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El inútil velorio - María Elvira Bermúdez

La habitación en penumbra, silenciosa y quieta. La atmósfera pesada cercando su espíritu con la angustia de todas las esperas. La ventana oprimida por viejas y conservadoras persianas y allí, en el lecho acre, la madrastra muriéndose.
 
Los días tediosos reemplazaban a las noches lentas. La congoja sucedía al temor, pero en el silo oscuro de sus emociones, la esperanza brilló siempre como diamante perdido en el basurero. Ella aguarda. Desde hace tanto tiempo aguarda, que la espera ha llegado a ser una gota más en su sangre y una neurona más en sus nervios. Espera que la mujer odiada termine de irse de una vez.
 
Ha anhelado su partida aun antes de que esta fuera anunciada. Desde el momento mismo de su aparición ha deseado, con todo el ímpetu de su pobre vitalidad, no verla más. Y ese anhelo ha crecido como el río al que las nubes arrojan torrentes de agua. Crece con cada mirada, con cada roce, con cada susurro que la madrastra vierte en torno. 
 
Al principio, fue solo el odio natural a la intrusa. A la mujer absurda que venía a suplantar a la madre. Después, fue un aborrecimiento surgido en la fuente de su propia abulia. 

Porque ella jamás pudo sustraerse a las imposiciones, a los despotismos, a las críticas, a las censuras que la madrastra dejaba caer con la naturalidad con que los tlaconetes prodigan su baba. 

Eran parte de la mujer misma, de su condición de irreprochable responsabilidad. Había que guiarla —decía—, que corregirla, que aconsej
arla. Era su deber ante Dios. Y la muchacha recibía correcciones y consejos con un silencio preñado de inútil rabia.
 
Un día, murió el padre. La confianza y la alegría que le quedaban a la muchacha se apagaron también y huyeron definitivamente en el ataúd lujoso que, como tardío vasallaje al marido bueno, exhibió la madrastra.
 
La hija fue entonces la intrusa en su propia casa. Oprimida por el duelo servil y monótono, se dejó absorber por la habilidad de la mujer al trocar sus papeles respectivos y llegó a persuadirse de que obedecer y odiar en silencio eran su signo. Pero esperaba. Esperar era lo único de que su magro ser era capaz.
 
Los minutos gotean como grifo mal cerrado. Con sorna, una lamparilla de buró persiste en esparcir su luz. La madrastra jadea y tiene los ojos cerrados. 

¿Tendrá conciencia en estos momentos de su egoc
éntrica vida, de su despotismo? ¿De su astucia? ¿Verá, retrospectivamente, como dicen que ven los agonizantes, su existencia triunfadora y soberbia? ¿La verá, anticipadamente, desembocar en una sima ayuna de gratitudes? 

Quizá se estremece ante las postreras tentaciones del Malo
. O espera confiada en que sus repetidas invocaciones al Todopoderoso le hayan conseguido un lugar en el Paraíso.
 
Incapaz de comprender el drama o el sainete que aquella agonía entraña, la muchacha mira sobrecogida cómo la mujer ladea la cabeza, abre la boca y queda inmóvil. Una racha helada invade sus arterias, mil sombras bailan a sus espaldas; susurros irónicos, llantos quedos, salen de los rincones, del techo, del suelo… 

Echa a correr aturdida y llama a gritos a las vecinas. Ya no hay que esperar. La espera se ha disipado, pero en su lugar, no una alegría satisfecha,
sino un miedo torvo ha aparecido. ¡Gente! ¡Gente! La que sea. Lo importante es no estar a solas con su ausencia.
 
Y las viejas vecinas van llegando. Vierten en sus oídos palabras de pésame que son desmentidas por las miradas brillantes que entre sí cambian. Ella comprende: la felicitan por su liberación.
 
Dos de ellas amortajan a la difunta. La muchacha contempla con placer escondido las vueltas de la sábana y los alfileres gruesos que harán cesar definitivamente los movimientos reptantes de la madrastra.

Otra vecina solícita enciende cuatro cirios y entona interminables oraciones hasta la madrugada. La muchacha permanece inmóvil en un rincón. Al calor de los comentarios, la pavura íntima se diluye como neblina y una certeza amanece en su espíritu. 

Ahora sí, la casa es suya, de ella nada más. Dueña y señora de tranquila
aunque modesta mansión; de su propio, aunque balbuciente designio.
 
Aún no es de día cuando la última vecina se va. A cargo de la muchacha quedan las postrimerías del velorio. Y el hábito antiguo sale a flote: se acerca a la madrastra y, más con el pensamiento que con las frases serviles de costumbre, le pregunta si su entierro debe ser igual al del padre. Claramente surge en su mente este vocablo: Mejor. «La soberbia mujer querrá, sin duda, un entierro mejor que el del padre».

Acostumbrada a callar, la muchach
a impide la salida al comentario despectivo e interroga: «¿Dónde está el dinero?». Y otra vez en su cerebro aparece la respuesta: En el desván. «La vieja avarienta, de seguro, oculta su tesoro en el desván». Y a ella le ha negado aun el alimento y el vestido imprescindible. Esto sí no puede olvidarlo.
 
