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Los guerreros de bronce - Pedro Zarraluki

La injusticia puede manifestarse de mil maneras, pero la más trágica es la que se ceba en la vida, pues el soplo divino nos resulta inaccesible. Entre nosotros nacen creadores incapaces de controlar su limitado poderío. No podemos producir la vida, pero sí podemos imaginar la belleza, y ésa es nuestra fuerza y nuestra perdición... 

Aunque la historia que os refiero se inicia muchos siglos atrás, daremos cuenta tan sólo de aquello que alcanza el recuerdo. Hace bastantes años, un buceador apasionado –«...anche archeologo dilettante», según pude leer en una revista– descubrió, sobre el lecho marino, algo que parecía un brazo. 

Dicen que en un principio creyó que se trataba de un cadáver, pero es difícil imaginar que, ante la posibilidad de que fuera una estatua, interpretase de manera tan banal aquella aparente forma humana. Sea como fuere, cuatro días después, y con ayuda de balones hinchables, eran izados a la superficie los dos guerreros que conmocionarían al mundo. 

En aquel momento inspiraron tan sólo breves notas de prensa, pues su belleza quedaba oculta bajo los sedimentos que el mar, conchabado con el tiempo, había depositado sobre sus cuerpos.

Pasaron los años, y la existencia de los guerreros se difuminó en el tráfago de acontecimientos. Se había puesto en marcha, sin embargo, el complicado proceso de restauración que devolvería la vida al bronce. Se emplearon las técnicas más sofisticadas, la gammagrafía y el ultrasonido, para vaciarlas de detritus y eliminar las incrustaciones. 

Se detuvo el proceso corrosivo, y lenta, muy lentamente, fueron desvelándose sus más sutiles secretos: las venas del dorso de las manos y aquellas que descienden, sinuosas, sobre los músculos abdominales; el marfil de los ojos y la plata de los dientes; el desorden equilibrado de los rizos de la barba, del cabello o del pubis; la superficie de bronce, con su enigmática paradoja de opacidad y de brillo. 

Nueve años tardaron los especialistas en minimizar los destrozos de veinticinco siglos de reposo oceánico. Cumplido su trabajo, anunciaron el retorno de los guerreros sin poder imaginar, seguramente, el revuelo que iba a causar la noticia. 

Tan sólo en Florencia, donde tuvieron sus primeras –y breves– apariciones en público, medio millón de personas acudieron a admirarlos. La prensa se entregó a la búsqueda de adjetivos, y los críticos se apresuraron a incluir a los bronces en sus códices. 

El propio presidente de la República, aturdido por tan monstruosas manifestaciones, invitó a los guerreros a su Palacio del Quirinal, que embellecieron durante dos semanas. No voy a insistir en esta conmoción que agitó a todos los amantes del arte, ni me atreveré a apuntar, tal como hizo Moravia, a los efectos de los mass media para explicármela. 

El largo viaje iniciado en la playa de Riace iba a concluir en el Museo Nazionale de Reggio Calabria, en donde fueron instalados los dos guerreros. Pero la leyenda no había hecho más que comenzar. A su insólita belleza se unía el misterio de su identidad, y las firmas más ilustres entraban en polémica a la hora de atribuirles un creador o de señalar su procedencia. Y estos niveles de erudición se desvanecían en un hálito de misterio, pues los guerreros ostentaban su belleza como única y sublime identificación. 

Durante unos meses aguantaron, rígidos sobre los pedestales, la observación apresurada, el aliento tibio de su público y el silencio cálido de las noches. Pero a finales de verano, cuando el mar empieza a cubrirse de insólitas sugerencias, cuando las olas parecen de plata y el aire se vuelve fresco y gris, cuando el paisaje pierde el color y se metaliza, un atardecer que era el digno colofón para un día turbulento, los guerreros descendieron de sus pedestales. 

El mayor, que precedía a su congénere, acabó de un manotazo con un guardián que no supo temer a lo imposible, y los guerreros abandonaron el Museo sin provocar otro sonido que el lento clamor de sus pasos. La reacción, que se produjo de inmediato, fue unánime: Los guerreros habían cobrado vida porque no podía ser de otra manera. 

