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El montón de arena - John Keefauver

Los primeros que llegaron a la playa vieron el montón de arena e imaginaron que lo había hecho alguien al amanecer. Alguien que, quizá, lo había abandonado para irse a desayunar y que regresaría más tarde, durante el transcurso de la mañana, para terminar la escultura y poder participar así en el concurso de castillos de arena de aquel día. 

Aquello parecía una buena explicación (al menos así se pensó más tarde) sobre la existencia del gigantesco montón de arena de por lo menos siete metros de altura, quizá ocho y pico, con una base proporcionada, situado en la playa, no muy lejos del agua, y que ya estaba allí a las nueve de la mañana, sin nadie a su alrededor.

Parecía haber sido hecho con extraordinaria rapidez o, de todos modos, sin ningún diseño, como si se tratara del primer paso para construir una gigantesca escultura cuya arena habría salido de aquel enorme montón. No hubo extrañeza al principio; eso apareció más tarde, cuando toda la ciudad estaba hablando ya de la pequeña colina de arena.

Al principio, nadie prestó mucha atención al montón (solo algunos se preguntaron quién podría haber pensado en crear una escultura tan gigantesca; alguien que tendría que haberla empezado a construir al amanecer), porque todo el mundo estaba más preocupado por construir su propia escultura para participar en el concurso.

Pero a medida que fue avanzando la mañana y nadie apareció para continuar el trabajo en la montaña de arena, empezó a hablarse más sobre el extraño montón, sobre todo después de que llegaran los jueces alrededor del mediodía y empezaran a preguntar a unos y a otros si alguien sabía a quién pertenecía la colina de arena.

—¿Era una inscripción en el concurso? —Naturalmente, nadie sabía más de lo que pudieran saber los jueces.

Así es que aquella cosa quedó allí, sin que nadie la atendiera ni la trabajara, mientras las horas pasaban y los padres les decían a sus hijos que no subieran sobre ella, ni que la tocaran siquiera, porque podría tratarse del comienzo de una escultura. Aquella resultaba una orden muy difícil de cumplir para los chicos, porque la gran montaña de arena era el lugar más tentador donde poder jugar. 

De hecho, uno de los chicos subió a la colina para terminar bajando, con lágrimas en los ojos, cuando su padre le amenazó gritándole. Entonces, el padre trató de alisar las pisadas de su hijo, refunfuñando todo el tiempo contra el loco —más bien locos, por el tamaño de la montaña— que hizo aquello y luego se marchó, dejándolo sin vigilancia.

A las dos de la tarde, los jueces empezaron a recorrer el largo centenar de creaciones de arena, arriba y abajo de la playa en una extensión aproximada de quinientos metros: había castillos, desde luego, de todos los tamaños; animales (cocodrilos, tortugas y ballenas); creaciones excéntricas como el VW, la hamburguesa y el trozo de tarta («Almuerzo»), una bañera con una mujer dentro, un ratón aproximándose a una ratonera con un trozo de queso en ella, las pirámides y esculturas relacionadas con el programa espacial. Y el montón de arena.

A las tres y media, los jueces ya habían comparado sus notas y concedido el primer premio a «Apolo 12». El segundo premio fue para el VW, y el ratón, la ratonera y el queso consiguieron el tercero. Los jueces ignoraron el montón de arena; lo consideraron como tarea de unos muchachos que habían terminado por cansarse.

Tradicionalmente, después de haber concedido los premios y cuando ya la gente empezaba a marcharse a casa, se permitía a los niños destruir las esculturas. De todos modos, la marea las cubriría y se podía conceder aquel placer a los chicos. Los niños se lanzaron salvajemente contra las creaciones, gritando de placer, mientras los padres les observaban casi con el mismo gusto. 

Ocasionalmente, algún adulto se unía a su hijo en la tarea de destrozar una de las esculturas de arena. Pero los pequeños no podían hacer mucho para destruir la montaña de arena. Corrieron arriba y abajo de ella, dándole patadas, pero habrían necesitado una pala mecánica para haberla destrozado por completo. O eso, o haber trabajado durante horas para aplanarla. Los adultos ignoraron el montón de arena.

