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Sueños del Desierto - Donald R. Burleson

Habitamos eternamente en reinos de sombras. Extrañamente complacientes, transitamos por nuestros agotadores días como si comprendiéramos la textura que conforma nuestro mundo; sin embargo, en verdad vemos con ojos de gusano y escuchamos con oídos de piedra, y no comprendemos nada. 

N
uestro entendimiento es una chinche de agua que pasa rasante y que tan sólo saborea la superficie de un mar negro insondable, mientras la realidad, un aterrador abismo de horror en el lecho oceánico, se mueve silenciosa y oscura a través de profundidades que están fuera de nuestro alcance, inescrutable, burlándose de nuestra ignorancia.
 
Los sueños intentan decirnos cosas de las que, de otra manera, sabríamos poco, y pretenden arrojar un atisbo de claridad a nuestras mentes, sin embargo, ni siquiera puedo precisar cuándo comienzan mis propios sueños, mis extrañas y recurrentes visiones nocturnas. «Sueños», he dicho, pero estas visiones, ahora soy consciente de ello, forman parte de un único sueño ubicuo que se desliza como un hilo demente aunque extrañamente persistente a lo largo de mi vida.
 
Me vienen a la mente aquellos días de mi niñez en los que me despertaba con la sensación de haber experimentado una fuerte impresión que era incapaz de recordar, pero como el sueño se repetía una y otra vez a lo largo del tiempo, poco a poco logré retener más de lo que había visto. 
 
Parecía existir una pauta común en estos sueños, pero a medida que la visión fue tomando forma, no fue alivio lo que sentí al poder recordar, sino más bien desconcierto ante lo que podrían significar estos fragmentos todavía imprecisos. Tenía que ver con un lugar olvidado en un vasto y abrasador desierto, pero no estaba seguro de mucho más.

Durante una etapa de mi adolescencia disminuyó la frecuencia de los sueños y, de hecho, llegué a pensar que los estaba superando, que estaba demasiado ocupado con la vida para prestar atención a estas cuestiones sin importancia. Con el paso del tiempo, los sueños parecieron cesar del todo. 
 
Alcancé la madurez en mi ciudad natal de Providence, Rhode Island, y conseguí un empleo mundano pero conveniente en una compañía de seguros, y compré una agradable y vieja casa en Benefit Street con la esperanza de pasar los días de mi vida en una apacible felicidad. 
 
Pasaba mis veladas leyendo a Proust, Baudelaire y Shakespeare y, en ocasiones, deambulaba por las antiguas callejuelas de la ciudad y reflexionaba en silencio. Estaba en paz, satisfecho con la vida.

Pero entonces los sueños retornaron.

Me desperté muy tarde una noche de otoño y luché por retener la marea baja de la memoria cuando el sueño comenzaba a desvanecerse. ¿Qué había soñado? Innegablemente era en esencia la visión de los años de mi niñez, aunque bastante más detallada en esta ocasión. 
 
Recuerdo ahora unas vistas del vasto y extenso desierto, donde enormes y quebradizas plantas rodadoras, como criaturas sin voluntad procedentes de algún planeta lejano, viraban bruscamente sobre la árida arena, y las puntiagudas yucas y los espinosos cactus se alzaban hacia el cielo bajo el sol cegador. 
 
Tras esa escena parecía escucharse una especie de rumor o zumbido, pero apenas estaba seguro de escucharlo; pronto estas impresiones medio recordadas desaparecieron y volví a dormirme.
 
La noche siguiente el sueño retornó, y cuando me desperté me quedé tumbado en la oscuridad pensando en lo que había visto. Y oído, o casi oído.
 
De nuevo, la tierra abrasada por el sol se extendía en todas direcciones a mi alrededor salpicada de cactus cholla en posición de saludo, como centinelas, y grandes yucas angulosas y jirones de matorrales de mezquite. 
 
Un viento cálido había removido la tierra amarilla y un quejumbroso atisbo de sonido parecía flotar en un tono demasiado bajo para ser escuchado con claridad. Pero durante unos segundos sonó como una voz grave, una voz que parecía estar diciendo algo como «Gwai-ti». No podía recordar más que eso.

Incapaz esta vez de volver a dormirme, paseé durante horas por las calles silenciosas sintiéndome extrañamente desorientado. Las conocidas fachadas de las casas coloniales de Nueva Inglaterra, con sus puertas de montante en abanico y ventanas con cristales pequeños, sólo me hacían sentir más extrañamente desplazado, como si no estuviera claro cuál de los dos escenarios era la realidad: las populares vistas de las calles Benefit, Jenckes y College o la tierra desértica barrida por el viento de mi paisaje onírico.

He vivido en Providence toda mi vida. Nunca he visto un desierto, tan sólo ocasionalmente en fotografías. ¿Qué sabía yo de cactus cholla o plantas de yuca o del mezquite, o de los ilimitados cielos morados —su recuerdo retornó a mi mente—, cielos abiertos no ocultos tras edificios urbanos, vastos cielos que dominaban océanos colosales de arena? Sin embargo, parece ser que conocía tales cosas.

En el trabajo, en ocasiones me sorprendía a mí mismo mirando al infinito, dando vueltas al enigma de mis visiones oníricas. Comencé a preguntarme dónde se encontraba realmente aquella tierra desértica, si es que, en efecto, estaba realmente en algún lugar. 

Un día un compañero del trabajo regresó de unas vacaciones en Albuquerque, y tras escuchar sus relatos acerca de la región, quedé repentina e inexplicablemente convencido de que las vistas desérticas de mis sueños eran reales y que se encontraban en algún lugar de Nuevo México. No podía saber tal cosa, pero estaba seguro de ello.

Con el paso del tiempo, el escenario de mis sueños fue haciéndose más nítido, pero también me di cuenta de que esto los hacía aún más inquietantes, porque no era capaz de encontrar explicación al hecho de que conociera detalles tan concretos sobre un lugar del cual debería haberlo ignorado todo. 

Nunca viajé al oeste más allá de Columbus, Ohio, y las tierras del suroeste norteamericano para mí eran sólo manchas de color en un mapa; sin embargo, estas visiones del desierto me resultaban perturbadoramente familiares, de un modo surrealista.

Bajo el destello de un sol cegador, miré hacia abajo y vi mi cuerpo, un cuerpo ahora sorprendentemente moreno y musculoso y tan sólo cubierto con una especie de trapo áspero por la cintura, y me pregunté si me estaba volviendo loco. ¿Cómo podía ese cuerpo ser el mío? 

Cuando me incliné hacia delante para verme mejor, rizos de cabello largo, sedoso y negro azab
ache cayeron sobre mis ojos, y cuando miré hacia arriba tras apartarme los rizos de la cara vi una figura desconocida, pero que me resultaba extrañamente familiar, de pie junto a mí, sobre la cálida arena salpicada de cactus. 

Era un hombre medicina, con el rostro marchito y casi totalmente oculto bajo un nido de arrugas como lagartos, a través de las cuales me observaban un par de ojos oscuros que parecían esconder los secretos de siglos. 

Daba profundas caladas a una larga pipa de barro y lanzaba nerviosas volutas de humo gris al cálido aire, y al mismo tiempo que daba caladas agitaba una carraca ceremonial de carey y entonaba unas palabras incomprensibles para mí en un nivel de conciencia, pero vagamente familiares en otro nivel, las palabras de una canción ritual de la antigüedad. 

Giraba mientras cantaba, lanzando el humo y las crípticas palabras en una dirección y luego en otra, para finalmente dar un giro completo y terminar frente a mí, y mientras su rostro intemporal volvía a girar hacia mí, las palabras finales de la canción tomaron forma en mi mente «Gwai-ti, Gwai-ti». 

Me desperté con estas imágenes todavía frescas en mi memoria y salí a dar un largo paseo en la noche, intentando entender los sonidos que había escuchado, o bien hacer que su recuerdo se desvaneciera. Me detuve entre las grandes lápidas negras del cementerio de St. John, junto a Benefit Street, e intenté aclararme las ideas, hasta que finalmente logré recomponerme y retomar mi exhausto camino de regreso a casa sin ningún deseo de dormir. Sin embargo, tras leer un rato me quedé dormido y, por lo que puedo recordar, no soñé.
 
Me tomé el día libre en el trabajo y acudí a una cita con alguien que, sospechaba, posiblemente podría contarme algo sobre mi misterio: el catedrático Carlos Armijo de la Universidad Brown. Su campo de conocimiento era la antropología del suroeste norteamericano, y en una ocasión asistí a una de sus conferencias. Dudaba de que pudiera interpretar mis visiones nocturnas, pero valía la pena intentarlo.

El catedrático Armijo era un hombre de mediana edad, de voz suave y semblante meditabundo, confortablemente resguardado entre pilas de libros y publicaciones profesionales en su despacho de Brown. A medida que iba describiendo en rasgos generales la naturaleza de mis sueños, me sentía más y más estúpido por haber creído que iba a servir de algo hacer perder el tiempo al catedrático con mi relato, y a duras penas logré reunir el coraje necesario para mencionar las sílabas sin sentido de mis visiones nocturnas del desierto, por todo lo cual quedé profundamente sorprendido al escuchar su respuesta.

—He oído esas sílabas antes —dijo con un suave acento hispano—, y poseen unas conexiones que hacen difícil explicar su presencia en los sueños de alguien no familiarizado con las culturas del suroeste. Incluso para la mayor parte de los estudiosos versados en esas culturas, esas palabras serían totalmente desconocidas. Yo las conozco únicamente porque soy un especialista en, digamos, algunos de los aspectos más oscuros del folclore del suroeste.
 
Me sentía intrigado, aunque de alguna manera no estaba seguro de si realmente quería saber más acerca de los orígenes de una expresión que había brotado en mis sueños sin ningún motivo aparente; tal vez Carl Jung estaba en lo cierto al sostener que poseemos un Inconsciente Colectivo capaz de pulsar los profundos mundos compartidos del ser, mundos arquetípicos, ignorados por la mente consciente y, sin embargo, hasta cierto punto conectados con alguna clase de realidad.

—Por favor, continúe.

El catedr
ático Armijo miró por la ventana durante unos instantes, evidentemente ordenando sus ideas.
 
—Durante siglos existió una especie de culto secreto entre ciertos chamanes nativos americanos de Arizona y Nuevo México —dijo—, que aparentemente involucraban la adoración de un dios de la antigüedad desconocido por la mayor parte de tradiciones amerindias —se calló unos segundos, aumentando así el efecto dramático, el cual me pareció totalmente justificado—. Parece ser que ese dios era llamado Gwai-ti.
 
