La habitación en penumbra, silenciosa y quieta. La atmósfera pesada cercando su espíritu con la angustia de todas las esperas. La ventana oprimida por viejas y conservadoras persianas y allí, en el lecho acre, la madrastra muriéndose.
Los días tediosos reemplazaban a las noches lentas. La congoja sucedía al temor, pero en el silo oscuro de sus emociones, la esperanza brilló siempre como diamante perdido en el basurero. Ella aguarda. Desde hace tanto tiempo aguarda, que la espera ha llegado a ser una gota más en su sangre y una neurona más en sus nervios. Espera que la mujer odiada termine de irse de una vez.
Ha anhelado su partida aun antes de que esta fuera anunciada. Desde el momento mismo de su aparición ha deseado, con todo el ímpetu de su pobre vitalidad, no verla más. Y ese anhelo ha crecido como el río al que las nubes arrojan torrentes de agua. Crece con cada mirada, con cada roce, con cada susurro que la madrastra vierte en torno.
Al principio, fue solo el odio natural a la intrusa. A la mujer absurda que venía a suplantar a la madre. Después, fue un aborrecimiento surgido en la fuente de su propia abulia.
Porque ella jamás pudo sustraerse a las imposiciones, a los despotismos, a las críticas, a las censuras que la madrastra dejaba caer con la naturalidad con que los tlaconetes prodigan su baba.
Eran parte de la mujer misma, de su condición de irreprochable responsabilidad. Había que guiarla —decía—, que corregirla, que aconsejarla. Era su deber ante Dios. Y la muchacha recibía correcciones y consejos con un silencio preñado de inútil rabia.
Porque ella jamás pudo sustraerse a las imposiciones, a los despotismos, a las críticas, a las censuras que la madrastra dejaba caer con la naturalidad con que los tlaconetes prodigan su baba.
Eran parte de la mujer misma, de su condición de irreprochable responsabilidad. Había que guiarla —decía—, que corregirla, que aconsejarla. Era su deber ante Dios. Y la muchacha recibía correcciones y consejos con un silencio preñado de inútil rabia.
Un día, murió el padre. La confianza y la alegría que le quedaban a la muchacha se apagaron también y huyeron definitivamente en el ataúd lujoso que, como tardío vasallaje al marido bueno, exhibió la madrastra.
La hija fue entonces la intrusa en su propia casa. Oprimida por el duelo servil y monótono, se dejó absorber por la habilidad de la mujer al trocar sus papeles respectivos y llegó a persuadirse de que obedecer y odiar en silencio eran su signo. Pero esperaba. Esperar era lo único de que su magro ser era capaz.
Los minutos gotean como grifo mal cerrado. Con sorna, una lamparilla de buró persiste en esparcir su luz. La madrastra jadea y tiene los ojos cerrados.
¿Tendrá conciencia en estos momentos de su egocéntrica vida, de su despotismo? ¿De su astucia? ¿Verá, retrospectivamente, como dicen que ven los agonizantes, su existencia triunfadora y soberbia? ¿La verá, anticipadamente, desembocar en una sima ayuna de gratitudes?
Quizá se estremece ante las postreras tentaciones del Malo. O espera confiada en que sus repetidas invocaciones al Todopoderoso le hayan conseguido un lugar en el Paraíso.
¿Tendrá conciencia en estos momentos de su egocéntrica vida, de su despotismo? ¿De su astucia? ¿Verá, retrospectivamente, como dicen que ven los agonizantes, su existencia triunfadora y soberbia? ¿La verá, anticipadamente, desembocar en una sima ayuna de gratitudes?
Quizá se estremece ante las postreras tentaciones del Malo. O espera confiada en que sus repetidas invocaciones al Todopoderoso le hayan conseguido un lugar en el Paraíso.
