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El último sueño del viejo roble - Hans Christian Andersen


Había una vez en el bosque, sobre los acantilados que daban al mar, un vetusto roble, que tenía exactamente trescientos sesenta y cinco años. Pero todo este tiempo, para el árbol no significaba más que lo que significan otros tantos días para nosotros, los hombres.

Nosotros velamos de día, dormimos de noche y entonces tenemos nuestros sueños. La cosa es distinta con el árbol, pues vela por espacio de tres estaciones, y sólo en invierno queda sumido en sueño; el invierno es su tiempo de descanso, es su noche tras el largo día formado por la primavera, el verano y el otoño. 

Aquel insecto que apenas vive veinticuatro horas y que llamamos efímera, más de un caluroso día de verano había estado bailando, viviendo, flotando y disfrutando en torno a su copa. Después, el pobre animalito descansaba en silenciosa bienaventuranza sobre una de las verdes hojas de roble, y entonces el árbol le decía siempre:

–¡Pobre pequeña! Tu vida entera dura sólo un momento. ¡Qué breve! Es un caso bien triste.
–¿Triste? –respondía invariablemente la efímera–. ¿Qué quieres decir? Todo es tan luminoso y claro, tan cálido y magnífico, y yo me siento tan contenta...
–Pero sólo un día y todo terminó.
–¿Terminó? –replicaba la efímera–. ¿Qué es lo que termina? ¿Has terminado tú, acaso?
–No, yo vivo miles y miles de tus días, y mi día abarca estaciones enteras. Es un tiempo tan largo, que tú no puedes calcularlo.
–No te comprendo, la verdad. Tú tienes millares de mis días, pero yo tengo millares de instantes para sentirme contenta y feliz. ¿Termina acaso toda esa magnificencia del mundo, cuando tú mueres?
–No –decía el roble–. Continúa más tiempo, un tiempo infinitamente más largo del que puedo imaginar.
–Entonces nuestra existencia es igual de larga, sólo que la contamos de modo diferente.

Y la efímera danzaba y se mecía en el aire, satisfecha de sus alas sutiles y primorosas, que parecían hechas de tul y terciopelo. Gozaba del aire cálido, impregnado del aroma de los campos de trébol y de las rosas silvestres, las lilas y la madreselva, para no hablar ya de la aspérula, las primaveras y la menta rizada. Tan intenso era el aroma, que la efímera sentía como una ligera embriaguez. 

El día era largo y espléndido, saturado de alegría y de aire suave, y en cuanto el sol se ponía, el insecto se sentía invadido de un agradable cansancio, producido por tanto gozar. Las alas se resistían a sostenerlo, y, casi sin darse cuenta, se deslizaba por el tallo de hierba, blando y ondeante, agachaba la cabeza como sólo él sabe hacerlo, y se quedaba alegremente dormido. Ésta era su muerte.

–¡Pobre, pobre efímera! –exclamaba el roble–. ¡Qué vida tan breve! 

Y cada día se repetía la misma danza, el mismo coloquio, la misma respuesta y el mismo desvanecerse en el sueño de la muerte. Repetíase en todas las generaciones de las efímeras, y todas se mostraban igualmente felices y contentas.

El roble había estado en vela durante toda su mañana primaveral, su mediodía estival y su ocaso otoñal. Llegaba ahora el período del sueño, su noche. Acercábase el invierno.

Venían ya las tempestades, cantando: «¡Buenas noches, buenas noches! ¡Cayó una hoja, cayó una hoja! ¡Cosechamos, cosechamos! Vete a acostar. Te cantaremos en tu sueño, te sacudiremos, pero, ¿verdad que eso le hace bien a las viejas ramas? Crujen de puro placer. ¡Duerme dulcemente, duerme dulcemente! Es tu noche número trescientos sesenta y cinco; en realidad, eres docemesino. ¡Duerme dulcemente! La nube verterá nieve sobre ti. Te hará de sábana, una caliente manta que te envolverá los pies. Duerme dulcemente, y sueña».

Y el roble se quedó despojado de todo su follaje, dispuesto a entregarse a su prolongado sueño invernal y soñar; a soñar siempre con las cosas vividas, exactamente como en los sueños de los humanos.

También él había sido pequeño. Su cuna había sido una bellota. Según el cómputo de los hombres, se hallaba ahora en su cuarto siglo. Era el roble más corpulento y hermoso del bosque; su copa rebasaba todos los demás árboles, y era visible desde muy adentro del mar, sirviendo a los marinos de punto de referencia. 

No pensaba él en los muchos ojos que lo buscaban. En lo más alto de su verde copa instalaban su nido las palomas torcaces, y el cuclillo gritaba su nombre. En otoño, cuando las hojas parecían láminas de cobre forjado, acudían las aves de paso y descansaban en ella antes de emprender el vuelo a través del mar. 

Mas ahora había llegado el invierno; el árbol estaba sin hojas, y quedaban al desnudo los ángulos y sinuosidades que formaban sus ramas. Venían las cornejas y los grajos a posarse a bandadas sobre él, charlando acerca de los duros tiempos que empezaban y de lo difícil que resultaría procurarse la pitanza.

Fue precisamente en los días santos de las Navidades cuando el roble tuvo su sueño más bello. Vais a oírlo.

