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El mejor amigo del hombre - Dee Stuart

—Muerte accidental —dijo el juez de instrucción. El único que sabía que fue un asesinato, nunca lo diría...

Emily se revolvió, sintiéndose incómoda entre Fred y «Cinnamon», en el asiento delantero. El roce con el pelo de «Cinnamon» le hacía estremecer la piel, aunque el último sol de agosto calentaba el aire de Nueva Inglaterra.

Su esposo, Fred, escueto y afable, parecía no darse cuenta.

Emily pellizcó con dureza el rabo de «Cinnamon». La perra, dirigiéndole una mirada de reproche, cambió de postura y sacó su nariz por la ventana, mientras Fred miraba con ojos de miope la carretera que tenía delante, a través de unas gafas de montura de hueso.

—Ahí está nuestro motel —dijo, dirigiendo el coche hacia una salida secundaria—. Sólo son las cuatro de la tarde. Hemos avanzado mucho.

Una vez en su habitación, Fred pidió una cerveza y dos bocadillos de jamón y queso.

—No pidas nada para mí —dijo Emily—. El ir todo el día en coche me trastorna el estómago.

—Está bien —dijo Fred, condescendiente.

Cuando llegaron la cerveza y los bocadillos, Fred los colocó sobre la mesa, y se sentó en el sillón, frente a la ventana desde donde dominaba una buena panorámica. Tomó un buen trago de cerveza, extendió el periódico y observó apreciativamente, por encima de él, los bikinis que había alrededor de la piscina.

En el momento en que Emily empezaba a sentarse, «Cinnamon» saltó al sillón y se quedó allí sentada, observando expectante a Fred. Este partió con la mano un trozo de bocadillo.

—¡Habla! —le ordenó.

«Cinnamon» emitió un ladrido breve y agudo. Fred le dio el trozo de bocadillo.

—¡Baja! —ordenó Emily.

Pero «Cinnamon» no le hizo el menor caso.

—Te dije que la teníamos que haber dejado en la perrera —comentó Emily de mal humor—. Dile que baje.

—Cuando viajamos, «Cin» y yo siempre hacemos esto —dijo Fred, sintiéndose herido—. Observamos a la gente que hay en la piscina, y nos tomamos un bocadillo.

Fred, representante de una empresa manufacturera, estaba en la carretera desde el lunes hasta el viernes.

—Pero esta semana, no estás en la carretera. Hemos alquilado una cabaña en las montañas y son nuestras vacaciones, y no las de esa perra. La estoy aguantando todo el viaje en el asiento de delante, cerca de la ventana, para que no se ponga enferma. Ahora quiero sentarme.

Cogió parte del periódico y levantó el brazo amenazadoramente, en dirección a «Cinnamon».

—Baja, «Cinnamon», baja —dijo Fred rápidamente.

A regañadientes, la perra saltó al suelo y se colocó junto al codo de Fred, con los ojos rogando aún por su bocadillo.

Emily se quedó mirando maliciosamente a «Cinnamon». ¿Cómo era posible que aquella perra la hiciera sentirse como una intrusa en su propia casa? Trató de imaginárselo. Todo empezó el último otoño, cuando Fred la hizo dejar de enseñar.

—Veinticinco años ya es bastante tiempo —le dijo él—. Estoy ganando dinero suficiente para vivir... Tenemos pagada la casa y el coche. Quédate en casa. Descansa. Visita a los amigos.

Pero todos los amigos de Emily seguían trabajando en la enseñanza. Se sentía sola, llevando una vida solitaria en una casa vacía. Y fue entonces cuando él trajo aquella perra a casa.

Un viernes por la noche, entró en la cocina con las manos a la espalda.

—Te traigo un regalo —le dijo con orgullo, y colocó en sus brazos el cálido, inquieto y sonrosado muñeco.

—¡Oh, qué lindo es! —exclamó Emily, sonriendo con indecisión.

—Es perra. Te hará compañía —dijo Fred, contento consigo mismo—. Y te protegerá mientras yo esté fuera.