Sentí que me quedaba sin aliento ante esta revelación. ¿Qué sabía yo de todo aquello? ¿Qué quería saber realmente de todo aquello? Nada… y, sin embargo, no había duda alguna de que había soñado ese nombre.

—Se sabe muy poco —continuó el catedrático— sobre este culto o su dios, porque todo este asunto se convirtió en un tema tabú entre los propios indios americanos y pocos han oído hablar de ello. Incluso en lugares de Nuevo México como Pueblo Nambé, donde sobreviven tradiciones muy oscuras y antiguas de la brujería típica del suroeste, sólo he encontrado a lo largo de mis investigaciones a un chamán que admitiera saber algo sobre la existencia del dios Gwai-ti; accedió a regañadientes a hablar del tema y debo añadir que al final lo hizo mostrando un evidente rechazo.

»De sus relatos inconexos deduzco que se cree que Gwai-ti ha existido desde el principio de los tiempos y que habita bajo la tierra, apareciéndose sólo en ocasiones muy excepcionales a unas cuantas almas desgraciadas. Se cuentan historias sobre sacrificios humanos realizados de vez en cuando por sacerdotes indios renegados que carecen del estatus de los líderes espirituales reconocidos en la región, la mayoría de los cuales, sin embargo, consideran las supuestas actividades de los sacerdotes renegados como meras supercherías.

—¿Y el nombre? Honestamente, pensé que sonaba a chino —pregunté intentando desesperadamente encontrar un sentido a todo esto.

El catedrático Armijo asintió.

—He mantenido unas cuantas discusiones interesantes con especialistas en lingüística comparativa de esta universidad sobre el nombre Gwai-ti. En efecto, hay sonidos en la fonética china que recuerdan a estas sílabas. Me informaron de que existe la palabra gwai, que significa algo parecido a «extraño» o «monstruoso». Existe la palabra ti, que significa «cuerpo» o «forma». Y, por supuesto, los etnólogos contemplan teorías que sostienen que algunos pueblos asiáticos migraron en la era prehistórica atravesando el Estrecho de Bering hacia Norteamérica, pero, por otro lado, no se han detectado apenas rastros lingüísticos de léxico asiático en las lenguas de los nativos americanos.
 
—¿Cómo es posible que yo conozca el nombre? —pregunté.

—Tal vez lo haya escuchado en algún lugar y simplemente lo ha olvidado —respondió el catedrático encogiéndose de hombros.

Me dispuse a marcharme, agradeciendo al hombre el tiempo que me había dedicado.

—Tiene razón, debo de haber escuchado el nombre en algún lugar.

Pero, por supuesto, yo sabía que no era así. Sólo lo había escuchado en mis sueños.

Unas cuantas noches después, los sueños comenzaron a adoptar una naturaleza aún más anómala.

Una noche soñé que estaba agazapado entre las sombras, observando alguna especie de pérfida ceremonia en la que un semicírculo de sacerdotes extrañamente pintados entonaba la siguiente frase: «M’warrh Gwai-ti, h’nah m’warrh Gwai-ti, ph’nglui w’gah Gwai-ti». 

En otra ocasión soñé que observaba una enorme llanura desértica bajo un baño de luz de luna, con una distante cadena de montañas al fondo, casi fuera de mi rango de visión, y contemplaba lo que en un primer momento me pareció un remolino de arena. Sin embargo, poco después, el remolino se transformó en una joven india que corría y gritaba aterrorizada moviendo los brazos en aspas. 

Con la inconexa naturaleza de los sueños, mi visión de ella se hizo repentinamente más cercana que antes, de hecho tan cercana que su figura ocupaba todo mi campo de visión. Desde algún lugar me llegaba un profundo tamborileo, como las notas graves de un órgano de tubos, y una voz —era como la del viejo chamán de mis primeras visiones—, una voz que cantaba, en una lengua que yo conocía en el sueño: «Ella fue elegida, tuvimos que enviarla». 

Y un segundo después, una vasta y hambrienta oscuridad pareció envolver a la joven que gritaba, y esta desapareció, y el tamborileo también se desvaneció. Me desperté empapado de sudor y con la impresión de que todavía podía oler el penetrante aroma de la artemisa. Tuve miedo de dormirme de nuevo.

Pero, por supuesto, la noche siguiente tuve que volver a dormir, y en esta ocasión soñé con una piedra alta y estrecha que se alzaba en la arena, con antiguos petroglifos tallados en la superficie, como inscripciones rúnicas de tiempos remotos, y de nuevo escuché el lúgubre tamborileo en el suelo y observé fugazmente borrosos atisbos de movimiento bajo la luna menguante, y apenas escuché entre murmullos el nombre de Gwai-ti antes de que la escena se difuminase y apagase del todo.
 
Fue sólo cuestión de tiempo que me dejara llevar por el inexplicable deseo de visitar realmente Nuevo México. Era como si hiciera mucho tiempo que hubiera tomado la decisión, inconscientemente, de que fuera cual fuese la impensable confluencia de realidades que me habían despertado a aquel otro mundo tan diferente al mundo de mi vigilia cotidiana, yo tenía que contemplar con toda la objetividad posible el escenario real de mis sueños. Por supuesto, ignoraba en qué punto exacto de aquel vasto desierto se podrían haber originado mis sueños.
 
Sin embargo, al final me encontré en un avión, aterrizando en Albuquerque con aquella extraña sensación de irrealidad que uno siente al visitar por primera vez un lugar que tan sólo conoce por lo que ha leído sobre él. O soñado.

Alquilé un todoterreno en el aeropuerto y me dirigí primero hacia el este y luego hacia el sur. Aunque no tenía ninguna noción de hacia dónde debía dirigirme, no me importó dejar que mi instinto me guiase. 

Tras bordear las laderas de las Montañas Sandias y embelesado por las fugaces visiones de paredes de adobe de color tierra y vallados para coyotes, avancé por el desierto abierto, donde lejanos y majestuosos altiplanos se cernían intemporales sobre interminables praderas de hierba que se agitaban al viento e islotes de mezquite, de artemisa y de puntas de yuca. 

Teniendo en cuenta las motivaciones que me habían llevado a una tierra tan diferente a mi Nueva Inglaterra natal, había esperado que el desierto me hiciera sentir un sutil terror e inquietud, pero para mi sorpresa capté unas sensaciones totalmente diferentes.

Era un lugar hermoso. No había nada siniestro en aquella extensión vertiginosamente vasta de cielo color turquesa, las franjas de chaparral, las montañas grises azuladas en la distancia, los anchos y profundos arroyos que serpenteaban surcando la tierra, los tranquilos altiplanos que se extendían sobre la arenosa llanura como serenas bestias que pastaban. Apenas recordaba ya lo que había esperado encontrar allí, pero lo que encontré fue una tierra de cautivadora belleza y paz.

Mientras atravesaba en coche aquel espectáculo desértico, me preguntaba en voz alta cómo era posible que hubiera llegado a pensar que esta región podía tener algo de espectral o extraño. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto como en esos momentos y pensé que había sido un idiota por sentirme atribulado por unos sueños extraños pero esencialmente inofensivos. Incluso aquellas sílabas sin sentido, tan accidentalmente similares a un nombre procedente del oscuro folclore del suroeste, eran sin duda algo por lo que no tenía por qué preocuparme.

El sol estaba comenzando a ponerse tras la sierra al oeste, y quedé fascinado por la belleza del ocaso en el desierto; el cielo explotó en un caótico despliegue de color que sin duda alguna podría rivalizar con el arte de los pinceles del mejor pintor del mundo. 

En algún lugar al sur de Corona me desvié por una carretera más estrecha, con el asfalto en peor estado, y continué deleitándome con las increíbles vistas de los cactus cholla y las extensiones ondulantes de arena, donde las sombras puntiagudas de las yucas y el mezquite comenzaban a derramarse sobre la llanura bajo la moribunda luz del sol. 

Recordé entonces que pronto anochecerí
a y que, o bien regresaba a Corona, o bien continuaba hasta Roswell o Artesia para encontrar una habitación donde pasar la noche.
 
Pero primero me apeteció explorar un poco el lugar; había algo adictivo en aquel paisaje.
 
Me desvié por una carretera aún más estrecha y avancé a saltos entre una nube de polvo, mientras pensaba con cierto deleite que estaba más alejado de cualquier población humana de lo que jamás había estado antes. Al cabo de un rato, la carretera se transformó en un sendero primitivo plagado de piedras por el que resultaba difícil abrirse paso incluso para el vehículo resistente que había alquilado. 

Una extensión cada vez más oscura de chaparral me rodeaba por todos los costados y ahora, por primera vez desde mi llegada y a pesar de la excitación que la novedad del lugar producía en mí, comenzaron a brotar en mi mente ciertas sospechas de que, después de todo, sí que había algo de espectral en esas tierras. Pero aun así seguía fascinado y levemente reticente a regresar a alguna zona habitada justo en ese momento.

Por fin, la carretera por donde transitaba, que por entonces era tan sólo una difusa elevación de roca flanqueada de cactus y mezquite, terminó; paré el coche, salí y seguí avanzando a pie bajo el crepúsculo, pisando con cuidado y deteniéndome en una ocasión para observar la oscura silueta de una serpiente de cascabel deslizándose entre la penumbra, mientras me llegaba a los oídos el cascabeleo de advertencia como papel seco crujiendo al sacudirse en el viento de la noche. 

Estaba claro que se tenía que avanzar con cautela, y la visión d
e esa serpenteante advertencia fue suficiente para que pensara que, en efecto, había llegado el momento de regresar.
 
Pero entonces me pareció ver algo en la distancia que quise examinar más de cerca. Era algo que me resultaba vagamente familiar, aunque la luz ya resultaba muy poco fiable.

Evitando cuidadosamente los nidos de serpiente y las masas espinosas de cactus, me abrí paso hasta una gran piedra que sobresalía de la tierra arenosa como un dedo sombrío apuntando al cielo.

Y no pude creer lo que estaba viendo, ahora ya en la cruda realidad y no en la vaguedad de un sueño. Simplemente no era posible, pero ahí estaba. Los antiguos petroglifos indios todavía eran visibles bajo la luz mortecina, la piedra sin duda era el siniestro monolito de mis sueños en Providence.

Providence, ahora infinitamente distante en otro mundo más cuerdo.

Que el cielo me ayude, ese era el lugar de mis sueños.

No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecí allí, incapaz de apartar los ojos de aquella aterradora piedra, antes de que mi mente registrara algo más.

Un sonido. Un grave e insistente tamborileo en la tierra, como las notas graves de un enorme órgano de tubos.

Y entonces… ese otro sonido.
 