Y va en busca del dinero. Ahora comprará muchas cosas: un vestido como el de Mariquita, un collar como el de Rosa, unas sandalias como las de la hija del sastre. Y comerá durante días hasta que no pueda más.
 
El desván, guarida de arañas y ratones, aparece desierto y sombrío. En un rincón, un carcomido cofre encierra ropa y objetos de la madre. Por el suelo rueda un retrato sin marco. 

La muchacha, llorosa y estremecida, reconoce aquella reliquia que durante tanto tiempo buscó e
n vano. Y acaricia con ternura las telas apolilladas, las cartas amarillentas, los libros deshojados y las flores marchitas que un día fueron trasunto de la personalidad materna. 

Se afe
rra a aquellos despojos con vehemencia, los moja con lágrimas antiguas y se pregunta desesperadamente por qué las madres son capaces de morir antes que sus hijas. El recuerdo de que la otra también ha muerto la reanima. 

Oprime con
tra su pecho el retrato y se promete reivindicar, cuando sea de día, aquellos objetos. Ni en los muebles desvencijados, ni en los colchones deshechos, ni entre las botellas secas o las cajas vacías, encuentra otra cosa que polvo o desilusión. 

Impaciente y atrevida va a increpar
a la madrastra, a hurgar entre sus pertenencias, si necesario es en el cadáver mismo, hasta encontrar el dinero; pero la escena que presencia la hace olvidar sus afanes.
 
La madrastra y el padre, erguidos y frente a frente, conversan. 

El padre di
ce:
 
—Allá no hay odios ni rencores, todos somos iguales. Ninguno vale ni cree valer más que otro. Y hay una gran paz. La paz del que nada desea y del que nada teme. Ven, mujer, ven conmigo.

Dice la madrastra:

—Pero ella, ¿está ahí?

—Ella es nuestra hermana, como tú y yo somos hermanos.

—No. Ella no puede ser nunca mi hermana.

Y siguen hablando, el padre con paciencia, la madrastra con odio. La muchacha no capta todas sus palabras. Las oye como esas voces conocidas que revientan en el cerebro en medio de un silencio somnoliento, pero a ellos los ve con claridad. Parecen dirigirse a ella ahora. En efecto, la madrastra le pregunta con risa cruel: 
 
—Tú, ni en el otro mundo me tolerarías, ¿verdad?

El padre aduce:

—¿Verdad que tú me perdonas?

Esperan su respuesta. La miran inmóviles y urgentes. ¿Por qué? ¿Ella qué sabe? Y con firmeza les grita:

—Yo no sé. Son ustedes los que deben saber. Ustedes están muertos.

Vuelven ellos, resignados, a su singular coloquio. El padre, a suplicar; la madrastra, a negarse.

—Ven, mujer, es tu hora.

—No. Yo no puedo rebajarme ante nadie. Yo no puedo abandonar lo mío. Yo no quiero estar donde ella.

El padre se marcha contristado y digno. La madrastra se hunde de nuevo en su lecho mortuorio, junta las manos y cierra los ojos.
 
La luz de un nuevo día asoma por la puerta entornada y las temblorosas rendijas. La otra luz, la de los cirios, se extingue con un ensueño que ya no sabe hablar consigo mismo. La muchacha, absorta ante la presencia evidente y tiránica, presiente el retorno de su vieja compañera, la esperanza. 

Ha esperado du
rante tanto tiempo que ya no sabe hacer otra cosa. Por lo demás, el objeto de su espera está ahí, no se ha ido. No partirá. Entre sus facultades, la de partir no cuenta.
 
La lamparilla de buró renuncia a luchar con la luz del día, su sorna se trueca en retirada. El grifo mal cerrado vierte ya chorros de tiempo. La madrastra se rebulle en el lecho y, con la rapidez de una pesadilla que comienza, grita: 
 
—¡Quítenme esta mortaja! ¡Quítenmela! He decidido no morir.

Y la muchacha, sumisa, sin el menor matiz de asombro en el rostro, con el odio antiguo emboscado en el pecho huérfano otra vez de la reliquia materna, se dispone a desamortajar lentamente a la madrastra. Y a esperar de nuevo.

Xélucha - Matthew Phipps Shiell


«Va en pos de ella… y no lo sabe…»
(De un diario)

¡Hace tres días! Cielos, parece un siglo. Pero estoy conmocionado… mi razón está pervertida. Hace un rato me sumí en un coma que recordaba en todo a un ataque de petit mal. «Tumbas, y gusanos, y epitafios»: esa es la fantasía de mi sueño. A mi edad, con mi físico, ¡camino tambaleándome, como un hombre acabado! Pero todo eso pasará: debo volver en mí… mi razón está pervertida. ¡Hace tres días, y parece un siglo! 

Sentado en el suelo ante una vieja cista llena de cartas, encontré un paquete de las de Cosmo. ¡Vaya, las había olvidado, ya empiezan a amarillear! En verdad, ya no puedo llamarme joven. 