Cuando empezó a caer la neblina de la tarde y el tiempo se hizo más frío, se produjo un rápido abandono de la playa, que tenía ahora el aspecto de haberse producido allí una verdadera batalla campal. Únicamente el gran montón de arena permaneció intacto. Sin embargo, la marea alta de la noche se encargaría de ella. ¿Qué locos podrían haber realizado todo aquel trabajo para no volver a aparecer y terminar su tarea? ¿Qué tontos podrían haber sido?

Al oscurecer, la marea lamía ya la base de la montaña de arena. Poco después del amanecer, un madrugador que vivía frente a la playa se dio cuenta de la presencia de un coche de la policía aparcado frente a su casa. Cuando salió para investigar, vio a uno de los policías en la playa, observando el montón de arena. Cuando el policía regresó a su coche, le dijo al residente que se había acercado a él:

—Esa maldita colina de arena aún sigue ahí. Parece como si la marea no le hubiera quitado ni un solo centímetro.

Y cuando el residente se dirigió a la playa, él mismo pudo comprobar que la marea alta había aplanado y alisado todos los restos de las esculturas de arena del día anterior durante la noche y la madrugada, dejando únicamente el gigantesco montón de arena que, en cualquier caso, parecía ser aún más grande que el día anterior. La base de la montaña aparecía plana allí donde la marea la había rodeado, pero, extrañamente, la marea parecía no haber aplanado ni derribado ninguna parte de la base.

A media mañana, una buena cantidad de niños estaban jugando sobre el enorme montón, pero este era de tal tamaño que el único daño que le hicieron fue el de dejar una gran cantidad de pisadas sobre él. Los adultos miraban la montaña con curiosidad, pero entonces ninguno de ellos trató de mantener a sus hijos alejados de ella.

Mientras el mismo residente almorzaba en la terraza de su casa frente a la playa, vio un coche de la prensa aparcado en la calle de enfrente. Un fotógrafo se acercó a la playa y sacó algunas fotografías de la colina de arena, y en el periódico local de aquella tarde apareció una fotografía de la «Misteriosa montaña de arena que desafía al mar». La historia contada bajo la fotografía estaba redactada con bastante atrevimiento.

Aquella misma tarde, y según pudo estimar el residente, unas cien personas se encontraban alrededor de la montaña de arena esperando que subiera la marea. Los niños jugaban sobre ella y, en esta ocasión, estaban acompañados por algunos muchachos mayores. Sin embargo, un hombre le gritó a su hijo diciéndole que bajara de la montaña:

—¿Por qué? —quiso saber el niño.

—No discutas conmigo. ¡Baja de ahí!

Cuando la marea rodeó poco a poco el gran montón, todos los padres hicieron bajar a sus hijos de la montaña, sobre la que solo quedaron los jóvenes de mayor edad, aquellos que habían acudido allí sin sus padres. 

Gritaban y reían a medida que la marea rodeaba el montón por completo, hasta que uno de ellos, algo más joven, se quedó en silencio y finalmente saltó desde el montón de arena al agua y echó a correr hacia la parte seca de la playa. 

Después, los otros le siguieron, uno tras otro, hasta que la montaña de arena, llena de pisadas, se quedó aislada en medio del agua, que fue subiendo milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que avanzó la noche.

Algunos mirones habían traído linternas, pero, a medida que se iban viendo forzados a apartarse de la montaña, sus luces fueron perdiendo efectividad gradualmente. Sin embargo, cuando un coche patrulla que había en la calle contigua a la playa encendió sus luces y las enfocó sobre el montón de arena, todos pudieron ver que la montaña seguía incólume, como si una ola fuera quitándole arena y otras aportándole más.

Al día siguiente, una multitud más numerosa rodeaba el montón de arena. El propio residente que vivía frente a la playa pudo ver en las primeras informaciones locales de la televisión un informe sobre la «montaña de arena» que «sobrevivió a la noche». 

Las imágenes demostraban claramente que la montaña seguía siendo tan grande aquella mañana como lo había sido el día anterior. Y aquella tarde apareció en el periódico local otra fotografía y otro comentario sobre la montaña de arena, aunque en esta ocasión se publicó en la portada.

La historia seguía contándose con ligereza y un oceanólogo dijo que la montaña permanecía como consecuencia de la «presión ejercida por la mole de arena». Más adelante, se incluía el comentario de un geólogo: «La arena del mar se amontona de diversas formas..., especialmente con la ayuda de algunos bromistas locales dotados de muchas palas y un verdadero aguante».

