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Xélucha - Matthew Phipps Shiell


«Va en pos de ella… y no lo sabe…»
(De un diario)

¡Hace tres días! Cielos, parece un siglo. Pero estoy conmocionado… mi razón está pervertida. Hace un rato me sumí en un coma que recordaba en todo a un ataque de petit mal. «Tumbas, y gusanos, y epitafios»: esa es la fantasía de mi sueño. A mi edad, con mi físico, ¡camino tambaleándome, como un hombre acabado! Pero todo eso pasará: debo volver en mí… mi razón está pervertida. ¡Hace tres días, y parece un siglo! 

Sentado en el suelo ante una vieja cista llena de cartas, encontré un paquete de las de Cosmo. ¡Vaya, las había olvidado, ya empiezan a amarillear! En verdad, ya no puedo llamarme joven. 

Me quedé allí leyendo, inmóvil, arrebatado por los recuerdos. ¡Pero divagar es perderse!, debo retorcer el cuello a esa mala costumbre, o disponerme a perecer. Una vez más me deslicé por la laberíntica armonía esférica del minueto, y di vueltas con el vals, mientras las llamas alargadas de los candelabros y el mediodía de la bacanal giraban a mi alrededor. 

¡Cosmo era el auténtico zar y marajá de los sibaritas, el Príapo de los détraqués! En cada alcoba inesperada de su villa romana había un diván elevado, con su necesario escabel, flanqueado y endoselado por espejos de oro puro. La tisis le tenía bien atenazado; cuando al fin se recostaba ante la mesa, hasta que entraba en calor, apenas podía levantar su copa de vino. ¡Sus ojos eran como luciérnagas enroscadas, cercadas por un halo de vaporosas emanaciones de fósforo! Se veía a las claras que libraba una lucha desesperada con la Devoradora. 

Pero hasta el final persistió su sonrisa principesca, hasta el final, entre aquella cómica compañía, siguió siendo el director indiscutido del coro de todos los ritos, ¡no diré de Pafos, pero sí de Quemos y Baal-Peor! Cuando se animaba no rehuía la fiesta, el baile, la cámara oscura. 

Aquella cámara, a la que se accedía por un pasadizo secreto, era negra y opaca, de forma circular, circundada enteramente por otomanas de Marruecos; en el aire cálido flotaban perfumes de bálsamos, de bedelio, y se oían leves sones de flauta y dulcémele. Fue allí donde Lucy Hill apuñaló en el corazón a Caccofogo, al confundir la cicatriz que tenía en la espalda con la marca de Soriac. Y allí, en una bañera de malaquita, un día en que había despertado tarde, encontró la princesa Egla a Cosmo tiesamente muerto, sumergido enteramente en el agua del baño.

«¡Pero en nombre de Dios, Mérimée!», me escribía, «¡pensar que Xélucha está muerta! ¡Xélucha! ¿Puede entonces un rayo de luna perecer de supuraciones? ¿Puede el arcoíris ser comido por los gusanos? ¡Ja, ja, ja, ja, ríete conmigo, amigo mío: “elle dérangera l’Enfer”! ¡Pondrá de moda en Tofet el pas de tarentule! ¡Xélucha, la femenina! ¡Xélucha, que recordaba a las espléndidas rameras de la historia! Llora conmigo: manat rara meas lacrima per genas!

Experta como Targelia, culta como Aspasia, púrpura como Semíramis. Comprendía el tabernáculo humano, amigo mío, sus resortes y humores secretos, más íntimamente que cualquier savant de Salamanca. Tarare… ¡pero Xélucha no está muerta! 

La vitalidad no es mortal; no puedes envolver una llama en un sudario. ¡Xélucha! Entonces, ¿dónde está? Transferida, quizá: raptada a una constelación como la hija de Leda. Viajó hasta el Indostán, acompañada por la comitiva y el fasto de una begum, y amenazó con atacar al Emperador de Tartaria. 

Yo hablé de la desolación de Occidente; ella me besó, y prometió regresar. También te mencionó a ti, Mérimée, “su Conquistador”, “Mérimée, el Destructor de Mujeres”. Vaharadas de invernadero se enredaban en su pelo encrespado, mechones esparcidos sobre esa tez de tulita que tú conoces. Disfrazada cap-à-pie tenía, amigo mío, la delicada complexión de una margarita brillantemente reflejada en el ojo del bruto que pace. 
 
Me dijo que un símil de Milton había inflamado durante años la avidez de su mirada: “Las áridas llanuras de Sericana, por donde a favor de la brisa y de las velas caminan los chinos en sus ligeros esquifes de caña”. Me aseguró que yo, y los sabeos, considerábamos erróneamente la Llama el todo del ser, pues la otra mitad de las cosas es la Luz quintaesencial de Aristóteles. 

En la Jerarquía Urania y el libro de Fausto encuentras una compleción: ardiente serafín, querubín lleno de ojos. En Xélucha se combinaban ambos. Reconquistará el Oriente para Dionisio, y volverá. Oí de ella resplandeciente en Delhi, en una carroza tirada por leones. Después ese rumor… probablemente falso. Como Odín, Arturo y los demás, Xélucha… reaparecerá».

Poco después Cosmo se tendió en su balneum de malaquita, y tras cubrirse con el agua como con una manta, se durmió. Yo, en Inglaterra, oí poco sobre Xélucha: primero que estaba viva, luego muerta, luego que había aparecido en la antigua Tadmor del Desierto, que ahora llaman Palmira. 

Tampoco me preocupaba, pues hacía mucho tiempo que Xélucha se había convertido en mi boca en manzanas de Sodoma. Hasta que me senté junto a la cista de cartas y releí la de Cosmo, llevaba años desaparecida de mi memoria activa.

Ya es inveterado en mí el hábito de dormir durante la mayor parte del día, y vagar por la noche a lo largo y ancho de la ciudad bajo la influencia sedante de una tintura que se ha vuelto necesaria para mi vida. Tal existencia de sombra no deja de tener su encanto, y no creo que haya muchas almas que, sometidas a sus condiciones, no dejarían de ganar en elevación y temor reverencial. 

Viajar solo con el Primordial no puede sino ser solemne. La luna tiene el color de la luciérnaga, y la Noche el del sepulcro. Nux lleva en su seno a Tánatos no menos que a Hipnos, y las lágrimas amargas de Isis confluyen en un manantial. A las tres, si pasa un coche de alquiler, el ruido tiene el tono augusto del trueno. 

