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Pulgarcito - Charles Perrault

Había una vez un leñador y su esposa, quienes tenían siete hijos, todos varones. El mayor apenas era un adolescente y el menor rondaba los siete años.

Ellos eran muy pobres, y sus siete hijos eran una gran fuente de problemas porque ninguno podía aún ganarse su pan. Y lo que les causaba más dificultad era que el menor era muy delicado, y difícilmente pronunciaba una palabra, lo que hacía que la gente tomara por estupidez cualquier cosa que dijera con buen sentido. Él era pequeñito, y cuando nació no era más grande que el dedo pulgar; por eso lo llamaron "Pulgarcito".

El pobre niño era el menospreciado de la familia, y siempre lo hacían a un lado. Él era, sin embargo, el más brillante y discreto de los hermanos, y si hablaba poco, oía y pensaba mucho más.

Y vino un año muy malo, y la hambruna fue tan grande para esta pobre gente, que no sabían que hacer con los chicos. Un atardecer, cuando ya ellos estaban en cama, y el leñador estaba sentado con su esposa junto a la chimenea, él le dijo, con su corazón a punto de explotar de pesar:

-"Bien sabes plenamente que no estamos en condiciones de seguir dándole alimento a nuestros hijos, y no soportaría verlos a ellos morir de hambre ante mis ojos, por lo que he resuelto perderlos en el bosque mañana, lo cual es muy fácil de hacer. Cuando estén atando los grupos de leña, nosotros sólo tendremos que correr sigilosamente y abandonarlos sin que nos vean."-

-"¡Oh no!"- gritó su esposa, -"¿Serías realmente capaz de llevarte a los chicos y perderlos?"-

En vano su esposo le presentó su situación de gran pobreza, ella no lo consentía. Ella era muy pobre, pero era su madre.

Sin embargo, habiendo considerado el inmenso pesar que sería para ella verlos morir de hambre en su presencia, ella consintió, y se fue llorando a su cama.

Pulgarcito, que estaba despierto, escuchó todo lo que conversaron, pues oyendo que hablaban de planes futuros, se levantó suavemente y se deslizó debajo del asiento de su padre, de modo que pudo oír sin que lo vieran. Luego volvió a su cama de nuevo, pero esa noche no durmió ni un instante, pensando en qué tendría que hacer. Esa mañana, él se levantó temprano, y se dirigió a la orilla del riachuelo, donde llenó sus bolsillos de pequeñas piedrecillas blancas, y regresó a casa. 

Pulgarcito nunca le contó a sus hermanos una palabra de lo que sabía. Más tarde todos salieron, y fueron a una tupida selva, donde no podían verse unos a otros ni a diez metros de distancia. El leñador comenzó a cortar madera, y los chicos a juntar los palos para hacer gavillas. Su padre y su madre, viéndolos bien ocupados en su labor, se alejaron de ellos silenciosamente y corrieron tan rápido como podían por un ventoso sendero. 

Cuando los muchachos se dieron cuenta de que estaban solos, comenzaron a gritar lo más fuerte que podían. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien cómo regresar a casa de nuevo, ya que cuando venían hacia el bosque, había dejado caer a lo largo del camino las piedritas blancas que traía en su bolso. Entonces él les dijo:

-"No teman, hermanos, nuestro padre y madre nos han dejado aquí, pero yo los llevaré de nuevo a casa. Solamente síganme."-

Ellos lo siguieron, y los llevó a casa por el mismo camino por donde entraron a la floresta. Ellos no se atrevían a ingresar a la casa, sino que se quedaron afuera de la puerta para escuchar lo que sus padres pudieran comentar.

