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Pobre pequeño guerrero - Brian W. Aldiss

    Claude Ford sabía exactamente cómo se cazaba un brontosaurio. Se arrastraba sin hacer caso por el barro entre los sauces, a través de las pequeñas flores primitivas con pétalos verdes y marrones como en un campo de fútbol, por el barro como si fuera loción de belleza. Atisbaba a la criatura tumbada entre los juncos, su cuerpo airoso como un calcetín lleno de arena. Allí estaba, dejando que la gravedad lo abrazara al pantano húmedo, con sus grandes ventanas de la nariz a treinta centímetros de la hierba en un semicírculo, buscando con ronquidos más juncos. Era hermoso: aquí el horror había llegado a sus límites, se había cerrado el círculo y finalmente había desaparecido por su propio esfínter. Sus ojos relucían con la viveza del dedo gordo de un cadáver de una semana, y su aliento fétido y la piel en sus cavidades auditivas eran particularmente para ser recomendados a alguien que de otro modo se habría sentido inclinado a hablar amorosamente del trabajo de la madre Naturaleza.

Pero cuando uno, pequeño mamífero con el dedo oponible y rifle de calibre 65, autorrecargable, semi-automático, de dos cañones, con mira telescópica, inoxidable y de gran potencia, agarrado con las manos que de otro modo estarían indefensas, se desliza bajo los sauces, lo que principalmente le atrae es la piel de lagarto. Despide un olor de resonancia tan profunda como la nota baja de un piano. Hace que la epidermis del elefante parezca una hoja arrugada de papel higiénico. Es gris como los mares vikingos, profundo como los cimientos de una catedral. ¿Qué contacto posible con el hueso podía aliviar la fiebre de aquella carne? Por encima corren —¡desde aquí se los puede ver!— los pequeños piojos marrones que viven en esas grises paredes y cañones, alegres como fantasmas, crueles como cangrejos. Si uno de ellos saltara sobre ti, muy probablemente te rompería la espalda. Y cuando uno de esos parásitos se detiene para ladear la pata contra una de las vértebras del bronto, se puede ver que lleva su propia cosecha de vividores, cada uno grande como una langosta, porque ahora estás cerca, sí, tan cerca que puedes oír el primitivo palpitar del corazón del monstruo, cómo el ventrículo sigue el ritmo milagroso con la aurícula.
La hora de escuchar el oráculo ha pasado: estás más allá de la fase de los agüeros, ahora estás por la matanza, la suya o la tuya; la superstición ya ha tenido su pequeño día hoy, a partir de ahora sólo este nervio tuyo, este tembloroso conglomerado de músculo enmarañado bajo la piel reluciente por el sudor, esta sangrienta necesidad de matar al dragón, responderá a todas tus plegarias.
Podrías disparar ahora. Sólo esperar hasta que esa pequeña cabeza, como una excavadora, se detenga otra vez para tragar un cargamento de plantas, y con un disparo inexpresivamente vulgar puedas mostrar a todo el indiferente mundo jurásico que está contemplando el extremo comercial del revólver de seis disparos de la evolución. Sabes por qué te detienes; esa vieja conciencia de gusano, larga como un lanzamiento de béisbol, de larga vida como una tortuga, está trabajando. A través de todos los sentidos se desliza, más monstruoso que la serpiente. A través de las pasiones, diciendo: he aquí un blanco fácil, ¡oh, inglés! A través de la inteligencia, susurrando: que el aburrimiento, el halcón cometa que jamás se alimenta, se aposentará otra vez cuando la tarea esté realizada. A través de los nervios, burlándose de que, cuando las corrientes de adrenalina cesen de fluir, empiece el vómito. A través del maestro que hay detrás de la retina; forzando pausiblemente en ti la belleza de la vista.
Evitemos esa pobre esquiva palabra: belleza; santa madre, ¿es esto una película de viajes, y no estamos fuera de ella? «Encaramadas ahora en la espalda de esta criatura titánica, vemos una docena redonda —y, amigos, déjenme hacer hincapié en lo de redonda— de aves con un plumaje chillón, exhibiendo entre ellas todo el color que cabría esperar en la encantadora playa de Copacabana. Son redondas porque se alimentan de la rica mesa del hombre. ¡Miren ahora este precioso disparo! Vean levantarse la cola del bronto... ¡Oh!, encantador, sí, un par de almiares al menos emergen de su extremo inferior. Eso sí que fue una belleza, amigos, entregada directamente de consumidor a consumidor. Las aves ahora se pelean por ello. ¡Eh, vosotras!, ya tenéis suficiente para engordar, y de todos modos, ya estáis bastante redondas... Y no hay nada más que hacer ahora que volver al viejo bistec del anca y esperar a la próxima. Y, a medida que el Sol se hunde en el oeste del jurásico, decimos: "Adiós a esa dieta"...».
