Manolito on the Road - Elvira Lindo
Y aquí llega la última parte que es donde yo me pongo más nervioso cada vez que me toca contarla, y mi abuelo me dice: «No te líes, que éste es el momento más emocionante de la historia». Me lío porque sólo de acordarme se me ponen los pelos de punta. Pero el caso es que en esta parte también hay que empezar por el principio de los tiempos. El principio aquí sería que después de hacer dos o tres paradas para que mi padre fuera dejando las últimas tandas de la mercancía, volvimos al «Chohuí» a comer. Había lo menos cinco camiones aparcados en fila porque un chaval que había en el porche los estaba limpiando. A mi padre le había cambiado la cara desde que había decidido que volvíamos esa tarde a Madrid, estaba mucho más contento y me dijo que pararíamos en Cuenca para comprarle a mi madre una cosa bonita para que no se enfadara por tonterías. Me cogió en brazos y me hizo abrir la puerta del restaurante del «Chohuí» con la cabeza, como en los salones del Oeste. Dos colegas de mi padre, los dos que se habían quejado la noche anterior, le dijeron que si delante de este niño (yo) se podría jugar la partidita de mus, y mi padre dijo que claro y que un respeto, que yo era su camionero-copiloto, no era un niño cualquiera. En la mesa del rincón estaba Marcial que nos saludó levantando el tenedor porque la boca la tenía llena.
Nos sentamos a comer y Alicia nos puso un platazo de carne con tomate, y aunque no era de la marca que usa mi madre, que era uno de ésos con tropezones, me comí el plato entero y luego hice lo menos veinticinco barquitos. Los dos colegas de mi padre se sentaron al rato con nosotros y uno de ellos me echó un poquillo de vino en la casera.
—Buena la has hecho —dijo mi padre—, en cuanto llegue a casa se lo cuenta a su madre.
—¡No es verdad! —le dije yo superenfadado—. Siempre me estás llamando chivato.
—Que era una broma. Bébetelo, tonto.
Yo ya había probado el vino tinto con casera porque mi abuelo siempre nos da al Imbécil y a mí un chupito de su vaso, y luego por la noche, cuando se hace de postre vino con pan y azúcar le metemos la cuchara para pillar un trozo de pan mojado en vino. Lo tenemos que hacer a espaldas de mi madre porque ella dice que eso de dejar a los niños que prueben el vino es una cosa muy antigua y que ahora, si se entera la Asociación de Padres del Colegio, igual te meten en la cárcel. Al niño, no, al padre. Al niño lo meten en Alcohólicos Anónimos para que lo cuente por un micrófono delante de unas personas que también metieron la cuchara en el vaso de su abuelo. Me bebí el vaso de una volá porque estaba muy fresquito y porque a mí me encanta todo lo que tenga burbujas en esta vida, incluidas las chicas que anuncian el champán todos los años por Navidad. Yo me llené otra vez el vaso con gaseosa y el otro colega de mi padre me hizo un gesto como para que no dijera a nadie nada y me echó otro poquillo de vino.
Alicia fue retirando las cosas de la mesa y después de limpiar el hule puso un tapete verde. Me quedé con los ojos a cuadros cuando mi propio padre llamó a Marcial y le dijo «pero, venga, acaba, que te estamos esperando». Marcial vino masticando todavía y con su vaso de vino en la mano. Iban por parejas y Marcial era de la pareja de los enemigos de mi padre. Alicia me dijo que si la quería ayudar a poner unas copas para los jugadores.
—Eso, que trabaje, que los niños de ahora no sirven pa ná.
Tuve que hacer lo menos diez viajes desde la cocina, uno por cada copa. Unas eran de anís, unas de coñá y otras de una cosa que se llamaba Sol y Sombra. Antes de abrir la puerta del comedor pegaba un sorbito para ver cómo sabía. La puerta era una de esas puertas que se abren cuando las empujas, así que después de la segunda copa que saqué decidí abrirla con la cabeza, igual que me había hecho mi padre cuando entramos al comedor. Al principio me reía yo solo de lo bien que abría la puerta a cabezazos y me reía también de que al ir a poner la copa en la mesa miraba las cartas que tenía Marcial y se las decía a mi padre al oído. Pero, en una de ésas, Marcial se dio cuenta y pegó un puñetazo en la mesa y dijo:
—Manolo, este niño está de reformatorio. Te está soplando al oído desde que hemos empezado.
—Bueno, Marcial, no te pongas así, que son cosas de críos.
—Como no deje el niño ese de rondarme por aquí por la espalda me levanto y no me vuelves a ver el pelo, que sabes que yo con las cosas del juego hablo en serio. Quítame al niño de la chepa o me largo.
