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Kali decapitada - Marguerite Yourcenar

Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India.

Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. 

Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la  muerte. 

Tan pronto se mira en el bronce de la noche como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.

Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. 

Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables -raza fétida, deshonra de la luz- encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. 

Ama asimismo a los barqueros, que son fuertes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites.

Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada.                           

Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de su corazón.

Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.

Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. 

Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.

Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. 

Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.

Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.

Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.

Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. 

Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. 

Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.                                    

Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.                                           

Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. 

Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su carnada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.

En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.

Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. 

La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.

El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.

-Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia-dijo ella-. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
-Todos estamos incompletos -dijo el Sabio-. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.
-Yo fui diosa en el cielo de Indra -dijo la cortesana.
-Y tampoco estabas libre del  encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no tiene forma.
-Estoy cansada -gimió la diosa.

Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los dedos, dijo el Sabio:
-El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente inmortal...

La noche del muñeco - Francisco Tario

 Me hubiera gustado ser asesino, cirquero o soldado, y soy, en cambio, un grotesco muñeco de trapo: lívido, enclenque, sin ninguna belleza. Tengo dos ojos pasmados e insulsos, demasiado redondos; dos orejas monstruosas y blandas que me llenan de vergüenza; una nariz chata, con dos orificios absurdos por donde meterán sus deditos los niños en cuanto caiga en manos de ellos. Tengo una boca ancha, sin dientes, que se prolonga hacia abajo en un rictus de amargura; mi cara es deforme, antipática y blanca como la luna; mis piernecitas y brazos penden del tronco sin ninguna gracia, con sus dedotes tan pésimamente imitados que a todos producen risa...

Nadie me mira. Nadie me compra.

Desde mi solitario ataúd de cartón veo desfilar por las aceras rostros de niñas y niños que se trastornan de gozo ante cualquier chuchería: una aldeana panzona, una pistola de agua, un camello con su botín, un carro de bomberos. Los veo saltar y chillar con sus piernecitas rosadas y sus vocecitas tan frescas. Los ojos se les inundan de llanto, retratada en ellos la alegría. Pero no me compran, no se percatan siquiera de mi presencia; cuando más, detienen en mí sus miradas perdidas con una expresión titubeante o desconfiada. ¡Yo los entiendo de sobra! Se preguntan:

"¿Y qué es eso tan viejo y tan feo que está al fondo del escaparate?"

Las personas mayores se ríen, se mofan de mí; pero esto no me importa en absoluto. Las personas mayores son gente mal educada y sin ningún sentimiento.

En cierta ocasión, por ejemplo, descubrí desde mi celda a un caballero extremadamente elegante que llevaba un niño de la mano. Repasaban ambos el escaparate en busca, me imagino, de un juguete de primer orden. Miraban, miraban y no me veían. De pronto, me estremecí. Sobre mis ruinosas carnes de trapo acababan de posarse los ojos claros del niño. Reflexioné:

"¡Si me llevara...! El niño parece rico y me dará los mejores tratos. Me conducirá asimismo a un soberbio palacio y me hará dormir en su propia camita: una camita muy tibia, muy suave, junto a una ventana, con las sábanas de lino y las almohadas de pluma. A él le narrarán por las noches cuentos encantadores y, yo, fingiendo dormir, podré escucharlos perfectamente. Jugaré con su gato y su perro, con sus otros juguetes... ¡No me destrozará!"

Tal cosa pensaba yo, cuando el niño levantó su carita hacia el caballero que lo acompañaba y preguntó algo que no acerté a comprender, porque hablaba un lenguaje extraño. Entonces el caballero me observó estupefacto y, señalándome con un dedo, rompió a reír del modo más innoble. Se burlaba ignominiosamente, despiadadamente, como no debe burlarse nadie de las cosas tristes y feas. Los vi alejarse por entre los carruajes, y aquella noche no conseguí cerrar los ojos.

—¡Qué miserable he nacido! —me decía continuamente.

Y miraba en la penumbra hacia los juguetitos más pueriles, tratando de dar con algo más deplorable que yo. No pude encontrarlo. Aun el soldadito de plomo es apuesto: tiene su fusil o su espada, sus charreteras, su cinturón de charol, sus bigotes muy bien simulados. La pelota es esférica, rueda, sube al cielo, tiene colores muy vivos y un olor muy especial. Las herramientas de carpintero son útiles y brillan. Los orangutanes tienen su pelo sedoso; los osos, su mirada suplicante; los pingüinos, sus alas graciosas. Y yo soy tan torpe, tan áspero. Tengo dispuestos los miembros de tan maldita forma, que soy incapaz de ejecutar un movimiento agradable y ligero; un movimiento, pongo por caso, como los que realizan a diario esas bailarinas aladas, vestidas de tul, que son mis únicas amigas en este bazar abominable.