No, estás aplazando una decisión, y eso es el trabajo de una vida. Disparar a la bestia y sacarla de su agonía. Tomando tu coraje en las manos, alzas el arma a nivel del hombro y cierras un ojo para apuntar. Se produce un tremendo estampido; quedas medio atontado. Tembloroso, miras a tu alrededor. El monstruo sigue comiendo, aliviado de haber calmado el viento lo suficiente como para quebrar la tranquilidad del antiguo marinero.
Enojado (¿o es una emoción más sutil?), sales de entre arbustos y te enfrentas a él, y esta condición de estar expuesto es típica de los apuros a los que tu consideración por ti y los otros te lanza continuamente. ¿Consideración? ¿O también algo más sutil? ¿Por qué has de estar confundido sólo porque procedes de una civilización confusa? Pero ese punto lo discutiremos más tarde, si existe un más tarde, pues estos dos ojos que te miran desde la distancia tienden a discutir. Que no sea sólo con mandíbulas, ¡oh monstruo!, sino también con enormes patas y, si te conviene, por montañas que me arrollan. Que la muerte sea una saga, sagaz.
A cuatrocientos metros de distancia se oye el ruido de una docena de hipopótamos saliendo del barro ancestral, y un instante después una cola enormemente larga, como un lunes, y gruesa como un sábado por la noche, te pasa por encima de la cabeza. Tú te agachas porque es lo que debes hacer, pero la bestia no te ha pillado porque su coordinación no es mejor de lo que sería la tuya si tuvieras que balancear el Woolworth Building sobre un pequeño ratón. Hecho esto, parece sentir que ha cumplido con su obligación. Se olvida de ti. Lo único que tú deseas es poder olvidar con la misma facilidad; ésa fue, al fin y al cabo, la razón por la que tuviste que venir hasta aquí. Aléjese de todo, decía el folleto de los viajes en el tiempo, lo que significaba alejarte de Claude Ford, un esposo fútil como su nombre, con una esposa terrible llamada Maude. Maude y Claude Ford. Que no podían encajar el uno con el otro, o en el mundo en que habían nacido. Era la mejor situación para venir a cazar saurios gigantescos, si se era lo bastante necio para pensar que ciento cincuenta millones de años antes o después significarían algún cambio en la maraña de pensamientos que había en el vórtice cerebral de un hombre.
Lo intentas y detienes tus necios pensamientos, pero en realidad nunca han parado desde los días en que crecías con ayuda de la coca; Dios, si la adolescencia no existiera, sería innecesario inventarla. Un poco, te mantiene firme para que vuelvas a mirar el enorme bulto de este tirano vegetariano contra cuya presencia has cargado con semejante deseo mezclado de muerte-vida, has cargado con toda la emoción de la que es capaz el orga(ni)smo. Esta vez el coco es real, Claude, tal como lo querías, y esta vez realmente tienes que enfrentarte a él antes de que se vuelva y se enfrente a ti otra vez. Y así levantas de nuevo el arma, esperando hasta que puedas localizar el punto vulnerable.
Los brillantes pájaros se mecen al viento, los piojos corren como perros, el pantano gruñe cuando el bronto se balancea y envía su pequeño cráneo bajo el agua en busca de forraje. Lo observas; nunca habías estado tan inquieto en toda tu inquieta vida, y confías en que esta catarsis escurra la última gota de ácido temor de tu cuerpo para siempre. Está bien, te repites una y otra vez, sin servir de nada tu educación de un millón de d'olares del siglo veintidós, está bien, está bien. Y mientras lo dices por enésima vez, la loca cabeza vuelve a salir del agua como un expreso y mira hacia ti.
Pace en tu dirección. Pues, mientras las mandíbulas con sus grandes molares despuntados como postes de cemento se mueven de un lado para otro, ves el agua del pantano fluir sobre labios sin bordes, bordes sin labios, salpicándote los pies y empapando la tierra. Junco y raíz, tallo y tronco, hoja y marga, todo es visible con intermitencia en ese estómago masticador, luchando, rezagándose o arrojando, entre ellos, pececillos, diminutos crustáceos, ranas, todos destinados, en ese terrible movimiento de mandíbula, a girar en el movimiento del vientre. Y mientras tiene lugar esta deglución, los ojos resistentes al lodo vuelven a examinarte.
«Estas bestias viven doscientos años», dice el folleto del viaje, y ésta, en concreto, es obvio que ha intentado vivirlos, pues su mirada tiene siglos, llenos de década tras década de sumirse en su pesada irreflexión hasta que se ha vuelto sabia de tanto agitarse. Para ti es como mirar una perturbadora laguna brumosa; te produce un choque psíquico, disparas los dos cañones según tus reflejos. Pam, pam, las balas dumdum, grandes como garras, salen.
