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La Paz Mundial - Elvira Lindo

Hace diez días con sus diez noches mi sita Asunción entró en la clase a las nueve en punto de la mañana, sin dejarnos esos cinco minutos que tenemos todos los días para echarnos en cara lo que nos hicimos los unos a los otros el día anterior.

La sita Asunción tomó aire y casi todos bostezamos porque era muy temprano para aguantar uno de sus discursos. Nuestra sita dijo lo siguiente:

—Este año quiero que preparemos el Carnaval como si fuera el último carnaval de nuestra vida. Vamos a presentarnos a un concurso de Eurovisión de disfraces que van a hacer en una discoteca de Carabanchel el próximo sábado. Van a presentarse niños de los colegios de todo el barrio y tenéis que demostrar al mundo que sois unos niños como Dios manda y no esos delincuentes que parecéis.

No la dejamos acabar, se montó un mogollón en la clase que no veas. Yihad se levantó para decir:

—Aviso: yo me voy a disfrazar de Supermán y lo digo para que no se disfrace nadie más de Supermán porque en esta galaxia Supermán sólo hay uno y ése soy yo y no quiero tener que partirme la cara con nadie. Repito: es un aviso.

Entonces dice el Orejones:

—¿Y de qué me disfrazo yo si sólo tengo el disfraz de Supermán y mi madre no me va a querer comprar otro?

Y se empezó a oír un eco en toda la clase: «Y yo… y yo… y yo», porque todos los niños tienen el mismo disfraz de Supermán por los siglos de los siglos.

Yihad había avisado. Se tiró descontrolado a por el primero que pillara, porque a Yihad en esos momentos de alta tensión ambiental le da igual ocho que ochenta. No sé por qué tuvo que pillarme a mí; a lo mejor tiene razón mi madre cuando dice que siempre estoy en medio, como el jueves. Menos mal que soy un niño con reflejos y me defendí rápidamente:

—No hace falta que me rompas las gafas esta vez, Yihad. Todo el mundo sabe que yo prefiero ser el Hombre Araña.

Entonces salió un tío de mi clase diciendo que el Hombre Araña era él, y una niña que quería ser la Bella y pedía a gritos una Bestia… Así que, tal y como se habían puesto las cosas, no nos quedó más remedio que empezar a pegarnos, porque es la única forma que tenemos en mi clase de solucionar nuestros problemas de convivencia.

La sita Asunción, fuera de sus casillas, dio tres punterazos en la mesa y eso nos hizo acordarnos en masa de que estábamos en el colegio, en una clase y con una sita despiadada: la sita Asunción. Mi sita dice que da los punterazos en la mesa para desahogarse. En el fondo lo que a ella le gustaría sería darlos sobre cabezas humanas, lo que pasa que tiene la mala suerte de que ahora se lo prohíbe la Constitución española. «Si no fuera por la Constitución —dice a veces mi sita Asunción—, ibais a estar más tiesos que unas velas del Santo Sepulcro».

Mi sita Asunción dijo que nada de supermanes, ni de hombres arañas, ni de bellas ni de bestias; que teníamos que demostrar a Carabanchel, a España, a Estados Unidos y al planeta Tierra que éramos unos niños buenas personas, que luchábamos por la paz del Mundo Mundial y que ella había pensado que nos íbamos a vestir los treinta niños bestias que somos de palomas de la paz.

Si no hubiera sido porque la sita Asunción iba armada con su puntero y porque además es nuestra señorita y porque somos una pandilla de cobardes, le habríamos dicho a coro: «Anda vete, salmonete».

Estábamos bastante desilusionados; había sido el chasco más grande de nuestra existencia. Nos quedamos muy callados; ya nada nos hacía ilusión en este mundo mundial. Entonces mi sita continuó:

—El jurado, que es la Asociación de Vecinos, nos dará el primer premio, porque no hay jurado en España que se resista a dar el primer premio a treinta niños que van vestidos de palomas de la paz. Además nos llevaremos muchos regalos. Seremos por un día los símbolos de la paz mundial y nuestro grito de guerra hasta el sábado será: ¡Los vamos a machacar!

Eso sí que nos gustó; con un grito de guerra como ése podíamos ir hasta el fin del mundo. Íbamos a machacar a todos los niños de todos los colegios del barrio con nuestros trajes de superpalomas de la paz.

Mi madre y las madres de los treinta niños bestias que somos nos hicieron esa semana los trajes de paloma con papel cebolla. Mi madre se quejaba bastante porque dice que, para mi sita, cualquier excusa es buena con tal de tenerla gastando dinero y trabajando. Que el disfraz de Hombre Araña ella me lo había comprado para no tener problemas hasta que yo hiciera la mili y me dieran el disfraz de soldado. Que cómo se hacía un disfraz de paloma y que paz era lo que ella necesitaba, mucha paz en una playa desierta de Benidorm y sin niños, que eso era para ella la paz mundial.