En aquellos momentos, desde luego, ella no tenía la menor idea de cómo aquella perra desorganizaría su casa y su vida entera.

«Cinnamon» la miró, con sus ojos grises brillando con una luz muy peculiar. Aunque pareciera increíble, Emily podría haber jurado que aquella perra estaba sonriendo. Como una premonición, por su mente cruzó el pensamiento de que dos hembras no podrían vivir juntas, pacíficamente, en la misma casa. Aquello la hizo sentirse intranquila. Dejó la perra en el suelo de linóleo, de un amarillo brillante, donde sus pequeñas y aún débiles patas empezaron a resbalar.

—¿De qué raza es? —preguntó Emily, mirando las orejas puntiagudas dotadas de puntas colgantes y el espeso rabo, que se doblaba en un círculo perfecto.

—Es un cruce —dijo Fred a la defensiva—. Parte de fox terrier, parte de Weimaraner, quizá tenga algo de esquimal en el rabo —acarició su pelo corto y suave y añadió—: Su nombre es «Cinnamon».

La perra se le quedó mirando, con ojos de adoración.

—Es una perra callejera, eso es lo que es —dijo ella—. ¿Cómo se hará de grande?

—¡Oh! Unos cincuenta o sesenta centímetros —contestó, rascando las orejas de «Cinnamon», que acarició su mano con el hocico.

—Bueno, tendrás que entrenarla. Yo ya tengo bastantes cosas que hacer para ir limpiando además las porquerías de una perra.

Fred entrenó a «Cinnamon». La enseñó a pedir, hablar, ir a buscar cosas y a rodar sobre sí misma.

La bañaba y la cepillaba y se la llevaba a dar largos paseos. Un día, Emily dijo:

—Me parece que te pasas más tiempo con esa perra que conmigo.

Lo más irritante de todo era que él no lo negaba. Emily no le decía que, cuando él estaba fuera, de viaje, la perra iba cabizbaja de un lado a otro, con indiferencia, con el rabo colgando, incluso cuando Emily la dejaba estar dentro de casa. Únicamente volvía a la vida cuando escuchaba el ruido del coche de Fred entrando por el camino.

Poco a poco, los ojos malhumorados de la perra y su semblante acusador empezaron a deprimir a Emily. Se sentía enferma y cansada de sacar a la perra de la casa y atarla con la cadena, y de tener que sacarla a hacer sus necesidades. En una ocasión, Emily encontró a «Cinnamon» debajo de su cama, con sus zapatillas de satén verde tan masticadas que apenas si pudo reconocerlas.

—¡Mala perra! —gritó, golpeándola—. ¡Vas a tener que marcharte de esta casa!

Emily trató de imaginar un medio para librarse de ella. Al final se le ocurrió una idea que pareció ser la solución perfecta.

—Fred, ¿por qué no te llevas a esa perra contigo cuando vayas de viaje? Te hará compañía en la carretera.

Al principio, él se negó, pero finalmente Emily le convenció de que a ella no le importaría estar sola. A partir de entonces, Fred se marchaba cada lunes en el coche, con «Cinnamon» a su lado, serena y altiva, con los ojos y las orejas alertas, sonriendo como si fuera la dueña del coche.

«¡Pero desde luego no tenía la intención de traerme a esa perra durante mis vacaciones!», pensaba ahora Emily.

—Es hora de cenar —dijo Fred, interrumpiendo sus recuerdos.

Fred le puso la cena a «Cinnamon» y después llevó a Emily al restaurante del motel. Cuando terminaron de cenar ya era casi de noche, aunque seguía habiendo luces en la piscina y nadadores que, como peces brillantes, ponían en movimiento el agua transparentemente azul y centelleante.

—Quedémonos aquí un rato —dijo Emily, deambulando por el césped y sentándose finalmente en una silla, sobre el cemento, cerca de la piscina.

—Tengo que sacar a «Cinnamon» a pasear.

—Te esperaré aquí.

