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El páramo de Tappington - Thomas Ingolsby

Habían montado un patíbulo en la estepa de Tappington. Todo el mundo estaba intrigado ante este hecho, ya que el pueblo más cercano tenía suficientes plazas públicas capaces de soportar el peso de una horca, como asimismo demasiados truhanes merecedores de ser ahorcados.

Nadie ha conseguido satisfacer su curiosidad ante tan extraño hecho; en lo que a mí respecta, no le concedo la más mínima importancia. La realidad era que habían levantado un patíbulo allí, en un cerro arenoso, y que lo habían construido con sólidos maderos, provisto de cuatro garfios de hierro.


Cierta tarde, después de haber estado bebiendo unas copas, un estudiante, a quien llamaré Tom Brown para distinguirlo de los demás, aunque este no era su verdadero nombre, apostó una jarra de cerveza, una libra de tabaco y tres pipas a que sería capaz de pasar la noche bajo el patíbulo, desde la medianoche hasta el canto del gallo.

En realidad no se trataba de ninguna proeza valerosa, ya que jamás había sido colgado un miserable pecador de aquella horca y, por consiguiente, no existía el menor riesgo de que se encontrase con algún fantasma.

Cuando llegó la hora del crepúsculo, Tom Brown se puso en camino, y se cerraron tras él las puertas de la ciudad.

El páramo de Tappington ocupa una extensión enorme, y es un lugar desértico e inhóspito. Por mucho que camine el viajero, nunca llega a alcanzar sus límites, pues no existe hito o mojón en el horizonte en el que pueda fijar la vista.

Tom anduvo a buen paso, mientras pensaba en la jarra de cerveza que paladearía durante su próximo desayuno, como asimismo en la cantidad de tabaco de pipa que estaría fumando durante todo el día, cosas ambas que le pusieron de muy buen humor.

Mientras caminaba entonó una de esas canciones de los excursionistas, aunque sólo conocía la primera estrofa y la mitad del estribillo. Pero pronto se cansó de ese tipo de pasatiempo, tan impropio de un hombre de ciencia, y se puso a declamar en voz alta un pasaje en latín del *Nurembergense Chronicon*, que comienza así: «*Malefica quaedam, auguriatrix in Anglia fuit...*»

De esta forma el trayecto se le hizo más corto; y llegó pronto junto al patíbulo, que no le pareció siniestro. Se instaló allí, apoyando la espalda contra uno de los montantes y envolviéndose en su abrigo de grueso tejido de Preston.

Aún le quedaba un poco de tabaco en el bolsillo, por lo que Tom rellenó su pipa y se puso a fumar con deleite.

Había dejado su reloj a la dueña de la pensión en la que se alojaba, como prenda de garantía por los muchos meses que le adeudaba de habitación y comida, y no tuvo más remedio que fijarse en el movimiento de la luna para calcular la hora. Había conseguido buenas calificaciones en los cursos de astronomía, y le fue relativamente fácil determinar que era cerca de la medianoche.

Pero fue justo en aquel fatídico momento cuando el astro de la noche desapareció casi por completo detrás de unas enormes nubes negras procedentes de los mares del oeste, las cuales presagiaban viento, lluvia y mal tiempo.

A pesar de ello, aquella confusa claridad era suficiente para ver la horca y su sombra.

Las sombras del patíbulo no fueron la causa principal de sus primeras inquietudes, si bien le parecieron extrañas... demasiado extrañas, ya que no se semejaban en absoluto a las que suelen proyectar, bajo la débil luz de un pobre claro de luna, los enjutos pilares de un cadalso.

De repente oyó doce campanadas, dadas de una forma precipitada y procedentes de los alrededores, a pesar de que Tom sabía que estaba a muchas leguas de distancia de cualquier iglesia o campanario. Al sonar la duodécima campanada, el joven estudiante vio que las sombras se agitaban a sus pies de una manera macabra e insólita. Entonces, levantando la mirada, Tom se dio cuenta de que ya no estaba solo en aquel lugar siniestro. Tres compañeros de vela se habían unido a él. ¡Pero qué compañeros, santo cielo!

Los tres estaban sobre el patíbulo, colgados de tres horcas, con una lengua de un palmo fuera de sus bocas y los rostros de un azul amoratado, roídos por la muerte.

