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El elixir de la larga vida - Honoré de Balzac

En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un maravilloso espectáculo de riquezas reales de que solo un gran señor podía disponer. 

Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte, cuyos blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas. No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada, algún gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos, melancólicos o burlones.

Una parecía decir:
—Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.

Otra:
—Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos que me adoran.

Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
—En el fondo de mi corazón siento remordimientos —decía—. Soy católica, y temo al infierno. Pero os amo tanto, ¡tanto!, que podría sacrificaros la eternidad.

La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:
—¡Viva la alegría! Con cada aurora tomo una nueva existencia. Olvidada del pasado, ebria aún del encuentro de la víspera, agoto todas las noches una vida de felicidad, una vida llena de amor.

La mujer sentada junto a Belvídero le miraba con los ojos llameantes. Guardaba silencio.
—¡No me confiaría a unos espadachines para matar a mi amante, si me abandonara! —después había reído; pero su mano convulsa hacía añicos una bombonera de oro milagrosamente esculpida.

—¿Cuándo serás Gran Duque? —preguntó la sexta al Príncipe, con una expresión de alegría asesina en los dientes y de delirio báquico en los ojos.

—¿Y cuándo morirá tu padre? —dijo la séptima riendo y arrojando su ramillete de flores a don Juan con un gesto ebrio y alocado. Era una inocente jovencita acostumbrada a jugar con las cosas sagradas.

—¡Ah, no me habléis de ello! —exclamó el joven y hermoso don Juan Belvídero—. ¡Solo hay un padre eterno en el mundo, y la desgracia ha querido que sea yo quien lo tenga!

Las siete cortesanas de Ferrara, los amigos de don Juan y el mismo Príncipe lanzaron un grito de horror. Doscientos años más tarde y bajo Luis XV, las gentes de buen gusto hubieran reído ante esta ocurrencia. Pero, tal vez al comienzo de una orgía las almas tienen aún demasiada lucidez. A pesar de la luz de las velas, las voces de las pasiones, de los vasos de oro y de plata, el vapor de los vinos, a pesar de la contemplación de las mujeres más arrebatadoras, quizá había aún, en el fondo de los corazones, un poco de vergüenza ante las cosas humanas y divinas, que lucha hasta que la orgía la ahoga en las últimas ondas de un vino espumoso. Sin embargo, los corazones estaban ya marchitos, torpes los ojos, y la embriaguez llegaba, según la expresión de Rabelais, hasta las sandalias. 

En aquel momento de silencio se abrió una puerta, y, como en el festín de Baltasar, Dios hizo acto de presencia y apareció bajo la forma de un viejo sirviente, de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con voz cavernosa estas sombrías palabras:
—Señor, vuestro padre se está muriendo.

Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días».

¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es tan repentina en sus caprichos como lo es una cortesana en sus desdenes; pero más fiel, pues nunca engañó a nadie.

Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.

Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas riquezas y una sabiduría más valiosa —decía— que el oro y los diamantes, que ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.

—Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber —exclamaba a veces sonriendo.

Aquel padre bondadoso gustaba de oír contar a don Juan alguna locura de su juventud y decía en tono jovial, prodigándole el oro:
—Querido hijo, haz solo tonterías que te diviertan.

Era el único anciano que se complacía en ver a un hombre joven, el amor paterno engañaba a su avanzada edad en la contemplación de una vida tan brillante. A la edad de sesenta años Belvídero se había enamorado de un ángel de paz y de belleza. Don Juan había sido el único fruto de este amor tardío y pasajero. Desde hacía quince años este hombre lamentaba la pérdida de su amada Juana. 

Sus numerosos sirvientes y también su hijo atribuyeron a este dolor de anciano las extrañas costumbres que adoptó. Confinado en el ala más incómoda de su palacio, salía raramente, y ni el mismo don Juan podía entrar en las habitaciones de su padre sin haber obtenido permiso. Si aquel anacoreta voluntario iba y venía por el palacio, o por las calles de Ferrara, parecía buscar alguna cosa que le faltase; caminaba soñador, indeciso, preocupado como un hombre en conflicto con una idea o un recuerdo.

Mientras el joven daba fiestas suntuosas y el palacio retumbaba con el estallido de su alegría, los caballos resoplaban en el patio y los pajes discutían jugando a los dados en las gradas, Bartolomé comía siete onzas de pan al día y bebía agua. Si tomaba algo de carne era para darle los huesos a un perro de aguas, su fiel compañero. Jamás se quejaba del ruido. 

Durante su enfermedad, si el sonido del cuerno de caza y los ladridos de los perros le sorprendían, se limitaba a decir: «¡Ah, es don Juan que vuelve!». Nunca hubo en la tierra un padre tan indulgente. Por otra parte, el joven Belvídero, acostumbrado a tratarle sin ceremonias, tenía todos los defectos de un niño mimado. 

Vivía con Bartolomé como vive una cortesana caprichosa con un viejo amante, disculpando sus impertinencias con una sonrisa, vendiendo su buen humor, y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero por haber vivido tanto tiempo. 

Le venían sentimientos de piedad filial del mismo modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda, respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano, ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. 

Una lámpara, situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las ventanas mal cerradas; y la nieve, azorando las vidrieras, producía un ruido sordo. Aquella escena contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de abandonar, que no pudo evitar un estremecimiento. 

Después tuvo frío, cuando al acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor, la boca entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. 

A pesar de tales signos de destrucción brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. 

Aquella mirada, fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos. Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.

Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume de la fiesta y el olor del vino.

—¡Te divertías! —exclamó el anciano cuando vio a su hijo.

En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba, dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Don Juan no quiso oír aquel salvaje asentimiento.

Bartolomé dijo:
—No te quiero aquí, hijo mío.

Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre semejante puñalada de bondad.

—¡Qué remordimientos, padre! —dijo hipócritamente.

—¡Pobre Juanito! —continuó el moribundo con voz sorda—, ¿tan bueno he sido para ti que no deseas mi muerte?

—¡Oh! —exclamó don Juan—, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte de la mía! (Cosas así pueden decirse siempre, pensaba el vividor; ¡es como si ofreciera el mundo a mi amante!).

Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido comprendido por el perro.

—Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo —exclamó el moribundo—, viviré. Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un solo día que te pertenezca.

«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:
—Sí, padre querido, viviréis ciertamente, porque vuestra imagen permanecerá en mi corazón.

—No se trata de esa vida —dijo el noble anciano, reuniendo todas sus fuerzas para incorporarse, porque le sobrecogió una de esas sospechas que solo nacen en la cabecera de los moribundos—. Escúchame, hijo —continuó con la voz debilitada por este último esfuerzo—, no tengo yo más ganas de morirme que tú de prescindir de amantes, vino, caballos, halcones, perros y oro.

«Estoy seguro de ello», pensó el hijo arrodillándose a la cabecera de la cama y besando una de las manos cadavéricas de Bartolomé.

—Pero —continuó en voz alta—, padre, padre querido, hay que someterse a la voluntad de Dios.

—Dios soy yo —replicó el anciano refunfuñando.

—No blasfeméis —dijo el joven viendo el aire amenazador que tomaban los rasgos de su padre—. Guardaos de hacerlo, habéis recibido la Extremaunción, y no podría hallar consuelo viéndoos morir en pecado.

—¿Quieres escucharme? —exclamó el moribundo, cuya boca crujió.

Don Juan cedió. Reinó un horrible silencio. Entre los grandes silbidos de la nieve llegaron aún los acordes de la viola y la deliciosa voz, débiles como un día naciente. El moribundo sonrió.

—Te agradezco el haber invitado a cantantes, haber traído música. ¡Una fiesta!, mujeres jóvenes y bellas, blancas y de negros cabellos. Todos los placeres de la vida, haz que se queden. Voy a renacer.

—Es el colmo del delirio —dijo don Juan.

—He descubierto un medio de resucitar. Mira, busca en el cajón de la mesa; podrás abrirlo apretando un resorte que hay escondido por el Grifo.

—Ya está, padre.

—Bien, coge un pequeño frasco de cristal de roca.

—Aquí está.

—He empleado veinte años en… —en aquel instante, el anciano sintió próximo el final y reunió toda su energía para decir—: Tan pronto como haya exhalado el último suspiro, me frotarás todo el cuerpo con esta agua, y renaceré.

