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Rostros - Yasunari Kawabata

Desde los seis o siete años hasta que tuvo catorce o quince, no había dejado de llorar en escena. Y junto con ella, la audiencia lloraba también muchas veces. La idea de que el público siempre lloraría si ella lo hacía fue la primera visión que tuvo de la vida. Para ella, las caras se aprestaban a llorar indefectiblemente, si ella estaba en escena. Y como no había un solo rostro que no comprendiera, el mundo para ella se presentaba con un aspecto fácilmente comprensible.

No había ningún actor en toda la compañía capaz de hacer llorar a tantos en la platea como lo lograba esa pequeña actriz.

A los dieciséis, dio a luz a una niña.
-No se parece a mí. No es mi hija. No tengo nada que ver con ella -dijo el padre de la criatura.
-Tampoco se parece a mí -dijo la joven-. Pero es mi hija.

Ese rostro fue el primero al que no pudo comprender. Y sabrán que su vida como niña actriz se acabó cuando tuvo a su hija. 

Entonces se dio cuenta de que había un gran foso entre el escenario donde lloraba y desde donde hacía llorar a la audiencia, y el mundo real. Cuando se asomó a ese foso, vio que era negro como la noche. Incontables rostros incomprensibles, como el de su propia hija, emergían de la oscuridad.

En algún lugar del camino se separó del padre de su niña.
Y con el paso de los años, empezó a creer que el rostro de la niña se parecía al del padre.

Con el tiempo, las actuaciones de su hija hicieron llorar al público, tal como lo hacía ella de joven.

Se separó también de su hija, en algún lugar del camino.

Más tarde, empezó a pensar que el rostro de su hija se parecía al suyo.

Unos diez años más tarde, la mujer finalmente se encontró con su propio padre, un actor ambulante, en un teatro de pueblo. 

Y allí se enteró del paradero de su madre.

Fue hacia ella. Apenas la vio, se puso a llorar. Sollozando se aferró a ella. Al hallar a su madre, por primera vez en la vida lloraba de verdad.

El rostro de la hija que había abandonado por el camino era una réplica exacta del de su propia madre. Pero ella no se parecía a su madre, así como ella y su hija no se asemejaban en nada. Pero la abuela y la nieta eran como dos gotas de agua.

Mientras lloraba sobre el pecho de su madre, supo qué era realmente llorar, eso que hacía cuando era una niña actriz.

Ahora, con corazón de peregrino en tierra sagrada, la mujer se volvió a reunir con su compañía, con la esperanza de reencontrarse en algún lugar con su hija y el padre de su hija, y contarles lo que había aprendido sobre los rostros.

 

Años - Cesare Pavese

De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo, esa noche, que tenía que irme, o irse ella - ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejase que probásemos de nuevo: estaba tumbado a su  lado y la  abrazaba. Ella  me dijo:

- ¿Con qué finalidad? - Hablábamos en voz baja, a oscuras.

Luego Silvia se durmió, y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que fuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.

Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.

Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo: - Es bonito ser sinceros, como nosotros. - ¡Oh, Silvia!-susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré? - Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica. - Bobo - dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.

Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.- Tú eres como una prostituta - le dije - y siempre lo has sido.

Silvia no abrió los ojos. - ¿Estás mejor ahora que lo has dicho? - me dijo.

Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.

Luego Silvia me dijo: -Ya basta. Tengo que levantarme.

Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana, y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.

Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.

Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba en recoger todos los recuerdos desagradables  que tenía de Silvia - sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.

Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Fuera la niebla y el sol cegaban.

La demanda de las lágrimas de la Reina - Lord Dunsany

Sylvia, reina de los bosques, reunió a la corte en su palacio y se burló de sus pretendientes. Les cantaría, dijo, les ofrecería banquetes, les narraría cuentos de los tiempos legendarios; sus juglares harían cabriolas ante ellos, sus ejércitos les saludarían, sus bufones bromearían con ellos y tendrían extravagantes ocurrencias; sólo que no podía quererles.

