Veía
empequeñecerse lentamente la última plataforma del tren que se alejaba entre
dos anchas líneas verdes, segregando la doble estela de los rieles, fulgurantes
bajo el sol de la tarde. Estaba casi solo en el andén. Al fondo, un hombre con
blusa azul hacía rodar unos bultos hasta las balanzas. Alguien conversaba en la
sala de espera, invisible tras los vidrios esmerilados.
-Al principio se quejaban de la comida. Pero la han mejorado mucho...
Frente a él, del otro lado de las vías, una hilera de chalets, jardines, los
terrenos de la calle. Más lejos, ya en el cielo azul, un pedazo verde oscuro de
eucaliptos. A la derecha, la plaza desierta, la iglesia de ladrillos, vieja y
severa, con el enorme disco del reloj.
...este médico de ahora es muy bueno, se preocupa mucho... Me decía Elena
cuando entraba en la sala...
El aspecto del pueblo lo entristecía. Había pagado 0.40 por aquel pedazo de
cartón cuyas aristas acariciaba en el bolsillo. Ida y vuelta, segunda, 0.40.
Acaso fuera la ciudad la causa de su tristeza. Una pequeña evasión, unas horas
olvidado de las casas del comercio, de los apresurados hombres de la calle, de
las músicas de los cafés, de las multitudes, de los espectáculos...
Pero no era ahí donde quería ir. No encontraría lo que buscaba en las viejas
casas de piedra que rodeaban la plaza; en la fila de coches en escombros; en el
grupo que discutía frente al almacén de paredes rosadas. No, no era aquello.
Campo quería él. Había comprado 0.40 de campo e iba a caminar hasta
encontrarlo.
Hizo girar una cruz horizontal de palo y tomó una calle en pendiente. A un
lado, una quinta enorme, con árboles asomándose sobre el muro. A ratos podía
ver para adentro, por los grandes portones de madera. Un gran pedazo de césped
grisáceo rodeado de pinos; bancos de piedra junto a la fuente sin agua. Pero al
otro lado tenía, separado de él por las cinco líneas de alambre, un principio
de campo. Un pasto amarillento curvado por la brisa y más atrás, los enormes
cuadrilongos de los plantíos. La casa ennegrecida y vieja junto al pozo de
ladrillos, la carreta descansando sobre las varas.
Se acercó a los alambres, arrancando un largo tallo que empezó a mascar
lentamente. Alguien cantaba; una extranjera voz de mujer. Siguió caminando
despacio, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, el sombrero hacia
atrás, al aire la frente sudorosa. La voz aguda y alegre que se acercaba a él
desde las tupidas enredaderas, como si fuera el simple saludo de la naturaleza.
... ya todos duermen mi canto que la montaña repite...
Acaso no fuera posible vivir siempre allí. Pero en cuanto comenzara a
insinuarse la primavera... Huir de la ciudad, meterse en una casita cualquiera,
perdida en los costados de la cuchilla que se azulaba en la distancia. Solo.
Hacerse la comida con sus manos, cuidar los árboles... Se veía, medio cuerpo
desnudo, altas botas, tostado el rostro dentro de la barba. ¿Qué necesitaría?
Un caballo, tal vez un perro, una escopeta, su pipa, libros. Trabajar por la
mañana en lo que quisiera; dulzura de las uvas, piel de durazno, aroma de
plantas y tierra bajo el sol. Dejarse llevar por el caballo, lejos, tirándose a
descansar en la sombra que encontrara propicia. Hacer correr el animal
sudoroso, suelto su pelo al aire, la camisa abierta, excitándose con el golpear
de los cascos. Desensillar con las primeras estrellas en la pureza del cielo,
una mueca de cansancio feliz en la boca. El sillón junto a la noche campesina,
llena de estremecimientos, que se extendía por la tierra en descanso ahondando
en los pliegues del terreno, en las charcas vidriosas, en la blancura de los
caminos silenciosos de luna. La pipa y un libro. Absoluta soledad de su alma,
fantástica libertad de todo su ser, purificado y virgen como si comenzara a
divisar el mundo. Paz; no paz de tregua, sino total y definitiva. Paz como una
dulzura resbalando en las venas, mientras el sueño iba aflojándole el cuerpo
encima del sillón y los ojos perezosos dejaban el libro para seguir las curvas
de los escarabajos alrededor de la luz amarilla.
Junto a la puertita medio tumbada, dos niños rubios lo contemplaban
curiosamente. El mayor acariciaba el suelo con los sucios pies descalzos,
mientras el otro, con una camisa blanca que se adivinaba recién lavada,
desnudas las piernas y el vientre, levantaba hasta él los grandes ojos azules,
como dos flores de la enredadera que envolvía firmemente el cerco. Descubrió la
mujer que cantaba. Tenía un pañuelo rojo en la cabeza y los cobrizos brazos
desnudos se movían sin tregua encima de la tina.
