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El arquillo del aquelarre

Mathieu Wilmart era, sin lugar a dudas, el mejor violinista de la pequeña ciudad y del país de Bouillon. Desde varios lustros, su violón hacía bailar, en diez leguas a la redonda, a los recién casados y a sus invitados; siempre era él quien en las fiestas populares atraía el mayor número de parejas, de jóvenes y viejos, con su melodía simple y seductora. En las fiestas familiares sabía hacer reír o llorar a los que le escuchaban, haciendo vibrar su instrumento como un mago; además, era muy popular y gozaba de la simpatía de todo el mundo.

Era el 15 de diciembre del año de gracia 1450. En la granja del molino Hideux, en Noirefontaine, se celebraba un gran banquete en ocasión de la boda de la hija mayor con un poderoso granjero de Curfooz. Había un gran número de invitados, abundaba comida y bebida y reinaba la alegría.

Al terminar la comida se iniciaron los preparativos para el baile. Los bailes, para todos los gustos, se sucedieron sin descanso, y la fiesta se prolongó hasta la madrugada; ya era muy tarde cuando nuestro músico, cansado, determinó marcharse a su casa.

Se hicieron esfuerzos inimaginables para disuadirlo. Unos porque su partida significaba el fin de las canciones y los bailes; otros por piedad y consideración hacia este hombre de avanzada edad que debía recorrer un largo camino antes de llegar a su destino.

–Quedaos, padre Mathieu –le decía uno–; el viento sopla del Norte e hiela hasta las piedras, y el bosque que debéis atravesar no es de fiar; sin contar los lobos y los jabalíes, están los salteadores. Y dicen que los brujos celebran en él su aquelarre.

Pero todo fue inútil. Mathieu había prometido volver hacia la medianoche y quería, a toda costa, mantener su palabra.

–Llevo una excelente provisión de vino en el estómago –replicó el testarudo ardenés–. Con mi esclavina forrada y mi bastón, desafío a lobos y a ladrones. En cuanto a las brujas o diablos, si acaso me los encuentro, los haré bailar al son de mi violón. ¡Y sea lo que Dios quiera!

Los jóvenes se reían de esta salida, mientras otros criticaban su testarudez. Insistieron hasta el final, pero fue inútil. Entonces quisieron que le acompañara el mozo, pero él se negó rotundamente, alegando que no temía a nada ni a nadie.

Acto seguido, Mathieu se envolvió cuidadosamente en su amplia capa, se ciñó su instrumento a la espalda, en bandolera, cogió su nudoso bastón, saludó cordialmente a los invitados y se marchó con la sonrisa en los labios.

Con paso firme se dirigió a Bouillon. El cielo estaba bastante estrellado y el viento había disminuido. Sólo hacía un poco más de un cuarto de hora que andaba, cuando el cielo se cubrió repentinamente de opacas y amenazadoras nubes, que sumieron la tierra en una casi total oscuridad. Entonces el músico empezó a arrepentirse de haber rechazado el cómodo albergue que le habían ofrecido y que tan soberbiamente había rechazado. 

Por un momento deseó volver sobre sus pasos, pero era demasiado orgulloso para reconocer que había tenido miedo. ¡Ah!, sí, se reirían de él, se burlarían... No, esto no podía ser. Y a pesar de la progresiva oscuridad, apretó el paso, con la mirada fija al frente, marchando al compás, con la cabeza erguida, confiado y resuelto... Pero no tardó en darse cuenta, para su mayor sorpresa, de que se había equivocado de camino. 

¡Esto ya era el colmo! ¿Y qué hacer? ¿Continuar o volver atrás? Continuar sólo serviría para perderse aún más; envolverse en su capa y acostarse bajo un árbol no le parecía seguro; podían comérselo las alimañas o morirse de frío. Los copos de nieve caían aquí y allá... Pero mientras, apoyado con las dos manos en su grueso bastón, Mathieu sufría una penosa ansiedad, he aquí que de pronto vislumbró una tenue luz en la lejanía.

«¡Ah, debe de ser una cabaña de leñador!», se dijo, con nuevos ánimos. E inmediatamente quiso encaminarse en aquella dirección; pero apenas había dado tres pasos, la luz desapareció. Se paró, golpeó el duro suelo con su bastón herrado y profirió un horrible reniego que resonó lúgubremente en el silencio sepulcral de la inmensa y desierta campiña. Y entonces volvió a aparecer la luz. Después de unos segundos de duda, Mathieu decidió proseguir, con la mirada obstinadamente fija sobre el tan codiciado objeto.

Sólo se oía el rechinar de sus pasos en la reciente capa de nieve. El camino le pareció desmesuradamente largo, y sólo después de muchos esfuerzos y peligrosísimos saltos, logró llegar al Camp des Montagnards, lugar donde se encontraba la luz hacia la que se dirigía con tanto esfuerzo desde hacía tantas horas... 