Ésa no era forma, dijeron ellos, de tratar a príncipes en todo su esplendor y a misteriosos trovadores que ocultaban nombres regios; no está de acuerdo con la fábula; no hay precedente de ello en la mitología. La reina podía haber arrojado su guante, dijeron ellos, en la guarida de un león, podía haber pedido una veintena de cabezas de serpientes venenosas de Licantara, o de haber exigido la muerte de cualquier dragón notable, o enviarles a todos ellos tras alguna demanda fatal, mas que no pudiera quererles... ¡eso nunca se había oído!... no tenía parangón en los anales del romance.

Y entonces ella les dijo que, si tenían necesidad de una demanda, ofrecería su mano al primero que la hiciera llorar; y la demanda sería llamada, para referirse a ella en las historias o canciones, la Demanda de las Lágrimas de la Reina, y el que las consiguiera se casaría con ella, aunque sólo fuera un insignificante duque de algún país desconocido en los romances.

Y muchos de ellos estallaron en cólera, pues esperaban alguna demanda sangrienta. Mas el anciano chambelán de los lores dijo, mientras murmuraban entre ellos en un lejano rincón de la cámara, que la demanda aunque ardua era sensata, porque si ella podía llorar alguna vez, también podía amar. 

Ellos habían conocido toda su niñez: ella nunca había suspirado. Muchos hombres había visto ella, tanto pretendientes como cortesanos, mas jamás había vuelto la cabeza cuando alguno de ellos pasó cerca. Su belleza era como los apacibles ocasos de esas tardes amargas en que todo el mundo está congelado: producía asombro y escalofríos. 

Era como una montaña soleada que se alzara en solitario, embellecida por el hielo, como un desolado y solitario resplandor, avanzada la tarde, lejos del mundo confortable y sin apenas acompañamiento de estrellas: la perdición  de los montañeros.

Si ella pudiera llorar, dijeron ellos, podría amar.

Y ella sonrió agradablemente a aquellos ardientes príncipes, y a aquellos trovadores que ocultaban nombres regios.

Luego, uno a uno, cada príncipe pretendiente contó la historia de su amor, con los brazos extendidos y puesto de rodillas. Y fueron tan tristes y lastimosos los relatos, que con frecuencia lloró en los balcones alguna doncella de palacio. Mas la reina asintió muy cortésmente con la cabeza como una indiferente magnolia cuya radiante floración fuera sacudida inútilmente en plena noche por todos los vientos.

Y cuando los príncipes contaron sus desesperados amores y se fueron sin otro botín que el de sus propias lágrimas, llegaron los desconocidos trovadores y relataron sus historias en forma de canción, ocultando sus graciosos nombres.

Y hubo uno, Ackronnion, cubierto de harapos en los que se había depositado el polvo de los caminos, bajo los cuales llevaba una armadura abollada por los golpes, que, cuando tocó el arpa y cantó, hizo llorar a las doncellas en todos los balcones, e incluso gimotear al anciano chambelán de los lores, quien más tarde rióse con los ojos arrasados en lágrimas y dijo:

"Es fácil conseguir que los ancianos lloren, o arrancar frívolas lágrimas a las chicas perezosas; mas no logrará que la Reina de los Bosques prorrumpa en llantos".

Y ella asintió cortésmente con la cabeza. Y ese hombre fue el último en intervenir. Y aquellos duques y príncipes, y trovadores disfrazados, se marcharon desolados. Sin embargo, Ackronnion meditó mientras se iba.

Él era rey de Afarmah, Lool y Haf, señor de Zeroora y la accidentada Chang, y duque de Molóng y Mlash, lugares todos ellos familiarizados con el romance o no ignorados en la gestación de los mitos. Meditó mientras se ponía su ligero disfraz.

Todos aquellos que no recuerden su niñez, por tener otras cosas que hacer, deben saber que debajo del País de las Hadas, que está, como todos saben, en los confines del mundo, mora la Bestia Alegre. Un sinónimo de la alegría.