Sonrió alegremente como si la escena que se le había revelado de improviso,
llena de una poesía lejana y primitiva, le hubiera sonreído primeramente y él
contestara ahora. Sintió su propia sonrisa, sencilla como un trozo, estirándole
la boca. Una tenue sensación de sosiego se levantó en su alma, suavemente...
suavemente, como asciende por los cielos la gran luna llena de color naranja.
Marchaba por la tierra seca, pisando las huellas dejadas por pesados carros.
Carros cargados de verdura y fruta, que pasaban tambaleantes hacia la ciudad
cuando recién el día tentaba una raya de luz en el horizonte.
Carros con tres caballos viejos y corpulentos, con el conductor dormitando en
el pescante y un rojizo farol oscilando entre las ruedas.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Excursión - Juan Carlos Onetti
Anillo de humo - Silvina Ocampo
Recuerdo el primer día que viste a Gabriel Bruno. El caminaba por la calle vestido con su traje azul, de mecánico; simultáneamente, pasó un perro negro que al cruzar la calle, fue atropellado por un automóvil.
El perro, aullando porque estaba
herido, corrió junto al paredón de la vieja quinta, para guarecerse. Gabriel lo
ultimó a pedradas. Desdeñaste el dolor del perro para admirar la belleza de
Gabriel.
¡Degenerado! exclamaron las personas que te acompañaban.
Amaste su perfil y su pobreza.
Una tarde de Navidad, en la quinta de tu abuela, repartieron en las caballerizas (donde ya no había caballos sino automóviles), ropa y juguetes para los niños del barrio.
Gabriel Bruno y una intempestiva lluvia aparecieron.
Alguien dijo: Ese chico tiene quince años; no tiene edad para venir a esta fiesta. Es un
sinvergüenza y, además, un ladrón. El padre por cinco centavos mató al
panadero. Y él mató un perro herido, a pedradas.
Gabriel tuvo que irse. Lo miraste hasta que desapareció bajo la lluvia.
Gabriel, hijo del guardabarreras que mató no sé por cuántos centavos al
panadero, para ir de su casa al almacén pasaba todos los días, con la esperanza
tal vez de verte, por un callejón que separaba las dos quintas: la quinta de tu
tía y la quinta de tu abuela materna, donde vivías.
Sabías a qué hora Gabriel pasaba, galopando en su caballo oscuro, para ir al almacén o al mercado, y lo esperabas con el vestido que más te gustaba y con el pelo atado con la más bonita de las cintas.
Te reclinabas sobre el alambrado en
posturas románticas y lo llamabas con tus ojos. Bajaba del caballo, saltaba el
zanjón para acercarse a Eulalia y a Magdalena, tus amigas, que no lo miraban.
¿Qué prestigio podía tener para ellas su pobreza? El traje de mecánico de
Gabriel las obligaba a pensar en otros varones mejor vestidos.
Hablabas a Eulalia y a Magdalena de Gabriel Bruno el día entero, en vano. Ellas
no conocían los misterios del amor.
Todos los días, a la hora de la siesta, corriste sola al callejón. De lejos
brillaba la cinta de tu pelo como un barco de vela en miniatura o como una
mariposa: la veías reflejada en la sombra. Eras la mera prolongación de tu
sentimiento: el cirio que sostiene la llama. A veces, en el camino, se desataba
el moño; entonces, colocando la cinta entre tus dientes, te recogías el pelo y
volvías a atarlo, arrodillada en el suelo.
Como tenía que haber un pretexto para que pudieras hablar con Gabriel inventaste el pretexto de los cigarrillos: llevabas plata en tu bolsillo, se la dabas a Gabriel para que fuera al almacén a comprarlos. Después fumaban, mirándose en los ojos.
Gabriel sabía hacer anillos con el humo y te los soplaba
en la cara. Reías. Pero estas escenas, tan parecidas a las escenas de amor,
iban penetrando en tu corazón apasionado. Una vez unieron los cigarrillos para
encenderlos. Otra vez encendiste un cigarrillo y se lo diste.
Era en el mes de enero. Jubilosas las chicharras cantaban con ruido de matraca.
Cuando volviste a la casa, oíste que tu padre hablaba con tu madre. Era de ti
que hablaban.
-Estaba en el callejón, con ese atorrante. Con el hijo del guardabarreras. ¿Te
das cuenta? Con el hijo del que mató al panadero por cinco centavos. Hay que
ponerla en penitencia.
-Son cosas de chica, no hay que hacer caso.
-Tiene once años ya - dijo tu madre.
No se atrevieron a decirte nada, pero no te dejaban salir sola.
Fingías dormir
la siesta y en vez de correr al callejón, después de almorzar, llorabas detrás
de las persianas o del mosquitero.
