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El burgomaestre embotellado - Emite Erckmann

Siempre profesé una gran estima e incluso una cierta veneración por el noble vino del Rhin; es espumoso como el champaña, entona como el borgoña, endulza la garganta como el Burdeos, posibilita la imaginación como los licores de España, nos vuelve sentimentales como el Lacryma Christi; en fin, por encima de todo, hace soñar, extiende ante nuestros ojos el amplio campo de la fantasía.

En 1846, hacia el fin del otoño, decidí ir en peregrinación a Johannisberg. Montado en un pobre rocín de hundidos costados, había colocado dos botijos de hojalata en sus amplias cavidades intercostales y viajaba por pequeñas etapas.

¡Qué espectáculo tan fantástico es la vendimia! Uno de mis botijos estaba siempre vacío, el otro siempre lleno; cuando dejaba un viñedo, siempre había otro en perspectiva. Mi única pena era no poder compartir este placer con un verdadero entendido.

Un atardecer, cuando el sol ya había desaparecido, aunque todavía lanzaba algunos rayos perdidos por entre las anchas hojas de vid, oí el trotar de un caballo tras de mí. Me aparté ligeramente a la izquierda para dejarle paso y ¡cuál no sería mi sorpresa al reconocer a mi amigo Hippel, que al verme, me saludó alegremente!

Ya conocéis a Hippel: su nariz carnosa, su boca especial para la degustación, su vientre de tres pisos. Parecía el buen Sileno persiguiendo al dios Baco. Nos abrazamos con entusiasmo.

Hippel viajaba con el mismo objetivo que yo: distinguido catador, quería determinar su opinión sobre el matiz de ciertos viñedos, que siempre le habían dejado algunas dudas. Proseguimos juntos el viaje.

Hippel estaba eufórico; planificó nuestro itinerario por los viñedos de Rheingau. De vez en cuando nos deteníamos para abrazar a nuestros botijos y para escuchar el silencio reinante.

Ya había caído la noche cuando llegamos a un pequeño albergue situado en la vertiente de la colina. Desmontamos. Hippel dio un vistazo por una ventanilla que estaba casi al nivel del suelo: sobre una mesa brillaba una lámpara, al lado de la lámpara dormía una vieja.

—¡Abrid! —gritó mi compañero—, ¡abrid, abuela!

La vieja se estremeció, se levantó y, cuando llegó a la ventana, apoyó su arrugado rostro contra uno de los cristales. Parecía una de esas antiguas vidrieras flamencas en las que el ocre y el bistre se disputan la presencia.

Cuando la vieja sibila nos distinguió, esbozó una sonrisa y nos abrió la puerta.

—Entrad, señores —dijo con una voz trémula—; voy a despertar a mi hijo, sed bienvenidos.

—Celemín para nuestros caballos y una buena cena para nosotros —gritó Hippel.

—Bien, bien —dijo la vieja, apresurándose.

Salió dando pequeños pasitos y la oímos subir una escalera más carcomida que la escalera de Jacob.

Permanecimos unos minutos en una sala baja, cuya atmósfera estaba viciada. Hippel corrió a la cocina y volvió para comunicarme que había constatado la existencia de varios cuartos de tocino en la chimenea.

—Cenaremos —dijo frotándose el abdomen—. Sí, cenaremos.

Las tablas rechinaron por encima de nuestras cabezas y, casi al mismo tiempo, un vigoroso joven, vestido con un simple pantalón, desnudo de tórax, los cabellos desmelenados, abrió la puerta, dio cuatro pasos y salió sin dirigirnos la palabra.

La vieja encendió fuego y la manteca empezó a freírse en la paella.

La cena fue servida. Pusieron sobre la mesa un jamón escoltado por dos botellas: una de vino tinto y otra de vino blanco.

—¿Cuál de las dos prefieren? —preguntó la posadera.

—Hay que verlo —contestó Hippel, ofreciendo su vaso a la vieja, que le sirvió vino tinto.

También llenó mi vaso. Lo saboreamos: era un vino áspero y fuerte. Tenía un gusto muy especial, ¡como un perfume de verbena, de ciprés! Bebí algunas copas y una profunda tristeza se apoderó de mí. Por el contrario, Hippel chasqueó la lengua con expresión satisfecha.

—¡Extraordinario! —dijo—. ¡Extraordinario! ¿De dónde lo sacáis, abuela?

—De un viñedo vecino —dijo la vieja, con una extraña sonrisa.

—Extraordinario viñedo —prosiguió Hippel, y se llenó la copa de nuevo.

Me pareció que bebía sangre.

—¿Pero qué cara pones, Ludwig? —me dijo—. ¿Te ocurre algo?

—No —contesté—, pero no me gusta el vino tinto.

—Sobre gustos no hay disputas —observó Hippel; luego vació la botella y comenzó a golpear la mesa—. ¡Del mismo —gritó—, siempre del mismo, y, sobre todo, nada de mezclas, guapa posadera! ¡Yo sé lo que hago! ¡Mil diablos!, este vino me reanima, es un vino generoso.

Hippel se apoyó en el respaldo de su silla. Me pareció que su cara se descomponía. De un trago vacié la botella de vino blanco y la alegría volvió a mi ser. La preferencia de mi amigo por el vino tinto me pareció ridícula, pero excusable.

Continuamos bebiendo hasta la una de la madrugada; él, tinto, y yo, blanco.

¡La una de la madrugada! Es la hora en que da audiencia la señora Fantasía. Los caprichos de la imaginación extienden sus diáfanas vestiduras bordadas con cristal y azur, como las de la mosca, las del escarabajo y las de la damita de las aguas durmientes.

¡La una! Es el momento en que la música celestial acaricia el oído del soñador, sopla en su interior la armonía de las esferas invisibles. Entonces trota el ratoncillo, la lechuza extiende sus alas de plumón y pasa silenciosa por encima de nuestras cabezas.

—La una —le dije a mi compañero—, hay que acostarse si queremos marcharnos mañana.

Hippel se levantó tambaleándose.

La vieja nos condujo a una habitación con dos camas y nos deseó un feliz sueño.

Nos desnudamos; yo fui el último en acostarme para apagar la luz. Apenas me había acostado, Hippel ya dormía profundamente; su respiración parecía el soplo de la tempestad. No pude dormir: mil sombras extrañas daban vueltas a mi alrededor; los gnomos, los diablillos, las brujas de Walpurgis ejecutaban en el techo sus danzas cabalísticas. ¡Curiosos efectos del vino blanco!