Pero su sorpresa fue enorme cuando de pronto se encontró ante un castillo de magnífico aspecto y del que nunca había oído hablar... Con sus ojos desmesuradamente abiertos miraba, miraba... Y vio pasar las elegantes siluetas de los bailarines ante las cortinas de las amplias ventanas, muy iluminadas, como negras sombras, movidas por una seductora melodía. De vez en cuando llegaban a sus oídos zumbantes ruidos de voces. Y miraba, miraba sin cesar, plácido, lleno de estupor y de temor... Al fin, sin poder contenerse más, decidió satisfacer su exacerbada curiosidad.

Después de dar varias vueltas al inmenso edificio, ya desesperaba de encontrar la puerta de entrada cuando se le apareció un viejo, que de repente se puso a tocar la trompeta. Un puente levadizo, que Mathieu no había visto hasta aquel momento, bajó inmediatamente; el violinista, respondiendo a la invitación del viejo, penetró en la mansión totalmente iluminada.

Había una multitud de hombres y mujeres de todas las edades, ricamente vestidos y adornados con carísimas joyas. Unos participaban en una suntuosa comida mientras otros jugaban a las cartas, al dominó, o a algún otro juego de azar; no obstante, la mayor parte bailaba incansablemente en una inmensa sala, decorada con gran lujo e inundada por una resplandeciente luz. 

Una música hechizadora marcaba el paso de los bailarines. Reinaba una gran animación en todas partes; gritos de alegría y comunicativas risas llenaban el aire perfumado de las distintas salas que se comunicaban entre sí.

Mathieu estaba allí, clavado en su sitio, inmóvil como una estatua, maravillado por todo aquel lujo que lo transportaba hasta enmudecerlo, cuando vio que se acercaba a él un hombre de elevada estatura, de mediana edad y simpática apariencia, que le preguntó qué deseaba. Balbuceó algunas palabras; luego, con voz dudosa que ponía en evidencia su azoramiento, dijo:

–Señor del castillo, soy un pobre músico perdido en el bosque; dignaos permitirme pasar la noche en un rincón de vuestra mansión; me marcharé al amanecer.

La persona a la que Mathieu había dirigido su ruego con tanta humildad, accedió con un simple movimiento de cabeza. Con una señal indicó a un paje que tomara el violón del músico y lo colgara de un clavo de oro que brillaba sobre el rico tapiz de la sala de baile. Este personaje, de misterioso aspecto, sonreía de un modo extraño, y allí donde su mano tocó el instrumento, ennegreció instantáneamente, como si esa mano, a pesar de su finura y lozanía, hubiese sido de fuego.

Impulsado por una irresistible curiosidad, Mathieu Wilmart empezó a examinar el lugar donde se encontraba; pero en vano intentó reconocer a alguno de los personajes que le rodeaban. Al parecer, nadie se preocupaba de su presencia insólita, en este ambiente tan elegante como ruidoso. Escuchaba, escuchaba... Miraba, miraba... 

Y entonces descubrió, no lejos de él, sobre una mesa dorada, un violón que en nada se parecía al suyo, pues era incomparablemente más bello: una forma impecable, madera reluciente, adornos de plata y piedras preciosas. Y en seguida sintió un incontenible deseo de utilizarlo. 

Se apropió del instrumento y se dirigió, fuera de sí, hacia el estrado en que estaban los músicos –violinistas como él–, que tocaban a las mil maravillas, sin interrupción, las melodías más endiabladas. Pero cuál sería su sorpresa al reconocer entre ellos a un amigo, muerto hacía ya treinta años, que le había dado las primeras lecciones de violón.

–¡Virgen Santa, apiadaos de mí! –gritó.

Y en el mismo instante, los músicos, los bailarines, los jugadores y el mismísimo castillo, todo desapareció ante sus confusos ojos.

Cuando a la mañana siguiente, los invitados del Moulin Hideux que, por prudencia, habían aplazado su partida, volvían a sus casas, encontraron a Mathieu Wilmart tendido sin conocimiento al pie de un enorme abeto.

–El padre Mathieu no escogió un lugar muy agradable para dormir–, no pudo aguantarse de comentar un inveterado bromista.

–Es muy original –dijo otro.

–Sin duda alguna –observó un tercero.

–Y un hombre precavido –añadió el cuarto–. Fijaos, llevaba consigo dos arquillos de violón, para no quedarse sin poder tocar si se le rompía uno de ellos.

Le friccionaron luego, después de levantarlo con mucha precaución, le dieron un poco de aguardiente. Poco a poco volvió en sí, abrió con esfuerzo los ojos, y al fin, se dio cuenta de la situación. Atribuyó al frío intenso la causa de su accidente, pero se guardó muy bien de mencionar las visiones infernales que había tenido. Juntos se dirigieron hacia Bouillon, donde se despidieron como buenos amigos.

Cuando llegó a su casa, Mathieu examinó detenidamente el arquillo que había llegado a su poder de una manera tan extraña. Un escalofrío sucedió a un sentimiento de terror, al constatar que este arquillo era un hueso humano trabajado con gran meticulosidad. 

Pero su sorpresa fue absoluta al leer sobre los ricos adornos de plata, el nombre de un habitante de Bouillon, considerado, y con justo título, como una persona que echaba maleficios, es decir, un brujo. Un malestar inexplicable se apoderó de todo su ser. Se tomó una tisana caliente de plantas y raíces, se echó en su camastro, y esperó que anocheciera...

