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La parra - Kit Reed

Día tras día, verano tras verano, venciendo obstáculo tras obstáculo, contumazmente, a través de los siglos, la familia Baskin había cuidado aquella parra.

Nadie sabía con exactitud los años que tenía, quién la había plantado, ni quién había sido el primer Baskin que la cuidara. Cuando los primeros colonos llegaron al valle, la parra ya estaba allí. Nadie sabía, tampoco, quién había edificado el inmenso invernadero que la albergaba o quién enviaba los camiones que llegaban cada otoño para llevarse la fruta.

Los mismos Baskin tampoco lo sabían. Aun así, continuaban cuidando la parra, arrancando las malas hierbas a su alrededor, recogiendo su fruta, regándola en épocas en las que nadie disponía de agua y abonándola cuando no había abono. La familia vivía en una casa pequeña, situada al pie de su inmenso tronco, dedicando todos sus días a la planta. Todos los miembros de la familia Baskin tenían la espalda encorvada y su piel mostraba un color pálido y blando a causa de vivir toda una vida bajo el invernadero.

Cuando morían eran enterrados en el suelo familiar, situado en el exterior del gran invernadero, sin ataúdes ni sudarios, para que pudiesen continuar alimentando a la planta. El hijo mayor era el único que se casaba. Generalmente cortejaba a su novia fuera del valle, para que la muchacha no supiese, hasta ser llevada a casa, que tenía que parir hijos e hijas que cuidasen la parra. Aunque no había prueba alguna, circulaban rumores de que existía un ritual macabro en el que los Baskin entregaban parte de su sangre, cuatro veces al año, para enriquecer la tierra en su base.

Aun cuando la fantástica parra estaba alojada entre paredes de cristal, su sombra se extendía por gran parte del valle. En el buen tiempo los granjeros podían contemplar su magnífico fruto y darse cuenta de que no había uvas que se pudiesen comparar con las que colgaban dentro del invernadero.

Cuando llegaban las heladas tempranas o la sequía asolaba el terreno, los granjeros culpaban a la parra. Pero aun cuando la odiaban terriblemente, se sentían atraídos por ella.

Tanto en verano como en invierno había un constante desfile de gente que llegaba desde todos los rincones del valle, y con el tiempo aún de más lejos, gentes que ansiaban ver el invernadero y su contenido, y esperaban en silencio hasta que les tocaba el turno de entrar en él.

Fuera del conservatorio no crecía la hierba. En un radio de cientos de yardas a la redonda la tierra aparecía desnuda, como si fuese terreno de erosión. Los visitantes se aproximaban al invernadero mediante un pasaje elevado, conscientes de la poderosa red de ramas, hojas y raíces que se extendía a sus pies. Más adelante, el invernadero estaba casi obscurecido por la enorme abundancia de hojas y de fruta que colgaba de sus ramas.

En la pequeña puerta de este elevado pasaje, los visitantes entregaban una moneda a la hija más joven de los Baskin y atravesaban el torniquete, para atisbar desde la barandilla el enorme y sinuoso tronco de la parra. Sus ojos lo seguían hasta la base y hasta la tierra cuidadosamente trabajada que lo sostenía, y la mayor parte de aquellas personas no acertaban a comprender por qué aquel tronco medía veinte pies de diámetro.

La tierra se hallaba dividida por una serie de pasos pavimentados en madera a lo largo de los cuales los Baskin caminaban con sus tijeras de podar, azadas, y picos, dispuestos a ablandar un terrón, o atar alguna parte de la planta que hubiera podido liberarse del enorme árbol y comenzara a inclinarse peligrosamente.

En la parte alta se extendía la parra enlazándose en mil formas diferentes y casi obscureciendo el techo. Todo el invernadero estaba lleno de ramas y fruta de esta sola planta, de manera que el visitante podía permanecer en la barandilla del pasaje exterior, a la izquierda de la casa de los Baskin, y contemplar yardas y más yardas de espacio libre cruzado por caminos de madera y cubierto por ramaje verde. De este tejado de verdor colgaban enormes racimos de impecables uvas, fruta opulenta de la parra. Forzando un poco la vista, todos los visitantes podían también distinguir a los Baskin yendo de acá para allá a lo largo de los senderos de madera, con sus rostros pálidos y ataviados con sus camisas de algodón gris.

Había algunas personas que aseguraban que la parra succionaba la vida de los Baskin y había otras que decían que, por el contrario, eran los Baskin quienes adquirían vida a causa de su parra.

Fuera cual fuese la verdad, el visitante percibía en sus movimientos cierta prisa, una urgencia extraña, y al cabo de un momento quizá se veía obligado a llevarse una mano a la garganta como si la parra también le amenazase, aspirando el aire que respiraba, y así el visitante se volvía apresuradamente y huía de allí sin apenas darse cuenta de la presencia de los demás que se apretujaban sobre la barandilla para poder ocupar un mejor lugar de observación.

Aun atemorizado en tal manera, el visitante regresaba siempre. En su lejano hogar, y en otra estación del año, cerraría sus ojos y vería una vez más aquella gigantesca estructura viviente. Algo le impulsaría a volver y así lo haría, quizá con una esposa reciente a con un hijo recién nacido, diciendo: «Intenté decírtelo. No hay palabras para describir la parra».

Y así, las multitudes que llegaban al valle se hacían más y más grandes, y con el tiempo se construyeron nuevas carreteras y lugares donde poder comer, y como algunas personas llegaban desde muy lejos y precisaban de un lugar de descanso, la gente del valle construyó paradores.

Uno por uno, los granjeros disminuyeron su propia producción, abandonando viñedos para invertir su dinero en moteles y restaurantes. Las casas cinematográficas hicieron acto de presencia, y alguien construyó una terraza, que estaba orientada hacia el invernadero, dotándola con parasoles multicolores y con piscinas.

También hubo quien construyó pequeños puestos de venta donde se expendían uvas y botellas de vino que, según se aseguraba, procedían de la famosa parra.

La gente del valle prosperó rápidamente, y aun cuando todavía vivían a la sombra de la parra, ya no la maldecían. En lugar de mirarla con odio alzaban sus ojos al cielo y murmuraban: «Espero que llueva, la parra necesita agua.» O: «Si hay helada espero que no se quiebren los cristales del invernadero y se dañe la parra.»

Con el tiempo abandonaron definitivamente el cultivo de la tierra y desde entonces sus vidas dependieron del constante fluir de visitantes que llegaban a ver la parra.

Y así ocurrió que Charles Baskin nació en época de prosperidad, cuando la gente del valle ya no evitaba a la familia. En su lugar decían: «¿Está muy atareada tu familia?»; o golpeando afectuosamente sobre la espalda de Charles le preguntaban: «¿Cómo va la parra, Charles?»

«Maravillosamente bien», respondía él, un tanto distraídamente, porque ya estaba cerca de los veinte años, era el primogénito y debía buscar esposa.