Me levanté, encendí la lámpara y, atraído por una invencible curiosidad, me acerqué a la cama de Hippel. Su cara estaba roja, su boca abierta, la sangre agitaba sus tímpanos, sus labios se movían como si quisiera hablar. Mucho rato permanecí inmóvil cerca de él; habría querido escrutar con la mirada al fondo de su alma; pero el sueño es un misterio impenetrable que, como la muerte, guarda sus secretos.

Tan pronto la cara de Hippel expresaba terror, como tristeza o melancolía; a veces se contraía, como si fuera a llorar. Esta bondadosa cara, hecha para reír a carcajadas, tenía un extraño aspecto bajo la impresión del dolor.

¿Qué ocurría al fondo de este abismo? Veía claramente algunas olas subir a la superficie, pero ¿de dónde provenían estas profundas conmociones? De repente, el durmiente se levantó, sus párpados se abrieron y vi que sus ojos estaban en blanco. Todos los músculos de su cara temblaron, su boca pareció querer proferir un grito de horror; luego volvió a caer y oí un lamento.

—¡Hippel! ¡Hippel! —comencé a gritar, y le lancé un jarro de agua por la cara.

Se despertó.

—¡Ah! —dijo—. ¡Loado sea el Señor, era un sueño! Mi querido Ludwig, te agradezco que me hayas despertado.

—Está muy bien, pero ahora me contarás lo que estabas soñando.

—Sí..., mañana... Déjame dormir..., tengo sueño.

—Hippel, eres un ingrato; mañana lo habrás olvidado por completo.

—¡Pardiez! —repitió—. Tengo sueño..., no puedo más... Déjame... ¡Déjame!

No pensaba dejarlo dormir.

—Hippel, volverás a soñar lo mismo y esta vez te abandonaré sin misericordia.

Estas palabras produjeron un efecto instantáneo.

—¡Volver a soñar lo mismo! —gritó, saltando de la cama—. ¡Rápido, mis ropas, mi caballo, me voy! ¡Esta casa está embrujada! Tienes razón, Ludwig; el diablo vive entre esas paredes. ¡Marchémonos!

Se vistió precipitadamente. Cuando acabó, le detuve.

—Hippel —le dije—, ¿por qué huimos? Son las tres de la mañana, nos conviene dormir.

Abrí la ventana y el aire fresco que penetró en la habitación disipó todos los temores. Apoyado al borde de la ventana, me explicó lo que sigue:

—Ayer hablamos de los más famosos viñedos de Rheingau —me dijo—. Aunque jamás haya recorrido esta región, mi espíritu pensaba en ello, y el fuerte vino que bebimos dio un sombrío color a mis ideas. Lo más sorprendente es que en mi sueño yo creía ser el burgomaestre de Welche (pueblo vecino) y me identificaba hasta tal punto con este personaje, que podría describirlo como si se tratara de mí mismo. Este burgomaestre era un hombre de altura media y casi tan corpulento como yo; llevaba un vestido con grandes faldones que tenía botones de cobre; a lo largo de sus piernas había otra hilera de botones de forma piramidal. Un tricornio cubría su calva cabeza; en fin, era un hombre de una gravedad estúpida, que sólo bebía agua, apreciaba únicamente el dinero y no pensaba más que en aumentar sus propiedades.

»Al ponerme el vestido del burgomaestre, también había tomado su carácter. Me hubiera despreciado a mí mismo, Ludwig, si me hubiera reconocido. ¡El cretino burgomaestre que era! ¿No es mejor vivir alegremente y burlarse del futuro, que amontonar escudo sobre escudo y destilar bilis? Pero es igual... Heme aquí, burgomaestre.

»Me levanto de la cama y la primera cosa que me inquieta es saber si los obreros trabajan en mi viña. Para desayunar como un mendrugo de pan. ¡Un mendrugo de pan! ¡Hay que ser roñoso, avaro! Yo que me zampo mi costilla y me bebo una botella todas las mañanas. En fin, es igual; tomo, es decir, el burgomaestre coge un mendrugo de pan y se lo mete en el bolsillo. Recomienda a su vieja sirvienta fregar la habitación y preparar la comida para las once; carne de cocido y patatas, creo. ¡Una comida bien pobre! No importa... Sale.

»Podría descubrirte el camino, la montaña —me dijo Hippel—. Los veo con toda claridad. ¿Es posible que un hombre en sus sueños pueda imaginarse un paisaje de este modo? Veía campos, jardines, prados, viñedos. Pensaba: "Esta es de Pedro; esta otra de Jaime, esta de Enrique"; y me detenía ante algunas de estas parcelas y me decía: "¡Diantre, los tréboles de Jacobo están soberbios!". Y más lejos: "¡Diantre! Esta fanega de viña me iría de perlas". Pero ya entonces empecé a notar una especie de adormecimiento, un dolor de cabeza indefinible. 
 
»Apuré el paso. De pronto, salió el sol y el calor se hizo excesivo. Yo seguía un sendero que trepaba a través de las viñas, por la vertiente de la colina. Este sendero concluía en los escombros de un viejo castillo y detrás veía mis cuatro fanegas. Me daba prisa en llegar. Estaba muy acalorado al penetrar en las ruinas y me detuve para tomar aliento: la sangre se agolpaba en mis oídos y el corazón saltaba en mi pecho, como el martillo golpea al yunque. El sol era de fuego. Quise reemprender mi camino; pero de repente fui alcanzado como por un golpe de maza y caí detrás de un trozo de muralla y me di cuenta de que había sufrido un ataque de apoplejía.

»Entonces la desesperación se apoderó de mí. "Estoy muerto —me dije—, el dinero que guardé con tantos esfuerzos, los árboles que cultivé con tanto cuidado, la casa que construí, todo perdido, todo pasa a mis herederos. Estos miserables, a los que no les hubiera dado ni un kreutzer, se enriquecerán a expensas mías. ¡Oh, traidores, estaréis contentos con mi desgracia..., cogeréis las llaves de mi bolsillo, os repartiréis mis bienes, gastaréis mi oro... Y yo... yo... asistiré a este saqueo! ¡Qué espantoso suplicio!".

»Noté cómo mi alma salía del cadáver, pero permaneció de pie a su lado. Esta alma de burgomaestre vio que su cadáver tenía la cara azul y las manos amarillas. Como hacía mucho calor y un sudor de muerto le surcaba la frente, grandes moscas se posaron en el rostro; una entró en la nariz..., ¡el cadáver no se movió! ¡Muy pronto toda la cara estuvo llena de ellas y el alma desolada no pudo espantarlas!

»Estaba allí..., allí..., durante minutos que contaba como siglos: empezaba su infierno.