El árbol se daba perfecta cuenta de que era tiempo de fiesta. Creía oír en derredor el tañido de las campanas de las iglesias, y se sentía como en un espléndido día de verano, suave y caliente. Verde y lozana extendía su poderosa copa, los rayos del sol jugueteaban entre sus hojas y ramas, el aire estaba impregnado del aroma de hierbas y matas olorosas. 

Pintadas mariposas jugaban a la gallinita ciega, y las efímeras danzaban como si todo hubiese sido creado sólo para que ellas pudiesen bailar y alegrarse. Todo lo que el árbol había vivido y visto en el curso de sus años desfilaba ante él como un festivo cortejo. 

Veía cabalgar a través del bosque gentileshombres y damas de tiempos remotos, con plumas en el sombrero y halcones en la mano. Resonaba el cuerno de caza, y ladraban los perros. 

Vio luego soldados enemigos con armas relucientes y uniformes abigarrados, con lanzas y alabardas, que levantaban, sus tiendas y volvían a plegarlas; ardían fuegos de vivaque, y bajo las amplias ramas del árbol los hombres cantaban y dormían. 

Vio felices parejas de enamorados que se encontraban a la luz de la luna y entallaban en la verdosa corteza las iniciales de sus nombres. Un día – habían transcurrido ya muchos años –, unos alegres estudiantes colgaron una cítara y un arpa eólica de las ramas del roble; y he aquí que ahora reaparecían y sonaban melodiosamente. 

Las palomas torcaces arrullaban como si quisieran contar lo que sentía el árbol, y el cuclillo pregonaba a voz en grito los días de verano que le quedaban aún de vida.

Fue como si un nuevo flujo de vida recorriese el árbol, desde las últimas fibras de la raíz hasta las ramas más altas y las hojas. Sintió el roble como si se estirara y extendiera. Por las raíces notaba, que también bajo tierra hay vida y calor. Sentía crecer su fuerza, crecía sin cesar. 

Se elevaba el tronco continuamente, ganando altura por momentos. La copa se hacía más densa, ensanchándose y subiendo. Y cuanto más crecía el árbol, tanto mayor era su sensación de bienestar y su anhelo, impregnado de felicidad indecible, de seguir elevándose hasta llegar al sol resplandeciente y ardoroso.

Rebasaba ya en mucho las nubes, que desfilaban por debajo de él cual obscuras bandadas de aves migratorias o de blancos cisnes.

Y cada una de las hojas del árbol estaba dotada de vista, como, si tuviese un ojo capaz de ver. Las estrellas se hicieron visibles de día, tal eran de grandes y brillantes; cada una lucía como un par de ojos, unos ojos muy dulces y límpidos. Recordaban queridos ojos conocidos, ojos de niños, de enamorados, cuándo se encontraban bajo el árbol.

Eran momentos de infinita felicidad, y, sin embargo, en medio de su ventura sintió el roble un vivo afán de que todos los restantes árboles del bosque, matas, hierbas y flores, pudieran elevarse con él, para disfrutar también de aquel esplendor y de aquel gozo. 

Entre tanta magnificencia, una cosa faltaba a la felicidad del poderoso roble: no poder compartir su dicha con todos, grandes y pequeños, y este sentimiento hacía vibrar las ramas y las hojas con tanta intensidad como un pecho humano.

La copa del árbol se movió como si buscara algo, como si algo le faltara. Miró atrás, y la fragancia de la aspérula y la aún más intensa de la madreselva y la violeta, subieron hasta ella; y el roble creyó oír la llamada del cuclillo.

Y he aquí que empezaron a destacar por entre las nubes las verdes cimas del bosque, y el roble vio cómo crecían los demás árboles hasta alcanzar su misma altura. Las hierbas y matas subían también; algunas se desprendían de las raíces, para encaramarse más rápidamente. El abedul fue el más ligero; cual blanco rayo proyectó a lo alto su esbelto tronco, mientras las ramas se agitaban como un tul verde o como banderas. 

Todo el bosque crecía, incluso la caña de pardas hojas, y las aves seguían cantando, y en el tallito que ondeaba a modo de una verde cinta de seda, el saltamontes jugaba con el ala posada sobre la pata. Zumbaban los abejorros y las abejas, cada pájaro entonaba su canción, y todo era melodía y regocijo en las regiones del éter.

–Pero también deberían participar la florecilla del agua –dijo el roble–, y la campanilla azul, y la diminuta margarita.
Sí, el roble deseaba que todos, hasta los más humildes, pudiesen tomar parte en la fiesta.
–¡Aquí estamos, aquí estamos!– se oyó gritar.
–Pero la hermosa aspérula del último verano (el año pasador hubo aquí una verdadera alfombra de lirios de los valles) y el manzano, silvestre, ¡tan hermoso como era!, y toda la magnificencia de años atrás... ¡qué lástima que haya muerto todo, y no puedan gozar con nosotros!
–¡Aquí estamos, aquí estamos! –se oyó el coro, más alto aún que antes. Parecía como si se hubiesen adelantado en su vuelo.
–¡Qué hermoso! –exclamó, entusiasmado, el viejo roble ¡Los tengo a todos, grandes y chicos, no falta ni uno! ¿Cómo es posible tanta dicha?
–En el reino de Dios todo es posible –se oyó una voz.
Y el árbol, que seguía creciendo incesantemente, sintió que las raíces se soltaban de la tierra.
–Esto es lo mejor de todo –exclamó el árbol–. Ya no me sujeta nada allá abajo. Ya puedo elevarme hasta el infinito en la luz y la gloria. Y me rodean todos los que quiero, chicos y grandes.
–¡Todos!