Sin indecisión, esas luces de un siglo, débiles y sagradas, se apagan. Estos claustros están cerrados hasta el día del juicio final. Tu reflejo está desgarrado y ensangrentado para siempre. Sobre sus cristales destrozados, unos párpados se deslizan lentamente hacia arriba, como sábanas sucias cubriendo un cadáver. La mandíbula sigue masticando lentamente, y también lentamente la cabeza se sumerge. Lentamente, unas gotas de fría sangre de reptil resbalan por el flanco arrugado de una mejilla. Todo es lento, una lentitud de la era secundaria como el goteo del agua, y sabes que, si te hubieras encargado de la creación, habrías encontrado algún medio menos angustioso de hacer que el «tiempo» lo organizara todo.
¡No importa! Bebed de vuestros vasos, señores, Claude Ford ha matado a una criatura inofensiva. ¡Viva Claude el de las Garras!
Observas, sin aliento, cómo la cabeza toca el suelo, el largo cuello toca el suelo, las mandíbulas se cierran para siempre. Observas y esperas a que ocurra algo más, pero nada ocurre. Nada ocurrirá. Podrías estar ahí observando durante mil quinientos millones de años, Lord Claude, y nada sucedería jamás aquí otra vez. Gradualmente, el robusto cuerpo de tu bronto, limpiado por los depredadores, se hundirá en el lodo, arrastrado a las profundidades por su propio peso; entonces las aguas subirían, y el viejo mar Conquistador entraría con el aire ocioso de un tramposo de las cartas repartiendo a los chicos una mala mano. Los sedimentos se filtrarían por la enorme tumba, una lenta lluvia con siglos para llover en ella. El viejo lecho del bronto podría elevarse y descender quizá media docena de veces, con suavidad suficiente para no perturbarlo, aunque ahora las rocas sedimentarias se estarían formando en torno a él. Por fin, cuando estuviera envuelto en una tumba más fina de lo que jamás ha alardeado ningún rajá indio, los poderes de la Tierra lo elevarían a la altura de sus hombros, hasta que, aún dormido, el bronto yaciera en un borde rocoso, muy por encima de las aguas del Pacífico. Y nada de eso contaría contigo, Claude la Espada; pero, una vez que el gusano enano de la vida está muerto en el cráneo de la criatura, el resto no es asunto tuyo.
Ahora no sientes ninguna emoción. Sólo estás ligeramente desconcertado. Esperabas un dramático estremecerse de la Tierra, o un bramido; por otra parte, te alegras de que la cosa, al parecer, no haya sufrido. Eres, como todos los hombres crueles, sentimental; eres, como todos los hombres sentimentales, remilgado. Te colocas el arma bajo el brazo y rodeas el dinosaurio para contemplar tu victoria.
Pasas por delante de las desgarbadas pezuñas, rodeas el blanco aséptico del acantilado del vientre, más allá de la reluciente caverna de la cloaca, pasando por fin bajo el tobogán de la cola al anca. Ahora tu desilusión es dura y evidente como una tarjeta de visita: el gigante no es la mitad de grande de lo que pensabas. No es la mitad más grande, por ejemplo, de la imagen que tienes en la mente de ti y Maude. ¡Pobre pequeño guerrero, la ciencia nunca inventará nada para ayudar a la muerte titánica que quieres en las cavernas contraterrenales de tu idioplasma rebuscadamente temeroso!
No te queda más que regresar a tu automóvil del tiempo con un vientre lleno de anticlímax. Mira, los brillantes pájaros consumidores de excrementos ya han entendido el verdadero estado de las cosas; uno a uno, repliegan sus alas y vuelan desconsolados lejos del pantano hacia otros lugares. Saben cuándo una cosa buena se vuelve mala, y no esperan a que los buitres los echen. Tú también te alejas.
Te alejas, pero te detienes. No queda nada más que regresar, no, pero 2181 d. de C. no es la fecha de casa; es Maude. Es Claude. Es todo el terrible, desesperado e interminable asunto de intentar adaptarse a un ambiente demasiado complejo, de intentar convertirte tú mismo en una pieza de una máquina. Tu huida hacia «las grandes simplicidades del jurásico», para volver a citar el folleto, era sólo una huida parcial, ahora terminada.
Así que te detienes, y cuando lo haces, algo aterriza en tu espalda, arrojándote de cara al lodo. Luchas y gritas cuando unas pinzas de langosta te aferran por el cuello y la garganta. Tratas de agarrar el rifle pero no puedes; en agonía te revuelcas, y al siguiente instante el animal te salta al pecho. Tú intentas arrancarle el caparazón, pero él se ríe y te arranca los dedos. Al matar al bronto has olvidado que sus parásitos lo dejarían, y que, para una pequeña gamba como tú, ellos serían muchísimo más peligrosos que para su anfitrión.
Haces todo lo que puedes, dando patadas al menos tres minutos. Después de ese tiempo hay un enjambre de criaturas sobre ti. Ya están dejando limpio tu cadáver. Te gustará estar ahí arriba en las rocas; no sentirás nada.