Y así es evidentemente. Vivo solo, arrumbado, como un tonto despreciable transportado a un planeta de hombres listos.

Mientras dura el día, me entretengo en la vitrina. La calle es céntrica, muy concurrida, y por ella desfilan cosas subyugantes, todas reales: caballos que trotan, perros que ladran y hacen sonar sus uñas, niños que chupan golosinas, tranvías con pasajeros en sus asientos, policías muy serios... Cada día pasan cosas distintas y, cuando además hace buen sol, los colores brillan irresistiblemente hasta herirme la vista. Así me distraigo.

Pero de noche, en cuanto el empleado echa abajo la cortina de acero y apaga todas las luces, la soledad me envuelve, siento frío, y me entran unas ganas locas de llorar. Y lloro. Lloro a escondidas, sin ningún aspaviento, medio muerto de miedo, pues aunque mi dolor es muy profundo, cierta vez que las bailarinas me sorprendieron en semejante trance ocurrió un hecho verdaderamente vergonzoso. Me preguntaron ellas, del modo más solícito:

—Bobby, ¿qué tienes? ¿Por qué lloras?

Y Petrouchka replicó altaneramente, según es su costumbre:

—Llora por feo... ¡por eso llora!

Mas no conforme con eso, hizo venir a todos sus amigotes para que me formaran corro y me pincharan las nalgas con alfileres. No obstante, admiro a Petrouchka. Petrouchka es un muñeco caro que no parece muñeco. Es travieso, inteligente, dicharachero y audaz. Tanto, que afirma ser conocido en el mundo entero: aun por las personas que van a los teatros y se visten de levita; aun por las personas que habitan países remotos y hablan lenguas horribles; aun por esas señoronas tan vanidosas que cruzan la calle abrumadas de pieles, mientras yo me achicharro de calor en la vitrina...

Hay noches en que Petrouchka se emborracha —temo que con vodka— y ronda el comercio saltando y bailando. Canta una música extraña que sin saber por qué me entristece. Alguien grita entonces:

—¡Calla, Petrouchka!

Y él canta y canta.

—¡Calla, Petrouchka, te digo!

Pero él no se somete a nadie. ¿Será un revolucionario?

Una vez, me arriesgué y le dije:

—¿Qué es eso que cantas, Petrouchka?

Y él, dando una patada en el suelo, replicó al punto con su voz ronca y tonante:

—¡Canto mi música!

—¿Y cuál es tu música? —indagué, asombrado.

Soltó una carcajada tan espantosa que hizo temblar los cristales. Luego, dando palmadas, se puso a chillar, hecho un loco:

—¡Pinocho! ¡Pinocho! ¡Pinocho!

Acudió el bufón del bazar, que ha viajado mucho. Petrouchka le dijo:

—Anda, dile a este tonto qué es lo que canto.

Y Pinocho, con sus narizotas rojas, me tocó en el codo con el mayor misterio.

—¡Mi pobre Bobby! Canta... pues canta lo que compuso para él el señor Stravinsky.

Dicho esto, el aludido empezó a correr de un lado para otro, dando increíbles piruetas y escupiendo las paredes. Cuando se detenía gritaba, exhalando vahos de nicotina y cerveza:

—¿Has oído? ¡El señor Stravinsky! ¡El señor Stravinsky! Pero ¿qué sabes tú de eso, indecente pelele? ¿Has ido acaso alguna vez a la ópera?

Todos se rieron de mí, y los que estaban en sueños despertaron. Me retiré, pues, a dormir compungidamente, pensando qué agradable hubiera sido tener una mamá muy buena que en vez de reprenderme o mofarse me consolara diciéndome:

—¡Infeliz Bobby, no llores! ¡Algún día el señor Stravinsky compondrá para ti algo muy importante!

Y yo replicaría entonces, entre riendo y llorando:

—Sí, para que se burlen de mí los hombres...