Éste fue el sueño del roble; y mientras soñaba, una furiosa tempestad se desencadenó por mar y tierra en la santa noche de Navidad. El océano lanzaba terribles olas contra la orilla, crujió el árbol y fue arrancado de raíz, precisamente mientras soñaba que sus raíces se desprendían del suelo. Sus trescientos sesenta y cinco años no representaban ya más que el día de la efímera.

La mañana de Navidad, cuando volvió a salir el sol, la tempestad se había calmado. Todas las campanas doblaban en son de fiesta, y de todas las chimeneas, hasta la del jornalero, que era la más pequeña y humilde, se elevaba el humo azulado, como del altar en un sacrificio de acción de gracias. El mar se fue también calmando progresivamente, y en un gran buque que aquella noche había tenido que capear el temporal, fueron izados los gallardetes.

–¡No está el árbol, el viejo roble que nos señalaba la tierra! –decían los marinos–. Ha sido abatido en esta noche tempestuosa. ¿Quién va a substituirlo? Nadie podrá hacerlo.
Tal fue el panegírico, breve pero efusivo, que se dedicó al árbol, el cual yacía tendido en la orilla, bajo un manto de nieve. Y sobre él resonaba un solemne coro procedente del barco, una canción evocadora de la alegría navideña y de la redención del alma humana por Cristo, y de la vida eterna:

Regocíjate, grey cristiana.
Vamos ya a bajar anclas.
Nuestra alegría es sin par.
¡Aleluya, aleluya!

Así decía el himno religioso, y todos los tripulantes se sentían elevados a su manera por el canto y la oración, como el viejo roble en su último sueño, el sueño más bello de su Nochebuena.

La dirección de la carretera - Úrsula K. Le Guin

    Antes no eran tan exigentes. Nunca nos hacían ir más aprisa que al galope, y aún eso era raro; la mayor parte de las veces se contentaban con un pequeño trote saltarín. Y cuando uno de ellos iba a pie, era un auténtico placer acercársele. Me daba tiempo de realizar toda la acción con auténtico estilo. Le veía hacer como que movía sus piernas y sus brazos según sus costumbres, mientras miraba la carretera, o incluso los campos que atravesaba, o hasta mirándome directamente: entonces me acercaba a él regularmente pero con mucha lentitud, aumentando de tamaño sin cesar, sincronizando a la perfección la velocidad de aproximación y la velocidad de crecimiento, de tal modo que, en el mismo momento en que, tras no haber sido más que una minúscula mota, había adquirido toda mi estatura –veinte metros por aquella época–, me alzaba ante él, inmenso, dominándolo, cubriéndolo con mi sombra. Y sin embargo él no manifestaba ningún temor. Ni siquiera los niños me temían, aunque a menudo no dejaban de mirarme mientras yo pasaba cerca de ellos, para empezar a decrecer a continuación.

    Ocurría a veces que, en una cálida tarde, uno de los adultos me detenía justo en el lugar donde nos encontrábamos, y se sentaba, su espalda contra la mía, durante una hora o más. Yo no veía en ello el menor inconveniente. Tengo una excelente colina, un buen suelo, un buen viento, una hermosa vista; ¿por qué iba a molestarme el permanecer inmóvil durante una hora o toda una tarde?    

    Después de todo, la inmovilidad no es más que relativa. Basta con mirar al Sol para darse cuenta de la velocidad en que todo se desplaza; y además uno no deja de crecer... sobre todo en verano. En cualquier caso me emocionaba el verles confiar así en mí, dejarme que me apoyara en sus pequeñas espaldas cálidas, y dormirse profundamente entre mis pies. Me gustaban. Es raro que nos hayan caído en gracia como los pájaros; pero realmente los prefería a las ardillas.

    En aquel tiempo los caballos trabajaban para ellos, lo cual constituía para mí un agrado suplementario. Me gustaba particularmente el galope corto, en el que me volví muy hábil. Aquel movimiento de elevación rítmica que acompaña al crecimiento o disminución les confiere una apariencia de oscilación y de caída que es casi la del vuelo. 

    El galope era menos agradable, con su sincopado martilleo; me sentía agitado como un árbol joven en la tormenta. Además, el placer de acercarme y crecer lentamente hasta parecer gigantesco, y luego alejarme y decrecer también lentamente, quedaba suprimido por el galope. Había que hacerlo todo brutalmente, tacatac, tacatac, y tanto el hombre como su montura estaban tan absortos por este ejercicio que ni siquiera levantaban los ojos hacia mí. Hay que admitir de todos modos que los casos eran raros. Después de todo, el caballo es mortal y, como todas las criaturas sin raíces, fatigable; los hombres evitaban pues cansar a sus caballos, salvo casos de urgencia; los casos de urgencia, aparentemente, no eran tampoco tan frecuentes en aquella época.

    No he galopado desde hace mucho tiempo, y a decir verdad me gustaría hacerlo. Bien pensado, aquel ejercicio tenía algo de tonificante.