—Pues hay bastante poco —replicó el joven.

Si bien Bartolomé ya no podía hablar, tenía aún la facultad de oír y de ver, y al oír esto, su cabeza se volvió hacia don Juan con un movimiento de escalofriante brusquedad, su cuello se quedó torcido como el de una estatua de mármol a quien el pensamiento del escultor ha condenado a mirar de lado, sus ojos, más grandes, adoptaron una espantosa inmovilidad. 

Estaba muerto, muerto perdiendo su única, su última ilusión. Buscando asilo en el corazón de su hijo encontró una tumba más honda que las que los hombres cavan habitualmente a sus muertos. Sus cabellos se habían erizado también por el horror, y su mirada convulsa hablaba aún. Era un padre saliendo con rabia de un sepulcro para pedir venganza a Dios.

—¡Vaya!, se acabó el buen hombre —exclamó don Juan.

Presuroso por acercar el misterioso cristal a la luz de la lámpara como un bebedor examina su botella al final de la comida, no había visto blanquear el ojo de su padre. El perro contemplaba con la boca abierta alternativamente a su amo muerto y el elixir, del mismo modo que don Juan miraba, ora a su padre, ora al frasco. 

La lámpara arrojaba ráfagas ondulantes. El silencio era profundo, la viola había enmudecido. Belvídero se estremeció creyendo ver moverse a su padre. Intimidado por la expresión rígida de sus ojos acusadores los cerró del mismo modo que hubiera bajado una persiana abatida por el viento en una noche de otoño. Permaneció de pie, inmóvil, perdido en un mundo de pensamientos. 

De repente, un ruido agrio, semejante al grito de un resorte oxidado, rompió el silencio. Don Juan, sorprendido, estuvo a punto de dejar caer el frasco. De sus poros brotó un sudor más frío que el acero de un puñal. Un gallo de madera pintada surgió de lo alto de un reloj de pared, y cantó tres veces. Era una de esas máquinas ingeniosas, con la ayuda de las cuales se hacían despertar para sus trabajos a una hora fija los sabios de la época. 

El alba enrojecía ya las ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes, mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no arriesgarse a perder el misterioso licor, el escéptico don Juan volvió a colocarlo en el cajón de la mesita gótica. 

En tan solemne momento oyó un tumulto sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se abrió y el Príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de costumbre.

—¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? —dijo el Príncipe al oído de la de Brambilla.

—Su padre era un buen hombre —le respondió ella.

Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían imprimido a sus rasgos una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo. Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron a rezar. 

Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor, las alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión era un exceso, y los excesos una religión. 

El Príncipe estrechó afectuosamente la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría desapareció, dejando la sala vacía. Ciertamente era una imagen de la vida. Mientras bajaban las escaleras le dijo el Príncipe a la Rivabarella:
—Y bien, ¿quién habría creído a don Juan un fanfarrón impío? ¡Ama a su padre!

—¿Os habéis fijado en el perro negro? —preguntó la Brambilla.

—Ya es inmensamente rico —dijo suspirando Blanca Cavatolino.

—¡Y eso qué importa! —exclamó la orgullosa Baronesa, aquella que había roto la bombonera.

—¿Cómo que qué importa? —exclamó el Duque—. ¡Con sus escudos él es tan príncipe como yo!

Don Juan, en un principio, asediado por mil pensamientos, dudaba ante varias decisiones. Después de haber examinado el tesoro amasado por su padre, volvió a la cámara mortuoria con el alma llena de un tremendo egoísmo. Encontró allí a toda la servidumbre ocupada en adornar el lecho fúnebre en el cual iba a ser expuesto al día siguiente el difunto señor, en medio de una soberbia capilla ardiente, curioso espectáculo que toda Ferrara vendría a admirar. Don Juan hizo un gesto y sus gentes se detuvieron, sobrecogidos, temblorosos.

—Dejadme solo aquí —dijo con voz alterada— y no entréis hasta que yo salga.

Cuando los pasos del anciano sirviente que salió el último solo sonaron débilmente en las losas, cerró don Juan precipitadamente la puerta, y seguro de su soledad exclamó:
—¡Veamos!

El cuerpo de Bartolomé estaba acostado en una larga mesa. Con el fin de evitar a los ojos de todos el horrible espectáculo de un cadáver al que una decrepitud extrema y la debilidad asemejaban a un esqueleto, los embalsamadores habían colocado una sábana sobre el cuerpo, envolviéndole todo menos la cabeza. Aquella especie de momia yacía en el centro de la habitación, y la sábana, amplia, dibujaba vagamente las formas, aun así duras, rígidas y heladas. 

El rostro tenía ya amplias marcas violeta que mostraban la necesidad de terminar el embalsamamiento. A pesar del escepticismo que le acompañaba, don Juan tembló al destapar el mágico frasco de cristal. Cuando se acercó a la cabecera un temblor estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!». Tomó un paño y, después de haberlo empapado con parsimonia en el precioso licor, lo pasó lentamente sobre el párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.

—¡Ah! ¡Ah! —dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.

Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía. Todas las pasiones humanas se agitaban en él. 

Eran las más tiernas súplicas: la cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo, que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban ojos que ladraban a su alrededor.

—¡Bien podría haber vivido cien años! —exclamó sin querer cuando, llevado ante su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.

De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente, como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí!», don Juan no se hubiera asustado más.

«¿Qué hacer?», pensaba. Tuvo el valor de intentar cerrar aquel párpado blanco. Sus esfuerzos fueron vanos.

—¿Reventarlo? ¿Sería acaso un parricidio? —se preguntaba.

—Sí —dijo el ojo con un guiño de una sorprendente ironía.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Aquí hay brujería! —exclamó don Juan, y se acercó al ojo para reventarlo. Una lágrima rodó por las mejillas hundidas del cadáver, y cayó en la mano de Belvídero—. ¡Está ardiendo! —gritó sentándose.

Aquella lucha le había fatigado como si hubiera combatido contra un ángel, como Jacob.

Finalmente se levantó diciendo para sí:
«¡Mientras no haya sangre…!». Luego, reuniendo todo el valor necesario para ser cobarde, reventó el ojo aplastándolo con un paño, pero sin mirar. Un gemido inesperado, pero terrible, se hizo oír. El pobre perro de aguas expiró aullando.

«¿Sabría él el secreto?», se preguntó don Juan mirando al fiel animal.

Don Juan Belvídero pasó por un hijo piadoso. Levantó sobre la tumba de su padre un monumento y confió la realización de las figuras a los artistas más célebres de su tiempo. Solo estuvo completamente tranquilo el día en que la estatua paterna, arrodillada ante la Religión, impuso su enorme peso sobre aquella fosa, en el fondo de la cual enterró el único remordimiento que hubiera rozado su corazón en los momentos de cansancio físico. 

Haciendo inventario de las inmensas riquezas amasadas por el viejo orientalista, don Juan se hizo avaro. ¿Acaso no tenía dos vidas humanas para proveer de dinero? Su mirada, profunda y escrutadora, penetró en el principio de la vida social y abrazó mejor al mundo, puesto que lo veía a través de una tumba. 

Analizó a los hombres y las cosas para terminar de una vez con el Pasado, representado por la Historia; con el Presente, configurado por la Ley; con el Futuro, desvelado por las Religiones. Tomó el alma y la materia, las arrojó a un crisol, no encontró nada, y desde entonces se convirtió en DON JUAN. 

Dueño de las ilusiones de la vida, se lanzó, joven y hermoso, a la vida, despreciando al mundo, pero apoderándose del mundo. Su felicidad no podía ser una felicidad burguesa que se alimenta con un hervido diario, con un agradable calentador de cama en invierno, una lámpara de noche y unas pantuflas nuevas cada trimestre. 

No; se asió a la existencia como un mono que coge una nuez y, sin entretenerse largo tiempo, despoja sabiamente las envolturas del fruto, para degustar la sabrosa pulpa. La poesía y los sublimes arrebatos de la pasión humana no le interesaban. No cometió el error de otros hombres poderosos que, imaginando que las almas pequeñas creen en las grandes almas, se dedican a intercambiar los más altos pensamientos del futuro con la calderilla de nuestras ideas vitalicias. 