Una vez, a las dos, junto a una esquina, encontré a un sacerdote sentado, muerto, sonriendo impúdicamente, con las piernas dobladas. Un brazo, apoyado en una rodilla, señalaba hacia arriba con un índice acusador. Mediante una exacta observación descubrí que apuntaba hacia Betelgeuse, la estrella “a” de la lluviosa Orión. Estaba horriblemente hinchado, pues había muerto de hidropesía. Así, en todos los Supremos hay una grotesquerie; y uno de los hijos de la Noche es… Buffo.

En una plaza de Londres que, me imagino, estará desierta incluso de día, oí acercándose el metálico tintineo argentino de unos zapatitos. Eran las tres de una madrugada de invierno, al día siguiente de mi redescubrimiento de Cosmo. Me había detenido junto a una verja, mirando cómo navegaban las nubes guiadas por una luna envuelta en mantos de inclemencia. 

Al volverme vi a una dama menuda, gloriosamente vestida. Había caminado directamente hacia mí. Llevaba descubierta la cabeza, y el pelo encrespado en ondas que se unían formando un moño, tachonado de joyas, en su nuca. En la redundancia abultada de su décolleté recordaba a Parvati, la diosa del amor de la exquisita fantasía de los brahmanes.

Me hizo esta pregunta:

—¿Qué estás haciendo aquí, querido?

Su belleza me espoleaba, y la Noche es bon camarade

Respondí:

—Tomando el sol por medio de la luna.

—Todo eso es brillo prestado —contestó—, lo has sacado de Las flores de Sión del viejo Drummond.

Al recordarla ahora, no puedo decir que esta réplica me asombrara, aunque por supuesto debería haberlo hecho. Dije:

—Te juro por mi alma que no; pero ¿y tú?

—¡Deberías adivinar de dónde vengo yo!

—Estás radiante: vienes de Paz.

—¡Oh, más lejos que eso, hijo mío! Digamos de un baile privado en el Soho.

—¿Sí?… ¿sola?, ¿con este frío?, ¿andando…?

—Bueno, soy vieja, y soy filósofa. Puedo distinguir allí arriba a la Andrómeda que cabalga del Carnero que es su montura. Se equivocan, M’sieur, quienes suponen la existencia de una atmósfera en la cara ancha de la luna. Tengo razones para creer que en Marte habita una raza de párpados transparentes como el cristal, por lo que sus ojos son visibles mientras duermen, y quien los contempla puede ver todos los sueños desplegándose en un diminuto panorama sobre el iris. ¡No puedes imaginarme como una simple fille! Dejar que te acompañen es admitir que eres una mujer, y eso es impropio en la Nada. El joven Enós conduce un équipage à quatre, pero Artemisa «camina» sola. ¡En nombre de Diógenes, apártate de mi luz prestada! Me voy a casa.

—¿Queda lejos?

—Cerca de Piccadilly.

—Pero ¿un coche?

—Yo no voy en coche, gracias. La distancia no es nada. Ven.

Nos pusimos en marcha. Mi acompañante marcó en seguida una distancia entre nosotros, citando de El coadjutor español que los espacios abiertos son enemigos del amor. Los talmudistas, insistió dos veces, sostienen con razón que la mano es la parte más sagrada de la persona, y en ese terreno también me prohibió el contacto por el momento. 

Caminaba con suma rapidez. Yo la seguía. No se veía un alma por ninguna parte. Finalmente llegamos ante la puerta de una mansión en St. James que parecía deshabitada: no se veía ninguna luz, las ventanas no tenían cortinas, y en algunas había carteles con la leyenda SE ALQUILA. 

Sin embargo, mi acompañante subió corriendo las escaleras y, haciéndome una seña, entró en la casa. Yo la seguí, cerré la puerta de golpe y me encontré a oscuras. La oí subir, y al rato una luz difusa procedente de arriba reveló una ancha escalera que se curvaba en su ascenso. En el piso bajo donde estaba yo no había alfombras, ni muebles; el polvo era espeso. Había empezado a subir cuando, para mi sorpresa, reapareció a mi lado y susurró:

—Hasta arriba del todo, querido.

Subió ágilmente delante de mí. Más arriba no pude dudar ya de que la casa estaba vacía, salvo por nosotros. Todo era un vacío lleno de polvo y ecos. Pero en el último piso brotaba luz de una puerta, y entré en un espacioso salón. 

Quedé deslumbrado por el repentino resplandor de la estancia, en medio de la cual había una mesa puesta, cuadrada, opulenta con platos de oro, frutas y fuentes de comida; del techo pendían tres pesadas arañas de luz eléctrica, y me fijé también (lo que resultaba muy bizarre) en un pequeño candelero de latón, con un resto curvo de sebo, que había en la mesa. 

Pero la impresión del conjunto era de una magnificencia no menos que asiria: un diván de marfil, a un lado de la mesa, tenía una cabecera de calcedonia que formaba un mar donde retozaban ictiosaurios de color esmeralda; tapices cobrizos, alternados con espejos, hacían juego con una bóveda de cobre (aunque esta última, según recuerdo ahora, produjo en mi mirada una clara impresión de mugre). 
 
Mi acompañante se reclinó en un diván sigma, elevado a la altura de la mesa a la manera semítica, visible hasta sus chinelas de satén azafrán. Me indicó un asiento al otro lado, cuya incongruencia en medio de aquel esplendor me hizo tanta gracia que nada en el mundo hubiera podido impedirme esbozar una sonrisa: era una mísera silla de madera, y como no tardé en descubrir, con una pata más corta que las otras.

Señaló el vino en una botella negra, y una copa, pero no hizo el menor ademán de beber o comer; se quedó tendida sobre la cadera y el codo, petite, resplandeciente, mirando gravemente hacia arriba. Sin embargo, yo bebí.

—Se ve —dije— que estás cansada.

—¡Bien poco es lo que tú ves! —replicó ella con aire soñador, casi sin mirarme.

—Vaya, ¿así que has cambiado de humor? Estás taciturna.

—Me imagino que nunca habrás visto una tumba-pasadizo escandinava.

—Y arisca.

—¿La has visto?

—¿Una tumba-pasadizo? No.

—¡Merece la pena el viaje! Son cámaras circulares de piedra, cubiertas por túmulos de tierra, con un «pasadizo» de losas que las conecta con el aire exterior. Todo alrededor de la cámara se sientan los muertos, con la cabeza apoyada en las rodillas dobladas, y celebran consejo en silencio.

—Bebe vino conmigo, y no seas tan tartárea.