    La primera vez que vi un automóvil, lo recuerdo aún, lo tomé, como la mayor parte de nosotros, por un ser mortal una especie de criatura sin raíces a la que no conocía. Sentí un cierto sobrecogimiento ya que, con ciento treinta y dos años de edad, creía conocer a toda la fauna local. Pero una novedad, por fútil que sea, siempre es algo interesante, así que lo observé con atención. Me acerqué a buena marcha, la de un galope corto, pero adoptando un ritmo distinto, adaptado al aspecto falto dé gracia de aquella cosa: un ritmo inconfortable, el de un ser rodante, sofocante, trepidante, agitado por sobresaltos. Pero no, no se trataba de ningún ser mortal, libre o cautivo, con o sin raíces, y me di cuenta de ello en menos de dos minutos, antes de haber alcanzado el tamaño de treinta centímetros. Era un objeto fabricado, como aquellas carretas a las que se ataban los caballos. Lo hallé tan mal hecho que estimé imposible que regresara cuando lo vi desaparecer tras la cima de West Hill, y esperé de todo corazón no volver a verlo nunca más, pues no podía soportar su marcha dura y contrastada.

    Pero la cosa adoptó un horario regular, al que me vi obligado a doblegarme. Todos los días, a las cuatro, debía aproximarme a él mientras aparecía al oeste con su rítmico tartamudeo, tenía que crecer, erguirme en toda mi altura, y encogerme de nuevo luego. Después, a las cinco, debía ir una vez más a su encuentro trotando como un gazapo pese a mis veinte metros de altura, mientras llegaba por el este dando sus traqueteantes zancadas, impaciente porque aquel horrible pequeño monstruo desapareciera por el horizonte, a fin de poder descansar y relajar mis miembros al viento del atardecer.

    Siempre había dos personas en el vehículo: un joven macho al volante, y tras él, una vieja hembra de mirada arisca medio sepultada entre mantas. Nunca les oí hablarse. Y sin embargo por aquel tiempo sorprendí varias conversaciones en la carretera. La máquina iba descubierta, pero el enorme ruido que hacía cubría el de todas las voces, incluso la del gorrión cantor que yo albergaba aquel año. Odiaba aquel ruido casi tanto como la bamboleante marcha del vehículo.

    Soy de una familia que se respeta y mantiene sus rígidos principios. La divisa de los robles es: «Me rompo, pero no me doblego»; y me veo obligado a observarla. Lo que me hacía sufrir, entiendan, no era puramente la vanidad personal, sino el orgullo familiar, el hecho de que un simple objeto fabricado me obligara a saltar y a bambolearme de aquel modo.

    Los manzanos de la huerta, en la parte baja de la colina, no parecían verse tan afectados; pero son árboles domesticados. Sus genes han sido manipulados desde hace siglos. Además, son criaturas gregarias; ningún árbol frutal es realmente capaz de formular una opinión personal.

    Yo guardaba para mí mi propia opinión.

    Pero cuando el automóvil dejó de envenenarnos me alegré sobremanera. No apareció en absoluto durante todo un mes, durante el cual tuve el placer de andar hacia los hombres y trotar hacia los caballos, yendo incluso a dar saltitos al encuentro de un bebé en brazos de su madre, esforzándome, sin éxito, en ofrecerle una imagen nítida.

    Al mes siguiente –septiembre, unos pocos días después de la partida de las golondrinas– apareció otra máquina. Nos arrastró de pronto, a mí, a nuestra colina, a la huerta, a los campos, al techo de la granja, en su carrera de este a oeste, dando saltitos, bamboleándose, petardeando; mi velocidad era superior a la del galope, y jamás me había desplazado tan rápidamente. Apenas tuve tiempo de parecer gigantesco cuando ya tuve que empezar a encogerme.

    Y a la mañana siguiente vino otra máquina.

    Cada año, cada semana, cada día, la especie se extendía. Llegaron a convertirse en un elemento importante de nuestro Orden Natural. Las carreteras eran levantadas y luego rehechas, ampliadas, con una detestable superficie plana como la huella de un caracol, sin roderas, sin charcos, sin piedras, sin flores, sin sombras. ¿Dónde estaban todos esos pequeños seres sin raíces que antes recorrían la carretera, saltamontes, hormigas, sapos, ratones, zorros y tantos otros, demasiado pequeños la mayor parte de ellos como para que yo acudiera a su encuentro puesto que no llegaban a verme realmente? Los más prudentes evitaban ahora la carretera, los otros se dejaban aplastar. ¡Cuántos conejos he visto morir así a mis pies! Doy gracias a Dios de ser un roble, ya que puedo verme arrancado por el viento, desenraizado, podado o aserrado, pero al menos no podré, bajo ninguna circunstancia, verme aplastado en la carretera.

    La presencia simultánea de un gran número de vehículos en la carretera exigió de mí un nivel superior de actuación. Era tan solo un arbolillo cuya copa apenas rebasaba las hierbas silvestres cuando aprendí a ir en dos direcciones al mismo tiempo. Conseguí ese logro elemental sin pensar realmente en él, bajo la simple presión de las circunstancias, la primera vez que vi a un peatón al este frente a un jinete que venía del oeste. Tenía que ir en dos direcciones a la vez, y lo conseguí. Supongo que para nosotros los árboles esto es la base del arte. Estaba nervioso, pero conseguí pasar cerca del jinete, luego alejarme de él mientras me encogía trotando hacia el peatón, al cual no alcancé hasta después de haber sido perdido de vista por el jinete... por aquel tiempo no tenía que aparecer aún gigantesco. Estaba orgulloso de mí, siendo aún muy joven, orgulloso de mi hazaña; pero de hecho es menos difícil de lo que parece. Desde entonces, por supuesto, repetí la operación un incalculable número de veces, y ni siquiera le daba importancia; lo hacía incluso en sueños.      