Bien podía, como ellos, caminar con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo; pero prefería sentarse y secar bajo sus besos más de un labio de mujer joven, fresca y perfumada; porque, al igual que la Muerte, allí por donde pasaba devoraba todo sin pudor, queriendo un amor posesivo, un amor oriental de placeres largos y fáciles. 

Amando solo a la mujer en las mujeres, hizo de la ironía un cariz natural de su alma. Cuando sus amantes se servían de un lecho para subir a los cielos donde iban a perderse en el seno de un éxtasis embriagador, don Juan las seguía, grave, expansivo, sincero, tanto como un estudiante alemán sabe serlo. 

Pero decía YO cuando su amante, loca, extasiada decía NOSOTROS. Sabía dejarse llevar por una mujer de forma admirable. Siempre era lo bastante fuerte como para hacerla creer que era un joven colegial que dice a su primera compañera de baile: «¿Te gusta bailar?», también sabía enrojecer a propósito, y sacar su poderosa espada y derribar a los comendadores. Había burla en su simpleza y risa en sus lágrimas, pues siempre supo llorar como una mujer cuando le dice a su marido: «Dame un séquito o me moriré enferma del pecho».

Para los negociantes, el mundo es un fardo o una mesa de billetes en circulación; para la mayoría de los jóvenes, es una mujer; para algunas mujeres, es un hombre; para ciertos espíritus es un salón, una camarilla, un barrio, una ciudad; para don Juan, el universo era él. Modelo de gracia y de belleza, con un espíritu seductor, amarró su barca en todas las orillas; pero, haciéndose llevar, solo iba allí adonde quería ser llevado. 

Cuanto más vivió, más dudó. Examinando a los hombres, adivinó con frecuencia que el valor era temeridad; la prudencia, cobardía; la generosidad, finura; la justicia, un crimen; la delicadeza, una necedad; la honestidad, organización; y, gracias a una fatalidad singular, se dio cuenta de que las gentes honestas, delicadas, justas, generosas, prudentes y valerosas, no obtenían ninguna consideración entre los hombres: ¡Qué broma tan absurda! —se dijo—. No procede de un dios. 

Y entonces, renunciando a un mundo mejor, jamás se descubrió al oír pronunciar un nombre, y consideró a los santos de piedra de las iglesias como obras de arte. Pero también, comprendiendo el mecanismo de las sociedades humanas, no contradecía en exceso los prejuicios, puesto que no era tan poderoso como el verdugo, pero daba la vuelta a las leyes sociales con la gracia y el ingenio tan bien expresados en su escena con el Señor Dimanche. 

Fue, en efecto, el tipo de Don Juan de Molière, del Fausto de Goethe, del Manfred de Byron y del Melmoth de Maturin. Grandes imágenes trazadas por los mayores genios de Europa, y a las que no faltarán quizá ni los acordes de Mozart ni la lira de Rossini. 

Terribles imágenes que el principio del mal, existente en el hombre, eterniza y del cual se encuentran copias cada siglo: bien porque este tipo entra en conversaciones humanas encarnándose en Mirabeau; bien porque se conforma con actuar en silencio como Bonaparte; o de comprimir el mundo en una ironía como el divino Rabelais; o, incluso, se ría de los seres en lugar de insultar a las cosas como el mariscal de Richelieu; o que se burle a la vez de los hombres y de las cosas como el más célebre de nuestros embajadores.

Pero la profunda jovialidad de don Juan Belvídero precedió a todos ellos. Se rio de todo. Su vida era una burla que abarcaba hombres, cosas, instituciones e ideas. En lo que respecta a la eternidad, había conversado familiarmente media hora con el papa Julio II, y al final de la charla le había dicho riendo:
—Si es absolutamente preciso elegir, prefiero creer en Dios a creer en el diablo; el poder unido a la bondad ofrece siempre más recursos que el genio del mal.

—Sí, pero Dios quiere que se haga penitencia en este mundo.

—¿Siempre pensáis en vuestras indulgencias? —respondió Belvídero—. ¡Pues bien!, tengo reservada toda una existencia para arrepentirme de las faltas de mi primera vida.

—¡Ah!, si es así como entiendes la vejez —exclamó el papa—, corres el riesgo de ser canonizado.

—Después de vuestra ascensión al papado, puede creerse todo.

Fueron entonces a ver a los obreros que construían la inmensa basílica consagrada a San Pedro.

—San Pedro es el hombre de genio que dejó constituido nuestro doble poder —dijo el papa a don Juan—, merece este monumento. Pero, a veces, por la noche, pienso que un silencio borrará todo esto y habrá que volver a empezar…

Don Juan y el papa se echaron a reír, se habían entendido bien. Un necio habría ido a la mañana siguiente a divertirse con Julio II a casa de Rafael o a la deliciosa Villa Madama, pero Belvídero acudió a verle oficiar pontificalmente para convencerse de todas sus dudas. En un momento libertino, la Rovere hubiera podido desdecirse y comentar el Apocalipsis.

Sin embargo, esta leyenda no tiene por objeto el proporcionar material a aquellos que deseen escribir sobre la vida de don Juan, sino que está destinada a probar a las gentes honestas que Belvídero no murió en un duelo con una piedra como algunos litógrafos quieren hacer creer.

Cuando don Juan Belvídero alcanzó la edad de sesenta años, se instaló en España. Allí, ya anciano, se casó con una joven y encantadora andaluza. Pero, tal y como lo había calculado, no fue ni buen padre ni buen esposo. Había observado que no somos tan tiernamente amados como por las mujeres en las que nunca pensamos. 
 
Doña Elvira, educada santamente por una anciana tía en lo más profundo de Andalucía, en un castillo a pocas leguas de Sanlúcar, era toda gracia y devoción. Don Juan adivinó que aquella joven sería del tipo de mujer que combate largamente una pasión antes de ceder, y por ello pensó poder conservarla virtuosa hasta su muerte. Fue una broma seria, un jaque que se quiso reservar para jugarlo en sus días de vejez. 

Fortalecido con los errores cometidos por su padre Bartolomé, don Juan decidió utilizar los actos más insignificantes de su vejez para el éxito del drama que debía consumarse en su lecho de muerte. De este modo, la mayor parte de su riqueza permaneció oculta en los sótanos de su palacio de Ferrara, donde raramente iba. Con la otra mitad de su fortuna estableció una renta vitalicia para que le produjera intereses durante su vida, la de su mujer y la de sus hijos, astucia que su padre debiera haber practicado. 

Pero semejante maquiavélica especulación no le fue muy necesaria. El joven Felipe Belvídero, su hijo, se convirtió en un español tan concienzudamente religioso como impío era su padre, quizá en virtud del proverbio: a padre avaro, hijo pródigo.

El abad de Sanlúcar fue elegido por don Juan para dirigir la conciencia de la duquesa de Belvídero y de Felipe. Aquel eclesiástico era un hombre santo, admirablemente bien proporcionado, alto, de bellos ojos negros y una cabeza al estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. 

Quizá esperaba el anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida. Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan, bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un viejo cura rural, sin escándalos en su casa. 

A veces, sentía placer si encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de Sanlúcar, a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. 

Sin embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona, llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. 

Aquel hombre, cuyo grado más alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizá. Aquel modelo de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce una vara de mimbre, aquel hombre ingenio tenía una pituita pertinaz, una molesta ciática y una gota brutal. 

Veía cómo sus dientes le abandonaban, al igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. 

Acusaba la dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa para decirles: «Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco. ¡Ay, gran Dios! ¿Cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad». 

De este modo les encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo para con él.

Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien solo el entendimiento sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un confesor, los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir? Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras las arrebatadoras delicias de la juventud.

Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire, las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel cándido ser.

—Felipe —le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y llorar de felicidad al joven. Jamás había pronunciado así «Felipe» aquel padre inflexible.

—Escúchame, hijo mío —continuó el moribundo—. Soy un gran pecador. Durante mi vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha estado en la cabecera de mi cama… El precioso cristal podrá servirte aún, querido Felipe. Júrame, por tu salvación eterna, que ejecutarás puntualmente mis órdenes.

Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.