Oíste, entre el casero y un ciclista, un diálogo insólito: hablaban de Gabriel y
de ti. Dijeron que Gabriel se vanagloriaba en el almacén hablando de los
cigarrillos que fumaban juntos. Decían que te había dicho palabras obscenas o
con doble sentido.
Te escapaste a la hora de la siesta, corriste al cerco, para perder tu anillo.
Gabriel pasó a la hora de siempre. Fuiste a su encuentro.
-Vamos -le dijiste -a las vías del tren.
-¿Para qué?
-Se cayó mi anillo al cruzar las vías ayer cuando fui al río.
Verdad y mentira salían juntas de tus labios.
Fueron, él a caballo y tú caminando, sin hablarse. Cuando llegaron a las vías
del tren, él dejó su caballo atado a un poste y tú te arrodillaste sobre las
piedras.
-¿Dónde perdió el anillo? -te preguntó, arrodillándose a tu lado.
-Aquí -dijiste, apuntando el centro de los rieles.
Bajaron las señales. Va a pasar el tren. Salgamos de aquí exclamó con
desdén.
-Quiero que nos suicidemos -le dijiste.
Te tomó del brazo y te arrastró afuera de las vías, justo a tiempo. Las
sombras, la trepidación, el viento, el silbato del tren, con mil ruedas pasaron
sobre tu cuerpo.
Para Semana Santa, Gabriel te siguió hasta la iglesia. Lo miraste dentro del aire con incienso de la iglesia, como un pez en el agua mira un pez cuando hace el amor. Fue la última entrevista. Durante veranos sucesivos, lo imaginaste deambulando por las calles, cruzando frente a las quintas, con su traje de mecánico azul y ese prestigio que le daba la pobreza.
El tren a Burdeos - Marguerite Duras
Una vez tuve dieciséis años. A esa edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigón, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre.
Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias y los pies desnudos en unas sandalias.
No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia.
Y luego, de golpe, nos dimos cuenta de que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarlos. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos.
Hablar así bajo, con el hombre a solas, había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada.
En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz.
Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias.
Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo.
En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado.
Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer.
El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida.
Volvió.
Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío.
Muerte en el tren a Ballarat - Kerry Greenwood
—¡Ah, este debe ser el Gran Hipno! —exclamó Phryne mientras el Sr. Butler conducía a sus invitados al salón—. Esta es mi compañera, la Srta. Williams, y estamos encantados de conocerla. Siéntese. ¿Le gustaría tomar algo?
El Gran Hipno sonrió con suficiencia e hizo una reverencia, le dio su abrigo y sombrero al Sr. Butler y tomó asiento, aceptando un whisky con soda.
—¿Quería verme, Srta. Fisher? ¿De qué, si puedo preguntar? Debe de ser urgente, ya que me hizo secuestrar. Me alegra que mi fama siga vigente, llevo cinco años retirado de los escenarios.
—Sí, ¿por qué se retiró? ¿No le van muy bien los contratos?
El hombre se irritó, tirando de su brillante mechón. —Desde luego que no —dijo indignado. Encontré otro... eh... trabajo, tan apasionante que me exigía dedicarle todo mi tiempo.
Sí, siempre he pensado que el proxenetismo debe ser una profesión agotadora.
Bert, que se había quedado cerca de la puerta, asintió como si sus sospechas se hubieran confirmado. Cec observaba la escena con el rostro impasible, pero con los puños apretados.
—Se toman los más probables de los orfanatos —dijo Phryne. Y la repulsiva señorita Gay los adopta. ¡Qué mujer tan caritativa! He hablado con tres instituciones donde es muy conocida. Una señora con conciencia social, decían, esos estúpidos, una señora que se hace cargo de los casos difíciles y de las chicas malas y les encuentra un empleo adecuado. Eso con la ayuda de su manso hipnotizador, que se asegura de que las difíciles no levanten el polvo. ¿Eh, señor Burton?
—¡Nunca me han insultado tanto en mi vida! —bufó el hombre corpulento, luchando por levantarse del sillón. Phryne rió.
—¡Oh, vamos, en toda su vida! No debe haber estado escuchando. No se levante, señor Burton —añadió, mostrando la delicada pistola con la que le apuntaba. El señor Burton palideció. Se recostó en el sillón, sacó un pañuelo de seda y se secó la cara. —¡Anda, admítelo y no me hagas perder el tiempo! —espetó Phryne—. ¡O tendré un accidente con esta pistolita, ya verás! ¿Cuántas chicas? ¡Habla!
—Deben ser... bueno... unas treinta y cinco. Sí, treinta y cinco, sin contar a Jane.
—Treinta y cinco —dijo Phryne con sequedad—. Ya veo. ¿Dónde los vendiste?