    ¿Pero han pensado ustedes en el increíble esfuerzo que realiza un árbol cuando debe, por un lado, agrandarse simultáneamente a velocidades ligeramente distintas, y al mismo tiempo encogerse para otros vehículos que avanzan en sentido contrario, unos cuarenta a la vez en cada sentido, sin olvidarse de erguirse con toda su altura en el momento preciso para cada uno de ellos? ¿Y hacer esto minuto tras minuto, hora tras hora, desde el amanecer hasta la caída de la noche e incluso más tarde?

    Puesto que mi carretera se volvió muy frecuentada; la circulación era casi incesante. No dejaba un instante de reposo. Se habían acabado los bamboleos sincopados, pero cada vez debía ser más rápido: crecer a toda velocidad, erguirme en toda mi altura en una fracción de segundo, y decrecer con la misma precipitación, sin poder gozar con ello, y sin descanso, una y otra y otra vez.

    Muy raros eran los conductores que se dignaban dirigirme una ojeada, por breve que fuera. De hecho, parecían no ver nada. Se contentaban con mirar fijamente la carretera ante ellos. Tenían la ilusión, al parecer, de ir a alguna parte. Miraban, a través de unos espejitos fijados a la parte delantera de sus vehículos, hacia la parte de carretera que acababan de recorrer, y luego volvían a clavar sus ojos camino adelante. Yo había supuesto que solo los escarabajos se hacían esta falsa idea del Progreso. En efecto, no dejan de precipitarse en todos sentidos sin levantar nunca los ojos. Siempre había tenido una pobre opinión de esas pequeñas criaturas. Pero al menos ellas me dejaban en paz.

    Confieso que a veces, en esas benditas noches tenebrosas en las que mi copa no era plateada por la Luna, o mis ramas no ocultaban las estrellas, en esas noches en las que podía tomarse un descanso, pensaba seriamente en sustraerme a las obligaciones de nuestro Orden Natural: en dejar de desplazarme. No, no seriamente. Tan solo a medias. Puro cansancio. Si el más pequeño imbécil de retoño de sauce, al pie de la colina, aceptaba sus responsabilidades, saltaba, se movía, aceleraba, crecía y disminuía por cada coche que pasaba por la carretera, ¿cómo podría no hacerlo yo, un roble? Nobleza obliga. Y creo poder decir que nunca he dejado caer un glande que no conozca su deber.

    Hace pues cincuenta o sesenta años que me erijo en defensor del Orden Natural, y que mantengo a las criaturas humanas en su ilusión de ir a alguna parte. Y lo hago de buen grado. Pero me ha ocurrido algo horrible, contra lo cual debo elevar una solemne protesta.

    Puedo ir perfectamente en dos direcciones a la vez; puedo muy bien crecer y decrecer simultáneamente; puedo moverme sin problemas, incluso a la desagradable velocidad de cien o ciento veinte kilómetros por hora. Estoy dispuesto a proseguir todo esto hasta el día en que un hacha, una sierra o un bulldozer me derribe. Ese es mi destino. Pero a lo que reniego con mis últimas energías es a volverme eterno.

    La eternidad no es mi destino. Soy un roble, ni más, ni menos. Tengo mis deberes, y los cumplo; tengo mis recompensas, y sé apreciarlas, aunque lamente que cada vez se hagan más raras, puesto que los pájaros son menos numerosos y los vientos se están volviendo mefíticos. Pero, sea cual pueda ser mi longevidad, tengo derecho a dejar de ser. La mortalidad es mi privilegio. Y he perdido este privilegio.

    Lo perdí hace un año, en un día lluvioso del mes de marzo.

    Los coches, como siempre, surgían por la carretera en ambos sentidos, cubriéndola con sus rápidas carreras. Yo estaba tan ocupado en moverme como un bólido, crecer, erguirme en toda mi altura, decrecer, y el día desaparecía tan aprisa, que apenas tuve tiempo de ver lo que ocurría. El conductor de uno de los coches debía estimar que su necesidad de ir a algún sitio presentaba un carácter de urgencia excepcional; por ese motivo intentó situar su vehículo delante del que lo precedía. Para efectuar esta maniobra hay que desviarse un momento de la Dirección de la Carretera girando hacia el lado encargado de hacer circular a los coches en el otro sentido (y debo decir que admiro enormemente las capacidades de la carretera, ya que no es fácil efectuar tales maniobras cuando no se es más que un simple objeto fabricado y no un ser vivo). 

    Pero en aquel momento otro coche llegaba en sentido contrario, y se encontró frente a frente con el del conductor apresurado. Y la carretera no pudo hacer nada para salvar la situación, puesto que estaba demasiado cargada. Para evitar golpear al coche que le hacía frente, el vehículo con prisas contravino absolutamente todas las reglas de la Dirección de la Carretera con una conversión de noventa grados, lo cual me obligó a saltar directamente sobre él. No tenía otra elección. Tuve que lanzarme sobre él a ciento cuarenta kilómetros por hora. Me erguí en toda mi altura, haciéndome más grande, más gigantesco que nunca antes. Luego percuté contra el vehículo.