Sin duda alguna, él no se atrevería a traer a aquella perra cerca de la piscina.

Volvió con «Cinnamon», que andaba airosa y elegantemente a su lado.

—¡No puedes tener a esa perra aquí! —murmuró Emily con enojo.

—Tonterías. Sabe muy bien cómo portarse. Siéntate, «Cinnamon», siéntate.

La perra se sentó a sus pies, con las orejas aguzadas, la nariz venteando el aire, contemplando el mundo que la rodeaba como una esfinge egipcia. Tranquilamente, Fred acarició a «Cinnamon» entre las orejas, y cruzó una pierna sobre la otra. Un muchacho se tiró a la piscina cerca de ellos, salpicándoles de agua y rápidamente Fred limpió las gotas que habían caído sobre el lomo de «Cinnamon», suavizando su pelo.

«No puede dejar de tocarla —pensó Emily—. Es indignante que prodigue tanto afecto a esa perra. Si me hubiera prestado a mí la mitad de la atención que le concede a ella... quizá si hubiéramos podido tener hijos... Si Fred no viajara tanto...»

«Cinnamon» se levantó de pronto y trotó hacia la piscina.

—¡Quieta! —ordenó Fred.

«Cinnamon» se detuvo, miró hacia el agua y volvió una mirada de ruego al amo.

—¡No! ¡Quieta! ¡Apártate del agua!

«Cinnamon» se quedó quieta. «Siempre obediente, siempre comportándose bien», pensó amargamente Emily. Y no era de extrañar. Fred se pasaba todo su tiempo libre entrenándola. Cada vez más, a Emily le parecía que Fred prefería estar con «Cinnamon» que con ella. ¿Sería todo igual en la cabaña? Fred y «Cinnamon» explorando y dando largos paseos juntos.

Entonces, «Cinnamon» se extendió a los pies de Fred. Él le acarició suavemente el estómago y la perra se volvió lánguidamente, con las patas al aire y los ojos cerrados en éxtasis. Por sus labios negros se extendió una sonrisa de pura felicidad, con la punta de su lengua sonrosada recostada indolentemente sobre su mejilla.

Desconcertada, Emily se dio cuenta de que la gente estaba mirándoles. De repente, escuchó exclamar a la joven del bañador negro:

—¡Mira, esa perra se está riendo! ¡Realmente se está riendo!

Allí estaba la prueba, pensó triunfalmente Emily. No eran imaginaciones suyas; aquella estúpida perra se estaba riendo... de ella.

Mientras observaba a los bañistas deseó desesperadamente poder nadar, pero el agua aún estaba demasiado fría para aprender. «Me pregunto si esa perra puede nadar», pensó maliciosamente Emily. Había oído decir que los perros nadan instintivamente cuando son arrojados al agua. ¿Pero durante cuánto tiempo? Y si a uno le estiraban hacia abajo...

Cuando la piscina se cerró y se apagaron las luces, se marcharon, andando en fila, como patos. «Cinnamon» haciendo cabriolas delante, con Fred inmediatamente después, escoltándola orgullosamente, y Emily siguiéndoles despacio, detrás.

Por muy fuerte que lo intentara, Emily no podía vencer los celos, la rabia y el daño que ahora se fundían en su interior, formando un nudo de profundo odio. ¡Dedicar todo su amor a una perra! ¡Era indecente! No lo consentiría más tiempo.

Sería inútil pedirle que diera la perra a alguna persona. No lo haría. Tendría que plantearle un ultimátum. Fred tendría que elegir entre ella y aquella perra. Pero él nunca podría olvidarla... y existía la terrible posibilidad, impensable, desde luego —aunque a pesar de todo existía— de que él eligiera a la perra. Pero había otra forma.

Emily esperó hasta que Fred estuvo metido en la cama, mirando la televisión.

—Creo que esa perra tiene que volver a salir —dijo.

—No, no lo necesita —afirmó Fred, sin apartar la mirada de la pantalla.