Al atardecer se fue por caminos apartados, a casa de este hombre de mala reputación, que vivía en la colina de Auclin. Con el corazón, que le saltaba del pecho, abrió la ruinosa puerta que cedió sin resistencia alguna. Al ver al que buscaba le dijo, saludándolo con voz muy queda, como la de un niño asustado:

–Compadre, aquí traigo un arquillo que os pertenece, creo; me imagino que lo habéis perdido en alguna gira.

–¡Ah! –dijo Durand, con la boca muy abierta.

–Lo encontré por casualidad, y os lo devuelvo.

–¡Ah! –repitió el viejo brujo, aceptando el objeto.

Y permaneció unos instantes sin pronunciar una palabra, tanta era su emoción. Hizo un esfuerzo para dominarse y dijo al fin, con una voz ligeramente velada:

–¡Oh, oh! Mathieu, la pasada noche debisteis descubrir cosas muy singulares y... una palabra sobre ello... me haría mucho daño...

–¡Dios no quiera que yo hable de ello, compadre!

–Mathieu, sois un gran hombre. Hacéis bien en guardar silencio; pues si me quemasen vivo, cosa que seguramente ocurriría si se enterasen de que me visteis... donde, bien lo sabéis, también podrían iros mal las cosas.

Mathieu, un poco confuso, quiso marcharse, pero Durand lo llamó y, acercándose a su oído derecho, murmuró con voz muy baja:

–Decidme, Mathieu: ¿quiénes son vuestros enemigos? Esta noche echaré un maleficio sobre sus animales, o incluso les puedo contagiar a ellos mismos alguna enfermedad depresiva que acabará con ellos para siempre.

–No tengo enemigos –contestó tímidamente Wilmart–, y Dios no quiera que desee el mal del prójimo.

–Entonces, ¿en qué puedo seros útil? Decidme, os escucho, estoy a vuestras órdenes, Mathieu.

–¡En nada! –contestó resuelto el violinista, que maquinalmente se dirigió hacia la puerta: se ahogaba.

–Hablad con franqueza, Mathieu: ¿Qué queréis de mí? Como recom...

–Nada, Durand, absolutamente nada, os lo repito. No obstante, me siento muy feliz de poder devolveros un arquillo tan bello.

–Un arquillo extraordinario, este arquillo del aquelarre. Pero debo regalaros algo, un don, padre Mathieu, como recompensa por vuestro servicio.

Mathieu Wilmart iba a protestar, explicando su desinterés, cuando una voz misteriosa dijo: «Dale esta bolsa». Y al instante, apareció un hombre de siniestro aspecto, que no estaba en casa del brujo cuando llegó Mathieu. El violinista quiso huir, pero una fuerza invencible le retuvo; sus piernas temblaban y su frente se cubrió de sudor.

–Acepta –le dijo Durand.

–Sin duda será alguna obra de los malos espíritus –objetó con timidez el violinista.

–Es un talismán –respondió el desconocido, con una cierta arrogancia–. Un talismán que puede utilizarlo sin temor un cristiano.

Mathieu permaneció mudo e inmóvil; un estremecimiento recorrió todo su cuerpo.

–Dale esta bolsa –prosiguió Durand–. Le gustará hurgar en ella, pues siempre contendrá seis libras parisis, de gran valor.

–Si esta bolsa es obra del diablo, ¡que sea condenado! –añadió el extraño personaje, riendo amargamente.

Estas palabras parecieron convencer y tranquilizar a Mathieu Wilmart, que alargó una mano temblorosa y aceptó el tentador presente. Luego, envolviéndose en su amplia esclavina, huyó como un malhechor en el crepúsculo.

Mathieu Wilmart, que finalmente había sucumbido a la tentación, tantas veces hurgó en la bolsa maravillosa, que en poco tiempo se convirtió en propietario de una bonita casa y se puso a vivir como un rico burgués. Nada jactancioso, ¡no, eso no!, pero algo orgulloso, es decir, un poco vanidoso... No obstante, continuaba haciendo bailar a las gentes en las fiestas y festines; sólo que ahora poseía una mula para sus desplazamientos y un criado que le llevaba su violón.

Sin embargo, la nueva manera de vivir del violinista excitó algunos celos en la pequeña ciudad de Bouillon y provocó miles de habladurías contradictorias... Inacabables chismes circularon por la plaza para extenderse más allá... Se discutió, se insinuó... Y la versión más extendida era que Mathieu Wilmart había encontrado un tesoro que escondía en algún lugar secreto. Pero nadie osaba hablarle de ello, ni tan sólo aludir a la nueva situación, pues todos lo querían.

No obstante, Mathieu tenía cuatro sobrinos, que eran hermanos, con los que no tenía ninguna relación debido a su conducta. Bebedores infatigables y vagos incorregibles, vivían de la rapiña y de otros medios de existencia no menos condenables. Un día que estaban de juerga, la conversación recayó sobre la fortuna de su tío, y el mayor dijo:

–El tío Mathieu es rico, todos lo sabemos; y sólo nosotros podemos heredar su fortuna. Lo que pasa es que no parece querer «reventar». Los tiempos son duros..., ¿no es cierto? Entonces...

