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Juego del crepúsculo - August Derleth

Al anochecer quedaba una preciosa hora de juego antes de acostarse, y, como de costumbre, Donald entró corriendo en el parque, en el sector de los hoyos y montones de tierra donde la oscuridad escarnecía ya a los últimos vestigios de luz del sol.

—¡Halcón! —llamó en voz baja—. ¡Halcón!

Nadie le contestó. En el centro de un roble, una lechuza aullaba suavemente, con una voz débil y solitaria. Allá en los campos gorjeaban las alondras y los petirrojos; en las orillas del parque sollozaban tres palomas que estaban de luto. El chiquillo se sentó en el montículo del ave de tormenta y aguardó.

La noche iba entrando. Las largas sombras del parque se volvían más oscuras; casi le escondían. El canto de las alondras y el gorjeo de los petirrojos disminuían, y un chotacabras se levantó a trazar círculos y a lanzarse en línea recta hacia las alturas del firmamento, para calarse luego con un áspero zumbido de aire en las alas. Las farolas se encendían en las esquinas de las calles; pero ninguna luz se extraviaba hacia aquella parte del parque.

—¡Halcón! —volvió a llamar, impaciente—. Sé que estás escondido. Ven.

Y Halcón estaba allí, como siempre, acercándose como una sombra salida de la oscuridad. Sus luminosos ojos brillaban en la noche, asustando a Donald.

—Siempre te sale bien —dijo Donald, admirado.

Al cabo de un momento estaban jugando... montando imaginarios caballos alrededor de los montículos, bailando juntos las danzas especiales de Halcón: la danza guerrera, la de la luna, la del ave nocturna y la del ave de tormenta... con profunda solemnidad, interrumpida solo de vez en cuando por un grito de entusiasmo de Donald. 

La noche invadía el terreno tras los reflejos naranja y magenta de poniente, y dentro de pocos momentos Donald y Halcón tendrían que retirarse a sus casas. Pero el juego continuaba, a pesar de que hasta el aire parecía estar esperando la voz de la madre de Donald llamando al hijo.

Desde la valla norte de los montecillos, que separaba el parque de los arbolados céspedes y la casa distante, se elevó la odiosa voz de Archer Connelly:

—¡Eh, Falditas Carstair! ¿Qué crees que estás haciendo?

—Nada que te importe —contestó Donald, tartamudeando.

Archer manoseaba una piedra angulosa.

—¡No me hables así, golfillo!

—Déjame en paz y cuídate de tus asuntos —replicó Donald.

Estaba enojado y con sobrada razón. Cuatro de cada seis noches, Archer Connelly salía en plan de dueño y señor. Archer, que tenía todo lo que el dinero de sus padres podía comprar, era demasiado señor para jugar con niños pobres, pero no podía dejarlos en paz. 

Cuando los encontraba por la calle, los ponía en fuga; en el colegio, los atormentaba, y, como su padre formaba parte de la junta de educación, los profesores procuraban no ver las malas acciones de Archer. Ni siquiera aquí, en el parque, sabía abstenerse de fastidiarlos por todos los medios a su alcance.

—Tienes los pantalones agujereados, Carstair el Falditas —dijo.

—Van muy bien para jugar —replicó Donald.

—Porque no tienes otros; por eso van tan bien —se burló Archer.

Se oyó el golpe de una puerta vidriera y alguien gritó:

—¡Archer!

El señorito dirigió una mirada hacia la casa. Luego se volvió y disparó la piedra que tenía en la mano, y que acertó a Donald en los lomos. El atacado dio un grito y tropezó. Al enderezarse se topó de narices con la carcajada de Archer. Instintivamente, cogió un palo para arrojárselo; pero luego vio a la madre de Archer que venía en dirección a la valla.

—Apártate de ahí, Archer —decía—. ¿No te he dicho mil veces que no te juntes con esos niños?

Donald soltó el palo, acobardado.

—Yo no jugaba con él. Solo miraba. Juega como un tipo raro —dijo Archer, alejándose con ella.