En el mismo momento que el leñador y su esposa llegaban a casa, el señor del feudo les enviaba a ellos diez coronas, que hacía tiempo le debía, y las cuales él pensaba que no volvería a ver. Esto les dio a ellos nueva vida, ya que la pobre gente se estaba muriendo de hambre. El leñador envió a su esposa donde el carnicero inmediatamente. Y como ya hacía rato que no probaban bocado, ella compró el triple de carne necesaria para una cena de dos personas. Cuando ya habían comido, la mujer dijo:

-"¡Dios mío!, ¿dónde estarán nuestros pobres niños ahora?, bien pudieran haber hecho una buena fiesta de todo lo que dejamos aquí. Fuiste tú, Guillermo, quien quisiste que se perdieran. Te dije que nos arrepentiríamos de eso. ¿Qué estarán haciendo ahora en la selva? ¡Oh, no! quizás los lobos ya los devoraron. Fuiste muy inhumano por haber perdido a los chicos."-

El leñador se llenó de total impaciencia, ya que ella repitió veinte veces que él se arrepentiría de esa acción, y que ella estaba en lo correcto. Él le pidió que dejara de hablar. El leñador estaba, quizás, más dolido que su esposa, pero ella lo importunaba tanto que no podía soportarla. Ella lloró amargamente, diciendo:

-"¡Dios mío! ¿Dónde están mis muchachos ahora, mis pobres muchachos? "-

Y una vez ella dijo eso tan alto, que los chicos que estaban tras la puerta, lo oyeron y gritaron a coro:

-"¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!"-

Ella corrió inmediatamente y los metió a la casa, y abrazándolos dijo:

-"Qué feliz me siento de verlos de nuevo, mis queridos muchachitos. Están muy cansados y hambrientos, y mi pobre Pedro, estás lleno de barro. Ven y déjame que te limpie."- 

Pedro era el mayor de ellos, a quien ella amaba más que al resto, porque él era pelirrojo, igual que ella.

Todos se sentaron a la mesa, y comieron con un apetito que deleitó tanto a padre y madre, a quienes les contaron lo asustados que estuvieron en el bosque, casi todos hablando al mismo tiempo. 

Y los padres estaban deleitados de ver a sus hijos una vez más. Y esta dicha perduró mientras las diez coronas se gastaban. Pero cuando ya se acabaron, ellos cayeron de nuevo en sus congojas, y decidieron volver a perder a los muchachos de nuevo. Y para estar bien seguros de hacerlo mejor, determinaron llevarlos a un lugar mucho más largo y a más profundidad dentro del bosque que antes. 

Ellos trataban de hablar de esto muy secretamente, pero fueron oídos otra vez por Pulgarcito, que trazó su plan para salir de la dificultad tal como lo había hecho la vez anterior. Pero a pesar de haberse levantado temprano para ir a recoger las piedritas, no pudo, pues las puertas estaban cerradas con doble tranca. En ese momento no supo que hacer. 

El padre les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno. Pulgarcito percató que él podría usar el pan en lugar de las piedritas, tirándolo en migajas a lo largo del camino por donde deberían pasar, por lo que lo guardó en su bolso. Su padre y madre los llevaron a lo más denso y oscuro del bosque, y entonces, escapándoseles en un sendero, los dejaron allí.

Pulgarcito no se preocupó mucho por eso, ya que pensó que fácilmente encontraría la ruta de nuevo por medio de las migajas de pan que dejó caer a lo largo del recorrido. Pero se sorprendió mucho cuando no pudo encontrar ni una simple borona: los pájaros habían llegado y comido todo el pan. 

Ahora estaban en un grave problema, pues entre más intentaban salir, más profundamente se internaban en el bosque. Cayó la noche, y se levantó un fuerte viento, que los llenó de temor. Ellos se imaginaban que oían a cada lado a los lobos llegando a devorarlos. Ellos difícilmente se atrevían a hablar o voltear sus cabezas. Entonces llovió tan torrencialmente, que se empaparon hasta la piel. Sus pies resbalaban a cada paso, y caían en el barro, cubriendo sus manos con él, tanto que no sabían que hacer con ellas. 

 Pulgarcito escaló a lo alto de un árbol, para ver que descubría. Mirando alrededor,  vio una pequeña luz, como una candela, pero lejos, después del bosque. Bajó, y cuando estuvo en el suelo, no la pudo ver más, lo que lo puso muy triste. Sin embargo, habiendo caminado por un rato con sus hermanos en la dirección hacia la cual había visto la luz, él la descubrió de nuevo en cuanto salieron del bosque. 