—Tú merecías otro padre —continuó don Juan—. Me atrevo a confesarte, hijo mío, que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el de Dios.

—¡Oh, padre!

—Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue. Iré, pues, al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.

—¡Oh, decídmela pronto, padre!

—Tan pronto como haya cerrado los ojos —continuó don Juan—, unos minutos después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas deberá ser suficiente. Me despojarás de mis ropas, rezarás padrenuestros y avemarías elevando tu alma a Dios y humedecerás cuidadosamente con esta agua santa mis ojos, mis labios, toda mi cabeza primero, y luego sucesivamente los miembros y el cuerpo; pero, hijo mío, el poder de Dios es tan grande, que no deberás asombrarte de nada.

Entonces, don Juan, que sintió llegar la muerte, añadió con voz terrible:
—Coge bien el frasco —y expiró dulcemente en los brazos de su hijo, cuyas abundantes lágrimas bañaron su rostro irónico y pálido.

Era cerca de la medianoche cuando don Felipe Belvídero colocó el cadáver de su padre sobre la mesa. Después de haber besado su frente amenazadora y sus grises cabellos, apagó la lámpara. La suave luz producida por la claridad de la luna, cuyos extraños reflejos iluminaban el campo, permitió al piadoso Felipe entrever indistintamente el cuerpo de su padre como algo blanco en medio de la sombra. 

El joven impregnó un paño en el licor que, sumido en la oración, ungió fielmente aquella cabeza sagrada en un profundo silencio. Oía estremecimientos indescriptibles, pero los atribuía a los juegos de la brisa en la cima de los árboles. Cuando humedeció el brazo derecho sintió que un brazo fuerte y vigoroso le cogía el cuello, ¡el brazo de su padre! Profirió un grito desgarrador y dejó caer el frasco, que se rompió. 

El licor se evaporó. Las gentes del castillo acudieron, provistas de candelabros, como si la trompeta del juicio final hubiera sacudido el universo. En un instante, la habitación estuvo llena de gente. La multitud temblorosa vio a don Felipe desvanecido, pero retenido por el poderoso brazo de su padre, que le apretaba el cuello. 

Después, cosa sobrenatural, los asistentes contemplaron la cabeza de don Juan tan joven y tan bella como la de Antínoo; una cabeza con cabellos negros, ojos brillantes, boca bermeja y que se agitaba de forma escalofriante, sin poder mover el esqueleto al que pertenecía. Un anciano servidor gritó:

—¡Milagro! —y todos los españoles repitieron—: ¡Milagro!

Doña Elvira, demasiado piadosa como para admitir los misterios de la magia, mandó buscar al abad de Sanlúcar. Cuando el prior contempló con sus propios ojos el milagro, decidió aprovecharlo, como hombre inteligente y como abad, para aumentar sus ingresos. 

Declarando enseguida que don Juan sería canonizado sin ninguna duda, fijó la apoteósica ceremonia en su convento que en lo sucesivo se llamaría, dijo, San Juan de Lúcar. Ante estas palabras, la cabeza hizo un gesto jocoso.

El gusto de los españoles por este tipo de solemnidades es tan conocido que no resultan difíciles de creer las hechicerías religiosas con que el abad de Sanlúcar celebró el traslado del bienaventurado don Juan Belvídero a su iglesia. Días después de la muerte del ilustre noble, el milagro de su imperfecta resurrección era tan comentado de un pueblo a otro, en un radio de más de cincuenta leguas alrededor de Sanlúcar, que resultaba cómico ver a los curiosos en los caminos; vinieron de todas partes, engolosinados por un Te Deum con antorchas. 

La antigua mezquita del convento de Sanlúcar, una maravillosa edificación construida por los moros, cuyas bóvedas escuchaban desde hacía tres siglos el nombre de Jesucristo sustituyendo al de Alá, no pudo contener a la multitud que acudía a ver la ceremonia. Apretados como hormigas, los hidalgos con capas de terciopelo y armados con sus espadas estaban de pie alrededor de las columnas, sin encontrar sitio para doblar sus rodillas, que solo se doblaban allí. 

Encantadoras campesinas, cuyas basquiñas dibujaban las amorosas formas, daban su brazo a ancianos de blancos cabellos. Jóvenes con ojos de fuego se encontraban junto a ancianas mujeres adornadas. Había, además, parejas estremecidas de placer, novias curiosas acompañadas por sus bienamados; recién casados; niños que se cogían de la mano, temerosos. Allí estaba aquella multitud, llena de colorido, brillante en sus contrastes, cargada de flores, formando un suave tumulto en el silencio de la noche. 

Las amplias puertas de la iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la que nuestras modernas óperas solo podrían aproximarse débilmente. Devotos y pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que concedieron un mágico aspecto al monumento. 

Las negras arcadas, las columnas y sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías, las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se forman en un brasero al rojo.

Era un océano de fuego, dominado al fondo de la iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las borlas, de los santos y de los exvotos, palidecía ante el relicario en que se encontraba don Juan. 
 
El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores, cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. 

El abad de Sanlúcar, adornado con los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. 

El gran chantre y los dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso, semejantes a los astros que ruedan en el firmamento. Cuando llegó la hora del triunfo, las campanas despertaron los ecos del campo, y aquella inmensa asamblea lanzó a Dios el primer grito de alabanza con que comienza el Te Deum. ¡Sublime grito! 

Eran voces puras y ligeras, voces de mujeres en éxtasis unidas a las voces graves y fuertes de los hombres, de millares de voces tan poderosas, que el órgano no dominó el conjunto, a pesar del mugir de sus tubos. Solo las agudas notas de la voz joven de los niños del coro y los amplios acentos de algunos bajos suscitaron ideas graciosas, dibujaron la infancia y la fuerza en este arrebatador concierto de voces humanas confundidas en un sentimiento de amor.

¡Te Deum laudamus!

Aquel canto salía del seno de la catedral negra de mujeres y hombres arrodillados, semejante a una luz que brilla de pronto en la noche; y se rompió el silencio como por el estallido de un trueno. Las voces ascendieron con nubes de incienso que arrojaban entonces velos diáfanos y azulados sobre las fantasías maravillosas de la arquitectura. Todo era riqueza, perfume, luz y melodía. 

En el instante en que aquella música de amor y de reconocimiento se concentró en el altar, don Juan, demasiado educado como para no dar las gracias, demasiado espiritual, por no decir burlón, respondió con una espantosa carcajada y se acomodó en su relicario. 

Pero el diablo le hizo pensar en el riesgo que corría de ser tomado por un hombre ordinario, un santo, un Bonifacio, un Pantaleón. Turbó aquella melodía de amor con un aullido al que se unieron las mil voces del infierno. La tierra bendecía, el cielo maldecía. La iglesia tembló en sus antiguos cimientos.

¡Te Deum laudamus! —decía la asamblea.

—¡Al diablo todos!, ¡sois unas bestias! ¡Dios! ¡Dios!, ¡carajos demonios!, ¡animales, sois unos estúpidos con vuestro viejo Dios!

Y un torrente de imprecaciones discurrió como un río de lava ardiente en una erupción del Vesubio.

¡Deus Sabaoth, Sabaoth! —gritaron los cristianos.

—¡Insultáis la majestad del infierno! —contestó don Juan con un rechinar de dientes.

Pronto pudo el brazo viviente salir por encima del relicario y amenazó a la asamblea con gestos de desesperación e ironía.

—El santo nos bendice —dijeron las viejas mujeres, los niños y los novios, gentes crédulas.

Así somos frecuentemente engañados en nuestras adoraciones. El hombre superior se burla de los que le elogian y elogia en ocasiones a aquellos de los que se burla en el fondo de su corazón.

Cuando el abad arrodillado ante el altar cantaba:
Sancte Johannes ora pro nobis —entendió claramente—: ¡Oh, coglione!

—¿Qué pasa ahí arriba? —exclamó el deán al ver moverse el relicario.

—El santo hace diabluras —respondió el abad.

Entonces, aquella cabeza viviente se separó violentamente del cuerpo que ya no vivía y cayó sobre el cráneo amarillo del oficiante.

—¡Acuérdate de doña Elvira! —gritó la cabeza devorando la del abad.

Este profirió un horrible grito que turbó la ceremonia.