Es de noche y rondo por el local. Todo está en silencio. Oigo, apenas, la lluvia que cae afuera y el ronquido de los muñecos niños. Nunca he visto la calle a semejantes horas, pero debe ser tan pavorosa que no sé cómo haya quien se arriesgue a transitar por ella... Avanzo en puntas, sigilosamente, procurando no hacer ruido. Unos muñecos duermen en paz, reclinadas sus cabecitas en los estuches nuevos, con sus ojitos azules cerrados y las manos sobre el pecho. Puesto que son bellos y caros, sus sueños deben ser exquisitos: lo adivino en la actitud de sus miembros, en las sonrisas de sus bocas. Extasiado me acerco y descubro sus corazoncitos latiendo, latiendo. Quisiera despertarlos e informarme:

—Dime, ¿qué sueñas?

Otros —los más apuestos— frecuentan rincones obscuros y blandos, acompañados de dulces amiguitas a quienes cortejan, abrazan o narran misteriosas leyendas. Sus compañeras sonríen, agitan sus cuerpecitos y al fin ceden. Y ellos les posan los labios sobre las mejillas de ellas, oprimen sus cinturitas tan puras, les ordenan artísticamente las trenzas, les deshacen las arrugas del vestido, las arrullan entre sus brazos.

Hay un muñeco poeta al que se disputan aquí las mujeres. Es un personaje rubio, con las pupilas de lapislázuli y las manos de terciopelo. Ellas lo asedian, lo miman, le bailan. Y él sonríe fascinado, gentil, con una sonrisa tan amplia que a mí no me cabría en el rostro a menos que me mordiera una oreja.

—Poeta amigo —le susurran—. Dinos algo.

El poeta, entonces, con su voz ágil, apasionadamente, desgrana una de esas poesías románticas que yo quisiera estar escuchando siempre.

Pero he aquí que ahí viene. ¿Me escondo? ¿Huyo? Inútil, me ha visto. Mas, ¿por qué tiemblan mis manos? ¿Por qué me zumban las sienes?

¡Ah! Viene con Mariuca, la bailarina blanca, la bailarina alada, la más divina de las bailarinas del mundo. ¡Cómo amo a Mariuca! La amo perdidamente, delirantemente, insensatamente, con todo mi corazón de trapo, con mi pobre alma de muñeco. Pero ella es tan dulce que lo sabe y no se burla; ni siquiera se lo ha confiado a nadie. ¡Mariuca! ¡Mariuca!

Durante las noches, cuando todos duermen y la melancolía me invade, ella se desliza hasta mi aposento y me sacude por los hombros.

—Bobby tonto, ¿qué tienes?

Siempre, siempre me dice lo mismo.

Yo pienso que soy feo, que estoy solo y que soy ya un hombre. Me turbo, no hallo qué contestar. Al punto Mariuca se inclina, apoya sus manos en las mías y me besa. Pero no me besa en la boca, sino en la frente. Me besa, no como muñeca tentadora y joven, sino como muñeca fea y piadosa. Y se va. Y yo comprendo por qué se marcha.

Ahí viene: coqueta, perfumada, linda. Viene con el poeta del brazo. Él la mira emocionadamente y, a intervalos, hunde sus dedos finos entre los bucles de ella. ¿Qué le estará proponiendo? ¡Cuan bellos deben sonar sus madrigales!

Se me acercan. Me detengo, sin saber qué dirección tomar. Vacilo. Acto seguido, Mariuca me tiende la mano y el poeta repara en mí con lástima. Ella prorrumpe:

—¡Venimos de la iglesia! —y me muestra un azahar.

Creo que voy a desmayarme.

—¿Te has casado, Mariuca?

—¡Me he casado, Bobby! ¿No te alegra?

Muevo afirmativamente la cabeza, apretando los labios.

—¿No te alegra? —repite.

—Sí me alegra —respondo.

—¡Invitémosle a la fiesta! —sugiere el novio, con un dejo de amargura.

Mariuca consiente, y ambos se miran largo tiempo a los ojos, igual que si no hubiera nadie frente a ellos.

Pronto, se organiza el sarao. Los novios, dando palmadas, despiertan a todo el mundo. Algunos muñecos, amodorrados, acuden a regañadientes, mas pronto se entusiasman y comienzan a dar saltos mortales alocadamente. Otros chillan, sacudiendo campanillas y violines; suenan trompetas y risas; coplas; se encienden los farolillos chinos; se despeja el local, apartando a los juguetes de poca monta. Los músicos se instalan sobre un mueble muy alto... Alguien golpea el tambor... Estallan cohetes de colores... Fuera, cae triste la lluvia: chip, chip, chip... Ruedan trenes, bicicletas, cochecitos... ¡Es una baraúnda indescriptible que está a punto de enloquecerme!