En aquel instante, una fuerte ráfaga de viento curvó a ras de tierra los raquíticos matorrales del páramo y los tres ahorcados se pusieron a patalear como si entrasen en agonía.

Tom intentó huir, dispuesto a perder la cerveza, el tabaco y las pipas que había apostado, pero sus piernas no le obedecieron; parecían de plomo. Lo único que pudo hacer fue temblar como las hojas azotadas por el vendaval.

La segunda ráfaga de viento, que pasó rugiendo sobre su cabeza, fue tan fuerte que los tres ahorcados describieron amplios arcos de círculo, por lo que sus pies rozaban en cada vaivén el madero vertical de sus horcas.

De repente, Tom oyó un crujido seco en la parte superior del patíbulo: las cuerdas se habían roto y los tres ahorcados se precipitaron al suelo, donde estaba el joven estudiante.

Uno de ellos quedó de pie, el otro con el rostro a tierra y el tercero sentado sobre sus posaderas. Pero los tres tenían sus horribles ojos en blanco, fijos en Tom; unos ojos desmesuradamente agrandados, redondos como bolas de cristal, que reflejaban los pálidos rayos de la luna.

Tom Brown estaba dispuesto a todo, incluso a verlos bailar una danza macabra y a que luego le dirigieran la palabra, como si fueran seres humanos normales y corrientes.

Pero los tres ahorcados permanecieron inmóviles y mudos, con sus ojos muertos fijos en él. Entonces fueron sus propios pensamientos los que empezaron a susurrar entre sí.

Uno de estos pensamientos, sobre todo, volvía con frecuencia a su mente, como un refrán punzante e hiriente, torturando aún más su ya atormentado y angustiado espíritu:

«¡Hay cuatro garfios de hierro en el patíbulo, es decir, cuatro horcas, y sin embargo, ¡sólo hay tres ahorcados...!»

Tom Brown comprendió que aquel pensamiento no sólo tenía una base de lógica, sino, además, suma importancia; y, confundido, trató de hallar una explicación a esta situación.

Pero Tom no pudo encontrar ninguna respuesta. Presa del pánico, dominado por la angustia y la ansiedad, se puso a gritar, dirigiéndose a aquellos siniestros muertos:

–¿Por qué hay cuatro garfios en el patíbulo, cuando sólo sois tres los que habéis sido ahorcados?

Pero los tres ahorcados no respondieron nada; el primero siguió en la misma postura de antes, es decir, de pie y apoyado contra el maderamen del patíbulo, el segundo, tendido boca abajo en el suelo, y el tercero, en posición de sentado.

Tom insistió con voz suplicante:

–Por favor, os lo ruego, decidme; quiero saberlo... debo saberlo... no es justo que me dejéis en la ignorancia. ¡No, no pueden hacer eso conmigo! ¡Contestadme!

Pero los tres ahorcados no le contestaron nada, absolutamente nada.

Hacía mucho tiempo que se había oído el canto del gallo y las puertas de la ciudad hacía ya horas que estaban abiertas, sin que Tom Brown hubiese regresado de su excursión nocturna.

Sus amigos se dirigieron a buscarle al páramo de Tappington.

Hallaron a Tom Brown ahorcado, colgando del cuarto garfio del patíbulo.

El roble de Bill - Brian Lumley

 Tras haber disfrutado de un sorprendente éxito con mi último libro ¡Venid aquí, brujas!, durante cuyo proceso de investigación «documental» me encontré con varias menciones sobre la existencia de un cierto libro «negro» -el Cthaat Aquadingen, una colección casi legendaria de hechizos y encantos aparentemente relacionados, entre otras cosas, con la aparición de ciertos elementos acuosos-, me sentí desconcertado al descubrir que el Museo Británico no disponía de ninguna copia del libro; o bien, si existía, los encargados de ese enorme establecimiento no estaban dispuestos a permitir su examen. Sin embargo, yo deseaba ver una copia, sobre todo en relación con un nuevo libro que iba a titularse ¡Libros prohibidos!, en cuya redacción mi editor me presionaba para que empezara a trabajar.

La desgana del encargado de la sección de Libros Raros a contestar mis preguntas con algo más que unas simples respuestas superficiales, fue lo que me impulsó a ponerme en contacto con Titus Crow, un londinense coleccionista de volúmenes raros y antiguos que, según había oído decir, poseía una copia del libro que yo deseaba consultar en su biblioteca privada.