Me quedé allí leyendo, inmóvil, arrebatado por los recuerdos. ¡Pero divagar es perderse!, debo retorcer el cuello a esa mala costumbre, o disponerme a perecer. Una vez más me deslicé por la laberíntica armonía esférica del minueto, y di vueltas con el vals, mientras las llamas alargadas de los candelabros y el mediodía de la bacanal giraban a mi alrededor. 

¡Cosmo era el auténtico zar y marajá de los sibaritas, el Príapo de los détraqués! En cada alcoba inesperada de su villa romana había un diván elevado, con su necesario escabel, flanqueado y endoselado por espejos de oro puro. La tisis le tenía bien atenazado; cuando al fin se recostaba ante la mesa, hasta que entraba en calor, apenas podía levantar su copa de vino. ¡Sus ojos eran como luciérnagas enroscadas, cercadas por un halo de vaporosas emanaciones de fósforo! Se veía a las claras que libraba una lucha desesperada con la Devoradora. 

Pero hasta el final persistió su sonrisa principesca, hasta el final, entre aquella cómica compañía, siguió siendo el director indiscutido del coro de todos los ritos, ¡no diré de Pafos, pero sí de Quemos y Baal-Peor! Cuando se animaba no rehuía la fiesta, el baile, la cámara oscura. 

Aquella cámara, a la que se accedía por un pasadizo secreto, era negra y opaca, de forma circular, circundada enteramente por otomanas de Marruecos; en el aire cálido flotaban perfumes de bálsamos, de bedelio, y se oían leves sones de flauta y dulcémele. Fue allí donde Lucy Hill apuñaló en el corazón a Caccofogo, al confundir la cicatriz que tenía en la espalda con la marca de Soriac. Y allí, en una bañera de malaquita, un día en que había despertado tarde, encontró la princesa Egla a Cosmo tiesamente muerto, sumergido enteramente en el agua del baño.

«¡Pero en nombre de Dios, Mérimée!», me escribía, «¡pensar que Xélucha está muerta! ¡Xélucha! ¿Puede entonces un rayo de luna perecer de supuraciones? ¿Puede el arcoíris ser comido por los gusanos? ¡Ja, ja, ja, ja, ríete conmigo, amigo mío: “elle dérangera l’Enfer”! ¡Pondrá de moda en Tofet el pas de tarentule! ¡Xélucha, la femenina! ¡Xélucha, que recordaba a las espléndidas rameras de la historia! Llora conmigo: manat rara meas lacrima per genas!

Experta como Targelia, culta como Aspasia, púrpura como Semíramis. Comprendía el tabernáculo humano, amigo mío, sus resortes y humores secretos, más íntimamente que cualquier savant de Salamanca. Tarare… ¡pero Xélucha no está muerta! 

La vitalidad no es mortal; no puedes envolver una llama en un sudario. ¡Xélucha! Entonces, ¿dónde está? Transferida, quizá: raptada a una constelación como la hija de Leda. Viajó hasta el Indostán, acompañada por la comitiva y el fasto de una begum, y amenazó con atacar al Emperador de Tartaria. 

Yo hablé de la desolación de Occidente; ella me besó, y prometió regresar. También te mencionó a ti, Mérimée, “su Conquistador”, “Mérimée, el Destructor de Mujeres”. Vaharadas de invernadero se enredaban en su pelo encrespado, mechones esparcidos sobre esa tez de tulita que tú conoces. Disfrazada cap-à-pie tenía, amigo mío, la delicada complexión de una margarita brillantemente reflejada en el ojo del bruto que pace. 
 
Me dijo que un símil de Milton había inflamado durante años la avidez de su mirada: “Las áridas llanuras de Sericana, por donde a favor de la brisa y de las velas caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña”. Me aseguró que yo, y los sabeos, considerábamos erróneamente la Llama el todo del ser, pues la otra mitad de las cosas es la Luz quintaesencial de Aristóteles. 

En la Jerarquía Urania y el libro de Fausto encuentras una compleción: ardiente serafín, querubín lleno de ojos. En Xélucha se combinaban ambos. Reconquistará el Oriente para Dionisio, y volverá. Oí de ella resplandeciente en Delhi, en una carroza tirada por leones. Después ese rumor… probablemente falso. Como Odín, Arturo y los demás, Xélucha… reaparecerá».

Poco después Cosmo se tendió en su balneum de malaquita, y tras cubrirse con el agua como con una manta, se durmió. Yo, en Inglaterra, oí poco sobre Xélucha: primero que estaba viva, luego muerta, luego que había aparecido en la antigua Tadmor del Desierto, que ahora llaman Palmira. 

Tampoco me preocupaba, pues hacía mucho tiempo que Xélucha se había convertido en mi boca en manzanas de Sodoma. Hasta que me senté junto a la cista de cartas y releí la de Cosmo, llevaba años desaparecida de mi memoria activa.

Ya es inveterado en mí el hábito de dormir durante la mayor parte del día, y vagar por la noche a lo largo y ancho de la ciudad bajo la influencia sedante de una tintura que se ha vuelto necesaria para mi vida. Tal existencia de sombra no deja de tener su encanto, y no creo que haya muchas almas que, sometidas a sus condiciones, no dejarían de ganar en elevación y temor reverencial. 

