La leyenda de Sleepy Hollow - Washington Irving (Parte 2)

     Era, en efecto, un hombre a la vez sagaz y crédulo, incluso simplón en estos aspectos... Su apetencia de saberes acerca de lo maravilloso, su afán de conocer cosas acerca de lo sobrenatural, eran tan extraordinarios como su capacidad de digerir cuanto de todo ello tenía noticia, algo que se hizo más fuerte en él tras un cierto tiempo de estancia en Sleepy Hollow. 

Ni la narración terrorífica más infame o monstruosa le revolvía las tripas o le parecía increíble. Cuando cerraba su escuela a la caída de la tarde, solía ir a tumbarse plácidamente sobre los tréboles arracimados que le ofrecían un dulce lecho a la orilla del arroyo y allí se daba a la lec­tura de las truculentas historietas narradas por el viejo Mather, hasta que la oscuridad hacía que las líneas de las páginas aparecieran borrosas ante sus ojos. 

Era entonces cuando, de camino a la granja en la que se hospe­dara por aquellos días, evitando tierras de légamo y atravesando bosques tan frondosos como oscuros, su imaginación, con cada crujido de una rama, con cada rumor de hojas o de plantas silvestres, se impresionaba sin duda por lo que había leído antes, llenándose el maestro de un pavo­roso escalofrío tan fuerte como constante. 

El graznido de un ave noc­turna, el croar de una rana, el canto hiriente de una lechuza, un aleteo de pájaros asustados ante sus pisadas, lo estremecían; se asustaba incluso de las luciérnagas, que tanto brillan en la oscuridad y que tan a menudo le salían al paso; y si una cucaracha voladora se estrellaba contra su cabeza, creía estar poseído al momento por un maleficio fatal. 

Así, no era capaz de hallar paz más que entonando alguno de los salmos, lo que además le ayudaba a evitar tan turbadores pensamientos, pero con ello no hacía sino llevar el pánico a las pobres gentes de Sleepy Hollow, que en mitad de aquella hora crepuscular, sentadas a las puertas de sus casas, al escu­char aquella su voz gritona y nasal «en lazos de dulzura perdurable», se horrorizaban ante eso que les llegaba desde más allá del camino polvo­riento que tenían ante sí.

    Otra de las fuentes de su gozo, gozo acaso un tanto doloroso, era el que le procuraba la compañía de aquellas mujeres holandesas en las noches de invierno, ante el hogar de cualquier casa, las cuales relataban historias de demonios y aparecidos mientras cosían y se asaban las man­zanas al fuego, o historias de bosques y de ríos encantados, o de caminos y hasta de casas hechizados... 
 
    Mas, por sobre todas, la historia que lo dejaba sobrecogido era la del jinete decapitado, la de aquel soldado sin cabeza que galopaba de noche por el valle... En justa correspondencia, él les refería casos de brujería, augurios terribles, apariciones portentosas, extraños sonidos que llevaba el aire, con sus respectivas significaciones; cosas que, según la tradición, habían acontecido en tiempos en Connecticut; y disfrutaba entonces asustando a las crédulas mujeres con sus especulaciones acerca de cometas y estrellas fugaces que trazaban círcu­los en el cielo, lo que según su decir suponía la llegada de cambios terri­bles para el mundo, por no hablar de las cabriolas que según él hacía nuestra propia tierra en sus rotaciones, obligándolas a estar más de media vida cabeza abajo...

Aquel placer, sin embargo, se trocaba en terror cuando quienes parti­cipaban en esas reuniones junto al fuego del hogar salían de la acoge­dora estancia. Figuras esquivas, de presencia inexplicable; sombras por los senderos, amenazantes como una presencia real; nieve que brillaba como una sepultura marmórea, entre más sombras; haces de luz a lo lejos, vibrantes, en una ventana; un arbusto nevado que, cual una fan­tasmagoría, aparece de pronto en el camino; pisadas lentas, temibles, sobre la tierra... ¡Cuántas veces estuvo a punto de morir de angustia el maestro cuando creyó oír en el soplo del viento entre los árboles el paso de un jinete sin cabeza que cabalgaba por el bosque!

No eran, sin embargo, más que los lógicos terrores nocturnos, los propios de cuando uno regresa de noche a su casa a través de las som­bras; no eran, pues, otra cosa que los fantasmas de la mente; aunque estaba seguro de avistar espectros, incluso al mismísimo Satán en cual­quiera de sus formas, siempre la luz del día ponía fin a sus demoníacos terrores... 