Durante aquella noche, la gente era mucho más numerosa que la noche anterior, aunque hubo más padres que mantuvieron a sus hijos alejados del montón. Se habló de excavar la montaña para aplanarla o, al menos, para ver qué demonios había en su interior. Pero ninguna de aquellas conversaciones era seria. Sería realizar una gran cantidad de trabajo para nada. Sería algo tonto. Que el agua se encargara de deshacerse de ella.

A medida que la marea fue rodeando la montaña de arena, las conversaciones disminuyeron cuando pareció evidente que, una vez más, la montaña iba a resistir la marea alta de aquella noche. Los mirones, incluyendo a algunos que permanecían en la calle, se quedaron en silencio. Las luces de un coche patrulla iluminaron, también esta vez, la montaña de arena a medida que iba subiendo el nivel del agua, como si la montaña fuera un monumento. 

Muchos espectadores permanecieron allí incluso hasta que la marea alcanzó su punto más alto y, justo poco antes del amanecer, cuando la marea volvió a subir un poco, dos ancianos permanecieron junto al coche patrulla que había vuelto al lugar, deteniéndose y volviendo a dirigir sus faros hacia la playa. La montaña de arena continuaba allí. Según dijo uno de los hombres, era como si se tratara de la única escultura real que hubiera habido allí jamás.

Al cuarto día de existencia de la montaña de arena, solo unos pocos padres permitieron a sus hijos jugar sobre ella. Desde luego, hubo chicos de mayor edad que acudieron a la playa solos, sin sus padres, y que subieron y bajaron de la montaña. 

Pero al quinto día solo siete chicos ascendieron a la montaña, aunque fue un día hermoso y soleado y la playa se vio abarrotada de gente. Un hombre se había traído una pala e iba de un lado a otro de la playa preguntando a la gente si había algún otro voluntario con palas. No hubo nadie. 

Así es que el hombre se dirigió solo hacia la montaña de arena y, divertidamente, empezó a introducir su pala en la arena; pero se tuvo que detener cuando uno de los jóvenes que estaban sobre el montón empezó a gritar para terminar bajando a la playa, seguido de los demás, como si cada uno de ellos tuviera miedo de quedarse solo sobre la montaña.

—¿Qué ocurre? —se le preguntó al niño que lloraba.

Pero todo lo que hizo el muchacho fue balbucear que se había «asustado». Y el hombre de la pala regresó a donde estaba su familia, en la misma playa, y le dio la espalda al montón de arena.

Al séptimo día de la montaña de arena, un sábado, tres coches cargados de hombres que llevaban varias cajas de cerveza acamparon cerca de la colina de arena a primeras horas del atardecer. Cada uno de ellos llevaba una pala. Inmediatamente, una multitud se congregó a su alrededor para preguntar si iban a aplanar la montaña de arena y que, si era así, se dieran prisa.

—¡Claro que lo vamos a hacer! —dijo uno de los hombres que, al parecer, era su jefe; un hombre de unos treinta años, corpulento y peludo—. En cuanto nos tomemos unas cuantas cervezas.

La multitud esperó con impaciencia mientras los hombres, gastándose bromas entre ellos, recostándose sobre las espaldas, mirando hacia la montaña de arena, bebían lentamente sus cervezas. Ante los gritos de «¿Qué estáis esperando?», «¡Vamos!» y «¡No se puede hacer nada ahí tumbados!», los hombres se echaron a reír y miraron a su jefe, que dijo:

—No hay prisa, muchachos. Ese montón de arena no se va a marchar a ningún lado. Y si hay algo dentro, tampoco va a desaparecer.

Después, al ver que una media docena de hombres que no pertenecían a su grupo se habían marchado para regresar provistos de sus propias palas, se levantó y dijo:

—Vamos. Ahí está nuestro trabajo.

Pero después, viendo que los seis hombres provistos de palas tampoco tenían prisa por empezar a excavar la montaña, se volvió a tumbar y abrió otra lata de cerveza. Los otros hicieron lo mismo. A medida que cada uno de ellos terminaba su lata de cerveza, la colocaba cuidadosamente en un montón que, toscamente y en miniatura, se parecía a la montaña de arena. Ninguno de los hombres ofreció una cerveza a nadie que no formara parte de su grupo, y ninguno de ellos llevaba puesto el bañador.