Al fin llegaron a la casa donde brillaba la lucecita, no sin muchos temores, ya que a menudo la perdían de vista, lo que sucedía cada vez que llegaban a una depresión del terreno. Ellos tocaron a la puerta, y una buena mujer vino a abrirles.

Ella les preguntó que deseaban. Pulgarcito le dijo que eran muchachos pobres que se habían perdido en el bosque, y deseaban que por caridad les diera posada. La mujer, viéndolos a todos muy hermosos, comenzó a llorar y a decirles:

-"¡Por Dios!, pobres muchachos, ¿de dónde vienen?, ¿No saben que esta casa pertenece a un cruel ogro que come muchachos y niños?"-

-"¡Ay no!, querida señora "- contestó Pulgarcito, (a quien, junto con sus hermanos, le temblaban todos sus miembros), -"¿Qué debemos hacer? Los lobos del bosque con seguridad nos devorarán esta noche si usted no nos acoge en su casa. Así que preferiríamos que sea el caballero quien nos coma. Quizás él pueda tener piedad de nosotros si usted se lo implora"-

La esposa del ogro, que creía que podría ocultarlos de su esposo hasta la mañana, los dejó entrar, y los llevó a entibiarse a un buen fuego, ya que había un cordero entero asándose para la cena del ogro.

Cuando ellos comenzaban a entibiarse oyeron tres o cuatro golpes secos en la puerta. Era el ogro que había llegado a casa. Su esposa rápidamente los ocultó bajo la cama y fue a abrir la puerta. El ogro de inmediato preguntó si ya estaba lista la cena y el vino servido, y se sentó a la mesa. El cordero aún estaba crudo, pero así le gustaba más. El olió a derecha e izquierda, diciendo:

-"Me huele a carne fresca."-

-"Lo que te huele"- dijo su esposa, -"debe ser el ternero que acabo de matar y destazar."-

-"Me huele a carne fresca, te digo una vez más"- replicó el ogro, viendo fijamente a su esposa, -"y hay algo aquí que no comprendo."

Y pronunciando estas palabras se levantó de la mesa y se fue directamente a la cama.

-"Ah"- dijo mirando bajo la cama, -"así es cómo me engañas. No sé por qué no te he comido. Es bueno para ti que seas tan dura de carnes. Aquí está el producto de la caza, que llega muy a tiempo para entretener a tres ogros conocidos que vendrán a visitarme en uno o dos días."- 

Él los fue sacando uno a uno de debajo de la cama. Los pobres chicos cayeron sobre sus rodillas implorando perdón, pero estaban tratando con uno de los más crueles ogros, quien, lejos de tener piedad de ellos, ya los estaba devorando mentalmente, y le dijo a su esposa que ellos serían una comida delicada cuando ella haya cocinado una buena salsa.

Entonces tomó un gran cuchillo, y acercándose a los pobres chicos, lo afiló con una gran piedra de afilar que sostenía en su mano izquierda. Y ya había colgado a uno de ellos por los pies cuando su esposa le dijo:

-"¿Qué necesidad tienes de hacer eso ahora? ¿No tendrás bastante tiempo mañana?"-

-"Déjate de habladurías"- dijo el ogro, -"mis amigos comerán el más tierno"-

-"Pero tienes mucha carne ya lista"- replicó su esposa, -" hay un ternero, dos ovejas, y medio cerdo."-

-"Es cierto" dijo el ogro, -"dale a estos chicos una buena cena, para que no estén tan delgados, y ponlos en la cama"-

La buena mujer estaba muy contenta por ello, y les sirvió una buena cena. Pero ellos estaban tan asustados que no pudieron comer. 

Y en cuanto al ogro, se sentó de nuevo a beber, sintiéndose todo complacido de contar con qué atender a sus amigos. Bebió una docena de vasos de vino más que de costumbre, que se le subieron a la cabeza y lo obligaron a ir a la cama.

El ogro tenía siete hijas, que estaban aún jovencitas. Estas jóvenes ogresas tenían todas muy fina tez, pero todas ellas tenían pequeños ojos grises, cara redonda, nariz aguileña, una gran boca, y muy grandes y afilados dientes. Aún no eran malvadas, pero iban en camino a serlo, pues ya habían comido a pequeños niños.