En otros tiempos la cosa hubiera sido más difícil... Un Baskin que entonces quisiera hacer la corte a una muchacha tenía que tomar un carro o un carromato y atravesar las montañas, viajando sin descanso hasta llegar a una ciudad donde nunca hubiesen oído hablar de la parra.

La propia madre de Charles había llegado al valle procedente de una de tales ciudades. Había llegado allí con sus ojos nublados por el amor y los oídos cuajados de las mentiras de su padre, mentiras y promesas; y no entendió las cosas tal y como eran hasta que entró en el invernadero. Se dio cuenta entonces de que se pasaría el resto de su vida cuidando la parra.

Charles la había visto languidecer durante toda su infancia, llorando sentada sobre una de las enormes raíces de la planta, y había escuchado de sus labios, noche tras noche, historias y anécdotas de lo que ocurría fuera del valle.

Sin embargo, durante aquellos veinte años transcurridos, las cosas habían cambiado mucho allí. Los padres de su madre habían llegado de visita y en lugar de protestar se sintieron encantados. Les llevó hasta el lugar el alcalde, reventando de orgullo, y los dos abuelos admiraron el invernadero, y alabaron la casa, e incluso llegaron hasta el extremo de acariciar el tronco de la parra.

La madre aún estaba protestando y tratando de explicar cosas, cuando los dos viejos la interrumpieron para decirle totalmente convencidos:

–Querida, debes ser muy feliz aquí.

Y a continuación partieron.

Charles, presenciando la escena, había pensado: «¿Y por qué no lo iba a ser?» La parra en aquellos días exudaba prosperidad y aun cuando aquellos que llegaban a verla se sentían asombrados, también deseaban mostrarse solícitos y casi siempre aconsejaban: «Más alimento.» O: «No podemos permitir que le suceda nada a esta parra.»

Y así, cuando Charles llegó a su mayoría de edad, cualquier muchacha del valle se hubiese sentido orgullosa de entrar a formar parte de la familia que cuidaba la parra. Varias de las chicas que por allí vivían trataron de llamar su atención, pero él siempre había amado a Maida Freemont, cuyo padre dirigía un lugar de recreo en la colina.

Cierto día, bajo una maravillosa puesta de sol, los dos contemplaron las últimas luces que se reflejaban sobre el techado del invernadero, situado más abajo que ellos. Charles dijo entonces:

–Baja al valle y vive conmigo.

–No sé... –replicó Maida mirando por encima del hombro de Charles hacia el techado del invernadero–. Ese lugar me pone muy nerviosa.

–Tonterías –dijo su padre, que acababa de escuchar las últimas palabras de su hija–. Alguien tendrá que cuidar de la parra con el tiempo.

–Sí –respondió Charles, a la vez que sentía un estremecimiento de premonición–. Yo te quiero Maida, cuidaré de ti.

Y acto seguido la abrazó estrechamente, pensando que si se casaba con ella todo marcharía bien.

–Maida...

–Dime...

 

La llevó en viaje de bodas a través del océano. Unos cuantos días de libertad antes de que se metiera a vivir en el invernadero. Regresaron del viaje tostados y con aspecto saludable; y Charles la condujo a través de los pasadizos que se extendían por las paredes de cristal, esperando ver la parra.

Charles cogió a su esposa en brazos y atravesó el portillo.

–Y bien –dijo al mismo tiempo que la depositaba en el balcón interior–, ya estamos aquí...

La muchacha ocultó el rostro en el hombro de su esposo y murmuró:

–Sí..., ya estamos aquí.

Cuando nuevamente se abrazaron, Charles se sintió muy incómodo. Notó que se producía un sutil cambio en el color de la luz del invernadero y cierta extraña diferencia en el aire que les rodeaba. El aire en aquellos momentos era más pesado, como si acabara de recibir una pincelada de fermento. Molesto, tomó a Maida por una mano y se apresuró a penetrar en la casa.

El resto de la familia se hallaba sentada en la sala de estar: el padre, la madre, Sally y Sue. Se habían cambiado sus ropas de trabajo. La madre y las muchachas se habían puesto vestidos de color de alhucema, y el padre lucía su camisa de color vino. Rodearon inmediatamente a los nuevos esposos y pasó un minuto antes de que Charles se diera cuenta de que allí faltaba alguien.

–¿Dónde está el abuelo ?

Su madre respondió evasivamente:

–Se fue...

–¿Adónde?

El padre movió la cabeza y respondió:

–Algo... le sucedió y murió.

Sue dijo calmosamente:

–Ya era hora.

Intervino la madre para hacer las cosas más fáciles:

–Convertí su cuarto en una magnífica sala para vosotros y así tendréis un verdadero apartamento.

En el exterior hubo un ruido extraño, como si toda la parra se estremeciese. Maida se apretó contra Charles, y éste respondió:

–Está bien, madre. Eso es estupendo.

Maida murmuró:

–¡Oh, Charlie, Charlie, sácame de aquí!

El vaciló.

La familia les contemplaba con ojos violeta. Estaban esperando.

Asintiendo con un movimiento de cabeza, Charles abrazó más estrechamente a Maida y dijo:

–Vamos, querida.

Y en el rellano de la escalera añadió:

–Confía en mí. Confía en la parra.

Subieron los dos juntos. En el exterior se oyó otro extraño ruido, muy parecido a un gigantesco suspiro.

Charles se levantó temprano, pero la familia ya estaba trabajando. Sally se hallaba en el torniquete de entrada al pasadizo recogiendo dinero de los visitantes. Sue estaba agachada en uno de los pasillos de madera arrancando distraídamente una mala hierba. Su madre estaba subida en una escalera situada en el extremo más alejado del invernadero, atando una fina rama de la parra.

Charles se aproximó a ella.

–Madre, aquí hay algo diferente –dijo.

Pero la madre solamente frunció el ceño, atando un nudo, y no dijo nada.

Cuando a mediodía regresaron a la casa, Maida parecía haberse recuperado y animado mucho. Estaba en la cocina. Llevaba los cabellos recogidos y sujetos en la nuca y silbaba alegremente. Dijo:

–Hice un pastel.

Terminaron la comida felizmente. Sally habló mucho sobre un muchacho que había visto. Había atravesado el torniquete de entrada al pasadizo dos veces sin haberse acercado a la barandilla para contemplar la parra. Sólo le interesaba charlar con ella. La madre sonreía al mismo tiempo que daba a Maida algunas instrucciones sobre el gobierno de la casa. El padre estaba un poco pálido y como abstraído.

–El pastel –dijo Maida, cortándolo.

Todos abrieron la boca asombrados.

–¡Uvas!

Una vez que terminaron de hablar con ella, Charles la condujo hasta su habitación, tratando de tranquilizarla.

–Por favor, querida, no llores más. Lo que ocurrió es que no has comprendido...

–Todo lo que yo quería era...

–Lo sé, pero perjudicaste a la parra. Ninguno de nosotros jamás hace daño a la parra.

