntó hacia la primera de la derecha.
"Usted puede ocupar ese cuarto," dijo.
Abrí la puerta. Se podía distinguir poco, entre el polvillo, las ramas de los árboles fuera, el techo de pizarra y las puertas cerradas.
"Mejor trae una lámpara," dije al chico.
"No hay lámpara," declaró festivamente. "No hay velas. Usualmente estamos en cama cuando oscurece." Volví a los restos de mi vehículo. Mi cuatro lámparas estaban reducidas a cristales quebrados y metal abollado. Mi linterna estaba hecha puré. Sin embargo, llevaba algunas bujías en un maletín. Estaban un poco machacadas, pero aún se mantenían en una pieza. Regresé con el maletín y en el porche lo abrí y extraje tres velas.
Entré a la habitación, donde encontré al muchacho parado justo donde lo dejé, y encendí una vela. Las paredes estaban blanqueadas, el piso pelado.
Había un frío y enmohecido aroma, pero la cama parecía estar recién hecha, a pesar que se sentía todo húmedo.
Con un par de gotas de su propio sebo, pegué la vela en la esquina de un desvencijado escritorio. No había nada en la habitación, salvo dos sillas desfondadas y una pequeña mesa. Volví a salir al porche a buscar mi maletín, y lo puse en la cama. Quité el pestillo de cada ventana y abrí los postigos.
Entonces pregunté al muchacho, quien no se había movido ni hablado, cuál era el camino hacia la cocina. Me guió a través del vestíbulo, hacia la parte trasera de la casa. La cocina era grande, y no tenía más moblaje que algunas sillas de pino, una banqueta de pino y una mesa también de la misma madera.
Fijé dos velas en lados opuestos de la mesa. No había horno ni calentador en esa cocina, solo una gran chimenea, y unas cenizas que olían y semejaban tener más de un mes. La madera en la leñera estaba reseca, y tenía un aroma rancio. Un par de herramientas, hachas, estaban oxidadas y desafiladas, pero aún utilizables.
Rápidamente hice un gran fuego. Para mi sorpresa, ya que era una noche de mediados de junio y que el tiempo que estaba seco y cálido, el muchacho, con sonrisa tosca en su poco agraciado rostro, se reclinó sobre el fuego, extendiendo las manos y los brazos, hasta casi el punto de tostarse a sí mismo.
"¿Tienes frío?" inquirí.
"Siempre tengo frío," replicó, acercándose ya peligrosamente al fuego, hasta un punto que pensé que iba a quemarse.
Lo dejé tostándose a sí mismo mientras fui en busca de agua. Descubrí una bomba, y tuve un gran trabajo para llenar dos baldes. Cuando puse el agua a hervir, fui por mis cestas al porche.
Di una cepillada a la mesa y serví la vianda, pavo frío, jamón frío, pan negro y pan blanco, aceitunas, conserva y pastel. Cuando la lata de sopa estuvo caliente y hube servido el café, invité al chico a sentarse conmigo.
"No tengo hambre," dijo; "ya cené." Este chico era una nueva clase de muchacho; todos los chicos que conocía eran voraces devoradores y siempre estaban listos para una nueva ingesta.
Yo mismo había sentido hambre, pero de algún modo cuando comencé a comer ya tenía poco apetito, y difícilmente paladeaba la comida. Pronto terminé con mi vianda, apagué el fuego y soplé las velas, y regresé al porche, para sentarme en una de las mecedoras y ponerme a fumar.
El muchacho me siguió en silencio, y se sentó en el piso mismo del porche, apoyándose en una columna y dejando uno de sus pies fuera, en la hierba.
"¿Qué haces cuando tu padre está fuera?" pregunté.
"Solo holgazanear," dijo. "Solo perder el tiempo." "¿Qué tan lejos están de sus vecinos más cercanos?" pregunté.
"No hay vecinos cercanos que vengan aquí," indicó. "Dicen que temen a los fantasmas." Yo no estaba asustado; el lugar tenía el aspecto que usualmente se le atribuye a las casas denominadas encantadas. Estaba impresionado por su extraña manera de hablar del asunto, que era como si dijera que ellos tenían miedo de un perro enojado.
"¿Has visto algún fantasma por aquí?" continué.
"Nunca los vi," respondió, como si hubiera mencionado vagabundos o perdices. "Nunca los escuché. Algunas veces los siento." "¿Tienes miedo a ellos?" pregunté.