Su madre ya las había acostado, a todas las siete en una misma cama, y cada una con una corona de oro sobre su cabeza. Había en la habitación otra cama del mismo tamaño, y la esposa del ogro puso a los siete muchachitos en esa cama, y luego ella misma fue a su cama.

Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro tenían coronas de oro sobre sus cabezas, y que estaba temeroso de que el ogro los fuera a matar esa noche, se levantó a medianoche, y tomando las gorritas de sus hermanos y la propia, fue sigilosamente donde las hijas,  y quitándole  sus coronas, les colocó las gorritas de ellos, y a sus hermanos y a él mismo, colocó las coronas de oro, de modo que el ogro los tomara a ellos como sus hijas, y a sus hijas como si fueran ellos, a quienes quería matar.

Las cosas salieron tal como las pensó, ya que el ogro, desvelándose a media noche, le incomodaba que hubiera pospuesto para la mañana lo que él pudo haber hecho temprano esa  noche, y saltó ligero de la cama y tomó su gran cuchillo.

-"Veamos"- dijo, -"cómo funcionan nuestros bribones, y no tenga así que repetir el trabajo"-

Él subió las gradas, y andando a tientas todo el camino, llegó al dormitorio de las hijas, y acercándose a la cama donde estaban los muchachos bien dormidos, menos Pulgarcito, quien se puso terriblemente asustado cuando el ogro pasó su mano sobre su cabeza, tal como lo había hecho con sus hermanos. El ogro sintió las coronas de oro y dijo:

-"Tengo que hacer un fino trabajo con todo esto, aunque cierto, bebí demasiado anoche."-

Entonces se dirigió a la cama donde dormían sus hijas, y sintiendo en sus cabezas los gorros de los chicos, dijo:

-"¡Ah!, mis queridos mozos, ¿están aquí?, vamos a trabajar descaradamente."-

Y diciendo esas palabras, sin mayor dificultad, cruelmente mató a sus siete hijas. Y bien satisfecho con lo que había hecho, regresó a su cama.

En cuanto Pulgarcito escuchó al ogro roncar, despertó a sus hermanos, y les pidió que se pusieran sus vestidos rápidamente y lo siguieran. Llegaron silenciosamente al jardín y escalaron el muro. Ellos corrieron rápido, toda la noche, temblando todo el tiempo, sin saber hacia donde dirigirse.

El ogro, cuando despertó, dijo a su esposa:

-"Ve arriba y viste a esos traviesos que llegaron anoche."-

La ogresa estaba sorprendida de aquella bondad de su esposo, sin imaginar de que manera los iba a vestir, y pensando solamente que él le había ordenado ir arriba y vestirlos, ella fue. Pero se horrorizó cuando se dio cuenta de que sus siete hijas estaban muertas.

Ahí mismo ella se desmayó, lo que sería natural en tal caso. El ogro, extrañado de que su esposa tardara tanto en hacer lo ordenado, subió para ayudarle. Él no fue menos sorprendido que su esposa ante aquel escalofriante espectáculo.

-"¡Oh! ¿Pero que he hecho?"- gritaba, -"¡Esos desgraciados pagarán por esto, e inmediatamente!"-

Él tiró un tarro de agua sobre la cara de su esposa desmayada, y volviéndola en sí, gritó:

-"¡Tráeme rápido mis botas de siete leguas, pues iré a capturarlos!"-

Salió entonces al campo, y después de correr en todas direcciones, llegó al fin al camino principal por donde estaban los muchachos, y a no más de cien pasos de la casa de sus padres. Ellos vigilaron al ogro, quien caminaba en un solo paso montaña tras montaña, y pasaba sobre anchos ríos como si fueran riachuelos. Pulgarcito, viendo un hueco en una roca cercana, escondió a sus hermanos allí, y metiéndose él también, esperaban a ver que llegaría a ser del ogro.

