Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como lágrimas

Rostros - Yasunari Kawabata

Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible. No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tantos en la platea como lo lograba esa pequeña actriz. A los dieciséis, dio a luz a una niña. -No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella -dijo el padre de la criatura. -Tampoco se parece a mí -dijo la joven-. Pero es mi hija. Ese rostro fue el primero al que no pudo comprender. Y sabrán que su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija.  Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde llor...

Años - Cesare Pavese

De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo, esa noche, que tenía que irme, o irse ella - ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejase que probásemos de nuevo: estaba tumbado a su  lado y la  abrazaba. Ella  me dijo: - ¿Con qué finalidad? - Hablábamos en voz baja, a oscuras. Luego Silvia se durmió, y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que fuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmig...

La demanda de las lágrimas de la Reina - Lord Dunsany

Sylvia, reina de los bosques, reunió a la corte en su palacio y se burló de sus pretendientes. Les cantaría, dijo, les ofrecería banquetes, les narraría cuentos de los tiempos legendarios; sus juglares harían cabriolas ante ellos, sus ejércitos les saludarían, sus bufones bromearían con ellos y tendrían extravagantes ocurrencias; sólo que no podía quererles. Ésa no era forma, dijeron ellos, de tratar a príncipes en todo su esplendor y a misteriosos trovadores que ocultaban nombres regios; no está de acuerdo con la fábula; no hay precedente de ello en la mitología. La reina podía haber arrojado su guante, dijeron ellos, en la guarida de un león, podía haber pedido una veintena de cabezas de serpientes venenosas de Licantara, o de haber exigido la muerte de cualquier dragón notable, o enviarles a todos ellos tras alguna demanda fatal, mas que no pudiera quererles... ¡eso nunca se había oído!... no tenía parangón en los anales del romance. Y entonces ella les dijo que, si tenían neces...

La noche del vals y el nocturno - Francisco Tario

Me hallaba yo en un ángulo de la terraza, sofocado por la furia de la danza. Los músicos, en el interior del salón, limpiaban sus frentes rojas y el director de orquesta ordenaba su corbata blanca. Lánguidas parejas de enamorados discurrían por los jardines húmedos cuyas emanaciones no eran más sugerentes que las de las mujercitas pálidas. La luna, rosada, alta, era una extraña perla suspendida misteriosamente sobre el mundo... Invisible y bello, contemplaba yo el espectáculo calladamente junto a los muslos de una dríada de mármol. Entonces, cuando mi abstracción era absoluta, percibí una voz tan dulce que igualaba las melodías más dulces de mi música. Atendí, notando que la voz me hablaba. —¿Quién eres? —pregunté en seguida, sin lograr distinguir figura alguna. —Adivina —insinuó la voz muy tiernamente. Me llevé un dedo a los labios, inclinándome sobre la balaustrada. Luego tomé entre mis dedos una madreselva y balbucí: —¡No sé! —Adivina... —¿Eres también música? —suger...

Rincón de la Poesía: Sorpresa - Lucía Rivadeneyra

Imagen
Desperté contigo mojada   hasta las lágrimas.     En cada cicatriz cabe la vida . p.55