En varios lugares. Yo abastecía al campo, sobre todo. Casi todas venían de instituciones bien adiestradas, ya sabes, fulanas en todo menos en la profesión, y no hacía falta hipnotizar a muchas; un desperdicio de mi arte, como le dije a la señorita Gay. Generalmente solo hacía falta explicarles la situación: que iban a ganar mucho dinero con algo más placentero que el trabajo doméstico, y la mayoría aceptaba.
—¿Y luego qué?
—Cuando la chica estaba de buen humor, organizábamos su viaje, enviando un telegrama al comprador.
—¿Cuánto pediste por cada chica?
—Ciento cincuenta libras. Buenas chicas, la mayoría. Aunque solo conseguí cien por esa zorrita de Emily MacPherson. Por supuesto, hubo cierto desperdicio —siempre lo hay en esa profesión—, suicidio, alcohol y drogas, principalmente, y por supuesto, enfermedades venéreas, pero todo lo que envié estaba limpio y relativamente nuevo; mis compradores lo saben.
Phryne tragó saliva. Dot se quedó boquiabierta. Cec cogió la botella más cercana, dio tres tragos largos y se la pasó a Bert. El señor Burton, saciado y radiante, se recostó en su asiento, divertido por su reacción.
—¿Por qué te sorprendes tanto? Es tu buena sociedad la que exige que haya prostitutas y chicas guapas. Si hay chicas guapas, debe haber prostitutas; yo me limité a proporcionártelas.
—Ser prostituta debería ser una cuestión de elección —dijo Phryne—. ¿Y qué opción les diste? ¿Le preguntaste a Gabrielle Hart si quería ser violada y drogada? Ahora, señor Burton, tengo una propuesta para ti.
—Pensé que sí —sonrió el señor Burton—.
—¿Te acuerdas de Jane?
—Sí, la pequeña llorona, con sus libros, su Ruthie y su abuela.
—Sí. Jane. La hipnotizaste, ¿verdad?
—Sí. Iba en tren a Ballarat para unirse a una casa muy exclusiva, dirigida por una generosa amiga mía, pero nunca llegó. La subí al tren de la tarde y la encontraron en el de la noche. Debió de bajarse en algún sitio, pero no puedo explicar qué salió mal: tenía instrucciones poshipnóticas explícitas.
—Quiero que le devuelva la memoria —dijo Phryne rápidamente-.
—¿Y si me niego?
—Entonces me temo… —dijo Phryne, agitando la pequeña pistola. El Sr. Burton observó que su actitud era negligente y que su vestido de tarde de seda púrpura era realmente decadente, pero su muñeca no se inclinó y su dedo estaba en el gatillo.
—Hagan que pase —dijo, tosiendo en el pañuelo—. Lo intentaré. Pero puede que no responda. Les digo que ha habido otro suceso intermedio, algún tipo de trauma.
—¿Siempre tenía sexo con las chicas, Sr. Burton? —preguntó Phryne.
Respondió distraídamente: «Ah, sí, señorita Fisher, fue parte del tratamiento y parte de la razón por la que seguí en el negocio. Tiene que haber alguna compensación por retirarse del teatro. Pero esta, si no recuerdo mal, chilló, y entonces recordé que el burdel de Ballarat pagaba una prima de cincuenta libras por vírgenes, así que cedí. No quería hacerles daño, ¿sabe?».
Bert emitió un sonido ahogado y estrujó su sombrero de fieltro hasta arruinarlo. Phryne lo miró con severidad.
«¿Entonces el trauma fue algo más, no una agresión sexual?», preguntó Phryne con serenidad.
«Ah, sí, algo completamente inesperado», dijo el señor Burton, sin percatarse de la ironía. Dot salió a buscar a Jane, quien entró con cautela, pues no conocía al señor Burton, pero tampoco le caía bien. Phryne ocultó la pistola y tomó la mano de la chica.
«Jane, querida, siéntate aquí y mira a este caballero». Estás a salvo. Estoy aquí y no te dejaré.
Ember se bajó del hombro de Jane y se sentó en el regazo de Phryne, se acurrucó como una bola negra y peluda y ronroneó. Jane se relajó. El Sr. Burton se inclinó hacia delante y le puso el pulgar en la frente.
—Tienes sueño, Jane, ¿verdad? —La magnífica voz era tan profunda como la música de un órgano—. ¿Duermes, Jane?
Jane tenía los ojos abiertos, pero su voz era fría y sin carácter, como la de un fantasma. —Estoy dormida.
—¿Qué te ordenó este hombre? —preguntó Phryne, y Jane se estremeció un poco al oír la voz desconocida, pero respondió: —Olvidar lo que me hizo.
—Jane, esa orden ha sido retirada —dijo el Sr. Burton, mirando el cañón de la pistola a un palmo de su cara—. Eres libre y liberada de toda orden, ni mía ni de nadie. En cuanto cuente hasta diez empezarás a recordar, y a medianoche recordarás todo lo sucedido. ¿Entiendes, Jane?