»Pasó una hora y el calor aumentaba: ¡ni un soplo de aire, ni una nube! Al fondo de las ruinas apareció una cabra; pastaba en la tierra las hierbas salvajes que crecían en medio de los escombros. Al pasar cerca de mi pobre cuerpo, dio un brinco de lado; luego volvió, abrió sus grandes ojos con inquietud, olió los alrededores y prosiguió su caprichoso camino por la cornisa de un torreón. Un joven pastor que la descubrió corrió para llevársela, pero al ver el cadáver lanzó un grito y huyó a toda velocidad en dirección al pueblo.

»Pasó otra hora, lenta como la eternidad. Al fin se oyó un ruido de pasos detrás del recinto y mi alma vio trepar lentamente..., lentamente... al juez de paz, seguido de su secretario y de muchas otras personas. Les reconocí a todos. Al verme, exclamaron:

»—¡Es nuestro burgomaestre!

»El médico se acercó a mi cuerpo y espantó las moscas, que volaron dando vueltas como un enjambre. Miró, levantó un brazo ya tieso y dijo con indiferencia:

»—Nuestro burgomaestre ha muerto de un ataque de apoplejía; debe estar aquí desde la mañana. Nos lo llevaremos de aquí, y es mejor enterrarlo cuanto antes, pues este calor precipita la descomposición.

»—Entre nosotros —dijo el secretario—, la comunidad no pierde gran cosa. Era un avaro, un imbécil; no entendía nada de nada.

»—Sí —añadió el juez, y parecía criticarlo todo—. No es de extrañar, los necios se creen siempre listos.

»—Será necesario avisar a los porteadores —prosiguió el médico—; su carga será pesada, este hombre tenía más tripa que cerebro.

»—Voy a redactar el acta de defunción. ¿A qué hora fijamos su muerte? —preguntó el secretario.

»—Pon descaradamente que ha muerto a las cuatro.

»—El avaro —dijo un campesino— iba a espiar a sus obreros para tener el pretexto de requisarles algún dinero al final de la semana. —Luego, cruzando los brazos sobre el pecho y mirando al cadáver, dijo—: Y bien, burgomaestre, ¿de qué te sirve ahora haber exprimido al pobre mundo? La muerte te ha llevado igualmente.

»—¿Qué es lo que lleva en su bolsillo? —preguntó otro.

»Sacó mi mendrugo de pan.

»—Eso era su desayuno.

»Todos estallaron en risas.

»Hablando de esta manera, la comitiva se dirigió hacia la salida de las ruinas. Mi pobre alma todavía pudo oírles unos minutos; el ruido cesó poco a poco. Me quedé con la soledad y el silencio.

»Las moscas volvieron a miles.

»No sabría decir cuánto tiempo pasó —prosiguió Hippel—, pues en mi sueño los minutos no tenían fin. Al cabo de un rato llegaron los porteadores, maldijeron al burgomaestre al levantar su cadáver. El alma del pobre hombre les siguió, sumida en un inexpresable dolor. Bajé de nuevo el camino por el que había venido, pero esta vez veía mi cuerpo transportado ante mí en una camilla. Cuando llegamos a mi casa, encontré a mucha gente que me esperaba; ¡reconocí a mis primos y a mis primas hasta la cuarta generación! Dejaron la camilla en el suelo y todos se acercaron para observarme.

»—Es él, sin duda —decía uno.

»—Está bien muerto —decía otro.

»Mi sirvienta también se acercó y, juntando las manos con un aire patético, exclamó:

»—¿Quién podía prever esta desgracia? Un hombre gordo y vigoroso, de buen aspecto. ¡No somos nada!

»Fue una verdadera oración fúnebre. Me trasladaron a una habitación y me colocaron sobre un lecho de paja. Cuando uno de mis primos sacó las llaves de mi bolsillo, quise gritar de rabia. Desgraciadamente, las almas no tienen voz; en fin, mi querido Ludwig, vi cómo abrían mi escritorio, cómo contaban mi dinero, valoraban mis pagarés, sellaban documentos; vi cómo mi sirviente sacaba de un escondite mis mejores vestidos; y, aunque la muerte me libraba de todas las necesidades, no pude evitar sentir hasta los ochavos que me quitaban.  
 
»Me desnudaron, me vistieron con una camisa larga, me metieron entre cuatro tablas y asistí a mis propios funerales. Cuando me bajaron a la fosa, me invadió la desesperación: ¡todo estaba perdido! Fue entonces cuando me despertaste, Ludwig; todavía me parece oír la tierra encima de mi ataúd.

Hippel se calló y vi cómo se estremecía.

Permanecimos mucho tiempo meditabundos, sin intercambiar una palabra; el canto del gallo nos advirtió que la noche se acababa, las estrellas parecieron borrarse ante la proximidad del día. Otros gallos lanzaban al espacio sus penetrantes gritos y se contestaron de una granja a otra. Un perro guardián salió de su caseta para hacer su ronda matinal; luego una alondra, todavía soñolienta, gorjeó algunas notas de su alegre cantar.

—Hippel —dije a mi compañero—, ya es hora de marcharse si queremos aprovechar el fresco.

—Es cierto —me dijo—, pero, ante todo, hay que comer algo.

Bajamos; el posadero estaba vistiéndose. Cuando se hubo puesto la camisa, nos sirvió los restos de nuestra comida; llenó uno de mis botijos de vino blanco y el otro de vino tinto, herró las dos monturas y nos deseó un buen viaje.

Todavía no estábamos a media legua del albergue cuando mi amigo Hippel, siempre sediento, tomó un trago de vino tinto.

—¡Brrr! —hizo como si tuviera vértigo—. ¡Mi sueño, mi sueño de la noche!

Lanzó su caballo al trote para escapar de esta visión, que se manifestaba por extrañas expresiones en su rostro; lo seguí de lejos, mi pobre rocinante reclamaba mejores modales.

Salió el sol, una tintura pálida y rosada invadió el azul sombrío del cielo; las estrellas se perdieron en medio de esta luz deslumbrante como una grava de perlas en las profundidades del mar.

A los primeros rayos de la mañana, Hippel detuvo su caballo y me esperó.

—No sé —me dijo— qué siniestras ideas me vienen a la mente. Este vino tinto debe tener alguna extraña virtud: agrada a mi garganta, pero ataca a mi cerebro.

—Hippel —le contesté—, no hay que disimular que algunos licores encierran los principios de la fantasía e incluso de la fantasmagoría. He visto entristecer a personas alegres, idiotizar a gente inteligente y viceversa, después de algunas copas de vino en el estómago. Es un profundo misterio; ¿qué ser insensato se atrevería a poner en duda este poder mágico del alcohol? ¿No es el cetro de una fuerza superior, incomprensible, ante la cual debemos inclinar la cabeza, ya que todos sufrimos a veces su influencia divina o infernal?