—Ciertamente pareces un necio —contestó con sarcástica frialdad—. ¿No es de lo más romántico? Sabes, datan de la Era Neolítica. A medida que caen los dientes, uno a uno, de las bocas sin labios… quedan recogidos en el regazo. Cuando el regazo adelgaza… ruedan al suelo. A partir de entonces, todo diente que cae en la cámara rompe bruscamente el silencio.

—¡Ja, ja, ja!

—Sí. Es como un lento goteo siglo tras siglo en una profunda cueva subterránea.

—¡Ja, ja! ¡Este vino se sube a la cabeza! Se expresan en un dialecto básicamente dental.

—El simio, por otra parte, lo hace en un lenguaje enteramente gutural.

Un reloj de la calle dio las cuatro. Nuestra conversación avanzaba pesadamente, agujereada por silencios. Las exhalaciones del vino llegaban a mi cerebro; la veía a través de una bruma, dilatándose vagamente, volviendo a encogerse en una delicada forma compacta. Pero todo deseo amoroso se había extinguido en mi interior.

—¿Sabes —preguntó— lo que ha descubierto un niñito en una de las kjökkenmöddings danesas? Algo horrendo. El esqueleto de un pez enorme con facciones…

—Eres sumamente infeliz.

—Cállate.

—Estás llena de zozobra.

—Creo que eres un gran imbécil.

—Te atormenta la desdicha.

—Eres un crío. No tienes ningún instinto del significado de las palabras.

—¡Cómo! ¿No soy un hombre? ¿También yo infeliz, preocupado?

—En realidad no eres nada… hasta que puedas crear.

—¿Crear qué?

—Materia.

—Eso es pretencioso. La materia no puede crearse, ni destruirse.

—En verdad, pues, debes de ser una criatura con un intelecto inusualmente débil. Ahora me doy cuenta. Así, la materia no existe, en realidad no hay nada que pueda llamarse así… es una apariencia, un espectro… salvo los imbéciles, todo escritor de Platón a Fichte ha demostrado eso, de forma voluntaria o involuntaria, para siempre. Crear es producir una impresión de su realidad en los sentidos; destruir es pasar un trapo húmedo por una pizarra cubierta de garabatos.

—Quizá. No me importa. Puesto que nadie puede hacerlo.

—¿Nadie? Tú eres un mero embrión…

—Entonces ¿quién?

—Cualquiera cuyo poder de Voluntad sea equivalente a la fuerza gravitatoria de una estrella de Primera Magnitud.

—¡Ja, ja, ja! Cielos, te gusta ser ocurrente. Entonces, ¿existen voluntades de tamaña magnitud?

—Ha habido tres, los fundadores de religiones. Hubo un cuarto: un zapatero de Herculano cuya voluntad indujo el cataclismo del Vesubio en el año 79, en directa oposición a la gravedad de Sirio. Sabes, hay más famas que las que tú has cantado. Estoy segura de que la mayor parte de los espíritus incorpóreos también…

—¡Cielos, no puedo dejar de pensar que estás llena de dolor! ¡Pobre criatura!, ven, bebe conmigo. El vino es espeso y estimulante. ¿No es setiano? Hace que te balancees y te hinches ante mí, lo juro, como una nube púrpura crepuscular…

—¡Pero eres pura pesantez, eso no lo sabía! ¡No eres un compañero! Todos tus pequeños intereses giran en torno a los centros más bajos.

—Vamos… olvida tus agonías…

—¿Cuál, crees tú, es la parte del cuerpo enterrado que buscan primero los gusanos?

—¡Los ojos!, ¡los ojos!

—Estás horriblemente equivocado… estás tan completamente en la inopia…

—¡Dios mío!

Se había inclinado hacia adelante con tal rabia de contradicción que se acercó mucho a mí. Un vestido suelto de seda ambarina, con anchas mangas, había sustituido su traje de noche, aunque no hubiera sido capaz de decir en qué momento; ahora lo advertí, perplejo, cuando se inclinó para apoyar en la mesa las palmas de las manos. Una ráfaga repentina como de flores de azahar, mezclada con el tenue olor de la mortalidad más que madura para la tumba, llenó mi olfato. Un escalofrío me recorrió la carne.

—Yerras tan garrafalmente…

—Por el amor de Dios…

—¡Estás tan miserablemente engañado! ¡No son para nada los ojos!

—¿Entonces qué, en nombre del cielo?

Un reloj anunció las cinco.

—¡La úvula!, esa pizca de carne mucosa, ya sabes, que pende del paladar por encima de la glotis: devoran el tejido de la piel y la mejilla, o se deslizan por los labios entre los dientes defectuosos, llenando la boca. Van derechos hacia ella: es la deliciae de la bóveda palatina.

Sentí náuseas ante el horror de su interés, su olor y sus palabras. Una indecible sensación de insignificancia, de debilidad, me hizo enmudecer.

—Dices que estoy llena de pesares. Dices que estoy atormentada por la aflicción, que rechino los dientes de angustia. Bueno, eres un crío en intelecto. Usas las palabras sin percatarte de su sentido, como esas mentes en lo que Leibniz llama la «conciencia simbólica». Pero supongamos que sea así…

—Es así.

—No sabes nada.

—Te veo retorcerte y penar. Tus ojos están muy pálidos. Creía que eran de color avellana; ahora tienen el tono azulado de trémulas llamas fosfóricas vistas en la oscuridad.

—Eso no prueba nada.

—Pero el blanco de la esclerótica está teñido de amarillo. Y pareces ensimismada. Dime, por tu alma, ¿por qué pareces tan pálidamente ensimismada? ¿Por qué no puedes hablar de nada que no sea el sepulcro y su podredumbre? Tus ojos me parecen descoloridos por siglos de vigilia, por misterios y milenios de dolor.

—¡El dolor!, ¡qué poco sabes de él! ¡Eres todo aire y palabrería! ¡Nada sabes de su filosofía y su rationale!

—¿Y quién sabe?

—Te daré una pista. El dolor es la subconsciencia en los seres conscientes de la Eternidad, y de la pérdida eterna. Un ínfimo pinchazo de alfiler que ni Peán ni Esculapio ni todos los poderes del cielo y el infierno pueden curar del todo. El cuerpo
consciente es subconsciente de una pérdida eterna, y el «dolor» es su suspiro ante esa tragedia. Así ocurre con todo dolor: cuanto mayor sea, mayor es la pérdida. La más enorme de las pérdidas es, por supuesto, la pérdida del Tiempo. Si pierdes eso, en cualquier medida, te sumerges de golpe en los trascendentalismos, las infinitudes de la Pérdida; si lo pierdes todo…

—¡De qué modo tan disparatado exageras! ¡Ja, ja! Te digo que es la aflicción la que te hace perorar sobre lugares comunes…

—El infierno es el lugar donde un Espíritu claro e ilimitado es subconsciente del Tiempo perdido, donde se retuerce de envidia pensando en el mundo vivo, ¡odiándolo para siempre, y a todos los hijos de la Vida!