—Entiendo que soy libre —repitió la voz mecánica, e incluso en un trance profundo tenía un tono diferente—. Entiendo que ya no estoy bajo tus órdenes.
Diez, nueve, ocho, estírate, Jane, siete, seis, cinco, cuatro, parpadea, niña, te sientes descansada y fresca, y recuperarás la memoria poco a poco hasta que a medianoche sea completa, tres, dos, uno, ¡despierta! Chasqueó los dedos en la cara de Jane, y ella parpadeó, se concentró y se acurrucó en el abrazo de Phryne con un grito.
¡Es él! El hombre que... me hizo daño. Tocaba la ventana y me obligó a abrirle. ¡Ay, señorita Fisher, no deje que me lleve!
Phryne abrazó a Jane y luego la pasó a Dot, mientras el señor Burton se levantaba y sonreía con satisfacción. Dot agarró a una Jane frenética y fue arañada por una Ember frenética, quien la culpó por haberse desprendido de la rodilla de Phryne.
Bueno, señorita Fisher, ya hice lo que quería, ¿hablamos del pago?
Cec gruñó, y Bert dio dos pasos hacia adelante. —¿Pago? —gritó—. ¡Perro asqueroso, te voy a romper el cuello!
—Un momento —dijo Phryne, apartando a Bert con un gesto—. ¿Estás dispuesto a entregarte a la policía?
¿En serio, señorita Fisher, está bromeando? Y si deja que su rufián a sueldo me toque, te denunciaré por agresión con lesiones. Saldré de esa puerta como un hombre libre, señorita Fisher. ¿Sabe por qué? Porque ninguno de esas treinta y cinco testificaría en mi contra. Todas me quieren como a un padre, las muy tontas, y además, siete de ellas están muertas.
—No va a salir por esa puerta, ¿sabe por qué? —preguntó Phryne con una sonrisa desagradable—, porque hay una rata en el tapiz. ¿Se enteró su taquígrafo, Jack?
—Sí, señorita, lo tengo todo bajo control —dijo el inspector detective, saliendo de detrás de la cortina—. Apuesto a que no esperaba volver a verme, ¿verdad, Henry?
—¡Robinson! —jadeó Henry Burton—. ¿Cómo llegó aquí?
—Hace años que sospecho de ti, bastardo —dijo el inspector detective con su sonrisa más dulce, como si dijera «ven conmigo». —Tengo el testimonio de nueve de esas niñas, una vez que se les pasó el trance, pero no fue suficiente, pues tenían grandes lagunas en la memoria. No recordaban cómo habían caído en las garras de un caballero corpulento y respetable de ojos preciosos. Ahora que sé que la señorita Gay las sacó de los manicomios, no será tan difícil conectarlo todo para que hasta mi jefe tenga que creerlo.
Bert y Cec se apoderaron del Gran Hipno.
—¡Solo un puñetazo! —suplicó Bert—. Solo uno.
—No, tengo que llevarlo de vuelta al cuartel general. Es una mina de información. Lo sabe todo sobre las redes del vicio y la trata de blancas en Victoria. ¡No quiero que le hagan daño!
Jane, forcejeando como si la aprisionaran dos hombres fuertes, se zafó del abrazo de Dot y se abalanzó sobre el Sr. Burton, con los dedos convertidos en garras. Estaba loca de alivio y la insoportable oleada de recuerdos resurgentes la enloquecían, y Ember, saltando de su hombro, arañó cualquier punto de apoyo que pudiera alcanzar mientras Cec sujetaba a la niña que forcejeaba y la apartaba del rostro destrozado de Henry Burton.
Ember huyó hacia Cec, como todos los gatos, y hundió su pequeña cabeza con forma de pala en el hueco del brazo del hombre alto. Jane, agotada su furia, hundió el rostro en su hombro, y él la sujetó para que no tuviera otro horror que agobiara su memoria.
Afiladas como navajas, las garras de un gatito, buscando desesperadamente un asidero, habían logrado lo que ninguna pobre prostituta de doce años había conseguido: apagar la mirada mágica de Henry Burton.
Conmocionado, Bert soltó al hombre, y el Sr. Butler, quien había sido un espectador absorto durante todo el proceso, llamó a una ambulancia. La habitación quedó en silencio, salvo por los sollozos de Jane y el sordo y burbujeante resoplido de Burton, quien se había tapado la cara con las manos. La ambulancia llegó en diez minutos, durante los cuales nadie se movió ni habló, y Robinson, su taquígrafo y su prisionero se marcharon. La puerta principal se cerró. Nadie se movió. Cec acarició al gatito y a Jane con la misma delicadeza, y Dot respiró hondo y se levantó.