El roble de Bill - Brian Lumley

 Tras haber disfrutado de un sorprendente éxito con mi último libro ¡Venid aquí, brujas!, durante cuyo proceso de investigación «documental» me encontré con varias menciones sobre la existencia de un cierto libro «negro» -el Cthaat Aquadingen, una colección casi legendaria de hechizos y encantos aparentemente relacionados, entre otras cosas, con la aparición de ciertos elementos acuosos-, me sentí desconcertado al descubrir que el Museo Británico no disponía de ninguna copia del libro; o bien, si existía, los encargados de ese enorme establecimiento no estaban dispuestos a permitir su examen. Sin embargo, yo deseaba ver una copia, sobre todo en relación con un nuevo libro que iba a titularse ¡Libros prohibidos!, en cuya redacción mi editor me presionaba para que empezara a trabajar.

La desgana del encargado de la sección de Libros Raros a contestar mis preguntas con algo más que unas simples respuestas superficiales, fue lo que me impulsó a ponerme en contacto con Titus Crow, un londinense coleccionista de volúmenes raros y antiguos que, según había oído decir, poseía una copia del libro que yo deseaba consultar en su biblioteca privada.

Escribí una carta apresurada al señor Crow y éste no tardó en contestarme, invitándome a Blowne House, su residencia en las afueras de la ciudad, asegurándome que, en efecto, poseía un ejemplar de Cthaat Aquadingen, y que yo podría consultarlo si aceptaba un acuerdo y una condición. El acuerdo consistía en que toda visita a Blowne House la realizara a primeras horas de la noche, ya que, como actualmente estaba enfrascado en ciertos estudios y se concentraba mejor por la noche, se acostaba muy tarde y nunca se levantaba antes del mediodía. Esto, unido al hecho de mantener ocupadas las tardes en actividades más mundanas pero no por ello menos esenciales, sólo le permitía trabajar o recibir visitas durante la noche. Se apresuró a asegurarme que no recibía visitas con frecuencia. En realidad, de no haber estado familiarizado con mi obra anterior, se habría visto obligado a rechazar de plano mi proposición. Ya había habido demasiados «chiflados» que intentaron penetrar en su retiro.

Como si el destino lo hubiera querido así, elegí una noche de perros para visitar Blowne House. La lluvia era una cortina que descendía de grandes y abultadas nubes grisáceas que pendían bajas sobre la ciudad. Aparqué en el largo sendero de entrada por el que se accedía a la amplia vivienda del señor Crow, corrí por el camino con el cuello de la gabardina subido, y llamé a la pesada puerta de entrada. Durante el medio minuto que mi anfitrión tardó en contestar, tuve tiempo más que suficiente para quedar empapado. En cuanto me presenté como Gerald Dawson, me hizo entrar rápidamente, me ayudó a quitarme la chorreante gabardina y el sombrero, y me introdujo en su estudio, donde me rogó que me instalara ante un fuego crepitante para «secarme».

Él no era como yo había esperado. Se trataba de un hombre alto, de hombros anchos, que, sin la menor duda, había sido muy atractivo en sus años mozos. Ahora, sin embargo, el pelo se le había encanecido y los ojos, aunque aún eran brillantes y observadores, mostraban la impronta de los muchos años pasados explorando -y supuse que, a menudo, descubriendo- los caminos apenas hollados del misterio y del conocimiento oscuro. Llevaba puesto un batín de color rojo intenso, y observé que, en una pequeña mesita situada junto a su mesa de despacho, había una botella del mejor brandy.

Pero fue lo que vi sobre su mesa de despacho lo que más atrajo mi atención; se trataba, evidentemente, del objeto de estudio del señor Crow: un reloj alto, de cuatro monstruosas manecillas, con jeroglíficos y en forma de ataúd, posado horizontalmente y hacia arriba a todo lo largo de la gran mesa. Había observado previamente que, al abrirme la puerta, mi anfitrión llevaba un libro en la mano. Ahora lo dejó sobre el brazo del sillón en el que me había sentado y, mientras me servía una copa, vi que era una copia muy manoseada de Notas sobre desciframiento de códigos, criptogramas e inscripciones antiguas, de Walmsley. Al parecer, el señor Crow intentaba traducir los fantásticos jeroglíficos de la extraña cara del reloj. Al levantarme y cruzar la estancia para observar más de cerca el misterioso artilugio, percibí que los intervalos entre los ruidosos tics del reloj eran muy irregulares, y que las cuatro manecillas no se movían en consonancia con ningún sistema conocido de medición del tiempo. No pude dejar de preguntarme para qué propósito cronológico podía servir una pieza tan curiosa.

Crow observó la expresión de extrañeza en mi rostro y se echó a reír.

-A mí también me intriga, señor Dawson, pero no se preocupe por ello. No creo que nadie llegue nunca a entender esa cosa; de vez en cuando, siento la necesidad de estudiarlo de nuevo, y entonces me paso semanas haciéndolo, sin llegar a ninguna parte. Pero no ha venido aquí esta noche para ocuparse del reloj de Marigny. Está usted aquí para consultar un libro.

Me mostré de acuerdo con él y empecé a bosquejarle mi plan para incluir una o dos menciones al Cthaat Aquadingen en mi nueva obra ¡Libros prohibidos! Mientras yo hablaba, trasladó la mesita pequeña a un lugar más cercano al fuego. Una vez hecho esto, retiró hacia un lado de la chimenea un panel oculto en la pared, y de una pequeña estantería extrajo el volumen en el que yo estaba interesado. Una expresión de extremada aversión cruzó su rostro; se apresuró a dejar el libro sobre la mesa y se restregó las manos en el batín.

-Es una lata... -murmuró-. Siempre está transpirando..., lo que, estará usted de acuerdo conmigo, resulta bastante sorprendente, teniendo en cuenta que el donante murió hace más de cuatrocientos años.

-¡El donante! -exclamé, contemplando el libro con una mórbida fascinación-. ¿No querrá decir que está encuadernado con...?

-Me temo que sí. Al menos esta copia.

-¡Dios mío!... ¿Quiere decir que hay otras copias?

-Que yo sepa, sólo hay tres..., y una de las otras dos está aquí, en Londres. Supongo que no le permitieron verla, ¿no es cierto?

-Es usted muy perspicaz, señor Crow. Y tiene razón, no me permitieron ver la copia del Museo Británico.

-Habría recibido usted la misma respuesta en caso de haber pedido ver el Necronomicon -replicó ante mi desconcierto.