Escribí una carta apresurada al señor Crow y éste no tardó en contestarme, invitándome a Blowne House, su residencia en las afueras de la ciudad, asegurándome que, en efecto, poseía un ejemplar de Cthaat Aquadingen, y que yo podría consultarlo si aceptaba un acuerdo y una condición. El acuerdo consistía en que toda visita a Blowne House la realizara a primeras horas de la noche, ya que, como actualmente estaba enfrascado en ciertos estudios y se concentraba mejor por la noche, se acostaba muy tarde y nunca se levantaba antes del mediodía. Esto, unido al hecho de mantener ocupadas las tardes en actividades más mundanas pero no por ello menos esenciales, sólo le permitía trabajar o recibir visitas durante la noche. Se apresuró a asegurarme que no recibía visitas con frecuencia. En realidad, de no haber estado familiarizado con mi obra anterior, se habría visto obligado a rechazar de plano mi proposición. Ya había habido demasiados «chiflados» que intentaron penetrar en su retiro.

Como si el destino lo hubiera querido así, elegí una noche de perros para visitar Blowne House. La lluvia era una cortina que descendía de grandes y abultadas nubes grisáceas que pendían bajas sobre la ciudad. Aparqué en el largo sendero de entrada por el que se accedía a la amplia vivienda del señor Crow, corrí por el camino con el cuello de la gabardina subido, y llamé a la pesada puerta de entrada. Durante el medio minuto que mi anfitrión tardó en contestar, tuve tiempo más que suficiente para quedar empapado. En cuanto me presenté como Gerald Dawson, me hizo entrar rápidamente, me ayudó a quitarme la chorreante gabardina y el sombrero, y me introdujo en su estudio, donde me rogó que me instalara ante un fuego crepitante para «secarme».

Él no era como yo había esperado. Se trataba de un hombre alto, de hombros anchos, que, sin la menor duda, había sido muy atractivo en sus años mozos. Ahora, sin embargo, el pelo se le había encanecido y los ojos, aunque aún eran brillantes y observadores, mostraban la impronta de los muchos años pasados explorando -y supuse que, a menudo, descubriendo- los caminos apenas hollados del misterio y del conocimiento oscuro. Llevaba puesto un batín de color rojo intenso, y observé que, en una pequeña mesita situada junto a su mesa de despacho, había una botella del mejor brandy.

Pero fue lo que vi sobre su mesa de despacho lo que más atrajo mi atención; se trataba, evidentemente, del objeto de estudio del señor Crow: un reloj alto, de cuatro monstruosas manecillas, con jeroglíficos y en forma de ataúd, posado horizontalmente y hacia arriba a todo lo largo de la gran mesa. Había observado previamente que, al abrirme la puerta, mi anfitrión llevaba un libro en la mano. Ahora lo dejó sobre el brazo del sillón en el que me había sentado y, mientras me servía una copa, vi que era una copia muy manoseada de Notas sobre desciframiento de códigos, criptogramas e inscripciones antiguas, de Walmsley. Al parecer, el señor Crow intentaba traducir los fantásticos jeroglíficos de la extraña cara del reloj. Al levantarme y cruzar la estancia para observar más de cerca el misterioso artilugio, percibí que los intervalos entre los ruidosos tics del reloj eran muy irregulares, y que las cuatro manecillas no se movían en consonancia con ningún sistema conocido de medición del tiempo. No pude dejar de preguntarme para qué propósito cronológico podía servir una pieza tan curiosa.

Crow observó la expresión de extrañeza en mi rostro y se echó a reír.

-A mí también me intriga, señor Dawson, pero no se preocupe por ello. No creo que nadie llegue nunca a entender esa cosa; de vez en cuando, siento la necesidad de estudiarlo de nuevo, y entonces me paso semanas haciéndolo, sin llegar a ninguna parte. Pero no ha venido aquí esta noche para ocuparse del reloj de Marigny. Está usted aquí para consultar un libro.