"Nope," confesó. "No creo en fantasmas; creo en las pesadillas. ¿Alguna vez tuvo pesadillas?" "Raras veces," repliqué.
"Yo sí," dijo. "Siempre tengo la misma. Un gran marrano, grande como un buey, que trata de comerme. Despierto tan asustado que podría seguir corriendo. No hay escapatoria. Voy a dormir, y ahí está de nuevo.
Despierto más asustado que nunca. Pa decía que eran las tortas de trigo en verano." "Tu habrás hecho alguna broma, alguna vez," dije.
"Sip," dijo. "Una vez a una gran cerda, tomé uno de sus cerditos por la pata trasera. Lo tuve por mucho tiempo. Lo dejé caer en el chiquero.
Desearía no haberlo hecho. Tengo esa pesadilla tres veces a la semana. Lo peor es ser quemado. Vaya, siento los fantasmas ahora a nuestro alrededor.
Él no trataba de asustarme. Estaba simplemente opinando tal y como si hablara de murciélagos o mosquitos. No le contesté, y me quedé involuntariamente escuchándolo. Mi pipa se apagó. No quería fumar otra, pero no me sentía con cansancio como para irme a la cama aún, ya que estaba cómodo donde estaba, aunque el aroma del ailanthus era sumamente desagradable. Volví a llenar mi pipa, la encendí y luego, mientras daba una bocanada, me quedé adormilado por un momento.
Desperté con una sensación de que un suave tejido me surcó el rostro. El chico seguía inmóvil.
"¿Viste eso?" pregunté rápidamente.
"No vi nada," dijo. "¿Qué fue?" "Fue como si una red para atrapar mosquitos me hubiera rozado la cara." "No hay tal red," aseguró; "fue un velo. Ese es uno de los fantasmas. Alguno voló sobre usted; alguno lo tocó con sus largos y fríos dedos. Es uno que arrastró un velo por sobre su rostro, bien, supongo que debe ser Ma."
Hablaba con la inatacable convicción del niño en "We Are Seven". No encontré palabras para replicar, y me levanté para ir a la cama.
"Buenas noches," dije.
"Buenas noches," hizo eco de mis palabras. "Encendí un fósforo, encontré la vela y la fijé a la esquina de la ajada mesa, y me desvestí. La cama tenía un confortable colchón de plumas y al rato estaba dormido.
Tenía la sensación de haber estado dormido por un largo rato, cuando comencé a tener una pesadilla, la misma pesadilla que describiera antes el muchacho. Un enorme cerdo, grande como un caballo de carreta, que estaba asomado con sus patas delanteras sobre la cama, tratando de hincarse sobre mí. El animal gruñó y resopló, y sentí que yo iba a ser su alimento. Sabía que era solo un sueño, y me esforcé en despertar.
Entonces, la gigantesca bestia se movió torpemente, sobre los pies de la cama, y me desperté.
Estaba en absoluta oscuridad, tan negra como si estuviera encerrado en un baúl. Mi estremecimiento instantáneamente mermó y mis nervios se calmaron; comprendí en donde estaba, y no sentí el menor pánico.
Me di vuelta e intenté volver a dormir. Entonces tuve una real pesadilla, no reconocible como sueño, sobrecogedoramente real, una inenarrable agonía de horror sin razón.
Había una Cosa en la habitación; no era un cerdo, ni ninguna otra criatura identificable, sino una Cosa. Era grande como un elefante, y ocupaba la estancia hasta el techo; tenía forma como de jabalí, sentado sobre sus ancas, con sus cuartos delanteros rígidos. Tenía un hocico babeante y rojo, repleto de grandes colmillos, y su mandíbula se movía como si tuviera mucho hambre. Comenzó a encorvarse, lentamente, pulgada por pulgada, hasta que sus vastas patas se montaron en la cama.
La cama se comprimió como papel secante húmedo, y sentí el peso de la Cosa sobre mis pies, sobre mis piernas, sobre mi cuerpo y sobre mi pecho.
Estaba hambriento, y yo era su platillo, y sus fauces chorreantes se acercaban cada vez más a mi cara.
Entonces la indefensión del sueño que me había dejado incapaz de moverme, súbitamente cedió, y grité y me desperté. Esta vez había sentido verdadero terror y no pude despojarme del mismo fácilmente.
Era cerca del amanecer: podía discernir levemente a través de los sucios ventanales. Encendí el muñón de la vela y las otras dos, me vestí precipitadamente, hice mi maletín, y lo puse en el porche, contra la pared. Entonces llamé al chico. Súbitamente me di cuenta que no me había dicho su nombre ni yo se lo había preguntado.