Baskin, aquella tarde, permaneció una hora más en el invernadero, quizá pensando cómo arreglar el estropicio que había realizado su mujer en la parra. Fue de un lado a otro por los pasadizos de madera, arrancando malas hierbas y podando, hasta que poco antes de la puesta de sol tropezó con su padre.

Se hallaba en tierra, cerca del muro exterior, terriblemente pegado al terreno, como si estuviese comulgando con él. Cuando Charles le llamó, el viejo no respondió, ni se movió.

Inclinándose y alzándole un poco, Charles logró sentarle contra el muro de cristal.

–Padre, ¿no crees que no es normal estar tirado ahí en la suciedad, de esa manera?

El viejo le miró y musitó:

–Tenía que hacerlo...

–¿Por qué, padre? ¿Por qué?

–No lo comprenderías.

–Padre, ¿te encuentras bien?

El viejo le apartó calmosamente y replicó:

–Vamos..., es la hora de regar la parra.

Los últimos visitantes se habían ido ya, y así abrieron las esclusas que daban paso al agua. Cenaron bajo el suave murmullo del agua que regaba la tierra. Aquella noche, Charles y Maida se abrazaron más estrechamente, como si estuviesen atemorizados por la constante lluvia artificial.

El padre ya no volvió a ser el mismo de antes. Al cabo de dos meses había fallecido, languideciendo misteriosamente ante los ojos de toda la familia, hasta morir. A la vez que el viejo se iba perdiendo poco a poco, la parra prosperaba, produciendo más fruto, extendiendo más y más sus ramas hasta que llegó un momento en que Charles temió que el invernadero no fuese lo suficientemente grande para albergarla. Trabajó largas horas podando y arreglándola, intentando mantenerla dentro de ciertos límites, y cuanto más trabajaba, menos resultados parecían alcanzar sus esfuerzos.

Su madre y las muchachas también parecían afectarse mucho, haciendo inútiles esfuerzos y languideciendo más y más ante sus ojos.

Solamente Maida estaba bien, atareada en un género de vida que nada tenía que ver con la parra o con el invernadero. Estaba embarazada y en sus sueños sobre el futuro, cuando conversaban sobre el porvenir, ni Charles ni Maida mencionaban la parra para nada.

Solamente Sally parecía resentirse del inminente bebé, riñendo con Maida porque no ayudaba como lo hacían los demás, aunque la propia Sally pasaba cada vez menos tiempo trabajando. En lugar de hacerlo se entretenía en el torniquete de entrada, charlando con el muchacho visitante.

–Mejor será que le digas que deje de venir por aquí –dijo Charles una noche.

–¿Por qué? Tengo que vivir mi propia vida, ¿no?

Charles frunció el ceño mirando a Sally y respondió:

–Tu vida es la parra.

Al día siguiente la muchacha había desaparecido. Había metido sus ropas en una maleta de cartón, para huir con el muchacho. Desde una distante ciudad enviaron una tarjeta que decía:

«Salid de ahí antes de que sea demasiado tarde.»

No había dirección del remitente.

Sue movió la cabeza con gesto de pesadumbre y comentó:

–Tendremos que trabajar más duro para compensar su marcha.

–No servirá de nada –respondió la madre, desde su rincón–. No servirá de nada.

–No digas eso –replicó Charles secamente–. Entre todos tenemos que cuidar la parra.

Muy avanzada ya en su embarazo, Maida murmuró:

–¡Maldita sea la parra!

Como Charles no pudo encontrar a su madre para que le ayudara, cuando nació el niño entre él y Sue oficiaron de comadronas. Cuando todo acabó, Charles salió hacia los pasadizos de madera y llamó a la anciana para darle la buena noticia.

Finalmente la encontró boca abajo, pegada a la tierra, como lo había estado su padre, y tuvo que hacer un enorme esfuerzo para alzarla. Imaginaba que algo la había golpeado cuando la apartó de la tierra. Atemorizado la llevó hasta la casa y la acostó. Aun cuando la mujer era fuerte, Charles no le permitió dejar la casa para nada. Entre él y Sue cargaron con el trabajo porque no tenían otro remedio que hacerlo así. De todas formas la madre murió pronto. La enterraron en el solar familiar, donde podría alimentar a la parra.

En aquellos momentos quedaban en la casa solamente cuatro personas: Charles, Maida, el bebé... y Sue, quien poco a poco también iba languideciendo y adelgazando ante sus ojos.

Charles estaba desesperado y probablemente habría huido de allí a no ser por el pequeño. El bebé era su futuro y todas sus esperanzas. Crecería fuerte y saludable, llevando en sí la tradición de los Baskin en cuanto se refería al cuidado de la parra.

–Pronto tendremos una niña –dijo sonriendo a Maida.

Al otro lado del fuego, Sue se llevó ambas manos a los labios. Sus dedos acariciaron el rostro, nerviosamente, e inmediatamente se puso en pie y echó a correr.

Cuando Charles salió al porche escuchó sus pasos, rápidos y desesperados. Pero estaba todo muy obscuro y la gran parra crujió sobre él. Con un estremecimiento, entró en la casa.

No volvieron a ver a Sue, y así Maida tuvo que cuidar al bebé en la casa y salir a ayudar a su esposo en el trabajo de la parra.

Era una muchacha ágil y capaz, y ahora que había dado a luz un hijo, parecía sentirse extrañamente reconciliada con la vida en el interior del invernadero, como uno más de los que siempre habían trabajado allí.

Ella y Charles trabajaban bien, pero Charles comenzó a observar ciertos cambios en su esposa. A menudo la hallaba en el pasadizo de madera más lejano del invernadero con una mejilla apoyada en el muro de cristal, profundamente ensimismada. Fue por esta época cuando Charles descubrió el esqueleto de Sue suspendido entre la verde espesura de la parra. Lo liberó de su encierro y lo enterró rápidamente para que Maida no lo viese.

La tierra parecía vivir cuajada de fuertes raíces que en aquel momento se agitaron espasmódicamente. Charles dio un salto atrás, terriblemente alarmado.

«Nos iremos –pensó mordiéndose el labio inferior–. Me llevaré a ella y al niño muy lejos de aquí.»

Pero ya era demasiado tarde. Maida no respondió a sus angustiosos gritos, y finalmente la encontró pegada a la tierra junto a la puerta de la casa.

Cuando la alzó, la muchacha sonrió. Parecía estar ciega, pero, aun así, su aspecto era tan encantador como siempre. Allí donde había tocado la tierra– su piel estaba cruzada por diminutas venas rasgadas. La llevó en brazos, corriendo, tropezando, hasta la carretera. Cuando la policía la trasladó al hospital, Charles llamó al padre de Maida.

–Señor Freemont, Maida y yo nos iremos de aquí tan pronto se encuentre mejor para viajar.

–Y harás bien, muchacho –respondió el señor Freemont–. Yo cuidaré aquí de Maida. Tú vuelve a tu trabajo en la parra.

–Me parece que no acaba usted de entenderlo, tenemos que irnos de aquí...