Incapaz de comprender el drama o el sainete que aquella agonía entraña, la muchacha mira sobrecogida cómo la mujer ladea la cabeza, abre la boca y queda inmóvil. Una racha helada invade sus arterias, mil sombras bailan a sus espaldas; susurros irónicos, llantos quedos, salen de los rincones, del techo, del suelo…
Echa a correr aturdida y llama a gritos a las vecinas. Ya no hay que esperar. La espera se ha disipado, pero en su lugar, no una alegría satisfecha, sino un miedo torvo ha aparecido. ¡Gente! ¡Gente! La que sea. Lo importante es no estar a solas con su ausencia.
Echa a correr aturdida y llama a gritos a las vecinas. Ya no hay que esperar. La espera se ha disipado, pero en su lugar, no una alegría satisfecha, sino un miedo torvo ha aparecido. ¡Gente! ¡Gente! La que sea. Lo importante es no estar a solas con su ausencia.
Y las viejas vecinas van llegando. Vierten en sus oídos palabras de pésame que son desmentidas por las miradas brillantes que entre sí cambian. Ella comprende: la felicitan por su liberación.
Dos de ellas amortajan a la difunta. La muchacha contempla con placer escondido las vueltas de la sábana y los alfileres gruesos que harán cesar definitivamente los movimientos reptantes de la madrastra.
Otra vecina solícita enciende cuatro cirios y entona interminables oraciones hasta la madrugada. La muchacha permanece inmóvil en un rincón. Al calor de los comentarios, la pavura íntima se diluye como neblina y una certeza amanece en su espíritu.
Ahora sí, la casa es suya, de ella nada más. Dueña y señora de tranquila aunque modesta mansión; de su propio, aunque balbuciente designio.
Ahora sí, la casa es suya, de ella nada más. Dueña y señora de tranquila aunque modesta mansión; de su propio, aunque balbuciente designio.
Aún no es de día cuando la última vecina se va. A cargo de la muchacha quedan las postrimerías del velorio. Y el hábito antiguo sale a flote: se acerca a la madrastra y, más con el pensamiento que con las frases serviles de costumbre, le pregunta si su entierro debe ser igual al del padre. Claramente surge en su mente este vocablo: Mejor. «La soberbia mujer querrá, sin duda, un entierro mejor que el del padre».
Acostumbrada a callar, la muchacha impide la salida al comentario despectivo e interroga: «¿Dónde está el dinero?». Y otra vez en su cerebro aparece la respuesta: En el desván. «La vieja avarienta, de seguro, oculta su tesoro en el desván». Y a ella le ha negado aun el alimento y el vestido imprescindible. Esto sí no puede olvidarlo.
Acostumbrada a callar, la muchacha impide la salida al comentario despectivo e interroga: «¿Dónde está el dinero?». Y otra vez en su cerebro aparece la respuesta: En el desván. «La vieja avarienta, de seguro, oculta su tesoro en el desván». Y a ella le ha negado aun el alimento y el vestido imprescindible. Esto sí no puede olvidarlo.
Y va en busca del dinero. Ahora comprará muchas cosas: un vestido como el de Mariquita, un collar como el de Rosa, unas sandalias como las de la hija del sastre. Y comerá durante días hasta que no pueda más.
El desván, guarida de arañas y ratones, aparece desierto y sombrío. En un rincón, un carcomido cofre encierra ropa y objetos de la madre. Por el suelo rueda un retrato sin marco.
La muchacha, llorosa y estremecida, reconoce aquella reliquia que durante tanto tiempo buscó en vano. Y acaricia con ternura las telas apolilladas, las cartas amarillentas, los libros deshojados y las flores marchitas que un día fueron trasunto de la personalidad materna.
Se aferra a aquellos despojos con vehemencia, los moja con lágrimas antiguas y se pregunta desesperadamente por qué las madres son capaces de morir antes que sus hijas. El recuerdo de que la otra también ha muerto la reanima.
Oprime contra su pecho el retrato y se promete reivindicar, cuando sea de día, aquellos objetos. Ni en los muebles desvencijados, ni en los colchones deshechos, ni entre las botellas secas o las cajas vacías, encuentra otra cosa que polvo o desilusión.