Viajar solo con el Primordial no puede sino ser solemne. La luna tiene el color de la luciérnaga, y la Noche el del sepulcro. Nux lleva en su seno a Tánatos no menos que a Hipnos, y las lágrimas amargas de Isis confluyen en un manantial. A las tres, si pasa un coche de alquiler, el ruido tiene el tono augusto del trueno. 

Una vez, a las dos, junto a una esquina, encontré a un sacerdote sentado, muerto, sonriendo impúdicamente, con las piernas dobladas. Un brazo, apoyado en una rodilla, señalaba hacia arriba con un índice acusador. Mediante una exacta observación descubrí que apuntaba hacia Betelgeuse, la estrella “a” de la lluviosa Orión. Estaba horriblemente hinchado, pues había muerto de hidropesía. Así, en todos los Supremos hay una grotesquerie; y uno de los hijos de la Noche es… Buffo.

En una plaza de Londres que, me imagino, estará desierta incluso de día, oí acercándose el metálico tintineo argentino de unos zapatitos. Eran las tres de una madrugada de invierno, al día siguiente de mi redescubrimiento de Cosmo. Me había detenido junto a una verja, mirando cómo navegaban las nubes guiadas por una luna envuelta en mantos de inclemencia. 

Al volverme vi a una dama menuda, gloriosamente vestida. Había caminado directamente hacia mí. Llevaba descubierta la cabeza, y el pelo encrespado en ondas que se unían formando un moño, tachonado de joyas, en su nuca. En la redundancia abultada de su décolleté recordaba a Parvati, la diosa del amor de la exquisita fantasía de los brahmanes.

Me hizo esta pregunta:

—¿Qué estás haciendo aquí, querido?

Su belleza me espoleaba, y la Noche es bon camarade. 

Respondí:

—Tomando el sol por medio de la luna.

—Todo eso es brillo prestado —contestó—, lo has sacado de Las flores de Sión del viejo Drummond.

Al recordarla ahora, no puedo decir que esta réplica me asombrara, aunque por supuesto debería haberlo hecho. Dije:

—Te juro por mi alma que no; pero ¿y tú?

—¡Deberías adivinar de dónde vengo yo!

—Estás radiante: vienes de Paz.

—¡Oh, más lejos que eso, hijo mío! Digamos de un baile privado en el Soho.

—¿Sí?… ¿sola?, ¿con este frío?, ¿andando…?

—Bueno, soy vieja, y soy filósofa. Puedo distinguir allí arriba a la Andrómeda que cabalga del Carnero que es su montura. Se equivocan, M’sieur, quienes suponen la existencia de una atmósfera en la cara ancha de la luna. Tengo razones para creer que en Marte habita una raza de párpados transparentes como el cristal, por lo que sus ojos son visibles mientras duermen, y quien los contempla puede ver todos los sueños desplegándose en un diminuto panorama sobre el iris. ¡No puedes imaginarme como una simple fille! Dejar que te acompañen es admitir que eres una mujer, y eso es impropio en la Nada. El joven Enós conduce un équipage à quatre, pero Artemisa «camina» sola. ¡En nombre de Diógenes, apártate de mi luz prestada! Me voy a casa.

—¿Queda lejos?

—Cerca de Piccadilly.

—Pero ¿un coche?

—Yo no voy en coche, gracias. La distancia no es nada. Ven.

Nos pusimos en marcha. Mi acompañante marcó en seguida una distancia entre nosotros, citando de El coadjutor español que los espacios abiertos son enemigos del amor. Los talmudistas, insistió dos veces, sostienen con razón que la mano es la parte más sagrada de la persona, y en ese terreno también me prohibió el contacto por el momento. 

Caminaba con suma rapidez. Yo la seguía. No se veía un alma por ninguna parte. Finalmente llegamos ante la puerta de una mansión en St. James que parecía deshabitada: no se veía ninguna luz, las ventanas no tenían cortinas, y en algunas había carteles con la leyenda SE ALQUILA. 

Sin embargo, mi acompañante subió corriendo las escaleras y, haciéndome una seña, entró en la casa. Yo la seguí, cerré la puerta de golpe y me encontré a oscuras. La oí subir, y al rato una luz difusa procedente de arriba reveló una ancha escalera que se curvaba en su ascenso. En el piso bajo donde estaba yo no había alfombras, ni muebles; el polvo era espeso. Había empezado a subir cuando, para mi sorpresa, reapareció a mi lado y susurró:

—Hasta arriba del todo, querido.

Subió ágilmente delante de mí. Más arriba no pude dudar ya de que la casa estaba vacía, salvo por nosotros. Todo era un vacío lleno de polvo y ecos. Pero en el último piso brotaba luz de una puerta, y entré en un espacioso salón. 

Quedé deslumbrado por el repentino resplandor de la estancia, en medio de la cual había una mesa puesta, cuadrada, opulenta con platos de oro, frutas y fuentes de comida; del techo pendían tres pesadas arañas de luz eléctrica, y me fijé también (lo que resultaba muy bizarre) en un pequeño candelero de latón, con un resto curvo de sebo, que había en la mesa. 