Se quedó callada treinta milésimas de segundo y luego siguió protestando y diciendo que si no me estaba quieto jamás podría probarme, que conmigo hay que tener mucho cuidado porque los trajes por la cabeza nunca me entran. «Este niño —se refiere a mí— otra cosa no tendrá, pero nació con veinticinco dedos de frente». Mi abuelo la consuela a ella y me consuela a mí diciendo:

—Como Einstein. Todos los sabios han tenido siempre veinticinco dedos de frente.

Al Imbécil le tuvo que hacer otro traje de paloma porque el Imbécil es culo-veo-culo-quiero, y como no le hagan el mismo disfraz que a mí ha cogido la costumbre de no comer y mi madre dice que un día se nos va a deshidratar. A mí me da igual que se deshidrate; el que se deshidrata hoy día es porque quiere. Ah, se siente.

Total, que el día C —la C es por Concurso y por Carnaval— mi madre nos vistió con nuestros trajes de papel cebolla y nos dijo que nos fuéramos yendo para el colegio. A ella le gusta mucho ver que salimos vestidos de paz mundial y cogidos de la mano. No me preguntes por qué, nunca he podido explicármelo.

Nos encontramos a la Luisa por la escalera y la Luisa va y nos dice:

—Mira tu madre la maña que se ha dado para vestiros de pingüinos.

Así que no tuve más remedio que agarrar al Imbécil y volver a subir a mi casa para decirle a mi madre que nosotros de pingüinos no queríamos salir a la calle, ni aunque fuera por la paz mundial. Mi madre nos dijo que la Luisa no sabía distinguir entre un pingüino de su marido y entre una paloma de su madre, y que fuéramos arreando para el colegio, que siempre tenemos que llegar tarde a todas partes.

Por la calle una señora le dijo a otra:

—Mira que pingüinos tan ricos, mujer.

Pero ya no quise volver a casa porque mi madre en ciertos momentos de su vida se puede llegar a poner violenta y, al fin y al cabo, nosotros estábamos representando a la paz mundial.

Cuando llegamos al colegio nos quedamos alucinados: en la puerta estaba Yihad vestido con unas plumas que parecía una gallina, estaba el Orejones que parecía un pavo, la Susana parecía un avestruz, Paquito Medina un pelícano, y así hasta treinta y tres. No había dos pájaros iguales. Bueno, sí, el Imbécil y yo: Esos pingüinos tan ricos.

Mi abuelo, que acababa de llegar, dijo:

—Esto lo tenía que haber visto Alfred Hitchkock para hacer Los Pájaros. Segunda parte.

Todos nos quedamos mirando los unos a los otros, y muy mosqueados nos fuimos escoltados por la sita Asunción hasta la discoteca Silicona, donde se celebraba el Festival.

La sita Asunción no se quedaba atrás; también se había vestido y parecía una pata o una gansa. Moviendo las alas nos dijo que iban a retransmitir el Festival por Radio Carabanchel, que es una radio que se hace en mi barrio y que, como no tienen dinero para micrófonos, mi abuelo dice que hacen los programas por el viejo sistema indio de abrir la ventana y hablar a gritos.

La sita Asunción estaba tan contenta que no parecía la sita Asunción. Si no hubiera sido porque nosotros también íbamos de pajarracos nos habríamos partido de risa viéndola por mitad de Carabanchel vestida de paz mundial. La sita nos dijo que cuando saliéramos al escenario, ella diría:

—¡Una, dos y tres!

Y nosotros teníamos que responder moviendo las alas y gritando todos a una, hasta rompernos la garganta:

—¡Viva la paz mundial!

La sita quería que ensayáramos, así que en plena calle chilló como una loca:

—¡Una, dos y tres!

Nosotros íbamos a gritar ¡Viva la paz mundial! pero, al ir a mover las alas, nos empezamos a enredar unos con otros, y si la sita no llega a poner orden habríamos llegado a la discoteca completamente desplumados. La sita nos dijo que nos olvidáramos de mover las alas, que ya las moveríamos después de ganar el premio.

Ya estábamos en la discoteca. Nos sentamos los treinta y el Imbécil en un rincón. El presentador era el director de la Guardería El Pimpollo, que está al lado de mi casa. Iba vestido el tío de Supermán; a Yihad le rechinaban los dientes de la envidia cochina que tenía. Yo aproveché la ocasión para hacerle un poco la pelota a mi amigo el chulito Yihad. Le dije:

—Ese tío no puede ser Supermán con la barriga que tiene. Un tío con una barriga como ésa no puede sobrevolar las cataratas del Niágara, porque la fuerza de gravedad de nuestro planeta atrae a los cuerpos gordos como ése.

—Y entonces, ¿qué ocurriría? —dijo Yihad, que estaba interesadísimo en mis teorías.

—Que se espanzurraría contra el suelo.

Yihad no solamente se había quedado muy impresionado con mis altos conocimientos científicos, sino además muy contento. Lo de que «se espanzurraría contra el suelo» le había devuelto su optimismo de siempre; ya no sentía envidia, ahora miraba al presentador-Supermán por encima de las plumas, como mira un superhéroe profesional a un superhéroe de pacotilla.

Superbarriga iba anunciando a los grupos de los colegios, que iban saliendo al escenario entre los abucheos de los que estábamos sentados. Como comprenderás no íbamos a aplaudir a nuestros enemigos. Acuérdate de que nuestro lema era: ¡Los vamos a machacar!