-Perdone, pero ¿cree realmente en la existencia de ese libro? ¿Cómo es posible? Me han asegurado una media docena de veces que el Necronomicon es una pura fantasía, una inteligente obra de apoyo literario creada con el propósito de mantener una mitología ficticia.

-Si usted lo dice -se limitó a comentar-. Pero, en cualquier caso, usted está interesado en este libro -dijo, indicándome el volumen relacionado con lo maligno que ahora se hallaba sobre la mesita.

-Sí, desde luego, pero ¿no mencionó usted la existencia de una... condición?

-¡Ah, sí! Pero en realidad yo mismo me he ocupado de eso -replicó-. He arrancado los dos capítulos más instructivos y los he hecho encuadernar aparte, sólo por si acaso. Me temo que no podrá usted verlos.

-¿Los más instructivos? ¿Sólo por si acaso? -repetí-. No comprendo a qué se refiere.

-Sólo por si cayera en manos indebidas, desde luego -dijo con una expresión de sorpresa-. Sin lugar a dudas se habrá preguntado por qué los del museo guardan sus copias bajo llave.

-En efecto; supuse que lo hacían porque se trata de ejemplares muy raros que valen mucho dinero -contesté-. Y quizá también porque algunos de esos libros contienen uno o dos temas bastante repugnantes; material erótico-sobrenatural-sádico, algo escrito por una especie de marqués de Sade medieval, ¿no?

-Se equivoca, señor Dawson. El Cthaat Aquadingen contiene series completas de hechizos e invocaciones; contiene, por ejemplo, el Nyhargo Dirge, y una frase sobre cómo hacer el Signo antiguo; contiene igualmente uno de los Sathlatta, y cuatro páginas de rituales Tsathoguan. Y muchas más cosas..., hasta el punto de que si ciertas autoridades hubieran logrado salirse con la suya, las tres copias habrían sido destruidas hace mucho tiempo.

-Pero ¿no creerá usted en tales cosas? -protesté-. Yo intento escribir sobre tales libros considerándolos como algo condenadamente misterioso y monstruoso... Tengo que hacerlo así, puesto que en caso contrario no vendería un ejemplar..., pero no puedo creer en ello.

Crow se echó a reír, aunque sin ninguna alegría.

-¿De veras no puede? Si hubiera visto usted las cosas que yo he visto, o si hubiera pasado por algunas de las cosas por las que yo he pasado..., créame, señor Dawson, en tal caso no se sentiría tan impresionado. ¡Claro que creo en estas cosas! Creo en los fantasmas y las hadas, en los demonios y los genios, en una cierta propaganda mitológica, y en la existencia de la Atlántida, R'lyeh y G'harne.

-Pero, sin lugar a dudas, no existe ninguna prueba genuina en favor de ninguna de las cosas o lugares que acaba de mencionar -argüí-. ¿Dónde hay, por ejemplo, un lugar en el que uno pueda estar seguro de encontrarse con un... fantasma?

Crow se quedó pensativo un momento y tuve la seguridad de haber vencido con mi razonamiento. No podía imaginar que un hombre tan evidentemente inteligente como él creyera de veras y de un modo tan profundo en lo sobrenatural. Pero entonces, desafiando lo que yo había considerado como una pregunta insoluble, me contestó:

-Me sitúa usted en la posición del clérigo que asegura a un niño pequeño la existencia de un Dios todopoderoso y omnisciente, y a quien el niño pide que se lo haga ver. No, no puedo mostrarle ningún fantasma..., a menos que estemos dispuestos a pasar por una gran cantidad de problemas..., pero sí puedo mostrarle la manifestación de uno.

-Oh, vamos, señor Crow, usted...

-Hablo en serio -me interrumpió-. ¡Escuche!

Se llevó un dedo a los labios para indicarme silencio, y adoptó una actitud de escucha.

En el exterior, la lluvia había cesado y el silencio de la estancia sólo se veía perturbado por el sonido esporádico de las gotitas que caían de las tejas; sólo se escuchaba eso, y el tictac del gran reloj de Crow. Y entonces llegó hasta mis oídos un sonido perfectamente audible, prolongado y crujiente, como de maderas resquebrajándose.

-¿Lo ha oído? -preguntó Crow sonriendo.

-Sí -admití-. Ya lo había oído media docena de veces mientras hablábamos. Seguramente colocaron madera verde al construir su buhardilla.

-Esta casa posee vigas muy insólitas -observó él-. Son de madera de teca..., y estaban totalmente secas antes de que se construyera la casa. ¡Y la teca no cruje!

Sonrió con una mueca. Evidentemente, le agradaba aquel sonido.

-En tal caso será un árbol azotado por el viento -dije, encogiéndome de hombros.

-En efecto, se trata de un árbol. Pero si hubiera viento, lo oiríamos. No, ese sonido proviene de una rama del «Roble de Bill» que protesta bajo su peso. -Cruzó la estancia, dirigiéndose hacia la ventana y miró hacia el jardín-. Pasó usted por alto a nuestro Bill cuando escribió su último libro. Se trata de William «Bill» Fovargue, acusado de brujería, ahorcado en ese árbol en 1675 por una multitud de campesinos enloquecidos por el miedo. En aquel momento se dirigía a someterse a juicio, pero, tras el linchamiento, la gente declaró que lo asaltaron porque él había iniciado un horrible encantamiento, al tiempo que empezaban a configurarse unas extrañas formas en el cielo..., de modo que lo colgaron para impedir que empeorara la situación...