Su autor había rozado la perfección de un dios, y los dioses, aunque quizá coléricos, se habían visto obligados a dotarlos de una vitalidad merecida. Todo era como debía ser y, sin embargo, antes de que los guerreros abandonaran Reggio Calabria se produjeron los primeros alardes de incredulidad. 

La policía, alertada múltiples veces, tardó en acordonar el paseo de los bronces, que dejaron varios muertos entre la multitud curiosa y asustada. El cerco policial se estabilizó en espera de unas órdenes que no llegaron nunca. Y el público, en estricto silencio, sin atreverse a vitorear a las estatuas por el milagro ni a vituperarlas por sus crímenes, se arremolinaba en reflujo constante, pues la reciente experiencia le había enseñado a no cruzarse en su camino. 

La belleza, al ganar la vida, se había hecho ingobernable.

Ya no bastaba con admirar a los dos guerreros. También había que temerlos, pues se movían guiados por una idea secreta, por un calor –o por un frío– que brotaba de su propio misterio, de esa identidad olvidada tras veinte siglos bajo el mar. Los que lo vieron dicen que sólo en movimiento se podía admirar toda su belleza, pues a la dureza del bronce de que estaban hechos oponían la agilidad de los atletas. 

Eran tan enconadamente magníficos que los muertos se multiplicaron entre los admiradores que burlaban el cerco policial para tocarlos, olvidando que eran guerreros de otro mundo y que habían renacido, por derecho propio y por designio oculto, en un tiempo que no les pertenecía.

Se internaron en la noche, siguiendo la costa. La luna se perdía en sus espaldas, condenada a los reflejos caprichosos del bronce, que tanto absorbía la luz, negándola, como la proyectaba en el rápido destello de un músculo. 

En las afueras se hizo más fácil seguirlos, pero los guerreros, al notar la tierra desnuda y la presencia próxima de vegetación, parecieron enardecidos por una súbita premura. Aunque no llegaron a correr, gran parte de la multitud fue quedando rezagada y sólo los más jóvenes pudieron acompañarlos en su huida. 

Los dos guerreros habían tenido un despertar sereno en un lugar extraño, y se habían puesto en marcha con la elegancia triste de los vencidos. Estaban cautivos en un mundo insólito que les había sorprendido tras un sueño breve, casi eterno. No podían aspirar, pues, sino a una rebeldía que obligara a su enemigo, demasiado numeroso para necesitar la crueldad, a proporcionarles una muerte digna.

Su paseo terminó en una playa. Se internaron en la arena con la determinación suicida de los que pueden elegir el escenario de su muerte, y caminaron hasta hundir sus pies en las olas. Y allí, con las espaldas protegidas por el mar que les había servido de lecho, se aprestaron a luchar. La multitud reaccionó de la única manera posible. 

Quizá los guerreros deseaban morir, pero su belleza no iba a perderse en una corrupción ajena a su esencia. Los bronces no podían entenderlo, pero se hacía imprescindible devolverlos al pedestal y obligarlos a la inacción. Su vida era del todo lógica pero demasiado contradictoria, y del desenlace de su maldición dependía un equilibrio inevitable y necesario. La luna, esférica, tiñó de argento la batalla, que fue horriblemente cruenta. 

Dada su maestría y su aleación los guerreros resultaron ilesos, aunque cargados de cadenas. La arena bebió aquella sangre que no alcanzaban las olas, y la multitud, cargada con el peso inestimable de sus cautivos y con la lasitud obscena de sus cadáveres, emprendió el regreso a la ciudad. Aquella misma noche fundieron los pies de los guerreros a sus pedestales.

Un tiempo después, con ocasión de un viaje, pude admirar la belleza de los bronces. Los dos guerreros, inmoderadamente perfectos, parecían exigir el movimiento con cada uno de sus músculos. Estaba preguntándome si no sería justo que se les regalara la vida, cuando un anciano que se encontraba a mi lado murmuró unas palabras. 