El viejo le aconsejó nuevamente que regresara al invernadero y añadió:

–Pronto estará bien, hijo. Vuelve a tu trabajo.

Como no había otra cosa que hacer, así lo hizo Charles, pero tenía la mente ocupada con sus proyectos. Cuando Maida mejorase se la llevaría de allí en compañía del bebé; si era preciso robaría un coche y partirían del valle hasta que estuvieran muy lejos de aquella tierra maldita, sanos y salvos.

 

–Ha muerto –dijo el padre de Maida. llorando junto al torniquete de entrada a los pasadizos altos.

–La parra la mató –respondió Baskin desesperadamente.

El viejo aplicó sobre su hombro una afectuosa palmada y luego añadió:

–Bien..., bien, está llegando la hora de la recolección. Ya sabes cómo les gusta eso a los visitantes...

–Pero tengo que...

–Tienes que seguir trabajando en nombre de Maida. Por el valle. Todos dependemos de ti.

Antes de que Charles pudiese protestar, el viejo colocó un rastrillo en su mano. Al cabo de un rato un grupo de hombres comenzó a instalar un torniquete automático.

–Te diré algo –dijo el viejo–. Colocaremos un rótulo de «Prohibidas las visitas» y así dispondrás de cierto tiempo para cumplir con el luto.

–Pero no hay...

Baskin penetró en el invernadero añadiendo:

–...No hay tiempo para lutos. Solamente queda el tiempo justo para cuidar la viña.

Tal exigencia ocupó todas sus horas libres. Cuidaba también al niño, al que dejaba en el porche en un lugar donde él podía vigilarle, y si aquella noche dejó al bebé sin atender, casi no fue culpa suya.

Oyó un fuerte chasquido y un distante lamento. Charles corrió para ver lo que había ocurrido. La parra había roto un panel de cristal del invernadero. Charles estaba a punto de volverse hacia la casa y hacia el bebé cuando una rama llena de hojas cayó alrededor de uno de sus brazos sosteniéndole como si deseara decirle: «Escucha».

Impaciente, Charles se sacudió la presa. Con creciente pánico echó a correr.

No pudo llegar a tiempo. Nadie hubiese podido hacerlo. El bebé, o bien había trepado por su cuna, o le habían sacado de allí. Estaba jugando en la tierra frente a la casa. Baskin gritó, destrozándose casi la garganta, pero antes de que el bebé pudiese oír o responder, una fuerte raíz surgió del suelo, rodeó el cuello del niño y lo introdujo profundamente en la tierra.

Charles imaginó oír un eructo cósmico.

Lanzándose desesperadamente sobre la tierra la rasgó con furia, pero no encontró rastro del bebé, ni su gorra, ni siquiera un solo hueso. En su dolor e ira, Baskin cavó más profundamente con ambas manos, golpeando las raíces y maldiciendo la tierra. El suelo estaba vivo, luchaba en contra de él, y finalmente le costó gran trabajo desembarazarse de las raíces que trataban de hacer presa en su carne.

Se retiró hacia el porche jadeando penosamente. Entró en la casa, recogió papeles, astillas y trapos, y caminó sobre uno de los pasillos de madera hasta llegar al gran tronco, para formar una pira en su base. Empapó la carga con petróleo y le prendió fuego.

Así fue cómo Charles Baskin finalmente hizo la guerra a la parra.

Dando un salto hacia atrás, para evitar el calor, la maldijo mil veces, pensando que todo acabaría muy pronto, pero mientras contemplaba la quema el sistema de riego funcionó repentinamente, quizá movido por algún largo tentáculo de la parra. Cuando el humo desapareció, se dio cuenta de que la parra apenas había sufrido daño alguno con el fuego ya apagado, y estaba succionando desde su interior, de vez en cuando, bañándose el tronco con nueva savia.

Baskin, entonces lo atacó con una sierra automática, pero antes de que hubiese llegado muy lejos, la parra comenzó a dejar caer tijeretas desde todas sus ramas y cada una de ellas comenzó a enraizar. y todas, como por arte de magia se apoderaron de la sierra, intentando volverla hacia él. Charles se vio obligado a retroceder rápidamente hacia un lugar seguro, huyendo del invernadero, sumido en la más honda desesperación.

Pensó verter una cuba de lejía en el terreno, pero antes de que pudiese aproximarse lo suficiente, las raíces ya sobresalían de la tierra por el exterior del invernadero asiendo la cuba y tratando de alcanzar al propio Baskin.

Tenía que atacar de nuevo al tronco, pero el invernadero se había convertido en un lugar impenetrable. Aquella «cosa» se había rodeado de una espesa armadura de gruesas raíces y fibras y en ningún momento pudo Charles acercarse al tronco.

Desesperado, trazó otro plan: si no podía dañar la planta, destrozaría el invernadero, y la primera helada mataría la parra.

Solamente había roto tres paneles de cristal, cuando la encolerizada planta le aplicó unos fuertes latigazos con sus raíces a la vez que lanzaba un profundo y estremecedor bramido. Charles aún estaba luchando denodadamente cuando el primer camión apareció en el horizonte. Llegaba gente de la ciudad para investigar.

–Gracias a Dios –dijo al primer hombre que le ayudó–. Gracias a Dios que han llegado.

El hombre le miró a través del verdor y le preguntó:

–¿Qué ha sucedido?

–Tenemos que matarla –respondió Baskin.

Luego pensó: «Ahora verán».

Al cabo de dos segundos añadió:

–Tenemos que matarla antes de que nos mate a todos.

–Ese hombre trataba de hacerle daño a la planta –dijo alguien a su espalda–. Parece que hemos llegado a tiempo.

Baskin abrió la boca sin acabar de comprender del todo.

–Sí, justamente a tiempo –musitó.

Los hombres retrocedieron y dejaron que la parra terminara lo que estaba haciendo. Entonces echaron suertes para ver a quién le tocaba quedarse allí para cuidar la planta. El afortunado ganador envió un amigo a la ciudad para que comunicara la buena noticia a su esposa, y entonces avanzó abriendo las dobles puertas que daban paso al invernadero. Al aproximarse, la parra retiró sus tentáculos enrollándolos calmosamente en su primitivo lugar. En voz baja, casi acariciadora, el hombre preguntó en la obscuridad:

–¿Te encuentras bien?

Bébase entero: contra la locura de masas - Ray Bradbury

    Era una de esas noches tan rematadamente calurosas en que estás rumbado y sin saber qué hacer hasta las dos de la madrugada, luego te levantas dando tumbos, te remojas con tu fermentado sudor y bajas tambaleante al gran horno del metro donde aúllan trenes perdidos.

—Infierno —musitó Will Morgan.

Y el infierno era, con un suelto ejército de bestias, gente que pasa la noche errando del Bronx hasta Coney y viceversa, hora tras hora, en busca de repentinas inhalaciones de salino viento oceánico que tal vez te hagan jadear de agradecimiento.

En alguna parte, Dios, en alguna parte de Manhattan o más lejos había refrescante viento. Al amanecer, era preciso encontrarlo...