Digamos que el pobre maestro hubiera podido disfrutar por mucho tiempo de una existencia plácida y feliz, sólo alterada por estas minucias, obra del maligno, de no haberse cruzado en su camino la cria­tura que más turbaciones causa en la existencia del hombre, mayores aún que cualesquiera espectros, demonios y brujos juntos: una mujer.

Entre los alumnos de canto que se reunían en torno al maestro una vez a la semana para entonar salmos estaba Katrina Van Tassel, la hija única de un granjero holandés muy rico. Bellísima, estaba en la flor de sus espléndidos dieciocho años, lustrosa como una perdiz, suave y deli­cada, de rosadas mejillas; apetecible, en fin, como los melocotones que cosechaba su padre, y famosa y deseada, no sólo por su hermosura, sino precisamente por ser la heredera única de la riqueza que había hecho su padre, lo que aumentaba las expectativas con respecto a tan notable damisela. 

Era un tanto coqueta; vestía combinando sabiamente lo tradi­cional y lo moderno, siempre en aras del realzamiento de su belleza; lucía, por ejemplo, las viejas joyas que su abuela trajera de Saardam, sobre su tentador escote, cuando se ponía aquel corto vestido que descu­bría las pantorrillas más apetecibles de la región y unos pies lindísimos.

Ichabod Crane era hombre de corazón enternecido y bien dispuesto hacia las mujeres; no debe maravillarnos, en consecuencia, que sucum­biera pronto ante los exquisitos encantos de la muchacha, y más si se tiene en cuenta que poco ha fuera invitado en la muy próspera casa del granjero holandés, padre de Katrina.

    El viejo Baltus Van Tassel era la mejor representación de un granjero próspero y feliz, además de muy liberal en su generosidad. Le importaba poco cuanto acontecía más allá de las lindes de sus propiedades, pero en éstas todo era detalle, lujo, bonanza... Tampoco hacía ostentación de su riqueza, pues prefería disfrutar de cuanto tenía en vez de presumir de lo logrado. 
 
    Su granja estaba en las orillas del Hudson, en un rincón natural hermoso, muy verde y fértil, a salvo de los malos vientos; en el sitio, pues, donde más les gustó echar raíces a los colonos llegados de Holanda.

Un gran olmo daba amparo a la casa, y junto al árbol imponente una fuente de aguas límpidas y frescas vertía en un barril, el cual, a su vez, las derramaba entre la hierba hasta unirlas a un arroyo próximo que parecía musitar su arrullo permanente a los alisos y sauces enanos que tenía por vecinos. 

El granero próximo a la mansión del holandés era tan enorme que podía haber sido habilitado como iglesia; enorme y próspero; tan atiborrado estaba de los tesoros que la tierra daba generosamente a su propietario, que parecía ir a reventar en cualquier momento por sus ventanas y la puerta... 

Por doquier se dejaba sentir el canto de las golon­drinas y de los vencejos que volaban casi a ras de los aleros del tejado en donde dormitaban bajo el sol bandadas de palomas, alguna con un ojo escrutando siempre los cielos como para cerciorarse de la bondad del tiempo, mientras las demás metían la cabeza bajo un ala, en reposo pro­fundo, y otras ahuecaban sus plumas esperando el cortejo de los palomos. 

Abajo, enormes, gordos, rozagantes, los cerdos hocicaban en la abundancia y se refocilaban en la paz de sus zahúrdas mientras los lecho­nes asomaban el hocico entre las tablas que los guardaban como para deleitarse con el aire y los aromas de la cochiquera. Un escuadrón de gansos, en el estanque, parecía maniobrar ofreciendo escolta a varias flotillas de patos mientras todo un regimiento de pavos se lucía ante las gallinas, que parecían protestar ante tamaña exhibición, cloqueando de manera desafinada y malhumorada, como las amas de casa... 

Ajeno a todo esto, sin embargo, el gallo, como un digno caballero, como un ejemplo de esposo o de guerrero, batía altivo sus alas como de acero y lanzaba su alegre canto, mientras escarbaba con sus patas, para llamar a sus hijos y a sus esposas a compartir con él un suculento manjar que acababa de descubrir.