Donald miró a su entorno; pero Halcón se había marchado. Ya lo sabía de antemano. Casi cada vez que Archer salía, Halcón se marchaba. Donald se decía tristemente que Halcón no quería quedarse a oír las palabras de Archer, ni a esperar la piedra, el palo o lo que fuese que el otro quisiera tirarles. Halcón se marchaba. Tenía amor propio. 

Donald estaba viendo el moreno rostro de Halcón, apretados los labios y levantados los negros ojos, volviéndose y marchándose. Donald se avergonzaba de sí mismo. Pero también él era terco. ¿Por qué tenía que huir de Archer Connelly? ¿Por qué?

—¡Donaaald!

—¡Voy!

Se levantó y buscó en vano por las sombras.

—Buenas noches, Halcón. Hasta mañana —dijo. La lechuza del roble gimió y Donald corrió hacia su casa, cruzando el montecillo del oso, por el del ave de tormenta, dejando atrás la espesura de encinas, a lo largo de las filas de arces y olmos, corriendo junto al pabellón de la banda y el puesto de los helados, y cruzando el camino hasta la casita de la esquina, que era su hogar.

—¿Te has divertido? —le preguntó su madre.

—Sí, excepto por el maldito de Archer.

—Bah, no le hagas caso.

—No se lo hago, si no fuese porque tira piedras y esta noche me ha dado... y Halcón le tiene miedo y se va —añadió como una idea de última hora.

—¿Quién es Halcón?

—Ya lo sabes; te lo conté.

—Ah, sí, aquel chico cuyo padre le compró un hermoso atuendo indio.

—Ese, ése —Donald se puso a charlar animadamente—. Hasta tiene un tomahawk y dice llamarse Halcón Rojo; ese es su nombre, y sabe contar historias y bailar danzas...

—¿Qué clase de historias?

—Pues como cuentos de hadas. Que puede transformarse en un gran halcón y salir de caza...

—¿Es mayor que tú?

—Es más recio. Es mucho más corpulento. Pero ¿sabes una cosa? Entra en el parque y no hace el menor ruido. Lo mismo que un verdadero indio. Sabe venir y plantarse detrás de mí sin que yo me entere; de modo que a veces me asusta, de tan repentinamente que aparece. ¡Y su madre nunca le llama!

—¿Dónde vive?

—No lo sé. Nunca estuve en su casa.

—Bueno. Ahora vete corriendo a la cama. Mientras sea un buen chico, supongo que está bien que juegues con él. Acaso un día tu padre también te compre un traje indio.

—¡Oh! ¿De veras, madre? ¿De veras?

—Si eres bueno, puede que sí. Veremos. Quizá por Navidad...

—Seré bueno, madre. Seré bueno.

—Y es bueno; lo es —le decía mistress Carstair a su marido mucho rato después de haberse acostado Donald, seguido de sus dos hermanas—. Me gustaría poder comprarle un traje indio.

—No sé cómo. Bastante trabajo nos cuesta atender a lo más necesario. Por lo demás, no sé qué chico de la población posee un equipo como el que dices. Y no estamos en un pueblo tan grande como para que no pudiera enterarme. Con un nombre así, además... Halcón Rojo.

—Así se llamaba el hijo de un viejo cabecilla sauk. Ya sabes, tenían el poblado por estas cercanías. ¿No encontraron sus huesos en una excavación que hicieron por ahí?

—Ah, sí; eso pertenece a la historia de la población. Te lo cuentan cada dos por tres.

—Sí, un traje indio es exactamente lo que a un chiquillo le gustaría tener y lucir. Y ayuda a poner de relieve la multitud de cosas que no podemos proporcionarle; ese es el caso. —La mujer se encogió de hombros—. Ojalá hubiera quien supiera escarmentar al tal Connelly.

—No vale la pena sacar el asunto a colación otra vez. Sus padres le ayudan y encubren, y no podemos hacer nada contra ellos.

La tarde siguiente Halcón vino un poco antes. Había una hoz de luna nueva muy baja en el horizonte oeste y formaba un hermoso cuadro entre las oscuras siluetas de los árboles recortadas sobre el cielo del atardecer. 