Salieron unos disfrazados de árboles. El grupo se llamaba «El Otoño». Llevaban una cadena que colgaba de una rama, tiraban de la cadena y automáticamente caían las hojas. El público se quedó alucinado por la tontería que acababa de ver. Los padres de este grupo se habían llevado una pancarta para animar a sus hijos; fueron los únicos que les aplaudieron, claro. Los demás miramos en silencio cómo se pasaron diez minutos en el escenario recogiendo las hojas que habían tirado. Luego, salieron los clásicos superhéroes, unos niños que iban disfrazados de reality-chows con cuchillos clavados en la espalda, otros que iban de bollicaos…

Nosotros salimos los quintos, estábamos amaestrados para gritar detrás del «Un, dos, tres» de la sita Asunción eso de «¡Viva la paz mundial!», pero no nos dio tiempo a hacer nuestro número porque cuando la sita dijo «Un, dos y tres», se oyó la voz de un chaval que va a un colegio de Formación Profesional de mi barrio que se llama Baronesa Thyssen:

—¡Yihad, qué bien te sienta el traje de gallina!

Yihad se tiró del escenario para volverle la cabeza del revés al tío gracioso ése. La Susana detrás para defender a Yihad y todos los demás detrás de la Susana y de Yihad, porque si no defendemos a Yihad luego nos pega él a nosotros. El padre del chaval del Baronesa Thyssen dijo:

—Mi niño tiene parte de razón: Yihad parece una gallina y está concursando de paloma, y eso, se mire como se mire, es intolerable.

Mi sita Asunción se quedó sola en el escenario. Lloraba la pobre con su disfraz de pata. Nosotros tuvimos que separar a nuestros padres de los padres del Baronesa Thyssen porque estaban a punto de faltarse al respeto, y nosotros, al fin y al cabo, estábamos representando la paz mundial.

Aquel carnaval tenía toda la pinta de ser el peor de nuestras vidas, pero no te vas a creer lo que pasó al final, porque lo que pasó no se lo esperaban ni los chinos de Rusia.

Una vez que la pelea se calmó y se despejó el escenario, salió Superbarriga con su pinta de Supermán de la Tercera Edad y quiso hacer como que volaba. Por poco se mata el tío en uno de sus intentos por despegar del suelo. Ya ves, si eso fuera tan fácil todo el mundo sería superhéroe, no te fastidia. La verdad es que hubo que agradecerle el tropezón: fue lo que más gracia le hizo al público en toda la tarde. Yihad le estaba explicando a unos de otro colegio:

—Ese tío no puede ser Supermán con la barriga tan gorda que tiene porque la «falta de variedad» del planeta Tierra le empuja a espanzurrarse contra el suelo.

¡La falta de variedad! Qué bestia que es Yihad, la única palabra que había conseguido aprenderse bien de mi teoría era el famoso «espanzurrarse». Pero no te creas que le llamé la atención; si le llego a corregir, yo también hubiera sabido lo que era espanzurrarse contra este planeta del que tanto hablamos.

Superbarriga leyó los premios yendo del tercero al primero para hacer esos momentos más emocionantes:

—El tercer premio le corresponde ¡al grupo «Reality Chows»!, por su simpatía y originalidad.

El público en pleno se deshizo en abucheos:

—¡¡¡Fuera!!!

—El segundo premio se lo hemos concedido al grupo «El Otoño», por la belleza en la representación de una estación del año tan importante como las demás.

¿Había dicho «por la belleza»? Le dije a Yihad que aquel jurado se merecía que lo tirasen por las cataratas de Niágara, seguido de Superbarriga, claro. Una vez más estábamos de acuerdo. El más chulito de mi clase y yo estábamos de acuerdo en todo; de repente yo era su mejor amigo. Estaba muy orgulloso de mí mismo, porque cuando el tío más chulo de tu colegio es tu amigo, eso quiere decir que tienes las espaldas cubiertas; es como si tuvieras al genio de la lámpara a tu disposición, siempre dispuesto a defenderte ante cualquier enemigo.

—Y el primer premio… —Superpatoso hizo una pausa para crear más expectación. Te aseguro que se podía oír el rechinar de dientes de los espectadores ansiosos—. El primer premio se lo hemos concedido por unanimidad al grupo «Los pájaros», por su defensa de especies en vías de extinción.

Como nadie salía, el presentador lo tuvo que repetir. Nos miramos los unos a los otros: ¿Pero nosotros no habíamos venido por la paz mundial?

Se ve que de lo de la paz mundial no se había enterado nadie, así que tuvimos que admitir que éramos un grupo de pájaros en vías de extinción. No siempre uno es lo que quiere ser en esta vida.

