INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta burla. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta burla. Mostrar todas las entradas

Brenda - Margaret St. Clair

Brenda Alden era un producto de esa escuela de educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus propios retoños. 

Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta para su edad, y larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones.

El lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques.

Los bosques, en la Isla de Moss, eran dispersos espacios de hayas y unos trechos más densos de coníferas. Había lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía que había sido una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían sacado de ella.

Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y la primera vez que llegó al olfato de Brenda, esta arrugó la cara de disgusto. Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto afán. Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces le gustaba oler y mirar cosas podridas.

Husmeando, husmeando, deambuló de acá para allá. El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre.

No era un vagabundo, ni pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser.

Brenda le miró, con el corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios. Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella. Brenda se volvió y echó a correr.

Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió corriendo. Solo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.

El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba, aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio.

Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones; enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de ensayar su plan.

Ya no tenía miedo; en todo caso, solo un poquito. El esfuerzo había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas. Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas. Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó detrás de un árbol.

El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se hubiera precipitado hacia el fondo. El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el aire. 

Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...

Una de las dos piñas de pino se deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por el borde, en pos del sonido.

El corazón de Brenda agitaba la plana superficie del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola, ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa. Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente.

Pero resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para abajo otra vez.

La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del fondo de la cantera, que el expersiguidor había quedado prisionero. El hombre continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo.

Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él.

Brenda se puso en pie y anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa.

—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No puede salir de ahí. ¿Verdad que no?

El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada.

Brenda guardó el secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo.

A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudanza (o muda). Ella la guardó en la cómoda, en el cajón de los pañuelos.

Hoy, él estaba construyendo una cámara de nubes con alcohol de fricción, un jarrón y un trozo de hielo seco. Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos, dijo:

—Sé una cosa más divertida que esa.

—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.

—Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo. Rara.

La conversación continuó. Brenda hizo alusiones. Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:

—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto nunca. Vamos.

Y le posó la mano sobre el brazo.

Hasta aquel momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso del contacto que sintió en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable—, le repelió.

—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.

—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.

—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No eres capaz de comprender una indicación? Vete.

Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono, era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó.

Después del almuerzo tuvo que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a probar de subir por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces.

Cuando su padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar. Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera.

El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo lo demás, permanecía totalmente inmóvil.

Charles no vendría a verle. Por tanto..., Brenda miró a su alrededor. Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha los midió con la vista.

Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones no eran bastante largos. Pero la zona de terreno suelto, resbaladizo, no se extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que, total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda se puso a mover los tablones.

Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde superior. 

Él —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría gustado.

La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún movimiento. Por unos instantes, la niña se sintió presa de una ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas que ella se había tomado?

—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más fuerte—: ¡Vamos!

El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en dirección a los tablones.

Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo si el hombre la había seguido o no.

A la mañana siguiente Brenda no salió al campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una fase en la construcción de la fosa en la que solo podía servirle de estorbo. 

Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza, fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó la cabeza en ella.

—No veo por qué había de tratarse de un maleante —estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha subrayado mucho. Solo el pollo asado. Y ni siquiera se lo ha comido; únicamente lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de manchas de una especie de grasa gris.

—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda, dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando—. Si no era un maleante, ¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina? Solo hay seis familias en la Isla de Moss.

—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik, ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible. Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de miedo.

—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—. Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—. Quédate allí. No quiero que andes escuchando detrás de las puertas.

—Sí, padre.

A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo. ¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre..., pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor, si bien no sabía qué pudiera ser?

Brenda andaba inquieta por su habitación. La cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las voces de sus padres, aunque muy confusamente; solo de vez en cuando destacaba una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el hombre de la cantera, por el hombre en sí.

Cogió el diario que llevaba y lo abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su madre lo leía. Nunca escribía en él nada importante.

Miró con disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la causa de que hubiera destruido aquel bonito libro. No...

Buscó por el dormitorio hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas grises: EL HOMBRE.

Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde vino?».

Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación».

Brenda estaba preparada para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría».

Sacó otra hoja de papel. En la cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2». Mordió juiciosamente la madera del lápiz. Luego escribió: «¿Qué clase de hombre es? Creo que no es como la otra gente. No es como nosotros. Es una especie de hombre diferente».

Había anotado muy despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que este es el primer motivo que le trajo a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de tenerla desde hace muchísimos años».

Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre, trabajando el cemento.

Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo que me ayudaría a nacer».

Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las echó al retrete y tiró de la cadena.

Aquella noche cenaron en silencio. Una vez la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos. Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los postigos de las ventanas.

Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente. La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza.

El olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su hombre— había venido de la cantera. Se alegraba.

El padre de Brenda estaba hablando:

—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz abstraída. Y luego, dirigiéndose a la madre de Brenda—: Flora, telefonea a Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.

—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rik, no levantes la voz. No quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que pudiera sobreponerse jamás. —La mujer fue hacia el teléfono.

Los ojos de Brenda se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras? ¿Temían que pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró por entre los barrotes de la baranda.

Su padre se hallaba en el vestíbulo, manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una lámpara eléctrica. Él —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le temblaba la mano.

La madre volvió, después de telefonear.

—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser de gran utilidad. Tiene otro plan.

Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda. Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el vestíbulo.

Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica, inspiró profundamente.

—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído el arma, Rik, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.

Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro, corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber recibido el balazo. Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.

—¿Has visto? —preguntó Jim (o Rik, según quién hable)—. No ha servido de nada.

Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la oscuridad.

—¿Qué haremos? —preguntó Rik—. Yo no sabía que pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.

—Tranquilo, Rik. Mira, hay una cosa que sí le dará miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego.

Sacó unos trapos y una botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le echaban a la cara el lío de trapos encendidos.

El fugitivo tenía que ceder terreno. Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la voz, más fuerte, de su padre, diciendo:

—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.

Y el rumor más profundo, menos distinto, de la respuesta de Emsden:

—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo oír nada más.

Al día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. 

El padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.

La niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su alrededor, desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo, en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras.

Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro. ¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón? Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol recibido durante el día.

Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo.

Después de aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había compradores. Él y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado las vacaciones. 

Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo, incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras. La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la obedecía.

Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban. Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio; pero todavía inflamada por una energía frenética.

La nueva energía de Brenda parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba, hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los placeres de llevar la voz cantante.

Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a una trastada tras otra. Formaban una banda destructora, veleidosa, indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que Brenda Alden necesitaba un castigo. 

Sus padres se quejaban amargamente de que les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban. Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la expulsaran.

Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden, temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio.

Durante los meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa —seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los padres empezaban a felicitarse del cambio.

No fue inmediatamente al montón de piedras de la cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado agosto no lo visitó.

Era un día cálido. Después de la caminata por entre las arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió a la cima con pasos largos, cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.

¿Se percibía en el aire caliente un levísimo olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior, aplicó el oído al montón de piedras.

Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...? Pero no, por supuesto, no pudo morir.

—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo.

El ruido de escarbar empezó muy en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los dos. Brenda suspiró.

—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.

Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba, continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato, escuchando los ruidos del interior del montón.

El sol empezaba a descender. El frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó.

El aire estaba en un silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos venían del interior de aquel montón.

Brenda se inclinó prestamente, de modo que el largo cabello le caía sobre el rostro.

—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien podría amar yo en toda mi vida.

Aquí se interrumpió. El ruido del interior había aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.

—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir. Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú y yo.

Juego del crepúsculo - August Derleth

Al anochecer quedaba una preciosa hora de juego antes de acostarse, y, como de costumbre, Donald entró corriendo en el parque, en el sector de los hoyos y montones de tierra donde la oscuridad escarnecía ya a los últimos vestigios de luz del sol.

—¡Halcón! —llamó en voz baja—. ¡Halcón!

Nadie le contestó. En el centro de un roble, una lechuza aullaba suavemente, con una voz débil y solitaria. Allá en los campos gorjeaban las alondras y los petirrojos; en las orillas del parque sollozaban tres palomas que estaban de luto. El chiquillo se sentó en el montículo del ave de tormenta y aguardó.

La noche iba entrando. Las largas sombras del parque se volvían más oscuras; casi le escondían. El canto de las alondras y el gorjeo de los petirrojos disminuían, y un chotacabras se levantó a trazar círculos y a lanzarse en línea recta hacia las alturas del firmamento, para calarse luego con un áspero zumbido de aire en las alas. Las farolas se encendían en las esquinas de las calles; pero ninguna luz se extraviaba hacia aquella parte del parque.

—¡Halcón! —volvió a llamar, impaciente—. Sé que estás escondido. Ven.

Y Halcón estaba allí, como siempre, acercándose como una sombra salida de la oscuridad. Sus luminosos ojos brillaban en la noche, asustando a Donald.

—Siempre te sale bien —dijo Donald, admirado.

Al cabo de un momento estaban jugando... montando imaginarios caballos alrededor de los montículos, bailando juntos las danzas especiales de Halcón: la danza guerrera, la de la luna, la del ave nocturna y la del ave de tormenta... con profunda solemnidad, interrumpida solo de vez en cuando por un grito de entusiasmo de Donald. 

La noche invadía el terreno tras los reflejos naranja y magenta de poniente, y dentro de pocos momentos Donald y Halcón tendrían que retirarse a sus casas. Pero el juego continuaba, a pesar de que hasta el aire parecía estar esperando la voz de la madre de Donald llamando al hijo.

Desde la valla norte de los montecillos, que separaba el parque de los arbolados céspedes y la casa distante, se elevó la odiosa voz de Archer Connelly:

—¡Eh, Falditas Carstair! ¿Qué crees que estás haciendo?

—Nada que te importe —contestó Donald, tartamudeando.

Archer manoseaba una piedra angulosa.

—¡No me hables así, golfillo!

—Déjame en paz y cuídate de tus asuntos —replicó Donald.

Estaba enojado y con sobrada razón. Cuatro de cada seis noches, Archer Connelly salía en plan de dueño y señor. Archer, que tenía todo lo que el dinero de sus padres podía comprar, era demasiado señor para jugar con niños pobres, pero no podía dejarlos en paz. 