Me volví hacia él, y me saludó con una leve inclinación del torso. «A pesar de todo –repitió–, quizá existan los dioses, aunque sólo sea para imponer la justicia. Ese es nuestro viejo temor... Piense en Miguel Angel. No en vano dejó inconclusos sus esclavos. Los libró así de una manumisión por lo demás imposible.»

Los espadachines de Varnis - Clive Jackson

Las lunas gemelas iluminaban cavilosamente los sedientos suelos rojos de Marte y las ruinas de la ciudad de Khua Loanis. Los vientos de la noche susurraban alrededor de los frágiles chapiteles y murmuraban en las caladas celosías de las ventanas de los templos vacíos, y el polvo rojo la convertía en una ciudad de cobre.

Era cerca de medianoche cuando un lejano tronar de cascos veloces llegó a la ciudad, y pronto los jinetes entraron estruendosamente por los antiquísimos portillos. Tharn, Señor Guerrero de Loanis, al aventajar a sus perseguidores en veinte varas escasas se dio cuenta, fatigosamente, que su delantera mermaba, con cruel espuela acicateó el costado de su Vorklo hexápodo. La fiel bestia dio un apagado relincho de dolor, tratando, infructuosamente, de obedecer.

Delante de Tharn, en la gran montura doble, iba sentada Lehni-tal-Loanis, Dama Real de Marte, que cabalgaba en el desmañado animal con suave garbo, inclinándose sobre su cuello estirado para murmurar rápidas palabras de aliento en sus achatadas orejas. Entonces se recostó contra el pecho de Tharn, cubierto con cota de malla, volviendo su bello rostro al suyo; lo tenía coloreado de un vivo carmín por la excitación de la briosa persecución y sus ojos ambarinos brillaban encendidos de amor hacia su extraño héroe, venido más allá del tiempo y del espacio.

- Aún ganaremos esta carrera Tharn mío - dijo a viva voz - Allende ese arco queda el Templo del Vapor Viviente y una vez allí podremos desafiar a las hordas de Varnis.

Acariciando con la vista su señera belleza, las suaves curvas del cuello, pechos y piernas que el viento dejaba al descubierto batiendo su breve vestimenta. Tharn sabía que aún cuando los Espadachines de Varnis pudieran arrebatarle la vida a él su extraña odisea no habría sido vivida en balde

Pero la joven había medido la distancia con certeza, no bien Tharn frenó su relinchante Vorklo, que resbalaba y se encabritaba ante las gigantes puertas del Templo los Espadachines alcanzaron el arco exterior, donde se apiñaron en una maldiciente mole. 

En breves momentos pudieron separarse y ahora venían cruzando el atrio a viva carrera, pero la demora había bastado para que Tharn pudiera desmontar y situarse en posición de combate frente a uno de los grandes vanos. Sabía que de poderlo defender durante unos instantes, hasta que Lehni-tal-Loanis lograra abrir la puerta, suyo sería entonces el secreto del Vapor Viviente, y con él, el dominio de todas las tierras de Loanis.

Primero trataron los Espadachines de echarles sus cabalgaduras encima, pero tan estrecho y profundo era el vano que Tharn solo tuvo que embestir hacia arriba con la punta de la espada y dar un salto hacia atrás, y la primera bestia caía muerta de una certera estocada que le atravesó el cuello de parte a parte. 

Su jinete había quedado aturdido por la caída, y saltando Tharn alcanzó el flanco del animal muerto y sin piedad decapitó al infortunado Espadachín. Aún quedaban con vida diez de sus enemigos, y ahora se le abalanzaban encima a pie, pero lo estrecho del vano solo les permitía atacar de cuatro en fila y la posición elevada de Tharn sobre la enorme carroña le daba la ventaja que necesitaba. En sus venas ardía el fuego de la pelea; se les reía en la cara a mandíbula batiente y su enrojecida espada tenía gélidas filigranas de muerte que ninguno de los Espadachines osaba enfrentar.

Lehni-tal-Loanis, pasando sus dedos hábiles sobre el corrompido bronce de la puerta, dio con la cerradura radioactiva e insertó el irisado y fulgurante anillo que llevaba en su pulgar. Con un pequeño sollozo de alivió oyó como empezaban a accionarse los ocultos resortes de seguridad.