Todos los sacerdotes corrieron y rodearon a su soberano.

—¡Imbécil! ¿Y dices que hay un Dios? —gritó la voz en el momento en que el abad, mordido en su cerebro, expiraba.

El burgomaestre embotellado - Emite Erckmann

Siempre profesé una gran estima e incluso una cierta veneración por el noble vino del Rhin; es espumoso como el champaña, entona como el borgoña, endulza la garganta como el Burdeos, posibilita la imaginación como los licores de España, nos vuelve sentimentales como el Lacryma Christi; en fin, por encima de todo, hace soñar, extiende ante nuestros ojos el amplio campo de la fantasía.

En 1846, hacia el fin del otoño, decidí ir en peregrinación a Johannisberg. Montado en un pobre rocín de hundidos costados, había colocado dos botijos de hojalata en sus amplias cavidades intercostales y viajaba por pequeñas etapas.

¡Qué espectáculo tan fantástico es la vendimia! Uno de mis botijos estaba siempre vacío, el otro siempre lleno; cuando dejaba un viñedo, siempre había otro en perspectiva. Mi única pena era no poder compartir este placer con un verdadero entendido.

Un atardecer, cuando el sol ya había desaparecido, aunque todavía lanzaba algunos rayos perdidos por entre las anchas hojas de vid, oí el trotar de un caballo tras de mí. Me aparté ligeramente a la izquierda para dejarle paso y ¡cuál no sería mi sorpresa al reconocer a mi amigo Hippel, que al verme, me saludó alegremente!

Ya conocéis a Hippel: su nariz carnosa, su boca especial para la degustación, su vientre de tres pisos. Parecía el buen Sileno persiguiendo al dios Baco. Nos abrazamos con entusiasmo.

Hippel viajaba con el mismo objetivo que yo: distinguido catador, quería determinar su opinión sobre el matiz de ciertos viñedos, que siempre le habían dejado algunas dudas. Proseguimos juntos el viaje.

Hippel estaba eufórico; planificó nuestro itinerario por los viñedos de Rheingau. De vez en cuando nos deteníamos para abrazar a nuestros botijos y para escuchar el silencio reinante.

Ya había caído la noche cuando llegamos a un pequeño albergue situado en la vertiente de la colina. Desmontamos. Hippel dio un vistazo por una ventanilla que estaba casi al nivel del suelo: sobre una mesa brillaba una lámpara, al lado de la lámpara dormía una vieja.

—¡Abrid! —gritó mi compañero—, ¡abrid, abuela!

La vieja se estremeció, se levantó y, cuando llegó a la ventana, apoyó su arrugado rostro contra uno de los cristales. Parecía una de esas antiguas vidrieras flamencas en las que el ocre y el bistre se disputan la presencia.

Cuando la vieja sibila nos distinguió, esbozó una sonrisa y nos abrió la puerta.

—Entrad, señores —dijo con una voz trémula—; voy a despertar a mi hijo, sed bienvenidos.

—Celemín para nuestros caballos y una buena cena para nosotros —gritó Hippel.

—Bien, bien —dijo la vieja, apresurándose.

Salió dando pequeños pasitos y la oímos subir una escalera más carcomida que la escalera de Jacob.

Permanecimos unos minutos en una sala baja, cuya atmósfera estaba viciada. Hippel corrió a la cocina y volvió para comunicarme que había constatado la existencia de varios cuartos de tocino en la chimenea.

—Cenaremos —dijo frotándose el abdomen—. Sí, cenaremos.

Las tablas rechinaron por encima de nuestras cabezas y, casi al mismo tiempo, un vigoroso joven, vestido con un simple pantalón, desnudo de tórax, los cabellos desmelenados, abrió la puerta, dio cuatro pasos y salió sin dirigirnos la palabra.

La vieja encendió fuego y la manteca empezó a freírse en la paella.

La cena fue servida. Pusieron sobre la mesa un jamón escoltado por dos botellas: una de vino tinto y otra de vino blanco.

—¿Cuál de las dos prefieren? —preguntó la posadera.

—Hay que verlo —contestó Hippel, ofreciendo su vaso a la vieja, que le sirvió vino tinto.

También llenó mi vaso. Lo saboreamos: era un vino áspero y fuerte. Tenía un gusto muy especial, ¡como un perfume de verbena, de ciprés! Bebí algunas copas y una profunda tristeza se apoderó de mí. Por el contrario, Hippel chasqueó la lengua con expresión satisfecha.

—¡Extraordinario! —dijo—. ¡Extraordinario! ¿De dónde lo sacáis, abuela?

—De un viñedo vecino —dijo la vieja, con una extraña sonrisa.

—Extraordinario viñedo —prosiguió Hippel, y se llenó la copa de nuevo.

Me pareció que bebía sangre.

—¿Pero qué cara pones, Ludwig? —me dijo—. ¿Te ocurre algo?

—No —contesté—, pero no me gusta el vino tinto.

—Sobre gustos no hay disputas —observó Hippel; luego vació la botella y comenzó a golpear la mesa—. ¡Del mismo —gritó—, siempre del mismo, y, sobre todo, nada de mezclas, guapa posadera! ¡Yo sé lo que hago! ¡Mil diablos!, este vino me reanima, es un vino generoso.

Hippel se apoyó en el respaldo de su silla. Me pareció que su cara se descomponía. De un trago vacié la botella de vino blanco y la alegría volvió a mi ser. La preferencia de mi amigo por el vino tinto me pareció ridícula, pero excusable.

Continuamos bebiendo hasta la una de la madrugada; él, tinto, y yo, blanco.

¡La una de la madrugada! Es la hora en que da audiencia la señora Fantasía. Los caprichos de la imaginación extienden sus diáfanas vestiduras bordadas con cristal y azur, como las de la mosca, las del escarabajo y las de la damita de las aguas durmientes.

¡La una! Es el momento en que la música celestial acaricia el oído del soñador, sopla en su interior la armonía de las esferas invisibles. Entonces trota el ratoncillo, la lechuza extiende sus alas de plumón y pasa silenciosa por encima de nuestras cabezas.

—La una —le dije a mi compañero—, hay que acostarse si queremos marcharnos mañana.

Hippel se levantó tambaleándose.

La vieja nos condujo a una habitación con dos camas y nos deseó un feliz sueño.

Nos desnudamos; yo fui el último en acostarme para apagar la luz. Apenas me había acostado, Hippel ya dormía profundamente; su respiración parecía el soplo de la tempestad. No pude dormir: mil sombras extrañas daban vueltas a mi alrededor; los gnomos, los diablillos, las brujas de Walpurgis ejecutaban en el techo sus danzas cabalísticas. ¡Curiosos efectos del vino blanco!

Me levanté, encendí la lámpara y, atraído por una invencible curiosidad, me acerqué a la cama de Hippel. Su cara estaba roja, su boca abierta, la sangre agitaba sus tímpanos, sus labios se movían como si quisiera hablar. Mucho rato permanecí inmóvil cerca de él; habría querido escrutar con la mirada al fondo de su alma; pero el sueño es un misterio impenetrable que, como la muerte, guarda sus secretos.

Tan pronto la cara de Hippel expresaba terror, como tristeza o melancolía; a veces se contraía, como si fuera a llorar. Esta bondadosa cara, hecha para reír a carcajadas, tenía un extraño aspecto bajo la impresión del dolor.

¿Qué ocurría al fondo de este abismo? Veía claramente algunas olas subir a la superficie, pero ¿de dónde provenían estas profundas conmociones? De repente, el durmiente se levantó, sus párpados se abrieron y vi que sus ojos estaban en blanco. Todos los músculos de su cara temblaron, su boca pareció querer proferir un grito de horror; luego volvió a caer y oí un lamento.

—¡Hippel! ¡Hippel! —comencé a gritar, y le lancé un jarro de agua por la cara.

Se despertó.

—¡Ah! —dijo—. ¡Loado sea el Señor, era un sueño! Mi querido Ludwig, te agradezco que me hayas despertado.

—Está muy bien, pero ahora me contarás lo que estabas soñando.

—Sí..., mañana... Déjame dormir..., tengo sueño.

—Hippel, eres un ingrato; mañana lo habrás olvidado por completo.