Cuando los encontraba por la calle, los ponía en fuga; en el colegio, los atormentaba, y, como su padre formaba parte de la junta de educación, los profesores procuraban no ver las malas acciones de Archer. Ni siquiera aquí, en el parque, sabía abstenerse de fastidiarlos por todos los medios a su alcance.

—Tienes los pantalones agujereados, Carstair el Falditas —dijo.

—Van muy bien para jugar —replicó Donald.

—Porque no tienes otros; por eso van tan bien —se burló Archer.

Se oyó el golpe de una puerta vidriera y alguien gritó:

—¡Archer!

El señorito dirigió una mirada hacia la casa. Luego se volvió y disparó la piedra que tenía en la mano, y que acertó a Donald en los lomos. El atacado dio un grito y tropezó. Al enderezarse se topó de narices con la carcajada de Archer. Instintivamente, cogió un palo para arrojárselo; pero luego vio a la madre de Archer que venía en dirección a la valla.

—Apártate de ahí, Archer —decía—. ¿No te he dicho mil veces que no te juntes con esos niños?

Donald soltó el palo, acobardado.

—Yo no jugaba con él. Solo miraba. Juega como un tipo raro —dijo Archer, alejándose con ella.

Donald miró a su entorno; pero Halcón se había marchado. Ya lo sabía de antemano. Casi cada vez que Archer salía, Halcón se marchaba. Donald se decía tristemente que Halcón no quería quedarse a oír las palabras de Archer, ni a esperar la piedra, el palo o lo que fuese que el otro quisiera tirarles. Halcón se marchaba. Tenía amor propio. 

Donald estaba viendo el moreno rostro de Halcón, apretados los labios y levantados los negros ojos, volviéndose y marchándose. Donald se avergonzaba de sí mismo. Pero también él era terco. ¿Por qué tenía que huir de Archer Connelly? ¿Por qué?

—¡Donaaald!

—¡Voy!

Se levantó y buscó en vano por las sombras.

—Buenas noches, Halcón. Hasta mañana —dijo. La lechuza del roble gimió y Donald corrió hacia su casa, cruzando el montecillo del oso, por el del ave de tormenta, dejando atrás la espesura de encinas, a lo largo de las filas de arces y olmos, corriendo junto al pabellón de la banda y el puesto de los helados, y cruzando el camino hasta la casita de la esquina, que era su hogar.

—¿Te has divertido? —le preguntó su madre.

—Sí, excepto por el maldito de Archer.

—Bah, no le hagas caso.

—No se lo hago, si no fuese porque tira piedras y esta noche me ha dado... y Halcón le tiene miedo y se va —añadió como una idea de última hora.

—¿Quién es Halcón?

—Ya lo sabes; te lo conté.

—Ah, sí, aquel chico cuyo padre le compró un hermoso atuendo indio.

—Ese, ése —Donald se puso a charlar animadamente—. Hasta tiene un tomahawk y dice llamarse Halcón Rojo; ese es su nombre, y sabe contar historias y bailar danzas...

—¿Qué clase de historias?

—Pues como cuentos de hadas. Que puede transformarse en un gran halcón y salir de caza...

—¿Es mayor que tú?

—Es más recio. Es mucho más corpulento. Pero ¿sabes una cosa? Entra en el parque y no hace el menor ruido. Lo mismo que un verdadero indio. Sabe venir y plantarse detrás de mí sin que yo me entere; de modo que a veces me asusta, de tan repentinamente que aparece. ¡Y su madre nunca le llama!

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Nunca estuve en su casa.

—Bueno. Ahora vete corriendo a la cama. Mientras sea un buen chico, supongo que está bien que juegues con él. Acaso un día tu padre también te compre un traje indio.

—¡Oh! ¿De veras, madre? ¿De veras?

—Si eres bueno, puede que sí. Veremos. Quizá por Navidad...

—Seré bueno, madre. Seré bueno.

—Y es bueno; lo es —le decía mistress Carstair a su marido mucho rato después de haberse acostado Donald, seguido de sus dos hermanas—. Me gustaría poder comprarle un traje indio.

—No sé cómo. Bastante trabajo nos cuesta atender a lo más necesario. Por lo demás, no sé qué chico de la población posee un equipo como el que dices. Y no estamos en un pueblo tan grande como para que no pudiera enterarme. Con un nombre así, además... Halcón Rojo.

—Así se llamaba el hijo de un viejo cabecilla sauk. Ya sabes, tenían el poblado por estas cercanías. ¿No encontraron sus huesos en una excavación que hicieron por ahí?

—Ah, sí; eso pertenece a la historia de la población. Te lo cuentan cada dos por tres.

—Sí, un traje indio es exactamente lo que a un chiquillo le gustaría tener y lucir. Y ayuda a poner de relieve la multitud de cosas que no podemos proporcionarle; ese es el caso. —La mujer se encogió de hombros—. Ojalá hubiera quien supiera escarmentar al tal Connelly.

—No vale la pena sacar el asunto a colación otra vez. Sus padres le ayudan y encubren, y no podemos hacer nada contra ellos.

La tarde siguiente Halcón vino un poco antes. Había una hoz de luna nueva muy baja en el horizonte oeste y formaba un hermoso cuadro entre las oscuras siluetas de los árboles recortadas sobre el cielo del atardecer. 