—Bueno, ya pasó todo, y fue un final muy desagradable, y no puede decir que no se lo merecía, ese hombre horrible. Sr. B., pídale un té a la Sra. B., ¿quiere? Señorita, ¿le gustaría un brandy? Sr. Cec, ¿puedo ofrecerle algo de beber? ¿Una taza de té?
Su voz enérgica los hizo reaccionar a todos. Phryne buscó fuego para su cigarrillo. Jane se incorporó y se secó la cara con la camisa de Cec. Bert se sentó y lió un cigarrillo con manos que apenas temblaban. Cec le sonrió a Dot.
—Gracias, señorita, me gustaría una cerveza, y Bert también, y luego algo de comer. El pobre tipo lleva días viviendo de tallos de col y vísceras.
Un indicio de lo bien que se sentían todos después de unos minutos es que, cuando Ember retiró la cabeza del hueco del brazo de Cec y empezó a lavarse las patas delanteras, nadie se estremeció al pensar en lo que se estaba lavando.
"¡Amigo, amigo, se nos olvidaba!", exclamó Bert, dejando caer de golpe un vaso de cerveza vacío. "¿Y la pequeña Ruthie?"
—Está en la cocina —observó la señora Butler con aspereza, llenándole el vaso con soltura y destreza—. Lleva aquí diez minutos, pero no podía interrumpir. ¡Qué cosas pasan en casa de una señora! Pero parece que ya ha terminado. Ruth está bien, señor... eh... Bert. Dice que la señorita Gay la golpeó otra vez, y que tiene un ojo morado, la pobre, y que huyó con la señorita Fisher, como usted le dijo. — La llamaría pero en este momento se esta bañando. ¿Entonces este horrible asunto está resuelto? —preguntó en voz baja y preocupada, pero no lo suficientemente baja como para que no escuchara Phryne. La señora Butler se hizo a un lado para dejar que Jane y Ember corrieran a la cocina. Gritos de alegría las recibieron desde el baño de la señora Butler.
—Este horrible asunto en particular ha terminado —dijo, dándole una palmadita en el brazo a su ama de llaves—, pero el otro asunto horrible ha vuelto al punto de partida. El que tenía todas las pintas de ser el asesino del tren tiene la mejor coartada de todas: estaba bajo custodia policial, así que eso lo descarta por completo. ¡Caramba! ¡Qué día tan agotador! ¿Podría cenar temprano, Sra. B.? El pobre Bert ha estado a dieta últimamente. Entonces creo que a todos nos vendría bien acostarnos temprano. Mañana iré con la Srta. Henderson a abrirle la casa y ayudarla a vaciarla, y Dot y Jane también vendrán. Ya va a ser bastante agotador, pero acabo de recordar que mañana por la noche hay un coro estudiantil en el cobertizo para botes.
—Sí, señorita, cenamos temprano. Tengo pescado que el chico jura que pescaron esta mañana, y puedo preparar fácilmente unas patatas fritas extra. ¿Le parece bien? —Y no te preocupes por tu problema —la tranquilizó la señora Butler, al ver que Phryne estaba pálida y tensa—. Probablemente se solucionará solo si no te preocupas. ¿Más cerveza, señor Bert?
Bert le ofreció su vaso y sonrió.
—Vale la pena que un hombre muera por conseguir una de sus cenas, señora Butler.
—Continúe —dijo aquella señora, y se apresuró a volver a su cocina para preparar un festín.
Jane estaba sentada junto a la chimenea, con Ruth, impecablemente limpia. Ember estaba en su regazo. El gatito se había recuperado por completo y observaba las llamas con las orejas hacia atrás, como si estuviera en el pecho de su madre.
—Recuerdo mucho más —dijo en voz baja—. Recuerdo bajar del tren, en una estación en medio de grandes prados abiertos. No sabía quién era ni adónde iba, pero sabía que no quería ir allí. Me senté en el asiento de la estación, entonces oscureció y un tren se detuvo, y oí llorar a un niño, así que fui a buscarlo y lo subí de nuevo al tren. Luego me pareció una tontería quedarme donde estaba, así que subí también y me escondí en el baño. Me quedé allí hasta que... pasó algo... entonces llegué a Ballarat y no podía recordar nada. —Parece que le pasó a otra persona, no a mí —explicó—. Como si fuera una película.
—Y, claro, no había nadie en la estación para recibirte, porque ibas en el tren equivocado —reflexionó Phryne—. Todo encaja, Jane.
Jane levantó la vista de repente y puso una mano sobre la rodilla de Phryne, cubierta de seda.
Su rostro, vuelto hacia arriba, era muy joven.
—¿Sigo siendo una buena chica, señorita?
Phryne, inclinándose para abrazar a Jane con un apretón inusual en el corazón, le aseguró que sí lo era.