Nos hicieron salir otra vez al escenario para recoger el premio. El premio estaba en una caja grande. Nos tiramos todos a por la caja para abrirla. El Imbécil intentaba abrirla a mordiscos. Con el follón nos estábamos quedando sin alas, pero eso ya no nos importaba; al fin y al cabo ya no teníamos la responsabilidad de representar a la paz mundial: éramos pájaros en peligro de extinción. Mi sita se abrió paso dando unos cuantos pellizcos a traición y consiguió abrir la caja con sus manos poderosas. Superbarriga pidió un gran aplauso para el premio. Era material escolar: libros, cuadernos y cosas así. ¡Todo el rollo repollo de la paz mundial para ganar libros para estudiar! El único que aplaudió fue el Imbécil; como todavía no ha estudiado en lo que lleva en este planeta, no sabe lo que es eso, hay que perdonarle por su ignorancia.

Abandonamos el escenario. Ya no teníamos nada que hacer allí. El regalo se lo podía quedar la sita Asunción y comérselo con patatas. Ella estaba encantada mirando todos los libros y seguramente planeando nuevos deberes con los que destrozarnos el cerebro. Nuestros padres estaban orgullosos de aquellos hijos en peligro de extinción.

Por la tarde me dejaron bajar al parque del Ahorcado. Me vestí con mi supertraje de Hombre Araña. Mi madre le dijo a la Luisa:

—Los niños son así. Ellos se ponen su disfraz de superhéroes y tan contentos. Lo que yo digo: Los niños son A, B y C, y de ahí no les saques.

Estuve a punto de bajar trepando por las paredes de mi torre, pero soy un niño consciente de mis limitaciones y sé que lo único que tengo de Hombre Araña es el disfraz. Cuando llegué al parque del Ahorcado ya me estaban esperando mis amigos: Yihad, de Supermán; el Orejones, de Supermán, pero sin capa porque le tocaba ser el ayudante de Supermán; la Susana, de la Bella, aunque en cuanto estás con ella un rato te das cuenta de que es la Bestia disfrazada de la Bella; Paquito Medina, de Robín de los Bosques, y el Imbécil, que seguía con su traje de pingüino porque mi madre le había convencido de que era el más bonito del barrio (a esa edad todavía te crees las mentiras de las madres).

Jugamos a superhéroes. Hicimos dos equipos. Yihad me pidió a mí para el suyo. Le dije que si le parecía bien que nuestro lema de ataque fuera: «Los vamos a machacar por la paz mundial». Le pareció chachi. Estaba claro que yo me había convertido en su gran amigo. Jugamos al pañuelo, a la peste bubónica y al churro-mediamanga-mangaentera que es un juego que consiste en que un equipo se agacha y el otro se tira encima sin piedad, es un juego de los llamados «educativos». Yo hacía todo lo que podía, corría y aguantaba con todas mis fuerzas, pero los demás siempre conseguían ganarme. Es el único defecto que le encuentro yo a los juegos de correr y de fuerza, que siempre me ganan. Cuando Yihad se dio cuenta de que conmigo en su equipo no se comía una rosca, decidió que a partir de ese momento ya nadie iría en equipo. El único interés de Yihad era ganar como fuera a Paquito Medina. Ganarnos al Orejones, a la Susana, al Imbécil o a mí no tiene emoción para Yihad.

Cogí al Imbécil de la mano y nos fuimos para casa. En realidad me fui porque no podía aguantarme las ganas de llorar. Había pasado de ser el gran amigo de Yihad a ser una rata de alcantarilla, y eso es algo que fastidia a cualquiera. El Imbécil me vio llorar y se puso a llorar él también. A él se le contagia todo, lo bueno y lo malo. Eso es lo que dice mi madre. Tuvimos que compartir el pañuelo. Primero me soné yo y luego le puse a él el pañuelo en la nariz. Hizo lo de siempre: prepararse con mucha concentración, tomar aire y luego echarse los mocos para adentro en vez de echarlos en el pañuelo. Es su estilo. Y yo me tuve que reír aunque tenía lágrimas en los ojos porque hay que reconocer que aunque sea el Imbécil también es bastante gracioso. En algo se tenía que parecer a mí.

En esas estábamos cuando llegó corriendo Paquito Medina y nos dijo:

—¿Qué hacéis?

—Llorando de la risa —le contesté yo. A ver si te crees que le iba a confesar la verdad.

Entonces Paquito Medina me dijo que si quería ir el domingo a jugar a su casa con el ordenador. Yo le pregunté:

—¿También vas a invitar a Yihad?

—Yihad me lo puede romper. Es un bestia.

Le dije que sí. La verdad es que era un rollo repollo jugar con Paquito Medina al ordenador porque Paquito Medina gana en todo; igual que yo pierdo en todo, pero no me importaba. El tío más listo que yo había conocido en mi vida en la Tierra me quería invitar a mí solo: ¿Por qué? Porque Manolito Gafotas no rompe los ordenadores, porque Manolito Gafotas no es un bestia como otros, porque Manolito Gafotas es un tío de toda confianza. Estaba claro que Paquito Medina había decidido que yo fuera su gran amigo. Creo que fue uno de los momentos más felices de mi vida.

Me dieron ganas de subir a mi casa trepando por las paredes con mi disfraz de Hombre Araña, pero no lo hice. A mi madre no le gusta que el Imbécil suba solo las escaleras. El Imbécil y yo echamos una carrera hasta mi piso. Le gané, claro. Hay dos personas en el mundo mundial a las que gano corriendo: al Imbécil y a mi abuelo Nicolás. ¿Qué pasa? ¡Los hay peores!