Salivaba de gusto el pedagogo mientras contemplaba todo aquello, la mejor provisión para un duro invierno. Su imaginación voraz le hacía ver a su alrededor a los lechones rellenos de pudin y prestos a ser asados con una manzana en la boca; a los pichones, en un lecho de hojaldre y arropados por una sábana de crujiente y bien tostada corteza; a los gan­sos, nadando ahora en su propia salsa, igual que los patos, que lo hacían en parejas, cual matrimonios perfectos, pero sobre una salsa de cebollas, como compitiendo con los gansos en galanura... 

En los cerdos veía ya las plateadas vetas del tocino brillando entre el sabroso jamón y ni uno solo de los pavos quedaba libre de aquellas ensoñaciones del maestro, que se los presentaba trufados, con la molleja bajo un ala y con un collar de jugosas salchichas. 

En cuanto al muy altanero cantor de las granjas, es suficiente decir que lo veía ya patas arriba, en una bandeja, implo­rando una suerte de clemencia que en vida jamás hubiera recabado.

    Todas estas fantasías arrebatadas tenía el fervoroso Ichabod; y cuanto más miraban sus ojos verdes hacia cualquier lugar de aquella feraz tierra con sus trigales, con su centeno, con su maíz, con su cebada, o a los árboles que rendían sus ramas de tanto fruto como en ellas había, o hacia los huertos que rodeaban la mansión de Van Tassel, más acelera­damente le latía el corazón, sobre todo porque lo hacía pensando en la damisela que heredaría aquellos dominios. 
 
    También, como es natural, pensaba en el dinero contante y sonante que debía de dar todo aquello, un dinero que su imaginación le decía que podría gastarse en palacios de madera, levantados en parajes tan idílicos como recónditos, y en la com­pra de tierras vírgenes pero tan generosas como las del holandés. 
 
    Aún iban más lejos sus fantasías; se imaginaba ya a la gentil Katrina rodeada de un montón de niños, en una carreta cargada con ollas y pucheros, con toda clase de cacharros de cocina entrechocándose, y montado él mismo a lomos de una yegua mansa a cuyo lado iba al paso un potrillo, camino de Tennessee, camino de Kentucky o camino de sólo Dios sabía dónde...

Cuando entró en la casa propiamente dicha, en aquella mansión, su corazón quedó definitivamente cautivo. Era una de esas casas de granja espaciosas, de tejado a dos aguas que llegaban casi hasta el suelo, según el tipo de construcción de los primeros colonos holandeses; unos teja­dos cuyos aleros, hacia afuera, al caer formaban pórticos en los que gua­recerse en los días de lluvia, y de cuyas traviesas de madera colgaban arneses de caballerías, aperos de labranza y redes para pescar en el río cercano. 

Junto a los muros de la casa había bancos en los que sentarse a descansar en verano; una rueda de hilar en un extremo, y una mante­quera en el otro, no hacían sino demostrar las posibilidades de hacer cosas diferentes y de provecho que brindaba tan espléndido porche.

El maestro, encantado con lo que veía, entró en la casa; lo primero que vio fue un magnífico aparador acristalado que guardaba la relu­ciente vajilla. En un rincón de la sala vieron sus ojos un gran saco lleno de lana presta para ser hilada; en otro, una pila de lino recién sacada del telar. 

Había en las paredes mazorcas de maíz, manzanas y melocotones secos en ristras, contrastando con el rojo fuerte de los pimientos igual­mente colgados en ristras. Una puerta a medio abrir permitía ver el gran salón de la casa, en el que unas mesas de caoba purísima refulgían como espejos y las sillas que había en torno a ellas se aferraban al suelo sólidamente, con sus patas labradas. 

Ante el hogar, un morillo con pequeñas palas y tenazas y atizadores parecía un mazo de espárragos de hierro; sobre la repisa de la chimenea, macetas y conchas marinas; más arriba, en la pared, una cadena hecha con pequeños huevos de pájaro coloreados, y más abajo aun, pendía un tremendo huevo de avestruz. En una esquina, un anaquel descubierto, para que se viera bien, mos­traba todo un tesoro de plata antigua y de piezas de porcelana de la China.

    Desde el primer momento en que Ichabod paseó su mirada por aquellas maravillas quedó turbada su paz interior de siempre; a partir de aquel instante no hizo sino concentrarse y estudiar cómo ganarse los favores más afectuosos de aquella perla tan valiosa que era la hija de Van Tassel. 
     