—¡Pero domínate! Bebe… te lo ruego… yo te lo ruego… por el amor de Dios… aunque solo sea una vez…

—Precipitarse hacia la trampa… ¡eso es aflicción! Arrojar tu barco contra la roca del faro… ¡eso es Mara! Despertar, y sentir la irrevocable verdad de que fuiste en pos de ella… y los muertos estaban allí… y sus huéspedes estaban en las profundidades del infierno… ¡y no lo sabías!… aunque hubieras podido saberlo. Mira ahí fuera las casas de la ciudad en este día que amanece: te digo que no hay una que no esté habitada por algún alma… que recorre de un lado a otro el viejo teatro de su breve Día… espoleando la imaginación con mil trucos pueriles, semejanzas… engañándose minuciosamente con la fantasía de que todavía vive, de que la oportunidad de la vida no está perdida para siempre, para siempre… pero desgarrada todo el tiempo por memorias latentes del Verano desperdiciado, de la breve luz caduca entre las dos tinieblas eternas… ¡desgarrada, te digo y te grito!… ¡desgarrada, Mérimée, demonio destructor!…

Se había puesto en pie de un salto —ahora me parecía alta— entre el diván y la mesa.

—¡Mérimée! —grité—, ¿mi nombre, ramera, en tu boca maníaca? ¡Por Dios, mujer, me inspiras un terror mortal!

También yo me levanté de un salto, con el pelo erizado por el horror de mis fantasías.

—¿Tu nombre? ¿Puedes creer que ignoro tu nombre, o cualquier otra cosa sobre ti? ¡Mérimée! Vamos, ¿acaso no estabas ayer sentado leyendo sobre mí en una carta de Cosmo?

—Ah-h… —brotó la histeria en sollozos y risas de mis labios resecos—. ¡Ah! ¡Ja, ja! ¡Xélucha! ¡Mi memoria se entumece y agrisalla cada vez más, Xélucha! Apiádate de mí… ¡camino por el mismísimo valle de las sombras!… ¡marchito y senil!… mira mi pelo, Xélucha, mis mechones entrecanos… tembloroso, Xélucha, anublado… ¡No soy el hombre que conociste, Xélucha, en los palacios… de Cosmo! ¡Tú eres Xélucha!

—¡Deliras, pobre gusano! —exclamó ella, la cara retorcida por una especie de malicioso desdén—. Xélucha murió de cólera en Antioquía hace diez años. Yo enjugué la espuma de sus labios. Su nariz experimentó una descomposición verdosa antes del entierro. El ojo izquierdo estaba tan hundido en el cerebro que…

—Tú eres… ¡eres Xélucha! —grité—. Así lo aúllan ahora voces de trueno dentro de mi conciencia… y por Dios santísimo, Xélucha, aunque me apestes con el aliento del infierno que eres, te voy a abrazar… vivo o condenado…

Me abalancé hacia ella. Oí la palabra «¡Loco!», como siseada por las lenguas de diez mil serpientes por toda la estancia; por un momento, ante mis ojos desorbitados, pareció elevarse hasta el techo, expandiéndose, una torre de nubes deshilachadas, y en el preciso instante en que mis brazos se cerraban sobre el vacío, por obra de algún poderoso Behemot, me vi violentamente arrojado contra una pared de la habitación, donde caí sin sentido al suelo.

Desperté cuando el sol concluía ya su descenso hacia la noche, y me quedé mirando apáticamente el techo mugriento, y la sórdida silla, y el candelero de latón, y la botella de la que había bebido. La mesa, de madera de pino y sin mantel, estaba muy sucia. 

Todo tenía el aspecto de llevar así muchos años. Aparte de estas cosas la habitación estaba vacía; aquella visión de lujo se había esfumado en el aire. El recuerdo repentino me iluminó como un fogonazo. A duras penas me puse en pie, salí de la casa y eché a correr tambaleándome, dando alaridos, por las calles crepusculares.

Brenda - Margaret St. Clair

Brenda Alden era un producto de esa escuela de educación de los niños aséptica y un punto sádica que ha quedado ya un poco anticuada. Los padres, que pasaban las vacaciones en la Isla de Moss, la apreciaban, y ponían su cortesía y sus buenos modales como ejemplo ante sus propios retoños. 

Por su parte, los niños se apartaban de ella, percibiendo en su persona cierta cualidad agresiva e irritable. Era alta para su edad, y larguirucha, y tenía el cabello rubio y lacio. Siempre llevaba pantalones.

El lunes empezó como todos sus días. Desayunó, le ordenaron que no apoyase los codos en la mesa, le sirvieron los platos. Luego le dijeron que saliera a jugar. Ella se fue pausadamente a los bosques.

Los bosques, en la Isla de Moss, eran dispersos espacios de hayas y unos trechos más densos de coníferas. Había lugares donde Brenda, si esforzaba la imaginación, podía hacerse la ilusión de hallarse en una selva, y esto le gustaba. En la parte occidental de la isla había una ancha y profunda excavación que la gente del pueblo decía que había sido una cantera. Pero nadie explicaba nunca qué clase de piedra o mineral habían sacado de ella.

Era un poco antes del mediodía cuando Brenda percibió aquel olor a podrido. Era un olor a podrido fuerte, penetrante, que casi asfixiaba, y la primera vez que llegó al olfato de Brenda, esta arrugó la cara de disgusto. Pero al cabo de un momento sus facciones se relajaron. E inhaló, no sin cierto afán. Decidió encontrar la fuente de aquel olor. A veces le gustaba oler y mirar cosas podridas.

Husmeando, husmeando, deambuló de acá para allá. El olor era ora fuerte, ora débil, ora fuerte de nuevo. Estaba a punto de abandonar la empresa y regresar, ya que hacía calor en aquellas hondonadas de pinos, sin aire, bajo el sol, cuando vio al hombre.

No era un vagabundo, ni pertenecía a la colonia de veraneantes. Brenda comprendió al momento que no se parecía a ninguno de los otros hombres que hubiera visto en su vida. No tenía la piel negra, ni morena, sino de un color de tinta grisácea; tenía un cuerpo hinchado e irregular, como si lo hubiesen formado con los grumos de jabón y grasa que obturan los desagües de los fregaderos. En una tosca mano sostenía un pájaro muerto. El olor a podrido venía de aquel ser.