-Ya entiendo. De modo que ese sonido procede de la rama de la que fue colgado, que aún cruje bajo su peso doscientos ochenta años después del linchamiento, ¿no es eso? -pregunté, dando a mi voz el mayor tono posible de sarcasmo.

-En efecto -replicó Crow, imperturbable-. Ese sonido afectó tanto a los nervios del anterior propietario de la casa que terminó por vendérmela. Y el otro propietario casi se volvió loco intentando descubrir su origen.

-¡Ah! Ese es el punto débil de su historia, señor Crow -le indiqué-. Él habría podido rastrear el origen del sonido hasta el árbol. -Tomé su silencio como un reconocimiento a mi inteligencia y me levanté, crucé la habitación y me situé a su lado, ante la ventana. Al hacerlo, volví a escuchar el crujido del árbol, esta vez más fuerte-. Eso lo produce el viento en las ramas del roble, señor Crow -le aseguré-. No hay nada más.

Al mirar hacia el exterior, retrocedí un paso, diciéndome que debía de estar viendo visiones. Pero, en realidad, no estaba viendo visiones. Allí no había roble alguno. De pronto, sentí que la cabeza me daba vueltas. Tras pensármelo un instante, estallé en una trémula carcajada. El señor Crow era endiabladamente listo Por un momento, me había hecho dudar. Me volví hacia él, repentinamente enojado y vi que aún sonreía.

-De modo que, después de todo, son las vigas, ¿no es eso? -pregunté con una voz ligeramente temblorosa.

-No -contestó Crow sin dejar de sonreír-. Eso fue lo que casi enloqueció al antiguo propietario. Verá, cuando construyeron esta casa, hace unos setenta años, cortaron el Roble de Bill para que sus raíces no impidieran hacer los cimientos.