—¡Pardiez! —repitió—. Tengo sueño..., no puedo más... Déjame... ¡Déjame!

No pensaba dejarlo dormir.

—Hippel, volverás a soñar lo mismo y esta vez te abandonaré sin misericordia.

Estas palabras produjeron un efecto instantáneo.

—¡Volver a soñar lo mismo! —gritó, saltando de la cama—. ¡Rápido, mis ropas, mi caballo, me voy! ¡Esta casa está embrujada! Tienes razón, Ludwig; el diablo vive entre esas paredes. ¡Marchémonos!

Se vistió precipitadamente. Cuando acabó, le detuve.

—Hippel —le dije—, ¿por qué huimos? Son las tres de la mañana, nos conviene dormir.

Abrí la ventana y el aire fresco que penetró en la habitación disipó todos los temores. Apoyado al borde de la ventana, me explicó lo que sigue:

—Ayer hablamos de los más famosos viñedos de Rheingau —me dijo—. Aunque jamás haya recorrido esta región, mi espíritu pensaba en ello, y el fuerte vino que bebimos dio un sombrío color a mis ideas. Lo más sorprendente es que en mi sueño yo creía ser el burgomaestre de Welche (pueblo vecino) y me identificaba hasta tal punto con este personaje, que podría describirlo como si se tratara de mí mismo. Este burgomaestre era un hombre de altura media y casi tan corpulento como yo; llevaba un vestido con grandes faldones que tenía botones de cobre; a lo largo de sus piernas había otra hilera de botones de forma piramidal. Un tricornio cubría su calva cabeza; en fin, era un hombre de una gravedad estúpida, que sólo bebía agua, apreciaba únicamente el dinero y no pensaba más que en aumentar sus propiedades.

»Al ponerme el vestido del burgomaestre, también había tomado su carácter. Me hubiera despreciado a mí mismo, Ludwig, si me hubiera reconocido. ¡El cretino burgomaestre que era! ¿No es mejor vivir alegremente y burlarse del futuro, que amontonar escudo sobre escudo y destilar bilis? Pero es igual... Heme aquí, burgomaestre.

»Me levanto de la cama y la primera cosa que me inquieta es saber si los obreros trabajan en mi viña. Para desayunar como un mendrugo de pan. ¡Un mendrugo de pan! ¡Hay que ser roñoso, avaro! Yo que me zampo mi costilla y me bebo una botella todas las mañanas. En fin, es igual; tomo, es decir, el burgomaestre coge un mendrugo de pan y se lo mete en el bolsillo. Recomienda a su vieja sirvienta fregar la habitación y preparar la comida para las once; carne de cocido y patatas, creo. ¡Una comida bien pobre! No importa... Sale.

»Podría descubrirte el camino, la montaña —me dijo Hippel—. Los veo con toda claridad. ¿Es posible que un hombre en sus sueños pueda imaginarse un paisaje de este modo? Veía campos, jardines, prados, viñedos. Pensaba: "Esta es de Pedro; esta otra de Jaime, esta de Enrique"; y me detenía ante algunas de estas parcelas y me decía: "¡Diantre, los tréboles de Jacobo están soberbios!". Y más lejos: "¡Diantre! Esta fanega de viña me iría de perlas". Pero ya entonces empecé a notar una especie de adormecimiento, un dolor de cabeza indefinible. 
 
»Apuré el paso. De pronto, salió el sol y el calor se hizo excesivo. Yo seguía un sendero que trepaba a través de las viñas, por la vertiente de la colina. Este sendero concluía en los escombros de un viejo castillo y detrás veía mis cuatro fanegas. Me daba prisa en llegar. Estaba muy acalorado al penetrar en las ruinas y me detuve para tomar aliento: la sangre se agolpaba en mis oídos y el corazón saltaba en mi pecho, como el martillo golpea al yunque. El sol era de fuego. Quise reemprender mi camino; pero de repente fui alcanzado como por un golpe de maza y caí detrás de un trozo de muralla y me di cuenta de que había sufrido un ataque de apoplejía.

»Entonces la desesperación se apoderó de mí. "Estoy muerto —me dije—, el dinero que guardé con tantos esfuerzos, los árboles que cultivé con tanto cuidado, la casa que construí, todo perdido, todo pasa a mis herederos. Estos miserables, a los que no les hubiera dado ni un kreutzer, se enriquecerán a expensas mías. ¡Oh, traidores, estaréis contentos con mi desgracia..., cogeréis las llaves de mi bolsillo, os repartiréis mis bienes, gastaréis mi oro... Y yo... yo... asistiré a este saqueo! ¡Qué espantoso suplicio!".

»Noté cómo mi alma salía del cadáver, pero permaneció de pie a su lado. Esta alma de burgomaestre vio que su cadáver tenía la cara azul y las manos amarillas. Como hacía mucho calor y un sudor de muerto le surcaba la frente, grandes moscas se posaron en el rostro; una entró en la nariz..., ¡el cadáver no se movió! ¡Muy pronto toda la cara estuvo llena de ellas y el alma desolada no pudo espantarlas!

»Estaba allí..., allí..., durante minutos que contaba como siglos: empezaba su infierno.

»Pasó una hora y el calor aumentaba: ¡ni un soplo de aire, ni una nube! Al fondo de las ruinas apareció una cabra; pastaba en la tierra las hierbas salvajes que crecían en medio de los escombros. Al pasar cerca de mi pobre cuerpo, dio un brinco de lado; luego volvió, abrió sus grandes ojos con inquietud, olió los alrededores y prosiguió su caprichoso camino por la cornisa de un torreón. Un joven pastor que la descubrió corrió para llevársela, pero al ver el cadáver lanzó un grito y huyó a toda velocidad en dirección al pueblo.

»Pasó otra hora, lenta como la eternidad. Al fin se oyó un ruido de pasos detrás del recinto y mi alma vio trepar lentamente..., lentamente... al juez de paz, seguido de su secretario y de muchas otras personas. Les reconocí a todos. Al verme, exclamaron:

»—¡Es nuestro burgomaestre!

»El médico se acercó a mi cuerpo y espantó las moscas, que volaron dando vueltas como un enjambre. Miró, levantó un brazo ya tieso y dijo con indiferencia:

»—Nuestro burgomaestre ha muerto de un ataque de apoplejía; debe estar aquí desde la mañana. Nos lo llevaremos de aquí, y es mejor enterrarlo cuanto antes, pues este calor precipita la descomposición.

»—Entre nosotros —dijo el secretario—, la comunidad no pierde gran cosa. Era un avaro, un imbécil; no entendía nada de nada.

»—Sí —añadió el juez, y parecía criticarlo todo—. No es de extrañar, los necios se creen siempre listos.

»—Será necesario avisar a los porteadores —prosiguió el médico—; su carga será pesada, este hombre tenía más tripa que cerebro.

»—Voy a redactar el acta de defunción. ¿A qué hora fijamos su muerte? —preguntó el secretario.

»—Pon descaradamente que ha muerto a las cuatro.

»—El avaro —dijo un campesino— iba a espiar a sus obreros para tener el pretexto de requisarles algún dinero al final de la semana. —Luego, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando al cadáver, dijo—: Y bien, burgomaestre, ¿de qué te sirve ahora haber exprimido al pobre mundo? La muerte te ha llevado igualmente.

»—¿Qué es lo que lleva en su bolsillo? —preguntó otro.

»Sacó mi mendrugo de pan.

»—Eso era su desayuno.

»Todos estallaron en risas.

»Hablando de esta manera, la comitiva se dirigió hacia la salida de las ruinas. Mi pobre alma todavía pudo oírles unos minutos; el ruido cesó poco a poco. Me quedé con la soledad y el silencio.

»Las moscas volvieron a miles.

»No sabría decir cuánto tiempo pasó —prosiguió Hippel—, pues en mi sueño los minutos no tenían fin. Al cabo de un rato llegaron los porteadores, maldijeron al burgomaestre al levantar su cadáver. El alma del pobre hombre les siguió, sumida en un inexpresable dolor. Bajé de nuevo el camino por el que había venido, pero esta vez veía mi cuerpo transportado ante mí en una camilla. Cuando llegamos a mi casa, encontré a mucha gente que me esperaba; ¡reconocí a mis primos y a mis primas hasta la cuarta generación! Dejaron la camilla en el suelo y todos se acercaron para observarme.