Brenda le miró, con el corazón martilleándole fuertemente. Por un momento casi tuvo demasiado miedo para moverse. Se quedó inmóvil, boquiabierta, humedeciéndose los labios. Entonces el hombre extendió un brazo hacia ella. Brenda se volvió y echó a correr.

Oía el ruido, percibía el olor, mientras el hombre venía, a trompicones, tras ella. Le dolían los pulmones. Sentía unas punzadas en el costado. Tropezó en una raíz, cayó de rodillas y se levantó de nuevo. Siguió corriendo. Solo cuando estuvo casi demasiado agotada para continuar miró atrás.

El hombre estaba más lejos de lo que ella esperaba, aunque seguía acercándose. Durante un segundo, Brenda permaneció inmóvil, los flacos costados levantándose y descendiendo. Todavía estaba a una distancia de unos quince metros. Brenda parpadeó. Luego sus labios se curvaron en una expresión que era casi una sonrisa. A continuación dobló hacia la derecha, en dirección a la cantera, y se puso a correr de nuevo; pero sin tanto agobio.

Había una espesura de zumaque venenoso, y la niña la rodeó. Se detuvo para coger una piña de pino, y luego otra, y se las puso en la cintura de los pantalones; enseguida continuó corriendo sin disminuir el paso. El hombre continuaba siguiéndola. Parecía que la luz le hería los ojos; dejaba colgar la cabeza casi hasta el pecho. Luego se encontraron en el borde de la cantera. Brenda había de ensayar su plan.

Ya no tenía miedo; en todo caso, solo un poquito. El esfuerzo había pintado sus chupadas mejillas de un color rojo poco habitual en ellas. Con mucho cuidado, arrojó una piña a la empinada pendiente de la cantera, de manera que fue a caer a mitad de camino del fondo y luego rodó para abajo. La segunda piña la arrojó con más fuerza. Esta fue a dar mucho más abajo que la primera y se deslizó hacia el fondo con un ruido de piedras y tierra sueltas. Luego, muy presta y ágilmente, Brenda corrió hacia la izquierda y se acurrucó detrás de un árbol.

El ruido de las piñas de pino no se había diferenciado mucho del de un corredor que hubiese salvado el borde de la cantera y se hubiera precipitado hacia el fondo. El perseguidor de Brenda se detuvo, volviendo la cabeza de un lado para otro, sin ver, y dando la sensación de que olisqueaba el aire. 

Por un momento la niña experimentó una viva ansiedad. Estaba casi segura de que el hombre no podría cogerla, ni aunque emprendiera la persecución de nuevo. Pero..., oh..., era un hombre tan...

Una de las dos piñas de pino se deslizó unos pasos más. Pareció que el hombre escuchaba. Luego se precipitó por el borde, en pos del sonido.

El corazón de Brenda agitaba la plana superficie del pecho de la camisa. Mientras el hombre del olor a podrido tropezaba de acá para allá entre las polvorientas piedras del fondo de la cantera, buscándola, ella esperaba y escuchaba. El hombre tardó largo rato en abandonar la pesquisa. Y, por fin, llegó el momento que Brenda estaba esperando. El desconocido abandonó la persecución y empezó a esforzarse en trepar por la pendiente.

Pero resbalaba. Brenda se inclinaba para mirar, tensa y expectante. Tenía los ojos brillantes. El hombre intentó el ascenso de nuevo. Y volvió a resbalar para abajo otra vez.

La niña comprendió claramente, mucho antes que el individuo del fondo de la cantera, que el expersiguidor había quedado prisionero. El hombre continuaba probando de subir la cuesta, torpemente, agarrándose a los asideros que encontraba, y resbalando siempre. Sus abotargadas piernas resultaban extraordinariamente ineptas y torpes. Siempre volvía a resbalar hacia el fondo.

Al final cedió y se quedó quieto. Se le caía la cabeza. No emitía sonido alguno. Pero el penetrante olor a podrido manaba de él.

Brenda se puso en pie y anduvo en dirección al hombre. Los pálidos labios de la muchacha se curvaron en una sonrisa.

—¡Eh! —gritó sobre el borde de la cantera—. ¡Eh! No puede salir de ahí. ¿Verdad que no?

El tono de burla de su voz pareció abrirse paso a través de los embotados sentidos del hombre, que levantó la canosa cabeza. Hubo un fulgor de dientes, muy blancos sobre el fondo color tinta. Pero no podía salir. Al cabo de un momento, Brenda soltó la carcajada.

Brenda guardó el secreto bien escondido en su pecho durante todo el resto del día. La regañaron por haber llegado tarde para el almuerzo; su padre dijo que necesitaba un castigo. A ella no le importó. Aquella noche durmió con sueño tranquilo y profundo.

A primeras horas de la mañana siguiente fue a ver a Charles. Charles tenía un año más que ella, y la toleraba mejor que ninguna otra persona de la isla. Una vez le regaló una piel de serpiente, procedente de una mudanza (o muda). Ella la guardó en la cómoda, en el cajón de los pañuelos.

Hoy, él estaba construyendo una cámara de nubes con alcohol de fricción, un jarrón y un trozo de hielo seco. Brenda se puso en cuclillas a su lado, mirando. Al cabo de unos cinco minutos, dijo:

—Sé una cosa más divertida que esa.

—¿Qué? —preguntó Charles sin apartar la vista de lo que estaba haciendo.

—Una cosa, que encontré. Una cosa divertida. Que da miedo. Rara.

La conversación continuó. Brenda hizo alusiones. Charles sintió una moderada curiosidad. Al final ella dijo:

—Ven a verlo. No se parece a nada que hayas visto nunca. Vamos.

Y le posó la mano sobre el brazo.

Hasta aquel momento, Charles quizá la hubiera acompañado. La cámara de nubes no funcionaba bien, y él no sentía una verdadera antipatía por la chica. Pero lo seco y tenso del contacto que sintió en el brazo —el tocar propio de una persona que nunca ha proporcionado a otra, ni recibido de otras un contacto físico agradable—, le repelió.

—No quiero verlo. No es nada, al fin y al cabo. Una especie de desecho nada más. No me interesa —reiteró.

—¡Te digo que te gustaría! Ven a verlo, por favor.

—Y yo te he dicho que no me interesa. No iré. ¿No eres capaz de comprender una indicación? Vete.

Brenda sabía que, cuando Charles usaba aquel tono, era inútil discutir con él. Se levantó y se marchó.