El vetusto mecanismo iba abriendo la puerta con desesperante lentitud, pero pronto oyó Tharn la cristalina voz de la joven por encima del estrépito de las espadas entrechocantes.

- Adentro Tharn mío. ¡Ya es nuestro el secreto del vapor viviente!

Mas Tharn, con cuatro de sus enemigos muertos y siete aún por despachar, no podía batirse en retirada de su posición encima del Vorklo muerto sin correr el riesgo de ser reducido a la impotencia por el filo de la espada y Lehni-tal-Loanis, percatada de su dilema, de un salto se puso a su lado desenvainando su propio espadín, al tiempo que exclamaba:

- ¡Ay amor mío! ¡Yo seré tu brazo izquierdo!

Ahora sintieron los Espadachines de Varnis como los dedos fríos de la derrota les apretaban el corazón: dos, tres, cuatro mas de ellos vieron su sangre mezclarse con el polvo rojo del atrio, al tiempo que Tharn y su aguerrida princesa esgrimían sus fieras espadas en perfecto acorde.

Ya parecía que nada podría impedirles apoderarse del misterioso secreto del Vapor Viviente, pero no había contado con la pérfida traición de uno de los Espadachines sobrevivientes. Este dio un salto hacia atrás, retirándose de la refriega, y bruscamente arrojó su espada al suelo.

- ¡Al carajo! - gruñó, y sacando de su funda una pistola protónica, de un preciso disparo de sus rayos energéticos, hizo volar en pedazos a Lehni-tal-Loanis y a su amado Señor Guerrero venido desde más allá del tiempo y del espacio.

Pobre pequeño guerrero - Brian W. Aldiss

    Claude Ford sabía exactamente cómo se cazaba un brontosaurio. Se arrastraba sin hacer caso por el barro entre los sauces, a través de las pequeñas flores primitivas con pétalos verdes y marrones como en un campo de fútbol, por el barro como si fuera loción de belleza. Atisbaba a la criatura tumbada entre los juncos, su cuerpo airoso como un calcetín lleno de arena. Allí estaba, dejando que la gravedad lo abrazara al pantano húmedo, con sus grandes ventanas de la nariz a treinta centímetros de la hierba en un semicírculo, buscando con ronquidos más juncos. Era hermoso: aquí el horror había llegado a sus límites, se había cerrado el círculo y finalmente había desaparecido por su propio esfínter. Sus ojos relucían con la viveza del dedo gordo de un cadáver de una semana, y su aliento fétido y la piel en sus cavidades auditivas eran particularmente para ser recomendados a alguien que de otro modo se habría sentido inclinado a hablar amorosamente del trabajo de la madre Naturaleza.