Pero la impresión del conjunto era de una magnificencia no menos que asiria: un diván de marfil, a un lado de la mesa, tenía una cabecera de calcedonia que formaba un mar donde retozaban ictiosaurios de color esmeralda; tapices cobrizos, alternados con espejos, hacían juego con una bóveda de cobre (aunque esta última, según recuerdo ahora, produjo en mi mirada una clara impresión de mugre). 
 
Mi acompañante se reclinó en un diván sigma, elevado a la altura de la mesa a la manera semítica, visible hasta sus chinelas de satén azafrán. Me indicó un asiento al otro lado, cuya incongruencia en medio de aquel esplendor me hizo tanta gracia que nada en el mundo hubiera podido impedirme esbozar una sonrisa: era una mísera silla de madera, y como no tardé en descubrir, con una pata más corta que las otras.

Señaló el vino en una botella negra, y una copa, pero no hizo el menor ademán de beber o comer; se quedó tendida sobre la cadera y el codo, petite, resplandeciente, mirando gravemente hacia arriba. Sin embargo, yo bebí.

—Se ve —dije— que estás cansada.

—¡Bien poco es lo que tú ves! —replicó ella con aire soñador, casi sin mirarme.

—Vaya, ¿así que has cambiado de humor? Estás taciturna.

—Me imagino que nunca habrás visto una tumba-pasadizo escandinava.

—Y arisca.

—¿La has visto?

—¿Una tumba-pasadizo? No.

—¡Merece la pena el viaje! Son cámaras circulares de piedra, cubiertas por túmulos de tierra, con un «pasadizo» de losas que las conecta con el aire exterior. Todo alrededor de la cámara se sientan los muertos, con la cabeza apoyada en las rodillas dobladas, y celebran consejo en silencio.

—Bebe vino conmigo, y no seas tan tartárea.

—Ciertamente pareces un necio —contestó con sarcástica frialdad—. ¿No es de lo más romántico? Sabes, datan de la Era Neolítica. A medida que caen los dientes, uno a uno, de las bocas sin labios… quedan recogidos en el regazo. Cuando el regazo adelgaza… ruedan al suelo. A partir de entonces, todo diente que cae en la cámara rompe bruscamente el silencio.

—¡Ja, ja, ja!

—Sí. Es como un lento goteo siglo tras siglo en una profunda cueva subterránea.

—¡Ja, ja! ¡Este vino se sube a la cabeza! Se expresan en un dialecto básicamente dental.

—El simio, por otra parte, lo hace en un lenguaje enteramente gutural.

Un reloj de la calle dio las cuatro. Nuestra conversación avanzaba pesadamente, agujereada por silencios. Las exhalaciones del vino llegaban a mi cerebro; la veía a través de una bruma, dilatándose vagamente, volviendo a encogerse en una delicada forma compacta. Pero todo deseo amoroso se había extinguido en mi interior.

—¿Sabes —preguntó— lo que ha descubierto un niñito en una de las kjökkenmöddings danesas? Algo horrendo. El esqueleto de un pez enorme con facciones…

—Eres sumamente infeliz.

—Cállate.

—Estás llena de zozobra.

—Creo que eres un gran imbécil.

—Te atormenta la desdicha.

—Eres un crío. No tienes ningún instinto del significado de las palabras.

—¡Cómo! ¿No soy un hombre? ¿También yo infeliz, preocupado?

—En realidad no eres nada… hasta que puedas crear.

—¿Crear qué?

—Materia.

—Eso es pretencioso. La materia no puede crearse, ni destruirse.

—En verdad, pues, debes de ser una criatura con un intelecto inusualmente débil. Ahora me doy cuenta. Así, la materia no existe, en realidad no hay nada que pueda llamarse así… es una apariencia, un espectro… salvo los imbéciles, todo escritor de Platón a Fichte ha demostrado eso, de forma voluntaria o involuntaria, para siempre. Crear es producir una impresión de su realidad en los sentidos; destruir es pasar un trapo húmedo por una pizarra cubierta de garabatos.

—Quizá. No me importa. Puesto que nadie puede hacerlo.

—¿Nadie? Tú eres un mero embrión…

—Entonces ¿quién?

—Cualquiera cuyo poder de Voluntad sea equivalente a la fuerza gravitatoria de una estrella de Primera Magnitud.

—¡Ja, ja, ja! Cielos, te gusta ser ocurrente. Entonces, ¿existen voluntades de tamaña magnitud?

—Ha habido tres, los fundadores de religiones. Hubo un cuarto: un zapatero de Herculano cuya voluntad indujo el cataclismo del Vesubio en el año 79, en directa oposición a la gravedad de Sirio. Sabes, hay más famas que las que tú has cantado. Estoy segura de que la mayor parte de los espíritus incorpóreos también…

—¡Cielos, no puedo dejar de pensar que estás llena de dolor! ¡Pobre criatura!, ven, bebe conmigo. El vino es espeso y estimulante. ¿No es setiano? Hace que te balancees y te hinches ante mí, lo juro, como una nube púrpura crepuscular…

—¡Pero eres pura pesantez, eso no lo sabía! ¡No eres un compañero! Todos tus pequeños intereses giran en torno a los centros más bajos.