Me mostré de acuerdo con él y empecé a bosquejarle mi plan para incluir una o dos menciones al Cthaat Aquadingen en mi nueva obra ¡Libros prohibidos! Mientras yo hablaba, trasladó la mesita pequeña a un lugar más cercano al fuego. Una vez hecho esto, retiró hacia un lado de la chimenea un panel oculto en la pared, y de una pequeña estantería extrajo el volumen en el que yo estaba interesado. Una expresión de extremada aversión cruzó su rostro; se apresuró a dejar el libro sobre la mesa y se restregó las manos en el batín.

-Es una lata... -murmuró-. Siempre está transpirando..., lo que, estará usted de acuerdo conmigo, resulta bastante sorprendente, teniendo en cuenta que el donante murió hace más de cuatrocientos años.

-¡El donante! -exclamé, contemplando el libro con una mórbida fascinación-. ¿No querrá decir que está encuadernado con...?

-Me temo que sí. Al menos esta copia.

-¡Dios mío!... ¿Quiere decir que hay otras copias?

-Que yo sepa, sólo hay tres..., y una de las otras dos está aquí, en Londres. Supongo que no le permitieron verla, ¿no es cierto?

-Es usted muy perspicaz, señor Crow. Y tiene razón, no me permitieron ver la copia del Museo Británico.

-Habría recibido usted la misma respuesta en caso de haber pedido ver el Necronomicon -replicó ante mi desconcierto.

-Perdone, pero ¿cree realmente en la existencia de ese libro? ¿Cómo es posible? Me han asegurado una media docena de veces que el Necronomicon es una pura fantasía, una inteligente obra de apoyo literario creada con el propósito de mantener una mitología ficticia.

-Si usted lo dice -se limitó a comentar-. Pero, en cualquier caso, usted está interesado en este libro -dijo, indicándome el volumen relacionado con lo maligno que ahora se hallaba sobre la mesita.

-Sí, desde luego, pero ¿no mencionó usted la existencia de una... condición?

-¡Ah, sí! Pero en realidad yo mismo me he ocupado de eso -replicó-. He arrancado los dos capítulos más instructivos y los he hecho encuadernar aparte, sólo por si acaso. Me temo que no podrá usted verlos.

-¿Los más instructivos? ¿Sólo por si acaso? -repetí-. No comprendo a qué se refiere.

-Sólo por si cayera en manos indebidas, desde luego -dijo con una expresión de sorpresa-. Sin lugar a dudas se habrá preguntado por qué los del museo guardan sus copias bajo llave.

-En efecto; supuse que lo hacían porque se trata de ejemplares muy raros que valen mucho dinero -contesté-. Y quizá también porque algunos de esos libros contienen uno o dos temas bastante repugnantes; material erótico-sobrenatural-sádico, algo escrito por una especie de marqués de Sade medieval, ¿no?

-Se equivoca, señor Dawson. El Cthaat Aquadingen contiene series completas de hechizos e invocaciones; contiene, por ejemplo, el Nyhargo Dirge, y una frase sobre cómo hacer el Signo antiguo; contiene igualmente uno de los Sathlatta, y cuatro páginas de rituales Tsathoguan. Y muchas más cosas..., hasta el punto de que si ciertas autoridades hubieran logrado salirse con la suya, las tres copias habrían sido destruidas hace mucho tiempo.

-Pero ¿no creerá usted en tales cosas? -protesté-. Yo intento escribir sobre tales libros considerándolos como algo condenadamente misterioso y monstruoso... Tengo que hacerlo así, puesto que en caso contrario no vendería un ejemplar..., pero no puedo creer en ello.

Crow se echó a reír, aunque sin ninguna alegría.

-¿De veras no puede? Si hubiera visto usted las cosas que yo he visto, o si hubiera pasado por algunas de las cosas por las que yo he pasado..., créame, señor Dawson, en tal caso no se sentiría tan impresionado. ¡Claro que creo en estas cosas! Creo en los fantasmas y las hadas, en los demonios y los genios, en una cierta propaganda mitológica, y en la existencia de la Atlántida, R'lyeh y G'harne.

-Pero, sin lugar a dudas, no existe ninguna prueba genuina en favor de ninguna de las cosas o lugares que acaba de mencionar -argüí-. ¿Dónde hay, por ejemplo, un lugar en el que uno pueda estar seguro de encontrarse con un... fantasma?