Hippel reconoció la fuerza de mis argumentos y permaneció en silencio, como perdido en inmensos pensamientos.

Andábamos por un estrecho sendero que serpentea por los bordes del Queich. Los pájaros dejaban oír su gorgojeo, la perdiz lanzaba su grito gutural, escondiéndose bajo las anchas hojas de la vid. El paisaje era magnífico; el riachuelo murmuraba huyendo a través de pequeñas torrenteras. A derecha e izquierda se extendían colinas cargadas de soberbias cosechas.

Nuestro camino formaba un recodo en la vertiente de la colina. De repente, mi amigo Hippel se quedó inmóvil, la boca abierta, las manos abiertas en actitud de estupor; luego, raudo como una flecha, se volvió para huir, pero yo agarré su caballo por la rienda.

—¡Hippel! ¿Qué te sucede? —le grité—. ¿Es que Satán te ha tendido una emboscada? ¿O es que el ángel de Balaam ha hecho brillar su espada ante tus ojos?

—¡Déjame! —decía debatiéndose—. ¡Mi sueño! ¡Es mi sueño!

—Vamos, cálmate, Hippel; el vino tinto encierra, sin duda, propiedades perjudiciales; toma un trago de este otro, es un jugo generoso que aparta los siniestros pensamientos del cerebro humano.

Bebió ávidamente; este licor bienhechor restableció el equilibrio entre sus facultades.

Arrojamos al camino este vino rojo que se había vuelto negro como la tinta; formó grandes burbujas al penetrar en la tierra y me pareció oír como unos sordos mugidos, voces confusas, suspiros, pero tan débiles que parecía que saliesen de una lejana comarca y que nuestros oídos no las podían percibir, sólo las fibras más íntimas del corazón. Era el último suspiro de Abel, cuando su hermano lo derribó sobre la hierba y la tierra se abrevó con su sangre.

Hippel estaba demasiado emocionado para darse cuenta de este fenómeno, pero a mí me afectó profundamente. Al mismo tiempo vi a un pájaro negro que salía de un matorral y se escapó profiriendo un chillido de terror.

—Siento —dijo entonces Hippel— que dos principios contradictorios luchan en mi ser: el negro y el blanco, el principio del mal y el principio del bien. ¡Sigamos!

Proseguimos el camino.

—Ludwig —continuó muy pronto mi amigo—, en este mundo ocurren cosas tan extrañas, que el espíritu debe humillarse temblando. Tú sabes que jamás he recorrido esta región. Bien: ayer sueño y hoy veo con mis propios ojos la fantasía del sueño erigirse ante mí; mira este paisaje, es el mismo que vi durante mi sueño. Aquí están las ruinas del viejo castillo donde tuve el ataque de apoplejía. 
 
Aquí está el sendero que recorrí y ahí abajo se encuentran mis cuatro fanegas de viña. No hay un árbol, un arroyo, un matorral que no reconozca como si los hubiese visto mil veces. Cuando demos la vuelta a este recodo del camino veremos al fondo del valle el pueblo de Welche: la segunda casa a la derecha es la del burgomaestre; posee cinco ventanas en la parte alta de la fachada, cuatro abajo y la puerta. 
 
A la izquierda de mi casa, es decir, de la casa del burgomaestre, verás un hórreo, una caballeriza. Es allí donde guardaba mis animales. Detrás, en un pequeño patio, bajo un amplio tenducho, se encuentra un lagar con dos caballos. En fin, mi querido Ludwig, tal como soy, ahí me tienes resucitado. 
 
El pobre burgomaestre te mira con mis ojos, te habla por mi boca y, si no me acordara de que antes de ser burgomaestre, roñoso, avaro, rico propietario, fui Hippel, el vividor, dudaría en decir quién soy yo, pues lo que veo me recuerda otra existencia, otras costumbres, otras ideas.

Todo ocurrió como Hippel me lo había predicho; vimos el pueblo desde lejos, al fondo de un soberbio valle, entre dos ricos viñedos, las casas diseminadas por los bordes del río; la segunda a la derecha era la del burgomaestre.

A todos los individuos que nos encontramos, Hippel tuvo el vago recuerdo de haberles conocido; algunos le parecieron incluso tan familiares, que estuvo a punto de llamarlos por su propio nombre; pero la palabra se le quedaba en la boca, no la podía apartar de otros recuerdos. Por otra parte, al ver la indiferencia con que nos recibían, Hippel se dio cuenta de que era un desconocido y de que su cara enmascaraba por completo la difunta alma del burgomaestre.

Nos detuvimos en un albergue que mi amigo me indicó como el mejor del pueblo, pues lo conocía de muchos años. Nueva surprise: la patrona del albergue era una gruesa comadre, viuda desde hacía mucho tiempo, y a la que el burgomaestre había deseado para segundas nupcias.

Hippel sintió un incontenible deseo de estar a su lado, pues todas sus viejas simpatías afloraron a la vez. No obstante, logró dominarse: el verdadero Hippel combatía las tendencias matrimoniales del burgomaestre. Se limitó a pedirle solamente, con la mayor amabilidad que pudo, una buena comida y el mejor vino de la comarca.

Cuando estuvimos en la mesa, una natural curiosidad llevó a Hippel a informarse de lo que había ocurrido en el pueblo después de su muerte.

—Señora —dijo a nuestra patrona con una aduladora sonrisa—, ¿debisteis conocer sin duda al antiguo burgomaestre de Welche?

—¿Es el que murió hace tres años de un ataque de apoplejía? —preguntó.

—Precisamente —contestó mi amigo, mirando con curiosidad a la señora.

—¡Sí, le conocí! —exclamó la comadre—, era un viejo roñoso que quería casarse conmigo. Si hubiera sabido que moriría tan pronto hubiese aceptado. Me propuso una donación mutua al último superviviente.

Esta respuesta desconcertó un poco a mi querido Hippel; el amor propio del burgomaestre había sido terriblemente ofendido. No obstante, se contuvo:

—Es decir, que no lo amabais, señora.

—¡Cómo es posible amar a un hombre tan feo, sucio, asqueroso, roñoso y avaro!

Hippel se levantó para mirarse en el espejo. Al ver sus carrillos llenos y rollizos, se sonrió a sí mismo y volvió a colocarse ante un pollito, que se puso a despedazar.

—De hecho —dijo—, el burgomaestre podía ser feo, asqueroso; esto no prueba nada en mi contra.