Donald confiaba y ansiaba que sus padres le comprasen un traje indio; no tan bonito y completo como el de Halcón, no; pero sería un traje indio a pesar de todo. Y entonces podrían jugar más a gusto a los juegos que Halcón le enseñaba.

También Archer llegó más temprano.

—¿Quién es ese compañero de juegos que tienes? —le preguntó recelosamente, apoyado en la valla.

—Es mi amigo.

—Es mi amigo —remedó Archer, burlón—. ¿Cómo se llama?

—Su nombre soy yo quien debe saberlo, y tú quien debe averiguarlo.

—Será mejor que me lo digas, Falditas Carstair; si no, ya sabes lo que te pasará.

—Prueba de obligarme —le retó Donald.

—Halcón —dijo Halcón, con voz como un breve ladrido.

—Eso no es un nombre —dijo Archer.

—Claro que lo es, Archer Connelly —replicó Donald.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Yo estoy más enterado. Dile a ese Halcón amigo tuyo que todos los chicos nuevos en el pueblo tienen que venir a verme.

Halcón emitió un profundo sonido gutural, como un perro furioso.

—Será mejor que tengas cuidado, Archer Connelly, si no quieres que Halcón se ponga furioso. Y cuando se pone furioso, te aseguro que se pone de veras, terriblemente. Lo lamentarías mucho.

—Lo lamentarías mucho —remedó de nuevo, en son de burla, Archer—. ¿Es otro pobretón como tú?

—¿Qué tiene de malo el ser pobre? —preguntó Donald.

—Tú deberías saberlo. ¿Me oyes, Halcón? ¿También eres pobre?

Halcón emitió una especie de gruñido.

—Me figuro que si no fueses pobre no jugarías con Falditas Carstair. —Y volvió la vista hacia Donald—. ¿A qué jugabais?

—A la danza de la lluvia.

—¿Qué clase de juego es?

—Es un juego; es el juego de Halcón —respondió Donald.

—¡Vaya qué ridículos estabais saltando por ahí de ese modo! Sencillamente estás loco, Donald Carstair. Y ese tal Halcón también lo está.

—No tienes necesidad de mirarnos.

—Yo puedo mirar todo lo que me plazca. Esta valla es nuestra. Si no os gusta, podéis iros a otra parte, y veréis si me importa mucho.

La inevitable mistress Connelly emergió de la oscuridad y cogió a Archer por el brazo, parándose lo suficiente nada más para regañar a Donald y Halcón por «tener a Archer fuera de casa».

Donald miró a su amigo. Hoy, por primera vez, Halcón no había huido. Los ojos de Halcón le devolvieron la mirada brevemente. Eran unos ojos extraños, encendidos, como poblados de llamas. Halcón no decía nada; pero permanecía sentado, muy tenso, como tratando de descubrir qué pensaba, sin preguntárselo.

—Si soy pobre, no puedo remediarlo —argumentó Donald—. ¿Puedes tú?

Halcón meneó la cabeza con aire comprensivo. Pero podía recomendar una cosa: sabía un juego que le había enseñado el anciano brujo de la tribu, explicó. Era el juego para saldarles las cuentas a chicos como Archer. Hacías como si le tuvieras indefenso, a tu merced; allí estaba él, atado a unos postes hundidos en el suelo; luego imaginabas que eras un halcón y él era un ratón o algo por el estilo, y tú bajabas del cielo y le hacías pedazos. Podían imaginar que el ratón era Archer.

En un momento, Donald olvidó la ofensa y se ensimismó en el maravilloso pasatiempo de imaginar que Archer Connelly estaba atado en un poste en el monte del ave de tormenta y que Halcón y él, que también era un halcón, le hacían pedazos, y Archer le pedía que le salvase la vida, prometiendo que no volvería a portarse más de aquel modo. 

Pero no importaba, le hacían pedazos igualmente, lo cual le estaba muy bien. A este juego se entregaron diligentemente, hasta que mistress Carstair llamó a Donald para que regresara a casa, abandonando el parque invadido por la noche.

—Buenas noches, Halcón —dijo Donald, volviendo la cabeza. Por un momento pudo ver a su amigo allí sobre el montecillo del ave de tormenta; pero un momento después había desaparecido. Donald reventaba de admiración por el arte de Halcón de moverse sin hacer el menor ruido.

La tercera noche, Archer Connelly —removido en las profundidades de su alma angosta y egoísta por la envidia de la patente y manifiesta dicha de Donald— decidió vengarse de ambos muchachos. Les daría una medida colmada de juegos indios. Había asaltado la colección de puntas de flechas indias que tenía su padre y cogido las más puntiagudas. 

Desechó el arco y las flechas, prefiriendo la honda, que hasta entonces no había servido para nada más peligroso que abatir los pajarillos canoros que se extraviaban por el parque. Salió temprano y se tendió detrás de una jeringuilla que crecía en el límite, junto a la valla, desde donde podía ver claramente los montecillos.

Archer vio llegar a Donald; pero este no le vio a él. Archer aguardaba, rencoroso.

—¡Halcón! —llamaba Donald en voz baja—. ¡Halcón!