Después del almuerzo tuvo que ayudar a su padre a construir una fosa para asar animales enteros. Mientras sacaba tierra con la pala y mezclaba cemento con arena, tenía el pensamiento fijo en el hombre de la cantera. ¿Continuaría inmóvil en el fondo, o andaba tropezando nuevamente de acá para allá con la idea de perseguirla? ¿O volvía a probar de subir por la pendiente? Jamás lo conseguiría, por mucho que lo intentase. Pero si continuaba bastante tiempo allí, acaso lo encontraran otros niños. ¿Tendrían más miedo del que no había tenido ella? No lo sabía. No sabía formarse ninguna imagen mental de lo que pudiera suceder entonces.

Cuando su padre dio la jornada por concluida, Brenda se tendió en la hamaca. Tenía ampollas en las manos y le dolía la espalda; pero no lograba descansar. Finalmente, aunque ya era hora de cenar, se levantó y corrió hacia la cantera.

El hombre continuaba allí. Brenda exhaló un profundo suspiro de alivio. El olor a podrido, amargo, saturaba el aire. La niña debió de hacer un ruido, porque el hombre levantó la cabeza; aunque volvió a dejarla caer sobre el pecho. Por todo lo demás, permanecía totalmente inmóvil.

Charles no vendría a verle. Por tanto..., Brenda miró a su alrededor. Más allá, en el mismo borde de la cantera, a unos seis metros de donde se encontraba ella, había dos tablones largos. La muchacha los midió con la vista.

Hasta el fondo habría unos nueve metros. Los tablones no eran bastante largos. Pero la zona de terreno suelto, resbaladizo, no se extendía por toda la pendiente; cuando el hombre del fondo de la excavación lo hubiese remontado, podría acabar de subir fácilmente. Charles había dicho que, total, lo que ella había encontrado no era nada. Una porquería nada más. Brenda se puso a mover los tablones.

Tenía las manos heridas; pero los tablones en sí no parecían pesar mucho. En cosa de unos quince minutos Brenda había formado una especie de sendero desde el fondo de la cantera hasta cerca del borde superior. 

Él —aquel hombre— no había hecho nada en absoluto mientras ella trabajaba, ni siquiera mirarla. Pero bajo la camisa, el delgado cuerpo de Brenda temblaba y estaba empapado en sudor. Mientras colocaba el segundo tablón, Brenda hubo de situarse más cerca del hombre de lo que le habría gustado.

La chica retrocedió. El hombre de la cantera no hizo ningún movimiento. Por unos instantes, la niña se sintió presa de una ansiosa exasperación. ¿No haría nada aquel sujeto, después de todas las fatigas que ella se había tomado?

—¡Vamos! —silbó entre dientes; y luego con voz más fuerte—: ¡Vamos!

El sol empezaba a descender hacia el oeste. Las sombras se alargaban. El hombre del fondo empezó a mover la cabeza de un lado para otro, como si la disminución de la luz le proporcionase una mayor agudeza de percepción. Una rugosa mano gris se levantó. Luego su dueño se movió en dirección a los tablones.

Brenda aguardó hasta que los pies inseguros del sujeto se apoyaron en el segundo madero. Entonces no pudo resistirlo más. Giró sobre sus talones y echó a correr con todas sus fuerzas hacia el hogar. No supo si el hombre la había seguido o no.

A la mañana siguiente Brenda no salió al campo. Remoloneó por la casa hasta que su madre la envió fuera para que ayudase a su padre, quien la envió dentro nuevamente, diciendo que había llegado a una fase en la construcción de la fosa en la que solo podía servirle de estorbo. 

Brenda fue a la cocina y se preparó un bocadillo y un vaso de leche. Cuando salió con este refrigerio, su madre, pálida y alterada, estaba en la terraza, fuera del edificio, hablando con su padre. Brenda fue hasta la puerta y apoyó la cabeza en ella.

—No veo por qué había de tratarse de un maleante —estaba diciendo la madre—. Elizabeth ha dicho que no le robó nada. Lo ha subrayado mucho. Solo el pollo asado. Y ni siquiera se lo ha comido; únicamente lo ha despedazado. —Titubeó un momento—. Dice que ha quedado todo cubierto de manchas de una especie de grasa gris.

—Elizabeth exagera —respondía el padre de Brenda, dando un irritado golpe al mortero que estaba alisando—. Si no era un maleante, ¿qué se figura que podía ser? ¿Qué otra clase de persona allanaría su cocina? Solo hay seis familias en la Isla de Moss.

—No creo que tenga ninguna idea concreta. Oh, Rik, ojalá la hubieras oído. No se cansaba de repetir lo de aquel olor horrible. Dijo que telefoneaba a las otras familias para avisarlas. Parecía llena de miedo.

—Histérica, probablemente —replicó el padre en tono despectivo. Su mirada se fijó en Brenda, plantada a la sombra de la puerta—. Sube a tu cuarto, Brenda —dijo vivamente—. Quédate allí. No quiero que andes escuchando detrás de las puertas.

—Sí, padre.

A Brenda no le enojó el mandato. Tenía miedo. ¿Recordaría Charles sus invitaciones de ayer y las relacionaría con el asalto a la cocina de mistress Emsden —el hombre de la cantera había de tener hambre..., pero no se había comido el pollo— y la delataría? ¿O quizá ocurriese algo peor, si bien no sabía qué pudiera ser?

Brenda andaba inquieta por su habitación. La cama estaba hecha; no tenía ningún trabajo que hacer. Oía el murmullo de las voces de sus padres, aunque muy confusamente; solo de vez en cuando destacaba una palabra sobre las otras. Por primera vez sintió una viva curiosidad por el hombre de la cantera, por el hombre en sí.

Cogió el diario que llevaba y lo abrió. Pero no convenía; el volumen no tenía cerradura, y Brenda sabía que su madre lo leía. Nunca escribía en él nada importante.

Miró con disgusto las garabateadas páginas. Sería bonito poder desgarrarlas, estrujarlas y echarlas a la papelera. Pero su madre se daría cuenta y le preguntaría la causa de que hubiera destruido aquel bonito libro. No...

Buscó por el dormitorio hasta que encontró una caja de papel de notas. Utilizando la tapa de la caja como pupitre, grabó cuidadosamente en la cabecera de una de aquellas hojas grises: EL HOMBRE.

Titubeaba. Luego escribió: «1. ¿De dónde vino?».