Mi padre me dijo que me sentara en la mesa de al lado y que me esperara un rato, lo que tardaba en acabar la partida. Cuando me senté fue cuando me di cuenta de que mi madre nunca se podría enterar de que yo era un niño un poco borracho. Mi padre no se había dado cuenta y a mí me estaba entrando un sueño que me daba la impresión de que la cabeza se me iba a ir al suelo, me apoyé en la mesa y cerré los ojos, pero al cerrar los ojos el suelo del «Chohuí» empezó a moverse como si fuera el suelo de un barco. Mi padre que me vio echado encima de la mesa, me dijo:
—Anda, vete al camión y te echas la siesta. Venga, hijo, cuando te despiertes ya estaremos en casa.
volvería a meter la cuchara en el vino con pan de mi abuelo, nunca bebería de las copas de jugadores, nunca tomaría vino con gaseosa, nunca, porque aquel camión también se movía como si fuera un barco.
Cuando me desperté el barco se seguía moviendo, pero ahora era cierto que el camión estaba en marcha. Tenía la lengua pegada a la parte de arriba de la boca, tenía mucha sed y también tenía dolor de cabeza. Mi abuelo me dijo días después: «Lo que tenías era resaca». Qué vergüenza para un niño.
Mi padre llevaba la radio superaltísima y me entraron ganas de levantarme para decirle que la bajara porque la música me daba golpes en la cabeza, pero volví a cerrar los ojos y fue muy raro porque soñé aunque sin quedarme dormido, soñé con que la música estaba sonando en el salón de mi casa y el Imbécil se había sentado en el taburete del mueble-bar de mi casa con un cubata en la mano. En otro taburete y a su lado estaba mi abuelo con su tinto de verano. El Imbécil al verme entrar decía:
—El nene borracho, como Manolito.
Y mi madre lloraba en el sofá y decía: «Qué desgracia, qué desgracia, tan pequeños y tan borrachos los dos». El Imbécil se reía a carcajadas. Yo me acercaba al mueble-bar y le decía casi llorando a mi abuelo:
—Pero, ¿por qué le has dejado beber, abuelo?
Y el Imbécil me respondía:
—No puede hablar, está disecado.
Era verdad, yo tocaba a mi abuelo y mi abuelo estaba seco y hueco como un muñeco de Tintín que tiene el Orejones en la estantería de su cuarto. Abrí los ojos: lo que estaba tocando en realidad era el asiento del camión. En la radio del camión hablaban ahora de no sé qué niño que había desaparecido y hablaba una vecina de ese niño, que era idéntica a la Luisa y que decía al entrevistador:
«No es que fuera un niño perfecto, entiéndame, tenía sus defectos como los tiene todo el mundo; incluso yo, pero aquí mi marido y yo lo queríamos como a un hijo, a veces lo queríamos más de lo que le quiere su madre, fíjese. Es que la madre está muy centrada en el pequeño, y a éste lo tiene un poquillo de lado, entiéndame, no abandonado, pero que le hace menos caso porque también es verdad que el chiquillo es un poco pesado.»
Luego hablaba un abuelo que era como mi abuelo, pero casi no se le entendía porque estaba medio llorando y sin dentadura:
«Mi nieto... Lo más grande para mí.»
Luego se oían unos alaridos estremecedores. Eran del Imbécil, descarao.
Y luego una mujer, que hubiera jurado que era mi madre, empezó a decir:
«Es un niño que todo lo que diga de él es poco, es bueno, trabajador. Conmigo tiene pasión, siempre mamá quieres esto, mamá quieres lo otro; en el colegio su señorita lo adora, todos los niños van detrás de él siempre. No es porque sea mi hijo pero es un niño con carisma. Yo, sin mi niño, es que no sé vivir.»
A mí se me estaban saltando las lágrimas por detrás de las gafas, pero estaba claro que esa mujer no era mi madre, mi madre nunca hubiera dicho esas cosas de mí, sólo las dice del Imbécil. Me levanté para no seguir soñando despierto con hermanos borrachos, abuelos disecados y niños perdidos y le fui a decir a mi padre que estaba malo y que me diera agua. Se había hecho muy de noche. No sabía cuánto tiempo había pasado, ni cuánto faltaba para llegar a casa. Desde atrás le puse la mano en el hombro a mi padre y, no sé por qué, me pareció un hombro muy raro. La espalda de aquellos hombros raros pegó un salto y la cabeza que había encima de aquellos hombros raros se dio la vuelta. El dueño de los hombros raros no era mi padre. Él me miró un momento y empezó a gritar al mismo tiempo que yo, que estaba gritando con la boca tan abierta que durante muchos días me dolieron las mandíbulas. El hombre era nada más y nada menos que Marcial y se volvía de vez en cuando sin dejar de gritar y me miraba con ojos asesinos y luego miraba a la carretera y hacía cosas raras con el volante. Eso duró mucho rato, lo menos media hora, aunque mi padre me ha dicho luego que no pudo durar más de un minuto. Dimos no sé cuántos tumbos con el camión por un sitio que ya no era carretera y de golpe nos paramos. Marcial empezó a gritar: «¿Pero qué haces aquí, qué haces aquí, niño cabrón?». Me llamó eso que he escrito al final, eso con todas sus letras, yo no lo pondría pero es que él me lo llamó no una sino muchas veces, y según me lo decía yo me convencía cada vez más de que Marcial me había secuestrado y me quería matar.