No hubo respuesta. «No había que extrañarlo», pensaba Archer, «yo mismo casi no le oía». Pero tenía paciencia y aguardaba con su presunta víctima. Quería ver de qué dirección venía el muchacho llamado Halcón; pero el crepúsculo oscurecía los montecillos rápidamente, a pesar de que el sol seguía luciendo bermejo en las montañas distantes del este. Y de pronto Archer vio que Halcón había llegado, vestido otra vez con aquel estúpido traje indio, con las plumas y la piel de un ave en la espalda.

El agresor cambió levemente de posición, estiró la honda de goma y apuntó con la cabeza de flecha más afilada. El primer proyectil le dio a Donald en el hombro. El agredido se volvió a medias, buscando a Archer con la mirada. La segunda cabeza de flecha le dio sobre una ceja, rasgándole la piel de forma que la sangre empezó a descenderle sobre el ojo.

—¡Archer! —gritó Donald—. Me has hecho daño.

La tercera punta de flecha se le clavó en el costado. Donald cayó, llorando.

—Falditas Carstair no puede resistir un asalto indio —gritó Archer. Diciendo lo cual colocó otra punta de flecha en la honda y apuntó contra Halcón—. Como tampoco puede Falditas Halcón —gritó.

La punta de flecha silbó a través de la oscuridad, por encima del montecillo, en línea recta hacia Halcón, quien la recibió sin hacer el menor movimiento para evitarla. La punta de flecha le acertó en mitad del vientre y le atravesó de parte a parte.

Donald gritaba:

—¡Halcón! ¡Halcón! ¡Estás herido!

Pero algo terrible estaba ocurriendo en Halcón. Ya no era Halcón el que estaba allí. Era un ave grande. Donald pensó que sucedía como si aquella piel de ave que Halcón llevaba en la espalda hubiera crecido y le hubiese cubierto. Un instante después el ave se había remontado y volaba hacia el agresor. Luego se abatió sobre Archer, el cual profería unos gritos horribles. Donald cerró los ojos y corrió a ciegas hacia su casa.

Era cerca de medianoche cuando Frank Carstair llegó a su hogar. Su esposa continuaba levantada.

—Por fin han podido acostar a mistress Connelly. Le han administrado un sedante capaz de tumbar a un caballo. ¡Uf! —Y se estremeció.

—Yo también he tenido que darle algo a Donald. ¿Qué ha pasado, Frank?

—¿Donald sigue firme en su versión?

—Sí. Era un ave muy grande, mayor que un hombre, decía. Le han interrogado una y otra vez, hasta que he tenido que interrumpirlos. Y él ha repetido siempre lo mismo. ¿Has visto a Archer?

—Todo lo que pude resistir aquella visión. ¡Dios mío, cariño... era espantoso! Descuartizado, simplemente descuartizado. Los dos brazos arrancados... la cabeza también. —El hombre tuvo un escalofrío e hizo una mueca—. ¿De dónde habrá sacado Donald esa idea? —preguntó—. Serán los cuentos que aquel otro chico le contaba, supongo.

—Sí, por supuesto —concluyó luego—. Habremos de retenerlo en casa un poco más. —Y miró especulativamente hacia el parque—. Donald ha escuchado bastantes cuentos indios para que le duren años enteros. ¿Cómo soporta el golpe Connelly?

—Es un hombre duro.

—Pero ¡qué cosa tan terrible! No entiendo cómo ha podido ocurrir. ¿Ha sido un tiro esto?

—Sí. Unos cuantos hombres han salido de caza.

—¿De caza? ¿A estas horas?

—Sí. A cazar pájaros. Aves muy grandes.

—Acostémonos, Frank. Estoy rendida. Apaga la luz, ¿quieres? Aves. ¿Por qué diablos querrán cazar aves?

—Porque el forense ha dicho que Archer ha muerto atacado por un ave. Las señales del cuerpo parecían hechas por un ave de presa... aunque mucho mayores. Señales de garras, concretamente. Dijo que eran exactamente las huellas... solo que mayores, por supuesto... (no te figurarás que se topó con el amigo de Donald, ¿verdad que no?)... las huellas de un halcón.

La luz se apagó.

La noche del muñeco - Francisco Tario

 Me hubiera gustado ser asesino, cirquero o soldado, y soy, en cambio, un grotesco muñeco de trapo: lívido, enclenque, sin ninguna belleza. Tengo dos ojos pasmados e insulsos, demasiado redondos; dos orejas monstruosas y blandas que me llenan de vergüenza; una nariz chata, con dos orificios absurdos por donde meterán sus deditos los niños en cuanto caiga en manos de ellos. Tengo una boca ancha, sin dientes, que se prolonga hacia abajo en un rictus de amargura; mi cara es deforme, antipática y blanca como la luna; mis piernecitas y brazos penden del tronco sin ninguna gracia, con sus dedotes tan pésimamente imitados que a todos producen risa...

Nadie me mira. Nadie me compra.

Desde mi solitario ataúd de cartón veo desfilar por las aceras rostros de niñas y niños que se trastornan de gozo ante cualquier chuchería: una aldeana panzona, una pistola de agua, un camello con su botín, un carro de bomberos. Los veo saltar y chillar con sus piernecitas rosadas y sus vocecitas tan frescas. Los ojos se les inundan de llanto, retratada en ellos la alegría. Pero no me compran, no se percatan siquiera de mi presencia; cuando más, detienen en mí sus miradas perdidas con una expresión titubeante o desconfiada. ¡Yo los entiendo de sobra! Se preguntan:

"¿Y qué es eso tan viejo y tan feo que está al fondo del escaparate?"