—¡Maldita sea!

Atontado, Will Morgan vio maniacas oleadas de anuncios, chorros de sonrisas dentífricas, sus ideas propagandísticas persiguiéndole por toda la calurosa isla nocturna.

El tren gruñó y se detuvo.

Otro tren permanecía parado en la vía opuesta.

Increíble. Allí, en la abierta ventanilla del tren, al otro lado, estaba el viejo Ned Amminger. ¿Viejo? Los dos tenían la misma edad, cuarenta años, pero...

Will Morgan abrió su ventanilla.

—¡Ned, hijo de puta!

—¡Will, bastardo! ¿Paseas tan tarde a menudo?

—¡Todas las noches calurosas desde 1946!

—¡Yo también! ¡Me alegro de verte!

—¡Mentiroso!

Ambos se esfumaron entre el chirrido del acero.

Dios mío, pensó Will Morgan, dos hombres que se odian, que trabajan a menos de tres metros de distancia, que aprietan los dientes para el siguiente ascenso, se topan en este infierno de Dante de una ciudad que se funde a las tres de la madrugada. Escucha el eco de nuestras voces, apagándose:

—¡Mentiroso...!

Media hora después, en Washington Square, un fresco viento tocó la frente de Will Morgan. Siguió al viento hacia una callejuela donde...

La temperatura bajó diez grados.

—Un momento —musitó Will.

El viento tenía el olor de aquella fábrica de hielo, cuando él era niño y robaba fríos cristales para frotarse las mejillas y metérselos debajo de la camisa mientras gritaba para vencer el calor.

El frío viento le llevó callejón abajo hasta una tiendecilla donde un letrero decía:

 

MELISSA TOAD, BRUJA

LAVANDERÍA:

DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN LAVADOS POR LA NOCHE

 

Había un letrero de menor tamaño:

 

HECHIZOS, FILTROS CONTRA CLIMAS TERRIBLES, CALUROSOS O FRÍOS. POCIONES PARA INSPIRAR A EMPLEADOS Y ASEGURAR ASCENSOS. BÁLSAMOS, UNGÜENTOS Y POLVO DE MOMIA EXTRAÍDO DE ANTIGUOS JEFES DE EMPRESA. REMEDIOS PARA EL RUIDO. EMOLIENTES PARA AMBIENTES GASEOSOS O POLUCIONADOS. LOCIONES PARA CAMIONEROS PARANOICOS. MEDICINAS A TOMAR ANTES DE NADAR EN LOS MUELLES.

 

Algunas botellas estaban esparcidas en el escaparate, con etiquetas que decían:

 

MEMORIA PERFECTA.

OLOR A FRESCO VIENTO DE ABRIL.

EL SILENCIO Y EL TREMOR DEL HERMOSO CANTO

DE LOS PÁJAROS.

 

Will se echó a reír y se detuvo.

Porque el viento era frío e hizo crujir una puerta. Y de nuevo llegó el recuerdo del hielo de las blancas grutas de la fábrica de su infancia, un mundo separado de los sueños invernales y preservado en agosto.

—Entre —musitó una voz.

La puerta se abrió.

En el interior, un frío funeral aguardaba a Will.

Un bloque de dos metros de transparente y goteante hielo reposaba cual gigante reminiscencia de febrero en tres caballetes de aserrar.

—Sí —murmuró él.

En el escaparate de la ferretería de su pueblo, la esposa de un mago, MISS I. SICKLE, estaba oculta en un inmenso rectángulo de hielo a medio fundir, como un carámbano. Allí pasaba las noches ella, princesa de la Nieve. A media noche, Will y otros chicos iban a escondidas para verla sonreír en su frío sueño cristalino. Pasaron la mitad de las noches del verano mirándola fijamente, cuatro o cinco muchachos de catorce años ardientes como un horno, esperando que sus llameantes miradas fundieran el hielo...

El hielo jamás se fundió.

—Espere—musitó Will—. Escuche...

Dio un paso más dentro de la oscura tienda nocturna.

Dios, sí. Allí, ¡en ese hielo! ¿No eran esos los contornos donde, sólo hacía unos segundos, una mujer de nieve dormitaba con fríos sueños nocturnos? Sí. El hielo era hueco, curvado y encantador. Pero... la mujer había desaparecido. ¿Dónde estaba?

—Aquí —murmuró la voz.

Detrás del brillante y frío funeral, las sombras se movían en un apartado rincón.

—Bienvenido. Cierre la puerta.

Will presintió que ella estaba en las sombras, no muy lejos. Su carne, suponiendo que pudiera tocarla, sería fría, todavía estaría fresca tras su estancia en la goteante tumba de nieve. Si él alargaba la mano...

—¿Qué hace aquí? —preguntó suavemente la voz de la mujer.

—Una noche calurosa. Paseaba. Viajaba. En busca de viento frío. Creo que necesitaba ayuda.

—Ha venido al lugar indicado.

—¡Pero esto es una locura! No creo en psiquiatras. Mis amigos me odian porque afirmo que el Afilador y Freud murieron hace veinte años, con el circo. No creo en astrólogos, ni en la numerología, ni en curanderos quirománticos... —Yo no leo las manos. Aunque... deme su mano.

Will tendió la mano hacia la tenue penumbra.

Los dedos de ello tocaron los de él. Fue el mismo tacto que el de la mano de una niña que acaba de registrar una nevera.

—Su letrero dice MELISSA TOAD, BRUJA. ¿Qué puede hacer una bruja en Nueva York en el verano de 1974?

—¿Conoce alguna ciudad que necesitara más una bruja que Nueva York este año?

—Cierto. Nos hemos vuelto locos. Pero, ¿usted?

—Una bruja nace de los mismos deseos de su época —dijo ella—. Yo nací en Nueva York. Las cosas que peor están aquí me llamaron. Ahora llega usted, sin saberlo, para buscarme. Deme la otra mano.

Aunque la cara de la mujer era sólo un espectro de fría carne en la penumbra, Will notó que los ojos de la bruja recorrían su temblorosa mano.

—Oh, ¿por qué ha esperado tanto? —se lamentó ella—. Casi es demasiado tarde.

—Demasiado tarde, ¿para qué?

—Para salvarle. Para recibir el don que yo puedo dar.

El corazón de Will latió con fuerza.

—¿Qué puede darme usted?

—Paz —dijo ella—. Serenidad. Quietud en pleno jaleo. Soy hija del viento venenoso que copuló con el río Este en una noche resbaladiza como la grasa, infestada de basura. Me revuelvo contra mi origen. Vacuno contra las mismas iras que me trajeron al mundo. Soy un suero originado en venenos. Soy el antídoto de cualquier tiempo. Soy la cura. La ciudad le mata, ¿verdad? Manhattan es el ejecutor de su castigo. Permítame que sea su escudo.

—¿Cómo?