Dos sílabas, pronunciadas con una voz mental o alguna vibración física real, no podría decir qué fue… dos sílabas que no deben obsesionarme.
 
Debo evitar reflexionar demasiado sobre las visiones que se sucedieron si quiero retener algo de la poca cordura que me queda.

Bajo la inestable luz de la blanquecina luna que comenzaba a derramar sus rayos a través de las negras y veloces nubes, por algún motivo que desconozco, pensé que la árida llanura en la que ahora me encontraba estaba, ¿cómo podría explicarlo?, más hundida, más accidentada, sutilmente cóncava, al tiempo que, por el contrario, la línea en penumbra del horizonte se había elevado ligeramente. 

Tal vez mi mente inconsciente lo captó antes de que mi yo racional pudiera hacerlo, pero en ese mismo instante rompí a correr en dirección al coche, que ya no se veía desde allí. 

Avancé a trompicones y golpes, aunque apenas notaba cómo el cactus y la tierra pedregosa rasgaban mi ropa cuando caía y corría, y caía y volvía a correr, intentando evitar escuchar aquellos tonos reverberantes que habían ido aumentado de intensidad durante todo este lapso de tiempo, aquellas notas que susurraban «Gwai-ti, Gwai-ti», desde regiones subterráneas que ni siquiera me atrevía a imaginar.

Tenía la sensación de que, tras de mí, se abría un enorme abismo que iba a engullirme, y que un segundo después ya sería demasiado tarde y yo habría desaparecido, y nadie sabría qué me había ocurrido. 

Todo lo que me rodeaba parecía arremolinarse formando un caleidoscopio de visiones de pesadilla, una amalgama de arena y plantas rodadoras y piedras y murmullos y un cielo cejijunto; corrí y corrí, ahogándome con las nubes de polvo y aterrado de mirar hacia atrás por encima de mi hombro. 

Sólo cuando me vi conduciendo frenéticamente de regreso por la polvorienta y pedregosa carretera, fue cuando alguna pequeña porción de mi cerebro comprendió que, después de todo, debía de haber alcanzado el vehículo antes de que, fuera lo que fuese aquello que me perseguía, tuviese tiempo de caer sobre su presa.

Pasé el resto de mi viaje paseando desganado por las populosas y bien iluminadas calles de Albuquerque y Santa Fe, y tomé el vuelo de regreso a Providence, Rhode Island.

Ahora, cuando paseo por Benefit Street y me paro a contemplar las entradas con montante de abanico o me cruzo con un gato gris y lustroso que pasa serenamente por las antiquísimas calles empedradas, me doy cuenta de que es posible que conciencias que escapan a nuestro entendimiento terrenal logren atravesar impensables abismos de tiempo y espacio y se aferren a los soñadores incautos. 

Ahora sé que, digan lo que digan acerca de los sueños o la imaginación o la ficticia naturaleza de criaturas míticas como el abyecto dios caníbal Gwai-ti, una noche, en las tierras desérticas de Nuevo México, yo estuve a punto de ser engullido por la ávida y primigenia boca de aquel horror de mis sueños.

¿Amigas? - Roberta Ghidalia

—Aquí, aquí, gatita, aquí minina; ven, ven, por favor —llamaba en tono de súplica una vocecita.

Hacía semanas que Dorrie observaba a la gata propiedad de la vieja vecina. Dorrie se fijaba en que parecía más flaca cada día que pasaba, y se preguntaba la causa. Aquella tarde guardó un trozo del pescado que le habían dado para comer, y ahora estiraba la mano, con el pescado, y empezaba de nuevo:

—Gatita; aquí, gatita bonita, aquí —llamaba.

La gata permanecía indiferente, ignorando por completo las zalamerías de la niña. La chiquilla miró a su alrededor, y cuando estuvo segura de que su madre no podía oírla, gritó un poco más fuerte:

—Aquí, gatita, gatita, minina preciosa... ¿No quieres venir?

Su madre la regañaba con frecuencia por aquel capricho suyo de querer mimar animales extraviados que encontraba por la calle. Pero aquella gata no andaba extraviada. Pertenecía a la viejecita mistress Stubbs, que vivía en la desvencijada casa de al lado. Aunque flaca y sucia, la lamentable criatura conservaba sus aires arrogantes y sus gentiles actitudes.

Pero mientras se preparaba desdeñosamente a asumir una nueva postura y continuar ignorando las súplicas de la niña, volvió la cabeza y echó una mirada en dirección a Dorrie. Esto obró el milagro. La gata percibió el delicioso aroma del pescado, y su aire de indiferencia se desvaneció al momento. La gata se puso a cruzar el patio en dirección a la pequeña Dorrie, aunque despacio, siempre muy despacio.

Por su parte, la niña continuaba con sus exhortaciones, sintiéndose más y más excitada a medida que el animalito se le iba acercando.

«¡Vaya niñita preciosa! —pensaba Sassy, la gata—. Es raro que no me hubiese fijado nunca en ella; aunque lo cierto es que hasta este momento nunca me han interesado demasiado los niños».

La gata continuaba acercándose a la niña con cautela, como recelando alguna treta.

«¡Oh, qué hermosa es! —pensaba Dorrie, en cuya opinión influía bastante el sentimiento—. ¡Qué graciosa y arrogante! ¡Ojalá mi madre comprendiera lo que me inspiran los animales! Bueno —musitó la niña—, quizá algún día lo comprenda».

Entretanto, la gata se acercaba más y más, y pronto estuvo a los pies de la silla de Dorrie, levantando hacia la niña una mirada inquisitiva. A Dorrie le costaba un esfuerzo enorme el no ponerse a gritar de alegría; pero como este proceder solo habría servido para que su madre acudiese corriendo, además de que, seguramente, habría asustado a la gata, permaneció callada. Y esta paciencia recibió una generosa recompensa, según su modo de ver.

De un solo brinco, Sassy se le subió al regazo, haciendo pasar la mirada de sus verdes ojos de la faz de la niña al pedazo de pescado. La niña adelantó pausadamente la mano, mientras la gata evaluaba la situación. Dos olisqueadas, un estirón del cuello, y el pescado desapareció. Pero la gata no. Se quedó sentada allí, mirando a la niña, su bienhechora, con ojos de adoración.

Dorrie permanecía muy quieta para no molestar al animal. Titubeando, levantó una mano y se puso a acariciarle la cabeza. ¿Qué era aquel ruido que oía? Un ronroneo lento y que aumentaba poco a poco, salido de la garganta de la gata. Sí, sea cual fuere el equivalente humano del ronroneo, Dorrie compartía el placer del animalito. Niña y gata se miraban de hito en hito, amorosamente, y ninguna de ambas recordaba haberse sentido tan a gusto en toda la vida.

Hasta entonces, Sassy nunca había sido objeto del cariño de un ser humano, ni Dorrie había recibido el de un animal. Así pues, ambas pasaron unos momentos como suspendidas en el tiempo. Cada una se empapaba de la maravilla de la nueva relación establecida entre ambas.

Sassy, la gata, espíritu independiente que había de pagar con creces lo poco que recibía de su dueña. Dorrie, la niña, completamente dependiente, aprisionada en una silla de ruedas, y habiendo de confiar en su madre para todo. A pesar de lo ilógico e improbable que era, aquellos dos seres se sentían recíprocamente atraídos, como por una fuerza magnética.

Dorrie dejó unos momentos de acariciar la cabeza de la gata, y esta se puso a lamerle la cara. ¡Qué sensación tan deliciosamente rara la de aquella lengüecita rasposa correspondiendo a su gesto de afecto! La gata se interrumpió bruscamente y levantó una mirada conmovedora hacia la niña.

—¿Amigas? —preguntó Dorrie, casi tartamudeando, a la gata.

—Meurr —respondió la gata.

—¡Dorrie! —la madre salía de casa precipitadamente, gritando—. ¿Qué haces con esa gata?

—Oh, madre, por favor, no la eches. Déjame tenerla. La vieja bruja de la casa de al lado no la quiere, en realidad. Mírala qué flaca está. Por favor, por favor, déjame que me la quede, y... y te prometo que en adelante siempre seré muy buena —suplicaba la pequeña.

Una larga mirada se cruzó entre Sassy, que atisbaba desde debajo de la silla de Dorrie, donde se había refugiado, y la madre de la niña. De súbito, la revulsión inicial que la madre había sentido a la vista de la sucia bestezuela se convirtió en compasión.

«¡Vaya, si la pobrecilla no es más que piel y huesos! —pensó la mujer—. Parece más muerta que viva. Toda persona capaz de tratar así a un animal ha de ser realmente una bruja».

—Dorrie, no sé qué decirte; he de consultar a mistress Stubbs primero —se sorprendió diciendo la buena mujer.

«¿Qué me ha pasado? —se preguntaba la mujer—. Hasta hoy, los animales no me habían inspirado ningún sentimiento, y de súbito me consumo de piedad por esta gata».

Revolviéndose entre muy confusos sentimientos, la madre dejó a las amigas recientes en el porche y cruzó el patio en dirección a la casa vecina.

«¡Qué desorden! —pensó para sus adentros, al atravesar vivamente la maraña de hierbas y hierbajos excesivamente crecidos del patio de la vecina y acercarse a la destartalada casa vieja—. Vaya, si en cierto modo hasta parece la casa de una bruja».

—Mistress Stubbs —gritó, dando unos golpecitos leves en la puerta, que colgaba desmañadamente de los goznes.

—¡Eh! ¿Quién hay? —preguntó una voz desde dentro.

—Su vecina; abra, por favor. Quisiera hablar con usted en relación a su gata.

La puerta se abrió una rendija, dejando a la vista solamente la cabeza de la anciana.

—Bueno, ¿qué ha hecho ahora esa diabólica criatura? —preguntó la vieja, frunciendo el ceño grotescamente.

—No, no es eso. Lo único que ha hecho, que yo sepa, ha sido cautivar por completo a mi hija, hasta el punto de que nos gustaría quedarnos la gata, si usted lo permite.

—Je-je-je-je-je —cacareó la vieja—. De modo que la preciosa invalidita de su hija quiere mi gata, ¿no es cierto? Pues, bueno, quédensela, y que les vaya bien. Es un mal bicho, se lo aseguro. Fíjese en lo que le digo. Esa gata es el demonio. Traerá la desgracia a cualquier parte que vaya; no falla, ha de traerla.

—Gracias, mistress Stubbs, la cuidaremos bien.

—Mejor será, si no quieren verse en conflictos. Y otra cosa todavía; cuiden de que en lo sucesivo no aparezca por aquí. Si la cojo por aquí de nuevo, la mataré —chilló la vieja hechicera, cerrando la puerta tras esta advertencia.