Donald confiaba y ansiaba que sus padres le comprasen un traje indio; no tan bonito y completo como el de Halcón, no; pero sería un traje indio a pesar de todo. Y entonces podrían jugar más a gusto a los juegos que Halcón le enseñaba.

También Archer llegó más temprano.

—¿Quién es ese compañero de juegos que tienes? —le preguntó recelosamente, apoyado en la valla.

—Es mi amigo.

—Es mi amigo —remedó Archer, burlón—. ¿Cómo se llama?

—Su nombre soy yo quien debe saberlo, y tú quien debe averiguarlo.

—Será mejor que me lo digas, Falditas Carstair; si no, ya sabes lo que te pasará.

—Prueba de obligarme —le retó Donald.

—Halcón —dijo Halcón, con voz como un breve ladrido.

—Eso no es un nombre —dijo Archer.

—Claro que lo es, Archer Connelly —replicó Donald.

—No lo es.

—Sí lo es.

—Yo estoy más enterado. Dile a ese Halcón amigo tuyo que todos los chicos nuevos en el pueblo tienen que venir a verme.

Halcón emitió un profundo sonido gutural, como un perro furioso.

—Será mejor que tengas cuidado, Archer Connelly, si no quieres que Halcón se ponga furioso. Y cuando se pone furioso, te aseguro que se pone de veras, terriblemente. Lo lamentarías mucho.

—Lo lamentarías mucho —remedó de nuevo, en son de burla, Archer—. ¿Es otro pobretón como tú?

—¿Qué tiene de malo el ser pobre? —preguntó Donald.

—Tú deberías saberlo. ¿Me oyes, Halcón? ¿También eres pobre?

Halcón emitió una especie de gruñido.

—Me figuro que si no fueses pobre no jugarías con Falditas Carstair. —Y volvió la vista hacia Donald—. ¿A qué jugabais?

—A la danza de la lluvia.

—¿Qué clase de juego es?

—Es un juego; es el juego de Halcón —respondió Donald.

—¡Vaya qué ridículos estabais saltando por ahí de ese modo! Sencillamente estás loco, Donald Carstair. Y ese tal Halcón también lo está.

—No tienes necesidad de mirarnos.

—Yo puedo mirar todo lo que me plazca. Esta valla es nuestra. Si no os gusta, podéis iros a otra parte, y veréis si me importa mucho.

La inevitable mistress Connelly emergió de la oscuridad y cogió a Archer por el brazo, parándose lo suficiente nada más para regañar a Donald y Halcón por «tener a Archer fuera de casa».

Donald miró a su amigo. Hoy, por primera vez, Halcón no había huido. Los ojos de Halcón le devolvieron la mirada brevemente. Eran unos ojos extraños, encendidos, como poblados de llamas. Halcón no decía nada; pero permanecía sentado, muy tenso, como tratando de descubrir qué pensaba, sin preguntárselo.

—Si soy pobre, no puedo remediarlo —argumentó Donald—. ¿Puedes tú?

Halcón meneó la cabeza con aire comprensivo. Pero podía recomendar una cosa: sabía un juego que le había enseñado el anciano brujo de la tribu, explicó. Era el juego para saldarles las cuentas a chicos como Archer. Hacías como si le tuvieras indefenso, a tu merced; allí estaba él, atado a unos postes hundidos en el suelo; luego imaginabas que eras un halcón y él era un ratón o algo por el estilo, y tú bajabas del cielo y le hacías pedazos. Podían imaginar que el ratón era Archer.

En un momento, Donald olvidó la ofensa y se ensimismó en el maravilloso pasatiempo de imaginar que Archer Connelly estaba atado en un poste en el monte del ave de tormenta y que Halcón y él, que también era un halcón, le hacían pedazos, y Archer le pedía que le salvase la vida, prometiendo que no volvería a portarse más de aquel modo. 