—Parece terriblemente inquieta.

—No, no lo está.

—No tienes que sacarla tú, si no quieres —insistió Emily—. Me pondré la bata y...

—¡No! —exclamó Fred severamente—. ¡Olvídalo!

Durante un largo tiempo, Emily permaneció tumbada, despierta, notando una sensación de frustración y derrota. Lo tendría que hacer a la mañana siguiente.

Como consecuencia de largos años de práctica, Emily podía ponerse un despertador en la mente y despertarse a la hora que quería. Lo hizo a las cinco de la madrugada, poco antes de que amaneciera. A hurtadillas, sacó a «Cinnamon» al exterior, llevándola a través del césped, húmedo por el rocío, hacia la piscina. No estaba todo tan oscuro como ella hubiera deseado.

Su corazón le golpeaba en el pecho, temerosa de que alguien pudiera verla. Tendría que arriesgarse. Si alguien le preguntaba, diría que la perra se había caído a la piscina y que ella estuvo tratando de sacar al animal del agua. Empezó a caminar por el suelo de cemento. «Cinnamon» se detuvo, y se sentó.

—¡Vamos, vamos! —dijo Emily ásperamente.

La perra se negó a moverse. Emily dio un tirón de la correa. ¡Aquella perra no podría recordar que no le estaba permitido acercarse al agua! Exasperada, Emily tiró del animal hacia la piscina. La perra se resistió, con su hocico raspando el cemento.

—¡Emi-i-ly! —gritó impacientemente Fred desde el balcón de la habitación, en el gris del amanecer—. No intentes andar con ella a través de la piscina. Sabe que no le está permitido.

Emily apretó los dientes, forzando una sonrisa, osciló hacia un lado y empezó a moverse hacia la zona del aparcamiento, con «Cinnamon» trotando obedientemente a su lado. Después, le dijo a Fred que la perra la había despertado y que quiso salir fuera. Furiosa, se dijo a sí misma que no fracasaría en la siguiente ocasión.

Aquella tarde se introdujeron con el coche en un camino arenoso, metiéndose entre los bosques. El perfume de los pinos refrescaba el aire y los rayos del sol se filtraban por entre los altos robles, teñidos de musgo. Se detuvieron ante una rústica cabaña, construida sobre un montículo.

—Mira, Em, estamos completamente rodeados de montañas. Desde el porche se puede ver el lago, allá abajo.

Con una secreta sonrisa, Emily miró hacia el lago, que relucía bajo los rayos del sol.

—Y los árboles empiezan a enrojecer y...

—Hay allá abajo un bote, que se alquila junto con la cabaña. Tendremos que intentar pescar algo en el lago.

—¡Hummm! —murmuró Emily pensativamente—. Pero ahora hace un tiempo estupendo.

Fred recogió la última cucharada de arándanos de su plato y terminó de beber el té helado.

—Bien, mientras tú limpias los platos, «Cin» y yo daremos un pequeño paseo exploratorio. ¿Paseo, «Cin»? ¿Paseo?

La perra empezó a hacer cabriolas, encantada, oscilando el rabo como una bandera. Los labios de Emily se estrecharon, formando una línea de expresión decidida.

Una hora después, cuando Emily ya estaba empezando a sentirse furiosa, aparecieron en el porche, llenos de excitación.

—¿Sabes lo que hemos encontrado, Em? Ese camino de atrás de la cabaña da unas vueltas y termina en una senda. Al fondo de la senda, hay otro sendero con huellas de carro, ahora cubiertas de hierba. Hemos seguido el sendero un rato y entonces la hemos visto. Una vieja granja de piedra, toda carbonizada y con el interior destruido, como si se hubiera producido un incendio. Hemos echado un vistazo al interior; estaba tan oscuro que casi me caí al sótano; hay un agujero en el suelo, donde antes estaban las escaleras que conducían al sótano.

Emily empezó a escuchar con atención, brillándole los ojos.