Cuando nos estábamos poniendo el pijama, mi abuelo nos decía:

—Uno, dos y tres.

Y el Imbécil y yo gritábamos con todas nuestras fuerzas:

—¡Viva la paz mundial!

Lo estábamos pasando bestial hasta que vino el plasta del vecino de arriba a protestar por el follón. Estaba claro que el famoso lema de la sita Asunción siempre traía problemas a nuestras vidas.

Los tres centavos marcados - Mary Elizabeth Counselman

Todos estuvieron de acuerdo, después que pasó, en que todo el asunto era la idea de una mente retorcida, un ajedrez jugado por un loco, en el que las piezas, en vez de trozos de marfil o de ébano tallados, eran seres humanos.

Lo extraño es que nadie dudara de la autenticidad del "concurso". El público no parece haberlo considerado en ningún momento como la jugarreta de un activo bromista, ni siquiera como una maniobra publicitaria. Jeff Haverty, director del News, propuso la teoría de que el asunto pretendía ser un inteligente, aunque bastante bien planeado experimento psicológico, el cual terminaría con la revela­ción de la identidad de su inventor y una gran carcajada de todo el mundo.

Tal vez lo que dio al hecho tan amplia trascendencia fue el impactante modo de anunciar. Branton, la ciudad sureña de unos 30.000 habitantes donde aconteció el suceso, des­pertó una mañana de abril con todos sus árboles, postes de teléfono, costados de las casas y frentes de las tiendas cubiertos con un extraño cartel. Había veintenas de ellos escritos en papel copia amarillo en una máquina de escribir común. El cartel decía:

"En el curso de este día, 15 de abril, tres monedas de un centavo se deslizarán en los bolsillos de esta ciudad. En cada centavo habrá una marca bien definida. Una es un cuadrado; una es un círculo; y una es una cruz. Estos centavos cambiarán de mano muchas veces, como todas las monedas, y el séptimo día después de este anuncio (el 21 de abril) el poseedor de cada centavo marcado recibirá un regalo.

"El primero: 100.000 dólares en efectivo.

"El segundo: un viaje alrededor del mundo.

"El tercero: la muerte.

"La respuesta a este acertijo se encuentra en las marcas de las tres monedas: círculo, cuadrado y cruz. ¿Cuál de éstas simboliza riqueza? ¿Cuál, el viaje? ¿Cuál, la muerte? La respuesta no es tan obvia.

"Al que encuentre y obtenga el primer centavo, se le enviarán 100.000 dólares sin demora. Al que tenga el segundo centavo, se le dará un pasaje de primera clase en el primer buque de vapor que salga a dar la vuelta al mundo. Pero al poseedor de la tercera moneda marcada se le dará ... muerte. Si teméis que vuestro centavo sea el tercero, deshaceos de él... ¡pero puede que sea el primero o el segundo!

"Mostrad vuestro centavo marcado al director del New el 21 de abril, dando su nombre y dirección. El no sabrá nada sobre este concurso hasta que no lea uno de estos carteles. Se le solicita que publique los nombres de los tres poseedo­res de las monedas el 21 de abril, con la marca de la moneda que cada uno tenga.

"Será inútil marcar una moneda uno mismo, ya que las fechas de las verdaderas monedas serán enviadas al editor Haverty".

Al mediodía todo el mundo había leído la noticia, y la ciudad hervía de agitación. Los cajeros empezaron a revisar el contenido de los cajones de las cajas registradoras. Las manos revolvieron los bolsillos y los monederos. Las tiendas y los bancos se llenaron de clientes que querían cambiar monedas de plata por centavos.

Jeff Haverty fue el blanco de una andanada de pregun­tas, y su edición vespertina apareció con un largo editorial que informaba todo lo que él sabía sobre el misterio, o sea exactamente nada. Esa mañana había llegado una nota con el resto de su correspondencia, una nota sin firma, y escrita a máquina en el mismo papel amarillo, dentro de un simple sobre cuyas estampillas llevaban el sello de esa ciudad. Decía simplemente: "Círculo, 1920. Cuadrado, 1909. Cruz, 1928. Sírvase no revelar estas fechas hasta después del 21 de abril".

Haverty obró de acuerdo con la solicitud, y trató de sacar todo el provecho posible a la historia.

El primer centavo fue encontrado en la calle por un niño pequeño, quien lo llevó de inmediato a su padre. Su padre, a su vez, se deshizo de él rápidamente dándoselo a su peluquero, quien lo pasó en el vuelto a un cliente antes de advertir la profunda cruz grabada en la superficie de la moneda.

El cliente la llevó a su mujer, quien inmediatamente pagó-con ella al almacenero. —¡Es demasiado riesgo, querido! — dijo ella, silenciando las protestas de su cónyuge—. No me gusta la idea de esa amenaza de muerte en el aviso ... y éste debe ser seguramente el tercer centavo. ¿Qué otra cosa podría significar esa pequeña cruz? Cruces sobre tumbas, ¿no ves el significado?