—Vamos… olvida tus agonías…

—¿Cuál, crees tú, es la parte del cuerpo enterrado que buscan primero los gusanos?

—¡Los ojos!, ¡los ojos!

—Estás horriblemente equivocado… estás tan completamente en la inopia…

—¡Dios mío!

Se había inclinado hacia adelante con tal rabia de contradicción que se acercó mucho a mí. Un vestido suelto de seda ambarina, con anchas mangas, había sustituido su traje de noche, aunque no hubiera sido capaz de decir en qué momento; ahora lo advertí, perplejo, cuando se inclinó para apoyar en la mesa las palmas de las manos. Una ráfaga repentina como de flores de azahar, mezclada con el tenue olor de la mortalidad más que madura para la tumba, llenó mi olfato. Un escalofrío me recorrió la carne.

—Yerras tan garrafalmente…

—Por el amor de Dios…

—¡Estás tan miserablemente engañado! ¡No son para nada los ojos!

—¿Entonces qué, en nombre del cielo?

Un reloj anunció las cinco.

—¡La úvula!, esa pizca de carne mucosa, ya sabes, que pende del paladar por encima de la glotis: devoran el tejido de la piel y la mejilla, o se deslizan por los labios entre los dientes defectuosos, llenando la boca. Van derechos hacia ella: es la deliciae de la bóveda palatina.

Sentí náuseas ante el horror de su interés, su olor y sus palabras. Una indecible sensación de insignificancia, de debilidad, me hizo enmudecer.

—Dices que estoy llena de pesares. Dices que estoy atormentada por la aflicción, que rechino los dientes de angustia. Bueno, eres un crío en intelecto. Usas las palabras sin percatarte de su sentido, como esas mentes en lo que Leibniz llama la «conciencia simbólica». Pero supongamos que sea así…

—Es así.

—No sabes nada.

—Te veo retorcerte y penar. Tus ojos están muy pálidos. Creía que eran de color avellana; ahora tienen el tono azulado de trémulas llamas fosfóricas vistas en la oscuridad.

—Eso no prueba nada.

—Pero el blanco de la esclerótica está teñido de amarillo. Y pareces ensimismada. Dime, por tu alma, ¿por qué pareces tan pálidamente ensimismada? ¿Por qué no puedes hablar de nada que no sea el sepulcro y su podredumbre? Tus ojos me parecen descoloridos por siglos de vigilia, por misterios y milenios de dolor.

—¡El dolor!, ¡qué poco sabes de él! ¡Eres todo aire y palabrería! ¡Nada sabes de su filosofía y su rationale!

—¿Y quién sabe?

—Te daré una pista. El dolor es la subconsciencia en los seres conscientes de la Eternidad, y de la pérdida eterna. Un ínfimo pinchazo de alfiler que ni Peán ni Esculapio ni todos los poderes del cielo y el infierno pueden curar del todo. El cuerpo
consciente es subconsciente de una pérdida eterna, y el «dolor» es su suspiro ante esa tragedia. Así ocurre con todo dolor: cuanto mayor sea, mayor es la pérdida. La más enorme de las pérdidas es, por supuesto, la pérdida del Tiempo. Si pierdes eso, en cualquier medida, te sumerges de golpe en los trascendentalismos, las infinitudes de la Pérdida; si lo pierdes todo…

—¡De qué modo tan disparatado exageras! ¡Ja, ja! Te digo que es la aflicción la que te hace perorar sobre lugares comunes…

—El infierno es el lugar donde un Espíritu claro e ilimitado es subconsciente del Tiempo perdido, donde se retuerce de envidia pensando en el mundo vivo, ¡odiándolo para siempre, y a todos los hijos de la Vida!

—¡Pero domínate! Bebe… te lo ruego… yo te lo ruego… por el amor de Dios… aunque solo sea una vez…

—Precipitarse hacia la trampa… ¡eso es aflicción! Arrojar tu barco contra la roca del faro… ¡eso es Mara! Despertar, y sentir la irrevocable verdad de que fuiste en pos de ella… y los muertos estaban allí… y sus huéspedes estaban en las profundidades del infierno… ¡y no lo sabías!… aunque hubieras podido saberlo. Mira ahí fuera las casas de la ciudad en este día que amanece: te digo que no hay una que no esté habitada por algún alma… que recorre de un lado a otro el viejo teatro de su breve Día… espoleando la imaginación con mil trucos pueriles, semejanzas… engañándose minuciosamente con la fantasía de que todavía vive, de que la oportunidad de la vida no está perdida para siempre, para siempre… pero desgarrada todo el tiempo por memorias latentes del Verano desperdiciado, de la breve luz caduca entre las dos tinieblas eternas… ¡desgarrada, te digo y te grito!… ¡desgarrada, Mérimée, demonio destructor!…

Se había puesto en pie de un salto —ahora me parecía alta— entre el diván y la mesa.