—Fuera de la casa, todo está lleno de maleza. Hay una parra y rosas silvestres y gencianas. ¿Y sabes lo que ha encontrado «Cinnamon»?

Confundida, Emily sacudió su cabeza en un gesto de negación.

—¡«Cinnamon» encontró un pozo! ¡Qué digo un pozo...! Un gran agujero en el suelo, que parece como si fuera a desembocar a China. Me hubiera caído allí si «Cinnamon» no hubiera olfateado alrededor y no me hubiera hecho detener. Es tan inteligente... ¿Sabes lo que hizo? Se sentó justo delante del agujero. Nadie podría haberla movido de allí. ¿Puedes creer que una perra sea tan inteligente?

—No —dijo Emily ásperamente.

Fred acarició cariñosamente la cabeza de «Cinnamon».

—Tienes que ver el lugar, Em. Debe tener por lo menos doscientos años.

—Sí, me gustaría verlo.

«Ningún perro es más inteligente que yo —pensó—. ¡No lo toleraré!»

Al día siguiente, después de comer, Fred se tumbó un rato a dormir la siesta. En cuanto empezó a roncar, Emily enganchó la correa en el collar de «Cinnamon» y salió silenciosamente por la puerta trasera de la cabaña. Siguió el camino hasta llegar a la senda y tras haber seguido dos caminos falsos, encontró el sendero con huellas de carro, que le llevó hasta la antigua granja. 

Subió los desgastados escalones, cruzó el porche de la puerta de entrada y penetró cautelosamente en el interior. El suelo que quedaba parecía sólido. Unas pocas tablas estaban carcomidas, otras faltaban. Delante de ella observó una gran abertura negra, donde debieron estar los escalones que conducían al sótano.

Avanzando con mucho cuidado, se acercó. Cuando «Cinnamon» empezó a gruñir, se detuvo, la levantó y le quitó la correa. Se detuvo ante el borde del hueco, tratando de no respirar el aire malsano procedente de la madera carcomida y del sótano de tierra. «Cinnamon», inquieta entre sus brazos, gimió más fuerte.

De repente, Emily se dio cuenta de algo. El sótano no tenía una profundidad suficiente. La caída no sería lo bastante grande. «Cinnamon» se pondría a ladrar y quizá no la escuchara nadie, pero sus aullidos, que encontrarían eco en el oscuro sótano, se escucharían a varios kilómetros de distancia.

Emily sacó la perra al exterior, le volvió a sujetar la correa y la colocó en el suelo. Cautelosamente, rodeó la casa, observando con cuidado a «Cinnamon» para ver si hacía signos de querer retirarse a medida que iba olfateando. Fred habría advertido a «Cinnamon» que se mantuviera apartada del pozo, del mismo modo que había hecho con la piscina. 

Emily volvió a dar vueltas alrededor de la casa, en un círculo más amplio en esta ocasión, pasando disgustadamente a través de las hierbas altas y las malas hierbas que le pinchaban las piernas, mientras «Cinnamon» olfateaba delante de ella.

Emily se volvió abruptamente para evitar andar sobre algunos maderos anchos que encontró en el camino. Emily creyó que se trataba de maderos procedentes del antiguo suelo de la casa. Parecía como si alguien los hubiera colocado allí, uno al lado del otro. Pero «Cinnamon», olfateando con su nariz los secretos de la tierra, no quiso apartarse de allí. De repente, saltó hacia adelante y la correa se escapó de los dedos de Emily.

—¡Maldita seas! —gritó Emily, enfurecida—. ¡Vete! ¡Piérdete de mi vista!

Podría decirle a Fred que la perra había salido de la cabaña y se había marchado. Pero si él la descubría después llevando la correa, sabría que le había mentido. O le podría decir que había sacado a «Cinnamon» a dar un paseo y que la perra se le había escapado. Pero si aquella estúpida perra quedaba atrapada en unos arbustos y se estrangulaba al tirar de la correa, él nunca se lo perdonaría.