Las personas mayores se ríen, se mofan de mí; pero esto no me importa en absoluto. Las personas mayores son gente mal educada y sin ningún sentimiento.

En cierta ocasión, por ejemplo, descubrí desde mi celda a un caballero extremadamente elegante que llevaba un niño de la mano. Repasaban ambos el escaparate en busca, me imagino, de un juguete de primer orden. Miraban, miraban y no me veían. De pronto, me estremecí. Sobre mis ruinosas carnes de trapo acababan de posarse los ojos claros del niño. Reflexioné:

"¡Si me llevara...! El niño parece rico y me dará los mejores tratos. Me conducirá asimismo a un soberbio palacio y me hará dormir en su propia camita: una camita muy tibia, muy suave, junto a una ventana, con las sábanas de lino y las almohadas de pluma. A él le narrarán por las noches cuentos encantadores y, yo, fingiendo dormir, podré escucharlos perfectamente. Jugaré con su gato y su perro, con sus otros juguetes... ¡No me destrozará!"

Tal cosa pensaba yo, cuando el niño levantó su carita hacia el caballero que lo acompañaba y preguntó algo que no acerté a comprender, porque hablaba un lenguaje extraño. Entonces el caballero me observó estupefacto y, señalándome con un dedo, rompió a reír del modo más innoble. Se burlaba ignominiosamente, despiadadamente, como no debe burlarse nadie de las cosas tristes y feas. Los vi alejarse por entre los carruajes, y aquella noche no conseguí cerrar los ojos.

—¡Qué miserable he nacido! —me decía continuamente.

Y miraba en la penumbra hacia los juguetitos más pueriles, tratando de dar con algo más deplorable que yo. No pude encontrarlo. Aun el soldadito de plomo es apuesto: tiene su fusil o su espada, sus charreteras, su cinturón de charol, sus bigotes muy bien simulados. La pelota es esférica, rueda, sube al cielo, tiene colores muy vivos y un olor muy especial. Las herramientas de carpintero son útiles y brillan. Los orangutanes tienen su pelo sedoso; los osos, su mirada suplicante; los pingüinos, sus alas graciosas. Y yo soy tan torpe, tan áspero. Tengo dispuestos los miembros de tan maldita forma, que soy incapaz de ejecutar un movimiento agradable y ligero; un movimiento, pongo por caso, como los que realizan a diario esas bailarinas aladas, vestidas de tul, que son mis únicas amigas en este bazar abominable.

Y así es evidentemente. Vivo solo, arrumbado, como un tonto despreciable transportado a un planeta de hombres listos.

Mientras dura el día, me entretengo en la vitrina. La calle es céntrica, muy concurrida, y por ella desfilan cosas subyugantes, todas reales: caballos que trotan, perros que ladran y hacen sonar sus uñas, niños que chupan golosinas, tranvías con pasajeros en sus asientos, policías muy serios... Cada día pasan cosas distintas y, cuando además hace buen sol, los colores brillan irresistiblemente hasta herirme la vista. Así me distraigo.

Pero de noche, en cuanto el empleado echa abajo la cortina de acero y apaga todas las luces, la soledad me envuelve, siento frío, y me entran unas ganas locas de llorar. Y lloro. Lloro a escondidas, sin ningún aspaviento, medio muerto de miedo, pues aunque mi dolor es muy profundo, cierta vez que las bailarinas me sorprendieron en semejante trance ocurrió un hecho verdaderamente vergonzoso. Me preguntaron ellas, del modo más solícito:

—Bobby, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?

Y Petrouchka replicó altaneramente, según es su costumbre:

—Llora por feo... ¡por eso llora!

Mas no conforme con eso, hizo venir a todos sus amigotes para que me formaran corro y me pincharan las nalgas con alfileres. No obstante, admiro a Petrouchka. Petrouchka es un muñeco caro que no parece muñeco. Es travieso, inteligente, dicharachero y audaz. Tanto, que afirma ser conocido en el mundo entero: aun por las personas que van a los teatros y se visten de levita; aun por las personas que habitan países remotos y hablan lenguas horribles; aun por esas señoronas tan vanidosas que cruzan la calle abrumadas de pieles, mientras yo me achicharro de calor en la vitrina...

Hay noches en que Petrouchka se emborracha —temo que con vodka— y ronda el comercio saltando y bailando. Canta una música extraña que sin saber por qué me entristece. Alguien grita entonces:

—¡Calla, Petrouchka!

Y él canta y canta.

—¡Calla, Petrouchka, te digo!

Pero él no se somete a nadie. ¿Será un revolucionario?

Una vez, me arriesgué y le dije:

—¿Qué es eso que cantas, Petrouchka?

Y él, dando una patada en el suelo, replicó al punto con su voz ronca y tonante:

—¡Canto mi música!

—¿Y cuál es tu música? —indagué, asombrado.

Soltó una carcajada tan espantosa que hizo temblar los cristales. Luego, dando palmadas, se puso a chillar, hecho un loco:

—¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Pinocho!