Colinas como elefantes blancos - Ernest Hemingway
Del otro lado del valle del Ebro, las colinas eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación se alzaba al rayo del sol, entre dos líneas de rieles. Junto a la pared de la estación caía la sombra tibia del edificio y una cortina de cuentas de bambú colgaba en el vano de la puerta del bar, para que no entraran las moscas.
El americano y la muchacha que iba con él tomaron asiento a una mesa a la sombra, fuera del edificio. Hacía mucho calor y el expreso de Barcelona llegaría en cuarenta minutos. Se detenía dos minutos en este entronque y luego seguía hacia Madrid.
—¿Qué tomamos? —preguntó la muchacha. Se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa.
—Hace calor —dijo el hombre.
—Tomemos cerveza.
—Dos cervezas —dijo el hombre hacia la cortina.
—¿Grandes? —preguntó una mujer desde el umbral.
—Sí. Dos grandes.
La mujer trajo dos tarros de cerveza y dos portavasos de fieltro. Puso en la mesa los portavasos y los tarros y miró al hombre y a la muchacha. La muchacha miraba la hilera de colinas. Eran blancas bajo el sol y el campo estaba pardo y seco.
—Parecen elefantes blancos —dijo.
—Nunca he visto uno —. El hombre bebió su cerveza.
—No, claro que no.
—Nada de claro —dijo el hombre—. Bien podría haberlo visto.
La muchacha miró la cortina de cuentas.
—Tiene algo pintado —dijo—. ¿Qué dice?
—Anís del Toro. Es una bebida.
—¿Podríamos probarla?
—Oiga —llamó el hombre a través de la cortina.
La mujer salió del bar.
—Cuatro reales.
—Queremos dos de Anís del Toro.
—¿Con agua?
—¿Lo quieres con agua?
—No sé —dijo la muchacha—. ¿Sabe bien con agua?
—No sabe mal.
—¿Los quieren con agua? —preguntó la mujer.
—Sí, con agua.
—Sabe a orozuz —dijo la muchacha y dejó el vaso.
—Así pasa con todo.
—Si- dijo la muchacha —Todo sabe a orozuz. Especialmente las cosas que uno ha esperado tanto tiempo, como el ajenjo.
—Oh, basta ya.
—Tú empezaste —dijo la muchacha—. Yo me divertía. Pasaba un buen rato.
—Bien, tratemos de pasar un buen rato.
—De acuerdo. Yo trataba. Dije que las montañas parecían elefantes blancos. ¿No fue ocurrente?
—Fue ocurrente.
—Quise probar esta bebida. Eso es todo lo que hacemos, ¿no? ¿Mirar cosas y probar bebidas?
—Supongo.
La muchacha contempló las colinas.
—Son preciosas colinas —dijo—. En realidad no parecen elefantes blancos. Sólo me refería al color de su piel entre los árboles.
—¿Tomamos otro trago?
—De acuerdo.
El viento cálido empujaba contra la mesa la cortina de cuentas.
—La cerveza está buena y fresca —dijo el hombre.
—Es preciosa —dijo la muchacha.
—En realidad se trata de una operación muy sencilla, Jig —dijo el hombre—. En realidad no es una operación.
La muchacha miró el piso donde descansaban las patas de la mesa.
—Yo sé que no te va a afectar, Jig. En realidad no es nada. Sólo es para que entre el aire.
La muchacha no dijo nada.
—Yo iré contigo y estaré contigo todo el tiempo. Sólo dejan que entre el aire y luego todo es perfectamente natural.
—¿Y qué haremos después?
—Estaremos bien después. Igual que como estábamos.
—¿Qué te hace pensarlo?
—Eso es lo único que nos molesta. Es lo único que nos hace infelices.
La muchacha miró la cortina de cuentas, extendió la mano y tomó dos de las sartas.
—Y piensas que estaremos bien y seremos felices.
—Lo sé. No debes tener miedo. Conozco mucha gente que lo ha hecho.
—Yo también —dijo la muchacha—. Y después todos fueron tan felices.
—Bueno —dijo el hombre—, si no quieres no estás obligada. Yo no te obligaría si no quisieras. Pero sé que es perfectamente sencillo.
—¿Y tú de veras quieres?
—Pienso que es lo mejor. Pero no quiero que lo hagas si en realidad no quieres.
—Y si lo hago, ¿serás feliz y las cosas serán como eran y me querrás?
—Te quiero. Tú sabes que te quiero.
—Sí, pero si lo hago, ¿volverá a parecerte bonito que yo diga que las cosas son como elefantes blancos?
—Me encantará. Me encanta, pero en estos momentos no puedo disfrutarlo. Ya sabes cómo me pongo cuando me preocupo.
—Si lo hago, ¿nunca volverás a preocuparte?
—No me preocupará que lo hagas, porque es perfectamente sencillo.
—Entonces lo haré. Porque yo no me importo.