Es sabido que la alondra en su apogeo, los niños jugando al aire libre, las brujas buenas y los ancianos padres joviales, todos han sido comparados -¡y cuán apropiadamente!- con la mismísima Bestia Alegre. Sólo tiene una "pega" (si se me permite utilizar momentáneamente el argot para explicarme con mayor claridad), sólo un inconveniente, y es que a causa de la alegría de su corazón echa a perder las coles del Anciano que Cuida el País de las Hadas... y, por supuesto, es devoradora de hombres.

Debe sobreentenderse además que quienquiera que logre obtener las lágrimas de la Bestia Alegre en un cuenco y se embriague con ellas, es capaz de hacer derramar lágrimas de alegría a cualquiera, con tal que la posesión le mantenga inspirado para cantar o componer música.

Inmediatamente Ackronnion reflexionó de esta guisa: si él pudiera obtener las lágrimas de la Bestia Alegre por medio de su arte, absteniéndose de la violencia gracias al hechizo de la música, y si algún amigo suyo matara a la Bestia antes de que dejara de llorar -pues el llanto debe tocar a su fin, incluso entre los hombres-, él podría marcharse sano y salvo con las lágrimas, y bebérselas delante de la Reina de los Bosques, arrancando a ésta lágrimas de alegría. 

Por consiguiente buscó a un humilde caballero a quien no le importaba la belleza de Sylvia, Reina de los Bosques, y que en una ocasión, un verano de hace mucho tiempo, había encontrado por sí mismo a una doncella selvática. El hombre se llamaba Arrath y era un caballero armado de la guardia de lanceros, súbdito de Ackronnion. 

Y juntos se pusieron en camino a través de parajes de fábula hasta llegar al País de las Hadas, un reino expuesto al sol (como todos saben) en muchas leguas a lo largo de los confines del mundo. Y por un extraño sendero contiguo llegaron a la tierra que buscaban, en medio de un viento procedente del espacio que soplaba con una especie de sabor metálico a estrellas errantes. 

Aun así llegaron a la casa de paja expuesta al viento, en donde mora el Anciano que Cuida el País de las Hadas, sentado junto a las ventanas del salón que mira más allá del mundo. Les dio la bienvenida en su salón orientado hacia las estrellas, contándoles cuentos del espacio, y, cuando ellos mencionaron su peligrosa demanda, dijo que sería caritativo matar a la Bestia Alegre; pues con toda evidencia él era de esos a los que no les gustaban los modales alegres de aquélla. 

Y luego les condujo afuera por la puerta de atrás, pues la de delante no tenía acera ni siquiera escalones -por ella vaciaba el anciano su agua sucia sobre la Cruz del Sur-, y de esa manera llegaron al huerto donde crecían sus coles y esas flores que sólo brotan en el País de las Hadas, volviendo siempre sus rostros hacia el cometa; y él les señaló el camino hacia un lugar que llamó el Fondo, donde la Bestia Alegre tenía su guarida. 

Entonces se pusieron todos manos a la obra. Ackronnion tenía que ir por las escaleras con su arpa y un cuenco de ágata, mientras Arrath daría un rodeo por el otro lado.

 Luego, el Anciano que Cuida del País de las Hadas regresó a su casa expuesta al viento, murmurando airadamente según pasaba junto a sus coles, pues no le gustaban los modales de la Bestia Alegre y los dos amigos partieron por caminos separados.

Nadie les descubrió salvo aquel ominoso cuervo, ya saciado de carne humana por demasiado tiempo.

Soplaba un viento frío procedente de las estrellas.

Al principio la escalada fue peligrosa; luego, Ackronnion llegó a los amplios y lisos peldaños que partían del borde de la guarida, y en aquel momento oyó en lo alto de las escaleras las continuas risitas de la Bestia Alegre.