–¿Entonces...? Pues bien, hagámoslo «reventar» –dijo uno de ellos, sonriendo.

–¿Y por qué no? –añadió el más cínico de los cuatro.

–Por supuesto, si no quiere morir amablemente... –añadió el más joven.

Y la conversación que había empezado en un tono de broma macabra, tomó otro cariz: matarían al tío Mathieu, sin más.

Enterándose de que un sábado por la noche debía ir a La Grenelle, le fueron a esperar al borde del bosque: el violinista no pudo evitar el destino. Cuando llegó a una peligrosa encrucijada, los cuatro tunantes salieron de su escondite y se echaron a la vez sobre su víctima, que pereció en pocos segundos... Pero apenas habían empezado a vaciar sus bolsillos, un individuo de siniestro aspecto apareció de repente, se lanzó sobre el cuerpo, sacó de la alforja una pequeña bolsa y desapareció diciendo:

–Este es el fruto de mis dones.

Una risa siniestra, estridente, execrable, siguió a estas palabras.

Los asesinos de Mathieu Wilmart fueron muy pronto apresados y juzgados. Se dice que el preboste de justicia les hizo colgar de los árboles detrás de los que se habían escondido: de aquí viene que este lugar fuera denominado por mucho tiempo: «La encrucijada de los cuatro hermanos».

El ligue - B. L. Keller

Booba Lawson, conocida como la Fabulosa Booba, deslizó sus encantadoras manos por sus costados, con la mirada hipnotizada por el espejo. Cuando saltó sobre sus pies, sus senos recién maduros brincaron alegre­mente bajo su camisa transparente.

Sintiéndolo un poco, se puso el poncho; pero su mo­mentáneo disgusto por el eclipse del encantador brinco quedó ahuyentado ante el fascinador riel juego de lu­ces sobre los planos de su cara, al volver la cabeza a un lado y a otro.

Sus ojos eran dos pozos gemelos coronados por unas cejas perfectamente curvas; ambas se unieron al creer detectar un barrillo en su barbilla. Inclinándose hacia delante, frunciendo sus suaves y carnosos labios, se ensimismó tanto en su repertorio de muecas que tuvo que redactar una nota de disculpa, con la caligrafía de su madre, por llegar tarde a la escuela.

Satisfecha por la singular destreza de su falsifica­ción, redactó también excusas para tres amigas que ha­bían pasado el día como petrificadas en el aeropuerto, extasiadas con los reactores. Salió del cuarto de des­canso de las chicas con un cortejo adulador y cuatro dólares y medio en el bolsillo.

Todo el día se mostró triunfante en la escuela, con sus braguitas de nilón atrapadas en la hendidura de sus glúteos, y asomando por debajo de su minifalda cada vez que se inclinaba para recoger alguno de los innu­merables objetos que encontró o que dejó caer aquel día, promoviendo el derramamiento de más semillas que todos los economistas agrícolas de Washington jun­tos.

Booba no había oído hablar jamás de Emile Zola.

Por la tarde se marchó a una cafetería cuyos pro­motores habían obtenido la licencia prometiendo man­tener a la juventud apartada del alcohol y las calles. Una taza de café costaba allí más que una dosis, pero lo que importaba era el ambiente que allí reinaba.

No era normal que una muchacha fuese allí sola, por lo que, a falta de alguien mejor, Booba escogió la compañía de su condiscípula Feebie Frean. Feebie tenía unas cualidades que la convertían en la compañía ideal cuando no había nadie más: unos padres ricos, una gran renta y un gran anhelo en comprar amistad.

Tocaban los «Merdé», un conjunto al que no le ha­bían pedido que actuase con los «Stones» en aquel fa­buloso concierto al aire libre de Tijuana, que condujo a la ocupación por Estados Unidos de la Baja Califor­nia y a la colonia donde nosotros retuvimos Ensenada como base naval y salida de productos manufacturados. Feebie bailó sola hasta que se le unió un joven flaco, pero de ojos brillantes; los dos empezaron a saltar y contorsionarse extasiadamente, pelvis contra pelvis, con las cabezas separadas.

Booba, por su parte, estaba encantada. Alguien le había dicho aquella tarde que iba vestida como una prostituta húngara: y aquel cumplido se le había subi­do a la cabeza. Provocaba descaradamente a los chicos que se le acercaban, y gozaba ante la confusión que les infundía.

También un viejo la estaba mirando. Un viejo asque­roso, pensó ella sonriendo. Tendría ya los treinta años. Y sin embargo, poseía cierta fascinación. En primer lu­gar, se parecía a Leonard Nimoy, salvo por las orejas. Alto, pálido, siniestro, pasional, pero frío. Su mirada era más profunda, más obscura y más penetrante que la de Booba; había como una amenaza latente. La muchacha, a falta de mejor comparación, la calificó de lujuria desnuda. Booba experimentó una pulsación nerviosa en su pelvis. No necesitaba preguntar, no necesitaba razo­nar... Booba confiaba en sus sutiles instintos.

Como atraído por aquellas pulsaciones, el hombre se dirigió a la mesa de Booba.