—¿Son ustedes parientes suyos? —preguntó, muy sorprendida, la patrona.

—¡No, no le conocí jamás! Sólo digo que algunos son feos y otros guapos; porque tenga la nariz situada en la mitad de la cara como vuestro burgomaestre, esto no prueba que uno se le parezca.

—¡Oh, no! —dijo la comadre—. No poseéis ningún rasgo de su familia.

—Por otra parte —prosiguió mi amigo—, yo no soy avaro, lo que demuestra que no soy vuestro burgomaestre. Traed dos botellas del mejor vino que tengáis.

La dama salió y aproveché esta ocasión para advertir a Hippel de que no se metiera en estas conversaciones que podrían traicionar su incógnito.

—¿Por quién me tomas, Ludwig? —exclamó, furioso—. Debes saber que yo soy tan burgomaestre como tú y la prueba es que mis papeles están en regla.

Sacó su pasaporte. La patrona volvía.

—Señora —dijo—, ¿es que vuestro burgomaestre se parecía a esta descripción? —Leyó—: "Frente mediana, gruesa nariz, labios espesos, ojos grises, estatura alta, cabellos castaños".

—Más o menos —dijo la patrona—, salvo que era calvo.

Hippel se pasó la mano por sus cabellos, exclamando:

—¡El burgomaestre era calvo y nadie osará afirmar que yo soy calvo!

La patrona creyó que mi amigo estaba loco, pero como se levantó después de pagar la cuenta, no dijo nada. Cuando llegó a la entrada, Hippel se volvió hacia mí y dijo con brusquedad:

—¡Marchémonos!

—Un instante, querido amigo —le contesté—. Primero me conducirás al cementerio donde está enterrado el burgomaestre.

—¡No! —exclamó—. ¡No, jamás! ¿Quieres arrojarme a las garras de Satán? Yo, ¿¡de pie sobre mi propia tumba!? Sería contrario a todas las leyes de la naturaleza. ¿No te das cuenta, Ludwig?

—Cálmate, Hippel —le dije—. En este momento estás bajo el poder de potencias invencibles. Han extendido sobre ti sus finísimas redes, tan transparentes que nadie es capaz de verlas. Hay que hacer un esfuerzo para destruirlas, hay que restituir el alma del burgomaestre, y esto sólo es posible en la tumba. ¿Querrías ser tú el ladrón de esta pobre alma? Sería un robo manifiesto; conozco demasiado bien tu delicadeza para suponerte capaz de una infamia tal.

Estos irrevocables argumentos le decidieron.

—Bueno —dijo—, tendré el valor de hollar estos restos de los que llevo la mitad más pesada. Dios no quiera que me sea imputado un robo tal. Sígueme, Ludwig, te conduciré allí.

Andaba a pasos rápidos, precipitados, con su sombrero en la mano, los cabellos al viento, agitando los brazos, arrugando las piernas, como un desgraciado que cumple su último acto de desesperación y él mismo se anima para no desfallecer.

Primero cruzamos muchas callejuelas, luego el puente de un molino, cuya pesada rueda rompía la blanca capa de espuma; luego seguimos un sendero que recorría una pradera y llegamos, al fin, detrás del pueblo, cerca de un muro bastante alto, cubierto de musgo y clemátides. Era el cementerio.

En uno de los ángulos se levantaba el osario; en el otro, una casita rodeada de un pequeño jardín.

Hippel se lanzó hacia la casita. Allí estaba el sepulturero; a lo largo de los muros había coronas de siemprevivas. El sepulturero estaba esculpiendo una cruz; su trabajo le absorbía hasta tal punto, que se levantó muy sobresaltado cuando entró Hippel. Mi compañero le miró de una manera que le debió asustar, pues durante unos minutos permaneció sobrecogido.

—Buen hombre —le dije—, condúzcanos a la tumba del burgomaestre.

—Es inútil —dijo Hippel—. Sé dónde está.

Y sin esperar la respuesta, abrió la puerta que daba al cementerio y empezó a correr como un loco, saltando por encima de las tumbas y gritando:

—¡Es aquí... aquí... ya hemos llegado!

Evidentemente estaba poseído por el espíritu del mal, pues derribó a su paso una cruz blanca. ¡La cruz de una criatura! El sepulturero y yo le seguíamos de lejos.

El cementerio era bastante grande. Hierbas espesas, de un verde sombrío, se elevaban a tres pies del suelo. Los cipreses arrastraban por el suelo sus largas cabelleras; pero lo primero que me sorprendió fue un enrejado adosado al muro cubierto de una magnífica parra tan cargada de uvas, que los racimos caían unos sobre otros.

Andando, le dije al sepulturero:

—Aquí tenéis una viña que debe daros mucho dinero.

—¡Oh, señor! —dijo en un tono dolorido—, esta viña no me da gran cosa. Nadie quiere mi uva; lo que viene de la muerte vuelve a la muerte.

Miré a ese hombre. Tenía la mirada falsa, una sonrisa diabólica contraía sus labios y sus mejillas. No creí lo que decía.

Llegamos ante la tumba del burgomaestre; estaba cerca del muro. Ante ella había un enorme cepo de viña, lleno de jugo y que parecía saciado como una boa. Sus raíces debían penetrar hasta el fondo de los ataúdes, disputando su presa a los gusanos. Además, sus racimos eran de un rojo violeta, mientras que los de los otros eran de un blanco ligeramente rojizo.

Hippel, apoyado en la vid, parecía más calmado.

—Usted no come de esta uva —le dije al sepulturero—, pero la vende.

Palideció negando con la cabeza.

—La vende al pueblo de Welche, y hasta puedo nombrarle el albergue donde se bebe vuestro vino —exclamé—. Es el albergue de la Flor de lis.

El sepulturero se estremeció. Hippel quería lanzarse al cuello de este miserable; fue necesaria mi intervención para evitar que lo descuartizara.

—Malvado —le dijo—, me has hecho beber el alma del burgomaestre. ¡He perdido mi personalidad!

Pero, de repente, una idea luminosa acudió a su mente, se volvió hacia el muro y se puso en la célebre postura del Manneken Pis brabanzón.

—¡Loado sea el Señor! —dijo, volviéndose hacia mí—. He devuelto a la tierra la quintaesencia del burgomaestre. Me he librado de un peso enorme.

Una hora más tarde proseguíamos nuestro camino y mi amigo Hippel había recobrado su alegría natural.