    Perdí una considerable porción de corteza y, lo que es peor, una buena capa de cámbium; pero para un árbol de veintidós metros de alto y cerca de tres metros de circunferencia en el punto del impacto eso no resultaba demasiado grave. Mis ramas temblaron por el choque hasta el punto de hacer caer un nido de petirrojos del año anterior, y sentí una tal sacudida que lancé un gemido. Jamás en mi vida había hablado tan fuerte.

    El coche lanzó un grito desgarrador, roto, aplastado por el golpe que yo le había dado. Su parte trasera apenas recibió daño, pero toda su parte delantera era un auténtico acordeón, con retorcimientos propios de una raíz vieja sobre los cuales caía una lluvia de pequeños trocitos de brillante plancha.

    El conductor no tuvo tiempo de pronunciar ni una palabra. Lo maté instantáneamente.

    No es contra esto contra lo que protesto. No podía hacer otra cosa más que matarlo. Era inevitable, de modo que todo lamento posterior es superfluo. Contra lo que me rebelo, lo que no puedo soportar más, es esto: cuando yo saltaba sobre él, él me vio. En el último momento, levantó los ojos. Me vio como jamás nadie me había visto, ni siquiera un niño, ni siquiera en los tiempos en que la gente miraba aún a su alrededor. Me vio enteramente, y quizá yo sea la única cosa que él hubiera visto jamás en toda su vida.

    Me vio bajo los atisbos de la eternidad. Me confundió con la eternidad. Y puesto que murió en el momento mismo en que su visión le engañaba, puesto que nada puede modificarla, estoy cautivo por toda la eternidad.

    Esto me resulta insoportable. No puedo hacerme cómplice de tamaña ilusión. Las criaturas humanas no quieren comprender la Relatividad; muy bien, pero que comprendan la Relación.

    Si el Orden Natural lo exige, yo mataré a los conductores de coches, aunque esto no forme parte de las obligaciones normales que incumben a un roble. Pero es injusto imponerme no solo el papel de asesino, sino también el de la muerte. Puesto que yo no soy la muerte. Yo soy la vida; soy mortal.

    Si quieren ver la muerte con sus propios ojos, es su problema, no el mío. Yo no quiero ser para ellos la eternidad. Que no cuenten con los árboles para encontrar en ellos la imagen de la muerte. Que la busquen más bien en los ojos de sus semejantes.

El roble de Bill - Brian Lumley

 Tras haber disfrutado de un sorprendente éxito con mi último libro ¡Venid aquí, brujas!, durante cuyo proceso de investigación «documental» me encontré con varias menciones sobre la existencia de un cierto libro «negro» -el Cthaat Aquadingen, una colección casi legendaria de hechizos y encantos aparentemente relacionados, entre otras cosas, con la aparición de ciertos elementos acuosos-, me sentí desconcertado al descubrir que el Museo Británico no disponía de ninguna copia del libro; o bien, si existía, los encargados de ese enorme establecimiento no estaban dispuestos a permitir su examen. Sin embargo, yo deseaba ver una copia, sobre todo en relación con un nuevo libro que iba a titularse ¡Libros prohibidos!, en cuya redacción mi editor me presionaba para que empezara a trabajar.

La desgana del encargado de la sección de Libros Raros a contestar mis preguntas con algo más que unas simples respuestas superficiales, fue lo que me impulsó a ponerme en contacto con Titus Crow, un londinense coleccionista de volúmenes raros y antiguos que, según había oído decir, poseía una copia del libro que yo deseaba consultar en su biblioteca privada.

Escribí una carta apresurada al señor Crow y éste no tardó en contestarme, invitándome a Blowne House, su residencia en las afueras de la ciudad, asegurándome que, en efecto, poseía un ejemplar de Cthaat Aquadingen, y que yo podría consultarlo si aceptaba un acuerdo y una condición. El acuerdo consistía en que toda visita a Blowne House la realizara a primeras horas de la noche, ya que, como actualmente estaba enfrascado en ciertos estudios y se concentraba mejor por la noche, se acostaba muy tarde y nunca se levantaba antes del mediodía. Esto, unido al hecho de mantener ocupadas las tardes en actividades más mundanas pero no por ello menos esenciales, sólo le permitía trabajar o recibir visitas durante la noche. Se apresuró a asegurarme que no recibía visitas con frecuencia. En realidad, de no haber estado familiarizado con mi obra anterior, se habría visto obligado a rechazar de plano mi proposición. Ya había habido demasiados «chiflados» que intentaron penetrar en su retiro.

Como si el destino lo hubiera querido así, elegí una noche de perros para visitar Blowne House. La lluvia era una cortina que descendía de grandes y abultadas nubes grisáceas que pendían bajas sobre la ciudad. Aparqué en el largo sendero de entrada por el que se accedía a la amplia vivienda del señor Crow, corrí por el camino con el cuello de la gabardina subido, y llamé a la pesada puerta de entrada. Durante el medio minuto que mi anfitrión tardó en contestar, tuve tiempo más que suficiente para quedar empapado. En cuanto me presenté como Gerald Dawson, me hizo entrar rápidamente, me ayudó a quitarme la chorreante gabardina y el sombrero, y me introdujo en su estudio, donde me rogó que me instalara ante un fuego crepitante para «secarme».