–¿Otro café?

De cerca, aún parecía mayor. Unos treinta y dos. ¿Era esto lo que le convertía en un tipo de viejo verde? Booba le sonrió con encanto. Feebie se había gastado sus últimos seis dólares en las entradas y dos cafés vascos; por su parte Booba estaba muerta de hambre, después de haberse gastado sus cuatro dólares y medio en incienso y horóscopos.

Se dignó parpadear.

El hombre apenas tenía ninguna arruga. Ni surco alguno. En cambio sí mostraba unos hoyuelos en las me­jillas como Johnny Cash... y no es que se le pareciese en absoluto, pero es que uno no podía dejar de pensar en Johnny Cash. Y lucía una barba negra que parecía la del cortesano que rindió su capa ante la vieja reina Isabel. Era alto, delgado; aunque el cabello no le llega­se hasta el cuello de la camisa, tampoco era excesiva­mente corto. Además, la camisa era tremendamente rara, con colores extravagantes y dibujos como pinceladas sobre una tela tambaleante.

Se veía diferente. Los muchachos siempre parlotea­ban alocadamente en su afán por entretenerla y ella se divertía perversamente frunciendo el ceño, mientras les veía sudar. Pero aquel hombre la contemplaba de mane­ra muy distinta a la de los demás viejos verdes. Le re­cordaba a su gato «Genghis» mirando la pecera. Pero el hombre no se curvaba ni siquiera como su gato; pa­recía más divertido que hambriento. La pelvis de Booba volvió a estremecerse.

Sonriendo y con la mirada tan inocente como la de la Doncella Lirio, se sumió en fantasías de violación.

En realidad, a Booba nunca la habían violado; pero te­nía dos amigas que afirmaban haberlo vivido.

Él le hablaba.

Caramba. Le decía que si se marchaban ahora mis­mo podrían asistir al concierto de la Madre del Mono. Los asientos más baratos valían 8,50 dólares. La joven nunca los había visto, puesto que su vocalista había llegado al súmmum al desnudarse ante el auditorio del estudio en el programa de Ed Sullivan.

Pero ¿de veras quería que la viesen en público con un hombre tan viejo? ¿Cómo resultaría a su lado? Sí, ¡era un hombre alto, delgado y hasta parecía malvado! pero ella no se decidía.

Entonces vio, realmente vio, sus ropas, como si un rayo súbito hubiese deslumbrado la mesa. Su camisa, su fantástica camisa prismática, estaba desabrochada hasta la extraña y maciza hebilla de plata forjada que sostenía sus pantalones de pana, muy ceñidos a las ca­deras, dejando al descubierto algo del vello púbico por la parte inferior. Sus pantalones opalescentes, como lá­tex vertido sobre la mitad inferior de su cuerpo, des­tacaba cada uno de sus músculos, cada una de sus pro­tuberancias. No iba descalzo, sus botas eran muy ade­cuadas. Fue la capa lo que la decidió. Una capa enor­me, negra –¿de seda, de satén, de terciopelo?–, con un forro seguramente tejido con un monstruoso ácido. Con tal capa resultaba ciertamente el conjunto de vestir más extravagante que ella había visto nunca.

Booba comprendió de pronto que la maravillosa bar­ba hacía imposible calcular exactamente su edad. Y con aquellas ropas, ¿quién pensaría en eso? Lo esencial era que nadie dejaría de fijarse en ella, cuando entrara en cualquier sitio con tal acompañante.

–¿Puedes prestarme una moneda para llamar a ma­má? –preguntó.

Le dijo a su madre que Feebie la había invitado a pasar la noche con ella, invitación calurosamente secundada por los padres de su amiga. Booba había emplea­do su propaganda más sutil y certera para convencer a su madre de que Feebie era amiga de influencia muy sana, y que el único motivo de que no estuviera en un convento era porque las demás novicias podrían sen­tirse un poco cohibidas ante su enorme sensibilidad. El hecho de que los Frean tuviesen dinero hizo mucho más sencillo que la madre de Booba se tragase sus mentiras respecto a Feebie.

Feebie le prometió dejar abierta la ventana de su dormitorio, ya que sus padres estarían entregados a su dosis de ginebra, según costumbre, sin preocuparse por la hora de su regreso.

El hombre poseía el coche más lujoso que Booba había visto en su vida. De repente empezó ella a com­prender lo interesantes, viriles e inteligentes que son los hombres maduros. Rodando por la autopista a una velocidad suicida, la pequeña pelvis de Booba vibraba como una estrella.

–¡Uau! Tú debes de ser fabulosamente rico –ex­clamó.

Bueno, una cosa lleva a la otra; y allí estaba ella con el tipo rico, gozando de un verdadero paseo. El es­téreo del coche casi la volvió loca. El sacó un poco de hachís traído de Hong Kong, y entonces Booba se preguntó qué habría visto antes en los jóvenes.

 «Como vuelva a decir una vez más "fabulosamente" le haré brotar una plaga de granos.»

Booba se hallaba entregada en un monólogo imbé­cil. Referente a unas dudas psicodélicas, al oro de Acapulco, a Jim Morrison, a Mick...