Acudió el bufón del bazar, que ha viajado mucho. Petrouchka le dijo:

—Anda, dile a este tonto qué es lo que canto.

Y Pinocho, con sus narizotas rojas, me tocó en el codo con el mayor misterio.

—¡Mi pobre Bobby! Canta... pues canta lo que compuso para él el señor Stravinsky.

Dicho esto, el aludido empezó a correr de un lado para otro, dando increíbles piruetas y escupiendo las paredes. Cuando se detenía gritaba, exhalando vahos de nicotina y cerveza:

—¿Has oído? ¡El señor Stravinsky! ¡El señor Stravinsky! Pero ¿qué sabes tú de eso, indecente pelele? ¿Has ido acaso alguna vez a la ópera?

Todos se rieron de mí, y los que estaban en sueños despertaron. Me retiré, pues, a dormir compungidamente, pensando qué agradable hubiera sido tener una mamá muy buena que en vez de reprenderme o mofarse me consolara diciéndome:

—¡Infeliz Bobby, no llores! ¡Algún día el señor Stravinsky compondrá para ti algo muy importante!

Y yo replicaría entonces, entre riendo y llorando:

—Sí, para que se burlen de mí los hombres...

Es de noche y rondo por el local. Todo está en silencio. Oigo, apenas, la lluvia que cae afuera y el ronquido de los muñecos niños. Nunca he visto la calle a semejantes horas, pero debe ser tan pavorosa que no sé cómo haya quien se arriesgue a transitar por ella... Avanzo en puntas, sigilosamente, procurando no hacer ruido. Unos muñecos duermen en paz, reclinadas sus cabecitas en los estuches nuevos, con sus ojitos azules cerrados y las manos sobre el pecho. Puesto que son bellos y caros, sus sueños deben ser exquisitos: lo adivino en la actitud de sus miembros, en las sonrisas de sus bocas. Extasiado me acerco y descubro sus corazoncitos latiendo, latiendo. Quisiera despertarlos e informarme:

—Dime, ¿qué sueñas?

Otros —los más apuestos— frecuentan rincones obscuros y blandos, acompañados de dulces amiguitas a quienes cortejan, abrazan o narran misteriosas leyendas. Sus compañeras sonríen, agitan sus cuerpecitos y al fin ceden. Y ellos les posan los labios sobre las mejillas de ellas, oprimen sus cinturitas tan puras, les ordenan artísticamente las trenzas, les deshacen las arrugas del vestido, las arrullan entre sus brazos.

Hay un muñeco poeta al que se disputan aquí las mujeres. Es un personaje rubio, con las pupilas de lapislázuli y las manos de terciopelo. Ellas lo asedian, lo miman, le bailan. Y él sonríe fascinado, gentil, con una sonrisa tan amplia que a mí no me cabría en el rostro a menos que me mordiera una oreja.

—Poeta amigo —le susurran—. Dinos algo.

El poeta, entonces, con su voz ágil, apasionadamente, desgrana una de esas poesías románticas que yo quisiera estar escuchando siempre.

Pero he aquí que ahí viene. ¿Me escondo? ¿Huyo? Inútil, me ha visto. Mas, ¿por qué tiemblan mis manos? ¿Por qué me zumban las sienes?

¡Ah! Viene con Mariuca, la bailarina blanca, la bailarina alada, la más divina de las bailarinas del mundo. ¡Cómo amo a Mariuca! La amo perdidamente, delirantemente, insensatamente, con todo mi corazón de trapo, con mi pobre alma de muñeco. Pero ella es tan dulce que lo sabe y no se burla; ni siquiera se lo ha confiado a nadie. ¡Mariuca! ¡Mariuca!

Durante las noches, cuando todos duermen y la melancolía me invade, ella se desliza hasta mi aposento y me sacude por los hombros.

—Bobby tonto, ¿qué tienes?

Siempre, siempre me dice lo mismo.

Yo pienso que soy feo, que estoy solo y que soy ya un hombre. Me turbo, no hallo qué contestar. Al punto Mariuca se inclina, apoya sus manos en las mías y me besa. Pero no me besa en la boca, sino en la frente. Me besa, no como muñeca tentadora y joven, sino como muñeca fea y piadosa. Y se va. Y yo comprendo por qué se marcha.

Ahí viene: coqueta, perfumada, linda. Viene con el poeta del brazo. Él la mira emocionadamente y, a intervalos, hunde sus dedos finos entre los bucles de ella. ¿Qué le estará proponiendo? ¡Cuan bellos deben sonar sus madrigales!

Se me acercan. Me detengo, sin saber qué dirección tomar. Vacilo. Acto seguido, Mariuca me tiende la mano y el poeta repara en mí con lástima. Ella prorrumpe:

—¡Venimos de la iglesia! —y me muestra un azahar.

Creo que voy a desmayarme.

—¿Te has casado, Mariuca?

—¡Me he casado, Bobby! ¿No te alegra?

Muevo afirmativamente la cabeza, apretando los labios.

—¿No te alegra? —repite.

—Sí me alegra —respondo.

—¡Invitémosle a la fiesta! —sugiere el novio, con un dejo de amargura.