El ogro, que se sentía agotado con su largo e infructuoso viaje, (ya que esas botas de siete leguas exigían mucho esfuerzo a su usuario), tenía una gran necesidad de descansar, y por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Y como estaba desgastado por la fatiga, quedó dormido, y al cabo de un rato empezó a roncar tan horriblemente que los pobres muchachos no estaban menos asustados que cuando tomó el cuchillo y estaba a punto de quitarles la vida. Pulgarcito no estaba tan asustado como sus hermanos, y les dijo que debían correr de una vez hacia la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Ellos siguieron lo aconsejado y corrieron de inmediato hacia la casa.

Pulgarcito se acercó entonces al ogro, y suavemente le quitó las botas, y se las puso él mismo sobre sus pies. Las botas eran grandes, pero como eran botas fantásticas, tenían el don de hacerse grandes o pequeñas, de acuerdo a las piernas de quien las usara, de modo que le calzaron al pie y a la pierna como si hubieran sido hechas a la medida para él. Se dirigió entonces directamente a la casa del ogro, donde encontró a la esposa llorando amargamente por la pérdida de sus hijas asesinadas.

-"Su esposo"- dijo Pulgarcito, -"está en grave peligro, ya que ha sido capturado por una banda de ladrones, que han amenazado con matarlo si él no les entrega todo su oro y plata. Y en el  momento en que le tenían puestas sus dagas en la garganta, logró verme y me rogó que viniera y le contara a usted la condición en que se encontraba, y le dijera que me diera todo lo que tuviera de valor, sin retener una sola cosa, pues si no lo matarían sin misericordia. Y como la amenaza iba en serio, me dijo que usara las botas de siete leguas, que puede ver que llevo puestas, de modo que yo pudiera venir rápido y que así le demostraría que no es una imposición de mi parte."- 

La buena mujer, quedando grandemente atemorizada, le dio todo lo que tenía, ya que el ogro aunque comía niños, era un buen esposo. Pulgarcito, teniendo ya toda la fortuna del ogro, llegó con sus hermanos a la casa de sus padres, donde fue recibido con inmensa dicha.

Hay mucha gente que no está de acuerdo con el relato de esta acción de Pulgarcito, y suponen que él nunca le quitó del todo la fortuna al ogro, y que solamente pensó que sería de suficiente justicia tomar las botas de siete leguas, porque él las usaba únicamente para perseguir niños. 

Estos folkloristas  afirman estar muy seguros de eso, porque dicen que han comido y bebido a menudo en la casa del leñador. Ellos declaran que cuando Pulgarcito tomó las botas del ogro, fue a la Corte, donde se enteró de que había problemas en cierto ejército, que se encontraba a doscientas leguas de allí, y que estaban ansiosos por saber del éxito de la batalla. Él fue, dicen ellos, a donde el rey, y le dijo que si quería, el podría traerle noticias al respecto antes del anochecer.

El rey le prometió una gran cantidad de dinero si tenía éxito. Pulgarcito regresó esa misma noche con las noticias, y esta primera expedición causó que fuera conocido, y ganó tanto dinero como quiso, ya que el rey le pagaba muy bien por llevar sus órdenes al ejército. Muchas damas lo contrataban para enviar sus mensajes, con quienes ganó mucho dinero también. Después de algún tiempo de llevar el negocio de mensajero y ganar con ello una gran fortuna, fue a casa de sus padres, y es imposible expresar la felicidad de su familia. Él colocó a todos sus hermanos en circunstancias muy confortables, compró propiedades para sus padres y hermanos, y con eso los asentó muy firmemente en el mundo, mientras que él continuó su camino exitosamente.

El gato con botas - Charles Perrault

Un molinero dejó como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. Habrían consumido todo el pobre patrimonio.

El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro, y al menor le tocó sólo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

—Mis hermanos, decía, podrán ganarse la vida convenientemente trabajando juntos; lo que es yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras, pero se hacía el desentendido, le dijo en tono serio y pausado:

—No debéis afligiros, mi señor, no tenéis más que proporcionarme una bolsa y un par de botas para andar por entre los matorrales, y veréis que vuestra herencia no es tan pobre como pensáis.