    Una empresa, sin embargo, que presentaba no pocas dificulta­des, muchas más de las que en otros tiempos se veían obligados a supe­rar los caballeros andantes que sólo tenían que luchar contra gigantes, magos, dragones que expulsaban fuego por sus fauces y otras criaturas semejantes, fáciles de vencer con sólo echar abajo una puerta de hierro o de bronce, y unos cuantos muros de diamante; así accedían al castillo encantado donde presa les aguardaba la dama de sus amores, cosa tan simple como abrirse paso con un cuchillo a través de un pastel de Navi­dades. 
 
    Allí la dama se arrojaba en brazos del caballero como la cosa más natural del mundo. Ichabod, por el contrario, tenía que luchar duro para conquistar el corazón de aquella damisela coqueta y caprichosa; un corazón que le latía como si se hubiese perdido en un laberinto de extra­vagancias y caprichosos, querencioso de una cosa ahora y de la contraria poco después; algo, en fin, que ofrece incontables quebraderos de cabeza si se trata de lograr una conquista amorosa, asunto para el que, encima, habría de hacer frente a los impedimentos que le opusieran aquellos rudos mozos del pueblo que en legión también pretendían a la hija del próspero holandés. 
 
    Eran muchos, pues, los fantasmas, de carne y hueso éstos, que se apostaban en los caminos del corazón de la muchacha a la espera de que ella los llamase; además, recelaban los unos de los otros, se dirigían terribles miradas de odio... Se mostraban,en fin, dis­puestos a combatirse sin piedad en aras de la pieza ansiada; dispuestos también, además, a unirse para espantar a quien osara convertirse en el nuevo pretendiente de la heredera.
 
    El peor y más peligroso de todos era un muchacho vocinglero y engallado que se llamaba Abraham, o Brom Van Brunt, por decirlo a la holandesa; un tipo achulado, de mirada pícara, que era en la región todo un héroe merced a su fuerza y a sus baladronadas a menudo temerarias. 

Era muy ancho de espaldas y tenía macizos y musculados los brazos; lle­vaba sus cabellos rizados y negros muy cortos y tenía de continuo en la cara un aire que si no era jovial del todo tampoco lo era de ruda arrogan­cia; no era, en general, un muchacho de aspecto desagradable; lo llama­ban Brom el Huesos, por la dureza de sus músculos relucientes y su aspecto hercúleo, y era harto elogiada su destreza en la monta de caba­llos; de hecho, viéndole cabalgar parecía tan imponente como un jinete tártaro. 

Era siempre el primero en las carreras y en las peleas de gallos; como en el medio rural se aprecia tanto la fuerza, que es cuanto más se respeta, por otra parte, mediaba en todas las disputas y emitía sentencia con un tono de voz y un aire todo que cohibía a quien fuera y evitaba cualquier apelación. 

Por otro lado, no volvía la cara ante cualquier bronca y gustaba de la broma y de la fiesta, pero su temperamento era hijo, no de la mala sangre, sino de un cierto carácter travieso e infantil, pues tras su aparente brutalidad se descubría fácilmente un poso de ale­gría espontánea y de buen humor. 

Tenía tres o cuatro buenos amigos que lo habían tomado por el modelo a seguir; con ellos iba por toda la comarca de francachelas o en busca de pelea y bronca, si se terciaba, aquí y allá, incluso muchas millas a la redonda. 

En el invierno destacaba entre todos los demás hombres de su edad por su gran gorro de piel del que pendía una muy llamativa cola de zorro cazado por él mismo, y cuando quienes en algún lugar estaban de fiesta, veían a lo lejos ese gorro galopando al frente de una partida de diestros jinetes, sabían de inmediato que habría pelea... 

A menudo cabalgaba por la noche Brom junto a sus amigos, ante las granjas, lanzando salvajes gritos a la manera de los cosacos en tropel, y las viejas de la casa, al despertar alteradas por aquel clamor insolente, no podían sino exclamar tranquilizadas una vez oían alejarse los cascos de los caballos: «¡Vaya, otra vez Brom el Huesos con su banda!» 

Ni que decir tiene que los lugareños le contemplaban con una mezcla de miedo, respeto y gracia, y siempre que en el pueblo sucedía alguna pelea, alguna bronca sin mayor importancia, movían la cabeza de un lado a otro como disculpando aquella maldad venial del Brom el Huesos, al que tenían de seguro por el autor de la misma, aun sin verlo.