Y al difundirse esta explicación, el centavo marcado con la cruz empezó a cambiar de dueño con creciente rapidez.

Los otros dos centavos aparecieron inesperadamente antes del anochecer, uno marcado con un pequeño cuadra­do perfecto, el otro con un claro círculo.

El centavo marcado con el cuadrado fue descubierto en una máquina automática por el propietario del café La Abe­ja Laboriosa. No había forma de que pudiera haber llegado allí, informó desconcertado, y un poco asustado. Solo cuatro personas, todas ellas viejos clientes, habían estado en el café ese día. Y ninguno de ellos había estado cerca de la máquina automática, ubicada como estaba en el fondo del local, y llena de chicles viejos que, con solo verlos, no merecían un centavo de nadie. Además, el propietario había examinado la máquina por si hubiera alguna moneda la noche anterior y la había dejado vacía cuando la cerró; sin embargo, el centavo marcado con el cuadrado estaba alojado dentro de la máquina automática a la hora de cierre del 15 de abril.

Había mirado fijamente la moneda durante un largo rato antes de darla en el vuelto a una solterona de edad avanzada.

-No vale la pena -murmuró para sí-. Poseo un restau­rante que me da para vivir, y no tengo apuro por hacerme matar, en vista de la remota posibilidad de obtener esos cien mil, o en su lugar ese viaje. ¡No, señor!

La solterona echó una ojeada al centavo marcado, pro­firió un corto chillido ratonil, y lo arrojó al arroyo de la calle como si hubiese sido una tarántula.

— ¡Por Dios! —tembló—. ¡No quiero tener eso en mi cartera!

Pero esa noche soñó con puertos extranjeros, con coolies que chapurreaban una incomprensible lengua, con aletas de barracuda que cortaban la superficie de profundas aguas azules, y con ruinas de antiguas ciudades.

Un trabajador negro levantó el centavo y confió en él durante todo el día, soñando con Harlem, antes de sucum­bir finalmente al temor que lo corroía. Y el centavo marca­do con el cuadrado cambió de dueño una vez más.

El centavo marcado con el círculo fue advertido por primera vez en una pila de monedas por un pagador del Crédito Agrario.

—Recibimos monedas marcadas de vez en cuando -di­jo—. No reparé en ésta en forma especial; puede que haya estado aquí desde hace días.

La introdujo contento en su bolsillo; pero a la mañana siguiente descubrió, con profundo desaliento, que se la había dado a alguien sin darse cuenta.

—¡Yo quería conservarla! —suspiró—. ¡Para bien o para mal!

Miró ceñudamente las pilas de monedas de algún otro que estaban frente a él, y se preguntó furtivamente cuántos pagadores escaparon realmente alguna vez con efectos robados.

Un vendedor de fruta había recibido el centavo. Clavó la mirada en él con duda. —Tal vez me traigas ese dinero, ¿eh?— Lo mostró a su gorda y pringosa esposa, quien hizo el signo de los cuernos contra el "mal de ojo".

—¡Arrójalo! —ordenó ella con voz chillona—. ¡Trae mala suerte!

Su esposo se encogió de hombros y tiró la moneda marcada con el círculo a la calle. Un niño harapiento se abalan­zó sobre ella y salió corriendo a comprar un pan de regaliz. Y el centavo marcado con el círculo cambió de dueño una vez más, agarrado por dedos codiciosos, mirado fijamente por ojos hartos de escándalos familiares, cedido una vez más por la fuerza del miedo.

Los que entraban en la breve posesión de alguna de las tres monedas eran irritados por el freno y el estímulo dados por consejos antagónicos.

—¡Guárdalo!— recomendaban algunos—. ¡Piensa! ¡Puede significar un viaje alrededor del mundo! ¡París! ¡China! ¡Londres! Oh, ¿por qué no lo habré conseguido yo?

—¡Deshazte de ella! —advertían otros—. Tal vez sea el tercer centavo; no se puede adivinar. ¡Quizá los símbolos no significan lo que parecen, y el del cuadrado es el centavo de la muerte! ¡Yo, en tu lugar, lo tiraría!

—¡No! ¡No! —gritaban otros aún—. ¡Quédate con él! ¡Puede darte 100.000 dólares! ¡Cien mil dólares! ¡En esta época! ¡Pero, amigo, si serías lo mismo que un millonario!

El significado de los tres símbolos estaba en boca de todos, y ninguno coincidía con su vecino en la solución del acertijo.

—Es tan simple como engañar a una criatura ... —decla­raba un hombre—. El círculo representa el globo. El centavo del viaje, ¿lo ves?

—No, no. La cruz tiene ese significado. "Cruzar" los mares, ¿comprendes? Una especie de juego de palabras. El círculo significa dinero, la forma de una moneda, ¿entiendes?

—¿Y el cuadrado?

—Una tumba. La fosa cuadrada para un ataúd, ¿lo ves? La muerte. Es muy simple. ¡Ojalá pudiera apoderarme del centavo con el círculo!