Mariuca consiente, y ambos se miran largo tiempo a los ojos, igual que si no hubiera nadie frente a ellos.

Pronto, se organiza el sarao. Los novios, dando palmadas, despiertan a todo el mundo. Algunos muñecos, amodorrados, acuden a regañadientes, mas pronto se entusiasman y comienzan a dar saltos mortales alocadamente. Otros chillan, sacudiendo campanillas y violines; suenan trompetas y risas; coplas; se encienden los farolillos chinos; se despeja el local, apartando a los juguetes de poca monta. Los músicos se instalan sobre un mueble muy alto... Alguien golpea el tambor... Estallan cohetes de colores... Fuera, cae triste la lluvia: chip, chip, chip... Ruedan trenes, bicicletas, cochecitos... ¡Es una baraúnda indescriptible que está a punto de enloquecerme!

Comienza, por fin, el baile y cada cual toma a su pareja. Suena un vals. Otro. Otro. Una especie de polka. Y yo miro evolucionar a las muñecas con sus falditas transparentes y cortas, con sus piernecitas rollizas, con sus pechos como melocotones. Bailan, bailan regocijadamente, arrebatadamente, como muñecas que son, suspendidas de los hombros de los muñecos, haciendo alardes de precisión y gracia.

En esto distingo una voz a mi lado que me hiela la sangre de espanto. Es Mariuca invitándome.

—¿No bailas?

Tengo lágrimas en los ojos.

Replico:

—¿Contigo?

—¡Conmigo, claro!

Me toma violentamente y pierdo casi el sentido. Mis pies, cada vez más torpes por la vergüenza, se enredan en las piernas de ella, la rasguñan. Estoy a punto de caer. Oigo la música remota, demasiado confusa, cual si sonara en el pico de una montaña y yo me hallara en el fondo de un precipicio.

Musito:

—Si no sé bailar, Mariuca...

Mas ella está tan alegre que no presta atención a lo que digo. Gira, gira, inventando nuevas cabriolas.

Y los espectadores ríen a mandíbula batiente, se desternillan; se azotan unos contra otros, exagerando su júbilo; me lanzan bromas impías; se mofan de mis ojos redondos, de mi vientre polvoso, de mis pantorrillas torcidas, de mis orejas. Algunos me arrojan canicas, con la esperanza de verme caer; pero yo me sostengo no sé de qué modo, y también giro, grotesco, humillado, hecho un andrajo, con los ojos repletos de llanto y el corazón partido por la mitad.

Cuando concluye la danza, todo el mundo rodea a la novia, agasajándola, y yo me escabullo secretamente hacia la soledad bienhechora, adonde no haya ruido ni luces. Allí me siento y lloro. Lloro a gusto, fatalmente olvidado. Lloro por Mariuca que ya tiene marido; lloro por esa música tan triste que están tocando; lloro por los niños pobres que no tienen juguetes. Lloro, y cuando no me restan ya más lágrimas, me duermo. Y tengo un sueño prodigioso; tan prodigioso como creo que no exista otro en el mundo.

Sueño que amanece, que el sol brilla ardientemente, que los pajaritos cantan, que se entreabren las flores... y que me escapo. Que huyo por calles desconocidas y tenebrosas en las cuales no hay tranvías, ni perros de carne, ni señoronas con pieles, ni caballeros con niños de la mano... Que me interno en un portalón muy viejo, enlodado por la lluvia de la noche, y que trepo por una escalera muy empinada, parecida a las de los carros de bomberos. Casi estoy a punto de caer muerto de fatiga y miedo, cuando percibo una voz lastimosa que me pregunta:

—¿Eres nuevo en esta casa?

Es un niño pobre que juega con dos canicas de barro. Está sucio, casi desnudo, y se echa de ver que no se limpia nunca las narices. Pero sus ojos brillan animadamente, cual si en su interior latiera un alma distinta a la de las demás personas. Enmudezco, me hago su amigo. Y jugamos juntos: yo con una canica y él con otra. Tan pronto nos aburrimos, me dice:

—Ven. Te invito a mi casa.

Lo acompaño alegremente, siguiendo un corredor de madera que conduce a un cuartucho demasiado obscuro, entre cuyas sombras un hombre limpia su organillo.

—¡Es mi papá! —exclama mi amigo, muy orgulloso.

—¿Y tu mamá? —le pregunto en voz baja.

—¡Oh, no tengo! —prorrumpe—. ¿Es que todos los niños han de tener mamá?

Casi simultáneamente el hombre del organillo repara en nosotros, saliendo al encuentro de su hijo.

—¡Hijo! —le grita abrazándolo, para después levantarlo en peso.

Y le acaricia, y le besa. Cosas que yo no había visto antesentre los hombres.

El niño pobre suplica:

—Es Bobby, mi amigo. No tiene casa, papá, mamá... ¡no tiene nada! ¿Quieres que viva conmigo?

El músico me toma asimismo en sus brazos y me levanta hasta la altura de la lámpara. Pero asustado tal vez de mi fealdad, duda. Vuelve a depositarme en el suelo. Sin embargo, escucho a poco de sus labios lo que jamás soñé que me dijera nadie:

—¡Es un niño hermoso ciertamente!

Y despierto con un grito de júbilo en el fondo de aquella vitrina maldita.