Él no era como yo había esperado. Se trataba de un hombre alto, de hombros anchos, que, sin la menor duda, había sido muy atractivo en sus años mozos. Ahora, sin embargo, el pelo se le había encanecido y los ojos, aunque aún eran brillantes y observadores, mostraban la impronta de los muchos años pasados explorando -y supuse que, a menudo, descubriendo- los caminos apenas hollados del misterio y del conocimiento oscuro. Llevaba puesto un batín de color rojo intenso, y observé que, en una pequeña mesita situada junto a su mesa de despacho, había una botella del mejor brandy.

Pero fue lo que vi sobre su mesa de despacho lo que más atrajo mi atención; se trataba, evidentemente, del objeto de estudio del señor Crow: un reloj alto, de cuatro monstruosas manecillas, con jeroglíficos y en forma de ataúd, posado horizontalmente y hacia arriba a todo lo largo de la gran mesa. Había observado previamente que, al abrirme la puerta, mi anfitrión llevaba un libro en la mano. Ahora lo dejó sobre el brazo del sillón en el que me había sentado y, mientras me servía una copa, vi que era una copia muy manoseada de Notas sobre desciframiento de códigos, criptogramas e inscripciones antiguas, de Walmsley. Al parecer, el señor Crow intentaba traducir los fantásticos jeroglíficos de la extraña cara del reloj. Al levantarme y cruzar la estancia para observar más de cerca el misterioso artilugio, percibí que los intervalos entre los ruidosos tics del reloj eran muy irregulares, y que las cuatro manecillas no se movían en consonancia con ningún sistema conocido de medición del tiempo. No pude dejar de preguntarme para qué propósito cronológico podía servir una pieza tan curiosa.

Crow observó la expresión de extrañeza en mi rostro y se echó a reír.

-A mí también me intriga, señor Dawson, pero no se preocupe por ello. No creo que nadie llegue nunca a entender esa cosa; de vez en cuando, siento la necesidad de estudiarlo de nuevo, y entonces me paso semanas haciéndolo, sin llegar a ninguna parte. Pero no ha venido aquí esta noche para ocuparse del reloj de Marigny. Está usted aquí para consultar un libro.

Me mostré de acuerdo con él y empecé a bosquejarle mi plan para incluir una o dos menciones al Cthaat Aquadingen en mi nueva obra ¡Libros prohibidos! Mientras yo hablaba, trasladó la mesita pequeña a un lugar más cercano al fuego. Una vez hecho esto, retiró hacia un lado de la chimenea un panel oculto en la pared, y de una pequeña estantería extrajo el volumen en el que yo estaba interesado. Una expresión de extremada aversión cruzó su rostro; se apresuró a dejar el libro sobre la mesa y se restregó las manos en el batín.

-Es una lata... -murmuró-. Siempre está transpirando..., lo que, estará usted de acuerdo conmigo, resulta bastante sorprendente, teniendo en cuenta que el donante murió hace más de cuatrocientos años.

-¡El donante! -exclamé, contemplando el libro con una mórbida fascinación-. ¿No querrá decir que está encuadernado con...?

-Me temo que sí. Al menos esta copia.

-¡Dios mío!... ¿Quiere decir que hay otras copias?

-Que yo sepa, sólo hay tres..., y una de las otras dos está aquí, en Londres. Supongo que no le permitieron verla, ¿no es cierto?

-Es usted muy perspicaz, señor Crow. Y tiene razón, no me permitieron ver la copia del Museo Británico.

-Habría recibido usted la misma respuesta en caso de haber pedido ver el Necronomicon -replicó ante mi desconcierto.

-Perdone, pero ¿cree realmente en la existencia de ese libro? ¿Cómo es posible? Me han asegurado una media docena de veces que el Necronomicon es una pura fantasía, una inteligente obra de apoyo literario creada con el propósito de mantener una mitología ficticia.

-Si usted lo dice -se limitó a comentar-. Pero, en cualquier caso, usted está interesado en este libro -dijo, indicándome el volumen relacionado con lo maligno que ahora se hallaba sobre la mesita.

-Sí, desde luego, pero ¿no mencionó usted la existencia de una... condición?

-¡Ah, sí! Pero en realidad yo mismo me he ocupado de eso -replicó-. He arrancado los dos capítulos más instructivos y los he hecho encuadernar aparte, sólo por si acaso. Me temo que no podrá usted verlos.

-¿Los más instructivos? ¿Sólo por si acaso? -repetí-. No comprendo a qué se refiere.

-Sólo por si cayera en manos indebidas, desde luego -dijo con una expresión de sorpresa-. Sin lugar a dudas se habrá preguntado por qué los del museo guardan sus copias bajo llave.

-En efecto; supuse que lo hacían porque se trata de ejemplares muy raros que valen mucho dinero -contesté-. Y quizá también porque algunos de esos libros contienen uno o dos temas bastante repugnantes; material erótico-sobrenatural-sádico, algo escrito por una especie de marqués de Sade medieval, ¿no?

-Se equivoca, señor Dawson. El Cthaat Aquadingen contiene series completas de hechizos e invocaciones; contiene, por ejemplo, el Nyhargo Dirge, y una frase sobre cómo hacer el Signo antiguo; contiene igualmente uno de los Sathlatta, y cuatro páginas de rituales Tsathoguan. Y muchas más cosas..., hasta el punto de que si ciertas autoridades hubieran logrado salirse con la suya, las tres copias habrían sido destruidas hace mucho tiempo.