Pero no importaba, le hacían pedazos igualmente, lo cual le estaba muy bien. A este juego se entregaron diligentemente, hasta que mistress Carstair llamó a Donald para que regresara a casa, abandonando el parque invadido por la noche.

—Buenas noches, Halcón —dijo Donald, volviendo la cabeza. Por un momento pudo ver a su amigo allí sobre el montecillo del ave de tormenta; pero un momento después había desaparecido. Donald reventaba de admiración por el arte de Halcón de moverse sin hacer el menor ruido.

La tercera noche, Archer Connelly —removido en las profundidades de su alma angosta y egoísta por la envidia de la patente y manifiesta dicha de Donald— decidió vengarse de ambos muchachos. Les daría una medida colmada de juegos indios. Había asaltado la colección de puntas de flechas indias que tenía su padre y cogido las más puntiagudas. 

Desechó el arco y las flechas, prefiriendo la honda, que hasta entonces no había servido para nada más peligroso que abatir los pajarillos canoros que se extraviaban por el parque. Salió temprano y se tendió detrás de una jeringuilla que crecía en el límite, junto a la valla, desde donde podía ver claramente los montecillos.

Archer vio llegar a Donald; pero este no le vio a él. Archer aguardaba, rencoroso.

—¡Halcón! —llamaba Donald en voz baja—. ¡Halcón!

No hubo respuesta. «No había que extrañarlo», pensaba Archer, «yo mismo casi no le oía». Pero tenía paciencia y aguardaba con su presunta víctima. Quería ver de qué dirección venía el muchacho llamado Halcón; pero el crepúsculo oscurecía los montecillos rápidamente, a pesar de que el sol seguía luciendo bermejo en las montañas distantes del este. Y de pronto Archer vio que Halcón había llegado, vestido otra vez con aquel estúpido traje indio, con las plumas y la piel de un ave en la espalda.

El agresor cambió levemente de posición, estiró la honda de goma y apuntó con la cabeza de flecha más afilada. El primer proyectil le dio a Donald en el hombro. El agredido se volvió a medias, buscando a Archer con la mirada. La segunda cabeza de flecha le dio sobre una ceja, rasgándole la piel de forma que la sangre empezó a descenderle sobre el ojo.

—¡Archer! —gritó Donald—. Me has hecho daño.

La tercera punta de flecha se le clavó en el costado. Donald cayó, llorando.

—Falditas Carstair no puede resistir un asalto indio —gritó Archer. Diciendo lo cual colocó otra punta de flecha en la honda y apuntó contra Halcón—. Como tampoco puede Falditas Halcón —gritó.

La punta de flecha silbó a través de la oscuridad, por encima del montecillo, en línea recta hacia Halcón, quien la recibió sin hacer el menor movimiento para evitarla. La punta de flecha le acertó en mitad del vientre y le atravesó de parte a parte.

Donald gritaba:

—¡Halcón! ¡Halcón! ¡Estás herido!

Pero algo terrible estaba ocurriendo en Halcón. Ya no era Halcón el que estaba allí. Era un ave grande. Donald pensó que sucedía como si aquella piel de ave que Halcón llevaba en la espalda hubiera crecido y le hubiese cubierto. Un instante después el ave se había remontado y volaba hacia el agresor. Luego se abatió sobre Archer, el cual profería unos gritos horribles. Donald cerró los ojos y corrió a ciegas hacia su casa.

Era cerca de medianoche cuando Frank Carstair llegó a su hogar. Su esposa continuaba levantada.

—Por fin han podido acostar a mistress Connelly. Le han administrado un sedante capaz de tumbar a un caballo. ¡Uf! —Y se estremeció.

—Yo también he tenido que darle algo a Donald. ¿Qué ha pasado, Frank?

—¿Donald sigue firme en su versión?

—Sí. Era un ave muy grande, mayor que un hombre, decía. Le han interrogado una y otra vez, hasta que he tenido que interrumpirlos. Y él ha repetido siempre lo mismo. ¿Has visto a Archer?