Crow se quedó pensativo un momento y tuve la seguridad de haber vencido con mi razonamiento. No podía imaginar que un hombre tan evidentemente inteligente como él creyera de veras y de un modo tan profundo en lo sobrenatural. Pero entonces, desafiando lo que yo había considerado como una pregunta insoluble, me contestó:

-Me sitúa usted en la posición del clérigo que asegura a un niño pequeño la existencia de un Dios todopoderoso y omnisciente, y a quien el niño pide que se lo haga ver. No, no puedo mostrarle ningún fantasma..., a menos que estemos dispuestos a pasar por una gran cantidad de problemas..., pero sí puedo mostrarle la manifestación de uno.

-Oh, vamos, señor Crow, usted...

-Hablo en serio -me interrumpió-. ¡Escuche!

Se llevó un dedo a los labios para indicarme silencio, y adoptó una actitud de escucha.

En el exterior, la lluvia había cesado y el silencio de la estancia sólo se veía perturbado por el sonido esporádico de las gotitas que caían de las tejas; sólo se escuchaba eso, y el tictac del gran reloj de Crow. Y entonces llegó hasta mis oídos un sonido perfectamente audible, prolongado y crujiente, como de maderas resquebrajándose.

-¿Lo ha oído? -preguntó Crow sonriendo.

-Sí -admití-. Ya lo había oído media docena de veces mientras hablábamos. Seguramente colocaron madera verde al construir su buhardilla.

-Esta casa posee vigas muy insólitas -observó él-. Son de madera de teca..., y estaban totalmente secas antes de que se construyera la casa. ¡Y la teca no cruje!

Sonrió con una mueca. Evidentemente, le agradaba aquel sonido.

-En tal caso será un árbol azotado por el viento -dije, encogiéndome de hombros.

-En efecto, se trata de un árbol. Pero si hubiera viento, lo oiríamos. No, ese sonido proviene de una rama del «Roble de Bill» que protesta bajo su peso. -Cruzó la estancia, dirigiéndose hacia la ventana y miró hacia el jardín-. Pasó usted por alto a nuestro Bill cuando escribió su último libro. Se trata de William «Bill» Fovargue, acusado de brujería, ahorcado en ese árbol en 1675 por una multitud de campesinos enloquecidos por el miedo. En aquel momento se dirigía a someterse a juicio, pero, tras el linchamiento, la gente declaró que lo asaltaron porque él había iniciado un horrible encantamiento, al tiempo que empezaban a configurarse unas extrañas formas en el cielo..., de modo que lo colgaron para impedir que empeorara la situación...

-Ya entiendo. De modo que ese sonido procede de la rama de la que fue colgado, que aún cruje bajo su peso doscientos ochenta años después del linchamiento, ¿no es eso? -pregunté, dando a mi voz el mayor tono posible de sarcasmo.

-En efecto -replicó Crow, imperturbable-. Ese sonido afectó tanto a los nervios del anterior propietario de la casa que terminó por vendérmela. Y el otro propietario casi se volvió loco intentando descubrir su origen.

-¡Ah! Ese es el punto débil de su historia, señor Crow -le indiqué-. Él habría podido rastrear el origen del sonido hasta el árbol. -Tomé su silencio como un reconocimiento a mi inteligencia y me levanté, crucé la habitación y me situé a su lado, ante la ventana. Al hacerlo, volví a escuchar el crujido del árbol, esta vez más fuerte-. Eso lo produce el viento en las ramas del roble, señor Crow -le aseguré-. No hay nada más.

Al mirar hacia el exterior, retrocedí un paso, diciéndome que debía de estar viendo visiones. Pero, en realidad, no estaba viendo visiones. Allí no había roble alguno. De pronto, sentí que la cabeza me daba vueltas. Tras pensármelo un instante, estallé en una trémula carcajada. El señor Crow era endiabladamente listo Por un momento, me había hecho dudar. Me volví hacia él, repentinamente enojado y vi que aún sonreía.

-De modo que, después de todo, son las vigas, ¿no es eso? -pregunté con una voz ligeramente temblorosa.

-No -contestó Crow sin dejar de sonreír-. Eso fue lo que casi enloqueció al antiguo propietario. Verá, cuando construyeron esta casa, hace unos setenta años, cortaron el Roble de Bill para que sus raíces no impidieran hacer los cimientos.