Impaciente y atrevida va a increpar a la madrastra, a hurgar entre sus pertenencias, si necesario es en el cadáver mismo, hasta encontrar el dinero; pero la escena que presencia la hace olvidar sus afanes.
La muchacha, llorosa y estremecida, reconoce aquella reliquia que durante tanto tiempo buscó en vano. Y acaricia con ternura las telas apolilladas, las cartas amarillentas, los libros deshojados y las flores marchitas que un día fueron trasunto de la personalidad materna.
Se aferra a aquellos despojos con vehemencia, los moja con lágrimas antiguas y se pregunta desesperadamente por qué las madres son capaces de morir antes que sus hijas. El recuerdo de que la otra también ha muerto la reanima.
Oprime contra su pecho el retrato y se promete reivindicar, cuando sea de día, aquellos objetos. Ni en los muebles desvencijados, ni en los colchones deshechos, ni entre las botellas secas o las cajas vacías, encuentra otra cosa que polvo o desilusión.
Impaciente y atrevida va a increpar a la madrastra, a hurgar entre sus pertenencias, si necesario es en el cadáver mismo, hasta encontrar el dinero; pero la escena que presencia la hace olvidar sus afanes.
La madrastra y el padre, erguidos y frente a frente, conversan.
El padre dice:
El padre dice:
—Allá no hay odios ni rencores, todos somos iguales. Ninguno vale ni cree valer más que otro. Y hay una gran paz. La paz del que nada desea y del que nada teme. Ven, mujer, ven conmigo.
Dice la madrastra:
—Pero ella, ¿está ahí?
—Ella es nuestra hermana, como tú y yo somos hermanos.
—No. Ella no puede ser nunca mi hermana.
Y siguen hablando, el padre con paciencia, la madrastra con odio. La muchacha no capta todas sus palabras. Las oye como esas voces conocidas que revientan en el cerebro en medio de un silencio somnoliento, pero a ellos los ve con claridad. Parecen dirigirse a ella ahora. En efecto, la madrastra le pregunta con risa cruel:
—Tú, ni en el otro mundo me tolerarías, ¿verdad?
El padre aduce:
—¿Verdad que tú me perdonas?
Esperan su respuesta. La miran inmóviles y urgentes. ¿Por qué? ¿Ella qué sabe? Y con firmeza les grita:
—Yo no sé. Son ustedes los que deben saber. Ustedes están muertos.
Vuelven ellos, resignados, a su singular coloquio. El padre, a suplicar; la madrastra, a negarse.
—Ven, mujer, es tu hora.
—No. Yo no puedo rebajarme ante nadie. Yo no puedo abandonar lo mío. Yo no quiero estar donde ella.
El padre se marcha contristado y digno. La madrastra se hunde de nuevo en su lecho mortuorio, junta las manos y cierra los ojos.
La luz de un nuevo día asoma por la puerta entornada y las temblorosas rendijas. La otra luz, la de los cirios, se extingue con un ensueño que ya no sabe hablar consigo mismo. La muchacha, absorta ante la presencia evidente y tiránica, presiente el retorno de su vieja compañera, la esperanza.
Ha esperado durante tanto tiempo que ya no sabe hacer otra cosa. Por lo demás, el objeto de su espera está ahí, no se ha ido. No partirá. Entre sus facultades, la de partir no cuenta.
Ha esperado durante tanto tiempo que ya no sabe hacer otra cosa. Por lo demás, el objeto de su espera está ahí, no se ha ido. No partirá. Entre sus facultades, la de partir no cuenta.
La lamparilla de buró renuncia a luchar con la luz del día, su sorna se trueca en retirada. El grifo mal cerrado vierte ya chorros de tiempo. La madrastra se rebulle en el lecho y, con la rapidez de una pesadilla que comienza, grita:
—¡Quítenme esta mortaja! ¡Quítenmela! He decidido no morir.
Y la muchacha, sumisa, sin el menor matiz de asombro en el rostro, con el odio antiguo emboscado en el pecho huérfano otra vez de la reliquia materna, se dispone a desamortajar lentamente a la madrastra. Y a esperar de nuevo.
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