Pero cuando uno, pequeño mamífero con el dedo oponible y rifle de calibre 65, autorrecargable, semi-automático, de dos cañones, con mira telescópica, inoxidable y de gran potencia, agarrado con las manos que de otro modo estarían indefensas, se desliza bajo los sauces, lo que principalmente le atrae es la piel de lagarto. Despide un olor de resonancia tan profunda como la nota baja de un piano. Hace que la epidermis del elefante parezca una hoja arrugada de papel higiénico. Es gris como los mares vikingos, profundo como los cimientos de una catedral. ¿Qué contacto posible con el hueso podía aliviar la fiebre de aquella carne? Por encima corren —¡desde aquí se los puede ver!— los pequeños piojos marrones que viven en esas grises paredes y cañones, alegres como fantasmas, crueles como cangrejos. Si uno de ellos saltara sobre ti, muy probablemente te rompería la espalda. Y cuando uno de esos parásitos se detiene para ladear la pata contra una de las vértebras del bronto, se puede ver que lleva su propia cosecha de vividores, cada uno grande como una langosta, porque ahora estás cerca, sí, tan cerca que puedes oír el primitivo palpitar del corazón del monstruo, cómo el ventrículo sigue el ritmo milagroso con la aurícula.
La hora de escuchar el oráculo ha pasado: estás más allá de la fase de los agüeros, ahora estás por la matanza, la suya o la tuya; la superstición ya ha tenido su pequeño día hoy, a partir de ahora sólo este nervio tuyo, este tembloroso conglomerado de músculo enmarañado bajo la piel reluciente por el sudor, esta sangrienta necesidad de matar al dragón, responderá a todas tus plegarias.
Podrías disparar ahora. Sólo esperar hasta que esa pequeña cabeza, como una excavadora, se detenga otra vez para tragar un cargamento de plantas, y con un disparo inexpresivamente vulgar puedas mostrar a todo el indiferente mundo jurásico que está contemplando el extremo comercial del revólver de seis disparos de la evolución. Sabes por qué te detienes; esa vieja conciencia de gusano, larga como un lanzamiento de béisbol, de larga vida como una tortuga, está trabajando. A través de todos los sentidos se desliza, más monstruoso que la serpiente. A través de las pasiones, diciendo: he aquí un blanco fácil, ¡oh, inglés! A través de la inteligencia, susurrando: que el aburrimiento, el halcón cometa que jamás se alimenta, se aposentará otra vez cuando la tarea esté realizada. A través de los nervios, burlándose de que, cuando las corrientes de adrenalina cesen de fluir, empiece el vómito. A través del maestro que hay detrás de la retina; forzando pausiblemente en ti la belleza de la vista.
Evitemos esa pobre esquiva palabra: belleza; santa madre, ¿es esto una película de viajes, y no estamos fuera de ella? «Encaramadas ahora en la espalda de esta criatura titánica, vemos una docena redonda —y, amigos, déjenme hacer hincapié en lo de redonda— de aves con un plumaje chillón, exhibiendo entre ellas todo el color que cabría esperar en la encantadora playa de Copacabana. Son redondas porque se alimentan de la rica mesa del hombre. ¡Miren ahora este precioso disparo! Vean levantarse la cola del bronto... ¡Oh!, encantador, sí, un par de almiares al menos emergen de su extremo inferior. Eso sí que fue una belleza, amigos, entregada directamente de consumidor a consumidor. Las aves ahora se pelean por ello. ¡Eh, vosotras!, ya tenéis suficiente para engordar, y de todos modos, ya estáis bastante redondas... Y no hay nada más que hacer ahora que volver al viejo bistec del anca y esperar a la próxima. Y, a medida que el Sol se hunde en el oeste del jurásico, decimos: "Adiós a esa dieta"...».
No, estás aplazando una decisión, y eso es el trabajo de una vida. Disparar a la bestia y sacarla de su agonía. Tomando tu coraje en las manos, alzas el arma a nivel del hombro y cierras un ojo para apuntar. Se produce un tremendo estampido; quedas medio atontado. Tembloroso, miras a tu alrededor. El monstruo sigue comiendo, aliviado de haber calmado el viento lo suficiente como para quebrar la tranquilidad del antiguo marinero.