A primeras horas de la noche, cuando ya se habían bebido casi toda la cerveza y la marea empezaba a lamer la montaña de arena, el jefe se levantó y, deliberada y dramáticamente, mirando primero a su alrededor para comprobar que estaba siendo observado, destruyó el montón de latas de cerveza de un fuerte puntapié.

—¡Está bien! —gritó—. ¡Vayamos a por ese maldito montón de arena!

Y animados por algunos —aunque la mayor parte de los mirones permanecían silenciosos—, los hombres hundieron sus palas en la montaña de arena. Empezaron a excavar furiosamente, arrojando la arena tan lejos como podían. Eran unos doce, que rodearon el montón de arena a varios niveles y, dirigidos por su jefe, cantaron mientras trabajaban:

—Montaña, montaña, excávala. Montaña, montaña, remuévela. Montaña, montaña, alcanzad su corazón. Montaña, montaña...

Los mirones se acercaron al montón de arena tanto como pudieron, hasta el punto adonde iba a parar la arena arrojada por las palas, mientras que, tras ellos, al ver la gente cómo se atacaba a la montaña, acudía hacia ella desde todas las partes de la playa y desde la calle que corría paralela al mar. Los coches se detenían y sus ocupantes bajaban para observar.

—... remuévela —los mirones se sumaban ahora al canto—, alcanzad su corazón.

Al cabo de unos momentos, algunos de los espectadores provistos de palas preguntaron a los bebedores de cerveza si podían ayudar y, una vez obtenido el permiso, subieron también a la montaña y empezaron a excavar.

—... remuévela.

Los hombres que no tenían palas subieron a la colina para ir quitando arena con las manos, cantando al mismo tiempo. Después, subieron las mujeres, y los jóvenes, y los niños.

—... remuévela.

Finalmente, el montón de arena quedó cubierto de gente que cantaba, excavaba furiosamente, apartaba arena con las manos, sin reírse, apretándose cada vez más a medida que los bebedores de cerveza trabajaban en la base y mientras la parte superior de la montaña iba siendo aplanada.

—... alcanzad su corazón.

Ahora, el nivel del agua estaba aumentando alrededor de la montaña decapitada, humedeciendo la arena arrojada desde la altura del montón que quedaba, aplanándola, volviendo a llevársela hacia el océano. Aumentando milímetro a milímetro, centímetro a centímetro a medida que el sol descendía más y más, el agua fue invadiendo la zona hasta que algunos hombres y mujeres recogieron a sus hijos más pequeños y vadearon desde la base de la montaña hasta la playa seca. 

Una de las mujeres se cayó y su hija gritó de terror cuando, alcanzada por detrás por una poderosa palada de arena, cayó al agua. Un policía los sacó rápidamente de allí. Su coche patrulla estaba listo para iluminar la escena en el caso de que se hiciera completamente de noche antes de que hubiera podido ser destruida la montaña. Sus luces ya estaban encendidas y dirigidas hacia el montón de arena.

Poco a poco, el nivel de arena de la montaña fue descendiendo, hasta que solo siguieron excavando los primeros hombres, ahora más lentamente y cantando menos, aunque los mirones seguían cantando con fuerza, casi con furia. 

Después, cuando el océano empezó a lamer la parte superior de lo que quedaba del montón de arena, los trabajadores fueron abandonando el agua, hasta que solo quedó en ella su jefe, sudando, trabajando duro y limitando su canto a un «¡excava, remueve, corazón!».

Se apartó del agua en el momento en que el océano cubrió finalmente la montaña, sintiéndose desilusionado y farfullando:

—¡Demonios! No había una maldita cosa en ese montón de arena.

El residente que vivía frente a la playa se levantó al amanecer. Cuando miró hacia la playa desde la ventana de su sala de estar, no supo si sentirse desilusionado o aliviado al ver que la montaña había desaparecido. Supuso que sintió un poco de ambas cosas, pero sobre todo se sintió aliviado.

Desde la distancia no pudo ver cómo comenzaba a formarse una nueva montaña de arena, no muy lejos de la que había sido destruida. Sin embargo, ya avanzado el día, tanto él como otros pudieron verla a medida que la marea de la mañana apilaba más y más arena. 

Y también pudo ver la segunda pequeña montaña, cerca de la primera, mientras ambas crecían a una velocidad similar. A las nueve de la mañana siguiente, las dos eran más grandes que la antigua montaña de arena.