El hombre se reprimió. Con la cara desencajada, la joven no le serviría de nada. ¿Y no era, al fin y al cabo, su falta de sentido, su lujuriosa inmadurez, lo que la hacía tan enloquecedora? ¿No era exactamente eso lo que él buscaba hoy día en las chicas?

Booba seguía charlando, extrayendo de alguna mi­núscula célula cerebral profundidades respecto a la alie­nación, a al establishment y a Huey, conocimiento sen­sible, verdadero y de significado. «Mi querido Belial –pensó el hombre–, ésta debe de ser la generación más pedante desde Cromwell.»

Sus extremos nerviosos silbaban y crujían como en un cortocircuito; huyó a su cocina, donde mezcló para la joven un Mai Tai, pensando que lograría embriagarla a fin de que se comportase como una mujer ya madura, tremendamente borracha. Con malicia, arrojó a la mez­cla una pulgarada de acónito, un centímetro de raíz de mandrágora y unas gotas de varios horripilantes elixi­res.

¡ ¡ ¡ ¡BRAAOOOUUUMMM...!!!

El Mai Tai explotó en el fregadero, disolviendo la porcelana en una cegadora ebullición.

Booba había puesto en marcha el estereofónico.

Temblando, él mezcló de nuevo un brebaje repug­nante, y lo azucaró con zarzaparrilla.

Booba estaba bailando. Se había quitado el poncho y sus diminutos pezones se marcaban firmes bajo su camisa.

Bajó el volumen del tocadiscos, y la inundó de licor y de halagos, sin pensar que la joven estaba ya muy familiarizada con ambas cosas.

Finalmente, mirándola fijamente con todo el poder de su insondable mirada, se le acercó.

Mientras, ella se arrimó a él, jugando inocentemente con la hebilla de su cinturón. El hombre profirió su dis­curso. Que estaban destinados a encontrarse... Que él había reconocido sus dotes potenciales desde el momen­to en que la vio... De qué forma exquisita viajarían psicodélicamente... Lo que él daría para que ella se unie­se a su ya extensa familia... Ella podría fijar sus horas, dormir hasta tarde... dinero, pieles, diamantes, coches, yates, adoración, ácidos, hachís, sesiones en casa, can­tantes de rock, actores, productores... Y un contrato garantizando que él cuidaría de ella para siempre, eter­namente... como un interminable viaje hacia la eter­nidad.

Booba le escuchó solemnemente, con sus grandes ojos, tan luminosos, casi nublados por un apetito que él no había visto nunca desde la noche que consiguió la firma de Thais.

Pero Booba no era una simple cortesana oriental. Tampoco era una impulsiva Borgia, ni una apasionada DuBarry. Aquella joven era Booba, una hija de su tiem­po. Y Booba sabía que podía conseguir todo lo que el hombre le ofrecía, y aún más, sin hacer nada, sólo por la magia de desearlo, porque ella era la encantadora, la enloquecedora, la irresistible Booba. Y como no podía pensar en sí misma más que como adorable, llena de jugos y estrógeno, Booba no pensaba en la vejez, y la eternidad no le interesaba ni un comino.

Entonces le ofreció poderes terribles, ciencias ocul­tas que ningún mortal conocía aún. Llegó a rebajarse hasta el punto de suplicar a la joven.

Y de pronto surgió el gran, insalvable obstáculo.

Booba no confiaría nunca en una persona de más de treinta años.

Desmoralizado y exhausto cogió de la mano de la muchacha la bebida que de modo tan irresponsable le había preparado y la apuró de un trago; porque en su interior aquella chiquilla había despertado tal furor, que él, él, se sintió atacado por lo que reconoció como el tormento que había sabido dar a los demás, pero nun­ca había conocido por sí mismo.

Sabía qué era...

¡LUJURIA!

La primera regla de su existencia era No Complicar­se Jamás. Agonizando, saboreando todo el horror de su desdicha, sabiendo que iba a corromper su profesión, su alma, su estilo, cogió a la encantadora ninfa en un abrazo más terrible que el de cualquier leopardo, cual­quier pitón, cualquier Tarquino.

Lucharon. Podía haberla violado, con su colabora­ción espontánea; pero ella se sentía terriblemente cu­riosa..., pero por una sola cosa.

–¡Oh, uau! –exclamó ella, presionando con su mano delicada su entrepierna–. Me gustaría. Sí, opino que eres un tipo fenómeno. Pero mañana tengo sesión de fotografía y Feebie dice que esto te hace salir granitos y barrillos, y si me han de fotografiar...

–¿Que te hace salir qué? –chilló él, ya loco, pero incapaz de abstenerse a querer comprender lo que aque­lla mocosa tan especial le decía.

–Feebie afirma que los barrillos fastidian mucho el cutis.

Tras esto, alargó la mano libre hacia él tocadis­cos y...

"This is the dawning of the age of aquarius..." (1).

Ciento ochenta decibelios destruyendo todos los si­glos de sabiduría negra entronizados en su cabeza.

Trastabilló hacia su dormitorio, increpando a todos los fuegos, inundaciones, plagas y autopistas el gran tormento para aquel planeta, y apagando la electrici­dad del edificio.