»—Es él, sin duda —decía uno.

»—Está bien muerto —decía otro.

»Mi sirvienta también se acercó y, juntando las manos con un aire patético, exclamó:

»—¿Quién podía prever esta desgracia? Un hombre gordo y vigoroso, de buen aspecto. ¡No somos nada!

»Fue una verdadera oración fúnebre. Me trasladaron a una habitación y me colocaron sobre un lecho de paja. Cuando uno de mis primos sacó las llaves de mi bolsillo, quise gritar de rabia. Desgraciadamente, las almas no tienen voz; en fin, mi querido Ludwig, vi cómo abrían mi escritorio, cómo contaban mi dinero, valoraban mis pagarés, sellaban documentos; vi cómo mi sirviente sacaba de un escondite mis mejores vestidos; y, aunque la muerte me libraba de todas las necesidades, no pude evitar sentir hasta los ochavos que me quitaban.  
 
»Me desnudaron, me vistieron con una camisa larga, me metieron entre cuatro tablas y asistí a mis propios funerales. Cuando me bajaron a la fosa, me invadió la desesperación: ¡todo estaba perdido! Fue entonces cuando me despertaste, Ludwig; todavía me parece oír la tierra encima de mi ataúd.

Hippel se calló y vi cómo se estremecía.

Permanecimos mucho tiempo meditabundos, sin intercambiar una palabra; el canto del gallo nos advirtió que la noche se acababa, las estrellas parecieron borrarse ante la proximidad del día. Otros gallos lanzaban al espacio sus penetrantes gritos y se contestaron de una granja a otra. Un perro guardián salió de su caseta para hacer su ronda matinal; luego una alondra, todavía soñolienta, gorjeó algunas notas de su alegre cantar.

—Hippel —dije a mi compañero—, ya es hora de marcharse si queremos aprovechar el fresco.

—Es cierto —me dijo—, pero, ante todo, hay que comer algo.

Bajamos; el posadero estaba vistiéndose. Cuando se hubo puesto la camisa, nos sirvió los restos de nuestra comida; llenó uno de mis botijos de vino blanco y el otro de vino tinto, herró las dos monturas y nos deseó un buen viaje.

Todavía no estábamos a media legua del albergue cuando mi amigo Hippel, siempre sediento, tomó un trago de vino tinto.

—¡Brrr! —hizo como si tuviera vértigo—. ¡Mi sueño, mi sueño de la noche!

Lanzó su caballo al trote para escapar de esta visión, que se manifestaba por extrañas expresiones en su rostro; lo seguí de lejos, mi pobre rocinante reclamaba mejores modales.

Salió el sol, una tintura pálida y rosada invadió el azul sombrío del cielo; las estrellas se perdieron en medio de esta luz deslumbrante como una grava de perlas en las profundidades del mar.

A los primeros rayos de la mañana, Hippel detuvo su caballo y me esperó.

—No sé —me dijo— qué siniestras ideas me vienen a la mente. Este vino tinto debe tener alguna extraña virtud: agrada a mi garganta, pero ataca a mi cerebro.

—Hippel —le contesté—, no hay que disimular que algunos licores encierran los principios de la fantasía e incluso de la fantasmagoría. He visto entristecer a personas alegres, idiotizar a gente inteligente y viceversa, después de algunas copas de vino en el estómago. Es un profundo misterio; ¿qué ser insensato se atrevería a poner en duda este poder mágico del alcohol? ¿No es el cetro de una fuerza superior, incomprensible, ante la cual debemos inclinar la cabeza, ya que todos sufrimos a veces su influencia divina o infernal?

Hippel reconoció la fuerza de mis argumentos y permaneció en silencio, como perdido en inmensos pensamientos.

Andábamos por un estrecho sendero que serpentea por los bordes del Queich. Los pájaros dejaban oír su gorgojeo, la perdiz lanzaba su grito gutural, escondiéndose bajo las anchas hojas de la vid. El paisaje era magnífico; el riachuelo murmuraba huyendo a través de pequeñas torrenteras. A derecha e izquierda se extendían colinas cargadas de soberbias cosechas.

Nuestro camino formaba un recodo en la vertiente de la colina. De repente, mi amigo Hippel se quedó inmóvil, la boca abierta, las manos abiertas en actitud de estupor; luego, raudo como una flecha, se volvió para huir, pero yo agarré su caballo por la rienda.

—¡Hippel! ¿Qué te sucede? —le grité—. ¿Es que Satán te ha tendido una emboscada? ¿O es que el ángel de Balaam ha hecho brillar su espada ante tus ojos?

—¡Déjame! —decía debatiéndose—. ¡Mi sueño! ¡Es mi sueño!

—Vamos, cálmate, Hippel; el vino tinto encierra, sin duda, propiedades perjudiciales; toma un trago de este otro, es un jugo generoso que aparta los siniestros pensamientos del cerebro humano.

Bebió ávidamente; este licor bienhechor restableció el equilibrio entre sus facultades.

Arrojamos al camino este vino rojo que se había vuelto negro como la tinta; formó grandes burbujas al penetrar en la tierra y me pareció oír como unos sordos mugidos, voces confusas, suspiros, pero tan débiles que parecía que saliesen de una lejana comarca y que nuestros oídos no las podían percibir, sólo las fibras más íntimas del corazón. Era el último suspiro de Abel, cuando su hermano lo derribó sobre la hierba y la tierra se abrevó con su sangre.

Hippel estaba demasiado emocionado para darse cuenta de este fenómeno, pero a mí me afectó profundamente. Al mismo tiempo vi a un pájaro negro que salía de un matorral y se escapó profiriendo un chillido de terror.

—Siento —dijo entonces Hippel— que dos principios contradictorios luchan en mi ser: el negro y el blanco, el principio del mal y el principio del bien. ¡Sigamos!

Proseguimos el camino.

—Ludwig —continuó muy pronto mi amigo—, en este mundo ocurren cosas tan extrañas, que el espíritu debe humillarse temblando. Tú sabes que jamás he recorrido esta región. Bien: ayer sueño y hoy veo con mis propios ojos la fantasía del sueño erigirse ante mí; mira este paisaje, es el mismo que vi durante mi sueño. Aquí están las ruinas del viejo castillo donde tuve el ataque de apoplejía. 
 
Aquí está el sendero que recorrí y ahí abajo se encuentran mis cuatro fanegas de viña. No hay un árbol, un arroyo, un matorral que no reconozca como si los hubiese visto mil veces. Cuando demos la vuelta a este recodo del camino veremos al fondo del valle el pueblo de Welche: la segunda casa a la derecha es la del burgomaestre; posee cinco ventanas en la parte alta de la fachada, cuatro abajo y la puerta. 
 
A la izquierda de mi casa, es decir, de la casa del burgomaestre, verás un hórreo, una caballeriza. Es allí donde guardaba mis animales. Detrás, en un pequeño patio, bajo un amplio tenducho, se encuentra un lagar con dos caballos. En fin, mi querido Ludwig, tal como soy, ahí me tienes resucitado. 
 
El pobre burgomaestre te mira con mis ojos, te habla por mi boca y, si no me acordara de que antes de ser burgomaestre, roñoso, avaro, rico propietario, fui Hippel, el vividor, dudaría en decir quién soy yo, pues lo que veo me recuerda otra existencia, otras costumbres, otras ideas.

Todo ocurrió como Hippel me lo había predicho; vimos el pueblo desde lejos, al fondo de un soberbio valle, entre dos ricos viñedos, las casas diseminadas por los bordes del río; la segunda a la derecha era la del burgomaestre.

A todos los individuos que nos encontramos, Hippel tuvo el vago recuerdo de haberles conocido; algunos le parecieron incluso tan familiares, que estuvo a punto de llamarlos por su propio nombre; pero la palabra se le quedaba en la boca, no la podía apartar de otros recuerdos. Por otra parte, al ver la indiferencia con que nos recibían, Hippel se dio cuenta de que era un desconocido y de que su cara enmascaraba por completo la difunta alma del burgomaestre.