—Usted será mi pupilo. Mi protección le rodeará, igual que un invisible grupo de sabuesos. El metro nunca violará sus oídos. La polución jamás llenará de tizón sus pulmones o su nariz, ni hará febril su vista. Puedo enseñar a su paladar, en el almuerzo, a saborear los ricos campos del Edén en el perro caliente más sencillo, más barato y demasiado tierno. El agua, sorbida de la nevera de su oficina, será un raro vino de exquisita familia. La policía, cuando la requiera, responderá. Los taxis, corriendo a ninguna parte libres de servicio, se detendrán aunque usted solamente guiñe un ojo. Aparecerán entradas cuando se acerque a la ventanilla de un teatro. Las señales de tráfico cambiarán, en hora punta, fíjese bien, aunque conduzca su coche en las calles más céntricas, y ningún semáforo se pondrá rojo. Verde siempre, si usted va conmigo.

»Si va conmigo, nuestro piso será un claro umbroso en un bosque, lleno de gritos de pájaros y reclamos amorosos desde el primer caluroso y desabrido día de junio hasta la última hora después del primer lunes de septiembre, cuando los muertos vivientes, azotados por el calor, se vuelven locos con los trenes parados que regresan del mar. Nuestras habitaciones estarán llenas de campanillas de cristal. Nuestra cocina, un iglú en julio donde podremos compartir una comida de helado casero y Cháteu Lafite Rothschild. ¿Nuestra despensa?... Albaricoques frescos en agosto o febrero. Jugo de naranja recién exprimida todas las mañanas, leche fría para desayunar, frescos besos a las cuatro de la tarde, mi boca siempre del sabor de un melocotón frío, mi cuerpo siempre con el gusto de ciruelas cubiertas de escarcha. El sabor empieza muy cerca, como dijo Edith Wharton.

»Siempre que usted quiera volver a casa estando en la oficina en pleno trabajo en un espantoso día, yo llamaré a su jefe y sus deseos se cumplirán. Al poco tiempo, usted será el jefe y volverá al hogar, de todas formas, para encontrar pollo frío, ponche de frutas y a mí. Verano en las islas Vírgenes. Otoños tan cargados de promesas que usted se volverá lunático en la forma correcta. Inviernos, por supuesto, a la inversa. Yo seré su hogar. Dulce perro, échate aquí. Yo caeré sobre usted como copos de nieve.

»En resumen, tendrá todo. Yo pido poco a cambio. Sólo su alma.

Will se puso rígido y estuvo a punto de soltar la mano de la mujer.

—Bien, ¿no es eso lo que esperaba que le pediría? —La mujer se echó a reír—. Pero las almas no pueden venderse. Lo único posible es perder el alma y no volver a encontrarla. ¿Quiere que le diga qué quiero realmente de usted?

—Dígalo.

—Cásese conmigo —dijo ella.

«Véndame su alma», pensó Will, y no lo dijo. Pero ella lo leyó en sus ojos.

—Oh, querido —dijo la mujer—. ¿Es eso pedir demasiado? ¿Pese a todo lo que ofrezco?

—¡Tengo que meditarlo!

Sin darse cuenta, Will había retrocedido un paso.

La voz de la mujer reflejó mucha tristeza.

—Si tiene que meditar mucho una cosa, nunca la hará. Cuando termina un libro sabe si le gusta, ¿verdad? Al final de una obra de teatro usted está despierto o dormido, ¿verdad? Bien, una mujer hermosa es una mujer hermosa, ¿verdad?, y una buena vida es una buena vida.

—¿Por qué no sale a la luz? ¿Cómo sé yo que es hermosa?

No puede saberlo a menos que entre en la oscuridad. ¿No se lo indica mi voz? ¿No? Pobre hombre. Si no confía en mí ahora, no seré suya, nunca.

—Necesito tiempo para pensar. ¡Volveré mañana por la noche! ¿Qué pueden significar veinticuatro horas?

—Para una persona de su edad, todo.

—¡Sólo tengo cuarenta años!

—Hablo de su alma, y en cuanto a eso es tarde.

—¡Concédame otra noche!

—La tendrá, de todas formas, por su cuenta y riesgo.

—Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios, Dios —dijo Will, con los ojos cerrados.

—Ojalá Él pudiera ayudarle ahora mismo. Será mejor que se marche. Es usted un niño anciano. Qué pena. Qué pena. ¿Vive su madre?

—Murió hace diez años.

—No, empezó a vivir —dijo la mujer.

Will retrocedió hacia la puerta y se detuvo, intentando calmar su confuso corazón, intentando mover su pesada lengua:

—¿Desde cuándo está en este lugar?

Ella se echó a reír, con un levísimo toque de amargura.

—Tres veranos como este. Y en esos tres años, sólo seis hombres han entrado en mi tienda. Dos echaron a correr inmediatamente. Dos se quedaron un rato pero se fueron. Uno volvió por segunda vez, y desapareció. El sexto hombre tuvo que admitir finalmente, después de tres visitas, que él no creía. Ya ve, nadie cree en un amor exhaustivo y protector cuando lo ven claro. Un chico del campo podría quedarse para siempre, dada su simplicidad, que es lluvia, viento y semillas. ¿Un neoyorquino? Recela de todo.

»Sea usted quien sea, o lo que sea, oh, buen señor, quédese, ordeñe la vaca y ponga la leche fresca en el sombrío y refrescante cobertizo, a la sombra del roble que crece en mi buhardilla. Quédese y coja berros para lavarse los dientes. Quédese en la Despensa del Norte con el aroma de caquis, kuncuats y uvas. Quédese y frene mi lengua para que yo deje de hablar así. Quédese y refrene mi boca para que yo pueda respirar. Quédese, porque estoy aburrida de hablar y debo necesitar amor. Quédese. Quédese.

Tan ardiente era su voz, tan trémula, tan suave, tan dulce, que Will comprendió que estaba perdido si no echaba a correr.

—¡Mañana por la noche! —gritó.

Su zapato tropezó con algo. En el suelo había un trozo de hielo caído del bloque.

Will se agachó, cogió el carámbano y salió corriendo.

La puerta se cerró bruscamente. Las luces se apagaron. En su prisa, Will no vio el letrero: MELISSA TOAD, BRUJA.

Fea, pensó Will mientras corría. Una bestia, pensó, ella debe de ser una bestia y fea. ¡Sí, eso es! ¡Mentiras! ¡Todo mentiras! Ella...

Tropezó con alguien.

En medio de la calle, los dos se agarraron, se cogieron, se miraron fijamente.

¡Ned Amminger! ¡Dios mío, era el viejo Ned!

Eran las cuatro de la mañana, el ambiente continuaba siendo ardoroso. Y allí estaba Ned Amminger, un sonámbulo en busca de fríos vientos, la ropa pegada a su ardiente carne formando rosetones, la cara chorreando sudor, los ojos muertos, los pies crujiendo en sus calurosos, calcinados zapatos de cuero.

Ambos se tambalearon en el momento de la colisión.