«Bruja vieja y tonta —pensó la madre de Dorrie—. Imagínate, ¡atribuir poderes diabólicos a la gata! Cuentos de viejas, he ahí el resumen de sus estupideces».

Después de lo cual, Sassy recibió, efectivamente, excelentes cuidados de Dorrie y de su madre. Y se convirtió en la hermosa criatura que la niña había imaginado desde el principio. El demacrado cuerpo se le llenó, y su pelaje brillaba a la luz del sol.

Dorrie se quedó pasmada por el súbito cambio de sentimientos de su madre; pero estaba demasiado ocupada sintiéndose feliz con el animalito querido que había anhelado durante tanto tiempo para enfrascarse demasiado en aquella transformación. Una y otra vez, niña y gata celebraban el ritual del primer día.

—¿Amigas? —le decía la niña a la gata.

—Meurr —contestaba la gata, como para reafirmar el lazo que existía entre ellas.

Cada vez que la madre de Dorrie encontraba a mistress Stubbs, la vieja regañona reiteraba el consejo acerca de la maldad de la gata y de que la tuvieran alejada de su casa, la casa de su antigua dueña, bajo amenaza de matar al querido animalito.

Dorrie y Sassy eran inseparables. El ser humano y el ser animal intimaban más y más. La madre pensaba alguna vez en aquellas relaciones; pero desterraba las cavilaciones de la mente al ver cuán lozana se ponía la niña y que parecía más sana y dichosa que antes.

—Nunca entenderé los prejuicios y el odio de aquella vieja bruja contra una gata inofensiva como Sassy —murmuraba.

Una noche, a los tres meses, aproximadamente, de haber venido Sassy a vivir con Dorrie, ocurrió un hecho curioso. La puerta trasera de la casa de Dorrie se abrió cuando ya hubiera debido hacer mucho rato que todo el mundo estuviera durmiendo. Y salió Sassy. Siguiéndola de cerca por la rampa, a la luz de la luna llena, iba Dorrie en su silla de ruedas. Con gran cuidado y con una falta de dificultades sorprendente, se encaminaron hacia la vieja casa vecina.

Llegadas a su destino, Sassy saltó, ligera, al alféizar de una ventana abierta y penetró en el edificio. Habiendo vivido tanto tiempo allí, había aprendido tiempo atrás la manera de saltar a la puerta y soltar el cerrojo; cosa que hizo prestamente para dar paso a Dorrie. Sorprendieron a mistress Stubbs en el dormitorio del primer piso, donde Sassy sabía que dormía.

La anciana saltó de la cama y se puso a correr por el cuarto, gritando:

—¿Por qué estáis aquí? ¿Qué queréis?

La anciana se detuvo en el centro de la habitación para recobrar el aliento. Dorrie emprendió la carrera, como tomando el mando, e hizo rodar la silla, con toda su fuerza, contra la anciana. Mistress Stubbs, cogida de sorpresa por la fuerza casi sobrenatural del empujón, se tambaleó y cayó, dando de cabeza contra el hogar de piedra. Y permaneció inmóvil en el suelo. Tenía la muerte pintada en la cara.

Más tarde, en el cuarto de Dorrie, Sassy se había sentado una vez más en el regazo de la niña, y ambas celebraban el viejo ritual. En este se había introducido un entendimiento nuevo y extraño, una transferencia de almas.

—¿Amigas? —preguntaba Sassy.

—Meurr —respondía la niña.


La tercera invocación a Legba - Manly Wade Wellman


La cegadora luz y el estruendo se desvanecieron al mismo tiempo en el Club Samedi. Incluso el zumbido de las conversaciones quedó en suspenso debido a la expectación. Tras la orquesta sonó un gong. Una vez. Dos. Tres...

—Media noche. La hora de las brujas. ¡E Illyria! —anunció el maestro de ceremonias con voz arrebatada.

El gong continuó sonando hasta marcar las doce y se detuvo. Un clarinetista entonó una melodía en clave menor y un cuarteto de voces mixtas comenzó a cantar en voz baja.

—Ihro mahnda... ihro mahnda...

Un foco de tenue luz pardusca comenzó a barrer el aire cargado de humo. Una figura vestida con una túnica negra entró en su círculo, el rostro oculto bajo una cascada de bucles negros. La figura silente se encaminó lentamente hacia el centro de la pista de baile.

—Ihro mahnda... —susurró el cuarteto.

Un rápido gesto explosivo. La túnica se alejó en un remolino, la cabeza se alzó. La mujer, de largos miembros de bailarina y vestida con lo mínimo que permitía un club nocturno, permaneció quieta. Su precioso rostro estaba en tensión, embelesado. La mirada de sus rasgados ojos era ardiente. La melodía del clarinete cambió a un quejido, un tantán inició un ritmo fatigoso. La danza comenzó, grotesca, ligera, acelerándose.

De la boca roja como una flor de la bailarina salieron unas palabras suaves, solemnes:

Legba choi-yan, choi-yan Zandor...

Zandor Legba! immoleʼhai!

La bailarina llamada Illyria cantó más alto, y más alto cantó el cuarteto su letanía.

—Ihro mahna, ihro mahna...

Illyria hizo girar su cuerpo. Su pelo suelto se desplegó a su alrededor como una sombrilla hecha de flecos. Sus brazos se retorcieron como serpientes que parecían recorrer sin descanso su cuerpo. Sus pies desnudos, teñidos de rojo, taconearon al ritmo del redoble del tambor.

—Zandor Legba! immoleʼhai! —repetía sin cesar.

De repente se detuvo como una extraña estatua oferente, con el rostro alzado, la melena desplegada y los brazos levantados. En el mismo instante la música se aceleró. Un ayudante vestido de esmoquin penetró en el difuso foco de luz sosteniendo algo que aleteaba; un gallo de color blanco y negro. Illyria lo agarró con avidez con sus largas manos. 

El terrible sonido de los huesos al romperse se hizo audible en la sala. Arrojó al suelo el gallo que se agitó espasmódicamente. El ayudante lo recogió y se retiró. Illyria se envolvió en su túnica y salió de la luz. Las luces se encendieron y la orquesta inició una alegre melodía.

—Acaban de presenciar una auténtica danza ritual vudú —anunció el maestro de ceremonias al micrófono—. Jamás se había hecho antes, a excepción de en las auténticas ceremonias del culto... pero mañana a media noche se repetirá, y a la media noche siguiente, y todas las medias noches venideras...

La mesa de John Thunstone se encontraba muy apartada de la primera fila. Era un hombre demasiado grande como para resultar tranquilizador, y la mayor parte de su vestuario tenía que ser hecho por encargo. Tenía las manos y los ojos muy sensibles y le habían roto la nariz dos veces. Su melena y bigote negros mostraban mechones grises. Estaba sentado tan relajado como un enorme gato satisfecho mientras daba sorbos a su Highball. Su mirada se dirigió un tanto esperanzada hacia su acompañante.

La chica era tan rubia como John Thunstone moreno, de mediana altura y de figura de formas generosas aunque elegante. Sus brazos y hombros, desnudos y blancos como la leche, resaltaban sobre su vestido de terciopelo negro. Sus grandes ojos eran más azules que los zafiros que brillaban en sus orejas y su cuello. Sonrió sin separar los labios de la misma manera que habría sonreído Mona Lisa o la Emperatriz Josefina.

—¿Era lo que esperabas, John? —le preguntó suavemente.

El hombre meneó la cabeza en un movimiento que podría haber sido tanto afirmativo como negativo.

—Me dio la sensación de ser una ceremonia auténtica —intentó contemporizar—. No es que sea un experto en vudú, pero...

—Siempre has estado inmerso en el ocultismo y la magia —le recriminó la muchacha—. A más profundidad de la que te gustaría admitir. Incluso a mí.

John la contempló largamente.

—Y eso te molestó, ¿eh? Tanto como para marcharte a ultramar porque dedujiste que no te contaba todos los descubrimientos a los que me conducían mis estudios... Tanto como para marcharte a ultramar y casarte con el conde de Monteseco.

—Cosa que pertenece al pasado y que no me resulta agradable de recordar.

—Jamás he pretendido reprochártelo, Sharon —le respondió tras dar otro trago a su bebida—. Ni entonces ni ahora. Pero mis escasos conocimientos de magia conllevan un gran peligro. Y no deseo que nadie se arriesgue con eso, y menos tú. Espero que no sigas censurándome mi conducta.

La pequeña mano de la joven se movió elegantemente hasta que se posó sobre la del hombre.

—Estoy contigo esta noche, ¿no es suficiente?

La miró como si no fuera suficiente y prestó atención a la música de baile.

—No, no estoy muy versado en el vudú —dijo a continuación—. No lo entiendo en absoluto, Sharon. Y sospecho que ni tan siquiera sus practicantes lo comprenden. Después de todo ¿qué es el vudú? Un rito de la jungla africana, o brujería europea modificada, o ambas cosas... ¿o quizá ninguna de ellas? —Sus ojos parecieron estudiar algo que solo él era capaz de ver—. ¿Entendiste las palabras del ritual?

—Francés, o un dialecto francés, ¿verdad? —le respondió la dama llamada Sharon—. El cuarteto cantaba algo parecido a «ihro mahnda». ¿Podían significar hereux monde: mundo feliz?

—O quizás ira au monde, que viene a querer decir «así sucederá con el mundo».

—Y que yo califico como una muy ingeniosa interpretación —le replicó una voz junto a la mesa; una voz suave, profunda y elegantemente divertida.

Thunstone se levantó de su silla en una abrupta transición que pasó en un segundo de la relajada tranquilidad a la violenta tensión que tanto irritaba a veces a sus amigos. Se enfrentó a alguien tan alto como él y más fornido, con un pecho tan ancho que parecía deforme. 

Sobre el cuello de un traje de corte europeo con cubrebotones enjoyados de un gusto más que dudoso se erguía una cabeza de cráneo grande y alargado, calvo o afeitado, y rematada con una gran nariz aquilina y unos ojos tan grises y fríos como la leche congelada.

—Yo también me considero un entusiasta del vudú —le dijo el recién llegado con una voz sedosa—. ¿Me permite que me presente? Rowley Thorne.

Le ofreció una mano grande, con una sobre cuidada manicura. Thunstone la estrechó.

—Soy John Thunstone, condesa, ¿me permite que le presente al señor Thorne? La condesa de Monteseco.

Rowley Thorne le besó delicadamente la mano. Sin esperar a ser invitado, tomó asiento entre ellos.

—¡Camarero! Champaña. Creo que es la tradición cuando se trata de cimentar nuevas amistades.