Ya hacía tiempo que tan rudo héroe había escogido a la hermosa Katrina como la mujer de su vida, como aquella a la que dedicar sus gárrulas galanterías, muy parecidas, por poner un ejemplo, a las que haría un oso en un situación de cortejo parecida; aquello, por lo que se sabía en el pueblo, no había hecho mella alguna, sin embargo, en la muchacha. 

Eso no era obstáculo, en cualquier caso, para que el gigan­tón hiciera poner pies en polvorosa a muchos de sus otros competidores en el amor de la damisela, que huían temerosos de despertar su furia; bastaba con que vieran su caballo en las proximidades de la casa de Van Tassel un domingo por la noche para que escaparan deprisa de allí, echando chispas y dispuestos a buscar guerra ante otros cuarteles.

    Tal era, pues, el formidable rival con quien habría de vérselas el bueno de Ichabod Crane; bien contemplado el asunto, es digno de tenerse en cuenta que otros aspirantes al amor de la damisela, hombres mucho más fuertes y arrojados que él, habrían desistido pronto por temor a Brom, largándose sin ofrecer resistencia. 
 
    Pero cuanto confor­maba el carácter del maestro era una feliz mixtura de tozudez y capaci­dad de adaptación a las circunstancias de cada momento; era, pues, un hombre de nervios bien templados, cabe decirlo así, como la urdimbre de un florete; flexible pero acerado; uno de esos hombres que pueden ceder, incluso doblarse, pero nunca doblegarse ni troncharse; y aunque en un momento dado una leve presión pareciera hacerlo encorvar, ape­nas estaba a punto de llegar al límite de su resistencia, ¡arriba!, ya estaba de nuevo tieso y firme, con la cabeza aún más alta que antes.

Sabía que enfrentarse abiertamente a su rival en el amor era una necedad, más que una locura, pues tendría que batirse contra un hom­bre más joven y mucho más fuerte que él; un hombre tan fogoso y arro­jado como Aquiles; un hombre, en suma, que jamás cedería un paso en el trance de disputarse el amor de una mujer. 

Ichabod, empero, cons­tante y como quien no quiere la cosa, avanzaba poco a poco, se insi­nuaba a la rica y bella heredera siempre con galantería exquisita. En su calidad de maestro de canto iba cada vez más frecuentemente a la casa del holandés, un pretexto que en este caso no lo era para superar las sus­picacias de los padres de las muchachas en situaciones semejantes, eso que tan a menudo se convierte en una gran piedra puesta en mitad del sendero por el que pretenden caminar de la mano los amantes. 

Balt Van Tassel era un hombre bueno, de alma apacible e indulgente; adoraba a su hija aún más que a su pipa, y como hombre razonable que era, ade­más del mejor de los padres, permitía sin oposición alguna que la muchacha tomase los caminos que mejor le vinieran en gana. 

Su esposa, una mujer igualmente digna de mención, bastante tenía con mantener la casa en perfecta disposición siempre y atender a las aves del corral, ya que, como observaba con perspicacia no exenta de sabiduría, los gansos y los patos son criaturas tan increíblemente estúpidas que no queda otro remedio que cuidar de ellas de continuo, en tanto que una muchacha casadera sabe cuidar de sí misma... 

Tal era la razón de que la muy ata­reada ama de casa no parase un momento, bien haciendo la casa, bien haciendo girar la rueca de hilar sin pausa... Balt, cuando a semejantes tareas se entregaba su hacendosa mujercita, fumaba tranquilamente su pipa, en el otro extremo del salón, mirando a través de la ventana las furiosas acometidas de aquel espantapájaros de madera, con las manos armadas con sendas espadas igualmente de madera, que parecía desafiar al viento tanto como a los pájaros. 

Mientras, hay que decirlo así, Icha­bod atacaba las resistencias últimas de la hija de los granjeros, en defensa de su nobilísima causa, bajo el gran olmo de la fuente, o paseando hacia el crepúsculo cuando el día comenzaba a declinar, la mejor hora para que los enamorados hagan gala de su elocuencia.

    No puedo presumir acerca de cómo se conquistan los corazones femeninos. Eso es algo que siempre ha constituido para mí un asunto tan digno de admiración como enigmático; algunos de esos corazones parecen tener un único punto vulnerable por el que acceder, y otros, por el contrario, pueden ser conquistados de mil maneras distintas. 
 