El nuevo Papá Noel - Brian W. Aldiss

Roberta, la menuda anciana, bajó el reloj del estante y lo puso sobre la hornalla; luego tomó la tetera e intentó darle cuerda. El reloj había llegado casi al punto de ebullición antes de que ella se diera cuenta. Chillando en voz baja, para no despertar al viejo Robin, tomó el reloj con un repasador y lo dejó caer sobre la mesa. Marchaba furiosamente. Lo contempló.
Aunque Roberta daba cuerda al reloj todas las mañanas al levantarse, llevaba meses sin echarle una mirada. Esa mañana, al contemplarlo, vio que eran las 7:30 del día de Navidad, 2388.
–¡Dios mío! –exclamó–. ¡Navidad, ya! ¡Si parece que apenas han pasado las Pascuas!
Ni siquiera tenía idea de que fuera el año de 2388. Tanto ella como Robin llevaban mucho tiempo en la fábrica. Se sintió contenta de que fuera Navidad, porque le gustaban las sorpresas... pero también sintió algo de miedo. Porque aquello la llevaba a recordar al Nuevo Papá Noel, y habría preferido no pensar en eso. El Nuevo Papá Noel, según se decía, hacía sus rondas en la mañana de Navidad.
–Debo contárselo a Robin –dijo.
Pero el pobre Robin había estado demasiado susceptible en los últimos tiempos; era de suponer que se pondría de malhumor al encontrarse de pronto con la Navidad encima. De cualquier modo, como Roberta era incapaz de reservarse nada, tendría que bajar a contárselo a los vagabundos.
Tras poner la tetera al fuego, salió de la vivienda para entrar a la fábrica, como un ratón que emergiera de su nido oloroso a pastel de fruta. Roberta y Robin vivían en lo alto de la fábrica, y los vagabundos habían fijado su domicilio ilegal en la parte más baja. Roberta fue bajando en puntas de pies por muchas, muchas escaleras de metal.
La fábrica estaba poblada por ese tipo de sonidos que Robin llamaba «el ruido silencioso». Era constante, día y noche, y hacía tiempo que los dos humanos habían dejado de escucharlo. Cuando los dos fueran ya incapaces de oír nada, el ruido proseguiría. Esa mañana, las máquinas estaban más atareadas que nunca, y no tenían el menor aspecto navideño. Roberta reparó especialmente en dos máquinas por las que sentía un odio especial: una se movía como un telar, empacando un alambre increíblemente fino en cajas increíblemente pequeñas; la otra se revolcaba como si luchara contra algún enemigo invisible, aparentemente sin producir nada.
La anciana pasó con cautela junto a ellas y bajó al sótano. Al llegar frente a una puerta gris, llamó con los nudillos. De inmediato pudo oír que los vagabundos se echaban contra la puerta, del lado interior, gritándose ásperamente.
Roberta, incapaz de alzar la voz, esperó que hicieran silencio, y entonces dijo, tan claramente como pudo:
–Soy yo, muchachos.
Tras una pausa muda, la puerta se abrió unos milímetros. En seguida se abrió por completo. Tres siluetas ojerosas se presentaron ante ella, con expresiones de angustia: Jerry, el exescritor, y Tony y Dusty, quienes nunca habían sido ni serían más que vagabundos. Jerry, el más joven, tenía cuarenta años; le quedaba, por lo tanto, media vida para dormitar por ahí. Tony tenía cincuenta y cinco, y Dusty sufría de erupciones.
–¡Creímos que era la Barredora Infernal! –exclamó Tony.
Cada mañana, la Barredora Infernal barría toda la fábrica. Cada mañana, los vagabundos se veían obligados a parapetarse en la habitación, para que la barredora no los arrojara con todas sus pertenencias por los vertederos de basura.
–Entre, por favor –dijo Jerry–. Perdone el desorden.
Roberta entró; fatigada por su larga caminata, se sentó en un cajón de embalaje. El cuarto de los vagabundos la ponía nerviosa; sospechaba que a veces llevaban mujeres allí; además, había calzoncillos colgados en un rincón.
–Tengo algo que deciros, a los tres –empezó.
Todos esperaron, corteses aunque intrigados. Jerry se limpiaba las uñas con una chincheta.
–Acabo de olvidar qué era –confesó la anciana.
Los vagabundos suspiraron ruidosamente, con alivio. Tenían miedo de todo lo que amenazara perturbar su tranquilidad. Tony se sintió comunicativo.
–Hoy es Navidad –dijo, echando a su alrededor una mirada furtiva.
–¿De veras? –exclamó Roberta–. ¡Pero si recién han pasado las Pascuas!
–Permítanos –dijo Jerry– desearle una Navidad segura y un Año Nuevo libre de persecuciones.
Esa muestra de cortesía hizo rebrotar los temores latentes de Roberta.
–Vosotros... no creéis en el Nuevo Papá Noel, ¿verdad? –les preguntó.
Ninguno respondió, pero la cara de Dusty tomó el color de la cáscara de limón; ella comprendió que sí, que creían en él. También ella.
–Será mejor que vengáis al departamento para celebrar este día feliz –dijo–. Después de todo, la unión hace la fuerza.
–Yo no puedo pasar por la fábrica –dijo Dusty–; las máquinas me hacen brotar la erupción. Es una especie de alergia.
–De cualquier modo, iremos –decidió Jerry–. Nunca se debe desperdiciar una invitación.
Los cuatro treparon las escaleras como pesados ratones, y atravesaron la fábrica en constante expansión. Las máquinas fungieron ignorarlos.
En el departamento los esperaba un verdadero pandemónium. La tetera estaba hirviendo, y Robin gritaba pidiendo auxilio. Aunque oficialmente estaba condenado a guardar cama, podía levantarse en momentos críticos; ahora estaba de pie junto a la puerta del cuarto, y Roberta tuvo que ir a quitar la tetera del fuego antes de ir a tranquilizarlo.
–¿Y por qué has traído aquí a esa gente? –inquirió, en un violento susurro.
–Porque son nuestros amigos, Robin –contestó Roberta, tratando de llevarlo de nuevo a la cama.
–¡Ésos no son amigos míos! –protestó él.
Se le ocurrió algo terrible para decirle; temblando, luchó con la idea, y finalmente no dijo nada. El esfuerzo lo dejó débil e irritable. Era horrendo estar bajo el dominio de su mujer. Su obligación, como cuidador de la gran fábrica, era cuidar de que no entrara ninguna persona indeseable; pero, tal como estaban las cosas, no podía expulsar a los vagabundos, puesto que su mujer los defendía. La vida era, sin lugar a dudas, algo exasperante.
–Vinimos a desearle una segura Navidad, señor Proctor –dijo Jerry, deslizándose en el dormitorio con sus dos compañeros–. ¡Navidad, y yo con erupciones!