Temió entonces que la alegría de la Bestia fuera insuperable, que no pudiera entristecerla ni la más doliente canción. No obstante, no se volvió atrás, sino que ascendió las escaleras silenciosamente y, depositando el cuenco de ágata en un peldaño, empezó a cantar una canción titulada Dolorosa. 

Ésta mencionaba desolados y lamentables sucesos que acontecieron hace mucho en los albores del mundo. Contaba cómo los dioses, las bestias y los hombres hace mucho tiempo habían sido muy aficionados a las bellas compañías, aunque infructuosamente. Mencionaba una dorada multitud de alegres esperanzas, mas no su realización. Contaba cómo el Amor menospreciaba a la Muerte, mas también hablaba de las risas de ésta.

De pronto cesaron las risas contenidas de la Bestia Alegre dentro de su guarida. Ésta se levantó y tembló. Estaba bastante triste. Ackronnion siguió cantando la canción titulada Dolorosa. La Bestia Alegre se acercó a él lúgubremente. A causa de su pánico, Ackronnion no se detuvo, sino que siguió cantando. Cantó sobre la malignidad del tiempo. Dos lágrimas brotaron de los ojos de la Bestia Alegre. Ackronnion movió el cuenco con el pie hasta colocarlo convenientemente. Cantó sobre el otoño y sobre el paso del tiempo. 

Entonces la Bestia lloró, como lloran las heladas colinas durante el deshielo, y las lágrimas cayeron a raudales en el cuenco de ágata. Ackronnion siguió cantando desesperadamente; mencionaba las cosas agradables que pasan desapercibidas a los hombres, la luz del sol que apenas se advierte en los rostros ahora marchitos. El cuenco estaba lleno.

Ackronnion se desesperó: la Bestia estaba tan cerca. Por un momento pensó que su boca estaba llorosa..., mas lo único que ocurría era que las lágrimas de la Bestia corrían por sus labios. ¡Se sentía como si fuera a ser devorado! ¡La Bestia estaba dejando de llorar! Cantó sobre mundos que han defraudado a los dioses. Y de pronto se oyó un estallido y la fiel lanza de Arrath dio en el blanco por detrás del hombro, y las lágrimas y los jubilosos modales de la Bestia Alegre se terminaron para siempre.

Y se llevaron con cuidado el cuenco de las lágrimas, dejando el cuerpo de la Bestia Alegre como una alternativa de alimentación para el ominoso cuervo; y, al pasar cerca de la casa de paja expuesta a los vientos, se despidieron del Anciano que Cuida el País de las Hadas, el cual, al escuchar la hazaña, se frotó sus grandes manos y masculló una y otra vez:

"Y además algo estupendo: ¡mis coles!, ¡mis coles!".

Y poco después, Ackronnion volvió a cantar en el palacio selvático de la Reina de los Bosques, no sin antes haberse bebido las lágrimas de su cuenco de ágata. Y fue una noche de fiesta, y toda la corte se congregó allí, y los embajadores del país del mito y la leyenda, e incluso algunos procedentes de Terra Cognita.

Y Ackronnion cantó como nunca lo había hecho antes y ya no volverá a hacerlo. ¡Oh, cuán espinosas son las sendas de los humanos, cuán crueles sus contados días y su aflicción final, cuán vano su empeño! Y de la mujer... ¿qué diremos?... su perdición ha sido escrita junto a la del hombre por dioses apáticos, negligentes, con sus rostros vueltos a otras esferas.

Comenzó más o menos así y luego la inspiración le embargó. No me es posible poner por escrito la conflictiva belleza de su canción: había en ella mucha alegría, mezclada con dolor; era como las vidas de los humanos; como nuestro destino.

La canción provocó sollozos, los suspiros volvían en forma de ecos: los senescales y los soldados sollozaban y las doncellas gritaban; las lágrimas caían como lluvia de balcón en balcón.

Alrededor de la Reina de los Bosques había un frenesí de sollozos y pesares.

Mas no, ella no lloró.