Enojado (¿o es una emoción más sutil?), sales de entre arbustos y te enfrentas a él, y esta condición de estar expuesto es típica de los apuros a los que tu consideración por ti y los otros te lanza continuamente. ¿Consideración? ¿O también algo más sutil? ¿Por qué has de estar confundido sólo porque procedes de una civilización confusa? Pero ese punto lo discutiremos más tarde, si existe un más tarde, pues estos dos ojos que te miran desde la distancia tienden a discutir. Que no sea sólo con mandíbulas, ¡oh monstruo!, sino también con enormes patas y, si te conviene, por montañas que me arrollan. Que la muerte sea una saga, sagaz.
A cuatrocientos metros de distancia se oye el ruido de una docena de hipopótamos saliendo del barro ancestral, y un instante después una cola enormemente larga, como un lunes, y gruesa como un sábado por la noche, te pasa por encima de la cabeza. Tú te agachas porque es lo que debes hacer, pero la bestia no te ha pillado porque su coordinación no es mejor de lo que sería la tuya si tuvieras que balancear el Woolworth Building sobre un pequeño ratón. Hecho esto, parece sentir que ha cumplido con su obligación. Se olvida de ti. Lo único que tú deseas es poder olvidar con la misma facilidad; ésa fue, al fin y al cabo, la razón por la que tuviste que venir hasta aquí. Aléjese de todo, decía el folleto de los viajes en el tiempo, lo que significaba alejarte de Claude Ford, un esposo fútil como su nombre, con una esposa terrible llamada Maude. Maude y Claude Ford. Que no podían encajar el uno con el otro, o en el mundo en que habían nacido. Era la mejor situación para venir a cazar saurios gigantescos, si se era lo bastante necio para pensar que ciento cincuenta millones de años antes o después significarían algún cambio en la maraña de pensamientos que había en el vórtice cerebral de un hombre.
Lo intentas y detienes tus necios pensamientos, pero en realidad nunca han parado desde los días en que crecías con ayuda de la coca; Dios, si la adolescencia no existiera, sería innecesario inventarla. Un poco, te mantiene firme para que vuelvas a mirar el enorme bulto de este tirano vegetariano contra cuya presencia has cargado con semejante deseo mezclado de muerte-vida, has cargado con toda la emoción de la que es capaz el orga(ni)smo. Esta vez el coco es real, Claude, tal como lo querías, y esta vez realmente tienes que enfrentarte a él antes de que se vuelva y se enfrente a ti otra vez. Y así levantas de nuevo el arma, esperando hasta que puedas localizar el punto vulnerable.
Los brillantes pájaros se mecen al viento, los piojos corren como perros, el pantano gruñe cuando el bronto se balancea y envía su pequeño cráneo bajo el agua en busca de forraje. Lo observas; nunca habías estado tan inquieto en toda tu inquieta vida, y confías en que esta catarsis escurra la última gota de ácido temor de tu cuerpo para siempre. Está bien, te repites una y otra vez, sin servir de nada tu educación de un millón de d'olares del siglo veintidós, está bien, está bien. Y mientras lo dices por enésima vez, la loca cabeza vuelve a salir del agua como un expreso y mira hacia ti.
Pace en tu dirección. Pues, mientras las mandíbulas con sus grandes molares despuntados como postes de cemento se mueven de un lado para otro, ves el agua del pantano fluir sobre labios sin bordes, bordes sin labios, salpicándote los pies y empapando la tierra. Junco y raíz, tallo y tronco, hoja y marga, todo es visible con intermitencia en ese estómago masticador, luchando, rezagándose o arrojando, entre ellos, pececillos, diminutos crustáceos, ranas, todos destinados, en ese terrible movimiento de mandíbula, a girar en el movimiento del vientre. Y mientras tiene lugar esta deglución, los ojos resistentes al lodo vuelven a examinarte.
«Estas bestias viven doscientos años», dice el folleto del viaje, y ésta, en concreto, es obvio que ha intentado vivirlos, pues su mirada tiene siglos, llenos de década tras década de sumirse en su pesada irreflexión hasta que se ha vuelto sabia de tanto agitarse. Para ti es como mirar una perturbadora laguna brumosa; te produce un choque psíquico, disparas los dos cañones según tus reflejos. Pam, pam, las balas dumdum, grandes como garras, salen.
Sin indecisión, esas luces de un siglo, débiles y sagradas, se apagan. Estos claustros están cerrados hasta el día del juicio final. Tu reflejo está desgarrado y ensangrentado para siempre. Sobre sus cristales destrozados, unos párpados se deslizan lentamente hacia arriba, como sábanas sucias cubriendo un cadáver. La mandíbula sigue masticando lentamente, y también lentamente la cabeza se sumerge. Lentamente, unas gotas de fría sangre de reptil resbalan por el flanco arrugado de una mejilla. Todo es lento, una lentitud de la era secundaria como el goteo del agua, y sabes que, si te hubieras encargado de la creación, habrías encontrado algún medio menos angustioso de hacer que el «tiempo» lo organizara todo.