Más tarde, en la obscuridad y el silencio, volvió jun­to a Booba.

–¿Sabes qué pensaba? –susurró ella–. Pensaba que me gustaría comerme una hamburguesa de MacDonald. El ejercicio siempre me abre el apetito.

Devoró dos hamburguesas, una bolsa de patatas fri­tas y un batido de fresa, mientras él estaba sentado desdichadamente detrás del volante del «Maserati», aumen­tando indolente el número de bacterias coliformes de las hamburguesas, a pesar de saber que esto era in­digno de él. Su insondable mirada estaba fija y desola­da al contemplar el estrecho túnel del tiempo, imagi­nándose las generaciones futuras... y dio gracias a su archienemigo por no haberle maldecido con la luz de la adivinación. 

La dejó delante de la casa de Feebie Frean, contem­plando cómo columpiaba su trasero mientras se aleja­ba, sin parecer impresionada por la magnitud de su triunfo.

Quemándose, degradado, con todo su orgullo quin­taesenciado en ruinas, de pronto lo comprendió. Com­prendió que Dios le había ayudado. Tenía que fra­casar.

Porque aquella chiquilla carecía del concepto del mal.

Casi mortalmente herido, volvió al local donde todo había empezado, como si presintiese que esta vez todo sería distinto.

Se sentó en la misma mesa de antes.

Los jóvenes estaban bailando; eran como unos vein­te. Los músicos no tocaban, ya que estaban en el des­canso, pero los muchachos seguía contorsionándose. En­tonces, ¿eran todos completamente incapaces de com­prender el mal? ¿Acaso era esto lo que les hacía ino­centes?

Por un momento, volvió a experimentar el fiero im­pulso que había atraído sobre él la peor derrota de su carrera. Porque era él, él mismo, el que se había degra­dado, derrotado...

Se había abandonado, se había esclavizado a la fal­ta de cerebro, al egocentrismo, a la banalidad... Aque­lla chiquilla... estos jovenzuelos...

FWAAANNNGGGG.

Acrogénicos, carnales y andrógenos, los «Merdé» volvieron a tocar. El vocalista, con una peluca Dynel res­balando locamente sobre su cabeza, asió resueltamente la guitarra eléctrica, y adelantó sus húmedos labios hacia el micrófono...

Unnnh... UH... UH... Bu... aybiii... UNNHHH...

Como un remolino negro y escarlata la presencia demoníaca huyó.

No se habría entregado a ninguna de aquellas mucha­chas. Eran imposibles. Eran capaces de, antes de una semana, hacer subir a una región más celeste a las al­mas condenadas para la eternidad.

Al salir de la cafetería, en un ataque de histerismo incontrolable, maldijo con la más espantosa calamidad sobre aquel lugar, para que cuantos estaban dentro que­daran sobrios y contemplativos como viejos, hasta el fin de sus vidas naturales.

Voló a Washington. Tras unas semanas de recupera­ción secreta, se marchó a Londres, París, Berlín, Moscú, Pekín... el viejo territorio.

«Por todos los diablos –pensó–. ¿Acaso hubo una época en que todo esto significaba algo?»

Generaciones... generaciones... ¡Cómo despreciaba aquella autocompasión!

Aceptó otro vaso de la azafata, que le abrumaba con sus atenciones. Todas lo hacían. Respirando estros y Binaca en su rostro. Esta sería fácil.

Demasiado fácil.

Estaba sudando bajo la camisa. Una camisa gris Hathaway. Un hombre gris con un traje gris. Las grises alas del avión cortaban la lluvia. La ginebra sabía a gris.

Le olían mal las axilas. Sentía el cabello lacio.

Se vio a sí mismo dentro de un enorme pájaro, en medio de una borrasca gris. Volaba completamente solo. Volaba sobre unas brillantes botas y una sonrisa.