Un espasmo de malicia hizo estremecer a Will Morgan. Agarró al viejo Ned Amminger, le obligó a dar media vuelta y le dejó de cara al oscuro callejón. En las profundidades de la callejuela... ¿no estaba encendida otra vez la luz del escaparate? ¡Sí!

—¡Ned! ¡Por ahí! ¡Ve por ahí!

Cegado por el calor, mortalmente fatigado, el viejo Ned Amminger entró dando tumbos en el callejón.

—¡Espera! —gritó Will Morgan, arrepentido de su malicia.

Pero Amminger se había esfumado.

En el metro, Will Morgan probó el carámbano.

Era Amor. Era Delicia. Era Mujer.

Cuando llegó estruendosamente el tren, las manos de Will estaban vacías, su cuerpo corrompido por el sudor. ¿Y el dulce sabor en su boca? Polvo.

Siete de la mañana y sin dormir.

En algún lugar, un inmenso alto horno abrió su puerta y quemó Nueva York hasta dejar la ciudad en ruinas.

Levántate —pensó Will Morgan—. ¡De prisa! ¡Corre al centro!»

Porque había recordado aquel letrero:

LAVANDERÍA:

DEJE SUS PROBLEMAS AQUÍ A LAS 9 DE LA MAÑANA Y RECÓJALOS RECIÉN LAVADOS POR LA NOCHE.

Will no fue al centro. Se levantó, se duchó y salió al horno para perder su empleo.

Lo supo cuando subía en el delirantemente caluroso ascensor en compañía del señor Binns, el moreno y furioso jefe de personal. Las cejas de Binns saltaban, sus labios se movían sobre sus dientes pronunciando mudas maldiciones. Por debajo de su traje se notaban los puercoespines de su ardiente vello que pugnaban por salir a la superficie cual agujas. Cuando llegaron al piso decimocuarto, Binns era antropoide.

Alrededor, los empleados erraban como un ejército italiano que acudía a participar en una guerra perdida.

—¿Dónde está el viejo Amminger? —preguntó Will Morgan, mirando fijamente un escritorio vacío.

—Llamó diciendo que estaba enfermo. Postración por el calor. Estará aquí al mediodía —dijo alguien.

Mucho antes del mediodía el enfriador de agua estaba vacío, y la red de acondicionamiento (?) de aire se suicidó a las once treinta y dos. Doscientas personas se transformaron en toscas bestias encadenadas a escritorios junto a ventanas inventadas para que no se abrieran.

Faltando un minuto para las doce, el señor Binns, por el intercomunicador, les ordenó formar junto a sus escritores. Así lo hicieron. Aguardaron, tambaleantes. La temperatura era de treinta y siete grados. Poco a poco, Binns empezó a recorrer la larga hilera. El ardoroso siseo de invisibles moscas no se separaba de él.

—Muy bien, damas y caballeros —dijo—. Todos saben que hay una recesión, por más felizmente que el presidente de los Estados Unidos la presente. Yo preferiría darles un navajazo en el estómago a traspasarles la espalda. Bien, mientras recorro la hilera, bajaré la cabeza y susurraré: «Usted». Los empleados que oigan esta palabra, darán media vuelta, recogerán sus cosas y se irán. Una paga de cuatro semanas por cesantía les aguarda en la salida. ¡Un momento! ¡Falta alguien!

—El viejo Ned Amminger —dijo Will Morgan, y se mordió la lengua.

—¿El viejo Ned? —dijo el señor Binns, mirándole coléricamente—. ¿Viejo? ¿Viejo?

El señor Binns y Ned Amminger tenían exactamente la misma edad.

El señor Binns aguardaba, nervioso.

—Ned —dijo Will Morgan, sofocando las maldiciones que se hacía a sí mismo—, debería estar aquí...

—Aquí —dijo una voz.

Todos volvieron la cabeza.

En el extremo opuesto de la hilera, en la puerta, estaba el viejo Ned o Ned Amminger. Observó la reunión de almas perdidas, interpretó destrucción en el semblante de Binns, se acobardó. Pero luego ocupó tímidamente su lugar junto a Will Morgan.

—Muy bien —dijo Binns—. Voy a empezar.

Inició el avance: susurro, avance, susurro, avance, susurro. Dos personas, cuatro, finalmente seis dieron media vuelta para poner en orden sus escritorios.

Will Morgan respiró profundamente, contuvo la respiración, aguardó.

Binns se paró en seco delante de él.

«¿No lo dice? —pensó Morgan—. ¡No lo dice!»

—Usted —susurró Binns.

Morgan dio media vuelta y se llevó la mano a su henchido pecho. «Usted», la palabra restalló en su cabeza. ¡Usted!

Binns se detuvo para mirar a Ned Amminger.

—Bueno, viejo Ned —dijo.

Morgan, con los ojos cerrados, pensó: «Dilo, díselo a él, estás despedido, Ned, ¡despedido!».

—El viejo Ned —dijo Binns, en tono afectuoso.

Morgan se vino abajo con el sonido extraño, afectuoso y dulce de la voz de Binns.

Un ocioso viento de los mares del Sur pasó suavemente por el ambiente. Morgan parpadeó y se levantó, olisqueando. La sala, azotada por el sol, se había llenado de olor a olas y fría arena blanca.

—Ned, mi querido viejo Ned —dijo el señor Binns, apaciblemente.

Atónito, Will Morgan siguió aguardando. «Estoy loco», pensó.

—Ned —dijo el señor Binns, amablemente—. Quédese con nosotros. Quédese. —Y acto seguido, rápidamente, añadió—: Eso es todo. ¡Hora de comer!

Y Binns se fue y los heridos y los agonizantes abandonaron el campo de batalla. Y Will Morgan volvió la cabeza por fin para mirar directamente al viejo Ned Amminger, mientras esperaba. ¿Por qué, Dios mío, por qué?

Y obtuvo respuesta...

Ned Amminger estaba allí, no viejo, no joven, más bien un intermedio. Y no era el Ned Amminger que había asomado alocadamente la cabeza por la ventanilla de un caluroso tren, ni el que estaba deambulando por Washington Square a las cuatro de la madrugada.

Este Ned Amminger estaba sereno, como si oyera lejanos sonidos de un verde territorio, viento, hojas y un clima amistoso que vagaba en la fresca brisa de un lago.

El sudor se había secado en su sonrosada cara. Sus ojos no estaban inyectados en sangre, eran unos ojos firmes, azules y serenos. Ned era una isla paradisíaca en el mar muerto e inmóvil de escritorios y máquinas de escribir que podían ponerse en marcha y chillar como insectos eléctricos. Ned estaba observando la partida de los muertos vivientes. Y eso no le preocupaba. Se hallaba en espléndido y hermoso aislamiento en el interior del sosiego y la frescura de su bella piel.

—¡No! —exclamó Will Morgan, y salió corriendo.

No supo adonde iba hasta que se encontró en el lavabo de caballeros, excavando frenéticamente en la papelera.

Encontró lo que sabía que encontraría, una botellita con la etiqueta:

BÉBASE ENTERO: CONTRA LA LOCURA DE MASAS.