Nos detuvimos en un albergue que mi amigo me indicó como el mejor del pueblo, pues lo conocía de muchos años. Nueva surprise: la patrona del albergue era una gruesa comadre, viuda desde hacía mucho tiempo, y a la que el burgomaestre había deseado para segundas nupcias.

Hippel sintió un incontenible deseo de estar a su lado, pues todas sus viejas simpatías afloraron a la vez. No obstante, logró dominarse: el verdadero Hippel combatía las tendencias matrimoniales del burgomaestre. Se limitó a pedirle solamente, con la mayor amabilidad que pudo, una buena comida y el mejor vino de la comarca.

Cuando estuvimos en la mesa, una natural curiosidad llevó a Hippel a informarse de lo que había ocurrido en el pueblo después de su muerte.

—Señora —dijo a nuestra patrona con una aduladora sonrisa—, ¿debisteis conocer sin duda al antiguo burgomaestre de Welche?

—¿Es el que murió hace tres años de un ataque de apoplejía? —preguntó.

—Precisamente —contestó mi amigo, mirando con curiosidad a la señora.

—¡Sí, le conocí! —exclamó la comadre—, era un viejo roñoso que quería casarse conmigo. Si hubiera sabido que moriría tan pronto hubiese aceptado. Me propuso una donación mutua al último superviviente.

Esta respuesta desconcertó un poco a mi querido Hippel; el amor propio del burgomaestre había sido terriblemente ofendido. No obstante, se contuvo:

—Es decir, que no lo amabais, señora.

—¡Cómo es posible amar a un hombre tan feo, sucio, asqueroso, roñoso y avaro!

Hippel se levantó para mirarse en el espejo. Al ver sus carrillos llenos y rollizos, se sonrió a sí mismo y volvió a colocarse ante un pollito, que se puso a despedazar.

—De hecho —dijo—, el burgomaestre podía ser feo, asqueroso; esto no prueba nada en mi contra.

—¿Son ustedes parientes suyos? —preguntó, muy sorprendida, la patrona.

—¡No, no le conocí jamás! Sólo digo que algunos son feos y otros guapos; porque tenga la nariz situada en la mitad de la cara como vuestro burgomaestre, esto no prueba que uno se le parezca.

—¡Oh, no! —dijo la comadre—. No poseéis ningún rasgo de su familia.

—Por otra parte —prosiguió mi amigo—, yo no soy avaro, lo que demuestra que no soy vuestro burgomaestre. Traed dos botellas del mejor vino que tengáis.

La dama salió y aproveché esta ocasión para advertir a Hippel de que no se metiera en estas conversaciones que podrían traicionar su incógnito.

—¿Por quién me tomas, Ludwig? —exclamó, furioso—. Debes saber que yo soy tan burgomaestre como tú y la prueba es que mis papeles están en regla.

Sacó su pasaporte. La patrona volvía.

—Señora —dijo—, ¿es que vuestro burgomaestre se parecía a esta descripción? —Leyó—: "Frente mediana, gruesa nariz, labios espesos, ojos grises, estatura alta, cabellos castaños".

—Más o menos —dijo la patrona—, salvo que era calvo.

Hippel se pasó la mano por sus cabellos, exclamando:

—¡El burgomaestre era calvo y nadie osará afirmar que yo soy calvo!

La patrona creyó que mi amigo estaba loco, pero como se levantó después de pagar la cuenta, no dijo nada. Cuando llegó a la entrada, Hippel se volvió hacia mí y dijo con brusquedad:

—¡Marchémonos!

—Un instante, querido amigo —le contesté—. Primero me conducirás al cementerio donde está enterrado el burgomaestre.

—¡No! —exclamó—. ¡No, jamás! ¿Quieres arrojarme a las garras de Satán? Yo, ¿¡de pie sobre mi propia tumba!? Sería contrario a todas las leyes de la naturaleza. ¿No te das cuenta, Ludwig?

—Cálmate, Hippel —le dije—. En este momento estás bajo el poder de potencias invencibles. Han extendido sobre ti sus finísimas redes, tan transparentes que nadie es capaz de verlas. Hay que hacer un esfuerzo para destruirlas, hay que restituir el alma del burgomaestre, y esto sólo es posible en la tumba. ¿Querrías ser tú el ladrón de esta pobre alma? Sería un robo manifiesto; conozco demasiado bien tu delicadeza para suponerte capaz de una infamia tal.

Estos irrevocables argumentos le decidieron.

—Bueno —dijo—, tendré el valor de hollar estos restos de los que llevo la mitad más pesada. Dios no quiera que me sea imputado un robo tal. Sígueme, Ludwig, te conduciré allí.

Andaba a pasos rápidos, precipitados, con su sombrero en la mano, los cabellos al viento, agitando los brazos, arrugando las piernas, como un desgraciado que cumple su último acto de desesperación y él mismo se anima para no desfallecer.

Primero cruzamos muchas callejuelas, luego el puente de un molino, cuya pesada rueda rompía la blanca capa de espuma; luego seguimos un sendero que recorría una pradera y llegamos, al fin, detrás del pueblo, cerca de un muro bastante alto, cubierto de musgo y clemátides. Era el cementerio.

En uno de los ángulos se levantaba el osario; en el otro, una casita rodeada de un pequeño jardín.

Hippel se lanzó hacia la casita. Allí estaba el sepulturero; a lo largo de los muros había coronas de siemprevivas. El sepulturero estaba esculpiendo una cruz; su trabajo le absorbía hasta tal punto, que se levantó muy sobresaltado cuando entró Hippel. Mi compañero le miró de una manera que le debió asustar, pues durante unos minutos permaneció sobrecogido.

—Buen hombre —le dije—, condúzcanos a la tumba del burgomaestre.

—Es inútil —dijo Hippel—. Sé dónde está.

Y sin esperar la respuesta, abrió la puerta que daba al cementerio y empezó a correr como un loco, saltando por encima de las tumbas y gritando:

—¡Es aquí... aquí... ya hemos llegado!

Evidentemente estaba poseído por el espíritu del mal, pues derribó a su paso una cruz blanca. ¡La cruz de una criatura! El sepulturero y yo le seguíamos de lejos.

El cementerio era bastante grande. Hierbas espesas, de un verde sombrío, se elevaban a tres pies del suelo. Los cipreses arrastraban por el suelo sus largas cabelleras; pero lo primero que me sorprendió fue un enrejado adosado al muro cubierto de una magnífica parra tan cargada de uvas, que los racimos caían unos sobre otros.

Andando, le dije al sepulturero:

—Aquí tenéis una viña que debe daros mucho dinero.

—¡Oh, señor! —dijo en un tono dolorido—, esta viña no me da gran cosa. Nadie quiere mi uva; lo que viene de la muerte vuelve a la muerte.

Miré a ese hombre. Tenía la mirada falsa, una sonrisa diabólica contraía sus labios y sus mejillas. No creí lo que decía.

Llegamos ante la tumba del burgomaestre; estaba cerca del muro. Ante ella había un enorme cepo de viña, lleno de jugo y que parecía saciado como una boa. Sus raíces debían penetrar hasta el fondo de los ataúdes, disputando su presa a los gusanos. Además, sus racimos eran de un rojo violeta, mientras que los de los otros eran de un blanco ligeramente rojizo.

Hippel, apoyado en la vid, parecía más calmado.

—Usted no come de esta uva —le dije al sepulturero—, pero la vende.

Palideció negando con la cabeza.

—La vende al pueblo de Welche, y hasta puedo nombrarle el albergue donde se bebe vuestro vino —exclamé—. Es el albergue de la Flor de lis.

El sepulturero se estremeció. Hippel quería lanzarse al cuello de este miserable; fue necesaria mi intervención para evitar que lo descuartizara.

—Malvado —le dijo—, me has hecho beber el alma del burgomaestre. ¡He perdido mi personalidad!

Pero, de repente, una idea luminosa acudió a su mente, se volvió hacia el muro y se puso en la célebre postura del Manneken Pis brabanzón.

—¡Loado sea el Señor! —dijo, volviéndose hacia mí—. He devuelto a la tierra la quintaesencia del burgomaestre. Me he librado de un peso enorme.

Una hora más tarde proseguíamos nuestro camino y mi amigo Hippel había recobrado su alegría natural.