No podía hacerlo de aquel modo. Tendría que soltarle la correa del collar, o él sabría que la había sacado a pasear. Su cabeza le palpitaba y sentía las manos húmedas.

Entonces, «Cinnamon» se detuvo a medio camino, sobre las tablas. La perra parecía estar sonriendo, invitándola a seguirla. Emily corrió hacia «Cinnamon», intentando cogerla por el collar, y no lo consiguió. «Cinnamon» avanzó ligeramente sobre las maderas. Enfurecida, Emily intentó entonces coger el extremo de la correa y tampoco lo consiguió. 

Bajo el peso de su cuerpo, las maderas carcomidas empezaron a resquebrajarse y de pronto se partieron y Emily cayó hacia abajo, a través de la oscuridad que olía a humedad. Trató de gritar, pero su garganta se cerró, negándose a emitir ningún sonido. Parecía como si estuviera cayendo para siempre, pero no se sintió asustada, al menos hasta que se hundió en el agua helada del fondo.

Moviendo frenéticamente las piernas, Emily tuvo fuerzas para sacar la cabeza una sola vez sobre la superficie del agua. Todo lo que vio en el amplio círculo azul de cielo que había sobre ella fue a «Cinnamon» que, desde el borde, miraba hacia abajo, riendo. 

Almas cándidas - Horacio Quiroga

 

Un matrimonio joven que vivía en el campo tuvo un perro inteli­gente, grande y bueno. Se llamaba León. Vigilaba la chacra próspera, arreaba los bueyes, era su grande amigo. Mucho le querían; y si a un pe­rro así no se quiere, ¿a quién se va a tener cariño en este mundo? 

Cuan­do se enfermó, se miraron sin saber qué hacer. Dormía todo el día, se res­tregaba horas enteras contra el marco de las puertas. Una mañana Emi­lio le llamó y no pudo levantarse. Hizo un esfuerzo, alzó la cabeza a to­dos lados, desorientada, y la dejó caer gimiendo. Lo llevaron en seguida a la cocina.

Aunque viéndole envejecer y acercarse a una muerte injusta para el noble amigo, estuvieron todo el día preocupados. Cuando de noche fueron a verle, estaba peor. Se acostaron callados, uno al lado del otro; no tenían ciertamente ganas de hablar. Después de largo rato de silencio ella le pre­guntó:

-¿Es difícil curar a los perros, no?

-Difícil.

Todos los fieles recuerdos de León, a la muerte, surgieron entonces, uno tras otro.

A la mañana siguiente León no conocía más. Se estremecía sin cesar, y no pudieron abrirle la boca. En cuclillas a su lado, le miraban sin apartar la vista, esperando verle morir de un momento a otro.

De tarde murió. Esa noche comieron apenas.

-¿Murió a las dos?

-Sí, a las dos y media.

Cuando se pierde un animal así, bueno como pocos, justo es que no se piense sino en él. Mas en lo hondo sentíanse disgustados de sí mismos por haber sido injustos con León. ¿Para qué quererle así si al otro día habrían de tirarle en el monte, como a una cosa que no se quie­re más?

 De codos sobre la mesa jugaban distraídamente con el cuchillo. Dos o tres veces ella quiso hablar y se detuvo. Al fin dijo:

-Hay personas que entierran a los perros. Eso es ridículo, yo creo. Al cabo de un rato dijo de nuevo:

-A los perros no se los debe enterrar. Son buenos, sí, uno los quiere, pero no enterrarlos.

Los dos pensaban en la injusticia con su pobre León, abandonado así porque estaba muerto. ¿Qué gratitud hay entonces en uno? ¡Pobre León!

Ninguno se atrevía. Pero al fin sus miradas se encontraron y ella le miró con ojos suplicantes:

-Emilio: ¿vamos a enterrarlo?

Se levantaron y llevaron a su perro muerto en los brazos. El cavó mientras ella le alumbraba. Colocáronle de costado, apisonaron cuidadosa­mente la tierra, y se volvieron en silencio, con los ojos llenos de lágrimas.