—¡Estás loco! El de la cruz es el de la muerte; todos lo dicen. Y, créeme, ¡todos se están deshaciendo de él apenas lo reciben! Puede ser algún tipo de broma ... sin ningún peligro ... ¡pero yo no quisiera ser el poseedor de ese cen­tavo marcado con la cruz cuando, el 21 de abril, la lista esté por todos lados!

—Yo lo guardaría y esperaría, hasta que los otros dos hubieran recibido lo propio. Entonces, ¡si el mío resultara ser el malo, lo tiraría! —decía engreídamente un hombre.

—Pero él no pagará completamente hasta que no se le haya dado cuenta de los tres centavos, no lo creo —le res­pondía otro—. Y quizá la promesa no se mantenga después del 21 de abril: ¡y tú estarías perdiendo cien mil dólares o un viaje por el mundo sólo porque te asusta enterarte de ello!

—Es un gran riesgo, amigo —murmuraba el otro—.Pero, francamente, no me gustaría probar suerte. ¡El podría darme su tercer regalo!

"El" era la forma en que todos designaban al descono­cido inventor del concurso; aunque, por supuesto, no había ningún indicio ni de su sexo ni de su identidad.

—Debe ser rico —decían algunos— para ofrecer premios tan caros.

—¡Y loco!- fulminaban otros, al amenazar con matar al tercero. ¡Nunca se saldrá con la suya!

—Pero inteligente —admitían otros empero— para idear todo este asunto. Sea quien fuere, conoce la naturaleza hu­mana. Me siento inclinado a coincidir con Haverty: es solo una especie de experimento psicológico. El trata de saber si el deseo de viajar o la codicia del dinero son más fuertes que el miedo a la muerte.

—¿Crees que tenga la intención de pagar todo?

—¡Eso está por verse!

Al sexto día, Branton había alcanzado un grado de excitación casi próximo a la histeria. Nadie podía trabajar sin preguntarse sobre el resultado de la fantástica prueba al día siguiente.

Se sabía que un repartidor de almacén tenía la moneda marcada con el cuadrado, porque había estado jactándose de su indiferencia respecto de si el cuadrado representaba o no una sepultura abierta. Exhibía el centavo sin reserva, haciendo bromas sobre lo que tenía intención de hacer con sus cien mil dólares; pero en la mañana del último día per­dió el valor. Al ver a una mendiga ciega acurrucada en su esquina predilecta entre dos comercios, pasó cerca de ella y dejó caer subrepticiamente la moneda de un centavo en su caja de lápices.

—¡Yo lo tenía! —se lamentó a un amigo después de llegar al almacén—. Lo tenía aquí mismo en mi bolsillo ano­che, ¡y ahora no está! Mira, tengo un agujero en el maldito bolsillo; ¡el centavo debe haberse caído!

También se sabía quién tenía el centavo marcado con el círculo. Un joven dependiente de una fuente de soda, que tenía la clase de sonrisa fácil que gustan ver los clientes del otro lado del mostrador de mármol, había descubierto la moneda y la había sacado del cajón de la caja, alegrándose de su buena fortuna.

—Bud Skinner tiene el centavo con el círculo —se decían unos a otros, entre ansiosos y alegres—. Espero que el mu­chacho gane el viaje por el mundo: ¡le agradaría tanto! Parece hallar tanto placer en vivir; ¡es un pecado que tenga que vivir siempre en este oscuro pueblo!

Finalmente se encontró al que tenía el centavo marcado con la cruz. —¡Garitón ... pobre diablo! -murmuraba la gente en voz baja-. La muerte sería una suerte para él. Me asombra que no se haya pegado un tiro ante esto. Creo que simplemente le falta valor para hacerlo.

El dueño del centavo marcado con la cruz sonreía amargamente: - ¡Espero que este pequeño símbolo maldito signifique lo que todos creen que significa! -confiaba a un amigo.

Por fin llegó el día tan ansiosamente esperado. Una multitud se agolpó en la calle frente a las oficinas del diario para ver cuando los poseedores de las tres monedas marcadas mostraran a Haverty sus centavos y le dieran sus nom­bres para que los publicara. Para provecho de los curiosos, el director fue al encuentro del trío en la vereda del edifi­cio, a fin de que todos pudieran verlos.

La edición vespertina difundió las fotografías de las tres personas, con el nombre, la dirección, y la marca del centavo de cada uno debajo de cada fotografía. Branton leyó ... y contuvo la respiración.

En la mañana del 22 de abril, la vieja mendiga ciega se sentó en el lugar de costumbre, meditando sobre la agita­ción del día anterior, cuando varias personas la habían llevado —lo sabía por el olor a pescado del mercado situado al otro lado de la calle— a las oficinas del diario: Allí alguien había preguntado su nombre y muchas otras cosas enigmá­ticas que la habían aturdido hasta el punto que casi rompió a llorar.

— ¡Déjenme sola! —había murmurado—. Solo pido comi­da suficiente para no morir de hambre, y un lugar para dormir. ¿Por qué me llevan a empujones de ese modo y me gritan? ¡Déjenme volver a mi esquina! No me gusta toda esta confusión y rareza que no puedo ver; ¡me da miedo!