—Todo lo que pude resistir aquella visión. ¡Dios mío, cariño... era espantoso! Descuartizado, simplemente descuartizado. Los dos brazos arrancados... la cabeza también. —El hombre tuvo un escalofrío e hizo una mueca—. ¿De dónde habrá sacado Donald esa idea? —preguntó—. Serán los cuentos que aquel otro chico le contaba, supongo.

—Sí, por supuesto —concluyó luego—. Habremos de retenerlo en casa un poco más. —Y miró especulativamente hacia el parque—. Donald ha escuchado bastantes cuentos indios para que le duren años enteros. ¿Cómo soporta el golpe Connelly?

—Es un hombre duro.

—Pero ¡qué cosa tan terrible! No entiendo cómo ha podido ocurrir. ¿Ha sido un tiro esto?

—Sí. Unos cuantos hombres han salido de caza.

—¿De caza? ¿A estas horas?

—Sí. A cazar pájaros. Aves muy grandes.

—Acostémonos, Frank. Estoy rendida. Apaga la luz, ¿quieres? Aves. ¿Por qué diablos querrán cazar aves?

—Porque el forense ha dicho que Archer ha muerto atacado por un ave. Las señales del cuerpo parecían hechas por un ave de presa... aunque mucho mayores. Señales de garras, concretamente. Dijo que eran exactamente las huellas... solo que mayores, por supuesto... (no te figurarás que se topó con el amigo de Donald, ¿verdad que no?)... las huellas de un halcón.

La luz se apagó.

Pobre pequeño guerrero - Brian W. Aldiss

    Claude Ford sabía exactamente cómo se cazaba un brontosaurio. Se arrastraba sin hacer caso por el barro entre los sauces, a través de las pequeñas flores primitivas con pétalos verdes y marrones como en un campo de fútbol, por el barro como si fuera loción de belleza. Atisbaba a la criatura tumbada entre los juncos, su cuerpo airoso como un calcetín lleno de arena. Allí estaba, dejando que la gravedad lo abrazara al pantano húmedo, con sus grandes ventanas de la nariz a treinta centímetros de la hierba en un semicírculo, buscando con ronquidos más juncos. Era hermoso: aquí el horror había llegado a sus límites, se había cerrado el círculo y finalmente había desaparecido por su propio esfínter. Sus ojos relucían con la viveza del dedo gordo de un cadáver de una semana, y su aliento fétido y la piel en sus cavidades auditivas eran particularmente para ser recomendados a alguien que de otro modo se habría sentido inclinado a hablar amorosamente del trabajo de la madre Naturaleza.