La noche del vals y el nocturno - Francisco Tario

Me hallaba yo en un ángulo de la terraza, sofocado por la furia de la danza. Los músicos, en el interior del salón, limpiaban sus frentes rojas y el director de orquesta ordenaba su corbata blanca. Lánguidas parejas de enamorados discurrían por los jardines húmedos cuyas emanaciones no eran más sugerentes que las de las mujercitas pálidas. La luna, rosada, alta, era una extraña perla suspendida misteriosamente sobre el mundo...

Invisible y bello, contemplaba yo el espectáculo calladamente junto a los muslos de una dríada de mármol.

Entonces, cuando mi abstracción era absoluta, percibí una voz tan dulce que igualaba las melodías más dulces de mi música. Atendí, notando que la voz me hablaba.

—¿Quién eres? —pregunté en seguida, sin lograr distinguir figura alguna.

—Adivina —insinuó la voz muy tiernamente.

Me llevé un dedo a los labios, inclinándome sobre la balaustrada. Luego tomé entre mis dedos una madreselva y balbucí:

—¡No sé!

—Adivina...

—¿Eres también música? —sugerí.

—Sí, soy música —respondió la voz alada.

—¿Cuál es tu residencia?

—Adivina...

—¿El templo acaso?

—No.

—¿Los salones de moda?

—No.

—Confiesa al menos, ¿qué hacen los hombres mientras te escuchan?

—Lloran —suspiró.

Comprendí muy claramente.

—Eres el nocturno —dije.

Oí su risa alegre, ligera, tan cristalina como una cascada.

—¡Yo soy el vals! —prorrumpí intimidado por primera vez en mi vida.

—Ya lo sé —declaró el nocturno—. Descubrí de lejos tu plumaje... ¿Quieres que paseemos? ¡La noche es tibia!

Yo dudé, reflexionando:

"Si me ausento, ¿qué bailarán los hombres?"

Mas era tal mi fascinación, que propuse:

—Espera. ¡Voy a pedir permiso!

Y, rápidamente, temiendo que a mi regreso el nocturno hubiera huido, busqué en el salón al director de orquesta. No tardé en encontrarlo y cuchicheé con él, esforzándome porque el dueño de la casa no me oyera.

Me dijo:

—Está bien. Ve y regresa pronto.

Salí a la intemperie, con la emoción retratada en el semblante.

—¿Vamos? —me invitó el nocturno. Descendimos a los jardines y caminamos largo trecho en silencio.

—¡Quiero verte! —supliqué al cabo, venciendo mi orgullo.

Pero la voz me instó a callar, posando un dedo invisible en mis labios.

—¡Aguarda!

Dejamos atrás veredas sombrías, sobre las cuales goteaban los árboles; graciosas y frescas praderas donde la hierba era muy tierna; arroyos diáfanos y sollozantes que saltaban entre los hongos; una alameda bordeada de violetas; un bosque...

Yo dije, extenuado:

—Sentémonos.

—¿Quieres realmente conocerme? —preguntó mi compañero.

—¡Sí! —grité con todas mis fuerzas.

Y vi su silueta inmóvil, sus cabellos negros y brillantes, sus ojos profundos y oblicuos, su boca fina, su porte lánguido. Sin duda alguna era aquél un personaje sumamente melancólico.

—Cuéntame tu historia —sugerí, intrigado.

—Mi historia es muy sencilla —repuso.

—¿De quién naciste?

—Según los hombres, de un músico enfermo y una duquesita romántica.

—Pero, ¿en realidad?

—En realidad, de un rayo de luna y una magnolia.

—¡Fue bella tu cuna! —exclamé observándole.

—¡Oh, bella y blanda, sí! A mi nacimiento acudieron personajes célebres: la nieve, el céfiro, la espuma blanca del mar, las flores. Y tuve presentes riquísimos: sándalo, granates, luces de bengala, leche fresca, corales...

—¿Dónde naciste? —le interrumpí, molesto.

—En un bosque de amarantos. De ahí que mi vida sea eterna.

Me eché a reír.