Manolito on the Road - Elvira Lindo

Y aquí llega la última parte que es donde yo me pongo más nervioso cada vez que me toca contarla, y mi abuelo me dice: «No te líes, que éste es el momento más emocionante de la historia». Me lío porque sólo de acordarme se me ponen los pelos de punta. Pero el caso es que en esta parte también hay que empezar por el principio de los tiempos. El principio aquí sería que después de hacer dos o tres paradas para que mi padre fuera dejando las últimas tandas de la mercancía, volvimos al «Chohuí» a comer. Había lo menos cinco camiones aparcados en fila porque un chaval que había en el porche los estaba limpiando. A mi padre le había cambiado la cara desde que había decidido que volvíamos esa tarde a Madrid, estaba mucho más contento y me dijo que pararíamos en Cuenca para comprarle a mi madre una cosa bonita para que no se enfadara por tonterías. Me cogió en brazos y me hizo abrir la puerta del restaurante del «Chohuí» con la cabeza, como en los salones del Oeste. Dos colegas de mi padre, los dos que se habían quejado la noche anterior, le dijeron que si delante de este niño (yo) se podría jugar la partidita de mus, y mi padre dijo que claro y que un respeto, que yo era su camionero-copiloto, no era un niño cualquiera. En la mesa del rincón estaba Marcial que nos saludó levantando el tenedor porque la boca la tenía llena.

Nos sentamos a comer y Alicia nos puso un platazo de carne con tomate, y aunque no era de la marca que usa mi madre, que era uno de ésos con tropezones, me comí el plato entero y luego hice lo menos veinticinco barquitos. Los dos colegas de mi padre se sentaron al rato con nosotros y uno de ellos me echó un poquillo de vino en la casera.

—Buena la has hecho —dijo mi padre—, en cuanto llegue a casa se lo cuenta a su madre.

—¡No es verdad! —le dije yo superenfadado—. Siempre me estás llamando chivato.

—Que era una broma. Bébetelo, tonto.

Yo ya había probado el vino tinto con casera porque mi abuelo siempre nos da al Imbécil y a mí un chupito de su vaso, y luego por la noche, cuando se hace de postre vino con pan y azúcar le metemos la cuchara para pillar un trozo de pan mojado en vino. Lo tenemos que hacer a espaldas de mi madre porque ella dice que eso de dejar a los niños que prueben el vino es una cosa muy antigua y que ahora, si se entera la Asociación de Padres del Colegio, igual te meten en la cárcel. Al niño, no, al padre. Al niño lo meten en Alcohólicos Anónimos para que lo cuente por un micrófono delante de unas personas que también metieron la cuchara en el vaso de su abuelo. Me bebí el vaso de una volá porque estaba muy fresquito y porque a mí me encanta todo lo que tenga burbujas en esta vida, incluidas las chicas que anuncian el champán todos los años por Navidad. Yo me llené otra vez el vaso con gaseosa y el otro colega de mi padre me hizo un gesto como para que no dijera a nadie nada y me echó otro poquillo de vino.

Alicia fue retirando las cosas de la mesa y después de limpiar el hule puso un tapete verde. Me quedé con los ojos a cuadros cuando mi propio padre llamó a Marcial y le dijo «pero, venga, acaba, que te estamos esperando». Marcial vino masticando todavía y con su vaso de vino en la mano. Iban por parejas y Marcial era de la pareja de los enemigos de mi padre. Alicia me dijo que si la quería ayudar a poner unas copas para los jugadores.

—Eso, que trabaje, que los niños de ahora no sirven pa ná.

Tuve que hacer lo menos diez viajes desde la cocina, uno por cada copa. Unas eran de anís, unas de coñá y otras de una cosa que se llamaba Sol y Sombra. Antes de abrir la puerta del comedor pegaba un sorbito para ver cómo sabía. La puerta era una de esas puertas que se abren cuando las empujas, así que después de la segunda copa que saqué decidí abrirla con la cabeza, igual que me había hecho mi padre cuando entramos al comedor. Al principio me reía yo solo de lo bien que abría la puerta a cabezazos y me reía también de que al ir a poner la copa en la mesa miraba las cartas que tenía Marcial y se las decía a mi padre al oído. Pero, en una de ésas, Marcial se dio cuenta y pegó un puñetazo en la mesa y dijo:

—Manolo, este niño está de reformatorio. Te está soplando al oído desde que hemos empezado.

—Bueno, Marcial, no te pongas así, que son cosas de críos.

—Como no deje el niño ese de rondarme por aquí por la espalda me levanto y no me vuelves a ver el pelo, que sabes que yo con las cosas del juego hablo en serio. Quítame al niño de la chepa o me largo.

Mi padre me dijo que me sentara en la mesa de al lado y que me esperara un rato, lo que tardaba en acabar la partida. Cuando me senté fue cuando me di cuenta de que mi madre nunca se podría enterar de que yo era un niño un poco borracho. Mi padre no se había dado cuenta y a mí me estaba entrando un sueño que me daba la impresión de que la cabeza se me iba a ir al suelo, me apoyé en la mesa y cerré los ojos, pero al cerrar los ojos el suelo del «Chohuí» empezó a moverse como si fuera el suelo de un barco. Mi padre que me vio echado encima de la mesa, me dijo:

—Anda, vete al camión y te echas la siesta. Venga, hijo, cuando te despiertes ya estaremos en casa.

No sé cómo nadie se dio cuenta de que tuve que ir poniendo las manos en las mesas para no tropezarme. Salí al porche y me pareció oír a Alicia a mis espaldas: «¿No me dices adiós, Manolito?», pero no sabía si era verdad o me lo estaba imaginando. La luz del sol me hacía mucho daño en los ojos, así que me fui corriendo al camión, que estaba enfilado con los otros camiones, y cuando abrí la puerta ya llevaba los ojos cerrados porque sólo tenía ganas de tumbarme y dormir. Y eso es lo que hice. Me tumbé y antes de quedarme dormido pensé que si no fuera porque tenía sueño hubiera vomitado otra vez, pensé que nunca

volvería a meter la cuchara en el vino con pan de mi abuelo, nunca bebería de las copas de jugadores, nunca tomaría vino con gaseosa, nunca, porque aquel camión también se movía como si fuera un barco.

Cuando me desperté el barco se seguía moviendo, pero ahora era cierto que el camión estaba en marcha. Tenía la lengua pegada a la parte de arriba de la boca, tenía mucha sed y también tenía dolor de cabeza. Mi abuelo me dijo días después: «Lo que tenías era resaca». Qué vergüenza para un niño.