Comienza, por fin, el baile y cada cual toma a su pareja. Suena un vals. Otro. Otro. Una especie de polka. Y yo miro evolucionar a las muñecas con sus falditas transparentes y cortas, con sus piernecitas rollizas, con sus pechos como melocotones. Bailan, bailan regocijadamente, arrebatadamente, como muñecas que son, suspendidas de los hombros de los muñecos, haciendo alardes de precisión y gracia.

En esto distingo una voz a mi lado que me hiela la sangre de espanto. Es Mariuca invitándome.

—¿No bailas?

Tengo lágrimas en los ojos.

Replico:

—¿Contigo?

—¡Conmigo, claro!

Me toma violentamente y pierdo casi el sentido. Mis pies, cada vez más torpes por la vergüenza, se enredan en las piernas de ella, la rasguñan. Estoy a punto de caer. Oigo la música remota, demasiado confusa, cual si sonara en el pico de una montaña y yo me hallara en el fondo de un precipicio.

Musito:

—Si no sé bailar, Mariuca...

Mas ella está tan alegre que no presta atención a lo que digo. Gira, gira, inventando nuevas cabriolas.

Y los espectadores ríen a mandíbula batiente, se desternillan; se azotan unos contra otros, exagerando su júbilo; me lanzan bromas impías; se mofan de mis ojos redondos, de mi vientre polvoso, de mis pantorrillas torcidas, de mis orejas. Algunos me arrojan canicas, con la esperanza de verme caer; pero yo me sostengo no sé de qué modo, y también giro, grotesco, humillado, hecho un andrajo, con los ojos repletos de llanto y el corazón partido por la mitad.

Cuando concluye la danza, todo el mundo rodea a la novia, agasajándola, y yo me escabullo secretamente hacia la soledad bienhechora, adonde no haya ruido ni luces. Allí me siento y lloro. Lloro a gusto, fatalmente olvidado. Lloro por Mariuca que ya tiene marido; lloro por esa música tan triste que están tocando; lloro por los niños pobres que no tienen juguetes. Lloro, y cuando no me restan ya más lágrimas, me duermo. Y tengo un sueño prodigioso; tan prodigioso como creo que no exista otro en el mundo.

Sueño que amanece, que el sol brilla ardientemente, que los pajaritos cantan, que se entreabren las flores... y que me escapo. Que huyo por calles desconocidas y tenebrosas en las cuales no hay tranvías, ni perros de carne, ni señoronas con pieles, ni caballeros con niños de la mano... Que me interno en un portalón muy viejo, enlodado por la lluvia de la noche, y que trepo por una escalera muy empinada, parecida a las de los carros de bomberos. Casi estoy a punto de caer muerto de fatiga y miedo, cuando percibo una voz lastimosa que me pregunta:

—¿Eres nuevo en esta casa?

Es un niño pobre que juega con dos canicas de barro. Está sucio, casi desnudo, y se echa de ver que no se limpia nunca las narices. Pero sus ojos brillan animadamente, cual si en su interior latiera un alma distinta a la de las demás personas. Enmudezco, me hago su amigo. Y jugamos juntos: yo con una canica y él con otra. Tan pronto nos aburrimos, me dice:

—Ven. Te invito a mi casa.

Lo acompaño alegremente, siguiendo un corredor de madera que conduce a un cuartucho demasiado obscuro, entre cuyas sombras un hombre limpia su organillo.

—¡Es mi papá! —exclama mi amigo, muy orgulloso.

—¿Y tu mamá? —le pregunto en voz baja.

—¡Oh, no tengo! —prorrumpe—. ¿Es que todos los niños han de tener mamá?

Casi simultáneamente el hombre del organillo repara en nosotros, saliendo al encuentro de su hijo.

—¡Hijo! —le grita abrazándolo, para después levantarlo en peso.

Y le acaricia, y le besa. Cosas que yo no había visto antesentre los hombres.

El niño pobre suplica:

—Es Bobby, mi amigo. No tiene casa, papá, mamá... ¡no tiene nada! ¿Quieres que viva conmigo?

El músico me toma asimismo en sus brazos y me levanta hasta la altura de la lámpara. Pero asustado tal vez de mi fealdad, duda. Vuelve a depositarme en el suelo. Sin embargo, escucho a poco de sus labios lo que jamás soñé que me dijera nadie:

—¡Es un niño hermoso ciertamente!

Y despierto con un grito de júbilo en el fondo de aquella vitrina maldita.