—¡Mérimée! —grité—, ¿mi nombre, ramera, en tu boca maníaca? ¡Por Dios, mujer, me inspiras un terror mortal!

También yo me levanté de un salto, con el pelo erizado por el horror de mis fantasías.

—¿Tu nombre? ¿Puedes creer que ignoro tu nombre, o cualquier otra cosa sobre ti? ¡Mérimée! Vamos, ¿acaso no estabas ayer sentado leyendo sobre mí en una carta de Cosmo?

—Ah-h… —brotó la histeria en sollozos y risas de mis labios resecos—. ¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Xélucha! ¡Mi memoria se entumece y agrisalla cada vez más, Xélucha! Apiádate de mí… ¡camino por el mismísimo valle de las sombras!… ¡marchito y senil!… mira mi pelo, Xélucha, mis mechones entrecanos… tembloroso, Xélucha, anublado… ¡No soy el hombre que conociste, Xélucha, en los palacios… de Cosmo! ¡Tú eres Xélucha!

—¡Deliras, pobre gusano! —exclamó ella, la cara retorcida por una especie de malicioso desdén—. Xélucha murió de cólera en Antioquía hace diez años. Yo enjugué la espuma de sus labios. Su nariz experimentó una descomposición verdosa antes del entierro. El ojo izquierdo estaba tan hundido en el cerebro que…

—Tú eres… ¡eres Xélucha! —grité—. Así lo aúllan ahora voces de trueno dentro de mi conciencia… y por Dios santísimo, Xélucha, aunque me apestes con el aliento del infierno que eres, te voy a abrazar… vivo o condenado…

Me abalancé hacia ella. Oí la palabra «¡Loco!», como siseada por las lenguas de diez mil serpientes por toda la estancia; por un momento, ante mis ojos desorbitados, pareció elevarse hasta el techo, expandiéndose, una torre de nubes deshilachadas, y en el preciso instante en que mis brazos se cerraban sobre el vacío, por obra de algún poderoso Behemot, me vi violentamente arrojado contra una pared de la habitación, donde caí sin sentido al suelo.

Desperté cuando el sol concluía ya su descenso hacia la noche, y me quedé mirando apáticamente el techo mugriento, y la sórdida silla, y el candelero de latón, y la botella de la que había bebido. La mesa, de madera de pino y sin mantel, estaba muy sucia. 

Todo tenía el aspecto de llevar así muchos años. Aparte de estas cosas la habitación estaba vacía; aquella visión de lujo se había esfumado en el aire. El recuerdo repentino me iluminó como un fogonazo. A duras penas me puse en pie, salí de la casa y eché a correr tambaleándome, dando alaridos, por las calles crepusculares.

El elixir de la larga vida - Honoré de Balzac

En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que solo un gran señor podía disponer. 

Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada, algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.

Una parecía decir:
—Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.

Otra:
—Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.

Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
—En el fondo de mi corazón siento remordimientos —decía—. Soy católica, y temo al infierno. Pero os amo tanto, ¡tanto!, que podría sacrificaros la eternidad.

La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
—¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.

La mujer sentada junto a Belvídero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
—¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara! —después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.

—¿Cuándo serás Gran Duque? —preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.

—¿Y cuándo morirá tu padre? —dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.

—¡Ah, no me habléis de ello! —exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero—. ¡Solo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!

Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias. 

En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Baltasar, Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:
—Señor, vuestro padre se está muriendo.

Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días».

¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.

Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.

Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa —decía— que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.

—Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber —exclamaba a veces sonriendo.

Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
—Querido hijo, haz solo tonterías que te diviertan.

Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. 

Sus numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo.

Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. 

Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros le sorprendían, se limitaba a decir: «¡Ah, es don Juan que vuelve!». Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvídero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenía todos los defectos de un niño mimado. 

Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber vivido tanto tiempo. 

Le venían sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. 

Una lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella escena contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. 

Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. 

A pesar de tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. 

Aquella mirada, fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.

Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.

—¡Te divertías! —exclamó el anciano cuando vio a su hijo.

En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Don Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.

Bartolomé dijo:
—No te quiero aquí, hijo mío.

Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.

—¡Qué remordimientos, padre! —dijo hipócritamente.

—¡Pobre Juanito! —continuó el moribundo con voz sorda—, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?

—¡Oh! —exclamó don Juan—, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte de la mía! (Cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor; ¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).

Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido comprendido por el perro.

—Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo —exclamó el moribundo—, viviré. Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.

«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
—Sí, padre querido, viviréis ciertamente, porque vuestra imagen permanecerá en mi corazón.

—No se trata de esa vida —dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque le sobrecogió una de esas sospechas que solo nacen en la cabecera de los moribundos—. Escúchame, hijo —continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo—, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.

«Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.

—Pero —continuó en voz alta—, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.

—Dios soy yo —replicó el anciano refunfuñando.

—No blasfeméis —dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre—. Guardaos de hacerlo, habéis recibido la Extremaunción, y no podría hallar consuelo viéndoos morir en pecado.

—¿Quieres escucharme? —exclamó el moribundo, cuya boca crujió.

Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.

—Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta!, mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.

—Es el colmo del delirio —dijo don Juan.

—He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.

—Ya está, padre.

—Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.

—Aquí está.

—He empleado veinte años en… —en aquel instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda su energía para decir—: Tan pronto como haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con esta agua, y renaceré.

—Pues hay bastante poco —replicó el joven.

Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. 

Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.

—¡Vaya!, se acabó el buen hombre —exclamó don Juan.

Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella al final de la comida, no había visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. 

La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se estremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. 

De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. 

El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica. 

En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de costumbre.

—¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? —dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.

—Su padre era un buen hombre —le respondió ella.

Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. 

Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los excesos una religión. 

El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:
—Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fanfarrón impío? ¡Ama a su padre!

—¿Os habéis fijado en el perro negro? —preguntó la Brambilla.

—Ya es inmensamente rico —dijo suspirando Blanca Cavatolino.

—¡Y eso qué importa! —exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.

—¿Cómo que qué importa? —exclamó el Duque—. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!

Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.

—Dejadme solo aquí —dijo con voz alterada— y no entréis hasta que yo salga.

Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último solo sonaron débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamó:
—¡Veamos!

El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. 

El rostro tenía ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!». Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.

—¡Ah! ¡Ah! —dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.

Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en él. 

Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.

—¡Bien podría haber vivido cien años! —exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.

De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se hubiera asustado más.

«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.

—¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? —se preguntaba.

—Sí —dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Aquí hay brujería! —exclamó don Juan, y se acercó al ojo para reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano de Belvídero—. ¡Está ardiendo! —gritó sentándose.

Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.

Finalmente se levantó diciendo para sí:
«¡Mientras no haya sangre…!». Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.

«¿Sabría él el secreto?», se preguntó don Juan mirando al fiel animal.

Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. Solo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio físico. 

Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo, puesto que lo veía a través de una tumba. 

Analizó a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN. 

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre. 

No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras ideas vitalicias. 

Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. 

Amando solo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán sabe serlo. 

Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía enrojecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho».

Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, solo iba allí adonde quería ser llevado. 

Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! —se dijo—. No procede de un dios. 

Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Señor Dimanche. 

Fue, en efecto, el tipo de Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. 

Terribles imágenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el más célebre de nuestros embajadores.

Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rio de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:
—Si es absolutamente preciso elegir, prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.

—Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.

—¿Siempre pensáis en vuestras indulgencias? —respondió Belvídero—. ¡Pues bien!, tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.

—¡Ah!, si es así como entiendes la vejez —exclamó el papa—, corres el riesgo de ser canonizado.

—Después de vuestra ascensión al papado, puede creerse todo.

Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a San Pedro.

—San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder —dijo el papa a don Juan—, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar…

Don Juan y el papa se echaron a reír, se habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madama, pero Belvídero acudió a verle oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.

Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos quieren hacer creer.

Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos. 
 
Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días de vejez. 

Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. 

Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.

El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. 

Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalos en su casa. 

A veces, sentía placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. 

Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. 

Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio tenía una pituita pertinaz, una molesta ciática y una gota brutal. 

Veía cómo sus dientes le abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. 

Acusaba la dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿Cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad». 

De este modo les encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo para con él.

Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien solo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.

Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel cándido ser.

—Felipe —le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven. Jamás había pronunciado así «Felipe» aquel padre inflexible.

—Escúchame, hijo mío —continuó el moribundo—. Soy un gran pecador. Durante mi vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama… El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás puntualmente mis órdenes.

Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.

—Tú merecías otro padre —continuó don Juan—. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.

—¡Oh, padre!

—Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.

—¡Oh, decídmela pronto, padre!

—Tan pronto como haya cerrado los ojos —continuó don Juan—, unos minutos después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con esta agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.

Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
—Coge bien el frasco —y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.

Era cerca de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna, cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. 

El joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. 

El licor se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistas de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. 

Después, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un anciano servidor gritó:

—¡Milagro! —y todos los españoles repitieron—: ¡Milagro!

Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. 

Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan de Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.

El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. 

La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que solo se doblaban allí. 

Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. 

Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas óperas solo podrían aproximarse débilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento. 

Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo.

Era un océano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los exvotos, palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan. 
 
El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. 

El abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. 

El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! 

Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Solo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de algunos bajos suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.

—¡Te Deum laudamus!

Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas de la arquitectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. 

En el instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. 

Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del infierno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus antiguos cimientos.

—¡Te Deum laudamus! —decía la asamblea.

—¡Al diablo todos!, ¡sois unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, sois unos estúpidos con vuestro viejo Dios!

Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.

—¡Deus Sabaoth, Sabaoth! —gritaron los cristianos.

—¡Insultáis la majestad del infierno! —contestó don Juan con un rechinar de dientes.

Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.

—El santo nos bendice —dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.

Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.

Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
—Sancte Johannes ora pro nobis —entendió claramente—: ¡Oh, coglione!

—¿Qué pasa ahí arriba? —exclamó el deán al ver moverse el relicario.

—El santo hace diabluras —respondió el abad.

Entonces, aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.

—¡Acuérdate de doña Elvira! —gritó la cabeza devorando la del abad.

Este profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.

Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.

—¡Imbécil! ¿Y dices que hay un Dios? —gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.