Mientras seguía gritando y llevándose las manos a la cabeza, decía: «Ay, Dios mío, que casi me mata el niño cabrón este...», y otros insultos que no voy a escribir porque no acabaría nunca. Yo me colé por la puerta y eché a correr. Los coches pasaban muy deprisa y casi rozándome, así que salté un quitamiedos y me fui por el campo. Marcial empezó a seguirme y a gritarme: «¿Y ahora adonde vas, niño (y lo que sigue)?». Así lo llevé mucho rato, detrás de mí, diciendo que si quería volverle loco, que si quería matarlo. Y cuanto más le oía yo decir esas cosas más seguro estaba de que Marcial era un tío peligroso que no pararía hasta agarrarme del cuello.
Por primera vez en mi vida yo corrí más rápido. Cuando llevaba un rato largo sin oírle gritar vi una casita de piedra. Todo estaba muy oscuro, pero dando la vuelta a toda la casa encontré la puerta. Fui a llamar pero al poner la mano en la madera se abrió sola. Olía fatal y el suelo me pareció que era de paja. Me pareció oír un montón de respiraciones. Me temblaba tanto la boca que los dientes me hacían ruido al chocar unos con otros. Tragué saliva y pregunté con una voz muy rara, que no parecía la mía:
—¿Hay alguien ahí?
—Beeeeeeeeeeeeeee.
Ya no me acuerdo de más porque, según lo que contaron más tarde, debí de desmayarme de la impresión. Desde luego hay momentos en la vida en los que es mejor desmayarse y ése fue uno de ellos. Se me juntó el desmayo con el sueño y cuando me desperté se estaba haciendo de día y hacía mucho frío. Alrededor de mí había un montón de ovejas que no me quitaban ojo. Yo pensé que a lo mejor me pasaba como a Mowgli, el de El libro de la Selva, sólo que yo en vez de criarme entre lobos, panteras, osos y serpientes, me criaba entre ovejas. Les dije que yo había hecho de oveja en el Belén Viviente de mi colegio, me pareció una buena tarjeta de presentación, sobre todo si tenía que pasar los próximos cincuenta años con ellas. Muy cerca de mí oí una voz que decía:
—Aquí está el chiquillo. Las ovejas empezaron a balar como locas anoche, tanto insistían que me acerqué a ver qué pasaba y ahí lo vi, tal y como está ahora. Le puse una manta para que no se enfriara y me fui a avisarlos a ustedes.
Una cara de guardia civil se me puso justo delante de las gafas.
—¿Te llamas Manolito?
Yo le dije que sí con la cabeza y luego le pregunté:
—¿Me va a detener?
—A los niños yo no los detengo, los devuelvo a sus casas. ¿Quieres volver a tu casa?
—¿Le importaría detener al hombre que me estaba persiguiendo, que quería secuestrarme y que le ha robado el camión a mi padre? Se llama Marcial.
—Ya lo tengo detenido. Ahora lo vas a ver en la carretera.
—Prefiero no verlo.
—Es que lo tienes que reconocer, para que yo sepa de verdad que es el que tú dices.
Me levanté y antes de salir de aquel pajar les dije adiós a las ovejas y al pastor. Por el camino le dije al señor guardia que tenía frío y el señor guardia se quitó la chaqueta y me la puso encima de los hombros. Me abrochó el primer botón y se me quedó todo el cuerpo tapado, sólo se me veían los pies con las zapatillas.
—¿Le importaría dejarme un rato la pistola?
—Pero cómo te voy a dejar la pistola, hombre. Anda que la pregunta.
Cuando llegamos a la carretera vi a Marcial hablando con el otro guardia, pero no me pareció que estuviera detenido, no tenía esposas ni nada y encima se estaba fumando un cigarro.
—¡Aquí está el niño! —dijo Marcial señalándome con el dedo. Delante de los guardias no se atrevió a decir aquello del niño-cabrón.
A mí me entraron ganas de volver a salir corriendo y el señor guardia civil debió de notarlo porque me puso la mano en el hombro muy fuerte y me hizo subir a la carretera. Yo tiraba para atrás y él tiraba para delante. Al final, viendo que él no me soltaba, me quedé detrás suyo y sólo saqué el brazo para señalar a Marcial y decir que aquél era el hombre que le había robado el camión a mi padre y que me quería matar y que, por eso, me perseguía por el campo y me insultaba y me decía lo que ya todo el mundo sabe.