Nacido De Hombre Y Mujer - Richard Matheson

X - Hoy cuando apareció la luz mamá me llamó monstruo. Eres un monstruo me dijo. Vi en los ojos de mamá que estaba enojada. ¿Qué quiere decir monstruo?
Hoy cayó agua de arriba. Cayó por todas partes. Yo la vi. Vi la tierra por la ventanita. La tierra se chupó el agua como una boca que tiene sed. Bebió demasiado y se enfermó y se puso oscura. No me gustó.
Mamá es bonita yo sé. Donde yo duermo con todas las paredes frías alrededor tengo un papel detrás de la estufa. Ahí dice “Estrellas de cine”. En las figuras veo caras como las de mamá y papá. Papá dice que son bonitas. Una vez lo dijo.
Y también mamá dijo. Mamá tan bonita y yo bastante bien. Mírate dijo papá y no tenía una cara buena. Le toqué el brazo y dije está bien papá. Papá se sacudió y se fue donde yo no podía alcanzarlo.
Hoy mamá me sacó la cadena un rato así que pude mirar por la ventanita. Vi el agua que caía de arriba.
XX - Hoy está amarillo arriba. Sé que lo miro y los ojos duelen. Después de mirar el sótano es rojo.
Me parece que eso es la iglesia. Se van de arriba. La máquina grande los traga y camina y ya no está. En la parte de atrás está la mamita. Es mucho más chica que yo. Yo soy grande. Es un secreto pero saqué la cadena de la pared. Puedo ver por la ventanita todo lo que quiero.
Hoy cuando estuvo oscuro me comí la comida y unos bichos. Oí risas arriba. Me gusta saber por qué hay risas. Saqué la cadena de la pared y me la envolví en el cuerpo. Fui despacio a las escaleras. Gritan cuando yo las piso. Las piernas me resbalan porque por las escaleras no camino. Los pies se me pegan a la madera.
Subí y abrí una puerta. Era un lugar blanco. Blanco como la luz blanca que viene de arriba a veces. Entré y me quedé quieto. Oí otra vez risas. Caminé hasta el sonido y abrí un poco una puerta y miré la gente. Era mucha gente. Pensé reír con ellos.
Mamá vino y empujó la puerta. Me golpeó y dolió. Caí para atrás en el piso liso y la cadena hizo ruido. Lloré. Mamá silbó dentro de ella y se puso la mano en la boca. Tenía los ojos grandes.
Me miró. Oí que papá llamaba. Qué cayó dijo. Mamá dijo la tabla de planchar. Ven a ayudarme dijo. Papá vino y dijo bueno es tan pesada qué necesitas. Me vio y se puso grande. Los ojos de papá se enojaron. Me golpeó. El líquido me salió de un brazo. El piso quedó verde y feo.
Papá me dijo que fuera al sótano. Tuve que ir. La luz me dolía ahora en los ojos. No era como en el sótano abajo.

Papá me ató los brazos y las piernas. Me puso en la cama. Arriba oí risas mientras yo estaba quieto y miraba una araña negra que bajaba a donde estaba yo. Pensé lo que dijo papá. Oh dios dijo. Y no tiene más que ocho.

XXX - Hoy papá puso otra vez la cadena en la pared antes de aparecer la luz. Tengo que sacarla otra vez. Papá dijo que yo era malo si iba arriba. Me dijo que no lo haga otra vez o me pegará fuerte. Eso duele.

Me duele. Dormí de día y puse la cabeza en la pared. Pensé en el lugar blanco de arriba.

XXXX - Saqué la cadena de la pared. Mamá estaba arriba. Escuché risitas muy altas. Miré por la ventanita. Vi toda gente chiquita como mamita y también papitos. Son hermosos.

Estaban haciendo bonitos ruidos y saltaban por la tierra. Movían mucho las piernas. Son como mamá y papá. Mamá dice que toda la gente normal es así.

Uno de los papás pequeños me vio. Señaló la ventana. Yo me fui resbalando por la pared hasta abajo en lo oscuro. Me apreté para que no me vieran. Oí las voces junto a la ventana y pies que corrían. Arriba una puerta hizo ruido. Oí a la mamita que llamaba arriba. Oí pies pesados y corrí al lugar de la cama. Puse la cadena en la pared y me acosté mirando para abajo.

Oí a mamá que venía. Estuviste en la ventana me dijo. Escuché que estaba enojada. No te acerques a la ventana me dijo. Sacaste otra vez la cadena.

Mamá tomó el palo y me golpeó. No lloré. No puedo hacer eso. Pero mi líquido corrió por toda la cama. Mamá lo vio y se fue para atrás haciendo un ruido. Oh dios mío dios mío dijo por qué me hiciste esto. Oí que el palo caía en el piso. Mamá corrió y subió. Dormí de día.

XXXXX - Hoy había agua otra vez. Cuando mamá estaba arriba oí a la mamita que bajaba los escalones. Me escondí en la carbonera porque mamá se enoja si la mamita me ve.

Mamita tenía una cosa pequeña viva. Caminaba en los brazos de ella y tenía las orejas en punta. La mamita le hablaba.

Todo estaba bien pero la cosa viva me olió. Corrió a la carbonera y me miró con el pelo todo duro. Hacía un ruido enojado en la garganta. Yo silbé pero la cosa saltó sobre mí.

Yo no quería lastimarla. Tuve miedo porque me mordió más fuerte que la rata. Yo la agarré y la mamita gritó. Apreté fuerte la cosa viva. Hacía ruidos que yo nunca había oído. La apreté más. Estaba toda aplastada y roja sobre el carbón negro.

Me escondí ahí cuando mamá llamó. Yo tenía miedo del palo. Mamá se fue. Subí por el carbón con la cosa. La escondí debajo de la almohada y me acosté encima. Puse la cadena en la pared otra vez.

X - Hoy es otro día. Papá puso la cadena apretada. Me duele porque me golpeó. Esta vez le saqué el palo de la mano y después hice ruido. Papá se fue y tenía la cara blanca. Salió corriendo de mi lugar y cerró la puerta con llave.

No estoy tan contento. Todo el día hace frío aquí. La cadena tarda mucho en salir de la pared. Y estoy muy enojado con mamá y papá. Les mostraré. Haré lo mismo que otro día.

Primero gritaré y me reiré fuerte. Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para abajo de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo.

Y si quieren golpearme otra vez los lastimaré. Sí los lastimaré.