Grité "¡Hola!" un par de veces, pero no hubo respuesta. Ya no aguantaba más esa casa. Aún estaba empapado del pánico de la pesadilla. Desistí de seguir gritando, no lo busqué, pero con las dos velas, fui a la cocina.
Tomé un trago de café frío y comí un biscuit mientras me apresuré a meter mis pertenencias en las cestas. Entonces, dejando un dólar de plata en la mesa, salí con las canastas y las dejé en el porche, junto a mi maletín.
Ya había un poco más de luz, la necesaria como para ver el camino. El rocío de la noche había provocado que el paisaje se viera más descorazonador que antes. Sin embargo, todo estaba sereno. No había huellas de ruedas o de herraduras en el camino. La piedra elevada, que ciertamente había causado mi desastre, se erguía como un centinela, frente a donde me encontraba.
Me propuse hallar un taller de herrero. Antes que iniciara mi marcha, el sol había ya salido y estaba calentando, no muy alto en el horizonte.
Luego de caminar bastante, me acaloré en demasía, y me pareció haber caminado diez millas más que seis cuando llegué a la primer casa. Era una casa pulcramente pintada y cercana a una carretera, con una cerca blanca a lo largo de su jardín.
Estaba casi por abrir la puerta cuando un gran perro negro, con una cola ondulada, brincó desde los arbustos. No se puso a ladrar, sino que se sentó tras la puerta, moviendo su cola y observándome con ojos amistosos; yo dudé, tenía mi mano en el picaporte, y lo consideré.
El perro podía no ser tan amigable como parecía, y su visión me hizo caer en cuenta que a excepción del muchacho, no había visto otra criatura viviente en la casa en donde había pasado la noche; no había perro ni gato; ni siquiera sapos o aves. Mientras estaba cavilando sobre esta impresión, un hombre salió del interior de la casa.
"¿Muerde su perro?" pregunté.
"No," respondió; "no muerde, pase usted." Le conté que había tenido un accidente con mi automóvil, y le pregunté si podría conducirme a algún taller de herrería, y luego, de nuevo al lugar de mi siniestro.
"Cierto," respondió. "Feliz de ayudarle. ¿Dónde chocó?" "En frente de la casa gris, seis millas atrás," respondí.
"¿Esa gran casa de piedra?" interrogó.
"La misma," asentí.
"¿Usted vino por aquí antes?" preguntó asombrado. "No lo oí." "No," dije; "vine desde la otra dirección." "¿Porque," meditó, "usted tuvo que chocar antes del amanecer. Vino usted a través de las montañas durante la noche?" "No," repliqué; "choqué antes de que caiga la noche." "¡Anochecer!" exclamó. "¿Dónde diablos pasó usted la noche, entonces?" "Dormí en la casa, frente a la cual choqué." "¿En esa gran casa de piedra, entre los árboles?" preguntó como demandando.
"Sí," asentí.
"¿Por qué?" trinó excitado, "¡Esa casa está encantada! Dicen que si uno pasa por ahí después del anochecer, no se puede decir a que lado del camino se alza la gran piedra blanca." "No lo pude comprobar hasta después del anochecer," dije.
"¡Vaya!" exclamó. "¡Mire usted! ¡Y usted durmió en la casa! ¿En verdad usted durmió allí?
"Dormí muy bien," dije. "Excepto por una pesadilla, dormí toda la noche." "Bueno," comentó, "no pasaría la noche en esa esa casa, ni siquiera por mi salvación. ¡Y usted se quedó ahí anoche! ¿Cómo diablos se le ocurrió entrar?" "El muchacho me llevó," dije.
"¿Qué clase de muchacho?" preguntó, sus ojos fijos en mi con una rara y rústica expresión de absorto interés.
"Robusto, pecoso, tenía labio leporino," dije.
"¿Y hablaba como si su boca estuviera llena de puré?" inquirió.
"Sí," respondí; "un mal caso de paladar partido." "¡Bueno!" exclamó. "Nunca creí en fantasmas, y nunca creí que esa casa estuviera encantada, pero ahora lo se. ¡Y usted durmió ahí!" "No vi ningún fantasma," repliqué ya un poco irritado.
"Usted vio un fantasma, seguro," contestó solemnemente. "Ese muchacho del labio leporino, ha muerto hace seis meses."