Mi padre llevaba la radio superaltísima y me entraron ganas de levantarme para decirle que la bajara porque la música me daba golpes en la cabeza, pero volví a cerrar los ojos y fue muy raro porque soñé aunque sin quedarme dormido, soñé con que la música estaba sonando en el salón de mi casa y el Imbécil se había sentado en el taburete del mueble-bar de mi casa con un cubata en la mano. En otro taburete y a su lado estaba mi abuelo con su tinto de verano. El Imbécil al verme entrar decía:

—El nene borracho, como Manolito.

Y mi madre lloraba en el sofá y decía: «Qué desgracia, qué desgracia, tan pequeños y tan borrachos los dos». El Imbécil se reía a carcajadas. Yo me acercaba al mueble-bar y le decía casi llorando a mi abuelo:

—Pero, ¿por qué le has dejado beber, abuelo?

Y el Imbécil me respondía:

—No puede hablar, está disecado.

Era verdad, yo tocaba a mi abuelo y mi abuelo estaba seco y hueco como un muñeco de Tintín que tiene el Orejones en la estantería de su cuarto. Abrí los ojos: lo que estaba tocando en realidad era el asiento del camión. En la radio del camión hablaban ahora de no sé qué niño que había desaparecido y hablaba una vecina de ese niño, que era idéntica a la Luisa y que decía al entrevistador:

«No es que fuera un niño perfecto, entiéndame, tenía sus defectos como los tiene todo el mundo; incluso yo, pero aquí mi marido y yo lo queríamos como a un hijo, a veces lo queríamos más de lo que le quiere su madre, fíjese. Es que la madre está muy centrada en el pequeño, y a éste lo tiene un poquillo de lado, entiéndame, no abandonado, pero que le hace menos caso porque también es verdad que el chiquillo es un poco pesado.»

Luego hablaba un abuelo que era como mi abuelo, pero casi no se le entendía porque estaba medio llorando y sin dentadura:

«Mi nieto... Lo más grande para mí.»

Luego se oían unos alaridos estremecedores. Eran del Imbécil, descarao.

Y luego una mujer, que hubiera jurado que era mi madre, empezó a decir:

«Es un niño que todo lo que diga de él es poco, es bueno, trabajador. Conmigo tiene pasión, siempre mamá quieres esto, mamá quieres lo otro; en el colegio su señorita lo adora, todos los niños van detrás de él siempre. No es porque sea mi hijo pero es un niño con carisma. Yo, sin mi niño, es que no sé vivir.»

A mí se me estaban saltando las lágrimas por detrás de las gafas, pero estaba claro que esa mujer no era mi madre, mi madre nunca hubiera dicho esas cosas de mí, sólo las dice del Imbécil. Me levanté para no seguir soñando despierto con hermanos borrachos, abuelos disecados y niños perdidos y le fui a decir a mi padre que estaba malo y que me diera agua. Se había hecho muy de noche. No sabía cuánto tiempo había pasado, ni cuánto faltaba para llegar a casa. Desde atrás le puse la mano en el hombro a mi padre y, no sé por qué, me pareció un hombro muy raro. La espalda de aquellos hombros raros pegó un salto y la cabeza que había encima de aquellos hombros raros se dio la vuelta. El dueño de los hombros raros no era mi padre. Él me miró un momento y empezó a gritar al mismo tiempo que yo, que estaba gritando con la boca tan abierta que durante muchos días me dolieron las mandíbulas. El hombre era nada más y nada menos que Marcial y se volvía de vez en cuando sin dejar de gritar y me miraba con ojos asesinos y luego miraba a la carretera y hacía cosas raras con el volante. Eso duró mucho rato, lo menos media hora, aunque mi padre me ha dicho luego que no pudo durar más de un minuto. Dimos no sé cuántos tumbos con el camión por un sitio que ya no era carretera y de golpe nos paramos. Marcial empezó a gritar: «¿Pero qué haces aquí, qué haces aquí, niño cabrón?». Me llamó eso que he escrito al final, eso con todas sus letras, yo no lo pondría pero es que él me lo llamó no una sino muchas veces, y según me lo decía yo me convencía cada vez más de que Marcial me había secuestrado y me quería matar.

Mientras seguía gritando y llevándose las manos a la cabeza, decía: «Ay, Dios mío, que casi me mata el niño cabrón este...», y otros insultos que no voy a escribir porque no acabaría nunca. Yo me colé por la puerta y eché a correr. Los coches pasaban muy deprisa y casi rozándome, así que salté un quitamiedos y me fui por el campo. Marcial empezó a seguirme y a gritarme: «¿Y ahora adonde vas, niño (y lo que sigue)?». Así lo llevé mucho rato, detrás de mí, diciendo que si quería volverle loco, que si quería matarlo. Y cuanto más le oía yo decir esas cosas más seguro estaba de que Marcial era un tío peligroso que no pararía hasta agarrarme del cuello.

Por primera vez en mi vida yo corrí más rápido. Cuando llevaba un rato largo sin oírle gritar vi una casita de piedra. Todo estaba muy oscuro, pero dando la vuelta a toda la casa encontré la puerta. Fui a llamar pero al poner la mano en la madera se abrió sola. Olía fatal y el suelo me pareció que era de paja. Me pareció oír un montón de respiraciones. Me temblaba tanto la boca que los dientes me hacían ruido al chocar unos con otros. Tragué saliva y pregunté con una voz muy rara, que no parecía la mía:

—¿Hay alguien ahí?

Y de pronto, de la oscuridad, surgió un coro de voces que todas a una me contestaron:

—Beeeeeeeeeeeeeee.

Ya no me acuerdo de más porque, según lo que contaron más tarde, debí de desmayarme de la impresión. Desde luego hay momentos en la vida en los que es mejor desmayarse y ése fue uno de ellos. Se me juntó el desmayo con el sueño y cuando me desperté se estaba haciendo de día y hacía mucho frío. Alrededor de mí había un montón de ovejas que no me quitaban ojo. Yo pensé que a lo mejor me pasaba como a Mowgli, el de El libro de la Selva, sólo que yo en vez de criarme entre lobos, panteras, osos y serpientes, me criaba entre ovejas. Les dije que yo había hecho de oveja en el Belén Viviente de mi colegio, me pareció una buena tarjeta de presentación, sobre todo si tenía que pasar los próximos cincuenta años con ellas. Muy cerca de mí oí una voz que decía:

—Aquí está el chiquillo. Las ovejas empezaron a balar como locas anoche, tanto insistían que me acerqué a ver qué pasaba y ahí lo vi, tal y como está ahora. Le puse una manta para que no se enfriara y me fui a avisarlos a ustedes.

Una cara de guardia civil se me puso justo delante de las gafas.

—¿Te llamas Manolito?

Yo le dije que sí con la cabeza y luego le pregunté:

—¿Me va a detener?