Olvido - César Antonio Alurralde

Busco a mi perro que lo apodamos Olvido, cuyo mote jamás recuerdo. Mi mujer le colgó del cogote un collar con la palabra Olvido para ayudarme.
Todo resultó en vano pues el perro se lo pasa en la calle. Yo en casa, y con mi falta de memoria, traté de
llamarlo por su nombre que siempre olvido, aunque de solo pensarlo, él viene.

El paraíso de los gatos - Émile Zola

Una tía mía me legó un gato de angora que sin duda es el animal más estúpido que conozco. Esto es lo que me contó mi gato una tarde de invierno, al amor de las brasas. 

I

Tenía yo dos años por entonces, y era el gato más gordo e ingenuo que se viera. A esa tierna edad aún mostraba la presunción de un animal que desdeña las comodidades del hogar. Y sin embargo, ¡cuánto tenía que agradecer a la Providencia que me hubiera acomodado en casa de su tía! La buena mujer me adoraba. En el fondo de un armario yo tenía un verdadero dormitorio, con tres colchas y un cojín de pluma. La comida no le iba a la zaga. Nada de pan ni sopa; solo carne, carne roja de la buena.   

Pues bien, en medio de aquellos placeres yo no tenía más que un deseo, un sueño: deslizarme por la ventana entreabierta y escapar por los tejados. Las caricias me parecían insulsas, la blandura de mi cama me producía náuseas, y estaba tan orondo que me asqueaba a mí mismo. 

Y me aburría el día entero de ser tan feliz. Debo decirle que, alargando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Cuatro gatos se peleaban allí aquel día, con la piel erizada y la cola en alto, rodando sobre la azulada pizarra, calentándose al sol y lanzando juramentos de alegría. 

Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Entonces me convencí de que la verdadera felicidad se hallaba en aquel tejado, detrás de la ventana que cerraban con tanto cuidado. Me lo demostraba el hecho de que cerraran así las puertas de los armarios tras los cuales escondían la carne.   
 
Concebí el proyecto de huir. En la vida debía haber algo más que carne roja. Algo ideal, desconocido. Y un día que olvidaron cerrar la ventana de la cocina, salté a un tejadillo que había debajo.    

 II

¡Qué bonitos eran los tejados! Los bordeaban largos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Seguí voluptuosamente aquellos canalones, hundiendo las patas en un fino barro de una tibieza y suavidad infinitas. Me parecía estar caminando sobre terciopelo, y hacía calorcito al sol, un sol que derretía mi grasa. No le negaré que temblaba como un flan. 

El miedo se mezclaba con la alegría. Me acuerdo sobre todo de una terrible impresión que a punto estuvo de hacerme caer sobre el asfalto. Tres gatos bajaron de la techumbre de una casa y se acercaron a mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me llamaron gordinflón y me dijeron que lo hacían para divertirse. Me puse a maullar con ellos. Era delicioso. Aquellos fulanos no estaban tan estúpidamente gordos como yo, y se burlaron de mí cuando resbalé como una bola sobre las placas de cinc recalentadas por el sol de mediodía. 

Un viejo gato de aquella banda me tomó especial aprecio y se ofreció a educarme, lo que acepté agradecido.   
¡Ay, cuán lejos estaban las comodidades de su tía! Yo bebía de los canalones, y ninguna leche azucarada me había sabido tan dulce. Todo me parecía bueno y hermoso. Una gata deslumbrante pasó a mi lado, una gata que me colmó de una emoción desconocida. 

Hasta entonces solo en sueños había visto esas deliciosas criaturas cuyo espinazo parece tan adorablemente flexible. Mis tres compañeros y yo nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté al resto y, cuando me disponía a cortejar a la encantadora gata, uno de mis camaradas me mordió salvajamente en el cuello. Lancé un grito de dolor. —¡Bah! —me dijo el viejo gato, apartándome—. Ya habrá otras.  