Pero cuando uno, pequeño mamífero con el dedo oponible y rifle de calibre 65, autorrecargable, semi-automático, de dos cañones, con mira telescópica, inoxidable y de gran potencia, agarrado con las manos que de otro modo estarían indefensas, se desliza bajo los sauces, lo que principalmente le atrae es la piel de lagarto. Despide un olor de resonancia tan profunda como la nota baja de un piano. Hace que la epidermis del elefante parezca una hoja arrugada de papel higiénico. Es gris como los mares vikingos, profundo como los cimientos de una catedral. ¿Qué contacto posible con el hueso podía aliviar la fiebre de aquella carne? Por encima corren —¡desde aquí se los puede ver!— los pequeños piojos marrones que viven en esas grises paredes y cañones, alegres como fantasmas, crueles como cangrejos. Si uno de ellos saltara sobre ti, muy probablemente te rompería la espalda. Y cuando uno de esos parásitos se detiene para ladear la pata contra una de las vértebras del bronto, se puede ver que lleva su propia cosecha de vividores, cada uno grande como una langosta, porque ahora estás cerca, sí, tan cerca que puedes oír el primitivo palpitar del corazón del monstruo, cómo el ventrículo sigue el ritmo milagroso con la aurícula.
La hora de escuchar el oráculo ha pasado: estás más allá de la fase de los agüeros, ahora estás por la matanza, la suya o la tuya; la superstición ya ha tenido su pequeño día hoy, a partir de ahora sólo este nervio tuyo, este tembloroso conglomerado de músculo enmarañado bajo la piel reluciente por el sudor, esta sangrienta necesidad de matar al dragón, responderá a todas tus plegarias.
Podrías disparar ahora. Sólo esperar hasta que esa pequeña cabeza, como una excavadora, se detenga otra vez para tragar un cargamento de plantas, y con un disparo inexpresivamente vulgar puedas mostrar a todo el indiferente mundo jurásico que está contemplando el extremo comercial del revólver de seis disparos de la evolución. Sabes por qué te detienes; esa vieja conciencia de gusano, larga como un lanzamiento de béisbol, de larga vida como una tortuga, está trabajando. A través de todos los sentidos se desliza, más monstruoso que la serpiente. A través de las pasiones, diciendo: he aquí un blanco fácil, ¡oh, inglés! A través de la inteligencia, susurrando: que el aburrimiento, el halcón cometa que jamás se alimenta, se aposentará otra vez cuando la tarea esté realizada. A través de los nervios, burlándose de que, cuando las corrientes de adrenalina cesen de fluir, empiece el vómito. A través del maestro que hay detrás de la retina; forzando pausiblemente en ti la belleza de la vista.
Evitemos esa pobre esquiva palabra: belleza; santa madre, ¿es esto una película de viajes, y no estamos fuera de ella? «Encaramadas ahora en la espalda de esta criatura titánica, vemos una docena redonda —y, amigos, déjenme hacer hincapié en lo de redonda— de aves con un plumaje chillón, exhibiendo entre ellas todo el color que cabría esperar en la encantadora playa de Copacabana. Son redondas porque se alimentan de la rica mesa del hombre. ¡Miren ahora este precioso disparo! Vean levantarse la cola del bronto... ¡Oh!, encantador, sí, un par de almiares al menos emergen de su extremo inferior. Eso sí que fue una belleza, amigos, entregada directamente de consumidor a consumidor. Las aves ahora se pelean por ello. ¡Eh, vosotras!, ya tenéis suficiente para engordar, y de todos modos, ya estáis bastante redondas... Y no hay nada más que hacer ahora que volver al viejo bistec del anca y esperar a la próxima. Y, a medida que el Sol se hunde en el oeste del jurásico, decimos: "Adiós a esa dieta"...».
No, estás aplazando una decisión, y eso es el trabajo de una vida. Disparar a la bestia y sacarla de su agonía. Tomando tu coraje en las manos, alzas el arma a nivel del hombro y cierras un ojo para apuntar. Se produce un tremendo estampido; quedas medio atontado. Tembloroso, miras a tu alrededor. El monstruo sigue comiendo, aliviado de haber calmado el viento lo suficiente como para quebrar la tranquilidad del antiguo marinero.