–No es Navidad –gimoteó Robin, mientras Roberta le metía los pies bajo las frazadas–. Lo decís sólo para molestarme.
¡Si pudieran al menos intuir la cólera que rodaba por sus venas como una enfermedad! En ese momento, el conducto de distribución del correo tintineó, y un sobre entró en la habitación, como lanzado por una catapulta. Robin lo tomó de manos de Roberta y lo abrió, tembloroso. Dentro había una tarjeta de Navidad, firmada por el Ministro de Fábricas Automáticas.
–Esto prueba que hay otra gente viva en el Mundo –dijo Robin.
Aquellos tres tontos no eran lo bastante importantes como para recibir tarjetas de Navidad. Su esposa echó una mirada miope sobre la firma del ministro.
–Esto es un sello de goma, Robin –dijo–. No prueba nada.
Eso terminó de ponerlo furioso. ¡Que lo contradijera delante de esa canalla! Además, desde la Navidad pasada las mejillas de Roberta se habían arrugado más, cosa que lo molestaba profundamente. Cuando estaba a punto de desollarla, sus ojos se posaron casualmente en la dirección escrita en el sobre; decía: «Robin Proctor, F. A. X10».
–¡Pero si esta fábrica no es X10! –protestó a viva voz–. Es la SC541.
–A lo mejor hace treinta y cinco años que estamos en una fábrica que no nos corresponde –dijo Roberta–. ¿Qué importancia tiene?
La pregunta era tan absurda que el anciano apartó las cobijas hasta los pies de la cama.
–¡Bueno, ve a averiguar, vieja estúpida! –chilló–. El número de la fábrica está grabado en la salida. Ve a ver qué dice. Si no dice SC541, debemos salir de aquí en seguida. ¡Rápido!
–La acompaño –dijo Jerry a la anciana.
–¡Todos vosotros iréis con ella! –dijo Robin–. No quiero que os quedéis aquí conmigo. ¡Me asesinaríais en esta misma cama!
Sin gran sorpresa (aunque Tony lanzó, al pasar, una mirada triste a la tetera vacía) se encontraron en los preñados estratos de la fábrica, y bajaron hacia la salida. Allí había cintas transportadoras que llevaban los productos terminados hacia los vehículos que esperaban.
–Esto no me gusta mucho –dijo Roberta, intranquila–. Con sólo echar una mirada fuera siento que mi agorafobia se agrava.
De cualquier modo, hizo lo que Robin le había indicado. Sobre la puerta de salida, un cartel rezaba: X10.
–Robin no me creerá cuando se lo diga –se quejó.
–Yo creo que la fábrica cambió de nombre –observó Jerry, tranquilo–. Quizá cambió también de ramo. Después de todo, no hay nadie que verifique; puede hacer lo que quiera. ¿Siempre ha fabricado estos huevos?
En silencio, contemplaron la interminable línea móvil de huevos de acero. Eran pulidos, grandes como huevos de avestruz; salían al exterior, donde varios robots los apilaban dentro de los camiones encargados del transporte.
–Nunca supe de una fábrica que pusiera huevos –rió Dusty, rascándose el hombro–. Será mejor que volvamos antes de que la Barredora Infernal nos atrape.
Subieron lentamente los innumerables escalones.
–Yo creía que aquí se fabricaban televisores –dijo Roberta, en algún momento.
–Si ya no hay hombres –observó Jerry, sombrío–, no hacen falta televisores.
–No recuerdo bien si...
Cuando se lo dijeron a Robin, se descompuso de furia; llegó a caerse de la cama, y amenazó con bajar a ver con sus propios ojos el nombre de la fábrica. Sólo se contuvo porque tenía la secreta teoría de que la fábrica entera no era sino una de las tantas alucinaciones de Roberta.
–Y en lo que respecta a los huevos... –barbotó.
Jerry metió la mano en uno de sus rotosos bolsillos y sacó uno de los huevos, depositándolo en el piso. En el silencio siguiente, todos pudieron oír que el huevo hacía tic-tac...
–Hiciste mal, Jerry –dijo Dusty en tono áspero–. Eso equivale a... interferir –todos miraron a Jerry, más asustados aún porque ignoraban la causa del miedo que sentían.
–Lo traje porque pensé que la fábrica debía hacernos un regalo de Navidad –explicó Jerry, soñador, agachándose para mirar el huevo–. Saben... Hace mucho tiempo, antes de que las máquinas declararan prescindibles a los escritores como yo, conocí a un robot-escritor. Lo habían dejado para chatarra, pero me contó un par de cosas. Me dijo que las máquinas, al asumir las obligaciones del hombre, también habían adoptado sus mitos. Por supuesto, adaptaron esos mitos a sus propias creencias. Pero creo que les gustaría la idea de entregar regalos de Navidad.
Dusty hizo rodar a Jerry de un puntapié.
–¡Toma, por tu idea! –le dijo–. ¿Estás loco, muchacho? Las máquinas vendrán aquí a buscar ese huevo. No sé qué podemos hacer.
–Pondré el té para preparar la tetera –dijo Roberta, con mucho tino.
Ese comentario estúpido colmó la paciencia de Robin.
–¡Devolved el huevo, todos vosotros! –chilló–. Eso es robar, y nada más que robar, y yo no quiero que se me complique en semejante cosa. ¡Y después, vosotros, vagabundos, salid de la fábrica!
Jerry, que se había acomodado a gusto en el suelo, dijo, sin levantar la vista:
–No quisiera asustarlo, señor Proctor, pero el Nuevo Papá Noel vendrá por usted, si no tiene cuidado. Aquel viejo mito navideño fue uno de los que las máquinas adoptaron y modificaron. El Nuevo Papá Noel es todo metal y vidrio; en vez de dejar juguetes nuevos, se lleva a las máquinas y a la gente que ya está vieja.
Roberta, que escuchaba junto a la puerta, quedó tan blanca como una sábana.
–Tal vez es por eso que el Mundo se ha despoblado tanto últimamente –dijo–. Será mejor que vaya a preparar un poco de té.
Robin se las compuso para salir de la cama, aguijoneado por su tremenda irritación. Mientras avanzaba tambaleante hacia Jerry, el huevo se cascó.
Se partió limpiamente en dos mitades, dejando al descubierto una pequeña maquinaria. Cuatro diminutos maniquíes saltaron fuera y entraron en acción. En un segundo, mediante pequeñísimos soldadores, habían convertido la cáscara en una doble cúpula; del interior surgía un ruido de martillos.
–¡Van a construir otra fábrica aquí mismo, esos desfachatados! –exclamó Roberta.
Intentó aplastar las cúpulas con la tetera, pero ni siquiera logró mellarlas. De inmediato, un leve tintineo invadió la habitación.
–¡Cielos! –exclamó Jerry–. ¡Están telegrafiando para pedir ayuda! ¡Debemos salir en seguida de aquí!
Salieron con Robin, que temblaba de cólera.
Y el Nuevo Papá Noel los atrapó a todos en la escalera.