—A los niños yo no los detengo, los devuelvo a sus casas. ¿Quieres volver a tu casa?

—¿Le importaría detener al hombre que me estaba persiguiendo, que quería secuestrarme y que le ha robado el camión a mi padre? Se llama Marcial.

—Ya lo tengo detenido. Ahora lo vas a ver en la carretera.

—Prefiero no verlo.

—Es que lo tienes que reconocer, para que yo sepa de verdad que es el que tú dices.

Me levanté y antes de salir de aquel pajar les dije adiós a las ovejas y al pastor. Por el camino le dije al señor guardia que tenía frío y el señor guardia se quitó la chaqueta y me la puso encima de los hombros. Me abrochó el primer botón y se me quedó todo el cuerpo tapado, sólo se me veían los pies con las zapatillas.

—¿Le importaría dejarme un rato la pistola?

—Pero cómo te voy a dejar la pistola, hombre. Anda que la pregunta.

Cuando llegamos a la carretera vi a Marcial hablando con el otro guardia, pero no me pareció que estuviera detenido, no tenía esposas ni nada y encima se estaba fumando un cigarro.

—¡Aquí está el niño! —dijo Marcial señalándome con el dedo. Delante de los guardias no se atrevió a decir aquello del niño-cabrón.

A mí me entraron ganas de volver a salir corriendo y el señor guardia civil debió de notarlo porque me puso la mano en el hombro muy fuerte y me hizo subir a la carretera. Yo tiraba para atrás y él tiraba para delante. Al final, viendo que él no me soltaba, me quedé detrás suyo y sólo saqué el brazo para señalar a Marcial y decir que aquél era el hombre que le había robado el camión a mi padre y que me quería matar y que, por eso, me perseguía por el campo y me insultaba y me decía lo que ya todo el mundo sabe.

—El camión de su padre, dice este demente. Mira, niño, mira de quién es este camión.

Yo asomé la cabeza de detrás del guardia y vi un cartelazo encima del parabrisas que decía «MARCIAL», y abajo unas letras pequeñas que decían: «Eres el más grande».

—El padre lo manda a echar la siesta porque el niño se va durmiendo por las mesas y el perturbado se mete en mi camión y, en plena noche, el niño de las narices se despierta y me pone una mano en la espalda. Nos podíamos haber matado los dos —Marcial se lo explicaba a los guardias como si yo fuera un delincuente y lo hubiera hecho a posta—. Sí les voy a decir una cosa, me entran ganas de matarlo ahora mismo.

Yo me volví a refugiar detrás del guardia.

—No le diga eso al niño, que él tampoco ha tenido la culpa.

—Que no le diga eso... No estoy yo muy seguro de que no lo haya hecho a conciencia. Porque éste es uno de esos niños que como te coja tirria va a por ti, descarao. Me di cuenta la primera vez que le vi la cara.

Marcial se quedó allí, en mitad de la carretera, echando pestes de mí, sin que nadie le hiciera mucho caso, porque los guardias me montaron en su jeep y me dijeron que mis padres ya estaban en camino para venir a buscarme. Yo les pregunté a los guardias que dónde estaba y ellos me dijeron «Espera un momento y ahora lo verás». El jeep iba por unos campos llenos de árboles y de hierbas gigantescas y unos ríos estrechos pasaban a veces por debajo de la carretera. De pronto, sin que yo me lo esperara, lo vi. Mucho más grande que en la tele, estaba muy quieto y olía fuerte, fuerte. El mar.

El coche se metió por un caminillo y llegamos a un chiringuito. Me dijeron que estaba en Valencia y que allí esperaríamos a mis padres. La playa estaba llena de gente tomando el sol. Les dije a los señores guardias que si podía ir hasta la orilla a meter los pies. Y ellos me contestaron que me tenían que acompañar porque hasta que no vinieran mis padres no podían dejarme solo.

Fui hasta la orilla con un señor guardia a cada lado, como si me llevaran detenido. La gente se separaba de nosotros y se nos quedaba mirando, sobre todo a mí, porque debían de pensar que era un niño que había cometido un crimen tan gordo que no se me podía dejar de vigilar ni un momento. Me dijeron los señores guardias que si me quería meter, pero les dije que no llevaba bañador.

—Pues con el calzoncillo mismo, anda qué problema. Si aquí, ya ves tú, nadie se fija en nadie.

Pero no era verdad, todo el mundo estaba pendiente de lo que hacían esos guardias con ese niño detenido, así que volvimos otra vez y la gente se volvió a apartar de nosotros como si fuéramos extraterrestres. Los guardias se quedaron en la barra y yo me senté. Me dijeron que me pidiera lo que quisiera, y ahí estuve pidiendo frutopías por un tubo hasta que llegaron mis padres.

Por fin el camión Manolito entró en el aparcamiento. Las puertas se abrieron y mi madre se tiró como una loca desde el asiento. Por un momento se quedó en el suelo de rodillas. La vi venir corriendo de una manera que parecía que cada pierna y cada brazo iban por un lado distinto y tenía una cara tan rara que me levanté y tuve la tentación de salir corriendo, porque no sabía qué es lo que quería hacerme aquella madre con aquella cara. No me pude escapar porque me agarró con los brazos, con las piernas, con la cabeza, como si fuera un pulpo, y me llenó la cabeza de besos. Detrás de ella vi a mi abuelo. Sentí algo húmedo en la oreja: era el chupete del Imbécil. Mi madre decía «Cariño, cariño, lo que hemos pasado toda la noche», mi abuelo decía «Angelico mío», el Imbécil decía «Dejad al nene con Manolito». El Imbécil se hizo sitio y se sentó encima de mí. Por detrás de todos ellos vi a mi padre. Llevaba el paquete que le había dado a Alicia en las manos y, dirigiéndose hacia mí, dijo:

—El detergente era para ti.

No lo entendí muy bien, pero lo abrí, aunque me resultó difícil porque los tenía a todos encima. En mi familia somos así, como estamos acostumbrados a vivir en una casa tan pequeña, aunque salgamos a la calle seguimos estando unos encima de otros.

Cuando el paquete estuvo abierto me quedé mirándolo sin poder creerlo. Mi padre sabía que, desde que vimos la película, el Imbécil y yo nos pasábamos la vida saltando por los sofás y peleando con nuestras espadas invisibles. ¡Era un disfraz del Zorro! Entré en el váter y salí vestido con el bañador que me había traído mi madre y con el disfraz del Zorro encima. Era un Zorro con un bañador de palmeras debajo. El típico Zorro de la Malvarrosa, dijo el dueño del chiringuito. La Malvarrosa era la playa en la que estábamos.