Cuando trajeron el champaña Rowley Thorne brindó por ellos y los contempló sobre el borde de la copa con los ojos entornados.

—Me encontraba sentado casi a sus espaldas, y no pude evitar escuchar sus dudas acerca de esta Illyria y su danza. Ya que he viajado a Haití, creo que puedo servirles de ayuda. Sí, tanto el ritual como la invocación a Legba son auténticos.

—¿Legba? —repitió la condesa—. ¿Algún dios vudú?

—Uno de ellos. Damballa es el más importante, y puede que Erzulie sea el más pintoresco. Pero Legba es el más importante. Es el guardián de la Puerta... debe ser invocado para abrir el paso entre los adoradores y el otro mundo, para que los oficiantes den poder a los dioses. Es algo parecido a decir una contraseña. Muy impresionante la parte del ave. Otras víctimas del vudú mueren degolladas. Las víctimas para Legba mueren con el cuello roto.

La condesa se estremeció, detalle que no pasó inadvertido para Thunstone.

—Le ruego que cambiemos de tema —dijo.

—Le ruego que no lo hagamos —replicó ella con suavidad—. El señor Thorne desea hablar de magia, aunque no sea de su agrado. Me siento fascinada. Cuéntenos algo más de Legba, señor Thorne.

—Se dice que es una criatura peluda, o con pelo muy espeso, y de ojos rojos. También se le conoce como barón Cimmiterre, amo del camposanto, y barón Carrefours (o señor de la Encrucijada). Las oraciones que se le dedican para que abra la puerta suponen siempre los preliminares para cualquier otra oración.

Los ojos de la condesa aumentaron su intensidad azul.

—¿Y qué puede hacer por sus adoradores Legba, el barón Cimmiterre, o el barón Carrefours?

—Nada, salvo abrir la puerta —le respondió Rowley Thorne—. ¡Vaya! Música... ¡latinoamericana! ¿Me concederá este honor la condesa?

Thunstone se levantó de su asiento y se inclinó mientras la pareja abandonaba la mesa, pero no volvió a tomar asiento. Mientras la condesa bailaba con Rowley Thorne, se encaminó hacia la fila exterior de mesas y habló con premura con el maître mientras le ofrecía un puñado de billetes. El maître lo condujo hasta un amplio pasillo lateral al que se abrían las puertas de varios camerinos.

—La número dos, señor —le indicó a Thunstone, que se limitó a llamar a la puerta con los nudillos.

—¿Quién es? —preguntó una voz femenina desde dentro.

—De la prensa —dijo Thunstone—. Busco una historia de primera plana.

La puerta se abrió. Illyria le sonrió vestida apenas con una bata de seda estampada con flores.

—Pase, señor...

—Thunstone.

Entró en el camerino, mientras la joven le estrechaba cordialmente la mano, y tomó asiento junto al tocador.

—¿De qué periódico se trata, señor Thunstone?

—Trabajo para revistas y agencias de prensa —la informó con toda sinceridad.

La muchacha tomó un cigarrillo de la pitillera que le ofrecía y Thunstone continuó hablando.

—Estoy muy interesado en su danza vudú.

—Ah, eso... —respondió ella con una ligera carcajada—. Fue en Martinica, hace un año. El médico me recetó brisa marina y temperatura suave. Martinica era un destino barato, y yo me encontraba en bancarrota (le ruego que omita eso). Digamos mejor que me sentía verdaderamente fascinada por el culto vudú, cosa que es cierta.

—¿Había muchos blancos? —le preguntó Thunstone.

—Bastantes. Pero creo que yo era la única que practicaba los ritos. Sabía que conseguiría un espectáculo fuera de lo común con toda aquella parafernalia vudú, ¿verdad? He firmado para continuar una vez que haya finalizado la temporada. Luego, puede que me muera de hambre.

Thunstone se quedó contemplando un cuadro de brillantes colores colgado de una pared.

—¿No se trata del retrato de un mártir? ¿San Juan Bautista quizás?

—Lo es y no lo es—. Illyria sonrió al ver su expresión de desconcierto—. La gente del vudú quiere retratos de sus dioses para utilizarlos como ídolos. Lo más que pueden hacer es pintar cuadros de carácter sacro. 

Para Damballa utilizan el retrato de San Patricio (es por las serpientes). Y San Juan Bautista era el santo más peludo, así que lo toman por Legba. Ese cuadro me lo regaló el boungon (usted lo llamaría hechicero) cuando consiguió unas imágenes reales.

—¿Imágenes reales? —repitió Thunstone.

—Había un artista capaz de hacerlas, en algún lugar de Haití. El auténtico Legba haría que un sargento primero se aterrorizara —le dijo mientras estremecía los hombros hasta dejarlos al descubierto en una pantomima de terror—. El artista se llamaba Thorne.

—¿Rowley Thorne? —le preguntó Thunstone perplejo.

—Puede ser. Rowley, o Roland, o algo parecido. Jamás lo conocí: prefería mantenerse cerca de la jet-set de Haití. Bueno, ¿qué fotos publicitarias quiere?

—Más tarde —le respondió él—. ¿Puedo volver a llamarla? Gracias.

Regresó a la mesa justo en el momento en que la condesa y Rowley Thorne finalizaban la pieza de baile.

 —¿Celoso? —le preguntó la condesa de Monteseco con una sonrisa a bordo del taxi que los llevaba de regreso—. ¿Acaso ofendido debido a que he encontrado al señor Thorne atractivo?

—¿Debería? —replicó Thunstone devolviéndole la sonrisa—. Estaba muy informado acerca del vudú.

—¿Verdad? Y además no se andaba con misteriosas evasivas. Se ofreció a explicarme todo lo que tú me has negado—. Su sonrisa se hizo más amplia— Habitualmente, los hombres se mueren por hablarme de ellos mismos y de las cosas que les interesan. Tú eres muy diferente a todos ellos.

—Y espero que muy diferente a Rowley Thorne.

—Cosa que me suena a que sabes más de él de lo que eres capaz de admitir. Ese es mi apartamento. Sube y cuéntame cosas sobre él.

—Subiré —replicó Thunstone—, pero no te voy a contar nada sobre Rowley Thorne, porque forma parte de una magia de la que es mejor que no sepa nada el resto del mundo.

 Fiel a sus principios, Thunstone no le pidió a la condesa que lo acompañara al Club Samedi la noche siguiente. Pero cuando traspasó sus puertas, pasadas las once, deseó haberlo hecho. La condesa se encontraba sentada a una mesa, muy cerca de la pista de baile, en compañía de Rowley Thorne.

Las luces parecieron difuminarse y la cantante, que estaba interpretando una balada a un volumen bastante elevado, pasó a segundo plano cuando Thunstone, que había comenzado a moverse entre las mesas, tuvo que esforzarse por no mostrarse sorprendido o decepcionado cuando Rowley Thorne se levantó y lo saludó con una suave sonrisa.

—Señor Thunstone, la noche pasada tuvo la gentileza de invitarme a su mesa. Tome asiento a la mía esta noche. Sharon me ha dicho que estaba convencida de que usted vendría.

Había dicho Sharon. Ella y Rowley Thorne se trataban por el nombre de pila.

—Me alegro de volver a verla —dijo mirándola—. Gracias, Thorne, pero creo que es mi turno de invitarle a una bebida. Camarero, la dama tomará un Old Fashioned. ¿Le gusta el champaña, señor Thorne?

—Cóctel de champaña —pidió Thorne.

—Whisky escocés con agua —añadió Thunstone. A medida que se alejaba el camarero, se dirigió a Thorne—: Este lugar va a terminar por convertirse en uno de mis garitos nocturnos favoritos.

—Illyria es una gran echadora de cartas —le dijo suavemente su interlocutor mientras sus ojos no dejaban de observar a la muchedumbre de clientes—. No queda mucho para su actuación de medianoche. ¿Ha estudiado alguna vez la importancia de la medianoche en las ceremonias ocultas, Thunstone? 

Es el momento exacto entre el anochecer y el amanecer. Permite que la fuerza sobrenatural escinda por la mitad las horas oscuras... una parte para la invocación del valor y la fuerza que ha de llegar, y la otra parte para llevar a cabo lo que sea menester hacer.

—Ese es el tipo de cosas que John siempre se niega a explicarme —añadió la condesa.

—Ya sabes por qué —le respondió él con una sonrisa. A continuación, dirigiéndose a Thorne—: La noche pasada sacó a mí dama a bailar. ¿Puedo hacer lo mismo con la suya?

La solista había finalizado su actuación y la orquesta estaba tocando. Thunstone y la condesa se alejaron juntos. La brillante melena de ella le llegaba hasta la mandíbula. Sus ojos intensamente azules le echaron a su acompañante una fugaz y apreciativa mirada.

—¿Así que le pediste un favor a Rowley Thorne?

—En absoluto. Él fue quien me llamó por teléfono. He de reconocer que es un caballero muy emprendedor, ya que tuvo que buscar mi dirección y todo lo demás. Hemos ido a cenar, al teatro y hemos mantenido una gran cantidad de fascinantes conversaciones. Y todas acerca de tus temas prohibidos. ¿Por qué no te agrada, John?

—¿No he dicho ya que no pienso hablar de él?

—Y yo hago como si no lo hubieras hecho, incluso voy a actuar como si jamás hubiera salido con él. Eres demasiado rígido en tus principios. ¿O principios te parece un término demasiado elevado? ¿Debería utilizar quizá la palabra prejuicio, u obsesión?

—Me temo —le respondió él lentamente— que soy un bailarín de la vieja escuela.

—Lo cual significa que vas a bailar solo para complacerme, me siento verdaderamente halagada, John.

Continuaron el baile en silencio. Cuando regresaron a la mesa ya les estaban esperando sus bebidas. Rowley Thorne era una persona encantadora, exhibía una extraña sortija con un compartimento oculto que afirmaba había ocultado el veneno suministrado a un Borgia; y habían comenzado una charla llena de humor acerca de la transferencia de pensamiento cuando las luces y los sonidos murieron tan bruscamente como en la ocasión anterior. El gong retumbó, y el maestro de ceremonias habló.

—Medianoche. La hora de las brujas ¡E Illyria!

Allí estaba ella, en el foco de luz parda, arrojando a un lado su capa para danzar y cantar.

—Legba choi-yan, choi-yan Zandor...

Thunstone sintió un toque rápido y suave en su mano. Sharon, la condesa de Monteseco, necesitaba que la tomaran de la mano en la oscuridad. Por motivos ocultos, apartó los dedos mientras obligaba a su mirada a que penetrara la oscuridad, ya que algo estaba allí, con Illyria, cuando debería estar sola en el centro de la pista de baile; aún no había llegado el momento en que apareciera el sujeto con el gallo moteado.