Lamió el lápiz. Le resultaba difícil poner la idea en palabras. Pero quería verla escrita en el papel. Empezó, borró, empezó de nuevo. Por fin escribió: «Yo creo que vino a la Isla de Moss procedente del continente. Creo que vino el mes pasado, una noche, cuando había marea baja, muy baja. Yo creo que vino por causa... —Lo borró—. Por equivocación».

Brenda estaba preparada para el segundo punto. «¿Por qué se queda en la isla? —escribió. Ahora redactaba más a prisa—. Creo que por no saber nadar. El agua se... —aquí se detuvo, consciente de que la palabra exacta que necesitaba no existía en su vocabulario. Por fin escribió—: Se lo llevaría».

Sacó otra hoja de papel. En la cima dibujó: «EL HOMBRE. Página 2». Mordió juiciosamente la madera del lápiz. Luego escribió: «¿Qué clase de hombre es? Creo que no es como la otra gente. No es como nosotros. Es una especie de hombre diferente».

Había anotado muy despacio las últimas palabras. Ahora le venía la inspiración. Escribió: «No es como nosotros, porque le gusta comer carroña. Cosas que lleven mucho... —un raspado—, mucho tiempo muertas. Creo que este es el primer motivo que le trajo a esta Isla de Moss. La caza. Es viejo. La figura que tiene ahora debe de tenerla desde hace muchísimos años».

Dejó el lápiz. Parecía haber terminado. Su madre habría salido, seguramente; el murmullo de voces había cesado y la casa estaba en un silencio total. Fuera, oía las débiles palmadas de la trulla de su padre, trabajando el cemento.

Hubo una larga pausa. Brenda permanecía inmóvil. Luego cogió el lápiz de nuevo y escribió en el fondo de la página, muy aprisa: «Creo que me ayudaría a nacer».

Cogió lo escrito y lo miró. Luego cogió las dos hojas y entró en el cuarto de baño. Las desgarró en pedacitos pequeños, y las echó al retrete y tiró de la cadena.

Aquella noche cenaron en silencio. Una vez la madre de Brenda iba a decir algo sobre Elizabeth Emsden; pero la interrumpió el ceño de advertencia que puso el padre. Brenda ayudó a limpiar los platos. Momentos antes de subir arriba, a la cama, se deslizó dentro del dormitorio de sus padres, que estaba en la planta baja, y descorrió los cerrojos de los postigos de las ventanas.

Le costó bastante dormirse; pero durmió profundamente. La despertó, muy entrada la noche, un ruido de voces. Salió a hurtadillas al rellano de la escalera y escuchó; el corazón empezaba a latirle con fuerza.

El olor a corrompido subía en oleadas ardientes, ásperas. La casita parecía mecerse en su seno. Brenda se cogió a la baranda. Así pues, el hombre —su hombre— había venido de la cantera. Se alegraba.

El padre de Brenda estaba hablando:

—Ese hedor es realmente increíble —decía con voz abstraída. Y luego, dirigiéndose a la madre de Brenda—: Flora, telefonea a Elizabeth y dile que mande a Jim para acá. Date prisa, no sé cuánto tiempo podré seguir conteniéndole con esto. Di que Jim traiga el arma.

—Sí —Flora Alden soltó una risita—. ¿No decías que Elizabeth era una histérica? Por amor de Dios, Rik, no levantes la voz. No quiero que Brenda se despierte y vea esta escena. Se pondría..., no creo que pudiera sobreponerse jamás. —La mujer fue hacia el teléfono.

Los ojos de Brenda se ensancharon. ¿Se inquietaban sus padres por ella, de veras? ¿Temían que pudiera tener miedo? Bajó dos o tres escalones, muy despacio, y se sentó en uno. Si la veían, ahora podría decir que sus voces la habían despertado. Miró por entre los barrotes de la baranda.

Su padre se hallaba en el vestíbulo, manteniendo al hombre de la cantera acorralado con el impacto de luz de una lámpara eléctrica. Él —¡oh, el sujeto era valiente!— no cesaba de revolverse, tratando de librar los ojos del chorro de luz. Probaba de lanzarse. Pero su padre movía la lámpara sin misericordia, manteniéndole enfocado todo el rato; aunque le temblaba la mano.

La madre volvió, después de telefonear.

—Ya viene —informó—. No cree que el arma pueda ser de gran utilidad. Tiene otro plan.

Jim Emsden tardó lo suficiente en llegar a la casita para que Brenda sufriese unos cuantos escalofríos y deseara haberse puesto el albornoz. Bostezaba nerviosa y se acurrucaba más contra la baranda. Pero ni por un instante apartaba los ojos del cuadro que veía abajo, en el vestíbulo.

Emsden entró por la puerta lateral. Llevaba un abrigo sobre el pijama. Cuando vio la forma gris hinchada, bajo la luz de la pila eléctrica, inspiró profundamente.

—Sí, es el mismo hombre —dijo con aquella voz retumbante que tenía—. Por supuesto. Nadie confundiría ese mal olor. He traído el arma, Rik, pero el corazón me dice que no servirá de nada. Al menos no contra una cosa así. Elizabeth le vio unos momentos, ya sabes. Voy a enseñarte qué quiero decir. Mantenlo bien enfocado.

Se apoyó el rifle del veintidós contra el hombro, corrió el cerrojo y disparó. El leve grito que soltó Brenda quedó apagado por el ruido del disparo. Pero el hombre de la cantera no dio señal de haber recibido el balazo. Ni siquiera se movió. Exactamente igual como si la bala hubiese agotado su fuerza hundiéndose en el barro.

—¿Has visto? —preguntó Jim (o Rik, según quién hable)—. No ha servido de nada.

Flora Alden reía con risita suave. El chorro de luz de la lámpara eléctrica se movía en círculos irregulares, perforando la oscuridad.

—¿Qué haremos? —preguntó Rik—. Yo no sabía que pudiera haber cosas así. ¿Qué haremos...? Me temo que voy a vomitar.

—Tranquilo, Rik. Mira, hay una cosa que sí le dará miedo. Sea cual sea la naturaleza de ese ser. El fuego.

Sacó unos trapos y una botella de petróleo. Con la improvisada antorcha expulsaron al intruso de la casita y le obligaron a desaparecer entre las tinieblas de la noche. Cuando disminuía la marcha y probaba de hacerles frente, brillándole los dientes, le echaban a la cara el lío de trapos encendidos.

El fugitivo tenía que ceder terreno. Brenda se mordía la muñeca de excitación. Oía la voz, más fuerte, de su padre, diciendo:

—Pero ¿qué haremos con él, Jim? No podemos contentarnos con dejarle ahí, fuera de la casa.