III
 
Al cabo de una hora de paseo sentí un hambre feroz. —¿Qué se come en los tejados? —le pregunté a mi amigo. —Lo que se encuentra —me respondió él, sabiamente. Su respuesta me desconcertó, pues por mucho que buscaba, no encontraba nada. Por fin, en una buhardilla vi a una joven obrera que se estaba preparando la comida. Sobre la mesa, debajo de la ventana, se veía una hermosa chuleta de un rojo apetitoso. «Esta es la mía», pensé con toda ingenuidad.   
 
Y salté sobre la mesa para coger la chuleta. Pero la obrera, al verme, me atizó un terrible escobazo en el lomo. Solté la carne y huí, lanzando un terrible juramento. —¿Es que acabas de llegar del pueblo? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas es para desearla de lejos. Donde hay que buscar es en los canalones. Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. 

Mis tripas comenzaban a quejarse seriamente. El gato me remató diciendo que había que esperar a la noche. Entonces bajaríamos a la calle y escarbaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar a la noche! Y lo decía tan tranquilo, como un filósofo curtido. Yo me sentí desfallecer ante la sola idea de aquel ayuno prolongado.    

IV
 
La noche llegó lentamente, una noche brumosa y helada. Empezó a caer una lluvia fina y penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Bajamos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido el calorcillo gustoso, el sol resplandeciente, los tejados blancos de luz en los que revolcarse a placer. 

Mis patas resbalaban sobre el pavimento, y recordé con amargura mis tres colchas y mi cojín de pluma. Tan pronto estuvimos en la calle, mi amigo empezó a temblar. Se encogió hasta hacerse pequeño y corrió furtivamente delante de las casas, diciéndome que lo siguiera lo más rápidamente posible. 

Cuando encontró una puerta cochera, se refugió presto en ella, dejando escapar un ronroneo de satisfacción. Al preguntarle por esa huida, me dijo: —¿Viste a ese hombre que llevaba un capacho y un garfio? —Sí. —Pues si nos hubiera visto, nos habría matado y comido asados. —¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!    

V

Entretanto habían arrojado las basuras delante de las puertas. Escarbé en los montones con desesperación y encontré dos o tres huesos mondos que habían tirado a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculenta es la comida de su tía. Mi amigo hurgaba con destreza entre las sobras. Me tuvo corriendo hasta el amanecer, examinando cada adoquín, sin apresurarse. 

Tras casi diez horas bajo la lluvia, yo tiritaba de frío. ¡Maldita calle, maldita libertad! ¡Cómo añoraba mi cárcel! Por la mañana, el gato, viéndome flaquear, me preguntó con aire extraño: —¿Has tenido bastante? —Ya lo creo —respondí. —¿Quieres volver a casa? —Claro, pero ¿cómo encontrarla? —Ven. Al verte salir esta mañana, comprendí que un gato rollizo como tú no está hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Sé dónde vives. Te dejaré en la puerta. 

Aquel digno gato dijo esto con toda sencillez. Cuando llegamos me dijo sin mostar ninguna emoción: —Adiós. —¡No —exclamé—, no nos despediremos así! Ven conmigo, compartiremos la misma cama y la misma comida. Mi ama es una buena mujer... No me dejó acabar. —Calla —dijo bruscamente—, eres tonto. Yo me moriría en la calidez de tu hogar. 

Tu vida regalada es buena para gatos bastardos, pero los gatos libres nunca pagarán con la prisión tus manjares y tu cojín de plumas. Adiós. Y trepó de nuevo a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer al sentir los rayos del sol naciente. Cuando entré en casa, su tía cogió el zurriago y me administró un correctivo que recibí con profunda alegría. Saboreé a fondo el placer de sentir calor y ser castigado. Mientras ella me zurraba, yo me relamía pensando en la comida que me daría después.    

VI

—¿Lo ve? —concluyó mi gato, estirándose frente a las brasas—. La verdadera felicidad, el paraíso, mi querido amo, consiste en ser encerrado y golpeado en una habitación donde haya carne. Hablo de los gatos, claro.