—El camión de su padre, dice este demente. Mira, niño, mira de quién es este camión.
Yo asomé la cabeza de detrás del guardia y vi un cartelazo encima del parabrisas que decía «MARCIAL», y abajo unas letras pequeñas que decían: «Eres el más grande».
—El padre lo manda a echar la siesta porque el niño se va durmiendo por las mesas y el perturbado se mete en mi camión y, en plena noche, el niño de las narices se despierta y me pone una mano en la espalda. Nos podíamos haber matado los dos —Marcial se lo explicaba a los guardias como si yo fuera un delincuente y lo hubiera hecho a posta—. Sí les voy a decir una cosa, me entran ganas de matarlo ahora mismo.
Yo me volví a refugiar detrás del guardia.
—No le diga eso al niño, que él tampoco ha tenido la culpa.
Marcial se quedó allí, en mitad de la carretera, echando pestes de mí, sin que nadie le hiciera mucho caso, porque los guardias me montaron en su jeep y me dijeron que mis padres ya estaban en camino para venir a buscarme. Yo les pregunté a los guardias que dónde estaba y ellos me dijeron «Espera un momento y ahora lo verás». El jeep iba por unos campos llenos de árboles y de hierbas gigantescas y unos ríos estrechos pasaban a veces por debajo de la carretera. De pronto, sin que yo me lo esperara, lo vi. Mucho más grande que en la tele, estaba muy quieto y olía fuerte, fuerte. El mar.
El coche se metió por un caminillo y llegamos a un chiringuito. Me dijeron que estaba en Valencia y que allí esperaríamos a mis padres. La playa estaba llena de gente tomando el sol. Les dije a los señores guardias que si podía ir hasta la orilla a meter los pies. Y ellos me contestaron que me tenían que acompañar porque hasta que no vinieran mis padres no podían dejarme solo.
Fui hasta la orilla con un señor guardia a cada lado, como si me llevaran detenido. La gente se separaba de nosotros y se nos quedaba mirando, sobre todo a mí, porque debían de pensar que era un niño que había cometido un crimen tan gordo que no se me podía dejar de vigilar ni un momento. Me dijeron los señores guardias que si me quería meter, pero les dije que no llevaba bañador.
—Pues con el calzoncillo mismo, anda qué problema. Si aquí, ya ves tú, nadie se fija en nadie.
Pero no era verdad, todo el mundo estaba pendiente de lo que hacían esos guardias con ese niño detenido, así que volvimos otra vez y la gente se volvió a apartar de nosotros como si fuéramos extraterrestres. Los guardias se quedaron en la barra y yo me senté. Me dijeron que me pidiera lo que quisiera, y ahí estuve pidiendo frutopías por un tubo hasta que llegaron mis padres.
Por fin el camión Manolito entró en el aparcamiento. Las puertas se abrieron y mi madre se tiró como una loca desde el asiento. Por un momento se quedó en el suelo de rodillas. La vi venir corriendo de una manera que parecía que cada pierna y cada brazo iban por un lado distinto y tenía una cara tan rara que me levanté y tuve la tentación de salir corriendo, porque no sabía qué es lo que quería hacerme aquella madre con aquella cara. No me pude escapar porque me agarró con los brazos, con las piernas, con la cabeza, como si fuera un pulpo, y me llenó la cabeza de besos. Detrás de ella vi a mi abuelo. Sentí algo húmedo en la oreja: era el chupete del Imbécil. Mi madre decía «Cariño, cariño, lo que hemos pasado toda la noche», mi abuelo decía «Angelico mío», el Imbécil decía «Dejad al nene con Manolito». El Imbécil se hizo sitio y se sentó encima de mí. Por detrás de todos ellos vi a mi padre. Llevaba el paquete que le había dado a Alicia en las manos y, dirigiéndose hacia mí, dijo:
—El detergente era para ti.
No lo entendí muy bien, pero lo abrí, aunque me resultó difícil porque los tenía a todos encima. En mi familia somos así, como estamos acostumbrados a vivir en una casa tan pequeña, aunque salgamos a la calle seguimos estando unos encima de otros.
Cuando el paquete estuvo abierto me quedé mirándolo sin poder creerlo. Mi padre sabía que, desde que vimos la película, el Imbécil y yo nos pasábamos la vida saltando por los sofás y peleando con nuestras espadas invisibles. ¡Era un disfraz del Zorro! Entré en el váter y salí vestido con el bañador que me había traído mi madre y con el disfraz del Zorro encima. Era un Zorro con un bañador de palmeras debajo. El típico Zorro de la Malvarrosa, dijo el dueño del chiringuito. La Malvarrosa era la playa en la que estábamos.
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