-Pero ¿no creerá usted en tales cosas? -protesté-. Yo intento escribir sobre tales libros considerándolos como algo condenadamente misterioso y monstruoso... Tengo que hacerlo así, puesto que en caso contrario no vendería un ejemplar..., pero no puedo creer en ello.

Crow se echó a reír, aunque sin ninguna alegría.

-¿De veras no puede? Si hubiera visto usted las cosas que yo he visto, o si hubiera pasado por algunas de las cosas por las que yo he pasado..., créame, señor Dawson, en tal caso no se sentiría tan impresionado. ¡Claro que creo en estas cosas! Creo en los fantasmas y las hadas, en los demonios y los genios, en una cierta propaganda mitológica, y en la existencia de la Atlántida, R'lyeh y G'harne.

-Pero, sin lugar a dudas, no existe ninguna prueba genuina en favor de ninguna de las cosas o lugares que acaba de mencionar -argüí-. ¿Dónde hay, por ejemplo, un lugar en el que uno pueda estar seguro de encontrarse con un... fantasma?

Crow se quedó pensativo un momento y tuve la seguridad de haber vencido con mi razonamiento. No podía imaginar que un hombre tan evidentemente inteligente como él creyera de veras y de un modo tan profundo en lo sobrenatural. Pero entonces, desafiando lo que yo había considerado como una pregunta insoluble, me contestó:

-Me sitúa usted en la posición del clérigo que asegura a un niño pequeño la existencia de un Dios todopoderoso y omnisciente, y a quien el niño pide que se lo haga ver. No, no puedo mostrarle ningún fantasma..., a menos que estemos dispuestos a pasar por una gran cantidad de problemas..., pero sí puedo mostrarle la manifestación de uno.

-Oh, vamos, señor Crow, usted...

-Hablo en serio -me interrumpió-. ¡Escuche!

Se llevó un dedo a los labios para indicarme silencio, y adoptó una actitud de escucha.

En el exterior, la lluvia había cesado y el silencio de la estancia sólo se veía perturbado por el sonido esporádico de las gotitas que caían de las tejas; sólo se escuchaba eso, y el tictac del gran reloj de Crow. Y entonces llegó hasta mis oídos un sonido perfectamente audible, prolongado y crujiente, como de maderas resquebrajándose.

-¿Lo ha oído? -preguntó Crow sonriendo.

-Sí -admití-. Ya lo había oído media docena de veces mientras hablábamos. Seguramente colocaron madera verde al construir su buhardilla.

-Esta casa posee vigas muy insólitas -observó él-. Son de madera de teca..., y estaban totalmente secas antes de que se construyera la casa. ¡Y la teca no cruje!

Sonrió con una mueca. Evidentemente, le agradaba aquel sonido.

-En tal caso será un árbol azotado por el viento -dije, encogiéndome de hombros.

-En efecto, se trata de un árbol. Pero si hubiera viento, lo oiríamos. No, ese sonido proviene de una rama del «Roble de Bill» que protesta bajo su peso. -Cruzó la estancia, dirigiéndose hacia la ventana y miró hacia el jardín-. Pasó usted por alto a nuestro Bill cuando escribió su último libro. Se trata de William «Bill» Fovargue, acusado de brujería, ahorcado en ese árbol en 1675 por una multitud de campesinos enloquecidos por el miedo. En aquel momento se dirigía a someterse a juicio, pero, tras el linchamiento, la gente declaró que lo asaltaron porque él había iniciado un horrible encantamiento, al tiempo que empezaban a configurarse unas extrañas formas en el cielo..., de modo que lo colgaron para impedir que empeorara la situación...

-Ya entiendo. De modo que ese sonido procede de la rama de la que fue colgado, que aún cruje bajo su peso doscientos ochenta años después del linchamiento, ¿no es eso? -pregunté, dando a mi voz el mayor tono posible de sarcasmo.

-En efecto -replicó Crow, imperturbable-. Ese sonido afectó tanto a los nervios del anterior propietario de la casa que terminó por vendérmela. Y el otro propietario casi se volvió loco intentando descubrir su origen.

-¡Ah! Ese es el punto débil de su historia, señor Crow -le indiqué-. Él habría podido rastrear el origen del sonido hasta el árbol. -Tomé su silencio como un reconocimiento a mi inteligencia y me levanté, crucé la habitación y me situé a su lado, ante la ventana. Al hacerlo, volví a escuchar el crujido del árbol, esta vez más fuerte-. Eso lo produce el viento en las ramas del roble, señor Crow -le aseguré-. No hay nada más.

Al mirar hacia el exterior, retrocedí un paso, diciéndome que debía de estar viendo visiones. Pero, en realidad, no estaba viendo visiones. Allí no había roble alguno. De pronto, sentí que la cabeza me daba vueltas. Tras pensármelo un instante, estallé en una trémula carcajada. El señor Crow era endiabladamente listo Por un momento, me había hecho dudar. Me volví hacia él, repentinamente enojado y vi que aún sonreía.

-De modo que, después de todo, son las vigas, ¿no es eso? -pregunté con una voz ligeramente temblorosa.

-No -contestó Crow sin dejar de sonreír-. Eso fue lo que casi enloqueció al antiguo propietario. Verá, cuando construyeron esta casa, hace unos setenta años, cortaron el Roble de Bill para que sus raíces no impidieran hacer los cimientos.