    Supone eso que han de ponerse en práctica, pues, miles de artimañas para hacerse con el favor de una damisela; mas si hemos de convenir en que es todo un triunfo hacerse con el favor de uno de esos corazones citados en primer lugar, los que nada más tienen una vía de acceso, mantener cautivos a los citados en segundo lugar exige aún mayor destreza, mayor lucha del hombre en la tarea, ardua cual batalla, de mantener bien vigi­ladas todas sus vías de acceso; es como defender una fortaleza, para lo cual no ha de olvidarse una sola ventana, una sola puerta. 
 
    Así, el que sea capaz de alzarse con la conquista de un millar de corazones podrá hacer alarde, al tiempo, de su derecho a la fama y al reconocimiento, si bien sólo podremos considerar un héroe de verdad a quien logre mantener su dominio, por mucho tiempo, sobre el corazón de una dama coqueta.

En este supuesto acerca de las artes del galanteo no se contempla, como es lógico pensarlo, al temido Brom el Huesos, pues desde el inicio de la corte que hiciera Ichabod Crane, para ganarse el favor de la hija del rico granjero, pareció ceder en la intensidad de su asedio; apenas se veía ya su caballo los domingos por la tarde cerca de los establos de la granja, lo que no quiere decir, sin embargo, que no se hiciera más ostensible que nunca antes la enemistad entre él y el maestro de escuela de Sleepy Hollow.

Brom, a quien adornaba una suerte de ruda, por no decir brutal, caballerosidad, hubiera preferido dirimir tal disputa en una suerte de campo de batalla abierto, ante los ojos de todos, lo que equivale a decir que librando un combate que sirviera para calibrar ante la dama querida las posibilidades de cada uno, al modo y manera de los caballeros de antaño, los cuales así de simplemente establecían su derecho sobre el corazón de una mujer. 

Mas, Ichabod, sin embargo, sabía bien que su oponente era mucho más fuerte, que nada lograría en un enfrenta­miento directo contra él, así que eludía cualquier cosa que se pareciera a una disputa frontal. Para colmo, hasta sus oídos alguien había llevado una baladronada de Brom el Huesos, quien, según aquellas noticias que recibiera Ichabod, «iba a tronchar en dos al maestro para meterlo así partido en el armario de la escuela». 

Si por algo se caracterizaba Ichabod era por su cautela; no iba a darle, pues, la oportunidad de partirle en dos, y hay que reconocer que había bastante de provocación hacia el rival en su actitud pacífica, en sus afanes de no concederle el combate ansiado. 

Tanta obstinación por parte de su rival hacía que Brom el Huesos no cejara en su empeño de urdir tretas y más tretas, algunas de una bellaquería indecible, para llevar a su terreno a aquel increíble y aparen­temente inabordable rival, lo que no quiere decir sino que, al cabo, el pobre maestro pasó a ser la víctima favorita de las maldades tramadas por la banda de Brom el Huesos, dispuesta a dar todo su apoyo al jefe.

La banda, en su tropel de caballos, comenzó pues a hacer una incur­sión y otra en los hasta entonces tranquilos dominios del maestro; unas veces taponaban la chimenea del tejado, con lo cual la escuela se llenaba de humo; otras, ya de noche, entraban en la escuela y volcaban pupitres y mesas, tiraban por el suelo los papeles y los libros... 

Hacían así, en fin, inútiles las defensas de mimbre y estacas que pusiera el maestro, quien hubo de admitir que su escuela no era la trampa para pescar anguilas que había supuesto... El pobre llegó a pensar que las brujas todas de la región habían decidido tomar posesión de su escuela para celebrar en ella los aquelarres

Aun con todo, esto no era lo peor; Brom el Huesos no dejaba escapar la mínima ocasión que se le presentara, a fin de ridi­culizarlo ante la damisela; para colmo, había adiestrado a un perro vaga­bundo para que aullara de manera terrible y ridícula, en una especie de lúbrico lamento; cuando se producía, aseguraba Brom que aquel escán­dalo no era debido sino al pobre maestro, que daba así sus clases de canto a la impar Katrina. 

Así estuvieron las cosas durante un tiempo, sin que se produjera ningún cambio digno de mención en la estrategia gue­rrera de los contendientes.

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