—¡Eterna! —repetí—. ¡Si supieras que yo he de sobrevivirte!

—¿Con qué cuentas? —me preguntó muy ingenuamente.

—Con el amor de los hombres, ¿no es suficiente? ¿Tú?

—Con su dolor.

No supe qué replicar, humillado. Pero argüí un poco más tarde:

—Mi vida es más intensa que la tuya. ¡Soy más popular que tú!

—Tal vez —admitió.

—No hay festín en que yo no figure. Reyes, príncipes, emperadores del universo entero solicitan mi presencia.

—Tal vez —repitió.

—Conozco palacios de mármol en los cuales a ti no te habrían franqueado la entrada... Increíbles salas, rosadas, azules y verdes, con los muros tapizados de seda, y en cuyos interiores danzan aristócratas, poetas y vírgenes... Monumentales terrazas de pórfido, con estatuas de náyades y efebos... Jardines de cipreses, álamos o mimosas, por entre cuyos troncos mi música se desliza maliciosamente... ¡Soy un tirano de todas las maravillas creadas!

—Tal vez —volvió a decir.

Exasperado, me puse en pie.

—¡No hay violín en el mundo que no haya besado mi música!

Calló.

—¡No hay corazoncito femenino que no haya pensado en entregarse escuchándome!

Siguió en silencio.

—¡Soy capaz de sacudir una montaña con mi ritmo! Puedo provocar un cataclismo: burlar las rutas siderales, precipitar unos ríos contra otros. ¡Puedo secar el mar!

Le vi sonreír y esto acabó por desesperarme.

—¡Tú no puedes hacer nada de eso! —grité.

Y oí cómo mi voz, prodigiosamente ampliada, retumbaba en los abismos y se propagaba por la llanura.

—¡Escucha!¡¡Escucha!! —imploré a su oído.

Un vals arrebatador y magnífico, vertiginoso y sensual, atronó el espacio. Luego quedó en suspenso la noche y se fueron apagando las luces en los pueblos. Cuando todo pareció dormido y una melancolía fatal abrazaba al mundo, mi compañero se inclinó hacia mí, que escuchaba tendido sobre la hierba.

—¿Por qué lloras? —le pregunté muy satisfecho—. ¿Tanto te ha conmovido mi música?

Él seguía llorando, llorando, y yo dije, arrepentido de mi soberbia:

—¡Perdóname si te he hecho sufrir! ¡No quise herirte!

Pero su llanto era cada vez más amargo. Me estrujaba el corazón.

—¡Calla, calla, no llores! —exclamé ahora, acariciándole los cabellos—. ¡No llores más!

Súbitamente fui advirtiendo que también yo lloraba y que las lágrimas de mi compañero se mezclaban con las mías, igual que el rocío del alba con la lluvia nocturna. Su llanto me abrasaba las manos; sus gemidos me dolían agudamente, me punzaban. Ya no había una sola luz en la noche: la luna se había apagado. Ya no había un murmullo: el viento se había detenido. No existía un solo contorno: todo estaba vacío, vacío...

Me sentí olvidado, cual si todo hubiese sucumbido y yo fuera el último habitante sobre el planeta. La angustia me dominó; creí asfixiarme. Y fue tan grande, tan profunda la pesadumbre que se apoderó de mí, que rompí a gritar con todas mis ansias, con todo el poder sobrenatural del vals que estremece las conciencias de los hombres.

—¡Calla! ¡¡Calla ya!!

Pero aquel llanto pío, dulce, era más fuerte que mi voz frenética. Y, aterrado, enloquecido, con los cabellos de punta, chorreantes las ropas de tanto llorar, huí rumbo al palacio. Salté la tapia, crucé los jardines, escalé la terraza, me asomé al salón. Pero ¡oh desdicha!

Chopin, ante un piano abierto, movía lánguidamente sus manos pálidas. Y el nocturno lloraba, lloraba, con un dolor que prometía ser eterno en el silencio frío de la noche.