Legba choi-yan, choi-yan Zandor...

Zandor Legba! immoleʼ... hai!

Aquel viejo truco, que le había enseñado hacía mucho tiempo un cazador de recompensas holandés de Pensilvania... Thunstone cerró fuertemente los ojos durante un instante y a continuación los abrió por completo. 

La oscuridad se aclaró levemente, transformándose en una semipenumbra azulada, y pudo verlo: vio algo que se agitaba sobre la convulsa cabeza de Illyria. Ramas de un árbol de las que colgaban largos racimos de hojas o musgo (ramas, o sus sombras, allí mismo, en el Club Samedi, tan lejos de su medio natural) y junto a las ramas se elevaba y se estremecía algo, una forma enorme y muy definida hecha de alguna sustancia que palpitaba y se movía entre los brazos elevados de la bailarina...

—immoleʼ... hai!

El gallo moteado ya estaba entre sus manos. Le asió el cuello y retorció la cabeza del animal mientras la forzaba hacia atrás.

¡Crrrrrak!

Sobre su cabeza algo pareció encorvarse durante un instante, como una cinta de tela, o un tentáculo, o un brazo. Al momento siguiente Illyria se había marchado, el ayudante había salido de la escena junto con el gallo sacrificado y las luces volvían a brillar, y... no había rama alguna que colgara desde el techo.

—Mañana volveremos a presenciar a Illyria en su danza vudú —anunció el maestro de ceremonias—, y la noche siguiente a mañana...

Thunstone se levantó.

—Buenas noches —dijo mientras se inclinaba ante Sharon—. Esto es todo lo que vine a ver.

—¿Debes irte tan temprano? —le preguntó ella con un deje de súplica.

Él le respondió inclinando la cabeza.

—Buenas noches, Thorne. Volveré a verlo. Más tarde.

Puso un puñado de billetes en la mano del camarero y se alejó a grandes zancadas hacia el guardarropa. Tras recoger su sombrero, se giró para marcharse. Rowley Thorne estaba a su lado.

—Afirmó que me vería más tarde —le dijo Thorne—. ¿Por qué no lo hace ahora, Thunstone? Escuche, lo sé todo sobre usted. Es un investigador infatigable de ciertas cosas... pero solo para destruirlas. Me sorprende que no me conozca.

—Yo también lo sé todo sobre usted, Thorne, o al menos todo lo que necesito saber. Simplemente, no he dicho nada. Ha sido despedido de dos universidades europeas por llevar a cabo unas investigaciones de las cuales han abominado ambas facultades. 

Las policías de Francia, Inglaterra e India han emitido sendas órdenes de detención contra usted por si osa volver a poner el pie en sus territorios. Sería un maleante internacionalmente conocido si no fuera por el hecho de que solo roba o estafa lo suficiente como para continuar con sus lujos y sus actividades en asuntos contra los que yo siempre me he enfrentado.

Rowley Thorne efectuó una reverencia.

—Usted es lo que es, y es por ello que solo a usted le consiento que me juzgue de tal manera. Hemos estado en lados opuestos durante largos años, y ahora nos encontramos cara a cara. Uno de los dos saldrá mal parado.

—Estoy seguro de ello —le respondió Thunstone—. Buenas noches, Thorne.

Thorne no se movió de su sitio; el color gris de sus ojos era tan pálido como la luz de la luna.

—No creo, Thunstone, que pueda permitirse practicar sus juegos conmigo. No tengo ningún punto vulnerable. Sin embargo, usted tiene uno, y está sentado a mí mesa.

Thunstone le devolvió una mirada igualmente gélida, y mientras los ojos grises de Thorne se habían entrecerrado, los de Thunstone se abrieron levemente.

—La condesa es una mujer encantadora —le dijo Thorne en voz baja y cantarina—. Esa ha sido su opinión durante años, ¿verdad? Y, sin embargo, dejó que se apartara de usted. Otro hombre la hizo suya. Quizá vuelva a suceder.

—Solo el tiempo lo dirá —replicó Thunstone—. Creo adivinar qué le atrae de ella, Thorne. El dinero, ¿verdad? Es una mujer muy rica.

—Voy a necesitar dinero para llevar a cabo mis planes, que ya se encuentran a dos tercios de su consecución—. Thorne se echó a un lado mientras se inclinaba—. No lo entretendré más, Thunstone. Buenas noches. Que duerma bien. Quizá le envíe un sueño.

Thunstone abandonó el Club Samedi, pero no se fue a dormir. Visitó a tres personas; todas pertenecientes al círculo de sus amistades y todas deudoras de sus favores.

La primera visita la hizo a un alto mando de la Policía de Nueva York. El hombre protestó vehementemente pero sin resultado alguno contra lo que le pedía Thunstone, aunque finalmente aceptó.

—No sé qué cargo imputarle —se lamentó sin mucha convicción.

—Encuentra uno, y gracias.

La siguiente parada de Thunstone se produjo en Harlem. Entró en el modesto pero acogedor hogar de un sonriente hombre de color que vestía el alzacuello y el chaleco propio de los predicadores, que estrechó la mano de Thunstone afectuosamente. 

Charlaron durante un rato y la sonrisa del hombre de color se desvaneció. Sacó varios libros de una estantería, el primero de los cuales tenía una vistosa cubierta de franjas azules y rojas.

—Tell My Horse, de Zora Neale Hurston —le dijo el hombre de color—. Graduada por Barnard, compañera de Guggenheim, antropóloga y una buscadora de la verdad carente de prejuicios. Viajó durante un año por las Indias Occidentales y escribió este libro. Lippincott lo editó en 1938. Lea aquí —le dijo a Thunstone mientras señalaba un párrafo con un dedo manchado de tinta.

Thunstone observó que era la página 171 y comenzó a leer en voz alta:

—...pues a Legba nunca se le honra a solas. El abre la puerta para que los otros dioses vengan a sus adoradores.

—Exacto —dijo su interlocutor y volvió varias páginas—. Ahora aquí.

Thunstone así lo hizo:

—El camino para todas las cosas se encuentra en sus manos. Por tanto, es el primer dios en todo Haití en ser honrado con ceremonias.

Cerró el libro y ambos hombres se miraron por encima de él.

—Estoy pensando en una antigua leyenda, casi olvidada —le dijo Thunstone—. Trataba del aprendiz de un brujo que convocó al diablo sin pararse a pensar en las consecuencias. ¿De qué trata el siguiente libro?

—Es una obra de Montague Summers, la mayor autoridad sobre brujería —le respondió mientras abría el libro—. Aquí está la referencia. Afirma que aquellos que acuden a una ceremonia de brujería sin oponerse a ella o sin intentar detenerla se vuelven, por aquiescencia, participantes en el culto. Esto no cuenta para usted, ya que usted acudió para aprender a enfrentarse a ello. Los demás, ya sea por desconocimiento o por simpatía, se vuelven miembros del culto.

—Espero que no les suceda a todos —le dijo Thunstone pensando en una figura rubia y de ojos color zafiro—. ¿Y el tercer libro?

—Es una obra de Joseph J. Williams. Al igual que Summers, es un sacerdote, un jesuita. Mientras residía en Jamaica estudió y escribió sobre el vudú y el obeah. Menciona los esfuerzos de los misioneros de estos cultos por extender sus creencias y cómo los adoradores esperaban llevar sus espíritus malignos a otras tierras.

Thunstone frunció el entrecejo. Tras un momento, dijo:

—Entonces, a Legba se le invoca junto con una oración para otro espíritu. Pero en el club se le convocó a él solo. Dos veces... ¡Y se hará una tercera vez! Se trata de una rutina mágica muy común. Así el dios prestará atención y hará algo más aparte de abrir las puertas.

—Exacto —le dijo el hombre negro mientras asentía lentamente—. Y un nuevo poder (un poder maligno) surgirá en manos de los fundadores del culto en un nuevo lugar. Su conocido, Rowley Thorne, no dejará pasar esta oportunidad. Será mejor que evite que el ritual se repita por tercera vez esta noche.

—Creo que ya me he ocupado de eso —le respondió Thunstone—. Por otro lado, ya me había imaginado todas estas cosas, aunque le estoy muy agradecido por su colaboración. Me tomaré muy en serio su idea de combatir el vudú. Bien, no quiero tenerlo en vela durante más tiempo.

—Que el cielo le proteja —le deseó el hombre negro como despedida.

—Se supone que el cielo protege a los locos —le respondió Thunstone con una sonrisa.

—Sí, y a los defensores del bien. Adiós.

Su tercera visita consistió en una pequeña tienda en los bajos de un gran edificio del centro de la ciudad. Estaba abierta y solo estaba el propietario, un pequeño anciano entrecano, que le dio a Thunstone una cálida bienvenida.

—Quiero protección —le informó Thunstone.

—¿Para usted?

—No para mí. Una mujer.

—Venga a la trastienda.

Thunstone siguió al propietario hasta un taller que olía a cerrado. El hombrecillo tomó de una mesa una caja forrada de terciopelo negro y la abrió.

—Plata —pronunció—. La protección suprema contra el mal.

—Y engarzada con zafiros —añadió Thunstone—. Mucho mejor para mis propósitos.

—Observe, señor Thunstone, el patrón que sigue el diseño del broche. Son cruces entrecruzadas. Esta flor también...

—Un capullo de hierba de San Juan —le atajó Thunstone. Contempló el broche atentamente—. ¿Qué antigüedad tiene?

El hombrecillo meneó la cabeza.

—¿Quién podría decirlo? No obstante, el hombre del que lo conseguí afirmaba que tenía un millar de años de antigüedad y que fue diseñado y fabricado por San Dunstan —le dijo mientras sus perspicaces ojos contemplaban a Thunstone—. Dunstan suena como Thunstone, ¿verdad? Era como usted, sí, señor. Un caballero de alta cuna que estudió magia negra... ¡y que atrapó a Satán por la nariz con un par de pinzas al rojo vivo!

—¿Cuánto? —le preguntó Thunstone.

—Para usted, nada. Ni un centavo. No, señor, no me lo discuta. Le debo mi vida y mucho más. ¿A dónde debo enviarlo?

—Le escribiré la dirección y un mensaje.

Thunstone sacó una de sus tarjetas y escribió al reverso:

Sharon,

Sé que te encantan los zafiros. ¿Me complacerías en ponértelo para mí y comer conmigo hoy?

John.

—Se lo haré llegar a primera hora de la mañana —le prometió el joyero. Thunstone le dio las gracias y abandonó la tienda.