¡No importa! Bebed de vuestros vasos, señores, Claude Ford ha matado a una criatura inofensiva. ¡Viva Claude el de las Garras!
Observas, sin aliento, cómo la cabeza toca el suelo, el largo cuello toca el suelo, las mandíbulas se cierran para siempre. Observas y esperas a que ocurra algo más, pero nada ocurre. Nada ocurrirá. Podrías estar ahí observando durante mil quinientos millones de años, Lord Claude, y nada sucedería jamás aquí otra vez. Gradualmente, el robusto cuerpo de tu bronto, limpiado por los depredadores, se hundirá en el lodo, arrastrado a las profundidades por su propio peso; entonces las aguas subirían, y el viejo mar Conquistador entraría con el aire ocioso de un tramposo de las cartas repartiendo a los chicos una mala mano. Los sedimentos se filtrarían por la enorme tumba, una lenta lluvia con siglos para llover en ella. El viejo lecho del bronto podría elevarse y descender quizá media docena de veces, con suavidad suficiente para no perturbarlo, aunque ahora las rocas sedimentarias se estarían formando en torno a él. Por fin, cuando estuviera envuelto en una tumba más fina de lo que jamás ha alardeado ningún rajá indio, los poderes de la Tierra lo elevarían a la altura de sus hombros, hasta que, aún dormido, el bronto yaciera en un borde rocoso, muy por encima de las aguas del Pacífico. Y nada de eso contaría contigo, Claude la Espada; pero, una vez que el gusano enano de la vida está muerto en el cráneo de la criatura, el resto no es asunto tuyo.
Ahora no sientes ninguna emoción. Sólo estás ligeramente desconcertado. Esperabas un dramático estremecerse de la Tierra, o un bramido; por otra parte, te alegras de que la cosa, al parecer, no haya sufrido. Eres, como todos los hombres crueles, sentimental; eres, como todos los hombres sentimentales, remilgado. Te colocas el arma bajo el brazo y rodeas el dinosaurio para contemplar tu victoria.
Pasas por delante de las desgarbadas pezuñas, rodeas el blanco aséptico del acantilado del vientre, más allá de la reluciente caverna de la cloaca, pasando por fin bajo el tobogán de la cola al anca. Ahora tu desilusión es dura y evidente como una tarjeta de visita: el gigante no es la mitad de grande de lo que pensabas. No es la mitad más grande, por ejemplo, de la imagen que tienes en la mente de ti y Maude. ¡Pobre pequeño guerrero, la ciencia nunca inventará nada para ayudar a la muerte titánica que quieres en las cavernas contraterrenales de tu idioplasma rebuscadamente temeroso!
No te queda más que regresar a tu automóvil del tiempo con un vientre lleno de anticlímax. Mira, los brillantes pájaros consumidores de excrementos ya han entendido el verdadero estado de las cosas; uno a uno, repliegan sus alas y vuelan desconsolados lejos del pantano hacia otros lugares. Saben cuándo una cosa buena se vuelve mala, y no esperan a que los buitres los echen. Tú también te alejas.
Te alejas, pero te detienes. No queda nada más que regresar, no, pero 2181 d. de C. no es la fecha de casa; es Maude. Es Claude. Es todo el terrible, desesperado e interminable asunto de intentar adaptarse a un ambiente demasiado complejo, de intentar convertirte tú mismo en una pieza de una máquina. Tu huida hacia «las grandes simplicidades del jurásico», para volver a citar el folleto, era sólo una huida parcial, ahora terminada.
Así que te detienes, y cuando lo haces, algo aterriza en tu espalda, arrojándote de cara al lodo. Luchas y gritas cuando unas pinzas de langosta te aferran por el cuello y la garganta. Tratas de agarrar el rifle pero no puedes; en agonía te revuelcas, y al siguiente instante el animal te salta al pecho. Tú intentas arrancarle el caparazón, pero él se ríe y te arranca los dedos. Al matar al bronto has olvidado que sus parásitos lo dejarían, y que, para una pequeña gamba como tú, ellos serían muchísimo más peligrosos que para su anfitrión.
Haces todo lo que puedes, dando patadas al menos tres minutos. Después de ese tiempo hay un enjambre de criaturas sobre ti. Ya están dejando limpio tu cadáver. Te gustará estar ahí arriba en las rocas; no sentirás nada.