—¿Qué quieres decir?
—Yo no me importo.
—Bueno, pues a mí sí me importas.
—Ah, sí. Pero yo no me importo. Y lo haré y luego todo será magnífico.
—No quiero que lo hagas si te sientes así.
La muchacha se puso en pie y caminó hasta el extremo de la estación. Allá, del otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro. Muy lejos, más allá del río, había montañas. La sombra de una nube cruzaba el campo de grano y la muchacha vio el río entre los árboles.
—Y podríamos tener todo esto —dijo—. Y podríamos tenerlo todo y cada día lo hacemos más imposible.
—¿Qué dijiste?
—Dije que podríamos tenerlo todo.
—Podemos tenerlo todo.
—No, no podemos.
—Podemos tener todo el mundo.
—No, no podemos.
—Podemos ir adondequiera.
—No, no podemos. Ya no es nuestro.
—Es nuestro.
—No, ya no. Y una vez que te lo quitan, nunca lo recobras.
—Pero no nos los han quitado.
—Ya veremos tarde o temprano.
—Vuelve a la sombra —dijo él—. No debes sentirte así.
—No me siento de ningún modo —dijo la muchacha—. Nada más sé cosas.
—No quiero que hagas nada que no quieras hacer…
—Ni que no sea por mi bien —dijo ella—. Ya sé. ¿Tomamos otra cerveza?
—Bueno. Pero tienes que darte cuenta…
—Me doy cuenta —dijo la muchacha. ¿No podríamos callarnos un poco?
Se sentaron a la mesa y la muchacha miró las colinas en el lado seco del valle y el hombre la miró a ella y miró la mesa.
—Tienes que darte cuenta —dijo— que no quiero que lo hagas si tú no quieres. Estoy perfectamente dispuesto a dar el paso si algo significa para ti.
—¿No significa nada para ti? Hallaríamos manera.
—Claro que significa. Pero no quiero a nadie más que a ti. No quiero que nadie se interponga. Y sé que es perfectamente sencillo.
—Sí, sabes que es perfectamente sencillo.
—Está bien que digas eso, pero en verdad lo sé.
—¿Querrías hacer algo por mi?
—Yo haría cualquier cosa por ti.
—¿Querrías, por favor, por favor, por favor, por favor, callarte la boca?
El no dijo nada y miró las maletas arrimadas a la pared de la estación. Tenían etiquetas de todos los hoteles donde habían pasado la noche.
—Pero no quiero que lo hagas —dijo—, no me importa en absoluto.
—Voy a gritar —dijo la muchacha.
La mujer salió de la cortina con dos tarros de cerveza y los puso en los húmedos portavasos de fieltro.
—El tren llega en cinco minutos —dijo.
—¿Qué dijo? —preguntó la muchacha.
—Que el tren llega en cinco minutos.
La muchacha dirigió a la mujer una vívida sonrisa de agradecimiento.
—Iré llevando las maletas al otro lado de la estación —dijo el hombre. Ella le sonrió.
—De acuerdo. Ven luego a que terminemos la cerveza.
El recogió las dos pesadas maletas y las llevó, rodeando la estación, hasta las otras vías. Miró a la distancia pero no vio el tren. De regresó cruzó por el bar, donde la gente en espera del tren se hallaba bebiendo. Tomó un anís en la barra y miró a la gente. Todos esperaban razonablemente el tren. Salió atravesando la cortina de cuentas. La muchacha estaba sentada y le sonrió.
—¿Te sientes mejor? —preguntó él.
—Me siento muy bien —dijo ella—. No me pasa nada. Me siento muy bien
El guardagujas - Juan José Arreola
Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse, el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:
-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?
-¿Lleva usted poco tiempo en este país?
-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.
-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.
-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.
-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.
-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.
-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.
-Por favor...
-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
-Pero ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?
-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas de gis. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.
-¿Me llevará ese tren a T.?
-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente algún rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?
-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?
-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna...
-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted...
-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?
-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.
-¿Cómo es eso?
-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.
-¡Santo Dios!
-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo juntos, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.
-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!
-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.
-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!
-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.
-¿Y la policía no interviene?
-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.
-Pero una vez en el tren, ¿está uno a cubierto de nuevas contingencias?
-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que usted creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.
-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.
-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: "Hemos llegado a T." Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.
-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?
-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.
-¿Qué está usted diciendo?
-En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más; pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.
-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.
-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.
-¿Y eso qué objeto tiene?
-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber a dónde van ni de dónde vienen.
-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?
-Yo, señor, sólo soy guardagujas. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F. cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: "Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual", dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.
-¿Y los viajeros?
-Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lotes selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?
El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.
-¿Es el tren? -preguntó el forastero.
El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:
-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice usted que se llama?
-¡X! -contestó el viajero.
En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.
Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.