Las horas oscuras, atribuidas por Rowley Thorne a agentes sobrenaturales, se habían marchado, y el sol ya se mostraba en sus tres cuartas partes cuando Thunstone se dirigió a su cama.

Sharon, condesa de Monteseco, estaba deslumbrante en su vestido azul cuando se encontró con Thunstone en el vestíbulo del restaurante. La única pieza de joyería que lucía era el broche de zafiros y plata.

—¿Por qué estás tan sombrío, John? —le preguntó mientras se dirigían a su mesa—. ¿Estás molesto? ¿Se debe a la cita que tuve con Rowley?

—Ya veo que lo llamas por su nombre propio —murmuró Thunstone—. No, Sharon, no estoy molesto. No tengo derecho a estarlo, ¿verdad?

—Rowley me ha contado que os encarasteis por mí causa la noche pasada.

—Intercambiamos opiniones —admitió Thunstone—, pero si nos hubiéramos encarado seriamente uno de los dos no habría visto el día de hoy.

Hicieron una pausa en su conversación mientras el maître se acercaba esquivando mesas para tomar nota.

—Entonces entiendo que no pondrás objeción alguna a que esta noche Rowley me lleve de nuevo al Club Samedi —le dijo mientras tomaban un cóctel.

Thunstone frunció levemente el entrecejo.

—¿El Club Samedi? Pero si lo han clausurado. Se ha debido a algún pequeño detalle técnico sobre la seguridad contra incendios. He leído algo al respecto en el periódico de la mañana.

—Ya lo sabía, pero volverá a abrir en unos días. Mientras tanto, esta noche harán un ensayo los artistas. No se admiten espectadores, pero...

—Si no se admiten espectadores, ¿cómo os la vais a apañar Thorne y tú para estar presentes?

—Después de todo, sientes interés; estás lo suficientemente interesado como para interrumpirme —le dijo ella sonriendo levemente—. Sucede que Rowley ha adquirido parte del Club Samedi. 

Estará presente, y me ha dicho que irá a buscarme a las once en punto—. Hizo una pausa y lo miró un poco avergonzada—. Si quisieras ir a visitarme a primera hora de la tarde...

—Quisiera, pero no puedo —le respondió él negando con la cabeza—. Hay algo que, como diría Jules de Grandin, requiere ser hecho. Sharon, ¿sabes dónde vive Rowley Thorne?

—No con exactitud. Creo que vive cerca de Gramercy Park... sí, en la calle Diecinueve Este. ¿Por qué, John?

No respondió a la pregunta, pero contempló detenidamente el broche que llevaba la mujer. Extendió una mano y lo tocó suavemente con un dedo.

—Bien; ahora necesito pedirte un favor. Eso es algo que no hago con mucha frecuencia, ¿verdad? Sharon, quiero que lo lleves esta noche.

—Oh, pienso hacerlo. Me encanta, John. Es una antigüedad preciosa.

La comida llegó y Thunstone no le explicó por qué quería saber la dirección de Thorne. Pero, una vez que se hubieron despedido, volvió a visitar al oficial de policía que, a petición suya, había clausurado el Club Samedi. 

Le hizo varias preguntas y esperó mientras su amigo hacía varias llamadas y consultaba varios expedientes. Finalmente, el policía le dio una dirección en la calle Diecinueve.

—Ignoro qué piso es, John —le dijo el agente—. Mañana tendremos esa información sí...

—Puede que mañana sea demasiado tarde —le cortó Thunstone—. Ahora necesito pedirte un último favor. Si me detienen por allanamiento de morada, ¿harás lo que puedas para que la sentencia no sea muy severa?

El edificio de la calle Diecinueve Este era una construcción desvencijada y solitaria. Ya pasaban de las diez de la noche cuando Rowley Thorne salió del edificio con fachada de ladrillo amarillo. 

Iba elegantemente vestido para la noche, con una capa que caía sobre sus anchos hombros en elegantes pliegues. Subió a un taxi que lo estaba esperando y que dobló la esquina para dirigirse al centro de la ciudad. Una vez que el vehículo hubo desaparecido de la vista, John Thunstone emergió de las escaleras que conducían al sótano del edificio de enfrente y entró en el portal.

En la pared derecha del vestíbulo había varios cajetines, cada uno de ellos con un pulsador coronado por una tarjeta. Thunstone estudió los nombres.

Ninguno de ellos se parecía ni remotamente al nombre de Rowley Thorne. Sobre la frente de Thunstone apareció una profunda arruga que indicaba que estaba sumido en profundos pensamientos. 

Entonces acercó su dedo índice al último pulsador de la línea inferior. Sobre él, en la tarjeta, se leía Bogan, 5. En el último momento no pulsó aquel botón, sino el correspondiente al de encima, que estaba etiquetado como Leonard, 4.

Un momento de silencio, y entonces la cerradura de la puerta emitió un zumbido apagado. Thunstone giró el picaporte y entró. Frente a él se extendía un estrecho pasillo que terminaba en el hueco de una escalera. Thunstone comenzó a subirla con una agilidad y un silencio impropios de su corpulencia.

Llegó a la segunda planta sin incidente alguno. En el arranque de la escalera de la tercera planta le esperaba un fornido sujeto vestido con una camiseta de tirantes.

—¿Sí? —le interrogó.

—¿El señor Bogan? —le preguntó Thunstone.

—No. Me llamo Leonard —el hombre señaló con el pulgar a la planta superior—. La casa de Bogan es la de arriba.

—Entiendo. Gracias —Thunstone captó por el rabillo del ojo un brillo en el cuello del hombre: un crucifijo barato chapado en oro.

—Siento haberle molestado, señor Leonard.

—No pasa nada —le respondió el hombre mientras se retiraba al interior de su casa.

Thunstone lo tachó mentalmente de su lista de posibles sospechosos; ningún compinche de Rowley Thorne llevaría un crucifijo.

Comenzó a subir el último tramo de escaleras, y a medio camino escuchó voces: un hombre y una mujer discutían furiosamente.

—Ya estoy harto —dijo el hombre con vehemencia—. Estoy cansado de todas estas mentiras sin fin. ¡Se acabó!

—Estupendo. Me acabas de hacer un favor —le respondió la voz de la mujer—. Muy bien. Fuera.

—¿Fuera? —repitió el hombre con la voz llena de desprecio—. ¿Qué me vaya? Escucha, yo pago los gastos de este lugar. Tú eres la que te largas.

—¡No pienso hacerlo! Es mi piso, ¿verdad? ¿No nos lo regaló mi madre? Vale, pues no pienso largarme y cederte la propiedad de mí piso...

Thunstone se permitió una leve sonrisa. Resultaba evidente que en un ambiente como aquel no había cabida para la carrera de Rowley Thorne y sus extraños estudios y experimentos.

Bajó al tercer piso y llamó a la puerta. No hubo respuesta. Tras escuchar un instante, extrajo un grueso manojo de ganzúas. La tercera abrió la puerta y entró en el piso. Por las ventanas entraba luz suficiente como para poder ver el interior, confortable aunque deslucido. 

Había cinco habitaciones, y en una de ellas había una cama, sobre la que reposaba un hombre en el mayor estado de embriaguez que Thunstone jamás hubiera visto en muchos meses. Comenzó a buscar manuscritos o libros. No encontró nada de los primeros, y solo dos de los segundos. 

Thunstone los llevó hasta la ventana. Uno era un ejemplar barato y desgastado de Lo que el viento se llevó, el otro era el Nuevo Testamento. Thunstone abandonó el piso sin demora.

El piso de la segunda planta estaba ocupado por tres chicas que trabajaban. Thunstone se presentó como un investigador de campo inmerso en un estudio a escala nacional, y les hizo una serie de preguntas que respondieron sin más demora. 

Tras un intercambio de palabras amables absolvió el apartamento de cualquier influencia de Rowley Thorne, aunque le costó bastante abandonar el hogar: las chicas esperaban visita y querían exhibir a su investigador de campo.

Finalmente, llamó con los nudillos a la puerta del primer piso. Una mujer mofletuda de mediana edad abrió la puerta.

—¿Es esta la casa del conserje? —preguntó Thunstone.

La mujer negó con la cabeza.

—No. Está en el sótano. Quiero decir, estaba. Creo que acaba de salir, demasiado bien vestido para ser el portero o lo que sea.

—Hablaré con su mujer —le dijo Thunstone.

—No tiene mujer. Está soltero.

—¿Qué clase de conserje es?

—Es eficiente. Es discreto y algo taciturno. Pero yo prefiero un conserje así que a un cotilla. ¿Por qué?

—Estoy pensando en mudarme a este edificio —informó Thunstone.

—No va a poder; el edifico está completamente ocupado.

Thunstone le dio las gracias y se giró con la intención de marchase. Cuando la puerta se cerró, bajó las escaleras que conducían al sótano con sigilo.

Desafortunadamente, la puerta estaba asegurada con una cerradura de clave que sus ganzúas serían incapaces de forzar. Thunstone sacó una navaja y comenzó a tallar con destreza la madera de la puerta. Hizo un agujero lo suficientemente ancho como para que le cupiera la mano y abrió la puerta desde dentro. A continuación entró en silencio, pasó junto a una estufa y un cubo lleno de carbón hasta llegar a una puerta interior.

Esta también estaba asegurada con una cerradura de clave, pero tenía las bisagras por la parte exterior. Thunstone consiguió extraer las clavijas y sacó limpiamente la puerta del marco. Penetró alerta en la habitación que se abría más allá.

Estaba tenuemente iluminada por una pequeña lamparilla que reposaba sobre una estantería. Thunstone caminó hacia allí. Junto a la lamparilla se encontraba una imagen de piedra de una extrema fealdad. Thunstone olió la lamparilla.

—¡Aj! —murmuró— Un dios indio y su culto indio.

Sobre la misma estantería había varios libros, dos de ellos escritos en un idioma que Thunstone fue incapaz de leer. Los demás trataban de materias ocultas, y todos menos uno estaban prohibidos, excluidos de las bibliotecas y su publicación perseguida por varios gobiernos.

Thunstone se dirigió a otra habitación del apartamento del conserje. En otra estantería se alineaban más ídolos de diferentes facturas. Ante uno se consumía una varilla de incienso. Otro estaba tallado en madera. En apariencia, el conserje rendía culto a varios dioses, cada uno de ellos con su propio ritual esotérico. Sobre la mesa había varios papeles.

El primero era una copia en papel carbón de un acuerdo merced al cual Rowley Thorne acordaba pagar en el plazo de treinta días la suma de diez mil dólares por la mitad de la propiedad del local llamado Club Samedi y sus beneficios. 