Entonces le habían dicho algo acerca de un centavo marcado que habían encontrado en el plato que tenía para la limosna, y otras cosas sobre una gran cantidad de dinero y algún peligro inminente que la amenazaba. Estaba contenta cuando la llevaron de vuelta a su sitio entre dos comercios.

Ahora, cuando estaba sentada en su lugar acostumbrado, dormitando cómodamente y susurrando un poco bajo su respiración, un papel cayó revoloteando en su falda. Palpó el rígido rectángulo, se dio cuenta de que era un sobre, y llamó a su lado a un transeúnte. *

-¿Puede abrirme esto, por favor? —le pidió-. ¿Es una carta? Léamela.

El hombre desgarró el sobre y frunció el ceño: —Es una nota -le dijo-. Escrita a máquina, y sin firma. Solo dice: ¿qué demonios? Solo dice: "Los cuatro rincones del mun­do son exactamente los mismos". Y ... ¡eh! ¡Mire esto! ... Oh, lo siento; olvidé que usted es ... ¡Es un pasaje en un buque de vapor para un viaje alrededor del mundo! Dígame, ¿no tenía usted uno de los centavos marcados?

La ciega hizo, soñolienta, una seña afirmativa con la cabeza. —Sí, el del cuadrado, decían —suspiró débilmente-. Esperaba poder ganar el dinero o ... lo otro, para no tener que mendigar nunca más.

-Bueno, aquí está su pasaje.

El hombre se lo extendió con vacilación: —¿No lo quie­re? -le preguntó al ver que ella no hacía ademán de tomarlo.

—No —dijo ásperamente la ciega-. ¿De qué me serviría?

Tomó el pasaje con súbita rabia, y lo hizo pedazos.

Casi a la misma hora, Kenneth Carlton recibía del carte­ro un abultado sobre de papel manila. Frunció el ceño al mirar de soslayo el sello local sobre las estampillas. Su amigo Evans se encontraba junto a él, aún más pálido que Carlton.

-¡Ábrelo!  ¡Ábrelo! —le pidió con ahínco-. Léelo ... ¡No, no lo abras, Ken, tengo miedo! Después de todo ... es una terrible manera de morirse. Sin saber de dónde va a venir el golpe, y ...

Carlton soltó una macabra risita, al desgarrar el pesado sobre. —Es la mejor ocasión que he tenido en años, Jim. ¡Estoy contento! Contento, Jim, ¿me oyes? Será rápido, espero ... e indoloro. Me pregunto qué es esto. ¿Un trata­do sobre cómo volarse la tapa de los sesos? —hizo caer el contenido de la carta sobre la mesa y luego, después de un instante, comenzó a reír .... tristemente ... horriblemente.

Su amigo clavó la vista en el pequeño montón de frágiles billetes, todos de una denominación mayor que todos los que él había visto en su vida. —¡El dinero! ¡Ganaste los cien mil, Ken! No puedo creer ..., —se interrumpió abrup­tamente para arrebatar un trozo de papel amarillo de entre los billetes: —"La riqueza es la cruz más grande que un hombre puede llevar" —leyó en voz alta las palabras escritas a máquina—. No tiene sentido ... ¿la riqueza? Enton­ces ... ¿la marca de la cruz significaba riqueza? No entiendo.

Estalló la risa de Carlton: —Tiene sagacidad, ese tipo ... ¡quienquiera que sea! Hay una sutil ironía en eso, Jim ... por ser la riqueza una carga en vez de la bendición que la mayor parte de la gente cree. Supongo que en eso tiene razón. Pero me pregunto, ¿sabrá qué papel realmente iróni­co juega este acto de su pequeña obra? Cien mil dólares para un hombre con ... cáncer. Bien, Jim, tengo un mes o menos para gastarlo en ... ¡un condenado mes más para sufrir antes de que todo haya terminado!

Su terrible risa estalló nuevamente, hasta que su amigo tuvo que taparse los oídos con las manos, para no oírlo.

Pero la parte más extraña de todo el asunto fue la muerte de Bud Skinner. Un momento antes de la hora de mayor afluencia, a mediodía, había encontrado un pequeño paquete, dirigido a él, en un mostrador del fondo del local. Desgarró ansiosamente el papel de envolver marrón, con una docena de amigos, poco más o menos, apiñados a su alrededor.

Lo que encontró fue una caja de plata curiosamente labrada. Oprimió el botón con dedos temblorosos y levantó la tapa hacia atrás. Un instante después su rostro adoptó una extraña expresión ... y se deslizó sin hacer ruido hasta el piso embaldosado del local.

La subsiguiente investigación policial no reveló absolutamente nada, excepto que el joven Skinner había sido enve­nenado con crotalina —veneno de serpiente— administrada por medio del pinchazo de un alfiler en el dedo pulgar cuando oprimió la trampa del botón de la cajita de plata. Esto, y la nota dactilografiada que había en la caja, por lo demás vacía: "La vida termina donde empezó ... en ninguna parte", fue todo lo que encontraron como explica­ción de la muerte del dependiente. Tampoco se reveló nunca más algo acerca del misterioso concurso de los tres centavos marcados, que probablemente estén todavía en circulación en algún lugar de los Estados Unidos.