Aunque el amo del gato no abrigara sobre esto grandes ilusiones, le había visto dar tantas muestras de agilidad para cazar ratas y ratones, como colgarse de los pies o esconderse en la harina para hacerse el muerto, que no desesperó de verse socorrido por él en su miseria.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, sujetó los cordones de ésta con las dos patas delanteras, y se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso afrecho y hierbas en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. No bien se hubo recostado, cuando se vio satisfecho. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando los cordones, lo encerró y lo mató sin misericordia.

Muy ufano con su presa, fuese donde el rey y pidió hablar con él. Lo hicieron subir a los aposentos de Su Majestad donde, al entrar, hizo una gran reverencia ante el rey, y le dijo:

—He aquí, Majestad, un conejo de campo que el señor marqués de Carabás (era el nombre que inventó para su amo) me ha encargado obsequiaros de su parte.

—Dile a tu amo, respondió el rey, que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto; y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue en seguida a ofrendarlas al rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al rey productos de caza de su amo. Un día supo que el rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

—Sí queréis seguir mi consejo, vuestra fortuna está hecha: no tenéis más que bañaros en el río, en el sitio que os mostraré, y en seguida yo haré lo demás.

El marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

—¡Socorro, socorro! ¡El señor marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír el grito, el rey asomó la cabeza por la portezuela y reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al marqués de Carabás. En tanto que sacaban del río al pobre marqués, el gato se acercó a la carroza y le dijo al rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.

El rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el señor marqués de Carabás. El rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar realzaba su figura, ya que era apuesto y bien formado, la hija del rey lo encontró muy de su agrado; bastó que el marqués de Carabás le dirigiera dos o tres miradas sumamente respetuosas y algo tiernas, y ella quedó locamente enamorada.

El rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y habiendo encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

—Buenos segadores, si no decís al rey que el prado que estáis segando es del marqués de Carabás, os haré picadillo como carne de budín.

Por cierto que el rey preguntó a los segadores de quién era ese prado que estaban segando.

—Es del señor marqués de Carabás, dijeron a una sola voz, puesto que la amenaza del gato los había asustado.

—Tenéis aquí una hermosa heredad, dijo el rey al marqués de Carabás.

—Veréis, Majestad, es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El maestro gato, que iba siempre delante, encontró a unos campesinos que cosechaban y les dijo:

—Buena gente que estáis cosechando, si no decís que todos estos campos pertenecen al marqués de Carabás, os haré picadillo como carné de budín.

El rey, que pasó momentos después, quiso saber a quién pertenecían los campos que veía.

—Son del señor marqués de Carabás, contestaron los campesinos, y el rey nuevamente se alegró con el marqués.

El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era éste ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. El ogro lo recibió en la forma más cortés que puede hacerlo un ogro y lo invitó a descansar.

—Me han asegurado, dijo el gato, que vos tenías el don de convertiros en cualquier clase de animal, que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

—Es cierto, respondió el ogro con brusquedad, y para demostrarlo, veréis cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén se trepó a las canaletas, no sin pena ni riesgo a causa de las botas que nada servían para andar por las tejas.

Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.

—Además me han asegurado, dijo el gato, pero no puedo creerlo, que vos también tenéis el poder de adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, que podéis convertiros en un ratón, en una rata; os confieso que eso me parece imposible.

—¿Imposible?, repuso el ogro, ya veréis; y al mismo tiempo se transformó en una rata que se puso a correr por el piso.

Apenas la vio, el gato se echó encima de ella y se la comió.

Entretanto, el rey que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al rey:

—Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor marqués de Carabás.

—¡Cómo, señor marqués, exclamó el rey, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El marqués ofreció la mano a la joven princesa y, siguiendo al rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica colación que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día, los cuales no se habían atrevido a entrar, sabiendo que el rey estaba allí.

El rey, encantado con las buenas cualidades del señor marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, viendo los valiosos bienes que poseía, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

—Sólo dependerá de vos, señor marqués, que seáis mi yerno.

El marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el rey; y ese mismo día se casó con la princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas sino para divertirse.