El segundo era un texto apenas garabateado a lápiz por alguien con una educación muy limitada pero de una perspicacia innegable que informaba sobre los asuntos financieros de Sharon, condesa de Monteseco. 

El tercer manuscrito había sido redactado a tinta, sobre un papel perfumado, por la mano de una mujer de gran cultura:

Jueves.

Al igual que usted, considero que demasiados adoradores malogran una ceremonia. Si encuentra lo que busca, será usted el poseedor de un culto nunca antes seguido y yo, como siempre, seré su sirviente. Cuando tenga milagros que mostrar, otros le otorgarán sus servicios y bienes. Si esto es lo que siempre deseó, me sentiré feliz, muy feliz. Incluso si su meta pasa por cortejar a esa rubia insensata, me sentiré feliz.

Thunstone fue incapaz de averiguar el nombre de quien firmaba la carta, pero era suficiente para satisfacer su búsqueda de datos. Echó un vistazo a su reloj de pulsera, y el dial iluminado le mostró que eran las 11:30. Abrió a toda prisa la puerta de entrada al apartamento, se precipitó a la carrera por las escaleras que llevaban al exterior y, al llegar a la esquina, llamó con la mano a un taxi.

—Al Club Samedi —le indicó al taxista.

—El Club Samedi ha cerrado... —comenzó a decir el conductor.

—Al Club Samedi —le cortó Thunstone—, y corra como si lo persiguiera el diablo.

 Llegó a la entrada trasera del club que daba a un restaurante, sobornó a un camarero y atravesó la cocina. La deslucida puerta trasera se encontraba al otro lado de un patio. Tanteó la puerta furtivamente. Estaba cerrada y no intentó forzarla con una ganzúa. 

Por el contrario, se dirigió a un lugar de la pared en el que se alineaban varios cubos de basura. Apiló uno encima de otro, se subió encima con cautela y de un salto alcanzó el canalón que discurría a lo largo del borde del techo.

Colgó allí por un momento y a continuación, balanceándose hacia un lado y flexionando al mismo tiempo sus musculosos brazos, se impulsó hasta que consiguió poner un pie sobre al canalón. Finalmente subió al liso techo y se encontró de cara con una claraboya.

Miró cautelosamente hacia el interior de la ventana. La habitación estaba a oscuras, pero pudo distinguir una hilera de ollas y sartenes colgando de una barra; aquello debía ser la cocina. Primero pasó las piernas por el hueco, a continuación se dejó colgar en toda la longitud de sus brazos y finalmente se dejó caer.

Hizo algo de ruido, pero nadie fue a investigar. Tras unos instantes se atrevió a ponerse en marcha. Sobre uno de los hornos había una caja de cartón etiquetada como «SAL». La cogió encantado de haberse topado con ella.

—Lafcadio Hearn lo mencionó —murmuró—. Y lo mismo W. B. Seabrook. Y yo estoy de acuerdo con ambos.

Caminó de puntillas hasta la puerta de la cocina que daba a la sala del club. A medida que se aproximaba, pudo escuchar la voz del maestro de ceremonias.

—Medianoche. La hora de las brujas ¡E Illyria!

La música vudú comenzó, interpretada por el clarinete y la percusión, y enmascaró los pasos de Thunstone al entrar en la sala.

Desde el umbral pudo contemplar cómo empezaba Illyria su danza a la pardusca luz del foco. A un lado se encontraba Rowley Thorne, con un aspecto mucho más voluminoso a causa de la penumbra, sosteniendo entre las manos al forcejeante gallo listo para el sacrificio. 

Evidentemente, estaba allí como sustituto del ayudante habitual. El único espectador era Sharon, sentada a una mesa de la primera fila más allá del foco de luz. Esto fue todo lo que pudo ver Thunstone en un primer vistazo. Al mirar más atentamente distinguió otra presencia en la atmósfera penumbrosa del club.

Algo se bamboleaba sobre la cabeza de Illyria al ritmo de la música. Una enorme sombra tupida se deslizaba hacia abajo, como si su propio peso la hiciera caer lentamente. El follaje tropical que Thunstone había visto anteriormente regresó para suplantar el techo, mientras que aquella presencia peluda se acercaba furtivamente hacia Illyria.

Legba choi-yan, choi-yan Zandor...

Zandor Legba! immoleʼhai!

Y el percusionista y Thorne entonaron «Ihro mahnda!» haciendo las veces del cuarteto ausente.

—Ihro mahnda!... Ihro mahnda!

El clímax de la danza se aproximaba. El tempo de la melodía se aceleró cada vez más y, de repente, se detuvo mientras Illyria adoptaba su postura, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos abiertos. 

Rowley Thorne dio un paso adelante sosteniendo el gallo con los brazos extendidos. Y al mismo tiempo otros dos brazos, estos enormes, se extendieron desde arriba, como la imagen distorsionada de unos brazos sobre una pantalla iluminada, aunque estos terminaban en garras deformes y no en manos humanas. Brazos cubiertos de un pelo espeso y crespo.

Thunstone se lanzó hacia delante. Ocultaba bajo un brazo la caja de sal. Con una mano agarró una de las muñecas de Thorne y la retorció como si fuera un trapo. Thorne jadeó de dolor y el gallo quedó libre, por lo que salió huyendo por la sala del club.

Una profunda oscuridad lo persiguió; algo parecido a una garra se cernió sobe él y falló en su agarre. Súbitamente, Thorne pareció desvariar y comenzó a gritar:

¡Legba! ¡Legba! No ha sido culpa mía... es un extraño ¡Todos vosotros, de rodillas! ¡La muerte ha entrado en este lugar! ¡Muerte a vuestros cuerpos, y a vuestras almas también!

Su voz poseía la calidad del mando. Todos se arrodillaron, todos salvo Thunstone y la presencia peluda que bajaba sobre la sombra del follaje.

Thunstone desgarró el paquete de sal y tomó un puñado tan grande cómo pudo, mientras que con la otra mano arrojó el paquete, que golpeó algo que, aunque difuso a la luz amarronada, evidentemente poseía solidez. El paquete explotó como una bomba y esparció su contenido por todos lados.

Thunstone recordaría durante el resto de su vida el intenso y agudo sonido que bien podría haber sido un grito o un aullido, y en el que creyó reconocer un galimatías de palabras... palabras en esa lengua desconocida que forma el idioma del vudú. 

Algo lo agarró por detrás, un poderoso y sofocante abrazo que solo lo podría haber efectuado algún ser con unas manos como garras o una enorme serpiente con sus anillos. Sintió cómo sus costillas cedían y crujían, pero consiguió levantar rápidamente pero sin dejarse llevar por el pánico el puño lleno de sal y la arrojó por encima del hombro hacia donde debía encontrase la cara.

Su mano chocó un instante contra la superficie sobre la que echó la sal, pero inmediatamente desapareció, al igual que el abrazo que lo sofocaba. Cayó al suelo desgarbadamente, pero se levantó casi de inmediato. Frente a él ya no había ramas; no había nada, pero frente a sus pies yacía Illyria. 

Había suficiente luz como para ver que, en algún momento del desarrollo de aquellos sucesos, alguien o algo le había roto el cuello al igual que ella había hecho con el gallo que ofrecía a Legba.

Se dirigió hacia una pared, localizó un interruptor y lo pulsó. La sala se llenó de luz.

—Que todo el mundo se levante —ordenó, y así lo hicieron; todos menos Illyria.

—La sal lo ha hecho —les informó mientras se encaminaba hacia ellos—. La sal siempre derrota a los espíritus más diabólicos. Era algo que el señor Thorne no había tenido en cuenta, ni el que yo acudiría a su ensayo.

—Ha provocado la muerte de Illyria —lo acusó Thorne. Su rostro tenía un aspecto pálido y envejecido y su mirada erraba como si estuviera enloquecido.

—No. Usted la condenó cuando se interesó por primera vez por la invocación a Legba. Es posible que los inconscientes rituales de la chica resultaran desagradables, pero no pasaban de eso. Los conocimientos que usted posee y sus actividades hicieron de la venida de Legba algo muy peligroso.

»Habría acudido a la invocación por tercera vez si yo no hubiera estado aquí para evitarlo. Habría llegado a nuestro mundo con otros poderes aparte de su mera capacidad de abrir las puertas, pues han invocado a una entidad que es nada menos que una deidad vudú. Han estado a punto de fundar aquí un culto vudú, y ni el cielo sabe qué podría haber resultado de todo esto.

Thunstone miró a su alrededor al asustado auditorio.

—Pueden considerarse afortunados. Thorne tenía la intención de ofrecerles a Legba, solo por el hecho de haber sido testigos de su inicio del culto. Es el tipo de persona que no dudaría en hacerlo. Habrían colaborado en el establecimiento del culto a Legba en este club, y con el dinero que pensaba obtener habría...

Sintió más que vio la mirada espantada de Sharon, y no añadió nada más, pero se dirigió hacia ella.

Al llegar a su lado, volvió a hablar con Thorne.

—Tenga el dinero que tenga, márchese a otro lado. No creo que Sharon vuelva a prestarle atención. Me divierte pensar en cómo se las va a apañar para conseguir liquidar una deuda de diez mil dólares cuando se ha limitado a vivir de engaños, astucia y maldad. Pero haga lo que haga, Thorne, hágalo lo más honradamente posible. Pienso vigilarlo de cerca.

Sharon agarró el brazo de Thunstone con una mano y con la otra tocó el broche que llevaba prendido en el pecho.

—No entiendo exactamente... —jadeó.

—Por supuesto que no. Se suponía que no debías saber nada. Hará falta mucho tiempo para aclararlo todo. Pero, mientras tanto, marchémonos de aquí. Thorne va a tener las manos y la mente muy ocupadas intentando inventar una explicación plausible para la muerte de la estrella del club.

Nadie se movió mientras Thunstone conducía a Sharon hacia la calle.

—John —le dijo—, solo pude ver a medias aquello que surgió de las sombras. ¿Qué era? ¿Y de dónde venía?

—Vino de más allá de la puerta tras la que tales seres poseen vida y poderes. Puedes llamarlo Legba, si quieres recordarlo por su nombre.

—No, no quiero —repuso ella mientras se llevaba las manos a la cara.

—Entonces creo que he conseguido mi objetivo. La magia diabólica es algo con lo que no se debe bromear, ¿verdad? No, a menos que estés dispuesta a tomar excesivas precauciones y correr grandes riesgos. ¿Te llevo a casa, Sharon?

—Por favor. Y quédate y háblame hasta que vuelva a salir el sol.

—Hasta que vuelva a salir el sol —repitió John Thunstone.