Tembloroso, Will destapó la botella. Sólo quedaba una pequeñísima gota azul claro. Tambaleándose junto a la cerrada y ardiente ventana, Will dejó caer la gota en su lengua.

Al instante, su cuerpo pareció haber saltado a una marejada de frialdad. Su aliento brotó como una fuente de aplastado y perfumado trébol.

Will agarró la botella con tanta fuerza que la rompió. Jadeó mientras contemplaba la sangre.

Se abrió la puerta. Ned Amminger estaba allí, observando. Se quedó sólo un instante, luego dio media vuelta y salió. La puerta se cerró.

Algunos segundos después, Morgan, con los trastos de su escritorio resonando en el maletín, bajó en el ascensor.

Al salir, volvió la cabeza para dar las gracias al operario.

Su aliento debió de tocar la cara del operario.

El operario sonrió.

¡Una loca, incomprensible, encantadora, hermosa sonrisa!

Las luces estaban apagadas en el callejón a medianoche, en la tiendecilla. No había en el escaparate ningún letrero que dijera MELISSA TOAD, BRUJA. No había botellas.

Will llamó a la puerta durante cinco largos minutos, sin obtener respuesta. Pateó la puerta durante otros dos minutos.

Y por fin, con un suspiro, no queriendo hacerlo, la puerta se abrió.

—Entre —dijo una voz muy fatigada.

En el interior Will notó el ambiente sólo un poco fresco. El enorme trozo de hielo, donde había visto la fantasmal silueta de una mujer encantadora, había menguado, había perdido una mitad de su peso y goteaba sin cesar camino de la ruina.

En alguna parte de la oscuridad, la mujer le aguardaba. Pero Will presintió que ella estaba vestida en esta ocasión, ataviada y preparada, lista para salir. Will abrió la boca para gritar, para hacer algo, pero la voz de la mujer se lo impidió:

—Le advertí. Llega demasiado tarde.

—¡Nunca es demasiado tarde! —dijo Will.

—Ayer por la noche habría sido posible. Pero en las últimas veinticuatro horas se partió su última hebra. Lo presiento. Lo sé. Lo afirmo. Ha muerto, muerto, muerto.

—¿Qué ha muerto, maldita sea?

—Pues su alma, por supuesto. Muerta. Devorada. Digerida. Esfumada. Está vacío. No hay nada ahí.

Vio que la mano de ella salía de la oscuridad. La mano tocó el pecho de Will. Quizás imaginó él que los dedos femeninos atravesaban sus costillas para sondear sus pulmones, su inquieto y acongojado corazón.

—Oh, sí, no está —gimió la bruja—. Qué triste. La ciudad lo desenvolvió como un caramelo y se lo comió. Usted no es más que una polvorienta botella de leche abandonada en la puerta de una casa, una araña que construye un nido en el tejado. El estrépito del tráfico le golpeó la médula hasta convertirla en polvo. El metro succionó su respiración como un gato succiona el alma de una criatura. Las aspiradoras actuaron en su cerebro. El alcohol disolvió el resto. Máquinas de escribir y ordenadores se ocuparon de los posos en sus tripas, le imprimieron en papel, le perforaron hasta transformarlo en confetti, le arrojaron por la abertura de una cloaca. La televisión le garabateó con nerviosos tics en viejas pantallas fantasmas. Sus últimos restos los llevará un gran autobús urbano, un fiero bulldog que le mantendrá masticado en la enorme boca con labios de goma que es su puerta.

—¡No! —exclamó él—. ¡He cambiado de opinión! ¡Cásese conmigo! ¡Cásese...!

Su voz agrietó la tumba de hielo, que se hizo añicos en el suelo a espaldas de Will. La silueta de la mujer hermosa se fundió en el suelo. Revolviéndose, Will Morgan se lanzó a la oscuridad.

Topó con la pared en el mismo momento que un panel se cerraba bruscamente.

Era inútil chillar. Will estaba solo.

Al anochecer, en julio, un año después, en el metro, Will vio a Ned Amminger por primera vez en 365 días.

Entre los apretujones, los golpes y el flujo de ardiente lava cuando los trenes pasaban estruendosamente, llevando al infierno un millón de almas, Amminger estaba tan frío como hojas de menta bajo verde lluvia. La gente de cera que le rodeaba se fundía. Él iba vadeando en su arroyo de truchas privado.

—¡Ned! —gritó Will Morgan, corriendo para cogerle la mano y estrechársela efusivamente—. ¡Ned, Ned! ¡El mejor amigo que he tenido!

—Sí, es cierto, ¿verdad?—dijo el joven Ned, risueño.

¡Y, oh, Dios, cuan cierto era! El querido Ned, el buen Ned, ¡amigo de toda la vida! ¡Échame tu aliento, Ned! ¡Dame el aliento de tu vida!

—¡Eres presidente de la empresa, Ned! ¡Me enteré!

—Sí. ¿Me acompañas a tomar un trago?

Pese al tremendo calor, un vapor de limonada helada brotaba del cremoso y fresco traje de Ned mientras ambos hombres buscaban un taxi. En medio de maldiciones, gritos y bocinazos, Ned alzó una mano.

Un taxi se detuvo. El viaje fue sereno.

En el bloque de apartamentos, por la noche, un hombre armado con una pistola salió de las sombras.

—Dadme todo lo que lleváis —dijo.

—Más tarde —dijo Ned, sonriente, echando sobre el individuo un aroma de manzanas frescas.

—Más tarde. —El hombre se hizo a un lado para dejarles pasar—. Más tarde.

Ya en el ascensor, Ned dijo:

—¿Sabías que estoy casado? Hace casi un año. Una excelente esposa.

—¿Es... —empezó a decir Will Morgan, y cambió de idea—... guapa?

—Oh, sí. Te encantará. Te encantará el piso.

«Sí —pensó Morgan—. Un verde claro umbroso, campanillas de cristal, fresca hierba como alfombra. Lo sé, lo sé.»

Entraron en el piso, que ciertamente era una isla tropical. El joven Ned sirvió grandes vasos de champaña helado.

—¿Por qué brindamos?

—Por ti, Ned. Por tu esposa. Por mí. Por la medianoche, por esta noche.

—¿Por qué por la medianoche?

—Cuando yo baje y encuentre a ese tipo que espera en el portal con su pistola. Ese tipo al que dijiste «más tarde». Y él estuvo de acuerdo. Estaré allí a solas con él. Curioso, ridículo, curioso. Y mi aliento es un aliento ordinario, no huele a melones ni a peras. Y él aguardando tantas horas con su sudorosa pistola, irritado por el calor. Qué magnífica broma. Bien..., ¿un brindis?

—¡Un brindis!

Bebieron.

Y en ese momento, entró la esposa. Ella los oyó reír de forma distinta, y participó en la risa.

Pero los ojos de la mujer, cuando miraron a Will Morgan, se llenaron de pronto de lágrimas.

Y Will Morgan sabía por quién lloraba ella.