Enojado (¿o es una emoción más sutil?), sales de entre arbustos y te enfrentas a él, y esta condición de estar expuesto es típica de los apuros a los que tu consideración por ti y los otros te lanza continuamente. ¿Consideración? ¿O también algo más sutil? ¿Por qué has de estar confundido sólo porque procedes de una civilización confusa? Pero ese punto lo discutiremos más tarde, si existe un más tarde, pues estos dos ojos que te miran desde la distancia tienden a discutir. Que no sea sólo con mandíbulas, ¡oh monstruo!, sino también con enormes patas y, si te conviene, por montañas que me arrollan. Que la muerte sea una saga, sagaz.
A cuatrocientos metros de distancia se oye el ruido de una docena de hipopótamos saliendo del barro ancestral, y un instante después una cola enormemente larga, como un lunes, y gruesa como un sábado por la noche, te pasa por encima de la cabeza. Tú te agachas porque es lo que debes hacer, pero la bestia no te ha pillado porque su coordinación no es mejor de lo que sería la tuya si tuvieras que balancear el Woolworth Building sobre un pequeño ratón. Hecho esto, parece sentir que ha cumplido con su obligación. Se olvida de ti. Lo único que tú deseas es poder olvidar con la misma facilidad; ésa fue, al fin y al cabo, la razón por la que tuviste que venir hasta aquí. Aléjese de todo, decía el folleto de los viajes en el tiempo, lo que significaba alejarte de Claude Ford, un esposo fútil como su nombre, con una esposa terrible llamada Maude. Maude y Claude Ford. Que no podían encajar el uno con el otro, o en el mundo en que habían nacido. Era la mejor situación para venir a cazar saurios gigantescos, si se era lo bastante necio para pensar que ciento cincuenta millones de años antes o después significarían algún cambio en la maraña de pensamientos que había en el vórtice cerebral de un hombre.
Lo intentas y detienes tus necios pensamientos, pero en realidad nunca han parado desde los días en que crecías con ayuda de la coca; Dios, si la adolescencia no existiera, sería innecesario inventarla. Un poco, te mantiene firme para que vuelvas a mirar el enorme bulto de este tirano vegetariano contra cuya presencia has cargado con semejante deseo mezclado de muerte-vida, has cargado con toda la emoción de la que es capaz el orga(ni)smo. Esta vez el coco es real, Claude, tal como lo querías, y esta vez realmente tienes que enfrentarte a él antes de que se vuelva y se enfrente a ti otra vez. Y así levantas de nuevo el arma, esperando hasta que puedas localizar el punto vulnerable.
Los brillantes pájaros se mecen al viento, los piojos corren como perros, el pantano gruñe cuando el bronto se balancea y envía su pequeño cráneo bajo el agua en busca de forraje. Lo observas; nunca habías estado tan inquieto en toda tu inquieta vida, y confías en que esta catarsis escurra la última gota de ácido temor de tu cuerpo para siempre. Está bien, te repites una y otra vez, sin servir de nada tu educación de un millón de d'olares del siglo veintidós, está bien, está bien. Y mientras lo dices por enésima vez, la loca cabeza vuelve a salir del agua como un expreso y mira hacia ti.
Pace en tu dirección. Pues, mientras las mandíbulas con sus grandes molares despuntados como postes de cemento se mueven de un lado para otro, ves el agua del pantano fluir sobre labios sin bordes, bordes sin labios, salpicándote los pies y empapando la tierra. Junco y raíz, tallo y tronco, hoja y marga, todo es visible con intermitencia en ese estómago masticador, luchando, rezagándose o arrojando, entre ellos, pececillos, diminutos crustáceos, ranas, todos destinados, en ese terrible movimiento de mandíbula, a girar en el movimiento del vientre. Y mientras tiene lugar esta deglución, los ojos resistentes al lodo vuelven a examinarte.
«Estas bestias viven doscientos años», dice el folleto del viaje, y ésta, en concreto, es obvio que ha intentado vivirlos, pues su mirada tiene siglos, llenos de década tras década de sumirse en su pesada irreflexión hasta que se ha vuelto sabia de tanto agitarse. Para ti es como mirar una perturbadora laguna brumosa; te produce un choque psíquico, disparas los dos cañones según tus reflejos. Pam, pam, las balas dumdum, grandes como garras, salen.
Sin indecisión, esas luces de un siglo, débiles y sagradas, se apagan. Estos claustros están cerrados hasta el día del juicio final. Tu reflejo está desgarrado y ensangrentado para siempre. Sobre sus cristales destrozados, unos párpados se deslizan lentamente hacia arriba, como sábanas sucias cubriendo un cadáver. La mandíbula sigue masticando lentamente, y también lentamente la cabeza se sumerge. Lentamente, unas gotas de fría sangre de reptil resbalan por el flanco arrugado de una mejilla. Todo es lento, una lentitud de la era secundaria como el goteo del agua, y sabes que, si te hubieras encargado de la creación, habrías encontrado algún medio menos angustioso de hacer que el «tiempo» lo organizara todo.