Y el rumor más profundo, menos distinto, de la respuesta de Emsden:

—...Matarle. Pero podemos encerrarle. —Y luego vino un confuso rodar de voces terminando con la palabra—: ...cantera. —Y ya no pudo oír nada más.

Al día siguiente reinaba en la casa una atmósfera de agotamiento y fría derrota. La madre de Brenda se ocupaba de las tareas domésticas mecánicamente, sin apenas dirigir la palabra a su hija, pálido el rostro. 

El padre no había regresado a casa hasta cerca del amanecer, y había salido de nuevo al cabo de unas horas. Hasta muy cerca del crepúsculo vespertino no pudo escabullirse Brenda para ver de enterarse de qué había sido de aquel hombre.

La niña se fue directamente a la cantera. Al llegar allá, miró a su alrededor, desconcertada. Los costados continuaban rectos, en ángulo perfecto; pero abajo, en el centro, había un gran montón de piedras. Los hombres de la Isla de Moss habían de haber trabajado duramente todo el día para apilar tantísimas piedras.

Brenda bajó por la cuesta y subió a la cima del montón de piedras del centro. ¿Qué había sido del hombre? ¿Estaba debajo del montón? Se puso a escuchar. No oía nada. Al cabo de un momento se sentó y aplicó el oído a la piedra. Todavía estaba caliente del sol recibido durante el día.

Brenda escuchaba. Sólo percibía el latido de su propio corazón. Y luego, muy abajo, muy lejos, un arañar en el interior del montón de piedras, como el que harían las blandas patas de un topo.

Después de aquel día, la situación cambió. El padre puso la casita en venta; pero no había compradores. Él y Jim Emsden se pasaron dos días apilando más piedras en la cantera. Luego el padre tuvo que volver a la oficina; se le habían terminado las vacaciones. 

Sólo podía visitar la isla en los fines de semana. Todo el mundo, incluida Brenda, parecía querer olvidar lo que había bajo el montón de piedras. La madre empezó a quejarse de que costaba mucho dominar a Brenda; ya no la obedecía.

Los niños, que hasta entonces la habían rechazado, ahora la buscaban. Venían a la casita en cuanto terminaban de desayunar, preguntando por Brenda, y la muchacha se marchaba con ellos inmediatamente, sorda para todo lo que su madre pudiera decirle. No regresaba hasta el atardecer, pálida de cansancio; pero todavía inflamada por una energía frenética.

La nueva energía de Brenda parecía inagotable. Las hazañas físicas, que antes parecían disgustarle, ahora la atraían irresistiblemente. Tropezaba, trepaba, se zambullía, se deslomaba, hacía la rueda y tocaba el suelo abiertas las piernas. Los otros niños la contemplaban admirados y aplaudían. Por primera vez en su vida probaba los placeres de llevar la voz cantante.

Si la cuestión hubiera parado aquí, sólo se habrían quejado sus padres. Pero Brenda conducía a sus nuevos incondicionales a una trastada tras otra. Formaban una banda destructora, veleidosa, indómita. A finales de verano, en la Isla de Moss todo el mundo decía que Brenda Alden necesitaba un castigo. 

Sus padres se quejaban amargamente de que les era imposible dominarla. La enviaron al colegio antes de que comenzara el curso. Allí se repitió lo sucedido en verano. Las condiscípulas de Brenda aceptaron ciegamente su caudillaje. Las profesoras la castigaban y amenazaban. Por primera vez en la vida, sacaba malas notas. Estuvo en un tris de que la expulsaran.

Pasó el año. Llegó la primavera, luego el verano. Los Alden, temiendo nuevos conflictos, dejaron a Brenda en el colegio, ya terminado el curso. Brenda no volvió a la Isla de Moss hasta finales de julio.

Durante los meses últimos, Brenda había cambiado mucho en su aspecto físico. El angosto cuerpo se le había redondeado, se había vuelto más femenino. Bajo la camisa —seguía vistiendo pantalones y camisa— los senos habían empezado a levantarse y crecer. Parecía haber abandonado su comportamiento de chico travieso. Los padres empezaban a felicitarse del cambio.

No fue inmediatamente al montón de piedras de la cantera. Se acordaba con frecuencia; pero sentía una renuencia dulce, una especie de aversión tierna a visitarlo. Podía esperar. Hasta bien adentrado agosto no lo visitó.

Era un día cálido. Después de la caminata por entre las arboledas, estaba que no podía respirar. Se deslizó por la pendiente con mucho cuidado, se paró a recobrar el aliento, y subió a la cima con pasos largos, cautos. Cuando estuvo arriba, se sentó.

¿Se percibía en el aire caliente un levísimo olor a podrido? Inhaló, dudosa. Luego, tal como había hecho el año anterior, aplicó el oído al montón de piedras.

Sólo se oía el silencio. ¿Estaría...? Pero no, por supuesto, no pudo morir.

—¡Eh! —llamó en voz baja, aplicando los labios a una piedra—. ¡Eh! Estoy aquí otra vez. Soy yo.

El ruido de escarbar empezó muy en lo profundo y pareció acercarse. Pero había demasiadas piedras entre los dos. Brenda suspiró.

—¡Pobre viejo mío! —dijo con voz triste—. Quieres nacer, ¿verdad que sí? Pero no puedes salir. Es una pena.

Aquel ruido de arañazos, de alguien que escarba, continuaba. Al cabo de un momento, Brenda se estiró sobre la piedra. El sol estaba cálido, el calor que irradiaban las piedras era como un compás de nana sobre el cuerpo. Brenda permaneció adormilada y dichosa un buen rato, escuchando los ruidos del interior del montón.

El sol empezaba a descender. El frescor del crepúsculo la despejaba. Brenda se sentó.

El aire estaba en un silencio total. No se oía un pájaro por ninguna parte. Los únicos sonidos venían del interior de aquel montón.

Brenda se inclinó prestamente, de modo que el largo cabello le caía sobre el rostro.

—Te amo —le dijo dulcemente a la piedra—. Te amaré siempre. Tú no temes a nadie, ni siquiera a mi padre. Eres el único a quien podría amar yo en toda mi vida.

Aquí se interrumpió. El ruido del interior había aumentado enormemente. Luego la muchacha exhaló un largo, ondulante suspiro.

—Ten paciencia —dijo—. Algún día te dejaré salir. Hay muchísimas piedras; pero las apartaré, te lo prometo. Entonces podrás hacerme mujer. Yo estaré viva por vez primera. Te amaré. Naceremos los dos, tú y yo.