¡No importa! Bebed de vuestros vasos, señores, Claude Ford ha matado a una criatura inofensiva. ¡Viva Claude el de las Garras!
Observas, sin aliento, cómo la cabeza toca el suelo, el largo cuello toca el suelo, las mandíbulas se cierran para siempre. Observas y esperas a que ocurra algo más, pero nada ocurre. Nada ocurrirá. Podrías estar ahí observando durante mil quinientos millones de años, Lord Claude, y nada sucedería jamás aquí otra vez. Gradualmente, el robusto cuerpo de tu bronto, limpiado por los depredadores, se hundirá en el lodo, arrastrado a las profundidades por su propio peso; entonces las aguas subirían, y el viejo mar Conquistador entraría con el aire ocioso de un tramposo de las cartas repartiendo a los chicos una mala mano. Los sedimentos se filtrarían por la enorme tumba, una lenta lluvia con siglos para llover en ella. El viejo lecho del bronto podría elevarse y descender quizá media docena de veces, con suavidad suficiente para no perturbarlo, aunque ahora las rocas sedimentarias se estarían formando en torno a él. Por fin, cuando estuviera envuelto en una tumba más fina de lo que jamás ha alardeado ningún rajá indio, los poderes de la Tierra lo elevarían a la altura de sus hombros, hasta que, aún dormido, el bronto yaciera en un borde rocoso, muy por encima de las aguas del Pacífico. Y nada de eso contaría contigo, Claude la Espada; pero, una vez que el gusano enano de la vida está muerto en el cráneo de la criatura, el resto no es asunto tuyo.
Ahora no sientes ninguna emoción. Sólo estás ligeramente desconcertado. Esperabas un dramático estremecerse de la Tierra, o un bramido; por otra parte, te alegras de que la cosa, al parecer, no haya sufrido. Eres, como todos los hombres crueles, sentimental; eres, como todos los hombres sentimentales, remilgado. Te colocas el arma bajo el brazo y rodeas el dinosaurio para contemplar tu victoria.
Pasas por delante de las desgarbadas pezuñas, rodeas el blanco aséptico del acantilado del vientre, más allá de la reluciente caverna de la cloaca, pasando por fin bajo el tobogán de la cola al anca. Ahora tu desilusión es dura y evidente como una tarjeta de visita: el gigante no es la mitad de grande de lo que pensabas. No es la mitad más grande, por ejemplo, de la imagen que tienes en la mente de ti y Maude. ¡Pobre pequeño guerrero, la ciencia nunca inventará nada para ayudar a la muerte titánica que quieres en las cavernas contraterrenales de tu idioplasma rebuscadamente temeroso!
No te queda más que regresar a tu automóvil del tiempo con un vientre lleno de anticlímax. Mira, los brillantes pájaros consumidores de excrementos ya han entendido el verdadero estado de las cosas; uno a uno, repliegan sus alas y vuelan desconsolados lejos del pantano hacia otros lugares. Saben cuándo una cosa buena se vuelve mala, y no esperan a que los buitres los echen. Tú también te alejas.
Te alejas, pero te detienes. No queda nada más que regresar, no, pero 2181 d. de C. no es la fecha de casa; es Maude. Es Claude. Es todo el terrible, desesperado e interminable asunto de intentar adaptarse a un ambiente demasiado complejo, de intentar convertirte tú mismo en una pieza de una máquina. Tu huida hacia «las grandes simplicidades del jurásico», para volver a citar el folleto, era sólo una huida parcial, ahora terminada.
Así que te detienes, y cuando lo haces, algo aterriza en tu espalda, arrojándote de cara al lodo. Luchas y gritas cuando unas pinzas de langosta te aferran por el cuello y la garganta. Tratas de agarrar el rifle pero no puedes; en agonía te revuelcas, y al siguiente instante el animal te salta al pecho. Tú intentas arrancarle el caparazón, pero él se ríe y te arranca los dedos. Al matar al bronto has olvidado que sus parásitos lo dejarían, y que, para una pequeña gamba como tú, ellos serían muchísimo más peligrosos que para su anfitrión.
Haces todo lo que puedes, dando patadas al menos tres minutos. Después de ese tiempo hay un enjambre de criaturas sobre ti. Ya están dejando limpio tu cadáver. Te gustará estar ahí arriba en las rocas; no sentirás nada.